domingo, 25 de marzo de 2012

BIBLIOTE KID


Lauda sepulcral de Sancho III en San Isidoro de León

Toki-l-Agua, a las afueras de Pamplona, 25 de marzo de 1003

-Es un honor recibir a todo un magnate como vos en mi humilde morada, señor don Sancho de Berriosuso.

-Y tan humilde, señor de Ilargi. No sé cómo podéis haberos hecho a vivir en esta choza. Precisamente vos, tan habituado a las comodidades palaciegas...

-Esta es mi tierra y mi casa, y en ellas tengo todo lo que necesito, señor: una mesa para escribir, y una silla para leer los diezlibros que forman mi biblioteca.

-¿Diez libros? Más de los que guardo en mi torre, y desde luego muchos más de los que poseen los nobles más importantes del reino en sus casas...

-Bueno, es cosa sabida que vuestra clase nunca se ha caracterizado por su bibliofilia. Por eso me extraña también vuestra presencia aquí, sabiendo como sabéis que fui apartado para siempre de la corte del rey don García, a pesar de ser reconocido por todos como el mejor bibliotecario que había en sus dominios...

-Claro que lo sé. Y sé también que el motivo que se hizo público para expulsaros: que aprovechándoos de vuestro cargo habíaís robado varios tratados de la biblioteca del monasterio de Leyre, fue completamente falso, y que lo que realmente ocurrió es que los salvásteis del ansia purificadora de su abad, que quería quemarlos para aplastar no sé qué supuesta blasfemia que en ellos decía que se encerraba...

-A aquel acémila todos los libros le parecían blasfemos. Es lo que pasa por elegir para el mando a alguien sin luz en su entendimiento.

-Pienso igual que vos, y por eso estoy aquí. Debéis saber que el rey don García está cada vez más enfermo, y que no cabe duda de que muy pronto traspasará la frontera entre este mundo y el otro. Lo heredará su hijo Sancho, un muchacho de apenas diez años al que todos querrán gobernar.

-Y vos y el resto de nobles también, claro está...

-¿Qué preferís, que le ayudemos a regir Pamplona nosotros, o que caiga en manos de los mismos clérigos que os han condenado a malvivir en esta pocilga?

-¿Pero qué es lo que puedo hacer yo? No soy un guerrero...

-Hay muchos tipos de lucha, señor de Ilargi. Se ha convocado una competencia para cubrir un puesto de nueva creación: el de bibliotecario real. De sobra sabéis que quien tiene el conocimiento, tiene el poder. Si conseguimos que al joven príncipe Sancho le aconseje un sabio que no dependa de ninguna intrigante autoridad eclesiástica, estoy convencido de que una nueva era de luz se abrirá para nuestra tierra. Pero a vos no os dejarán presentaros, así que quiero pediros que transmitáis todos vuestros conocimientos a alguien que pueda enfrentarse con garantías de éxito a los representantes de los grandes monasterios del reino.

-¿Y habíais pensado en...?

-En mi hijo Daniel, que es muchacho despierto y conoce bien las letras y las ciencias. Y le gustan los libros mucho más que las espadas. Por eso estoy seguro de que con vuestro magisterio podrá alcanzar la sagacidad de aquellos señores griegos y romanos cuya sabiduría aún nos asombra. Tenéis cinco meses hasta el día fijado para el concurso...

-La verdad es que me seduce la idea de vengarme de todos esos que llevan hábito de monje, pero no practican ninguno de los preceptos establecidos por la regla de San Benito, especialmente el de la humildad... Acepto vuestra proposición con el convencimiento de que no existen malos alumnos, sólo malos profesores. Así pues, joven Daniel Sanz de Berriosuso: ¿estás dispuesto a estudiar duramente bajo mi supervisión durante el tiempo que resta hasta la competición bibliotecaria?

-Sí. Y estoy convencido de que con vuestra ayuda lograré el premio. ¿Puedo llamaros Ilargi jauna?

-Baaaai!, Daniel Sanz. Nos queda mucho trabajo por delante para vencer a rivales tan poderosos como los novicios de los principales monasterios. Es a saber, los de San Zacarías de Zilbeti, San Salvador de Leyre y Santa María de Irache en Pamplona, los de San Martín de Albelda y de San Millán de la Cogolla en las tierras al otro lado del Ebro, y los de San Juan de la Peña y de Santa Cruz de la Serós en Aragón. No perdamos más tiempo, y empecemos desde el principio, o lo que es lo mismo: por la propia elaboración de los libros, Daniel Sanz. Ahí, en el cobertizo, tienes todas esas pieles de oveja listas para ser sumergidas en una solución de cal que ayude a desprenderlas luego de su vellón. Y para eso hay que rasparlas y pulirlas con mucha dedicación, pues dependiendo de la edad que tuviese la res, así será luego la calidad del pergamino. Si era joven, lujosa vitela es lo que obtendrás tras tu duro trabajo, que durará muchos días. Así que ya sabes: "mano derecha, raspar vitela; mano izquierda, pulir vitela..."

-Mucho me ha complacido tu desempeño en este trance, Daniel Sanz, y sin duda habrás fortalecido tus brazos preparando las hojas que luego formarán los gruesos volúmenes que deberás manejar. Y por eso ahora entrenaremos tu equilibrio, pues ya se sabe que "si equilibrio bueno, bibliotecario bueno". Sube a esa escalera de tijera y estira tus brazos en cruz. Colocaré sobre ellos todos los tomos que forman las obras completas del filósofo don García de Bacca, y tú habrás de soportar su peso sin dejar que ni uno solo de ellos caiga al suelo. Pero únicamente podrás apoyarte en una pierna, lo cual servirá para recordarte que es el oficio de bibliotecario empleo muy sacrificado, y deberás pues levantar la otra como hacen las grullas en los ríos.

El golpe de la grulla, en versión de Dave Hopkins


Si consigues dominar tal técnica, no habrá enciclopedia que no puedas levantar, y ni siquiera las muy pesadas Etimologías de San Isidoro se resistirán a tu impulso, que te permitirá ordenar raudamente todas las estanterías que tengas a tu disposición...

-Bravo, Daniel Sanz, has cumplido también con generoso esfuerzo esta difícil encomienda, así que ahora convendrá que prestemos atención al lugar que debe custodiar la colección, y para ello nada mejor que seguir al pie de la letra los diez claras mandamientos del famoso arquitecto sajón dominus Faulkner Brown, que ahora mismo te entrego. Aprendételos bien, que yo iré preguntándotelos durante las próximas semanas...

-¿Cuál es entonces el cuarto mandamiento, Daniel Sanz?

-Una biblioteca debe ser extensible, pues es exactamente igual que un organismo vrvo, o crece o muere. Extensible quiere decir por tanto que el edificio ha de estar diseñado de tal manera que pueda crecer, Ilargi jauna.

-¿Y el sexto?

-¡No cometerás actos impuros!

-¿En una biblioteca? Definitivamente Daniel Sanz es o demasiado ingenuo o demasiado atrevido. Si se trata del segundo caso, le recomiendo que acuda a la sección marcada por el venerable fray Dewey de York con el número 613.88. Aunque me temo que las prácticas sean para estos asuntos mucho más importantes que la teoría...
Pero no, mi ofuscado adolescente, a lo que yo me refería con mi pregunta es a que una biblioteca debe estar organizada, de modo que permita el acercamiento entre
libros y lectores. Claro que si después se da también el acercamiento entre lectoras y lectores, no veo tampoco el perjuicio por ningún lado...

Y muchas más cosas aprendió Daniel Sanz del señor Ilargi. Por ejemplo que Antuerpia era una noble ciudad del reino de Bélgica, y no una invención literaria de algún monje malencarado, también el nombre de todos los ganadores del "Premio Planata", así llamado porque todos los científicos saben que la Tierra es plana, y no redonda como empiezan a defender ahora algunos insensatos, y sobre todo se instruyó en el arte de administrar una biblioteca con muy poco dinero, que es el gremio bibliotecario orden perpetuamente mendicante...

Y cuando llegó la fecha de la competición, aventajaba Daniel Sanz en conocimientos a monseñor Manuel Carrión, a la abadesa doña Natalia Orera, y hasta al Santo Padre Marc XXI, que pasaban en su tiempo por ser los más prestigiosos tratadistas. Y con esa seguridad se enfrentó en primer lugar al hermano Ismael de Zilbeti, a quien derrotó por no perder el tiempo escribiendo en los tejuelos cifras larguísimas, sino tan sólo los tres primeros números, que son suficientemente indicativos la mayor parte de las veces. Y venció después a doña Mencía de Santa Cruz de la Serós, que enfrascada en consignar exactamente la materia de la que trata cada libro, no reparó en que el tiempo asignado para tal menester se le agotaba, como fehacientemente marcaron los últimos granos de arena en reloj de los examinadores. Y llegó así el día de la gran final, en la que tuvo que vérselas con la torva figura de Malaquías de Cemborain, el protegido del abad de Leyre, dominus Jorge de Burgui, viejo conocido del señor Ilargi...

-Vuestro mozalbete no tiene nada que hacer contra el mío. ¿Qué podría haber aprendido al fin y al cabo de un mísero ladrón de libros como vos?

-Al menos que es mejor robarlos para poder así asegurar que otros los lean, que no quemarlos, y mantener en la ignorancia a quienes jamás podrán ya instruirse con ellos.

-Entiendo. Lo que vos queréis es que se extienda el libertinaje por todo el reino de Pamplona...

-Vos y los que son como vos, tendéis a confundir siempre libertad con libertinaje, y encadenais los libros a las estanterías con la excusa de que nadie los robe, cuando en realidad lo que pretendéis es que no salgan nunca de vuestro control. Pero no prevaleceréis en tan imposible empeño, y aunque cueste generaciones derrotaros, llegará el tiempo en que habrá tantos libros en el mundo como pájaros en el cielo.

-¡Ilusiones, vanas fantasías vuestras! ¡Os juro que mi halcón desplumará a vuestra grulla!

-¡Que se acerquen los dos contendientes, y que recuerden que salirse de las normas marcadas por la IFLA supondrá su inmediata descalificación!

-¡No eres nadie, Berriosuso, y tu maestro menos que nadie, sólo un ratón de biblioteca a punto de ser devorado por un gato demasiado grande para él!

-¡Deberán colocar perfectamente ordenados en la estantería todos los libros que ven sobre la mesa! ¡Tiempo!

-¡Toma, Berriosuso, éste tan lígero te conviene!

-¡Advertencia de castigo para Malaquías de Cemborain por haber dejado caer sobre la mano derecha de Daniel Sanz de Berriosuso el libro de los XXV años de la película Tasio!

-¿Qué te pasa, nene, te duele la mano? ¡Aquí encontrarás remedio!

-¡Punto de castigo para Malaquías por haber dejado caer el Manual Merck sobre la mano izquierda de su oponente!

-¡No puedo con él, Ilargi jauna! ¡Tengo miedo, quiero irme a una tranquila biblioteca de convento!

-Escucha, Daniel Sanz: "¡bien perder ante adversario, mal perder ante miedo!"

-¿Y qué queréis que le haga? ¡Tengo miedo!

-Daniel Sanz: concentra, enfoca fuerza. Tus mejores conocimientos bibliotecarios aún dentro de ti. ¿Recuerdas las leyes dos y tres del santón hindú Ranganathan?

-Sí: "a cada lector su libro, a cada libro su lector".

-Entonces derrótalos con sus propias armas. ¡Arrójale encima las interminables colecciones de libros eclesiásticos que tanto sitio ocupan en las bibliotecas: los 33tomos del Catálogo del Archivo Diocesano de Pamplona, y añádele también los 11 de la Historia de los obispos de Pamplona...!

-Estás definitivamente derrotado, Malaquías, así que tomate este último libro como una propina personal de Daniel Sanz de Berriosuso: el inmanejable y enorme libro de casi una vara de largo: "M100guel : 1910-2010, 100 años de Miguel Hernández". Si tienes el buen gusto de abrirlo, podrás refrenar tu soberbia y la de tu propio maestro meditando sobre estos versos:

"...Hoy reverdece aquella espina seca,
hoy es día de llantos en mi reino,
hoy descarga en mi pecho el desaliento..
."

-¡Hemos ganado, Ilargi jauna!

-Baaaai, Daniel Sanz. Pero de nada habrá servido tu victoria si acabas actuando igual que tus adversarios. No olvides nunca que: "ambición sin conocimiento ser como barco varado en tierra firme". Aconseja con tino al príncipe Sancho, y no dejes nunca que haga demasiado caso ni a los nobles ni a los clérigos, pues sólo si se mantiene cercano al pueblo podrá llegar a ser el Mayor rey que nunca hayamos tenido...



Es más sencillo de lo que parece. Sólo es cuestión de entrenar...

Dedicado al muy ilustre, paciente y abnegado gremio
formado por las bibliotecarias y bibliotecarios de Navarra.

© Mikel Zuza Viniegra, 2012

martes, 20 de marzo de 2012

ONDAS


Pamplona, madrugada del 31 de octubre de 1938

Debo llevar más de dos años en este destartalado piso. Veinticinco meses ya encerrado sin casi poder moverme, por miedo a que cualquier mínimo ruido que yo pueda hacer ponga sobre aviso a los vecinos. Reprochándome días tras día, hora tras hora, mi equivocación al regresar a esta condenada ciudad de locos. Porque tenía mi vida completamente hecha en Inglaterra: estaba a punto de obtener un puesto como profesor ayudante en el Departamento de historia medieval de la Universidad de Cambridge, había encontrado una bonita casa en la campiña, y sobre todo había conocido a Jane.

Jane... Pobre Jane. Se le trababa la lengua al intentar pronunciar mi nombre: Ambrosio Azpiroz. Ahora hace tiempo que creerá que he muerto. Y tendrá razón, porque en realidad esta vida es peor que estar muerto. Y ella intentó que no viniera. ¿Pero cómo no iba a volver para el funeral de mi propio padre? Es cierto que hacía muchos años que no nos hablábamos, al menos desde la publicación de mi tesis doctoral sobre la actuación de Fernando el Católico en Navarra. Mis conclusiones sobre el personaje -a quien mis investigaciones presentaban como un farsante sin escrúpulos-, no gustaron a las fuerzas vivas de la provincia. Tampoco a mi padre, quien, pudiendo haber defendido mi prestigio academíco como ex-catedrático de universidad que era, prefirió volverme la espalda. Ambos sabíamos que yo nunca más podría trabajar en Navarra, donde ya siempre encontraría las puertas de los archivos y bibliotecas cerradas para mí. Labré entonces mi futuro en tierras más acogedoras que ésta, hasta que llegó ese maldito telegrama...

Con todo, era mi única familia, así que a pesar de las súplicas de Jane emprendí viaje de inmediato, y llegué a Pamplona con el tiempo justo de asistir al entierro. Era el 17 de julio de 1936. Ni siquiera en el cementerio mostraron más indulgencia conmigo quienes me habían condenado al ostracismo, y sólo don Julián Huici, mi antiguo profesor de tiempos del instituto, se acercó a darme personalmente el pésame.

Algunos de los allí reunidos desfilaron alborozados apenas dos días después por las calles de la ciudad, adhiriéndose sin dudarlo al pronunciamiento militar en Africa. Unas horas después comenzaron las detenciones de "desafectos". No se habían olvidado de mí a pesar del tiempo transcurrido, pero uno de los del pelotón que mandaron a apresarme había estudiado conmigo y me dejó marchar con la recomendación de que o encontraba urgentemente refugio seguro, o la próxima vez no me libraría del "paseo" . Pero ya no me quedaba nadie a quien acudir en Pamplona. Salvo quizás a...

Sí. A don Julián Huici, quien pese a simpatizar con los alzados se mostró dispuesto a ayudarme, en la medida de sus escasas posibilidades. Esa misma noche me trajo a este piso vacío de su propiedad en el nº 72 de la calle San Antón. Desde entonces no he salido de aquí. Dos veces al mes él viene a traerme conservas y algo de pan negro. En cada ocasión, menos latas que en la visita anterior. Una de aquellas veces, probablemente al verme tan desesperado, apareció con una radio de galena. Desde entonces, con mucho cuidado de no llamar la atención, puedo recibir noticias sobre la guerra. Muevo el diodo frenéticamente buscando captar la BBC, intentando huir de la triunfalista y desquiciada verborrea de la emisora local, aunque hasta ahora no he tenido suerte...

Don Julián lleva ya 34 días sin aparecer. Quizás haya muerto, o quizás lo hayan detenido y vayan a presentarse aquí en cualquier momento. He racionado todo lo posible los escasos alimentos de los que dispongo, pero llevo diez días sin probar bocado. Mi debilidad practicamente no me deja levantarme, y me hace ver visiones. O puede que sean sueños y yo ya no sepa distinguirlos de la realidad. Ayer creí hablar con Jane. Me dijo que nos veremos pronto...

Puedo escuchar truenos retumbando tras las clausuradas contraventanas. Prefiero escuchar eso a las descargas de fusiles que muchas otras noches llegan desde la Vuelta del Castillo. Encenderé la radio, aunque la tormenta hará que la señal vaya y venga y con cada relámpago cambiará la emisora. Quien sabe, quizás por fin hoy pueda captar la BBC...

-Aquí Radio Requeté EAJ 6, transmitiendo desde Pamplona. Todos los navarros están invitados al desfile que por las principales calles de la ciudad discurrirá mañana lunes, 31 de octubre, para celebrar las victorias obtenidas en este segundo año triunfal de nuestra heróica cruzada...


-Señoras y señores. Interrumpimos nuestro programa de baile y música para transmitirles un boletín especial de la Intercontinental Radio News. A las 7:40 hora de Chicago, el profesor Farrell del Observatorio del Monte Jennings comunica varias explosiones de gas incandescente a intervalos regulares en el planeta Marte. El espectroscopio indica que se trata de gas hidrógeno y que se dirige hacia la Tierra a una velocidad portentosa. El profesor Pierson del Observatorio de Princeton, confirma la observación de Farrell y describe al fenómeno como una "llamarada azul"...

-A todos aquellos que, no teniendo que atender labores absolutamente imprescindibles, no acudan a rendir homenaje a nuestras tropas, podrán serles aplicados los severos castigos que la legislación militar establece para casos de insubordinación manifiesta. Demostremos a los rojos que todos los navarros estamos inequivocamente, ahora y siempre, al lado del Generalísimo...

-Señoras y señores: éste es el último boletín expedido por la International Radio News:"-Toronto, Canadá. El Profesor Morse de la Universidad Macmillan, comunica haber observado un total de tres explosiones en el planeta Marte entre las 19:45 y las 21:20 horas de New York-". Esto confirma las primeras comunicaciones recibidas de los observatorios estadounidenses. Ahora, desde Trenton, New Jersey, cerca de aquí, nos llega un comunicado especial. Se nos dice que a las 20:00 horas un enorme cuerpo incandescente, probablemente un meteorito, cayó en los campos de una granja situada en la vecindad de Grovers Mill, New Jersey, a treinta y cinco kilómetros de Trenton. El destello en el cielo pudo verse en un radio de varios cientos de kilómetros y el ruido producido por el impacto fue oído hacia el norte, en la ciudad de Elizabeth..."

-Recordemos todos juntos también el prístino ejemplo de los generales Sanjurjo y Mola, que dieron su vida por la Patria. Que su muerte en acto de servicio sea semilla fecunda de firmes soldados que, a su paso, vayan construyendo la nueva España que idearon aquellos dos héroes...

-Señoras y señores: nuevamente les habla Carl Phillips, ahora desde la Granja Wilmuth en Grovers Mill, New Jersey. El Profesor Pierson y yo hemos recorrido los diecisiete kilómetros que separan a Princeton de éste lugar en sólo diez minutos. Bueno... me resulta difícil describir la extraña escena que tengo ante mis ojos. Creo que lo tengo frente a mí. Sí, creo que ante mí está la...cosa. Está semi-enterrada en una especie de pozo que debe haber abierto al chocar contra la tierra con fuerza pavorosa. Lo que puedo divisar del objeto mismo no se parece a un meteorito,por lo menos a los metoritos que haya visto. Más bien se parece a un enorme cilindro... Tiene un diámetro de unos treinta metros...

-Las buenas gentes de esta ciudad, fecundo vivero de las esencias nacionales, han levantado arcos de honor para que nuestros hombres pasen por ellos henchidos de orgullo. Los hay dedicados a figuras señeras de nuestro Imperio, en los que aparecen bellamente representados el césar Carlos, su hijo Felipe II, su glorioso abuelo Fernando el Católico, y en un delicioso guiño a lo regional, el príncipe Carlos de Viana...

-¡Un momento! Alguien se desliza a través de la abertura superior. Alguien... ¡O algo!. Puedo ver dos discos luminosos asomarse desde ese pozo negro ¿Acaso son ojos?. Puede que sea una cara. Puede que sea... ¡Dios mío! ¡Algo sale fuera de la sombra arrastrándose como si fuera una serpiente gris! Ahora aparece otra, y otra! Parecen tentáculos. Ahora puedo ver el cuerpo de la cosa. Es grande como el de un oso y brilla como cuero mojado, pero ... ése rostro... es indescriptible. Me cuesta sostener la mirada. Los ojos son negros y brillan como los de una serpiente. La boca tiene la forma de V y la saliva chorrea de las comisuras de sus labios sin bordes, que parecen estremecerse y latir. El monstruo, o lo que sea, apenas puede moverse. Parece abrumado por el peso de una gravedad desconocida para él. La cosa se levanta. La multitud retrocede. Ya han visto bastante. Esta es la experiencia más extraordinaria... no encuentro palabras. Arrastro conmigo el micrófono mientras les voy hablando. Tendré que interrumpir mi relato...

-Nuestros aliados, los germanos de la Legión Cóndor, el Cuerpo Expedicionario Italiano, o los hombres enviados por el noble Jalifa de Marruecos, desfilarán también a nuestro lado, en una muestra de la hermandad que reina en el bando nacional, cuyo único afán es acabar para siempre con el yugo con el que el comunismo y la masonería internacionales habían querido someter a esta sagrada tierra. Con su ayuda cercaremos a la hidra roja y cercenaremos una a una sus siete monstruosas cabezas...



-Un capitán y dos policías se adelantan con algo entre sus manos. Ahora puedo ver lo que es. Es un pañuelo blanco atado a un palo. Una bandera de parlamento. ¿Sabrán esas criaturas lo que significa? ... si es que algo tiene significado para ellos... ¡Esperen! ¡ Algo está ocurriendo!Un cuerpo con una joroba sale afuera del pozo. Puedo ver un pequeño rayo de luz reflejado en un espejo. ¿Qué es esto? Algo así como un chorro de fuego sale lanzado de ese espejo hacia los hombres que avanzan. ¡Los alcanza! ¡Dios mío, los convierte en llamas! ¡Todo el campo se incendia! Los bosques... los tanques de gasolina de los automóviles... El chorro de fuego se extiende por todas partes... ¡se dirige hacia aquí! Está a veinte metros a mi derecha!

-Y a todos esos indeseables que ahora conspiran al otro lado de la frontera, decirles desde esta España en paz, que representantes de las potencias europeas que todavía se niegan a reconocer a la España de Franco, estarán también presentes mañana en el gran festejo del que estamos hablando. Y que podrán comprobar por ellos mismos, y sin cortapisa alguna, el buen trato que reciben nuestros prisioneros. Oiganlo bien más allá de los Pirineos: la Cruz Roja inglesa estará mañana en Pamplona...

-Señoras y señores: debo comunicarles una grave noticia. Por increíble que parezca, tanto las observaciones de los científicos como la evidencia de nuestros ojos nos demuestra que esos seres extraños cuya descripción hemos realizado, son la vanguardia de un ejército invasor procedente del planeta Marte. La batalla que ha tenido lugar esta noche en Grovers Mill ha terminado con una de las más desastrosas derrotas sufridas por un ejército en los tiempos modernos: siete mil hombres armados con fusiles y ametralladoras se lanzaron contra una sola máquina de batalla de los invasores marcianos. Que se sepa sólo han quedado ciento veinte sobrevivientes. Los demás yacen desparramados sobre el campo de batalla entre Grovers Mill y Plainsboro aplastados y deshechos por las patas de metal del monstruo o reducidos a cenizas debido a la acción de su rayo de calor. El monstruo controla ya la mitad del sector central de Nueva Jersey y ha divido al estado en dos...



-El orgullo hierve en el pecho de los buenos navarros, y por tanto de los buenos españoles, al ver colaborar en esta empresa al abnegado requeté junto al falangista valeroso, haciendo patente que la desunión política de nuestros adversarios, no encuentra réplica en nuestra sólida y jerárquica organización...

-Les hablo desde el techo del edificio de la radio de la ciudad de Nueva York. Las campanas que oyen ustedes advierten a la población que evacúe la ciudad ante la aproximación de los marcianos. Eviten los puentes que llevan a Long Island, porque están atascados por la aglomeración de vehículos. No quedan más defensas. Nuestro ejército,liquidado... la artillería, la fuerza aérea...todo liquidado. Ésta puede ser nuestra última transmisión. Permaneceremos aquí hasta el final. La gente se ha reunido para rezar en la Catedral, justo debajo de nosotros.
Un momento,¡atención! ... El enemigo está ahora a la vista. Se observan cinco grandes máquinas. La primera cruza en estos momentos el río. Puedo verla desde aquí vadeando el Hudson como un hombre que atravesase un arroyo. Me entregan ahora un boletín... En todo el país están cayendo cilindros marcianos. Uno en las afueras de Búffalo, otro en Chicago, en Saint Louis... Parecen caer a intervalos regulares... La primera máquina está llegando a esta orilla. Se detiene un rato vigilando a la ciudad. Su cabeza de acero llega al nivel de los rascacielos. Parece estar esperando la llegada de las otras máquinas. Se yerguen como una línea de nuevas torres en la parte occidental de la ciudad... Ahora levantan sus manos metálicas... ¡Esto es el final! Sale humo... un humo negro que avanza sobre la ciudad. La gente que corre por las calles,ahora lo vé. Todos corren hacia East River ... miles de ellos caen al agua como ratas. El humo se expande con mayor rapidez. Ha llegado a Times Square. La gente intenta huir pero de nada sirve. Caen como moscas. Ahora el humo está cruzando la Sexta Avenida... La Quinta Avenida... Lo tengo a cien metros... Está sólo a quince metros...


-Y tanto como al enemigo exterior, esta arenga va dirigida también al del interior. Esas sanguijuelas que, agazapadas entre nosotros, acechan para darnos la dentellada del lobo. Sepan todos esos que se esconden en casas, cabañas y cuevas, que el ejército de esta renaciente España no descansará hasta que todos ellos paguen por sus crímenes, y que esa quinta columma será aplastada como una serpiente venenosa por nuestra invencible bota de hierro. No habrá perdón para ellos...

-He permanecido oculto en ésta casa vacía, cerca de Grovers Mill. Todo lo ocurrido antes de la llegada de estas criaturas monstruosas a la Tierra me parece en estos momentos un fragmento de otra vida... una vida que no guarda continuidad con la presente, la existencia furtiva del único sobreviviente abandonado. Miro mis manos ennegrecidas,mis zapatos rotos, mis ropas convertidas en harapos y trato de establecer una relación entre ésta ruina viviente y cierto profesor que vivía en Princeton y que la noche del 30 de octubre vio con su telescopio una explosión anaranjada en un planeta lejano. Mi esposa,mis colegas, mis alumnos, mis libros, mi observatorio, mi ... mi mundo ¿dónde están? ¿acaso existieron alguna vez? ¿Qué día es hoy? ¿Existen ya los días si no hay calendario? ¿Transcurre el tiempo si no hay manos humanas que den cuerda a los relojes?. Debo vivir, y para vivir debo comer... En la cocina encontré un pan enmohecido y una naranja. Desde la ventana mantengo constante vigilancia. De cuando en cuando alcanzo a divisar algún marciano que sobresale de la humareda negra...

-Y ha llegado a nuestro cuartel general el rumor de que los rojos tienen preparado para mañana, con el fin de impedir nuestro sensacional desfile, un nuevo bombardeo sobre Pamplona. Desde aquí les indicaremos luego, para demostrarles que no les tenemos miedo, nuestras más precisas coordenadas para que sus aeroplanos no se equivoquen, como acostumbran, de objetivo. A pecho descubierto, y confiando ciegamente en Dios, recibiremos sus obuses si acaso llegan a lanzarlos...

-Me aventuro a salir de la casa. Me dirijo hacia una carretera. No hay tránsito alguno. Aquí y allí se ve un coche destrozado, un equipaje caído, un esqueleto ennegrecido. Me dirijo hacia el norte. Mantengo siempre una cuidadosa vigilancia. Me acerco a un castaño. En octubre las castañas están maduras. Lleno mis bolsillos. Debo seguir con vida...

-Navarra entera queda pues advertida. Mañana, a las ocho en punto de la mañana, todos a reventar las calles de Pamplona para aplaudir el paso del audaz, del intrépido, del caballeroso, del magnánimo, del sacrificado, del legendario Ejército Nacional. ¡Viva Franco! ¡Viva España! ¡Arriba España!



Pasan horas que me parecen días, y fuera empiezan a sonar horrísonas sirenas antiaéreas. Me levanto, pero apenas tengo fuerzas para mantenerme en pie. Aún así desclavo una de las contraventanas: la gente corre despavorida a los subterráneos. El ruido no cesa y no me deja pensar: Todos a las ocho... El único superviviente... Comer, mantenerse vivo... El ejército nacional se ha hecho con Nueva Jersey... Un rayo de calor traído por la Legión Condor arrasa a los enemigos... Delicioso guiño regional al príncipe de Viana...

Abro la puerta del piso, ya no queda nadie en la casa. Me cuesta mucho bajar las escaleras, la luz del mortecino amanecer me abrasa los ojos. Las calles están desiertas. En los alcorques se mezclan las hojas y las castañas. En octubre las castañas están maduras. Lleno mis bolsillos. Debo seguir con vida y, además, aquella es una de las divisas de los reyes de Navarra... Allá, al fondo del paseo: unas figuras gigantes. Camino hacia ellas tambaleándome. Leo en su pedestal: Fernandus Rex Hispaniae. Tiene el brazo derecho levantado. Miro hacia dónde señala: el cuartel de la Guardia Civil. Bajo el otro personaje retratado leo: Karolus Vianae princeps. Su mano izquierda señala hacia abajo, indicándome el camino hacia donde tres ambulancias se hallan aparcadas. "Red Cross", en grandes letras, llevan grabado en su carrocería...



-What happens to you, friend? Are you ill?

-The...the nacionales have landed in New Jersey. Jane is waiting for me in London. The martians of general Franco occupied Navarre...

-Of course, my friend, of course... We will save this poor man...
We'll take you to London, with Jane. Cualquier cosa será mejor que obligarle a permanecer en esta condenada ciudad de locos. Aprovechemos que todos esos fascistas están en los refugios y metámoslo en el vehículo del Comisionado Mcallister. Quien sabe, quizás hasta puede que exista esa tal Jane...



Habla Orson Welles, señoras y señores, que abandona su papel de esta noche para asegurarles a ustedes que "La guerra de los mundos" no tiene más significado que el de una broma de Halloween. En el programa de radio del "Mercury Theatre" no podíamos cubrirnos con sábanas, saltar de entre los matorrales y gritarles ¡Buh!. De haberlo hecho, empezando ahora, no hubiéramos podido golpear las puertas de sus jardines durante la noche ... Habiendo descartado hacer eso, hicimos algo mejor. Aniquilamos al mundo ante sus propios oídos. Sin duda, se les habrá quitado un peso de encima si les decimos que no lo hemos hecho y que aún goza de buena salud. Así, entonces... ¡Hasta la vista a todo el mundo! y recuerden por favor la terrible lección que han aprendido esta noche. Ese invasor globular y reluciente que apareció haciendo muecas en las salas de nuestras casas, es sólo un habitante de la imaginación. Y si llega a sonar el timbre de sus casas y no ven a nadie allí, no crean que fue un marciano... fue el duende travieso que aparece la víspera de Halloween...


Que conste que la mitad de esta crónica, y sin duda la mejor, fue efectivamente escrita por el genial Orson Welles para su programa de teatro radiado que la noche del 30 de octubre de 1938 provocó el pánico en Estados Unidos. Va por usted, maestro.

© Mikel Zuza Viniegra, 2012

domingo, 11 de marzo de 2012

LA ÚLTIMA CARTA

Tafalla, 11 de marzo de 1471

Puede que os sorprenda recibir esta carta, señor conde de Lerín, sobre todo ahora que el trabajo que me encomendásteis puede darse definitivamente por fracasado y yo mismo vuelvo a ser un proscrito. Tomáosla como la última explicación que un soldado como yo debe a su superior, aunque sospecho que vos mismo conocéis más claves de esta asunto que yo...

Porque recordad que fuisteis vos quien me sacó de la mazmorra más oscura del castillo de Peña, que es la penitenciaría más inexpugnable de todo el reino. Me dijísteis que necesitábais a alguien de mis características: a quien nadie echase de menos y que además cumpliese el requisito de haber nacido agramontés, aunque ahora sirviese a sus mortales enemigos los beaumonteses. Y yo cumplía indudablemente todos esos requisitos, pues nací en una familia noble de la muy agramontesa ciudad de Tudela, de donde tuve que escapar a uña de caballo por una falsa acusación de asesinato con la que intentaron camuflar una querella en la que yo sólo ejercí mi derecho a la defensa propia.



Crucé las lineas y llegué hasta Pamplona, donde para poder subsistir tuve que enrolarme en vuestras tropas, para las que llegué a desarrollar misiones auténticamente suicidas contra mis antiguos correligionarios y parientes. Hasta me enviáisteis a la Aquitania inglesa, donde adquirí las sucias costumbres que practico desde entonces. Sobre todo una desmedida afición al licor que aquellos señores destilan en sus islas, a su entretenídisimo juego de naipes basado en las combinaciones entre reyes y ases, y a utilizar siempre juramentos e imprecaciones en su extraña lengua, y no en la mía propia.

Hasta que las denuncias por mis métodos un tanto expeditivos sumaron tantas resmas de papel que uno de vuestros capitanes decidió dejarme pudrir en la fortaleza a la que vos vinistéis a buscarme. Y lo que me propusísteis sonaba ciertamente absurdo: que aceptase buscar el oro de los agramonteses, aquél que supuestamente el rey Juan II había hecho llevar al castillo de Laguardia -que no pertenece a Navarra desde hace casi veinte años-, para pagar con él a las tropas que se enfrentarían al príncipe de Viana. Os confieso que ya había oído alguna vez esa vieja leyenda, que creía tan inventada como falsa. Pero era mi ocasión para salir de aquella condenada prisión, y no la desaproveché.

Con los pocos fondos de los que me proveisteis hice venir desde el norte a dos viejos amigos para que me ayudaran: el minero Jimmy Amaiur y el cazador Red-ín.



Y es que no sería asunto fácil burlar a las patrullas del gobernador castellano para llegar hasta donde supuestamente se ocultaba aquel tesoro. Eso sin contar con las bandas de desertores agramonteses que infestaban la frontera. Pero causando a nuestro paso más muertes que una epidemia de peste, conseguimos llegar al cementerio que según vos ocultaba la tumba donde se escondía vuestro ansiado oro...

Os hayan contado lo que os hayan contado, os doy mi palabra de oficial de que allí no había absolutamente nada. Quizás lo hubo en algún momento, pero por lo que yo yo he podido llegar a saber, se lo llevó el capítán Cintruénigo, un agente del propio rey Juan II, que una vez más volvió a engañar a todos, "robándose" a sí mismo un dinero que al fin y al cabo no le pertenecía a él, sino a la esquilmada Navarra. Así me lo contó dicho capitán con mi espada puesta sobre su cuello. Comprenderéis que con todo lo mal que lo habíamos pasado, procediéramos a confiscarle la parte de aquella fortuna que el desgraciado había obtenido por su participación en semejante estratagema.

Gracias a ello mis amigos y yo podemos ahora pensar en un bonito y cómodo futuro, del que no me molesta adelantaros algo, en la confianza de que, si sabéis lo que os conviene, no mandaréis a ninguno de vuestros perros tras nuestra pista. Hace mucho tiempo que no voy por Tafalla, y acaban de llegarme noticias de que una buena amiga mía llamada Zaranda Pearl, está actuando allí en un tugurio llamado "La Huesera". Tenemos algo pendiente ella y yo. Y aunque Jimmy dice que ella volverá a mascar y escupir luego mi corazón como si fuera un trozo de tabaco, convendreís conmigo en que no hay ningún otro tipo de mujer por el que merezca la pena arriesgarlo todo...



So long, Beaumonteko Jauna.

Firmado:

Teniente del 7º de caballería, Mikel Doneztebe Lekunberry


Y esto fue escrito al día siguiente de la muerte del señor Jean Giraud, el más importante maestro dibujante que hayan visto los ojos de este cronista, que le debe muchos ratos de felicidad y entretenimiento.
Merci pour tout, Gir.

© Mikel Zuza Viniegra, 2012

lunes, 27 de febrero de 2012

DE TEBEO 2ª parte



Ciudad de Valognes, Normandía navarra, 3 de noviembre de 1357

-Señores, esta es sin duda la ocasión que llevábamos tantos meses esperando: el rey Juan de Francia está prisionero en Inglaterra, y su hijo el delfín Carlos está bloqueado por los Estados Generales, que domina nuestro ferviente partidario el preboste de París Etienne Marcel. Sí, amigos: llegó el momento de liberar a mi hermano, el rey Carlos de Navarra.

-Blanca, vos siempre tan optimista. ¿Acaso no veis el triste estado en el que nos encontramos? El delfín estará bloqueado en Paris, pero sus tropas persiguen a sangre y fuego cualquier signo de poderío navarro que quede en estas tierras. A duras penas hemos conseguido esquivarlas para poder llegar a esta cita, pero aún así no quedamos más que cuatro de los treinta caballeros que salimos desde Mantes: Corbarán de Lehet, Rodrigo de Uriz, Carlos de Artieda y yo mismo, vuestro leal servidor Ferrando de Ayanz. ¿De verdad creéis que podemos planear siquiera un asalto a la fortaleza de Arleux, donde vuestro hermano, nuestro amigo y soberano Carlos II de Navarra lleva ya más de seis meses encerrado?

-No sólo lo creo, mis fieles amigos, sino que estoy convencida de que ha de ser ahora o nunca. Si el delfín consigue frenar la revuelta ciudadana, no tardará en volver su ira contra nosotros. Además, en este preciso instante disponemos de la protección económica del preboste. Gracias a ella llegareis hasta Arleux sin mayores contratiempos. Una vez allí, para conseguir entrar en la torre, el que sólo seais cuatro será más ventaja que inconveniente...

-Dios, Blanca, que buen rey hubiérais sido de haber nacido varón...

-Bueno, puede que mi hermano Carlos me iguale en inteligencia, pero desde luego desconoce por completo la virtud de la diplomacia, y quizás por eso mismo se encuentra ahora en tan penosa situación. Aunque como os he dicho: está en nuestras manos cambiar su destino.

-Todos nos hemos criado juntos, Blanca, y sabéis que podéis confiar en cualquiera de nosotros cuatro como si fuésemos familiares vuestros. Así las cosas, creo que nos merecemos conocer qué plan habéis elaborado para lograr tan feliz liberación...

-En realidad el plan no lo he pensado yo, sino aquel Jorge el inglés cuyas historias tanto nos emocionaban cuando niños...

-¿Qué? ¿Queréis decir que Green Man va a ser nuestro "capitán" en este lance? ¡No lo puedo creer! Quizás debiérais volver a vuestras labores de bordado, y dejar esta misión en manos de auténticos guerreros, Blanca.

-¡Contened esa lengua, don Corbarán, que parece que olvidáis que estáis ante la reina viuda de Francia! La guerra no es sólo cuestión de manejar una espada de corte más afilado que la de tu adversario, sino sobre todo de planear previamente la estrategia que conducirá a la victoria final. Quizás yo no pueda mover vuestras pesadas armaduras, pero me sobra ingenio para dirigirlas hacia el cumplimiento de su cometido...

-Tenéis razón, perdonadme. No en vano fiísteis siempre la más despierta de todos nosotros en aquella escuela que compartimos en la catedral de Pamplona, y sois ahora conocida con mucha razón en todo el reino como la "Belle sagesse". Mandadnos pues, que obedeceremos lo que vos dispongáis.Pero aún así me queda una última duda por resolver: ¿no ha contestado ningún rey a las demandas de ayuda y socorro que les envíamos cuando don Carlos fue apresado?

-Siento deciros que únicamente el señor de Latveria respondió a nuestra demanda, pero con una insolencia tal que no quise tener en cuenta su insultante carta, en la que nada menos que exigía a cambio de su colaboración que Navarra se convirtiese practicamente en país vasallo del suyo y, rubor me causa decirlo, que yo misma aceptase no ya ser su esposa, sino una más de sus muchas concubinas...



-¿Latvería? Pero ese territorio queda más allá de los Alpes bávaros, ¿no es cierto? Pues cuando acabemos este asunto en el que nos hallamos inmersos, quizás sea buen momento para visitar a ese insensato y bajarle los humos para que aprenda a tratar a una princesa de Navarra. Así os lo prometo yo: Carlos de Artieda.

-Y mucho os lo agradezco, pero no tenemos ahora tiempo para perderlo dedicándoselo a las fanfarronadas de un loco, que eso es lo que debe ser aquél villano. Centrémonos más bien en el rescate de nuestro rey, que mucho debe ser lo que está padeciendo encerrado en su prisión. Hablemos pues de ella: la villa de Arleux está totalmente amurallada, pero cuenta con numerosos portales cuyos guardianes están prestos a ser sobornados por nuestros agentes. Hay tres torreones principales donde encierran habitualmente a los reos, y la fortuna ha querido que Carlos esté custodiado en el que llaman "Le forestel", por estar rodeado de una casi impenetrable selva. Y esa será nuestra mejor baza, pues una vez dentro de la ciudadela cubriréis vuestras ropas y armas con ramas, hojas y todo lo que allí la vegetación os proporcione para elaborar vuestro camuflaje, igual que hacíamos cuando niños para imitar las hazañas de Green Man. De noche será imposible distinguiros del entorno, y podréis acercaros de esta forma sigilosamente a los guardias, que no tendrán ya posibilidad de defensa, pues será como si aquel mágico bosque de Birnam del que nos hablaba Guillermo, subiese por fin hasta la alta colina de Dunsinane para acabar con la tiranía del rey Macbeth de Escocia...

-Me temo que os equivocáis de Guillermo, princesa, aunque también pueda ocurrir que todos los ingleses que lleven ese nombre sean igual de imaginativos. Lo importante es que no nos parece vuestro plan tan descabellado, querida Blanca. Claro que del dicho al hecho va un gran trecho, pero creo hablar en nombre de los cuatro si os digo que Green Man está a punto de vivir otra gran aventura. Sólo lamento que no dispongamos también de alguna de aquellas maravillosas armas con las que contaba nuestro héroe de la infancia...


-He pensado también en eso, Ferrando. Y he ordenado a mis herreros preparar unos pequeños y afilados proyectiles arrojadizos, a la usanza de aquellos provenientes del Cipango que utilizaba Green Man. Además, como podéis observar, he insistido en que su diseño fuese el mismo que el de la divisa de nuestra gloriosa dinastía de Evreux: el triple lazo. Cuando los lancéis contra vuestros rivales, cualquiera de sus tres puntas se clavará en su carne con tal fuerza que ninguno necesitará ya que vuelva a atenderlo un médico.

-Pues no se hable más, que nos quedan varios días de viaje por delante para llegar a Arleux. Si todo sale bien, volveremos a reunirnos todos aquí. Y con nosotros vendrá nuestro legítimo rey y señor don Carlos II, os lo juramos.

-Dios te oiga, Ferrando, pues así podremos callar a los que, como mi señor padre, el rey don Felipe, no cesan equivocadamente de repetir que leer historietas no es más que una pérdida de tiempo...



Texto escrito por Jean Froissart (1337-1404), principal cronista del siglo XIV:

"El nueve de noviembre de 1357, cuatro de los mejores hombres del ejército navarro, que formaban un comando, asaltaron la prisión donde se hallaba encarcelado su rey don Carlos, a quien no tardaron en liberar. Hoy, buscados todavía por la corona francesa, sobreviven como soldados de fortuna. Si tiene usted algún problema y se los encuentra, quizás pueda contratarlos..."





© Mikel Zuza Viniegra, 2012

jueves, 23 de febrero de 2012

DE TEBEO 1ª parte



Claustro de la catedral de Pamplona, 23 de febrero de 1342

-Señor don Guillermo, casi está anocheciendo ya, y nos prometísteis que hoy nos contaríais más aventuras de ese héroe que tanto nos gusta...

-No lo he olvidado, príncipe don Carlos, pero sospecho que el señor obispo o vuestro mismo padre, el poderoso rey don Felipe, no están tan ansiosos como vos y vuestros amigos por conocer esas hazañas. Lo que ellos quieren es que yo empiece a trasladar de una vez los dibujos de mis planos a la piedra en la que se han de tallar las portadas de este claustro...

-No os preocupéis, que yo hablaré con mi padre para que no os tenga en cuenta ese retraso. Le diré que nos estáis enseñando arquitectura, que es saber muy necesario para un gobernante que se precie, y más aún si nos los proporciona alguien como vos, proveniente de la industriosa Inglaterra.

-Está bien, id a avisar a vuestras hermanas y a vuestros otros compañeros. Nos reuniremos bajo la gran chimenea de la cocina, que al abrigo de su fuego reparador iré recuperando yo el calor perdido en estos gélidos andamios. Yo por mi parte avisaré al señor arcediano para que nos prepare un tentempié con el que saciar el hambre, que sois todos muy jóvenes y estáis en edad de crecimiento...

-Aquí estamos ya todos, don Guillermo: mis hermanas Agnes y Blanca, y mis amigos Corbarán de Lehet, Rodrigo de Uriz, Carlos de Artieda y Ferrando de Ayanz.

-Perfectamente. ¿Recordáis bien lo que os conté sobre ese personaje que tanto os intriga?

-¡Naturalmente! El caballero Carlos de Kent, cuando era niño, se perdió en el bosque que rodeaba el castillo de sus padres. A medida que se internaba más y más en aquella floresta, el ruido que hacían las multiples alimañas que allá moraban iba metiendo el miedo en su corazón, hasta que de repente se dio de bruces con el lobo más enorme que nadie haya visto jamás. Entonces el señor de los bosques, que es un genio benéfico qeu domina toda la naturaleza, se apiadó del joven y le confirió la habilidad de transformarse en aquella selva que los rodeaba, de tal forma que su cuerpo y su cara quedaron al instante cubiertos por hojas, ramas, flores y frutos, que a su sólo deseo podían atrapar o desatrapar a quienquiera que se le opusiese. Y vio entonces como de sus manos brotaban fuertes espinos que sujetaban a la bestia hasta convertirla en inocente perro faldero. Y muy agradecido al señor de la espesura, le prometió que siempre usaría esos poderes para ayudar a los más necesitados, pues sin duda un gran poder conlleva una gran responsabilidad. Y desde entonces pasó a llamarse "Green Man", pues como muy bien nos explicásteis, don Guillermo, todos estos héroes de asombrosas capacidades requieren tener un nombre en vuestra lengua natal, pues ¿qué supervillano respetaría a alguien llamado simplemente "Hombre verde"? En cambio "Green Man" impone con su sonora rotundidad el miedo a los malhechores, no hay duda de ello. Así que mientras no hay ningún peligro en lontananza, Carlos de Kent se comporta como un medroso y torpe caballero, pero en cuanto se desata una amenaza, toma su lugar Green Man, que desface tal entuerto en un periquete...

-Veo que no habéis dejado que cayera en el olvido lo que os conté, apreciados infantes. Así que procederé a contaros más cosas sobre Green Man.




No sin antes volver a recordaros que fue el gran dibujante Villard d'Honnecourt, el primero que le confirió ese aspecto tan característico con el que todos lo conocemos, y que habréis podido ver en la arquivolta que he tallado en la crujía norte y en las extraordinarias ménsulas de la capilla del obispo Barbazán. También está representado en la clave de la portada de Santa María de Olite



Fotografía obtenida del blog: http://gerindabai.blogspot.com/


o en varias esculturas hechas para la portada del templo de Santa María de Uxue, señal de que otros maestros también son tan aficionados como yo a sus intrépidas proezas...




Fotografías obtenidas del blog: http://ujue-uxue.blogspot.com/



-Claro que sí, maestro Guillermo. Y no puedo dejar de agradeceros que me consiguiéseis ese primer número, aunque a mi señor padre don Felipe le costara casi cien florines de oro del cuño de Tolosa complacer mi capricho...

-Pensad que irá incrementando su valor según pase el tiempo, infante don Carlos, y que quizás dentro de trescientos años un sucesor vuestro en el trono de Navarra, deba agradeceros postumamente poder pagar sus deudas gracias a que vos os hicísteis con tan raro tesoro. Pero se nos está haciendo tarde, así que permitidme ahora que os hable del archienemigo de nuestro héroe, pues debéis saber que todos estos extraordinarios guerreros tienen siempre un rival que no cesa de tramar asechanzas contra ellos. Y el de nuestro Green Man, se llama don Alex de Luthor, que es caballero malvado y mezquino donde los haya, que procura acabar con todos los árboles que a su paso encuentra, de suerte que todos lo comparan con aquél bárbaro Atila, pues igual que él, por donde pasa su caballo no vuelve a crecer la hierba...

-Contadnos alguna de sus bellaquerías antes de que nuestra aya nos mande a la cama, por favor...

-Las mayores villanías las comete intentando que doña Luisa de Lane, la dama enamorada de Green Man, le quiera a él y no a nuestro héroe. Una vez, como veréis en el album que muy pronto os dibujaré, le hizo caer en una trampa de fuego, y mientras nuestro paladín luchaba por librarse de ella sin salir chamuscado, don Alex cubrió su cuerpo de hierba y de hojas muertas para hacer creer a doña Luisa que era su campeón. Y lo hubiera conseguido si no fuera porque pudo escabullirse el valiente Green Man llenando aquella fosa ardiente de semillas de rododendro que hizo brotar de sus dedos, pues de esa planta cuenta el tratado botánico denominado "Fisyologus" que no arde ni en mitad del incendio más terrible. Y cuando ya don Alex y doña Luisa estaban a punto de sellar su amor, pidió ésta al fementido traidor, pensando que era su idolatrado Green Man, que cubriese el lecho de pétalos de rosas, violetas y clavelinas, como otras veces había hecho ya en semejantes ocasiones, y como no pudiese cumplir tal deseo, mucho se mordió las manos de rabia perdiendo así un tiempo precioso, pues entonces llegó nuestro titán y de dos soberbios puñetazos -que algo así como "kataplan" y "rang" sonaron- lo echó del castillo, y aun se complació luego en cubrirle de cardos, ortigas y zarzamoras de ferreas espinas sus partes nobles, para que el bellaco escarmentase de una vez. Mas no creo yo que haya aprendido este malvado tan sutil lección...

-¡Bravo por Green Man, no hay otro como él!

-Eso es muy cierto, estimadas damas y apreciados señores: no hay nadie como él. Pero discupadme ahora, que vuestro padre el rey me reclama ahora mismo en su sala de audiencias...

-Habéis provocado mi ira, don Guillermo, pues no ceso de recibir quejas de los preceptores de mis hijos y de los padres de los nobles que se educan con ellos, pues tenéis a todos tan subyugados con las historias de ese hombre de los bosques, que no paran de rebozarse en heno para parecerse a él y jugar todo el día a remedar sus aventuras. Y ya me diréis para qué le sirve a un príncipe pasar el día leyendo, no ya la historia de sus gloriosos antepasados, sino estas historietas que vos les contais y les dibujais. Aunque será mejor que os lo diga yo mismo: para nada. Así pues he decidido atender la petición de mi querido pariente el rey de Aragón, y dejar que retornéis a ocuparos de las obras de la catedral de Huesca. Mañana mismo partiréis hacia esa ciudad de la que quizás nunca debí traeros...

-¿Podré al menos escribir una carta de despedida a vuestro hijo, mi señor don Felipe? He tomado en este tiempo cariño a un muchacho tan despierto.

-Haced como os plazca, pero mientras de mí dependa, no volveréis a verlo...


"-No os aflijais por mí, joven don Carlos. Vuestro padre sólo quiere lo mejor para vos y vuestras hermanas, pero creo que se confunde pensando que lo que él despreciativamente llama "historietas" no sirven para nada. Aún sois todos muy niños, pero estoy seguro de que llegará en vuestra vida al menos una ocasión en la que seguir el difícil -aunque maravilloso- ejemplo de Green Man. Y para que no lo olvidéis nunca, prometo que os iré enviando puntualmente cada mes, por medio de mi mensajero el señor de Novaró, una nueva aventura suya. Adiós, querido príncipe..."


© Mikel Zuza Viniegra, 2012

martes, 7 de febrero de 2012

JOTA BRAVA



Palacio real de París, 7 de febrero de 1308

-Isabella, querida hija, os digo que vuestro hermano Luis (al que por su testarudez todos apodan "el Hutín"), no es el mismo desde que volvió de aquel condenado reino de Navarra a donde yo lo mandé para que lo coronaran rey.

-¿Y cómo iba a serlo, majestad, si según nos contaron los cronicones, bebió sin tasa del jugo rojo que por aquellos lares tanto se estima? Firmó luego todos los documentos y mercedes que aquellos muy hábiles cortesanos pusieron delante de sus ojos, de tal suerte que ahora lo consideran el soberano más justo y amable de todos los que se han sucedido en aquel trono.

-A su edad yo podía beber toda la cosecha de Armagnac que hubiera en las bodegas de mi padre, y no por eso se me nubló jamás el entendimiento. No, no es sólo que aquellos avispados vasallos se aprovecharan de la embriaguez de su nuevo gobernante, sino que además él parece echar de menos aquél diminuto rincón del mundo que es Navarra, y por eso no hay quien le haga quitarse esa casaca roja que allí le regalaron, y se pasa todo el día haciendo que los juglares le interpreten canciones que allá y sólo allá se escuchan.

Vos misma podréis comprobarlo, pues por allí les oigo llegar a él y a sus músicos. Ocultémonos detrás de este tapiz para que el no pueda vernos...

-¿Habéis podido traducir a la lengua francesa el cántico de guerra que os entregué la semana pasada, maître des Petites Tours?

-Por supuesto que sí, don Luis. Sentáos en ese escabel y os deleitaremos ahora mismo con nuestra versión:

"L'onze du Salut,
courageux et lutteur,
il defende ses couleurs
avec vigueur qui enroule,
pour ça les passionnés crient sans cesser
En haut, le Salut, qui tu sais triompher.

De ta chemise et ta baniere,
fort et rouge est la couleur,
de ta chemise et ta baniere,
comme le chêne montagnard,
et le vin de la riviere,
vibre a toi Navarre entiere,
où est-ce que tu est..."

-¡Bravo, maître, muy buena versión! Salvo por un par de pequeños detalles: no hay que ser tan puntillosos a la hora de verter a nuestro idioma un himno tan fiero como éste. Así pues quitad eso de "Salut", y cambiadlo por "Osasuna", que es palabra sonora, rotunda y original donde las haya. Y naturalmente eliminad inmediatamente el artículo "le" delante de nombre tan glorioso, que así sólo lo escriben los extraños y los lerdos...

-¿Veís lo que os decía, doña Isabel? ¿Qué van a pensar de mí, el rey Felipe el Hermoso de Francia, teniendo un hijo tan alocado como este don Luis?

-Pues a mí no me ha desagradado tampoco esa tonada que hemos escuchado, padre. Y digo yo si será porque los caballeros navarros combaten normalmente en los torneos de forma muy parecida a los ingleses: en tromba y dando patadones hacia arriba.

-El caso es que yo ya había oído estos cánticos a vuestra pobre madre, que tenía muy a gala haber nacido en plena Navarrería de Pamplona, pero no sospeché jamás que en sólo un mes de estancia entre ellos, mi primogénito adoptara tan convencido sus bárbaras costumbres. Luego dicen que la herencia no tira...

-Lo que tenemos que hacer es unirnos a él, que mirad ahora con qué gracia levanta las manos para bailar este otro son:

-"Petite colombe, petite colombe...
Ne leves pas si haut le vol...
que deja non pourras tourner plus tard..."

-¡Pues tenéis razón, qué pichorras, como solía decír vuestra madre! ¡Que ya estoy yo también harto de tanta etiqueta y tanto "savoir faire"! ¡Que saquen ahora mismo las redomas esas tan coloradas que se trajo mi hijo de Navarra! ¡Y ataque con la de los labradores, maître des Petites Tours, que para eso era la favorita de mi mujer.

-"Parce que viennent si heureux les laboureurs,
qui quand ils viennent du campagne, ils viennent en chantant..."


© Mikel Zuza Viniegra, 2012

viernes, 3 de febrero de 2012

QUÉ MÁS DA AQUÍ O ALLÁ

Valcarlos, 28 de febrero de 1876


-¡Volveré!

Quien acaba de pronunciar tan sonoro reclamo es Carlos VII, el pretendiente carlista a la corona, pero ni sus más cercanos colaboradores, entre los que se halla Pedro de Urrutia, teniente coronel de la Segunda Compañía de Navarra, han creído ni por un momento en que pueda cumplir su palabra.

No. La derrota es total, y el ejército del que se autodenomina Alfonso XII domina por completo el territorio que una vez elevó a verdaderos reyes sobre su escudo. Nada le queda por hacer aquí. Dicen que al otro lado del mar está la tierra de las posibilidades, de la Libertad, Así que se cuadra por última vez ante don Carlos, y emprende el camino hacia Burdeos, que tiene el puerto de mar más importante del suroeste.

El pasaje hacia Estados Unidos, donde también acaba de concluir otra guerra civil, se lleva practicamente todo su peculio, pero merece la pena por arribar a donde dicen que todos los hombres son iguales. Sólo se queda con unos pocos recuerdos de su pasada vida: un sable, unas ya inútiles monedas con el perfil barbado del pretendiente, y una vieja txapela colorada de la que pende una larga borla dorada...

Pero el Este de América no es tan distinto a lo que él ya conoce de Europa. Cada uno vela por su negocio, y no hay allí más libertad que la que da mirar por las noches el cielo estrellado desde las estrechas calles de una ciudad enorme y llena de miseria. No. Es al Oeste a dónde hay que ir, y la manera más fácil de conseguirlo para alguien que sólo ha conocido la guerra, es alistarse en el ejército de la Unión, cuyos regimientos van extendiendo el país aún a costa de frecuentes choques armados con los nativos.

Va vestido ahora con una guerrera azul, y a medida que el potente tren va dejando el Este atrás, va cambiando también el paisaje, hasta culminar el recorrido en el desértico territorio de Arizona. Y lo primero que pueden ver los soldados al descender del vagón es una pintada en la pared que dice: "Welcome to Hell". "Bienvenidos al Infierno."

Ninguno de aquellos harapientos irlandeses, escoceses y galeses posee la más mínima instrucción militar, así que él no tarda en ser promovido al grado de sargento. Pero el adiestramiento concluye pronto: la prioridad es acabar con las bandas de salvajes apaches que saquean los ranchos de los cada vez más numerosos colonos que allí se van asentando, a pesar del mandato en contrario que establecen todos los tratados firmados con ellos.

Y no entiende Pedro cómo nadie puede desear querer vivir en aquel erial. Y tras cada marcha diaria, envuelto en la arena con que el rugiente viento les cubre, echa cada vez más en falta los verdes paisajes de Aribe y Arrazola. Pero hay otra cosa que sí entiende: que aquella tierra pertenece a los apaches, y que quitársela de esta manera no otorga más medalla que una honda vergüenza interior, que sus compañeros de armas no parecen compartir, pues se complacen en disparar sin motivo incluso contra todos aquellos indios que cumplen la orden presidencial de concentrarse en reservas miserables y paupérrimas.

Aunque no todos lo aceptan. Gerónimo, el jefe de guerra de los apaches chiricahuas, y Vitorio, el jefe de guerra de los apaches Mescaleros se han refugiado en la zona más agreste de la Sierra Candelaria, allí donde ningún hombre blanco llegaría jamás por su propio pie. Ningún hombre blanco nacido en las llanuras de Irlanda, por supuesto, porque Pedro puede seguir el rastro de cualquier ser vivo, porque nació rodeado de montañas, y no tiene más rival en ese terreno que el águila que vuela sobre los macizos rocosos.

Así que es el propio general Crook quien le ordena que sirva de rastreador a una columna encargada de acabar con aquellos "rebeldes y forajidos". Y a medida que van subiendo por la sierra, comprueban los casacas azules que sólo los guerreros habitan las cumbres de aquel laberinto, mientras que los viejos, las mujeres y los niños permanecen en las estribaciones.

Y Pedro cree que no ha entendido bien la orden de "a la carga" que el teniente Lawton acaba de gritar, pero la trompeta repite estridentemente esa orden y todos los soldados se lanzan contra el indefenso poblado como si se estuvieran dirigiendo hacia la Gloria.

Pero no queda tras su paso más que otra masacre de indios a añadir a las muchas cometidas ya por los cuchillos largos. Pedro, asqueado, no ha disparado un solo tiro, pero sus protestas no evitan que la persecución continúe ladera arriba, incluso de noche, para intentar sorprender a Gerónimo a toda costa. Y en uno de los recodos de aquella impracticable senda, completamente inmóviles y mimetizados con el terreno como sólo pueden llegar a estarlo los apaches, una densa lluvia de flechas y de disparos de Winchester recibe a los agotados reclutas.

Todos van cayendo ante la imposibilidad de hallar refugio alguno ante aquella mortífera descarga. Pedro ve llegar la flecha que se le hunde en el pecho y cae violentamente al suelo. El asta le ha cosido materialmente la guerrera y la ropa interior, pero la punta ha rebotado en la vieja medalla de plata con la imagen de la virgen de Roncesvalles que le entregó su madre cuando partió a ingresar en las fuerzas de don Carlos, y sólo ha rozado superficialmente su pecho. Aún así está aturdido por el golpe o quizás la flecha estuviera envenenada, así que desde su posición va viendo como los indios van rematando a aquellos de sus compañeros que han demostrado no saber luchar más que contra squaws y papooses. Y aquél más alto debe ser el propio Gerónimo...

Y entonces el teniente Lawton se levanta de entre los hombres caídos y apunta al jefe de los chiricahuas, y cuando el gatillo de su révolver está a punto de dejar salir el proyectil que acabará definitivamente con aquél al que de niño pronosticaron que no moriría de un balazo, Pedro amartilla su colt y dispara contra el teniente, que cae muerto en el acto.

Gerónimo se acerca entonces a quien le ha salvado, que parece delirar, pues no para de repetir algo así como: "Orreagako Ama, gorde gaitzazu zeru arte!"

-No conozco esa lengua. No es inglés, ni mexicano, ni parece apache tampoco. Mirad si sus heridas pueden curarse. No puedo matar a quien ha salvado mi vida, cumpliendo la profecía que me hicieron cuando niño...

Y en apenas cinco días está ya Pedro restablecido. Lo suficiente al menos como para aceptar unir su sangre con la de Gerónimo, que le reclama como hermano.

-Por más tiempo que viva, jamás terminaré de entender al hombre blanco ¿Por qué lo hiciste? -pregunta el apache.

-Porque no hace tanto que luché por un Dios, por una Patria y por un Rey. Tu Dios está allá arriba, en las praderas eternas, esperándote rodeado de tus antepasados. Tu Patria son estas montañas que nadie debería intentar arrebatarte. Y tu Rey eres tú mismo, porque en realidad ni tú ni nadie necesita a ningún otro.

-Sigo sin entender nada de lo que dices, pero ahora eres mi hermano de sangre, así que siempre tendrás un sitio entre los chiricahuas, soldado. Al menos mientras sigamos siendo libres.

-El de hombre libre es sin duda el mejor título que un rey como tú podría reconocerme. No tengo nada con lo que corresponder al cuchillo de plata que me ofreces. Nada, salvo está vieja txapela colorada. Será un honor para mí que la aceptes...




Tucson, Arizona. 3 de febrero de 1878. Cuartel General del ejército federal en ese territorio.

Transcripción del telegrama recibido por el general Crook desde el puento avanzado de Fort Apache:

-Extraviada de nuevo la pista de Gerónimo y sus hombres. Stop. Informes no corroborados lo sitúan al otro lado de la frontera. Stop. Algunos testigos dicen que lleva siempre su cabeza cubierta por un curioso sombrero que podría definirse como una "red beret". Stop. Seguimos sin saber nada del renegado Pedro de Urrutia. Stop. Pero continuamos buscándole...
© Mikel Zuza Viniegra, 2012