miércoles, 12 de septiembre de 2018

DEL CRISTAL CON QUE SE MIRA


Podéis creerlo o no, pero una vez, estando en Barcelona, paseando bastante distraídamente por los puestos del Mercat dels Encants, pensando en encontrar algún viejo tebeo de la editorial Bruguera o de Vértice, lo que hallé por pura casualidad fue un pequeño cuaderno, de tapas de hule negro, que desafortunadamente contenía ya muy pocas hojas de las que originalmente debió albergar, pues apenas una docena seguían sujetas al lomo. De ellas sólo siete tenían algo escrito. Leí sorprendido la etiqueta engomada en la portada:

Apuntes de Juan Iturralde y Suit, años 1891-1894

Por supuesto me llamó inmediatamente la atención aquel nombre, miembro de la Comisión de Monumentos de Navarra desde el año 1866, autor de varios libros narrativos e históricos y también dibujante de gran mérito. Sabía que no hace demasiados años algunos libros de su biblioteca -fácilmente reconocibles por su ex-libris- habían salido a la venta, así que no me sorprendió demasiado encontrarme este otro resto del naufragio. Tampoco me extrañó hallarlo en Barcelona, ciudad en la que Iturralde murió en 1909.

Intenté negociar el precio con el vendedor, pero no hubo forma de que bajase ni un céntimo la exagerada cifra que me pidió por aquellos maltrechos papeles. Sabía perfectamente que si seguía regateando con él, daría por cierto que estaba yo dispuesto a pagarle aquella barbaridad, lo cual me resultaba realmente imposible, así que opté por rogarle que me dejara fotografiar aquellas páginas, con la excusa de enviárselas a un amigo que es quien verdaderamente estaría interesado en comprarlas. Pero el taimado comerciante sólo me permitió sacar una foto. Tuve que elegir a toda prisa, casi sin poder leer la picuda y apretada letra del cuaderno, así que fotografié con el móvil la página numerada con el cinco.

Me marchaba al día siguiente, y quería ver todavía muchas cosas, así que no pude mirar detenidamente la foto hasta que llegué por la noche al hotel. Las notas parecían el fragmento de un acta oficial. Las transcribí cuidadosamente en el portátil. Venían a decir lo siguiente:

...Emprendiéronse las obras el dia 8 de Mayo de 1891, bajo la dirección del arquitecto vocal de la Comisión de Monumentos, Sr. Ansolega, en la forma siguiente: después de levantar algunas grandes losas del pavimento del coro, próximo al sepulcro de los reyes D. Carlos III el Noble y su esposa D.ª Leonor, penetróse en la pequeña bóveda que existe bajo dicho monumento, conocida ya y explorada en épocas anteriores; en ella se encontraron dos ataúdes de construcción moderna, conteniendo el de la derecha un cráneo bien conservado, restos de otro, varios huesos y harapos que debieron ser vestiduras (de las cuales sólo se distinguían trozos de dos mangas adornadas con filas de pequeños botones de tela) y un tubo de plomo que encerraba un documento de papel (probablemente un acta, colocada allí en alguna de las ocasiones en que se abrió aquella tumba) que fue imposible leer por estar completamente deshecho y borrado, a consecuencia, sin duda, de no haber sido soldado el tubo convenientemente. En el ataúd de la izquierda había cuatro cráneos grandes, fragmentos de otro de niño, muchos huesos y una masa informe compuesta de jirones o hilachas de ropa y telas. Supúsose que esas osamentas, que por su estado de conservación parecían de muy distintas épocas, eran las de D. Carlos III, el Noble, y su esposa D.ª Leonor, antes nombrados, y las de algunos reyes o príncipes enterrados en la Catedral románica que se derrumbó en el año 1390, los cuales pudieron ser depositados posteriormente en aquel sitio...

Rebusqué entonces en Internet hasta hallar un artículo digitalizado de la Comisión de Monumentos que recordaba haber leído en papel hacía unos cuantos años. Efectivamente: ambos textos coincidían  al cien por cien, así que el que yo había fotografiado debía ser el borrador manuscrito del publicado en Pamplona en 1915, referido a las excavaciones llevadas a cabo por la Comisión en la bóveda regia de la catedral de Pamplona.


Sin embargo, en la imagen de mi teléfono habían entrado dos párrafos más. Uno de ellos era lo que unos días después, en el Archivo General de Navarra pude comprobar que no era más que otro borrador de un acta de la Comisión de Monumentos, concretamente la nº 324, de 25 de abril de 1893. Decía así:

"...Reunidos los sres. Iturralde, el Marqués de Echandía, Ansoleaga, Robles, Polit, jefe de Fomento, y Campión a las cuatro de la tarde en la Santa Iglesia Catedral, bajaron a la cripta o enterramiento de los Reyes de Navarra, debajo del sepulcro de don Carlos III el Noble que se halla situado en el coro, contemplaron con el mayor respeto los restos mortales de personas reales que en dos ataúdes están depositados, y después que el sr. Polit y algún otro sacerdote hubieron rezado responsos por el eterno descanso de aquellas, se depositó el acta levantada al efecto, en el ataúd de don Carlos el Noble..."

Pero el otro párrafo de mi fotografía, por más que inquirí posteriormente en los registros de actas, no hubo forma de hallarlo, lo cual tampoco resulta demasiado raro, si tenemos en cuenta que indudablemente no fue escrito para que lo leyeran extraños, porque lo que decía era lo siguiente:

"10 de mayo de 1891: ... Al poco de entrar por primera vez en la cripta, y mientras Campión y los demás escuchaban (o fingían escuchar) las siempre aburridas explicaciones de Ansoleaga sobre la técnica constructiva de aquel macabro lugar, aproveché que ellos eran quienes portaban los quinqués de petróleo para acercarme en la oscuridad a la caja que contenía los restos de quien debía ser Carlos III el Noble y, sin que los demás repararan en ello, extraje de su dedo un pequeño sello o anillo de plata dorada con un lazo heráldico, como trazado a golpe de compás, tallado en él. Lo guardé en mi bolsillo y al llegar a casa lo deposité en..."

¡El texto se cortaba justo allí, en lo más interesante, para continuar en la siguiente página! Huelga decir que apenas dormí, con la idea fija de acercarme al mercat en cuanto amaneciese para hacerme con aquel cuaderno como fuera, a pesar de que mi tren salía a las 10'30 horas. Estaba en los Encants desde las seis y media, pero aunque en aquel dédalo no era fácil orientarse, y aunque recordaba perfectamente el rostro del vendedor, no hubo forma de encontrarlo.

Mientras regresaba a Pamplona en el bamboleante vagón, fui maldiciendo mi suerte y, de pura rabia, hasta borré aquella foto. Suerte que en el portátil conservaba las transcripciones que había hecho, y que me han permitido desde entonces y hasta hoy mismo elucubrar sobre dónde iría a parar aquel anillo decorado con el triple lazo, que quizás fuera el signeto original con el que Carlos III el Noble sellaba sus documentos más importantes.

Ni siquiera considero que Iturralde hiciera mal al llevarse el anillo, que muy probablemente habría acabado desapareciendo de todas formas, sobre todo teniendo en cuenta que, muy pocos años después, ocupó el obispado de Pamplona José López-Mendoza, uno de los mayores responsables de que no hayan llegado a nuestro tiempo joyas maravillosas del arte navarro, que él se encargó, muchas veces personalmente, de malvender a anticuarios sin escrúpulos.



Al contrario, sabiendo que Iturralde y Suit consiguió, a base de un trabajo ímprobo, que se conservase lo que hoy nos queda del palacio de Olite (porque muchos otros bárbaros estaban deseando arrasar incluso lo que a finales del XIX había llegado), casi lo veo como un trato entre él y el rey Carlos, que le habría agradecido así sus desvelos para mantener su memoria y recuerdo.

Una memoria y recuerdo que, muchos años después, cuando se llevó a cabo la restauración total de la catedral de Pamplona, en la década de los 90 del siglo XX, no pareció importar demasiado a los encargados de realizarla, porque, que se sepa, ni siquiera mostraron interés por volver a entrar a la cripta donde supuestamente descansan los restos de los reyes de Navarra. Al menos no queda ninguna prueba gráfica o testimonial de que los arqueólogos hubieran entrado en ella.

Cosas incomprensibles de la historia del arte navarro...



© MIKEL ZUZA VINIEGRA, 2018


sábado, 8 de septiembre de 2018

LA SORPRENDENTE HISTORIA DEL CABALLERO DON JUAN DE PEDROSO


Aprovechando que este fin de semana se celebran las fiestas de la Virgen del Patrocinio, vuelvo al pueblo y os dejo aquí unas notas sobre una de las pocas historias “literarias” 100% pedrosiñas de la que tengo constancia, porque me la contaba mi abuelo Fermín, uno de esos hombres buenos que tuvieron poco tiempo en su vida para otra cosa que no fuera trabajar, lo cual no les dejó nunca demasiado tiempo para libros o fantasías, aunque si que le gustara leer, sobre todo el periódico, una sana costumbre que he debido heredar de él.

Pero cuando le pedía que me contase alguna cosa sobre su pueblo, incluso antes de que yo llegara a ir allí, siempre acababa acordándose de una historia que aseguraba que a él le habían contado sus padres: que su abuelo, siendo muy niño, había visto –escondido para que no le descubriesen- cómo el alcalde y el resto de miembros del Ayuntamiento habían levantado la losa que, al pie del altar mayor, cubría los restos del fundador de la iglesia de San Juan, maravillándose todos ellos de cómo estaba enterrado como si se tratase de la habitación que había disfrutado en vida, pues habría aparecido tumbado sobre una cama, y rodeado de muebles, como si fuera a despertarse de un largo sueño en cualquier momento. La sorpresa inicial no habría impedido a las autoridades, no obstante, despojar al muerto de las joyas que, a lo que se ve, llevaba puestas o había ordenado que colocasen cerca de él para toda la eternidad, porque el caso es que nadie más volvió a verlas nunca más en el pueblo…
 
Tan escuetamente como sus padres se la contaron a él, mi abuelo me la contaba a mí, sin más detalles que permitieran hacerse una idea mejor de lo sucedido aquella fantástica noche. Por eso mi imaginación iba llenando los huecos de la narración. Pensaba de esta forma que el muerto/dormido debía ir vestido como los conquistadores del Perú o de México, con un morrión en la cabeza tirando a puntiagudo sujeto a su calavera por un barbuquejo de seda, una lujosa coraza plateada cubriéndole el torso y un jubón acuchillado y unas calzas sobre sus huesudas piernas. Y por supuesto oro, mucho oro, en barras y sobre todo en monedas, esparcido por toda la tumba. Supongo que mi visión era esa porque habría visto en algún libro que hubiera por casa alguna ilustración con el retrato de Hernán Cortés, de Ponce de León o de Coronado, y por eso me había hecho una imagen de la momia del mecenas pedrosiño muy similar a la que ofrecía Orellana en una de las pelis de Indiana Jones:


Y naturalmente también con muchas y enormes telarañas por toda la estancia, de esas que sólo unas arañas tan lustrosas y trabajadoras como las que suele haber en Pedroso podían tejer. Un cuadro, para concluir, que provocaba bastante miedo en el niño que yo era entonces, que imagino que es el terrorífico efecto que mi abuelo pretendía conseguir al contarme la historia de su abuelo “arqueólogo” que, bien mirado, era también mi tatarabuelo.

No se me olvidó esa historia, mucho menos cuando por fin pude pasar muchos largos veranos en Pedroso, donde confirmé lo que ya mi abuelo me había contado también: que la iglesia de San Juan llevaba muchos años en ruinas, manteniendo solamente sus muros exteriores, y algún arco de bóveda haciendo equilibrios en el aire. Parece ser que el párroco de finales del siglo XIX o principios del XX dejó que una pequeña gotera en el tejado fuese aumentando de tamaño hasta que el estropicio ya no tuvo remedio alguno, pues la techumbre se vino abajo dando apenas tiempo para salvar alguno de los retablos y cuadros que todavía hoy en día se conservan en la iglesia del Salvador. Así me lo contó una vez mi inolvidable tía Mercedes, hermana de mi abuelo Fermín, mientras preparaba aquellas rosquillas con anís y limón tan sabrosas que sólo ella sabía hacer.

Por cierto, que ella también había escuchado a sus padres la historia del muerto enterrado como si aún viviera que una vez hubo en esa iglesia hundida. Así por lo menos pude confirmar que la historia no era un invento de mi abuelo, sino que sus padres se la contaron a todos sus hijos e hijas por igual. Comprendí entonces también que mi tatarabuelo, aquel niño que se atrevió a esconderse en el templo, quizás no lo haría solo, sino que algún otro mocete pudo colarse con él, porque en un pueblo tan pequeño sería imposible guardar el secreto de un hecho tan sorprendente como este, y que por tanto esta historia no sólo pertenecía a los Viniegra, sino muy probablemente también a muchas otras familias asentadas en el pueblo desde hace siglos, que habrían ido contándosela a sus hijos para entretenerlos o asustarlos durante generaciones, así que cada una de ellas habría ido añadiendo detalles por su cuenta, y al final el tatarabuelo de cada uno y de cada una sería quien verdaderamente estuvo allí aquella noche. Seguro que fue así, pero yo os la cuento exactamente como a mí me la contaron.

¿Y quién pudo ser aquel tatarabuelo mío? El método genealógico a emplear resulta muy sencillo: basta con preguntar al miembro más anciano de la familia a cuantos antepasados suyos recuerda o al menos de cuántos ha oído hablar en casa. Y afortunadamente mi padre, Fermín Zuza, tuvo el empeño y la curiosidad de preguntarle -y de anotar su respuesta, lo que me permite a mí ahora transcribirla- a mi abuelo, que recordaba por supuesto a sus padres: Saturnino Viniegra y María Larios, que le habían hablado a su vez de su abuelo, a quien él no llegó a conocer personalmente: Juan Viniegra, casado con Agustina Blasco hacia 1820. Este Juan debió ser, por tanto, el aventurero que aquella noche, oculto en la oscuridad pre-eléctrica, vio como desvalijaban al fundador de la imponente iglesia de San Juan de Letrán.

Sabiendo esto, quedaban por conocer más cosas sobre quién fue dicho fundador, y muchos años después, nada menos que en 2009, gracias al estupendo trabajo en la revista Berceo de Juan Carlos Hernández Núñez, https://dialnet.unirioja.es/descarga/articulo/3138740.pdf pude conocer tanto al protagonista de nuestra historia –no sé si llamarla “de terror”- como al maravilloso tesoro que dejó para que mi tatarabuelo pudiera verlo siendo sólo un niño.

Así, acudiendo al Compendio Histórico de la Muy Ilustre Villa de Pedroso, escrito en 1786 por Juan Matías Herce, puede leerse: 

Tiene esta villa otra yglesia sacramental que fundó el señor don Juan de Pedroso, Caballero de la orden de Santiago, de los Consejos de Guerra y Hacienda de S. M. con tres capellanes y misa diaria que alternativamente cantan. Murió el año 1628 y su cuerpo está sepultado en su yglesia, cuyas armas están en la fachada de ella a un lado de la ymagen de SanJuan Baptista, que es el titular de la yglesia.”. Al parecer, el templo lo “hizo labrar en las casas de sus padres”.

El caso es que el caballero Juan de Pedroso y González, que debió nacer en la villa hacia 1581, dictó testamento el 1 de febrero de 1628 en Madrid, donde residía desde al menos 1613, como miembro del Consejo de Guerra primero y luego del Almirantazgo encargado de combatir a los rebeldes holandeses. En esos cargos, conoció y trató bastante con el Conde-Duque de Olivares, privado (primer ministro) del rey Felipe III. En su ya citado testamento, encomendó  a su sobrino Bernabé Martínez de Pedroso la construcción de su capilla funeraria en Pedroso, habiendo de erigirse “una yglesia o capilla” en el solar que ocupaban las casas de su padre, en la villa de Pedroso. La advocación sería la de San Juan de Letrán, teniéndose que unir con la basílica de Roma, como se había hecho con la existente en Gibraltar. Si la unión no era posible, se dedicaría a los Santos Juanes y se conseguiría un privilegio para alguno de sus altares y un jubileo para el día de San Juan.

Para su edificación, así como para su ornato, dejaba 1.000 ducados, que si eran insuficientes se tomarían, mientras terminaban las obras, de las rentas de las tres capellanías que fundaba en el templo con un total de 600 ducados anuales. Concluidas éstas, el cuerpo de Juan de Pedroso sería trasladado a la capilla mayor, donde sería sepultado, prohibiéndose que ninguna otra persona fuera enterrada en la misma, a no ser su sobrino Bernabé Martínez de Pedroso, al que nombraba patrón de la iglesia. A su muerte, el patronato pasaría a un órgano colegiado, constituido por el abad del monasterio de Nuestra Señora de Valvanera, un vicario nombrado por el Obispo de Calahorra – La Calzada y, de la población de Pedroso, el párroco de la iglesia de El Salvador y su alcalde ordinario. La Iglesia de San Juan de Letrán se erigió en los años siguientes y se consagró finalmente el año 1654.

La iglesia tenía tres altares, el mayor y dos colaterales, haciéndose los retablos con las “pinturas que al presente ay en mi cassa” y que pasarían al templo para su adorno. Éstas eran “un Sant Antonio grande con su marco dorado; Un Sant Francisco tambien grande; El Christo amarrado a una coluna; Otro cuadro grande de Christo en el supliçio quando le estauan los sayones azotando; Un Sancto Gerónimo grande; Un Sancto Pablo; Sant Juan Baptista, cuadro grande que ha de ser para el altar mayor y el del advocación; El cuadro de Sant Juan Ebangelista; El de la Virgen del Populo; Un Christo cruçificado; El Christo después azotado; La ressurrection de Laçaro; El cuadro de Dauid con Abigayl (y) Dos ymagenes de nuestra señora”. Además, también entregaba las esculturas de “El niño Jessus de bulto; el niño Sant Juan de bulto; los dos Cristos de bulto”. 

La donación se completaba con objetos de platería y textiles, tales como “El brasero de plata mio, con su escalfador; el cofrecillo de plata para que sirua de arca al serenísimo sacramento para enzerrarlo los dias del juebes sancto; Ocho candelero de plata grandes, Quatro candeleros de bugías redondas; Una fuente y un jarro de plata; La colgadura de brocateles nueua que son por acabar con la cama, que todo se compró en una almoneda, con la mejor madera, o el catre de hebano si se pudiere acomodar creciéndole los pilares (y) las alfombras grandes con los tapetes nuevos” 22. Asimismo, donaba “las dos cruzes de reliquias y el relicario que sea a la cabecera de mi cama (…) Las reliquias que traygo conmigo, metidas en una cruz de oro, que son una espina de la corona de Christo, nuestro señor, y [roto] es de lignun cruzis (…) juntamente con otras que estan en un cofrezito blanco de marfil”.

Terminadas las cláusulas sobre la fundación de la iglesia y las capellanías, en el testamento se continúa con el reparto de sus bienes. En total, sin contabilizar los destinados a la iglesia y a las capellanías, se repartieron 17.200 ducados; 12 escritorios, uno de ellos de ébano y marfil y dos de plata; 4 escribanías, de las que dos eran de plata; 3 cuadros y 2 láminas; 5 cadenas de oro, una de ocho vueltas y otra de dos; 2 cintillos de diamantes; 3 veneras, dos de oro y una de diamantes; 2 palanganas de plata; 5 vestidos, aunque se especifica que tenía más, con bordados, de felpa y de colores; un juego de tapices con la historia de los Infantes de Lara; un pabellón de seda, posiblemente perteneciente a una cama; y dos piezas de brocatel. Además, contaba con cuatro esclavos, Tomé Rubio, al que se le concede la libertad, y tres mahometanos, Azán, Alí y Almanzor, que de convertirse al cristianismo se les concedería la libertad. De no ser así, el último, Almanzor, pasaría a ser custodiado por su sobrina Francisca de Pedroso para que “mire mucho por su combersión y que sea cristiano y quando lo fuere le dé la libertad”. A éste se le mantendría de la hacienda de Juan de Pedroso hasta su bautismo y se le tendría que enseñar un oficio...

Varias cosas importantes a destacar: el caballero Juan de Pedroso disponía, en efecto, de bienes considerables, incluidos cuatro esclavos, que al menos tuvo la buena idea de liberar tras su fallecimiento. Tantos bienes que pudo cumplir su deseo de que se levantara una iglesia del impresionante tamaño que todavía hoy puede asombrarnos. Pero además este fue un templo con una clara finalidad funeraria: sólo él podía ser enterrado allí (a lo sumo también únicamente su sobrino Bernabé), y el alcalde de Pedroso formaba parte del Patronato establecido para cuidar el edificio, así que tenía poder de decisión sobre el templo y sobre su contenido...

Otro asunto no menos importante, al menos para mí: a medida que iba adquiriendo conocimientos sobre la época, ya me imaginaba yo que Juan de Pedroso no pudo ir vestido como un conquistador español del siglo XVI. Así que me dio por pensar en que el atuendo con el que se encontrarían los atribulados concejales cuando fueron a sacarlo de su tumba, sería más o menos parecido al de Lord Bemburry, el malo de El Corsario de Hierro, con su peluca de bucles empolvados y su pie gotoso:


 Pero claro, eso acabó resultando también imposible, porque dadas las fechas (mediados del siglo XVII), lo más lógico es que el caballero fuera más bien vestido como su amigo (hasta le dejó un cuadro del gran pintor riojano Navarrete el Mudo en su testamento), el primer ministro de la monarquía hispánica: el conde-duque de Olivares.

Un aspecto un poco menos espectacular, reconozcámoslo, pero aún así imponente, sobre todo teniendo en cuenta que aquél fue varias veces retratado por Velázquez, el mejor pintor de todos los tiempos, a quien dado los elevados cargos que Juan de Pedroso desempeñó en la Corte, hasta podríamos suponer que  pudo conocer nuestro paisano. Un pedrosiño, con magnífico gusto para la pintura, tratándose de tú a tú con Velázquez, ahí queda eso…
  

¿Pero por qué despojarían, 150 años después, los concejales de su villa al cadáver de don Juan? Aunque como ya he dicho, juzgo imposible que fueran sólo los concejales, sino el pueblo entero quien se habría dado cita en San Juan aquella noche. Sobre todo teniendo en cuenta la razón por la que yo creo -con lo que me gusta a mí unir fantasía y realidad- que la leyenda mil veces repetida podría tener algún viso de autenticidad...

Pues sí, vaya que sí creo que puede tenerlo. Y la explicación nos la podrá dar, una vez más, mi tatarabuelo Juan de Viniegra, porque si sé con más o menos rigor en la fecha, que se casó hacia el año 1820, y suponiendo que lo hiciera a la edad de 20 años, tendría unos nueve cuando ocurrió algo trascendental en aquella parte de La Rioja

El 20 de diciembre de 1809, en plena Guerra que después sería llamada de la Independencia, los soldados franceses de Napoleón, acantonados en Nájera, subieron y saquearon a conciencia tanto el monasterio de San Millán como toda su comarca, sobre todo allí donde les habían contado que habría más riquezas que rapiñar. Se dice que, solamente de San Millán, se llevaron cerca de cuarenta arrobas de oro, plata y piedras preciosas, entre ellas el recubrimiento de la maravillosa arqueta de San Millán, encargado por el rey navarro Sancho IV el de Peñalén hacia 1070. De esa forma desaparecieron también las tablillas de marfil que faltan en la actualidad de esa preciosa obra de arte. Previamente, los soldados de Napoleón habrían amenazado a cada población con diezmar a sus habitantes si no se les entregaba todo lo que de valor hubiera en cada pueblo.

Esa me parece la explicación más plausible para que la corporación se viese obligada a despojar la tumba de uno de sus hijos más ilustres que, de dar credibilidad a mi hipótesis,  habría realizado también así -después de muerto, como el Cid Campeador- su mayor hazaña militar: salvar la vida de muchos de sus paisanos y probablemente lograr la supervivencia del propio pueblo, pues los franceses acostumbraban a quemar todas las casas de las poblaciones donde no se atendían sus exigencias.



Nunca sabremos, por tanto, lo mucho que quizás le debemos todos si, como creo, sus alhajas acabaron de forma completamente involuntaria en los bolsillos de los soldados franceses, comprando de esta manera la paz a costa del mayor tesoro (no hay más que repasar la lista de sus posesiones en el testamento) que entonces poseía la villa de Pedroso. Y si así ocurrieron las cosas, me resulta imposible echar en cara al atribulado Ayuntamiento de entonces, desde mi cómodo sillón de hoy en día, que actuaran de esa forma, porque aunque seguro que no les haría gracia que los franceses les robaran, negarse hubiera supuesto el fin definitivo de una historia que comenzó muchos siglos atrás, cuando el pionero Pedro se encontró al Oso

Quizás también porque existe la justicia histórica, los ayuntamientos actuales escogieron las armas de don Juan de Pedroso, aquellas que campean en la fachada de su iglesia, para que representasen a todo el pueblo, de manera que el escudo de la villa hoy en día es el del caballero que con sus bienes logró probablemente que la población sobreviviera a la furia napoleónica.



Con esa pérdida de las joyas de Juan de Pedroso, y con la posterior ruina, un siglo más tarde, de la propia iglesia de San Juan de Letrán, dicho tesoro entró en las nieblas de la Historia para siempre, aunque un verano, siendo muy crío, intentase yo buscarlo todavía, acompañado por mi amigo Miguel Angel, aprovechando que las maderas que tapaban siempre el vano de su puerta estaban removidas. Avanzamos por entre los paredones, con los vencejos como únicos testigos, y aunque estaba todo cubierto de una maleza espesísima, pudimos llegar hasta el fondo de la nave. Pero allí no había ya losa ni altar, sólo saúcos y ortigas más grandes que nosotros mismos, que de repente se abrieron y dejaron ver… una vaca negra y enorme que se había colado también allí dentro y que me dio un susto tremendo, porque hasta entonces la única vaca que había visto yo tan de cerca era la que salía dibujada en las cajas de leche Kaiku. Miguel Angel ni se inmutó, porque él sí que estaba acostumbrado. Pero a mí me pareció entonces y me parece todavía hoy que aquello fue un mensaje del caballero exigiendo que lo dejásemos en paz de una vez, y que mi tatarabuelo Juan ya le había visto lo suficiente: allí, en su  cama, con sus objetos más preciados, como para venir dos siglos después a seguir dándole la lata. Y creo que don Juan de Pedroso tenía toda la razón.




Y esto es todo. Como Juan se lo contó a su hijo Saturnino, éste a su hijo Fermín, éste a su hija Elisa, y ellos dos a mí, os lo he contado yo ahora. Siempre he conocido la iglesia de San Juan en ruinas. Restaurarla, dado su mal estado y su tamaño creo que nunca llegaremos a conocerlo, así que espero que tarde en hundirse del todo y prefiero quedarme con que  las piedras viejas tienen siempre su encanto y belleza.

De todas formas, ahora, cada vez que paséis por delante de su maltrecha fachada, podréis acordaros e incluso rezar una oración por el caballero de la Orden de Santiago Juan de Pedroso. Y por qué no, también por vuestros tatarabuelos y tatarabuelas, que vislumbraron en la penumbra de una iglesia un ejercicio de pragmatismo político-económico, que quizás prolongó la vida del municipio de Pedroso hasta hoy mismo.

Y que sea por muchos años.


¿Y dices que el caballero estaba tumbado en su cama
como si estuviera dormido, abuelo?


© MIKEL ZUZA VINIEGRA, 2018

viernes, 27 de julio de 2018

CELOS ENTRE ESCRITORES


-Al final nos pillarán, ya lo veréis...

-¡Bah, si no se fija nadie en nosotros!

-Pues Zuza ya se dio cuenta aquella vez...

-¡Pero si venía de las tabernas de la rúa de San Nicolás y llevaba un tablón de campeonato! Debió parecerle que se lo había imaginado...

-¡La culpa fue tuya, Arbolancha, que te despistaste y en vez de volver a tu sitio te pusiste en el de Sada! ¡Y encima tú miras a la izquierda y te colocaste entre los que miran hacia la derecha!

-¿Culpa mía? ¡Pero si la idea de que nos moviéramos cada noche fue vuestra, príncipe!



-¿Y qué queríais, que nos mantuviéramos así de quietos otros 122 años más? Mira que le inspiré en sueños al pesado de Ansoleaga que cuando proyectase la fachada del Archivo nos colocase en parejas para poder mantener interesantes conversaciones, y no cuatro mirando a un lado y otros cuatro mirando al otro, pero nada, era un sieso. Tanto que a mí, que soy el más importante de todos vosotros, me colocó en el extremo, y a Azpilicueta y a Ximénez de Rada en el centro ¿Dónde se ha visto cosa igual?



-A ver si os pensáis que teneros tan cerca es plato de gusto, príncipe, siempre aguantando vuestra batallita sobre la Cuarta Parte de vuestra Crónica. Empiezo a pensar que no la escribísteis nunca...

-¿Y me lo decís vos, fray Diego, que sois el autor del tratado más aburrido que vieron los siglos? Porque somos de piedra y no tenemos que dormir, porque si no, bastaría con que cada noche nos leyéseis dos o tres líneas de vuestro libro para que nos pusiéramos a roncar...

-¡Seréis insolente y maleducado! ¡Pues vos sois un plagiario, que copiastéis (sin citarlo) más de la mitad de vuestra obra a Garci López de Roncesvalles! ¡Él es quien debiera estar representado en esta fachada, y no vos!

-¡Lo que pasa es que en el siglo XV no estaban regulados los derechos de autor! ¡Además: si nosotros somos los ocho mejores escritores de Navarra, vos sois quien no pinta nada aquí, fray Diego, porque aburrís a las piedras con vuestra latiniparla incomprensible!

-Ya, ya... Pues si tan príncipe fuísteis, ¿por qué no los regulásteis vos? ¡Escritor de boquilla es lo que sois vos, don Carlos!

-¡Y dale! Ya están el principe de Viana y fray Diego de Estella discutiendo otra vez... 122 años y no ha habido noche que no acabasen igual, menuda suerte tenemos, padre Moret, de estar al otro lado.



-Y tanto, señor de Jaso, y tanto. Pero...¡Chist, calláos de una vez, que vienen los forales!

-¡Uff, casi nos pillan esta vez!

-¿Esos, qué nos van a pillar? Otra cosica eran mis guardias del palacio de Olite, a ellos si que no se les escapaba ni un alborotador. Además, que estos forales, desde que les quitaron las txapelas, no han vuelto a ser los mismos. Con esas gorras parecen una mala imitación de los ayudantes del departamento del Sheriff del Condado de Maricopa (Arizona, Estados Unidos).

-¡Vaya con el "intelectual", que se pasa todas las mañanas oyendo los programas de crímenes de la Sexta que nos llegan desde el balcón abierto del restaurante San Ignacio! Sabréis vos mucho de gorros, que ese que os puso Ansoleaga sobre vuestra molondra parece talmente un cono de tráfico...

-¿De verdad queréis que os diga dónde podéis meteros este cono, fray Diego? ¡Al cabo que a vos os representó mejor nuestro pésimo arquitecto, que parece que llevais un queso de tetilla en vuestra oronda cabezota!



-¡Nada, que no se cansan estos dos pelmas! ¿No será que tenéis alguna tensión sexual no resuelta? ¡Iros al Yoldi los dos y dejadnos dormir a los demás, coñe!

-¿Pero qué estáis insinuando, Sada? Mirad que él se quita el gorro y yo no atiendo a la tonsura y la tenemos...

-¡Cuando sea rey lo primero que pienso ordenar es que raspen vuestros siete medallones y que retallen por encima a siete damas más bellas que Sigrid de Thule. El harén de la avenida de San Ignacio nos van a llamar, ya lo veréis...

-Buenoooo, ya se ha debido quitar el gorro y le ha vuelto a dar el sol en la cabeza... ¿Y así vamos a tener que estar 122 años más? Porque entonces igual pido el traslado a la Taconera, que me coloquen a los pies de Mariblanca y pueda así perderos de vista a todos, ¡socansos!

-¡Chist, Moret, calláos todos, que está amaneciendo! Hasta dentro de unas horas, y a ver si mañana nos despertamos los ocho un poco menos vinagres que de costumbre, por favor...

© MIKEL ZUZA VINIEGRA, 2018

jueves, 28 de junio de 2018

I WILL SURVIVE

Estella, 28 de junio de 2018

Una de las más curiosas historias que se perdieron cuando ardió el archivo de la iglesia de San Miguel de Estella en el verano de 1739, es el acta judicial de un proceso del año 1503, que relataba lo sucedido apenas doce meses antes, durante las celebración del torneo organizado en aquella ciudad por los reyes Catalina y Juan de Labrit para agasajar a la embajada del archiduque Felipe de Borgoña.

Dicho pleito sólo podemos conocerlo hoy en día por los breves apuntes que el erudito local Andrés María de Errazquin tomó de las actas originales en el siglo XVI, mientras preparaba su libro: “Glorias inmarcesibles de la ciudad de Estella y corolario angélico que lleva directamente a los Cielos a los naturales de esta villa, siempre favorecidos por la intercesión divinal y regia, desde los tiempos de la invasión agarena hasta el feliz reinado de S. M. Felipe IV de Navarra, II de Castilla”.

Anota el ilustrado estellés cómo, agobiados siempre los reyes de Navarra por la presión de los reyes Isabel y Fernando, buscaron a la sazón apoyo y alianza en el todopoderoso duque Maximiliano de Borgoña, y en su joven hijo, Felipe, que fue con quien, al parecer, mejores migas hicieron, quedando muy prontamente concertado el envío de una embajada borgoñona que confirmase públicamente a todos los reinos y estados del mundo la unión entre Navarra y Borgoña.

La inminente llegada de la delegación, y el mal estado de la capital del reino tras tantos años de guerra civil entre beaumonteses y agramonteses, hicieron que nuestros sagaces reyes pensasen en Estella como el mejor lugar para recibir a los embajadores del norte, pues a todos era notorio que tenía esta ciudad suficientes atractivos como para deslumbrarlos, no siendo el menor de los cuales el ornato y engalanamiento que justo en ese mismo año de 1502 se estaba llevando a cabo en la parroquia de San Miguel, cuyo retablo mayor estaba siendo esculpido por el maestro Terín, un famoso artífice aragonés.

Por si acaso el arte que podían costear los monarcas navarros no impresionaba demasiado a los viajeros, al fin y al cabo acostumbrados al lujo borgoñón, el rey Juan decidió obsequiarles con un torneo donde pudieran mostrar sus habilidades guerreras, enfrentándose a la flor y nata de los caballeros navarros.

Nadie de los presentes en Estella cuando arribó la comitiva, podrá olvidar nunca la prestancia y distinción de los recién llegados, sobre todo de quien los comandaba: el duque Roberto Van Breukelen, cuya armadura dorada y plateada deslumbraba al sol de los primeros días del verano. Cuenta la crónica que, cuando el duque se apeó de su caballo y se quitó el yelmo para hacer la reverencia a Sus Majestades, una cascada de bucles rubios, más brillantes aún que el oro que punteaba su arnés, cayó sobre sus hombros, provocando un murmullo de admiración en toda la concurrencia: ¡Qué guapo, por Dios!

Hay quien dice que hasta se lo escuchó decir a la reina doña Catalina, pero esto es algo sobre lo que los historiadores no se ponen –todavía hoy- de acuerdo. De lo que sí podemos estar seguros, gracias a las anotaciones de Errazquin, es que uno de los que más prendados quedó fue el citado maestro Terín, que en aquel mismo momento quedó prendado y sojuzgado por la belleza de don Roberto. Esto, que hoy en día no asombra a nadie que tenga dos dedos de frente, pudo costarle la vida al renombrado escultor, pues tal y como afirmaba el proceso judicial hoy perdido, no era el artista persona que escondiese sus sentimientos, como demostró fehacientemente comenzando a tallar la figura del santo titular, copiando escrupulosamente cada uno de los rasgos del duque, lo cual provocó hondo rechazo en algunos miembros del Consejo Real, singularmente en el obispo don Martín de Ilurdoz, que amenazó con anatemas (y quien sabe si también con hoguera) a cualquiera que propagase entre sus fieles lo que el denominaba como “pecado nefando”.

Llegó el obispo en su mal propósito a invertir de su propio pecunio (cosa extremadamente rara en los de su condición, que siempre prefieren tirar con pólvora del Rey) en la contratación de dos nuevos agentes que él creía que contribuirían a terminar definitivamente con aquella sensación de pecado que se había extendido por Estella. El primero, el mejor caballero nacido entre las mugas del reino: Francés de Beaumont, que llevaba fama de no haber sido nunca derrotado en combate real ni menos aún en torneo, que se encargaría de apalizar al advenedizo borgoñón. Y el segundo, un imaginero traído a toda prisa desde las obras de la catedral de Santo Domingo de la Calzada, para que lo inmortalizase y lograra opacar con su arte a la blasfema imagen que estaba tallando el maestro Terín.

Llegó el día del torneo. No se puede decir, ni aún siquiera se podría imaginar, el garbo que ambos contendientes demostraban. Llevaba Jorge sus mejores galas bélicas: peto forrado de raso carmesí y pancera acanalada brillante y plateada. Roberto repetía la indumentaria del día de su llegada: arnés blanco con pancera y faldellín de oro y una capa escarlata sobre los hombros. Combatieron primero a caballo, y cuando quedó claro que ninguno podría descabalgar al otro, lucharon a pie, hasta que el ahogo por tanto esfuerzo les obligó a quitarse los yelmos.

Lo cierto es que, movidos por la inquina que terceras personas habían sembrado esos días entre ellos, no habían llegado a verse todavía las caras, así que cuando se desprendieron de sus respectivos cascos y camailles, no pudieron dejar de sentirse fascinados el uno por el otro, pues es de saber que nadie creía que pudiera haber otros dos caballeros más fuertes y hermosos en toda la Cristiandad. De suerte que cuando decidieron firmar tablas en su pelea, nadie se llevó las manos a la cabeza, excepto el señor obispo, que parecía a punto de echar espuma por la boca.

Esa misma noche, los dos caballeros –misteriosamente- desaparecieron, unos dicen que se refugiaron en la corte de Portugal (siempre más abierta y tolerante), otros que cruzaron de la mano el mar, rumbo a los nuevos territorios recién descubiertos. El obispo exigió a don Juan y doña Catalina que salieran sus tropas a darles caza, pero es fama –recogida en el acta desaparecida, y atestiguada ada por el docto Errazquin- que ambos contestaron al unísono que no eran ellos quiénes para cuestionar lo que los poetas más famosos de aquél momento sabían, pues:

“Es amor fuerza tan fuerte,
 que fuerza toda razón.
 Una fuerza de tal suerte,
 que todo ingenio convierte,
 por su fuerza y afición.”

Condenaron pues los reyes al obispo a permanecer callado, pero también a pagar al tallador contratado la estatua de San Jorge, de tal forma que incluso hoy en día, pueden ver quienes se acerquen a aquella iglesia en lo alto de Estella los retratos de Francés y de Roberto, camuflados como los santos guerreros por excelencia: uno en su capilla exenta y otro en el ábside. Y como es Estella ciudad en la que llueve bastante y pugna por salir el sol entre las nubes, algunas veces, como probablemente en el día de hoy, un arco iris une esas mismas manos que cruzaron el mar para dejar atrás mezquindades y prejuicios.

SAN JORGE DE ESTELLA

SAN MIGUEL DE ESTELLA, por el Maestro Terín



Y esta historia fue escrita el 28 de junio, Día Internacional del Orgullo LGBT, que esta vez coincide además con una tormenta mediática sobre la figura del San Jorge de Estella, que llevaba 500 años en la tranquilidad de su anonimato, y que a él volverá a pasar otros 500 más, si le dejamos entre todos –yo incluido- en paz. 





© MIKEL ZUZA VINIEGRA, 2018

martes, 29 de mayo de 2018

ENTREVISTA EN EXCLUSIVA AL PRÍNCIPE DE VIANA



El príncipe Carlos nos recibe hoy, 29 de mayo de 1461, en su cámara privada del Palau Reial de Barcelona. Su semblante es pálido, como corresponde a un convaleciente. Está rodeado por docenas de libros, y sobre la mesa lateral hay por lo menos otros diez más abiertos, destacando entre todos ellos, sobre un atril, el Breviario de San Luis de Francia, el libro que un ángel le bajó del cielo cuando aquel rey –antepasado del propio Carlos- estaba prisionero de los sarracenos en Egipto. La pared del fondo tras el sillón donde el príncipe descansa, está cubierta por un lujoso tapiz con las divisas de los reyes de Navarra: las guirnaldas de hojas de castaño, los triples lazos y los lebreles blancos. Una estantería baja aparece repleta de objetos: pequeños ajedreces tallados del tamaño de una nuez, cuernos de unicornio, el collar de la orden de Bonefoy, una estatua de marfil que representa al propio primogénito de Navarra y Aragón…

Príncipe de Viana: Pasad, pasad. Acomodaos donde podáis. Disculpad el desorden, pero tengo la mala costumbre de leer varios libros a la vez, y me gusta tenerlos siempre a mi alrededor. Me tranquiliza pasar mis manos sobre ellos, más todavía ahora, que desde que mi madrastra me liberó de mi infecta prisión en el castillo de Morella, no termino de recuperarme del todo. En cualquier caso, recordad que si he accedido a que me cuestionéis sobre mi vida ha sido a cambio de un pequeño favor que al final de nuestra reunión os explicaré…

Mikel Zuza: No hay nada por lo que tenga que disculparos, alteza, que yo también tengo muchos libros empezados sobre mi mesilla. En cuanto a ese secreto “favor”, sabré agradecer que me hayáis concedido esta exclusiva.

P de V: ¿Luego amáis también los libros? Me place, seguro que nos llevaremos bien vos y yo.... Pero comenzad ya con vuestra entrevista, por favor, que me encuentro algo cansado…

M. Z: La primera pregunta no puede ser otra que vuestra opinión sobre la complicada situación que ahora mismo se está dando en Cataluña, donde habéis sido nombrado lugarteniente perpetuo por los consellers de la Generalitat.

P. de V: Agradezco al pueblo catalán que me haya acogido durante este último año. Confieso, en honor a la verdad, que hasta ese momento no sabía yo gran cosa sobre este reino, absorbido como he estado durante tanto tiempo por mis problemas para ser reconocido como rey de Navarra por mi padre. Pero ahora que he tenido la suerte de vivir en Cataluña, creo compartir sus justas reivindicaciones.

M. Z: Precisamente dados vuestros antecedentes, ¿creéis que en Cataluña el rey don Juan cederá en todas aquellas cuestiones que, aún referidas a Navarra, no ha querido tratar con vos durante casi veinte años?

P. de V: Mi padre siempre ha sido para mí un enigma dentro de un misterio. El enigma es por qué se ha negado siempre a cederme la corona de mis antepasados. El misterio es por qué le importa tan poco el reino de Navarra. Llevo cinco años ya fuera de mi casa, que está y ha estado siempre en Olite. Mi padre se niega a dejarme volver a Navarra, tiene miedo de que pueda volver a alzarme contra él. En realidad, ese es el problema: a pesar de su inmenso poder, mi padre es un hombre que siempre tiene miedo, y transmite ese horrible sentimiento a todo lo que le rodea. Y del miedo al odio sólo va un paso. No hemos llegado a conocernos nunca él y yo, supongo que también por mi culpa. Lo malo es que nuestras discrepancias personales han acabado afectando a muchos inocentes. Eso es lo peor de todo.

M. Z: Y vos, príncipe: ¿tenéis miedo?

P. de V: Pues claro que sí, como cualquier hombre normal. Tengo miedo a defraudar las expectativas que mucha gente ha puesto en mí. Muchos de mis partidarios lo han perdido todo –incluso la vida- por seguir mi causa. Muy mala persona tendría que ser yo si eso me dejase dormir sin remordimientos.

M. Z: Perdonad que me atreva a preguntároslo, alteza, pero las calles de Barcelona bullen con el rumor de que vais a legitimar a vuestro hijo Felipe casándoos por fin con doña Brianda…

P. de V: Mi vida personal sólo me pertenece a mí. Hablemos de política todo lo que queráis, pero dejad a mi familia al margen. Creo que con esto respondo también a vuestra impertinente pregunta, pero por si acaso aclararé que nunca –reitero- nunca, traspasaré la pesada carga que he soportado yo durante todo este tiempo a un pobre niño de cinco años. Conozco demasiado bien a las facciones que me rodean como para no saber que lo despedazarían en pocos meses. Que viva su vida lo mejor que sepa o le dejen, no habrá mayor regalo que yo pueda hacerle. 

M. Z: Disculpad que insista, pero esas mismas voces dicen que vuestra enfermedad no tiene cura, así que, si actuáis de esa manera, vuestro partido quedara descabezado cuando… Cuando…

P. de V: ¿Cuándo yo muera? Sed osado, y no os preocupe mentarme a la parca. Según el día, la veo más como un descanso largamente anhelado que como una interrupción. He dado lo mejor de mí para defender mis derechos, siempre con menos medios que mi padre, así que ahora no tengo miedo a enfrentarme al Creador. Quiero preguntarle yo también por qué ha permitido que me ocurrieran ciertas cosas…

M. Z: Decís que habéis dado lo mejor de vos, pero… ¿ha sido siempre así? ¿Qué teneéis que decir a quienes os acusan de no haber tratado demasiado bien a vuestra esposa, la princesa Agnes de Kleves? ¿Qué quizás amabais más a otra…?

El príncipe se revuelve en su sillón, y claramente enojado, argumenta:

P. de V: ¡Ya os he dicho que mi vida privada es sólo mía! Si ocurrió algo malo o no entre Agnes y yo, es algo que sólo a nosotros dos incumbía, y ella murió hace ya trece años. Pero si eso satisface a vuestros lectores, aseguro que no hubo ninguna otra mujer mientras ella vivió y que, actuando de forma tan respetuosa con mi matrimonio, quién sabe la fama que me gané teniendo en cuenta que mi padre, por ejemplo, me dio cuatro o cinco (ni él mismo se acuerda) hermanos bastardos mientras estaba casado con mi madre –de gloriosa memoria- la reina propietaria doña Blanca de Navarra.

M. Z: Cambiemos pues de tema: ¿cómo recordáis a vuestra madre?

P. de V: Con cariño y con añoranza. Fue una gran madre, y le agradezco la educación que me dio, dirigida exclusivamente a hacerme amar Navarra, y a llegar a ser el mejor rey que esa tierra hubiera tenido nunca.

M. Z: ¿A pesar de su controvertido testamento, en el que directamente os ordenaba no tomar la Corona de Navarra sin el consentimiento de vuestro padre?

P. de V: Incluso a pesar de ello. Tengo fundadas sospechas de que esa malhadada cláusula no le fuera impuesta por mi padre, aunque no pueda yo probarlo. Lo que si puedo mantener públicamente es que cuando la reina se sintió morir, dos años más tarde, me envió una carta en la que me decía que me olvidara de su testamento y me alzara rey. Fui demasiado confiado, y reenvié ese documento a mi padre, quien, sin dejarlo hacer público, lo rasgó en mil pedazos…


Un momento de la animada conversación entre 
el príncipe de Viana y Mikel Zuza,
miniado por Guillem de Hugoniet.

M. Z: Eso me lleva a una de las principales acusaciones que vuestros adversarios os hacen: que sois demasiado bueno, que no se puede medrar en política con vuestra forma de ser.

P. de V: ¿Y qué quieren todos esos? ¿Qué sea igual de malo que ellos? Debieran estar contentos de que un gobernante intentara ser bueno –conseguirlo ya es otro asunto-, y no de que fuera tan malo o peor que muchos de los que ya han tenido que sufrir. Pero este mundo está loco, y parece marchar siempre del revés. ¿Habéis leído a Aristóteles? Pues una vez dijo que  es muy santa cosa preferir la verdad al honor. Yo he intentado atenerme siempre a esa norma de conducta.

M. Z: Me recuerda al lema personal de Miguel de Unamuno: “La verdad antes que la paz”.

P. de V: No lo conozco, ¿quién es ese tal Unamuno?

M. Z: Alguien que se enfrentó a los tiranos.

P. de V: Pues entonces tenemos mucho que ver él y yo.

M. Z: Reconocedme, sin embargo, que vuestro padre parece mostrar más cintura política que vos…

P. de V: Por supuesto que no os lo reconozco. Mi padre lleva combatiendo en distintos escenarios, sobre todo en Castilla, desde que tenía 15 años. Ahora tiene más de 60 y sigue igual: llevando la guerra, el hambre, la ruina y la pobreza a todos los territorios que han tenido la desgracia de cruzarse en su camino. Si la pregunta es si me gustaría ser igual que él, y convertirme en otro Quinto Jinete del Apocalipsis, mi respuesta es bien rotunda: ¡Nunca jamás!

M. Z: Y no creéis que pensar así os ha acarreado quizás demasiados males?

P. de V: Por supuesto: el peor de todos es el exilio. He conocido tierras muy hermosas, llenas de sabios y de cosas bellísimas, pero ni un solo día he dejado de anhelar mi retorno a Navarra. Luego está el asunto de mi quebrantada salud, que yo achaco a…

M. Z: Perdonad que os interrumpa, ¿Qué achacáis quizás a algún veneno?

P. de V: Veo que habéis hecho bien vuestros deberes... Sí, siempre he tenido miedo de ser envenenado. Quizás no por mi propio padre, aunque lo considere muy capaz, sino por alguno de los muchos ambiciosos que le rodean. Y los peores de todos ellos son los dos hermanos Peralta, mosén Pierres y mosén Luis; pero sobre todo el almirante de Castilla, don Fadrique, el padre de la segunda mujer de mi padre. Hasta que sus nietos no se queden con la herencia de los nietos de mi señor abuelo, el rey don Carlos III el Noble, no cejará en su empeño…

M. Z: Esa es sin duda una acusación muy grave, alteza…

P. de V: Grave pero cierta. La he sostenido yo de muchas maneras a lo largo de estos años de tribulaciones. Hasta recuerdo que hice una obra de teatro, una noche, en el palacio de Tafalla, para ofenderle. ¡Dios, qué bien lo pasé aquella noche al echarle en cara unas cuantas verdades!

M. Z: Pero no habéis terminado de contarme el asunto del veneno…

P. de V: ¿Y qué queréis que os diga sobre ese particular? Si lo han hecho ya, no tengo yo remedio, pero lo cierto es que los embajadores del rey Enrique de Castilla (mi excuñado, otro que además de repudiar a mi hermana Blanca, sólo me ayudó cuando mejor le pareció) me advirtieron hace sólo unos meses de que mi padre no me permitiría casarme con Isabel de Castilla, como es mi deseo, porque la tiene reservada para mi hermanastro Fernando; que jamás me dejará reinar en Navarra ni me reconocerá la primogenitura aragonesa, porque quiere que “sólo haya un rey en toda España” y que ese sea el ya mencionado Fernando; y sobre todo me advirtieron de que tuviera mucho cuidado, porque para conseguir ese supremo objetivo, pensaban envenenarme, pues yo soy el único obstáculo que se les opone.

M. Z: ¿Y dais créditos a esos embajadores?

P. de V: ¿Y vos, les dais crédito vos, que parecéis tan bien informado?

M. Z: …. No sé bien qué deciros, alteza. Yo…

P. de V: Tenéis razón: hay poco que añadir... Una última pregunta, por favor, comienzo a sentirte indispuesto.

M. Z: ¿Qué os gustaría que pensaran de vos las generaciones futuras?

P. de V: ¿Y qué me puede importar a mí su juicio? Decidles lo que acabo de contaros: que lo hice lo mejor que supe. Quizás no han llegado los tiempos en que el Gobierno haya de ponerse en manos de las buenas personas o al menos de las que crean un poco en la Justicia. Quizás sea en vuestro tiempo cuando tal cosa pueda al fin alcanzarse. Quizás hubiera sido mejor para todos que yo me hubiera conformado con seguir leyendo libro tras libro en el terrado del palacio de Olite, sin tomar la espada contra mi padre, aunque no sea yo precisamente de los que creen que las armas y las letras son como el aceite y el agua. Pero sí que nunca quise que nadie sufriera daño por mi culpa o en mi nombre. Quizás me gustaría que ese fuera mi epitafio, aunque sé bien que mi siempre misericordioso padre no me dejará volver a Navarra ni muerto. Es igual: yo soy Navarra, y donde yo vaya, Navarra irá conmigo.

M. Z: ¿Y el favor que me habéis solicitado para concederme esta entrevista?

P. de V: Ah, sí: ahora soy yo quien quiere haceros unas cuantas preguntas…

M. Z: Esto no es muy habitual…

P. de V: Frecuente o no, os negaré el permiso para publicar todo lo que os acabo de decir si no cumplís esta condición. Pero tenéis que decir estrictamente la verdad.

M. Z: Entonces, adelante…

P. de V: Confesad que más de una vez habéis soñado con ocupar mi lugar…

M. Z: Apenas recuerdo lo que sueño, así que podría ser. En cualquier caso, si me hubiera gustado ser vos, hubiese sido siempre antes del año 1451. Después, vuestra vida ya fue un cantar mucho más triste…

P. de V: ¿Estáis diciendo que me habríais abandonado a partir de esa fecha? No os creo.

M. Z: No, probablemente no lo hubiera hecho, me encantan las causas perdidas. Decía Borges que son las únicas que merecen ser defendidas por un caballero.

P. de V: ¿Y quién es ese Borges? Seguro que alguien que jamás tuvo que defender sus derechos en una batalla campal…

M. Z: Es otro escritor, alteza.

P. de V: Ah, yo también soy escritor. ¿Habéis leído mi Crónica de los Reyes de Navarra? Sí, claro que la habéis leído… Sé que habéis escrito vos mismo un libro sobre mí. Basado nada menos que en las acusaciones que tuvieron la osadía de hacerme mis enemigos mortales, los Peralta, cabecillas del bando agramontés…



M. Z: Pues sí, pero no creáis que les doy una credibilidad total a sus denuncias. A unas sí, y a otras no. Para ellos sois un demonio y para otros seréis un santo. No obstante, sólo sois un hombre, con mejores o peores cualidades y virtudes, como todos. Y sobre vuestra Crónica: sí, por supuesto que la he leído, al menos sus tres primeras partes. Si me hicieseis el gran favor de dejarme leer la cuarta parte, ahora que además no hay duda alguna de que la escribisteis…

P. de V: ¿Y qué duda podría haber sobre eso? ¿Acaso alguien puede ser tan lelo como para pensar que no iba a contar yo de primera mano todo lo que había sucedido entre mi padre y yo? Naturalmente que podréis leerla, aunque antes me gustaría saber qué represento yo exactamente para vos.

M. Z: Después de tanto tiempo dedicado al estudio de vuestra vida, os confieso que me gustaría considerarme vuestro amigo. Pero no me pidáis a mí un veredicto, que al fin y al cabo he actuado casi como abogado vuestro en mi libro. Que sean los lectores quienes juzguen si vos hubieseis sido o no el mejor gobernante que Navarra hubiera podido tener. Yo, albergo pocas dudas al respecto.

P. de V: Qué diplomático, amigo Mikel… ¿Qué decís si os ofrezco un puesto junto a los más leales, aquellos que no me han abandonado ni en los peores momentos? A Johan de Beaumont, Johan Pérez de Torralba, Johan de Cardona, el bachiller Pedro de Sada o mi bibliotecario, el poeta fray Pere Martínez, me estoy refiriendo. Al fin y al cabo, lleváis mucho más tiempo que ellos siendo seguidor mío. Hoy mismo, 597 años exactos, si no me equivoco. Por supuesto el cargo no será remunerado, sin duda sabéis que mis posibilidades económicas son siempre bastante reducidas…

M. Z: ¡Es cierto, lo había olvidado, hoy es vuestro cumpleaños, don Carlos! Que tengáis un feliz aniversario. Y en cuanto al sueldo, vos como escritor sabéis mejor que nadie que los de nuestro oficio estamos acostumbrados de sobra a la inestabilidad monetaria, así que acepto muy honrado el cargo que me ofrecéis.

P. de V: ¿También en el siglo XXI es así? Bueno, pues entonces creo que os habéis ganado poder llamarme Charles.

M. Z: Pues muchas felicidades, Charles

P. de V: Buen viaje de vuelta, don Mikel.





© MIKEL ZUZA VINIEGRA, 2018

sábado, 17 de marzo de 2018

ULTIMA VOLUNTAD


Ermita de Santa Brígida, Olite, junio de 1456



-Esta imprudencia nos puede costar muy cara, Carlos...

-¿El valiente canciller vicecanciller Pedro de Sada, después de todo lo que ha pasado conmigo, tiene ahora miedo?

-No más que en otras ocasiones, pero meterse en pleno dominio de mosén Pierres no me parece lo más inteligente que me habéis obligado a hacer.

-Por eso no te preocupes: no tiene imaginación suficiente para pensar que podamos estar aquí. Y de todas formas tenía que venir aquí antes de marcharme definitivamente de Navarra.

-Si nos atrapan aquí, es cuando no podremos irnos para buscar ayuda que nos permita seguir con vuestra lucha. Nuestras arcas están vacías, y vos os empeñáis en hacer una ofrenda en este recóndito lugar.

-No tan recóndito, Pedro. Parece mentira que fueras alcalde de Olite.

-Me nombrasteis vos...

-¿Lo hice? Todo parece ya tan lejano... Pero aún así, desde la villa hasta aquí no hay más que un paseo. Siendo tan temprano, y al resguardo del encinar, es imposible que nadie nos vea.

-¿Queréis decirme de una vez qué estamos haciendo aquí en lugar de preparar el viaje a Francia? Os recuerdo que las tropas de vuestro cuñado Foix por el norte, y las de vuestro padre don Juan por el sur comenzarán en cualquier momento su ofensiva. Y si os apresan de nuevo, vuestra causa estará definitivamente perdida.

-¿Y cuándo no ha estado perdida mi causa, amigo Pedro? Eso es algo que nuestros enemigos no tienen: el ensueño de una causa perdida.

-Los que mueren por vos no lo hacen por un ensueño, a veces parece que lo olvidáis.

-No, no los olvido, y les agradeceré siempre todo lo que hacen por mí, pero también a estas alturas deben saber ya cómo soy.

-Seguís sin responderme: ¿qué estamos haciendo aquí?



-Ah, sí. Veréis, cuando era un niño, mi madre nos traía a la romería a mis hermanas y a mí, insistiendo durante todo el camino en que fuéramos generosos con nuestras limosnas. Una de esas veces, cuando la gente concentrada a nuestro alrededor era tanta que el dinero dispuesto para ese menester se había ya agotado, ella extrajo de una cajita que llevaba consigo una moneda  hermosísima: la prueba que el maestro numismático Guy de Toulouse le había preparado para celebrar los cinco años de su coronación. Una pieza única, con la B de Blanca coronada y el carbunclo y las lises de nuestra dinastía magníficamente buriladas en cada cara ¿Te das cuenta, Pedro? Y ella me la dio para que yo se la entregase a uno de aquellos mendigos que nos rodeaban.

-¿Y qué hiciste?

-Para mi vergüenza, he de decir que, como puedes ver en mi mano, me la quedé. Yo ya tenía ínfulas de coleccionista, a pesar de mi corta edad, y no podía consentir que aquella joya sólo sirviese para pagar el vino de alguna taberna  de Tafalla. A mi madre le dije que se la había dado a un ciego, a quien en realidad no ofrecí más que un mísero cornado de cobre...

-¿Y por eso estamos aquí, para calmar vuestra mala conciencia?

-Porque la voluntad de una reina es ley. Doña Blanca quiso que esta moneda se ofrendase en esta ermita, y eso es lo que voy a hacer, ahora que no sé siquiera si podré volver alguna vez. Si consigo hacerlo, juro ante la imagen sagrada de Santa Brígida de Suecia que daré esta moneda que ahora procedo a esconder en el suelo de su ermita, al primer pobre o necesitado que me encuentre.

-¿Y por qué no lo hacéis ahora mismo?

-Porque soy un rey tan en precario, que ni siquiera puedo permitir mostrarme ante los pobres y tullidos sin miedo a que me denuncien ante mis enemigos. Así que cumplo ahora la primera parte de mi voto, y en cuanto pueda, lo más pronto posible, haré lo mismo con la segunda. Y si yo no puedo, espero que tú lo hagas en mi nombre. Y si, a pesar de todo, tú tampoco puedes, confío en que siempre habrá en Olite romeros que, encontrando esta moneda tan particular, puedan liberarme al fin de mi juramento.

-Así se hará sin duda alguna, Majestad... 




© MIKEL ZUZA VINIEGRA, 2018

domingo, 11 de febrero de 2018

FEMINISMO


Guillaumes de Marlain, rey de los heraldos de S. M. Carlos III el Noble de Navarra, siempre supo que aquel día llegaría. Lo que resultaba milagroso era haber podido ocultar hasta ahora a todos la verdad: que esos preciosos armoriales que a todo el mundo asombraban no los pintaba él, sino su mujer, Nanua de Irubide.

¿Pero cómo habría podido llegar a ocupar tan honroso cargo si hubiese mostrado desde el principio sus nulas artes para el dibujo? No: le había bastado siempre con apuntar las preferencias del monarca, y luego, por la noche, cuando estaba seguro de que ningún cizañoso de la Corte de Olite podía verlos, ir describiéndoselas a ella para que las plasmase sobre el papel o el pergamino.

Y claro que fue esa cierta excentricidad de los motivos reflejados en los escudos, la que fue dando fama al heraldo Guillaumes, pues nunca pudo conseguir que Nanua se ciñese a las rígidas reglas de la Emblemática. Respetaba el núcleo central de lo que debía representar, por supuesto, pero siempre le añadía algún detalle que parecía sacado de los márgenes de las Biblias moralizadas siglos atrás.

Así, en el Privilegio de la Unión, a la hora de representar al león pasante del nuevo escudo de la ciudad de Pamplona, lo hizo mostrando al rey de los felinos devorando a una pareja de cazadores, pues a ella nunca le había gustado la caza. Y cuando su marido tuvo que pintar el escudo de Olite para el Ayuntamiento de la villa, ella dibujó junto al olivo heráldico a la antigua diosa griega de la sabiduría Atenea, pues sabía que Atenea bendecía perpetuamente a los amantes que se besan bajo el que ella plantó en la Acrópolis de Atenas.

Y fue tal el renombre que alcanzó Guillaumes, que muy pronto comenzó a recibir encargos de muchas otras cortes de la Cristiandad, mientras el virtuosismo pictórico de Nanua crecía a la par. Hasta el día que el rey de Navarra comenzó las negociaciones para casar a su hija Blanca con el infante Juan de Aragón. Éste, siempre fanfarrón y altanero, no concebía su vida –y la de los demás- sino como una permanente competición. Así que nada más llegar propuso un desafío simbólico entre Guillaumes y su propio heraldo: Lope de Teruel. Cada uno trazaría el mismo escudo ante los ojos de todos los cortesanos, y luego los reyes decidirían cuál de los dos era el mejor.

Guillaumes no pudo negarse, pues su señor había aceptado de buena gana el reto, confiando en que su heraldo era uno de los más competentes y capaces del mundo, así que llegado el día del malhadado torneo, afrontó la vergüenza pública –que era también la de don Carlos y la de su hija Blanca- de admitir que él no era quien había pintado todos aquellos tan hermosos armoriales, sino que era Nanua quien los había dibujado. La carcajada del infante aragonés resonó por todo el palacio: “¿Es que hay heraldas en Navarra? ¡Por mi fe que nunca se vio tal cosa en el mundo!”

Pero entonces Blanca –cuyo rostro reflejaba su tremendo enfado- se levantó de su escabel y ordenó a Nanua que se aproximase. Allí mismo la nombró Reina de los heraldos de Navarra. Luego, sacándose el guante que recubría su mano, se lo arrojó a la cara a Lope de Teruel, diciéndole con voz muy taxativa: ¡Representad cada uno como mejor os parezca la condición femenina que tendrá la próxima monarca de estos reinos! Y muy presto se pusieron a ello ambos artistas.

Finalizado el plazo, pudieron ver todos –y todas- que el heraldo aragonés había dibujado un escudo de fondo rosa, en el que únicamente campeaba una paloma con una rama de olivo en el pico. Don Lope explicó que así se representaba perfectamente la manera pacífica de ser que ha de mostrar toda dama que por tal se precie, aunque el infante don Juan no pudo dejar de apostillar que el detalle de la rama de olivo en el pico estaba muy bien escogido, porque debía significar que la esposa debe tener siempre cerrada la boca mientras su marido no le dé permiso para hablar.

Dieron la vuelta entonces todos –y todas- para acercarse a contemplar la armería trazada por Nanua. Había pintado tantos y tantos motivos, que alguno incluso se salía del marco del escudo. Con muy firme voz fue explicándoselos todos: primero unos cubos y calderos, representando todos los que las mujeres tenían que llenar y transportar cada día hasta su casa desde los pozos de cada ciudad o pueblo; luego unas manos agrietadas, por tener que lavar la ropa en los ríos helados; luego un niño y un viejo, que simbolizaban las distintas edades de las personas que las mujeres tenían que cuidar en sus casas; luego venían unas letras desenfocadas, que representaban que no se les enseñaba a leer ni a escribir, y sólo por ser mujeres; luego venía un cuartel únicamente pintado de rojo, haciendo alusión a la sangre que derramaban las mujeres heridas, violadas o muertas en las guerras; y después venía una sirena muy elegante, porque a Nanua le gustaba nadar en el mar; y finalmente aparecía una corona muy hermosa y bien pintada, y a su lado un burro. Pero esta alegoría no quiso Nanua explicarla, aunque Blanca tenía cara de haberla entendido perfectamente…

Huelga decir que fue la Reina de los Heraldos de Navarra quien ganó el desafío, y que no tuvo que ocultarse nunca más para desempeñar su oficio. Mientras ella trabajaba, Guillaumes iba al pozo, lavaba en el río, cuidaba a sus hijos, enseñaba a leer y escribir a todos –y todas- los que se lo pedían, y se afanaba en aconsejar al rey para que mantuviese la paz en Navarra, cosa que ocurrió mientras el infante Juan no alcanzó el trono.



©MIKEL ZUZA VINIEGRA, 2018