viernes, 18 de enero de 2019

EN SUS TRECE


Si os situáis bajo el crucero de la catedral de Pamplona, justo al lado del imponente sepulcro del rey Carlos III el Noble, y eleváis la vista al frente, hacia las vidrieras que en la parte más alta coronan el presbiterio (la zona del altar), podéis observar que las dos frontales están decoradas por una serie de ocho escudos heráldicos cada una, el más curioso de los cuales se halla en la de la izquierda, empezando por abajo. Es este que ahora os muestro:


Su descripción sería: cortado de gules y de plata, un creciente de plata ranversado, timbrado de tiara papal y sostenido por las llaves del Cielo, cruzadas y atadas por un cordón. Son por tanto las armas heráldicas de un Papa, y no de uno cualquiera, porque corresponden nada menos que a Benedicto XIII, Sumo Pontífice en la obediencia de Aviñón entre los años 1394 y 1429, y considerado por tanto -todavía hoy- antipapa y hereje por la Iglesia Romana. ¿Qué pinta por tanto su escudo en una catedral católica?


Y eso que, como se observa fácilmente, no se trata de una vidriera medieval, qué va, porque fue realizada hacia 1970 para ir rellenando los huecos que la explosión del molino de la pólvora del año 1733 había dejado entre las vidrieras originales (de principios del siglo XVI), de las que sólo se conservan en su lugar original -la nave central- cuatro de ellas. Aunque había unas pocas más, que fueron vendidas al sacamantecas y millonario yanki W. Randolph Hearts (en quien se inspiró Orson Welles para su Ciudadano Kane) por el cabildo pamplonés de los años 30, lo que demuestra que hay obispos y canónigos mucho más peligrosos para el patrimonio artístico que la pólvora, vaya que sí. El caso es que tres de esas vidrieras que "no valían para la catedral de Pamplona", decoran hoy en día la de Omaha, en Estados Unidos. Un crímen artístico de primera magnitud, y una demostración de ignorancia y de avaricia supinas.


Pero volviendo al Papa Luna, del que os hablé hace poco al glosar el sermón que dio en este mismo espacio catedralicio de Pamplona -siendo todavía sólo cardenal- con motivo de la declaración de obediencia del rey de Navarra al papa de Avignon Clemente VII, el 6 de febrero de 1390 (¿recordáis?: "Et la Corona del rey es redonda o circular por ser esta figura apropiada a la perfección de Dios, a la que el rey debe intentar acercarse todo lo que pueda, ya que Dios es también como una esfera, en la cual el punto medio está en todas partes, y su fin en ninguna..."), la explicación de la presencia de su escudo en la catedral de Pamplona no tiene nada de extraño, si tenemos en cuenta que era a Aviñón a quien reconocía el reino de Navarra cuando dicho templo (aunque en su anterior versión, románica) se vino abajo el 1 de junio de ese mismo y cargado de acontecimientos año de 1390. Y su amigo Carlos III el Noble seguía siendo fiel a esa obediencia cuando emprendió la reconstrucción, ya en estilo gótico, colocándose su primera piedra el 27 de mayo de 1394. Es decir: tan solo cuatro meses antes de que el cardenal Pedro de Luna fuese elevado al trono pontificio, el 28 de septiembre de ese mismo año.

Por lo tanto, quien en 1970 encargó esas vidrieras heráldicas, quiso honrar al Papa que gobernaba la parte de la Cristiandad en la que se situaba Navarra, que no fue otro que el aragonés Benedicto XIII, un papa que como os he dicho, incluso hoy en día -más de seis siglos después- sigue sin aparecer en el Anuario Pontificio, publicación anual que recoge, junto al listado histórico y oficial de todos los papas que ha gobernado la Iglesia Católica desde San Pedro, el registro de los cardenales, obispos, diócesis, departamentos de la Curia romana, misiones diplomáticas de la Santa Sede en el extranjero, congregaciones religiosas, universidades católicas y demás instituciones eclesiales que conforman la Iglesia en la actualidad. 

Es decir: que Roma sigue sin reconocer la legitimidad de los papas de Aviñón. De ahí la rareza extrema que supone que en una fecha tan tardía como 1970 alguien recordara que el escudo del testarudo aragonés merecía aparecer en las vidrieras de una catedral edificada bajo su proscrito pontificado. Y digo proscrito, porque hay autores, incluso existe una magnifica novela titulada "El anillo del pescador", escrita por J. Raspail, que sostienen que la linea pontificia legítima, la que defendía el concepto del primado de Pedro sobre la Iglesia era realmente  la de los papas de Aviñón, y que por tanto la Iglesia de Roma sería la impostora, y que incluso se habría mantenido una línea sucesoria de papas llamados todos ellos Benedicto, ocultos en Francia desde la muerte de Pedro de Luna, que mantendrían la verdadera legitimidad papal aviñonesa hasta la actualidad. ¿Quién sabe? Soñar cuesta tan poco...

¿Pero quién creo yo que pudo ser el responsable de ese vidriado recuerdo del Papa Luna en Pamplona? Pues si tuviera que apostar, lo haría por el eterno archivero de la catedral, el canónigo José Goñi Gaztambide, uno de los hombres más sabios, eruditos y de mayor capacidad de trabajo intelectual e historiográfico que habrá habido en Navarra. Y también el último canónigo que vivió en las dependencias de la propia catedral, como sus antecesores medievales. Tuve la inmensa fortuna de que una vez nos sirviera de guía personal en una visita a la catedral de Pamplona, que conocía palmo a palmo, y no sólo en el estado en el que se encontraba en ese momento, sino también en el que había llegado a tener alguna vez. Fue un auténtico privilegio poder escucharle. 

De todas maneras, y después de lo que he afirmado en el párrafo anterior sobre la posible existencia de una línea de Papas diferente a la romana, ¿quiere eso decir que piense yo que don José Goñi Gaztambide era un aviñonista oculto? Por supuesto que no, aunque ciertamente sería un arranque más que sugerente para un cuentico de los míos, ya veremos... No, simplemente quería decir que lo lógico al encargar las vidrieras sería asesorarse por quién más sabía sobre los benefactores de la catedral a lo largo de los siglos, y ese alguien sólo podía ser el archivero Goñi. Así que desde aquí le agradezco ese pequeño pero inusual rasgo de "herética" libertad en la siempre más que conservadora Iglesia navarra.

 D. José Goñi Gaztambide

Pero todo esto no resta atracción ninguna a la inmensa figura histórica del Papa Luna, otro verdadero prodigio intelectual de su época, capaz de hablar durante más de siete horas en latín (y tenía ya más de ochenta años) para defender sus justos derechos, como hizo en 1415 en Perpiñán ante el emperador Segismundo y ante el rey de Aragón Fernando I de Trastámara, que le debía su corona, conseguida por el apoyo de la Iglesia aragonesa en el Compromiso de Caspe. Por eso cuando ambos le retiraron la obediencia y le obligaron a refugiarse en Peñíscola, Benedicto XIII, citando los Salmos -pues no en vano era el mayor teólogo de su tiempo-  le dijo: "me qui te feci missisti in desertum" (A mí, que te hice rey, me envías al desierto...).  

Y es que ninguna autoridad política o eclesiástica (que para librarse de los tres papas simultáneos que llegó a haber en lo que se conoce como el Cisma de Occidente, terminaron por defender la primacía de los cardenales sobre el Papa en el gobierno de la Iglesia)  fue capaz nunca de rebatir su fundadísimo e impecable argumento: Decís que sólo los Cardenales pueden elegir Papa; pues bien: todos los cardenales actuales son posteriores a 1378 (año del inicio del Cisma) menos yo, que soy por tanto el único cardenal indiscutible, ya que no fui nombrado por ningún papa cuya legitimidad pueda ahora discutirse, sino por el último que la tuvo sin duda alguna; y, como único cardenal legítimo que queda, sólo yo puedo elegir Papa; por tanto, me elijo a mí mismo, y así no podréis poner más en cuestión que soy el único verdadero”. 

Pero no le hicieron caso, y en poco tiempo todas las naciones cristianas le fueron retirando la obediencia a partir de ese año del Señor de 1415. También Navarra, regida todavía por su amigo Carlos III el Noble, que quizás en esta ocasión no hizo demasiado honor a su sobrenombre, pues él también debía mucho a uno de los mejores y más dignos portadores del anillo del pescador. El último Papa de Aviñón, que no renunció jamás, como todos le exigían. Que se mantuvo siempre en sus "trece".

Alguien cuyo poder de elocuencia y dominio de la dialéctica le hacía prácticamente invencible en el campo de la Teología, hasta que tropezó con un tudelano. Aunque esa sea una historia que os contaré otro día...

Busto-relicario de San Valero, supuesto retrato fidedigno de 
Benedicto XIII, ofrecido por él mismo a la Seo de Zaragoza

 

 ® MIKEL ZUZA VINIEGRA, 2019

lunes, 14 de enero de 2019

BIEN HALLADO



Mientras preparaba mi libro "Príncipe de Viana: el hombre que pudo reinar", fueron saliéndome al paso multitud de personajes que llevan 600 años durmiendo el sueño de los justos en los documentos de Comptos. A algunos los incorporé a mi narración, a otros, por su especial rareza o interés, los dejé para otra ocasión.

Uno de los que más llamó mi atención fue aquel de quien hoy voy a hablaros, porque su mera existencia supondría, en un sentido amplio, la confirmación de que Carlos de Viana, y sus hermanas, las princesas Blanca y Leonor tuvieron otro "hermanico" desconocido.

Sí, se sabe que la reina doña Blanca y su marido Juan II tuvieron 4 vástagos, porque la primera de sus hijas, la infanta Juana, murió con apenas tres años en Tudela, a principios del año 1425, cuando sus padres todavía no reinaban (lo harían a partir de septiembre de ese mismo año, cuando murió Carlos III el Noble en Olite). Curiosamente, la tumba de Juana es la única de los cuatro hermanos que conservamos, muy probablemente porque murió tan pequeña, que a su padre no le dio tiempo a martirizarla, que es a lo que se dedicó con gran esmero con sus otros tres hijos, que ni tiempo tuvieron en su asendereada vida para fijar su lugar de enterramiento.

Pero la infantica Juana fue sepultada en los Franciscanos de Tudela, templo derribado tras la desamortización, a mediados del siglo XIX, y del que la Comisión de Monumentos de Navarra pudo salvar el sepulcro del que hablamos, aunque desafortunadamente, no su lauda, de la que por un dibujo antiguo sabemos que mostraba la figura yacente de la princesica. Como decía, en la actualidad podemos contemplar la tumba en el Museo de Navarra.



Pero no me estaba refiriendo a Juana con lo del "hermanico" desconocido, sino a otra persona también sepultada, no entre piedras bien labradas, sino entre papeles muy bien escritos, el primero de los cuales lleva fecha de 6 de junio de 1440:


Ahí tenemos pues al misterioso Johanico Trobat, "criado de la reina", que paga sus gastos de manutención a una nodriza llamada María de Tineo. Pero un criado no es un hijo, ¿así que por qué digo que los principes de Navarra tuvieron un hermano que había pasado desapercibido hasta ahora?
Pues por lo que sorprendentemente afirma dos años más tarde el siguiente documento, fechado el 20 de febrero de 1442: 


"Johanico Trobado", es decir, en castellano moderno: "Juanito Encontrado", ¿y dónde lo encontraron? En la puerta de la iglesia de San Jorge de Tudela, que en aquel año de 1439 -fecha de tan feliz descubrimiento- todavía estaba situada en la actual Plaza del Mercadal de aquella ciudad.



Y que según el erudito Juan Antonio Fernández, era más o menos así. O sea: una fábrica gótica de una sola nave, con dos campanarios. A la puerta de esta iglesia, que no comparte con la actual más que la advocación de San Jorge, es donde la madre o el padre verdaderos dejarían a Johanico, sabiendo o bien que precisamente por aquel mismo lugar iba a pasar la reina doña Blanca, o bien que al menos estaba alojada en aquel momento en el palacio real de Tudela, y no dejaría por tanto sin protección a la criatura abandonada, pues era famosa por su bondad y por su exacerbada piedad, que demostró con creces al amparar al niño y al encomendár su crianza (de ahí la denominación de "Criado" del primer documento, que no quería decir, como podríamos entender actualmente, que fuera alguien al servicio de la reina, sino un niño cuya crianza estaba a cargo de la soberana de Navarra) a una nodriza llamada María de Tineo, mujer de un pescador tudelano llamado Johan de Aibar. Puede que incluso en la Tudela medieval, la puerta de la iglesia de San Jorge fuera el lugar acostumbrado para abandonar a las criaturas que no se podía o no se quería reconocer.

Observemos, sin embargo, que todos los recibos los firma el príncipe de Viana, porque su madre, doña Blanca, no hubiera podido hacerlo, ya que salió a principios del año 1440 de Navarra para acompañar a su hija del mismo nombre a su boda con el príncipe Enrique de Castilla, y ya no regresó de aquel reino (al menos con vida, aunque esa es otra historia), pues falleció en Santa María de Nieva -Segovia- el 1 de abril de 1441. Pero la Casa Real de Navarra siguió atendiendo el deseo de la monarca y pagando la manutención del tudelano Johanico, como atestigua el siguiente documento, fechado el 18 de enero de 1444:



 Aunque aquí el magnífico archivero Florencio Idoate tuvo un error de transcripción, porque ya hemos visto que Juanito fue encontrado en 1439, y no en 1429, concretamente en el mes de marzo. Por cierto que ya vemos que la nodriza se queja de no haber recibido nada en 1443, posiblemente por el inicio de las desavenencias entre el príncipe de Viana y su padre, que acabarían desembocando en la feroz guerra civil iniciada en 1451, aunque su auténtico origen estuviera en la muerte de la reina propietaria, diez años antes.


Pero a pesar de todo el príncipe siguió ocupándose de su "hermanastro" Johanico, esta vez proporcionándole tela para que María de Tineo le tejiera un traje. Y la última aparición documental de tan singular personaje está fechada el 16 de mayo de 1446, cuando María de Tineo recibe un salario de 18 libras, por cuidar al ya mozuelo -7 años- Johanico, como le encomendó la difunta reina doña Blanca. 


Es una verdadera lástima que no volvamos a saber más de Johanico, porque... ¿qué partido habría tomado cuando estallase la futura guerra entre su "hermano adoptivo" y su "padre adoptivo"? Sabiendo, como ahora sabemos, el trato que dispensó Juan II a sus hijos legítimos, no cabe demasiada duda de cómo hubiera tratado al adoptivo -por llamarle de algún modo-, así que quiero pensar que Johanico se habría puesto de parte de su hermano Carlos, aunque teniendo en cuenta que en 1451 sólo tendría 12 años, no estaría para entrar en combate alguno. En cualquier caso, al menos como escritor tampoco me parece mal no saber nada más sobre Johanico, porque eso me permite imaginar muchas de sus posibles andanzas, y no digo que en un futuro no vaya yo a novelarlas, porque me parece que tienen muchas posibilidades...

Aunque, bien pensado, quizás lo más lógico sería apostar por que el mocete murió en algún momento a partir de la primavera de 1446, quizás porque quienes debían mantenerlo ya estaban a otras cosas más graves y dejaron de hacerlo, quizás simplemente porque en aquella época la mortandad infantil era terrible, y no bastaría con el pescado del Ebro para mantener la precaria salud del chico. Si hubiera vivido más años doña Blanca, quizás la vida de su protegido hubiera sido distinta, o quizás no, quién sabe. 

Lo único cierto es que el tudelano Johanico Trobado podría presumir, al menos durante unos años, de haber sido salvado por una reina, igual que seis siglos después, unos olitenses de buen corazón lanzaron una campaña para salvar a la propia doña Blanca, al menos a la única representación fidedigna que de ella nos queda, que estaba a punto de perderse por el abandono y por el cierzo que sopla por aquel bendito lugar. Y consiguieron su objetivo, cosa que aplaudo y les agradezco sobremanera...





© MIKEL ZUZA VINIEGRA, 2019







sábado, 12 de enero de 2019

¿CÓMO ERA LA CORONA DE LOS REYES DE NAVARRA?


Aprovechando que justamente hoy se cumplen 525 años exactos de la última coronación de unos reyes de Navarra en donde ordenaba el Fuero: ante Santa María de Pamplona, voy a hacer un repaso a las distintas coronas que por los testimonios histórico-artísticos que se han conservado podemos suponer que pertenecieron a los reyes y reinas de Navarra.

Vaya por delante que no hay constancia documental alguna de que hubiera una sola corona o una sola espada que se transmitieran de monarca en monarca, o que se emplearan por decreto en cada ceremonia, como todavía ocurre por ejemplo con las de los reyes de Inglaterra, así que lo más probable es que cada soberano navarro se hiciera una a su medida, porque estrictamente hablando, recordemos que una corona no es más que un aro que se coloca sobre la cabeza, generalmente como adorno, en señal de premio o como símbolo de nobleza o dignidad, así que según el tamaño de la cabezota de algunos y algunas de los nativos, así variaría también el peso y el tamaño de los materiales preciosos empleados para confeccionar la corona del reino de Pamplona primero, y del de Navarra después.

Si no tenemos en cuenta los retratos de Sancho II Abarca que aparecen en el Códice Vigilano y en el Emilianense, realizados hacia el año 994, y en los que su cabeza más que coronada se muestra nimbada, como si fuera un santo, las primeras representaciones de algo parecido a una corona sobre las sienes de un rey de Pamplona serían las que aparecen en las primeras monedas acuñadas en nuestro territorio: las del rey de Aragón y pamplona Sancho V Ramírez. Un modelo numismático, por cierto, que fue repitiéndose con sus hijos Pedro I y Alfonso I, y que pasó sin cambios importantes a la nueva dinastía, representada por García V Ramírez, su hijo Sancho VI el Sabio, y su nieto Sancho VII el Fuerte.



Los seis reyes aparecían en sus monedas de perfil, llevando en la cabeza más que una corona una diadema o una cinta, herederas ambas características de las monedas romanas, en las que los emperadores aparecían también de manera lateral, coronados por ramas de laurel o de olivo.

Lo cierto es que sólo se conservan tres retratos fidedignos de los reyes de Navarra. A saber: las figuras yacentes de Sancho VII el Fuerte en Roncesvalles y de Carlos III el Noble en Pamplona, y la que que muestra a doña Blanca I en el claustro de Santa María de Olite. Esas tres representaciones son las que fundamentalmente nos permiten hoy en día extraer el tipo de coronas que llevaron los tres.

Sancho VII el Fuerte falleció en Tudela en 1234, y tras muchas vicisitudes y dos entierros, fue sepultado en la nave central de la colegiata de Roncesvalles, bajo un sepulcro del que sólo se conserva actualmente su estela funeraria, y donde es su imponente altura -que concuerda con los testimonios históricos y forenses- es lo que más ha llamado la atención de los estudiosos y visitantes. La corona que lleva es abierta, como todas las medievales, de ocho puntas, cuatro más altas, y decorada con abundante pedrería en forma de cruz.

Aunque podamos dudar de que en tan temprana fecha (primer tercio del siglo XIII) el escultor tallase un retrato riguroso del rostro de Sancho, sí que podemos suponer que reflejaría lo más exáctamente posible la corona del rey, porque es más que posible que la tuviese delante. Además, esa corona es bastante similar a las que -más esquematicamente- aparecen dibujadas por Ferrando Pérez de Funes en las dos Biblias que elaboró para dicho monarca hacia el año 1198.




El rey Carlos II, ya a mediados del siglo XIV, recuperó la efigie regia en las monedas navarras, perdida desde tiempos de los Teobaldos, y se hizo representar coronado y hasta casi sonriente (con el genio que él tenía) en este precioso gros de plata: 


 Ya veis que su corona era abierta y con puntas posiblemente flordelisadas, aludiendo a su ascendencia francesa. Y poco más tarde encontramos el espléndido sepulcro de Carlos III el Noble en la catedral de Pamplona, realizado por Jean Lome de Tournai hacia 1415, cuando el rey aún vivía, por lo que si sabemos que lo representó tal y cómo él era, no tenemos por qué tener duda de que la corona que situó sobre su cabeza y sobre la de su esposa Leonor eran las más lujosas que aquel rey poseía, las que él mismo escogió para que le acompañasen por los siglos de los siglos.


Vemos que es una corona abierta, decorada con abundante pedrería (toda ella desaparecida, aunque lo más probable es que sólo fuesen cristales de colores y no joyas verdaderas) y con las puntas en forma de hoja o tallo vegetal. Los estudios más recientes apuntan que el rey está representado con el mismo traje del día de su coronación, así que es muy posible también que su corona fuera también la empleada aquel día, el 29 de julio de 1390.

Curiosamente tenemos un testimonio precioso sobre aquel día y sobre aquella corona, pues el encargado de predicar el sermón del día de la coronación fue el cardenal aragonés Pedro de Luna, venido desde Aviñón para participar en la ceremonia y para conseguir que el rey de Navarra abandonase la obediencia del papa de Roma, cosa que logró haciendo un gran elogio público de la Realeza navarra, y jugando dialecticamente con los conceptos de Corona (el reino de Navarra) y de corona (la joya que adornaba la cabeza del rey de Navarra). Os copio un resumen muy escueto de su discurso, actualizando algunas palabras para que se entienda mejor: 

"Un conocido dicho afirma: 

Antigua observancia es que el rey en Pamplona,

por ornament de Gracia reciba corona".



"Y dicen las Sagradas Escrituras: Nuestro Sennor Dios dará a la vuesta cabeça acresçentamiento de Gracias, et corona muy noble la cubrirá".



"Podemos considerar por tanto en la corona del rey la materia, que es de oro, por el qual es significado el poder real, por quanto, segunt dizen los doctores es metal muy precioso, mas aun propiamente, por quanto no recibe en sí corrupción, et por esto significa fidelidad, en la qual es fundado el poder real en tres aspectos. Es a saber, en la fidelidad que el rey ha de tener a Dios, en la fidelidad que los súbditos han de tener al rey, et en la fidelidad quel rey ha de tener a los súbditos.


Podemos también considerar que la forma de la corona es redonda o circular, por lo qual dizen los doctores que es significada perpetuación del reino, mas aun propriament esta figura es apropiada a Dios, a la perfección del qual el rey debe intentar acercarse.



Dize el venerable doctor Alano que Dios es una esfera inteligible, de la qual el punto medio es en toda part, et la fin suya no es en ningún lugar. Mas aun en la forma de la corona hay puntas et todas en la parte de arriba por significar que la intençion del rey toda debe ser guardar a Dios et a la gloria celestial, no a ninguna cosa terrenal.


Et podemos considerar quel ornament de la corona es de piedras preciosas, por las quales son significadas virtudes las quales son de quatro naturas, es a saber: balaxes o rubíes, por los quales es significada sabiduría o prudencia; item zafiros, por los quales es significada justicia; item esmeraldas, por las quales es significada templanza; item diamantes, por los quales es significada fortaleza et constancia…"


De esta forma, y gracias a quien acabaría convirtiéndose en el papa Benedicto XIII (el único verdaderamente legítimo, y no los de Roma, aunque esa es otra historia), sabemos qué significaba espiritual y simbólicamente la Corona para un hombre del Medievo, y sabemos también más concretamente cómo era la corona del rey de Navarra, al menos la del rey Carlos III el Noble: de oro, adornada con rubíes, zafiros, esmeraldas y diamantes. 


Y queda la tercera representación de un rey navarro, en este caso de una reina: doña Blanca I, la hija de Carlos III, situada en la puerta del claustro de Santa María de Olite. Bueno, ahora hay una réplica, porque afortunadamente se llegó a tiempo de salvarla de la erosión, pero el caso es que tanto la figura original como la copia muestran a la gobernante con una corona abierta, adornada por joyas, y que parece más baja que la de su padre, aunque puede que la moda de las coronas femeninas fuera así en aquel momento, y puede también que las puntas y florones de la corona se hayan perdido con el tiempo, como interpretó el autor de la réplica.

Original

Copia

El caso es que de las coronas de Blanca I tenemos un par de testimonios más: las pintadas en la bóveda de la catedral de Pamplona alrededor de sus armas heráldicas, de ocho puntas terminadas en flores de lis (recordad: el símbolo de la realeza de Francia), con el triple lazo de la dinastía de Evreux decorando la cruz frontal:




Y esta moneda de plata acuñada por Blanca I y por su marido Juan II de Aragón. Es un gros, también conocido popularmente por el nombre de Corona, no hará falta explicar por qué: 


 En cualquier caso, mucha de la riqueza de la familia real de Navarra (la vajilla más rica que principe hubiera tenido jamás, dice la documentación de Comptos) la dilapidó el citado Juan II en sus guerras de Castilla, obligando muchas veces a su esposa -que era la reina propietaria- a empeñar sus joyas o a malvenderlas, así que muy probablemente ninguna de las coronas de la casa real de Navarra llegó jamás a manos del príncipe de Viana o de sus hermanas Blanca o Leonor, entre otras cosas porque a los dos primeros no les dejó reinar su padre, el ínclito don Juan, y a la tercera sólo 15 días, que fue el exiguo tiempo que ella pudo sobrevivir a su tiránico progenitor, fallecido -¡por fin! el año 1479.

A partir de esa fecha, los únicos testimonios que sobre coronas de los reyes de Navarra puedo aportar son los que aparecen en las monedas acuñadas por los últimos reyes de Navarra, esos cuya coronación conmemoramos hoy mismo: 12 de enero de 2019. A Catalina I de Foix -que pronto dará felizmente nombre a una avenida pamplonesa- y a Juan III de Labrit -que hace cien años ya que da nombre a una calle y a un famoso frontón- me estoy refiriendo, que cuando acuñaron escudos de oro, recuperaron la costumbre -perdida desde tiempos de Carlos II- de incluir en el anverso el retrato regio. Tosco, eso sí, pero retrato al fin y al cabo.



Podemos ver que las coronas de ambos son iguales, y bastante altas las dos, con sus puntas flordelisadas y sus joyas decorando el aro. Probablemente así serían las coronas de los últimos reyes alzados en la catedral de Pamplona, y probablemente se las llevaron con ellos al exilio, cuando Fernando de Aragón invadió el reino en 1512. Pienso que si se las hubieran dejado en Pamplona, el usurpador habría hecho ostentación de ellas al incautarlas. Como no ocurrió así, lo más lógico es que se las llevaran consigo al Bearne por dos razones fundamentales. 

La primera: porque eran las joyas más representativas, las que les hacían reyes ante cualquiera. La segunda: porque por esa misma razón, que eran joyas, y por lo tanto valiosas, podían emplearlas en caso de necesidad económica, y recordemos que levantaron un ejército en dos ocasiones (1512 y 1516) para intentar recuperar su reino, con lo cual creo con bastante fundamento que el fin de las coronas de los reyes de Navarra sería ser fundidas para pagar tropas con el dinero obtenido por ellas gracias a algún prestamista. 

Y si ese fue su fin: contribuir al intento de recuperación de la libertad perdida por su pueblo, me parece un final más que digno y hermoso para las coronas de unos reyes legítimos, como lo fueron Juan y Catalina. 

Dibujo de la coronación de Juan III y Catalina I hecho por Juan Luis Landa
para su libro 1512: In memoriam




® MIKEL ZUZA VINIEGRA, 2019





















sábado, 17 de noviembre de 2018

EL CAPITÁN VILLARREAL Y YO

En los largos veranos de Pedroso, la misa de los domingos era una cita ineludible a la que ineludiblemente también solía llegar siempre tarde, apurando hasta el tercer toque de la cantarina campana en casa, y bajando acto seguido corriendo hasta entrar, intentando hacer el menor ruido posible -lo que resultaba complicado, dado el tamaño de las puertas del cancel de la iglesia, decoradas con dos sentencias que a mí me parecían que habrían sido dictadas por el Tribunal de la Inquisición: "En la casa del que jura, no faltará desventura", y "Esta es casa de oración, y no de conversación". En todo caso, nadie las hacía ya demasiado caso, y lo que es al final del templo, donde nos sentábamos los chavales, casi siempre en un banco en el que alguien -vete a saber cuándo- había grabado la palabra "Keleto", las conversaciones eran largas y provechosas, pues normalmente versaban sobre la rapidez a la que saldríamos en cuanto el cura dijese: "podéis ir en paz".

No obstante, otras veces, ya fuera por el calor ambiental, o porque la prédica desde el altar resultara más aburrida aún que de costumbre, una especie de sopor o modorra invencible caía sobre la parte masculina de los fieles -las mujeres se sentaban todas en los bancos de delante- y, si estabas atento, podías pasar un buen rato apostando a ver quién iba a ser el siguiente en dar una buena cabezada o incluso en roncar sin miedo al castigo divino. Se acababan también las ganas de hablar o de contar cuántos murciélagos podían salir de las capillas en plena misa. Todo era entonces silencio y sueño...

Debió ser en una de esas ocasiones casi a punto de cerrar los ojos arrullado por el sermón parroquial, cuando reparé por primera vez en un cuadro que colgaba, sin marco, junto a la puerta de entrada. Representaba a una especie de mosquetero (al menos iba vestido igual que los de las películas), con larga melena, bigote y perilla, y además llevaba una magnífica espada de la que se adivinaba una empuñadura de lujo sobre la que reposaba su mano izquierda. Con la derecha sostenía un elegante sombrero, junto a una mesa cubierta de seda roja, en la que se veían pluma, tintero, y una carta en la que resultaba imposible, desde donde yo  me encontraba, leer que ponía.


EL CAPITÁN JUAN DE VILLARREAL ALMARZA Y MORENO
NATURAL DE PEDROSO (LA RIOJA)
HACIA 1670
Para más señas, el lienzo estaba colocado justo encima de una especie de huchas excavadas en la pared que llevaban escrito en las puertas que las protegían algo así como "Pan de San Antonio" o "Pan de los Pobres", no recuerdo bien, pero que por la antigüedad que aparentaban yo imaginaba siempre llenas de doblones o escudos de oro. A veces echaba yo dentro alguna peseta, sólo por oírla caer sobre ellos, y poder corroborar así, por el tintineo, si era cierto que estarían repletas de monedas de aquellas que sólo aparecen ya en los cofres de los piratas.

No creo -ahora- que al abrirlas en alguna restauración aparecería doblón alguno, pero si salieron varias pesetas (puede que hasta algún duro incluso) de la época del Mundial 82, puedo asegurar sin temor a equivocarme que primero estuvieron  en la cartera de mi padre o de mi madre. Conste que, como he dicho, lo hacía como experimento científico-numismático.

Muchas veces, desde aquella primera, me fijé yo desde nuestro banco en el caballero, que resultó tener el grado de capitán y llamarse Juan de Villarreal Almarza y Moreno, según rezaba la inscripción que tenía a sus pies, y que sí que se podía leer desde abajo. Pero la carta sobre la mesa seguía sin poder leerla... Tuve que esperar a un toque de campana especial, que sólo se daba justo antes de fiestas, para que quien quisiera acudiese a limpiar la iglesia, para, encaramado a una endeble escalera de doble hoja, ponerme casi a la misma altura del capitán y leer al fin: "A Pedro Lázaro Ruiz, pintor, mi amigo, que Dios guarde, con dos mil pesos..."

Dos mil pesos... Sonaba a fortuna de las grandes, no en vano parecía ser que el capitán Villarreal, hijo de la villa de Pedroso, había llegado a ser Gobernador General de México allá por el año 1670, aunque nunca había forma de probar de dónde sacaban ese dato los contadísimos libros que hablaban del personaje, y que a lo largo de los años pude consultar. Tampoco era que me importase mucho entonces ni ahora qué es lo que llegó a ser realmente el paisano representado en aquel cuadro.

No, prefería y prefiero imaginármelo tomando agua de limón para refrescarse mientras descansa de su sesión de esgrima, durante la que ningún contrincante puede siquiera soñar con alcanzarle, pues es legendaria su rapidez y destreza, adquiridas ambas, sin duda alguna, cuando siendo niño la pelota escapaba rodando de la plaza, y había que lanzarse a por ella calle abajo, desbocado ante el miedo de que acabase en la Cueva, si no la alcanzabas antes. O puede que su técnica fuese también perfeccionada esquivando las piedras que lanzaba Mario con puntería certera, si veía a los chavales encaramarse al muro para coger sus avellanas. O quizás corriendo en la Rampla al otro lado de la pared del frontón, para poder ver dónde caía la pelota y no darla por perdida.

O me imagino también al capitán Villarreal en una de sus campañas en los desiertos mexicanos, añorando el agua helada de Fuentepiojosa, o lo veo capaz de subir los cerros más altos, tarea poco dificultosa para quien desde muy pequeño subía y bajaba del Serradero sin despeinarse, siendo capaz asimismo de deslizarse desde los muros altos de las fortificaciones virreinales hasta el suelo, empleando la técnica aprendida en los resbaladeros cubiertos de paja del Carrascal.

O echando de menos las noches en las que el cielo de agosto se llena en la Carrera o el Patrocinio de las estrellas que caen vertiginosas. O adivinando la hora que es sólo con mirar la peña del Reloj, allá enfrente, en Tobía. O mirando el monte San Lorenzo nevado desde el camino del Roble. O haciéndosele la boca agua con las sabrosas tortas que maese Sobrón elabora en Baños de Río Tobía, aunque sus médicos le digan que es mucho más sano comer sólo nueces, cosa en la que él está en el fondo totalmente de acuerdo, por eso repite siempre a quien quiera escucharle que las mejores nueces de Europa y de América son las de Pedroso. Con el barco correo de Yucatán se hace traer todos los años un saco, aunque para cuando llegan a México están ya un poco secas, pero bien molidas curan cualquier enfermedad o melancolía...


Sí, así me imagino yo al Capitán don Juan de Villarreal, al que ahora le hacen hasta estupendas visitas guiadas y a quien sé que pusieron todavía más guapo en una reciente restauración, y que hasta lo llevaron a una Gran Exposición sobre el Barroco en La Rioja.

Aunque siguieron dejándole sin marco, probablemente porque así tiene mucho más fácil bajar a mezclarse con sus paisanos y paisanas, al menos alguna noche de Fiestas en el bar de Fidel. Creo que una de esas veces tuve que pagarle yo su vaso de ron, porque según me dijo no tenía más que doblones en su faltriquera, y esa ya no es moneda de curso legal más que en los sueños. Sobre todo en los que nacen en la infancia...



© MIKEL ZUZA VINIEGRA, 2018

martes, 13 de noviembre de 2018

9º ARTE

Castillo de Monreal, 13 de noviembre de 1358



-Majestad, el enviado del Príncipe Negro de Inglaterra ha llegado. 

-Hacedlo entrar cuanto antes, ¿cómo habéis dicho que se llama?

-Stan Lee, mi señor. 

-¡Mirad que tienen nombres ridículos estos ingleses! Si no fuera porque los necesito para alcanzar el trono de Francia, no querría tratar con ellos ni en pintura. Pero silencio, que ya entra en el salón...

-¡Mesire Charles de Navarra, qué alegría me da conoceros al fin!

-¿Habéis oído hablar de mí, mister Lee? Espero que algo bueno...

-¡Por supuesto, Majestad! ¿Quién se atrevería a hablar mal del rey Carlos de Navarra, presunto heredero también de la corona de Francia?

-¿Presunto? Mal empezáis, mister Lee.

-Recordad que me debo a mi señor, el príncipe Eduardo de Inglaterra, también llamado Black Prince, también llamado Son of Storm, también llamado...

-¡Conozco bien sus apodos, que bien que paga a sus heraldos para que los repitan sin cesar por toda Aquitania, no hace falta que me los repitáis! ¿Qué es lo que quiere ahora mi primo Eduardo?

-Quiere ofreceros la ayuda de varios mercenarios que implementarán vuestras capacidades bélicas en la guerra contra el rey francés, mi señor.

-¿Implementar? Jamás había oído esa palabra... ¿Es acaso  alguna estrategia de mercado inglesa para que el resto de los mortales no entendamos nada?

-Nada de eso, Majestad. Tan solo os hablo de un Cluster de héroes que buscan sinergias para, combinando sus poderes, alcanzar un resultado óptimo. 

-Pues me quedo igual, no entiendo nada de lo que decís... ¿Me tomáis por tonto acaso? Porque tengo mucho sitio en mis mazmorras para los que lo hacen...

-Nada de eso, mi señor. Os lo explicaré mediante dibujos, para que no haya duda de qué o de quiénes os estoy hablando. Aquí tenéis el primero de la fantástica lista de colaboradores que os ofrece el príncipe de Inglaterra. Ved su preciosa armadura, confeccionada a su medida en Milán. Su nombre es: Doctor Muerte...

-Con ese nombre será buen soldado...

-Además es también rey, mi señor. De Latveria, un país en medio de los Balcanes que se complace bajo su tiranía. 

-Bueno, si es rey comprendo mejor su apelativo, que es muy fácil denigrar a quien gobierna. A mí mismo, sin ir más lejos, hay quien se empeña en llamarme "Malo". Pero qué curioso, en cuanto les corto sus lenguas, dejan de hacerlo...

-¡Oh, que prodigio de sensibilidad y gracia sois, mi señor don Carlos!

-Basta de hacerme coba y seguid con vuestra lista. ¿Quién es este bergante, por ejemplo?

-Este es Peter Parker, mi señor, un leal súbdito del rey Eduardo, hasta que un día le picó una araña recién salida de la pila de agua bendita de la catedral de Chester, e imbuida por tanto de poderes casi divinos, los cuales transmitió con su picadura al infeliz Parker, huérfano de padres que vivía con sus tíos Ben y May, y estaba prendado de la bella Mary Jane, que no le hacía ningún caso...

-¿Pero qué novela de caballería me estáis contando, don Stan? ¡Yo necesito guerreros de verdad, y no neuróticos arácnidos!

-¡Entonces este otro os vendrá de perlas, mi señor! Se trata de un semidiós venido de Asgard, que maneja un martillo mágico y puede hacer que llueva y truene donde le plazca! Se llama Thor...

-Hablaré con mi Servicio Meteorológico para que le den un empleo en las Bardenas, me comentan que empiezan a estar muy secas. Si ese Thor puede hacer llover donde quiera, allí será muy bienvenido, aunque tampoco le veo utilidad guerrera alguna. Me parece que me estáis haciendo perder mi valioso tiempo...

-No, simplemente había dejado al mejor para el final. Se trata de un prodigioso alquimista llamado Bruce Banner, que buscando la piedra filosofal se vio bañado por unos rayos que lo transforman, cuando se enfada, en una criatura de piel verde y fuerza descomunal que no puede ser controlado por nadie. 

-Pues si no puede ser controlado por nadie, ¿para que lo quiero yo? ¿No será que vuestro príncipe Eduardo quiere librarse de todos esos vagos y ha pensado: ¡vamos a colárselos al rey de Navarra, que tiene cara de gilí! ¡Guardias, a mí, poned preso a Stan Lee!

-¡Una orden que rima! ¿Puedo utilizarla en el guión de mi próxima historia, Majestad?

-Haced lo que os plazca con ella. Vais a tener mucho tiempo para escribir siendo mi huésped en la oscura espelunca de Monreal. ¡Y no se os ocurra llamar a ese bretón endiablado que sé que lucha también para vosotros. ¿Cómo se llamaba? ¡Ah, sí: el Capitán Armórica! Si veo aparecer su escudo por aquí, vos pagaréis las consecuencias, os lo juro. Otra cosa sería que llamaseis en vuestra ayuda a esa heroína tan hermosa llamada Tormenta, que en el cine fue interpretada por una súbdita nuestra llamada Halle Etxe-Berry...

-A quienes voy a llamar para que me liberen es a los Cuatro Fanáticos, unos dominicos que van quemando herejes por todo el Languedoc. Os vais a enterar, don Carlos.

-Pues entonces llamaré yo al Jabato y al Guerrero del Antifaz para que me defiendan. Y ya si me tocáis mucho los perendengues, también a mi amigo el Capitán Trueno, y entonces sí que os daremos una paliza que no olvidaréis jamás los malditos sajones, por querer quedarse con el mercado de los tebeos en exclusiva. Aunque si mandáis a la Bruja Escarlata a parlamentar conmigo, quizás os perdone...


Y ESTO FUE ESCRITO PARA RECORDAR AL MÍTICO EDITOR DE TEBEOS DE LA MARVEL, STAN LEE, QUE FALLECIÓ AYER A LOS 95 AÑOS, Y AHORA MISMO DEBE ESTAR DEBATIENDO CON GALACTUS CUÁL ES LA MEJOR MANERA DE CONQUISTAR LA TIERRA. THANKS FOR ALL, MR. LEE.



© MIKEL ZUZA VINIEGRA, 2018

jueves, 4 de octubre de 2018

EL ESCUDO DESAPARECIDO DEL ARCEDIANATO DE LA CATEDRAL DE PAMPLONA


Se cumplen unos cincuenta años de una de las mayores barbaridades urbanísticas cometidas contra el patrimonio histórico-artístico de Pamplona, tan sólo superada -a mi humilde entender- por el holocausto arqueológico de la Plaza del Castillo y, en un futuro muy cercano, porque en esta ciudad el gusto por el horror no se detiene nunca, por la construcción de las torres en el solar de Salesianos, que arruinarán el paisaje que durante siglos ha mantenido Iruña para siempre.

Me estoy refiriendo a las horribles "Casas de los Canónigos" de la calle Dormitalería, que a su intrínseca fealdad sumaron además la nefasta consecuencia de aislar y ocultar el maravilloso patio del Arcedianato para siempre. A tantos años vista, podríamos preguntarnos con mucha razón cómo pudo el Ayuntamiento dar permiso para una actuación tan desdichada, pero no os preocupéis, porque el Ayuntamiento no concedió licencia alguna, sino que el obispo de entonces secundado por los propios canónigos -el Dios de la belleza se lo tenga en cuenta el día del Juicio Final- hicieron lo que les salió de la mitra y de la casulla, y derribaron las viejas casas que daban un sabor único a ese lugar. Total, para levantar los desaboridos bloques de pisos que ahora podemos lamentar. Pamplona, en estado purísimo...

El caso es que el Arcedianato tenía una puerta gótica (tardogótica más bien) que, que sepamos al menos, esos auténticos homicidas artísticos no se molestaron tampoco en conservar, aunque tampoco les hubiera costado gran cosa mantenerla en su sitio, porque no era tan grande, pero vaya... En la clave de esa puerta, lucía un escudo donde campeaban orgullosas las armas de los Beaumont, una de las dos sagas familiares que contribuyeron a desangrar Navarra desde mediados del siglo XV.



Son muchos los autores locales que se han ocupado de este desastre arquitectónico: Urmeneta, Uranga, Arazuri y más recientemente Mendiburu, pero quien me permite ahora evocar cómo era ese escudo es Pedro García Merino, que desde mediados de los 60 publicó en la revista Pregón una estupenda serie de paseos por el barrio de la Navarrería, en los que trató sobre casi todos los escudos que lucían en las fachadas de las casas, algunos desgraciadamente ya desaparecidos, como este del que os voy a hablar, aunque no esté de acuerdo con la explicación que dio sobre su posible ordenante. Veamos lo que García Merino dijo en el número de Otoño de 1964:


"Sobre la puerta gótica de esta casa hay un escudo episcopal, que posiblemente perteneció a don Carlos de Beaumont, elegido obispo de Pamplona por el cabildo catedral, a propuesta del príncipe de Viana, el año 1457, en contradicción con el candidato agramontés, don Martín de Amatriain, al que apoyaba Juan II".

Ocurre que esa casa, que ocupaba los números 3 y 3bis, situada justo al lado del palacio donde hoy en día se halla la librería diocesana, era conocida desde muy antiguo como "Casa del Arcediano de la Tabla", uno de los cargos más importantes -y también el que más medios económicos tenía a su disposición- del cabildo.

Y efectivamente, el citado Carlos de Beaumont fue elegido como obispo, aunque su nombramiento no fue aceptado por el Papa, pero hasta ese momento, había ostentado el cargo de Arcediano de la Tabla, por lo que podría haber sido él  quien ordenase la construcción de ese portal. Sin embargo, tanto el diseño general del pórtico -al que mucho más tarde se le añadió una hornacina con la figura de san Francisco Javier- como el del propio escudo, me hacen pensar que el personaje a quien realmente podría adjudicarse esta fachada es a Juan de Beaumont, que siguió casi miméticamente la trayectoria eclesiástica de su antecesor y pariente, aunque medio siglo después.

Siguiendo al gran Goñi Gaztambide, en su tomo III de la Historia de los Obispos de Pamplona, Juan de Beaumont fue nombrado por la Santa Sede en 1510 (cuando todavía era menor de edad) arcediano de la Tabla de la catedral de Pamplona. De hecho tras los consabidos recursos y protestas, tuvo que ser su padre, el señor del palacio de Arazuri, llamado también Juan de Beaumont, quien tomara posesión del cargo en calidad de procurador de su hijo. El caso es que en 1520 murió el obispo de Pamplona, Amaneo de Labrit, y la mayoría del cabildo, reunido en sesión el 20 de diciembre, escogió como sucesor al agramontés Remiro de Goñi, pero una minoría escogió a Juan de Beaumont, repitiendo punto por punto la división que se daba en la sociedad navarra de la época.

Juzga Goñi Gaztambide:

"Juan de Beaumont no podía competir con él ni en ciencia ni en experiencia, aunque sí en ambición. Era arcediano de la Tabla desde 1510, pero no  hizo nada notable. Murió joven en 1528. Juan de Beriain, de 99 años de edad, declaró en 1579 que Juan de Beaumont "fue a la corte de Castilla, donde fue electo obispo de Huesca y, viniendo para Navarra, murió en el camino". Las fuentes contemporáneas ignoran tales circunstancias. Sin embargo, si sabemos que Francés de Beaumont, que estaba luchando en la guerra de los comuneros, pidió licencia para dirigirse a Alemania a fin de solicitar personalmente la mitra de Pamplona para su hermano Juan de Beaumont".

Este Francés de Beaumont no era un personaje cualquiera, pues fue uno de los principales comandantes hispano-beaumonteses en la batalla de Noain de 1521, en la que Navarra perdió definitivamente la independencia, y de hecho fue ante quien se rindió Asparrots, el jefe del ejército franco-agramontés. El caso es que el emperador -como de costumbre- hizo caso omiso a la decisión del Cabildo pamplonés y a la petición de su lacayo Francés de Beaumont, y se negó a aceptar los dos nombramientos.

El Cabildo corrió a justificarse ante Carlos V:

"Tristán de Beaumont, hermano de Juan de Beaumont, seguido de media docena de espadachines, acometió al arcediano de la Valdonsella, Miguel Cruzat, de sesenta años de edad, que, revestido de su capa coral y acompañado de un clérigo, se dirigía al coro, gritándole: "¡Arcediano, yo y mi hermano estamos muy mal contentos de vos, por cuanto no habéis querido dar vuestra voz en postular el dicho don Juan, mi hermano, y lo habéis hecho muy mal!" E luego, por su mandado, los suyos, el dicho Tristán seyendo presente, las espadas rancadas y palos en las mano, le maltrataron y, pensando matarle, le siguieron hasta dentro de la Catedral". O sea, el Cabildo alegó ante el emperador que los Beaumont les habían amenazado para que eligieran a Juan, el arcediano de la Tabla.

Finalmente Carlos V mantuvo la sede de Pamplona vacante, hasta que Roma decidió nombrar a un italiano, el cardenal Cesarini, que gobernó mediante procuradores, siendo realmente quien manejaba las rentas de la diócesis (lo único que importaba realmente a todos) el intrigante veneciano Juan de Rena, jefe de todos los espías castellanos en Navarra desde la conquista de 1512, que llegaría a ser obispo de Pamplona él mismo en 1538.

Es muy interesante destacar que no volvió a haber un obispo navarro ocupando la silla de San Fermín hasta más de dos siglos después, y que desde el año 1512, cuando Julio II limpió el culo de Fernando "el Católico" con sus bulas, hasta la actualidad, sólo ha habido cuatro (Añoa, Irigoyen, Uriz y Lasaga y Uriz y Labairu), cuando hasta la conquista la gran mayoría habían sido naturales de este reino, de lo que se deduce que Roma sí que paga a traidores, sobre todo si éstos van provistos de buena bolsa, como siempre iban los reyes de Castilla primero, y los de España después. Pero los de Navarra no podían competir en ese campo, por muy piadosos que fueran, así que con razón dicen que la Iglesia Católica tiene un sentido del tiempo muy especial. Tan especial, que el reloj de Roma parece haberse quedado parado, en relación con Navarra, en 1512, como si admitiera que no hay un navarro lo suficientemente apropiado para pastorear a sus paisanos. Pero doctores tiene la Iglesia...

Volviendo al aspecto heráldico, el desaparecido escudo de la desaparecida puerta del Arcedianato, por su jefe (la parte superior del escudo) de tres puntas, y por las 6 borlas del capelo que lo rodeaban (que tanto podían hacer referencia a la condición de obispo "in pectore" que Juan de Beaumont tuvo durante un breve momento de su vida, como al cargo de protonotario apostólico que también ostentó), me parece más propio del primer tercio del siglo XVI que de mediados del siglo XV, igual que el pórtico en sí, que como vemos en la foto no era precisamente un arco de triunfo en cuanto a mérito artístico, pero que sí hubiera merecido al menos el indulto de la destrucción general de las casas del Arcedianato por ser testimonio de una época tan movida en lo político y lo religioso como lo fue el fin del reino independiente de Navarra. Pero eso no conmovió un ápice a sus destructores, claro está.

Artículo de Pedro García Merino en la revista Pregón, de Otoño de 1964



Poco más sabemos de Juan de Beaumont. Sólo que tras el desastre de Noain, el conde de Lerín -jefe del vencedor bando Beaumontés- dirigió una carta de su puño y letra al emperador pidiendo una vez más la mitra de Pamplona para su primo, en la cual, como remacha Goñi Gaztambide, dice pocas cosas buenas de él. Apenas que "era criado de Vuestra Majestad y buen servidor y vasallo vuestro, que ha días que vive con mucha esperanza de una merced como ésta, que vuestra cesárea y católica Majestad le ha de hacer". Aunque como ya he dicho, Carlos V no hizo ni caso ni merced a las reiteradas peticiones. En este caso sí que Roma no pagaba a traidores...

Pero parece que Juan de Beaumont se consoló pronto, haciéndose con otro cargo -y sus abundantes rentas- en el cabildo de la catedral de Pamplona: el de enfermero, que le fue confirmado en enero de 1525. Murió el 10 de abril de 1528, muy joven todavía, siendo protonotario apostólico, familiar y comensal de un cardenal, canónigo enfermero y arcediano de la Tabla, que era la dignidad más rica del Cabildo. De su paso por la Diócesis de Pamplona, que estuvo a punto de regir, sólo nos habría quedado, pues, ese escudo que las malhadadas obras de 1965 se llevaron por delante. ¿Sólo?

Pues no, dejó otro testimonio físico que, milagrosamente, sí que se ha conservado: su lauda sepulcral, que se halla en alguna dependencia interior de la Catedral, sin que podamos decir ahora mismo exáctamente en cuál, aunque confiamos en que alguna vez se exponga públicamente como merece. Si comparamos ambos escudos, veremos que la lápida hasta tiene unas proto-borlas rodeando las armas de Juan de Beaumont, muy similares a las del escudo perdido del Arcedianato. Como he dicho, serían dos testimonios muy valiosos de aquella terrible época en la que Navarra quedó partida por dos banderías opuestas en todo, menos en el ansia de acaparar todo tipo de cargos bien remunerados.

Lauda sepulcral del arcediano de la Tabla,
Juan de Beaumont, fallecido en 1528
La foto es de T. Martínez Alava

Que no vuelvan nunca más esos tiempos a nuestra tierra ni a ninguna otra.



® MIKEL ZUZA VINIEGRA, 2018





martes, 2 de octubre de 2018

IGUAL QUE LA RAÍZ DEL ARBÓL EN LA TIERRA


Palacio real de Trapani (Sicilia), asignado al rey Teobaldo II de Navarra,
de regreso de la Cruzada de Túnez, diciembre de 1270

-Está delirando, ya no se le entiende. Mirad que es desgracia que vaya a morir de la misma peste que su suegro el rey Luis de Francia.

-Sí que se le entiende: está recitando unos versos de su padre, el gran trovador Teobaldo I de Champaña. Lo que pasa es que no recuerda ya todas las estrofas...

-¿Pero qué decís, no tenéis ni idea de música: lo que masculla no lo escribió su padre, sino un trovador armenio que Teobaldo I trajo consigo desde Antioquia cuando volvió de Tierra Santa. Si nos ponemos muy cerca, podremos transcribir lo que está diciendo el rey:

Tenía yo sin ti
mi corazón dormido.
Pensaba que jamás
podría despertar.
Y al escuchar tu voz
corriendo desperté,
y ha vuelto a mí el amor,
más fuerte aún que ayer.

Isabelle
Isabelle
Isabelle
Isabelle
Isabelle
Isabelle
Isabelle, mi amor.

-¡Está llamando a la reina!

-¡Qué desgracia, el barco en el que viaja desde Marsella no llegará a tiempo para que ella pueda verlo vivo todavía!

-Además cuando arribe a puerto no lo tendrá fácil para llegar hasta este palacio, porque las calles de esta condenada ciudad de Trapani no pueden ser más intrincadas: una reina podría perderse en ellas con mucha facilidad...

Igual que la raíz del arból
en la tierra,
tú estás dentro de mí
fundida con mi piel.
Tan dentro estás, amor,
que cuando tú te vas,
se queda en mi tu voz,
gritando más y más:

Isabelle
Isabelle
Isabelle
Isabelle
Isabelle
Isabelle
Isabelle
Isabelle
Isabelle
Isabelle, mi amor.

-¿Ha dicho arból? ¿Será acaso el acento champañés? No sé... Casi no se le escucha ya:

Las horas junto a ti,
son rápidos segundos.
Un día sin tu amor
es una eternidad,
pues cuando tú no estás,
no queda nada en mí
y el alma se me va
detrás de ti.

Isabelle
ja ja
Isabelle
ja ja ja ja
Isabelle
No, oh!
Isabelle
Oh! Oh!
Isabelle
Isabelle, mi amor.

-¿Qué hacemos? ¿Avisamos al rey de Sicilia?

-¿A ese maldito perro que fue quien nos metió a todos en el infierno de las arenas de Túnez tan sólo por su propio interés político? ¡Ni pensarlo!

-Pues su corazón está a punto de dejar de latir, no sé cómo tiene fuerzas aún para hablar:

Tú vives en la luz
y yo en las tinieblas.
Tú mueres por vivir
y yo muero por ti.
Me basta con besar,
tu sombra nada más.
Me basta con saber,
que un día, me querrás.

Isabelle
Isabelle
Isabelle
Isabelle
Isabelle
Isabelle
Isabelle, mi amor.

-¡Ved cuánto quería a la reina, que ha muerto nombrándola!

-Desde luego la Cruzada de Túnez no puede saldarse con peores resultados: la muerte de Luis de Francia y de Teobaldo de Navarra. Con razón puede decirse que la Cristiandad ha bajado dos escalones...



-¿Y qué haremos ahora con el rey, lo enterramos aquí?

-¡Ni pensarlo! La reina Isabelle dio órdenes muy claras de que si sucedía lo peor, se hirviera su cuerpo para separar la carne de los huesos y que se introdujeran en barricas de miel para ser llevados a Champaña y a Navarra. Aquí sólo se quedarán sus vísceras, excepto el corazón, que será expuesto en Provins, una vez que ella también muera, pues mientras viva quiere tenerlo siempre a su lado...

Monumento donde se guardaba el corazón de Teobaldo II de Navarra,
en el convento de Les Cordeliers de Provins

ADDENDA:
Ayer murió Charles Aznavour, cuyas canciones tanto me gustan desde siempre. Y es curioso, pero la que menos me gustaba cuando era pequeño: "Isabelle", la que me parecía tan aburrida y que Charles no cantaba, sino que sólo recitaba; la que ponía mi hermana expresamente en el tocadiscos para que yo saliera de la habitación y la dejase tranquila, es ahora la que más me gusta, y la que hace que pronuncie yo todavía la palabra arból, con acento "champañés".

Merci beaucoup pour tout, Charles, mon ami.


© MIKEL ZUZA VINIEGRA, 2018