viernes, 8 de febrero de 2019

CINCO MONEDAS



Palacio de Olite, 8 de febrero de 1940

-¡Aquí hay algo, don José! ¡Parece un atadijo de papel!

-¡Sobre todo tened cuidado ahí abajo, no parece que ese muro esté tan fuerte como para que remover un par de sillares no vaya a afectarle catastróficamente!

-¡Sí, la verdad es que el relleno entre los paredones no está muy estable, pero no se preocupe, que casi lo he alcanzado ya! Un poco más… ¡Lo tengo!

-¿Qué es?

-Lo que decía: un pequeño paquete envuelto en papel que parece muy antiguo…

-¡Salid de ahí cuanto antes, que no las tengo todas conmigo! Lo cierto es que este castillo ya tiene demasiadas trampas después de 150 años de abandono como para fiarse de que toda esta zona de la torre de los Cuatro Vientos, que es la que mayor peligro de ruina inminente ofrece, no vaya a venirse abajo en cualquier momento. ¡Y ahora que me acuerdo! A ver… Lo que pensaba, ¡ya están otra vez esas vecinas tomando el sol justo ahí abajo, y mira que les he advertido veces que no se pongan ahí! ¡Oigan! ¡Oigan! ¡Sí, ustedes! ¡Quítense inmediatamente de ahí! ¿No ven que la torre puede venirse abajo en cualquier momento? ¡No me hagan llamar al alguacil!

-Serénese don José, que ya se marchan. ¡Mire, mire lo que hemos encontrado!

Zona del hallazgo

-Pues sí que es un envoltorio, y no demasiado grande. A ver… el cordel que lo cerraba se deshace, afortunadamente no es de papel, sino de pergamino, y como parece haber estado a salvo de la humedad, se conserva bastante bien. Parece que suena algo en su interior…

-¡Son monedas! Una, dos, tres, cuatro, cinco… ¡Cinco monedas, y parecen muy antiguas, don José! 

¡Y en el papel pone algo, aunque no se entiende lo que dice! ¿Usted lo entiende?

-Pues de momento, no. Parece estar escrito en letra de su época, y además la tinta está muy gastada. Quizás con la lupa de diez aumentos que tengo en mi despacho… Lo que si puedo deciros es que las monedas son antiguas, sí, pero no demasiado valiosas, dos son de plata, y de los últimos reyes de Navarra, otras dos son de cobre y parecen ser castellanas, de los reyes católicos. La última es también castellana, de Felipe II, que en Navarra era Felipe IV.

Monedas halladas

-¡La de cosas que sabe usted, don José!

-Bueno, soy numismático aficionado nada más. Incluso tengo una pequeña colección personal, nada del otro jueves. En fin, voy a hacer un informe de vuestro descubrimiento, y pedir en él expresamente una gratificación para vosotros. De momento, la jornada ha terminado. Aquí tenéis cinco duros para que lo celebréis. Aunque antes de iros a casa, por favor, colocad unas vallas bajo la torre para que nadie pueda ponerse allí a tomar el sol. No se dan cuenta del peligro que corren.
-¡Muchas gracias, don José! Y descuide, que pondremos las vallas, aunque no servirá de nada, que las y los de Olite somos muy orgullosos, y nos parece a todos que el castillo es nuestro y podemos ponernos en donde nos venga bien…

-Me parece estupendo, pero si luego ocurre alguna desgracia, id a pedirle responsabilidades a Carlos III el Noble, que es quien construyó este palacio. Aunque, ahora que lo pienso, si estas monedas estaban ocultas en el muro, y la de Felipe II es de finales del siglo XVI, quizás signifique que las obras continuaron mucho más tiempo del que pensábamos, o al menos que esta zona concreta es mucho más moderna que la original. Voy a apuntar esta idea ahora mismo en el despacho, que se me ha de olvidar. ¡Con Dios, señores!

-¡Con Dios, don José!


Ya en su pequeño despacho de obra, José Yárnoz, arquitecto encargado de la restauración del maltrecho palacio de Olite, ceba la estufa con unas astillas y espera a que prendan para colocar un leño que ayude a caldear el gélido ambiente. Enciende la lámpara y despliega sobre la mesa el recién encontrado pergamino. Quiere confirmar si lo que le ha parecido leer al abrirlo es lo que realmente pone en la complicada caligrafía del siglo XVI. Porque sí, ha mentido a los obreros asegurándoles que no había entendido esas pocas líneas. Lo ha hecho, y lo que ha leído ha provocado que un escalofrío recorriese su espalda. Así que coloca el texto bajo la lupa y entre asombrado y escéptico lee:

“…Vendrá el día en que otro maestro de obras encontrará este tributo, y hará bien en continuar la cadena de monedas, porque entre los constructores es fama que, si no lo hace, todo este castillo se vendrá abajo en una noche y ni el Diablo podrá volver jamás a levantarlo. No he podido dejar más ofrenda que estas pobres piezas de cobre y plata, porque los operarios somos siempre pobres, pero confío en que llegue una época en la que el sueldo de quienes levantan edificios sea tan elevado que permita a quien esto lea dejar en el mismo muro donde lo encontró, una moneda verdaderamente digna de esta regia morada. ¡Oh, tú! No eches al olvido esta advertencia, si no quieres atraer la maldición de aquél que echó debajo de un soplo aquella imponente torre de Babel de la que habla la Biblia…”

Don José Yárnoz Orcoyen
Estupefacto, José Yárnoz repasa una y otra vez el sorprendente párrafo. Nunca ha sido supersticioso, pero esta vez siente que le conviene hacer caso de aquella advertencia venida de tantos siglos atrás. Sí: mañana mismo dará las instrucciones oportunas para cambiar el plan de obra y centrar todos los esfuerzos en la zona de la torre de los Cuatro Vientos, que las monedas fechan, evidentemente, mucho más tarde de lo que se podía imaginar. Al menos toda la parte de los arcos que la sostiene, y que al decir de algunos autores estaban emparentados con los que sostienen el palacio de los papas en Aviñón, cosa que ahora podemos poner en duda.


8 de febrero de 1941

Ha pasado un año, y la torre de los Cuatro Vientos luce tan nueva que parece que en cualquier momento va a asomarse la reina doña Blanca a ver el tempero que hace en Ujué. José Yárnoz ha pagado por propia iniciativa el almuerzo con el que los obreros celebran el final de la campaña en el terrado del castillo. Pero él no se queda mucho en el festejo. Al contrario, se aparta poco a poco del barullo y cuando está seguro de que nadie le ve, se introduce en el estrecho hueco entre paredones que ha ordenado que se deje sin cubrir hasta mañana. Con cuidado, porque ya no es un mocete, baja todo lo que puede y palpa la piedra en busca de la pequeña hornacina en la que hace un año se hallaron las monedas. Entonces saca del bolsillo una muy especial, la joya de su colección numismática: aquella que ordenó acuñar el príncipe de Viana, que fue quien vivió más años en este palacio sin haber llegado nunca a reinar. Pasa la yema de sus dedos por el anverso y siente la K de Karlos coronada, y a un lado y a otro los dos triples lazos que le identificaban como auténtico señor de Navarra. La envuelve con un pergamino nuevo, y la deposita allí como tributo continuado a todos los maestros de obras que el palacio de Olite ha tenido desde tiempo de los antiguos romanos. Lo que ha escrito en ese pergamino, sólo lo podrá saber el próximo arquitecto que, dentro de muchos siglos, encuentre su ofrenda. Trepa con la misma prudencia y sale a la superficie. No puede resistirse a asomarse a las almenas recién reconstruidas. Sonríe: allí abajo vuelven a estar las mismas mujeres de siempre tomando el sol. No hay problema: el palacio ya no está en ruina ni amenaza desplomarse bajo el soplido de quien derrumbó aquella famosa torre de Babel de la que habla la Biblia…




© MIKEL ZUZA VINIEGRA, 2019

miércoles, 30 de enero de 2019

NO HAY QUIEN PUEDA

En mi última crónica os hablaba de Benedicto XIII, conocido como el Papa Luna, Sumo Pontífice en la obediencia de Aviñón, considerado todavía hoy como hereje y cismático por la Iglesia de Roma.
Os contaba también sus muchos méritos y cómo se negó siempre a renunciar a su cargo, defendiéndose él mismo ante cardenales, reyes y emperadores, ayudado por un asombroso poder de elocuencia, que le permitía encontrar argumentos irrebatibles con los que apoyar su causa, que sostuvo contra viento y marea hasta su muerte en el castillo de Peñíscola, a los 95 años de edad.

Pero os decía también que este prodigio de la retórica y de la teología, vino a encontrar la horma de su zapato en Navarra, cuando un tudelano supo vencerle en su propio terreno: el del conocimiento y la interpretación de las Sagradas Escrituras.

En 1379, el reino de Navarra atravesaba una pésima época, con Carlos II vencido y completamente a merced de Castilla, corona a la que tuvo que devolver las importantes ciudades de Logroño y Vitoria, ocupadas desde varios años atrás, aprovechando la guerra civil castellana. Pero cuando Enrique II de Trastámara consiguió eliminar a su medio hermano Pedro I el Cruel, no se conformó con la devolución de esas dos villas, sino que por el Tratado de Briones consiguió también un auténtico protectorado sobre Navarra, imponiendo que los veinte principales castillos del reino estuvieran en manos de tenentes castellanos.

En esas circunstancias de casi absoluta sumisión, imaginemos cuál sería el estado de ánimo del siempre belicoso rey Carlos. Seguro que no estaría -jamás lo estuvo- predispuesto a que le tocaran la moral con temas distintos a la propia supervivencia del reino. Bueno, pues justo en ese momento tan inoportuno, tuvo que aparecer el cardenal Pedro de Luna (no sería nombrado Papa de Aviñón hasta el año 1394) en Pamplona para solicitarle algo que a nuestro sentir actual no podría parecernos más descabellado: que convocase en su palacio (en el de Navarrería) una disputa que le permitiese discutir con un representante de los judíos navarros sobre cuál de las dos religiones, la cristiana o la hebrea, era la verdadera. Este tipo de eventos, que eran bastante corrientes en aquella época, siempre se organizaban con vistas a una conversión masiva de los judíos, claro está, porque evidentemente los cristianos tenían siempre todas las de ganar, y además el cardenal no pensaba poder ser derrotado en absoluto.



Supongo que la primera reacción del cercado Carlos II sería mandar a esparragar al -esta vez- bastante  desatinado don Pedro, más aún teniendo en cuenta que el reino de Navarra llevaba ya un año sin decidirse a reconocer al Papa de Aviñón, que en ese año era Clemente VII. Aunque curiosamente tampoco había reconocido al Papa de Roma, que en ese momento era Urbano II. Digamos que Carlos II se mantuvo en una prudente neutralidad, esperando a ver qué hacían el resto de naciones. Aún así, su hijo Carlos, el futuro Carlos III el Noble, que permanecía preso en París, asistió a la solemne declaración del rey de Francia en favor de Aviñon. Como siempre, Navarra se veía obligada a jugar a dos barajas para mantener su precaria independencia, cosa que hay que reconocer que ambos monarcas supieron lograr.

Lo cierto es que sus archienemigos franceses y castellanos habían reconocido inmediatamente al papa de Aviñón, así que el rey de Navarra no se mostraría demasiado partidario de seguir sus pasos. Además, sus aliados ingleses seguían fieles a Roma, así que no convenía tampoco a Navarra desairarlos, porque retenían la ciudad de Cherburgo, que Carlos II confiaba en que le devolvieran cuanto antes, y pensaba muy juiciosamente que si se pasaba a Aviñón, Inglaterra no soltaría Cherburgo en represalia contra Navarra. En definitiva, un complicadísimo juego de diplomacia, para alguien más acostumbrado -prácticamente sin recursos económicos- a combatir contra enemigos siempre mucho más poderosos que él.

Por tanto, no sólo no despachó con cajas destempladas al cardenal Pedro de Luna, sino que acogió su proyecto, y puede que hasta escogiese él mismo al judío navarro que debería enfrentársele. Debió pensar más o menos de esta forma: "¿Así que vienes aquí con tus pejigueras teológicas, que me importan entre poco y nada, porque lo único que buscas es que me declare a favor del Papa de Aviñón, verdad? Pues te vas a enterar..."

Lo que ocurrió después sólo lo conocemos por el testimonio personal del hebreo encargado de parar los pies (dialécticamente hablando, nunca mejor dicho) al mejor místico de su tiempo, uno tan bueno que llegaría a ser Papa, aunque el Vaticano siga sin reconocerle sus méritos hoy en día. Me estoy refiriendo al rabino, médico, filósofo y polemista tudelano Shem Tob Ibn Shaprut, autor de un libro trascendental dentro la literatura hebrea medieval: el Eben bohan - La piedra de toque, en el que en su capítulo IV del libro II, dedicado a la Ley de Moisés don Shem Tob afirma:



"Puesto que la fe cristiana se basa en la venida de su Mesías para redimir la culpa del primer hombre, me pareció bien introducir aquí la discusión que tuve con un gran sabio, el magnífico señor D. Pedro de Luna, cardenal de Aragón, en Pamplona, ante los obispos y muchos sabios, en su palacio.

-Preguntó el cardenal: ¿Cómo podéis, vosotros, los judíos, negar nuestra fe? Nosotros decimos que no se redime la culpa del hombre hasta la llegada de nuestro Mesías. ¿Acaso no está escrito: "el día que comas del árbol del conocimiento del bien y del mal, morirás sin remedio"? Si significa la muerte corporal, ¿por qué Adán y Eva comieron y no murieron al instante? Forzosamente hay que pensar que esa muerte se refiere sólo a la del alma, pues el mismo día en que comieron, fueron separados de la Gracia de Dios, y expulsados del jardín. Y en verdad, esa es la muerte principal a la que se enfrenta el hombre...

-Contesté yo, Shem Tob Ibn Shaprut: Si fuese como tú dices, y Dios decretó aquel día la muerte del alma de Adán y Eva, ¿cómo es que no decretó también aquel mismo día la muerte de sus cuerpos?  [...] Sabemos que Dios (bendito sea) es lento a la cólera y rico en misericordia, y se compadece del malvado. Y que cuando ha decretado una desgracia, no envía dos. Por lo tanto, si no decretó contra el hombre más que la muerte espiritual, ¿por qué le declara otras maldiciones como "vivirás del sudor de tu frente" o "parirás con dolor"? 

-Dijo el cardenal: todas esas maldiciones son como consecuencia de la sustracción de Adán y Eva de la Gracia de Dios, que es lo mismo que la muerte del alma.

-Respondí yo:Entonces, ¿qué necesidad tenía Dios de especificar todas esas maldiciones, si son cosas que se siguen naturalmente después de la muerte del alma? ¿Por qué omite lo principal -la muerte del alma- y enumera lo accesorio?  

-Replicó el cardenal: Pero  tú, ¿qué respuesta tienes a que no se mencione la muerte entre esas maldiciones?

-Dije yo: Las maldiciones son a modo de imágenes de penalidades, para amonestarles a que se comportasen mejor, se convirtieran al Señor y éste se apiadase de ellos, pues dice en Ezequiel: "Yo no me complazco en la muerte de nadie". Y dice también el Señor: "buscadme y viviréis". Así pues, les sometió a estos sufrimientos para que purgasen su culpa, de manera que sus almas se redimiesen y lograran contemplar la bondad de Dios y frecuentar su templo. [...] Dijiste que todas las maldiciones especificadas son en realidad castigos derivados de la maldición del alma. Entonces, cuando según tu opinión, esa maldición del alma desapareció al entregar vuestro Mesías su vida, hubieran debido desaparecer también el resto de maldiciones, que según tú proceden de la ausencia de la Gracia de Dios en el hombre por culpa de la maldición del alma, porque al desaparecer la causa, necesariamente desaparece también el efecto.

-Reconoció el cardenal: Sabía que me atraparías en las respuestas, y no me queda ninguna solución que pueda imponerse a tus palabras. Pero mi fe es la auténtica, según la tradición que conservamos, así que si los hebreos no creéis en ella, nuestra fe tampoco resulta perjudicada por ello...



Y esos, muy resumidamente (porque por más que a veces me interese puntualmente, la teología medieval es un asunto que, de puro bizantino, sólo la entendían a ciencia cierta quienes la desarrollaron en su tiempo) fueron los argumentos de la Disputa de Pamplona entre el cardenal Pedro de Luna y el rabino Shem Tob Ibn Shaprut, en la que, como hemos podido ver, el tudelano tuvo la inteligencia tan despierta como para saber envolver con su propia tela de araña a alguien tan versado en las Escrituras como era el futuro Papa de la obediencia de Aviñón. Y hay que ponderar también el valor mostrado por Shem Tob, para meterse en la boca del lobo -sin amilanarse lo más mínimo- que para un judío de aquellos tiempos suponía defender su fe ante una audiencia formada exclusivamente por eclesiásticos de alto rango. Y también delante del rey Carlos II, al que imagino disfrutando con el antológico "zasca" que su súbdito hebreo propinó al inoportuno cardenal.

Claro que podemos pensar que como quien cuenta lo sucedido es el propio Shem Tob, quizás no se impuso tan claramente a su adversario, y lo que hace es presumir de supuesta superioridad. Pero precisamente creo que el que no haya registros de este hecho por parte "cristiana" refuerza la veracidad de lo que cuenta nuestro compatriota Shem,  porque al cardenal no le gustaría dejar testimonio de que había sido vencido por un hebreo. Incluso la reflexión final de Pedro de Luna recuerda demasiado a la moraleja de la fábula de la zorra y las uvas como para no ser cierta.

¿Y por qué creo yo que fue el propio Carlos II quien pudo escoger personalmente al contrincante del cardenal? Pues porque Shem Tob, además de todas esas facetas, provenía de una familia de prestamistas muy reconocidos en Tudela, y teniendo en cuenta que el rey de Navarra estaba siempre a la cuarta pregunta, no me cabe la menor duda de que tuvo que hacer uso de sus servicios en busca de efectivo. En esos menesteres -y no desde luego en la sinagoga tudelana- conocería probablemente las capacidades retóricas de Shem, y pudo por tanto quizás solicitar a los habitantes de la aljama mejanera que fuera él su representante en la contienda. De todas maneras, viendo como se desenvolvió en la pelea, no cabe duda de que todos estarían de acuerdo en que él era el mejor campeón al que podían encomendarse.

El caso es que no se sabe mucho más de la biografía de Shem Tob, sólo que poco antes o poco después de su enfrentamiento con Pedro de Luna abandonó Tudela y se asentó en la cercana Tarazona, donde a pesar de practicar en teoría la medicina, fue en realidad el representante de otro prestamista tudelano: don Bitas Francés, que acabó denunciándole ante sus correligionarios aragoneses por su mal hacer, asunto que terminó en riña multitudinaria, porque al parecer, nuestro Shem Tob no sabía manejar sólo la oratoria, sino también los puños. Una nueva bronca con un representante de la sinagoga de Tarazona -lo de "polemista" ya vemos que se le quedaba muy corto- supuso que regresara a Tudela, donde al menos alguien llamado Shem Tob Shaprut (¿quizás un hijo suyo?) ejercía como arrendador de impuestos para la Corona hacia el año 1404.

Fuera este o no nuestro protagonista,  un documento fechado en 1410 menciona a un tal Gento Saprut, judío de Tudela, que "fue ajusticiado e muerto por condena de nuestra Cort por los grandes excesos que él en su vida cometió e fizo" (Comptos, Caj. 102, nº 34, II) Y verdaderamente me parece que pudo ser un epitafio perfecto para la asendereada vida de un hombre ciertamente tan excesivo, que derrotó a un Papa que se creía invencible.

Por cierto: Carlos II murió el 1 de enero de 1387, sin reconocer al Papa de Aviñón, cosa que haría inmediatamente su sucesor, Carlos III, al poco de acceder al trono.


Bibliografía: La disputa religiosa de D. Pedro de Luna con el judío de Tudela D. Shem Tob Ibn Shaprut en Pamplona (1379) / J. V. Niclós Albarracín. 
Revue des études juives, vol 160, 2001, pp. 409-433





® MIKEL ZUZA VINIEGRA, 2019


viernes, 18 de enero de 2019

EN SUS TRECE


Si os situáis bajo el crucero de la catedral de Pamplona, justo al lado del imponente sepulcro del rey Carlos III el Noble, y eleváis la vista al frente, hacia las vidrieras que en la parte más alta coronan el presbiterio (la zona del altar), podéis observar que las dos frontales están decoradas por una serie de ocho escudos heráldicos cada una, el más curioso de los cuales se halla en la de la izquierda, empezando por abajo. Es este que ahora os muestro:


Su descripción sería: cortado de gules y de plata, un creciente de plata ranversado, timbrado de tiara papal y sostenido por las llaves del Cielo, cruzadas y atadas por un cordón. Son por tanto las armas heráldicas de un Papa, y no de uno cualquiera, porque corresponden nada menos que a Benedicto XIII, Sumo Pontífice en la obediencia de Aviñón entre los años 1394 y 1429, y considerado por tanto -todavía hoy- antipapa y hereje por la Iglesia Romana. ¿Qué pinta por tanto su escudo en una catedral católica?


Y eso que, como se observa fácilmente, no se trata de una vidriera medieval, qué va, porque fue realizada hacia 1970 para ir rellenando los huecos que la explosión del molino de la pólvora del año 1733 había dejado entre las vidrieras originales (de principios del siglo XVI), de las que sólo se conservan en su lugar original -la nave central- cuatro de ellas. Aunque había unas pocas más, que fueron vendidas al sacamantecas y millonario yanki W. Randolph Hearts (en quien se inspiró Orson Welles para su Ciudadano Kane) por el cabildo pamplonés de los años 30, lo que demuestra que hay obispos y canónigos mucho más peligrosos para el patrimonio artístico que la pólvora, vaya que sí. El caso es que tres de esas vidrieras que "no valían para la catedral de Pamplona", decoran hoy en día la de Omaha, en Estados Unidos. Un crímen artístico de primera magnitud, y una demostración de ignorancia y de avaricia supinas.


Pero volviendo al Papa Luna, del que os hablé hace poco al glosar el sermón que dio en este mismo espacio catedralicio de Pamplona -siendo todavía sólo cardenal- con motivo de la declaración de obediencia del rey de Navarra al papa de Avignon Clemente VII, el 6 de febrero de 1390 (¿recordáis?: "Et la Corona del rey es redonda o circular por ser esta figura apropiada a la perfección de Dios, a la que el rey debe intentar acercarse todo lo que pueda, ya que Dios es también como una esfera, en la cual el punto medio está en todas partes, y su fin en ninguna..."), la explicación de la presencia de su escudo en la catedral de Pamplona no tiene nada de extraño, si tenemos en cuenta que era a Aviñón a quien reconocía el reino de Navarra cuando dicho templo (aunque en su anterior versión, románica) se vino abajo el 1 de junio de ese mismo y cargado de acontecimientos año de 1390. Y su amigo Carlos III el Noble seguía siendo fiel a esa obediencia cuando emprendió la reconstrucción, ya en estilo gótico, colocándose su primera piedra el 27 de mayo de 1394. Es decir: tan solo cuatro meses antes de que el cardenal Pedro de Luna fuese elevado al trono pontificio, el 28 de septiembre de ese mismo año.

Por lo tanto, quien en 1970 encargó esas vidrieras heráldicas, quiso honrar al Papa que gobernaba la parte de la Cristiandad en la que se situaba Navarra, que no fue otro que el aragonés Benedicto XIII, un papa que como os he dicho, incluso hoy en día -más de seis siglos después- sigue sin aparecer en el Anuario Pontificio, publicación anual que recoge, junto al listado histórico y oficial de todos los papas que ha gobernado la Iglesia Católica desde San Pedro, el registro de los cardenales, obispos, diócesis, departamentos de la Curia romana, misiones diplomáticas de la Santa Sede en el extranjero, congregaciones religiosas, universidades católicas y demás instituciones eclesiales que conforman la Iglesia en la actualidad. 

Es decir: que Roma sigue sin reconocer la legitimidad de los papas de Aviñón. De ahí la rareza extrema que supone que en una fecha tan tardía como 1970 alguien recordara que el escudo del testarudo aragonés merecía aparecer en las vidrieras de una catedral edificada bajo su proscrito pontificado. Y digo proscrito, porque hay autores, incluso existe una magnifica novela titulada "El anillo del pescador", escrita por J. Raspail, que sostienen que la linea pontificia legítima, la que defendía el concepto del primado de Pedro sobre la Iglesia era realmente  la de los papas de Aviñón, y que por tanto la Iglesia de Roma sería la impostora, y que incluso se habría mantenido una línea sucesoria de papas llamados todos ellos Benedicto, ocultos en Francia desde la muerte de Pedro de Luna, que mantendrían la verdadera legitimidad papal aviñonesa hasta la actualidad. ¿Quién sabe? Soñar cuesta tan poco...

¿Pero quién creo yo que pudo ser el responsable de ese vidriado recuerdo del Papa Luna en Pamplona? Pues si tuviera que apostar, lo haría por el eterno archivero de la catedral, el canónigo José Goñi Gaztambide, uno de los hombres más sabios, eruditos y de mayor capacidad de trabajo intelectual e historiográfico que habrá habido en Navarra. Y también el último canónigo que vivió en las dependencias de la propia catedral, como sus antecesores medievales. Tuve la inmensa fortuna de que una vez nos sirviera de guía personal en una visita a la catedral de Pamplona, que conocía palmo a palmo, y no sólo en el estado en el que se encontraba en ese momento, sino también en el que había llegado a tener alguna vez. Fue un auténtico privilegio poder escucharle. 

De todas maneras, y después de lo que he afirmado en el párrafo anterior sobre la posible existencia de una línea de Papas diferente a la romana, ¿quiere eso decir que piense yo que don José Goñi Gaztambide era un aviñonista oculto? Por supuesto que no, aunque ciertamente sería un arranque más que sugerente para un cuentico de los míos, ya veremos... No, simplemente quería decir que lo lógico al encargar las vidrieras sería asesorarse por quién más sabía sobre los benefactores de la catedral a lo largo de los siglos, y ese alguien sólo podía ser el archivero Goñi. Así que desde aquí le agradezco ese pequeño pero inusual rasgo de "herética" libertad en la siempre más que conservadora Iglesia navarra.

 D. José Goñi Gaztambide

Pero todo esto no resta atracción ninguna a la inmensa figura histórica del Papa Luna, otro verdadero prodigio intelectual de su época, capaz de hablar durante más de siete horas en latín (y tenía ya más de ochenta años) para defender sus justos derechos, como hizo en 1415 en Perpiñán ante el emperador Segismundo y ante el rey de Aragón Fernando I de Trastámara, que le debía su corona, conseguida por el apoyo de la Iglesia aragonesa en el Compromiso de Caspe. Por eso cuando ambos le retiraron la obediencia y le obligaron a refugiarse en Peñíscola, Benedicto XIII, citando los Salmos -pues no en vano era el mayor teólogo de su tiempo-  le dijo: "me qui te feci missisti in desertum" (A mí, que te hice rey, me envías al desierto...).  

Y es que ninguna autoridad política o eclesiástica (que para librarse de los tres papas simultáneos que llegó a haber en lo que se conoce como el Cisma de Occidente, terminaron por defender la primacía de los cardenales sobre el Papa en el gobierno de la Iglesia)  fue capaz nunca de rebatir su fundadísimo e impecable argumento: Decís que sólo los Cardenales pueden elegir Papa; pues bien: todos los cardenales actuales son posteriores a 1378 (año del inicio del Cisma) menos yo, que soy por tanto el único cardenal indiscutible, ya que no fui nombrado por ningún papa cuya legitimidad pueda ahora discutirse, sino por el último que la tuvo sin duda alguna; y, como único cardenal legítimo que queda, sólo yo puedo elegir Papa; por tanto, me elijo a mí mismo, y así no podréis poner más en cuestión que soy el único verdadero”. 

Pero no le hicieron caso, y en poco tiempo todas las naciones cristianas le fueron retirando la obediencia a partir de ese año del Señor de 1415. También Navarra, regida todavía por su amigo Carlos III el Noble, que quizás en esta ocasión no hizo demasiado honor a su sobrenombre, pues él también debía mucho a uno de los mejores y más dignos portadores del anillo del pescador. El último Papa de Aviñón, que no renunció jamás, como todos le exigían. Que se mantuvo siempre en sus "trece".

Alguien cuyo poder de elocuencia y dominio de la dialéctica le hacía prácticamente invencible en el campo de la Teología, hasta que tropezó con un tudelano. Aunque esa sea una historia que os contaré otro día...

Busto-relicario de San Valero, supuesto retrato fidedigno de 
Benedicto XIII, ofrecido por él mismo a la Seo de Zaragoza

 

 ® MIKEL ZUZA VINIEGRA, 2019

lunes, 14 de enero de 2019

BIEN HALLADO



Mientras preparaba mi libro "Príncipe de Viana: el hombre que pudo reinar", fueron saliéndome al paso multitud de personajes que llevan 600 años durmiendo el sueño de los justos en los documentos de Comptos. A algunos los incorporé a mi narración, a otros, por su especial rareza o interés, los dejé para otra ocasión.

Uno de los que más llamó mi atención fue aquel de quien hoy voy a hablaros, porque su mera existencia supondría, en un sentido amplio, la confirmación de que Carlos de Viana, y sus hermanas, las princesas Blanca y Leonor tuvieron otro "hermanico" desconocido.

Sí, se sabe que la reina doña Blanca y su marido Juan II tuvieron 4 vástagos, porque la primera de sus hijas, la infanta Juana, murió con apenas tres años en Tudela, a principios del año 1425, cuando sus padres todavía no reinaban (lo harían a partir de septiembre de ese mismo año, cuando murió Carlos III el Noble en Olite). Curiosamente, la tumba de Juana es la única de los cuatro hermanos que conservamos, muy probablemente porque murió tan pequeña, que a su padre no le dio tiempo a martirizarla, que es a lo que se dedicó con gran esmero con sus otros tres hijos, que ni tiempo tuvieron en su asendereada vida para fijar su lugar de enterramiento.

Pero la infantica Juana fue sepultada en los Franciscanos de Tudela, templo derribado tras la desamortización, a mediados del siglo XIX, y del que la Comisión de Monumentos de Navarra pudo salvar el sepulcro del que hablamos, aunque desafortunadamente, no su lauda, de la que por un dibujo antiguo sabemos que mostraba la figura yacente de la princesica. Como decía, en la actualidad podemos contemplar la tumba en el Museo de Navarra.



Pero no me estaba refiriendo a Juana con lo del "hermanico" desconocido, sino a otra persona también sepultada, no entre piedras bien labradas, sino entre papeles muy bien escritos, el primero de los cuales lleva fecha de 6 de junio de 1440:


Ahí tenemos pues al misterioso Johanico Trobat, "criado de la reina", que paga sus gastos de manutención a una nodriza llamada María de Tineo. Pero un criado no es un hijo, ¿así que por qué digo que los principes de Navarra tuvieron un hermano que había pasado desapercibido hasta ahora?
Pues por lo que sorprendentemente afirma dos años más tarde el siguiente documento, fechado el 20 de febrero de 1442: 


"Johanico Trobado", es decir, en castellano moderno: "Juanito Encontrado", ¿y dónde lo encontraron? En la puerta de la iglesia de San Jorge de Tudela, que en aquel año de 1439 -fecha de tan feliz descubrimiento- todavía estaba situada en la actual Plaza del Mercadal de aquella ciudad.



Y que según el erudito Juan Antonio Fernández, era más o menos así. O sea: una fábrica gótica de una sola nave, con dos campanarios. A la puerta de esta iglesia, que no comparte con la actual más que la advocación de San Jorge, es donde la madre o el padre verdaderos dejarían a Johanico, sabiendo o bien que precisamente por aquel mismo lugar iba a pasar la reina doña Blanca, o bien que al menos estaba alojada en aquel momento en el palacio real de Tudela, y no dejaría por tanto sin protección a la criatura abandonada, pues era famosa por su bondad y por su exacerbada piedad, que demostró con creces al amparar al niño y al encomendár su crianza (de ahí la denominación de "Criado" del primer documento, que no quería decir, como podríamos entender actualmente, que fuera alguien al servicio de la reina, sino un niño cuya crianza estaba a cargo de la soberana de Navarra) a una nodriza llamada María de Tineo, mujer de un pescador tudelano llamado Johan de Aibar. Puede que incluso en la Tudela medieval, la puerta de la iglesia de San Jorge fuera el lugar acostumbrado para abandonar a las criaturas que no se podía o no se quería reconocer.

Observemos, sin embargo, que todos los recibos los firma el príncipe de Viana, porque su madre, doña Blanca, no hubiera podido hacerlo, ya que salió a principios del año 1440 de Navarra para acompañar a su hija del mismo nombre a su boda con el príncipe Enrique de Castilla, y ya no regresó de aquel reino (al menos con vida, aunque esa es otra historia), pues falleció en Santa María de Nieva -Segovia- el 1 de abril de 1441. Pero la Casa Real de Navarra siguió atendiendo el deseo de la monarca y pagando la manutención del tudelano Johanico, como atestigua el siguiente documento, fechado el 18 de enero de 1444:



 Aunque aquí el magnífico archivero Florencio Idoate tuvo un error de transcripción, porque ya hemos visto que Juanito fue encontrado en 1439, y no en 1429, concretamente en el mes de marzo. Por cierto que ya vemos que la nodriza se queja de no haber recibido nada en 1443, posiblemente por el inicio de las desavenencias entre el príncipe de Viana y su padre, que acabarían desembocando en la feroz guerra civil iniciada en 1451, aunque su auténtico origen estuviera en la muerte de la reina propietaria, diez años antes.


Pero a pesar de todo el príncipe siguió ocupándose de su "hermanastro" Johanico, esta vez proporcionándole tela para que María de Tineo le tejiera un traje. Y la última aparición documental de tan singular personaje está fechada el 16 de mayo de 1446, cuando María de Tineo recibe un salario de 18 libras, por cuidar al ya mozuelo -7 años- Johanico, como le encomendó la difunta reina doña Blanca. 


Es una verdadera lástima que no volvamos a saber más de Johanico, porque... ¿qué partido habría tomado cuando estallase la futura guerra entre su "hermano adoptivo" y su "padre adoptivo"? Sabiendo, como ahora sabemos, el trato que dispensó Juan II a sus hijos legítimos, no cabe demasiada duda de cómo hubiera tratado al adoptivo -por llamarle de algún modo-, así que quiero pensar que Johanico se habría puesto de parte de su hermano Carlos, aunque teniendo en cuenta que en 1451 sólo tendría 12 años, no estaría para entrar en combate alguno. En cualquier caso, al menos como escritor tampoco me parece mal no saber nada más sobre Johanico, porque eso me permite imaginar muchas de sus posibles andanzas, y no digo que en un futuro no vaya yo a novelarlas, porque me parece que tienen muchas posibilidades...

Aunque, bien pensado, quizás lo más lógico sería apostar por que el mocete murió en algún momento a partir de la primavera de 1446, quizás porque quienes debían mantenerlo ya estaban a otras cosas más graves y dejaron de hacerlo, quizás simplemente porque en aquella época la mortandad infantil era terrible, y no bastaría con el pescado del Ebro para mantener la precaria salud del chico. Si hubiera vivido más años doña Blanca, quizás la vida de su protegido hubiera sido distinta, o quizás no, quién sabe. 

Lo único cierto es que el tudelano Johanico Trobado podría presumir, al menos durante unos años, de haber sido salvado por una reina, igual que seis siglos después, unos olitenses de buen corazón lanzaron una campaña para salvar a la propia doña Blanca, al menos a la única representación fidedigna que de ella nos queda, que estaba a punto de perderse por el abandono y por el cierzo que sopla por aquel bendito lugar. Y consiguieron su objetivo, cosa que aplaudo y les agradezco sobremanera...





© MIKEL ZUZA VINIEGRA, 2019







sábado, 12 de enero de 2019

¿CÓMO ERA LA CORONA DE LOS REYES DE NAVARRA?


Aprovechando que justamente hoy se cumplen 525 años exactos de la última coronación de unos reyes de Navarra en donde ordenaba el Fuero: ante Santa María de Pamplona, voy a hacer un repaso a las distintas coronas que por los testimonios histórico-artísticos que se han conservado podemos suponer que pertenecieron a los reyes y reinas de Navarra.

Vaya por delante que no hay constancia documental alguna de que hubiera una sola corona o una sola espada que se transmitieran de monarca en monarca, o que se emplearan por decreto en cada ceremonia, como todavía ocurre por ejemplo con las de los reyes de Inglaterra, así que lo más probable es que cada soberano navarro se hiciera una a su medida, porque estrictamente hablando, recordemos que una corona no es más que un aro que se coloca sobre la cabeza, generalmente como adorno, en señal de premio o como símbolo de nobleza o dignidad, así que según el tamaño de la cabezota de algunos y algunas de los nativos, así variaría también el peso y el tamaño de los materiales preciosos empleados para confeccionar la corona del reino de Pamplona primero, y del de Navarra después.

Si no tenemos en cuenta los retratos de Sancho II Abarca que aparecen en el Códice Vigilano y en el Emilianense, realizados hacia el año 994, y en los que su cabeza más que coronada se muestra nimbada, como si fuera un santo, las primeras representaciones de algo parecido a una corona sobre las sienes de un rey de Pamplona serían las que aparecen en las primeras monedas acuñadas en nuestro territorio: las del rey de Aragón y pamplona Sancho V Ramírez. Un modelo numismático, por cierto, que fue repitiéndose con sus hijos Pedro I y Alfonso I, y que pasó sin cambios importantes a la nueva dinastía, representada por García V Ramírez, su hijo Sancho VI el Sabio, y su nieto Sancho VII el Fuerte.



Los seis reyes aparecían en sus monedas de perfil, llevando en la cabeza más que una corona una diadema o una cinta, herederas ambas características de las monedas romanas, en las que los emperadores aparecían también de manera lateral, coronados por ramas de laurel o de olivo.

Lo cierto es que sólo se conservan tres retratos fidedignos de los reyes de Navarra. A saber: las figuras yacentes de Sancho VII el Fuerte en Roncesvalles y de Carlos III el Noble en Pamplona, y la que que muestra a doña Blanca I en el claustro de Santa María de Olite. Esas tres representaciones son las que fundamentalmente nos permiten hoy en día extraer el tipo de coronas que llevaron los tres.

Sancho VII el Fuerte falleció en Tudela en 1234, y tras muchas vicisitudes y dos entierros, fue sepultado en la nave central de la colegiata de Roncesvalles, bajo un sepulcro del que sólo se conserva actualmente su estela funeraria, y donde es su imponente altura -que concuerda con los testimonios históricos y forenses- es lo que más ha llamado la atención de los estudiosos y visitantes. La corona que lleva es abierta, como todas las medievales, de ocho puntas, cuatro más altas, y decorada con abundante pedrería en forma de cruz.

Aunque podamos dudar de que en tan temprana fecha (primer tercio del siglo XIII) el escultor tallase un retrato riguroso del rostro de Sancho, sí que podemos suponer que reflejaría lo más exáctamente posible la corona del rey, porque es más que posible que la tuviese delante. Además, esa corona es bastante similar a las que -más esquematicamente- aparecen dibujadas por Ferrando Pérez de Funes en las dos Biblias que elaboró para dicho monarca hacia el año 1198.




El rey Carlos II, ya a mediados del siglo XIV, recuperó la efigie regia en las monedas navarras, perdida desde tiempos de los Teobaldos, y se hizo representar coronado y hasta casi sonriente (con el genio que él tenía) en este precioso gros de plata: 


 Ya veis que su corona era abierta y con puntas posiblemente flordelisadas, aludiendo a su ascendencia francesa. Y poco más tarde encontramos el espléndido sepulcro de Carlos III el Noble en la catedral de Pamplona, realizado por Jean Lome de Tournai hacia 1415, cuando el rey aún vivía, por lo que si sabemos que lo representó tal y cómo él era, no tenemos por qué tener duda de que la corona que situó sobre su cabeza y sobre la de su esposa Leonor eran las más lujosas que aquel rey poseía, las que él mismo escogió para que le acompañasen por los siglos de los siglos.


Vemos que es una corona abierta, decorada con abundante pedrería (toda ella desaparecida, aunque lo más probable es que sólo fuesen cristales de colores y no joyas verdaderas) y con las puntas en forma de hoja o tallo vegetal. Los estudios más recientes apuntan que el rey está representado con el mismo traje del día de su coronación, así que es muy posible también que su corona fuera también la empleada aquel día, el 29 de julio de 1390.

Curiosamente tenemos un testimonio precioso sobre aquel día y sobre aquella corona, pues el encargado de predicar el sermón del día de la coronación fue el cardenal aragonés Pedro de Luna, venido desde Aviñón para participar en la ceremonia y para conseguir que el rey de Navarra abandonase la obediencia del papa de Roma, cosa que logró haciendo un gran elogio público de la Realeza navarra, y jugando dialecticamente con los conceptos de Corona (el reino de Navarra) y de corona (la joya que adornaba la cabeza del rey de Navarra). Os copio un resumen muy escueto de su discurso, actualizando algunas palabras para que se entienda mejor: 

"Un conocido dicho afirma: 

Antigua observancia es que el rey en Pamplona,

por ornament de Gracia reciba corona".



"Y dicen las Sagradas Escrituras: Nuestro Sennor Dios dará a la vuesta cabeça acresçentamiento de Gracias, et corona muy noble la cubrirá".



"Podemos considerar por tanto en la corona del rey la materia, que es de oro, por el qual es significado el poder real, por quanto, segunt dizen los doctores es metal muy precioso, mas aun propiamente, por quanto no recibe en sí corrupción, et por esto significa fidelidad, en la qual es fundado el poder real en tres aspectos. Es a saber, en la fidelidad que el rey ha de tener a Dios, en la fidelidad que los súbditos han de tener al rey, et en la fidelidad quel rey ha de tener a los súbditos.


Podemos también considerar que la forma de la corona es redonda o circular, por lo qual dizen los doctores que es significada perpetuación del reino, mas aun propriament esta figura es apropiada a Dios, a la perfección del qual el rey debe intentar acercarse.



Dize el venerable doctor Alano que Dios es una esfera inteligible, de la qual el punto medio es en toda part, et la fin suya no es en ningún lugar. Mas aun en la forma de la corona hay puntas et todas en la parte de arriba por significar que la intençion del rey toda debe ser guardar a Dios et a la gloria celestial, no a ninguna cosa terrenal.


Et podemos considerar quel ornament de la corona es de piedras preciosas, por las quales son significadas virtudes las quales son de quatro naturas, es a saber: balaxes o rubíes, por los quales es significada sabiduría o prudencia; item zafiros, por los quales es significada justicia; item esmeraldas, por las quales es significada templanza; item diamantes, por los quales es significada fortaleza et constancia…"


De esta forma, y gracias a quien acabaría convirtiéndose en el papa Benedicto XIII (el único verdaderamente legítimo, y no los de Roma, aunque esa es otra historia), sabemos qué significaba espiritual y simbólicamente la Corona para un hombre del Medievo, y sabemos también más concretamente cómo era la corona del rey de Navarra, al menos la del rey Carlos III el Noble: de oro, adornada con rubíes, zafiros, esmeraldas y diamantes. 


Y queda la tercera representación de un rey navarro, en este caso de una reina: doña Blanca I, la hija de Carlos III, situada en la puerta del claustro de Santa María de Olite. Bueno, ahora hay una réplica, porque afortunadamente se llegó a tiempo de salvarla de la erosión, pero el caso es que tanto la figura original como la copia muestran a la gobernante con una corona abierta, adornada por joyas, y que parece más baja que la de su padre, aunque puede que la moda de las coronas femeninas fuera así en aquel momento, y puede también que las puntas y florones de la corona se hayan perdido con el tiempo, como interpretó el autor de la réplica.

Original

Copia

El caso es que de las coronas de Blanca I tenemos un par de testimonios más: las pintadas en la bóveda de la catedral de Pamplona alrededor de sus armas heráldicas, de ocho puntas terminadas en flores de lis (recordad: el símbolo de la realeza de Francia), con el triple lazo de la dinastía de Evreux decorando la cruz frontal:




Y esta moneda de plata acuñada por Blanca I y por su marido Juan II de Aragón. Es un gros, también conocido popularmente por el nombre de Corona, no hará falta explicar por qué: 


 En cualquier caso, mucha de la riqueza de la familia real de Navarra (la vajilla más rica que principe hubiera tenido jamás, dice la documentación de Comptos) la dilapidó el citado Juan II en sus guerras de Castilla, obligando muchas veces a su esposa -que era la reina propietaria- a empeñar sus joyas o a malvenderlas, así que muy probablemente ninguna de las coronas de la casa real de Navarra llegó jamás a manos del príncipe de Viana o de sus hermanas Blanca o Leonor, entre otras cosas porque a los dos primeros no les dejó reinar su padre, el ínclito don Juan, y a la tercera sólo 15 días, que fue el exiguo tiempo que ella pudo sobrevivir a su tiránico progenitor, fallecido -¡por fin! el año 1479.

A partir de esa fecha, los únicos testimonios que sobre coronas de los reyes de Navarra puedo aportar son los que aparecen en las monedas acuñadas por los últimos reyes de Navarra, esos cuya coronación conmemoramos hoy mismo: 12 de enero de 2019. A Catalina I de Foix -que pronto dará felizmente nombre a una avenida pamplonesa- y a Juan III de Labrit -que hace cien años ya que da nombre a una calle y a un famoso frontón- me estoy refiriendo, que cuando acuñaron escudos de oro, recuperaron la costumbre -perdida desde tiempos de Carlos II- de incluir en el anverso el retrato regio. Tosco, eso sí, pero retrato al fin y al cabo.



Podemos ver que las coronas de ambos son iguales, y bastante altas las dos, con sus puntas flordelisadas y sus joyas decorando el aro. Probablemente así serían las coronas de los últimos reyes alzados en la catedral de Pamplona, y probablemente se las llevaron con ellos al exilio, cuando Fernando de Aragón invadió el reino en 1512. Pienso que si se las hubieran dejado en Pamplona, el usurpador habría hecho ostentación de ellas al incautarlas. Como no ocurrió así, lo más lógico es que se las llevaran consigo al Bearne por dos razones fundamentales. 

La primera: porque eran las joyas más representativas, las que les hacían reyes ante cualquiera. La segunda: porque por esa misma razón, que eran joyas, y por lo tanto valiosas, podían emplearlas en caso de necesidad económica, y recordemos que levantaron un ejército en dos ocasiones (1512 y 1516) para intentar recuperar su reino, con lo cual creo con bastante fundamento que el fin de las coronas de los reyes de Navarra sería ser fundidas para pagar tropas con el dinero obtenido por ellas gracias a algún prestamista. 

Y si ese fue su fin: contribuir al intento de recuperación de la libertad perdida por su pueblo, me parece un final más que digno y hermoso para las coronas de unos reyes legítimos, como lo fueron Juan y Catalina. 

Dibujo de la coronación de Juan III y Catalina I hecho por Juan Luis Landa
para su libro 1512: In memoriam




® MIKEL ZUZA VINIEGRA, 2019





















sábado, 17 de noviembre de 2018

EL CAPITÁN VILLARREAL Y YO

En los largos veranos de Pedroso, la misa de los domingos era una cita ineludible a la que ineludiblemente también solía llegar siempre tarde, apurando hasta el tercer toque de la cantarina campana en casa, y bajando acto seguido corriendo hasta entrar, intentando hacer el menor ruido posible -lo que resultaba complicado, dado el tamaño de las puertas del cancel de la iglesia, decoradas con dos sentencias que a mí me parecían que habrían sido dictadas por el Tribunal de la Inquisición: "En la casa del que jura, no faltará desventura", y "Esta es casa de oración, y no de conversación". En todo caso, nadie las hacía ya demasiado caso, y lo que es al final del templo, donde nos sentábamos los chavales, casi siempre en un banco en el que alguien -vete a saber cuándo- había grabado la palabra "Keleto", las conversaciones eran largas y provechosas, pues normalmente versaban sobre la rapidez a la que saldríamos en cuanto el cura dijese: "podéis ir en paz".

No obstante, otras veces, ya fuera por el calor ambiental, o porque la prédica desde el altar resultara más aburrida aún que de costumbre, una especie de sopor o modorra invencible caía sobre la parte masculina de los fieles -las mujeres se sentaban todas en los bancos de delante- y, si estabas atento, podías pasar un buen rato apostando a ver quién iba a ser el siguiente en dar una buena cabezada o incluso en roncar sin miedo al castigo divino. Se acababan también las ganas de hablar o de contar cuántos murciélagos podían salir de las capillas en plena misa. Todo era entonces silencio y sueño...

Debió ser en una de esas ocasiones casi a punto de cerrar los ojos arrullado por el sermón parroquial, cuando reparé por primera vez en un cuadro que colgaba, sin marco, junto a la puerta de entrada. Representaba a una especie de mosquetero (al menos iba vestido igual que los de las películas), con larga melena, bigote y perilla, y además llevaba una magnífica espada de la que se adivinaba una empuñadura de lujo sobre la que reposaba su mano izquierda. Con la derecha sostenía un elegante sombrero, junto a una mesa cubierta de seda roja, en la que se veían pluma, tintero, y una carta en la que resultaba imposible, desde donde yo  me encontraba, leer que ponía.


EL CAPITÁN JUAN DE VILLARREAL ALMARZA Y MORENO
NATURAL DE PEDROSO (LA RIOJA)
HACIA 1670
Para más señas, el lienzo estaba colocado justo encima de una especie de huchas excavadas en la pared que llevaban escrito en las puertas que las protegían algo así como "Pan de San Antonio" o "Pan de los Pobres", no recuerdo bien, pero que por la antigüedad que aparentaban yo imaginaba siempre llenas de doblones o escudos de oro. A veces echaba yo dentro alguna peseta, sólo por oírla caer sobre ellos, y poder corroborar así, por el tintineo, si era cierto que estarían repletas de monedas de aquellas que sólo aparecen ya en los cofres de los piratas.

No creo -ahora- que al abrirlas en alguna restauración aparecería doblón alguno, pero si salieron varias pesetas (puede que hasta algún duro incluso) de la época del Mundial 82, puedo asegurar sin temor a equivocarme que primero estuvieron  en la cartera de mi padre o de mi madre. Conste que, como he dicho, lo hacía como experimento científico-numismático.

Muchas veces, desde aquella primera, me fijé yo desde nuestro banco en el caballero, que resultó tener el grado de capitán y llamarse Juan de Villarreal Almarza y Moreno, según rezaba la inscripción que tenía a sus pies, y que sí que se podía leer desde abajo. Pero la carta sobre la mesa seguía sin poder leerla... Tuve que esperar a un toque de campana especial, que sólo se daba justo antes de fiestas, para que quien quisiera acudiese a limpiar la iglesia, para, encaramado a una endeble escalera de doble hoja, ponerme casi a la misma altura del capitán y leer al fin: "A Pedro Lázaro Ruiz, pintor, mi amigo, que Dios guarde, con dos mil pesos..."

Dos mil pesos... Sonaba a fortuna de las grandes, no en vano parecía ser que el capitán Villarreal, hijo de la villa de Pedroso, había llegado a ser Gobernador General de México allá por el año 1670, aunque nunca había forma de probar de dónde sacaban ese dato los contadísimos libros que hablaban del personaje, y que a lo largo de los años pude consultar. Tampoco era que me importase mucho entonces ni ahora qué es lo que llegó a ser realmente el paisano representado en aquel cuadro.

No, prefería y prefiero imaginármelo tomando agua de limón para refrescarse mientras descansa de su sesión de esgrima, durante la que ningún contrincante puede siquiera soñar con alcanzarle, pues es legendaria su rapidez y destreza, adquiridas ambas, sin duda alguna, cuando siendo niño la pelota escapaba rodando de la plaza, y había que lanzarse a por ella calle abajo, desbocado ante el miedo de que acabase en la Cueva, si no la alcanzabas antes. O puede que su técnica fuese también perfeccionada esquivando las piedras que lanzaba Mario con puntería certera, si veía a los chavales encaramarse al muro para coger sus avellanas. O quizás corriendo en la Rampla al otro lado de la pared del frontón, para poder ver dónde caía la pelota y no darla por perdida.

O me imagino también al capitán Villarreal en una de sus campañas en los desiertos mexicanos, añorando el agua helada de Fuentepiojosa, o lo veo capaz de subir los cerros más altos, tarea poco dificultosa para quien desde muy pequeño subía y bajaba del Serradero sin despeinarse, siendo capaz asimismo de deslizarse desde los muros altos de las fortificaciones virreinales hasta el suelo, empleando la técnica aprendida en los resbaladeros cubiertos de paja del Carrascal.

O echando de menos las noches en las que el cielo de agosto se llena en la Carrera o el Patrocinio de las estrellas que caen vertiginosas. O adivinando la hora que es sólo con mirar la peña del Reloj, allá enfrente, en Tobía. O mirando el monte San Lorenzo nevado desde el camino del Roble. O haciéndosele la boca agua con las sabrosas tortas que maese Sobrón elabora en Baños de Río Tobía, aunque sus médicos le digan que es mucho más sano comer sólo nueces, cosa en la que él está en el fondo totalmente de acuerdo, por eso repite siempre a quien quiera escucharle que las mejores nueces de Europa y de América son las de Pedroso. Con el barco correo de Yucatán se hace traer todos los años un saco, aunque para cuando llegan a México están ya un poco secas, pero bien molidas curan cualquier enfermedad o melancolía...


Sí, así me imagino yo al Capitán don Juan de Villarreal, al que ahora le hacen hasta estupendas visitas guiadas y a quien sé que pusieron todavía más guapo en una reciente restauración, y que hasta lo llevaron a una Gran Exposición sobre el Barroco en La Rioja.

Aunque siguieron dejándole sin marco, probablemente porque así tiene mucho más fácil bajar a mezclarse con sus paisanos y paisanas, al menos alguna noche de Fiestas en el bar de Fidel. Creo que una de esas veces tuve que pagarle yo su vaso de ron, porque según me dijo no tenía más que doblones en su faltriquera, y esa ya no es moneda de curso legal más que en los sueños. Sobre todo en los que nacen en la infancia...



© MIKEL ZUZA VINIEGRA, 2018