lunes, 30 de diciembre de 2013

BROCHE


Dormitorio de los canónigos de la Catedral de Pamplona, 30 de diciembre de 1343


Al fin han arribado a la capital del reino los restos de los soldados navarros muertos en la cruzada de Algeciras. Y cada cajón conteniendo sus huesos ha sido dispuesto sobre el frío pavimento de la misma forma que si fueran a librar su último combate: el del rey por delante, -pues Su Alteza Felipe III sucumbió también en aquel terrible asedio, él atacado por unas fiebres malignas - y los de sus hombres -que murieron luchando en franca desventaja contra el infiel- tras él.

La reina Juana II, los miembros del Consejo Real, los merinos, los sozmerinos, los jueces de la Cort... Todos rodean el féretro del soberano orando en respetuoso silencio por su alma. Por eso nadie se extraña de la petición de la viuda, que les ruega que la dejen sola en aquel oscuro recinto para despedirse  del rey antes de la ceremonia del entierro en medio del coro del templo.

Cuando está bien segura de que todos han salido de la estancia, da la espalda al ataúd regio y va leyendo uno por uno los carteles que identifican a quien va dentro de cada cajón en aquella mortuoria alineación de batalla y, ya casi hacia el final de la nave, se detiene ante uno de ellos y arrodillándose lee: Arnaut de Sabaiza.

JUANA II DE NAVARRA EN SU TUMBA DE SAINT DENIS
Y llora y abraza aquella polvorienta caja que ha cruzado junto a sus compañeros caídos toda Castilla para poder descansar definitivamente en su tierra y su país. Porque no es al rey Felipe de Evreux a quien ella amaba, sino al que ahora yace en aquella caja que estrecha entre sus brazos como queriéndola abrir para asegurarse de que este horror es cierto, y en efecto el afable y gentil Arnaut ya no es más que un puñado de huesos.

Y maldice una y mil veces a quien contó al rey estos secretos amores, aunque también desea el Infierno más profundo para su marido, que vengativamente y por mero despecho ordenó que fuese Arnaut quien encabezase personalmente todos los ataques a la fortaleza, hasta que una flecha nazarí fue a clavarse en su corazón. Ese corazón que hacía latir también el de Juana.

Puede que Dios finalmente la escuchase, y aquella repentina muerte del rey se debiese a un castigo divino, justisimo pago a tan mezquino proceder. Pero como la mujer y la reina son dos personas distintas, esa misma tarde ésta última encabeza el séquito que sepulta para siempre a su marido entre los otros reyes de Navarra, sus antecesores. Y a la mañana siguiente es la mujer la que llora durante el entierro en el claustro de aquella pequeña armada de difuntos.



Y se asegura muy bien de que los restos de Arnaut queden a los pies de la impresionante puerta llamada con total justicia artítistica "Preciosa", que ni siquiera está aún del todo terminada, pues faltan por tallar las figuras del Ángel San Gabriel y de Santa María que adornarán sus jambas. Y es que el rey Felipe ordenó que quedase  representado su rostro y el de Juana en esas efigies.


 Pero ahora él ya sólo manda en la estrechez de su cripta y es ella quien gobierna. Y su primera disposición es entregar un medallón al maestro escultor para que traslade exactamente los rasgos del rostro allí representado a la imagen del arcángel. Y el artista, aunque extrañado, obedece sin rechistar la orden de la reina, porque tanto él como el resto de cortesanos entienden a la perfección  lo peligroso que resultaría llevarle la contraria en este asunto.


Y cada tarde, hasta muchos años después, iba la reina Juana a sentarse sobre la losa bajo la cual descansaba para siempre su verdadero amor. Y gustaba de comparar el medallón que el propio Arnaut le regaló con su retrato -y que siempre llevaba consigo-, con el del hermoso ángel de piedra que sonreía desde aquella altura, llevando él también al cuello ese mismo broche pero tallado en roca.

Y le gustaba lo que veía, porque con razón decían los muy sabios filósofos de Grecia que la belleza auténtica jamás perece...



Y esta es la última crónica de 2013. 
Que 2014 os venga a todas y todos cargado de belleza



©Mikel Zuza Viniegra 2013

jueves, 26 de diciembre de 2013

APO MAKRIA KAI AGAPIMENOI


Castillo de Lasaga, Ostabat (Ultrapuertos), 26 de diciembre de 1392



No hay manera de calentar este condenado salón. Ni aun quemando en la chimenea todos los árboles de la castellanía de San Juan podría conseguirse.

Así que te arrebujas en la manta de piel para atrapar hasta la última brizna de calor que puedan anhelar tus viejos huesos. Y solo, como siempre, buscas en las crepitantes llamas el recuerdo de lo que un día fuiste: don Pierres de Lasaga, caballero principalísimo de Navarra, héroe de Albania, embajador del rey Carlos II en Avignon y el Bearne, diestro guerrero en Portugal, chambelán de Su Alteza el rey Carlos III, y finalmente pariente cercano de ambos por tu matrimonio con Juana, la hija de don Luis de Beaumont, hermano del primero y tío del segundo.

Juana. Pobre Juana. Se  dio cuenta muy pronto de que no la querías. O al menos de que no la querías tanto como a esa otra cuyo nombre a veces se te escapaba en sueños: Ianthé, Ianthé...

Mentira sobre mentira, le decías que era el nombre de una batalla que librasteis en Grecia. Pero veías en sus ojos que sabía que no le decías la verdad, aunque algo de verdad había, pues ¿cómo denominar al combate más ásperamente dulce  de tu vida sino batalla?

Ahora Juana está muerta. Y muy pronto tú mismo lo estarás, y yacerás en esta tierra helada y verde que contemplas desde la ventana. Y sabes que, a punto de expirar, tu último pensamiento será para Ianthé, y que entonces ya no tendrás duda alguna sobre lo que en el fondo siempre has sabido: que cambiarías todas esas dignidades y honores conseguidos durante años por pasar un solo día más con ella. Que deberías haberte quedado en Grecia sobreviviendo como caballero de fortuna. Que a su lado no hubieses envidiado al emperador de Bizancio. Que hubieses sentido el sol en los días nublados sólo con mirarla. Que el azul del mar de los griegos no podía rivalizar con el del manto que velaba su rostro bajo las bóvedas llenas de mosaicos de sus iglesias. Que habrías puesto a sus pequeños pies cabezas de búlgaros, almogávares y turcos sólo para resguardar del barro de los caminos de Jonia sus sandalias. Que no te importan los edictos del Papa ni los mandatos del Rey tanto como uno solo de los versos de autores de la antigüedad  que ella te recitaba algunas veces. Como aquel de Asclepiades de Samos que ahora mismo evocas:

"Ah, sí, lo sé, ella es morena.
También lo es el carbón antes de que la chispa
lo incendie para convertirlo en rosas..."

Y te echarías a llorar, si no temieras que las lágrimas se helasen en tus ojos, porque no, no calientan esos troncos en la chimenea. Pero sí que dan brevemente algo de luz. Una luz que remeda pálidamente a aquella de las islas del Egeo. Y a esa falsa llama acercas un ajado pergamino que llevas siempre contigo, con las ignotas letras que de su misma mano ella trazó para despedirse. Y como tantas veces has hecho durante años, las repites -con ansia de blasfemia-, con mucha más fe que la que muestras en el templo con las letanías de los santos, por ver si en el Infierno encuentras de nuevo al fin aquel calor mediterráneo.


Y pese a que nunca has entendido nada de aquellos signos -¿aunque quién entiende las señales de una mujer?, hoy, completamente enfebrecido, te parece descifrar sin dificultad alguna aquella arcana caligrafía. Y besas y vuelves a besar aquél papel, y sólo te detienes por el temor a borrar definitivamente aquellas palabras regaladas por Ianthé.

Y un poco del sol de Grecia vuelve a calentar tu viejo corazón, Pierres, cuando lees:

"Μαζί σου πάντα θα με δένει μια παραλίγο ευτυχία
σήμερα ζούμε χωρισμένοι εμείς που γράψαμε ιστορία
Σίγουρα πάντα κάτι μένει αλλά δεν έχει σημασία
τώρα μαθαίνω τι σημαίνει από μακριά κι αγαπημένοι"


"Mazí sou pánta tha me dénei mia paralígo ef̱tychía
sí̱mera zoúme cho̱risménoi emeís pou grápsame istoría
Sígoura pánta káti ménei allá den échei si̱masía
tó̱ra mathaíno̱ ti si̱maínei apó makriá ki agapi̱ménoi"


"Siempre estaremos juntos, casi felices, aunque vivamos separados.
Nosotros escribimos nuestra propia historia,
y algo permanecerá, aunque eso no sea lo más importante,
porque ahora sabremos qué significa querernos tanto estando tan lejos."  




©Mikel Zuza Viniegra 2013








jueves, 19 de diciembre de 2013

PRÍNCIPE Y MENDIGO


Ya vimos la semana pasada la dificultad de encontrar  temas históricos navarros en la serie de TVE "Isabel". En esta ocasión aprovecharé un fragmento de la Historia de España que el escritor Arturo Pérez Reverte viene publicando en la revista XLSemanal, para volver a uno de mis temas preferidos: la escabrosa relación entre el Príncipe de Viana y su padre, el rey Juan II de Aragón. Porque sobre la conquista de Navarra ya dejé asentado lo que pienso en el prólogo que escribí para el fantástico libro de César Oroz "¿Por qué lo llaman anexión cuando quieren decir conquista?"




Dice así el autor cartagenero:


"Mientras tanto, el reino de Navarra (que incluía lo que hoy llamamos País Vasco) también disfrutaba de su propia guerra civil con el asunto del príncipe de Viana y su hermana doña Blanca, que al fin palmaron envenenados, con detalles entrañables que dejan chiquita la serie Juego de tronos. Navarra anduvo entre Pinto y Valdemoro, o sea, entre España y Francia, dinastía por aquí y dinastía por allá, hasta que en 1512 Fernando de Aragón la incorporó por las bravas, militarmente, a la corona española. A diferencia de los portugueses en Aljubarrota, los navarros perdieron la guerra y su independencia, aunque al menos salvaron los fueros -todos los estados europeos y del mundo se formaron con aplicación del mismo artículo catorce: si ganas eres independiente; si pierdes, toca joderse-. Eso ocurrió hace cinco siglos justos, y significa por tanto que los vascos y navarros son españoles desde hace sólo veinte años menos que, por ejemplo, los granadinos; también, por cierto, incorporados manu militari al reino de España, y que, como veremos en el siguiente capítulo, si es que lo escribo, lo son desde 1492."

Y la verdad es que no le falta razón, porque comprender cómo un país que en 1425 era una isla de paz en medio de la convulsa Europa de aquel tiempo pudo llegar a sufrir poco después primero cincuenta años de guerra civil, y luego otros diez de conquista y ocupación, no resulta nada sencillo. Y es que ya se sabe  que muchas veces la realidad supera a la ficción, y en el caso concreto de la inquina que siempre mostró Juan II por su hijo, eso es justamente lo que ocurrió, como veréis si continuáis leyendo.

Efectivamente, cuando en su testamento de 1439 la reina doña Blanca pidió a su hijo Carlos de Viana que no tomara el título de rey de Navarra -que por derecho le correspondía-, sin antes obtener el permiso de su padre, estaba muy lejos de suponer que semejante ruego desataría sobre el reino una feroz guerra civil que, a la postre, conllevaría la perdida de la independencia apenas ochenta años más tarde.

Y esto ocurrió así no sólo no sólo porque Juan II retuvo la corona injustamente, sino también porque apenas muerta su primera esposa ya comenzó a planear un segundo enlace que le facilitase continuar con su principal actividad: la intriga política en Castilla. Con razón dijeron los cronistas que “quiso a Navarra como propia, pero la trató como ajena”. Y es que nunca vio este reino más que como una simple plataforma de la que obtener recursos para mantener sus luchas en sus dominios patrimoniales castellanos.

Resulta evidente que desde el mismo momento de la muerte de la reina doña Blanca en 1441, don Juan no tenía ningún derecho sobre Navarra, y aún admitiendo que lo hubiese conservado en usufructo, éste lo perdió con su segundo matrimonio.

Aún así se permitió cinismos tales como acuñar moneda empleando el escudo Navarra-Evreux, que nada significaba para él, pero que evidentemente representaba para los navarros el símbolo de la dinastía legítima, que curiosamente él mismo se complació en eliminar miembro por miembro. 



Y aquí es donde entra en juego doña Juana Enríquez, la hija del almirante de Castilla, quien con la vista puesta en una herencia que no le correspondía en absoluto, pues las capitulaciones matrimoniales y sobre todo el testamento de Carlos III el Noble estipulaban bien claramente que únicamente los hijos habidos por Juan Y Blanca podrían heredar en el futuro tanto los dominios navarros aportados por ella como los aragoneses y castellanos aportados por él, emprendió el 10 de marzo de 1452 el apresurado viaje entre Sangüesa y Sos para que su hijo Fernando, quien andando el tiempo sería conocido como “el Católico”, naciese en Aragón y no en Navarra, buscando desde el primer momento que fuese él quien heredase Aragón, y no los legítimos herederos: Carlos, Blanca o Leonor. 

Y es que todo el cariño y reconocimiento que Juan II ásperamente negó siempre a los hijos habidos de doña Blanca: los príncipes Carlos, Blanca y Leonor, se lo concedió sin mesura al hijo de su nueva consorte castellana. Así pues, este impulso de sustituir a su familia original navarra, aguzado aún más con su ascenso al trono de Aragón en 1458, acabaría siendo la chispa que incendiaría la explosiva maraña en la que se habían convertido los intereses contrapuestos de los más importantes clanes nobiliarios en Navarra: los beamonteses, partidarios de don Carlos, y los agramonteses, partidarios del rey Juan, por la única razón de oponerse a sus archienemigos irreconciliables, y no al príncipe, como más de una vez le reconocieron personalmente. 

A mi juicio el gran error del príncipe Carlos fue precisamente hacer caso al ruego -a todas luces ilegal, pues se saltaba lo que ordenaba el Fuero- de su madre, y no atreverse a proclamarse rey en 1441. En lugar de ello aceptó el título de lugarteniente por el rey su padre, y en ese difícil equilibrio continuaron las cosas en Navarra hasta que el rey se casó por segunda vez, y Juana Enriquez vino a vivir -y claro está a gobernar- Navarra. El enfrentamiento armado entre padre e hijo no tardó en producirse, y el 23 de octubre de 1451, en la batalla de Aibar, el príncipe fue hecho prisionero.  

Como muchas veces más le ocurriría en el futuro, estuvo a punto de conseguir la victoria y ser él quien venciera en el combate, pero también como siempre, algo ocurrió en el último momento que decidió la suerte final de la lucha: el hijo bastardo del rey, el maestre de Calatrava don Alonso de Aragón, cargó a la desesperada contra quienes cercaban al rey, y consiguió desbaratarlos. 

Muchos años después, en 1512, en plena invasión de Navarra, otro hijo bastardo, en este caso de Fernando "el Católico", llamado Juan de Aragón, contribuyó muy decididamente a la conquista al mando de las tropas aragonesas que como arzobispo de Zaragoza encabezaba. Ya vemos que tanto Juan II como su hijo Fernando cuidaban muy bien de su prole ilegítima, asignándole cargos de relevancia para tenerlos contentos y poder echar mano de su apoyo en momentos de peligro...


Pero cómo trató Juan II a su hijo legítimo, ya es otro cantar muy diferente, y el mismo Carlos nos lo confirma cuando tras dos años de cautiverio, al conseguir por fin su libertad a cambio de la de sus siete principales partidarios -que quedaron como rehenes del rey-, escribe a su también proscrita hermana Blanca: 

-"Por  la cruel prisión en que estábamos en el castillo de Monroy, si todo el mundo pacíficamente poseiéramos, no solamente a Su Alteza el rey, que por natura nos es padre e señor, mas a cualquier estrangero, cathólico o infiel, fiziéramos donación de todo lo nuestro por ser suelto e libre".

 Y tambien conviene recordar lo que el propio príncipe declaró en su testamento ológrafo del 20 de abril de 1453 mientras estaba preso en Zaragoza y creía que su padre  iba a dar orden de matarlo en cualquier momento, por lo que no tenía razones para mentir:

-"Pues mi desventura es que aquel Rey, mi Señor, enajenado el amor paterno,
e desestimado mi deseo a lo servir e obedescer, quiera, no solo privarme
del Reyno mío de Navarra, que me pertenesce por legítima sucesión
del Rey Don Karlos, mi abuelo, e de la Reyna Doña Blanca, mi Señora
e madre, de preclara memoria, mas aun de forma como yo, aprisionado
y encarcelado, haya de fenecer mis días reclamando justicia a Dios
que es sobre todos poderoso, Yo, el Príncipe Charles, temiendo morir,
mientras me quede tiempo, ordeno y hago este mi testamento, de mi propia mano
scripto, el cual quiero que haya entero efecto; e pues de mi sepultura
ha de ser lo que quieran los que tienen mi persona, en sperança de la
bondat y fe de aquellos parientes, criados é subditos míos que mi justicia
y servicio me siguen y en el dicho mi reyno de Navarra están á la obediencia
mía y lo que en nuestro Señor Dios y en mi buena justicia spero que los
otros hayan de reconocerse, specialmente, pues allende mis otros derechos,
 SABEN COMO LA REYNA MI SEÑORA, AL TIEMPO DE SU MUERTE, DE SU MANO LES ESCRIBIÓ QUE, ELLA FENECIDA, ME LEVANTASEN LUEGO POR REY E SEÑOR SUYO. LA CUAL CARTA, HECHA POR MÍ NOTIFICAR AL REY MI SEÑOR, SIN DEJARLA PUBLICAR, Y EN CLARO PERJUICIO MÍO, FUE MANDADA RASGAR POR SU ALTEZA..."


Testamento de propia mano del príncipe de Viana (1453)
O sea, que doña Blanca, en el último momento sí que se dió cuenta de su equivocación, y olvidando su testamento, pidió que su hijo Carlos fuese proclamado rey de Navarra. Pero éste, siempre tan buena persona, o desconociendo quizás la verdadera personalidad de su padre, le envió la carta sin publicarla previamente, lo cual aprovechó don Juan para romperla y quedarse con la corona. Vamos, lo que vulgarmente se conoce como un auténtico sinvergüenza...

La rivalidad entre padre e hijo probablemente tuvo su origen en que, en realidad, eran unos perfectos desconocidos el uno para el otro. Juan II apenas paraba en Navarra, de la que sólo le interesaba el título regio y utilizarla como base y foco de recursos para sus guerras en Castilla. Mientras tanto Carlos fue criado por su madre en las costumbres navarras desde que apenas tuvo un año. Cuando al morir ella debió enfrentarse en solitario a la mezquina personalidad de su padre, se manifestaron por primera vez sus escrúpulos filiales. Desafortunadamente para el príncipe, Juan II no tenía escrúpulos, ni de esos, ni de ninguna otra clase. Y todo el mundo a su alrededor lo sabía. Como ejemplo pondré esta reflexión de Juan de Michaelibus, el vicario general del cardenal Besarión en el obispado de Pamplona, que escribió: 

-"Si al príncipe se le devuelve el reino de Navarra, veréis como recuperaréis el obispado de Pamplona. Pero esto no sucederá jamás en vida del rey Juan, aunque ángeles del cielo le evangelicen de vuestra parte..."


Según J.M. Lacarra, "Carlos era un hombre deseoso de  paz, tímido y sentimental, impresionable, fácil de convencer por los que le rodeaban, pero también con una fe absoluta en la justicia de su causa y en la razón que le asistía al defender sus derechos. Con una gran preocupación ética y un elevado concepto del deber, la defensa de esos derechos había de chocar en su conciencia con los deberes de respeto y obediencia que como hijo tenía para con su padre. Y ésta sería precisamente la vía que emplearían siempre Juan II y su esposa Juana Enriquez: el deber filial o la fibra sentimental serían explotados en diversas ocasiones cruciales por ellos para conseguir someter a Carlos..."    


Y no sólo a Carlos, también a sus dos hermanas. La primera, Blanca, tuvo que soportar la humillación de ser repudiada por su marido, el rey Enrique IV de Castilla. Desde ese momento dejó de existir para su padre, pues a él sólo le interesaba influir en la corte castellana por su condición de suegro del rey. Una vez perdida definitivamente ésta, su hija sólo fue otro peón más del que prescindir. Sola y abandonada, no le quedaba más refugio que el del otro gran perseguido de esta historia: su hermano Carlos. Y ambos sufrieron en toda su crudeza el odio del hombre que los había engendrado.
 

A tanto llegó ese rencor paterno, que en 1455 -procediendo una vez más contra todo derecho, pues no tenía potestad alguna para hacerlo- los desheredó y nombró heredera a su otra hija, Leonor. No porque la estimase más que a sus hermanos, sino porque estaba casada con el poderoso conde de Foix, y podría utilizar así sus tropas para imponer su malvado designio. Y lo hizo con estas duras y esclarecedoras palabras:

"Sean a partir de ahora el príncipe de Viana y su hermana la princesa Blanca considerados como muertos, y tenidos por miembros amputados de la Casa Real de Navarra, por haberse hecho culpables de tan gran ingratitud y desobediencia hacia mi persona..."

Desde ese momento los persiguió aún con más saña si cabe, y si llegó a envenenarlos es cosa que sólo su negra conciencia podría confirmar. En cualquier caso es interesante considerar un aspecto: cuando el príncipe de Viana murió en Barcelona en 1461, convertido en un símbolo de libertad para los catalanes, éstos no tardaron en buscarle sucesor para poder así continuar la guerra contra Juan II, y lo hicieron en la persona del condestable Pedro de Portugal, más joven que el príncipe de Viana, que curiosamente no tardó también en morir poco después. Lo mismo que le ocurrió a Juan de Lorena, el nuevo sucesor. Vaya "casualidades", ¿eh?: los tres opositores a Juan II, mucho más jóvenes que él, muertos repentinamente en la flor de la vida...

Y es que este tipo de muertes, "providenciales" sin duda, fueron muy comunes entre quienes se opusieron a Juan II o a Juana Enriquez. Y curiosamente parece que fue una cualidad heredada por su hijo Fernando "el Católico", que a lo largo de su vida vio morir inesperadamente a su alrededor a muchos de los que podían discutir sus "derechos", siendo el más conspicuo de ellos su yerno Felipe "el Hermoso", el marido de Juana "la Loca", que murió repentinamente mientras jugaba a pelota, dejando a Fernando libre el regreso al trono de Castilla. Desde nuestro escepticismo histórico actual podemos quedarnos con la versión que mejor nos parezca, pero resultan bien extrañas tantas muertes juntas, y  tan favorables además siempre a los intereses de Juan II o de su segunda familia. En cualquier caso podemos asegurar también que, si Carlos no fue "formalmente" envenenado, la vida de proscrito y exiliado que le obligó a llevar su padre no incrementó en absoluto su expectativa vital, sino todo lo contrario...

Además otro tanto le ocurrió a la pobre infanta doña Blanca, apresada por su padre y entregada a su hermana Leonor, en cuyas manos murió -ella sí, envenenada-, no sin dejarnos antes un retrato muy ajustado y verídico de su repugnante progenitor:    

“Sepan todos quienes lean esta carta que él ha sido el principal perseguidor y destructor del honor, heredad y derechos de mi hermano Carlos, y también de los míos. Sólo suplico a Dios Nuestro Señor que le quiera perdonar este tan grave caso y pecado contra nosotros (que éramos de su carne propia) cometido, y le quiera iluminar el entendimiento, de manera que actúe en conciencia y haga verdadera penitencia”.

Pero con todo, y tras esta catarata de muertes que convierten las tragedias inglesas de Shakespeare en un cuento de Disney, la única que seguía cumpliendo las normas hereditarias navarras fijadas en el testamento de su abuelo Carlos III el Noble o en las capitulaciones matrimoniales de sus padres -según las cuales heredaría todo el hijo superviviente- era precisamente la princesa Leonor. 

Ya  hemos visto que no era más amada por su padre que sus otros dos hermanos, y que de ella sólo le interesaba que estaba casada con el conde de Foix. Pero supo aprovechar su ambición -probablemente heredada de él mismo- y emplearla para destruir a sus propios hermanos. 

En ese pecado llevó también ella la penitencia, pues a pesar de que ya sólo le separaba de la corona la extraordinaria longevidad para la época –alcanzaría casi ochenta años- de su padre, por supuesto éste la trató con el mismo desapego que había mostrado con el resto de los  hijos de su primer matrimonio. Cualquier intento de imponer su autoridad en Navarra fue siempre abortado por don Juan, que sembró fundadísimas sospechas sobre su inicuo proceder con sus otros dos hijos cuando amenazándola claramente le escribió: 

"E aun el principe don Carlos tenía su poder de lugarteniente en Navarra porque se lo concedí yo, y aunque los que estaban cerca suyo le aconsejaron que ficiese lo contrario, e aun que tomase el título de propietario del reino, por no dar yo a ello lugar -como vos bien sabéis-, vino a caer en el yerro en que cayó, y vino a morir como murió, perdiendo además la sucesión de este reino..."

Así pues Leonor pudo entender perfectamente que tras haber ayudado a su padre a perseguir hasta la muerte a sus propios hermanos, ahora ella corría el mismo peligro, y además a manos del mismo verdugo, que por supuesto no colaboró lo más mínimo a sujetar a las dos banderías que seguían desgarrando el país. Así, mientras el rey seguía apoyándose en los agramonteses, capitaneados por el cruel mosén Pierres de Peralta, los beaumonteses, comandados por el ambicioso segundo conde de Lerín fueron siendo atraídos por un nuevo y a la postre decisivo protagonista en este río revuelto: el príncipe Fernando de Aragón, que desde 1475 era además rey de Castilla por su matrimonio con Isabel I.

Para comprender la catadura moral de Juan II y de su hijo Fernando, no me resisto a adjuntar lo que ese padre que tanto se había aprovechado de los escrúpulos filiales de su hijo Carlos para negarle su condición de legítimo heredero de Navarra y Aragón, dejó dicho en una reunión que ambos mantuvieron en Vitoria en 1476: 


-"Vos, hijo, que soys señor principal de la Casa de Castilla, donde yo vengo,
sois aquél a quien todos los que venimos de aquella casa somos obligados de
acatar e servir como a nuestro señor e pariente mayor, e las honras que yo os
debo en este caso, HAN MAYOR LUGAR QUE LA OBEDIENCIA FILIAL QUE VOS ME DEBEIS COMO PADRE..."


O sea, a su segundo hijo varón, al que pudo educar según su propio pensamiento, que le  llevaba a respetar la palabra empeñada únicamente a su propia conveniencia, y para el cual conseguir el fin justificaba todos los medios, lo quiso y lo llenó de honores, cargos y títulos que en realidad correspondían todos a su primer hijo varón, por quien sólo mostró desdén, desprecio y odio. Baste como ejemplo que mientras negó injustamente durante años el reconocimiento como heredero legítimo de Aragón a Carlos, se lo concedió a Fernando tan solo diez días después de la muerte del príncipe de Viana. 


Moneda acuñada por los partidarios del Príncipe de Viana
Pero ya era tarde para Leonor, pues desde entonces, y empleando como excusa más habitual la necesidad de prevenir una hipotética invasión francesa -que naturalmente jamás se produjo-, Fernando no cejará en su empeño de tener sujeto un reino que, al igual que su padre, todo hace indicar que creía suyo de hecho (porque el derecho nunca le preocupó demasiado). Para ello no dudó en utilizar a los beaumonteses como factor de desestabilización constante, animándoles a rebelarse y luego presentándose como el único capaz de mantenerlos a raya. Así podía mostrarse ante su hermanastra doña Leonor como un caballeroso defensor, cuando en realidad estaba implantando un verdadero protectorado sobre Navarra, pues plazas tan importantes como Pamplona se pusieron en manos de tropas castellanas, no tanto para asegurar la paz, como para asegurar su dominio del reino.

La princesa acabaría comprendiendo que a ninguno de los dos, a su padre o a su medio hermano, les interesaba poner fin a las luchas entre ambos partidos, porque mientras éstas se mantuviesen vivas podrían seguir interviniendo en la política navarra como quisiesen. Por eso uno favorecía deliberadamente a una facción mientras el otro hacía lo mismo con la contraria. Al fin, en 1479, murió el rey Juan II, y doña Leonor pudo alcanzar el trono de sus antepasados, aunque ella también falleció pasados únicamente quince días.

El hecho cierto es que Juan II recibió de manos de Carlos III el Noble, el padre de su primera esposa Blanca de Navarra, un reino próspero y en paz, y tras cincuenta y cinco años de maldades y felonías, lo legó a su hija Leonor arruinado e indefenso.

En su lecho de muerte aún tuvo el cuajo de dictar unos consejos para su hijo Fernando que, edición corregida y aumentada de la inmoralidad y falta de ética de su padre, debió reírse sin recato al leerlos: 

"La justicia sobre todas las cosas sea el espejo de vuestro corazón... Los reinos y súbditos conservad en paz y en justicia, sin injuria al prójimo, evitando cuanto al mundo podáis toda clase de guerras y discusiones".

Si habéis tenido la muy notable paciencia de llegar hasta aquí, habréis podido comprobar por vosotros mismos que Arturo Pérez Reverte tenía mucha razón al comparar nuestra historia con la de Juego de Tronos, pero sobre todo habreís tenido la oportunidad de decidir por vosotros mismos, y sin el velo que tejen esos historiadores que a día de hoy siguen considerando "triunfadores" a personajes sin escrúpulos como Juan II, al que muchos de ellos ven todavía como paradigma de "inteligencia política" por no haber respetado ni una sola vez su palabra, si quien llevaba la razón era él o su hijo Carlos, primer príncipe de Viana.

No estropearé la sorpresa a nadie si digo que yo no tengo duda alguna sobre el particular, y que no me importa declarar que daría todo lo que tengo por haber podido ayudar en Aibar a Carlos aquel infausto 23 de octubre de 1451. Y como no lo pude hacer de esa manera -tan acostumbrado a las desdichas como estaba el pobre, seguro que no me hubiese expulsado de sus filas-, lo hago de esta otra, defendiendo su memoria y poniendo a su padre en la pobladísima y nada selecta lista de tiranos y tiparracos políticos que en el mundo han sido, que es donde le corresponde estar. Y lo seguiré haciendo siempre que pueda, para escándalo de la legión de historiadores/escritores cobistas y pelotilleros de los supuestos -y tan supuestos- "triunfadores".

 Pero no estimo a Carlos de Evreux y Trastamara sólo por la simpatía que me merece las miles de páginas que llevo leídas sobre su forma de ser y de actuar, o porque la razón estuviese evidentemente de su parte, o porque piense firmemente que Navarra perdió una auténtica Edad de Oro al no llegar a ser gobernada por aquel príncipe. No. No es sólo por eso...  



Es también por ese funesto concepto del "Bah, todos son iguales". Pues bueno, desde luego yo no soy de los que creen que todos lo sean. No creo que lo fueran en el siglo XV y tampoco creo que lo sean ahora, en el XXI. Pero como Ambrose Bierce, un escritor que me encanta, lo dejó escrito hace años mucho mejor de lo que sabría decirlo yo -aunque él se refiriese a Cristobal Colón-, prefiero dejaros con su reflexión porque me parece que viene también que ni pintada para el usurpador Juan II de Aragón

"Se nos dice de él que no fue peor que los hombres de su raza y generación: que sus vicios eran los de su tiempo. Pero ningún vicio es característico de ningún tiempo; este mundo ha estado enviciado desde el alba de la historia, y cada raza ha arrojado sus tufos pecaminosos. 

Decir de un hombre que fue como sus contemporáneos es decir que fue un sinvergüenza sin excusa. 

Las virtudes son accesibles a todos. Atenas era viciosa, sin embargo Sócrates era virtuoso. Roma era corrupta, pero Marco Aurelio no lo era. Para compensar un Nerón los dioses nos dieron a Séneca. Cuando la Francia literaria se arrastró a los pies del tercer Napoleón, Victor Hugo se mantuvo erguido".




©Mikel Zuza Viniegra 2013




  



martes, 3 de diciembre de 2013

¿SABÍA QUE...?


Anoche, con la emisión del capítulo nº 26, concluyó la segunda temporada de "Isabel" la ficción histórica que viene emitiendo TVE.

Y digo ficción histórica porque tampoco se puede pedir mucho rigor a una película o una serie de televisión,que por sistema tratarán siempre de "canonizar" a sus protagonistas, ya sea amplificando sus virtudes o tapando sus vergüenzas. Esto, con muchos más medios, eso sí, ya pudo comprobarse también en "Los Tudor", la serie inglesa que volvió a poner de moda los biopics de temática medievo-renacentista.

Cualquiera que haya seguido este blog mío sabe de sobra que los Reyes Católicos no son precisamente mis personajes históricos favoritos. Todo lo contrario.Y eso es así porque para conseguir sus objetivos, primero tuvo ella que calumniar -tildándola de ilegítima, de "Beltraneja"- a su sobrina Juana, la legítima heredera de Castilla, y él que aceptar la sangrienta herencia legada por su padre, el usurpador Juan II de Navarra, destructor a conciencia -si es que supo alguna vez qué cosa es eso- de su primera familia, a la que persiguió de forma implacable hasta acabar completamente con sus hijos Carlos -príncipe de Viana y legítimo heredero de Navarra y de Aragón-, Blanca y Leonor.

Naturalmente en una serie centrada en la figura de Isabel, las negras andanzas de la familia de Fernando no han salido a relucir en ningún momento. Al contrario, la figura de Juan II -encarnada por el estupendo actor Jordi Banacolocha-, se representa como la de un simpático abuelete siempre dispuesto a compartir su experiencia política con su querido hijo. La realidad, por supuesto, es que un caimán de la Florida hubiese merecido mucha más confianza que aquél repugnante tirano.


Puestas así las cosas, y partiendo del hecho de que Navarra apenas aparece en las tramas de la serie más que -y eso si se conoce la auténtica historia, porque el guión no lo explica nunca- en la persona de "Peralta" (al que jamás llaman tampoco por su nombre más reconocible: "mosén Pierres de Peralta"), del que además muestran únicamente su faceta como "pacífico" diplomático al servicio de la corona de Aragón, obviando otros jalones mucho más demostrativos de sus verdaderas actuaciones en Navarra y de su negrísimo carácter, que le llevó -entre otras  muchas barbaridades cometidas- a ser por ejemplo el instigador y asesino confeso del obispo de Pamplona, Nicolas de Chávarri, crimen perpetrado en Tafalla en 1468, se entenderá que yo sólo siga "Isabel" como mero entretenimiento, y porque me gustan las películas de época, aunque eso no signifique que no me disgustase que, por ejemplo, cuando salió a relucir la figura de Francisco Febo como posible candidato a la mano de Juana la Beltraneja, se le denominase exclusivamente como "Francisco de Foix", sin indicar en ningún momento que se trataba del rey de Navarra.

En fin, que recordando esa frase tan certera que nos asegura que "la justicia militar es a la justicia, lo que la música militar es a la música", me atreveré a decir que casi todo lo que narra "Isabel" es tan parecido a lo que realmente aconteció, como la guapísima y talentosa actriz Michelle Jenner se parece a la reina católica. Veamos:




Aunque conste que en lo tocante a reinas y princesas medievales mostradas por el cine o por la televisión, la que a mi juicio se lleva la palma en cuanto a belleza y atracción es la reina Sybila de Jerusalén en "El reino de los cielos", interpretada por una impactante Eva Green


Pero vuelvo a reiterar lo que he dicho al principio: una serie o película histórica no tiene por qué aferrarse estrictamente a lo ocurrido. Es más, muchas veces las llamadas "licencias históricas" son lo mejor de tales propuestas. Y yo, que acostumbro a tomármelas una y otra vez, no voy a quejarme ahora de que otros lo hagan, y que por tanto la reina quede casi siempre como un dechado de bondad, a pesar de ser capaz  de cosas tan feas, y que naturalmente no aparecerán en ningún capítulo, como obligar en 1495 a los reyes de Navarra a entregarle como rehén a su hija Magdalena -que entonces sólo tenía un año-, y que ya nunca más pudo volver a Navarra, pues murió a los diez años en Medina del Campo, sin duda por los "grandes cuidados" que tan católica reina le dispensó.

Y es que aunque Isabel de Castilla murió ese mismo año de 1504, no se crea nadie que ella no quiso hacerse con el reino de Navarra tanto como su esposo, Fernando de Aragón, que es quien acabó consiguiéndolo ocho años más tarde. Sólo que ella, aparte de todo tipo de presiones bélico-diplomáticas, lo intentó preferentemente por el método nupcial, pues no dejó de "ofrecer" el casamiento de sus hijas primero y de su hijo Juan después, con los legítimos herederos de Navarra, buscando que este reino viniera a caer también en sus manos, para ser uno más de los que formaban su colección.

Por cierto, que con las desventuras de la pobre infanta Magdalena tejió una gran historia el año pasado el genial dibujante Juan Luis Landa. Os la recomiendo: 


Bueno, pues a pesar de todo esto que llevo dicho, por lo que no estoy dispuesto a pasar es por el chusco detalle en el que reparé la otra noche...

Resulta que el capítulo II del Fuero de Navarra se titula: "En cual lugar se debe alzar el Rey en Navarra, y qué moneda deben echar, y cuantos días"

Y dice así: 

"Todo Rey de Navarra se debe levantar en Santa María de Pamplona, según han hecho muchas veces; y si el Rey tuviere que echar moneda, débela echar en Santa María de Pamplona..."

¿Y qué tiene que ver esto con Isabel de Castilla, que jamás fue reina de Navarra -aunque no porque no acariciara la idea, eso sí...-, y por lo tanto nunca juró los Fueros ante la imagen de Santa María la Real de Pamplona?

Pues porque alucinantemente -históricamente hablando-, y teniendo los responsables de la serie miles de advocaciones castellanas en las que fijarse, cada vez que la reina Isabel reza en pantalla, lo hace a una talla de la virgen ante la que los reyes de Navarra debían jurar su pacto con el pueblo de Navarra.

Que sí, que no he visto visiones: 

Reportaje sobre las devociones de Isabel de Castilla


¿A qué vírgenes rezaba Isabel?


                       Talla de Santa María la Real de Pamplona - Siglo XII

Isabel Capítulo 26

Isabel Capítulo 25


Esa talla representa como os digo a Santa María la Real de Pamplona, es una de las reproducciones que se hicieron de recuerdo por la coronación canónica del año 1946, y que todavía pueden adquirirse en algún establecimiento con solera de la capital navarra, como la tienda de artículos religiosos Martínez Erro de la Bajada de Javier:


Si aún dudáis, o pensáis que es otro delirio histórico de los míos, fijaos bien en el nudo a modo de moño que lleva la virgen en esta foto: 


Y ahora ved ese mismo y excepcional detalle en esta fotografía de Santa María la Real de Iratxe, casi gemela de Santa María la Real de Pamplona, y que prácticamente sólo ellas dos comparten, por lo que no hay duda posible sobre mi identificación: 


En el catálogo de la exposición "Salve: 700 años de arte y devoción mariana en Navarra", se la describe así: "finalmente luce una toca, enriquecida con un llamativo y totalmente insólito adorno en el dorso, un nudo, a modo de moño, del que pende un largo cabo de tela artísticamente plegado"

Así que, lo que es por mí, podrían haber seguido ignorando al reino de Navarra también en este detalle, porque poner a la llamada "reina católica" de Castilla -precisamente la mujer del que luego acabó con la independencia de Navarra- a rezar una y otra vez a la imagen ante la que debían coronarse los reyes legítimos de Navarra me parece de un pésimo gusto histórico, además de un fallo tremendo si está hecho sin reparar en él, y de una burla si está hecho adrede. 




Por tanto, y tomando como modelo la sección que todos los días publica el Diario de Noticias: 


¿SABÍA QUE...

CUANDO LA REINA DE CASTILLA -MUJER DE QUIEN CONQUISTÓ LUEGO A SANGRE Y FUEGO EL REINO DE NAVARRA- APARECE REZANDO EN LA SERIE DE TVE "ISABEL", LO HACE SIEMPRE ANTE LA IMAGEN DE SANTA MARÍA LA REAL DE PAMPLONA...?

REPRODUCCIÓN DE SANTA MARÍA LA REAL

© Mikel Zuza Viniegra, 2013


miércoles, 20 de noviembre de 2013

BALADRO

Refectorio de la catedral de Pamplona, 21 de noviembre de 1370


A tan temprana hora de la mañana el infante don Carlos no tiene miedo de tropezar con nadie en el desierto e inmenso salón. A pesar de ello se oculta un buen rato tras la puerta de las cocinas, procurando percibir el más mínimo ruido de pisadas acercándose. Cuando está completamente seguro de que está completamente solo, cruza la estancia a toda velocidad y, subiéndose al escabel preparado por él mismo la noche anterior, se sitúa justo frente por frente a la desasosegante ménsula que sostiene el pequeño tímpano de la puerta del púlpito.

Recuerda bien su historia. Se la contó don Ramón, el canónigo más viejo de todo el cabildo. Tan mayor es que vió construir este notabilísimo edificio hace casi cuarenta años. Por eso sabe que esta alada cabeza es un retrato del señor de Munch, a la sazón embajador del rey de Noruega por aquellos mismos años. Al parecer vino a ofrecer la mano de la princesa Brunilda, hija del rey Olaf, para unir en un nórdico abrazo a las casas reales de Noruega y Navarra. Mas como demoró mucho su llegada, y no estaban los tiempos para muchas bromas nupciales, acabaron los reyes don Felipe y doña Juana comprometiendo a su heredero, el futuro Carlos II, con otra doña Juana, hija del rey de Francia. 

Y el embajador se tomó tan a mal dicha elección que montó en cólera terrible, pues aunque normalmente no parecen tener mucho nervio los habitantes de la Escandinavia, cuando se enfadan les sale la vena vikinga de la que todos proceden, y es cosa de maravilloso esfuerzo el poder calmarlos luego. El caso es que una larga temporada encerrado en  la estancia más elevada de la torre de la Galea paresció a todos la mejor forma de aplacar los sublevados ánimos del noruego enviado. Pero desde su ventanuco se pasaba éste las noches y los días berreando improperios muy gruesos cual poseso, que parece que estos habitantes de la zona boreal acostumbran a gritar a todas horas, pues en sus gélidos territorios apenas vive nadie a quien molestar con tan insoportable práctica. 

Aunque ese no era el caso de la muy poblada ciudad de Pamplona. Así que no tardaron en ir a quejarse al rey todos los hijos de vecino de los tres barrios en que entonces se dividía la ciudad. Pedían los más de ellos que se desterrase de Navarra a canso tan grande, aunque al final se impuso la idea de que lo mejor sería devolverlo a su país en el primer barco que zarpase del puerto de San Sebastián. Y los guardias que hasta allá lo escoltaron, que gracias a Santa Catalina tuvieron el cuidado de taparse los oídos con fieltro muy espeso, aseguraron luego que a pesar de ir encerrado en una jaula, fue todo el camino gritando. Y que no cesó de hacerlo mientras lo subían a la nave y aun en la propia embarcación, pues desde la cubierta aullaba y les increpaba con todo tipo de noruegos insultos. 

No, desde luego que durante muchos años no se perdió la memoria de aquel vociferante orate en Pamplona. Y para que jamás ocurriera semejante olvido decidieron desde el cabildo encargar aquella ménsula, en la que quedó representado el señor de Munch con sus dos rasgos más característicos: las alas en la cabeza -que es internacional signo de locura-, y la boca muy abierta, detenida para siempre en el justo momento de ir a lanzar uno de sus muy fastidiosos gritos. 

 

Claro que a cuarenta años vista, que era el tiempo transcurrido desde aquella horrenda visita, el infante don Carlos se alegraba de dos cosas: la primera y más importante, de que sus abuelos hubieran decidido casar a su padre con la dulce Juana de Francia y no con la neurótica Brunilda de Noruega -si resultaba que todos los súbditos de aquella septentrional tierra eran tan insoportables como su embajador-. Y segunda, de que el artista hubiese reflejado tan estupendamente bien el preciso instante del satánico berrido, pues aquella boca de piedra tan redondamente abierta le permitía ahora depositar en ella cada semana una igualmente redonda moneda de plata, de las recién acuñadas por su padre don Carlos, y esperar escondido en el elevado púlpito a que apareciese don Martín de Indachiquía y, como acostumbraba, metiera los dedos de la única mano que le quedaba tras haber servido lealmente a Navarra en la guerra de Murviedro, en aquella ignota oquedad en la que nadie parecía reparar excepto ellos dos. 

 

Y es que aquella lucha había tenido lugar hacía ya siete años en el reino de Valencia. Y si Navarra había decidido participar fue únicamente con el animo de mantener entretenidas allá, bien alejadas del reino, a las abundantes tropas aragonesas y castellanas. Pero los heridos cosechados para lograr aquel propósito habían sido muy numerosos, y como justa cosa es recompensar los esfuerzos que por el bien común se hacen, y habiendo oído en el Consejo Real a su padre decir que no había medios para remediar las pensiones de tanto veterano, había decidido el infante por su cuenta y riesgo paliar las necesidades del que llevaba la fama de haber sido el más valiente de todos ellos: el citado don Martín, del que los guardias de palacio no dejaban de contar hazaña tras hazaña, aunque ahora se viese en tan lamentable condición.

Para ello hacía ya más de seis semanas que le había hecho llegar a la taberna donde moraba un anónimo mensaje, citándole cada jueves en el refectorio, y animándole a descubrir qué se escondía en aquella misteriosa boca. Y aunque las dos primeras semanas lo vio acercarse desconfiado y sin soltar su única mano del pomo del puñal, la sorpresa de encontrar allí un espejeante gros de plata esterlina venció sus iniciales reticencias de que todo se tratara de una cruel broma de sus compañeros de infortunio, con los que además el autor de aquella sorprendente nota le invitaba a compartir presente tan inesperado. Y así lo hizo mientras vivió. 


Y el infante Carlos sacó en claro de aquella aventura que cuando sucediese a su padre, el poderoso don Carlos II, no olvidaría tan fácilmente como él a quienes tanto y tan bien hubiesen servido a Navarra, y no bajaría nunca las pensiones que tan merecidamente se hubieran ganado. Y en esto se comportó de forma muy distinta no sólo a su padre, sino al 95% de los gobernantes que en el mundo han sido.

Y va siendo hora ya de poner fin a este relato, pues témome que de no hacerlo, acabe apareciendo el actual descendiente del muy noruego señor de Munch a reconvenirme agriamente con sus gritos y aspavientos, pues todo indica que tal familia continúa hoy en día con tan perniciosísima costumbre... 


© Mikel Zuza Viniegra, 2013





viernes, 15 de noviembre de 2013

UNO ENTRE DIECINUEVE


Viernes, 15 de noviembre de 2013


          El pasado domingo, 10 de noviembre, Editorial Pamiela y Diario de Noticias publicaron esta antología de relatos en la que servidor de todos ustedes participó encantado -y muy bien rodeado por dieciocho magníficos autores,- con el cuento "Eno-Elegía". 

miércoles, 13 de noviembre de 2013

CUARENTA Y SIETE

Scriptorium de la catedral románica de Pamplona, 13 de noviembre de 1144


-No domino aún tanto vuestra lengua como para aceptar este encargo, alteza. Además, de sobra sabéis que es a aprender la lengua de los seguidores de Mahoma a lo que vine hasta aquí. Pedro, el venerable abad de Cluny, me envió para que traduzca al latín su execrable Alcorán, y a esa labor en exclusiva es a lo que me he dedicado los últimos dos años...

-Estupendo, maestro Robert, así podréis distraeros de la enrevesada algarabía de los infieles, volviendo al latín imperial del libro que ahora os ofrezco.

-Pero mi señor, estoy intentando haceros comprender que...

-¿Acaso que en vuestra levantisca Inglaterra natal tenéis por costumbre desobedecer las órdenes de los reyes? Pues entended vos que tal actitud no os llevará muy lejos. Al menos no en mi reino, señor don Robert de Ketton. Y que por muy arcediano de esta diócesis de Pamplona que seáis, ignorar mi petición la única puerta que os abrirá es la de las mazmorras del castillo de Monreal. Tenéis bien ganada fama de ser uno de los mejores traductores de la cristiandad. Sería de tontos no aprovechar vuestros conocimientos pudiendo hacerlo. Y yo, García, hijo del infante Ramiro, que fue hijo del infante Sancho, hijo a su vez de García III "el de Nájera", y por tanto descendiente directo de los nobilísimos reyes de Pamplona y nieto también del Cid Campeador, no me tengo precisamente por tonto.

-Está bien, alteza. Pero no me hago responsable de las amenazas y dicterios que contra vos consiga el venerable Pedro del Santo Padre allá en Roma...

-No os preocupéis por eso, don Robert, que de sobra sabéis que el Papa sigue sin reconocer nuestra condición regia, así que por mucho que mi deseo retrase la traslación al latín del Alcorán, no creo yo que sea tan importante que un libro que lleva escrito más de cuatro siglos tarde unos pocos días o meses más en poder ser entendido al fin en todo el occidente cristiano. Es más: el libro, más bien el fragmento que a partir de ahora ocupará vuestros desvelos intelectuales lleva escrito más de setecientos años, así que le gana por tres siglos de ventaja.

-¿Y cuál es ese dichoso libro vuestro? Me tenéis en ascuas...

-Será mejor que os  ponga en antecedentes antes de dejarlo en vuestro poder. Lleváis ya el tiempo suficiente en Pamplona como para no saber que yo no nací rey, sino que he tenido que ganar mi posición apoyándome en los nobles que mostraron su adhesión a mi persona por ser mi origen el mismo que el de sus antiguos reyes...

-Pero no por vía legítima, según tengo entendido...

-Si, y la Iglesia se complace en recordármelo cada cierto tiempo, como vos mismo ahora. No importa. No me avergüenzo. Mi abuelo, el infante Sancho Garcés, fue hijo bastardo del rey don García el de Nájera. Hermanastro por tanto del legítimo heredero de Pamplona: Sancho IV, al que sus hermanos de sangre asesinaron en Peñalén. El reino de Pamplona buscó entonces la protección del de Aragón, y así se mantuvo durante los siguientes sesenta años, hasta que murió el rey don Alfonso y ambos reinos se separaron de nuevo: Aragón reconoció a Ramiro el Monje como soberano, y Pamplona a mí, García Ramirez, como restaurador de su pasada grandeza.

-Habrá un pero...

-El pero es que recuperar la antigua pujanza de Pamplona no resulta sencillo para una dinastía arruinada por siglos de disensiones y guerras como la mía. Mi abuelo no obtuvo de su padre el rey más que la tenencia de Sangüesa y Uncastillo. Mi padre logró también luego la de Monzón gracias a su habilidad en combate y su lealtad a los reyes de Aragón. Mi única herencia pues, fueron esas tres hermosas plazas, una cantidad ínfima de dinero y este libro que ahora por fin os muestro...

-Qué sorpresa: es redondo, nunca había visto uno así.

-¿No hay de estos en Inglaterra? Aquí son bastante comunes. Yo mismo presté una vez uno a una dama que me gustaba y que aprovechó su forma para subirse en él y alejarse de mí velozmente. Es uno de los inconvenientes de este tipo de encuadernación...


-Ya dice San Isidoro en sus Etimologías que la mujer, por su propia y curvilínea constitución física, es muy dada a alejarse rodando de quien la incordia, y que si acontece por mala ventura que ese lugar es cuesta abajo, una vez que se aleja no hay forma de volver a echar el guante a la díscola.

-Ardua tarea es esa de decidir si se prefiere echar el guante a un libro o a una mujer. ¿No podría ser a los dos a la vez?

-No sé si los doctores de la Iglesia dicen algo sobre ese particular, alteza...

-Creo recordar que San Agustín habla de una de estas mujeres especialistas en  huidas a lomos de libros redondos en sus Confesiones, don Robert. Las denomina biblocicletas.

-Me extrañaría mucho que el de Hipona se hubiese preocupado por estas cuestiones, aunque todo podría ser. Pero vayamos al grano de una vez y decidme: ¿Qué os interesa exactamente de este dichoso libro?

-Es tradición familiar que mi abuelo, el infante Sancho Garcés, lo recibió de manos de un abad de Leyre en agradecimiento a su protección cuando enseñoreaba las tierras de Sangüesa. Al entregárselo, el fraile le habría dicho que en la epístola del emperador Honorio que se recoge en su interior, estaría la clave de la fortuna de su dinastía y quien sabe si en un futuro próximo la del reino entero, pues aunque existían muchas otras copias de esta obra, únicamente esta contenía la frase que permitiría a quien la comprendiese bien resolver todos sus problemas de un plumazo. Pero mi abuelo no sabía leer, justo firmar nada más, y mi padre estuvo siempre más tiempo combatiendo que ojeando manuscritos, así que cuando el libro cayó por herencia en mis manos, y puesto sobre aviso por mi padre, como él mismo lo había sido previamente por el suyo, me dispuse a averiguar qué había de cierto en tal profecía. Y sin éxito alguno, tengo que reconocer, pues yo también tengo bastante con mantener a raya a mis múltiples enemigos, y no tengo tiempo suficiente que dedicar a enigmas y retruécanos tan oscuros como este que nos ocupa...

-Quizás vuestra formación intelectual se resintió al dejar escapar tantos libros en manos de demasiadas biblocicletas, alteza...

-Es posible. Por eso recurro a vos, don Robert.

-Pues a mí me pareceis muy despierto, mi señor don García. No veo qué necesidad tenéis de mis escasos conocimientos.

-No seais falsamente modesto, don Robert. Lo que quiero es deis con la clave de esa supuesta fortuna que encierra el libro que herede de mis antepasados. Bien mirado, ahora soy rey de Pamplona, y por tanto sucesor de aquel emperador Honorio que firmó en el siglo V esta alabanza de Pamplona que ahora os entrego.Os dejo a solas para que podáis estudiarla tranquilo. No dudéis en venir a comunicarme cualquier descubrimiento que hagáis...

Y durante días y días Robert de Ketton o de Chester -como también era conocido- se enfrascó en descifrar el ignoto y corrompido latín bajoimperial. Una y otra vez leyó y releyó el texto que describía una ciudad de Pamplona tan distinta a la que ahora podía contemplar si se asomaba a la ventana de la torre catedralicia donde se hallaba el scriptorium. No puede ser que se esté refiriendo al mismo lugar, reflexionaba. ¿Cómo si no aceptar semejantes y desmesuradas descripciones?

“Hic locus prouidus factus a Deo, ab homine inuentus, a Deo electus ubi quod anni dies puteis ad inuentus. Ut singulis uicibus ad auriendum prestus sit ut nullus ab alio necessítate conpulsus auri ad aquas, quia omnes proprü diferri inundant laces.
Quuius mororum turres in latitudine. LXIII pedum sita. IN altum LXXXIIII pedum surgit inmensis. Circuitu urbis mille iliestras ambitus dextris. Turrium situ numero LXVII... Et quid sub turris XLVII cavet, thesaurum magnum inveniet et Pampilona salvabit. Civitas presidium uonis, tribus angulis quoartata, ter preposita portis quattuor posticis sita, portui uicina: Huic perpetim deuet amari ut nullus ab impugnante sentiat mali. Quam uis oppulenta Roma prestita sit romanis, Pampilona non destitit prestare suis. Nam cum mirauilis magnaque regio fructífera aliorum regionum hic rastris effosa terra quas ab amna reducunt Montes in circuitu eius et Dominus in circuitu populi sui ex hoc nunc et usque in seculum. Amen.”

Y vio que, efectivamente: comparando el texto con otras copias disponibles en la biblioteca, la única frase que sólo aparecía en el libro redondo era la que procedió a subrayar con tinta roja frenéticamente:

“Este sitio providencial, hecho por Dios, hallado por el hombre, elegido por Dios donde se han descubierto  tantos pozos como días tiene el año, para que siempre se pueda sacar agua de estos pozos y ninguno, urgido por la necesidad, se sirva de otro para coger agua, porque hay abundante para todos. 
Las torres de los muros de la ciudad tienen una anchura de 63 pies. Su altura es de 84 pies, irguiéndose inmensas. El perímetro de la ciudad es de mil diestras. Posee 67 torres. Y quien cave bajo la torre 47 encontrará un gran tesoro y salvará a Pamplona. La ciudad está bien fortificada, protegida en tres lados, con tres puertas delanteras y cuatro traseras, vecina al puerto. No hablo de las flores de los árboles, de los rios de oriente que tuercen hacia occidente con los vecinos próximos y el suburbio llano y sencillo. Si la Roma opulenta protege a los romanos, Pamplona no dejó de proteger a los suyos. Porque es admirable y gran región, más fructífera que otras, cavada la tierra en canales que conducen al rio. Posee montes en derredor y el Señor protege a su pueblo ahora y siempre. Así sea.”

Y mucho se sorprendió el rey de sus pesquisas, aunque no se alegró todo lo que pensaba hacerlo, pues no veía comparación posible entre la pequeña población que ahora era Pamplona, y la que describía el emperador Honorio. Y no era eso lo peor, pues aunque la muralla actual contaba con muchas torres, ni por asomo se acercaba su número a las sesenta y siete que la carta decía. ¿Cómo saber además cuál de todas las arruinadas por el tiempo y por las guerras, y cuyos restos asomaban aquí y allá, podía ser la cuarenta y siete? Desde el siglo V Pamplona las murallas habían sido arrasadas al menos por los francos de Carlomagno y por las huestes del califa cordobés Abderramán. Y aunque siempre volvió a levantarse, la ciudad cada vez lo hacía con un perímetro más pequeño. Nada que ver con ese enorme de "mil diestras" que Honorio atestiguaba. ¿Dónde empezar a excavar entonces? ¿Y con qué medios? Las exiguas tropas del reino bastante tenían con mantener a raya a castellanos y aragoneses en las fronteras. Por otra parte si la noticia del tesoro oculto se propalaba, aventureros de todas partes del mundo se darían cita en Pamplona para buscarlo, y el caos no tardaría en desatarse por todo el reino, que bastantes problemas tenía ya para salir adelante.



No -y en eso estuvo completamente de acuerdo don Robert-, no convenía en absoluto dar propaganda al misterio de la torre cuarenta y siete. Por eso él mismo se ofreció a ser el primer excavador, allá donde antiquísimos mapas mostraban topónimos guerreros o la azada de un labrador desenterraba sorpresivamente unos desconocidos y bien labrados sillares.

Y en esa tarea, y no en traducir el Alcorán encargado por Cluny se fueron sus últimos años, sin que a nadie extrañase en Pamplona verlo ir de acá para allá con un pico y una pala, pues de todos es sabida la proverbial excentricidad de los súbditos de Su Graciosa Majestad Británica.

Y pasaron años, y murieron tanto el rey don García como el arcediano don Robert. Pero nunca se detuvieron ni se han detenido nunca desde entonces las misteriosas excavaciones, pues cada iniciado en el secreto se preocupaba de tener un sucesor que buscase la escurridiza torre cuarenta y siete, cosa que al parecer ninguno de ellos ha logrado todavía, pues yo mismo, una noche en la que trataba de recuperar cierto libro redondo que presté a una biblocicleta de las más taimadas, me tropecé hace un par de años con uno de esos buscadores en La Mejillonera. Por cierto, que tuve que invitarle yo, pues según me contó, la dotación que dejó el rey don García para estos secretos menesteres, hacía mucho tiempo que se había agotado, pero como la ilusión seguía intacta -que la mayor parte de las veces es lo más importante-, todos juraban que hasta no dar con la torre de marras no pararían los trabajos. Así que probablemente avergonzado por su obligado sablazo, me regaló el estandarte que los identifica.

Y hasta alguna vez, quizás buscando que me pasen a mí también el pico y la pala, lo llevo encima muy orgulloso de andar al corriente del muy misterioso secreto de la torre número cuarenta y siete...



© Mikel Zuza Viniegra, 2013