-Te digo, Joaquín, que ya empiezo a estar un poco harto de los caprichos de estos dos. Que yo sepa hablar inglés no les da derecho a traerme y llevarme como un dominguillo. Si quieren un traductor "full-time", que paguen de su propio bolsillo uno profesional, que para eso ellos son los protagonistas y yo sólo el mánager de producción. -Y yo el jefe de especialistas y ya ves, Apolinar, haciendo también de chico de los recados. Ahora se le ha metido en la cocorota que necesita una "lunchbox". Una fiambrera, vamos. Y como además se ha empeñado en comprarla él mismo, aquí nos tienes, a nuestra edad haciendo de carabinas, porque naturalmente ella no ha querido quedarse en el hotel... -Yo es que no le entiendo: su contrato estipula que comerá en los mejores restaurantes, allá donde nos encontremos, y se empeña en conseguir una tartera. Y por supuesto querrá la más barata, ya lo verás... -A mí no me extraña. Hablando con colegas de profesión de otros rodajes, ya me comentaron que hacía honor a su tierra de nacimiento... -Bueno, eso según le dé, porque ya te contaré luego la que lió ayer en Pamplona. Si no lo veo, no lo creo... -Lo peor es que hoy empiezan aquí las fiestas, y no sé si vamos a tener nada abierto. -¿Cómo se llamaba la tienda que nos recomendaron en el hotel? ¿Era la Ferretería Errazquin, no? Pues si aquí no encuentra lo que busca, no lo hará en ningún sitio, porque desde luego no he visto semejante muestrario de herramientas ni en los almacenes que surten a los grandes estudios cinematográficos de Los Angeles, o de Londres.
-Mr. Connery, Miss Hepburn, come on! It's here! ¡Señor Connery, señora Hepburn, vengan! ¡Es aquí!
-Lo que imaginábamos: dice que quiere la más pequeña que tengan. Hasta Audrey le ha dicho que haga algo más de gasto, pero ya le has entendido, ¿no? Dice que ya gastó bastante ayer en Pamplona. -¿Pero qué es lo que compró? -Todas las perlas que tenían en una de las mejores joyerías de la ciudad. Por lo menos debían ser más de quinientas... -¿Y para qué querría hacer algo así? -Por supuesto a mí no me dio explicación alguna, pero "sin querer" escuché cómo explicaba a Audrey (mientras le regalaba por lo menos una docena) que las quería para reconciliarse con su esposa. Deben haber tenido alguna discusión conyugal reciente. Así que supongo que la fiambrera la querrá para usarla como "estuche". -Estos actores, siempre tan excéntricos. O igual a eso es a lo que llaman "humor británico". -Sí, eso será. Pero espera, vamos a ver qué le está diciendo Connery a esa niña del mostrador: -Little girl: there are mountains and lakes in Scotland less green than your eyes... Pequeña: hay montañas y lagos en Escocia menos verdes que tus ojos...
-Please, Sean, she's only five years old! You are going to scare her with your beggar's beard! ¡Por favor, Sean, sólo tiene cinco años! ¡Vas a asustarla con esa barba de vagabundo!
-Don't worry, Audrey! And say, princess: what's your name? ¡No te preocupes, Audrey! Y dime, princesa: ¿Cuál es tu nombre?
-Ainhoa. -A-in-hua? Very nice. It's a Chinese name? ¿A-in-hua? Muy bonito. ¿Es un nombre chino?
-No, Sean. It's Basque! No, Sean. ¡Es vasco!
-Ah! I don't know, Audrey. Yesterday, in Pamplona, the jeweller had an Italian surname: Vi-gui-ris-ti. Here they use all languages. It's funny! Ah. No sé, Audrey. Ayer, en Pamplona, el joyero tenía un apellido italiano: Vi-gui-ris-ti. Aquí se usan todos los idiomas. ¡Es divertido!
-Viguiristi it's also Basque, fool! And leave the poor girl in peace! ¡Viguiristi también es vasco, bobo! ¡Y deja a esa pobre niña en paz! -Look at that poster: Estella bullfight today! Do you want to come with me, little princess? Ouch! She's just given me a kick in my shin! She's dangerous and beautiful, like a Bond girl! ¡Mira ese cartel: hoy hay corrida de toros en Estella! ¿Quieres venir conmigo, princesa? ¡Ay! ¡Me ha dado una patada en la espinilla! ¡Es bella y peligrosa, como una Chica Bond!
-Yes, but she's smarter, she doesn't like such atrocity, Sean. Come here, pretty, and give me a kiss! Take these two pearls, a little present for you to remember us with a smile. Sí, pero mucho más inteligente, si no le gusta semejante barbaridad, Sean. ¡Ven aquí, preciosa, y dame un beso! Toma estas dos perlas, para que te acuerdes de nosotros con una sonrisa.
-Pues tenías razón, Apolinar, al final hemos sido nosotros quienes hemos tenido que dar la cara por este tacaño. Hasta la dueña me ha dicho, al pagarle la dichosa fiambrera, que 007 es un sinsustancia, y que hay pordioseros en la puerta de san Pedro de la Rúa con mejor pinta que él...
-¿Y eso cómo se traduciría? A whitout substance in saint Peter of the Street? Si nos oye Connery, seguro que nos despiden de la película. Y a propósito... ¿No habría un pequeño papel para esa cria tan combativa y tan guapa?
-No sé, pero si ha podido hasta con James Bond, cualquiera se atreve a proponérselo...
Sólo quien encuentra su lugar natural -incluso anónimamente cómodo- en un borroso segundo plano, puede entender a la perfección qué es lo que pasa por la cabeza de otro secundario que ve postergados sus méritos en favor de otros que quizás posean muchos menos merecimientos que uno mismo.
Y esta es ley que tiende a cumplirse de manera prácticamente inexorable en el cerrado mundo que supone la administración pública. Lo que resulta mucho más extraño es que alguien opte por quedar difuminado adrede. Y eso es lo que al parecer ocurrió no una, sino dos veces, en el Archivo General de Navarra...
Jose María de Huarte
En la década de los 20 y primeros años de los 30 dicha institución fue dirigida por José María de Huarte, que como marqués consorte de Valdeterrazo, centró sus investigaciones preferentemente sobre temas relacionados con la genealogía y la heráldica. Por esa misma época ocupaba ya el puesto de oficial técnico del Archivo José Zalba Labarga, a quien Manuel Iribarren define en su antología sobre Escritores navarros de ayer y de hoy como "un erudito que cursó estudios eclesiásticos en el Seminario, y que al no poder ordenarse sacerdote, necesitó dedicarse a la enseñanza privada y a la investigación para poder vivir. Gozaba fama de sabio, pero a su muerte en 1947 la obra que dejó fue muy pobre."
José Zalba Labarga
Se antoja un juicio muy duro sobre quien -efectivamente- no publicó demasiado, pero a cambio se esforzó por ordenar y recopilar la documentación de un monarca que hasta entonces no había sido demasiado bien estudiado: Sancho VI el Sabio. De ahí que se guarde todavía hoy en el Archivo su cartulario inédito, siempre a la espera de un interesado en difundirlo entre los curiosos, mucho más proclives a sumergirse en el océano de documentos que se conservan de Carlos II o de Carlos III que en la magra producción de la cancillería del penúltimo de los Ximeno.
Ahora bien, Zalba había dado ya muestras durante sus años en el seminario de su interés por otra disciplina del saber, cuya obsesiva profundización le acarreó al parecer que sus superiores no le permitiesen tomar las órdenes sagradas. A la Cábala hebrea me estoy refiriendo.
La Cábala es un sistema místico de interpretación de las Escrituras Sagradas, transmitido desde la época talmúdica como tradición esotérica, gracias al florecimiento cultural y religioso posterior al exilio babilónico, y desarrollada sobre todo en las comunidades judaicas de la península ibérica a partir del siglo XIII, en combinación con elementos filosóficos propios. La palabra hebrea Kabalah procede de la raiz verbal kbl cuyo significado es "recibir", de modo que designa la tradición y la enseñanza transmitida y recibida a lo largo del tiempo.
Este último párrafo lo obtengo de una conferencia que sobre la Cábala dictó el propio Zalba en Pamplona en el año 1914, y de la que sólo se conservan dos de los ejemplares que se editaron en la imprenta y librería de Serafín Argaiz. Uno obra en mi poder, y el otro pertenece al fondo local de la Biblioteca de Navarra. El dato más interesante que en dicho texto se recoge es la aportación documental de que desde 1180 -es decir: casi 60 años antes de que otro rey con sobrenombre de Sabio promoviese en Toledo el fructífero encuentro de las tres culturas del Libro- Sancho VI patrocinó los estudios de varios cabalistas residentes en su reino.
El más importante de los cuales fue Apolinar Rabinal, un autor estellés que hacia 1194 (último año del reinado de su protector) escribió el Sefer Otsar Ha-Razim o Libro del Tesoro Secreto, una especie de tratado de adivinación de difícil interpretación, más aún en su fragmentario estado actual, pues desafortunadamente sólo se conservan unas páginas gracias a que otro erudito hebreo, el holandés Simón de Amberes las copió en el siglo XVII en su obra titulada "Despertar de los Siete Amaneceres."
Es muy complicado poner en relación esas docenas de enrevesados versículos con hechos acaecidos posteriormente en el reino de Navarra, aunque Zalba lo hizo con tres de ellos:
1. "Los árboles del reino no volverán a ser barcos sobre la mar", que aludiría a la pérdida de la Navarra Marítima pocos años después, durante el reinado de Sancho VII el Fuerte.
2. "El águila destruirá al hierro", que a su juicio haría alusión a lo acontecido en la batalla de las Navas de Tolosa.
3. "La fabulosa dote de la doncella sólo se revelará al único navarro que esté presente cuando el inglés Ricardo regrese para arrojar su aliento de fuego en Pamplona", que aludiría a las clausulas nupciales del contrato matrimonial de la infanta Berenguela con Ricardo Corazón de León. Aunque el propio Zalba admite que hay que ser cuidadosos con su atribución, pues si bien los más prestigiosos autores defienden que el rey inglés participó en un torneo en Pamplona, no hay constancia de que -si acaso llegó a hacerlo-, retornase luego nunca más a Navarra.
José Ramón Castro
En cualquier caso ya quedó dicho que esta es una historia de actores secundarios. José Zalba murió en 1947, sin ver publicado -me temo que por propia voluntad- el cartulario de Sancho VI el Sabio, que permaneció "oculto" entre la maraña de papeles que sólo los subalternos manejan. Para aquel entonces el director del Archivo de Navarra ya era José Ramón Castro, que como era de esperar centró sus investigaciones en la figura de Carlos III el Noble, a quien dedicó una voluminosa biografía.
En 1966 le sucedió en el cargo Florencio Idoate, que a pesar de tocar en sus estudios muchos otros campos como el de la brujería navarra o los esfuerzos bélicos del reino durante el siglo XVI, siguió sin mostrar interés alguno en el rey sabio. Un interés que sí puso de manifiesto el segundo protagonista de nuestra historia: Gabriel E. Aspurz.
Florencio Idoate
Era la tercera generación de su familia que estudiaba en Salamanca. Doctorado Sobresaliente cum laude con una tesis precisamente sobre la Cancillería navarra en tiempos del rey Sancho VI el Sabio. Poseía -insisten quienes lo conocieron- conocimientos enciclópedicos sobre la historia del reino de Navarra. Tenía un historial impresionante, tal vez demasiado impresionante. Se diría que perfecto. Estaba preparado para los cargos más altos del Departamento de Archivos y Bibliotecas: Director, Archivero jefe... Cualquier cosa. Sin embargo se conformó con el puesto de Oficial Técnico del Archivo, donde está claro que conoció de primera mano las antiguas investigaciones "cabalísticas" de Zalba.
En 1970 las cosas empezaron a torcerse. Tras un curso en París, su informe a los diputados forales sobre la más que necesaria modernización del Archivo General fue censurado. Por lo visto se les indigestó lo que en él decía sobre la conveniencia de abandonar de una vez el método implantado por Yanguas y Miranda a mediados del siglo XIX.
Durante los meses siguientes hizo tres solicitudes para que le trasladasen a la sección de Acción Cultural de la Diputación, negociado de Medios de Comunicación y Cinematografía. Y por fin las aceptaron.
Cine.
¿Por qué coño haría eso?
Aunque no por ello descuidó sus intereses. Al contrario: aprovechó su posición para convertirse en todo un precursor del préstamo interbibliotecario, obteniendo de este modo mucho más fácilmente docenas de libros sobre -curiosamente- Cábala hebrea, como prueban los recibos custodiados en distintas universidades nacionales y extranjeras o en la propia Biblioteca Nacional, donde consta que rebuscó el Sefer Otsar Ha-Razim de Apolinar Rabinal, teniendo que conformarse con reclamar finalmente el Despertar de los siete amaneceres de Simón de Amberes.
No quedan fotografías suyas. Tan sólo el recuerdo que dejó en varias personas que lo conocieron en sus tiempos de la Diputación. Una de ellas, la mítica historiadora María Puy Huici, me lo describió como "muy atractivo. Parecido a Marlon Brando cuando era joven. Cuando iba por la calle llevaba casi siempre una boina calada, de esas pequeñas, como la del Ché".
Y es que sin duda lo más sorprendente de su carrera administrativa es su desaparición fulminante tras unos años en su último cargo. Se llegó a pensar incluso en la posibilidad de un secuestro, pero la inexistencia de reivindicación o de petición de rescate por grupo alguno hizo que el caso se clasificase como no resuelto, así que desde 1979 Gabriel E. Aspurz fue dado oficialmente por muerto a petición de su única pariente viva, una anciana tía que falleció a los pocos meses.
J.J. Martinena
Entra ahora en escena el último de los actores secundarios que actúa en esta obra: yo mismo. En 1994, recién terminada la carrera, conseguí una beca de prácticas en el Archivo General. Entonces aún estaba situado en su antigua sede, el ya vetusto edificio que Florencio Ansoleaga construyó en los jardines de Diputación. El director era ya J. J. Martinena. Yo tenía mis ilusiones intactas, y tan sólo quería una misión. Y por mis pecados, me la dieron.
En los húmedos sótanos donde se apilaban decenas, cientos quizás de mohosos tomos del Catálogo de Comptos elaborado por Castro e Idoate, se hallaban también -caoticamente desordenados- todos los papeles que otro técnico secundario había dejado de su paso por la Administración foral. Naturalmente se trataba de la documentación concerniente a Gabriel E. Aspurz, que yo debía clasificar y catalogar. De ella, primero escéptico, luego sorprendido, y finalmente cautivado, es de donde obtuve los datos que sobre él y sobre Zalba acabo de daros a conocer a todos.
Amadeo Marco
Las últimas carpetas que podían relacionarse con Aspurz demostraban su minuciosidad, y cómo se había preocupado hasta el último detalle por el rodaje de una película que se llevaría a cabo en Navarra. La aséptica documentación demostraba que había logrado convencer al diputado Amadeo Marco para que ofreciese a los productores del film todo tipo de facilidades burocráticas y económicas, con el único objetivo de que dicho rodaje se desarrollase en nuestra comunidad, y no en Castilla, como debían tener ya casi apalabrado. Hasta el mínimo capricho del menos famoso de los actores fue subvencionado por las arcas forales, convirtiéndose Aspurz en una especie de enlace con el séquito extranjero. Hasta el punto de que llegó a supervisar personalmente la contratación de extras y pagó de su propio bolsillo muchos lujos de las estrellas contratadas, como determinadas y carísimas marcas de whisky o de tabaco.
Terminado ese rodaje, Aspurz permaneció apenas unos meses más en su puesto, y después desapareció, sin que hasta ahora nadie pueda dar noticia de su paradero, sobre todo teniendo en cuenta que para la Justicia y la policía, su caso está completamente cerrado. No me importa decir que tuve la tentación de quedarme con aquellas carpetas, porque sentía ya demasiado cercano a Aspurz como para dejar que el último hilo que aseguraba su existencia se perdiera para siempre en aquellos destartalados sótanos. Sin embargo opté por fotocopiar los documentos más ilustrativos y volví a colocar los originales en sus estanterías metálicas: no tenía derecho alguno a romper semejante cadena temporal de secundarios.
En cuanto a mí, renuncié a la beca y nunca más volví a trabajar en un archivo. ¿Para qué? Sé demasiado bien que el tiempo de la magia y de la Cábala pasó ya. Aunque quién sabe: quizás dentro de treinta años otro oscuro funcionario encontrará esas carpetas a las que yo ya había añadido mi propia aportación, que ahora mismo procederé también a contaros.
Aspurz tenía evidentemente un contacto en la producción de esa última película. Alguien que desde que ese proyecto fílmico fue dando sus primeros pasos "advirtió" al funcionario navarro de que el proceso había comenzado. Alguien que -quizás- fue quien realmente puso en marcha todo el asunto mucho, muchísimo tiempo atrás...
Probablemente también a través suyo obtuvo puntualmente Aspurz la información que le permitió revolver Roma con Santiago para lograr que el diputado Amadeo Marco aflojara la bolsa y no consintiese que el rodaje se fuese a Castilla.
Ese contacto tuvo que hablarle también del reparto previsto. Para un papel circunstancial para cualquier espectador de la película, aún no se había contratado a un actor concreto. El director no tenía aún una idea aproximada de quién debía interpretarlo, y no estaba dispuesto a disparar el presupuesto pagando a algún divo demasiado dinero por apenas diez minutos de metraje. Pues bien, estoy en condiciones de probar con recibos que fue la Diputación Foral, aunque ocultando la procedencia como si fueran los productores quienes ponían el dinero, quien pagó la contratación de un famoso actor que el propio Gabriel E. Aspurz recomendó, y que dado su prestigio profesional y su filmografía satisfizo plenamente a todos los implicados.
El rodaje se llevó a cabo en distintas partes de nuestra geografía, y se contrataron muchos extras de origen navarro para arropar a los protagonistas. En todos los lugares fue así excepto en Pamplona, donde de nuevo Aspurz se encargó personalmente, primero de encontrarles el lugar perfecto para la grabación, y luego de asegurarse de que todos los extras fuesen tan extranjeros como los actores principales. Hasta volvió a pagar de su bolsillo un servicio de guardias venido expresamente desde Madrid para impedir -incluso empleando la fuerza- que ningún otro navarro entrase en el set de rodaje. De hecho sólo los técnicos y actores americanos e ingleses además de él mismo estaban en el improvisado plató cuando el director gritó "Action!"
Así me lo aseguró el viejo cameraman que tuvo la gentileza de recibirme en su casa de Leicester -no hubo forma humana de acceder al actor del que acabo de hablar-, y a quien tuve que mentir diciéndole que pensaba dedicarle mi tesis doctoral. En realidad sólo me interesaba saber si recordaba a Aspurz, y sobre todo si lo recordaba en aquella tarde del 5 de agosto de 1975, durante la cual se habían rodado las escenas pamplonesas. Y sí, vaya que sí lo recordaba...
Recordaba a alguien excepcionalmente atento, preocupado por el mínimo detalle de la producción, y porque los actores tuvieran todo a su gusto. Sobre todo el que él mismo había recomendado, a quien colmó de regalos en forma de su whiskey y tabaco favoritos. Al parecer era el propio Aspurz quien encendía personalmente los cigarros que entre toma y toma encadenaba el actor. Y recordaba también que mientras lo hacía, movía nerviosamente la cabeza en todas las direcciones, como si esperase distinguir alguna señal en los muros.
Tras varias horas la jornada de rodaje terminó, y lo último que el cameraman recordaba de aquel día es que Aspurz despidió con una sonrisa encantadora a todos y cada uno de los miembros del set, y que se quedó dentro del abandonado palacio donde se habían grabado todas las escenas. Y de eso se acordaba porque se le había quedado grabado en la memoria el tremendo ruido que hizo la ganzúa al accionar la desvencijada cerradura...
Os estaréis preguntando de qué película estoy hablando constantemente. Tenéis razón, ya es hora de desvelar el secreto: se trata de "Robin y Marian", dirigida por Richard Lester en escenarios navarros durante el verano del año 1975, e interpretada en sus papeles principales por Sean Connery y Audrey Hepburn. Pero no son ellos los que nos importan, sino un secundario de lujo, como no podía ser de otro modo en esta historia.
El actor que Aspurz recomendó -y pagó- para personificar a Ricardo Corazón de León fue Richard (¿cómo iba a llamarse si no?) Harris. ¿Y recordáis la tercera profecía de Apolinar Rabinal? Pues dejad que os refresque la memoria: "La fabulosa dote de la doncella sólo se revelará al único navarro que esté presente cuando el inglés Ricardo regrese para arrojar su aliento de fuego en Pamplona".
¿Cuáles eran las posibilidades reales que en 1975 tenía alguien -por muy estudioso de la Cábala que fuese- de conseguir que Ricardo Corazón de León retornase al mismo palacio que pisó en su primera estancia en Pamplona? Decididamente pocas, a no ser que consiguiese que el propio autor de un augurio ocho veces centenario le advirtiese de tan increíble oportunidad -para nuestra mortecina y racional mentalidad moderna, claro está-. Y no sólo a través de su libro perdido...
Buscad, si no me creéis, en el enlace que os adjunto, el nombre del "Production manager" o Mánager de Producción. Y el IMDB (Internet Movie DataBase), la mayor base de datos sobre películas en Internet, no engaña:
Evidentemente, que al bueno de Richard Harris no le faltase tabaco para fumar sólo fue otra condición para que el augurio del aliento de fuego de Ricardo se cumpliera. Para que, en suma, la magia cabalística pusiese de manifiesto, ocho siglos después, el lugar exacto donde reposaba la dote de la infanta Berenguela, jamás recogida por Ricardo de Inglaterra.
Miles, centenares de miles de monedas de oro y de plata, de sanchetes cristianos, de mazmudinas musulmanas y de buenos dineros ingleses, del Anjou o de Poitiers encofrados en un muro del abandonado Palacio Real de la Navarrería.
Y un mes entero que -según un anciano y ya jubilado policía municipal, empleó Aspurz para desmontar con sus propias manos el set de rodaje y dejar el edificio "tal y como estaba". Incluso alguna vez él mismo le había ayudado a apilar en su vieja camioneta pesadísimos sacos rellenos -al parecer- de piedras empleadas por los técnicos americanos para enmascarar el mal estado del edificio. Así se lo había asegurado una y otra vez el propio Aspurz.
No hará falta decir que investigadas las ventas de monedas medievales que por esas fechas se dieron en los mercados numismáticos y de metales preciosos de Amsterdam, de París y de Londres, el número de operaciones se disparó exponencialmente ante la súbita aparición de excelentes piezas que parecían recién acuñadas, aunque eran completamente auténticas. Así que Aspurz se aseguró indudablemente una jubilación verdaderamente dorada.
Aunque a pesar de todo, no tanto como podríamos pensar, porque aunque no haya pruebas contundentes, determinados indicios me hacen pensar que el préstamo de Amadeo Marco para que "Robin y Marian" se rodase en estas tierras no fue del todo desinteresado, y no porque el ascético diputado se quedase con parte del tesoro, sino porque me temo que decidió -quizás en total connivencia con el propio Aspurz- emplearlo en pagar buena parte de las facturas que estaba ocasionando la ingente industrialización que en aquellos primeros años setenta se dio en Navarra.
Resulta, pues, curioso afirmar, que ese proceso por el cual la sociedad navarra pasó de ser eminentemente rural a entrar en la moderna economía global, fue pagado a escote por Sancho VI el Sabio y su hija, la infanta Berenguela, aunque la fama de emprendedores se la llevaran otros, como los diputados forales Urmeneta o Huarte. Pero eso es ya otra historia, aunque desde luego no me resisto a comentar que, de ser cierta, supondría todo un caso de visión empresarial. A ochocientos años vista, concretamente.
No creaís sin embargo que me he animado a contaros el secreto que tantos secundarios hemos guardado hasta ahora, por mera vanidad de investigador, sino porque hace pocas fechas, en mi correo electrónico a nombre de Willard -era un capitan de barco. No me gusta demasiado el mar, pero sí las personas que buscan algo, aunque no sepan qué exactamente- y que apenas utilizo, recibí un escueto mensaje: "San Gabriel, 187".
No me sorprendió ni que utilizase las nuevas tecnologías, ni que estuviese al tanto de mis pesquisas sobre él desde donde se encontrase: al fin y al cabo estamos hablando de Gabiel E. Aspurz,
Comprendí enseguida que era una dirección, pero no de la ciudad de los vivos, sino de la de los muertos. Efectivamente, en la calle San Gabriel (¿en cuál otra si no?), en la parte más antigua del cementerio municipal de Pamplona, hallé el panteón nº 187. El tiempo no lo había tratado bien, pero los secundarios no suelen tener nadie que les recuerde. Bueno, casi nadie, porque un solitario lirio -la flor de la realeza- se erguía desafiante en un cuenco de porcelana recién colocado, y que contrastaba fuertemente con el evidente abandono que durante décadas había sufrido la tumba. Me agaché para retirar las hojas muertas que cubrían la lápida y pude leer un nombre: José Zalba Labarga. Y también una inscripción casi borrada, en la que reconocí unos versos del cabalista toledano Todros Abulafia: "Y Dios escuchará mis súplicas, y destruirá a los aduladores que llenan sus bocas de palabras falsas, y sólo protegerá a los dotados de verdadera inteligencia y virtud."
Removí con los dedos la tierra en la que se sustentaba la flor, y al poco extraje lo que parecía ser una moneda recién acuñada de Sancho VI el Sabio de Navarra, perfectamente protegida por una funda de plástico transparente donde sólo había escrita una palabra: "Zihuatanejo".
No soy tan listo como él. Ya sabéis que sólo soy un personaje secundario en su historia, así que confieso que tuve que mirar en un Atlas dónde estaba Zihuatanejo. ¿Y sabéis? Creo que nadie en su sano juicico iría hasta allí a buscar a alguien que de joven se parecía a Marlon Brando.
En el último capítulo -el número ocho- de la serie de RTVE "Carlos, rey emperador", volvía a aparecer en pantalla una vieja amiga de este blog y de todos sus lectores y lectoras:
Nada, que total son cuatro días, pa qué vas a exprimirte el limón
Yo no quería, me obligaron los guionistas, parece estar diciendo el actor
Pues sí: santa María la Real de Pamplona -la imagen ante la que juraban los Fueros los reyes de Navarra- vuelve a aparecer en esta continuación de "Isabel", y sigue pintando tanto en ella como lo hacía en aquella otra hagiografía de los reyes católicos: absolutamente nada, aunque ahora sea Francisco de Borja quien rece ante la talla de la que tantas veces os he hablado ya.
¡No te vayas, que seguro que en el próximo capitulo cambian al testarudo decorador!
A Pamplona hemos de ir...
Pero si los responsables -sean los guionistas, los asesores históricos o los encargados de atrezzo- siguen en sus trece, el que esto escribe no va a dejar de sacarles los colores. Y no porque no puedan tomarse todas las licencias históricas que les apetezcan -lo que hacen bastante frecuentemente-, sino porque cada vez más me parece que lo hacen completamente adrede.
Francisco I - Alfonso Bassave
¿Cómo entender si no que la única alusión en toda la serie a Navarra sea la que en el capítulo seis hace Francisco I de Francia (interpretado por el actor Alfonso Bassave, el mejor con diferencia de todo el reparto, junto con el veterano Ramón Barea), cuando explica sobre un mapa la campaña militar que va a emprender contra Carlos I en tres frentes: Luxemburgo, Milán y Navarra?
Literal -y muy lacónicamente- sólo dice que: "entrará en Navarra Albret con el apoyo de Lespar"
Campaña de Navarra por todo el Piríneo. Ojalá hubiera sido así...
El condestable de Borbón -interpretado con cierta desgana por el gran Alberto Sanjuan- le replica: "con todos mis respetos, el señor de Lespar no es el adecuado para comandar la ofensiva en Navarra". Y ahí al menos aciertan los guionistas, porque "el señor de Lespar" (más conocido por estos lares como Asparrós o Asparrots), efectivamente demostró no ser el indicado para ese puesto, pues tras liberar Navarra en un mes, escogió fatídicamente sitiar la ciudad castellana de Logroño, y allí se inició el desastre para la causa del rey legítimo que finalizó en las campas de Noáin.
Enrique II de Labrit "el Sangüesino"
Porque sí: ese aséptico "Albret" que menciona el rey de Francia, era el rey Enrique II de Navarra, el último de nuestros monarcas nacido en territorio del reino, concretamente en Sangüesa. Esto lo subrayo por si los guionistas de "Carlos, rey emperador" tienen a bien rectificar sus anteojeras. Aunque ya sé que no lo harán, porque parece que les interesa más mostrar una idea de imperio o de nación mucho más cercana a los postulados políticos actuales de quienes dirigen RTVE en estos momentos.
Pero para eso también tengo remedio, no se preocupen. Me bastará con recordarles lo que su beatífico Carlos hizo con cierto caballero llamado don Pedro, a la sazón mariscal de Navarra, y que por supuesto no ha salido ni saldrá en esta serie. No he de inventarme nada, que lo cuenta el obispo castellano -para que no puedan acusarme de maniqueo, al menos esta vez- Sandoval en su crónica:
"Sacaron al mariscal de su prisión en el castillo de Atienza, pero antes de ponerle en presencia del rey don Carlos le visitaron personas graves e importantes por orden de Su Majestad, y propusiéronle que se allanase a lo que era tan justo y casi forzoso, como era prestar el debido juramento a tan legítimo señor. Prometiéronle además la libertad de su persona, que le restituirían sus estados con aumento de otros mayores, de honras, oficios y preeminencias. Pero él respondió con todo el respeto que no desistiría jamás de su propósito, y así les pidió que cejasen en su empeño, pues tenía ya determinado morir como siempre había vivido, pues no era español, ni súbdito de la casa de Castilla, y no podía por tanto hacer homenaje a otros que no fueran sus soberanos. Así pues, como buen caballero que era, permanecería fiel al juramento que había prestado a Juan de Labrit y Catalina de Foix, los verdaderos reyes de Navarra, y jamás renegaría de su patria. Pusiéronle desde entonces prisionero en el castillo de Simancas, donde acabó la vida en su porfía y sin remedio..."
Naturalmente ese "acabó su vida" es un eufemismo, pues apareció una mañana muerto en su celda, y si tuviera que jugarme yo mi escasa fortuna, apostaría sin dudarlo porque los esbirros de Carlos -"rey emperador"- lo "suicidaron". Los tiranos sólo esperan sumisión, no lealtad.
A día de hoy, el Mariscal Pedro de Navarra sigue sin tener una mísera calle en Pamplona, y lo que es a mí, me parecería estupendo sustituir por ejemplo "Avenida San Ignacio" por "Avenida mariscal Pedro de Navarra". Dejo la idea para el que pueda aprovecharla, aunque recuerdo ahora también que se intentó hace unos años en Estella dedicarle una estela conmemorativa -mediante suscripción popular- frente al palacio real, y la institución "Príncipe de Viana" (vergüenza me causa escribirlo) no dió su permiso.
Y digo yo que el actual Gobierno de Navarra podría hacer algo al respecto. Al menos si tiene voluntad de hacer cosas nuevas, y no busca sólo mantener conductas y estructuras heredadas y anquilosadas por décadas de silencio.
Mientras tanto, "Carlos, rey emperador" y un servidor de todos ustedes seguiremos en guerra, que sólo reconozco un Imperio ante el que inclinar mi cabeza:
-¿Pero cómo que no se puede tejer aquí algo semejante? ¿Es que no hay en todo mi reino artesanos y costureras capaces de replicar el arte de esos bárbaros?
-Por Dios, alteza, considerad que estáis llamando bárbara a vuestra propia esposa y a su cuñada...
-¿Y qué otra cosa sino bárbaros son esos condenados hombres y mujeres de Normandía? No en vano sus antepasados fueron los vikingos, que arrasaron todo el occidente en sus correrías.
-Pero ahora son reyes de Inglaterra...
-¡¡¡Cuando el abuelo de mi cuñado Guillermo "el conquistador" era sólo un vulgar pastor de cabras, el mío, Sancho el Mayor, ya gobernaba todos los reinos cristianos a este lado de los Pirineos!!! Y ahora tengo que soportar que mi mujer, la reina Placencia, me esté todo el día pasando por las narices la "heroica campaña" de su hermano con ese condenado pañuelo que no se quita ni para ir a la cama, en el que su cuñada doña Matilde bordó todos y cada uno de los hechos que llevaron a la muerte al rey Harold el sajón. ¿Y vos os atrevéis a decirme que no puedo yo pagarle con la misma moneda ordenando tejer las hazañas de don Sancho? ¡Con razón me dice que somos nosotros y no ella, los auténticos bárbaros, y también que no soporta a sus cuñados, mis hermanos, don Ramón y doña Ermesinda, por ser muy rudos y estar siempre metiéndose con ella!
Placa del maestro Engelram y su hijo Rodolfo, artífices del Arca de San Millán
-Tranquilizaos, alteza. Si no podemos tejer tan bien como los normandos, sí que podremos sorprender a la reina con nuestro alto nivel de orfebrería y eboraria. Recordad que el maestro Engelram y su hijo Rodolfo están aún alojados en el monasterio de San Millán, y que allí han elaborado al parecer un arca para contener las reliquias del santo, que a las contadas personas que la han podido contemplar les ha maravillado por su perfección y magnificencia.
-¿Y qué puede importarme a mí esa obra que decís, si va a ser para contener los huesos de un santo? Yo lo que quiero es algo como ese condenado pañuelo, con el cometa que profetizó la caída de los sajones cruzando los cielos, y no un arca que nadie verá nunca.
El cometa Halley, en el tapiz de Bayeux
-Al contrario, alteza, todo el mundo querrá verla, y vendrá desde muy lejos para postrarse ante ella. Imaginad que ordenáis a sus artífices que tanto vos como vuestra esposa aparezcáis en ella muy noblemente representados. Y si eso no os conmueve lo suficiente, pensad también en los impuestos y tasas que podréis imponer a todos esos peregrinos que llegarán a este rincón de vuestro reino. Será una obra de arte de tal calibre que hará que vuestra memoria perdure por los siglos de los siglos. Y os aseguro que ni los normandos -los actuales y los que estén por llegar en épocas venideras- podrán hacerle nunca sombra.
Cuadro del siglo XVII que muestra cómo era el arca de San Millán
-Eso ya me gusta más, Munio. Me alegra haber tenido tan buena idea. A veces hasta yo mismo me sorprendo de mi inteligencia...
-Desde luego, alteza. Vuestras ideas son siempre las mejores.
-Id pues inmediatamente a San Millán, y decid al abad don Blas que figuraremos mi esposa y yo en el lugar de más honor de ese arca: a uno y otro lado del sagrado Pantocrator. Y que le conviene no poner pegas a mi mandato, si no quiere acabar en algún cenobio mucho más cercano que el suyo a la frontera con los moros, donde las cabezas se separan de los hombros en un abrir y cerrar de ojos...
Decid igualmente al maestro Engelram que nos saque muy bien parecidos. Enseñadle si hace falta el maldito pañuelo bordado por mi cuñada para que pueda de esa forma superar el burdo arte de los condenados normandos. Y prometedle que yo sabré recompensárselo con creces.
¡Y que no se diga que el reino de Pamplona tiene nada que envidiar al de Inglaterra!
Addenda: El arca deSan Millán fue elaborada hacia el año 1067 por el maestro orfebre Engelram, por iniciativa de los reyes Sancho IV el de Peñalén y Placencia de Normandía. Contaba la vida del eremita San Millán de la Cogolla según la había escrito muchos siglos atrás San Braulio. Talló las escenas y a muchos de los donantes y artífices en placas de marfil, que iban rodeadas por placas de oro cuajadas de piedras preciosas. La noche del 20 de diciembre de 1809, los soldados franceses del ejército de Napoleón saquearon el monasterio y arrancaron todo el oro que recubría el arca. Los marfiles los dejaron porque no les concedieron valor alguno. Muchas de las placas se rompieron al ser forzada su cubierta, otras quedaron enganchadas al metal y acabaron en la faltriquera de algún soldado, y de ahí -si hubo suerte- en la de algún anticuario. Por eso hay ahora marfiles de San Millán en muchos de los mejores museos del mundo. Pero la mayoría pudieron rescatarse y continúan hoy en el monasterio, adosadas a una desaborida y bastante fea arca moderna que intenta remedar la antigua y que se hizo en los años 40 del pasado siglo.
Reconstrucción moderna del arca de San Millán con las figuras de don Sancho y doña Placencia
Desafortunadamente, las figuras de don Sancho y doñaPlacencia de Normandía estaban labradas en oro, así que se perdieron para siempre aquella maldita noche de diciembre. De haber sobrevivido, constituirían la primera representación escultórica de unos reyes de Navarra, de la que sólo podemos hacernos una idea por las descripciones que autores del siglo XVI y XVII hicieron de tal joya artística. Sancho IV el de Peñalén, fue asesinado por sus hermanos Ramón y Ermesinda, que tramaron un complot para derrocarlo, asesinándolo en el barranco de Peñalén (Funes). Su muerte supuso que Castilla y Aragón se repartieran el reino de Pamplona, que ya nunca volvió a poder recuperar las tierras de la Rioja, que fueron siempre la sede regia preferida de los monarcas navarros.
Reconstrucción del frente del arca de San Millán, según la descripción del obispo Sandoval en el siglo XVI Arte Medieval Navarro /J. Uranga, F. Iñiguez Tomo II
La reina Placencia, de la que se sabe bien poco, aparece siempre en las crónicas como nativa de Normandía. La coincidencia de fechas y de lugares me han permitido convertirla en hermana del duque Guillermo de Normandía, que el 14 de octubre de 1066, en la batalla de Hastings arrebató la corona de Inglaterra al rey Harold el sajón, como narró de forma incomparable la reina Matilde, esposa del propio Guillermo, en su bordado de más de setenta metros de largo. En todo caso no es seguro que Placencia y Guillermo fueran parientes, pero tampoco es completamente imposible...
Una de las escenas más famosas del ahora conocido como Tapiz de Bayeux (por ser ese el nombre de la ciudad normanda donde se conserva), es aquella en la que aparece reflejado el cometa Halley, que surcaba los cielos de 1066 y que todos interpretaron como un signo de mal augurio para los sajones. Quién sabe, quizás tan malévolo cometa también se asomó por los cielos de Peñalén, diez años más tarde, para desgracia de Sancho IV y de Navarra entera... Por suerte nos quedan los maravillosos marfiles de San Millán, pero el arca en su conjunto se perdió para siempre, así que no queda más que envidiar la destreza de quienes en Bayeux sí supieron proteger su bordado tesoro, y lamentar la mala fortuna de que al enano corso no le diese por rascarse más abajo de donde solía tener siempre su mano o por invadir la lejanísima Groenlandia en lugar de las pacíficas y hermosas tierras de La Rioja. Espero y deseo que, como castigo, la emperatriz Josefina le pusiese los cuernos con toda la Grande Armée.
Arca actual, con los marfiles originales que se han conservado in situ
Arca original, forrada con un tejido árabe del siglo XI
El 14 de julio de 2005 cerró para siempre sus puertas el cine Príncipe de Viana de Pamplona.
Era el cine más bonito que teníamos en la ciudad, o al menos así lo recuerdo yo, que vi bastantes películas aposentado en sus butacas. Sufrió dos remodelaciones para convertirlo en multicines, lo cual afectó seriamente a su sala principal, que aunque no perdió del todo su trasnochada elegancia, ya no volvió a ser exactamente lo mismo.
Sobre su pantalla, casi en el techo, las armas heráldicas de quien daba nombre a la sala.Y a ambos lados de la pantalla dos grandes murales con escenas de la vida del príncipe (un banquete regio y un séquito de damas y caballeros con Olite al fondo), en los que yo acostumbraba a dejar vagar la imaginación y que afortunadamente sobrevivieron a todas las renovaciones.
Sala original del cine Príncipe de Viana Año 1940
Y hubo veces en que la película era bastante peor que esas dos pinturas, o que estaba yo a otros agradables menesteres que también pueden acontecer en las salas oscuras, pero juro que en muchas otras ocasiones daba por bien empleado el dinero de la entrada con tal de poder volver a ver esos dos cuadros. Mucho más tarde supe que las había realizado Eduardo Santonja Rosales, famoso cartelista e ilustrador en su época, hijo de la pintora Carlota Rosales y nieto del celebre pintor Eduardo Rosales.
Hoy en día ni siquiera existe ya el edificio original, sustituido por un mazacote con pisos de alto standing (o algo así), pero el caso es que SAIDE, sociedad propietaria de estas y otras salas cinematográficas en aquel entonces (en la actualidad sólo sobreviven en el centro las de los cines Carlos III), tuvo el detalle de donar al Ayuntamiento esos dos murales que tanto me gustaba mirar desde que era un crío, o al menos eso aseguró en Diario de Noticias y Diario de Navarra Alberto Cañada, en aquel entonces programador de la empresa, y hoy día coordinador de la Filmoteca de Navarra.
En estos más de diez años que han pasado desde aquel infausto cierre -motivado quizás porque dicen que la gente prefiere ahora ver películas en pantallas cada vez más pequeñas y no en una grande, hay que ser gilí- los ilustres responsables de Cultura del Ayuntamiento de Pamplona no encontraron un momento que dedicar a esos dos testimonios de la historia del cine en la vieja Iruña.
Hay que comprenderlos, tuvieron taaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaanto trabajo los pobres, que ni Ignacio Perez Cabañas (concejal de Cultura en el gobierno UPN-CDN entre 2003 y 2007), ni Fermín Alonso (concejal de Cultura por UPN en las legislaturas 2007-2011 y 2011-2015) hallaron un instante de tregua en sus apretadísimas agendas para buscar un hueco en el que instalar los dos murales del antiguo cine príncipe de Viana.
Y no faltaron espacios, que conste, pues en esos años se construyeron todos los horrendos Civivox, algunos de ellos dotados con salones de actos en los que muy bien podrían haber tenido acomodo ambas pinturas, aunque quizás por su tema y por su antigüedad, donde mejor podrían haber encajado es en el único que se salva de la atroz fealdad que los caracteriza a todos: el del Condestable.
Pero allí tampoco tuvieron cabida los murales de Santonja, así que deben -y remarco lo de deben, porque tratándose de patrimonio histórico-artístico pamplonés yo ya no doy cheques en blanco a nadie- seguir cogiendo polvo en algún ignoto almacén municipal repleto de cajas de madera, quizás compartiendo espacio (¡oh, cruel fatalidad!), con un cactus polvoriento, un monopatín gigante y también con la inolvidable "Escarranchada" -"Eskarrantxada Askatu!" gritábamos mis amigos y yo llevados sin duda por una romántica mezcla entre la dipsomanía de fin de semana y el síndrome de Sthendal,en aquellos años en los que el Ayuntamiento acudía en plan Paco Martinez Soria a Arco, y volvía cargado del material con el que ni por asomo están hechos los sueños-, y allí siguen esperando que algún tarado los recuerde.
Y ese tarado, naturalmente, es un servidor de todos ustedes.
Quien sabe, hasta puede que viera yo en los cines Príncipe, ciego de palomitas y de caramelos York's -los de fresa eran mis favoritos- "En busca del arca perdida", que como todos los cinéfilos y cinéfilas que me lean recordarán, se cerraba en uno de esos enormes y siniestros almacenes.
Aunque como yo no tengo nada que ver con cierto estado del medio-oeste norteamericano (y eso que hacer el indio siempre se me da fenomenal), adoptaré por esta vez el papel mucho más castizo de Biurdana Jones para rogar encarecidamente a la actual concejala de Cultura del Ayuntamiento de Pamplona, Maider Beloki, y por elevación al alcalde Joseba Asirón, que recuperen esos dos murales que forman parte del imaginario cinematográfico de generaciones de pamploneses y los saquen de una vez de la caja donde duermen -tan inmerecidamente- el sueño de los justos.
Escalera del Condestable
¿Sitios donde colocarlos? Ya he hablado de los Civivox, sobre todo del del palacio del Condestable, donde podrían colgarse incluso en la enorme escalera de acceso a las distintas plantas. Y que no me venga nadie con que en esos espacios tan modernos no pintarían nada, que yo me he tenido que tragar durante décadas el cuento de todos esos arquitectos-estrellados y enagañabobos que nos aseguraban que un cubo de hormigón indecente puesto al lado de una iglesia románica "dialogaban" entre ellos más y mejor que Menendez con Pidal o Ramón con Cajal.
EXPOSICIÓN IDEAL DE LOS MURALES EN CONDESTABLE
Y hasta puede que ese lugar no les parezca bien a los puristas de los cubos de sopicaldo y acero korten, porque cierto que hubiera sido estupendo poder acoplarlos en la Sala de Proyecciones de la Filmoteca de Navarra. Hubiera sido de hecho un caso clarísimo de justicia cinematográfica -y también poética- que los únicos supervivientes de uno de los cines más antiguos de Pamplona volviesen a decorar una sala donde aún pueden verse todas las películas que acreditan por qué en color o en blanco y negro, en Scope o en Panavisión, estamos hablando realmente del Séptimo Arte
Sala de la Filmoteca de Navarra
Pero el caso es que ambos murales son de tal tamaño, que no caben en dicha sala de proyecciones, así que la propuesta de la escalera de Condestable me parece la más apropiada para rescatar del olvido a estos dos últimos testigos de la historia del cine en Pamplona-Iruña.
Total: para tenerlos metidos en una caja, mejor es que cinéfilos más jóvenes o simples curiosos de las cosas de la Ciudad, puedan contemplarlos como hicieron tantas y tantas generaciones de predecesores en esto de dejar los problemas a un lado en cuanto aparecían en pantalla la bola del mundo de la Universal, el león de la Metro, la señora tirando a romana de la Columbia, el monte nevado de la Paramount, la firma en forma de escudo de los hermanos Warner o el luminoso Twenty Century de la Fox.
Y si a fuerza de dar la lata conseguimos que vuelvan a lucir los fantasmas del Príncipe en esa escalera, uno que yo me sé puede que se pase allí las horas muertas, con tal de volver a sentarse cerca de una de esas benditas pinturas para dejar volar la imaginación, acompañando nuevamente al príncipe de Viana mientras come o divisa, allá en lontananza, el maravilloso palacio de Olite...