martes, 7 de abril de 2020

LA EMPRESA Y DIVISA DE LA CADENA DE CARLOS III EL NOBLE



El historiador José Marcos García Isaac, que mantiene en Facebook el siempre interesante espacio titulado Aragón, Castilla y Navarraen la Baja Edad Media, nos brindaba el otro día un brillante descubrimiento documental sobre el rey Carlos III el Noble: la posible existencia –hasta ahora desconocida- de otra Orden de Caballería ligada a este monarca navarro.

Recordemos que al igual que otros soberanos de su época (Eduardo III de Inglaterra y su Orden de la Jarretera, Juan II de Francia y su Orden de la Estrella, Alfonso XI de Castilla y su Orden de la Banda, etc…), el rey de Navarra fundó también una Orden caballeresca a imitación del rey Arturo y sus caballeros de la Tabla Redonda, cuya denominación no queda clara en los registros conservados,  ya que dos documentos fechados en el mismo mes de julio del año 1391, hablan tanto de “la Orden de nuestro collar de Buena Fe, como de la Orden que nos habemos hecho del Lebrel Blanco. Otra referencia cercana en el tiempo, sin mencionar ya Orden de ninguna clase, habla del pago al orfebre Garvain por un collar de hojas de castaño, nuestra divisa y librea.

Vemos pues que estaban representadas tres de las divisas conocidas del rey: el lema Bone Foi (la buena fe inherente a todo caballero), el Lebrel Blanco (puede que por mera paronimia: Levrier y L’Evreux suenan parecido en francés) y la hoja de castaño (quizás por el mismo motivo: Chataigne y Charles empiezan por la misma sílaba en francés, aunque puede que también porque la castaña era una representación simbólica de la Inmaculada Concepción). Sólo falta el triple lazo (se supone que era un cifrado de la Santísima Trinidad), para completar toda la panoplia emblemática que heredaría después su hija, la reina doña Blanca, y finalmente su nieto, el príncipe de Viana.

En cuanto a si fueron dos Ordenes distintas o una sola, resulta imposible saberlo, lo que sí sabemos es que, al contrario que las otras Órdenes creadas por el resto de soberanos europeos, la del Rey de Navarra no parece que tuviese reuniones fijas en el calendario, estatutos ni reglas conocidas, al menos no se han conservado, ni la documentación de Comptos permite demostrar que dicha Orden u Órdenes tuvieran una existencia consolidada en el tiempo, más allá de la entrega (sobre todo en los primeros años del reinado de Carlos III) y como mero elemento honorífico, de collares cuyos eslabones eran hojas de castaño a nobles (incluidas mujeres) y caballeros o embajadores de otros reinos que visitaban la corte navarra.

Por eso el hallazgo documental de José Marcos García Isaac en el Archivo de la Corona de Aragón no puede dejar de sorprender a quienes nos gusta este tema de la heráldica y la paraheráldica de los reyes de Navarra, y es notorio que a mí me gusta mucho. Se trata de una carta escrita por Violante de Bar, duquesa de Gerona (la princesa heredera de Aragón) el 19 de septiembre de 1386, y dirigida a su primo hermano, el entonces todavía infante heredero de Navarra, futuro Carlos III:

“…Molt car cosi, en aquestes parts ha cavallers e scuders molts, qui desigen esser de la vostre empresa e divisa de la Cadena. Perque molt car cosi, nos pregam, affectuosament, que la dita empresa, ab copia dels capitols e ordinacions, nos vullats trametre, ab tot poder, en manera que nos la puxam donar per vos aci, a aquells que semblant nos sera…

 “…Muy querido primo: en estos lugares hay muchos caballeros y escuderos que desean formar parte de vuestra Empresa y divisa de la Cadena. Por lo cual, muy querido primo, os rogamos afectuosamente que queráis transmitirnos fielmente dicha empresa, con la copia de sus capítulos y ordenamientos, de manera que podamos entregárselas aquí a aquellos que mejor nos parezca…”

Fuente: Archivo de la Corona de Aragón, Real Cancillería, reg. 1819, f. 63v.

El documento es bien claro: desde la corte de Aragón se pide en 1386 al infante de Navarra que les envíe el reglamento de su Empresa y divisa de la Cadena. ¿Podría ser una nueva Orden Caballeresca, que sería además la primera de todas las creadas por Carlos III? La “Cadena”, evidentemente, haría alusión a las armas de Navarra, pues no en vano fue el propio Carlos III, bastantes años más tarde, eso sí, en 1423, el primero en hablar de las cadenas como elemento heráldico. Concretamente en el punto 15 del Privilegio de la Unión de la Ciudad de Pamplona, cuando al fijar cómo debía ser el pendón o bandera de la nueva comunidad dice:

“…y un pendón de unas mismas armas, de las cuales el campo será de azur y en medio habrá un león pasante que será de plata y habrá la lengua y las uñas de gules. Y alrededor del dicho pendón habrá un renc [un rango] de nuestras armas de Navarra: el campo de gules y la cadena que irá alrededor de oro”.


El escudo original de Pamplona
excelentemente dibujado por Mikel Ramos
en su libro "Usos heráldicos enNavarra"


Efectivamente, fue el propio Carlos el primero en definir las armas de Navarra con la palabra “cadena”, pues hasta entonces todos los heraldos y armoriales las describían como “carbunclo dorado cerrado y pomelado”. Pero no fue él, sino su ya mencionado nieto, Carlos de Viana, el primero –en su Crónica de los Reyes de Navarra, fechada en 1453- en identificar esa cadena con las que habría roto su antepasado Sancho VII el Fuerte en las Navas de Tolosa. Es cierto que podía ser una historia que pasase de rey en rey de Navarra desde el año 1212, aunque suena más al deseo de presumir por parte del príncipe de que su ancestro luchó contra los moros y ganó las armas heráldicas que desde entonces representaban al reino.

En cualquier caso, la “cadena” del documento aragonés y la del Privilegio de la Unión parecían casar bien, e incluso resolver el misterio de esa nueva y desconocida Orden de Caballería creada por Carlos III el Noble. Hasta que…

Hasta que leyendo atentamente el documento escrito por Violante de Bar, reparé en que el término “Orden”, no aparece por ningún lado. La que sí aparece es la palabra “Empresa”. Y acudiendo al gran maestro Martí de Riquer (cosa que recomiendo vivamente a todo el mundo, en cualquier ocasión), en su inspirador libro “Caballeros andantes españoles”, podremos leer que:

Empresa era como se llamaba el voto caballeresco, palabra que con el tiempo pasó a designar las divisas pintadas y motes de pocas palabras que usaban los caballeros en sus contiendas deportivas y, más adelante, los emblemas tan cultivados por los escritores. Sebastián de Covarrubias (1611), al definir el verbo emprender, nos ofrece una rápida idea de la evolución semántica del término: Emprender: Determinarse a tratar algún negocio arduo y dificultoso…, porque se le pone aquel intento en la cabeza y procura ejecutarlo. Y de allí se dijo Empresa el tal acometimiento. Y porque los caballeros andantes acostumbraban pintar en sus escudos y recamar en sus sobrevestes estos designios y sus particulares intentos, se llamaron empresas. De manera que empresa es cierto símbolo o figura enigmática hecha con particular fin, enderezada a conseguir lo que se va a pretender y conquistar o mostrar su valor y ánimo.

El voto caballeresco consistía en abstenerse de una cosa determinada o en exteriorizarse con cualquier detalle llamativo, singular o humillante hasta haber participado en un hecho de armas bajo determinados capítulos o condiciones previamente fijados. Eran muy frecuentes estos votos, versión en lo profano de las promesas de carácter piadoso. Los hubo tan fuera de lo común como el del conde de Salisbury, que juró llevar un ojo siempre cerrado hasta haber guerreado con el rey de Francia, o el del famoso Bertrand Du Guesclin, que prometió no comer hasta haber luchado con los ingleses, o el de las damás de la corte castellana que juraron no volver a comer nada que tuviera cabeza, por haber resultado herido justo en esa parte del cuerpo el condestable Alvaro de Luna durante un torneo. Pero los más habituales fueron aquellos que daban un contenido simbólico al deseo de combatir por el placer mismo de exhibirse luchando cuando no existían razones de odio o de malquerencia.

Así, don Suero de Quiñones, en lo que denominó “Passo Honroso”, juró en 1434 llevar todos los jueves una argolla de oro al cuello, símbolo de su amor por Leonor de Tovar, hasta haber quebrado trescientas lanzas, prohibiendo el paso a quien le desafiase en el puente de Órbigo, en pleno camino de Santiago. Las justas se desarrollaron entre el 10 de julio y el 9 de agosto, día en que don Suero fue herido, y en las mismas murió uno de los caballeros participantes: el catalán Asbert de Claramunt.
Porque el caballero que ostentaba una empresa –como la argolla de Suero de Quiñones- fingía que esperaba luchar con otro que lo “liberase” del voto. Pues, hasta haber combatido bajo las condiciones estipuladas en los ordenamientos, se veía obligado bajo juramento a ir ataviado de aquel insólito modo, lo que podía llegar a prolongarse durante años.

En recuerdo de su hazaña, la “argolla” de oro y rubíes fue regalada al tesoro de la catedral de Santiago de Compostela por el propio Suero de Quiñones al acabar su Empresa, y aún puede verse allí. La inscripción que la recorre dice así:

“Si à vous ne plait de avoir mesure,
certes je dis que je suis sans venture”.

“Si no os place corresponderme,
en verdad que seré desdichado”
.


Argolla del Passo Honroso de don Suero de Quiñones
Hacia 1400. Tesoro de la catedral de Santiago de Compostela

Otro caballero famoso, el borgoñón Jacques de Lalaing, decidió partir en busca de aventuras e hizo el voto de llevar en el brazo derecho “un brazalete de oro al cual había prendido un lambrequín o adorno de tela de los que entonces se solían colocar encima del yelmo. Al llegar a la corte del rey de Francia hizo públicos los capítulos de la Empresa del Brazalete, o sea, las condiciones que imponía a los caballeros que quisieran luchar con él para “liberarle” de su voto. Van firmados el 20 de julio de 1446, cuando el caballero tenía unos 23 años, y empiezan con las siguientes palabras:

“Quien toque mi empresa se verá obligado a liberarme según lo contenido en estos capítulos, a condición de que sea gentilhombre por sus cuatro costados y sin reproche… Para hacer las susodichas armas y cumplirlas punto por punto según lo contenido en mis capítulos, he elegido al excelentísimo y poderosísimo rey de Castilla, a quien suplico muy humildemente que, por su benigna gracia, le plazca hacerme este honor y concederme mi petición”.   

Por tanto, se ve claramente que la “Empresa y divisa de la Cadena” del infante Carlos de Navarra no corresponde a ninguna nueva Orden creada por él, sino a otra iniciativa caballeresca suya, que debió alcanzar tanta fama en su época como para que fuera requerido desde Aragón para que les enviase los capítulos bajo los que se aprestaba a luchar contra aquellos que quisieran liberarle del voto, dirigido indudablemente a su mujer, Leonor de Trastamara, con la que se había casado en 1375, a los 14 años. Ese voto iría representado por una cadena, que tanto representaría el amor que sentía por ella, como sus propias armas heráldicas, a juzgar por cómo él mismo las definió en 1423: un renc [un rango] de nuestras armas de Navarra: el campo de gules y la cadena que irá alrededor de oro”.

Es decir: que Carlos probablemente llevaría una cadena de oro (al cuello, en el brazo o sobre el torso), bien visible en cualquier caso, un día de la semana concreto o durante una temporada, esperando que otros caballeros vinieran a “liberarle” combatiendo con él, como establecerían los “capítulos y ordenamientos” que habría redactado y que fueron los que le solicitó su prima la condesa de Gerona. 

Porque, aunque se ha hablado siempre de un Carlos III poco belicoso y amante estricto de la paz, si acudimos a la auténtica Biblia sobre este personaje: la impresionante biografía que le dedicó José Ramón Castro en 1967, comprobaremos varias cosas. Primero, que sí que participó en varias campañas guerreras, como el sitio de Gijón o las campañas contra Portugal que terminaron con la derrota total de las armas de Castilla en la espectacular batalla de Aljubarrota (1385). Bien es cierto que lo hizo siempre acompañando a su cuñado, Juan I de Castilla, y que quizás lo hizo pensando ya en lograr lo que finalmente consiguió: atenuar las onerosas condiciones fijadas por el Tratado de Briones del año 1379, que convertían a Navarra en un mero protectorado castellano. Por cierto, que quien secundó siempre a Carlos en esas batallas fue otro guerrero navarro verdaderamente legendario: su chambelán Pierres de Laxaga, el único de los caballeros que conquistaron Albania que regresó a su tierra natal.

Pero también descubriremos que, como cualquier joven noble de su tiempo, Carlos estaba siempre dispuesto a participar en un buen torneo. Por ejemplo, en unas justas organizadas en Pamplona el primer domingo de septiembre de 1377, cuando él tenía apenas 16 años, para las cuales se compraron en Zaragoza 33 codos de tafetán verde, de los cuales se hizo el paramento para el infante, por los que se pagaron 64 florines de Aragón, incluyendo en dicha cantidad lo pagado por imposición y peaje, y por 14 “roquez”, 14 “agrapes”, y 14 “rondelles” para justar.

Precisamente esas 14 “rondelles”, me dieron pie a especular en mi libro “Príncipe de Viana: el hombre que pudo reinar” (cuya dedicatoria, por cierto, está muy relacionada también con este asunto de las Empresas caballerescas), y ya que el inventario de los bienes del príncipe elaborado tras su muerte en Barcelona el año 1461 asegura que el príncipe tenía otra gualdrapa de caballo pintada de color carmesí, con las divisas de hierros de lanza, y sin flecos”, con la posibilidad de que esta ahora desconocida divisa de los hierros de lanza fuera la de los tres círculos concéntricos que alternan el color blanco y negro en una de las orlas de la bóveda pintada de la reina doña Blanca en la catedral de Pamplona.  

Al menos se hace bastante extraño que en una decoración que combina prácticamente todas las divisas de los Evreux: los lebreles blancos, la hoja de castaño, la inicial coronada del nombre de la reina formada por eslabones de cadenas, las plumas de pavo real de la cimera, los triples lazos y las flores de lis, se incluya también un simple motivo ornamental ya visto en pinturas murales navarras anteriores como las de San Pedro de Olite, que no guarda –aparentemente- relación con el resto de emblemas propios de los monarcas navarros.

Creo que esos círculos podrían ser el dibujo de una lanza de torneo vista de frente. Si observamos la siguiente ilustración, donde aparecen tres imágenes de armaduras de justar conservadas en el Kunstorisches Museum de Viena, podremos ver muy bien la pieza de forma redonda que protegía la mano de quien empuñaba la lanza, que según Martí de Riquer en castellano recibía el nombre de “arandela”, y en francés el de ronde o rondelle. Estas lanzas solían ir pintadas en colores alternos, como sucedería en nuestro caso concreto con el blanco y el negro, precisamente los dos colores predilectos, junto con el rojo, del rey Carlos III el Noble, que sabemos que los empleó con mayor profusión, quizás por preferencia personal o porque les diese mayor valor emblemático. Fueron los mismos colores, junto con el azul, que siguió luego utilizando su hija doña Blanca. Y también su nieto, el príncipe de Viana, que decoró con azul, rojo, blanco y negro su estandarte, sus escudos, gualdrapas de caballo, arcas y otros elementos.


Fragmento de la decoración pintada en la bóveda de la catedral de Pamplona.
Divisas de la reina doña Blanca (hacia 1430)


En la franja de arriba, 1 y 2: armadura de torneo de Juan de Sajonia (hacia 1497) 3: Traslación ideal de la rodela blanquinegra a la misma armadura . En la franja de abajo: posibles divisas de “hierros de lanza” en la bóveda de la catedral de Pamplona (hacia 1430)

Puesto que esos círculos aparecen en la bóveda de doña Blanca, harían referencia a una divisa perteneciente a su padre, de quien ya hemos visto que fue muy aficionado a los torneos, afición corroborada ahora también por su gusto por emprender a votos caballerescos como el de la Empresa y divisa de la Cadena.

¿Habría sacado de algún apuro vital al joven Carlos el Noble una de esas “rondelles” en alguno de los muchos torneos en que debió participar, y por eso la escogió como divisa personal? Un significado emblemático que su familia más cercana reconocería por habérsela oído de viva voz al protagonista del hecho. Tanto como para incluirla en su catálogo de divisas, mantenido luego por su hija y heredera doña Blanca, que la habría situado junto a todas las demás en la decoración de su bóveda en la catedral de Pamplona, y también por su nieto, Carlos de Viana, que emplearía quizás en las justas alguna de las viejas gualdrapas heráldicas de su abuelo, una de las cuales sería ésta de los hierros de lanza de la que estamos hablando…


El infante Carlos de Navarra, futuro Carlos III,
cuando era joven, en París. Del libro:
Historia de la Cultura y del Arte de Pamplona,
de Josefina y Martín Larrayoz


Volviendo al documento aragonés y teniendo en cuenta que fue redactado el 19 de septiembre de 1386, lo más lógico es suponer que la Empresa de la Cadena, cuya fama había llegado ya hasta Aragón, se estaría desarrollando desde poco tiempo antes, o con vistas a un futuro muy próximo. Castro, citando a Zurita, vuelve a informarnos precisamente de que en abril de 1386 el infante Carlos marchó a Zaragoza, donde estuvo muy confederado con el duque de Girona, e hicieron entre sí una muy estrecha amistad, y concertaron que el infante don Jaime, hijo primogénito de los duques, casase con doña Juana, que era la hija mayor del infante de Navarra.

Así que muy probablemente durante aquella estancia zaragozana pudo dar a conocer el heredero de Navarra su Empresa y divisa, que causaría tanta curiosidad como para que, a los pocos meses, la duquesa de Gerona le pidiera, en nombre de los caballeros aragoneses, que le enviase sus capítulos y ordenamientos.

¿Pero qué pasó después? ¿Le daría tiempo a Carlos a mandar su reglamento? Si es así, quizás algún día aparezca en el Archivo de la Corona de Aragón, aunque sí que podemos establecer una hipótesis bastante certera de por qué lo más probable es que dicha Empresa, aunque puede que llegara a iniciarse, no terminase llegando a buen puerto. Porque el 1 de enero de 1387, apenas tres meses después de la misiva de Violante de Bar, falleció en el palacio real de Pamplona Carlos II, y Carlos III se convirtió en el nuevo rey de Navarra. Ya no podría arriesgarse a justar él mismo en un alarde de armas nunca más.

Toda su vida le siguieron gustando los torneos y el mundo caballeresco y literario que los hacía posibles, pero la muerte a muy temprana edad de sus dos hijos varones, Carlos y Luis, y el hallarse desde entonces inmerso en una corte eminentemente femenina (tuvo seis hijas), le apartarían de semejantes entretenimientos, sostenidos desde entonces en Navarra únicamente por sus caballeros más distinguidos y, muchos años después, también por su nieto, el príncipe de Viana.

Y nada más, sólo volver a reiterar mi agradecimiento a José Marcos García Isaac porque su descubrimiento documental me ha permitido profundizar un poco más en el esplendoroso Otoño de la Edad Media que se vivió en la corte de los Reyes de Navarra de la dinastía de Evreux.




© MIKEL ZUZA VINIEGRA, 2020


jueves, 2 de abril de 2020

JUSTICIA POÉTICA I


Palacio Real de Pamplona, 31 de enero de 1393

¿Cuánto, cuánto puede tardar en llegar a Navarra desde París un jinete a galope tendido? ¿Cuánto las noticias –quizá excelentes, quizá no tanto- que traerá con él? Agnes se lo pregunta una y otra vez mientras cuenta los días, las horas que ella calcula que empleará el mensajero.

Sí, Agnes, la vieja y loca tía Agnes, que perdió la razón por no poder soportar tantos disgustos y sinsabores causados por su condición de princesa, y que ahora sobrevive gracias a la caridad de su sobrino el rey Carlos III de Navarra, acogida en su corte como un trasto apolillado que no se sabe muy bien dónde colocar. Pero no siempre fue así, y Agnes se agarra a aquellos recuerdos “des bons temps” porque demasiado bien sabe que, al menos mientras no llega el correo, hace tiempo que no tiene más aliada que su propia memoria.

Y por eso viaja, viaja con su mente al momento en que participó, casi en primera línea de combate, a los desvelos de una de las dinastías regias más importantes de la Cristiandad: los Evreux-Navarra. Aquella cuyos miembros los cronistas llegaron a comparar con los dedos de una mano, así de bien se llevaban todos los hermanos, actuando siempre al unísono de lo que más conviniera a la familia. Pero ella, igual que su hermana Blanca, había nacido mujer, así que su papel no estaba en el campo de batalla, sino en el de la diplomacia, entendida como la oportunidad de establecer lazos nupciales con otras familias importantes que ayudasen a acrecentar el poder de la Casa Real de Navarra. A ella le tocó en suerte Gastón de Foix, el joven señor de Bearn, el príncipe más influyente del sur de Francia. Por lo menos ambos tenían casi la misma edad, cercana a los 17 años, lo que no era dato baladí en aquellos matrimonios concertados…

Porque su hermana mayor, Blanca, que había sido prometida al heredero de la corona, el príncipe Juan, tuvo la desgracia de haber nacido tan bella e inteligente que llamó la atención de quien iba a convertirse en su futuro suegro, el rey Felipe, que deshizo el compromiso de su hijo para casarse él mismo con la pobre princesa navarra. Ella tenía apenas 18 años, él como mínimo 56. Aunque Blanca tuvo suerte, y sólo tuvo que aguantarlo un año, el que tardó en morir el repulsivo y decrépito viejo.

Los dos matrimonios se celebraron en París con una diferencia de muy pocos meses, en el año 1349. Aquellos tres meses que vivieron en París, fueron los únicos de relativa tranquilidad en doce años de vida en común. Agnes los recuerda como si fuera ayer, aunque ya entonces comenzó a entender que no tenía ni probablemente tendría nunca nada que ver con el carácter o los gustos de su esposo, ya que ella había sido educada por su madre, la reina Juana II de Navarra, en medio de una corte de poetas, entre los que descollaba Guillaume de Machaut, el mejor músico y compositor desde los tiempos del abuelo Teobaldo. De él había aprendido todo. Y todo quiere decir todo, porque no fue difícil saltar de los versos de amor en papel (y Agnes demostró saberlos escribir tan bien o mejor que Machaut, como puede afirmar cualquiera que los lea) a los besos cruzados entre maestro y alumna...

Supuesto estatuilla de Blanca de Navarra, hermana de Agnes, cuyo aspecto no sería muy distinto.
Museo de los Claustros de Nueva York
Hacia 1350
Todos en la corte navarra lo sabían, todos menos la reina Juana. Aunque Agnes sospecha ahora, tantos años después, que su madre lo sabía igual que todos, a pesar de que jamás le dijese nada al respecto. Probablemente porque ella habría pasado por la misma situación cuando era joven, justo hasta que la obligaron a casarse con Felipe de Evreux. ¿Habría amado ella en secreto a otro poeta? Es lo más probable. Pero convertida ya en reina, sabe que los amores imposibles son eso justamente: imposibles, y que las princesas son una pieza importante en el tablero político, aunque no tan importantes como para que no puedan ser sacrificadas en aras de un bien –supuestamente- mayor.

Y Agnes sabe que a ella la inmolaron en ese altar. Lo supo en cuanto sintió los primeros desprecios de Gastón, cuando vio lo que entendía él por hacerle un regalo. Como aquella vez que llenó el patio del palacio donde residían de cabezas de lobos, ciervos y jabalíes, haciéndola nadar en un océano de sangre, porque para él no existía otra cosa que la caza. Rodeado de sucios monteros y ruidosas rehalas de mastines educados para matar a todo lo que se moviera. Y cuando se cansó de matar animales, decidió matar personas. Primero se fue hasta la lejana Prusia para perfeccionar sus métodos como asesino, allí se dedicó a “matar paganos”, como los caballeros teutónicos y él consideraban a los naturales de aquellas tierras. Y luego, cuando allí ya no quedaba nadie para matar, volvió a Francia para perseguir a los Jacques, los campesinos que habían osado rebelarse contra sus señores. Carlos II, el hermano de Agnes le ayudó entonces en sus correrías, aunque no alcanzó nunca su nivel de crueldad.

Gastón de Foix, representado en su Libro de la Caza (Hacia 1387)






En los diez años que pasaron desde su boda, Gastón sólo se acercó a su mujer buscando tener un heredero legítimo.  “Te quiero sólo para eso, no para que me escribas versos”, le dijo una vez. Al fin, en 1359, nació un hijo que sólo vivió unas horas. Para entonces Agnes apenas veía a su marido, que vivía hacía años con su amante Caterina de Rabat, quien le había dado ya cuatro hijos. Uno de ellos, Yvain era claramente su favorito. Pero en septiembre de 1362, contra todo pronóstico, vino al mundo otro heredero: Gastón. Y ahí comenzó el verdadero Infierno para Agnes…

Era el niño más hermoso del mundo, Agnes lo recordaba siempre así, entre sus brazos. Lo veía como la promesa de que la situación con su marido mejoraría al fin. Pero Gastón, que acababa de sumar a su lista de trofeos a los Armagnac, los encarnizados enemigos de la casa condal de Bearne durante décadas, tenía otros planes. Alegando que el hermano de Agnes aún no había pagado la dote estipulada en su contrato matrimonial, urgió a su esposa a que fuera a Navarra a reclamársela. Pero Agnes entendió rápidamente por qué lo hacía ahora, cuando en los últimos doce años no se había preocupado de cobrar tal deuda: sólo por los rescates que obtendría por liberar a sus enemigos recién vencidos, la fortuna de Gastón se incrementaría vertiginosamente, así que no necesitaba realmente la dote prometida por Carlos II para nada. No. Simplemente quería librarse de una vez de su mujer, sobre todo ahora que le había dado por fin el anhelado heredero, y vivir con Caterina y sus hijos sin tener que ocultarse.

Agnes recordaba las hirientes palabras que le dijeron que había dicho: “Y decidle que no se le ocurra volver al Bearne sin el dinero”. Porque Gastón era valiente con animales y personas indefensos, pero a su mujer no se atrevió a decírselo a la cara, así que envió a su hermano bastardo, Arnaud Guilhem de Morlanne, para que la expulsara del palacio condal de Orthez. Demasiado bien conocía Agnes el irascible carácter de su marido y sintió el mismo miedo que cuando le anunciaban sus cada vez más infrecuentes visitas. Pero conocía igualmente el orgullo desmedido de su hermano Carlos II, y cómo jamás perdonaría semejante agravio –no porque la hubieran insultado a ella, sino por haber menospreciado de tal modo a la dinastía real de Navarra- ni le daría por tanto el dinero de la dote. Eso suponía que jamás podría volver al Bearne, como Gastón le había advertido. Por eso mismo decidió llevarse consigo todas sus posesiones, y cuando ya las tenía todas cargadas en los mulos, el bastardo Arnaud, por orden de Gastón, arrancó de las caballerías todas las valijas y baúles, dejándola sólo con la ropa que llevaba puesta, y aún le quitó el abrigo que llevaba, para recordarle que, si volvía sin la dote, “talmente como una pobre mendiga debería buscarse la vida en Orthez”.

Era la gélida mañana de Navidad de 1362, y Agnes recordaba perfectamente cómo, tiritando de frío sobre su mulo, y con las lágrimas de rabia y de dolor que resbalaban por sus mejillas congelándose antes de llegar a su barbilla, tuvo que emprender la huida hacia Navarra, dejando allí a su hijo de apenas tres meses. No volvería a verlo hasta trece años después…


CONTINUARÁ...



© MIKEL ZUZA VINIEGRA, 2020

domingo, 1 de marzo de 2020

TOP SECRET



                En 1995 el corazón del rey Carlos II de Navarra, custodiado desde su muerte en 1387 en el santuario de Ujué, salió por primera vez de allí para ser exhibido en una exposición en la Cámara de Comptos de Pamplona. Aunque oficialmente fue la Institución Príncipe de Viana quien se encargó de la organización de la muestra, documentos archivados hasta ahora con el sello de confidencial en el cuartel general de la Policía Foral permiten ahora comprobar que fue Harfleur Corporation, un potente conglomerado industrial cuya sede central radica en el norte de Francia, quien financió realmente no sólo esa, sino muchas otras actividades del Gobierno de Navarra de aquella época previa al año 2000.

               A cambio de su generosa ayuda económica, parece ser que Harfleur sólo pidió realizar un análisis exhaustivo sobre la citada reliquia de Carlos II. Dicho estudio se llevó a cabo en un polígono del área de París, entre los días 1 y 8 de abril del año 1995. Una parte de los resultados fue editada lujosamente, pudiendo consultarse una copia en la biblioteca del Archivo General de Navarra, con la signatura Harfleur NA 1387. No obstante, otro apartado de la investigación, sin duda el más importante, permaneció secreto en cuanto correspondió realizarlo a uno de los departamentos más ocultos de la Harfleur Corporation: el de Genética avanzada, con sede en la ciudad de Mantes-la-Jolie.

               No obstante, informes de la Dirección General de Seguridad Exterior –el Servicio Secreto francés- desclasificados recientemente, demuestran que Harfleur extrajo en aquel momento una muestra de tejido epitelial del citado corazón, suficiente como para secuenciar todo el genoma del individuo que, en vida, lo albergó dentro de sí. Dicha carga genética fue descargada en un número indeterminado de óvulos que fueron implantados en un número indeterminado de vientres de alquiler. En el año 2000 se esperaba que nacieran los primeros clones, pero sabemos que, en ese momento, sólo uno de ellos llegó a buen término de maduración. Se desconoce el destino de las madres, aunque se piensa que otra de las filiales de Harfleur, la destinada a la industria bélica, hizo desaparecer cualquier tipo de prueba, excepto el informe de los Servicios Franceses de Seguridad.

               En los tres años siguientes, hasta 2004, otros tres embriones con exactamente la misma carga genética fueron implantados en su correspondiente vientre de alquiler, llegando los tres a buen término. Consta que uno de ellos fue manipulado para que naciese expresamente una niña. Harfleur se hizo cargo, quizás mediante hogares de adopción pertenecientes a altos cargos de la Corporación –no está demasiado claro-, de que los cuatro niños crecieran y se educaran con un plan determinado que el agente Dugüesclin, aquel que llevaba la investigación comisionado por la Sureté y el Departamento del Tesoro Francés, no fue capaz de desentrañar antes de su extraña muerte, atropellado en la estación de metro de Saint Dennis, el año 2010.

               El 14 de mayo de 2017 Emmanuel Macron accedió a la presidencia de la República Francesa. Al año siguiente el primer clon alcanzó la mayoría de edad legal, y fue puesto al frente de una de las divisiones de Harfleur Corporation: la de Investigaciones Sociológicas, encargada en teoría de realizar informes sobre la realidad social de los distintos departamentos y comunidades de Francia. Sospechamos que eso le facilitó a él y a sus subordinados moverse en ambientes muy castigados por la crisis económica mundial, que tuvo en Francia un impacto muy severo. Hay motivos muy fundados para creer que la crisis de los Chalecos Amarillos, que estalló en aquel país en noviembre de 2018, fue alentada y financiada por Harfleur, utilizando como detonante el impuesto sobre los carburantes que acababa de aprobar Macron. Este, prevenido por el Ministerio de Defensa, aceptó mantener una reunión “fuera de agenda” con representantes de la Corporación, entre ellos probablemente con el primer clon del que venimos hablando, que en todo caso fue invitado por el presidente (agradablemente impresionado por la elocuencia y el don de gentes de nuestro protagonista) a unirse a su partido político: La República en Marcha (LaREM; en francés: La République en marche), cuyo nombre oficial es Asociación para la Renovación de la Vida Política (en francés: Association pour le renouvellement de la vie politique). Todo ello a pesar de que Macron estaba también sobre aviso de las fuertes cantidades de dinero que Harfleur había invertido en el Reino Unido en apoyo de la campaña proBrexit, que alcanzó su punto álgido en primera instancia con la victoria de los antieuropeos en el referéndum celebrado el 23 de junio de 2016, y finalmente con la salida definitiva el 31 de enero  de 2020. Quizás el presidente tenía datos sobre la generosa financiación de Harfleur a la campaña del conservador Boris Johnson y quiso guardárselos como garantía personal. El hecho cierto es que todo indica que La Republique en Marche está ahora mismo completamente infiltrada por Harfleur.

               Esto se comprueba fehacientemente con la reciente caída en desgracia del delfín político del propio Macron: Benjamin Griveaux, que renunció a su candidatura a la Alcaldía de París al ser implicado en un escándalo de videos sexuales e infidelidades matrimoniales, que mandos de la Policía francesa que se niegan a identificarse atribuyen a un montaje urdido por Harfleur. Sea o no cierto este punto, lo que sí es verdad es que el primer clon ha heredado la citada candidatura macronista a la Alcaldía de París.

Prácticamente en este mismo lapso de tiempo, la filial farmacéutica de Harfleur con sede en la ciudad china de Wu Han, fue la primera en reportar la aparición de una epidemia de neumonía por coronavirus de 2019-2020,2​ enfermedad denominada oficialmente como COVID-19,3​4​ que está provocada por el virus SARS-CoV-2,4​5​ y que oficialmente empezó en diciembre de 2019, aunque el MSS (Ministerio de Seguridad del Estado Chino) acumula pruebas de que el coronavirus no salió, como luego se dijo, del Mercado Mayorista de Mariscos de esa ciudad, sino precisamente de las instalaciones de Harfleur Corporation.

En cuanto a los demás clones, su régimen educativo y familiar fue muy similar al del primero de todos ellos, estando a punto todos ellos de alcanzar la mayoría de edad legal a lo largo del próximo bienio. Mientras tanto, los tres ganan experiencia en el mundo de los negocios internacionales encargándose de tres sedes industriales muy concretas: la de Normandía, matriz de Harfleur, la de París, y la de Tirana (Albania). Sabemos precisamente que el jefe de esta última delegación será muy pronto transferido a la filial que Harfleur tiene en Navarra. El clon al cargo de la filial normanda se llama Philippe Longueville. La mujer, a cargo de la de París, responde al nombre de Blanche Neaufles. El nombre de quien muy pronto residirá en Navarra es Louis Beaumont. El del primer clon, que va a competir por la alcaldía de París, es Charles Navarre.

Quien haya leído mi informe hasta aquí, puede que haya establecido ya el plan que el agente Dugüesclin no supo comprender. Si no es el caso, lo dejaré todavía más claro. Una corporación industrial de raíz normanda, con ilimitados recursos financieros acometió en los albores del siglo XXI un osado proyecto genético basado en el corazón de un rey medieval conservado en el santuario navarro de Ujué. Sus innovadores, aunque faltos de toda ética, métodos propiciaron que cuatro de los embriones obtenidos llegaran a su nivel óptimo de maduración, aquél que siguiendo un plan establecido, no por un oscuro empresario contemporáneo, sino por la propia Historia, ha permitido llegar al año 2020 a esos cuatro experimentos diabólicos, convertidos en el trasunto actual de Carlos II de Navarra y el de sus tres hermanos, como podrá comprobar cualquiera que compare unos hechos concretos del siglo XIV (aquél en el que vivió Carlos), y del siglo XXI (donde Harfleur ha hecho que viva su clon).

Veamos: Carlos II llegó a ser el jefe de su dinastía, la de Evreux, al morir su madre, Juana II de Navarra, aquejada de peste bubónica. Una epidemia que se llevó por delante a casi la mitad de la población mundial en 1348. En 2020, la extensión del Coronavirus –puede que creado por la misma Harfleur Corporation- continúa imparable por el mundo, sin que sea posible saber qué consecuencias letales para la población, y qué consecuencias de revueltas sociales y políticas tendrá en tal caso, si la OMS sigue impotente ante el avance de la epidemia.

    Carlos II era el heredero legítimo de Francia, pero los nobles franceses del siglo XIV inventaron la Ley Sálica para apartar a su madre, la citada Juana II de Navarra, del trono. Carlos sólo contaba con los débiles recursos del Reino de Navarra para sostener sus reclamaciones, así que llegó a un pacto con Eduardo III de Inglaterra en 1354 para ayudarse mutuamente y, en caso de tener éxito, repartirse Francia. En 2021, la Corporación Harfleur subvencionó generosamente la campaña proBrexit de quienes en el Reino Unido eran partidarios de salir de la Unión Europea, remedo actual de la poderosa Francia del siglo XIV. ¿A qué acuerdos de compensación habrá llegado Harfleur con las fuerzas ProBrexit británicas? Francia debería ponerse a temblar, porque el último conflicto de similares características tardó más de cien años en solucionarse.

En 1358 Carlos II fue nombrado “Capitán de París” por los habitantes de la ciudad, rendidos admiradores de las habilidades políticas del navarro. Un cargo que él pensaba que sería la antesala del trono de Francia. Se equivocó entonces, aunque ahora, en pleno 2020, parece que sus poderosos partidarios han decidido repetir la estrategia, pues Charles Navarre se presenta, tras el porno-escándalo Grimeaux, a la Alcaldía de París. Le Monde Diplomatique informaba precisamente la semana pasada sobre su primer mitin electoral. Llenó hasta la bandera el polideportivo de Saint Germain des Prés, donde caben más de 10.000 espectadores, que acabaron aclamándole en pie al grito de: “Navarre, Navarre!”. Todos lucían en sus gorras o bufandas los colores de campaña del candidato: el rojo y el azul. Si alcanzase la alcaldía, las posibilidades de que llegara a ser el sucesor de Macron en el palacio del Elíseo serían elevadísimas.

En cuanto a la Crisis de los Chalecos Amarillos, que ha comprometido la legislatura de Macron prácticamente desde su comienzo, recordemos que en 1358, Carlos II se enfrentó y acabó sin contemplaciones con la revuelta campesina conocida por el nombre de “Jacquerie”. El hecho de que en 2020 su sucesor (o cómo sea que haya que denominar técnicamente a un clon) sea sospechoso de alentar esta revuelta neorural, y el hecho de que Charles Navarre sea una de las últimas personas que vio con vida a Jacques Bonhome, el líder de los Chalecos amarillos, a quien había convocado previamente a una misteriosa reunión en la sede parisina de Harfleur, puesto que el presidente Macron había encargado a Navarre resolver el conflicto a cualquier precio, no hace sino completar el cuadro histórico-contemporáneo que deja al descubierto el plan de tan siniestra Corporación. El nombre de Harfleur, por cierto, es el del castillo-prisión en el que el rey de Francia Juan II tuvo encarcelado a Carlos II de Navarra en 1357…

Pues bien, a pesar de que mis conclusiones no pueden estar más claras, mis superiores en la Consejería de Interior del Gobierno de Navarra se niegan a aceptarlas, probablemente porque desde aquel malhadado año de 1995, en el que el corazón de Carlos II salió de Ujué, todo el Gobierno de Navarra está infectado/sobornado por Harfleur Corporation, con vistas a a ejercer el poder de facto en cuanto llegue de Albania Louis Beaumont, igual que su homónimo gobernó Navarra en 1360 en nombre de su hermano Carlos II. No importa, ayer mismo entregué mi carta de dimisión como teniente de la Policía Foral, para mi nueva misión no me va a hacer falta ninguna placa oficial, aunque sí que conservaré mi arma, por lo que pueda pasar. 

Y esa misión es organizar desde ahora mismo la resistencia en Navarra para luchar contra Harfleur y esos cuatro malditos clones que planean conquistar el mundo a través de políticos comprados, revueltas falsas y epidemias mortales . No estoy solo en este combate, por eso muchos otros amantes de la Libertad y yo acabamos de crear MILUCE (Movimiento Internacional de LUcha Contra los Evreux), e informo desde aquí a quienes queráis uniros, que ya está en marcha nuestra primera acción: hemos acuñado cientos de miles de monedas e impreso millones de billetes que imitan los tipos del euro francés, pero con discretas marcas de estampación que hacen responsable a Charles Navarre de este intento de falsificación y de destrucción por consiguiente de la economía francesa. No nos detendremos hasta que el omnímodo poder de Harfleur sea destruido.

¡UNÍOS A LA CAUSA!   Y recordad:

PRO LIBERTATE PATRIA, GENS LIBERA STATE!

jueves, 26 de diciembre de 2019

PAZ Y GUERRA


Entre los muchos temas y papeles que hube de desechar para que la publicación de “Príncipe de Viana: el hombre que pudo reinar” pudiera algún día ver la luz, quiero rescatar ahora esta elucubración mía sobre uno de los maravillosos libros que sabemos que Carlos tenía en su capilla privada, descrito así en el inventario de sus bienes realizado tras su muerte en Barcelona, el día 23 de septiembre de 1461:

“Hun Salteri: en la primera carta ha cosides quatre patenes d'or,
les tres redones en que es figurat en la maior la Veronica, en la mijana
Sancta Maria de Montserrat, en la plus chica sent Angel de Pulla, e en la
Gran, feta a manera de patena larch, es hun sant de Englaterra appellat
Osmundus. Ab los principis en les capletres grans ab les istories de les
letres et cetera ab los tancadors dor e ab la cuberta de vellutat blau.”

Que el historiador francés Desdevises du Dezert tradujo así en el siglo XIX para su biografía del príncipe:

“Hay cosidas sobre la primera hoja cuatro patenas de oro, de ellas tres redondas; en la mayor se representa a la Verónica, en la intermedia a Nuestra Señora de Montserrat, en la más pequeña la imagen del ángel de Apulia (San Miguel del Monte Gárgano), y en la mayor, que tiene forma de patena larga (elíptica), hay un santo de Inglaterra llamado Osmundus (San Edmundo). Los títulos y las iniciales son de gran tamaño, e iluminados,; la cubierta es de terciopelo azul y los cierres son de oro”.

Aparte de lamentar una y mil veces que la espectacular –para su época- biblioteca del príncipe de Viana se dispersase, vendida al mejor postor para enjugar sus numerosas deudas, y de no dejar de soñar con lo que supondría  tener ahora mismo en el palacio de Olite (de donde salieron muchos de ellos) aquel centenar largo de libros preciosos, y como ya hablé largo y tendido del más importante de todos ellos (el Salterio de San Luís, que sólo podían poseer los miembros de la Familia Real de Navarra), quiero poner el foco en este otro Salterio. Y dentro de él, en ese detalle curioso del santo inglés San Osmundo, que Desdevises tradujo como San Edmundo, que aunque suenen parecido, no son, como veréis, los mismos santos.

Porque San Osmundo fue uno de los altos clérigos normandos que acompañó al duque Guillermo en la Conquista de Inglaterra del año 1066, y por eso mismo fue premiado con el obispado de Salisbury, diócesis que rigió con mano de hierro hasta su muerte en 1099.

Pero San Edmundo fue un rey sajón de cuando Inglaterra estaba dividida en pequeños reinos. Él concretamente gobernó Anglia Oriental entre el año 854 y el 870, y fue famoso por su piedad y ansia de saber. Resistió las acometidas de los vikingos daneses, hasta que el ataque conjunto de los jefes Hinguar (Ivar el Deshuesado) y Hubba (Uve Ragnarsson), provocó su captura y muerte. Según la Crónica de San Dunstan, Edmundo renunció a luchar contra los daneses, prefiriendo el martirio, siguiendo de ese modo el ejemplo del propio Cristo, que prohibió a Pedro luchar contra los judíos que venían a detenerlo. Mientras era ferozmente torturado, Edmundo seguía cantando los salmos de alabanza a Dios hasta que, cansados de escucharlo, los vikingos comenzaron a lanzar docenas de flechas contra él. Luego lo decapitaron, que es un método que podían copiar perfectamente los vecinos del Casco Viejo para aplicar a los que cantan en su barrio a altas horas de la madrugada. El culto a San Edmundo se extendió rápidamente por Gran Bretaña,  poniéndolo como ejemplo de príncipe pacífico y sabio que renunció a la guerra.

Por su forma de morir, se le representó iconográficamente durante toda la Edad Media como un rey nimbado con el aura de santidad, que llevaba además una flecha en la mano. Puede vérsele así figurado en el maravilloso Díptico de Wilton que se conserva en la National Gallery de Londres, donde es el primero por la izquierda de los tres santos protectores (los otros dos son el rey Eduardo el Confesor y San Juan Bautista) del monarca que aparece arrodillado ante la Virgen María: Ricardo II de Inglaterra, precisamente otro ejemplo claro de príncipe refinado y poco belicoso.



Reparando en esa iconografía de San Edmundo, fiándome además de la transcripción de Desdevises, y de lo que casi todos los historiadores habían escrito sobre Carlos de Viana: que por haber sido educado por su madre, doña Blanca, fue siempre de natural pacífico y remiso por tanto a la guerra y al enfrentamiento con su padre, recordé un viejo artículo de Tomás Domínguez Arevalo, aparecido en 1a Revista de Historia y Genealogía Española, y poco después, en 1912, en el Boletín de la Comisión de Monumentos de Navarra, que llevaba por título “Un retrato del príncipe de Viana”.

Cuando el conde de Rodezno (título nobiliario del citado Tomás Domínguez Arevalo) escribía cosas interesantes y que no hacían daño a nadie, mucho antes por tanto de firmar o admitir miles de ejecuciones sumarias durante su mandato como primer ministro de ¿Justicia? del general Franco, reparó en que Pedro de Madrazo, en su viaje por Navarra durante el último tercio del siglo XIX, había hablado de una tabla pintada del siglo XV custodiada en la casa que la familia Escudero –parientes de los marqueses Montesa- tenía en Corella. En ella se representaba a un santo (tenía la cabeza nimbada), de pelo largo y barba abundante, con un bonete como el que solía llevar el príncipe, que llevaba además una flecha en la mano…


 Dijeron unos al erudito Madrazo que representaba al primer marqués de Montesa, otros que a San Sebastián (el soldado y famoso mártir romano que murió asaeteado en el siglo III), y otros finalmente que al príncipe de Viana… Esta última adjudicación es la que llamó la atención de Domínguez Arévalo y la que, naturalmente, me atrajo a mí también.

Dos eran las motivaciones fundamentales que para tal identificación se daban en el mencionado artículo: la primera, que un ancestro de los marqueses de Montesa, Fernando de Oloriz, había ocupado cargos muy cercanos al príncipe de Viana, nada menos que el de alcaide de los palacios de Tafalla y el de escudero trinchante del propio Carlos, y que por lo tanto a través suyo podía haber llegado la tabla pintada a sus descendientes. La segunda, que fuera quien fuera el representado, lleva al cuello el collar de la Orden de Caballería del Grifo, precisamente el mismo que lleva el príncipe de Viana en su más famosa miniatura. Un collar que sabemos por la documentación que le regaló –se lo quitó de su propio cuello- su tío, el rey de Aragón Alfonso V el Magnánimo, la primera vez que ambos se vieron, el año 1457, en el gran salón del Castel Nuovo de Nápoles. Estas dos circunstancias probarían, según Domínguez Arevalo, que nos hallábamos ante el más que seguro retrato de Carlos de Viana.

Como no me puedo quedar quieto, uní inmediatamente y de memoria, la iconografía de la tabla corellana y la del díptico de Wilton. ¿Sería la figura del rey mártir y pacífico Edmundo objeto de devoción por parte del príncipe de Viana? Que uno de los libros más lujosamente iluminados de su capilla personal estuviera dedicado a él así parecía demostrarlo. A pesar de todo, ¿Se habría atrevido (él mismo o sus partidarios tras su muerte) a representarle, no sólo como un santo –recordemos que se le dio culto en Barcelona y muy probablemente también en Pamplona- sino precisamente con los atributos iconográficos de San Edmundo, en un supuesto retrato fuertemente simbólico que representaría el amor por la paz y la sabiduría del príncipe de Viana?

Estaba yo prácticamente convencido de que sí, de que todo coincidía a la perfección, cuando estudiando a fondo el estupendo y fundamental artículo de la profesora norteamericana Linde Brocato, en el que de hecho basé algunas de las conclusiones de “Príncipe de Viana: el hombre que pudo reinar”, titulado “Leveraging the Symbolic in the Fifteenth Century: The Writings, Library and Court of Carlos de Viana”, que podría traducirse como [Realzando lo simbólico en el siglo XV: los escritos, la biblioteca y la corte de Carlos de Viana] al hablar precisamente del lujoso salterio que ha dado pie a toda esta investigación, pude leer:

“San Osmundo fue canonizado por el papa Calixto XIII en 1457. ¿Quizás un regalo del pontífice al príncipe de Viana, bien personalmente o a través del rey Alfonso V?”

Y recordemos que cuando Carlos se vio obligado a exiliarse de Navarra en 1456, de camino a la Corte de Nápoles pasó por Roma, donde se entrevistó precisamente con… el papa Calixto XIII, que no hizo nada por apoyar la justa reivindicación del Trono de Navarra que le presentó el príncipe. Entre otros muchos motivos, porque su verdadero nombre era Alfonso de Borja, esto es: era él mismo, como valenciano que luego italianizó su apellido transformándolo en “Borgia”, un súbdito de la Corona Aragonesa. Como para atreverse a desairar a Alfonso V o a su hermano Juan II… 

Eso sin tener en cuenta cómo actuó siempre el Vaticano frente al Reino de Navarra: marginándolo y supeditándolo al vecino más poderoso, fuera éste Castilla, Francia o, como en este caso concreto, Aragón. Por lo tanto es cierto que, lo más probable es que se lo quitara de encima con buenas palabras y con algún regalo de fuste, como aquel maravilloso Salterio decorado con la imagen de San Osmundo, que no de San Edmundo, a pesar de lo que el bueno de Desdevises pensase en el siglo XIX.

En cuanto a la tabla que en 1912 se conservaba en Corella, desconozco por completo si sigue allí o incluso si la casa Escudero donde se custodiaba sigue en pie. Lo indudable es que no hay una fotografía reciente o en color de la famosa tabla (por eso tenemos que seguir empleando –y gracias- la borrosa y casi decimonónica imagen) donde lo más seguro es que apareciera figurado San Sebastián, con la misma iconografía de la flecha en la mano que cientos de otras  representaciones coetáneas del siglo XV, con las que aún puede compararse. Aunque también es cierto que ese collar tan particular que llevaba... No sé, no sé, permite hacer bastantes cábalas...
De todas maneras, si algún corellano o corellana puede proporcionar algún dato sobre este supuesto retrato del príncipe de Viana, les quedaré muy agradecido.

Sin embargo hay otra razón, además de la aportada por la profesora Brocato que me movió a desechar la identificación del Salterio y de la tabla con el príncipe y con San Edmundo. Y esa razón es que, como demostré en mi libro, el supuesto carácter retraído y pacífico de Carlos de Viana, aquél que tantos historiadores e historiadoras defendieron durante décadas, que sería el que le había impedido enfrentarse con garantías de éxito a su padre, no existió más que en la percepción que todos ellos tuvieron de la realidad histórica de aquellos tiempos, y para darse cuenta basta con la más que representativa y simbólica queja número 79, de las 87 que componen el documento conservado en Pau, el que recoge las reclamaciones de los partidarios de su padre, el usurpador Juan II, en el que basé todo mi estudio:

“…Dejadas por el príncipe las armas de su padre, Aragón y Castilla, y sólo con las de Navarra hechas sus banderas y pendones, y las cotas de armas de los heraldos y persevantes, denotando ser él Rey y señor de aquella tierra, anduvo haciendo la guerra a las del señor rey, su padre, y eso mismo la gente suya al reino de Aragón”.


No, definitivamente no creo que alguien así tomara como modelo a San Edmundo. Y si acaso llegó a hacerlo, no sería por imitar su conducta pacífica, sino por el amor a la sabiduría que ambos compartieron.

Y si habéis llegado hasta aquí, quizás habréis pensado que, no pudiendo finalmente identificar tabla ni salterio con el príncipe de Viana, mi gozo se vio en un pozo. Pero he de deciros que estáis muy equivocados, porque lo que he hecho es sacar información de otro pozo que hasta ese momento yo desconocía por completo. Y creo que en eso consiste, al fin y al cabo, la investigación histórica: en partir de un hecho incontrovertible (el príncipe poseía en efecto un lujoso salterio para sus oraciones personales) y acabar encontrándose por el camino con la iconografía medieval de los santos, el Díptico de Wilton, la tabla ignota de Corella, el collar de la Orden del Grifo, un rey pacífico y un príncipe que –digan lo que sigan diciendo- no lo fue tanto, ni tenía en realidad por qué serlo, porque lo único que hizo fue defender su legítimo derecho de todas las maneras a su alcance. También con la espada en la mano.

Si en todo este proceso, además he conseguido entreteneros y habéis aprendido algo que no sabíais, quedo yo muy contento, y rezaré por vuestra salud a San Osmundo, San Edmundo y quizás incluso a San Carlos, que fue al fin y al cabo también santo para los catalanes y para un buen puñado de navarros. Y creo que don Johan de Beaumont, prior de la Orden de San Juan de Jerusalén, además de tío y mentor del príncipe, tuvo mucho que ver. Pero eso, como decía Kipling, es ya otra historia...

© MIKEL ZUZA VINIEGRA, 2019


jueves, 12 de diciembre de 2019

CUATRO ERAN CUATRO


Sí hay en el arte medieval navarro un tema que me ha llamado siempre la atención, y al que he dedicado muchas horas de trabajo, ya sea histórico o literario, es al del juego de espejos que llevan siglos manteniendo las tres portadas prácticamente iguales de Larrángoz, Lizoain y Redín, repartidas en un radio de apenas 25 kilómetros por los valles de Lónguida y de Lizoain.


Recuerdo perfectamente cuando, hace ya muchos años, mi hermano mayor me contó que había estado en un despoblado llamado Larrángoz, y cómo en la portada de su abandonada iglesia había un caballero tallado. Bien sabía él lo mucho que me interesaban ya esos pequeños –y no tan pequeños- caballeros de piedra, y por eso desde que me lo contó anduve buscando información sobre aquel lugar y sobre aquella portada. Y en la era pre-internet, eso no resultaba nada sencillo, porque el tomo concreto del Catálogo Monumental de la Merindad de Sangüesa no había sido editado todavía –y cuando lo hizo no es que dijera mucho al respecto-, y en el resto de publicaciones de la Caja de Ahorros de Navarra o de la Caja de Ahorros Municipal de Pamplona el nombre de Larrángoz no aparecía por ningún sitio.

Al fin en los Índices de la revista Príncipe de Viana –editados en papel por aquel entonces- encontré que J. M. Lacarra había dedicado en los años 40 un párrafo al caballero de Larrángoz, al que a pesar de su tosquedad situaba en el “top ten” de esas contadas representaciones en Navarra, junto con el “caballico de Santiago” de Tudela (que muchos años después sería tan magníficamente estudiado por Manuel Sagastibelza y Maite Forcada) y al caballero de San Cernin de Pamplona (otra de mis obsesiones artistíco-medievales favoritas).

Allí aparecía también una foto del caballero de marras que, efectivamente, confirmaba los gustos ya bastante arcaizantes de quien lo hubiera tallado a inicios del siglo XIV, y es hora de agradecer vivamente a J. E. Uranga (factótum de la –por aquellos años- recientemente creada Institución Príncipe de Viana) que hiciera esa fotografía, porque es la única que nos queda de nuestro protagonista aún intacto. Tanto, que cuando se la enseñé a mi hermano, no reconoció en ella la figura que él había contemplado in situ.


Eso ya me dio mala espina, pero aunque no tenía yo en aquella época nada fácil desplazarme hasta Larrángoz para poder conocer por mí mismo el –al parecer fatal- estado en el que se encontraba la talla del caballero, sí que rebuscando en la biblioteca de Navarra acabé encontrando un artículo de la revista Pregón (concretamente en el número de Semana Santa de 1971), en el que el etnógrafo Ramón María de Urrutia trataba largo y tendido sobre aquel lugar, y sobre aquella portada. Cuando lo escribió ya estaba despoblado, y según contaba, el caballero había perdido su integridad por las pedradas que los bárbaros alumnos de los agustinos de la cercana Artieda le propinaban en cada excursión que hasta allí hacían, sin que sus profesores –no menos bárbaros que aquellos- hicieran nada por evitarlo. Sin haber estado todavía jamás allí, recuerdo la indignación que me causó leer aquello ¡y eso que habían pasado 15 años de lo que contaba Urrutia! Pero recuerdo también el impacto que me causó otra noticia contenida en aquel artículo, que hasta entonces yo desconocía por completo:

“…En los capiteles del lado izquierdo de la portada aparece la figura de un caballero armado, montado sobre un caballo enjaezado y con una cruz en el escudo. En contraposición, hay que señalar que esta figura de caballero es casi idéntica a otras que existen en las portadas de las iglesias de Lizoain y Redín, y que en ambas está también situada en los capiteles del lado izquierdo. No le vamos a dar más vueltas, pero no deja de constituir un pequeño e interesante misterio histórico”.

 
No hice caso a Urrutia, y vaya que si le he dado vueltas a este asunto desde entonces, porque aunque él no lo decía, esas tres portadas compartían también otro rasgo: en los capiteles del lado derecho había tallada una escena muy particular: un águila cazando una liebre. Vale, en la de Lizoain no, allí aparece un San Miguel alanceando al dragón, pero sus emplumadas alas lo emparentan claramente con el ave predadora de Larrángoz, porque muy probablemente los talló el mismo maestro.

Finalmente pude llegarme hasta Larrangoz, la primera vez con mi hermano y luego todas las veces que he tenido oportunidad, porque hay algo allí que decididamente me llama. Quizás simplemente que el primero de mi familia debió salir de aquel lado del valle de Lónguida, pues Zuza está (estaba, mejor dicho) a muy poca distancia, y lo triste es que ambos despoblados están completamente arruinados, aunque la iglesia de Larrangoz muestre la habilidad de sus constructores manteniéndose aún milagrosamente en pie, hasta que un próximo invierno se la lleve definitivamente por delante. Vendrán entonces los hipócritas llantos de Jeremías, pero lo cierto es que ni sus dueños (inmatriculada en 2003 por el Arzobispado de Pamplona), ni el Gobierno de Navarra, que al menos debería presionarles un mínimo, han hecho ni harán nunca nada por ella. El precioso retablo renacentista (quizás el más bello de esa época en Navarra) sí que se lo llevaron en su momento, y ahora yace prisionero en una de esas iglesias-bajera de ladrillo urbanas que colaboraron en/provocaron la desbandada de católicos en los años 70 y 80. Pobre…

Vuelvo a las tres portadas (aunque una de ellas, precisamente la de más valor artístico) esté a punto de desaparecer, porque se me llevan los demonios y me da una pena tremenda que sigan ocurriendo estas cosas en Navarra a punto de alcanzar el año 2020. 

Como os decía, les he dedicado mucha tinta, unas veces en forma de narración:



Y otras en forma de trabajo histórico:


Si tenéis la paciencia de leer este último, veréis que en él reflexionaba sobre la posibilidad de que el caballero representado fuera Juan Martínez de Medrano, noble muy importante de la época en que se construyeron los tres templos citados. Tan importante que llegó a ser regente de Navarra –junto con Corbarán de Lete- en el momento de abandonar la tutela de los reyes de Francia y adoptar una nueva dinastía regia: la de Evreux, en el año 1328. El hecho de que sus armas de linaje fueran una cruz potenzada, como la que portan los tres caballeros en sus escudos, y que hubiera sido además alcaide de Corella, cuyo primer sello muestra precisamente un águila cazando una liebre, me llevaron a pensar en que fuera él el protagonista por triplicado de este misterio medieval. También es cierto que dejaba yo bien claro que no había documento alguno que lo ligase a los valles de Lónguida o Lizoain, sino que casi todas sus posesiones estaban en Tierra Estella.

Desde entonces (aquello lo escribí en mi blog en junio de 2012 y lo publiqué después en papel en 2016 en “Izaga en el Corazón”) ha pasado mucha agua del Irati por debajo del puente colgante que lleva a Larrángoz, y ha habido autores que han mostrado su desacuerdo con mi posible identificación. El más serio, el amigo corellano Jabier Sainz, al que no conozco pero llamo amigo porque a todo aquel que se ocupe de estos temas lo considero mi amigo, que en un trabajo sobre el escudo de su ciudad –que sigue manteniendo el águila y la liebre, más de siete siglos después de aquel primer sello- me replicaba que si Juan Martínez de Medrano hubiera donado sus armas a Corella, hubiese regalado al concejo la Cruz Potenzada de su linaje familiar, y no el águila y la liebre, como yo defendía. Me decía también en su trabajo que tenía que haber pensado yo en otra posibilidad: la del caballero Pedro Sánchez de Monteagudo, que llevaba por esas mismas fechas un águila en su escudo, que fue también alcaide de Corella y que además tenía algunas tierras en Lónguida (aunque no en Larrangoz).


Defiende así que su Águila heráldica pudiera ser por tanto la representada en las tres portadas, olvidando -añado yo- que tanto los artistas medievales como quienes les encargaban su trabajo, sabían perfectamente qué es lo que debían representar, por lo que no es lo mismo un águila sola (como la del escudo de Pedro Sanchez de Monteagudo), que un águila cazando una liebre (como las de las tres portadas iguales). Son dos emblemas parecidos, pero completamente distintos. En cuanto a los caballeros de los capiteles del lado izquierdo, no serían según Jabier Sainz más que la representación del “caballero victorioso”, una escena muy habitual en las iglesias medievales (aunque no, desafortunadamente para mi gusto, en las navarras) en la que la cruz de sus escudos no indica más que su condición de cristianos. En cuanto al águila predadora, es una escena muy común en toda Europa desde la tardoantigüedad romana, y en la propia Navarra aparece en muchísimas otras iglesias, e incluso en la arqueta islámica de Leyre, cosas que yo tampoco escondí en mi artículo, igual que traté en él sobre la interpretación simbólica –el alma humana acechada por la muerte- que el águila cazadora tenía en aquella época.

A pesar de todo lo dicho, Jabier Sainz tampoco puede asegurar documentalmente que la figura de Pedro Sánchez de Monteagudo sea el origen del escudo de Corella. Es una especulación tan válida como la mía. Porque yo sigo defendiendo que es posible –y recalco lo de posible- que sea Juan Martínez de Medrano el representado en Lónguida y Lizoain, y quizás también el origen remoto del sello corellano. Y lo hago porque sigo reconociendo al águila de Larrangoz un carácter no solo simbólico, sino también heráldico, como creo que demuestra que, incluso en la actualidad, siga habiendo dos emblemas municipales en Navarra que llevan un águila y una liebre. Y esos son únicamente los de Corella y Larrángoz, aunque este último sea un despoblado desde los años 60 del siglo XX.   

En ese contexto, Juan Martínez de Medrano podría perfectamente haber donado a Corella, no la Cruz potenzada de su linaje, sino una divisa escogida por él mismo: en este caso concreto el águila y la liebre. Recordaré que las divisas fueron manifestaciones paraheráldicas que vinieron a completar el sistema de armerías, que como bien dice el mejor heraldista vivo, Michel Pastoureau, en L'effervescence emblématique et les origines héraldiques du portrait au XIVe siècle, no terminaba de expresar completamente la personalidad de quien lo utilizaba, pues sólo aludía a su identidad y a su pertenencia a un grupo familiar concreto. De ahí la aparición de fórmulas emblemáticas nuevas, flexibles, más vivas, con las que cada uno podía proclamar sus pulsiones simbólicas más personales.

Es cierto que las divisas y el resto de emblemas paraheráldicos alcanzaron su mayor éxito a partir del segundo tercio del siglo XIV, pero hubo también innegables manifestaciones anteriores, como las cimeras, que nacieron ya a finales del XII, y cuyo uso fue desarrollándose con fuerza desde las últimas décadas del XIII hasta lograr un éxito generalizado en el XIV. Las cimeras eran las figuras que adornaban los cascos de los participantes en justas y torneos. Fabricadas con materiales frágiles pero lígeros como cuero, cartón, plumas o madera, quedaban destrozadas en cuanto comenzaba la refriega, pero han quedado reflejadas para la posteridad en los sellos y en los armoriales prodigiosamente miniados, que muestran como los grandes personajes adoptaron figuras aisladas (animales, plantas, objetos), muy diferentes de aquellas que adornaban sus escudos familiares. Esos emblemas personales sirvieron a la vez como marca de propiedad y también –sobre todo en momentos de crisis políticas- como signos de reconocimiento o manifestación de adhesión o vasallaje a reyes y príncipes.

¿Quiero decir con todo esto que el águila y la liebre de Larrángoz, Lizoain o Redín fueron la divisa o incluso la cimera del caballero representado en las portadas de sus iglesias? Pues no lo puedo asegurar, pero lo creo bastante posible, además de por las razones aportadas, porque todas estas innovaciones y modas nacían fundamentalmente en la corte de Francia, ¿y quién sabemos que sirvió varias veces como embajador plenipotenciario entre París y Pamplona? Pues uno de los principales caballeros navarros: Juan Martínez de Medrano. ¿Especulativo? ¿Casual? Pues claro, como todo lo que no puede probarse documentalmente. Pero yo ahí lo dejo...

En cualquier caso, que sobre la cabeza llevaban los caballeros medievales figuras bastante más extravagantes que un águila cazando una liebre, lo demuestra por ejemplo el repertorio de cimeras contenido en el famoso Armorial de Gelre: 



El prólogo ha sido largo, pero ahora viene lo mejor, porque creo que os habrá quedado claro cuánto me gustan esos tres caballeros, sumados a otro muy querido también: el de la ventana de la iglesia de Zuazu (Izagaondoa), que puede que tallase el mismo maestro que labró a sus hermanos. 



Y si ha sido así, imaginad ahora lo que supuso para mí descubrir hace apenas un mes, por pura fortuna, que había una cuarta portada, con su caballero, con su águila y con su liebre.

He de confesar que hacía años que la venía persiguiendo. Que, en mi ir y venir a lo largo y ancho de Navarra, intuía que me aguardaba en algún lugar recóndito.
  
ARDAITZ

Hasta que al fin, en las estribaciones meridionales del valle de Erro, a apenas 20 kilómetros hacia el norte de Lizoain, una soleada mañana de otoño de 2019, se me mostró como una revelación. En la protogótica portada de San Pedro de Ardaitz, que consta de tres arquivoltas baquetonadas y apuntadas, sin tímpano (signo de modernidad estilística), hay a cada lado capiteles corridos. En el de la izquierda unos arquillos trilobulados, un jinete y dos cabezas y en el de la derecha un águila atrapando a una liebre y otras dos cabezas. En esos capiteles se emplazaba, se emplaza, la cuarta pieza ignorada hasta ahora de la misma serie que sus hermanas mayores de Larrángoz, Lizoain y Redín. 

PORTADA DE SAN PEDRO DE ARDAITZ (ERRO)

PORTADA DE SAN BARTOLOMÉ DE LARRÁNGOZ


PORTADA DE SAN MIGUEL DE LIZOAIN

PORTADA DE SAN ANDRÉS DE REDÍN


Es cierto que, en su extrema modestia, quizás no pueda compararse su arte con la de las otras tres portadas. Es cierto que el caballero no cabalga hacia la izquierda, como sí que lo hacen sus otros tres compañeros. Es cierto que podríamos pensar que la ruda labra de ambas representaciones las convierte un poco en las Cenicientas del  grupo de águilas, liebres y caballeros. Pero lo más importante es que el parentesco iconográfico entre los cuatro pórticos es completamente innegable.

Quede claro, no obstante, que naturalmente la portada de Ardaitz ya estaba “descubierta”. Lleva más de setecientos años en pie, como para no estarlo... Ocurre que a pesar de haber sido descrita, tanto en el Catálogo Monumental como en la Gran Enciclopedia Navarra, ningún autor –que yo sepa- la había puesto aún en relación con las otras tres.

Ya veis que como os digo, el caballero marcha hacia la derecha, lo cual, si estuviéramos hablando de sigilografía, sería signo de modernidad, como ya expliqué en esta otra entrada de mi blog:


Pero no creo que en este caso concreto tenga eso nada que ver. Tampoco lleva escudo, y es difícil juzgar incluso a corta distancia si debió llevarlo originalmente. Parece tener una muesca, así que podría ser que sí lo llevara. Lo más que puede decirse de él, a juzgar por su perfil, es que era tan narizotas como el de Larrángoz.

Perfil del caballero de Ardaitz
En cuanto al águila, su aspecto “loriforme” (de loro) recuerda muchísimo a la que aparece en el sello del Concejo de Corella. Si la liebre no es igual de parecida, creo simplemente que es porque la forma que tiene el capitel no permitiría demasiadas florituras a un maestro de estilo tan arcaizante e incluso infantil como el que talló la portada de Ardaitz. 


Sello del Concejo de Corella, hacia 1307
Detalle del águila de la portada de Ardaitz
Pero desde luego no voy a menospreciar su trabajo, porque si me dieran un martillo, un cincel y un sillar, sé perfectamente que yo sería incapaz de hacerlo mejor que él. Al contrario, siempre le estaré agradecido por haber convertido este misterioso triángulo en caballeresco cuadrado que me permite seguir elucubrando sobre por qué alguien decidió, a principios del siglo XIV, repetir no ya tres, sino cuatro veces la misma portada en un territorio tan concreto.

Y, quien sabe, puede que alguna vez hasta aparezca una quinta portada  con su caballero, su águila y su liebre. Yo, desde luego, la voy a seguir buscando. Y os invito a hacer lo mismo, siguiendo esta auténtica ruta de caballeros andantes...


© MIKEL ZUZA VINIEGRA, 2019