domingo, 12 de febrero de 2017

EN CAMINO

Castillo de Mont de Marsan (Gascuña), 12 de febrero de 1517

-Madre, ¿estáis segura de que os conviene permanecer en lo alto de esta torre,  a merced del helador viento de las montañas?

-¿Estás seguro de haber colocado mi silla mirando al sur, Enrique?

-Sí, justo en el mismo lugar desde donde tantas veces padre y vos misma me habéis enseñado el camino que lleva de vuelta a Navarra.

-Esa es una ruta que yo ya no podré emprender en vida, Enrique. A ti te corresponde recuperar lo que es tuyo por herencia y por derecho. Eres el príncipe de Viana, heredero de los Estados de Navarra y de Bearne. No lo olvides nunca. Naciste en Sangüesa, que es villa de las más importantes que hay en nuestro reino. Tus hermanos y hermanas nacieron también todos en él. Ellos y ellas te apoyarán para que cumplas el destino para el que naciste: Ana, Catalina, Juana, Quiteria, Buenaventura, Francisco, Carlos e Isabel. Sólo Martín, Andrés y Magdalena no podrán ayudarte. Los tres murieron. ¿Los recuerdas?

-A Andrés y Martín sí, madre. Murieron mientras intentábamos todos alcanzar el Bearne para no caer en manos del duque de Alba, el invasor enviado por Fernando de Aragón para invadir Navarra. Ni siquiera pudimos parar a enterrarlos como dos príncipes merecen, que tuvimos que seguir a uña de caballo mientras ordenábais que fuesen llevados a sepultar a Leyre, ese antiguo monasterio que tantas veces me  habéis contado que guarda los restos de los primeros reyes. A Magdalena, en cambio, no la llegué a conocer. 


© CÉSAR OROZ "¿POR QUÉ LO LLAMAN ANEXIÓN CUANDO QUIEREN DECIR CONQUISTA?"
-Era la niña más risueña que una madre haya parido nunca de sus entrañas, Enrique. Nunca la vi llorar, salvo cuando Isabel de Castilla exigió, como garantía de uno de aquellos chantajistas tratados con los que pugnaban por maniatarnos, que le fuese entregada como rehén. Las amenazas contra navarra en caso de negarnos eran tan fuertes, que tuvimos que ceder. Llevo su llanto clavado en mis oídos desde entonces, y veo la carroza en la que se alejaba de Pamplona cada vez que cierro los ojos. Nunca, a pesar de todas las veces que reclamamos que nos la devolvieran, volvimos a verla. Murió -o más bien la dejaron morir- en el castillo de la Mota. 
Ahora Isabel y Fernando están muertos también, y espero que Dios les haga pagar en el Infierno todo lo que nos hicieron. Así se lo pido yo todos los días mientras rezo. Así se lo he de volver a rogar muy pronto, en cuanto muera y esté por fin ante su presencia.

-No digáis eso, madre. ¿Qué haré yo si me faltáis también vos? No hace ni un año que murió mi padre, y sólo soy un niño...

-Pues si eres un niño, acuérdate de esos otros tres niños, tus hermanos, y también de cómo murieron. Haz acopio de fuerzas, busca aliados, los que sean, y cuando estés seguro de poder lograrlo, enfila por ese camino que lleva al sur, y haz que no haya localidad en Navarra, por pequeña que sea, que no grite "¡¡Enrique, Enrique!!", cuando vean que se aproximan nuestras banderas y estandartes. No puedo dejarte más herencia que la sangre que viene de aquellos primeros reyes que en Leyre custodian a tus hermanos. 
¿Me preguntas que qué harás? Decir a todos bien fuerte que eres el rey de Navarra, el lugar cumplido de todo bien que está al final de ese camino...


Y FUE ESCRITA ESTA HISTORIA EL DÍA 12 DE FEBRERO DE 2017, 5º CENTENARIO DE LA MUERTE DE LA REINA CATALINA I, ÚLTIMA REINA DE HECHO Y DE DERECHO DE LAS DOS NAVARRAS. 

EN MAYO DE 1521, EL SEÑOR DE ASPARROTS, EN NOMBRE DEL REY ENRIQUE II DE NAVARRA, RECUPERÓ EL REINO Y SU INDEPENDENCIA DURANTE UN MES. FUE LA ÚLTIMA VEZ. 
DURANTE LA REPRESIÓN POSTERIOR QUE LLEVARON A CABO LOS VENCEDORES DE LA BATALLA DE NOAIN, BIEN PAGADOS POR EL EMPERADOR CARLOS V, UNA DE LAS ACUSACIONES PRINCIPALES QUE SE HIZO A LOS Y LAS HABITANTES DE SANGÜESA Y DE MUCHAS OTRAS VILLAS Y LUGARES DE NAVARRA ES QUE HABÍAN SALIDO ALBOROZADOS A RECIBIR A LOS ENVIADOS DEL LEGÍTIMO REY AL GRITO DE "¡¡ENRICH, ENRICH!!"





© Mikel Zuza Viniegra, 2017

miércoles, 25 de enero de 2017

UNA NUEVA ESPERANZA


Ayer, alarmado ante la noticia de que el desquiciado proyecto urbanístico que supone levantar torres de hasta 17 alturas en el solar que dejará Salesianos seguía para adelante, escribí una crónica que era tanto un grito de socorro como un mensaje dentro de una botella arrojada al siempre agreste e ignoto mar de la burocracia administrativa.

El hecho es que no podía yo creer que el nuevo Ayuntamiento diera su visto bueno a semejante locura, porque de ninguna otra manera puede llamarse a lo que cualquiera que sienta un poco esta ciudad ve inmediatamente: esas torres supondrían la modificación criminal y perpetua del horizonte más conocido, pintado y fotografiado de Pamplona/Iruña.

Es evidente que hay gente a la que todo esto se la trae al pairo, y que no cambiarían diez mil paisajes por un sólo cubo de hormigón. Pero yo no escribo para ellos, sino para quienes aún guarden dentro de sí un mínimo de preocupación por no alterar gravemente el entorno del que disfrutan. Y si lo disfrutan es gracias a que otros antes que ellos  lo cuidaron para que pudiese llegar hasta nosotros. Lo cierto es que no concibo más que un mandamiento urbanístico: no perder el tiempo -ni el dinero- en arreglar lo que no está estropeado.

Y he de decir, vista la información sobre la rueda de prensa que sobre este asunto han dado hoy el alcalde Joseba Asirón y el concejal Joxe Abaurrea, que afortunadamente el Ayuntamiento del cambio no está de acuerdo con el proyecto de Salesianos tal y cómo lo dejó -pésimamente, comme d'habitude- planteado UPN, y sobre todo con que esas torres de Mordor se recorten contra el cielo furiosamente azul que, los días de verano, puede contemplar todo aquel que suba desde Burlada, pasee por la Magdalena o simplemente se detenga embobado a disfrutar desde cualquier rincón prácticamente de la misma panorámica que dejaron dibujada los diletantes viajeros dieciochescos. Y júzguese si eso es o no es un privilegio, cuando los adoradores del cemento no paran de llenarlo todo en derredor con sus feísimas ocurrencias.



Os pego el enlace a dicha rueda de prensa, porque ellos evidentemente se explican mucho mejor que yo, y también para que veais que nunca, jamás, conviene perder la esperanza. Jugaba yo ayer en mi crónica a hacer analogías con "La Guerra de las Galaxias", y veo que, casualmente, en la nueva numeración de la saga, la que los de mi generación tuvimos por primera parte es ahora considerada la cuarta, y que su título es "Una nueva esperanza".


Y eso justamente es lo que tengo yo: la esperanza de que las cosas no vuelvan nunca en Pamplona a hacerse como antes, cuando los árboles se talaban a las 4 de la madrugada, los mosáicos se tiraban, las termas romanas no tenían ningún interés, las tumbas orientadas hacia la Meca valían menos que los Renault Clío, y las murallas enormes que quizás sirvieron para proteger al Burgo de la Población, sólo servirían ahora para apagar el cigarro de quienes dejen su coche en el aparcamiento de la Plaza del Castillo.


Enlace a la rueda de prensa: 

PAMPLONA RECHAZA EL PLAN DE SALESIANOS Y PIDE REPLANTEARLO

Todo está ahora en manos del Gobierno de Navarra, que afortunadamente es también un nuevo Gobierno de Navarra. El anterior Gobierno, comandado por un UPN en minoría, fue quien comenzó todo este desaguisado utilizando la artera trampa legal del Plan de incidencia supramunicipal (PSIS), y para vergüenza nuestra, el Ayuntamiento de Pamplona, comandado por la voz de su ama, dejó que le arrebataran sus competencias para meter 55.000 metros construidos en una parcela que, por su ubicación y dimensiones sólo permitía 35.000 metros cuadrados. Y evidentemente esa es también la explicación a las torres de hasta 17 alturas, porque la única manera de hacerlo es mediante la construcción de torres donde quepan muchos pisos, cuanto más altas, mejor (mejor, no sé para quién, porque para Pamplona es meridianamente claro que no). Así que espero que el actual Gobierno de Navarra esté a la altura -nunca mejor dicho- y modifique el proyecto para que lo que se construya en esa parcela no supere las alturas medias del Ensanche, que es lo que se debió hacer desde un principio, si al frente de este proyecto hubiese habido gente que ama a la ciudad donde vive y no sólo se preocupa por su cuenta corriente.

Y no quiero terminar esta nueva crónica sin agradecer a Joseba Asirón que haya comentado lo siguiente a mi alegato de ayer: "Nadie dirá que este fue el alcalde que propició semejante desastre. Como mucho, dirán que este es el alcalde por encima del cual tuvieron que pasar para hacerlo".

Sé que todas las comparaciones son odiosas, y que ayer empleé un ejemplo concreto del emperador Carlos I, aunque me temo que ni a Joseba ni a mí es un personaje que nos atraiga lo más mínimo. Así que hoy (mucho más tranquilo que ayer) recordaré a otro rey con cuya actuación creo que estaremos los dos bastante más de acuerdo...


Pues resulta que, en 1475, en mitad de las luchas por la posesión de la corona castellana, la batalla crucial iba a darse en la localidad extremeña de Alcantara, famosa por su maravilloso puente romano. Ante la posibilidad de que los portugueses lo emplearan para cruzar por él, Fernando "el Católico" (qué raro), ordenó volarlo. Enterado el rey portugués, Alfonso V, envío un mensajero al campamento de Fernando para decirle que no se preocupase, que su ejército daría un rodeo para no pasar por el puente, "pues no quería el reino de Castilla si, para lograrlo, debía destruirse tan impresionante edificio". 

© MIKEL ZUZA, 2017






martes, 24 de enero de 2017

PANORAMA PARA MATAR


El pasado fin de semana el Diario de Noticias publicaba un artículo encabezado por los siguientes titulares:

El plan de Salesianos saldrá adelante si la subasta de suelo cubre el coste del traslado

El Gobierno no pagará a la congregación si no se cuadra la operación cifrada en 50 millones

El Ayuntamiento dará licencia a nueve torres de hasta 17 alturas

TORRES DE 17 ALTURAS SOBRE LA MEDIALUNA

De los tres, el que más me preocupa y me apena es el tercero. Tanto, que ha conseguido lo que hasta ahora no había logrado nada ni nadie en este blog mío: que alabe yo a Carlos I España y V de Alemanía, un personaje por el que no siento simpatía alguna, como sabe cualquiera que me haya leído alguna vez.

Si teníais la edad justa cuando se estrenó la Guerra de las Galaxias, seguro que también cualquier cosa que suene a Imperio o a Emperador os repelerá profundamente. Si al crecer leísteis además lo que quien nació en un retrete de Gante (actual Bélgica) cometió en Navarra, aún lo comprenderéis mejor. Pero lo cortés no quita lo valiente, como descubriréis -si tenéis paciencia- al final de esta indignada crónica mía.

Y digo indignada porque, en mi ingenuidad, pensaba que esa locura de las torres de 17 alturas sobre el talud de la Medialuna era un proyecto del anterior equipo de gobierno del Ayuntamiento pamplonés (ellos sí, toda una auténtica "Estrella de la Muerte" para el buen gusto, la historia y el arte de esta ciudad) que afortunadamente había quedado atrás. Y ahora me desayuno con que el actual equipo de Gobierno dará la correspondiente licencia para semejante desatino. Y de verdad que no me lo puedo creer.

EL HORROR MÁS ABSOLUTO QUE NOS AGUARDA

No entiendo la jerga legal que el artículo contiene. No sé si esto tiene o no tiene vuelta atrás. Me temo que no, que no la tiene. Al parecer las parcelas de Salesianos saldrán a subasta pública por 50 millones de euros, y si constructores, especuladores y demás adoradores del hormigón las compran, esas horrendas torres se alzarán sobre -y destruirán para siempre- el horizonte pamplonés.

Dicen que harán 400 viviendas para mangantes (perdón, se me han trastabillado las letras, quería decir magnates. Bueno, igual en esta ocasión sí que quería decir lo que he dicho). De esos que apuesto desde ahora mismo que presumirán ante sus amistades de poder ver los toros -el paisaje nunca suele importarles- desde su balcón, con la neverica portátil bien llena de vino y jamón. ¡Ysis'hundelmundoques'hunda!

Y esto, en una ciudad donde se calcula que hay unos 20.000 pisos vacíos. Poderoso caballero es don dinero...

Para aparentar, también dicen que habrá un Civivox. Magra ganancia es esa, indudablemente, para el destrozo irremediable y perpetuo que cometerán contra el paisaje histórico de Pamplona. ¡Ya está el canso contra cualquier cosa que signifique progreso! Pues sí: ya está el canso, pero no contra lo que algunos sacamantecas consideran progreso (cemento, hormigón y Calatravismo papanático y estúpido), sino contra lo que hace temblar sólo viéndolo sobre plano.

Y es que nada tendría yo que oponer a que estas torres se construyesen en Lezkairu, Ripagaña o donde quiera que pasen tan desapercibidas como el resto de las cúbicas o paralelepipédicas colmenas humanas donde todos vivimos. Pero donde están proyectadas, ominosamente dominantes sobre una de las panorámicas más bellas de Pamplona -que gracias a barrabases anteriores ya tiene demasiado de lo que arrepentirse, urbanísticamente hablando- lo que me sale de dentro es poner el grito en ese mismo cielo que ellos van a llenar de cubos de sopicaldo grises y neosoviéticos.

Ser bruto no me hace desde luego compartir la fe en el Brutalismo, el único mandamiento y/o estilo ¿artístico? que parece emanar de la Facultad de Arquitectura que -desdichadísimamente, en mi opinión- padecemos en Pamplona. ¿Quieren hacer sus boñigas acerokortianas? Pues háganlo en buena hora en lugares donde no se carguen algo bello, por favor.

Y no me estoy refiriendo al colegio de los Salesianos, que es igual de feo que todo lo que los hijos de San Juan Bosco acostumbraban a edificar (los jesuitas también sentían predilección por la fealdad más absoluta, lo que viendo la cara de su fundador no ofrece sorpresa ninguna). No, yo sólo estoy hablando, lo reitero, de esa skyline (si no utilizas términos ingleses no eres nadie, lo sé) dominada por la catedral, que es lo primero que se ve cuando se llega desde el norte, y que pasará a segundo plano para que las torres de Mordor sean las que te horroricen primero desde cualquier punto cardinal.

Al que le guste semejante perspectiva que se la quede, lo que es yo se la regalo encantado. Tendremos lo mismo que cualquier otra ciudad, y perderemos lo que no tenía ninguna salvo Pamplona: esa panorámica concreta. He dicho que odio los imperios. También odio la uniformidad. Detesto que todo sea igual, y que si te dejan en medio de una plaza "mineral", no sepas si estás en Pamplona, en Logroño o en Cochabamba, porque todas son iguales las unas a las otras.

Os pongo imágenes de los proyectos presentados. No diré nada sobre ellos, más allá de apuntar cuál es el ganador. Además, si dijera lo que realmente pienso probablemente me cerrarían el blog.

En cuanto a los Salesianos, que son los que han dado inicio a este disparate, sólo les recordaré una frase de su fundador:

"Nuestra misión principal será enseñar a todos los jóvenes del mundo la fealdad del pecado y la belleza de la virtud".

Pues eso, a ver si le hacen caso.

Gaztelu Jerez Arquitectos

Aguinaga y Asociados

Gaztelu Jerez

OM ARQ

OFS Architects

Rubio Bilbao
Larraz  Arquitectos
PROYECTO GANADOR
Larraz Arquitectos
PROYECTO GANADOR
Larraz Arquitectos
PROYECTO GANADOR


Y naturalmente que tales proyectos pueden pareceros maravillosos. Sólo que entonces no os consideraré soldados libres de la República, sino esclavos borreguiles del Imperio. Aunque tratándose de arquitectura y paisaje en Pamplona, "Jedi" no se pronuncie nunca "Jedái", sino "Jodí": Jodí la Plaza del Castillo, Jodí la Biblioteca de Navarra en el Centro, Jodí la Ciudadela levantando el Catafalco de Lenin, Jodí Aranzadi, Jodí el Ensanche dejando levantar horribles emplastos como el que actualmente se termina en la avda de Roncesvalles. Habría tantos ejemplos de Jodí... Darth Barcious sabe bastante de esto. Bueno, ella sin duda lo  llamaría progreso...

Y seré ingenuo, pero me niego a pensar que gente que sé que verdaderamente siente la ciudad como el concejal Cabasés o el alcalde Asirón quieran pasar a la historia engrosando la lista de los Jodí. Y no de una manera cualquiera, si no de una que no se podrá ocultar jamás, porque será lo primero que salte a la vista en cuanto alguien mire hacia esta chiquita y apañada capital.

-Oye, ¿y qué pasa con el emperador Carlos V?

-Ah, sí. Pues resulta que en 1523 el obispo de Córdoba, un imbécil llamado Alonso Manrique, decidió abatir unas setenta columnas de la mezquita para insertar una iglesia de cuarenta y tres metros por quince. El municipio y el cabildo se opusieron a semejante locura, pero el mastuerzo recurrió al emperador, que no había estado nunca en la ciudad, y que acabó dando su regio permiso para la destrucción de la integridad del templo de los Omeya. La Junta del Ayuntamiento había declarado: "lo que se quiere deshacer no podrá ser reemplazado por nada que alcance semejante perfección". El ¿arquitecto? encargado del crimen fue Hernán Ruiz, que optó por un lamentable estilo plateresco que se daba de puñetazos con el entorno.


Cuando la salvajada culminó, unos años después, el emperador Carlos llegó a la ciudad y fue invitado a contemplar el resultado. Abatido, dijo a los canónigos: "Si hubiera sabido lo que teníais intención de hacer, de cierto que no os hubiera dado mi permiso, porque lo que aquí habéis hecho se puede hallar en cualquier sitio, mientras que lo que teníais antes no existe en parte alguna del mundo".

© JJ KING



Tristemente, este desahogo mío podría ser también un complemente para este otro texto que escribí hace unos meses:


© MIKEL ZUZA VINIEGRA, 2017




jueves, 5 de enero de 2017

NADA DE MALO

Palacio Real de Pamplona, 5 de enero de 1387

-¿Pero cómo vamos a disfrazarnos estando el rey de cuerpo presente? ¿Aún no se ha enfriado su cuerpo en la caja y ya estáis pensando en hacer el ganso? ¿No comprendéis que nos mandarán ahorcar por no mostrar respeto?

-Respeto en grado máximo es precisamente lo que mostraremos, que esta fue la última voluntad de don Carlos. Y en este documento quedó sellada con su propio anillo. Nadie podrá por tanto echarnos nada en cara, ni siquiera el propio príncipe Carlos cuando llegue desde Valladolid.

-Pues yo no las tengo todas conmigo, que sólo somos tres, y la guardia personal del rey era -y es- muy quisquillosa. Y el rey sólo hace cuatro días que murió... Dejadme ver ese papel... Sí, no hay duda, aquí lo pone bien claro:

"Yo, Charles, por la gracia de Dios, Rey de Navarra y conde de Evreux. A los que esta carta vieren u oyeren, ordeno y mando que se cumpla mi deseo. Y este es que sean agasajados mis hijos, Leonel, que tuve de Catalina de Lizaso, que ahora tiene diez años; y Johana, que tuve de Catalina de Esparza, que cuenta con nueve, por haber sido el único consuelo y alegría, junto con los proporcionados por mi hijo legítimo y heredero el buen príncipe Carlos, que he tenido en mi vejez. Y se hará de tal modo, dadas las fechas que son, justo como yo les había prometido, y será que tres hombres justos et cuerdos vestirán ropas lujosas et se pintarán el rostro con oleos y aceites para remedar ser los Reyes que de Oriente vinieron a adorar a Nuestro Señor. Et sepan todos que, de poder incorporarme del lecho, haré yo el papel de rey Melchor, que mucha devoción tengo por él, et si non pudiera yo incorporarme, o la muerte me llevase antes consigo, sea mi canciller Pedro de Zabalza -que gusta mucho siempre de hacer monerías- quien lo haga. Et sean entonces los otros dos reyes los caballeros Alberto de Elizalde -que es pelirrojo y sabio, como Gaspar- y Miguel de Zuazu -que es elocuente, retórico y moreno de piel, como Baltasar-. Y habrán de ir los tres juntos a la alcoba del palacio donde residen Leonel y Johana, y habrán de entregarles como regalo a cada uno una espada de madera muy bien labrada y una muñeca muy bien cosida. Entendiéndose que ambos recibirán tanto la espada como la muñeca, que muy partidario soy de educar en igualdad a hombres y mujeres. Además tienen los regalos hondo significado, pues la espada es para que ambos sepan lo que ha costado a su padre defender Navarra;  y la muñeca para que tengan muy presente lo que sufrió nuestro pueblo en todas las guerras que emprendí por mi loca cabeza. Et si todo esto no se hiciere tal y como así lo he dispuesto, no descanse mi corazón hasta vengarme del odiado rey de Francia primero, y de los tres supradictos caballeros después. 
Obedézcase y cúmplase."


-Pues sí, no cabe duda de que don Carlos lo dejó muy claramente establecido. Y buena cosa será hacerle caso, no sólo por no tener su tembible corazón latiendo sobre nuestras cabezas durante siglos, si no porque esos pobres mocetes estarán aterrados en su habitación, con todo este ruido de campanas atronando a muerto por toda la ciudad, y sobre todo con la tristeza de haber quedado huérfanos de padre tan distinguido.

-En eso tenéis razón, que mucha alegría les dará saber que su último mandamiento lo dictó pensando en ellos. Pero aún así me niego a dar un paso si no incluimos también a los huérfanos del cercano Hospital de San Miguel en este embrollo de los regalos no sexistas e igualitarios.

-¿Y de dónde sacaremos los carlines necesarios para tanto chaval? Porque las arcas reales están completamente vacías...

-¡Zabalza lo pagará todo, como siempre!



Et dicen que mucho se alegraron Johana, Leonel y todos los muetes del Hospital de San Miguel  por recibir tales regalos, que este cronista espera y desea que no sean nada comparados con los que tod@s l@s lector@s de mi Blog reciban esta noche. 
Y sed buen@s, al menos tanto como el rey don Carlos II de Navarra.




© MIKEL ZUZA VINIEGRA, 2017


viernes, 30 de diciembre de 2016

VOLVERÁ

Sintetizando muchísimo, el Sebastianismo podría definirse como un movimiento mítico-político surgido en Portugal en 1578 tras la derrota y muerte del rey don Sebastiao en la ciudad marroquí de Alcazarquivir.


Muerte supuesta, eso sí, porque nadie en el campo de batalla vio como ocurrió, o más bien nadie quiso admitir luego haberlo visto, pues de haberlo hecho, hubiera  supuesto para los nobles lusos una vergüenza intolerable, ya que habrían dejado morir a su rey mientras ellos escapaban. Así pues fue forjándose la leyenda de que en realidad el monarca no había muerto, sino que había podido escapar a una isla ignota de la que un día regresaría para convertir a Portugal en el imperio más importante de la Historia.

El mito no paró de crecer en el siglo siguiente, durante la dominación española, pero una vez recuperada la independencia tampoco perdió vigencia, de tal forma que tras cada crisis política la figura de don Sebastiao -conocido desde ese momento como "el encubierto" o "el deseado", aquél que solucionaría todos los problemas del país- volvía a cabalgar sobre la imaginación y el orgullo patriótico de muchos portugueses, hasta convertirse en una de las creaciones políticas más originales de la nación vecina.


De hecho, el sebastianista más famoso fue el genial e incomparable escritor Fernando Pessoa, ya en pleno siglo XX, y todavía hoy sigue habiendo círculos fieles ao rei que voltará numa manhâ de nevoeiro... (al rey que volverá en una mañana de niebla...), que se reunen en el puerto de Lisboa para ver aparecer, entre la bruma, las velas desplegadas de la nao que traerá por fin a su monarca de vuelta. Será oportuno añadir, no obstante, que en esas reuniones el vinho verde juega un importantísimo papel...    

No hará falta decir que, en un sentido estrictamente actual y puramente materialista, el Sebastianismo no sería más que la urgencia que un pueblo necesitado tiene siempre de hallar un héroe mítico que se ocupe de todos los problemas y le saque las castañas del fuego, depositando en él toda la confianza y el trabajo que en realidad debería llevar a cabo la propia sociedad afectada.

Tampoco hará falta decir que, por supuesto, esta triste y aburrida visión del asunto es la que menos me llama la atención a mí, porque el mito sebastianista me ha interesado desde que tuve conocimiento de que algo así pudiera existir. Aunque en realidad ya lo conocía de antes, porque si sois tan lectores y mitómanos como yo, la historia de don Sebastiao de Portugal tiene que sonaros de algo.

O más bien de alguien que se supone -bueno, que supongan otros, yo lo admito sin reservas- reinó en Inglaterra allá por el siglo VI, y que pacificó el alborotado país de los sajones con la ayuda de caballeros tan famosos como sir Lancelot, sir Galahad, sir Gawayn y el resto de los componentes de la Tabla Redonda. Efectivamente: a Arturo Pendragon me estoy refiriendo. Un rey sobre cuya legitimidad para ostentar la corona podríamos discutir mucho, muchísimo tiempo. Pero como los Monty Pithon ya dieron la mejor explicación posible, no os aburriré con otra versión:


El rey Arturo, en uno de los tapices tejidos
por Nicolas Bataille a fines del siglo XIV
Y si -evidentemente- el vinho verde ha jugado un papel trascendente a lo largo de los siglos para el mantenimiento del Sebastianismo, no puede negarse la importancia de la ginebra para el del mito Artúrico. De la reina Ginebra, concretamente, que todos los autores dicen que era sabia y hermosa, mucho más que su marido y mucho más que Lancelot, que anduvieron a la greña por ella durante siglos.

Bueno, en realidad los tres deben seguir dirimiendo sus diferencias amorosas, allá, en la isla de Avalon, donde, al igual que don Sebastiao en su isla, y the bonnie prince Charlie en su palazzo de Roma, esperan una mañana brumosa para regresar a Gran Bretaña y arreglar todos sus problemas de una vez.

El príncipe Carlos Estuardo,
rey legítimo de Escocia e Inglaterra
Y como uno de esos problemas -a mi juicio el principal, exceptuando quizás que tengan allí el pésimo gusto de beber la cerveza a temperatura ambiente- es el dominio y la rapiña inglesa sobre Escocia, por supuesto que al norte del muro de Adriano existe también un movimiento del mismo tenor político que los anteriores: el Estuardianismo, que básicamente se ocupa de mantener viva la llama y la memoria de los auténticos y legítimos reyes de Escocia, Gales e Inglaterra. Y esto lo hacen desde 1748, cuando el buen príncipe Charlie fue derrotado por el inglés duque de Cumberland (apodado muy justamente como "el carnicero") en la batalla de Culloden, que marcó -de momento, porque yo no desespero- el fin de las intentonas de los Stewart (la dinastía, no Rod, aunque quién sabe...) por recuperar la corona de sus antepasados. Afortunadamente Charlie pudo huir y, cruzando el mar, refugiarse en Francia primero, y luego en Roma.

El caso es que, como digo, desde entonces grupos y sociedades de partidarios de los Estuardo se reúnen secretamente en Edimburgo, Inverness, Falkirk, Skye, y en muchos otros lugares de Escocia para brindar con un vaso de estupendo scotch whisky "for the king over the water" ("por el rey que está  sobre el agua, sobre el mar"), rememorando de esta forma los crueles tiempos en que sólo de esta manera concreta podía recordarse al legitimo rey, pues hacerlo de manera más visible suponía la condena a muerte a manos de los invasores ingleses.

Para reconocerse entre ellos, dicho brindis se hacía siempre chocando las copas sobre un vaso lleno de agua, significando lo que ya he dicho: que la reunión se hacía en honor del legítimo rey que -de momento- está sobre las aguas, más allá del mar. Con el fin de documentarme para mi novela "Causa perdida", confieso que hice yo varias veces este alegre brindis, pero más allá de un violento calamocheo en la cabeza al día siguiente, no tengo constancia de que los Estuardo hayan retornado a todavía a Escocia. Aunque, of course, no desespero...

Y como de costumbre en el transcurso de mis averiguaciones, os estaréis ya preguntando... ¿pero qué puñetas tiene todo esto que ver con Navarra? Pues que ya imaginaréis que, en un asunto en el que ya vais viendo que el alcohol ha jugado siempre un papel de relevancia, es evidente que nosotros no podíamos quedarnos atrás. Nada de eso, porque no es que fuésemos a rebufo de estos grandes monarcas, sino que uno de los nuestros fue el precursor. Y no se quedó en isla imaginaria alguna, como los encubiertos Sebastiao o Charlie, qué va, sino que regresó de la muerte para arreglarlo todo, que era lo que se esperaba al fin y al cabo de él.

Al rey Alfonso I el Batallador me estoy refiriendo, el conquistador de Zaragoza en 1118 y de la muchísimo más importante y hermosa ciudad de Tudela en 1119. Fue este monarca tan aventajado guerrero que según las crónicas coetáneas, venció en veintinueve batallas contra los sarracenos. La que iba a hacer la treinta, en 1134, ante las murallas de Fraga, se convirtió sin embargo en su más sonora derrota. De tal calibre que según los mismos autores, del fuerte disgusto -en alguien tan acostumbrado a la victoria como él- murió a los pocos días en la aldea de Poleniño.

Y aquí, como de costumbre en estos casos, empieza el jaleo, porque como le ocurriría siglos más tarde a don Sebastiao, tampoco ningún noble se atrevió a reconocer la vergüenza de haber dejado solo a su rey en el campo de batalla, y por tanto nadie admitió haberlo visto morir, ni en Fraga,ni en Poleniño. Por si fuera poco, Alfonso no es sólo que no tuviese hijos a los que transmitir la corona de Pamplona y Aragón, sino que además en un testamento un tanto disparatado, legó todos sus dominios primero a Dios, y después a las Ordenes Militares del Temple, del Hospital, y de San Juan de Jerusalén:

         En nombre del bien más grande e incomparable que es Dios. Yo Alfonso, rey de Aragón y de Pamplona [...] pensando en mi suerte y reflexionando que la naturaleza hace mortales a todos los hombres, me propuse, mientras tuviera vida y salud, distribuir el reino que Dios me concedió y mis posesiones y rentas de la manera más conveniente para después de mi existencia. Por consiguiente temiendo el juicio divino, para la salvación de mi alma y también la de mi padre y mi madre y la de todos mis familiares, hago testamento a Dios, a Nuestro Señor Jesucristo y a todos sus santos. Y con buen ánimo y espontánea voluntad ofrezco a Dios, a la Virgen María de Pamplona y a San Salvador de Leyre, el castillo de Estella con toda la villa [...], dono a Santa María de Nájera y a San Millán [...], dono también a San Jaime de Galicia [...], dono también a San Juan de la Peña [...] y también para después de mi muerte dejó como heredero y sucesor mío al Sepulcro del Señor que está en Jerusalén [...] todo esto lo hago para la salvación del alma de mi padre y de mi madre y la remisión de todos mis pecados y para merecer un lugar en la vida eterna...

Como era de esperar, ni en Pamplona ni en Aragón se aceptaron tan descabalados deseos, y los reinos que habían estado unidos los últimos cincuenta años acabaron separándose definitivamente, iniciándose una lógica época de inestabilidad política que en Pamplona solucionaron escogiendo como rey a García Rámirez, mientras que en Aragón se inclinaban por el hermano del rey -supuestamente- fallecido: Ramiro II el Monje. A éste le dio tiempo de engendrar una heredera, Petronila, que acabó casándose con Ramón Berenguer, conde de Barcelona, teniendo ambos un hijo que comenzó a reinar con el nombre de Alfonso II el año 1164. Esto es, treinta años después de la -supuesta- muerte de su tío-abuelo Alfonso I el Batallador.

La crisis política no cesaba en Aragón. Y en ese contexto (de hecho ya vemos que el mito surge siempre en ese contexto) es cuando apareció de repente un anciano (recordemos que -supuestamente- había muerto con 61 años) afirmando que él era Alfonso el Batallador, y que avergonzado por la derrota de Fraga había abandonado Aragón y se había trasladado a Jerusalén, donde había estado luchando los últimos treinta años en las Cruzadas, y que ahora retornaba para reclamar su reino. Veamos como lo cuenta el rey Alfonso X el Sabio de Castilla en su Primera Crónica General:


Ahora sabéis también el final que tuvo el pobre viejo. Ya veis que cuando el mito se hace carne -cosa que aún no ha ocurrido en los casos de don Sebastiao, Arturo o Charlie- el más directamente afectado (Alfonso II en este caso) no tarda en quitárselo de en medio. Esa prisa por eliminar a su rival es lo que, a nueve siglos de distancia, más nos hace dudar sobre si no sería aquel personaje, al que muchos reconocieron como el auténtico Alfonso I, quien realmente decía ser. Es verdad que habían pasado muchos años ya, y que sólo los que en 1134 fueran muy jóvenes podrían haber reconocido a quien, con 91 años, se les presentaba defendiendo que era el rey que conocieron siendo tan niños. Pero el hecho es que se conservan unas cartas de Alfonso II dirigidas al rey de Francia Luis VII, en las que confirma esta alucinante historia a través de una lapidaria sentencia: "si el falso Alfonso pasa a vuestro reino, no dudéis en ajusticiarlo cuanto antes". 

Lo dicho: demasiadas prisas si sólo se trataba de un mero impostor. Y el caso es que no fue sólo gente del pueblo la que dio credibilidad al retorno del rey legítimo, pues se conservan dos poemas de Bertran de Born, uno de los trovadores más famosos de su tiempo, y que a nuestros efectos actuaba como una especie de revista del corazón de la época, acusando claramente a Alfonso II de haber eliminado a su antecesor. Justo es también reconocer que Bertran odiaba al rey aragonés porque sus tropas, en alianza con las inglesas, habían sitiado su castillo en 1183, fecha en la que se supone que escribió, quizás para animar a Sancho VI el Sabio de Navarra a un contraataque:

"El buen rey García Rámirez de Pamplona hubiera recuperado, de haber vivido lo suficiente, el reino de Aragón que le robó el rey Ramiro el Monje. Pero ahora el buen rey de Navarra [Sancho VI] lo recobrará fácilmente, ayudado por sus valientes alaveses. Puesto que así como vale mil veces más el oro que el azur, vale mil veces más y es más honrosa su progenie que la del falso rey. Lo siento por la esposa del aragonés, la buena reina Sancha, pero si ella me lo consintiese, le hablaría de los malos y villanos hechos de su marido, que llegó a dar muerte y a hacer traición a aquél mismo de quien salió su linaje..." 

Y en 1187 Bertran de Born remachó:

"Los aragoneses, los catalanes y los de Urgell se duelen en gran manera, pues no tienen quien les mande, sino un señor flaco, alto, que se alaba a sí mismo cantando [Alfonso II era conocido como "el trovador" y también como "el casto", siendo ambas categorías de casi imposible coexistencia en la misma persona, a juzgar por lo mucho que ha leído sobre los trovadores el autor de este blog], y prefiere el dinero al honor, pues ahorcó a su antecesor, por lo que él mismo se destruye y se condena..."

Las alusiones al redivivo Alfonso I no pueden ser más claras y, como imaginaréis, yo prefiero creer a un trovador como Bertran de Born que a un rey malvado que ordenó matar a su antecesor para quedarse con la herencia que no le pertenecía. Que tuviera o no razón no importa ya demasiado. Ni a mí ni a nadie, después de tantos siglos. Pero sí que me gusta reconocer que nos adelantamos por estos pagos a muchos alocados y lunáticos del mundo entero que simplemente tenían la esperanza de recuperar una Edad de Oro de buen gobierno -que por supuesto nunca existió- que les librase de su desdichada existencia. Y creo que la esperanza es el más humano de los sentimientos. Así que sí, probablemente yo hubiera creído, de haber vivido en aquella época, que aquel anciano era realmente el rey don Alfonso I el Batallador. En cualquier caso, y si queréis saber un poco más, el estupendo historiador Antonio Ubieto Arteta, que tantas veces ha salido ya en mis crónicas, se ocupó de este asunto en un artículo escrito para la revista Argensola, que es donde yo lo descubrí hace ya muchos años.

Pero no podría yo finalizar esta historia sin confesar algo que cualquiera que me haya leído alguna vez tendrá meridianamente claro. Y es que declaro que creo fervientemente en otro rey que lleva oculto desde 1461, y que hubiera  sido sin duda el mejor que Navarra o cualquier otro reino del mundo hubiese podido tener. Y también confieso que, algunas mañanas de nevoeiro, acudo a la ronda de Descalzos o a la de la Barbazana (los dos únicos lugares que merecerían ser nuestro puerto, si Pamplona tuviese mar y éste anegase súbitamente la Rotxapea y la Txantrea, barrio este último que es además lugar muy propicio para escuchar el canto de las más hermosas sirenas), y espero allí durante horas a ver llegar la nao en la que desde Barcelona, Mallorca o Nápoles, arribará por fin un día su majestad Carlos IV para traernos el buen gobierno, desde hace tantos siglos perdido en estas tierras. Debe ser lo que los médicos y los historiadores diagnostican como un caso agudo e incurable de Vianismo militante e irreductible, qué le voy a hacer.

Y como esta crónica será sin duda la última de este año, sólo me queda desearos un feliz año 2017, y desde luego que celebréis su llegada brindando, sobre un vaso lleno de agua, por el rey que esta más allá del mar...



© MIKEL ZUZA VINIEGRA, 2016

viernes, 16 de diciembre de 2016

ACONTECIMIENTO EN PAMPLONA


Palacio Real de la Navarrería, 15 de diciembre de 1183

-La verdad es que no termino de entender vuestras reticencias, señor maese...

-Majestad: considerad que prácticamente estamos ya en invierno, y que el tipo de construcciones que se precisan para un evento como el que planeáis no resistiría las lluvias e incluso las nevadas que la estación traerá consigo.

Sancho VI el Sabio,
en Villava
-¡Vaya! No sabía yo que entre las muchas ciencias que domináis estuviera también la de la meteorología. ¿Cómo podéis prever si esos días lloverá o nevará? Más bien parece que no tenéis ganas de cumplir mi regio deseo.

-Con todo respeto, majestad, pero creo que deberíais recordar que esos "regios deseos" vuestros pueden llevaros derecho al Infierno, porque están condenados por la Iglesia...

-Mucho os agradezco, señor maese, que os preocupéis tanto por el futuro de mi alma inmortal. Preocupación de la cual deduzco también profundos conocimientos teológicos que añadir a vuestro ya citado dominio meteorológico y a la más que probada destreza que demostráis en vuestro oficio...

-Bueno, majestad, sobre esos campos concretos mis conocimientos sólo pueden catalogarse de modestos, pero es cierto que la ingeniería no se me da mal.

-Pues llegados a este punto, señor maese Sagastibelza, ¿podéis indicar a vuestro rey -si no os sirve de mucha molestia- por qué os empeñáis en no querer levantar el palenque y las gradas necesarias para celebrar un magno torneo en la capital de mi reino, que tengo previsto que sirva para que mi hija Berenguela y su futuro esposo, Ricardo de Aquitania, puedan conocerse?

-¡Oh, señor! ¿Y vos, que sois conocido en todo el reino por el justo apelativo de "Sabio", tenéis el feo detalle de preguntarme tal cosa? Pues he de deciros que me preocupa sobremanera la estabilidad de esas gradas. Pensad que toda Pamplona querrá estar allí presente, y que sabiendo que nuestra población ha llegado a la escandalosa cifra de dos mil habitantes, los materiales necesarios para resistir semejante peso por fuerza habrán de desequilibrar vuestro presupuesto. Lejos de mí colaborar en tal locura.

-¿Pero es que también sabéis de economía? Quizás debiera nombraros mi canciller y quitarle el puesto de una vez a Ferrando Pérez de Funes, el cual se pasa todo el día dibujando en vez de pensar en la política matrimonial de mis hijas, que es para lo que realmente le pago.

-No, no, majestad. Yo de lo que verdaderamente sé es de lo mío. Recordad si no cómo os advertí de que esa herrumbrosa pasarela que ordenasteis colocar entre Argaray y el palacio del Obispo acabaría por ceder, pues ya sospeché yo que no tenía su autor los cálculos precisos bien hechos.

-Y mucho os lo agradezco, honorable Sagastibelza, que por eso mismo está ahora encerrado en la mazmorra del castillo de Monreal, donde tendrá mucho tiempo para corregirlos. Pero esta historia sólo prueba una vez más que sois vos el indicado para construir lo que os pido.

-El caso es que, bien mirado, no disponéis tampoco de tantos caballeros como para comprometerlos en semejante riesgo. No sería yo buen consejero vuestro si no os advirtiera además del desastre que supondría dejar desguarnecidas las fronteras con Castilla y Aragón, solamente para que unos presumidos puedan mostrar públicamente su fanfarronería...


-¡Bueno, pero esto es ya el colmo! ¡O construís las gradas y el palenque como os he ordenado o vais a hacer compañía al señor arquitecto en la cava del castillo de Monreal, como vos prefiráis, maese Sagastibelza!

-Está bien, majestad. Cumpliré vuestra orden, pero conste que tengo unos dolores en la espalda que según me dice el físico han de obligarme a coger la baja con total seguridad...

-¡Sancho, Fernando, hijos míos! ¡Perseguid a este bergante y vigilad que construya lo que le he pedido! Y si se sale una libra, un sueldo o un dinero del presupuesto... ¡A Monreal con él!


Y aquí se interrumpe el documento que contenía esta historia, así que no sabemos qué cosa pudo ocurrir después. Pero cree este cronista que en realidad el empeño del probo Sagastibelza en que no hubiera torneo en Pamplona, encerraba un secreto muy especial que buscaba lograr dos objetivos principalmente.

El primero que el bobalicón príncipe inglés no llegase nunca a esta ciudad. Y el segundo, que debió ser en realidad el más importante, que su desidia constructiva terminase por acarrearle la prisión en Monreal, castillo del cual era tenente -fíjense ustedes qué cosas- la hermosísima infanta Berenguela.

El resto podemos los demás imaginarlo, aunque ciertamente resulte siempre complicado meterse en la cabeza de un maestro de ingenios tan bueno como Sagastibelza.

ENLACE AL BLOG DE MANUEL SAGASTIBELZA SOBRE BERENGUELA DE NAVARRA


©MIKEL ZUZA VINIEGRA, 2016

miércoles, 7 de diciembre de 2016

DE ESCUDOS, BANDERAS Y NIÑAS ATERRADAS

Son tantas las maravillas que el Museu de Arte Antiga de Lisboa encierra, que podría pasarnos desapercibida una tabla pintada a mitad del siglo XIV por los grandes maestros catalanes Jaume Ferrer Bassa, su hijo Arnau y Ramón Destorrents.


Y no creáis que es una obra de arte cualquiera, porque formó parte originariamente nada menos que del retablo de la capilla del palacio real de La Almudaina en Palma de Mallorca. La encargó el rey Pedro IV de Aragón -llamado "el Ceremonioso"o "el del Punyalet"- cuando conquistó aquel reino insular y lo unió para siempre a su corona, en el año del Señor 1349.

El motivo central del cuadro es una representación de Santa Ana con la virgen niña en su regazo, enmarcada por cuatro figuras de santos entre las que destaca una hermosa santa Catalina de cabellos rubios, vestida de esmeralda con forro carmesí. Y ya se sabe que la que con verde se atreve, por guapa se tiene... 

El caso es que están también representados varios escudos en la tabla. Y después de tantas entradas en este blog mío, ya sabéis que la heráldica es un tema que me interesa bastante, más aún si se trata de la del reino de Navarra, que es precisamente la que aparece en primer lugar, en el sentido de lectura habitual.


Y junto a nuestro emblema, el de Aragón (tres veces repetido), el de Sicilia y el de Portugal. Extraña reunión, e ignoto mensaje por tanto el que esconde esta tabla, a fe mía. Lo más lógico sería pensar en la plasmación de un desconocido tratado diplomático, pero lo cierto es que Portugal y Sicilia quedaban muy lejos de Navarra y no compartían demasiados intereses políticos. No, tenía que ser otra cosa. Y sí: vaya que si lo era...


En 1328 accedió al trono navarro una nueva dinastía: la de Evreux, que se encontró con la misma dificultad con la que constantemente se habían topado sus predecesoras: la ambición de Castilla por hacerse con este pequeño, pero siempre codiciado, reino. Para evitarlo, Juana II y Felipe III tiraron de la única riqueza que Navarra acreditaba ya desde tiempos de Sancho VI el Sabio: su abundancia de princesas casaderas, cuyos matrimonios podrían garantizar las alianzas políticas que frenasen los proyectos castellanos de conquista.

Y, efectivamente, Juana y Felipe tenían tres hijas: Juana, María e Inés. Y tres hijos: Carlos, Felipe y Luis. Y todos ellos tendrían vidas de lo más asendereadas...

Apenas llegados a Pamplona, ofrecieron pues al rey Alfonso IV de Aragón casar a su heredero el príncipe Pedro -que contaba diez años-, con la mayor de sus hijas, Juana. Con eso buscaban conseguir el apoyo aragonés ante cualquier intentona de Castilla. Sin embargo, el acuerdo, sellado entre ambas familias en 1329, estuvo a punto de romperse porque la infanta Juana, bien porque no quiso casarse o bien porque prefirió un marido más poderoso, decidió profesar en el monasterio de Longchamps, donde vivió hasta una edad muy avanzada.

Sin embargo Navarra seguía igual de amenazada, así que los reyes Juana y Felipe corrieron turno y tras años de arduas negociaciones ofrecieron al aragonés -que entretanto ya había sucedido a su padre- a la segunda de sus hijas: María, que en ese año de 1336 en que quedó fijado el compromiso contaba solamente con diez años de edad. Es decir, que su futuro marido le llevaba siete...

Sí, desde luego no puede decirse que la vida de una princesa medieval fuera demasiado envidiable: consideradas únicamente como mercancía y como prenda de pactos políticos tras los cuales podían acabar en los brazos -y en la cama- de esposos mucho más viejos que ellas. En ese sentido, María tuvo mucha más suerte que su hermana menor, Blanca, que cuando contaba 16 años acabó casada con Felipe VI de Francia, que le llevaba nada más y nada menos que cuarenta años de diferencia...

Como el matrimonio pactado entre María y Pedro no podía consumarse aún, el futuro marido exigió que la novia residiese lo más cerca posible de Aragón, así que la princesa pasó a residir en Tudela hasta que en 1338 cumplió los doce años, fecha en la que finalmente se celebró la boda.

Pedro tenía ya fama bien ganada de colérico y malhumorado, pero también era un amante del protocolo y del lujo, y dispuso que se regalase a la novia -cuya dote ascendía a la astronómica cifra de 60.000 libras de sanchetes, que a Navarra le llevó cinco años poder pagar- una corona, seis anillos con esmeraldas, zafiros y diamantes y además la posesión completa de las ciudades de Tarazona, Jaca y Teruel, con todas sus rentas.

La ceremonia iba a celebrarse en Zaragoza, pero María enfermó (¿o más bien sintió el lógico miedo de una niña de doce años ante la obligación de casarse, aunque fuese para defender a su país, y no quiso seguir adelante?), y su comitiva se detuvo a medio camino: en un pueblo llamado Alagón. El caso es que el despacienciado Pedro no quiso aguardar y se presentó allí acompañado por un obispo para que la boda se celebrase cuanto antes. Pobre María...      

Cinco años más tarde, ella quedó embarazada por primera vez, y para celebrarlo su marido ordenó la confección de un maravilloso libro de horas hecho ex profeso para ella, que afortunadamente se conserva hoy en día en la Biblioteca de Venecia, y que pasa por ser uno de los más bellos realizados jamás. Fueron sus autores prácticamente los mismos que los de la tabla mallorquino-lisboeta: Jaume Ferrer Bassa, su hijo Arnau y otro maestro de nombre olvidado que hoy se conoce como Baltimore, por ser esa ciudad norteamericana donde se conserva un retablo pintado por él. Como digo, es una joya bibliográfica de primer orden, que demuestra el amor que el rey tuvo por su esposa, algo que como es lógico suponer, no sucedía prácticamente  nunca en los matrimonios regios...

Libro de Horas de María de Navarra.
hacia 1343
Sin embargo la vida de una reina medieval no era mucho más envidiable que la de una princesa medieval, pues sólo tenía una única obligación que cumplir: dar un heredero al reino. Y efectivamente, la infortunada María parió cuatro veces entre 1343 y 1347, falleciendo en el parto (cuatro seguidos, siendo apenas una niña, y con las condiciones higiénico-sanitarias de aquella época, eran una condena a muerte prácticamente segura) de su primer hijo varón, Pedro, que además no le sobrevivió mucho tiempo. Tenía sólo 21 años cuando murió. Pobre María...

Nos queda para recordarla ese citado libro, que va para siempre ya unido a su nombre, y en el que aparecen frecuentemente dibujadas las armas de Navarra, partidas con las de Aragón, como correspondía a una mujer, cuyas armas heráldicas siempre se representaban detrás de las del marido. Y también la pintura que hoy día se conserva en Lisboa, pues son al fin y al cabo las mismas armas las que aparecen en la tabla y las representadas en el libro. Esas armas que muchos en la actualidad se resisten a aceptar que representaban a Navarra, y no sólo a tal o cual rey o princesa. Pero luego volveré sobre este tema...



Sigamos con el rey Pedro IV de Aragón, que cuentan las crónicas que lloró mucho a su esposa, aunque no tanto como para no concertar inmediatamente nuevo casamiento con otra princesa que, recordemos, sólo tendría una única obligación en la vida: proporcionar un heredero al reino. Y esa nueva princesa, casada en el mismo año de 1347 en que había muerto María fue Leonor de Portugal. Tampoco pudo cumplir el único cometido que de ella se esperaba, pues la peste negra se cruzó en su camino al año siguiente y murió dejando viudo de nuevo a Pedro, que sólo esperó otros pocos meses más para casarse de nuevo, esta vez con Leonor de Sicilia, con la que al fin pudo conseguir sus anhelados herederos varones.

Aunque existe otro pequeño detalle: según la tradición católica, Santa Ana es la patrona de las mujeres que se ponen de parto, así que el rey de Aragón quiso invocar su protección en el retablo principal de la capilla real de Mallorca para poder lograr, al fin, el ansiado heredero varón. Y sólo le costó tres mujeres conseguirlo...


Ahí está pues el sentido y la explicación de la tabla que tanto llamó mi atención en Lisboa: es un recordatorio que el rey Pedro IV quiso tener, o bien para sus sucesivas esposas, o bien para su complicada trayectoria matrimonial. Y eso que aún enviudaría y se casaría una cuarta vez, en 1377 con la noble catalana Sibila de Fortiá, cuyo escudo no aparece en la tabla por la sencilla razón de que Jaume Ferrer Bassa y su hijo Arnau, que fueron quienes comenzaron a pintar el cuadro, fallecieron ambos por la peste negra en 1348, así que tuvo que ser su discípulo Ramón Destorrents quien la terminase y quien incluyese el escudo siciliano de la reina Leonor, que recordemos que se casó con el rey Pedro en 1349.

Así pues, los tres escudos de Aragón representan al rey, y los otros tres a sus tres esposas: María de Navarra, Leonor de Portugal y Leonor de Sicilia. Naturalmente, la presencia de las armas de Portugal fue lo que probablemente animó a los rectores del Museo de Lisboa a hacerse en pública subasta con la tabla a principios del siglo XX. Así que ya veis a qué puede conducir una tranquila y más que recomendable visita a un museo tan maravilloso como lo es el de Arte Antiga de Lisboa: a desentrañar todo un culebrón medieval como este del que os he hablado. Al menos a mí a esto me condujo para, me temo, aburrimiento letal de mis hipotéticos lectores.

Sin embargo no quisiera dejar sin comentar lo que antes sólo dejé esbozado: esa manía de muchos de negar en la actualidad que Navarra haya tenido bandera o emblema que la representase, porque ese símbolo por todos conocido del carbunclo y la flor de lis con la banda roja y blanca no representaba a la comunidad, sino al rey, olvidando -me temo que premeditadamente- que en aquella época medieval el rey y el reino eran la misma cosa.

Podría dar yo muchos ejemplos de ello, pero me conformaré con dos, que por su peso bastarían para abrir los ojos y la mente de quien quiera ser convencido. De quien no quiera, ya sé que ni aunque bajara del cielo Teobaldo I a cantarle lo iba yo a conseguir.  Argumentaré primero que cuando el rey Carlos II (el hermano de María, precisamente) fue aclamado en 1358 en las calles de París, la multitud congregada lo hizo al grito de Navarre, Navarre!, y no al de Charles, Charles!, por la razón que ya he dado: porque el rey y el reino eran la misma cosa, así que malamente podían tener emblemas distintos, porque ambos representaban lo mismo a ojos de quienes los contemplaban.

Pero no se vayan todavía que aún hay más: la dinastía de Evreux gobernó en Navarra entre 1328 y 1479 (como es mi costumbre, incluyo al príncipe de Viana y a sus hermanas Blanca y Leonor en la cuenta), de tal forma que, con el paso de tanto tiempo, sus armas: el cuartelado 1 y 4 carbunclo pomelado y 2 y 3 sembrado de flores de lis con banda componada de gules y plata, se acabaron convirtieron en las armas que todo el mundo (es decir: toda Europa) reconocía inmediatamente como propias de Navarra.

Real de oro de Catalina I de Foix y Juan III de Labrit
Por eso cuando accedió al trono la dinastia de Foix, no sustituyó ese emblema en las monedas que acuñó, porque las monedas sí son un rasgo de soberanía esencial de un país independiente. En cambio, en los sellos personales de Francisco Febo, de Catalina I y de Juan de Labrit, sí que se representan exclusivamente sus armas -y repito- personales. Por cierto, que Juan II, también utilizó ese emblema y no el suyo propio cuando acuñó moneda en Navarra, buscando apropiarse del símbolo del rey legítimo, que era su hijo Carlos de Viana, quien también lo empleó -él sí con todo derecho- en sus propias monedas.Y evidentemente el usurpador lo hizo por la misma razón: sabía perfectamente que el carbunclo y las flores de lis eran las armas de Navarra, y no sólo de tal o cual rey.

Gros de plata del príncipe de Viana
Gros de plata de Juan II de Aragón
Item más: cuando Fernando el del Cólico invadió y conquistó Navarra, una de las primeras cosas de las que se ocupó fue de arrancar las flores de lis de nuestra bandera. Quería así significar que a partir de 1512 el reino de Navarra era otra cosa. Y con el emblema que el quiso entonces seguimos, porque desde ese momento nunca faltaron por estos pagos, ni a él ni a sus sucesores, "podadores" para ayudarle a arrancar todas las flores posibles (y no me refiero sólo a las de lis).

Ducado de oro de Fernando I de Aragón
Lo dicho: hoy en día muchos se empeñan en que fueron Campión, Iturralde y Altadill quienes prácticamente se inventaron la bandera de Navarra, confundiendo historia con oficialidad, pero no hay que irse hasta Lisboa (cosa que de todas formas yo recomiendo vivamente) para darse cuenta de que o bien no se enteran de nada, o bien no se quieren enterar, lo cual ya tiene peor arreglo. Pero si no quieren pasear por las riberas del Tajo, que se quiten las orejeras y paseen por las del Arga o las del Zidacos, que allí podrán ver ese emblema representado por doquier en Olite, en Pamplona o en Tudela.

Por supuesto no tienen por qué aceptarlo ni compartirlo, porque al fin y al cabo un símbolo es algo unido habitualmente a un sentimiento, y ninguna persona ha de verse obligada a sentir nada que no quiera, aunque tampoco tiene que empeñarse en obligar a los demás a que acepten como dogma lo que no es cierto.


Pero vale ya de tostones históricos, porque realmente de todo este asunto con el que os he aburrido hoy, el sentimiento con el que quiero quedarme (y con el que me gustaría que os quedaseis vosotr@s también) es con el de terror que probablemente experimentó la pobre princesa María, obligada a casarse con sólo doce años, como desgraciadamente sigue ocurriendo todavía hoy en muchos lugares del mundo.

Y si un pequeño escudo en una esquina de una tabla del siglo XIV en la que casi nadie repara, sirve para que -al menos por un instante- recordemos lo que están sufriendo esas pobres niñas, todo este rollo que os he metido habrá servido para algo.


© MIKEL ZUZA VINIEGRA, 2016