sábado, 31 de diciembre de 2011

TURN TURN TURN



Palacio real de Tafalla, 31 de diciembre de 1433

Y no es buena cosa -piensa el joven príncipe de Viana-, tener que andar el último día del año con la nariz metida en la enorme Biblia que normalmente utilizan los capellanes de Santa María. Mas su madre, la reina doña Blanca, le ha rogado que se aprenda su fragmento favorito de las Escrituras, para que pueda recitarlo esta noche ante todos los invitados que llegarán al castillo para celebrar la llegada del nuevo año.

Y lee y relee una y otra vez aquellos odiados latines, pero no termina de retener tantos versos en su memoria, pues, al fin y al cabo, no es más que un muchacho de trece años:

"Omnia tempus habent,
et momentum suum cuique negotio sub caelo:

tempus nascendi et tempus moriendi,
tempus plantandi et tempus evellendi quod plantatum est,

tempus occidendi et tempus sanandi,
tempus destruendi et tempus aedificandi,

tempus flendi et tempus ridendi,
tempus plangendi et tempus saltandi,

tempus spargendi lapides et tempus eos colligendi,
tempus amplexandi et tempus longe fieri ab amplexibus,

tempus quaerendi et tempus perdendi,
tempus custodiendi et tempus abiciendi,

tempus scindendi et tempus consuendi,
tempus tacendi et tempus loquendi,

tempus dilectionis et tempus odii,
tempus belli et tempus pacis..."


Así que cierra el librote y se pone a escuchar a John Olfield, que es muy gran músico, venido hace muchos años de Inglaterra a la corte de Navarra, y que ahora mismo ensaya las piezas que interpretará horas más tarde ante tan distinguida concurrencia. Y como sabe el maestro de capilla el encargo que a don Carlos ha hecho su madre, mucho le reprende por su pereza y su falta de voluntad.

-¿Queréis disgustar a la reina? ¿Qué hacéis que no estáis estudiando lo que ella os ordenó?

-Si no entiendo lo que quieren decir ni la mitad de las frases, mister Olfield. ¿Cómo voy a aprendérmelas?

-¿Pero acaso pertenece el fragmento al extrañísimo e ignoto Libro de Jonás? ¿O es quizás el profético e incomprensible Apocalipsis de San Juan lo que debéis intentar retener en vuestra principesca cabeza?

-Nada de eso. El capítulo tres del Libro del Eclesiastés es lo que debo asimilar en apenas unas horas.

-¿El capítulo tres? ¡Pero si es el mismo que mi gran amigo Pete Seeger utilizó para componer una de sus más famosas canciones, allá en York! ¡Y hasta recuerdo lo bien que la cantaban una banda de melenudos juglares llamados The Byrds!



-¿En inglés? ¡Lo que me faltaba! ¿Y no habrá nadie que la haya trasladado al romance navarro?

-¡Cerrad la boca y abrid los oídos, niño impertinente! Sabed que es la lengua sajona la más apropiada para todo tipo de cánticos y coplas. Comprobadlo vos mismo:

"To everything
There is a season
And a time for every purpose, under heaven

A time to be born, a time to die
A time to plant, a time to reap
A time to kill, a time to heal
A time to laugh, a time to weep

To everything
There is a season
And a time for every purpose, under heaven

A time to build up,a time to break down
A time to dance, a time to mourn
A time to cast away stones, a time to gather stones together

To everything
There is a season
And a time for every purpose, under heaven

A time of love, a time of hate
A time of war, a time of peace
A time you may embrace, a time to refrain from embracing

To everything
There is a season
And a time for every purpose, under heaven

A time to gain, a time to lose
A time to rend, a time to sew
A time to love, a time to hate
A time for peace, I swear its not too late..."


-Muy hermosa tonada, efectivamente, mister Oldfield. Pero sigo igual de in albis que al principio, nunca mejor dicho. ¿No podríais vos hacerme la traducción?

-¿No estáis tomando por costumbre que cualquier otro haga vuestras tareas, don Carlos? Cuando vuestro preceptor don Alfonso de la Torre os tome la lección, yo no estaré allí para que podáis pedirme que sea yo quien le responda...

-Sólo por esta vez, John. Por favor...

-Está bien, pero sólo porque no quiero que mi señora doña Blanca compruebe ante sus invitados que su hijo no es tan despierto como cree. Tomad nota:

"Para todo hay un tiempo,
y un tiempo para llevarlo a cabo, bajo el cielo.

Un tiempo para nacer, y un tiempo para morir
un tiempo para sembrar, y un tiempo para cosechar
un tiempo para matar, y un tiempo para curar
un tiempo para reir, y un tiempo para llorar.

Para todo hay un tiempo,
y un tiempo para llevarlo a cabo, bajo el cielo.

Un tiempo para construir, y un tiempo para destruir
un tiempo para bailar, y un tiempo para sollozar
un tiempo para lanzar piedras, y un tiempo para juntarlas

Para todo hay un tiempo,
y un tiempo para llevarlo a cabo, bajo el cielo.

Un tiempo para amar, y un tiempo para odiar
un tiempo para la guerra, y un tiempo para la paz
un tiempo en que puedes abrazar, y un tiempo en que ya no puedes hacerlo

Para todo hay un tiempo,
y un tiempo para llevarlo a cabo, bajo el cielo.

Un tiempo para ganar, y un tiempo para perder
un tiempo para rasgar, y un tiempo para coser
un tiempo para amar, y un tiempo para odiar
un tiempo para la paz, y te juro que no es demasiado tarde."


-¡Qué versos tan certeros, mi señor John!

-Sí, príncipe Carlos. Y todo hombre que viene al mundo haría bien en guardarlos en lo más hondo de su corazón, pues no hay cosa más verdadera que ésta: sólo tenemos un tiempo determinado y muy corto para demostrar nuestro talento. Pero en lugar de tomar conciencia de ello preferimos abandonarnos a distracciones que nos apartan de lo que hubiéramos podido lograr realmente, y cuando queremos volver atrás, ya no hay lugar.
Y esta lección vale tanto para vos, que nacísteis para gobernar, como para el más humilde de vuestros vasallos. Ambos ganaréis y perderéis, reiréis y lloraréis, amaréis y odiaréis, pero sólo cuando os toque hacerlo. Y si dejáis pasar ese momento, nunca podréis volver a encontrarlo. No olvidéis jamás esta enseñanza, y sin duda acabaréis agradeciéndome habérosla descubierto. Y ahora volved a vuestra tarea, u os obligaré a escuchar durante horas el horrísono canto del "you have come to the shore"

-¡No, semejante crueldad no, por Dios! Inmediatamente me pongo a ello, podéis estar bien tranquilo. Y os prometo que siempre recordaré que todo en la vida debe hacerse en el momento oportuno, y que lo que no hagamos hoy, es imposible que lo hagamos mañana.
En cualquier caso, para vos, mister Oldfield y para todas las posibles lectoras y lectores que han de llegar si Dios quiere en los próximos 578 años:

Happy new year 1434!

http://www.youtube.com/watch?v=fg73MRomwSA



© Mikel Zuza Viniegra, 2011

martes, 27 de diciembre de 2011

SIGUIENDO LA ESTRELLA



Una reciente visita a Barcelona me permitió acercarme al mercat de Sant Antoni, allí donde todos los domingos se concentra una de las mayores ofertas de libros viejos que nadie imaginarse pueda.

Naturalmente, la posibilidad de hacerse con un tesoro bibliográfico depende muy mucho tanto de la suerte como de la cartera con la que uno cuente, y no suelo ir muy sobrado de ninguna de las dos cosas, así que ya estaba dispuesto a irme sin nada que echarme a los ojos, cuando reparé en un montón de viejos catálogos de la casa inglesa de subastas Sotheby's. La mayoría habían sido editados en los años 50, y no albergaban más que la consabida lista de antiguedades orientales con las que algún millonario de nuevo cuño querría adornar su casa. Pero el número más antiguo, perteneciente al mes de junio del año 1948, dedicado en su mayor parte a una puja de libros impresos, encerraba en su interior una formidable sorpresa para cualquier amante de la historia de Navarra.



Al ir pasando distraidamente sus apolilladas hojas, al llegar a la página veintisiete, pude ver dos fotografías de buen tamaño, una en blanco y negro y otra coloreada con esos tonos pastel tan del gusto de aquella época, de unas pequeñas figuras de barro pintado que el autor del artículo definía laconicamente como "Medieval Christmas crib. XV century". Esto es: "Nacimiento medieval. Siglo XV".

Lo curioso del caso es que tres de las figuras, las que correspondían a los reyes magos, parecían llevar una sobreveste con las armas Navarra-Evreux: de gules, carbunclo cerrado, pomelado y dorado, cuartelado con de azur, sembrado de lises de oro y banda componada de gules y plata. Pero cada uno de ellos llevaba su dibujo pleno, su brisura o su lambel propio, por lo que sin duda alguna representaban a Carlos II y a sus hermanos Felipe de Longueville y Luis de Beaumont. Esa extraordinaria (por lo inusual) referencia heráldica, me hizo fijarme muy bien en el resto de figuras, aprovechando la reproducción coloreada. Cada una de ellas llevaba también un escudo más pequeño en su pecho, y por lo que pude comprobar gracias a la lupa que llevo siempre conmigo, todos pertenecían a linajes cercanos a la corte navarra, pues pude reconocer, no sin dificultad, los tres potes sobre fondo dorado de los Lete, los cuatro bastones de los Almoravid, los cinco corazones de los Guevara o la cruz potenzada de los Medrano. Y lo que es más importante, parecían efectivamente ser obra medieval, quizás incluso de finales del siglo XIV más que del XV. Y otro aspecto verdaderamente encantador era el que mostraba al rey Herodes ataviado con la sobreveste azul y dorada de las lises plenas de Francia, equiparándolo en su maldad a Carlos V de Valois, el mortal enemigo de los infantes de Navarra...

Ni que decir tiene que el librero rápidamente se dio cuenta de mi interés por aquella revista que con tanto ahínco estaba yo revisando, y que eso hizo que los dieciocho euros que originalmente pedía por ella se convirtieran inmediatamente en setenta. Mi asombro ante lo que mostraban aquellas fotografías me había hecho olvidar el mandamiento fundamental de un comprador de libros viejos: no aparentar nunca un gusto desmedido por ninguno de los volúmenes expuestos. No me importó pagar aquella barbaridad, en la certeza de haber encontrado un hilo oculto durante siglos del que poder tirar una vez más para desentrañar la intrincada madeja de la Historia...



Ya en el hotel confirmé uno por uno los apresurados datos que había podido entrever en el polvoriento mercado. Pero aún había algo que se me escapaba en aquellas figuricas de origen indudablemente navarro. Miré y remiré las litografías hasta caer rendido a muy altas horas de la noche. Pero al despertar, y como si mi mente no hubiera dejado de pensar en aquel misterio, reparé por fin en el detalle más singular de aquel conjunto: a todas y cada una de las piezas les faltaba la mano derecha. Es cierto que únicamente examinando aquellas dos viejas fotografías no podía asegurar que no se hubieran desprendido solas de su delicado soporte, pero el hecho de que faltase sistemáticamente en todas, me hizo sospechar de que algo tan extraño no podía deberse exclusivamente al azar, sobre todo porque parecía que no hubieran sido arrancadas sino que faltaban desde el principio...

De vuelta en Pamplona, y arreglados unos enojosos asuntos que me impedían disponer a mi antojo del tiempo suficiente para seguir avanzando en la investigación de este enigma, pude concentrarme por fin en la lectura del raro e interesantísimo libro escrito por el antiguo archivero de Diputación, don José Yanguas y Miranda, titulado: "La Navidad en la Corte Medieval de Navarra". Presentía que en él encontraría otra pista sobre la que basar mis siguientes pasos.

Y estaba en lo cierto, porque en su página ciento cuarenta y tres, el polígrafo tudelano dejó escrito:

"De la costumbre de colocar un nacimiento en las mansiones regias de la monarquía navarra, hay muchos testimonios en la documentación contable. Quizás entre todos ellos el que más merezca la pena destacar es el recogido en el compto nº IX, referente al año 1346, en el que se nos cuenta que los infantes Agnes y Luis, los hermanos más pequeños del futuro Carlos II de Navarra, eran siempre los encargados de instalarlo cada Navidad."

La consulta posterior de los registros originales en el Archivo Real de Navarra me hizo redescubrir poco a poco a estos dos casi ignorados personajes. Agnes fue obligada a casarse en 1349 con el poderoso y brutal conde Gastón Febus, todo un maltratador avant-la-lettre, que tras proporcionarle todo tipo de humillaciones acabó repudiándola en 1362. Desde ese momento hasta su muerte, acaecida en 1396, vivió refugiada en la corte de Carlos II.

El infante Luis, gobernador del reino en ausencia de su hermano, tuvo que labrarse su futuro lejos de Navarra a la vuelta de aquél. Creyó encontrarlo casándose con Juana de Napoles, presunta heredera de la ignota Albania. Para conquistar aquel territorio, pidió a su hermano que le ayudara a reclutar una Gran Compañía, al mando de la cual encontró la muerte en 1376 bajo los muros de Durazzo. La crónica de Ultramar de los Maestres del Hospital de San Juan nos dice como fue:

"Et acontesció que este don Luis, no cuidando de protegerse como es debido, salió en persecución de los defensores de la ciudad, que habían abandonado momentaneamente su atalaya. Y no esperando a que sus compañeros fuesen con él, se vio repentinamente rodeado por sus enemigos, que de dos fuertes lanzazos acabaron con su vida, cortándole además su mano derecha, trofeo al parecer muy preciado entre estos bárbaros guerreros de Oriente..."

La relación entre el peculiarísimo nacimiento subastado en Londres en 1948 y la forma en la que murió Luis de Beaumont resultaba evidente, pero sabía que me faltaba por encontrar el enlace que ratificara mi suposición. Lo busqué con ahínco entre los papeles de cuentas de la infanta Agnes, de los que desgraciadamente sólo se conservan unos cuantos y, entre ellos, un recibo fechado en diciembre de 1376, firmado por el "tailleur d'images" don Robert d'Ypres, reconociendo haber recibido de la princesa la suma de cuarenta florines por la confección "d'un créche [un belén], à la maniére qu'elle a voulu, avec figures sans mains droites,pour honorer chaque Nöel la memoire de son trés cher frère, l'auguste Louis de Navarre, mort á l'Albanie..."

Y sucede en tan contadas ocasiones este venturoso hecho de poder afirmar sin ningún género de dudas por quién fue encargada una obra de arte medieval tan singular como ésta de la que estamos hablando, que casi podría considerarse un milagro el haberlo descubierto.

Y además demuestra este mecenazgo el cariño que se guardaron siempre los dos hermanos desde los lejanos tiempos en que siendo niños ponían juntos el Nacimiento cada Navidad.

Mis pesquisas no han podido averiguar todavía el paradero de este Nacimiento tan especial, pues Sotheby's se precia de no soltar prenda sobre ninguno de sus clientes pasados o presentes, pero en espera de que alguna vez aparezca, yo he procedido también a honrar desde esta misma Navidad a aquellos dos infantes de Navarra, arrancando la mano derecha del ángel que en el belén instalado en mi zagüán, recibe cada Navidad a los Tres Magos de Oriente que vienen siguiendo la Estrella...



© Mikel Zuza Viniegra, 2011

viernes, 23 de diciembre de 2011

SIEMPRE NOS QUEDARÁ PARÍS


Palacio real de Pamplona. Navidad de 1386

-El rey Carlos se muere. Ya casi no puede ver y delira todo el tiempo. Al pobre viejo le ha dado por pensar que está en Paris, y se pasa el día hablando del palais de la cité, del Sena y de Notre Dame.

-Dejadle en paz. Luchó toda su vida por ser rey de Francia, y perdió todas las batallas que se lo hubieran permitido. Es lógico que ahora sueñe con que al fin lo ha logrado.

-Lo único que ha conseguido es arruinar este reino. No hay dinero en los cofres. No lo habrá ni para pagar sus funerales.

-¿Habéis avisado al heredero?

-Esta mañana partió un mensajero hacia Segovia. Pero en el estado en el que se encuentra su padre, estoy seguro de que no llegará a tiempo de verlo con vida.

-Luego es a mí, Richard de Maisonblanche, maestrehostal del rey de Navarra, y a vos, el capitán de su guardia Louis de Renault a quienes nos corresponde que las últimas horas de Carlos II en este mundo transcurran placidamente...

-Si se conforma con comer aire y beber agua de lluvia somos sus hombres, desde luego.

-No, querido amigo, la última voluntad de un rey es sagrada. Si él quiere creer que está en París, haremos que viaje a París.

-Ardo en deseos de saber cómo pensáis lograrlo, mi señor Richard.

-Jugaremos con dos ventajas: no puede moverse de su habitación, y apenas ve. No nos costará demasiado convencerle de que al fin ha conseguido su mayor anhelo. Pero tenemos poco tiempo, hay que darse prisa. ¡Sagastibelza, Atalaorreta, Sarmiento, acudid, por vida mía!

-¿Qué se os ofrece, señor?

-Nunca he dudado de que formáis el mejor equipo de maestros ingenieros con el que ningún monarca de la cristiandad pueda soñar, por eso quiero encargaros un proyecto muy especial: que sobre la muralla que guarda los jardines de este palacio, allá junto al portal de Juslarrocha, levánteis una torre muy alta a la mayor brevedad de tiempo posible. Con la particularidad de que ha de ser toda ella o al menos en gran parte de metal. Podéis usar como base los andamios de la nunca ejecutada ampliación de la gran sala, y sobre ellos ir añadiendo todos los elementos metálicos que encontremos en esta real mansión: ollas, cacerolas, espadas, lanzas, puertas, tejas, ruedas de carro ...
Con que vayáis uniéndolos todos hasta formar una aguja bien airosa, habréis cumplido un gran servicio a su Majestad.

-Yo, en cuya familia se ha transmitido de generación en generación las extrañas misiones que los Sanchos y los Teobaldos pidieron a mis antepasados, ya no debía asombrarme por nada, pero sí que quisiera saber qué se pretende exactamente con tan ferrea demostración, mi señor Richard...

-Y hacéis bien, probo Sagastibelza, pues se trabaja siempre más a gusto cuando se sabe qué es lo que se quiere conseguir. Y lo que ambicionamos es emular momentaneamente una atalaya de acero muy famosa que existe en París, que atrae a tantos visitantes o más que la catedral de aquel lugar. Justo es que os diga también que esto se hace por cumplir el deseo del rey, y que no es fácil que vuestros esfuerzos acaben siendo recompensados monetariamente...


-Lo sospechaba. De pequeño, cada vez que llegaban las noticias de una nueva derrota, preguntaba a mi padre: ¿Aita, por qué somos del rey de Navarra? Y él me respondía que esa misma demanda había hecho él en su tiempo a mi abuelo, y que no había más respuesta posible a tal interrogante que la satisfacción del deber cumplido. Seguro que vos mismo podríaís haber obtenido mucho más beneficio de haber obedecido al soberano de Francia o al monarca inglés, don Richard.

-Bueno, quizás me informaron mal sobre a quien me convenía servir. Igual que a vuestro abuelo, o a vuestro padre. Poneos manos a la obra, al rey Carlos no le queda ya mucho. Y vos, capitán Renault, id a llamar a Joan Oliver, el pintor. Tengo otro encargo para él. Es verdad que no tiene el arte maravilloso de su padre, pero se defiende bien con los pinceles. Necesitaremos también los manteles de las grandes mesas del refectorio de los canónigos. Desdoblados cumplirán a las mil maravillas lo que tengo pensado, así que requisadlos en nombre de su Majestad. Por cierto, voy a ver qué tal sigue...

-Don Richard, ¿habéis visto qué hermosa está París?

-Sí, Alteza, y dentro de unas horas aún estará más bella. Entonces os asomaré a la ventana para que podáis verla.

-Gracias, sé que será por última vez, no estoy tan falto de cordura como para no saber que me muero.

-Nos enterraréis a todos, Majestad.

-Hice enterrar a muchos, sí. A demasiados quizás. Queden en sosiego de una vez los que me sobrevivan. Pero hay algo que me desazona. Si estoy en París, y es Navidad, ¿cómo es que no suena el villancico que sólo los descendientes de San Luis escuchamos por estas fechas? Id al Louvre ahora mismo y traed a la Capilla Real de Música. Quiero escuchar el "Nöel Nouvelet" una vez más...

-Se hará como pedís, don Carlos.

-Señor Richard, ¿me habéis hecho llamar?

-Sí, don Joan, y veo que el capitán trae también los manteles. Mejor, así no me costará nada haceros entender mi propósito. Quiero que despleguéis esas telas todo lo enormemente largas que son, y quiero que pintéis sobre ellas los perfiles de estas dos torres de Notre Dame de París que copiaréis de esta postal que envió hace poco el infante don Pedro, que anda por allá haciendo como que estudia leyes y digestos. Utilizad las brochas más gordas, incluso escobas si es preciso, porque no hace falta que queden vuestros diseños exactamente iguales, basta que sean reconocibles a lo lejos, pues lo que luego haréis con los manteles será desplegarlos desde cada una de las dos torres de la iglesia del señor San Cernin, e ir sujetándolos cada poco trecho desde las saeteras que aligeran sus paredes, de tal forma que queden bien seguros y no ondeen al traicionero viento pamplones de diciembre. Desde la ventana de la habitación del rey han de poder verse, id haciéndoos vuestra composición de lugar, maestro. Y queda una última cosa, capitán Renault...



-¿He de traer ahora un bateau-mouche para que navegue por el Arga? Porque personalmente me adaptaré a lo que mandéis...

-Menos sarcasmo, don Louis. Aunque quizás lo que ahora voy a pediros sea más complicado que lo que vos proponéis: el rey quiere oír un villancico que sólo pueden escuchar los soberanos franceses, pues únicamente se canta en París. Sabéis de sobra que su capilla real se despidió hace ya seis meses, pues se hartaron de no cobrar. Creo que ahora actúan para el rey de Aragón. Lo que quiero es que pongáis a todos vuestros hombres a registrar las tabernas y los albergues a la búsqueda de algún juglar o ministril proveniente de París, que haya escuchado alguna vez una canción titulada "Nöel Nouvelet", y que si lo halláis lo traigáis aquí de inmediato...

-Está bien, pero aprovecharé para confiscar en esos tugurios todas las ganancias de juego que allí encuentre.

-Pero tenía entendido que don Carlos prohibió el juego hace años, capitán Renault...

-Efectivamente, don Richard. ¡Qué escándalo, en esta ciudad se juega!

-La torre de aleación está ya terminada, mi señor.

-¡Qué maravilla, Sagastibelza! No sé cómo será la de París, pero estoy seguro que ésta podría rivalizar con ella sin desmerecerla en absoluto. Y por allá veo como empieza a levantarse la nueva Notre Dame. ¡No poco milagro es éste para reino tan pequeño! Si el capitán encontrase algún trovador todo sería perfecto...

-Si os vale una trovadora, eso está hecho, don Richard. Y no podréis quejaros de su belleza, que es tan guapa que aunque cante mal nadie reparará en tan nimio detalle. Dice que su padre fue juglar allá en París, y que muchas veces le oyó cantar esa copla tan sagrada que busca el rey. A cambio sólo quiere un salvoconducto para salir sin problemas de Navarra. Ya veis que es juiciosa, además de bella, porque hoy en día quien no quiere escapar de este reino no demuestra estar en sus cabales...

-Ese documento no será ningún problema, descuidad. Subamos pues a cumplir con el último acto de toda esta comedia. Pero tengo un último cometido para vos y vuestros hombres, Sagastibelza. Cuando veais que el rey se asoma a la ventana, gritad todos como posesos "¡Vif-le-guá!" y "¡Navarr! ¡Navarr!" Sí, exactamente así como yo lo he pronunciado...

-Don Richard, ¿ha llegado ya la Capilla Real de Música?

-Por todas las calles de la Cité se apretujaban las gentes para verlos pasar, Sire. Acompañadme ahora a la ventana y podréis oír como os aclaman los ciudadanos de Paris.

-Vive le roy! Navarre! Navarre! Navarre!

-¡Justo como aquella vez que les hablé en los prados de Saint Germain, don Richard!



Y mirad la sin par torre de don Gustave, y allá a lo lejos la magnífica Notre Dame. ¡Decidme si hay ciudad que pueda compararse a ésta en todo el orbe! ¡Y los malditos Valois decían que nunca llegaría a reinar sobre ella! Y escuchad también la corriente del Sena, y en su orilla os veo también a vos, don Richard, inclinado hacia una hermosa muchacha a la que, como siempre, estáis diciéndole algo que la hace reir...

-Sí, Majestad. La recuerdo perfectamente. Y también lo que le decía a la puerta de La Belle Aurore: "siempre nos quedará París. No lo teníamos, lo habíamos perdido, pero lo recuperamos anoche..."

-¿No va a cantar la Capilla? Siento que se me agotan las fuerzas. Acostadme, por favor...

-Noël nouvelet, Noël chantons icy;
Dévotes gens, rendons à Dieu mercy;
Chantons Noël pour le roy nouvelet,

Noël nouvelet,
Noël chantons icy!

-Quand m'esveilly et j'eus assez dormy
Ouvris mes yeux, vis un arbre fleury
Dont il issait un bouton vermeillet,

Noël nouvelet,
Noël chantons icy!

-Quand je le vis, mon cœur fut resjouy
Car grande clarté resplendissait de luy
Comme le soleil qui luit au matinet

Noël nouvelet,
Noël chantons icy!

-¡Ciertamente era regio el villancico, que no parece compuesto sino para ser cantado por ángeles!



-Que ellos le acojan en su seno ¡El rey don Carlos II de Navarra ha muerto!
¡Que en todas las ventanas se cuelguen crespones negros, que las campanas no cesen de repicar y que partan mensajeros a todas las cortes cristianas para anunciar tan infausta nueva!

-¿Y ahora qué haréis, don Richard? ¿Esperaréis a que llegue el heredero desde Castilla?

-¿Para que nos pida cuentas de todo este desvarío? Ni pensarlo, capitán. Mi labor aquí ha concluido.

-Puede que a ambos nos convenga poner tierra de por medio. No nos faltará trabajo en este loco mundo...

-Louis, presiento que este es el comienzo de una gran amistad...




© Mikel Zuza Viniegra, 2011

lunes, 19 de diciembre de 2011

EL REY QUE VENCIÓ A LOS DRAGONES II


(Conviene leer antes "El rey que venció a los dragones I") http://cronicasirreales.blogspot.com/2011/12/libro-de-los-teobaldos-23-el-rey-que.html

-Marcos de Limoges, el maestro esmaltador que está ornamentando la tumba de mi padre en la catedral, es capaz de dibujar pájaros que parecen a punto de echarse a volar, yo lo he visto. Así que seguro que sabrá también trazar dragones. Partid inmediatamente para Pamplona, recoged todo lo que él necesite y traédmelo a toda prisa a Tudela, donde yo os estaré esperando a los dos con todo preparado. Salgo ahora mismo hacia allá…

Y en pocas horas repican las campanas de la torre de la Magdalena, porque es el joven rey quien se aproxima raudo a la ciudad cruzando el puente de las tres torres que construyó su tío-abuelo don Sancho. Casi ni tiempo tiene el alcalde de salir a recibirlo, pues para cuando se da cuenta, ya está don Teobaldo dirigiéndose hacia la morería.

-Decidme, don Baldovino, ¿cuáles son a vuestro juicio las baldosas más bellas que se fabrican en vuestra villa?

-Sin duda alguna las que elabora Ismail, el sobrino del alfaquí, señor.

-Pues guiadme hacia su taller, que me urge conocerlo.

Y ciertamente queda atónito el rey con lo que allá ve, pues las azulejerías de colores más vistosos se despliegan ante sus ojos mientras se secan al sol, recién salidas del horno. Todas representan entrelazos, y ninguna figuras humanas o de animales, como le advirtió don Clemente.

-Y puesto en antecedentes por don Teobaldo el primoroso Ismail, no deja éste de maravillarse –aunque se guarde muy mucho de exponerlo en voz alta-, de las tonterías que son capaces de hacer los cristianos por una mujer. Mas como ve tan apremiado al joven, ve también la posibilidad de obtener por medio de su trabajo algo bueno para él mismo, y quizás también para toda la aljama tudelana, así que con toda la prudencia de la que es capaz, para no molestar a tan poderoso señor, y con la ayuda legal de su tío el alfaquí, llega por fin al acuerdo de que si los adoquines quedan del gusto de don Teobaldo, éste perdonará por un año todos los impuestos que la morería debiese tributar, y dispensará de por vida a Ismail y su familia de todas las pechas y gabelas a las que hasta entonces hubiera estado obligado.

Muy alto precio parece a don Baldovino este pacto, pero viendo la cara de alivio del rey, no se atreve a decírselo, que es peligroso contrariar a los gobernantes necesitados…

Y cuando la tinta del documento notarial y la cera del sello regio aún no están secas del todo, llegan desde Pamplona don Clemente y don Marcos, que, casi sin tiempo de refrescarse, se pone a tallar exactamente el mismo dragón de las baldosas champañesas en una matriz de madera que permitirá a Ismail estampar esa imagen en cada cuadrado de barro fresco. Luego deberá pulir muy bien los bordes, para que no queden unas zonas con mayor relieve que otras. Habrá de bañar más tarde cada pieza con una capa de tierra de otro color, que es la que rellenará el dibujo impreso, y tras un par de días dejando reposar las piezas, deberá raspar lo sobrante, buscando la plena nitidez del dibujo. Luego las baldosas deberán ser puestas a secar durante tres o cuatro semanas, aunque en este caso no dispondrán más que de una, y tras ese tiempo aún les será aplicada una ligera capa vítrea antes de ser introducidas todo un día en el horno para su cocción. Finalmente serán impermeabilizados con varias manos de aceite lino y cera de abeja…

Y todos los operarios de los que Ismail puede disponer, se afanan en esos días que Teobaldo les ha dado de plazo, y ponen todo su oficio en llevar a cabo cuanto antes tan cuidadoso proceso. Mientras tanto el rey ha vuelto a su palacio de Tiebas para supervisar el montaje del resto de las baldosas en la gran sala sobre la bodega.

Tiene tan rica estancia nueve ventanas, igual que la del palacio de Saint German, sólo que en aquél, al lado de cada uno de los nueve vanos va pintada en los muros una de las Nueve Bienaventuranzas que Nuestro Señor predicó en la montaña, porque es don Luis de Francia monarca muy piadoso, mientras que en ésta de Tiebas, son las Nueve Musas las que aparecen representadas, y cada una de tan ilustres señoras sostiene en sus manos un verso escrito por el primero de los Teobaldos, que además de gran padre y buen monarca, fue muy famoso trovador y estupendo danzador…



A la semana siguiente, como quedó acordado, llegan por fin las losetas recién hechas en Tudela. Sonríe muy contento el rey al ver que no hay forma de distinguirlas de las originales. Cuando los albañiles terminan de rellenar con ellas los huecos dejados para los dichosos dragones, queda el salón tan hermoso, que se puede asegurar sin temor a equivocarse que no hay otro tan soberbio ni en Francia ni en Champaña…



Y en ese juicio estuvo muy de acuerdo doña Isabel, que pocos días más tarde llegó por fin a Navarra, reino del que había oído decir en París que no tenía ni un solo palacio que mereciera realmente ese nombre. Y verdaderamente así ocurrió, al menos hasta el momento en que su marido Teobaldo II no decidió emprender la construcción de esta sin par morada regia de Tiebas, que lleno de orgullo ahora le enseña…

Y cuando llegan ambos a la estancia embaldosada, no ve apenas nada la reina, pues ha ordenado el rey a los criados que no descorran las cortinas que cubren las ventanas hasta que ambos estén en pleno centro de la sala. Así que al entrar súbitamente los rayos de sol por las apuntadas tracerías, queda Isabel maravillada al contemplar pavimento tan familiar bajo sus pies, y a su esposo tendiéndole la mano justo desde uno de los círculos de los dragones, en cuyo interior no tardan en unirse los dos en un prolongado abrazo, anuncio sin duda de toda clase de dichas para ellos mismos, para Tiebas, y para todo el reino de Navarra…



© Mikel Zuza Viniegra, 2011

lunes, 12 de diciembre de 2011

PROMETIDO



Y brama aquel día la mar sobre el rompeolas donde se asienta el castillo de Sokoa con una furia tal, que su líquida y azul condición se convierte al batirse contra la piedra en espuma tan blanca como las albas que luce el Santo Padre en Roma, o como las resmas de papel recién salido de los molinos, aún libres de las tonterías con las que los poetas han de llenarlas muy pronto...

Y tras sus almenas se protegen de la cólera marina Beatriz de Navarra y Arnauton de Ezpeleta, que además de ser capitán del Cuerpo de Dragones de Estella, lleva tanto tiempo enamorado de la princesa como para que ella sepa que puede manejarlo a su antojo. Y aunque muchas otras veces le ha pedido que cumpla sus más estúpidos antojos, nunca ha llegado a tanto como lo que ahora mismo le propone:

-¿Veis este anillo que llevo en mi dedo? Pues voy a arrojarlo al océano, y si sois capaz de recuperarlo, os doy mi sagrada promesa de que me casaré con vos en la iglesia de San Juan de Luz...

Y va rebotando el anillo por el espigón. Y cada tintineo que resuena sobre el inclinado paredón se acompasa con los asustados latidos del corazón del pretendiente dentro de su coraza recién bruñida. Y como los locos de amor nunca se paran a meditar las consecuencias de sus actos, se lanza en imprudente vuelo en pos de la alianza. Y rodeado ya por la inmensidad de las aguas que rugen a diestro y siniestro, intenta quitarse la armadura que indefectiblemente lo arrastra al fondo, pero a través de la burbujeante córtina ve a Beatriz allá arriba, y ve también el anillo que se dirige hacia el abismo, y él no duda qué camino seguir...

Durante los tres días y tres noches siguientes se buscó al capitán por toda la bahía de Ziburu, y en la alborada del cuarto, cuando ya se iba a dar por terminado el imposible rescate, apareció en la playa un brazo arrancado, que pudo ser identificado como el de Arnauton, por llevar en él tatuado el emblema de su regimiento. Más extrañó a todos que el puño estuvieran tan cerrado sobre sí mismo que no hubiera forma humana de abrirlo, al menos hasta que a alguien más piadoso se le ocurrió convocar al párroco para que bendijera tan extraordinario hallazgo. Y en cuanto el viejo sacerdote trazó la señal de la cruz en el aire, los cinco crispados dedos se abrieron y dejaron ver, para pasmo general de toda la concurrencia, el dorado anillo de la princesa.

Y cuentan que Beatriz no demudó lo más mínimo su rostro al devolvérsele la joya que había causado la muerte de su pretendiente, que lamentó de cara a la galería. Pero quienes la conocieron saben que en realidad, la enseñanza que sacó de la tragedia fue lo sencillo que era lograr que un hombre hiciera cualquier cosa por ella.

Y pasaron dos años, y la princesa, que seguía luciendo el anillo en su mano, se comprometió en matrimonio con el principe Alfonso de Aragón, y llegado el momento de firmar las capitulaciones, escogió ella para hacerlo el castillo de Sancho Abarca, no sólo por estar en la frontera del reino de su futuro esposo, sino porque algo le decía que no debía acercarse a la costa...

Y en la humilde estancia de aquél palacio, en mitad de aquel yermo bardenero donde se han reunidos las delegaciones de ambos estados, cuando sólo queda por añadir al documento la rúbrica de Beatriz, caen de repente al suelo como muertos todos los asistentes excepto la princesa, que, aturdida, cree oir al otro lado de los muros la imposible -en aquellos lugares- cadencia que marcan las ondas del mar.

Y cuando abre la puerta ve venir contra ella una gigantesca ola que la lanza violentamente hasta el fondo del salón. Y cuando despiertan todos los tan misteriosamente desmayados, pueden acertar a ver una extraña ave que sólo los que tienen experiencia marinera se atreverían a calificar de gaviota, arrancando del dedo de la princesa muerta -ahogada en pleno desierto y con un arpón clavado en su frívolo corazón-, un anillo de oro y saliendo luego por la abierta y apuntada ventana.

Y vuela. Vuela sin descanso todo el día hasta que cuando ya está anocheciendo puede posarse al fin sobre las almenas del castillo de Sokoa. Y entonces y sólo entonces lo arroja al mar, que al recibirlo de nuevo, parece desatar en su seno la más formidable galerna que nadie imaginarse pueda, de tal forma que todos los habitantes de Ziburu o de San Juan de Luz corren a refugiarse en sus casas, clavando las contraventanas que el viento amenaza con arrancar, y dejando las calles totalmente desiertas...

Y sólo en ese preciso momento van saliendo de las embravecidas aguas muchos de aquellos ahogados que cuenta el Apocalipsis que devolverá el mar el Día del Juicio Final, que en ordenada y fantasmagórica procesión van llegando hasta la iglesia de San Juan, donde tienen todos una cita ineludible. Y van llenándose en sepulcral silencio tanto la espaciosa nave como los tres pisos de tribunas que rodean el templo. Y pueden verse allá muy juntos a hombres de las cavernas, a fenicios, a griegos, a romanos, a galos, a vascones, a suevos, vándalos y alanos, a visigodos y merovingios, a francos y leoneses, a castellanos, aquitanos e ingleses, a bretones y a navarros,y en general a todos los hombres que alguna vez naufragaron en este punto exacto del océano.



Y todos ellos miran hacia el altar, donde todo un señor arzobispo rodeado de docenas de concelebrantes se dispone a celebrar por fin la boda a la que Arnauton quedó emplazado. Y justo en el momento en que el anillo dos veces arrancado del mar se posa en el dedo del recién desposado, el primer rayo de sol entra por las vidrieras del ábside y va deshaciendo y devolviendo a todas aquellas espectrales figuras a su morada abisal, mientras afuera va retornando la calma tras la terrible tempestad.

Y al llegar la hora de la primera misa, encontraron los sacristanes sobre las escaleras del altar una descarnada mano sobre cuyos huesos brillaba un grueso anillo de oro. Y consultado el señor párroco sobre qué hacer con semejante descubrimiento, juzgó su eminencia que lo mejor sería depositarlo en el navío a escala que colgaba y aún cuelga de la bóveda de la iglesia, pues le pareció sin duda el mejor lugar para esperar el cumplimiento de la promesa apocalíptica...



Y muchas otras cosas sobre tan asombroso asunto podría seguir contando este cronista, si no tuviese que lanzarse él también al mar en busqueda de un anillo arrojado por alguna caprichosa dama, que quien crea que los hombres sacamos provecho de estas moralejas escritas, anda muy pero que muy equivocado...

© Mikel Zuza Viniegra, 2011

viernes, 9 de diciembre de 2011

CAPRICHADA


Palacio real de Pamplona, 8 de diciembre de 1389

Miguel de Zuasti, maestro orfebre de la corte de Navarra desde tiempos del rey Carlos II -que Dios haya-, está a punto de terminar el magnífico relicario que Carlos III le ha encargado para que albergue el pulgar del glorioso mártir san Saturnino.

Y es que ha cincelado a buril, en rica plata sobredorada, una base octogonal sostenida por cuatro elegantísimas esfinges, y en los lados que forman aspa ha tallado los símbólos de los cuatro evangelistas. Es a saber: el águila de San Juan, el ángel de San Mateo, el Toro de San Lucas y el león de San Marcos. Y en los lados que forman cruz, la media luna y la estrella de seis puntas del burgo de San Cernin, y también los dos lobos pasantes bajo capelo cardenalicio de don Martín de Zalba. Pero los dos lugares de honor los ha reservado para las armas reales: el carbunclo de Navarra cuartelado con las flores de lis terciadas en banda de los Evreux, sostenidas por el águila y el lebrel blanco, divisas que sólo la dinastía gobernante puede utilizar.

Y sobre esta regia peana ha levantado una arquitectura tan refinada, que sólo en París o en las ciudades libres de Flandes podría encontrársele parangón, cuyas columnas sostienen dobles arcos rebajados y conopiales, que rematan en tejados de pizarra en los que se abren preciosas ventanas abuhardilladas. Y guardan esos mismos arcos las representanciones de los doce apóstoles y de la predicación y martirio de San Cernin de Toulouse, que fue el primero en traer la fe de Cristo a estas tierras.

Y cada escena y cada escudo va destacada con maravillosos esmaltes de vivos colores rojos, azules y verdes, de tal forma que cuando se le aproxima un candelero, refulge el relicario con todas las luces con que las estrellas iluminan las noches de verano.

Y sabe Miguel que esta es sin duda su mejor obra, quizás incluso más hermosa aún que la que realizó para albergar el sagrado omóplato de San Andrés en Estella. Y por eso le da también algo de resquemor dejarla aquí a la espera de que el soberano dé su opinión, porque sabe que el rey tardará un tanto en volver, pues anda estos días de romería a la iglesia del Señor Santiago de Itxasperri, en Egiarreta. Y es aqueste lugar muy digno de visita para todos aquellos y aquellas que quieran comprobar los efectos de las siempre saludables curas de adelgazamiento, pues cuenta aquel venerable templo con la puerta de ingreso más estrecha que nadie imaginarse pueda, de tal manera que no entrarán nunca por ella ni aquél gordo Epulón de cuyos banquetes tratan las Santas Escrituras, ni ningún otro de los grandes tragones que han sido en el mundo tras él...



Así que mucho solicita don Miguel a los guardas de palacio que no le quiten ojo a su recién terminada joya, y con la confianza obtenida de sus firmes promesas de vigilancia, puede por fin volver a su casa de la rúa de la Englentina, donde tras recoger a su mujer doña Estefanía, acuden ambos a la prestigiosa taberna de La Raspa, en la que sirven en copas muy finas ese vino tan rico aromatizado con especias que responde al nombre de Perucchi.



Y como conoce muy bien el gusto por las sorpresas y los regalos que tiene su compañero, antes de dar el primer sorbo extrae ella del palillo que sostiene la aceituna un anillo de plata esmaltada muy bien labrado, y que hubiera sido una muy gran pena tragarse, como ya le sucedió en otra ocasión que ahora mismo no viene al caso, pues lo que importa es que entre unas cosas y otras, ya es hora de cerrar las puertas de palacio y de que la guardia nocturna comience su ronda...

Y, efectivamente, quedan desiertas las amplias estancias de la regia morada, también de aquella en la que reposa el relicario. Aunque no por mucho tiempo, pues al abrigo del rayo de luna que entra por el apuntado ventanal, unas manos se posan sobre el plateado objeto y lo depositan en un saco de arpillera sin hacer ruido alguno...

Y a la mañana siguiente suenan las trompetas que indican la llegada del rey. Y al poco de asearse, éste recuerda que su encargo para la iglesia de San Cernin debe estar ya terminado. Y así se lo confirma el propio don Miguel, que ha acudido a la llamada de don Carlos. Antes de abrir la puerta de la habitación, claro...

Y al tremendo disgusto suceden las carreras y las idas y venidas por torres, pasillos y desvanes. Y por más que los guardianes juran y perjuran que nadie ha entrado ni salido de la mansión en toda la noche, el rey se muestra dispuesto a llegar hasta el final de tan oscuro asunto, cueste lo que cueste.

Y en estos afanes investigadores se pasa el día, y el relicario no aparece por ningún lado. Y si no fuera porque la ama de cría de su pequeña hija Blanca se lo recuerda, no acudiría hoy a arroparla como cada noche. Y está tan guapa la niña como una lamia del Irati, salvo porque parece que le han colocado esta vez sus sirvientas demasiados almohadones tras su principesca cabeza. Y cuando va a retirarle alguno, encuentra allí (a lo que parece, pues el rey no lo ha visto todavía), el famoso relicario. Pero la infantica lo agarra con tanta furia que no hay manera de desasirlo de sus brazos. Y llora y berrea como una poseida que aquella casita de muñecas es suya y sólo suya, y que no la ha de soltar ni aunque el señor obispo don Martín se lo ordene. Y con arreglo a esa impresión parece haber actuado, pues ve el rey que el lugar donde debía ir el pulgar del glorioso mártir está ahora ocupado por Nunilona, Alodia y Berenguela, las muñecas favoritas de su hija...

Y es tan tremenda la rabieta de Blanca, y tan alta ya la hora de la madrugada, que van iluminándose las ventanas de todas las casas cercanas al palacio, hasta más allá de Zugarrondo. Así que manda llamar don Carlos a don Miguel, pues sabe que éste realiza previamente en madera los mismos modelos que luego esculpe en plata. Y la del alba es cuando el orfebre llega por fin con su diseño, que es ciertamente igual a aquél al que porfiadamente se aferra Blanca, salvo porque es purpurina y no plata la materia que lo recubre. Y para llamar más todavía la atención de la princesa, ha añadido don Miguel un resorte musical a la tapa, para que al abrirla suene siempre "Douce dame jolie", que es canción compuesta por monsieur Guillaume de Machaut, hermosa donde las haya...

Y ese embrujo sonoro consigue que la niña suelte finalmente el relicario y agarre con el mismo denuedo su nueva casita de muñecas. Y es que con razón pontifica moseñor de Zalba que no es buena cosa que los relicarios sean tan bellos que puedan confundirse con juguetes de princesa, aunque el rey y el artista opinan, afortunadamente, todo lo contrario.

Y vuelto el relicario a su uso original, y depositado para toda la eternidad en la sacristía de San Cernin de Pamplona, será justo añadir que trece años más tarde de esta historia recién narrada, cuando Blanca ya contaba con diecisiete y se disponía a viajar a la lejana Sicilia para casarse con don Martín de Aragón, llevaba en su equipaje de mano una caja de madera primorosamente tallada y dorada de la que a decir de las crónicas nunca jamás se separaba. Pero que esta vez, en lugar de muñecas, iba llena de las joyas más hermosas que mujer alguna haya llevado nunca sobre su cuello, sus manos o sus orejas. Y que muchas de ellas se las había regalado su padre, no fuera a ser que despertara de nuevo aquel famoso pronto o berrinche de tan temperamental princesa...






© Mikel Zuza Viniegra, 2011

lunes, 5 de diciembre de 2011

EL REY QUE VENCIÓ A LOS DRAGONES I

Sí. Siempre ha tenido presentes las lecciones que le enseñaron los preceptores puestos por su padre para que conociese la historia del país que algún día llegaría a gobernar. Por eso recuerda bien que, según recogen las viejas crónicas, antaño Pamplona se llamó Sansueña, que quiere decir “la ciudad de los Sanchos”, pues muchos de sus reyes y señores llevaron ese nombre.

Pero sus sucesores en el trono navarro ya no responden a esa denominación, sino a la de Teobaldo, o Tiebault, en la lengua que se habla en Champaña, su tierra de origen. Así se llamó su padre, así se llama él y, si Dios quiere, así se llamará también su hijo, y el hijo de su hijo... Y pues la capital del reino es dominio episcopal, y ni siquiera puede alojarse el rey en ella en una casa que pueda considerar como propia, al poco de ser coronado ya empezó a pensar en lo necesario de fundar una nueva villa que le sirviera de sede regia y centro de su administración. Y qué mejor nombre para ella que el de Tiebas, “la ciudad de los Teobaldos”…

Y su matrimonio con la hija del muy poderoso soberano Luis de Francia, no ha hecho sino espolearle en su empeño de llevar su proyecto a cabo cuanto antes, pues hubiera resultado indigno que ella, acostumbrada a las mansiones más lujosas del mundo, hubiese tenido que peregrinar de castillo en castillo ruinoso, como era costumbre en la itinerante corte de Navarra.

No, eso se acabó para siempre. La reina llegará en apenas quince días desde París, y encontrará en el corazón de su nuevo reino un fastuoso edificio que nada tendrá que envidiar a aquellos en los que hasta ahora ha transcurrido su vida. Sí, el palacio de Tiebas es ya una realidad, y pronto se le añadirá una bella y muy bien dispuesta población, con su iglesia en la parte más alta. ¡Quédese en buena hora el obispo con la umbría y siempre belicosa Pamplona, que ahora los señores de Navarra ya tienen a la hermosa Tiebas, bien guardadas sus espaldas por fuerte montaña de piedra, y abierta a todos los caminos y a las gentes que por ellos discurran!

Una muralla rodea el jardín en cuyo interior se alza el imponente recinto, y sus muros responden a una planta rectangular consolidada a cada poco por contrafuertes rematados por pequeñas torrecillas. Desde la puerta de entrada se da paso a un patio central porticado que articula las dos alas laterales, coronadas por tejados a dos aguas, cubiertos con tejas de color verde, amarillo y marrón, que dibujan atrevidos motivos geométricos…



No, Su querida Isabel no echará nada de menos, pues él, que es también conde palatino de Champaña y de Bria, ha hecho fabricar en aquellos dominios suyos hasta baldosas con el mismo diseño que las del palacio de Saint-German- en-Laye, el favorito de su esposa, por ser allí donde se crió y pasó su infancia.

Y es que han recorrido los dos juntos muchas veces aquellas magníficas estancias, mientras ella le repetía las historias que su padre, en los pocos momentos en que la ardua tarea de gobernar Francia se lo permitía, le contaba cuando era niña sobre aquél pavimento cuajado de dragones. Cada círculo contenía ocho, porque según el rey Luis, esa cifra es la de todos los vientos que en el mundo pueden darse. Y según opinión de muchos sabios de la antigüedad, cada uno de esas ocho corrientes de aire, nacen precisamente en la panza de ocho dragones como los representados en aquellos preciosos azulejos. Y cada uno tiene su propio nombre, es a saber: el cortante y duro Septentrión es el del Norte, con sus hermanos Cauro al noroeste y Aquilón al noreste; Céfiro es el del oeste y Eurón el del este; y el suave y acariciante Austral es el del sur, acompañado por Ábrego al suroeste y Volturno al sureste…

-Cuando afuera ruja la tempestad, y quieras estar protegida y que nada te ocurra –le decía su padre-, basta con que te sitúes en el medio de los ocho dragones. Nada ni nadie en el mundo podrá hacerte daño si a ellos confías tu defensa, hija mía…

Y esa sensación de salvaguardia absoluta que los dragones de la mansión de Saint German le proporcionaban, es la que ahora su joven esposo Teobaldo quiere renovar para ella en Tiebas. Y por eso quiere estar presente cuando al fin llegan las losetas desde sus lejanos condados allende las montañas, y quiere abrir también personalmente las selladas cajas de madera para comprobar que ni una sola ha sufrido daños durante el largo viaje.

Pulcras y perfectas aparecen bajo su funda las que representan pájaros, entrelazos y vegetales, pero al desenvolver las de los dragones, el rey de Navarra queda demudado: como si un diminuto San Miguel se hubiese complacido en acabar meticulosamente con cada uno de ellos, todos los endriagos van surgiendo partidos en dos y hasta en tres trozos. Ni el más hábil de los artesanos sería capaz de recomponerlos sin que se notase el arreglo…

-Quizás se golpearon dentro de la carreta, o puede que no estuvieran muy bien cocidos –se atreve a aventurar el buen senescal, don Clemente de Launay…

-Sea por la razón que sea -responde compungido Teobaldo-, el caso es que la reina llegará dentro de dos semanas, y ya no podré regalarle lo que sé bien que a ella tanto le hubiera gustado admirar…

-Indudablemente desde Champaña ya no hay tiempo de repetir el trayecto, señor, pues me temo que el proceso de elaborar estas lujosas losetas ha de ser un poco largo, pero quizás tengáis la solución más cerca de lo que pensáis: los moros de Tudela llevan mucha fama a la hora de realizar yeserías y azulejos de verdadero mérito. Quizás podríais encargarles a ellos una réplica de los de los dragones, aunque…

-¿Qué sucede? ¿No son acaso tan súbditos míos como los cristianos o los judíos?

¿Acaso creéis que podrían atreverse a rechazar mi encargo?

-Los siervos del profeta tienen prohibido por su ley representar seres vivos. Creen firmemente que las personas que más severamente serán castigadas el día de la Resurrección, serán aquellas que hayan dibujado imágenes, buscando imitar la creación hecha por Alá. Ni poniéndoles en riesgo de muerte podréis conseguir que alguno de ellos os pinte el motivo que buscáis. Tan sólo se me ocurre que vos mismo llevéis a Tudela a alguien capaz de realizar esas ilustraciones, porque no creo que el resto del proceso conlleve ninguna pena para aquellos habilísimos operarios…


(Continuará...)

© Mikel Zuza Viniegra, 2011

martes, 29 de noviembre de 2011

PRIMER OCHO MIL



29 de noviembre de 1291, dos de la madrugada.
Rúa de la Pellejería, Burgo de San Cernin de Pamplona.

Y están tan concurridas las tabernas, sobre todo aquella que homenajea con su nombre a la ciudad fronteriza de Viana, que no cuesta nada a los dos amigos alcanzar Portalapea, y desde allí confirmar sus impresiones previas: que, efectivamente, los centinelas que habitualmente custodian la imponente portada de la iglesia de San Saturnino -siempre cerrada a cal y canto todas las noches-, deben estar también celebrando al patrón en alguno de aquellos tugurios atestados de franceses. Nada se opone, pues, a sus planes...

Así que, deseándose suerte, Ochoa de Olza encamina sus pasos a la torre norte del templo, mientras que Nagore de Aezkoa se dirige a la torre sur. Ambos portan unos pequeños zurrones donde llevan todo lo que han creído necesario para afrontar la ascensión, pues lo que tienen en mente es nada menos que escalar aquellas dos fuertes atalayas. Frotan por tanto sus manos con resina y comienzan a buscar en los sillares, con la única ayuda de la luz que les proporciona la luna llena, grietas y hendiduras en las que poder introducir los dedos y las puntas de sus puntiagudas alpargatas.

Y poco a poco, haciendo caso omiso al peligro, van dejando el suelo de la rúa cada vez más lejos, hasta llegar a un punto desde el cual ya no se oye la algarabía de la fiesta que abajo transcurre, sino tan sólo las respiraciones de quienes tan gran esfuerzo están acometiendo. Y sube Ochoa más rápido que Nagore, porque éste ha de ir sujetando cada dos por tres sus anteojos para no perderlos, que mucho pagó a monsieur Rouzaut por ellos. Y también porque en realidad es el de Olza el mejor escalatorres del reino, así que mucho hace ya su compañero con intentar seguir su vertiginoso ritmo, pues Nagore siempre ha sido más partidario de establecer campamentos base donde poder recuperar el resuello, que de subir sin descanso alguno.

Y no diré que no pasaron alguna que otra dificultad más en tan loco ascenso, pero todo quedó olvidado cuando pudieron los dos llegar finalmente a las ventanas del campanario. Que, estando tan altos, mucha maravilla fue haber completado el recorrido sin percances. Y ya sobre piso firme, y cuidando mucho no pisar a tanta paloma como allá se resguarda, proceden a llevar a cabo la segunda parte de su propósito, que consiste en sacar cada uno de su respectiva alforja una ballesta, y atar un fino cabo de cuerda al dardo presto a ser lanzado, y tras apuntar al yugo de la campana que cada uno tiene justo enfrente, disparar ambas flechas hasta que quedan clavadas las dos en sus objetivos.

Luego colocan unos mosquetones en la misma madera y, atando los dos cabos de cuerda pueden hacerla girar entre ellos como ni en los mejores tendederos junto al Arga podría contemplarse. Y, empleando unas pinzas compradas al señor de Irigaray en la su tienda de la calle San Miguel, proceden con mucha diligencia a colgar entre ambas torres tres grandes lienzos. El del lado de Ochoa muestra las armas de la Navarrería: una regia catedral. En el del lado de Nagore veréis las armas de la Población de San Nicolás, que es el barrio donde él mora: el santo obispo de pie en un barco sobre el mar. Y el lienzo central lleva escrito un mensaje en letras muy elegantes y góticas, pero por lo avanzado de la noche no es fácil leer lo que pone. Mas pronto amanecerá...



Y antes de que eso ocurra, saben los dos aventureros que les conviene ponerse a salvo fuera de la iglesia, aunque no por el mismo camino que emplearon para subir, que sería cosa de necios, sino por las cómodas y larguísimas escaleras de caracol que dan vueltas y más vueltas en el interior de cada torre. Y llegados al templo, y antes de descorrer el cerrojo que les permitirá salir a la calle, no pueden evitar hacer gran reverencia al caballero misterioso de piedra que desde lo alto del muro les contempla.

Y muy justos han andado de tiempo, que con los primeros rayos del alba ya se acercan las primeras beatas a misa, y ya se retiran los últimos borrachos a su casa. Y no se tienen por libres de peligro hasta estar fuera de las murallas del burgo. Y hacen bien, porque en realidad su titánica operación no ha pasado desapercibida para todos los franceses que allí habitan. Todo lo contrario, los sargentos de la guardia Herzog y Lachenal han seguido durante toda la noche con gran interés los acontecimientos desde lo alto de la cercana torre de la Galea, pero en lugar de dar el grito de alarma han preferido admirar la estupenda técnica de tan recios montañeros, y hasta han tomado notas de la misma para, si acaso en el futuro les llega a ellos mismos la ocasión de emprender expediciones similares, poder imitar en todo a Ochoa y Nagore.

Y ya están a punto de retirarse también los dos sabios sargentos, cuando a plena luz del día pueden ya distinguirse en su integridad los tres lienzos colgados entre las torres de San Cernin. Y no sólo ellos, sino todos los que comienzan a poblar las calles braman de indignación al ver las enseñas de la Navarrería y de San Nicolás ondeando en su querido templo, y gritan pidiendo venganza cuando los más instruidos les advierten de lo que, en letras muy góticas y elegantes, pone en el lienzo central:

"Une énorme merde pour vous, chers voisins!"
Y corren todos a avisar al preboste, el señor de Sainte-Marie, quien, pillado de improviso, sólo acierta a decirles que en Pamplona, tras las redadas de hace quince años, ya no hay bandas de Navarrerianos, y que los últimos bandidos, los autodenominados "Navar-Kyns", fueron desarticulados recientemente...



Y de todo esto se deduce que viene de muy antiguo la costumbre que tienen los pamploneses de ir a tocarles las partes nobles a otros pamploneses que a ser posible vivan en un barrio distinto, aunque no hacen ascos tampoco a zirikiar a los de su propio barrio...



Y esto fue escrito el día de San Saturnino, patrón casi ignorado de la ciudad de Pamplona, en otra villa que, desgraciadamente para mí, no celebra su memoria...

© Mikel Zuza Viniegra, 2011

lunes, 28 de noviembre de 2011

LEJOS, MUY LEJOS

Ha ordenado el buen rey don Teobaldo I a sus tres hijos varones que comparezcan ante las Cortes para ser jurados como príncipes de Navarra y que puedan de esta forma acceder al trono cuando él falte.

Muy ufano pone su mano sobre el evangeliario de plata el mayor de los tres, el joven Teobaldo, que en alta voz promete cumplir el Fuero recién compilado por su padre. Y la misma actitud de orgullo demuestra el tercero, el aún niño don Enrique. Pero al rey no le pasa desapercibido que el segundo de sus vástagos, el siempre soñador don Pedro, señor de Muruzabal, ha jurado también, pero como por obligación, como si aquel acto solemne no tuviese importancia alguna para él. Y no deja de sentirlo mucho el soberano, porque de los tres es a Pedro a quien más quiere, por ser el que ha heredado su gusto por la poesía, y ser también el único de los tres que muestra interés desde niño por los relatos de sus batallas ya tan lejanas en el tiempo...

Así que más tarde, cuando ya todos se han retirado, golpea el rey la puerta de la habitación de Pedro. Sabe que no está durmiendo, porque conoce su costumbre de pasar las primeras horas de la noche gastando más velas que el monasterio de Santa María de Marcilla, que todo el mundo sabe que cuenta con la iglesia mejor iluminada del reino. Y falta le hace al infante, que, a su edad, ha leído ya más libros de los que leyó ninguno de sus antepasados. Y los volúmenes se desparraman alrededor de la cama, por encima de la mesa y frente a la chimenea.

-¿Cómo es la ciudad de Antioquía, padre?

-Ya te lo he dicho muchas veces, Pedro: tenía dos cinturones de murallas, y en cada uno de ellos se alzaban setenta y una torres, todas diferentes en hechura y materiales. Las había redondas, cuadradas y hasta triangulares. Unas eran de ladrillo, otras de piedra, y en las cuatro que cerraban el perímetro interno, las ventanas tenían el marco de plata y azulejos moriscos, señal de que allí aguardaban su liberación cuatro princesas cristianas cautivas. Una por una fueron cayendo las ciento treinta y ocho torres ocupadas sólo por sarracenos, y dejamos para el final las cuatro que habitaban las princesas, pues aquellos puntos angulares eran los únicos desde los que podía tomarse la fortaleza central. Y cuando la cruz y el carbunclo de Navarra ondearon finalmente sobre el imponente donjon antioqueño, tuve yo que quitarme de encima a las cuatro princesas, que de tanto vivir en tierra musulmana se habían creído que la fe cristiana permite también los harenes...



-Pues yo quiero ver Antioquía.

-¿Para qué? En cuanto seguimos camino hacia Tierra Santa, nuestros enemigos volvieron a tomar la ciudad, y otra vez raptaron a otras cuatro princesas cristianas para volver a ponerlas en aquella jaula de oro, pues son muy supersticiosos estos infieles, y debieron pensar que quedaría la defensa de la ciudad muy afectada si no se recuperaba a este tipo de pizpiretas princesas. A estas alturas, ya estarán viejas y arrugadas como pasas de Corinto...

-¿Y si no han olvidado aún al fugaz libertador de sus antepasadas, el rey de Navarra? Y si sus oraciones han atravesado todas las montañas de Asia y de Europa, y siguen clamando por su retorno? Esperanzas tan justas merecen ser cumplidas, padre y señor.

-¿Y las esperanzas que yo he puesto en ti, Pedro? Sabes que tu hermano Teobaldo es un tanto enfermizo. Si -Dios no lo quiera- algo le ocurre, tú heredarás la corona de Navarra...

-Yo no quiero reinar más que en mi mísmo. No me gusta aceptar órdenes, y no me gustaría tampoco tener que darlas. Muchas veces me habéis dicho que os recuerdo a vos cuando teníais mi edad. Y hasta me habéis confesado que tampoco queríais reinar. Que la corona llegó a vuestras sienes tan sólo porque los nobles navarros se negaron a aceptar el testamento de vuestro tío el rey Sancho, y que con tan endebles cimientos, a punto estuvísteis de renunciar a ella. Vos mejor que nadie deberíais entender ahora mi deseo...

-Pues no, Pedro. no te entiendo. ¿Acaso no amas a Navarra?



-No es eso, padre. Al contrario, sabéis que conozco el país como la palma de mi mano, y que lo mismo disfruto contemplando desde el privilegiado mirador de Albiasu como la verde hierba pierde, allá en las Malloas, su combate ante las afiladas cumbres de roca azulada, que contando las espigas de trigo que no dejan pasar al bosque frondoso más al sur del Monte Plano de Tafalla. Que he subido al castillo de Peña para oponerme a la enésima invasión aragonesa, que me he arrodillado ante Santa María de Codés. Que he llevado una corona de flores a la tumba de Sancho I en Resa y he compartido esfuerzos con los caballeros hospitalarios de San Juan en su encomienda de Cabanillas. Claro que amo a Navarra...



-Lo que me dices es terrible, Pedro, pues bien sabes también tu que tus hermanos Teobaldo y Enrique no sabrían distinguir Estella de Tudela.

-Porque ellos ven Navarra sólo como un dominio que gobernar a caballo, y no se apean de él para bañarse en el Salazar bajo el palacio de Adansa, ni para ayudar a poner a salvo de los lobos los rebaños que pastan en Aralar. Pero yo sólo tuve que fijarme en vos para hacerlo. Y si mis hermanos no lo han hecho ya, ni todos los consejos de los sabios de Grecia conseguirán enmendarlos. Pero no son malos, solamente tienen un concepto equivocado de lo que es gobernar. En Navarra no se puede hacer sin más lo que el rey ordene, tal y como vos lo habéis firmado y rubricado en el Fuero...

-Lo sé, lo sé. Y vaya que si he tenido problemas por intentar imponer mi voluntad. Pero creo que a ti te hubieran obedecido sin rechistar.

-Ya nunca lo sabremos. En cuanto esté preparado partiré hacia Antioquía.

-¿Y de verás prefieres ir en pos del sueño de unas princesas cautivas sabiendo que aquí tienes tantas enamoradas como días tiene el año?

-Las mujeres y los sueños son como el texto y la miniatura que debe aclarar su sentido en la página principal de un lujoso libro. Cuando una va acorde con el otro, logra alcanzarse la perfección. Y os confieso que mal escribano he sido hasta ahora, pero que yo tambíén quiero encontrar esa perfección...

-Sea como tú quieras, hijo mío. Pero dilata tu partida hasta que pueda yo aleccionarte bien sobre aquellas tierras de los turcos, donde tanto como contar con el apoyo de las avanzadillas cristianas, te convendrá hacer uso de las fuerzas de aquél de quien alguna vez me habrás oído hablar: Hassan-Al-Sabbah, el "viejo de la Montaña". ¿Quieres que te cuente cuando me introduje en su ignoto jardín para salvar la vida de mis compañeros de expedición robándole los extraños frutos que allá cultivaba?

-Por supuesto, mi gran señor y padre don Teobaldo. Estaré como siempre encantado de escucharos.



-Pues verás, querido hijo: Partí al alba, que nunca ha considerado honorable enviar a otro a cumplir la tarea que yo mismo pudiese llevar a cabo. Sólo llevaba conmigo a mi caballo Jasón, mi espada, mi escudo, y un saco donde traer los frutos que mis tropas necesitaban. Sí que consentí en vestir las negras ropas de los seguidores de Hassan Al-Sabbah, y hasta aprendí unas pocas frases de la algarabía que aquellos utilizan...

© Mikel Zuza Viniegra, 2011

martes, 22 de noviembre de 2011

EL ARTE POR EL ARTE



Monasterio de San Martín de Albelda, año del Señor 976

Si no fuese caer en el pecado de orgullo, podría muy bien el monje Vigila tenerse por uno de los mejores escribas que prestigian con su arte los cenobios que vertebran toda la Cristiandad.

Prueba de ello es que, informados por el obispo de Nájera de que obra tan magna está a punto de ser concluida, toda la familia real pamplonesa se haya reunido para compartir con los frailes tan buena noticia, que no todos los días viene al mundo un libro tan lujoso como aquél, que reune junto con los preceptos de los sagrados concilios de la Iglesia, muchos conocimientos de Aritmética, Astronomía e Historia, y que vienen además adornados por un conjunto de miniaturas tan bellas, que nadie de los que las contemplan quiere cerrar el grueso volumen.

Y la mejor de todas ellas es aquella que reune en una sóla página los retratos de aquellos reyes godos que elaboraron las leyes por las que desde entonces se rigieron los cristianos, los de los reyes de Pamplona que ahora mismo gobiernan este territorio, y un poco vanidosamente, los de los tres autores que han llevado a cabo tal maravilla.



Va a ser la presentación oficial en la iglesia, donde ya se ha instalado un estrado para sus majestades: don Sancho II Abarca, su mujer doña Urraca, y sus cuatro hijos, los jóvenes príncipes García, Gonzalo, Ramiro, y Urraca. También tiene su sitial reservado el poderoso hermano del rey, don Ramiro, señor de Viguera.

Y como llevan ya más de una semana en el monasterio los infantes, creen Vigila y sus ayudantes que gracias a ellos han podido conocer fielmente las penas del Infierno, pues son los cuatro hijos del rey tan traviesos que toda la comunidad está soliviantada por sus bromas y sus gritos. Y la más movida es sin duda la princesa Urraca, que se complace en atar los cordones de los frailes que dormitan en el coro, para que cuando se espabilen y quieran levantarse, caigan enredados entre sí con mucho estrépito.



Y está tan agotado Vigila de tanto escribir y dibujar, que él es uno de los que se quedan dormidos, pero no en el coro, sino sobre su propia mesa de trabajo, con la pluma en la mano. Ocasión pintiparada para que Urraca ate con uno de los finos hilos que arranca de su corpiño, la mano del monje con el tintero que tranquilamente reposa sobre el tablero. Entonces se aleja sin hacer ruido, y cuando ya está cerca de la puerta del escritorio, da tan fuerte palmada que el escriba se despierta asustado y al moverse derrama toda la tinta sobre la página que estaba diseñando. Y muchos insultos y palabras gruesas lanzaría a los aires Vigila, si la Caridad no se lo impidiese, pero como no puede evitar que se lo lleven los demonios al ver cómo se ríe de su torpeza la niña, muy enfadado le grita:

-¡Si sigues portándote tan mal, vendrá Almanzor y te llevará con él!

Y no es esa una expresión cualquiera, que es Almanzor el mayor enemigo que han tenido los cristianos desde aquellos tiempos de los emperadores romanos que se atrevieron a perseguir hasta a San Pedro y San Pablo. Y ha arrasado Pamplona tantas veces ya, que muchos creen que en realidad el caudillo moro es el quinto jinete del Apocalipsis...



Así que sale llorando la princesa en busca de sus padres, a los que entre hípidos de llanto les cuenta lo que le ha gritado aquel insolente monje. Y aunque ella es aún muy joven para darse cuenta, los reyes se miran entre ellos con un deje de tristeza, pero por dar satisfacción a su hija ordenan llamar a Vigila, que sólo por el mandato de obediencia acepta pedir perdón a la niña. Y aún ha de admitir como penitencia que le pida don Sancho Abarca la elaboración de cuatro juegos completos de esos nueve personajes antes citados. Pero esta vez, en lugar de ir todos juntos en una misma página, irá cada uno de ellos recortado, de tal forma que para completar la colección haya que reunir los nueve, y así puedan aprender los cuatro príncipes la historia de su propia dinastía. Es más, ordena también el rey que dibuje Vigila a algún otro personaje principal que haya llegado recientemente a la corte pamplonesa, para que puedan entrar en la categoría de "Últimos fichajes", que una colección de cromos sin este preciado grupo, no tiene emoción alguna.

Y de buena gana se hubiera opuesto Vigila a aquel insensato deseo regio, que mucho trabajo es aquel, añadido al ya desarrollado para terminar su códice. Pero piensa que si con ello consigue que todos aquellos pequeños demonios se alejen de una vez de San Martín de Albelda, merecerá la pena ponerse manos a la obra.

Y a la noche, mientras los frailes duermen, y los príncipes se retiran también a sus aposentos, quedan sólamente junto al fuego los reyes y el señor de Viguera, que de un cartapacio saca un documento presto a la firma de su hermano. Así le habla:

-Sé que es duro para vosotros aceptar este tratado. Para mí también es terrible aceptar esta humillación. Pero por encima de nuestra familia están el reino y todos sus habitantes, que confían en nosotros para evitar que desde Córdoba se desaten sobre ellos una vez más todas las furias del Infierno. No tenemos fuerzas que oponer a los tremendos ejércitos del Califa, sólo podemos entregar para aplacarlos lo que ellos nos pidan. Y ya sabéis lo que solicita ahora el maldito Almanzor: a vuestra hija Urraca.
Naturalmente podéis negaros, pero en quince días la Muerte se habrá apoderado de vuestros dominios. Es hora de someterse, pero en nuestras manos está que llegue un tiempo en el que no sólo podamos plantarles cara, sino incluso derrotarlos. Quizás no pueda lograrlo uno de vuestros hijos, pero estoy convencido de que lo conseguirá uno de vuestros nietos. Mientras ese momento llega, con todo el dolor de mi corazón de tío, he de pediros que rubriquéis este acuerdo y enviéis a Cordoba a vuestra hija, para que en pocos años despose a nuestro más odiado enemigo...

Y mientras Sancho y Urraca, llorando, firman el pergamino, no puede dejar de pensar el rey en las dotes proféticas del gran artista y muy leal monje Vigila...



Y, como quien no quiere la cosa, ayer se cumplieron 25.000 visitas a esta humilde página. Buen momento para acordarse de otro colega de profesión como Vigila de Albelda, que hace más de mil años realizó la misma labor que yo trato de llevar a cabo en este blog: entretener contando las glorias y las miserias de los reyes de Navarra. Muchas gracias, hermano escriba.

Y agradezco también a todas y cada una de las visitas que hayan entrado alguna vez en el blog. Y muchos son de muy distintos lugares: Mexico, Argentina, Estados Unidos, Reino Unido, Alemania, Bélgica... Y saludo sobre todos ellos a quien una vez entró desde el himaláyico reino de Buthan. Aunque lo hiciese por equivocación, me hizo la misma ilusión.

© Mikel Zuza Viniegra, 2011

martes, 15 de noviembre de 2011

TÚ ME DESTIERRAS POR UNO...


Tafalla, Mayo de 1456

"... Bien conocido es por todo el mundo, en Navarra y en otras tierras extranjeras, como mi hijo Carlos, príncipe de Viana, ha mostrado una y otra vez su desobediencia y su ingratitud para conmigo, que fui quien lo engendró y quien le dio la vida que ahora emplea en hacerme guerra abierta, hasta el punto de haberse batido personalmente contra mí en el campo de batalla de Aibar.

Y muchos otros agravios tengo sufridos, que expondré en tiempo y lugar convenientes, cuando se juzgue a mi hijo por traición, y que demostrarán hasta dónde ha llevado don Carlos el olvido del respeto y la obediencia, y el desprecio de todo derecho divino y humano. Por todos esos motivos, puedo yo castigar con rigor a dicho príncipe y también a su hermana la princesa Blanca, que le ha favorecido y ayudado siempre con todo su poder, a pesar de mis órdenes, residiendo y estando continuamente con él, y participando por tanto de su desobediencia.

No obstante, como acostumbro, haré uso de mi paterna clemencia si antes del mes de enero hacen ambos acto de sumisión a mi persona. Mas si para entonces no se han sometido o dan pruebas manifiestas de su obstinación en el error, haré instruir su proceso, en el que se les privará perpetuamente de su derecho a la sucesión. A ellos y a sus descendientes, sea cual fuere su calidad. Procederé y haré proceder contra ellos, y contra cada uno de ellos por todas las vías y medios de derecho y de hecho que me sean posibles, sin esperanza de remisión, reconciliación o perdón alguno.

Así pues, la sucesión de Navarra se transferirá al señor conde de Foix, en consideración a estar casado con mi otra hija, Leonor, y a los hijos que ambos tienen en común.

A partir de entonces el príncipe de Viana y su hermana la princesa Blanca serán considerados como muertos, y tenidos por miembros amputados de la Casa Real de Navarra, por haberse hecho culpables de tan gran ingratitud y desobediencia...

El conde de Foix me ayudará con sus tropas a reducir las ciudades y poblaciones que aún defienden a don Carlos, y no me abandonará hasta la completa reducción del reino a mi poder. Se concederá a dichas tropas la libertad de saqueo como es la costumbre y el uso de la guerra, y cuando todo el reino sea reconquistado, dicho señor conde me sucederá como rey de Navarra cuando mis días se cumplan.

Así lo juro y lo rubrico sobre la Cruz y los Santos Evangelios por nos tocados manualment, et reverencialment.

Adenda: Si, como es de prever, mi hijo Carlos se niega una vez más a obedecerme, sea confinado en el palacio de Tafalla y de allí sea puesto en el camino real para que abandone el reino y pueda catar las amargas hieles del exilio. Que no se le permita llevar consigo más que lo que pueda acarrear el caballo que se le entregue. Y para que no tenga queja de mi magnanimidad, que se le permita retirar tres de esos malditos libros que atestan aquellas paredes.
Finalmente, que se le cierren a piedra y lodo todas las puertas de la villa y de los alrededores, y que aquéllos que tuvieran pensado socorrerle sepan que, si se atreven a hacerlo, serán privados de sus casas, sus bienes, y aun de los ojos de sus caras, que arrancaré yo mismo si es menester y ellos me obligan.

Yo, Juan, rey ahora y siempre de Navarra y lugarteniente de mi hermano Alfonso en Aragón..."


Cada crucero, cada cerca, cada puerta de iglesia sostiene tan infamante pasquín, y parece Tafalla tan desierta como cuando aquellos años en que la peste diezmaba por centenares a sus habitantes. Por eso el golpeteo de los cascos de Aritza, el caballo de guerra de don Carlos, resuenan lúgubres en las calles que va recorriendo, como lo harían las pisadas de Belcebú en un convento de monjas.

Lleva en las alforjas lo que ha creído necesario para emprender viaje tan desdichado, pero sobre todo los recuerdos de familia que no ha querido dejar en manos de su padre, para quien todas estas cosas no significan nada.

Las joyas de su madre, doña Blanca, que antes habían pertenecido a la tía abuela Blanca, la que reinó en Francia, y que es justo que ahora vuelvan a las manos de su hermana, la única Blanca de Navarra que queda viva. Los documentos que le acreditan como el legítimo soberano de Navarra, incluida la copia del pergamino que le envió su madre desde Nieva pidiéndole que se proclamase rey sin hacer caso a su malhadado testamento, en el que le había suplicado que pidiese permiso a su padre para hacerlo. Sí, ella se había dado cuenta demasiado tarde de lo que acabaría ocurriendo, porque su marido no soltó la corona y además hizo romper y quemar el documento original. Lleva también la espada con la que fueron coronados en la catedral de Pamplona todos los reyes de la dinastía: don Felipe III, don Carlos II, don Carlos III y doña Blanca I. Y la lleva porque no desespera de cumplir su destino, por mucho que sus desgracias corran ya en coplas escritas: "si nació para reinar, ya reina en los sin ventura...".

Y lleva también los tres libros consentidos por su perseguidor, que sabía muy bien lo que le costaría a su hijo escoger entre todas las obras que han ido allí acumulandose desde los tiempos de los Teobaldos. Uno es la "Crónica de los Reyes de Navarra" que él mismo escribió mientras estuvo preso entre esos muros. Con sus cuatro partes completas, porque en la última es donde quedan bien claros sus derechos. Otro es un cantar muy antiguo, que cuenta la vida de un antepasado muy lejano de los reyes de Navarra. El tercero es un libro de poesías escritas por un piamontés llamado Cesare Pavese. Quizás pueda conocerlo de camino a Nápoles, donde tiene pensado dirigirse. Lo abre por la última página y en la soledad de aquel palacio que sabe que nunca volverá a habitar lee:


"Vendrá la muerte y tendrá tus ojos.

Será como dejar un vicio,
como ver en el espejo
asomar un rostro muerto,
como escuchar unos labios ya cerrados.
Mudos, descenderemos al abismo".


El cerco amurallado queda atrás, y los guardias cierran la puerta con estrépito tras él, como tienen ordenado. Piensa mientras se aleja que esa es sólo la primera de las muchas puertas que a partir de ahora se le cerrarán...

Duda, ahora que va llegando ya la noche, si emprenderla por la Pedrera, por Macocha o por Congosto, pero para cuando se da cuenta su galopar ya lo ha llevado a campo abierto, donde sólo moran las alimañas. Allá, más adelante, una tenue luz ilumina el portal de un caserío. Quizás sea mejor pasar la noche aquí, piensa, y seguir ruta hacia Pamplona al amanecer. Y golpea el quicio haciendo mucho ruido, pero no parece que la casa esté habitada, pues nada se oye en el interior. Vuelve a golpear la puerta y pide posada como un vulgar peregrino, y entonces sí, una niña de apenas nueve años sale al umbral y así le habla:

-Príncipe, bien conoceis los designios de vuestro padre maldito. No podemos alojaros ni aun siquiera abriros la puerta de nuestra casa. Si lo hacemos, la perderemos, junto con el resto de nuestros escasos bienes y nuestros ojos serán cegados para siempre. Seguid adelante, os lo ruego. En nuestro mal, vos no ganáis nada...

Y saca Carlos entonces de su alforja uno de aquellos anillos de oro que son herencia suya y de su hermana, y lo pone en la mano de la niña mientras pica espuelas y continúa su camino. Y cuando encuentra una desvencijada ermita perdida en el monte, y allí unas pobres velas de sebo ardiendo ante el altar, aprovecha la luz para quitar la silla a Aritza y que éste pueda descansar unas horas. Y abriendo el segundo libro, aquél que narra las aventuras de su lejanísimo antepasado, no puede dejar de lamentar su condenada suerte mientras lee:


"El Campeador vino a su posada.
Así como llegó a la puerta, hallóla bien cerrada;
Por miedo del rey Alfonso, que así lo concertaran:
Que si no la quebrantase por fuerza, que no se la abriesen por nada.

Los de mío Cid a altas voces llaman;
Los de dentro no les querían tornar palabra.
Aguijó mío Cid, a la puerta se llegaba;
Sacó el pie de la estribera, un fuerte golpe le daba;

No se abre la puerta, que estaba bien cerrada.
Una niña de nueve años a ojo se paraba:
¡Ya, Campeador, en buena hora ceñisteis espada!
El Rey lo ha vedado, anoche de él entró su carta

Con gran recaudo y fuertemente sellada.
No os osaríamos abrir ni acoger por nada;
Si no, perderíamos los haberes y las casas,
Y, además, los ojos de las caras.

Cid, en el nuestro mal vos no ganáis nada;
Mas el Criador os valga con todas sus virtudes santas.
Esto la niña dijo y tornóse para su casa.

Ya lo ve el Cid que del Rey no tenía gracia.
Partiose de la puerta, por Burgos aguijaba..."




© Mikel Zuza Viniegra, 2011

jueves, 10 de noviembre de 2011

NUEVE DE NOVIEMBRE


Palacio de Olite, nueve de noviembre de 1440

A la reina Blanca le cuesta ya mucho subir las escaleras de la torre de las tres grandes finiestras. Tiene ya cincuenta y cinco años. Pero hoy es un día especial y quiere comprobar si aún, pese a que lleva la nieve prendida para siempre en sus cabellos, un misterioso desconocido sigue pensando que ella es todavía tan hermosa como cuando de joven fue elegida por su belleza para casarse con don Martín, el heredero de Aragón.

Y puede ver desde allí, efectivamente, que entre los numerosos correos que llegan de todas partes del reino, viene uno muy bien pertrechado en su montura, que en vez de legajos o pergaminos, trae en su cesta un ramito de violetas, que seguro que, como siempre, aparecerán sin tarjeta. Es el mismo jinete que le trae de ciento en viento cartas llenas de poesía, y también el que cada primavera le acerca flores sin tasa. Pero nunca dice a la reina quien es el que le envía, pues para redondear el enigma, el mensajero es mudo.

El caso es que hace tres años ya que se suceden tan extraños regalos, que Blanca no puede negar que indudablemente le han devuelto la alegría. Y no es que su matrimonio no sea feliz, aunque muchos crean que su marido es el mismo Demonio, que sea cierto que tiene un poco de mal genio, y que muy pocas veces haya sido tierno con ella. Pero le entiende: él sólo tiene cuarenta y dos años, y sigue tan apuesto como cuando lo conoció en aquella isla de Sicilia que ahora parece quedar tan lejana. ¿Qué podría ver en una vieja como ella? Probablemente sólo la corona que lleva puesta, que lo convierte también a él en Señor de Navarra, aunque ella sea la única propietaria.

Por eso le gusta ahora ponerse a soñar e imaginarse cómo será aquél que tanto la estima. ¿Sería un hombre más bien de pelo cano, sonrisa abierta y ternura en las manos? No sabe quién sufre en silencio, quién puede ser su amor secreto. Y vive así de día en día, con la ilusión de ser querida...

Y como cada tarde, suena la trompeta que anuncia que el rey Juan vuelve a palacio. Y ella atraviesa la galería dorada a pasitos cortos, apoyándose en su bastón para verlo descender del caballo, tan gallardo como un Hércules o un Arturo de Bretaña.

Y desde el patio, él la saluda mecánicamente, sin cortesía. Y ve que cuando Blanca levanta su mano para corresponderle, lleva un ramito de violetas en ella. Y no pregunta nada, porque lo sabe todo, sabe que ella es feliz así, de cualquier modo. Porque él es quien la escribe versos, él su amante, su amor secreto. Y ella, que no sabe nada, mira a su marido y luego calla...

Y es totalmente cierto que él la ama. Y que la recuerda tal y cómo era cuando la conoció en Sicilia, en el año 1415, cuando ella llevaba ya trece gobernando la isla como a la viuda de don Martín de Aragón correspondía. Tenía entonces Blanca treinta años ya, y Juan, que venía a sustituirla en su magistratura, tan solo dieciocho. ¿Y cómo no evocar la hermosura de aquella princesa que en lugar de hacer honor a su nombre, tenía la piel tan morena y resplandeciente como la del resto de las sicilianas?

En el año que compartieron en aquél paraíso, ella le enseñó todo lo que sabía sobre política, etiqueta y diplomacia, que era mucho. Y no quedó el amor fuera de aquella placentera educación, pues el no lo conocía sino por las novelas o las habladurías de su escolta.

El caso es que cuando Blanca volvió a Navarra para ser jurada heredera de su padre el rey Carlos III, y llegada la hora de buscar un consorte con el que asegurar la continuidad de la dinastía, ella se negó a aceptar más candidatura que la de aquel zangolotino que había quedado en Sicilia. Pero habían pasado cinco años ya de todo aquello, y el mozalbete se había convertido en un joven ambicioso de veintitres años. Tan ambicioso que vio en aquel matrimonio la posibilidad de alcanzar de un sólo golpe dos objetivos casi imposibles para un segundón como él: una mujer inteligente y hermosa y una corona real. Y entonces no supo discernir cuál de los dos premios colmaría más su orgullo. Pero ahora, cuando ella se había convertido en una anciana, ya no tenía ninguna duda: fue la corona.

Pero eso no quitaba para que siguiera agradeciéndole todos sus desvelos, y para que, a su manera, reconociese que no se había portado bien con ella, dejándola constantemente sola en Navarra mientras él se dedicaba a intrigar en Castilla. La seguía queriendo, sí. Más que a sus propios hijos, con los que nunca se había llevado bien. Intuía incluso que cuando Blanca no estuviera ya en este mundo, él debería frenar las ansias de sus vastagos: los insoportables y redichos Carlos y Blanca, siempre actuando juntos en todo lo que pudiera irritar a su padre, y la codiciosísima Leonor, a la que muy bien podría usar como palanca para destruir a sus hermanos...

Sí, todo eso llegaría algún día, pues evidentemente él jamás renunciaría a la corona que tanto le había costado alcanzar. Pero mientras tanto, no le costaba nada aliviar las tristezas de su esposa con aquel invento de escribirle versos, mandarle flores por primavera y cada nueve de noviembre, como siempre sin tarjeta, poner en sus arrugadas manos un ramito de violetas...


http://www.youtube.com/watch?v=lssGMJdtsww&feature=related




© Mikel Zuza Viniegra, 2011