lunes, 19 de septiembre de 2016

BIBLIOFILIA


Palacio de Olite, 26 de mayo de 1429


-A juzgar por lo demudado de vuestro rostro, no sé qué os sorprende más, si mi retorno a Navarra o si que estando aquí, me haya decidido a visitar vuestros polvorientos dominios, bibliotecario...

-Ciertamente, Sire, no son estas horas tan altas de la madrugada las más adecuadas para requerir mi presencia. ¿Acaso no podéis dormir y necesitáis que os prescriba un libro para conciliar el sueño?

-En primer lugar: ¡No me deis ese maldito tratamiento francés! ¡Llamadme Alteza o Majestad, como mi condición regia merece! Y en cuanto a mi maltrecho sueño, no es a vos a quien me encomendaría para recuperarlo, sino a mi  bodeguero mayor. Sí, los vinos que él me proporcionase sí que me harían olvidar al rey de Castilla, a su condestable y a la condenada guerra que a sangre y fuego mantengo con ellos.

-Pero Sire, esto... Alteza, ese era el tratamiento que todos sus servidores dábamos a vuestro suegro, de buena memoria, el rey don Carlos.

-¡Eso a mí me da lo mismo! ¡Don Carlos murió hace cinco años, ya va siendo hora de que muchos se den cuenta en este reino de que tienen un nuevo señor! ¡Y un señor que puede decidir sobre todas sus posesiones, también sobre las que llenan estas combadas estanterías! ¿Me comprendéis?

-Lamentad mi torpeza al aplicar el protocolo, Majestad, pero es que ciertamente no ha sido habitual veros traspasar esta puerta...

-¿Acaso os créeis más listo que yo porque habéis leído más libros? ¡Pobre idiota: mi inteligencia se basa en el acero, la vuestra en el papel! ¿Cuál creéis que tiene mayor fuerza? ¡Podría ordenar ahora mismo que diesen fuego a todos estos códices que con tanto esmero cuidáis, y ni uno solo de los caballeros andantes que pueblan vuestras novelas vendría a ayudaros!

-Con eso sólo demostraríais lo que muchas veces dejaron por escrito los antiguos autores griegos, Sire: que el poder abre siempre sus puertas a la estupidez y la crueldad cuando lo ejerce un tirano.

-¿No queréis entenderlo, eh, insolente criado? ¡Me da igual lo que dijesen unos griegos que llevan siglos bajo tierra, y no perderé un instante de mi vida encerrado entre las paredes de una biblioteca, aunque fuera aquella de Alejandría de la que habla siempre mi hermano Alfonso! Si estoy ahora en la vuestra es porque es también la mía...

-La de vuestra esposa, la reina propietaria doña Blanca, querréis decir...

-Por mandato suyo precisamente vengo: en esta carta firmada de su puño y letra os ordena que me entreguéis el libro de mayor valor que tenéis a vuestro cargo: el Breviario de San Luis.

-¿Y para qué lo queréis, si acabais de confesarme que la única encuadernación que os interesa es la que tejen las arañas sobre las botellas guardadas en vuestra cava?

-No os debo explicación alguna, pero como sé que ésta os hará mucho daño, disfrutaré diciéndoosla... ¡Para que se una a las joyas personales de mi mujer, que ya están empaquetadas para ser enviadas a Barcelona, donde se venderán al mejor postor! ¡Necesito todo el dinero que pueda conseguir para continuar mis luchas en Castilla, y ni vos ni la pánfila de Blanca podréis impedir luego que esos florines de oro se conviertan en espadas y cañones! ¡Sí: os digo que en ese libro está sin duda la solución a mis problemas! ¡Entregádmelo ya!

-Nada me agradaría más que obedecer el mandato de mi soberana, que imagino que habrá aceptado estas demandas vuestras tan "libremente" como otras que en el pasado le obligásteis a adoptar, pero el caso es que el Breviario lo tiene desde hace tiempo en su habitación vuestro hijo, el joven príncipe Carlos...

-¿Y cómo dejáis que un niño de ocho años tenga semejante tesoro en su cámara? ¿No veis que cualquiera se lo podría robar?

-¿Cualquiera como vos, Sire?

-Creo que no os dais cuenta de que insultándome tan gravemente estáis jugando con fuego, bibliotecario... Id a por ese dichoso libro y ya ajustaremos cuentas vos y yo después...


-¡Carlos, Carlos, despierta!

-¡Déjame dormir un poco más, bibliotecario!

-No hay tiempo, vengo a despedirme y tenemos un último trabajo que hacer tú y yo...

-¿Cuál?

-¿Recuerdas el Breviario que te recomendé leer?

-¿El que un ángel trajo del Cielo a mi antepasado el rey San Luis de Francia cuando estaba preso en Egipto? ¡Por supuesto: estoy seguro de que no hay otro libro más hermoso en el mundo!

-Yo también lo estoy, Carlos. Por eso mismo debemos salvarlo de la rapiña de vuestro propio padre, que quiere malvendérselo a algún chamarilero catalán. Dime: ¿Has aprendido ya el suficiente francés como para traducirme la nota que viene cosida en sus guardas?

-Por supuesto. Escuchad:

Cláusula del testamento de Blanca de Evreux, reina viuda de Francia, año del Señor 1398

"Así mismo, dejamos a nuestro querido y muy amado sobrino, el rey Carlos III de Navarra, el breviario que fue de mi señor el rey san Luis de Francia, y que le fue dado por un ángel cuando estaba prisionero de los enemigos de la Fe. Y fue el rey Felipe, su hijo primogénito, que murió en Aragón y fue marido de la reina María, nuestra bisabuela, quien le regaló este libro a ella. Y de esta forma ha pertenecido siempre desde entonces a nuestra familia, que es descendiente en recta línea de mi señor san Luis. Y a mí me lo dio mi hermano, el rey de Navarra [Carlos II]. 
Y por reverencia a la santidad de mi señor san Luis, y porque por la gracia de Dios nosotros descendemos de él, prometí a mi dicho querido hermano que tras mi muerte devolvería el libro a la linea principal de nuestra familia, cosa que hago ahora ordenando que sea entregado a nuestro sobrino [Carlos III], y que después pase a sus sucesores sin que ningún extraño lo posea jamás. Y les rogamos a todos ellos que lo guarden siempre como la joya preciosa y noble que es, proveniente de nuestros ancestros, de manera que nunca abandone nuestra familia. Et así mismo, le donamos también el gran libro de las Chroniques de France..."  

-¿Te das cuenta, Carlos? Este libro simboliza el corazón mismo de tu dinastía. Si dejamos que tu padre, un extraño (como el mismo documento indica) se haga con él, la cadena que generación tras generación forjaron tus antepasados se romperá para siempre. ¿Acaso aceptarás ser el último Evreux en poseer semejante joya?

-¡Por supuesto que no! Dime, bibliotecario: ¿cómo lo haremos?

-Fíjate, Carlos: un libro tan cuajado de preciosas miniaturas como es éste, forzosamente requería una caja de cuero repujado que lo protegiese de cualquier incidencia. Es un verdadero crimen separarlos, pero no hay otra forma de salvar el volumen, que es lo importante. Como es la última vez que nos veremos, ya no os hablaré más de tú, como al discípulo que fuisteis, sino como al rey que seréis: tomad, os entrego este tesoro para que lo guardéis ahora y siempre. Pensad que no podréis decirle nunca a nadie en qué parte de este palacio -que sé que conocéis mejor que el más minucioso de los mayordomos- lo tenéis escondido. Ni siquiera a vuestra madre, que bien sea por amor o por miedo, tiene su voluntad empeñada a don Juan. ¿Os creéis capaz de llevar a cabo esta trascendental misión?

-Confía en mí, bibliotecario: te juro que este libro no dejará nunca de pertenecer a mi familia.

-Perfecto, entonces yo pondré dentro de la caja otro libro de la biblioteca de palacio -escogido ex profeso para la ocasión por mí- y haré que sea uno de sus servidores castellanos quien se lo entregue a vuestro padre. Como no ha tenido nunca en sus manos el breviario, para cuando se dé cuenta del cambio -cuya autoría pienso firmar, para que él no tenga sospechas de vos- yo ya estaré lejos...

-¿Y adónde irás ahora?

-No os preocupéis por mí, príncipe, tengo noticias de que muy al norte, allá en Alemania, un sabio está construyendo una máquina para que no haya que copiar los libros a mano nunca más. Puede que así no vuelvan a ser nunca tan bellos como el Breviario de San Luis, pero lo que es seguro es que llegarán a mucha más gente, ávida de conocer la ciencia y el entretenimiento que todos ellos encierran...

-Estaré atento, y así cuando yo reine podrás quizás proporcionarme un invento tan sensacional. ¿No te parece?

-Sí: cuando vos reinéis...


-Majestad: el bibliotecario me entregó esta mañana este paquete para vos.

-¡Y qué bien envuelto te lo ha dado el canalla: tiene al menos cinco capas de tela alrededor! ¡Sí: aunque no me gusten los libros, he de reconocer que este es desde luego una joya sin igual! ¡Podré construir hasta treinta bombardas con lo que me darán por él! ¿Eh? Lo cierto es que no parece que el códice esté en consonancia con el lujo de la encuadernación...

-Ya sabéis cómo son estos aficionados a los libros, Majestad: quizás la rareza de este ejemplar estribe en su antigüedad, o quizás en su temática... Mirad, aquí hay una nota, y viene firmada por el bibliotecario...

-¿Cómo? ¿Y qué dice?

-"Teníais razón, Sire: en este libro está la solución a vuestros problemas". ¿Pero qué os pasa, Alteza? ¿Por qué ponéis esa cara, Majestad? ¿Cómo se titula ese maldito libro?

-"Castigo a las penas del Infierno que habrán de arrostrar por toda la eternidad los que usurpen coronas que no les corresponden, con especial detalle de las torturas que sus partes pudendas habrán de sufrir y padecer, siendo pasadas a cada hora por un cedazo muy fino, y siendo pinchadas después por un sarde muy puntiagudo". Lo compuso en la villa de Olite su señor Bibliotecario, para aviso de navegantes y escarmiento de ambiciosos...


ADENDA:

Ese testamento de la reina Blanca de Evreux, y por tanto ese Breviario de San Luis existieron realmente, y la traducción literal que he hecho es también auténtica. Sin embargo en el inventario de la biblioteca del príncipe de Viana -un bibliófilo declarado- que se elaboró en la ciudad de Barcelona tras su muerte en 1461, ya no aparece consignado.

Curiosamente, sí que aparecen en esa lista las Chroniques de France, el otro libro donado por Blanca a su sobrino Carlos III. Por tanto en esos 63 años que pasaron entre ambas muertes, el Breviario dejó de pertenecer a la dinastía real navarra, a pesar de lo que evidentemente suponía para ellos. ¿Algo verdaderamente extraño, no es cierto?

Sabiendo, como sabemos fehacientemente, que el rey Juan II se apropió en mayo de 1429 de las joyas de su esposa, la reina Blanca de Navarra, para conseguir dinero con el que seguir combatiendo contra el rey de Castilla y su condestable, don Alvaro de Luna, quizás pensando en que este libro precioso y singular fue otra víctima de su avaricia, no ande yo demasiado equivocado.

Al fin y al cabo él no era más que un extranjero a quien la historia y circunstancias de su familia política le importaba tan poco, que años después se complació en exterminarla casi por completo...

Desafortunadamente, del Breviario de San Luis nunca volvió a saberse, así que tampoco podemos saber a ciencia cierta cómo era. Aunque teniendo en cuenta que el arte de la miniatura tuvo precisamente uno de sus cénits en la corte de ese rey, y que los libros que de tal monarca han sobrevivido son considerados hoy en día como obras maestras absolutas, podemos hacernos una idea aproximada de lo que Navarra perdió con la desaparición de semejante volumen.

Otro maravilloso "regalico" que tenemos que agradecer al rey usurpador Juan II...







IMÁGENES EXTRAIDAS DE LA BIBLIA DE SAN LUIS,
CONSERVADA EN LA CATEDRAL DE TOLEDO







MIKEL ZUZA VINIEGRA 2016






domingo, 4 de septiembre de 2016

CRONICAS ROMANO-NAPOLITANAS III: PALABRA DADA

Nápoles, verano de 1458


En lo más alto de la colina que domina la ciudad se halla la imponente cartuja de San Martino, el templo donde desde tiempo inmemorial reciben sepultura los nobles más importantes. Aunque, como en todas las cosas, también en la muerte hay distintos grados de importancia, y por eso a ti, príncipe Carlos, te está costando hallar la tumba que buscas.

No es, desde luego, el mejor momento para emprender investigaciones arqueólogicas: hace apenas unas horas que falleció tu tío, el poderoso rey Alfonso, el único que pareció hacer caso de tu justa reivindicación del trono de Navarra. Aunque cada vez más te preguntas si en realidad no fue todo una conjura de tu familia aragonesa para hacerte venir a Nápoles y que olvidases tus derechos.

Y conste que casi lo consiguen: los castillos más hermosos, las mujeres más inteligentes, los libros más viejos y de más clara sabiduría, la mar -esa que Navarra tanto echa de menos- más azul y ondulante... Todo eso y mucho más han sido para ti estos diez últimos meses en Nápoles.

Pero ahora que tu viaje debe continuar (tu primo, el bastardo Ferrante, te busca porque debe pensar que quieres postularte al trono de Nápoles, y tu no tienes tiempo ni ganas de explicarle que estás ya cansado de aspirar a tronos que se te escapan siempre entre los dedos, como la arena de la playa), y cuando ya tienes preparado el barco que te pondrá a salvo llevándote a Sicilia -si es que un exiliado puede estar a salvo en algún sitio-, es cuando has decidido pagar una antiquísima deuda que tienes contigo mismo y con tus antepasados...

El hermano archivero te señala -no puede hablar, es cartujo- al fin una tosca lápida, perdida en una de las capillas más pequeñas y oscuras de la iglesia. Barres con tu mano las desgastadas letras, y a la parpadeante luz de la vela lees con dificultad:

Ludovicus, infans Navarrae.
Albaniae victor.
MCCCLXXVI

Y tu cabeza y tu corazón vuelven al jardín de los toronjales del palacio de Olite, a los tiempos en que tu abuelo el rey Carlos el Noble te contaba las hazañas de su tío, el infante Luis, cuya dote de matrimonio con la princesa Juana de Nápoles consistió en los derechos a un remoto país junto al mar de los griegos. Sólo había que conquistarlo, y con la ayuda de la esforzada y valiente Compañía Navarra lo hizo, aunque halló también allí la muerte.

"Todos moriremos algún día -decía siempre el abuelo- lo importante es intentar hacerlo con honor y gloria. El tío Luis lo logró. Si alguna vez vas a Nápoles, pon una vela sobre su tumba en mi nombre, y otra en el de mi padre, su querido hermano".

Ahora, cuando te buscan quizás para matarte, y aunque has tenido diez meses para venir a San Martino, es cuando decides cumplir tu voto. Tarde y mal, como siempre, porque no podrás pagarle una lápida más lujosa a tu tío-abuelo, una en la que campeen sus armas, las que tú mismo vistes pintadas, hace tantos años ya, en Ardanaz de Izagaondoa. Pero, ¿con qué dinero, si tú mismo eres ya más mendigo que príncipe? Ni podrás tampoco ordenar docenas de misas cantadas por su alma. Ni siquiera tienes tiempo ya para rezar una mísera oración por él.

Sólo para arrodillarte y depositar tres velas sobre la losa. Una por el rey Carlos II, otra por el rey Carlos III, y otra por ti: Carlos IV, rey de Navarra, príncipe de Viana, duque de Nemours, duque de Gandía, de Montblanc y de Peñafiel, conde de Ribagorza y señor de la ciudad de Balaguer. Aunque solamente tú respetes ya esos títulos, y añores una Albania donde jugarse con la Muerte la Gloria y el Honor.



© MIKEL ZUZA VINIEGRA, 2016




viernes, 19 de agosto de 2016

HAZ QUE GANE EL BUENO


Acaba de morir Víctor Mora, el creador del Capitán Trueno, el tebeo más importante de la historia del comic español y alguien a quien le debo muchos ratos de entretenimiento y, quizás, también todos estos desvaríos míos que me empeño en poner por escrito en forma de crónicas irreales. Y eso porque en casa estaba prácticamente la colección completa de Trueno Color, reunida por mi padre para mis hermanos mayores, y que leí y releí yo siendo chaval una y otra vez. Tanto, que a ciencia cierta no sé cuánto debe mi propia imaginación a la de Víctor Mora, aunque seguro que es muchísimo.

Lo que si puedo decir es que estando yo presentando uno de mis libros en cierta localidad navarra, uno de los asistentes me confesó que no le había gustado nada, "porque le recordaba al Capitán Trueno". Y como le dije a él mismo, desde luego es uno de los mayores elogios literarios que pueda hacerme nadie.




Porque sí, era yo un enfebrecido lector de tebeos, mucho más que de libros. Y todas esas historias medievales que vivían -y me hacían vivir- el Capitán, Goliath, Crispín y Sigrid, es evidente que forman parte de mi educación sentimental más arraigada. Luego, al crecer, descubrí que el capitán le debía también mucho a otro bravo guerrero de papel: el Príncipe Valiente, pero mi aprecio por el trabajo de Mora y de Ambrós no disminuyó un ápice por ello. Al contrario: siempre dudaba entre quién ganaría un duelo a espada entre Trueno y Valiente, y también sobre quién era más guapa: Aletha o Sigrid.


Por supuesto, en aquellos tebeos jamás salía nada o nadie relacionado con Navarra, aunque más tarde descubrí que al menos en el primer número sí que salía un navarro consorte:



Pero es que, claro, con ocho o nueve años nadie me había hablado nunca de que Ricardo Corazón de León, nada menos que el rey que salía en Ivanhoe, estuviera casado con la princesa navarra Berenguela. Por eso enterarme -en un tebeo, ¿cómo no?- de semejante notición, causó en mí la lógica sorpresa que podréis imaginar:


Tranquilo, Manuel, que el torneo es en París, y no en Pamplona ; )


Cierto que la visión que en él se daba de la vida de Ricardo era tan favorable que hasta siendo un crío me costaba creer que alguien hubiera podido ser tan bueno y caballeroso. Luego, mucho más tarde, descubrí que efectivamente, Ricardo no lo fue -desde luego no a tiempo completo, como aseguraba mi tebeo-, pero el caso es que comenzó ahí mismo una nueva afición: hacer acopio de tebeos donde la historia de Navarra -desconocida, a fuerza de ser casi inexistente en la escuela- saliese por algún lado. 

Naturalmente choqué pronto con la realidad: no había tebeos de esos. O al menos no los había hasta que en un grueso carpetón de los muchos que mi padre guardaba en lo alto de un armario, encontré una colección de historia de Navarra en comic, publicada antes de nacer yo de la que nunca he visto noticia alguna. La Diputación Foral, a través de la CAN -qué tiempos, ¿verdad?- patrocinó su publicación en el Pensamiento Navarro en 1968 y 1969.

Fue aquél un periódico casi centenario, portavoz de los carlistas, que me temo que hoy sólo se recuerda por la malévola frase que supuestamente dijo Pío Baroja. Los dibujos no eran gran cosa, es cierto, pero creo que llegué a aprenderme todos los capítulos de memoria, de tantas veces como pude leerlos. Además, lamentaba vivamente que faltasen nueve para tener completa la colección. Asunto que arreglé -¡benditas fotocopiadoras!- en cuanto tuve acceso a la estupenda biblioteca de la universidad, mientras me fumaba las clases de Historia de América o de Contemporánea.


Ésta, para mi amigo Mikel Burgui

Guardo como oro en paño esa colección de 52 historias que la curiosidad de mi padre reunió, sin sospechar que acabaría afectando tanto a mi futuro. Y bien que se lo agradezco. Igual que no debió imaginar tampoco (¿o quizás sí que lo hizo?) que las historias que me traía de su trabajo, donde al parecer tenían un taco de calendario tamaño folio, serían también prontamente incorporadas a mí archivo cerebral -si es que tengo de eso-. Y como veis, casi todas eran de temática medieval. Debe ser que es imposible escapar a tu propio destino...



Por esas fecha, la CAN -mira que gastarse el dinero en libros en vez de en abrir sucursales en "Washingtón", hay que ser tontos- publicó la Historia de Navarra dibujada por Rafa Ramos, y sacó también cuatro discos titulados "Horas grandes de Navarra". Me temo que el mal ya estaba hecho...




Ya tenía yo una edad, aunque poco uso de razón, y seguía leyendo comics (entonces daba ya lacha decir "tebeos"), y seguía también fijándome en si había alguna alusión a la historia de Navarra en ellos, con poca fortuna, la verdad sea dicha. Hasta que alguno de mis hermanos trajo a casa los primeros números de las aventuras de Blake y Mortimer, dos detectives ingleses creados por el belga Edgar P. Jacobs. En el titulado "La trampa diabólica", el profesor Mortimer viaja en el tiempo al siglo XIV francés, y cae en plena Jacquerie, la revuelta de los campesinos franceses contra los señores feudales que los explotaban.


En una de las viñetas aparece Jacques Bonhome, el líder rebelde, y da un juicio sobre la situación de los siervos de lo más acertado:


Yo todavía no conocía esa historia, así que, ¿no sería alguna jugarreta de un traductor navarro? Pues no, porque en una visita a Bayona -viaje que entonces me parecía más largo que los de Willy Fogg-, no llevé otra idea en la cabeza que comprobar en alguna librería si la escena original tenía la misma alusión a los navarros. Y sí, la tenía, porque evidentemente Edgar P. Jacobs se informaba para hacer sus tebeos, y sabía algo que yo no sabía por aquel entonces: que fue nuestro rey Carlos II (el Malo para los franceses, y desde luego para los Jacques) quien aplastó la rebelión al mando de los acojonados caballeros de Francia.


Entonces sí, ya me pasé a los libros. Sobre todo a los que la CAN repartió por todas las casas de esta, nuestra comunidad. Y descubrí entonces a J. M. Lacarra, al que sólo le faltó hacer  un tebeo con su maravillosa manera de contarnos nuestra historia. Esa que permanecía, y no sé hasta que punto permanece aún, tan oculta para las navarras y los navarros.

Pero es que como mi padre decía: "no hay peor cosa que no tener curiosidad por nada", y si no la promueve quien tiene la obligación de hacerlo, puede ser que en vez de leer tebeos acabes cazando Pokemons. A eso creo que le llaman "progreso"...


© MIKEL ZUZA VINIEGRA, 2016

martes, 9 de agosto de 2016

CRÓNICAS ROMANO-NAPOLITANAS II: VULCANO


“Nunca se sabe cuándo despertará un volcán dormido”, respondían los napolitanos a los siempre pesadísimos viajeros que durante el siglo XVIII tomaron por costumbre acercarse a ver y sentir una de las frecuentes erupciones del Vesubio, que en aquella centuria estalló nada menos que en 1707, 1737, 1760, 1767, 1774, 1779 y 1794.
Explosiones tan habituales ya, atrajeron a tanto visitante que crecieron exponencialmente en la ciudad dos industrias principales que buscaban atender –cada una a su modo- a las hordas de curiosos extranjeros: la de los hosteleros y la de los ladrones (si bien había quien defendía que ambas fueron siempre la misma cosa).
Entre las iniciativas de mayor éxito entre los viajeros, se destacó muy rápidamente la de los montañeros que –por una nada módica cantidad- aseguraban poder llevar casi hasta la misma cima de la montaña a todo aquél que les pagase. El espectáculo sería inolvidable, prometían, “ver los ríos de roca fundida justifican toda una vida”, aseguraban. Y cierto que –para variar- muchas veces cumplían su palabra, pues en esas peligrosas excursiones perecieron muchos y muchas incautas que fiaron su existencia al capricho de la naturaleza, de tal forma que docenas de ellos murieron asfixiados por los terribles gases emanados del caprichoso cráter.
Como quiera que todo el mundo sabía en Nápoles que el hombre que más se había acercado –además completamente en solitario- a la boca del hirviente monstruo era el pintor Jacob Philipp Hackert, no eran pocas las ocasiones en las que venían a pedir su consejo para intentar rescatar un último hálito en los exangües cuerpos de los intoxicados. Así ocurrió en la erupción del verano de 1774, cuando il limone (malévolo apodo que los paisanos le habían adjudicado por haber perdido todo el pelo en el rusiente acercamiento) se hallaba en plena madurez, cuando no en la más provecta ancianidad.
Se sentía en efecto viejo y cansado, y por esas mismas razones estuvo a punto de denegar su ayuda, pues además era ya noche cerrada cuando vinieron a golpear la puerta de su palazzo. Traían los alborotadores una camilla cubierta, y aseguraban llevar en ella a la marquesa de Sciomperi –allá, en los Abruzzos-, a quien juraban y perjuraban que le quedaba sólo un hilo de vida. ¿Quién la mandó subir al Vesubio? –pensó con rabia mientras ordenaba a sus criados franquear la puerta a la exaltada comitiva.
Retiraron los velos que cubrían por completo el rostro de la agonizante, y apareció ante los ojos de Hackert la mujer más bella que nunca hubiera visto. Puso –y apartó inmediatamente asustado- la mano sobre su frente, que ardía prendida en fiebre como si lo que circulase por sus venas no fuera ya sangre sino lava.
Era inútil mandar a aquellos botarates forasteros a que buscasen remedio alguno para su señora, y tampoco confiaba en sus propios sirvientes como para encargarles misión tan delicada, así que no de muy buena gana, y con cierta aprensión, se preparó para salir él mismo a las abarrotadas calles. Esas mismas calles en las que –de noche- tanto proliferaba la segunda industria que ya quedó citada al principio: la de los ladrones. Y eran éstos tantos y tan organizados que no era cosa de broma hacerles frente, menos aun siendo uno mismo motivo de escarnio por su famosa calvicie y porque a pesar de llevar tantos años ya en la ciudad, todos aquellos ganapanes seguían considerándole tan extranjero como el que más.
Para evitar todos esos problemas, adoptaba desde hacía tiempo ciertas medidas indumentarias que, a pesar de abochornarle no poco, tuvo que repetir ante quienes ahora ocupaban su casa. En efecto, entró en su guardarropa y cuando salió era ya otro, pues llevaba una peluca muy negra y muy bien peinada (de las que allí denominan “a la cciufita”, y con su rubicunda tez cubierta por el afeite más oscuro, lo cual le daba –según él, claro está- un aire verdaderamente napolitano. De tal guisa salió a la calle, rumiando lo complicado que sería encontrar una farmacia abierta en medio del hormiguero humano que a aquellas horas se arremolinaba en Via Toledo.
Tampoco es que conociera demasiado bien aquellos condenados vicolos, pues siempre iba en carroza y no tenía necesidad de atreverse a entrar en semejantes callejones, donde desde todas las puertas y ventanas parecían estar avisándole de que pronto le clavarían una espada o un mucho más prosaico cuchillo. Y muchos –y muchas- le decían cosas que no acertaba a entender bien, pues para su vergüenza, no dominaba en absoluto la lengua italiana.
No sabiendo muy bien qué hacer, a ellas les contestó con voz muy ronca siempre de la misma forma: “Che idea! - Ma quale idea? Non vedi che lei non ci sta?” Y a ellos con tono más suave les declaró: “Che confusione, sarà perché ti amo. E un'emozione che cresce piano piano. Stringimi forte e stammi piu vicino. Se ci sto bene. Sarà perché ti amo.” En realidad repitió como una de esas coloridas aves de las Indias la letra de dos canciones que le sonaba haber oído en el puerto. Pero para cuando se dio cuenta de que quizás había equivocado el género a quien iban dedicadas, ya estaba corriendo con una multitud detrás que amenazaba a gritos con convertirlo en rodajas –muy finas- de mortadela.
Sus piernas le valieron para dejarlos definitivamente atrás. Y lo que es mejor: la carrera a través de aquel laberinto acabó llevándole hasta la única farmacia abierta de los alrededores: la regentada por el licenciado Vito Pitagórico, experto en todo tipo de hierbas e infusiones, según rezaba el desvencijado cartel de su botica. 
-Imposíbile! -fue lo único que respondió a la demanda del todavía resoplante Hackert. Al final pudo entenderle que esas fiebres del Vesubio sólo podían curarse con los frutos de una planta que, naturalmente, sólo crecía en el propio Vesubio. Que además le adjuntase un plano de la localización de semejante medicina “sólo” le costó tres Carlos de oro. Una ganga, tratándose de aquella ciudad. En el precio también iba una advertencia: la enferma sólo tenía 48 horas para tomar el preparado, o si no moriría irremediablemente.
Con mucho cuidado de no volver a tropezar con sus numerosos admiradores de antes, salió por uno de los desiertos vicolos al puerto, y adquirió allí un pasaje hacia el volcán que, allá enfrente, iluminaba con sus alharacas y rugidos la cálida noche. En unas horas estaba de nuevo en medio de la montaña a la que antaño había ofrendado –bien que totalmente contra su voluntad- su hermosa cabellera. ¿Qué podría ofrecerle ahora, sin embargo?


Comenzó la ascensión, y a cada paso tenía que esquivar la ceniza y carbón ardiente que llovía desde la cumbre, no sin que, a pesar de todo, sus lujosas ropas fueran chamuscándose como dicen que acontece en la ciudad de Pamplona –capital del reino de Navarra- a quien se atreve a correr delante o junto a un ingenio de fuego llamado Zezenzusko, según había leído en la Gazzeta delle Curiositá.
El caso es que para cuando halló el anhelado arbusto y recogió sus frutos, su aspecto era bien lastimoso, de tal forma que cuando bajó y todos los presentes pudieron ver la colección de agujeros que mostraba su atuendo, no tardaron en llamarle con cierto regodeo “il colatore”. Y es que debía ser un rasgo de su hado fatal el que tras todos sus enfrentamientos vulcanológicos, siempre lo acabasen comparando con cítricos o instrumentos preparados para hacer zumo.
En el barco de vuelta le dieron una camisa de rayas como la que llevaban los marineros, lo que unido a que su grasiento maquillaje y su negra peluca habían ardido a la búsqueda de la medicina, arribó a Nápoles más con aspecto de pirata o de corsario que de pintor de la corte. Como en las calles había gentes con peor aspecto todavía que él, pero saben perfectamente los guappi con quién no deben meterse, pudo llegar al fin a su palazzo sin otro contratiempo que el de no ser reconocido por sus propios criados.
Tras la confusión inicial pudo ofrecer al fin el supuesto remedio a quien yacía doliente en el lecho, y fue cosa de ver que a pesar del calor terrible al que habían debido hacer frente, seguían los frutos arrancados al Vesubio de color tan verde como cuando colgaban de la rama. El mismo color verde que, junto con el aire que hasta entonces le faltaba, pareció inyectarse en los hermosos ojos de la marquesa.
Tiempo después, ya casi recuperada totalmente de sus dolencias, el signore Pitagorico acertó a pasar por la estancia que la dama ocupaba aún en el palazzo de Hackert. Le aseguró entonces que, igual que había sanado de la fiebre, recuperaría la tersura de su piel –abrasada por la cercanía del volcán napolitano- si se frotaba las quemaduras con el ungüento que preparan con la flor que crecía en otro volcán: el Etna siciliano.
Y no le costó nada convencerle de que emprendiera de nuevo viaje hacía aquél confín, porque estaba enamorado de ella como sólo un limone colato o un cítrico colatore –que de las dos formas era conocido ya en Via Toledo- puede estarlo…

© MIKEL ZUZA VINIEGRA, 2016

martes, 2 de agosto de 2016

CRÓNICAS ROMANO-NAPOLITANAS I: TROPPO CALDO

Verano de 1724

Llevaba ya Vivaldi dos años residiendo en Roma, cuando fue elegido Papa Benedicto XIV, quien semanas más tarde cambió su nombre por el de Benedicto XIII, al ser advertido por la Curia de que antes que él hubo otro Benedicto que llevó ese ordinal, aunque fuese considerado ahora como hereje y antipapa (sin merecerlo, pues realmente el aragonés Pedro de Luna  fue un gran papa. Uno de los mejores sin duda alguna).

En todo ese tiempo no había logrado acostumbrarse al endemoniado tráfico de las calles de la capital pontificia, y añoraba en secreto no poder desplazarse en góndola por el triste río Tiber -Tristevere, llamaba él al barrio viejo-. Tanto lo detestaba, que había fijado su morada en el quartiere más lejano al centro que pudo encontrar.

Y hasta allí precisamente fue a buscarlo la Guardia Suiza llevando un escueto mensaje del nuevo Papa: "Questa sera, a San Pietro". El sargento aún añadió otro: "Los Orsini detestan esperar a los venecianos". Naturalmente Benedicto XIV pertenecía justo a tan insigne familia...

Imaginó las calles atestadas para celebrar el resultado del conclave. Los callejones colapsados por las carrozas de los nobles y por las carretas de los tan sólo un poco menos nobles (en Roma todo el mundo se tenía por tal), y hasta el mínimo hueco sobre las calzadas ocupado por los borriquillos que todos usaban teóricamente para intentar sortear aquel caos en permanente movimiento, aunque lo único que conseguían era taponar aún más las ya de por sí estrechas vías. Y comenzó a sudar...

Porque él no tenía carroza ni carreta, y su borriquillo estaba desde hace una semana esperando a que el herrero le colocase unas nuevas herraduras. “Domani, domani”, le decía cada día cuando le conminaba a que se las pusiese de una vez. Y ahora el domani había llegado ya, y él no tenía con qué desplazarse hasta la basílica vaticana. Sí, podía utilizar los servicios de un cochero, pero de sobra sabía que en cuanto detectase su acento véneto, se dedicaría a darle vueltas por todos los vícolos de la ciudad hasta marearlo. Y la cuenta que le exigiría al final sería digna de un arzobispo… No. Tendría que ir andando, bordeando el río hasta Sant’Angelo.

Se autoengañó repitiéndose que, al fin y al cabo, sería tan sólo una paseggiata, Y como si pudiera llevar su música en un aparato minúsculo y todavía no inventado, antes de abrir la puerta de su casa se concentró en escuchar el allegro de su concierto para dos violines, cuyo ritmo pensó que sería el más adecuado para marcarle el paso.

En cuanto puso un pie en la calle, el sol lo golpeó con furia africana. Era tarde ya para volver a su habitación y ponerse una casaca más fina, así que se avergonzó de antemano por la imagen que darían sus cercos de sudor cuando hiciese la reverencia ante el papa. Y es que como si la sombra fuese un atributo diabólico que hubiera sido exorcizado por todos los sucesores del apóstol Pedro, no había dónde refugiarse del astro rey. Recordaba haberle preguntado en cierta ocasión al cardenal Benedetto Pamphili, protodiácono de Santa María in Vía Lata, por qué no se plantaban árboles de gran porte en Roma. Su agria respuesta fue: “Cuando se planten robles en medio de la laguna de Venecia, veréis vos árboles en Roma”.
 

Corriendo y esquivando a la vez borricos (los de dos patas montados sobre los de cuatro, que denostaban su torpeza apretando los dedos y levantando las manos con fruición mientras lo insultaban con los más imaginativos juramentos) llegó exhausto a mitad de su trayecto. Resoplaba como un fuelle pinchado, y esta vez no sólo era por el asma, sino porque las fuentes –salvo las monumentales- brillaban por su ausencia, y cuando las había, su exigua altura las hacía más propias para perros que para personas. Los aguadores hacían su agosto –su ferragosto más bien- de tal circunstancia, y vendían sus jarras al mismo precio que si en vez de agua estuvieran llenas del Chianti elaborado exclusivamente para el marqués de Mantua. Le dio igual a estas alturas darles sus ultimas monedas con tal de saciar su sed…


 -Ma questa acqua è calda, maledetto!

-Stai zitto, sporco veneziano!

De buena gana se hubiera sentado en un banco a descansar un instante, pero tampoco había bancos. Sonreía al pensar en el cardenal Pamphili exhortándole: “Cuando haya bancos en mitad de la laguna de Venecia, habrá bancos en Roma”. Se apoyó en la barandilla del puente: sudaba copiosamente, así que con no poco esfuerzo y cuidado se levantó la gruesa peluca, momento que aprovecharon todos los agazapados mosquitos de la isola Tiberina para usar su calva como pentagrama de sus ferocísimas notas. La última -que debió ser un do sostenido- le hizo tanto daño que soltó sin querer el bisoñé, que cual pájaro herido fue a caer a plomo a las turbias aguas.

El allegro del concierto para dos violines, gracias a Dios, seguía resonando en sus oídos e indicándole el camino en aquella selva de atropellos, hasta que por fin consiguió llegar a las puertas del palacio papal. Eso sí, en tal estado de postración y asfixia que los guardias se negaban a franquearle el paso. Tuvo que ser el siempre displicente cardenal Pamphili –estos venecianos, siempre tan flojos, le oyó decir- quien le llevase casi en andas hasta el pasillo donde aguardaban quienes esperaban a cumplimentar al papa.

¡Qué maravilla de estancias, decoradas por los mejores artistas del Orbe! Y más prodigiosas resultarían si no estuvieran llenas de miles de personas aullando, cada una en su lengua natal –pensó Vivaldi mientras recuperaba lentamente el resuello-. Muchos de los presentes, con evidente gusto por el arte, intentaban tomar del natural bosquejos en sus cuadernos, pero eso parecía ofender gravemente a los guardias, que ladrando más que gritando, atronaban el escaso aire de las galerías con sus exabruptos: E proibito dipingere qui! E proibito dipingere qui! Aunque a algunos sí que les permitían pintar –y vender a precio de oro- sus dibujos. Reconoció a bastantes: eran los sobrinos de varios cardenales e incluso del propio papa, muchos sin talento alguno para la pintura, pero con el rostro tan pétreo como el recientemente descubierto Apolo del Belvedere.

Las horas pasaban, y el santo padre no recibía a nadie de los allí congregados, que con el calor y el sofoco progresivos, iban cayendo en un sopor cercano a la catalepsia. A las diez de la noche se abrieron por fin las puertas, pero no las de la sala de Audiencias –il papa é stanco!, berrearon los guardias- sino las que a través de un laberinto de pasillos llevaban de nuevo a la calle.

Vivaldi ya no aguantaba –en todos los sentidos- más. Ya había estado otra vez en el Vaticano, invitado por el anterior pontífice, el muy sordo (y por tanto inmune a cualquier interés musical) Inocencio XIII. Recordaba por tanto dónde estaban situadas las estancias dónde el camarlengo guardaba las ropas y aditamentos que al día siguiente se pondría el papa para su coronación. En medio de la oscuridad y de la multitud, no le fue difícil llegar hasta ellas. Allá, al fondo, vio entre tinieblas lo que buscaba: la tiara papal que adornaría il vasto e vuoto cabezzone de Benedicto XIV durante la ceremonia. Le dio la vuelta, como admirándola, soltó con parsimonia los botones de su bragueta, y procedió a orinar larga y placidamente procurando que ni una gota quedase fuera de corona tan resplandeciente. “La única y verdadera satisfacción del día”, pensó mientras dejaba cuidadosamente la tiara en su sitio. Y junto a ella, como firma inequívoca, la partitura del concierto para dos violines que había pensado regalar al ingrato pontífice Orsini. Tan silenciosamente como había entrado, salió de la habitación y se deslizó sin ser visto hasta la calle.

A la mañana siguiente muchos de los romanos que llenaban la piazza di San Pietro se sorprendieron de que la ceremonia no comenzase a la hora prevista. Otros aseguraban que un fuerte destacamento de la Guardia Suiza había salido a la caza de un peligroso delincuente, pero que no habían conseguido dar con él.

Y es que era muy temprano -con las primeras luces del sol, esas que afortunadamente aún no abrasan-, cuando Antonio Vivaldi salió de la ciudad. Le pareció que a esas horas, tan vacía de gentes y silenciosa, era cuando Roma estaba verdaderamente espléndida y hermosa, y con la euforia que da el aire fresco, se prometió a sí mismo plantar robles y poner bancos en la laguna de San Marcos. Y, desde luego, nunca más salir de Venecia…





© MIKEL ZUZA VINIEGRA, 2016

domingo, 10 de julio de 2016

SANGRE-RMÍN



Pamplona, sede de la Federación Local de Sindicatos Únicos, afiliados a la CNT

Viernes, 10 de julio de 1936


-¿Fiestas como estas no las tenéis en Madrid, eh, compañero Matesanz?

-Y que lo digas, compañero Echavarren, casi no llego: las calles están atestadas de gente. Pobres, tan ignorantes de lo que se avecina...

-¿Pero de verdad está tan mal la situación allí abajo?

-Todos dan por segura una sublevación militar inminente de las distintas capitanías. Y nuestros oficiales infiltrados informan de que el general Mola es la cabeza pensante de esa rebelión. Hasta nos hemos enterado de que su superior, el general Batet, va a venir a verle la semana que viene para comprobar personalmente que no está metido en ninguna aventura. Pero debe saberlo tan bien como nosotros. Precisamente por eso mismo estoy aquí.

-¿Por Mola? Pues si estáis pensando en alguna acción contra él, es que no conocéis cómo se las gasta. Tiene una escolta permanente formada por entre ocho y diez mandos intermedios bien entrenados. Y si por un casual sale de paisano a la calle -lo cual no ocurre casi nunca- los hijos de los facciosos y pistoleros más reconocidos de la ciudad se pegan por servirle de protección, armados todos hasta los dientes. Mil veces hemos estudiado cómo meterles mano, pero es imposible. ¿Y ahora venís desde Madrid a decirnos cómo hemos de hacer las cosas? Pues no os he visto en las peleas contra los requetés, que cada vez están más envalentonados...

-Tranquilos, que la Organización valora muchísimo vuestros esfuerzos y sacrificios, y agradece además que hayáis llevado a cabo el seguimiento fotográfico diario al general que os pedimos la semana pasada. Es conveniente que sepáis que nos tememos que esta intentona no va a ser como la payasada de Sanjurjo de hace cuatro años. Pensamos que esta vez quieren acabar con la República por las bravas. Y si eso llegara a ocurrir, podemos despedirnos para siempre de la implantación del comunismo libertario que este país necesita como el comer.

-Si la cosa pinta tan mal, puedes contar con nuestra total colaboración, compañero. Pero no termino de entender aún qué es lo que pretendéis. ¿Atentar contra Mola? ¿En plenos Sanfermines? Lo dicho: totalmente imposible: las derechas le tienen más veneración que al santo, y lo rodean con mucho más fervor. Nosotros apenas somos un puñado de afiliados, y cada vez más estrechamente vigilados por las "fuerzas del orden". Y no tenemos más armas que dos o tres viejas escopetas de caza. ¿Has traído tú algún revólver moderno?

-¿Y si te dijera que no harán falta pistolas o fusiles para eliminar al general?

-Pues te respondería que en Madrid os da demasiado el sol y habéis debido perder la razón. Ahora, ¿qué esperar de la Federación Agraria, que es a la que tú perteneces? ¡La Obrera, o por lo menos la Metalúrgica, de ahí sí que salen verdaderos soldados proletarios! Porque tú, Matesanz, ¿qué oficio tienes?

-Veterinario.

-¿Cómo dices? ¡No me toques los cojones, Matesanz! ¿Y qué quieres hacerle a Mola: ponerle herraduras? ¿De verdad que en la CNT no hay agentes más cualificados que tú?

-Cuidado con lo que dices, compañero. Voy a pasarlo por alto porque estamos los dos nerviosos y porque apestas a vinazo agrio.Siento haberte interrumpido la fiesta, pero este asunto es demasiado grave para dejarlo en manos de aficionados como vosotros.

¿Y le confían una misión tan importante a un simple albeitar? Sigo pensando que estáis todos locos. Sólo lleva unos pocos meses en Pamplona, pero ya hemos podido comprobar que la fama de carnicero que Mola traía desde Marruecos era bien merecida. Es cruel e implacable con quien cree su enemigo, y considera de esa forma a todos los que no le bailan el agua. ¿Qué piensan en Madrid que podrás hacer tú contra alguien así?


-Quizás reclutar un ejército mucho más poderoso que el suyo...

-¿En plenas fiestas? De borrachos y sinfundamentos tendrá que ser, porque no se me ocurre cómo si no...

-¡Basta: no tenemos más tiempo para perder! Me costó convencerlos, pero finalmente la Dirección  Confederal ha dado carta blanca a mi propuesta, así que estáis obligados a obedecerme, os guste o no. Empezaremos por lo más sencillo: no conozco estas calles y necesito que me guiéis por ellas. Sobre todo hasta esta que sale en todas las fotos de vuestro informe.


-No sabía yo que el anarquismo o el pensamiento ácrata me obligasen a obedecer a nadie, ni siquiera a un compañero que no sé quién se cree que es, aunque ya aclararemos esa cuestión más adelante. Mientras tanto se hará lo que tú digas. La calle que te interesa es la que lleva al Mercado, perpendicular a la Bajada de Santo Domingo, y que termina en Capitanía. Por eso mismo es también una de las más vigiladas de la ciudad, y suele estar llena de soldados. Ahora, sí tú dices que vas a conseguir un ejército más fuerte...

-Menos recochineo, compañero. Dime: ¿ves algo que se repita en todas estas imágenes?

-Naturalmente: el cabrón del general sacando fotografías desde el puesto que tienen los militares justo detrás del vallado del encierro. Y fíjate en su cara: se diría que disfruta viendo desde tan cerca las cornadas y las volteretas...

-Pues sí, eso me parece a mí también. Y desde luego que a Mola le encanta la fotografía. Y como esa es una afición que yo comparto, puedo decirte que esa que lleva al cuello es una de las cámaras más modernas del mundo: la Contax III, fabricada en Alemania por la empresa Zeiss-Ikon. Una auténtica maravilla de la técnica. La primera con fotómetro incorporado...


-No me interesa la técnica de los Nazis. Sólo aplastarlos cuanto antes.

-Sí: en eso estamos de acuerdo. Y qué mejor que empezar  por su representante en España. Sabemos que Mola ha tenido contactos con los alemanes y también con los italianos. Será mejor evitar que ese enlace pueda llegar más lejos, por muy buenas cámaras fotográficas que fabriquen. Aunque también es imperativo que nadie pueda echarnos la culpa a los anarquistas de la muerte de esa sanguijuela, porque incluso a nivel internacional podría acarrear funestas consecuencias y persecuciones para nuestro movimiento...

-Ya. ¿Y la Dirección te permite explicarme de una vez cuál es su plan para lograrlo? Porque sigo sin comprender nada de nada.

-¿Tú eres carpintero, no, Echavarren? ¿Tenemos algún camarada en el Sindicato que participe en el montaje del vallado del encierro?

-Eh... Pues sí, Martín Goñi se saca unas perras extras con ese trabajo. Aunque, francamente: no lo veo yo haciendo frente a prácticamente todos los militares de Pamplona...

-No te preocupes: le echaremos una mano al bueno de Martín. Y también unas patas... ¿De qué madera están hechos los tablones del vallado?

-Que me aspen si entiendo nada de lo que me estás diciendo, Matesanz. En cualquier caso son de madera de olmo, muy resistentes por tanto.

-Para una manada desbocada de torazos, esos tablones son como mondadientes. ¿El vallado es doble o sólo tiene una fila de maderos?

-¿Doble?, ¿y para qué, si nunca lo ha quebrado ningún morlaco? Un momento... ¿Estás diciendo en serio que vuestro plan es que los toros del encierro ataquen a Mola? ¿Pero estáis locos? ¿Y como pensáis hacer que carguen justo en esa zona del vallado, poniendo a Rafaelillo con un capote para que embistan? Lo que pensaba: os ha dado demasiado el sol...

-Con el contenido de esta garrafa, Echavarren. ¿Sabes lo que es?

-¡Ufff, apártalo de mi nariz, huele a rayos!

-Bueno, a los toros no les olerá igual: son secrecciones hormonales de vaca en celo.

-¿Secre-qué? Pero tú has debido darle al chacolí de Culancho en cuanto te has bajado del tren...

-Soy veterinario, ¿recuerdas? Esto es lo que se utiliza en la monta o servicio de las vacas para que los sementales se pongan a tono. Y vaya que sí se ponen... Te aseguro que si frotamos los tablones detrás de los cuales se coloca Mola durante los encierros con el contenido de esta garrafa, los seis toros cargarán contra ese lugar concreto con furia incontenible, y el general y sus subordinados quedarán convertidos en picadillo. Y lo que es mejor aún: nadie podrá echarnos la culpa a nosotros, ni a ningún otro partido de izquierdas. ¿Qué te parece, Echavarren?

-La verdad es que no sé si llamarte genio o pensar que necesitas ir detrás de otro tipo de secrecciones hormonales, Matesanz. Me parece que te hace mucha falta...

-Primero la Revolución, luego ya vendrá la unión igualitaria y libre con una compañera tan ácrata como yo, con la que poder proporcionar más militantes al Movimiento Anarquista Mundial. Lo dijo Bakunin, y yo estoy totalmente de acuerdo con él.

-Bueno, Bakunin tendrá razón cuando la tenga, y cuando no la tenga, pues no. ¿Y cuándo habéis pensado llevar a cabo esta locura? Porque sólo quedan los dos encierros de mañana y pasado...

-Mañana sería demasiado precipitado. Mejor el domingo, cuando hayamos podido confirmar con Martín Goñi la mejor manera de aplicar el producto a los tablones reservados al Gobierno Militar, que veo en las fotos que llevan pintado su escudo identificativo. No hay error posible. Todo irá bien...

-Pues no sé qué decirte, compañero, porque lo ideal hubiese sido dárselo durante la noche, pero creo recordar que justamente esa parte del vallado se custodia hasta la mañana siguiente en el patio del Hospital Militar. Imposible entrar allí sin levantar sospechas. No: habrá que aplicarlo a la vez que se instala, y los carpinteros empiezan a las cinco para que todo este listo para las siete...

-Perfecto: la mañana del domingo será pues el amanecer de una nueva y mucho mejor época para todos...




Pamplona, sede de la Federación Local de Sindicatos Únicos, afiliados a la CNT

Viernes, 17 de julio de 1936


Con hondo pesar libertario, y conmocionado todavía por el desarrollo de los acontecimientos, procedo a informar a la Dirección Confederal de lo sucedido hace cinco días en las calles de Pamplona, no sin antes reiterar las disculpas que ya envié por vía telegráfica, en lo relativo a no haber comprobado suficientemente la veracidad de lo afirmado por el camarada Matesanz, cuya trayectoria en nuestro sindicato no invitaba a dudar de su palabra. ¿Pero cómo iba a sospechar yo que él actuaba sin vuestro permiso?

Y claro que su plan me pareció descabellado desde el principio, pero se le veía tan entusiasmado y confiado en las probabilidades de éxito, que todas nuestras prevenciones se desvanecieron. El sábado, y aunque Mola no acudió a contemplar el encierro -según nos explicó nuestro contacto en Capitanía porque debía reunirse con algún capitoste carlista-, lo empleamos en prever los distintos inconvenientes que podrían presentarse al llevar a la práctica la acción. Uno de los principales era que todos los balcones de los alrededores estaban ocupados por soldados, unos por afición propia y otros por mandato de sus oficiales, con sus fusiles a la vista.

Nuestro compañero Martín Goñi, que trabaja en el montaje del vallado, no sólo no preguntó por qué debía ser sustituido por otro ese día, sino que aceptó disciplinadamente que le rompiéramos el brazo -de la forma más limpia que pudimos, naturalmente- para que no cupiese duda alguna a sus jefes de que no podía trabajar. Le explicó además someramente su cometido a Matesanz, que básicamente consiste en colocar vertical y horizontalmente los tablones de madera que impiden que los toros se escapen por las calles por donde no transcurre el encierro.


No me gustaba ni un pelo dejar solo a Matesanz en una empresa que se me antojaba tan complicada, pero ya nos costó muchísimo convencer al capataz de que aceptara a nuestro hombre -al que hicimos pasar por familiar de Martín- como montador. Sin embargo he de decir que él mostró en todo momento un temple y una confianza ciega en sí mismo, lo cual no hizo que a mí dejase de asaltarme la sensación de que lo estábamos abandonando en la boca del lobo, así que lo más discretamente que pude, me situé en la calle en cuestión, primero fingiendo ser un borracho con pocas ganas de volver a casa, y luego haciéndome pasar por un corredor de los muchos que esperan en esa zona a que lancen el cohete que anuncia que los toros salen a la carrera de su corral.

De esa forma pude ver que esa madrugada aún había más soldados que de costumbre, y también cómo los oficiales encargaban a los reclutas que montasen el vallado del puesto militar, expulsando de muy malas a los carpinteros habituales, entre los esta vez se hallaba Matesanz. Intenté entonces llegar hasta él para convencerlo de que saliésemos inmediatamente de allí, pero no me hizo el menor caso. Al contrario, sonriendo me dijo que no me preocupase, que tenía un "plan B", Y entonces lo perdí de vista en medio del tumulto de gente -lógicamente- cada vez más nerviosa.

Al poco llegó Mola, acompañado por el comandante Fernández-Cordón, el coronel Moscoso, y los capitanes Lastra, Vicario y Barrera. En suma: toda la plana mayor facciosa.

La hora señalada se acercaba, y cada vez había más gente congregada. A codazos me abrí paso hasta que tuve tan cerca al general y sus subordinados, que pude oírles bromear con frialdad sobre si aquella mañana "habría más sangre" que en las anteriores. Al propio Mola le escuché decir que para los que habían participado en la guerra de Marruecos como él, esto del encierro no era más que una broma sin apenas riesgo. Llevaba su condenada cámara colgada del cuello...

A pesar de que hacía nueve años que no corría, decidí permanecer en Santo Domingo, aunque lo cierto es que llegado determinado momento las barreras se cierran y ya no se puede salir del recorrido. La curiosidad y, porque no decirlo, también un mal presentimiento, clavaron mis pies a los adoquines más peligrosos del mundo -al menos durante esos segundos que se hacen eternos a todos los que allí luchamos por sobrevivir-. Entonces sonó el cohete y una muchedumbre aterrada se puso en marcha hacía donde nos encontrábamos. Mola (ahora lo tenía justo frente a mí) se llevó la cámara al ojo, apuntó, y disparó una y otra vez hacia la calle como quien está acostumbrado a hacerlo constantemente con un fusil, sin piedad ninguna por lo que se desarrollaba ante sus ojos, como si todos fuésemos insectos que él debiera primero cazar y luego pinchar con un alfiler en pequeños cuadros enmarcados en negro, igual que las esquelas funerarias. Su rostro mostraba una sonrisa siniestra...

En ese preciso momento, no sé desde dónde, apareció en mitad de la calle Matesanz, esquivando a quienes pasaban como balas junto a él mientras se arrojaba por encima todo el contenido de la garrafa que traía consigo.Avanzó entonces hacía el vallado militar con paso de gigante -contento y desnudo, dispuesto a matar canallas- y justo cuando estaba a punto de alcanzarlo, uno de los muchos trabajadores del vecino mercado que corren en ese preciso tramo se cruzó en su camino y lo hizo caer al suelo. Inmediatamente cuatro mozos tropezaron con ellos y cayeron frente a nosotros. Iba a ir a socorrerles cuando el primero de los toros llegó al montón, y, loco de furia, comenzó a bramar y a asestar terribles gañafonazos a quienes habían quedado por encima de Matesanz, como queriendo quitarlos de encima de su objetivo. Y entonces llegaron sus cinco y rezagados hermanos...


Aunque lo intente mil veces, no podría explicar con palabras la horrenda carnicería que se desarrolló a partir de ese momento ante nuestros ojos, cuando los seis toros -completamente fuera de sí, se dedicaron a cornear de todas las maneras posibles a nuestro hombre, hasta convertirlo en un surtidor de sangre y vísceras. A los pastores les costó un esfuerzo titánico separarlos a varazos de aquella pulpa sanguinolenta.

Sangre: todos los que estábamos allí quedamos impregnados de sangre de Matesanz, como si formásemos parte de un terrible bautismo. También el general Mola, que no dejó de disparar -clic, clic, clic, creo que jamás podré olvidar esos chasquidos- su moderna cámara alemana Contax III ni un sólo momento.

Tampoco perdió su siniestra sonrisa, ni siquiera cuando me abalancé hacia lo que quedaba de Matesanz y lo rodeé con mis brazos. Aún pudo decirme algo con un hilo de  voz: "el amanecer, el amanecer..."

Nadie de los que lo vimos podremos olvidarlo jamás, y para quien tuvo la fortuna de no estar presente, quedarán siempre las fotos del general para poder horrorizarse, pero como miembro de nuestro sindicato me creo en el deber de tomar el relevo de mi compañero y solicitar ayuda para detener la sublevación que todos dan ya por cierta y que quizás, quien sabe, comience mañana mismo.

Y esto no lo hago únicamente por mi acreditada militancia política, sino porque fue el propio Mola quien solicitó a uno de sus esbirros que apuntase mi nombre en una lista formada por muchos otros nombres. Dijeron que era sólo un formalismo para permitir mi localización cuando comenzara a investigarse lo ocurrido en el encierro, pero no creo que les importe gran cosa aclarar nunca las circunstancias de lo que os acabo de contar y que sí: pudo suponer "el amanecer de una nueva y mucho mejor época para todos..."

PAMPLONA, a 17 de JULIO de 1936







ADENDA: 

*Cuando el Gobierno del Frente Popular salido de las urnas democráticas en febrero de 1936 decidió trasladar al general Mola a Pamplona, además de mostrar una estupidez y ceguera políticas de lo más notable, selló su destino, pues andaba metido desde mucho tiempo atrás en la conspiración que acabaría dando lugar al levantamiento del 18 de julio primero, y a la terrible Guerra Civil que asoló el país desde entonces. 

Para comprender mejor la condición moral de Mola, no basta con leer su Bando declarando el estado de guerra de 19 de julio de 1936: 





sino que hay que leer también sus "Instrucciones Reservadas", alguna de las cuales lleva fecha de mayo de ese mismo año, y entre las que -por su inmundicia y bellaquería- quisiera destacar estas dos: 

"Se tendrá en cuenta que la acción ha de ser en extremo violenta para reducir lo antes posible al enemigo, que es fuerte y bien organizado. Desde luego, serán encarcelados todos los directivos de los partidos políticos, sociedades o sindicatos no afectos al Movimiento, aplicándoles castigos ejemplares a dichos individuos para estrangular los movimientos de rebeldía o huelgas".

"Es necesario crear una atmósfera de terror, hay que dejar sensación de dominio eliminando sin escrúpulos ni vacilación a todo el que no piense como nosotros. Tenemos que causar una gran impresión: todo aquel que sea abierta o secretamente defensor del Frente Popular deberá ser fusilado".

Por tanto fue él, con muchos otros colaboradores necesarios, el responsable máximo de la cacería humana que se desató hace exactamente ochenta años el próximo 18 de julio, y que en Navarra (zona sin frente de guerra) supuso el asesinato de más de tres mil quinientas personas cuyo único delito fue no estar incluidos en los desquiciados parámetros ideados por el gobernador militar de Pamplona, que en su delirio firmó muchas de sus "instrucciones" con el apodo de "El Director".

Apenas un año después, el 3 de junio de 1937, el general Mola falleció en un accidente de aviación en Alcocero (Burgos). Su cuerpo quedó tan calcinado que la única forma de reconocerlo fue por la Contax III que siempre llevaba colgada al cuello...




*El vallado del encierro de Pamplona fue simple hasta el 8 de julio de 1939, cuando en los primeros Sanfermines tras la guerra, el toro "Liebrero" (de la ganadería Sanchez Covaleda) rompió los tablones y corneó de gravedad a una espectadora que estaba situada detrás, teniendo que ser abatido a tiros junto a la puerta de la plaza de Toros. Para que no volviese a ocurrir algo parecido, desde el año siguiente (1940) el vallado es doble, con una separación de dos metros entre ambas hileras de tablones...



© MIKEL ZUZA VINIEGRA, 2016



viernes, 17 de junio de 2016

EL ÚLTIMO REY DE NAVARRA FUE FUSILADO EN 1936

El 7 de noviembre de 2003, estando yo probablemente perdiendo el tiempo -que me parece siempre la mejor manera de aprovecharlo-, acerté a leer una sección del Diario de Navarra en la que no suelo reparar nunca, más que nada porque aquello que transcurre más allá de 1512 no me interesa gran cosa, que es algo que también le pasaba mucho a Alvaro Mutis.

El apartado en cuestión se titula "En el recuerdo", y trata sobre los sucesos que dicho medio publicó hace 25, 50 y 75 años. El caso es que en esta última parte dí con una noticia tan extraña que no pudo dejar de llamar mi atención.

Como podéis ver, el barón de Beorlegui presumía en ella de su españolidad y de su fidelidad al rey Alfonso XIII, apelando a un "señor Cuadra Salcedo", y hablando del infante Luis de Navarra, que tantas veces ha salido ya en estos desvaríos míos -junto con sus compañeros de fatigas Pierres de Laxaga, Mahiot de Cocherel, Pedro de Urtubia y Pedro de San Superano- por ser un personaje histórico que me ha interesado siempre, por su extraña gesta al conquistar la remota Albania, y también por haber tenido el buen gusto de  dejarnos como recuerdo sus armas nobiliarias pintadas en Ardanaz, la capital de mi querido valle de Izagaondoa.

¿A qué podía estar refiriéndose por tanto el citado barón? Porque no terminaba de entenderse del todo bien. El caso es que me sonaba haber leído algo similar, ¿pero dónde?

Veamos: ¿cuál era el único "señor Cuadra Salcedo" que los de mi generación tenemos grabado en la cabeza? Evidentemente mi siempre admirado y recién fallecido Miguel de la Quadra Salcedo, pero por la fecha de la noticia, ésta no podía referirse a él, aunque todo hacía suponer que sí que se trataba de una aventura de igual calibre a las que nuestro paisano vivía en sus reportajes televisivos. Así que fui a revisar la biografía del explorador publicada por A. Pérez Henares en 2001, y en la página 69 vi subrayada  con fluorescente amarillo la siguiente frase referida a Miguel: "...Incluso un tío suyo, Fernando, linajudo marqués, llegó a reclamar, y con papeles, derechos a la Corona de Navarra y Albania". Por tanto, y aunque lo hubiera yo olvidado, dos años antes de que la noticia de hace 75 reclamase mi atención en el periódico, la historia de un pretendiente desconocido a la corona de Albania ya había -naturalmente, conociéndome un poco- despertado mi interés.


No digo que urgentemente, aunque seguro que con prisa, acudí al Archivo Municipal de Pamplona, cuya magnífica hemeroteca microfilmada he utilizado tantas veces, y me hice con la noticia original completa, aquella que se había publicado el 8 de noviembre de 1928, que es esta que os adjunto:


"...Todos los Beaumont de Navarra nos honramos de ser súbditos españoles y tener por soberano a Alfonso XIII"
Leyéndola integramente, se podía entender algo más, aunque no mucho, para qué nos vamos a engañar. Hombre, por decir algo, me dio un poco de pena que al venerable y evocador título de Barón de Beorlegui (el más antiguo de la nobleza navarra, creado por Carlos III el Noble en 1391) el aburrido y gris siglo XX uniese el mucho más prosaico de "ingeniero agrónomo de Santander". Pero hay épocas malísimas para la lírica, qué se la va a hacer...

No sabiendo muy bien por dónde tirar del hilo, y ya que todo había surgido de una noticia publicada en dos épocas diferentes en el Diario de Navarra, decidí preguntar directamente a su redactor jefe, el prodigio de erudición Fernando Pérez Ollo, que sabía que paraba muchas mañanas en la siempre añorada librería el Parnasillo, donde mantenía una especie de tertulias literarias con su dueño, Javier López de Muniain, que tengo para mí que van a ser lo más cerca que nunca voy a estar de algo parecido a la Academia de Atenas en tiempos de Platón o Aristóteles, porque era una gozada oírles hablar de cualquier cosa, sobre todo de libros cuyos títulos muchas veces apuntaba yo subrepticiamente para poder hacerme luego con ellos. 


Pero no se crea nadie que yo participaba de aquellas auténticas lecciones, sino que si al llegar veía yo que estaban ya ellos dos dialogando, subía haciendo el menor ruido posible a la pasarela que servía de entreplanta, y fingiendo que revisaba la sección de Cine, a lo que realmente me dedicaba era simplemente a escucharles. Y hubo ocasiones en que me ocurrió exactamente lo mismo que a San Virila con el ruiseñor: que las horas pasaron como si hubiesen sido segundos. Y siempre les estaré yo agradecido.


El caso es que ni siquiera FPO -su mítica firma al pie de sus implacables críticas de conciertos- sabía nada sobre la historia de un hipotético pretendiente al trono de Albania a principios del siglo XX. Recordé entonces algo que se me había escapado hasta ese momento: en 1995 el Ateneo Navarro había organizado un ciclo sobre la Nobleza en Navarra, y el Diario de Noticias había publicado una doble página sobre ello el 9 de abril. Un reportaje que yo estaba casi seguro de haber guardado -sí, padezco síndrome de Diógenes histórico, qué le voy a hacer- como muchos otros que tratan sobre Historia de Navarra. Dí finalmente con él y allí me encontré con este artículo:  


Armas del palacio de Beorlegui en el Libro de Armería (año 1571)
Ahora ya conocía al menos los nombres de los dos implicados: Fernando de la Quadra Salcedo, marqués de Castillejos, y su primo: Manuel González de Castejón, barón de Beorlegui. Pero no hubo forma de averiguar nada más sobre este asunto hasta que, con el advenimiento de Internet, y sobre todo gracias a la publicación del libro "Fernando de la Quadra Salcedo: la poesía de la Historia", de José Ramón Blanco,  pude yo al fin saber qué se escondía realmente tras todos estos delirios que os voy contando.





Fernando de la Quadra Salcedo
Descendiente de los condes de Urgell
Varón agnado de la Casa Real de Navarra
Señor de Camón en el Bearne
Fernando de la Quadra Salcedo y Arrieta Mascarúa nació en la torre de los Salcedo en la villa de Güeñes (Bizkaia) en 1890, en el seno de una familia de rancio abolengo emparentada cierta -aunque muy lejanamente- con varias casas reales europeas. Fue un abogado, poeta e historiador especialista en heráldica, que a decir de muchos de los que lo conocieron y han dejado testimonio escrito, tenía además un punto de excentricidad muy británico, que le hizo elaborar una serie de genealogías que podríamos considerar sin lugar a dudas como verdaderamente fantásticas -en las dos acepciones de la palabra-, llegando a presumir de descender directamente del rey Iñigo Arista.

Veamos por ejemplo lo que dijo de él el famoso periodista (y más que turbio personaje) César González Ruano, que lo trató muchísimo en las tertulias literarias de Bilbao y Madrid: 

"Como pintoresco se llevaba la palma Fernando de la Quadra Salcedo, que se decía pretendiente al trono de Navarra y luego al de Andorra, proponiendo a su pariente el barón de Beorlegui, hijo del marqués de Vadillo, para el trono de Albania.

Fernando llegó a formar un gobierno con amigos suyos y acuñó unas cuantas monedas de peseta con su efigie y el nombre de Ordoño no sé cuantos. Se decía descendiente de Iñigo Arista. En realidad se llamaba Fernando Salcedo Arrieta-Mascarúa y Reinoso. Su padre, don Tomás Salcedo, viejo muy simpático, montó en Madrid el Café Saboya, en la calle de Alcalá, entre el teatro Apolo y el café de la Elipa. Fue un café elegante, que, sin embargo, no dio resultado. De Quadra Salcedo se podrían contar centenares de anécdotas divertidísimas, pero que quizá no vengan aquí muy a pelo. Quadra Salcedo rehabilitó luego para sí el marquesado de Castillejos.


Soñaba con imposibles golpes de Estado esteticistas y bellos para imponer la autoridad divina y aldeana de las coronas absolutistas y patriarcales. Su árbol genealógico, que sólo se podía echar a reñir con el que exhibía Rafael Lasso de la Vega, llegaba hasta Iñigo Arista. Con Gustavo de Maeztu organizó una pintoresca Academia de Genealogía donde, previo pago, sus clientes podían entroncar con lo más rancio de la aristocracia".


Ramón Gómez de la Serna apuntó que: "Fernando de la Quadra vive colgado de la higuera genealógica".

Según José Fernández de la Sota:

"Como pretendiente al trono de Navarra y al del Principado de Andorra, solía comentar que “tenía dos tronos en el bolsillo, pero ni un sólo cuarto”.  A su primo, el barón de Beorlegui, le convenció de sus derechos al trono de Albania por su ascendencia en la casa de Beaumont. Organizaron una campaña que llegó a tener eco en el Times londinense. Compusieron un himno y celebraron reuniones regias en el palacio de los Salcedo en Güeñes. Sus amigos bilbaínos le gastaron la broma de hacer pasar al pintor italiano Guido Caprotti por un espía de Mussolini enviado a Vizcaya para asesinar al barón, dado que el dictador, según decían, pretendía instalar a un príncipe italiano en el trono de Albania. Quadra Salcedo se lo creyó, y a su primo el barón le faltó tiempo para afeitarse la barba y plantarse en Pamplona".

Pío Baroja escribe en el tomo cuarto de sus memorias:

“Quadra Salcedo era un iluso, un hombre que vivía en sus entelequias fantásticas, y no necesitaba por tanto mucha base para idear un sistema o una genealogía. El más pequeño dato le bastaba para lograr su propósito, y así al Díaz corriente le emparentaba en un dos por cuatro con el Cid. A mí mismo me preguntó, en una librería de viejo de la calle Jacometrezo, si tenía yo el segundo apellido italiano. Sí -le contesté-, Nessi. Pocos días después nos encontramos de nuevo y entonces  me comentó: "Eso de tener parentesco con príncipe italiano está muy bien". Lo cierto es que hablaba de sus supuestos parientes de cuando el Imperio Romano como cualquiera puede hablar de su tío de Alcalá o de su primo de Chínchón. Era un hombre fantástico, que creía en sus elucubraciones”.

Sin embargo Cansinos Assens aduce: 

"En Bilbao, en la calle Ercilla 19, 1º derecha, tenía su sede el Instituto Heráldico del que era director, en el que se anunciaban referencias sobre el origen de más de 475.000 apellidos.

Fernando persistía en su labor de ennoblecer a la gente capaz de remunerar sus investigaciones laboriosas en los archivos. Dentro de poco -decía- no quedará en Bilbao ningún naviero enriquecido durante la Gran Guerra sin su blasón y su árbol genealógico. Sin embargo él era el primero en reírse de sus ingenuos clientes y de su pretendida ciencia heráldica. Le encontraba en el Rastro con algún cuadro borroso, retrato de un cardenal o un arzobispo de la época isabelina y le preguntaba:

-¿Qué hace usted aquí, amigo Quadra?

-Ya ve usted... buscando antepasados".

Pero volvamos a la trama albanesa, que es la que dio origen a este embrollo. Al parecer todo surgió de una reunión de amigos y parientes en el casino de Santander -en la que no se sabe, aunque es fácil de suponer, que el vino y los licores correrían generosamente-, terminada la cual el barón de Beorlegui, que era también marqués de Vadillo, salió convencido de sus legítimos derechos al trono del país balcánico, que su primo Fernando de la Quadra basaba en su descendencia de la casa de Beaumont, pues no en vano su fundador, el infante Luis, lo había conquistado allá por el año 1376.

Si todo hubiera quedado así, probablemente el asunto se hubiera  disuelto con la resaca, pero Fernando lo hizo público escribiendo un artículo en el periódico La tarde, en el que defendía tan vehementemente esos supuestos derechos albaneses del barón de Beorlegui, que muchos otros periódicos, locales y hasta nacionales se acabaron haciendo eco -la mayor parte de las veces tomandoselo a broma, claro- de tan desusada reivindicación.

Como estas cosas se sabe donde empiezan, pero no donde terminan, el revuelo periodístico fue subiendo de intensidad, provocando que el barón de Beorlegui dejase de estar interesado en continuar con la charada. "Es un miserable -le dijo Fernando de la Quadra a Cansinos Assens-: le quise hacer rey, pero no es digno de ceñir una corona".

De todas formas, se ve que el trono de Albania era por aquel entonces de lo más codiciado, porque ya a finales del siglo XIX, otro representante de la imaginación político-estratégica más desbocada lo había reclamado para sí. De Juan Pedro Aladro y Kastriota estoy hablando ahora, hijo ilegítimo del bodeguero jerezano ("In vino veritas" sentenció el autor clásico) Juan Pedro Domecq, que se decía descendiente por linea materna del héroe medieval albanés Jorge Skanderberg, y que puso su fortuna al servicio del sueño de liberar a Albania del yugo otomano, y este sí -y no nuestro barón- anduvo relativamente cerca de lograr su empeño. 

Aquí os pongo una postal publicada en aquella época con ánimo de hacer propaganda a su candidatura:

Juan Pedro Aladro Kastriota, pretendiente al trono albanés
El periodista y erudito Juan P. Esteban Chavarria escribió precisamente en Diario de Navarra el 30 de marzo de 1927 un curioso artículo titulado "Albania y Navarra", en el que decía esto sobre él: 

"Don Juan Pedro Aladro Kastriota, rico propietario andaluz, ilustre diplomático de España y admirador y protegido del rey Alfonso XII (que en paz descanse), descendía del príncipe Jorge Kastriota Skanderberg, héroe y defensor  de Albania contra Turquía, e ídolo de los patriotas albaneses, cuyos actuales sucesores, reconociendo en Aladro Kastriota al descendiente de aquel príncipe, lo proclamaron heredero de la corona albanesa hace relativamente pocos años, reunidos en la Asamblea Nacional de Pissen, y organizando para defender mejor su legitimidad, importantes comités en Italia, Grecia, Egipto y Estados Balkánicos. Advirtiéndose que, si el español no subió finalmente al trono, fue por no comprometer el delicado equilibrio europeo que tantos peligros encierra siempre en los Balkanes y países cercanos, pues no se atrevieron las potencias europeas a instalar a un rey de religión católica en un trono cuyos súbditos eran mayoritariamente musulmanes. Pero haciendo constar también que, de haber persistido en su empeño,probablemente hubiera ceñido la corona en las actuales circunstancias, como caudillo aclamado por el pueblo, desde la última aldea hasta la capital, Durazzo, pues su nombre despertaba bastante más entusiasmo en el país que el de Ahmed Zogú, que fue quien finalmente acabó proclamándose rey en 1928".

Ahmed Zogú, Rey de Albania (1928-1939)
Y añadía esta otra opinión con la que estoy yo muy de acuerdo: 

"Y no digo más de estas memorables campañas de Albania, a pesar de que el Genio de Navarra está en grave pecado de ingratitud mientras no descubra al mundo y loe como es justo a aquellos legendarios héroes que, acaudillados por el infante don Luis, duque de Durazzo, realizaron en Oriente proezas admirables, gloriosísimas, dignas de ser cantadas por la epopeya."

Mucho más recientemente, en 2001, Iñaki Egaña también nos habla del jerezano Aladro en su libro Mil Noticias Insólitas del País de los Vascos:

"Juan Pedro Aladro Kastriota, príncipe de Albania, se expresaba perfectamente en euskara. Hablaba además correctamente el francés, inglés, alemán, italiano, albanés, castellano y ruso. Escribió algunos trabajos en la revista Euskal-Erria, terminando siempre sus artículos con la misma consigna en euskara y albanés: Euskalerria aurrera.  Shkiperia perpara! (¡Adelante  Euskalerria. Adelante Albania!). Justificaba su interés por la lengua vasca alegando que sus antepasados provenían del pueblo guipuzcoano de Bidania." ¡¡¡Arrea!!!

Como veis por todo lo que os voy contando, cuesta aceptar que el concepto de Realismo Mágico lo inventase Gabriel García Márquez en Colombia, porque el número de maestros aventajados en esa materia que hemos disfrutado por nuestra tierra es también digno de ser tenido en cuenta...

¿Pero cuál era el fallo principal de la argumentación genealógica de Fernando de la Quadra Salcedo?

Pues el que ya había visto el propio barón de Beorlegui en su carta de noviembre de 1928: que se adjudicaba la corona albanesa en base a los derechos que el infante Luis, el hermano del rey Carlos II (el Malo para los franceses) hubiera podido legar a sus descendientes, pero teniendo en cuenta que a él mismo esos derechos le llegaron por vía matrimonial, y que con su legítima mujer, la princesa Juana de Nápoles, no tuvo hijos, malamente podía el primero de los Beaumont traspasar esos derechos albaneses a los tres hijos bastardos que sí tuvo con María de Lizarazu.

El mayor de todos ellos, Carlos, fue nombrado por su tío Carlos II alférez de Navarra, y desempeñó importantes cargos diplomáticos en la corte de su primo-hermano Carlos III el Noble. Tuvo a su vez dos hijos varones: Luis, primer conde de Lerín, y Juan, prior de San Juan de Jerusalén en Navarra. Éste, pese a su condición de clérigo, engendró un hijo, Martín, que fue el primero de los de su estirpe en ostentar el título de Barón de Beorlegui, que como dije al principio sigue siendo el más antiguo de la nobleza en Navarra.

Pero originariamente el rey no se lo otorgó a ellos, sino a su chambelán Juan de Bearne en 1391. Al casarse este en 1397 con Juana de Navarra, hermana bastarda de Carlos III, ambos compartieron el tratamiento de Barones de Beorlegui, y tuvieron una hija legítima: Blanca, que se casó con el vizconde valenciano Hugo de Cardona, heredando ambos el título de marras, que al no tener descendencia quedó vacante.

Entonces Juan de Beaumont, el Gran Prior de la Orden de San Juan de Jerusalén en Navarra, aprovechó para comprarlo y donarlo a su hijo, Martín de Beaumont, que fue legándolo a sus descendientes directos al menos hasta Juan de Arizcun y Beaumont, que falleció en 1673, siendo el VIII Barón de Beorlegui. Luego el título se perdió, y no volvió a ser rehabilitado hasta 1915 por Francisco Javier González de Castejón y Elío, marqués de Vadillo.


Si aún queda alguien ahí, después de este tostón genealógico que os estoy proporcionando, comprenderá que los derechos a la Corona de Albania no podían ser más hipotéticos para el Barón de Beorlegui del año 1928, a la sazón el ya citado Manuel González de Castejón y Entrala, que hacía el número XVII de su título. Claro que, afortunadamente, esas minucias jamás pusieron freno a la imaginación de nuestro protagonista...

Manuel González de Castejón y Entrala
XVII Barón de Beorlegui
Pretendiente al trono de Albania
Puestas así las cosas, tampoco se hará extraño a nadie que los amigos de Fernando de la Quadra y de Manuel González de Castejón les tomaran el pelo una y otra vez, incluso como ya se contó, fingiendo que Mussolini -la Italia Fascista también quería hacerse con Albania en aquella época, y esta vez completamente en serio, pues de hecho la invadió en 1939- había enviado un espía para matarlos.

Pero abandonadas las pretensiones a Albania por parte de su primo, de la Quadra optó por ser él mismo quien reclamara varios tronos. Primero el de Navarra, ya que como recordaréis, se consideraba a sí mismo descendiente directo nada menos que de Iñigo Arista, y por lo tanto varón primogénito de la Casa Real de Navarra. Pero en un repliegue de modestia, y como también se decía descendiente de los Condes de Urgell, soberanos de Andorra, le pareció más sencillo acceder al trono del principado pirenáico, donde se encontró con que  tenía competencia...

Sucedió que en 1934, un supuesto noble ruso llamado Boris Mikailovich Skossyref se asentó en Andorra, que tenía como copríncipes al presidente de la República Francesa y al obispo de la Seo de Urgell, estando el gobierno formado por un Consejo General de los Valles.

Decidido a convertirse en rey a cualquier precio, Boris consiguió convencer a 23 de los 24 consejeros para que votasen a favor de instaurar la monarquía, cosa que hicieron el 7 de julio (sí, ya veis que todos estos asuntos dinásticos tienen siempre bastante que ver con el vino y con las fiestas). Los periódicos de la España republicana, que se habían tomado a broma desde el principio toda esta locura, descubrieron un filón para burlarse todavía más de lo que acontece en Andorra: dar pábulo a las ocurrencias de otro pretendiente, que como ya habréis imaginado no era otro que Fernando de la Quadra Salcedo. 

Éste, en varias cartas dirigidas al periódico "El heraldo de Madrid", de las que también se hicieron eco otros medios como ABC,  rizó el rizo retando a un duelo a espada a Boris I para decidir en un combate de campeones a quién correspondía realmente el trono de Andorra. Y no creais que el ruso se achantó, porque contestó por la misma vía al bilbaino de la siguiente forma: "habré de demostrar a usted, cuando y como le acomode, que un caballero no puede manchar la dignidad de otro caballero sin dejar de serlo".

Harto ya de tanta locura, el obispo de la Seo de Urgell denunció lo que estaba ocurriendo en Andorra ante la Guardia Civil (tomad dosis de surrealismo hispano), que acabó deteniendo al "rey" Boris, el cual acabó preso en Madrid, en aplicación de la Ley de Vagos y Maleantes. Tras unas pocas semanas fue puesto no obstante en libertad, y marchó al exilio.

Tristemente, la farsa trocaría en tragedia muy pronto...

El 18 de julio de 1936, el general Franco se sublevó en África contra el Gobierno legítimo, y la villa de Bilbao quedó dentro de las zonas leales a la República. No habiendo autoridad reconocible, pues el Gobierno Vasco no quedaría constituido hasta el 7 de octubre de ese mismo año, milicianos y grupos armados de los distintos partidos camparon durante dos meses a sus anchas, ejecutando y deteniendo a quienes consideraban enemigos de la Revolución o del Proletariado. 

Alguien que, como el inofensivo Fernando de la Quadra, presumía de nobleza de sangre e incluso de sus derechos a varios tronos, se convirtió por tanto en objetivo prioritario de varios de esos grupúsculos, siendo detenido finalmente al parecer por anarquistas -a los que, como de costumbre, la imaginación se la traería al pairo-, que lo llevaron al Altuna-Mendi, un barco prisión fondeado en la ría.

Allí dentro, igual que muchos otros desgraciados, fue fusilado Fernando de la Quadra Salcedo y Arrieta Mascarúa sin juicio alguno el 25 de septiembre de 1936, apenas diez días antes de que José Antonio Aguirre fuese nombrado primer Lehendakari y acabase con los paseos y los asesinatos arbitrarios. Tenía cuarenta y seis años, los mismos que ahora tengo yo, y os aseguro que no puedo dejar de sentir un cierto escalofrío al imaginarme la escena.

Fusilamiento de Maximiliano I, de Edouard Manet
Así que ya veis: quizás no vivió como un rey, pero si que al menos murió como Luis XVI de Francia o Maximiliano I de México, cosa que supongo que no le haría nada feliz en ese brutal momento, pero que me parece un giro del destino de lo más curioso, y un caso clarísimo de justicia poética. 

Don Julio Caro Baroja, que también lo conoció, escribió con pesar: “su fin trágico no fue el que correspondía a alguien de carácter tan apacible”.

Todavía en 1965, su amigo César González Ruano le recordaba en su Diario Íntimo, con motivo de la muerte ese mismo año de otro viejo conocido: el barón de Beorlegui, aquél a quien Fernando quiso hacer rey de Albania: 

"Ha muerto ayer en Madrid el barón de Beorlegui, don Manuel González de Castejón, tan unido a raros recuerdos míos de aquellos años en que yo andaba mucho con el poeta Fernando de la Quadra Salcedo, marqués de los Castillejos, que proyectaba para su primo el acceso al trono de Albania. Beorlegui era ingeniero agrónomo, cantaba zortzicos y tenía una noble barba. A mí me recordaba físicamente a aquel zar Fernando de Bulgaria..."

Y por mi parte, acabo aquí con la estrambótica historia del último y soñador rey de Navarra, que me temo que he alargado demasiado. No me cabe la menor duda de que hubiese hecho buenas migas con él, de haber coincidido ambos en el tiempo. 

Y, quién sabe, quizás hasta hubiese aceptado yo los derechos al trono de Albania que el sobrepasado barón de Beorlegui (al parecer su candidatura al trono trajo consigo que un grupo de albaneses, que el periódico republicano "La Libertad" describe muy gráficamente como "imponentes, llenos de cartucheras, embigotados y pavorosos" se empeñaran en servirle durante un tiempo como Guardia Personal, para solaz y diversión de toda la ciudad de Santander)  no se atrevió a defender, porque además puedo confirmaros que el dolmán me sienta igual de bien que al rey Muskar XII de Syldavia... 



De todas formas, ya sabéis: Euskalerria aurrera.  Shkiperia perpara!



©MIKEL ZUZA VINIEGRA, 2016