jueves, 28 de junio de 2018

I WILL SURVIVE

Estella, 28 de junio de 2018

Una de las más curiosas historias que se perdieron cuando ardió el archivo de la iglesia de San Miguel de Estella en el verano de 1739, es el acta judicial de un proceso del año 1503, que relataba lo sucedido apenas doce meses antes, durante las celebración del torneo organizado en aquella ciudad por los reyes Catalina y Juan de Labrit para agasajar a la embajada del archiduque Felipe de Borgoña.

Dicho pleito sólo podemos conocerlo hoy en día por los breves apuntes que el erudito local Andrés María de Errazquin tomó de las actas originales en el siglo XVI, mientras preparaba su libro: “Glorias inmarcesibles de la ciudad de Estella y corolario angélico que lleva directamente a los Cielos a los naturales de esta villa, siempre favorecidos por la intercesión divinal y regia, desde los tiempos de la invasión agarena hasta el feliz reinado de S. M. Felipe IV de Navarra, II de Castilla”.

Anota el ilustrado estellés cómo, agobiados siempre los reyes de Navarra por la presión de los reyes Isabel y Fernando, buscaron a la sazón apoyo y alianza en el todopoderoso duque Maximiliano de Borgoña, y en su joven hijo, Felipe, que fue con quien, al parecer, mejores migas hicieron, quedando muy prontamente concertado el envío de una embajada borgoñona que confirmase públicamente a todos los reinos y estados del mundo la unión entre Navarra y Borgoña.

La inminente llegada de la delegación, y el mal estado de la capital del reino tras tantos años de guerra civil entre beaumonteses y agramonteses, hicieron que nuestros sagaces reyes pensasen en Estella como el mejor lugar para recibir a los embajadores del norte, pues a todos era notorio que tenía esta ciudad suficientes atractivos como para deslumbrarlos, no siendo el menor de los cuales el ornato y engalanamiento que justo en ese mismo año de 1502 se estaba llevando a cabo en la parroquia de San Miguel, cuyo retablo mayor estaba siendo esculpido por el maestro Terín, un famoso artífice aragonés.

Por si acaso el arte que podían costear los monarcas navarros no impresionaba demasiado a los viajeros, al fin y al cabo acostumbrados al lujo borgoñón, el rey Juan decidió obsequiarles con un torneo donde pudieran mostrar sus habilidades guerreras, enfrentándose a la flor y nata de los caballeros navarros.

Nadie de los presentes en Estella cuando arribó la comitiva, podrá olvidar nunca la prestancia y distinción de los recién llegados, sobre todo de quien los comandaba: el duque Roberto Van Breukelen, cuya armadura dorada y plateada deslumbraba al sol de los primeros días del verano. Cuenta la crónica que, cuando el duque se apeó de su caballo y se quitó el yelmo para hacer la reverencia a Sus Majestades, una cascada de bucles rubios, más brillantes aún que el oro que punteaba su arnés, cayó sobre sus hombros, provocando un murmullo de admiración en toda la concurrencia: ¡Qué guapo, por Dios!

Hay quien dice que hasta se lo escuchó decir a la reina doña Catalina, pero esto es algo sobre lo que los historiadores no se ponen –todavía hoy- de acuerdo. De lo que sí podemos estar seguros, gracias a las anotaciones de Errazquin, es que uno de los que más prendados quedó fue el citado maestro Terín, que en aquel mismo momento quedó prendado y sojuzgado por la belleza de don Roberto. Esto, que hoy en día no asombra a nadie que tenga dos dedos de frente, pudo costarle la vida al renombrado escultor, pues tal y como afirmaba el proceso judicial hoy perdido, no era el artista persona que escondiese sus sentimientos, como demostró fehacientemente comenzando a tallar la figura del santo titular, copiando escrupulosamente cada uno de los rasgos del duque, lo cual provocó hondo rechazo en algunos miembros del Consejo Real, singularmente en el obispo don Martín de Ilurdoz, que amenazó con anatemas (y quien sabe si también con hoguera) a cualquiera que propagase entre sus fieles lo que el denominaba como “pecado nefando”.

Llegó el obispo en su mal propósito a invertir de su propio pecunio (cosa extremadamente rara en los de su condición, que siempre prefieren tirar con pólvora del Rey) en la contratación de dos nuevos agentes que él creía que contribuirían a terminar definitivamente con aquella sensación de pecado que se había extendido por Estella. El primero, el mejor caballero nacido entre las mugas del reino: Francés de Beaumont, que llevaba fama de no haber sido nunca derrotado en combate real ni menos aún en torneo, que se encargaría de apalizar al advenedizo borgoñón. Y el segundo, un imaginero traído a toda prisa desde las obras de la catedral de Santo Domingo de la Calzada, para que lo inmortalizase y lograra opacar con su arte a la blasfema imagen que estaba tallando el maestro Terín.

Llegó el día del torneo. No se puede decir, ni aún siquiera se podría imaginar, el garbo que ambos contendientes demostraban. Llevaba Jorge sus mejores galas bélicas: peto forrado de raso carmesí y pancera acanalada brillante y plateada. Roberto repetía la indumentaria del día de su llegada: arnés blanco con pancera y faldellín de oro y una capa escarlata sobre los hombros. Combatieron primero a caballo, y cuando quedó claro que ninguno podría descabalgar al otro, lucharon a pie, hasta que el ahogo por tanto esfuerzo les obligó a quitarse los yelmos.

Lo cierto es que, movidos por la inquina que terceras personas habían sembrado esos días entre ellos, no habían llegado a verse todavía las caras, así que cuando se desprendieron de sus respectivos cascos y camailles, no pudieron dejar de sentirse fascinados el uno por el otro, pues es de saber que nadie creía que pudiera haber otros dos caballeros más fuertes y hermosos en toda la Cristiandad. De suerte que cuando decidieron firmar tablas en su pelea, nadie se llevó las manos a la cabeza, excepto el señor obispo, que parecía a punto de echar espuma por la boca.

Esa misma noche, los dos caballeros –misteriosamente- desaparecieron, unos dicen que se refugiaron en la corte de Portugal (siempre más abierta y tolerante), otros que cruzaron de la mano el mar, rumbo a los nuevos territorios recién descubiertos. El obispo exigió a don Juan y doña Catalina que salieran sus tropas a darles caza, pero es fama –recogida en el acta desaparecida, y atestiguada ada por el docto Errazquin- que ambos contestaron al unísono que no eran ellos quiénes para cuestionar lo que los poetas más famosos de aquél momento sabían, pues:

“Es amor fuerza tan fuerte,
 que fuerza toda razón.
 Una fuerza de tal suerte,
 que todo ingenio convierte,
 por su fuerza y afición.”

Condenaron pues los reyes al obispo a permanecer callado, pero también a pagar al tallador contratado la estatua de San Jorge, de tal forma que incluso hoy en día, pueden ver quienes se acerquen a aquella iglesia en lo alto de Estella los retratos de Francés y de Roberto, camuflados como los santos guerreros por excelencia: uno en su capilla exenta y otro en el ábside. Y como es Estella ciudad en la que llueve bastante y pugna por salir el sol entre las nubes, algunas veces, como probablemente en el día de hoy, un arco iris une esas mismas manos que cruzaron el mar para dejar atrás mezquindades y prejuicios.

SAN JORGE DE ESTELLA

SAN MIGUEL DE ESTELLA, por el Maestro Terín



Y esta historia fue escrita el 28 de junio, Día Internacional del Orgullo LGBT, que esta vez coincide además con una tormenta mediática sobre la figura del San Jorge de Estella, que llevaba 500 años en la tranquilidad de su anonimato, y que a él volverá a pasar otros 500 más, si le dejamos entre todos –yo incluido- en paz. 





© MIKEL ZUZA VINIEGRA, 2018

martes, 29 de mayo de 2018

ENTREVISTA EN EXCLUSIVA AL PRÍNCIPE DE VIANA



El príncipe Carlos nos recibe hoy, 29 de mayo de 1461, en su cámara privada del Palau Reial de Barcelona. Su semblante es pálido, como corresponde a un convaleciente. Está rodeado por docenas de libros, y sobre la mesa lateral hay por lo menos otros diez más abiertos, destacando entre todos ellos, sobre un atril, el Breviario de San Luis de Francia, el libro que un ángel le bajó del cielo cuando aquel rey –antepasado del propio Carlos- estaba prisionero de los sarracenos en Egipto. La pared del fondo tras el sillón donde el príncipe descansa, está cubierta por un lujoso tapiz con las divisas de los reyes de Navarra: las guirnaldas de hojas de castaño, los triples lazos y los lebreles blancos. Una estantería baja aparece repleta de objetos: pequeños ajedreces tallados del tamaño de una nuez, cuernos de unicornio, el collar de la orden de Bonefoy, una estatua de marfil que representa al propio primogénito de Navarra y Aragón…

Príncipe de Viana: Pasad, pasad. Acomodaos donde podáis. Disculpad el desorden, pero tengo la mala costumbre de leer varios libros a la vez, y me gusta tenerlos siempre a mi alrededor. Me tranquiliza pasar mis manos sobre ellos, más todavía ahora, que desde que mi madrastra me liberó de mi infecta prisión en el castillo de Morella, no termino de recuperarme del todo. En cualquier caso, recordad que si he accedido a que me cuestionéis sobre mi vida ha sido a cambio de un pequeño favor que al final de nuestra reunión os explicaré…

Mikel Zuza: No hay nada por lo que tenga que disculparos, alteza, que yo también tengo muchos libros empezados sobre mi mesilla. En cuanto a ese secreto “favor”, sabré agradecer que me hayáis concedido esta exclusiva.

P de V: ¿Luego amáis también los libros? Me place, seguro que nos llevaremos bien vos y yo.... Pero comenzad ya con vuestra entrevista, por favor, que me encuentro algo cansado…

M. Z: La primera pregunta no puede ser otra que vuestra opinión sobre la complicada situación que ahora mismo se está dando en Cataluña, donde habéis sido nombrado lugarteniente perpetuo por los consellers de la Generalitat.

P. de V: Agradezco al pueblo catalán que me haya acogido durante este último año. Confieso, en honor a la verdad, que hasta ese momento no sabía yo gran cosa sobre este reino, absorbido como he estado durante tanto tiempo por mis problemas para ser reconocido como rey de Navarra por mi padre. Pero ahora que he tenido la suerte de vivir en Cataluña, creo compartir sus justas reivindicaciones.

M. Z: Precisamente dados vuestros antecedentes, ¿creéis que en Cataluña el rey don Juan cederá en todas aquellas cuestiones que, aún referidas a Navarra, no ha querido tratar con vos durante casi veinte años?

P. de V: Mi padre siempre ha sido para mí un enigma dentro de un misterio. El enigma es por qué se ha negado siempre a cederme la corona de mis antepasados. El misterio es por qué le importa tan poco el reino de Navarra. Llevo cinco años ya fuera de mi casa, que está y ha estado siempre en Olite. Mi padre se niega a dejarme volver a Navarra, tiene miedo de que pueda volver a alzarme contra él. En realidad, ese es el problema: a pesar de su inmenso poder, mi padre es un hombre que siempre tiene miedo, y transmite ese horrible sentimiento a todo lo que le rodea. Y del miedo al odio sólo va un paso. No hemos llegado a conocernos nunca él y yo, supongo que también por mi culpa. Lo malo es que nuestras discrepancias personales han acabado afectando a muchos inocentes. Eso es lo peor de todo.

M. Z: Y vos, príncipe: ¿tenéis miedo?

P. de V: Pues claro que sí, como cualquier hombre normal. Tengo miedo a defraudar las expectativas que mucha gente ha puesto en mí. Muchos de mis partidarios lo han perdido todo –incluso la vida- por seguir mi causa. Muy mala persona tendría que ser yo si eso me dejase dormir sin remordimientos.

M. Z: Perdonad que me atreva a preguntároslo, alteza, pero las calles de Barcelona bullen con el rumor de que vais a legitimar a vuestro hijo Felipe casándoos por fin con doña Brianda…

P. de V: Mi vida personal sólo me pertenece a mí. Hablemos de política todo lo que queráis, pero dejad a mi familia al margen. Creo que con esto respondo también a vuestra impertinente pregunta, pero por si acaso aclararé que nunca –reitero- nunca, traspasaré la pesada carga que he soportado yo durante todo este tiempo a un pobre niño de cinco años. Conozco demasiado bien a las facciones que me rodean como para no saber que lo despedazarían en pocos meses. Que viva su vida lo mejor que sepa o le dejen, no habrá mayor regalo que yo pueda hacerle. 

M. Z: Disculpad que insista, pero esas mismas voces dicen que vuestra enfermedad no tiene cura, así que, si actuáis de esa manera, vuestro partido quedara descabezado cuando… Cuando…

P. de V: ¿Cuándo yo muera? Sed osado, y no os preocupe mentarme a la parca. Según el día, la veo más como un descanso largamente anhelado que como una interrupción. He dado lo mejor de mí para defender mis derechos, siempre con menos medios que mi padre, así que ahora no tengo miedo a enfrentarme al Creador. Quiero preguntarle yo también por qué ha permitido que me ocurrieran ciertas cosas…

M. Z: Decís que habéis dado lo mejor de vos, pero… ¿ha sido siempre así? ¿Qué teneéis que decir a quienes os acusan de no haber tratado demasiado bien a vuestra esposa, la princesa Agnes de Kleves? ¿Qué quizás amabais más a otra…?

El príncipe se revuelve en su sillón, y claramente enojado, argumenta:

P. de V: ¡Ya os he dicho que mi vida privada es sólo mía! Si ocurrió algo malo o no entre Agnes y yo, es algo que sólo a nosotros dos incumbía, y ella murió hace ya trece años. Pero si eso satisface a vuestros lectores, aseguro que no hubo ninguna otra mujer mientras ella vivió y que, actuando de forma tan respetuosa con mi matrimonio, quién sabe la fama que me gané teniendo en cuenta que mi padre, por ejemplo, me dio cuatro o cinco (ni él mismo se acuerda) hermanos bastardos mientras estaba casado con mi madre –de gloriosa memoria- la reina propietaria doña Blanca de Navarra.

M. Z: Cambiemos pues de tema: ¿cómo recordáis a vuestra madre?

P. de V: Con cariño y con añoranza. Fue una gran madre, y le agradezco la educación que me dio, dirigida exclusivamente a hacerme amar Navarra, y a llegar a ser el mejor rey que esa tierra hubiera tenido nunca.

M. Z: ¿A pesar de su controvertido testamento, en el que directamente os ordenaba no tomar la Corona de Navarra sin el consentimiento de vuestro padre?

P. de V: Incluso a pesar de ello. Tengo fundadas sospechas de que esa malhadada cláusula no le fuera impuesta por mi padre, aunque no pueda yo probarlo. Lo que si puedo mantener públicamente es que cuando la reina se sintió morir, dos años más tarde, me envió una carta en la que me decía que me olvidara de su testamento y me alzara rey. Fui demasiado confiado, y reenvié ese documento a mi padre, quien, sin dejarlo hacer público, lo rasgó en mil pedazos…


Un momento de la animada conversación entre 
el príncipe de Viana y Mikel Zuza,
miniado por Guillem de Hugoniet.

M. Z: Eso me lleva a una de las principales acusaciones que vuestros adversarios os hacen: que sois demasiado bueno, que no se puede medrar en política con vuestra forma de ser.

P. de V: ¿Y qué quieren todos esos? ¿Qué sea igual de malo que ellos? Debieran estar contentos de que un gobernante intentara ser bueno –conseguirlo ya es otro asunto-, y no de que fuera tan malo o peor que muchos de los que ya han tenido que sufrir. Pero este mundo está loco, y parece marchar siempre del revés. ¿Habéis leído a Aristóteles? Pues una vez dijo que  es muy santa cosa preferir la verdad al honor. Yo he intentado atenerme siempre a esa norma de conducta.

M. Z: Me recuerda al lema personal de Miguel de Unamuno: “La verdad antes que la paz”.

P. de V: No lo conozco, ¿quién es ese tal Unamuno?

M. Z: Alguien que se enfrentó a los tiranos.

P. de V: Pues entonces tenemos mucho que ver él y yo.

M. Z: Reconocedme, sin embargo, que vuestro padre parece mostrar más cintura política que vos…

P. de V: Por supuesto que no os lo reconozco. Mi padre lleva combatiendo en distintos escenarios, sobre todo en Castilla, desde que tenía 15 años. Ahora tiene más de 60 y sigue igual: llevando la guerra, el hambre, la ruina y la pobreza a todos los territorios que han tenido la desgracia de cruzarse en su camino. Si la pregunta es si me gustaría ser igual que él, y convertirme en otro Quinto Jinete del Apocalipsis, mi respuesta es bien rotunda: ¡Nunca jamás!

M. Z: Y no creéis que pensar así os ha acarreado quizás demasiados males?

P. de V: Por supuesto: el peor de todos es el exilio. He conocido tierras muy hermosas, llenas de sabios y de cosas bellísimas, pero ni un solo día he dejado de anhelar mi retorno a Navarra. Luego está el asunto de mi quebrantada salud, que yo achaco a…

M. Z: Perdonad que os interrumpa, ¿Qué achacáis quizás a algún veneno?

P. de V: Veo que habéis hecho bien vuestros deberes... Sí, siempre he tenido miedo de ser envenenado. Quizás no por mi propio padre, aunque lo considere muy capaz, sino por alguno de los muchos ambiciosos que le rodean. Y los peores de todos ellos son los dos hermanos Peralta, mosén Pierres y mosén Luis; pero sobre todo el almirante de Castilla, don Fadrique, el padre de la segunda mujer de mi padre. Hasta que sus nietos no se queden con la herencia de los nietos de mi señor abuelo, el rey don Carlos III el Noble, no cejará en su empeño…

M. Z: Esa es sin duda una acusación muy grave, alteza…

P. de V: Grave pero cierta. La he sostenido yo de muchas maneras a lo largo de estos años de tribulaciones. Hasta recuerdo que hice una obra de teatro, una noche, en el palacio de Tafalla, para ofenderle. ¡Dios, qué bien lo pasé aquella noche al echarle en cara unas cuantas verdades!

M. Z: Pero no habéis terminado de contarme el asunto del veneno…

P. de V: ¿Y qué queréis que os diga sobre ese particular? Si lo han hecho ya, no tengo yo remedio, pero lo cierto es que los embajadores del rey Enrique de Castilla (mi excuñado, otro que además de repudiar a mi hermana Blanca, sólo me ayudó cuando mejor le pareció) me advirtieron hace sólo unos meses de que mi padre no me permitiría casarme con Isabel de Castilla, como es mi deseo, porque la tiene reservada para mi hermanastro Fernando; que jamás me dejará reinar en Navarra ni me reconocerá la primogenitura aragonesa, porque quiere que “sólo haya un rey en toda España” y que ese sea el ya mencionado Fernando; y sobre todo me advirtieron de que tuviera mucho cuidado, porque para conseguir ese supremo objetivo, pensaban envenenarme, pues yo soy el único obstáculo que se les opone.

M. Z: ¿Y dais créditos a esos embajadores?

P. de V: ¿Y vos, les dais crédito vos, que parecéis tan bien informado?

M. Z: …. No sé bien qué deciros, alteza. Yo…

P. de V: Tenéis razón: hay poco que añadir... Una última pregunta, por favor, comienzo a sentirte indispuesto.

M. Z: ¿Qué os gustaría que pensaran de vos las generaciones futuras?

P. de V: ¿Y qué me puede importar a mí su juicio? Decidles lo que acabo de contaros: que lo hice lo mejor que supe. Quizás no han llegado los tiempos en que el Gobierno haya de ponerse en manos de las buenas personas o al menos de las que crean un poco en la Justicia. Quizás sea en vuestro tiempo cuando tal cosa pueda al fin alcanzarse. Quizás hubiera sido mejor para todos que yo me hubiera conformado con seguir leyendo libro tras libro en el terrado del palacio de Olite, sin tomar la espada contra mi padre, aunque no sea yo precisamente de los que creen que las armas y las letras son como el aceite y el agua. Pero sí que nunca quise que nadie sufriera daño por mi culpa o en mi nombre. Quizás me gustaría que ese fuera mi epitafio, aunque sé bien que mi siempre misericordioso padre no me dejará volver a Navarra ni muerto. Es igual: yo soy Navarra, y donde yo vaya, Navarra irá conmigo.

M. Z: ¿Y el favor que me habéis solicitado para concederme esta entrevista?

P. de V: Ah, sí: ahora soy yo quien quiere haceros unas cuantas preguntas…

M. Z: Esto no es muy habitual…

P. de V: Frecuente o no, os negaré el permiso para publicar todo lo que os acabo de decir si no cumplís esta condición. Pero tenéis que decir estrictamente la verdad.

M. Z: Entonces, adelante…

P. de V: Confesad que más de una vez habéis soñado con ocupar mi lugar…

M. Z: Apenas recuerdo lo que sueño, así que podría ser. En cualquier caso, si me hubiera gustado ser vos, hubiese sido siempre antes del año 1451. Después, vuestra vida ya fue un cantar mucho más triste…

P. de V: ¿Estáis diciendo que me habríais abandonado a partir de esa fecha? No os creo.

M. Z: No, probablemente no lo hubiera hecho, me encantan las causas perdidas. Decía Borges que son las únicas que merecen ser defendidas por un caballero.

P. de V: ¿Y quién es ese Borges? Seguro que alguien que jamás tuvo que defender sus derechos en una batalla campal…

M. Z: Es otro escritor, alteza.

P. de V: Ah, yo también soy escritor. ¿Habéis leído mi Crónica de los Reyes de Navarra? Sí, claro que la habéis leído… Sé que habéis escrito vos mismo un libro sobre mí. Basado nada menos que en las acusaciones que tuvieron la osadía de hacerme mis enemigos mortales, los Peralta, cabecillas del bando agramontés…



M. Z: Pues sí, pero no creáis que les doy una credibilidad total a sus denuncias. A unas sí, y a otras no. Para ellos sois un demonio y para otros seréis un santo. No obstante, sólo sois un hombre, con mejores o peores cualidades y virtudes, como todos. Y sobre vuestra Crónica: sí, por supuesto que la he leído, al menos sus tres primeras partes. Si me hicieseis el gran favor de dejarme leer la cuarta parte, ahora que además no hay duda alguna de que la escribisteis…

P. de V: ¿Y qué duda podría haber sobre eso? ¿Acaso alguien puede ser tan lelo como para pensar que no iba a contar yo de primera mano todo lo que había sucedido entre mi padre y yo? Naturalmente que podréis leerla, aunque antes me gustaría saber qué represento yo exactamente para vos.

M. Z: Después de tanto tiempo dedicado al estudio de vuestra vida, os confieso que me gustaría considerarme vuestro amigo. Pero no me pidáis a mí un veredicto, que al fin y al cabo he actuado casi como abogado vuestro en mi libro. Que sean los lectores quienes juzguen si vos hubieseis sido o no el mejor gobernante que Navarra hubiera podido tener. Yo, albergo pocas dudas al respecto.

P. de V: Qué diplomático, amigo Mikel… ¿Qué decís si os ofrezco un puesto junto a los más leales, aquellos que no me han abandonado ni en los peores momentos? A Johan de Beaumont, Johan Pérez de Torralba, Johan de Cardona, el bachiller Pedro de Sada o mi bibliotecario, el poeta fray Pere Martínez, me estoy refiriendo. Al fin y al cabo, lleváis mucho más tiempo que ellos siendo seguidor mío. Hoy mismo, 597 años exactos, si no me equivoco. Por supuesto el cargo no será remunerado, sin duda sabéis que mis posibilidades económicas son siempre bastante reducidas…

M. Z: ¡Es cierto, lo había olvidado, hoy es vuestro cumpleaños, don Carlos! Que tengáis un feliz aniversario. Y en cuanto al sueldo, vos como escritor sabéis mejor que nadie que los de nuestro oficio estamos acostumbrados de sobra a la inestabilidad monetaria, así que acepto muy honrado el cargo que me ofrecéis.

P. de V: ¿También en el siglo XXI es así? Bueno, pues entonces creo que os habéis ganado poder llamarme Charles.

M. Z: Pues muchas felicidades, Charles

P. de V: Buen viaje de vuelta, don Mikel.





© MIKEL ZUZA VINIEGRA, 2018

sábado, 17 de marzo de 2018

ULTIMA VOLUNTAD


Ermita de Santa Brígida, Olite, junio de 1456



-Esta imprudencia nos puede costar muy cara, Carlos...

-¿El valiente canciller vicecanciller Pedro de Sada, después de todo lo que ha pasado conmigo, tiene ahora miedo?

-No más que en otras ocasiones, pero meterse en pleno dominio de mosén Pierres no me parece lo más inteligente que me habéis obligado a hacer.

-Por eso no te preocupes: no tiene imaginación suficiente para pensar que podamos estar aquí. Y de todas formas tenía que venir aquí antes de marcharme definitivamente de Navarra.

-Si nos atrapan aquí, es cuando no podremos irnos para buscar ayuda que nos permita seguir con vuestra lucha. Nuestras arcas están vacías, y vos os empeñáis en hacer una ofrenda en este recóndito lugar.

-No tan recóndito, Pedro. Parece mentira que fueras alcalde de Olite.

-Me nombrasteis vos...

-¿Lo hice? Todo parece ya tan lejano... Pero aún así, desde la villa hasta aquí no hay más que un paseo. Siendo tan temprano, y al resguardo del encinar, es imposible que nadie nos vea.

-¿Queréis decirme de una vez qué estamos haciendo aquí en lugar de preparar el viaje a Francia? Os recuerdo que las tropas de vuestro cuñado Foix por el norte, y las de vuestro padre don Juan por el sur comenzarán en cualquier momento su ofensiva. Y si os apresan de nuevo, vuestra causa estará definitivamente perdida.

-¿Y cuándo no ha estado perdida mi causa, amigo Pedro? Eso es algo que nuestros enemigos no tienen: el ensueño de una causa perdida.

-Los que mueren por vos no lo hacen por un ensueño, a veces parece que lo olvidáis.

-No, no los olvido, y les agradeceré siempre todo lo que hacen por mí, pero también a estas alturas deben saber ya cómo soy.

-Seguís sin responderme: ¿qué estamos haciendo aquí?



-Ah, sí. Veréis, cuando era un niño, mi madre nos traía a la romería a mis hermanas y a mí, insistiendo durante todo el camino en que fuéramos generosos con nuestras limosnas. Una de esas veces, cuando la gente concentrada a nuestro alrededor era tanta que el dinero dispuesto para ese menester se había ya agotado, ella extrajo de una cajita que llevaba consigo una moneda  hermosísima: la prueba que el maestro numismático Guy de Toulouse le había preparado para celebrar los cinco años de su coronación. Una pieza única, con la B de Blanca coronada y el carbunclo y las lises de nuestra dinastía magníficamente buriladas en cada cara ¿Te das cuenta, Pedro? Y ella me la dio para que yo se la entregase a uno de aquellos mendigos que nos rodeaban.

-¿Y qué hiciste?

-Para mi vergüenza, he de decir que, como puedes ver en mi mano, me la quedé. Yo ya tenía ínfulas de coleccionista, a pesar de mi corta edad, y no podía consentir que aquella joya sólo sirviese para pagar el vino de alguna taberna  de Tafalla. A mi madre le dije que se la había dado a un ciego, a quien en realidad no ofrecí más que un mísero cornado de cobre...

-¿Y por eso estamos aquí, para calmar vuestra mala conciencia?

-Porque la voluntad de una reina es ley. Doña Blanca quiso que esta moneda se ofrendase en esta ermita, y eso es lo que voy a hacer, ahora que no sé siquiera si podré volver alguna vez. Si consigo hacerlo, juro ante la imagen sagrada de Santa Brígida de Suecia que daré esta moneda que ahora procedo a esconder en el suelo de su ermita, al primer pobre o necesitado que me encuentre.

-¿Y por qué no lo hacéis ahora mismo?

-Porque soy un rey tan en precario, que ni siquiera puedo permitir mostrarme ante los pobres y tullidos sin miedo a que me denuncien ante mis enemigos. Así que cumplo ahora la primera parte de mi voto, y en cuanto pueda, lo más pronto posible, haré lo mismo con la segunda. Y si yo no puedo, espero que tú lo hagas en mi nombre. Y si, a pesar de todo, tú tampoco puedes, confío en que siempre habrá en Olite romeros que, encontrando esta moneda tan particular, puedan liberarme al fin de mi juramento.

-Así se hará sin duda alguna, Majestad... 




© MIKEL ZUZA VINIEGRA, 2018

domingo, 11 de febrero de 2018

FEMINISMO


Guillaumes de Marlain, rey de los heraldos de S. M. Carlos III el Noble de Navarra, siempre supo que aquel día llegaría. Lo que resultaba milagroso era haber podido ocultar hasta ahora a todos la verdad: que esos preciosos armoriales que a todo el mundo asombraban no los pintaba él, sino su mujer, Nanua de Irubide.

¿Pero cómo habría podido llegar a ocupar tan honroso cargo si hubiese mostrado desde el principio sus nulas artes para el dibujo? No: le había bastado siempre con apuntar las preferencias del monarca, y luego, por la noche, cuando estaba seguro de que ningún cizañoso de la Corte de Olite podía verlos, ir describiéndoselas a ella para que las plasmase sobre el papel o el pergamino.

Y claro que fue esa cierta excentricidad de los motivos reflejados en los escudos, la que fue dando fama al heraldo Guillaumes, pues nunca pudo conseguir que Nanua se ciñese a las rígidas reglas de la Emblemática. Respetaba el núcleo central de lo que debía representar, por supuesto, pero siempre le añadía algún detalle que parecía sacado de los márgenes de las Biblias moralizadas siglos atrás.

Así, en el Privilegio de la Unión, a la hora de representar al león pasante del nuevo escudo de la ciudad de Pamplona, lo hizo mostrando al rey de los felinos devorando a una pareja de cazadores, pues a ella nunca le había gustado la caza. Y cuando su marido tuvo que pintar el escudo de Olite para el Ayuntamiento de la villa, ella dibujó junto al olivo heráldico a la antigua diosa griega de la sabiduría Atenea, pues sabía que Atenea bendecía perpetuamente a los amantes que se besan bajo el que ella plantó en la Acrópolis de Atenas.

Y fue tal el renombre que alcanzó Guillaumes, que muy pronto comenzó a recibir encargos de muchas otras cortes de la Cristiandad, mientras el virtuosismo pictórico de Nanua crecía a la par. Hasta el día que el rey de Navarra comenzó las negociaciones para casar a su hija Blanca con el infante Juan de Aragón. Éste, siempre fanfarrón y altanero, no concebía su vida –y la de los demás- sino como una permanente competición. Así que nada más llegar propuso un desafío simbólico entre Guillaumes y su propio heraldo: Lope de Teruel. Cada uno trazaría el mismo escudo ante los ojos de todos los cortesanos, y luego los reyes decidirían cuál de los dos era el mejor.

Guillaumes no pudo negarse, pues su señor había aceptado de buena gana el reto, confiando en que su heraldo era uno de los más competentes y capaces del mundo, así que llegado el día del malhadado torneo, afrontó la vergüenza pública –que era también la de don Carlos y la de su hija Blanca- de admitir que él no era quien había pintado todos aquellos tan hermosos armoriales, sino que era Nanua quien los había dibujado. La carcajada del infante aragonés resonó por todo el palacio: “¿Es que hay heraldas en Navarra? ¡Por mi fe que nunca se vio tal cosa en el mundo!”

Pero entonces Blanca –cuyo rostro reflejaba su tremendo enfado- se levantó de su escabel y ordenó a Nanua que se aproximase. Allí mismo la nombró Reina de los heraldos de Navarra. Luego, sacándose el guante que recubría su mano, se lo arrojó a la cara a Lope de Teruel, diciéndole con voz muy taxativa: ¡Representad cada uno como mejor os parezca la condición femenina que tendrá la próxima monarca de estos reinos! Y muy presto se pusieron a ello ambos artistas.

Finalizado el plazo, pudieron ver todos –y todas- que el heraldo aragonés había dibujado un escudo de fondo rosa, en el que únicamente campeaba una paloma con una rama de olivo en el pico. Don Lope explicó que así se representaba perfectamente la manera pacífica de ser que ha de mostrar toda dama que por tal se precie, aunque el infante don Juan no pudo dejar de apostillar que el detalle de la rama de olivo en el pico estaba muy bien escogido, porque debía significar que la esposa debe tener siempre cerrada la boca mientras su marido no le dé permiso para hablar.

Dieron la vuelta entonces todos –y todas- para acercarse a contemplar la armería trazada por Nanua. Había pintado tantos y tantos motivos, que alguno incluso se salía del marco del escudo. Con muy firme voz fue explicándoselos todos: primero unos cubos y calderos, representando todos los que las mujeres tenían que llenar y transportar cada día hasta su casa desde los pozos de cada ciudad o pueblo; luego unas manos agrietadas, por tener que lavar la ropa en los ríos helados; luego un niño y un viejo, que simbolizaban las distintas edades de las personas que las mujeres tenían que cuidar en sus casas; luego venían unas letras desenfocadas, que representaban que no se les enseñaba a leer ni a escribir, y sólo por ser mujeres; luego venía un cuartel únicamente pintado de rojo, haciendo alusión a la sangre que derramaban las mujeres heridas, violadas o muertas en las guerras; y después venía una sirena muy elegante, porque a Nanua le gustaba nadar en el mar; y finalmente aparecía una corona muy hermosa y bien pintada, y a su lado un burro. Pero esta alegoría no quiso Nanua explicarla, aunque Blanca tenía cara de haberla entendido perfectamente…

Huelga decir que fue la Reina de los Heraldos de Navarra quien ganó el desafío, y que no tuvo que ocultarse nunca más para desempeñar su oficio. Mientras ella trabajaba, Guillaumes iba al pozo, lavaba en el río, cuidaba a sus hijos, enseñaba a leer y escribir a todos –y todas- los que se lo pedían, y se afanaba en aconsejar al rey para que mantuviese la paz en Navarra, cosa que ocurrió mientras el infante Juan no alcanzó el trono.



©MIKEL ZUZA VINIEGRA, 2018

lunes, 29 de enero de 2018

ESCRITURA AUTOMÁTICA


Cuenta la Crónica de Leyre que en el año 976, el severo abad don Munio, harto de la mala caligrafía que exhibían los novicios, les impuso como castigo que copiasen todo el Fuero Juzgo, códice que, además de ser pesado por las leyes que contenía, lo era también por lo grueso de su volumen.
Pasaban los jóvenes monjes las jornadas copiando cada capítula hasta que les dolían los dedos, porque ninguno se atrevía a desairar al abad. Pero tanta página dio como resultado que se agotasen todas las vitelas disponibles en el monasterio.

Se obtenía este material puliendo la piel de becerros recién nacidos, y muy pronto no quedó ni uno en los alrededores de Leyre, pues tenía don Munio la jurisdicción sobre la hacienda de todos los moradores, y exigió que fuesen llevados todos los becerros disponibles a la cuadra de los frailes.

Y asegura la Crónica que tan sólo Alodia de Unanua se negó a participar en semejante hecatombe, y que contestó a don Munio que no le daría ni uno sólo de sus pequeños becerros para que los convirtieran en libros de leyes, que como todo el mundo sabe luego no lee nadie. Y dijo más todavía, pues anunció que apelaría al rey Sancho II (apodado "Abarca"), para impedir que tal sacrificio siguiera llevándose a cabo.

Muy tranquilo quedó el abad ante este desafío por parte de Alodia, pues sabía muy bien que al rey le gustaba mucho leer, y no se opondría a que el monasterio produjese muchos libros, aunque fuesen de leyes. Pero no podía sospechar que Alodia sabía que a don Sancho lo que más le gustaba leer eran las historias de la Biblia, y que ella misma se las sabía también de memoria. Así que acogiéndose a la Justicia Real, citó a don Sancho, al abad, y a sus respectivos acompañamientos justo para dentro de dos meses: la mañana del día 28 de noviembre.

Y llegados todos ellos a su dominio, les situó en un estrado muy alto, delante del prado recién segado, y fue haciendo salir del corral, para sorpresa y maravilla de los allí congregados, a todos los becerros en perfecta fila, uno detrás de otro. Llevaban cada uno en su lomo escritos en letras muy grandes fragmentos de las Sagradas Escrituras, que era a lo que Alodia se había dedicado los últimos sesenta días, empleando -según aseguró al monarca- sólo pigmentos naturales que se disolverían con la lluvia, convenciendo de esta manera a don Sancho Abarca de que no hacía falta matar animales para obtener libros -nunca mejor dicho- hermosos y vivos.

Pero no todos los ternericos seguían la fila, sino que algunos se quedaban ramoneando la jugosa hierba, y otros, bien fuera por timidez o por cabezonería, se negaban a avanzar, permitiendo que les adelantasen sus hermanos, de tal forma que la historia que llevaban escrita variaba una y otra vez, sin que los lectores pudieran apartar la vista de tan hipnótico y mutante texto.

Aprendieron así que Moisés lo mismo bajaba que subía al Sinaí, hablando con Isaac, que había escapado del puñal de su padre. Aunque al rato volvía a estar otra vez dispuesto a la degollina, según avanzase o no el becerro que tenía escrito ese fragmento concreto en su piel. Y también que Cristo resucitó y fue después crucificado mientras los pastores cantaban villancicos, y que al tercer día huyó a Egipto con sus padres, mientras los Reyes Magos conversaban con el rey Salomón y la reina de Saba. O también que las Doce Tribus de Israel eran sólo Ocho, porque las otras cuatro preferían estar echadas a la sombra en lugar de seguir su orden en la fila, de suerte que quienes las sustituían llevaban escrita la historia de la creación del Mundo, que Dios no había hecho (al parecer) en siete días, sino tan sólo en tres, porque los otros cuatro se negaban a dar un paso más.

-¡Herejía! -Estalló don Munio a voz en grito, acusando a Alodia de manipular las Escrituras-. Pero don Sancho II estaba entusiasmado por aquella nueva manera de explicar la doctrina cristiana, mucho más entretenida que la que le hacían sufrir todos aquellos aburridísimos monjes. Así que declaró que el dominio de Alodia de Unanua quedaba bajo su protección, no pudiendo ser sacrificado ni uno solo de sus becerros, ni tampoco los de los predios vecinos, que siempre encontrarían allí seguro refugio.
A don Munio lo condenó a pasar lo que le quedase de vida leyendo exclusivamente el Fuero Juzgo, como un triste notario. En cambio a Alodia la nombró Señora de la Escritura Automática y Surrealista, cuyo propósito es vencer la censura que se ejerce sobre el inconsciente, merced a unos actos creativos no programados y sin sentido inmediato para la consciencia, que escapan a la voluntad del autor.

RETRATO DE ANDRÉ BRETON, por Victor Brauner
Muchos siglos después, en la primera mitad del XX, André Breton y los surrealistas, paseando por la orilla del Sena, encontraron, en los puestos de libros viejos de los bouquinistes, una copia de la Crónica de Leyre, y en ella la historia de Alodia, a la que tomaron desde entonces como ejemplo fundacional y vivificante de su movimiento literario, considerando que, de tal forma, el yo del poeta podría manifestarse libre de cualquier represión, dejando crecer el poder creador del hombre fuera de cualquier influjo castrante, aunque en el París de su época ya no hubiese vitelas ni becerros, pero sí -afortunadamente- cada vez más personas tan maravillosas como Alodia...



© MIKEL ZUZA VINIEGRA, 2018






miércoles, 3 de enero de 2018

LA CAZA DEL PATXARÁN ROJO

Palacio Real de Pamplona, 2 de enero de 1378

-¡Despertad, Sire, está ocurriendo algo muy grave!

-¿Pero es que  no hay forma de dormir más de trece horas seguidas en este reino?

-¡Un heraldo del príncipe de Gales acaba de llegar, y dice que una nave rusa se acerca a la costa aquitana a toda velocidad!

-¿Rusa? ¿Pero dónde está Rusia? ¿No está allí donde dicen los bestiarios que viven los patagones y el Preste Juan? ¿Qué nos importa a nosotros una gente que ni siquiera sigue los sagrados mandamientos de la Iglesia de Roma?

-¡El mensajero dice que esa nave está equipada con una enorme bombarda, capaz de alcanzar Pamplona con sus proyectiles y dejarla convertida en polvo!

-¿Desde la costa aquitana? ¿No será que el príncipe Eduardo ha vuelto a abrir el barril de esa condenada bebida escocesa que me dio a probar cuando estuve con él en Libourne? Todavía me duele la cabeza al recordarlo...

-¡Sire, el enviado dice que no nos queda apenas tiempo!

-Está bien, hacedlo pasar.

-Majestad, soy Sir Jack Ryan, embajador plenipotenciario de mi señor, el príncipe Eduardo de Gales. Os supongo informado ya del motivo de mi presencia en vuestro reino...

-¿Y qué crédito puedo dar a esa razón, si me aseguráis que esos rusos cuentan con un arma capaz de alcanzar objetivos a tanta distancia? ¿Cómo voy a creerme semejante majadería? Y aunque la creyera, ¿que miedo puedo tener yo, si Navarra no ha tenido nunca problemas con Rusia?

-Porque la situación internacional ha variado por completo, Majestad: el rey de Francia, vuestro enemigo Carlos V, ha denegado el visado de entrada en su reino a una compañía de juglares que el Zar Leónidas le enviaba para su diversión y entretenimiento, pero los franceses han creído que en realidad venían para espiarles para nosotros, los ingleses, y ahora el Zar, desairado, amenaza con destruir toda Francia con su invencible bombarda.


-¿Destruir toda Francia? Que maravillosa perspectiva... ¡Si no me quieren como rey, que perezcan todos bajo las balas de cañón rusas!

-Disculpad, Sire, pero no creo que esa sea lo que la nave rusa pretenda en realidad. Opino que quieren desertar. Pero si Inglaterra los acoge, la furia del Zar vendrá contra nosotros. En cambio, mi señor Eduardo ha pensado que, si sois vos quien les da refugio en Navarra, Leónidas no podrá reprocharos nada, puesto que vuestro reino no tiene cuentas pendientes con Rusia. 

-¿Y cómo sabéis que esa nave quiere desertar y no hacer funcionar su bombarda?

-Porque su capitán no es ruso, sino lituano. Se llama Marko Ramius, aunque los rusos le llaman Vilnius Nastaniek (el maestro Vilnius). Si me proporcionáis un salvoconducto garantizado con vuestro sello real para él, para su tripulación, y para la compañía de juglares rechazada por los franceses, os aseguro que podremos evitar el conflicto. 

-La verdad es que ya estoy un poco aburrido de los juglares navarros, siempre que si la Txantrea barrio conflictivo, que si joder qué bien se vive en esta capital, que si nosotros los de La Única somos de buen corazón... Nada, está decidido: les otorgaré el salvoconducto que pedís. Por cierto, ¿no os habrá dado vuestro príncipe Eduardo alguna botella de ese brebaje escocés, estoy un poco aburrido también de tanto patxarán..

-¿Patxarán? ¿Y eso que es, Majestad?

-¿No sabéis lo que es el patxarán y decís que sois el consejero más avezado del Príncipe Negro?

-A mi señor Eduardo no le gusta que le llamen así...

-¿Cómo? ¡Sabed que soy Carlos II de Navarra, y que cuando vuestro señor no era más que un mocoso al que tenían que limpiarle los pañales, yo ya estaba combatiendo en Francia contra los reyes usurpadores, contra los Jacques, y contra todo el que ose llevarme la contraria, Sir Ryan!

-Como digáis, Majestad, pero please, firmad los salvoconductos ya, porque como me equivoque, Burdeos, París y Pamplona serán borrados del mapa.

-Mirad que si luego no me gustan los juglares esos...

-Os garantizo que os encantarán, Majestad, aunque son muchos. ¿Tenéis en Pamplona algún lugar donde puedan actuar tantos cantantes juntos? 

-¡Me ofende que lo pongáis en duda, Sir Ryan! Claro que lo tenemos, y además allí se sentirán como en casa, porque tengo entendido que nuestro Baluarte es calcado a la tumba de un famoso profeta ruso que está en la Plaza Roja de Moscú. Y os confieso que también es igual de feo, pero es que el arquitecto aprovechó mi ausencia en Francia para construirlo, y huyó en cuanto se entero de mi retorno, porque si lo llego a pillar yo...





En homenaje y recuerdo a que acudí yo ayer al catafalco pamplonés, y me di con su tremenda puerta en las narices, porque al Coro del Ejército Ruso, como si estuviéramos en plena Guerra Fría, le denegaron los visados de entrada y han tenido que suspender su gira. 
дерьмо!


© MIKEL ZUZA VINIEGRA, 2018