viernes, 14 de mayo de 2010

LA BODA DEL SIGLO



Mañanita del 12 de mayo de 1191, y está ya la explanada frente a la catedral de Limassol repleta de ingleses que han venido a presenciar la boda entre Ricardo de Inglaterra y Berenguela de Navarra. Arbitrará la contienda el obispo de Evreux, del colegio normando.

Los 7.000 bulliciosos aficionados británicos son evidente mayoría en este encuentro, pues apenas 50 navarros se han desplazado hasta Chipre para presenciar la final de este Primer Trofeo Plantagenet.

A pesar de las severas advertencias hechas por Felipe Augusto, presidente de la Federación Francesa, que a punto han estado de conseguir la suspensión de tan apasionante choque, el capitán ingles, que luce en su camisola los tres leopardos, lleva ya dos horas esperando que el equipo contrario salte al terreno de juego, aunque parece que el retraso entra dentro de la táctica diseñada por el entrenador de los navarros, el impresionante príncipe Sancho, que anoche declaró a varios cronistas que lo de la puntualidad anglosajona no va con él.

Los esfuerzos hechos por la federación chipriota en el sentido de intentar que se prohibiese la ingesta de alcohol durante el partido tampoco han dado fruto, pues el calor primaveral de estas tierras orientales ha incrementado tan notablemente la venta de cerveza, que se calcula que para mediodía no quedarán más de dos o tres barriles llenos en la ciudad. Ni en esto se han puesto de acuerdo las hinchadas rivales, pues los navarros han optado por traer cientos de barricas de vino de su tierra en la bodega de su nao: que se llama “La Veloz Sangüesina”, y que recibe tan simpático nombre por haber sido construida en esa ciudad con la madera que traen los roncaleses desde el Pirineo.

Lo cierto es que la tensión se palpa en el ambiente y los ingleses empiezan ya a impacientarse tanto como su señor, que da muestras de gran nerviosismo haciendo grandes aspavientos en el círculo central de las escalinatas del templo. Para animar a Ricardo en estos momentos cruciales, gran parte de los congregados están cantándole en voz tan alta que resulta casi imposible oír mis propios pensamientos, lo que parece ser un cántico tradicional inglés. Vamos a ver si podemos entender alguna de sus estrofas:

“Walk on through the wind,
Walk on through the rain,
Though your dreams be tossed and blown.
Walk on, walk on with hope in your heart,
And you'll never walk alone,
You'll never walk alone…”

Aplausos atronadores cierran la emocionante interpretación, que Ricardo agradece besando ostensiblemente el escudo que lleva sobre su pecho.

¡Y nos anuncian por fin la llegada de la delegación Navarra, de la que no sabíamos nada desde que salió de su hostal de concentración!

Efectivamente, encabezados por ministriles y atabales que van cantando una copla compuesta por el maese Turrillas:

“¡Oh, muy noble Berenguela!,
De los Sanchos bella flor,
¡Oh, muy noble Berenguela!
Es tu origen montañés,
mas vives, en la Ribera.
Vibra en ti Navarra entera,
Por donde quiera que vas…”,

salta al campo el equipo encabezado por la princesa, que viste toda de blanco con un velo de color rojo que muestra el escudo de su reino bordado en oro y piedras preciosas.

Sale a recibirla velozmente el maestro de ceremonias inglés, Lord Lampard, mas una hábil finta de Berenguela lo deja atrás mientras ella sigue impertérrita hacia la iglesia. Ahora es la madrina de Ricardo, su hermana Juana de Sicilia, quien se interpone en su camino, pero el padrino, el príncipe Sancho de Navarra, la aparta cogiéndola por el talle, sin que el colegiado normando diga nada, por lo que Berenguela continúa como un relámpago su avance hacia su prometido, que le aguarda tras el arco porticado, donde el último obstáculo entre ambos enamorados es el viejo portero londinense Sir Peter Shilton, que mueve los brazos en vano queriendo frenar la acometida de la vanguardia Navarra, pues amagando hacia la izquierda, Berenguela consigue engañarle y entrar en el templo por la derecha, donde Ricardo y ella se funden en un abrazo que sella definitivamente el empate entre ambos esposos, para gozo y satisfacción de las aficiones de ambos equipos, que se lanzan a celebrar el resultado por todas las tabernas de Limassol...

¡Qué apasionante partido, señoras y señores! Quedan todos ustedes emplazados en esta misma frecuencia para el próximo partido internacional que será disputado entre las selecciones de Arabia, con su famoso capitán Saladino al frente, e Inglaterra en el estadio de Acre, y que promete ser aún más disputado que el que acabamos de presenciar…

PD: a quienes penséis que es imposible que esto ocurriera de la manera en que os lo he contado, sólo me queda recordaros las sabias palabras del libro del Eclesiastés, que en su capítulo 1, versículos 9-10 nos dice:

“Lo que ha llegado a ser, eso es lo que llegará a ser; y lo que se ha hecho, eso es lo que se hará; y por eso no hay nada nuevo bajo el sol.
¿Existe cosa alguna de la cual se pueda decir: “Mira, esto es nuevo?”


© Mikel Zuza Viniegra, 2010

jueves, 13 de mayo de 2010

DE NOMBRE TAN SONORO...



Una de las mejores cosas de escribir dejando volar la imaginación es la posibilidad de jugar a ser Dios…

Dejábamos el otro día al pobre infante Teobaldico despanzurrado en San Pedro de la Rúa de Estella, pero se me antoja ahora, cuando han pasado ya 738 años de tan infausto suceso, que la literatura paralice en el aire al niño y al aya que caen, y haga que en el breve lapso de tiempo y de espacio que media entre lo alto de Zalatambor y el suelo del claustro, les salgan unas alas que les devuelvan sanos y salvos a la terraza...

Y ese niño protegido cual Moisés entre las aguas, crece, y su padre, que tampoco ha muerto por un disgusto que ya no ha tenido lugar, le va contando como al poco de nacer, fue concertado su matrimonio con otra niña que se llama Violante, hija del rey de Castilla. Y al joven Teobaldico esa princesa prometida, a la que no conoce de nada, se le antoja más bella y dispuesta que la hija del emperador de Constantinopla, cuyas aventuras tanto le gusta leer en las novelas que se guardan en la biblioteca del castillo de Tiebas.

Y en pocos años más, esa pareja de nombre tan sonoro, acaba casándose por fin, y su primogénito recibe por supuesto el nombre de Teobaldo, y ocurre que en él vienen a juntarse las sangres más poéticas de toda la Edad Media, pues son sus abuelos don Teobaldo I de Champaña, y don Alfonso X de Castilla, que fueron sin duda los mejores trovadores de su tiempo. Y ha de ser por eso por lo que este joven Teobaldo IV muestra desde muy temprano tanta sagacidad e ingenio como la que manifestó el niño Jesús ante los doctores del templo de Jerusalén, y por lo que, ya adolescente, es capaz de componer cantigas, baladas y virolays sin dificultad alguna, aspecto éste que le hace muy popular entre las damas que arreboladas de amor caen entre sus brazos.

Y en esas está cuando su padre, Teobaldo III, el arrancado por la fantasía a las garras de la muerte en Estella, fallece esta vez de veras, y comienza a reinar en Navarra quien ve en los versos amigos más placenteros que lo que nunca podrán llegar a ser los artículos de las leyes. Así que una de sus primeras medidas de gobierno consiste en mejorar las capítulas del Fuero General que compiló el primer Teobaldo, llenando de claras estrofas y de cantarinas rimas lo que los leguleyos de antaño se empeñaron en hacer incomprensible. Y es desde entonces el reino gobernado en base a la poesía, y sea por eso o no, llueve a partir de entonces sólo en primavera, cuando lo necesitan las semillas, y hace menos frío en invierno y el calor justo para que maduren los frutos en verano.

Las prisiones y mazmorras quedan vacías, pues no hay motivo para encerrar a nadie en ellas, y van añadiéndose a la biblioteca de Tiebas nuevos tratados y manuscritos que el rey considera necesarios para aumentar la felicidad de su pueblo. Y mientras se afana en guardarlos en buen orden en las pobladas estanterías, caen de improviso en sus manos las novelas que sobre la princesa constantinopolitana leía su padre, y este otro Teobaldo cae también bajo el hechizo bizantino, hasta el punto de enviar embajadores a la ciudad imperial para pedir la mano de la princesa que esté en ese momento disponible, pues es cosa sabida que es aquella Corte muy pródiga en infantas casaderas. Y place a Andrónico II Paleólogo tal petición, por lo que a vuelta de correo aparece en Tiebas una comitiva tan lujosa como no se ha visto otra, custodiando a la princesa Eudora, que en griego quiere decir “Honrada”, que resulta ser tan aficionada a los libros y a la poesía como Teobaldo, lo que pronto hace nacer el cariño mutuo entre ambos desconocidos de nombre tan sonoro, y que, andando el tiempo, nazca además también un quinto Teobaldo, con facciones tan clásicas como las de las estatuas que salían de las manos de Fidias, a decir de quienes le conocieron.

Y hora es ya de cerrar el libro de los Teobaldos, que podría yo prolongar aún un buen trecho, aunque bastará con decir que el quinto Teobaldo se casó, como era de prever, con una princesa de nombre tan eufónico como el suyo, pues está visto que no se estilaba en esta Dinastía el juntarse con simples Marías o Cristinas…

Y no será menester tampoco recordar que, como prueba de lo importantes que fueron en la historia, tienen ahora los Teobaldos en Pamplona una calle a ellos dedicada (sin hacer separaciones entre unos y otros), donde antaño tenía su comercio el mercader Alonso, que como todo el mundo sabe: “en agosto vendía al costo…”


© Mikel Zuza Viniegra, 2010

martes, 11 de mayo de 2010

COMAN VUESAS MERCEDES



No dando resultado ninguna otra de las medidas tomadas para que S.M. don Enrique I de Champaña baje de peso, a los físicos que le atienden se les ha ocurrido imponerle lo que en el futuro ha de llamarse sin duda “dieta estellesa”. Hartos ellos y el mismo paciente de las prohibiciones, han decidido que el rey siga comiendo todo lo que quiera, pero que tras cada banquete, vaya a mostrar su piedad y devoción a los tres santuarios más importantes de la ciudad.

Es a saber: San Miguel, San Pedro de la Rúa y Santo Domingo, deteniéndose en cada uno de ellos el tiempo justo de rezar un avemaría. Y que lo haga a buen paso, si no corriendo, para que lo que no han podido las recetas médicas lo puedan las cuestas y las escaleras de la vieja Lizarra…

Y no parece que a don Enrique le haya caído mal la ocurrencia de los galenos, porque acostumbrado a no dar más de tres pasos seguidos, si no es en pos de las cocineras, ha olvidado probablemente la singular orografía de sus dominios junto al Ega.
Así que tras engullir 4 pichones en su salsa, medio jabalí y un cuarto de capón, se muestra presto a cumplir la encomienda saliendo muy bien dispuesto de su palacio para acometer los traicioneros peldaños que en un decir Jesús le llevan a franquear las puertas del convento dominico, donde levantarse después de arrodillarse le cuesta más esfuerzo del que recuerda haber hecho desde sus años mozos.

Más o menos aliviado por las oraciones, se inclina ahora por cruzar el río y dirigirse a San Miguel, cuyo desnivel se le hace tan enorme como dicen que era la sombra de su tío abuelo el rey Sancho. Gruesos goterones de sudor ruedan por sus mejillas, y siente ya todas las junturas del cuerpo tan adoloridas como las ánimas que penan en el Infierno. Pero sobreponiéndose a sí mismo, que es siempre labor difícil, consigue traspasar la cancela del templo y envidiar allí vivamente las alas que luce el arcángel.

Los monaguillos comentan en voz baja, cuando el orondo gobernante la emprende hacia San Pedro, que los resoplidos del monarca más parecían fuelles de órgano musical que respiración humana, pero allá que ven perderse la figura real, que ciertamente llega a la última escalinata de su recorrido con el mismo color en su rostro que en el escudo que dice a todos los que le ven pasar que aquél es el rey de Navarra.

Entra tambaleándose en la iglesia, donde le esperan quienes tan áspera penitencia le han impuesto. Con reverencia esperan a que el rey concluya la salve, y para desesperación de Enrique, le conminan a que repita el recorrido por lo menos otras cuatro veces más. Y así todos los días hasta que su silueta sea tan atlética como lo fue la de su padre, el rey poeta don Teobaldo.

Y durante toda esa semana ven los estelleses al rey trepar por las rúas de la ciudad, y otros muchos dicen que también le ven luego paliar tan grandes esfuerzos en las tabernas junto al río, donde al parecer conviene apostar por la capacidad de su tragonía a la hora de ingerir todo tipo de peces asados, acompañados por jarras de buen vino. Y ya los médicos comienzan a desesperar, pues ven cómo don Enrique ha vuelto a saltarse sus recomendaciones y no ha bajado ni una libra de peso, cosa que a él mismo le avergüenza y le hace maldecir su poca fuerza de voluntad, jurando y perjurando que vendería su alma a Satanás si consiguiera rescatarle definitivamente de su gordura…

Y como no es bueno tentar a la Providencia, pues el malvado demonio utiliza siempre la puerta de los buenos propósitos no cumplidos para perder el alma de los hombres, una tarde, mientras el rey está subiendo la escalinata de San Pedro tan lentamente que hasta los peregrinos más ancianos le sobrepasan, mira hacia arriba queriendo calcular cuánto le falta, mas sus ojos no pueden dejar de advertir que en la terraza de la torre más alta del castillo de Zalatambor hay una figura femenina con un niño en brazos… La mujer señala con el dedo hacia abajo, como queriendo indicar al tierno infante dónde está su padre, que ve aterrado como se inclinan cada vez más peligrosamente en las almenas…

Y quiere entonces correr, correr como no ha corrido nunca, justamente como sabe que no puede correr, porque su corpulencia se lo impide. Y grita a los peregrinos que se aparten, que es el rey de Navarra, y que les cortará a todos la cabeza si no cumplen su mandato. Y ahogándose casi, penetra en la iglesia, y casi a gatas entra en el claustro, donde yacen los cuerpos destrozados de su hijo el príncipe Teobaldico y de su aya doña Marina.

Y en medio del dolor que le desgarra como un alfanje sarraceno, se jura a sí mismo que nunca más volverá a probar bocado. Y se convence de que la única misión que llevará a cabo en lo que le quede de vida será la de convertirse en un nuevo San Jerónimo, que de puro flaco le tomaban los otros eremitas del desierto egipcio por galgo sin dueño o por pergamino que el viento hace volar a su albedrío.

Y sucedió todo esto en Estella, en el año del Señor 1272. Y don Enrique no sobrevivió a su primogénito más de un año. Y dicen que pesaba al morir menos que una cardelina, y que todos los días, hasta el último, se empeñó en subir a toda velocidad la escalinata de San Pedro, como si aún pudiese llegar a tiempo de salvar al infante.

Y de esta triste y taimada manera, concedió Belcebú el deseo que el rey le formulara, librándole definitivamente de su gordura, con gran pena de los gusanos, que se perdieron un gran festín, y beatífico escarmiento de los humanos, que siempre buscan ocasión para holgazanear…


© Mikel Zuza Viniegra, 2010

viernes, 7 de mayo de 2010

TODO ESTÁ EN LOS LIBROS



11 de marzo del año del Señor 859.

Eulogio de Cordoba, rector y bibliotecario de la Escuela de San Zoylo acaba de ser condenado a muerte por el emir Muhammad I. Contempla el paisaje desde la ventana de su celda mientras espera a que el verdugo tenga bien afilada la espada con la que le cortará la cabeza, pero en vez de reparar en los almendros en flor que bordean el Gualdaquivir, su imaginación vuela al norte, al reino de Pamplona, que hace apenas diez años visitó. Y añora al buen príncipe Iñigo Arista, y al obispo Wilesindo, pero sobre todo recuerda al abad Fortún, y a su comunidad de monjes que estudian y trabajan en el monasterio de Leyre.

Y en el placer del recuerdo, surgen de pronto las espinas del remordimiento, pues guarda desde aquellos años un terrible secreto: su pasión por los libros le hizo olvidar el miedo y la vergüenza y sustraer de aquel cenobio uno maravilloso, que cayó de improviso en sus manos mientras revolvía pergaminos en aquella surtida biblioteca.

Era una “Vida de Mahoma”, que a pesar de residir en tierras gobernadas por el Islam, jamás había visto. Tenía las tapas repujadas en cuero con los diseños geométricos que sólo los árabes son capaces de realizar, y su interior mostraba los fantásticos dibujos a toda página del fraile Juan de Buscema, donde quedaban plasmados los horribles pecados de la secta agarena. El texto, bellamente caligrafiado por el escriba Hildebrando de Tafalla, apostillaba a la perfección esas imágenes…

Definitivamente aquel libro debía ser suyo. Suyo y de nadie más, pues al fin y al cabo él se jugaba la vida por defender la fe de Cristo entre los infieles, y aquellos monjes habían conseguido librarse de su yugo por fin. Así que comprobó que nadie le observaba, y no pudiendo resistir más la tentación, sacó bajo su hábito el libro del scriptorium.

Cuando días más tarde abandonó Leyre, el libro que le había fascinado viajaba con él. Y le había acompañado durante los siguientes diez años, y había sacado de él preciosos datos para elaborar sus sermones, aunque muchas otras veces se conformaba con vagar durante horas por aquellas hechizantes ilustraciones.

Pero ahora, habiendo llegado la hora de su encuentro con Dios, siente miedo a que aquel robo sacrílego le expulse del Paraíso que todos los mártires tienen prometido, y no teniendo correligionario en quien descargar su conciencia, ruega la presencia de uno de los visires, con quien compartió juegos en la infancia, y que a pesar de su distinta religión, sabe que también ama a los libros.

El ministro, apenado, reprocha a Eulogio:

-¿Cómo tú, un sabio, te olvidas del amor a la vida, lanzándote a la muerte? Reniega ahora de tu fe ante el Emir y sigue después la religión que quieras. Te prometo que no te buscaremos más en parte alguna.

-Amigo Abd-al-Malik –le contestó el prisionero-, no sabes lo que espera a los fieles de Cristo. Si sintieses en tu pecho lo que yo siento en el mío, no me hablarías así, y con gusto perderías los honores que posees por abrazar mi religión. Y precisamente porque temo perder esa recompensa es por lo que te he hecho llamar…

Y Eulogio le cuenta lo acontecido en Leyre, y le dice dónde oculta el libro, y le pide que lo busque y se lo entregue a su discípulo Álvaro para que lo restituya a sus legítimos dueños, en aquel rincón apartado del pirineo pamplonés. Y sobre todo le ruega en nombre de su antigua amistad y de su común simpatía por los libros, que comprenda que si así no lo hiciese, condenaría a su alma a vagar por los infiernos, en espera de que otro lo devolviese en su nombre…

Y así, mientras la cabeza del cristiano es separada de su cuerpo, el visir acude a la pobre casa que servía de morada a su amigo, y bajo una falsa portezuela de madera encuentra aquella obra magnífica y, a pesar de que su contenido está repleto de horribles blasfemias hacia su sagrado profeta, no puede resistirse a pasar las páginas y asombrarse del trabajo de sus artífices. Y es tanto el arte empleado, que la tentación de quedarse con él es muy fuerte, hasta que imagina a Eulogio acechado por las llamas aventadas por el demonio, y se ve a él mismo torturado eternamente por haber faltado a la promesa hecha a un infiel, al que sólo le unía el amor a los libros. Y opina que son los libros buen puente para unir a quienes piensan diferente, y cierra entonces el tratado, lo protege con un rico brocado y corre a entregárselo al discípulo de Eulogio, ordenándole que cumpla la última voluntad de su maestro.

Y dicen que cuando meses después llegó Álvaro a Leyre, las campanas del monasterio repicaron sin que nadie las tocase, y que el viejo abad Fortún comprendió, al serle entregado el libro, que había sido aquello un doble prodigio. Primero porque resonasen aquellos pesados carillones sin intervención de mano humana, lo que a su docto juicio quería además decir que las puertas del Cielo se habían abierto de par en par para Eulogio, pero sobre todo porque se devolviese un libro robado a una biblioteca, y que era ése el milagro más grande que se pudiese contemplar en aquel reino de Pamplona o en cualquier otro.

Y es por eso que incluso hoy en día, cuando ocurre el raro fenómeno de devolverse un libro robado, o nada más que prestado, suenan campanas en la torre más cercana al lugar del portento, y Eulogio y Abd-al Malik brincan de gozo en la Gloria, que para los que, como ellos, aman tanto a los libros, es como una Biblioteca enorme de la que sí puedes llevarte todos los libros que quieras…


© Mikel Zuza Viniegra, 2010

viernes, 23 de abril de 2010

TEOBALDO DE BERGERAC



Está don Teobaldo descansando en la solana de los palacios de San Jesucristo, que son los que ha de utilizar cuando se halla en Pamplona, pues el obispo se niega a devolverle los de la Navarrería que levantó su abuelo, el muy sabio rey don Sancho. No es aún muy tarde, pues hace sólo una hora que el tórrido sol estival se puso tras las montañas que rodean la ciudad, y en el salón principal comienzan a reunirse los compañeros del rey y a resonar las trovas que entretendrán la noche.

La que está sonando ahora le parece familiar… Y tanto que le parece, ¡cómo que es la que él mismo compuso anteayer! Pero si no la había cantado en presencia de nadie todavía, ¿quién será el rufián que se la ha robado?

A grandes zancadas salva los escalones que le separan de la estancia, y al levantar la cortina ve con sorpresa que es su buen amigo Felipe de Nanteuil quien rasguea en el laud su balada.

-¿Quién os ha dado permiso para interpretar mi canción? –atruena el rey con su pregunta.

-Señor, no sabía que fuera vuestra... Además, se la oí anoche a un muchacho en el cruce de la rúa de la Englentina –responde demudado don Felipe.

-Pues o esto es obra del diablo, o hay más piratas en esta urbe que los que nos encontramos en el mar cuando fuimos a Tierra Santa, pues os juro que yo la compuse anteanoche, y que no había entonces nadie en la habitación que pudiera escucharla…

-Lo que podemos hacer es tratar de encontrar al bellaco que en tal brete me ha puesto, y sacarle la verdad de lo sucedido a palos.

-Muy bien tal cosa me parece, que no es justo que otros se aprovechen del trabajo de quien compone trovas con su esfuerzo, y menos aún si es para sacar provecho económico de ello.

Y dicho y hecho cambian los ofendidos amigos sus ropas por otras menos vistosas, y enfilan la rúa mayor procurando escuchar hasta la más mínima estrofa que rompa el silencio nocturno. Al llegar a la Englentina, un joven canta bajo el balcón de una casa. Ha de contener Felipe a Teobaldo, pues éste ha reconocido la canción como la que compuso esta misma tarde.

-¡Voto a bríos que he de atravesarle con mi espada! –masculla el embozado rey-. Y en ese mismo momento se abre el balcón y todo el contenido de un espacioso orinal va a caer sobre el esforzado músico que, más con cara de pena que de asco, recoge sus bártulos y pone ruta hacia las tabernas de la plaza de Zugarrondo.

-Pues ha tenido el muchacho más suerte que anoche –aclara, tapándose la nariz, Felipe a Teobaldo-, pues lo que le cayó ayer parescióme de consistencia bastante más sólida que la de hoy…

-Hemos de enterarnos del misterio de cómo ese ganapán se hace con mis canciones, aunque empiezo a colegir que ha de ser porque tengo la costumbre de componerlas y cantarlas en voz alta mientras me baño -que es costumbre muy sana y agradable que aprendí de los árabes-, y que nuestro poeta tiene poco talento pero muy buen oído. Sin embargo, y en atención a que no parece querer obtener más beneficio que el placer que se logra de los amores difíciles, he de regalarle yo otras trovas con las que pueda llevar a buen fin sus intenciones.

Y, efectivamente, comprueban ambos al día siguiente como la suposición del rey era cierta, así que asegurándose de que la ventana esté bien abierta, canta Teobaldo una nueva tonada, y acuden por la noche a escuchar al tenaz enamorado, que esta vez recibe como premio un remojón sólo de agua.

Así, día tras día componía el señor de Navarra una nueva canción, cada una con más maestría y elegancia que la anterior, e iba a su vez recibiendo el joven presentes más entrañables cada noche: primero le arrojaron desde la altura una maceta llena de tierra, la noche siguiente otra vacía, unas flores al siguiente intento, un pañuelo perfumado a la otra noche, y finalmente una cuerda trenzada por la que le vieron trepar en menos de lo que cuesta entonar un virolay.

-En verdad os digo, buen amigo Felipe, que no he visto ni en las ferias de Champaña mujer más testaruda que la desconocida dueña de esa ventana. Empezaba ya a desesperar de poder vencer su resistencia con mi talento. Confiemos en que el muchacho tenga más habilidad en la habitación que la que ha demostrado fuera de ella, y que allí no cante también “de oído”.

Y fuéronse los dos muy contentos a celebrar su secreta victoria a la hostería del Temple, que está muy cerca de esa rúa, donde es público y notorio que poseen buenos vinos y excelentes manjares, siendo ambas cosas tan necesarias para todos aquellos que han de reponer las fuerzas que su febril entendimiento consume, mientras componen trovas e imaginan narraciones.

Y acabaron cantando allí para toda la concurrencia, hasta que el preboste dio con su lanza en la puerta, pues no eran aquellas horas de semejante escándalo sino de prudente descanso, y estuvo el rey tan de acuerdo con la recomendación, que aún le dio una moneda tornesa recién acuñada al guardia, pues fue aquel monarca de natural alegre y bueno, de tal forma que durante su reinado se calmaron todas las enemistades y dieron todas las cosechas abundante fruto...


© Mikel Zuza Viniegra, 2010

miércoles, 21 de abril de 2010

LA LARGA ESPERA



Treinta inviernos lleva ya Oria de Usún esperando que su marido regrese de la cruzada del buen rey Teobaldo el Joven.

Es verdad que otros caballeros le dijeron que señor tan grande había fallecido en Túnez en la era de 1270, y que otros muchos navarros quedaron sepultados junto a él en aquellas arenas del desierto donde moran los infieles. Mas como ninguno de ellos había visto con sus propios ojos morir a Lope, ella prefirió acogerse a la creencia de que algún día retornaría, y volvería a llevarla a las ferias de Lumbier a la grupa de su caballo, como solía hacer antes de marcharse siguiendo la bandera real.

Los primeros años su convicción aún se sostenía en cierta cordura, pero muy pronto los vecinos vieron que Oria apenas abandonaba el banco de piedra junto a la puerta de su casa, y que no se quitaba el vestido azul con el que había despedido a Lope desde la puerta del monasterio. Sus cabellos, antaño resplandecientes y cuidados, semejaban ahora un mar blanco de ollagas. Y se acostumbraron a responderle siempre la misma cantinela: “Hoy, no. Quizás mañana”, cuando ella les preguntaba si habían visto a un buen mozo recién vuelto de la guerra.

Después llegó “una grant maladía ”, y aunque los supervivientes intentaron que se marchase con ellos, Oria no quiso abandonar su casa casi en ruinas, pues decía que si se iba, él no podría ya encontrarla.

Cuando pasó la epidemia y los vecinos regresaron, no se extrañaron de su ausencia, y pensaron que habría muerto en medio de aquella espantosa soledad.

Pero lo que no hubieran podido imaginar nunca es que entre los ecos del pasado que nublaban la mente de Oria, se hubiera podido abrir paso el vívido recuerdo de la voz del abad de Usún, que cuando niña le hablaba de que no muy lejos de allí, en Leyre, un fraile había pasado trescientos años escuchando el maravilloso trinar de una avecica del cielo.

Ella no le pediría tanto: diez o veinte años más bastarían para que Lope encontrase el camino a casa...

Y hacia aquel ilustre cenobio encaminó sus temblorosos pasos, no importándole lo áspero del camino ni las zarzas. Y cuando tuvo por fin ante sí el monasterio, concentró todos sus sentidos en escuchar cualquier sonido que brotase de aquel impenetrable bosque. Hasta que, por la mañana, cuando los benedictinos salieron de su clausura para acometer su paseo diario, encontraron muerta a una bella joven que llevaba un vestido azul totalmente nuevo, y cuyos cabellos, peinados a la hechura perfecta de los de Santa María, enmarcaban el rostro sonriente de quien ha visto cumplido sus anhelos.

Y sobre el montón de nieve donde apareció recostada, vieron la huella que sus brazos habían dejado al estirarse, y por más que el severo hermano apotecario sentenció que probablemente hubiera muerto por el frío, paresció a los novicios como si fueran aquellas alas de ángel…


© Mikel Zuza Viniegra, 2010

martes, 20 de abril de 2010

A LA LID LOS CABALLEROS


Marzo de 1328.

Los que van a convertirse en nuevos reyes de Navarra, don Felipe y doña Juana, viajan a conocer el reino desde su lejano condado de Evreux. Han pasado la noche en Roncesvalles y ahora, camino de Pamplona, la comitiva se aproxima a Larrasoaynna, donde parece estar festejándose alguna celebración, pues un gentío se arremolina junto a la torre de la iglesia. Entre los gritos de ánimo, el conde distingue, con el entendimiento que le proporciona ser un buen aficionado, el rítmico sonido de una pelota al golpear contra la pared. Descabalga y comprueba que, efectivamente, el recio paredón que cierra el templo por ese lado sirve también como rincón de juegos. Y a fe que ese zaguero parece bueno…

Su esposa le mira con cara de estar pensando: “¡Ya estamos otra vez igual!”, porque en ese mismo momento Felipe está retando a un partido a 12 tantos (por ser ese el número de los apóstoles de Nuestro Señor Jesucristo, de los que no dicen los Santos Evangelios que jugasen a pelota, pero tampoco que no lo hiciesen…) al jugador que le ha llamado la atención entre los cuatro que competían.

El cura del pueblo, que parece hacer de juez de pista, pide al viajero que se identifique, pues como por seguridad no llevan escudo o documento que pueda hacerlos reconocibles, no puede imaginarse quién tiene frente a sí. Pero ya que el francés lee en la tablilla que su oponente responde a un singular y difícil de pronunciar nombre, pregunta en voz baja a su mujer, que al fin y al cabo va a ser reina propietaria, y es por tanto más versada en las cosas de Navarra, cuantos Felipes ha habido ya en el trono que van a ocupar. “Dos”, responde prestamente doña Juana, así que muy pronto anuncia el preste el desafío entre “Gerenabarrena IV y Felipe III”
El partido empieza fuerte, y a la mayor fuerza del navarro, opone el francés una depurada técnica. Es cierto que la pelota pesa más que las que suele utilizar Felipe en su jeu du Paume, pero su mano está acostumbrada a manejar espadas mucho más pesadas, y no le resultan extraños los callos que a otros nobles parecerían cosa de labradores.

Sea como fuere, tanto los habitantes del pueblo como los recién llegados están apostando fuertes sumas, que son depositadas en el bonete del cura para su custodia. Y la cosa está interesante, porque se van sucediendo los empates, hasta llegar, entre resoplidos y juramentos sólo permitidos a un rey (aunque nadie lo reconozca aún como tal), al 11-11 que deja todo en suspenso. Y entonces Felipe empieza a pensar que no puede perder, siquiera por no disgustar a su mujer, así que ejecuta una dejada de sólo tres dedos por encima de la chapa. Es imposible que su rival pueda llegar… Pero llega, y deja la pelota lo suficientemente lejos como para que el francés advierta desde un primer momento que no va a poder alcanzarla, aunque corre con toda su alma y… justo cuando la pelota va a dar su segundo bote sobre el pavimento, Felipe la coge y con toda la fuerza de su brazo la arroja contra la pared, al otro lado de donde está situado Gerenabarrena IV, que se ha quedado paralizado ante la maniobra de su rival.

Sólo una palabra sale de sus labios. Primero en un tono que nadie más que él puede oír, pero luego en voz progresivamente más y más tronante:

-¡Atxiki! –brama el de Larrasoaynna. Y a una con él, todos sus convecinos, como si se hubieran desatado todas las fuerzas de la naturaleza en ese mismo momento, gritan:
-¡Atxiki, atxiki, atxiki!

Y ya se lanza Gerenabarrena con sus manazas abiertas sobre el cuello de su adversario, y el público se dispone a saltar a la cancha, y las tropas del príncipe van a saltar también a defenderlo, cuando éste levanta la mano para que no lo hagan, y por medio del cura y del mediano latín que ambos saben, puede hacer entender al indignado Gerenabarrena que en su tierra eso de coger la pelota y soltarla luego es maniobra corriente, y que no sabía que aquí fuese asunto tan vergonzoso cometerla, pero que acepta las costumbres navarras y que como prueba de ello, reconoce como vencedor a su contrincante y acepta que se quede con todo el dinero.

Cuando el séquito se pone de nuevo en marcha, Juana no para de reirse de Felipe:
-¿Creíais que esto era como París, donde vos y vuestros amigos practicáis mañas que nadie se atreve a deciros que no son las correctas en el juego, eh?
Pues sabed que esto es Navarra, y que nadie, ni siquiera el Rey, es más que el más mísero de sus vasallos si éstos no tienen por seguro previamente que respeta y respetará sus costumbres y sus leyes…

-No lo olvidaré, pero ya he quedado con Gerenabarrena en que dentro de un par de semanas, cuando vos y yo hayamos jurado el Fuero y seamos por tanto a todos los efectos naturales de este reino, vendrá a Pamplona a jugar un partido conmigo, que entonces sí que se desarrollará integramente entre navarros, y ya veremos quien gana entonces...

Y está recogido en el Ammeylloramiento que tan gran monarca impulsó, que la primera ley que el rey Felipe III de Evreux dictó en cuanto ciñó la corona sobre sus sienes fue la siguiente:

“Quien perpetre atxiki jugando a peyllota, pague XII sueldos de calonia, como homes justos y buenos juzgarán et dispondrán. Et quien no los pagare, sea desteyrrado a la Vizcaya, donde no saben ni sabrán nunca que cosa sea un peyllotari de los buenos”


© Mikel Zuza Viniegra, 2010