jueves, 12 de marzo de 2026

EL MILAGRO DE BAIONA

Visitando hace poco la catedral de Baiona, con sus hermosas bóvedas decoradas con claves armoriadas, reparé en una placa casi ilegible por la poca luz que alumbraba la capilla lateral en la que se encuentra. 

 

De lejos parece más antigua de lo que realmente es, pero sí que trata de un asunto que yo desconocía, y que naturalmente me interesó de inmediato: el Milagro de Baiona.

La placa –que traduzco al castellano- dice así:

El viernes 20 de agosto de 1451, alrededor de las siete de la mañana, mientras los victoriosos franceses entraban en el castillo de Baiona con un tiempo espléndido, una gran cruz blanca en forma de crucifijo apareció en el cielo, sobre la ciudad y a la derecha, del lado español. Y sobre la cruz una corona, que luego se transformó en una flor de lis. Tanto sitiadores como sitiados pudieron contemplar la cruz durante aproximadamente una hora. Los asombrados habitantes se persignaron y se quitaron las banderas y gallardetes con la cruz roja propia de los ingleses, diciendo: «Dios quiere que seamos franceses y llevemos la cruz blanca». Los condes Gastón de Foix-Béarn y Dunois anunciaron el acontecimiento al rey Carlos VII, quien informó a toda Francia, ordenando procesiones de acción de gracias por todas partes y haciendo acuñar la medalla conmemorativa del Milagro de Baiona. Dios confirmó así la sagrada misión de Juana de Arco.

Para honrar su ciudad episcopal conmemorando este milagro, Su Eminencia François-Marie Gieure, obispo de Bayona, erigió esta placa conmemorativa el 30 de mayo de 1928, fiesta de Santa Juana de Arco”.

Placa del Milagro en la catedral de Baiona - año 1928
 

Por supuesto que sabía que el 19 de agosto de 1451 la ciudad de Baiona, última localidad aquitana en manos de los ingleses tras trescientos años de dominación británica, acordó rendirse a las tropas francesas a cambio de un rescate de 40.000 escudos de oro, poniendo así fin a la Guerra de los Cien Años. Pero no tenía ni idea de que nada menos que un milagro hubiera subrayado tal acontecimiento histórico…

Y conocía bien ese asedio porque podemos considerarlo el prólogo de la batalla de Aibar entre los partidarios del príncipe de Viana y los de su padre, ocurrida tan sólo dos meses más tarde de la caída de Baiona, el 23 de octubre de 1451. No en vano los ingleses encargaron la defensa de tan estratégica ciudad a don Johan de Beaumont, ayo, mentor y el más firme partidario siempre de Carlos de Viana; mientras que los franceses encargaron el ataque al conde de Foix, cuñado del príncipe de Viana por estar casado con Leonor, su hermana pequeña. Ya veis que fue casi el primer capítulo de la lucha entre beaumonteses y agramonteses. 

Armas heráldicas de don Johan de Beaumont en la iglesia de San Miguel de Zizur Menor 
 

Pero los sitiadores franceses superaban en número a los sitiados ingleses y navarros, de manera que, tras 15 días de asedio, y habiendo dejado a salvo el honor, la rendición se acordó en los términos que ya he dicho: se respetaría la vida de soldados y habitantes a cambio de un cuantioso rescate. Justo al día siguiente es cuando –según el conde de Foix, que es quien se apresuró personalmente a informar al rey Carlos VII de Francia-, fue cuando se habría producido el milagro de la cruz blanca.

Claro, si de por sí ya es muy raro que se produzcan milagros (en el siglo XXI y en el XV), todavía hay que desconfiar más si se dan a favor del vencedor, que lo que buscaba únicamente es reflejar que Dios iba con los franceses y no con los ingleses y que por esa misma razón, y aunque habían transcurrido 116 años de matanzas sin que al parecer Dios se conmoviera demasiado, la causa francesa había acabado triunfando.

El caso es que esa cláusula del rescate de los caballeros navarros rendidos en Baiona, casualmente o no, iba a tener luego mucha importancia en el desarrollo posterior de los acontecimientos en Navarra…

Porque tensada la relación entre el príncipe y su padre hasta extremos que ya no tendrían vuelta atrás, la lucha entre ambos se dio finalmente en los campos de Aibar, y Johan de Beaumont, siempre más inteligente y calmado que su hermano el condestable Luis, no pudo estar presente por hallarse prisionero de los franceses. Quién sabe, quizás las cosas hubieran sido muy distintas para Carlos de no haber sido así.

Pero, además de por su fama de buen guerrero, ¿Por qué había escogido el rey de Inglaterra a don Johan de Beaumont como su última esperanza en el continente? Pues porque la madre de don Johan era Ana de Curton, del país de Guyena, señora y heredera de la baronía de Curton, cerca de Burdeos, y también de la villa, castillo y castellanía de Guiche, cerca de Baiona. Por eso el condestable Luis de Beaumont, conde de Lerín, y hermano mayor de Johan fue heredero y señor de Curton y de Guiche, y por eso poseía las dichas señorías como herencia, y la ciudad de Mauleón, en el país de Soule, como donación del rey de Inglaterra. Así que lo que hacía Johan de Beaumont era defender los dominios de su familia, además de sostener los derechos del rey Enrique VI de Inglaterra.

Y lo hacía frente a uno de los mortales enemigos de Carlos de Viana: Gastón de Foix, cuñado y mejor amigo de Carlos (como atestigua el viajero alemán Sebastián de Ilsung, que visitó la corte de Olite en 1446), al menos hasta que, tentado por su suegro Juan II de Aragón, comenzó a intervenir en la política navarra y –traicionando a su antiguo camarada, se convirtió en el enemigo más tenaz del príncipe, con ansia de alcanzar el trono de Navarra.

Sebastián de Ilsung besa la mano de Agnes de Kleves en el palacio de Olite. 

Al lado de la princesa, el conde Gastón de Foix, su cuñado - Año 1446

 

Precisamente por haber sido sus partidarios quienes se enfrentaron a las tropas francesas en Gascuña, el príncipe de Viana tuvo que defenderlos ante el triunfante rey Carlos VII, cuando obligado precisamente por la presión conjunta de su padre y de Gastón de Foix, tuvo que salir de Navarra en 1456. El 19 de julio de ese año, ante el Gran Consejo del rey de Francia, y sabiendo que el ladino conde de Foix había propalado por aquella corte que el príncipe de Navarra era amigo de los ingleses, argumentó que el condestable Luis y su hermano Johan defendían su herencia, y que el conde de Foix no luchaba por el rey de Francia, sino por su propia conveniencia.

Pero lo que más viene al caso del sorprendente “Milagro de Baiona” que estoy comentando, es cuando se defendió de la acusación de que los navarros luchaban bajo la bandera de la cruz roja de San Jorge, el emblema de los reyes de Inglaterra. Y así de orgulloso se mostró el príncipe de Viana:

Y en cuanto a que los navarros lleven en sus banderas la cruz roja, eso no quiere decir que sean ingleses, sino que es una enseña propia del reino de Navarra, y la llevan mucho antes de que los ingleses la llevasen, aunque no lleven ninguna otra bandera, y eso incluso cuando el reino estuvo unido al de Francia, como muestra de que es uno de los más reinos más antiguos de la Cristiandad”.

Recordemos ahora las circunstancias del milagro: que apareció en el cielo una cruz blanca (el blanco era el color del rey de Francia, pero por si acaso la “extranjera” Baiona no lo sabía además la corona de espinas se convirtió en flores de lis), lo cual hizo que sus habitantes se desprendieran para siempre de las cruces rojas inglesas y adoptaran inmediatamente el símbolo de sus conquistadores; veremos que el príncipe de Viana, cuyo máximo partidario –Johan de Beaumont- estaba también presente aquel día en Baiona, aunque curiosamente jamás hizo mención de que hubiera contemplado semejante prodigio celeste, y eso que vivió hasta 1487, lo que hizo fue reivindicar la cruz roja, sí, pero no la de la inglesa de San Jorge, sino la que según él indicaba que Navarra era uno de los reinos más antiguos de toda la Cristiandad.

De ese emblema nos quedan pocos testimonios: la batalla de Ponte Milvio pintada en el retablo de Santa Helena (c. 1415), en San Miguel de Estella, que nos muestra quizás el diseño de la bandera que llevaban las tropas navarras al combate; y puede que la bandera de Tudela, aunque no haya forma de asegurarlo. El caso es que el heredero legítimo de Navarra aseguró ante el rey de Francia que la Cruz Roja era un símbolo propio de los navarros.

Batalla de Ponte Milvio - El emperador Constantino lleva la bandera con la cruz roja que el príncipe de Viana defendió que llevaron siempre los navarros - Retablo de Santa Helena en S. Miguel de Estella - hacia 1415
 

Y así, una lápida que dormita en una oscura capilla de la catedral de Baiona, que habla de un “milagro” que casi nadie recuerda ya, y que hoy podría recordarnos quizás a esas paranoias sobre las estelas que dejan los aviones en nuestros cielos, me hizo evocar a un príncipe siempre elocuente en la defensa de sus derechos, y a un entorno de partidarios y adversarios suyos donde probablemente él fue el único que se movió por motivos más elevados que poseer un pedazo de tierra más. 


 Y en aquella época –y en cualquiera, tratándose de gobernantes- eso sí que es un auténtico milagro.

 

 ® MIKEL ZUZA VINIEGRA, 2026 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

jueves, 26 de febrero de 2026

EL BUEN HIJO

 

A la hora de intentar comprender por qué Juan II de Aragón despreció tan profundamente a su propio hijo, el príncipe de Viana, su mejor biógrafo, Jaume Vicens Vives juzgó con acierto que ser el segundo hijo de un segundón de la familia real castellana (Fernando de Antequera, que acabó convirtiéndose luego en rey de Aragón) selló indeleblemente su carácter, su psicología y sus ambiciones, pues su ansia de poder le llevó primero a alcanzar (casándose con Blanca, la legítima propietaria de Navarra), y luego a mantener a toda costa (negándose a ceder la corona a su hijo Carlos), el status de rey que creía merecer, y que debió pensar que le absolvería de ese pasado marcado por no haber sido el primogénito de la dinastía Trastámara.

Este “pecado original” que debió atormentar siempre a Juan, queda confirmado por la forma de atacarle públicamente escogida por su hijo ante las Cortes reunidas en la ciudad de Sangüesa, cuando Carlos, ante la pretensión paterna de casarlo con una noble castellana argumentó:

«En la Casa de Navarra no es acostumbrado casar con linaje más bajo que el de los Doce Pares de Francia». 

No hay nada extraño en que hiciera tal cosa, porque había sido educado en exclusiva como descendiente de los Evreux, y con el fin único de ser rey de Navarra.

Como señaló I. Mugueta:

«La diferencia entre Carlos y su padre era que el primero podía enorgullecerse de pertenecer a una rancia y longeva familia real heredera de San Luis, por un lado, y de Sancho el Mayor, por otro. Carlos era un príncipe Trastámara, es cierto, pero también un Evreux, y por tanto un Capeto. Su padre no podía jactarse de poseer tan ilustres antepasados. Por las venas de Carlos corría la sangre de los reyes de Navarra, con todas las particularidades que la realeza navarra suponía, acumuladas durante los últimos siglos. De ahí el interés del príncipe por exaltar al linaje de los reyes de Navarra en su Crónica».

Y ahí radica también, creo yo, la más que probable explicación psicológica de la actitud de su padre, que se mostró siempre celoso y/o envidioso de su propio hijo por no ser él –recordemos– más que el segundón de otro segundón de una dinastía de origen bastardo como fue la de Trastámara, que sólo habría podido asentarse en el trono castellano mediante la violencia y la eliminación del rey legítimo (Pedro I). Prácticamente los mismos métodos, por cierto, que Juan II acabaría empleando contra el príncipe de Viana.

Pero, ¿y si hubo otro factor no tenido en cuenta hasta ahora en esa terrible disociación entre padre e hijo legítimo? ¿Y si el padre ya tenía otro “hijo” –aparte de sus numerosos bastardos- al que mantuvo siempre cerca de sí mismo, incluso hasta el último día de su vida?

Pues sí, si tenemos en cuenta que Juan fue siempre un padre ausente para Carlos, que sólo lo veía cuando volvía fugazmente a Navarra para hacer acopio de recursos económicos con los que continuar sus guerras en Castilla –sucesos en los que el príncipe de Viana jamás se implicó-, y en los que el rey (consorte, no propietario) de Navarra fue rodeándose de una serie de nobles castellanos que, con mucha razón, acabaron considerándose “familiares” suyos, lo mismo que él acabó considerándolos mucho más “familia” que a la familia que había formado con la reina Blanca de Navarra.

Y entre todos esos nobles uno destacó sobremanera. Uno que desde muy pequeño dejó todo para seguir las ambiciones de su señor y “padre”, Juan II. A Rodrigo de Rebolledo me estoy refiriendo.

En efecto, y a decir del cronista aragonés Zurita:

“… fue un caballero de su casa, natural del reino de Castilla, de Castrojeriz, que desde su niñez le siguió y sirvió siempre…”

Incluso crónicas castellanas más antiguas lo consideraban así:

«Mosén Rebolledo, un caballero de quien el Rey de Navarra mucho fiaba» (Crónica de Juan II de Castilla); «Mosén Rebolledo, un privado del rey de Navarra» (Crónica del Halconero).

¿Se fiaría más Juan II de Rodrigo que de su propio hijo? Los acontecimientos futuros nos irán probando que, en efecto, muchísimo más.

Ya el 5 de agosto de1435, cuando se dio la batalla de Ponza (isla perteneciente al reino de Nápoles) entre una escuadra naval genovesa y una aragonesa comandada por el rey Alfonso V de Aragón, donde los genoveses lograron apresar al rey Alfonso el Magnánimo y a sus hermanos -los infantes de Aragón- don Juan, rey consorte de Navarra, y don Enrique, el cronista Zurita nos asegura que:

«Y fue cosa muy cierta y sabida que el rey de Navarra fuera muerto en la batalla si no se hallara a su lado un caballero que fue muy valiente y señalado capitán y de los muy valerosos que hubo en sus tiempos y se llamó Rodrigo de Rebolledo»

El príncipe de Viana era en aquel año muy joven todavía, apenas tenía 14 años, y no participaba entonces –ni lo haría tampoco después- en los tejemanejes políticos de los infantes de Aragón. Quizás no sea ocioso recordar, no obstante, que conocemos que la primera participación en una batalla de su padre, fue cuando tenía sólo 13 años… 

Pero es la Crónica del condestable don Álvaro de Luna la que yo creo va a darnos la clave de la verdadera relación entre Juan II y Rodrigo de Rebolledo, cuando narra la defensa que hizo este último en el año 1446 de la imponente fortaleza de Atienza, la última de las plazas castellanas que pertenecían al señorío de Juan II de Aragón que todavía no había sido incautada por el rey de Castilla. Acordaron parlamentar el condestable, que sitiaba el castillo y Rebolledo, que mantenía la plaza en nombre de su señor.

CASTILLO DE ATIENZA (GUADALAJARA)
 

El condestable le ofreció, al parecer, cambiar de bando y que dejase de apoyar al rey de Navarra: 

“Rodrigo de Rebolledo, dad esta villa e castillo al Rey mi señor, e yo tendré manera con su merçed que vos faga muchas mercedes, e que vos perdone el yerro en que haveis caydo en no lo haver fecho hasta aquí; e yo vos quiero ayudar bien, e desto vos quiero dar qualquier seguridad que vos quisieredes. E en fazer vos aquesto, fareys aquello que debeis, e dareys de vos buena cuenta; en otra manera non podreys sacar de vuestro trabajo si non deshonra e ynfamia para vos, e para los que de vos vinieren, de lo qual yo havría mucho pesar e dolor”. 

E a esto respondió Rodrigo de Rebolledo:

-¿Cómo queredes vos, señor, que yo falle de tal forma al rey de Navarra, que fue quien me crió?.

Faced con él trato, e qualquier trato que con el fizieredes, yo estaré de acuerdo. 

El condestable le respondió: 

El Rey de Castilla, mi señor, no fará trato ninguno con el rey de Navarra, si no lo face antes con vos»

Es decir: Rodrigo de Rebolledo sí podía presumir de que Juan II de Aragón le había criado, pues no en vano le acompañaba desde que era un niño, pero su propio hijo, el príncipe de Viana, no podía decir lo mismo, porque en tantos años, nunca habría pasado más de 20 días seguidos en su compañía. Reconozcamos que así es muy difícil asentar relación alguna, menos la que deberían tener un padre y un hijo que para ese citado año de 1446 ya actuaba como legítimo propietario de Navarra, pues su madre doña Blanca había muerto en 1441, aunque a regañadientes se hubiera conformado con no ostentar más título que el de lugarteniente en nombre de su padre.

Pero en 1451 la tensión acumulada entre ambos estalló, llegándose al enfrentamiento armado el 23 de octubre de 1451 en los campos de Aibar. Y allí, también volvió a jugar un papel fundamental el que podía considerar a Juan II como su verdadero padre. Porque así cuenta el cronista Zurita el enfrentamiento:

“Aparece en memorias de aquellos tiempos que salió el príncipe de Aibar con cuatrocientos hombres de armas y seiscientos jinetes castellanos y con otros muchos caballeros lussetanos y beamonteses, y acometieron con gran ímpetu y rompieron la avanguarda del rey; y rompida aquella primera batalla, volviendo ya el rostro los del rey, quedó Rodrigo de Rebolledo con algunos de los suyos en medio de los enemigos, que era capitán de la gente de armas de Castilla que trujo de Atienza y de las otras fortalezas que tenía en Aragón y Cataluña; y reconociendo los suyos que quedaban peleando, volvieron furiosamente en un escuadrón a donde estaba, y siendo en aquel punto muy herida la batalla y cargando todo el ejército del príncipe con furia grande, estando para ser vencidos los del rey, viendo que Rodrigo de Rebolledo resistía a los enemigos y peleaba con ellos valerosamente, acudieron a juntarse con él y pusieron gran esfuerzo en la pelea.

Y fueron Rodrigo de Rebolledo y los suyos los que aseguraron la victoria, rompiendo y desbaratando a los enemigos. Y escriben que los primeros que fueron rompidos y echados del campo fueron los jinetes andaluces que comenzaron a trabar la pelea. Por supuesto los del escuadrón en que estaba el rey fueron resistiendo y peleando; y por aquella parte se venció también la batalla y fue preso el príncipe y los principales que se hallaron con él”.

O sea: que Rodrigo de Rebolledo volvió a salvar a Juan II, esta vez de la acometida de su hijo verdadero, con lo que podríamos considerar que el hijo “adoptivo”, combatió al legítimo para dar contento a su padre.

El príncipe de Viana comenzó entonces su calvario particular, perseguido siempre por su padre hasta verse obligado a exiliarse de Navarra. Mientras, Rodrigo de Rebolledo había sido nombrado camarlengo mayor por Juan II, es decir: el servidor más cercano al rey.

Tras su periplo mediterráneo que lo llevó por Francia, Roma, Nápoles, Sicilia, Cerdeña y Mallorca, arribó por fin el príncipe a Cataluña, donde el 14 de mayo de 1460, y tras siete años sin verse, recibió estas gélidas palabras de saludo/amenaza por parte de su padre:

«Si haces hechos de buen hijo, te haré hechos de buen padre»

Resulta evidente que Juan II nunca lo consideró un “buen hijo” (tal cómo él entendiera ese concepto, claro), condición que sí otorgaba a Rodrigo de Rebolledo, algo que quedó firmemente demostrado cuando el 2 de diciembre de 1460, Carlos de Viana acudió –engañado por su padre- a las cortes de Lleida, donde fue de nuevo hecho prisionero. Así nos lo cuenta Gueraut de Pla Gueraut de Plá, hijo del maestre hostal de Carlos:

Y cuando el príncipe estuvo dentro, el rey comenzó a bromear con él y también el príncipe con el rey. Y cuando ellos llevaban así un gran rato, comenzó a hacerse tarde. Entonces el príncipe le dijo al rey que se le hacía tarde y que le placiese darle permiso para partir. Y el rey siguió bromeando con él, diciéndole que todavía tenía mucho tiempo, y todo esto riéndose.

Enseguida el príncipe volvió a pedirle permiso, pero el rey estaba contento y no dejaba de hablar. Esto duró hasta las tres de la tarde. A esa hora, el príncipe volvió a pedirle permiso. El rey le llevó entonces a un rincón de su habitación y allí hablaron un largo rato; aunque no se puede saber qué se dijeron, sino que el rey le agarró y le dijo que se tuviera por preso. Entonces, el príncipe se echó a sus pies preguntándole porqué, y el rey le dijo que lo tenía bien merecido. 

En la habitación estaba un caballero que era criado del rey, que se llamaba Rebolledo, y también el comendador de Monzón y otros dos o tres caballeros; y el rey les llamó y les dijo que prendiesen al príncipe, y que luego les diría los cargos. Y así salió fuera de la habitación”.

Vemos que el “hijo” que sí crio el rey, el que le obedecía sin rechistar, vuelve a ser preferido ante el hijo considerado “desleal” (sin ningún derecho, pues Carlos era el legítimo rey de Navarra) por aquel que siempre lo despreció.

La nueva prisión del príncipe provocó el levantamiento furioso e inmediato de los catalanes, que desde Barcelona formaron un ejército para marchar hacia Lleida. Nuevamente Zurita es quien nos lo cuenta:

“Pero siguiendo el rey el más seguro consejo, no quiso esperar tan furioso movimiento; y don Rodrigo de Rebolledo camarero y gran privado del rey (que fue de contrarío parecer de don Pedro de Urrea que prefería quedarse en la ciudad) mandó a un escudero suyo que se decía Álvaro de Bances que le llevase un caballo a un portillo del muro, cerca del monasterio de los Predicadores, sabiendo que estaban tomadas ya las puertas de la ciudad; y poniéndose en el palacio del obispo donde el rey posaba todas las cosas en orden como si no hubiera ninguna novedad y para ponerse el rey a cenar, teniendo Bernaldo Hugo de Rocabertí castellán de Amposta tomada con gente de armas, por orden del rey, la puerta del monasterio de Predicadores, el rey se salió con la oscuridad de la noche con muy pocos de los suyos, y subió en aquel caballo, oyendo él ya el estruendo de la gente que andaba por la ciudad y había entrado en palacio. Y discurría por él el pueblo tan furiosamente que con las lanzas y espadas andaban tentando las cortinas de las camas. Y el rey se vino a Fraga, donde estaba la reina que tenía en su poder al príncipe Carlos.”

 Así que Rodrigo de Rebolledo libró de nuevo de la muerte a su “padre”, mientras su verdadero hijo quedaba preso una vez más.

El mal trato recibido en prisión afectó la salud de Carlos –otros autores defienden que fue envenenado-. Sea como fuere, el príncipe de Viana murió en el palau reial de Barcelona, la madrugada del 23 de septiembre de 1461. No se aplacaron por ello las discordias, y Cataluña se levantó contra el rey Juan II, al que acusaban de la muerte de su primogénito.

Porque para entonces Juan II había tenido ya otro hijo, nacido en 1453 en Sos. Uno al que sí se empeñó en educar personalmente para que –este sí- fuera igual que él: Fernando, que pasaría a la Historia con el sobrenombre de “el Católico”. Aquel cuya existencia utilizó para borrar a su primera familia.

La guerra entre Juan II y los catalanes duró más de diez años, hasta 1472, y por supuesto Rodrigo de Rebolledo jugó un papel importante en muchos de los acontecimientos bélicos que se sucedieron, siempre al lado de su señor y “padre”, de manera que en el año 1467, el príncipe Fernando fue confiado por sus progenitores a…

Sí, a su “hermano” mayor: Rodrigo de Rebolledo. Según las crónicas, así se lo solicitó Juan II:

«Mosén Rebolledo, como hasta aquí nunca tuviste ante tus ojos si no mi servicio, así generalmente mando que a partir de ahora en otro no pienses, sino en el servicio de aqueste, mi hijo Fernando».


Y como siempre, su “buen hijo” obedeció ciegamente, de forma que en noviembre de ese mismo año, en la batalla de Vilademat, Fernando estuvo a punto de ser capturado, si no hubiera sido porque Rodrigo de Rebolledo, que a ninguna cosa atendió más que a defender la vida del príncipe, arremetiendo contra sus adversarios logró que el infante consiguiera ponerse a salvo, quedando él mismo prisionero unos años, y siendo rescatado por Hernando de Rebolledo, su sobrino, que con el apoyo económico del Rey Juan pagó por él el rescate de diez mil florines, aunque muchos aconsejaron al duque de Lorena que un tan grande capitán no se debía poner en libertad.

Así que vemos que Rebolledo salvó tres veces la vida del rey Juan II (Ponza, Aibar y Lleida), y una la de su heredero, Fernando, pero jamás movió un dedo –al contrario- por el hijo primogénito de su señor y “padre”, el príncipe Carlos de Viana.

La victoria final del rey Juan frente a los catalanes supuso todavía la concesión de más reconocimientos y honores para Rodrigo, que acompañó al rey hasta el mismo día de su muerte, ocurrida en Barcelona el 20 de enero de 1479. Y es bien curioso y reseñable que fuera él el único “hijo” que acompañaba a su señor en tal trance, pues el hijo primogénito, Carlos, aquél cuya compañía no frecuentó nunca Juan II, había muerto hacía ya 18 años, y el heredero, Fernando, estaba en Castilla reinando ya con Isabel, y cumpliendo por tanto el destino fijado por su padre: que la dinastía Trastámara ostentase todas las coronas hispánicas. El príncipe de Viana –que fue educado para sentirse sólo como un Evreux- impedía ese designio “divino”, y tenía por tanto que desaparecer, como así ocurrió.

De hecho, y como camarlengo, jugó un papel trascendental en las impresionantes ceremonias funerarias, como confirman los libros de protocolo del Ayuntamiento de Barcelona, que voy a traduciros del catalán, siguiendo la transcripción de Miguel Ángel Zalama y Jesús F. Pascual Molina:

A las tres de la tarde del jueves 28 de enero, aparecieron en el salón del Tinell del palau reial cuatro caballeros “todos cubiertos de telas bastas y sobrevestes reales, cabalgando sobre cuatro grandes y buenos caballos, cubiertos de las mismas telas gruesas de la cabeza a las patas. Cada caballero portaba una bandera en lo alto de una lanza y vestía la correspondiente cota de armas: la de Sicilia –portada por Francesch Burgues de Sant Climent, señor de Viladecans–, la de Navarra –por Fernando de Medrano, natural de Navarra–, la de Aragón antigua –sostenida por Luis de Alberuela, natural de Aragón–, y la real de Aragón –alzada por Miquel de Vivers, natural de Perpiñán–.

Tras ellos, aparecieron otros cuatro caballeros que exhibían escudos con las armas del rey, vueltos del revés: Pere Joan de Sant Climent, portaba las de Sicilia; Miquel de Xaus, las de Navarra; mosén Heredia llevaba las armas antiguas de Aragón, y Lois Oliver, las de Aragón. Al mismo tiempo que los ocho caballeros realizaron su entrada, los monteros del rey, acompañados de sus perros, hacían sonar sus cuernos de caza, y los jinetes cabalgaron tres veces alrededor del catafalco real.

Tras hacerse el silencio entre los presentes, Luis de Alberuela –que era rey de armas– exclamó por tres veces:

-¿Dónde está mi señor el Rey, que no le vemos en el salón ni en su trono?

Nadie respondió al rey de armas, por lo que este se dirigió al camarlengo del rey, Rodrigo de Rebolledo, preguntando de nuevo por él:

-Mosén Rodrigo, señor camarlengo: hace 10 días que buscamos a nuestro rey y señor y no lo encontramos, ¿lo habéis visto vos?

Ante la respuesta de este, indicando que el monarca había fallecido:

-Está muerto, vedlo aquí, donde yace.

Alberuela insistía, no creyendo la noticia:

-¿Cómo que está muerto?, haciendo grandes muestras de dolor, a lo que Rebolledo contestó señalando el lecho donde yacía el difunto:

-Aquí está, muerto. Ved, caballeros, aquí a vuestro rey que yace muerto. Miradlo bien y comprenderéis que está muerto. Lloradlo pues, caballeros, llorad a vuestro señor el rey, que ha muerto.

Comprobado que el rey estaba muerto, los caballeros cabalgaron tres veces en torno al lecho, arrastrando las banderas y lanzando al suelo los escudos, haciendo que sus caballos los golpearan, dando muestras de tristeza acompañados por los presentes, especialmente los monteros del rey que se lanzaban al suelo sobre los escudos, y todos lloraban y gritaban. De estas muestras de dolor se contagiaron todos los presentes que también lloraban y no paraban de gritar. Los ocho caballeros abandonaron la sala y repitieron la ceremonia en la plaza del Rey, recorriendo luego las calles y plazas de la ciudad, cabalgando arrastrando las banderas y lanzando los escudos al suelo, compartiendo la triste noticia con la ciudad, hasta que anocheció.

 Anunciada la muerte del rey, tuvo lugar el reconocimiento del cadáver. El camarlengo Rodrigo de Rebolledo, “con su llave abrió el ataúd donde yacía el cuerpo del rey”, de modo que los presentes pudieron ver el cuerpo del rey, vestido con dalmática y con el cetro en su mano. Y el secretario Coloma preguntó a los presentes si ese era el cuerpo del rey, a lo que los que allí estaban respondieron que “aquel era, en verdad, el cuerpo del señor Rey”. El camarlengo anunció que pasados los nueve días, como era costumbre, el cuerpo sería llevado a la catedral, “donde sería instalada la capilla ardiente y serían hechas las demás solemnidades”, y luego se procedería a enterrarlo en Poblet. Tras esto, se cerró de nuevo el féretro.

El traslado tuvo finalmente lugar el sábado 30 de enero, cuando en una sala llena de gente –“no cabían más personas, tan llena de gente estaba”–, justo antes de portar el cuerpo a la catedral, tuvo lugar otra ceremonia muy significativa: el rompimiento de los sellos reales. El rey estaba muerto y, por tanto, los sellos ya no servían.

Así, Rodrigo de Rebolledo, camarlengo del rey, pidió los sellos al protonotario y secretarios. Situado a la derecha del catafalco, mostró primero el «sello secreto» del rey, y dijo:

-¡Veis aquí señores el sello secreto del rey nuestro señor, sabed que el rey nuestro señor es muerto, sabed que el rey nuestro señor es muerto, sabed que el rey nuestro señor es muerto!

Y dichas aquellas palabras cogió un martillo y dio varios golpes al dicho sello.

Rompió así el sello, y mientras hacía esto, lloraba “con gran llanto y suspiros”.

A continuación, hizo lo mismo con los sellos de Sicilia y de Aragón, rompiéndolos también a martillazos.

Podemos ver que no se cita para nada el sello real de Navarra, cuando sí hemos visto que la bandera de Navarra fue portada en el funeral por un caballero a pie y por otro montado. Resulta extraño que el rey que no quiso jamás soltar Navarra –a la que según el cronista quiso como propia, pero trató como ajena-, no lo tuviera guardado con celo en su cancillería, pero quién sabe…

Lo que sí sabemos es que apenas unos meses más tarde de aquel mismo año de 1479, como si no tuviera sentido para él seguir viviendo sin su “padre”, falleció también Rodrigo de Rebolledo.

Siglo y medio más tarde, en 1638, Juan de Palafox, descendiente de Rodrigo, encargó para el palacio de Ariza (Zaragoza) un gran ciclo de 15 cuadros pintados con las hazañas de su antepasado, magníficamente estudiados por Ricardo Fernández Gracia, en el que curiosamente parece que no se incluyó la batalla de Aibar (aunque quizás ese cuadro en concreto se haya perdido), pero sí muchos otros de los acontecimientos en que aquel otro “hijo” de Juan II de Aragón intervino, y que son con los que he ido ilustrando mi texto. 

El padre Juan de Mariana, en su Historia de España, publicada en 1601, dejó escrito este certero juicio sobre el príncipe Carlos de Viana: 

Mozo dignísimo de mejor fortuna, y de padre más manso...

 





 

 © MIKEL ZUZA VINIEGRA, 2026


 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

martes, 16 de diciembre de 2025

ENCADENADO

 

Visitando hace poco la estupenda exposición sobre Carlos III el Noble en el Archivo de Navarra, reparé en una fotografía aumentada de su gran sello, fijándome en un detalle muy concreto que hasta entonces me había pasado desapercibido.


En efecto, y copiando literalmente su descripción del maravilloso libro "Sellos Medievales de Navarra", se trata de una representación ecuestre vista por su lado derecho. En el escudo, sobreveste, cubiertas y testera del caballo las armas cuarteladas de Navarra y de Evreux. Yelmo coronado, con mantelete de las mismas armas y cimera: cuba con las mismas armas y monte de plumas de pavo real. En los arzones, las armas de Navarra. Bajo el caballo, un lebrel.

+S ‘ KAROLI DEI GRACIA NAVARRE : REGIS ET : DUCIS : NEMOSENSIS

Cuelga del Privilegio de la Unión de la ciudad de Pamplona, datado por tanto el 8/9/1423, pero sabemos también que su matriz fue elaborada originalmente para el segundo Gran Sello de su padre Carlos II (que es de suponer se inspiraría en su primer Gran Sello), en Zaragoza en 1385 por Concelin Blanc de Estrasburgo, y reformada luego para Carlos III en 1387 por Jean Boneau. Entre ambos modelos, podemos ver que Carlos III cambió su propia intitulación: de conde de Evreux a duque de Nemours, pero también hizo incluir el detalle que me llamó la atención: una “cadena”, que podemos ver que no llevaba su padre en su primer Gran Sello propio:

 

Y recordemos, gracias al hallazgo documental del profesor José Marcos García Isaac en el Archivo de la Corona de Aragón, del que ya me ocupé en

https://cronicasirreales.blogspot.com/2020/04/la-empresa-y-divisa-de-la-cadena-de.html 

esta otra sorprendente noticia heráldica, según la cual Violante de Bar, duquesa de Gerona (la princesa heredera de Aragón) dirigió este mensaje el 19 de septiembre de 1386 a su primo hermano, el entonces todavía infante heredero de Navarra, futuro Carlos III:

“…Molt car cosi, en aquestes parts ha cavallers e scuders molts, qui desigen esser de la vostre empresa e divisa de la Cadena. Perque molt car cosi, nos pregam, affectuosament, que la dita empresa, ab copia dels capitols e ordinacions, nos vullats trametre, ab tot poder, en manera que nos la puxam donar per vos aci, a aquells que semblant nos sera…

Traducido: 

“…Muy querido primo: en estos lugares hay muchos caballeros y escuderos que desean formar parte de vuestra Empresa y divisa de la Cadena. Por lo cual, muy querido primo, os rogamos afectuosamente que queráis transmitirnos fielmente dicha empresa, con la copia de sus capítulos y ordenamientos, de manera que podamos entregárselas aquí a aquellos que mejor nos parezca…”

 Fuente: Archivo de la Corona de Aragón, Real Cancillería, reg. 1819, f. 63v.

El documento es bien claro: desde la corte de Aragón se pide en septiembre de 1386 al infante de Navarra que les envíe el reglamento de su Empresa y divisa de la Cadena, nuevo y desconocido voto caballeresco, creado por Carlos III.

¿Será esa CADENA que Carlos III hizo incluir en su sello la misma de la “empresa y divisa” a la que se refiere el documento de la princesa aragonesa? Hay que tener en cuenta que una EMPRESA era un voto caballeresco (que consistía en abstenerse de una cosa determinada o en exteriorizar con cualquier detalle llamativo o singular hasta haber combatido en un hecho de armas bajo determinados capítulos previamente fijados.

Así que vamos a suponer que el del príncipe Carlos estaría dirigido a su esposa, Leonor de Trastamara, y que sería expresado por esa cadena, que tanto representaría el amor que sentía por ella como sus propias armas heráldicas.

Es decir: que Carlos llevaría una cadena –probablemente de oro- bien visible, un día de la semana concreto o durante una temporada, esperando que otros caballeros vinieran a “liberarle” luchando contra él en una justa, según los “capítulos y ordenamientos” que había redactado y que fueron los que le solicitó para publicarlos la condesa de Girona, y que esos otros caballeros pudieran conocer, y en su caso aceptar, las condiciones.

Como el documento lleva fecha de 1386, esa sería la primera mención conocida a una “CADENA”, que también haría alusión, evidentemente, a las armas de Navarra, pues sí que conocíamos que fue en la corte de Carlos III donde se dio el cambio de nombre del emblema: de carbunclo a cadenas, sólo que hasta ahora se pensaba que la mención más antigua a dicha transformación fue en la “Genealogías de los Reyes de Navarra” o “Genealogía latina”, redactadas hacia 1400 en la corte de Carlos III, y donde podemos ver la descripción de las armas de Sancho el Fuerte: 

“Iste Sancio ferebat in armis campum rubeum e catenas dauratas et similiter sucessorum”.

Ahora bien, hay que tener en cuenta también que de ese tipo de cadenas eran utilizadas sobre todo para no perder las armas en pleno combate, y por eso pueden verse representadas en multitud de sellos y efigies sepulcrales de nobles y reyes de la época (sin ir más lejos, en los de los tres reyes de Navarra y Francia entre 1314 y 1328: Luis el Hutín, Felipe el Luengo y Carlos el Calvo, y luego también en los de Felipe III de Evreux -1328-1343). Un caballero podía llevar encima hasta cuatro. No está claro cómo evitaban enredarse con ellas. Sin embargo, la mayoría se contentaba con dos: una desde la daga y otra (de la que estamos tratando ahora mismo) desde la empuñadura de la espada hasta la coraza. La tercera cadena servía de adorno para el yelmo.

Es difícil imaginar que un caballero pudiera pelear sosteniendo en su mano una espada, sujeta a su coraza por una cadena de aproximadamente 1’20 mts (y, a menudo, de oro, es decir, ¡bastante pesada!), pero indudablemente sabían hacerlo.

Dibujo del sello de Carlos III el Noble realizado por el erudito tudelano

 Juan Antonio Fernández, a finales del siglo XVIII, con la Cadena bien a la vista

 

Lo curioso del caso que estoy comentando es que el sello de Carlos II parece demostrar que él no utilizó –como sí habían hecho sus antepasados- esa cadena de sujeción, pero que sí lo hizo su hijo, Carlos III, de quien sabemos además que por esos mismos años –en abril de 1386- estuvo en Zaragoza (el mismo lugar donde Concelin Blanc había confeccionado la matriz del segundo gran sello de su padre tan sólo un año antes) con los duques de Gerona, que son quienes apenas cinco meses después –en septiembre- le piden que les envíe los capítulos de su “empresa y divisa de la cadena”, cadena que hasta ahora podíamos pensar que nació efectivamente en la corte de Carlos III el Noble, hacia 1400, con esa mención a las armas de Sancho el Fuerte, corroborada luego por el Privilegio de la Unión de la Ciudad de Pamplona dictado por el mismo rey en 1423, donde habla bien claro del “renc de cadena” que irá alrededor de las nuevas armas heráldicas de la población unificada.

Pero ahora podemos estar seguros de que la cadena rondaba (y adornaba su brazo) al menos desde 1386. Y ese documento aragonés sería desde luego la primera mención conservada a la inquietud heráldica que llevó al rey de Navarra a cambiar el radiante carbunclo pomelado de sus armas por las cadenas que habría ganado su lejano antepasado Sancho VII el Fuerte en las Navas de Tolosa. Todo fuera por prestigiar aún más su Reino frente a las otras Cortes reales de la Cristiandad.

Y todo esto, sólo fijándome en el pequeño detalle de un sello. No tengo remedio… 

 


 

 ©MIKEL ZUZA VINIEGRA, 2025