lunes, 21 de diciembre de 2020

Cuento parisino de Navidad

Ciudad de París,  diciembre del año 1456

Más de seis meses ya desde que tuvo que exiliarse de Navarra, y el principe de Viana sigue sin lograr que su pariente, el rey de Francia, se digne a recibirle en su palacio del Louvre. Y las quejas que tiene que exponerle son tan perentorias...

Sí, ha de hablarle de cómo su padre, Juan II, retiene injustamente la corona de Navarra que sólo a él corresponde, como descendiente directo de Carlos III el Noble, rey que tanta nombradía logró precisamente en esta corte francesa. Gracias a él su nieto puede ahora guarecerse del frío, pues los reyes de Navarra siguen manteniendo su morada en pleno centro de la capital. Bien es cierto que sólo hasta el próximo mes de enero, pues las extenuadas arcas de Carlos de Viana ya no pueden hacerse cargo de los gastos de un edificio como aquel. 


A duras penas ha logrado pagar los últimos tributos, vendiendo lo poco que quedaba ya dentro del "Hôtel de Navarre": sillas, mesas, lechos y alacenas han ido saliendo por la puerta principal para no volver. Él mismo duerme con la cabeza apoyada en la silla de montar del único caballo que pace en el patio. El resto de muebles ha servido de combustible para la chimenea del salón, y está el palacio en verdad tan vacío, que Carlos piensa -mientras pasea por las distintas dependencias- que es la perfecta metáfora de su derrotada causa. 
 
Con tan infaustos pensamientos llega a lo que fue la capilla, donde no hay ya ni un candelabro, ni un cáliz, ni una mísera casulla que empeñar. Tan solo el fragmento de un pequeño retablo portátil, apoyado sobre el altar. "Esto es todo lo que ha quedado del tesoro de los reyes de Navarra", reflexiona cabizbajo. "No obstante, parece obra de calidad, quizás todavía puedan darme algo por él los usureros -perdón, quise decir comerciantes- del barrio".

Así que lo envuelve en un ajado terciopelo que saca de su alforja, y sale a la rue du Chaume a buscar las monedas que le permitan aguantar hasta final de año, cuando dicen que el rey de Francia recibe a todo el mundo. En la primera tienda le ofrecen tan poco que ni siquiera se digna en contestarles. En las tres siguientes la oferta es aún más baja, deben juzgar que, por el raído aspecto de sus ropas, aceptará cualquier cosa. El precio no sube en ninguna de las demás boutiques que atestan la calle y, agotado, duda sobre si merecerá la pena entrar en la última, cuyo escaparate repleto de objetos de oro y plata refulge tras el cristal. En el cartel campea muy bien pintado el nombre del dueño: monsieur Dupont. 

"Si en las tiendas menos opulentas han querido estafarme, ¿qué no querrán hacerme en esta, que es la más lujosa?" Y está ya a punto de regresar a su desvencijado palacio cuando se abre la puerta del comercio y un anciano cuya indumentaria refleja lo saneado de sus cuentas le pregunta: "¿Soís el príncipe de Navarra, no es cierto? He reconocido vuestro escudo... 

"Pues debéis ser el único en esta ciudad", responde el príncipe sacudiendo el polvoriento emblema que lleva bordado en su hopalanda.  "Os felicito, por vuestros conocimientos heráldicos,  pero si me lo permitís, tengo frío y quiero volver a mi morada."

"Pasad a mi tienda, Sire, tengo entendido que deseáis vender una pieza de vuestra colección..."

"Mi colección quedó en Olite, un palacio que haría palidecer de envidia a vuestro propio rey. Aquí no tengo más que esto, ¿creéis que podréis darme más del escudado y medio de oro que vuestros colegas de oficio me han ofrecido por él?" Y le enseña el fragmento de retablo que lleva consigo. La verdad es que a la luz del sol de invierno, aquella pequeña pieza flamenca brilla como el trigo en julio, y el pequeño pesebre y los ángeles que lo rodean parecen cobrar vida....  


"No me hace falta verlo, Sire, lo conozco muy bien."

"¿Y cómo puede ser eso, si l'hôtel de Navarre lleva tantos años cerrado? ¿Os han ofrecido acaso más piezas de este retablo?"

"No, y de haber sido así no las hubiera aceptado. Conozco ese retablo porque hace casi medio siglo, cuando yo sólo tenía 13 años, lo robé de una de las tiendas de esta misma calle. Pero no era demasiado hábil robando -eso lo he ido perfeccionando tras el mostrador de mi tienda- así que no tardaron en atraparme, y estaban ya a punto de cortarme la mano y de marcarme a fuego con la flor de lis de los ladrones, cuando afortunadamente vuestro abuelo, también llamado Carlos como vos, salió de su palacio y compadecido de mi situación, compró el retablo a cambio de que la enfurecida multitud me dejarse ir libre. Llevaba el mismo emblema que vos en su capa, por eso jamás lo he olvidado". 

"No me extraña lo que me contáis de él, que sé que mi abuelo fue un gran hombre, sí. Y no tengo duda de que se avergonzaría de mí si viese la ruinosa situación en la que se  halla ahora nuestra familia y nuestro reino. ¿Os interesa el retablo? Lo que me ofrezcais por él me parecerá bien."

"No debéis pensar así. Vuestro abuelo no tuvo que enfrentarse a su padre, como vos. Al contrario, tuvo la suerte de contar siempre con el apoyo y la admiración del suyo, y eso le hizo convertirse en el gran hombre que efectivamente fue. Él me dio una oportunidad, y con suerte, ahora  soy un gran marchante, que como os he dicho, quizás sólo sea la forma elegante de seguir siendo un ladrón. En cualquier caso me toca devolverle el favor: por supuesto no aceptaré vuestro retablo, quedároslo como recuerdo de la historia familiar que os he contado. Pero por Dios que voy a pagároslo como si os lo hubiera comprado y sobre todo como si lo hubiera tallado el propio Claus Sluter, que dicen que es el mejor escultor que ha habido en el mundo desde los griegos. Y no admitiré un no por respuesta. Admitidme vos un consejo: abandonad esta corte cuanto antes, nuestro rey es un inútil que dejó morir en la hoguera a la doncella Juana de Arco, que era quien le había conseguido el trono, ¿creéis que moverá ahora un dedo por un pariente caído en desgracia como vos? No, no lo hará. Buscad otros horizontes y apoyos para vuestra justa y legítima causa y algún día ceñiréis la corona de vuestro abuelo. Pero eso podrá esperar también un día. Porque hoy será noche de celebración en el l'hôtel de Navarre, y yo pagaré todo, tranquilizaos. Os prometo que la Navidad de este año será siempre recordada en París porque el fasto del príncipe de Navarra rivalizó con el del propio y mezquino rey de Francia."


"Pero un príncipe que se precie no puede aceptar limosna, monsieur Dupont, y no tengo para corresponderos salvo uno de mis leales de plata, la moneda cuya posesión conlleva la muerte si el bando de mi padre os encuentra con ella encima."


Leal de plata del Príncipe de Viana


Actual Hôtel de Clisson, justo enfrente de donde estuvo
el Hôtel de Navarre, que sería bastante parecido

"No creo que el brazo de vuestro padre llegue hasta París, don Carlos, pero aunque así fuese, me doy por más que bien pagado con vuestro leal de plata, aunque como he oído que no se os da mal la música, me gustaría también que en la celebración de Navidad de esta noche entonáseis alguna canción de vuestro reino, ¿podría ser?"

Y asegura la Crónica de Saint Denis del año 1456, que la Navidad se celebró con tal lujo ese año en l'hôtel de Navarre, sito en la rue du Chaume -actual rue des Archives, en el precioso barrio del Marais- que incluso muchos de los que asistían a la fiesta del rey Carlos VII en el Louvre, abandonaron su aburrida fiesta y cruzaron el Sena para participar de la celebración de los navarros y que aunque se oyeron versiones de "Tijuane en Bleu", "Seraphim de Zubigi" o "Barricade", lo que realmente cantó el príncipe de Viana, aquella noche con lagrimones corriéndole por las mejillas, pues sólo quería volver a su casa de Olite, fue:


Y desde entonces, dicen que a los que pasean por esa calle cogidicos del brazo, más aún si provienen de Navarra, toda suerte de bienes y felicidades se les conceden como por arte de magia...

FELIZ NAVIDAD - EGUBERRI ON!



© MIKEL ZUZA VINIEGRA, 2020
 


jueves, 27 de agosto de 2020

TÚ ERES PEDRO

Hay en la catedral de Pamplona un pequeño pero hermosísimo espacio que, a la imponente sombra del propio templo o del claustro, acaba por pasar invariablemente desapercibido a los visitantes que recorren las dependencias.



A la capilla de don Pedro de París, también conocida como de San Jesucristo, me estoy refiriendo. Una construcción de principios del siglo XIII, que sirvió muy probablemente de lugar de culto del palacio en el que vivió el rey Teobaldo I, y que después, sobre todo a partir de la época barroca, que tanto daño hizo al complejo medieval, fue quedando olvidada hasta el punto de acabar sirviendo durante siglos -y hasta hace muy poco tiempo- de almacén de todos los objetos litúrgicos, retablos, poleas y demás faramalla acumulada por el templo catedralicio durante centurias. Pero no deja de ser la arquitectura más antigua que allí se conserva, constando de una sola nave con dos tramos separados por un arco fajón apuntado, que ya anuncia la llegada del arte gótico.

Ese carácter recóndito y escondido invita no obstante a pensar que debió necesariamente acoger ceremonias y actos que no tenían cabida en las celebraciones oficiales de la seo pamplonesa, o que al menos no interesaba darles público realce. Al menos a mí desde luego que me hacía imaginarlas, quizás llevado por una de las glosas de Angel María Pascual que más me gustan: la del día 10 de septiembre de 1946, titulada precisamente "Don Pedro de París", cuyo párrafo final dice:

Hoy todo eso ha desaparecido. La arquitectura vuelve a ser noble y, al fondo, la capilla lejana y silenciosa de don Pedro de París es como una estrofa más vetusta y fuerte en el poema de piedra de la catedral. Han desaparecido las estrofas que ornarían las paredes, las lámparas, el retablo de esmaltes. Por una puerta entraría el obispo con la mente sumida en Teologías; por la otra, el rey Sancho el Sabio con las preocupaciones del gobierno. Y estas bóvedas permanecen. Y por la ventanilla de la tarde entra como entonces el canto de los pájaros.

 Desde que afortunadamente las dependencias volvieron a abrirse, y aunque soy yo poco partidario de la exposición "Occidens", al menos de cómo está concebida, y no deje yo de añorar el antiguo Museo Diocesano, son muchas las veces que he ido a disfrutar de esta verdadera cápsula del tiempo que es la capilla de San Jesucristo. Sentado en aquella mínima y calmada geografía protogótica, arrullado quizás por la música gregoriana  que a todas horas la envuelve, imaginé algunos acontecimientos que pudieron tener lugar allí, sobre todo los relacionados con una hipotética presencia del hoy llamado "Retablo de Aralar" que me sigue pareciendo -a mí, a Manuel Sagastibelza que es el que más sabe de este asunto, desde luego que no- concebido precisamente para este sagrado espacio.

Pero he de confesar que jamás reparé en los signos grabados en el altar que preside el conjunto, hasta que los vi reproducidos en el muro de FB de la Asociación Astrolabio Románico. Y uno de ellos es precisamente el que ha venido a confirmar que mis desvaríos e imaginaciones sobre este pequeño santuario ojival de piedra podrían tener cierta base...



Posible retrato de Benedicto XIII
Porque quienes alguna vez, luchando a brazo partido con el insomnio, hayáis acabado por caer en este blog mío, quizás sabréis de mi especial predilección por la figura de don Pedro de Luna, un clérigo aragonés que llegó a ser papa, aunque los intrusos pontífices romanos sigan todavía hoy sin reconocerle como tal.

Pero sí, claro que sí: Pedro de Luna fue papa -en la obediencia de Aviñón- entre 1394 y 1423, y reinó bajo el nombre de Benedicto XIII. Repetir todas sus glorias y desventuras sería reiterativo, así que para los interesados e interesadas, mejor os dejo el enlace a esta otra entrada que le dediqué:

EN SUS TRECE 

Sí que puedo reseñar su estrecha relación con Navarra, y cómo fue él el encargado de coronar en la catedral de Pamplona al rey Carlos III el Noble, el día 6 de febrero de 1390, después de conseguir que el reino reconociera la autoridad del papa aviñonés Clemente VII. Como he dicho, apenas cuatro años después fue el propio Pedro de Luna quien llegó a ser sumo pontífice, y desde entonces bregó lo indecible para mantener bajo su obediencia a los distintos reinos que inicialmente le reconocieron como tal. Hasta que en 1415, todos ellos salvo su natal Aragón, le dieron definitivamente la espalda.


Clave de bóveda con el escudo del Cardenal Zalba
También Navarra, incapaz de soportar la presión de la corte francesa. De tal forma que Carlos III abandonó a su viejo amigo y envió legados a la ciudad suiza de Constanza, donde el Concilio Universal se había reúnido para elegir a un único papa: Martín V. Y bien amargamente pudo decir el papa Luna a su antiguo amigo Carlos lo que el profeta en las Sagradas Escrituras: "A mí, que te hice rey, me envías al desierto..." Aunque no fue esa la única relación de Pedro de Luna con Navarra, porque bajo su mandato se colocó la primera piedra  de la nueva catedral gótica de Pamplona, ya que la románica se había hundido en julio de 1390, y porque dos de sus mayores defensores y partidarios fueron Martín y Miguel de Zalba, tío y sobrino, los dos obispos de Pamplona y que alcanzaron la categoría de cardenales después. Y no ha habido tantos cardenales navarros en la historia desde entonces, porque pueden contarse con los dedos de las dos manos y sobran dedos. Cuando ellos murieron, el obispado de Pamplona quedó vacante y pasó a ser administrado por Lancelot, el hijo bastardo de Carlos III, bajo cuyo gobierno la diócesis sustrajo su obediencia a los papas de Aviñón y reconoció ya para siempre a los de Roma.





Escudo de Lancelot de Navarra

Por eso descubrir que en el citado altar de la capilla de San Jesucristo, entre los varios símbolos grabados sobre el ara aparecía este esquemático escudo -ni tiempo ni ganas debieron tener para grabar además la tiara y las llaves de San Pedro- me hizo recordar aquellos otros que todavía pueden verse en determinados lugares, y también los tiempos en que ostentarlo conllevaba pena de excomunión e incluso de muerte, pues Roma persiguió con saña a Benedicto y a sus cada vez más menguados partidarios, refugiados todos ellos en Peñíscola, hasta que la corte papal quedó reducida a un séquito de no más de doce personas. El mismo número de los apóstoles que siguieron a Cristo...




Posible escudo del papa proscrito Benedicto XIII 
en el altar de la capilla de San Jesucristo
 de la catedral de Pamplona

Escudo del Papa Luna en el castillo de Peñíscola


Lo cual no quiere decir que no quedasen núcleos dispersos de obediencia al papa Luna, y creo que esas armas grabadas en el altar de una capilla recóndita en la catedral cabeza del reino de Navarra, podrían indicar la existencia de uno de ellos.  Imaginad: Lancelot, que nunca llegó a ser obispo -precisamente porque Benedicto XIII le  negó tal reconocimiento, quizás no viendo en él cualidad eclesiástica alguna, gobierna con mano de hierro en nombre del papa romano Martín V, que a cambio le otorga  el título honorífico de Patriarca de Alejandría. Todas las misas y festividades litúrgicas se celebran en los altares principales de la catedral invocando a Roma.

Mientras tanto, miembros del Cabildo -casi todos ellos nombrados bajo la obediencia aviñonesa al fin y al cabo- prefiriendo jugarse la vida terrenal a la eterna, celebran misa en uno de los lugares más ocultos de la catedral en nombre de quienes ellos -y yo- consideran que es el verdadero papa: Benedicto XIII que muere, abandonado por todos, excepto por uno de sus últimos cuatro cardenales: Jean Carrier, que se empeña en continuar la línea papal correcta nombrando él mismo un nuevo pontífice, llamado también Benedicto, y que sólo reconoceran en un área muy remota de los Pirineos franceses, hasta que los crueles inquisidores enviados por Martín V acaben con los últimos seguidores de Aviñón, que se reconocían los unos a los otros porque grababan en las  puertas de sus escondidísimos y apartados lugares de culto la media luna heráldica de Pedro de Luna...

Así que la próxima vez que entre en la capilla de San Jesucristo, recordaré al verdadero papa igual que quien grabó su símbolo en el altar, mientras repito las palabras del Evangelio:

Tu es Petrus
Et super hanc petram ædificabo ecclesiam meam
Et portæ inferi non prævalebunt adversus eam.
Et tibi dabo claves regni cælorum...


Tú eres Pedro,
Y sobre esta piedra  edificaré mi Iglesia.
Y las puertas del Infierno no prevalecerán frente a ella.
Y te daré las llaves del Reino de los Cielos... 




 © MIKEL ZUZA VINIEGRA, 2020




jueves, 30 de abril de 2020

LA BIBLIOTECA PERDIDA DE LOS REYES DE NAVARRA


Muchas veces me he imaginado como hubiera podido ser la biblioteca de los Reyes de Navarra, si se hubiese podido mantener integra y a salvo en un lugar único. Y más veces todavía me he imaginado paseando por ella y abriendo tomos al azar. Así que si os place, os invito a una visita guiada ahora mismo.

Dejando de lado casi todos los libros de temática religiosa, que por la documentación conocemos que fueron de uso frecuente y estuvieron muchos de ellos también maravillosamente iluminados, aquellos que voy a citar son únicamente los que tenemos la seguridad que poseyeron los monarcas y sus familiares hasta la mitad del siglo XV, justo hasta que la guerra civil entre Juan II y su hijo Carlos de Viana provocó la decadencia del patrimonio regio

Para ello voy a apoyarme en la obra del gran archivero don José Goñi Gaztambide titulada: "Libros, bibliotecas y escritores medievales", que recogió casi todas las menciones de libros que aparecen en los registros de comptos.

Desafortunadamente dichas menciones no eran demasiado exhaustivas (al escribano no le importaban normalmente cómo se titulaban los libros de los que hablaba),  pero a veces sí que daba el título o exponía el tema del volumen, y eso es lo que me permitirá ahora, como os digo, reconstruir la biblioteca que pudieron haber llegado a acumular los reyes de Navarra.

Nos situaremos pues hacia 1440 en la corte del príncipe de Viana, el último de los soberanos navarros que vivió en la paz del palacio de Olite, la misma paz que permite dedicarse al cultivo de la lectura y la escritura. Era el heredero no sólo del reino de Navarra, sino también de todas las posesiones que sus antepasados le hubiesen legado, entre ellas los libros, entendidos en aquel entonces como otro tesoro más que añadir a las joyas, muebles u obras de arte que les rodeaban. Y realmente obras de arte de lo más suntuosas eran todos aquellos volúmenes.

Como os digo, pasaré por alto las perdidas anteriores que evidentemente se dieron en el patrimonio bibliográfico de Navarra antes de esa fecha de 1440, e imaginaré que los reyes de las distintas dinastías que se sucedieron en el trono -especialmente a partir del siglo XII, época dorada, nunca mejor dicho, de la miniatura medieval- se preocuparon por mantener unida tan espectacular biblioteca.

Así, el primer ejemplar destacado sería el conocido como Beato de Pamplona, un comentario del Apocalipsis de mediados del siglo XII, que probablemente perteneció a Sancho VI el Sabio, y que se guardó en la catedral de Pamplona hasta mediados del siglo XIX. Está encuadernado con un documento perteneciente a Carlos III el Noble, por eso podemos pensar que también le perteneció a él. Ahora se guarda en la Biblioteca Nacional de Francia.

Mapamundi del Beato de Pamplona



Vendrían luego las dos Biblias encargadas por Sancho el Fuerte hacia 1198 a su canciller Ferrando Periz de Funes. Son tan impresionantes que su mayor estudioso -F. Bucher- dijo que sin duda representan el ciclo bíblico más valioso de toda la Edad Media. Ahora se conservan una en la Biblioteca Pública de Amiens, y otra en la del castillo alemán de Harburg.




En 1234 sucedieron a la dinastía pirenáica originaria de los Sanchos y los Garcías unos nuevos soberanos procedentes del condado de Champaña. El primero de ellos fue Teobaldo el Trovador. Con ese nombre, es evidente que le gustaron mucho los libros, y pasando por alto los que suponemos que traería a Navarra desde su tierra natal, sí que podemos imaginar que el manuscrito original de sus canciones pudo llegar a guardarse, quizás, en Tiebas. En la actualidad no se conserva, y sólo se guardan en varias bibliotecas de todo el mundo copias preciosamente iluminadas ya desde el propio siglo XIII, pues no en vano fue tan buen poeta que hasta el mismo Dante Alighieri elogió su arte.


Hacia 1278 escribió su libro sobre La Guerra de la Navarrería el soldado poeta Guillem de Anelier. El príncipe de Viana, en su Crónica de los Reyes de Navarra (año 1453), nos dice que utilizó una copia que pertenecía a la Cámara de Comptos, que es como decir que formaba parte del patrimonio regio. Ahora se conserva en la biblioteca de la Real Academia de la Historia.



Pasando ya al siglo XIV, en 1350 alcanzó el trono Carlos II, segundo representante de la dinastía de Evreux, una dinastía tan emparentada con la monarquía francesa, que realmente debieron ser ellos quienes reinasen en el país vecino. A fe que Carlos II lo intentó, pero entre hazañas y desventuras variadas, también encontró tiempo para la lectura, pues no en vano los Evreux fueron educados en el ambiénte bibliófilo más suntuoso del momento, y poseyeron verdaderas joyas manuscritas.


Por ejemplo, su poder y prestigio le hizo patrocinar a autores tan famosos como Guillem de Machaut, el mejor poeta y músico de su época. A Carlos dedicó, por esas mismas fechas de inicios de su reinado, una larga composición titulada "Le jugement du roi de Navarre" (El juicio del rey de Navarra). Y más tarde, cuando en 1356 el rey fue apresado por el rey de Francia, otro denominado "Le confort d'Ami" (Consuelo para el amigo), que sin duda debió aliviarle el aburrimiento de su prisión en las mazmorras del castillo de Harfleur. Evidentemente, a su protector regalaría Guillem los manuscritos originales, que desafortunadamente hoy no se conservan. Esos serían los que se guardasen hoy en día en Navarra, de haber tenido suerte. Sí que hay copias en muchas bibliotecas europeas y norteamericanas. 

Guillem de Machaut conversa con Carlos II de Navarra
prisionero en el castillo de Harfleur

Mientras Carlos II estaba en Francia, dejò como gobernador de Navarra a su hermano menor, el infante Luis de Beaumont, que acabaría conquistando Albania.  Como a toda su familia, a él también le gustaban los libros, así que en agosto de 1361, al ordenar que se inventariasen los bienes del antiguo recibidor (recaudador) de Estella, Lucas Lefevre, que habían sido secuestrados, desdeñó todos los libros religiosos y se quedó para él con una "Historia de Alexandre", una saga de mucho éxito en la Edad Media que narraba de forma fantástica los supuestos hechos de Alejandro Magno en Asia. Hay centenares de copias diseminadas por todas las bibliotecas del mundo. Os pongo una página que muestra cómo Alejandro no fue concebido por el rey Filipo de Macedonia, sino por el rey hechicero Nectanebo de Egipto, que se disfrazó de dragón para acostarse con la reina Olimpia. ¿Cómo no iban a entretenerse con semejantes giros de guión?:


A partir de su regreso definitivo a Navarra, Carlos II comenzó a preocuparse por la educación de su sucesor, así que sabemos que en 1365 adquirió el "De regimine principum" (Educación para Príncipes), compuesto por el monje agustino Egidio Romano. Fue el libro más empleado por los soberanos del siglo XIV para instruir a su descendencia, no en vano había sido compuesto originalmente para Felipe IV el Hermoso de Francia, casado con Juana I de Navarra. Os muestro la portada de una de las copias custodiadas en la Biblioteca Nacional de Francia.


Siendo educado con tanto esmero, Carlos III el Noble mostró siempre un gusto excelente por los libros, sobre todo por los de tema caballeresco. Así, en enero de 1392 pagó al rabino de los judíos de Tudela para que le encuadernase el "Roman de Lancelot", que había prestado a su hermano de padre, el bastardo Leonel, "para que aprendiese a leer". Las aventuras del Rey Arturo y de sus caballeros fueron sin duda -incluso podría decirse que lo siguen siendo, en la medida que son las que mayor interés mantienen todavía incluso en nuestra época- las preferidas de todos los lectores (nobles sobre todo) de aquel tiempo, que a la medida de sus posibilidades y sobre todo de sus personalidades, intentaron replicarlas en la vida real. Desde luego Carlos III logró llevar su pasión literaria al extremo de diseñar sus residencias y palacios atendiendo a las referencias que aparecían en sus libros favoritos (por ejemplo la torre de la Joyosa Guarda de Olite, que es un homenaje nada encubierto al citado Roman de Lancelot). No se conserva ese libro en Navarra, pero dada la multitud de copias en otras bibliotecas, podemos pensar que la copia perteneciente a Carlos sería igual de lujosa e iluminada que aquellas. Tanto como para que un niño como Leonel se interesase por tan atractivas ilustraciones y aprendiese a leer.


En 1397 murió la hermana de Carlos II, Agnes de Foix, de la que os hablé hace muy poco. Ella también fue poeta, y se guardan varias de sus composiciones, que hubieran formado parte sin duda de de esta Biblioteca Real de Navarra. En su testamento habla de varios libros que poseía, la mayoría religiosos -todos decorados con las armas de Navarra y Evreux- pero también cita un "Breviario de amores" (ella, que sufrió tanto en ese campo) y un "Roman de Merlín", otro de esos auténticos best sellers medievales, que además de entretener y hacer volar la imaginación, tenían en este caso concreto un componente "mágico", porque el libro contenía unas supuestas profecías hechas por el mago que permitían conocer el futuro ¡Ahí es nada! Como tampoco se conserva, os pongo una página escogida entre las muchísimas copias guardadas: justo aquella que muestra como Merlín fue concebido por un demonio. ¡Caramba!


En 1398 murió otra de las hermanas de Carlos II: Blanca de Navarra, reina viuda de Francia durante casi 50 años. Famosa por su inteligencia, su testamento cita pormenorizadamente un buen número de libros. Los dos más importantes fueron legados a su sobrino Carlos III: El Breviario de San Luis (aquel que un angel le trajo del cielo cuando el rey estuvo preso en Egipto, asegura el testamento). Ese libro debió ser la joya de la Corona -nunca mejor dicho- de la Biblioteca Real, pues Blanca ordenaba a Carlos que "jamás saliera de la familia real de Navarra", cosa que se cumplió escrupulosamente hasta su nieto, el príncipe de Viana, que incluso se lo dejó olvidado en Sicilia, e hizo a un servidor volver exprofeso a por él desde Barcelona, y que sólo se perdió definitivamente tras la muerte de aquél en dicha ciudad en 1461, última mención conocida de tan preciado breviario. Como no se sabe cual es, y se conservan unos cuantos de San Luis, que luego fueron usados como reliquia (de ahí su tremendo valor) pongo la imagen de uno de los más bellos, que se guarda en la Biblioteca Nacional de Francia.



El otro libro que legó Blanca  a su sobrino Carlos fue Las Grandes Crónicas de Francia. Teniendo en cuenta que ella había sido reina de aquel país, es de suponer que la copia de la que dispondría habría salido de los mejores talleres de iluminación de París, así que escojo una página de una de las más fabulosas copias de las Crónicas que se conservan en la ya muy citada Biblioteca Nacional de Francia, para que podáis haceros una idea.


Hacia 1400 llegó también a Navarra el único libro de esta imaginaria pero real biblioteca que seguimos conservando entre nuestras mugas: "El ceremonial de la coronación, unción y exequias de los reyes de Inglaterra", que Carlos III adquiriría para replicar la etiqueta inglesa en la corte de Navarra. Por fortuna, como os digo, se guarda en el Archivo Real de Navarra.


En una de las cuatro largas estancias que el rey hizo en París -la capital del lujo literario a principios del siglo XV- adquirió un Libro de Horas que hoy se conserva en el Cleveland Museum de Ohio (EEUU). Sus miniaturas son una maravilla, y cada página viene ornada por las armas de Navarra Evreux. No hay duda de que, dados sus gustos, que muchas veces no podían ser respaldados por las posibilidades económicas del reino, adquiriría muchos más libros, de los que no queda constancia documental, aunque yo tenga la sospecha de alguno de los títulos que seguro debió tener y que se perdieron más tarde.




Y llegamos por fin al propio príncipe de Viana, que podemos estar seguros de que heredó al menos todos los libros que había ido reuniendo su abuelo Carlos III el Noble, y que por su acendrada bibliofilia, fue aumentando mientras las circunstancias se lo permitieron. Como decía antes, cuando murió en 1461 en el exilio barcelonés, se hizo un inventario de sus bienes con el fin de subastarlos y poder así enjugar sus cuantiosas deudas. Con su biblioteca hicieron lo mismo. Contaba con unos 120 ejemplares, lo que para su época no está nada mal, más aun teniendo en cuenta que al salir de Navarra no habría llevado consigo más que los más apreciados, a los que fue sumando muchos más durante su periplo mediterráneo por Napoles, Sicilia y Cataluña.

No daré la lista de todos los ejemplares, porque ya ha sido suficientemente publicada, pero sí que mostraré los cuatro libros que aún se conservan y que sabemos -sin lugar a dudas- que le pertenecieron, porque llevan sus armas bien a la vista en sus portadas. En mi ensayo "Príncipe de Viana: el hombre que pudo reinar", ya me lamenté de qué nivel hubiese podido alcanzar la Biblioteca de los Reyes de Navarra si Carlos de Viana se hubiese tenido que preocupar sólamente por aumentar su colección. Basta con imaginar cómo hubieran podido ser todos los libros si sus portadas fueran iguales a estas cuatro que se conservan: con todas las divisas de los monarcas navarros punteando las preciosas decoraciones (el triple lazo, el  lebrel blanco, las hojas de castaña, el lema Bonefoy...).

El primero se titula: "Epístolas de Falaris", y se conserva en la Biblioteca Nacional de Francia:


El segundo forma ahora parte del mismo volumen, y se titula "Cartas de Crates":


El tercero, y más importante y lujoso, es la traducción que el propio Carlos de Viana hizo de las Éticas de Aristóteles, para intentar sorprender a su tío, Alfonso V el Magnánimo de Aragón, que fue el mayor bibliófilo de su tiempo, y desde luego que el libro es impresionantemente bello. Se guarda en la British Library de Londres:


El cuarto y último (de más de 120, ¡ay!) de los identificados hasta ahora, se titula "Las cien Baladas" y también hace muy poco que os hablé de él en un artículo para Diario de Noticias: "El príncipe de Viana, bibliófilo" Se guarda en el Museo Condé de Chantilly (Francia):


Los cuatro fueron compuestos por varios artistas, siendo los principales el iluminador Guillem Hugoniet y el calígrafo Gabriel Altadell. Este último tiene también el honor de ser el primer bibliotecario de nombre conocido al servicio de un rey de Navarra o de cualquier otro navarro, aunque tuviera que servirle en el exilio, pues firma como "principis librario" (Bibliotecario del príncipe) en el colofón de las Éticas. Así que a él y a su memoria deberíamos encomendarnos todos los bibliotecarios y bibliotecarias de Navarra en tiempos de tribulación...

Y envidio vivamente a Guillem y Gabriel que estuvieran rodeados de tantos volumenes y tomos maravillosos. Lo que ya no les envidio tanto es el escaso sueldo -si es que alguna vez llegaron a cobrarlo, claro- mientras estuvieron al servicio de Carlos, que siempre tuvo mejor gusto que cartera para llevar a cabo su propósito de crear a su alrededor una corte literaria. Si queréis saber cómo sería una biblioteca/estudio de su tiempo, no hace falta imaginarse gran cosa, en esta evocadora miniatura puede apreciarse casi hasta el silencio y la tranquilidad necesarias para cualquier actividad intelectual:


Y en Navarra estoy seguro de que Carlos sí lo hubiese podido lograr, pero la guerra provocada por su padre, el usurpador Juan II, se llevó por delante todos los proyectos y al propio reino independiente, pocos años más tarde. Y de haber sido así -y pudo ser así perfectamente-, ahora conservaríamos en Navarra una de las Bibliotecas medievales más hermosas del mundo, porque aunque lo primero que arrasa la guerra es la vida de las personas, lo segundo es su Cultura, que es lo que al fin y al cabo nos permite distinguirnos de las piedras o de los alcornoques (aunque éstos por lo menos proporcionan corcho, y no ocurrencias, como suele acontecer con los de la especie humana).

De todas maneras, y aunque reconozco que no es nada fácil competir con un libro que un ángel bajó del cielo para consolar a un rey santo en su prisión de Egipto, creo firmemente que el volumen más importante de los custodiados en la biblioteca de Carlos de Viana era sin duda alguna la Crónica de los Reyes de Navarra que el mismo escribió. No la mutilada, de sólo tres partes que aún conservamos, sino la que originalmente él dividió en cuatro apartados, siendo el último aquél en el que contaba de primera mano las discordias y guerras contra su padre. Un libro lo suficientemente peligroso como para morir  por él (si los partidarios de su padre, vencedores al fin y al cabo de la guerra, te encontraban con él encima era garantía de muerte segura, motivo más probable de que esa cuarta parte haya "desaparecido" misteriosamente), y que yo he querido imaginarme que hubiera ido iluminado tan bellamente como estas otras Crónicas de Froissart conservadas en la Biblioteca Nacional de Francia:


Pero lo cierto es que tampoco acabó todo con el príncipe de Viana, porque siempre me gusta recordar el texto del cronista Ramirez De Avalos, que describió así al último de nuestros reyes, Juan III de Labrit:

"Y fue hombre leído, e filósofo natural, e tuvo una muy singular biblioteca. Estimaba mucho a los hombres de linaje, tanto que procuró saber todos los blasones del reino".

Así que el rey de Navarra seguía teniendo allá por 1500 una "muy singular biblioteca", que no hay forma de saber por cuantos ejemplares de los adquiridos por sus antecesores en el trono estaría formada. Dada la destrucción provocada por la guerra de 50 años entre agramonteses y beaumonteses, estimo que muy pocos, a pesar de esa mención a los gustos heráldicos navarros de Juan de Labrit (afición compartida por Carlos III y Carlos de Viana, cuyos heraldos disponían de muchos libros de este tipo), que le harían poseer también varios armoriales y recopilaciones de escudos. No es ocioso recordar que el Libro de Armería original del Reino, desapareció tras la conquista castellana. Desapareció quiere decir que fue robado por un jurista castellano,  y nunca más se volvió a saber de él. Por eso el que ahora se conserva data del año 1571. Os pongo una página del Armorial Bergshamer, que se conserva en la Biblioteca Nacional de Suecia, en la que Navarra aparece estupendamente acompañada por naciones tan acrisoladas como Escocia, Portugal o Aragón.


Tampoco es cuestión de terminar de hablar de esta Biblioteca soñada -pero basada en hechos reales, como las películas de mayor éxito- sin recordar que la última reina propietaria, Catalina I de Foix, fue la que trajo a Navarra al primer impresor que hubo por estos pagos: Arnalt Guillen de Brocar, uno de los mejores y más hábiles en su oficio. Sin el terremoto que supuso el año 1512, quizás muchos de estos impresionantes manuscritos de los que os he hablado hubieran podido también convertirse en incunables famosos, que hoy atraerían a Navarra a estudiosos de todo el mundo,  y la Biblioteca de los Reyes de Navarra no se hubiera perdido jamás.

Marca de imprenta de Arnao Guillem de Brocar
De hecho, no se ha perdido: subsistirá mientras nos acordemos de ella, aunque no podamos ojear ya las páginas de sus libros, ni leerlos a la sombra de la morera del palacio de Olite, mientras resuena por sus doradas galerías un virolay de Guillem de Machaut...




© MIKEL ZUZA VINIEGRA, 2020












jueves, 16 de abril de 2020

JUSTICIA POÉTICA II

Conviene leer antes: Justicia Poética I , pero por si no apetece, resumiré la historia diciendo que la princesa Agnes de Navarra, educada en la corte literaria de su madre y poetisa ella misma, fue casada a los 16 años con Gastón de Bearn, el noble más poderoso del sur de Francia, obsesionado únicamente con la caza y la guerra. La disparidad evidente de caracteres conllevó una vida prácticamente separada, hasta que al nacer un heredero legítimo en 1362, su marido la repudió y la obligó a refugiarse en la corte de su hermano, el rey Carlos II de Navarra. Hasta 1375, madre e hijo no pudieron volver a encontrarse...



Vino el joven Gastón a la corte de Navarra, efectivamente, en 1375. Durante unos pocos meses pudo Agnes conocer a su hijo al fin, y éste pudo reconocer también a la mujer de la que recibía cartas proscritas desde el otro lado de los Pirineos. Y no sólo pudieron conocerse, sino que sobre todo se reconocieron ambos, pues era su carácter muy parecido. Siempre tuvo miedo la exiliada en Pamplona de que su hijo, al que arrebataron de sus brazos con apenas tres meses, durante los que le cantó todas las noches una nana compuesta por ella misma, creciera y fuese educado para ser una mera réplica de su belicoso padre. Pero no: el joven Gastón era sensible, refinado, elegante y sobre todo amaba la poesía tanto como ella. Era a su bastardo Yvain a quien el señor del Bearne había convertido en su duplicado: pendenciero, violento, obsesionado por la caza. Maldito Yvain…


 El joven Gastón volvió tres años después a Pamplona en viaje de recién casados. Quería presentar a su madre a su esposa. Agnes le regaló entonces varios objetos -entre los pocos y pequeños que había podido salvar de su propio expolio- pertenecientes a sus antepasados navarros, para que no olvidase nunca que provenía de una estirpe de reyes: dos relicarios, uno de la Vera Cruz y otro de la Virgen, y dos libros de horas con las armas de Navarra.

A Agnes le gusta recordar a su hijo así, contento por conocer las historias de sus antepasados. Ya no lo vería nunca más. Se cruzaron cartas, claro, pero ya no volvieron a verse jamás. Lo demás duele demasiado todavía al recordarlo. En 1380, los nobles bearneses, descontentos con el despótico gobierno de Gastón tramaron un complot contra él. Una maquinación en la que el hijo del tirano, el joven Gastón, estaba llamado a jugar un papel esencial. Porque su tío, el rey Carlos II de Navarra, siempre amigo de todas las intrigas, le había entregado en aquella última visita a Pamplona una bolsa de cuero llena de un misterioso preparado: “el veneno más infalible de todos”, según sus propias palabras. Gastón sólo tendría que echar una pequeña cantidad en la comida de su padre, para que el Demonio lo acogiera de una vez en el Infierno, que es el único lugar destinado a quienes se atreven a desafiar a la dinastía de Evreux.

Pero Agnes no sabía nada de todo aquello, lo jura y lo repite a todo aquel que quiere escucharla. Lo hizo entonces, cuando ya demasiado tarde se enteró de todo, y lo sigue haciendo ahora, trece años después, cuando no es más que la vieja y loca tía Agnes, acogida por pena en la corte de su sobrino Carlos III de Navarra. Lo que sí sabe es que el Demonio, en lugar de abrir las puertas del Infierno para el viejo Gastón, se las abrió de lleno a Gastón el joven, porque la bolsa con el veneno acabó –nadie sabe cómo- en manos del bastardo y favorito Yvain, que raudo corrió a denunciar a su medio hermano a su padre.


El tirano persiguió y torturó a todos los posibles implicados, y a su hijo legítimo lo encerró en la torre más alta del castillo. Allí, el pobre hijo de Agnes se negó durante días y días a probar bocado, temeroso él mismo de ser envenenado. Su padre perdió la paciencia e intentó obligarle a comer, llevándole él mismo un trozo de venado a la boca. La carne iba clavada en la punta de una afilada daga, pero el joven Gastón se resistía a obedecer, se removía aterrado entre los crispados brazos de su padre hasta que… Hasta que el puñal fue a clavarse con fuerza en el cuello del prisionero, el único lugar donde no puede aplicarse un torniquete. El hijo de Agnes murió desangrado en pocos minutos.

A Pamplona tardó en llegar la funesta nueva unos días, pero de que el triste mensajero había cumplido su cometido se enteraron todos los habitantes, porque cuentan que los gritos de desesperación de Agnes se oyeron por toda la ciudad. Desde aquel momento dicen también que la cabeza de Agnes ya no volvió a funcionar del todo bien, que únicamente repetía que su hijo vendría cualquier día a visitarla, y que entonces le cantaría aquella vieja nana que le compuso cuando era un niño…

Los años fueron pasando, en 1387 murió Carlos II de Navarra, y en 1391 Gastón de Bearne, el asesino de su propio hijo. Parece que intentó hasta el último momento que le heredara su favorito Yvain, pero un lejano pariente de la rama legítima de los Foix: Mateo de Castelbon, fue quien, apoyado por el dinero navarro, consiguió hacerse finalmente con el gobierno del Bearne. Hasta se logró entonces una indemnización por lo que se había hecho sufrir a Agnes. Aunque ella, naturalmente, no vio una sola moneda, pues la compensación fue íntegramente al tesoro navarro. Tampoco le importó demasiado. Todos pensaron que porque estaba loca, como se suele juzgar a quienes no otorgan en su vida la importancia mayor al dinero. No, lo que ocurría es que lo único que importaba a Agnes desde la muerte de su hijo es que aquel maldito delator, el bastardo Yvain, seguía vivo en alguna parte. Ella había sobrevivido a todos los protagonistas del drama, menos a aquel bastardo.

Era vieja, sí, cada vez con menos contactos en Francia, pero sí que contaba con uno ciertamente importante: su hermana Blanca, la afortunada reina viuda de Francia desde hacía casi cincuenta años. Si alguien podía enterarse de dónde andaba Yvain de Foix era ella…
Y se enteró. Vaya que si se enteró. Y se lo hizo saber a su hermana Agnes: el bastardo había conseguido introducirse en la corte del joven rey Carlos VI, con quien compartía todo tipo de diversiones y borracheras, organizando fiestas continuas que duraban días enteros y escandalizaban a toda la ciudad de París.

Blanca de Navarra, reina  viuda de Francia,
en una vidriera de la catedral de Evreux.
Siglo XIV
Agnes no está loca. No lo ha estado nunca. Le sobra cabeza para organizar una última intriga, arte que han dominado todos los miembros de la dinastía de Evreux. Ella no será menos. Envía una carta a Blanca:

-¿Hermana, sigues viviendo en aquel palacio cercano a les Gobelins? Ya sabes: aquel que tiene a su izquierda el arsenal de la Estrella y a su derecha el pequeño palacio del mariscal des Ursins.

Y Blanca, a la vuelta de quince días contesta que sí, que allí vive desde hace décadas. Nuevo mensaje de Agnes:

“Por el cariño que como hermanas nos tenemos, y por todo el dolor que hemos sufrido al anteponer la razón de Estado a nuestra propia felicidad, obligadas a casarnos con hombres maltratadores cuando no directamente asesinos, tú mejor que nadie puedes comprenderme, Blanca. Y mi venganza ya no puede cobrarse más que en la piel del maldito Yvain. Organiza en tu palacio una fiesta para su grupo de diletantes, que sea dentro de dos meses. El tiempo justo para que yo pueda aleccionar –y sobre todo pagar-  a quien pueda llevarla a cabo en mi nombre. Te mantendré informada…”

La fiesta se confirma, efectivamente, para finales de enero de 1393, en el palacio de la reina Blanca, cerca des Gobelins. Mientras tanto, Agnes, que nunca ha estado loca, sabe a quién encargar su desquite:  Pons de Orendain, el fiel capitán de la guardia real, sin oficio desde la muerte de Carlos II. Él tiene además edad para acordarse de todas las sevicias sufridas por Agnes a manos de los Foix, y está plenamente dispuesto a hacérselo pagar al culpable. Aun así, el agradecimiento debido se expresa comprando para la familia del guerrero el palacio cabo de armería de su pueblo. 


Relieve en la ventana del vestíbulo de la actual sala de investigadores del Archivo Real de Navarra,
antiguo Palacio Real de la Navarrería de Pamplona

-Mira y escucha, Pons: tú no conoces París, pero te dibujaré aquí con tiza, en el muro junto a la ventana de mi pequeña habitación en el palacio real de Pamplona, los tres hitos que deberán guiarte: el arsenal de L’etoile (así llamado por tener forma de estrella), el gran palacio de mi hermana, la reina Blanca, con sus fortísimas torres redondas en sus cuatro esquinas, que marcaremos con una "P" y el petit palais del mariscal des Ursins, con sus cuatro torrecillas circulares, que marcaremos con una doble "P P". Repítetelos a ti mismo hasta aprendértelos, hasta que en tu cabeza no haya duda alguna de que sólo tendrás que entrar en el palacio de mi hermana, que tiene a su izquierda el arsenal y a su derecha el pequeño palacio del mariscal. Los servidores de mi hermana te estarán esperando y te proporcionarán todo lo necesario, que no será ninguna espada de oro ni un puñal de plata, te lo garantizo. No tendrás que luchar con nadie, bastante has batallado tú también por Navarra. Esta será nuestra última misión: la tuya y la mía.






Pons partió hace un mes ya. Y Agnes espera, tan solo espera a que llegue el mensajero con la noticia anhelada.  El 1 de febrero las tablas del puente levadizo del palacio tiemblan bajo los cascos del caballo del correo que desde París galopa para informar a su majestad Carlos III de Navarra de lo acontecido en el palacio de su tía la reina Blanca hace apenas tres días. Pero nunca contará las cosas como realmente fueron, como sólo Agnes y Blanca de Navarra saben que ocurrieron.

Fue precisamente Blanca, siempre tan ocurrente, la que precisamente dio la idea a los jóvenes nobles de que se vistieran de hombres salvajes. Las damas compitieron por coser sobre las ropas de lino de aquellos guapos muchachos las ramas de roble que les darían el fiero aspecto requerido. Sin embargo, muy pocas sabían que uno de ellos sería el propio rey, Carlos VI, que se ha empeñado en participar en el baile de máscaras. El gran salón está casi a oscuras, pues se ha prohibido que nadie entre con antorchas en la mano, dado lo fácilmente combustibles que son los disfraces de los protagonistas. 

Pero entonces, cuando ya los seis jóvenes se lanzan a su frenética danza, por una puerta entra alguien, parece ser que el duque de Orleans llevando un farol en la mano. Un farol que acerca al rostro de uno de los danzantes por ver si reconoce al enmascarado. Entonces una chispa salta del candil a las ramas que adornan el vestido del alumbrado, que comienza a arder como una tea. En el caos que se sucede inmediatamente, nadie repara en un oscuro servidor que arroja aceite sobre quien él sabe sin duda alguna que es Yvain de Foix. Y después le acerca una vela para que arda en el Infierno donde le espera su malvado padre.

De hecho, murieron cuatro de los seis danzadores. El quinto se salvó arrojándose dentro de una cuba de vino, y el sexto, que resultó ser el propio rey Carlos, metiéndose bajo las faldas de la duquesa de Berry. ¡Lástima –piensa Agnes para sí-, podíamos habernos librado a la vez de los Foix y de los Valois! Pero no importa, lo que cuenta es que el bastardo Yvain ha muerto como el bellaco que era: ardiendo por los cuatro costados.

Un mes después vuelve a Pamplona Pons de Orendain, que le da los detalles más concretos de lo que los parisinos conocen ya como “Le bal des ardents” (El baile de los ardientes). Por deseo de Dios debió ser que se adelantara el duque de Orleans al plan tramado por Agnes y Blanca, porque el capitán estaba ya dispuesto a ejecutarlo cuando comenzó a arder otro que no era Yvain. Pero el bastardo no se escapó, vaya que no…

Le Bal des ardents, en una miniatura de las Crónicas de Froissart
Los danzantes tratan de quitarse sus disfraces en llamas. Al fondo a la derecha, uno de ellos se salva
metiéndose en una cuba de vino. A la izquierda, bajo la capa azul de la duquesa de Berry, asoma la cabeza del rey Carlos VI
Siglo XV, British Library

Se abrazan. Por afecto, y porque la misión se ha cumplido a entera satisfacción de ambos y de Navarra. La vieja deuda de Agnes con los Foix ha sido cobrada.

Y no quedará más prueba de ello que aquellos dibujos que la propia Agnes trazó en la ventana de su pequeña habitación en el palacio real de Pamplona. Para que no se borren de la memoria de las generaciones futuras, pocos días después ordenará a un albañil que los grabe en el muro con maza y cincel. Todos dirán lo mismo de siempre: la vieja y loca tía Agnes.

 Hasta que muchos siglos más tarde, uno que debió haber empleado el tiempo en transcribir farragosos y aburridos documentos allí, prefirió fijarse en aquellos signos labrados en piedra para recordar la tragedia griega sufrida por una princesa navarra. Agnes murió en Estella en 1396, Blanca en París en 1398.

Pero Agnes sonríe, y mientras mira por la ventana ponerse el sol sobre las crestas de Goñi, vuelve como cada noche a cantar para su hijo Gastón aquella nana que compuso especialmente para él. Una canción que, andando el tiempo, llegará a convertirse en un himno para una de las naciones más hermosas del mundo, aunque ya no exista: Occitania.

Y cronistas ignorantes defenderán luego también que, en realidad, la compuso Gastón de Foix, olvidando así que la única poeta de aquella malhadada pareja fue siempre ella. Por eso canta y pide que se allanen las montañas que no le dejan ver a su pequeño hijo desde Navarra:


Dejós ma fenèstra,
i a un aucelon.
Tota la nuèch canta,
canta sa cançon.

Se canta que cante,
canta pas per ieu.
Canta per mon mio,
qu'es al luènh de ieu.

Aquelas montanhas,
que tan nautas son.
M'empachan de veire,
mon amor ont son.

Baissatz-vos montanhas,
planas, levatz-vos.
Per que pòsque veire,
mon amor ont son.

Aquelas montanhas,
lèu s'abaissaràn.
E mon amorete
se raprocharà.



Bajo mi ventana
hay un pajarito.
Toda la noche canta,
canta su canción.

Si canta, que cante,
no canta para mí.
Canta para mi amado
que está lejos de mí.

Aquellas montañas
que son tan altas,
me impiden ver
dónde está mi amor.

Bajaos montañas,
alzaos llanuras,
para que pueda ver
dónde está mi amor.

Aquellas montañas
pronto se bajarán.
Y mi amor
se acercará.





© MIKEL ZUZA VINIEGRA, 2020

martes, 7 de abril de 2020

LA EMPRESA Y DIVISA DE LA CADENA DE CARLOS III EL NOBLE



El historiador José Marcos García Isaac, que mantiene en Facebook el siempre interesante espacio titulado Aragón, Castilla y Navarraen la Baja Edad Media, nos brindaba el otro día un brillante descubrimiento documental sobre el rey Carlos III el Noble: la posible existencia –hasta ahora desconocida- de otra Orden de Caballería ligada a este monarca navarro.

Recordemos que al igual que otros soberanos de su época (Eduardo III de Inglaterra y su Orden de la Jarretera, Juan II de Francia y su Orden de la Estrella, Alfonso XI de Castilla y su Orden de la Banda, etc…), el rey de Navarra fundó también una Orden caballeresca a imitación del rey Arturo y sus caballeros de la Tabla Redonda, cuya denominación no queda clara en los registros conservados,  ya que dos documentos fechados en el mismo mes de julio del año 1391, hablan tanto de “la Orden de nuestro collar de Buena Fe, como de la Orden que nos habemos hecho del Lebrel Blanco. Otra referencia cercana en el tiempo, sin mencionar ya Orden de ninguna clase, habla del pago al orfebre Garvain por un collar de hojas de castaño, nuestra divisa y librea.

Vemos pues que estaban representadas tres de las divisas conocidas del rey: el lema Bone Foi (la buena fe inherente a todo caballero), el Lebrel Blanco (puede que por mera paronimia: Levrier y L’Evreux suenan parecido en francés) y la hoja de castaño (quizás por el mismo motivo: Chataigne y Charles empiezan por la misma sílaba en francés, aunque puede que también porque la castaña era una representación simbólica de la Inmaculada Concepción). Sólo falta el triple lazo (se supone que era un cifrado de la Santísima Trinidad), para completar toda la panoplia emblemática que heredaría después su hija, la reina doña Blanca, y finalmente su nieto, el príncipe de Viana.

En cuanto a si fueron dos Ordenes distintas o una sola, resulta imposible saberlo, lo que sí sabemos es que, al contrario que las otras Órdenes creadas por el resto de soberanos europeos, la del Rey de Navarra no parece que tuviese reuniones fijas en el calendario, estatutos ni reglas conocidas, al menos no se han conservado, ni la documentación de Comptos permite demostrar que dicha Orden u Órdenes tuvieran una existencia consolidada en el tiempo, más allá de la entrega (sobre todo en los primeros años del reinado de Carlos III) y como mero elemento honorífico, de collares cuyos eslabones eran hojas de castaño a nobles (incluidas mujeres) y caballeros o embajadores de otros reinos que visitaban la corte navarra.

Por eso el hallazgo documental de José Marcos García Isaac en el Archivo de la Corona de Aragón no puede dejar de sorprender a quienes nos gusta este tema de la heráldica y la paraheráldica de los reyes de Navarra, y es notorio que a mí me gusta mucho. Se trata de una carta escrita por Violante de Bar, duquesa de Gerona (la princesa heredera de Aragón) el 19 de septiembre de 1386, y dirigida a su primo hermano, el entonces todavía infante heredero de Navarra, futuro Carlos III:

“…Molt car cosi, en aquestes parts ha cavallers e scuders molts, qui desigen esser de la vostre empresa e divisa de la Cadena. Perque molt car cosi, nos pregam, affectuosament, que la dita empresa, ab copia dels capitols e ordinacions, nos vullats trametre, ab tot poder, en manera que nos la puxam donar per vos aci, a aquells que semblant nos sera…

 “…Muy querido primo: en estos lugares hay muchos caballeros y escuderos que desean formar parte de vuestra Empresa y divisa de la Cadena. Por lo cual, muy querido primo, os rogamos afectuosamente que queráis transmitirnos fielmente dicha empresa, con la copia de sus capítulos y ordenamientos, de manera que podamos entregárselas aquí a aquellos que mejor nos parezca…”

Fuente: Archivo de la Corona de Aragón, Real Cancillería, reg. 1819, f. 63v.

El documento es bien claro: desde la corte de Aragón se pide en 1386 al infante de Navarra que les envíe el reglamento de su Empresa y divisa de la Cadena. ¿Podría ser una nueva Orden Caballeresca, que sería además la primera de todas las creadas por Carlos III? La “Cadena”, evidentemente, haría alusión a las armas de Navarra, pues no en vano fue el propio Carlos III, bastantes años más tarde, eso sí, en 1423, el primero en hablar de las cadenas como elemento heráldico. Concretamente en el punto 15 del Privilegio de la Unión de la Ciudad de Pamplona, cuando al fijar cómo debía ser el pendón o bandera de la nueva comunidad dice:

“…y un pendón de unas mismas armas, de las cuales el campo será de azur y en medio habrá un león pasante que será de plata y habrá la lengua y las uñas de gules. Y alrededor del dicho pendón habrá un renc [un rango] de nuestras armas de Navarra: el campo de gules y la cadena que irá alrededor de oro”.


El escudo original de Pamplona
excelentemente dibujado por Mikel Ramos
en su libro "Usos heráldicos enNavarra"


Efectivamente, fue el propio Carlos el primero en definir las armas de Navarra con la palabra “cadena”, pues hasta entonces todos los heraldos y armoriales las describían como “carbunclo dorado cerrado y pomelado”. Pero no fue él, sino su ya mencionado nieto, Carlos de Viana, el primero –en su Crónica de los Reyes de Navarra, fechada en 1453- en identificar esa cadena con las que habría roto su antepasado Sancho VII el Fuerte en las Navas de Tolosa. Es cierto que podía ser una historia que pasase de rey en rey de Navarra desde el año 1212, aunque suena más al deseo de presumir por parte del príncipe de que su ancestro luchó contra los moros y ganó las armas heráldicas que desde entonces representaban al reino.

En cualquier caso, la “cadena” del documento aragonés y la del Privilegio de la Unión parecían casar bien, e incluso resolver el misterio de esa nueva y desconocida Orden de Caballería creada por Carlos III el Noble. Hasta que…

Hasta que leyendo atentamente el documento escrito por Violante de Bar, reparé en que el término “Orden”, no aparece por ningún lado. La que sí aparece es la palabra “Empresa”. Y acudiendo al gran maestro Martí de Riquer (cosa que recomiendo vivamente a todo el mundo, en cualquier ocasión), en su inspirador libro “Caballeros andantes españoles”, podremos leer que:

Empresa era como se llamaba el voto caballeresco, palabra que con el tiempo pasó a designar las divisas pintadas y motes de pocas palabras que usaban los caballeros en sus contiendas deportivas y, más adelante, los emblemas tan cultivados por los escritores. Sebastián de Covarrubias (1611), al definir el verbo emprender, nos ofrece una rápida idea de la evolución semántica del término: Emprender: Determinarse a tratar algún negocio arduo y dificultoso…, porque se le pone aquel intento en la cabeza y procura ejecutarlo. Y de allí se dijo Empresa el tal acometimiento. Y porque los caballeros andantes acostumbraban pintar en sus escudos y recamar en sus sobrevestes estos designios y sus particulares intentos, se llamaron empresas. De manera que empresa es cierto símbolo o figura enigmática hecha con particular fin, enderezada a conseguir lo que se va a pretender y conquistar o mostrar su valor y ánimo.

El voto caballeresco consistía en abstenerse de una cosa determinada o en exteriorizarse con cualquier detalle llamativo, singular o humillante hasta haber participado en un hecho de armas bajo determinados capítulos o condiciones previamente fijados. Eran muy frecuentes estos votos, versión en lo profano de las promesas de carácter piadoso. Los hubo tan fuera de lo común como el del conde de Salisbury, que juró llevar un ojo siempre cerrado hasta haber guerreado con el rey de Francia, o el del famoso Bertrand Du Guesclin, que prometió no comer hasta haber luchado con los ingleses, o el de las damás de la corte castellana que juraron no volver a comer nada que tuviera cabeza, por haber resultado herido justo en esa parte del cuerpo el condestable Alvaro de Luna durante un torneo. Pero los más habituales fueron aquellos que daban un contenido simbólico al deseo de combatir por el placer mismo de exhibirse luchando cuando no existían razones de odio o de malquerencia.

Así, don Suero de Quiñones, en lo que denominó “Passo Honroso”, juró en 1434 llevar todos los jueves una argolla de oro al cuello, símbolo de su amor por Leonor de Tovar, hasta haber quebrado trescientas lanzas, prohibiendo el paso a quien le desafiase en el puente de Órbigo, en pleno camino de Santiago. Las justas se desarrollaron entre el 10 de julio y el 9 de agosto, día en que don Suero fue herido, y en las mismas murió uno de los caballeros participantes: el catalán Asbert de Claramunt.
Porque el caballero que ostentaba una empresa –como la argolla de Suero de Quiñones- fingía que esperaba luchar con otro que lo “liberase” del voto. Pues, hasta haber combatido bajo las condiciones estipuladas en los ordenamientos, se veía obligado bajo juramento a ir ataviado de aquel insólito modo, lo que podía llegar a prolongarse durante años.

En recuerdo de su hazaña, la “argolla” de oro y rubíes fue regalada al tesoro de la catedral de Santiago de Compostela por el propio Suero de Quiñones al acabar su Empresa, y aún puede verse allí. La inscripción que la recorre dice así:

“Si à vous ne plait de avoir mesure,
certes je dis que je suis sans venture”.

“Si no os place corresponderme,
en verdad que seré desdichado”
.


Argolla del Passo Honroso de don Suero de Quiñones
Hacia 1400. Tesoro de la catedral de Santiago de Compostela

Otro caballero famoso, el borgoñón Jacques de Lalaing, decidió partir en busca de aventuras e hizo el voto de llevar en el brazo derecho “un brazalete de oro al cual había prendido un lambrequín o adorno de tela de los que entonces se solían colocar encima del yelmo. Al llegar a la corte del rey de Francia hizo públicos los capítulos de la Empresa del Brazalete, o sea, las condiciones que imponía a los caballeros que quisieran luchar con él para “liberarle” de su voto. Van firmados el 20 de julio de 1446, cuando el caballero tenía unos 23 años, y empiezan con las siguientes palabras:

“Quien toque mi empresa se verá obligado a liberarme según lo contenido en estos capítulos, a condición de que sea gentilhombre por sus cuatro costados y sin reproche… Para hacer las susodichas armas y cumplirlas punto por punto según lo contenido en mis capítulos, he elegido al excelentísimo y poderosísimo rey de Castilla, a quien suplico muy humildemente que, por su benigna gracia, le plazca hacerme este honor y concederme mi petición”.   

Por tanto, se ve claramente que la “Empresa y divisa de la Cadena” del infante Carlos de Navarra no corresponde a ninguna nueva Orden creada por él, sino a otra iniciativa caballeresca suya, que debió alcanzar tanta fama en su época como para que fuera requerido desde Aragón para que les enviase los capítulos bajo los que se aprestaba a luchar contra aquellos que quisieran liberarle del voto, dirigido indudablemente a su mujer, Leonor de Trastamara, con la que se había casado en 1375, a los 14 años. Ese voto iría representado por una cadena, que tanto representaría el amor que sentía por ella, como sus propias armas heráldicas, a juzgar por cómo él mismo las definió en 1423: un renc [un rango] de nuestras armas de Navarra: el campo de gules y la cadena que irá alrededor de oro”.

Es decir: que Carlos probablemente llevaría una cadena de oro (al cuello, en el brazo o sobre el torso), bien visible en cualquier caso, un día de la semana concreto o durante una temporada, esperando que otros caballeros vinieran a “liberarle” combatiendo con él, como establecerían los “capítulos y ordenamientos” que habría redactado y que fueron los que le solicitó su prima la condesa de Gerona. 

Porque, aunque se ha hablado siempre de un Carlos III poco belicoso y amante estricto de la paz, si acudimos a la auténtica Biblia sobre este personaje: la impresionante biografía que le dedicó José Ramón Castro en 1967, comprobaremos varias cosas. Primero, que sí que participó en varias campañas guerreras, como el sitio de Gijón o las campañas contra Portugal que terminaron con la derrota total de las armas de Castilla en la espectacular batalla de Aljubarrota (1385). Bien es cierto que lo hizo siempre acompañando a su cuñado, Juan I de Castilla, y que quizás lo hizo pensando ya en lograr lo que finalmente consiguió: atenuar las onerosas condiciones fijadas por el Tratado de Briones del año 1379, que convertían a Navarra en un mero protectorado castellano. Por cierto, que quien secundó siempre a Carlos en esas batallas fue otro guerrero navarro verdaderamente legendario: su chambelán Pierres de Laxaga, el único de los caballeros que conquistaron Albania que regresó a su tierra natal.

Pero también descubriremos que, como cualquier joven noble de su tiempo, Carlos estaba siempre dispuesto a participar en un buen torneo. Por ejemplo, en unas justas organizadas en Pamplona el primer domingo de septiembre de 1377, cuando él tenía apenas 16 años, para las cuales se compraron en Zaragoza 33 codos de tafetán verde, de los cuales se hizo el paramento para el infante, por los que se pagaron 64 florines de Aragón, incluyendo en dicha cantidad lo pagado por imposición y peaje, y por 14 “roquez”, 14 “agrapes”, y 14 “rondelles” para justar.

Precisamente esas 14 “rondelles”, me dieron pie a especular en mi libro “Príncipe de Viana: el hombre que pudo reinar” (cuya dedicatoria, por cierto, está muy relacionada también con este asunto de las Empresas caballerescas), y ya que el inventario de los bienes del príncipe elaborado tras su muerte en Barcelona el año 1461 asegura que el príncipe tenía otra gualdrapa de caballo pintada de color carmesí, con las divisas de hierros de lanza, y sin flecos”, con la posibilidad de que esta ahora desconocida divisa de los hierros de lanza fuera la de los tres círculos concéntricos que alternan el color blanco y negro en una de las orlas de la bóveda pintada de la reina doña Blanca en la catedral de Pamplona.  

Al menos se hace bastante extraño que en una decoración que combina prácticamente todas las divisas de los Evreux: los lebreles blancos, la hoja de castaño, la inicial coronada del nombre de la reina formada por eslabones de cadenas, las plumas de pavo real de la cimera, los triples lazos y las flores de lis, se incluya también un simple motivo ornamental ya visto en pinturas murales navarras anteriores como las de San Pedro de Olite, que no guarda –aparentemente- relación con el resto de emblemas propios de los monarcas navarros.

Creo que esos círculos podrían ser el dibujo de una lanza de torneo vista de frente. Si observamos la siguiente ilustración, donde aparecen tres imágenes de armaduras de justar conservadas en el Kunstorisches Museum de Viena, podremos ver muy bien la pieza de forma redonda que protegía la mano de quien empuñaba la lanza, que según Martí de Riquer en castellano recibía el nombre de “arandela”, y en francés el de ronde o rondelle. Estas lanzas solían ir pintadas en colores alternos, como sucedería en nuestro caso concreto con el blanco y el negro, precisamente los dos colores predilectos, junto con el rojo, del rey Carlos III el Noble, que sabemos que los empleó con mayor profusión, quizás por preferencia personal o porque les diese mayor valor emblemático. Fueron los mismos colores, junto con el azul, que siguió luego utilizando su hija doña Blanca. Y también su nieto, el príncipe de Viana, que decoró con azul, rojo, blanco y negro su estandarte, sus escudos, gualdrapas de caballo, arcas y otros elementos.


Fragmento de la decoración pintada en la bóveda de la catedral de Pamplona.
Divisas de la reina doña Blanca (hacia 1430)


En la franja de arriba, 1 y 2: armadura de torneo de Juan de Sajonia (hacia 1497) 3: Traslación ideal de la rodela blanquinegra a la misma armadura . En la franja de abajo: posibles divisas de “hierros de lanza” en la bóveda de la catedral de Pamplona (hacia 1430)

Puesto que esos círculos aparecen en la bóveda de doña Blanca, harían referencia a una divisa perteneciente a su padre, de quien ya hemos visto que fue muy aficionado a los torneos, afición corroborada ahora también por su gusto por emprender a votos caballerescos como el de la Empresa y divisa de la Cadena.

¿Habría sacado de algún apuro vital al joven Carlos el Noble una de esas “rondelles” en alguno de los muchos torneos en que debió participar, y por eso la escogió como divisa personal? Un significado emblemático que su familia más cercana reconocería por habérsela oído de viva voz al protagonista del hecho. Tanto como para incluirla en su catálogo de divisas, mantenido luego por su hija y heredera doña Blanca, que la habría situado junto a todas las demás en la decoración de su bóveda en la catedral de Pamplona, y también por su nieto, Carlos de Viana, que emplearía quizás en las justas alguna de las viejas gualdrapas heráldicas de su abuelo, una de las cuales sería ésta de los hierros de lanza de la que estamos hablando…


El infante Carlos de Navarra, futuro Carlos III,
cuando era joven, en París. Del libro:
Historia de la Cultura y del Arte de Pamplona,
de Josefina y Martín Larrayoz


Volviendo al documento aragonés y teniendo en cuenta que fue redactado el 19 de septiembre de 1386, lo más lógico es suponer que la Empresa de la Cadena, cuya fama había llegado ya hasta Aragón, se estaría desarrollando desde poco tiempo antes, o con vistas a un futuro muy próximo. Castro, citando a Zurita, vuelve a informarnos precisamente de que en abril de 1386 el infante Carlos marchó a Zaragoza, donde estuvo muy confederado con el duque de Girona, e hicieron entre sí una muy estrecha amistad, y concertaron que el infante don Jaime, hijo primogénito de los duques, casase con doña Juana, que era la hija mayor del infante de Navarra.

Así que muy probablemente durante aquella estancia zaragozana pudo dar a conocer el heredero de Navarra su Empresa y divisa, que causaría tanta curiosidad como para que, a los pocos meses, la duquesa de Gerona le pidiera, en nombre de los caballeros aragoneses, que le enviase sus capítulos y ordenamientos.

¿Pero qué pasó después? ¿Le daría tiempo a Carlos a mandar su reglamento? Si es así, quizás algún día aparezca en el Archivo de la Corona de Aragón, aunque sí que podemos establecer una hipótesis bastante certera de por qué lo más probable es que dicha Empresa, aunque puede que llegara a iniciarse, no terminase llegando a buen puerto. Porque el 1 de enero de 1387, apenas tres meses después de la misiva de Violante de Bar, falleció en el palacio real de Pamplona Carlos II, y Carlos III se convirtió en el nuevo rey de Navarra. Ya no podría arriesgarse a justar él mismo en un alarde de armas nunca más.

Toda su vida le siguieron gustando los torneos y el mundo caballeresco y literario que los hacía posibles, pero la muerte a muy temprana edad de sus dos hijos varones, Carlos y Luis, y el hallarse desde entonces inmerso en una corte eminentemente femenina (tuvo seis hijas), le apartarían de semejantes entretenimientos, sostenidos desde entonces en Navarra únicamente por sus caballeros más distinguidos y, muchos años después, también por su nieto, el príncipe de Viana.

Y nada más, sólo volver a reiterar mi agradecimiento a José Marcos García Isaac porque su descubrimiento documental me ha permitido profundizar un poco más en el esplendoroso Otoño de la Edad Media que se vivió en la corte de los Reyes de Navarra de la dinastía de Evreux.




© MIKEL ZUZA VINIEGRA, 2020