Visitando
hace poco la catedral de Baiona, con sus hermosas bóvedas decoradas con claves
armoriadas, reparé en una placa casi ilegible por la poca luz que alumbraba la
capilla lateral en la que se encuentra.
De
lejos parece más antigua de lo que realmente es, pero sí que trata de un asunto
que yo desconocía, y que naturalmente me interesó de inmediato: el Milagro de
Baiona.
La
placa –que traduzco al castellano- dice así:
“El
viernes 20 de agosto de 1451, alrededor de las siete de la mañana, mientras los
victoriosos franceses entraban en el castillo de Baiona con un tiempo
espléndido, una gran cruz blanca en forma de crucifijo apareció en el cielo,
sobre la ciudad y a la derecha, del lado español.Y sobre la cruz una corona, que luego se
transformó en una flor de lis.
Tanto sitiadores como sitiados pudieron contemplar la cruz durante
aproximadamente una hora.Los asombrados habitantes se persignaron y se
quitaron las banderas y gallardetes con la cruz roja propia de los ingleses,
diciendo: «Dios quiere que seamos franceses y llevemos la cruz blanca».Los condes Gastón de Foix-Béarn y Dunois
anunciaron el acontecimiento al rey Carlos VII, quien informó a toda Francia,
ordenando procesiones de acción de gracias por todas partes y haciendo acuñar
la medalla conmemorativa del Milagro de Baiona.Dios confirmó así la sagrada misión de Juana
de Arco.
Para
honrar su ciudad episcopal conmemorando este milagro, Su Eminencia
François-Marie Gieure, obispo de Bayona, erigió esta placa conmemorativa el 30
de mayo de 1928, fiesta de Santa Juana de Arco”.
Placa del Milagro en la catedral de Baiona - año 1928
Por supuesto que sabía que el 19 de
agosto de 1451 la ciudad de Baiona, última localidad aquitana en manos de los
ingleses tras trescientos años de dominación británica, acordó rendirse a las tropas
francesas a cambio de un rescate de 40.000 escudos de oro, poniendo así fin a
la Guerra de los Cien Años. Pero no tenía ni idea de que nada menos que un
milagro hubiera subrayado tal acontecimiento histórico…
Y conocía bien ese asedio porque podemos
considerarlo el prólogo de la batalla de Aibar entre los partidarios del
príncipe de Viana y los de su padre, ocurrida tan sólo dos meses más tarde de
la caída de Baiona, el 23 de octubre de 1451. No en vano los ingleses
encargaron la defensa de tan estratégica ciudad a don Johan de Beaumont, ayo,
mentor y el más firme partidario siempre de Carlos de Viana; mientras que los
franceses encargaron el ataque al conde de Foix, cuñado del príncipe de Viana
por estar casado con Leonor, su hermana pequeña. Ya veis que fue casi el primer
capítulo de la lucha entre beaumonteses y agramonteses.
Armas heráldicas de don Johan de Beaumont en la iglesia de San Miguel de Zizur Menor
Pero los sitiadores franceses superaban
en número a los sitiados ingleses y navarros, de manera que, tras 15 días de
asedio, y habiendo dejado a salvo el honor, la rendición se acordó en los
términos que ya he dicho: se respetaría la vida de soldados y habitantes a cambio
de un cuantioso rescate. Justo al día siguiente es cuando –según el conde de
Foix, que es quien se apresuró personalmente a informar al rey Carlos VII de Francia-,
fue cuando se habría producido el milagro de la cruz blanca.
Claro, si de por sí ya es muy raro que se
produzcan milagros (en el siglo XXI y en el XV), todavía hay que desconfiar más
si se dan a favor del vencedor, que lo que buscaba únicamente es reflejar que
Dios iba con los franceses y no con los ingleses y que por esa misma razón, y aunque
habían transcurrido 116 años de matanzas sin que al parecer Dios se conmoviera
demasiado, la causa francesa había acabado triunfando.
El caso es que esa cláusula del rescate
de los caballeros navarros rendidos en Baiona, casualmente o no, iba a tener luego
mucha importancia en el desarrollo posterior de los acontecimientos en Navarra…
Porque tensada la relación entre el
príncipe y su padre hasta extremos que ya no tendrían vuelta atrás, la lucha
entre ambos se dio finalmente en los campos de Aibar, y Johan de Beaumont,
siempre más inteligente y calmado que su hermano el condestable Luis, no pudo
estar presente por hallarse prisionero de los franceses. Quién sabe, quizás las
cosas hubieran sido muy distintas para Carlos de no haber sido así.
Pero, además de por su fama de buen guerrero, ¿Por qué había escogido
el rey de Inglaterra a don Johan de Beaumont como su última esperanza en el
continente? Pues porque la madre de don Johan era Ana de Curton, del país de Guyena, señora y heredera de la baronía de Curton, cerca de
Burdeos, y también de la villa, castillo y castellanía de Guiche, cerca de
Baiona. Por eso el condestable Luis de Beaumont, conde de Lerín, y hermano
mayor de Johan fue heredero y señor de Curton y de Guiche, y por eso poseía las
dichas señorías como herencia, y la ciudad de Mauleón, en el país de Soule, como donación del
rey de Inglaterra. Así que lo que hacía Johan de Beaumont era defender los
dominios de su familia, además de sostener los derechos del rey Enrique VI de
Inglaterra.
Y lo hacía frente a uno de
los mortales enemigos de Carlos de Viana: Gastón de Foix, cuñado y mejor amigo
de Carlos (como atestigua el viajero alemán Sebastián de Ilsung, que visitó la
corte de Olite en 1446), al menos hasta que, tentado por su suegro Juan II de
Aragón, comenzó a intervenir en la política navarra y –traicionando a su
antiguo camarada, se convirtió en el enemigo más tenaz del príncipe, con ansia
de alcanzar el trono de Navarra.
Sebastián de Ilsung besa la mano de Agnes de Kleves en el palacio de Olite.
Al lado de la princesa, el conde Gastón de Foix, su cuñado - Año 1446
Precisamente por haber sido sus
partidarios quienes se enfrentaron a las tropas francesas en Gascuña, el
príncipe de Viana tuvo que defenderlos ante el triunfante rey Carlos VII,
cuando obligado precisamente por la presión conjunta de su padre y de Gastón de
Foix, tuvo que salir de Navarra en 1456. El 19 de julio de ese año, ante el
Gran Consejo del rey de Francia, y sabiendo que el ladino conde de Foix había propalado
por aquella corte que el príncipe de Navarra era amigo de los ingleses,
argumentó que el condestable Luis y su hermano Johan defendían su herencia, y
que el conde de Foix no luchaba por el rey de Francia, sino por su propia
conveniencia.
Pero lo que más viene al caso del sorprendente
“Milagro de Baiona” que estoy comentando, es cuando se defendió de la acusación
de que los navarros luchaban bajo la bandera de la cruz roja de San Jorge, el
emblema de los reyes de Inglaterra. Y así de orgulloso se mostró el príncipe de
Viana:
“Y en cuanto a que los navarros lleven en sus
banderas la cruz roja, eso no quiere decir
que sean ingleses, sino que es una enseña propia del reino de Navarra, y la
llevan mucho antes de que los ingleses la llevasen, aunque no lleven ninguna otra
bandera, y eso incluso cuando el reino estuvo unido al de Francia, como muestra
de que es uno de los más reinos más antiguos de la Cristiandad”.
Recordemos ahora las circunstancias del milagro:
que apareció en el cielo una cruz blanca (el blanco era el color del rey de
Francia, pero por si acaso la “extranjera” Baiona no lo sabía además la corona
de espinas se convirtió en flores de lis), lo cual hizo que sus habitantes se
desprendieran para siempre de las cruces rojas inglesas y adoptaran inmediatamente
el símbolo de sus conquistadores; veremos que el príncipe de Viana, cuyo máximo
partidario –Johan de Beaumont- estaba también presente aquel día en Baiona,
aunque curiosamente jamás hizo mención de que hubiera contemplado semejante
prodigio celeste, y eso que vivió hasta 1487, lo que hizo fue reivindicar la
cruz roja, sí, pero no la de la inglesa de San Jorge, sino la que según él
indicaba que Navarra era uno de los reinos más antiguos de toda la Cristiandad.
De ese emblema nos quedan pocos testimonios: la
batalla de Ponte Milvio pintada en el retablo de Santa Helena (c. 1415), en San
Miguel de Estella, que nos muestra quizás el diseño de la bandera que llevaban
las tropas navarras al combate; y puede que la bandera de Tudela, aunque no
haya forma de asegurarlo. El caso es que el heredero legítimo de Navarra
aseguró ante el rey de Francia que la Cruz Roja era un símbolo propio de los
navarros.
Batalla de Ponte Milvio - El emperador Constantino lleva la bandera con la cruz roja que el príncipe de Viana defendió que llevaron siempre los navarros - Retablo de Santa Helena en S. Miguel de Estella - hacia 1415
Y así, una lápida que dormita en una oscura
capilla de la catedral de Baiona, que habla de un “milagro” que casi nadie
recuerda ya, y que hoy podría recordarnos quizás a esas paranoias sobre las
estelas que dejan los aviones en nuestros cielos, me hizo evocar a un príncipe siempre
elocuente en la defensa de sus derechos, y a un entorno de partidarios y
adversarios suyos donde probablemente él fue el único que se movió por motivos
más elevados que poseer un pedazo de tierra más.
Y en aquella época –y en cualquiera, tratándose de gobernantes- eso sí que
es un auténtico milagro.
A la
hora de intentar comprender por qué Juan II de Aragón despreció tan
profundamente a su propio hijo, el príncipe de Viana, su mejor biógrafo, Jaume
Vicens Vives juzgó con acierto que ser el segundo hijo de un segundón de la
familia real castellana (Fernando de Antequera, que acabó convirtiéndose luego en
rey de Aragón) selló indeleblemente su carácter, su psicología y sus
ambiciones, pues su ansia de poder le llevó primero a alcanzar (casándose con
Blanca, la legítima propietaria de Navarra), y luego a mantener a toda costa
(negándose a ceder la corona a su hijo Carlos), el status de rey que creía
merecer, y que debió pensar que le absolvería de ese pasado marcado por no
haber sido el primogénito de la dinastía Trastámara.
Este
“pecado original” que debió atormentar siempre a Juan, queda confirmado por la forma
de atacarle públicamente escogida por su hijo ante las Cortes reunidas en la
ciudad de Sangüesa, cuando Carlos, ante la pretensión paterna de casarlo con
una noble castellana argumentó:
«En la Casa de Navarra no es acostumbrado casar
con linaje más bajo que el de los Doce Pares de Francia».
No hay
nada extraño en que hiciera tal cosa, porque había sido educado en exclusiva como
descendiente de los Evreux, y con el fin único de ser rey de Navarra.
Como señaló
I. Mugueta:
«La diferencia entre Carlos y su padre era
que el primero podía enorgullecerse de pertenecer a una rancia y longeva familia
real heredera de San Luis, por un lado, y de Sancho el Mayor, por otro. Carlos era un
príncipe Trastámara, es cierto, pero también un Evreux, y por tanto un
Capeto. Su padre no podía jactarse de poseer tan ilustres antepasados. Por las
venas de Carlos corría la sangre de los reyes de Navarra, con todas las
particularidades que la realeza navarra suponía, acumuladas durante los últimos siglos. De ahí
el interés del príncipe por exaltar al linaje de los reyes de Navarra en su Crónica».
Y ahí radica
también, creo yo, la más que probable explicación psicológica de la actitud de
su padre, que se mostró siempre celoso y/o envidioso de su propio hijo por no
ser él –recordemos– más que el segundón de otro segundón de una dinastía de
origen bastardo como fue la de Trastámara, que sólo habría podido asentarse en
el trono castellano mediante la violencia y la eliminación del rey legítimo
(Pedro I). Prácticamente los mismos métodos, por cierto, que Juan II acabaría
empleando contra el príncipe de Viana.
Pero,
¿y si hubo otro factor no tenido en cuenta hasta ahora en esa terrible
disociación entre padre e hijo legítimo? ¿Y si el padre ya tenía otro “hijo”
–aparte de sus numerosos bastardos- al que mantuvo siempre cerca de sí mismo,
incluso hasta el último día de su vida?
Pues sí, si
tenemos en cuenta que Juan fue siempre un padre ausente para Carlos, que sólo
lo veía cuando volvía fugazmente a Navarra para hacer acopio de recursos
económicos con los que continuar sus guerras en Castilla –sucesos en los que el
príncipe de Viana jamás se implicó-, y en los que el rey (consorte, no
propietario) de Navarra fue rodeándose de una serie de nobles castellanos que,
con mucha razón, acabaron considerándose “familiares” suyos, lo mismo que él
acabó considerándolos mucho más “familia” que a la familia que había formado
con la reina Blanca de Navarra.
Y entre
todos esos nobles uno destacó sobremanera. Uno que desde muy pequeño dejó todo
para seguir las ambiciones de su señor y “padre”, Juan II. A Rodrigo de
Rebolledo me estoy refiriendo.
En
efecto, y a decir del cronista aragonés Zurita:
“… fue un caballero de su casa,
natural del reino de Castilla, de Castrojeriz, que desde su niñez le siguió y
sirvió siempre…”
Incluso crónicas castellanas más antiguas lo consideraban
así:
«Mosén
Rebolledo, un caballero de quien el Rey de Navarra mucho fiaba» (Crónica de
Juan II de Castilla); «Mosén Rebolledo, un privado del rey de Navarra» (Crónica
del Halconero).
¿Se
fiaría más Juan II de Rodrigo que de su propio hijo? Los acontecimientos
futuros nos irán probando que, en efecto, muchísimo más.
Ya el 5
de agosto de1435, cuando se dio la batalla de Ponza (isla perteneciente al
reino de Nápoles) entre una escuadra naval genovesa y una aragonesa comandada
por el rey Alfonso V de Aragón, donde los genoveses lograron apresar al rey
Alfonso el Magnánimo y a sus hermanos -los infantes de Aragón- don Juan, rey
consorte de Navarra, y don Enrique, el cronista Zurita nos asegura que:
«Y fue cosa muy cierta y sabida que el rey de
Navarra fuera muerto en la batalla si no se hallara a su lado un caballero que
fue muy valiente y señalado capitán y de los muy valerosos que hubo en sus
tiempos y se llamó Rodrigo de Rebolledo»
El
príncipe de Viana era en aquel año muy joven todavía, apenas tenía 14 años, y
no participaba entonces –ni lo haría tampoco después- en los tejemanejes
políticos de los infantes de Aragón. Quizás no sea ocioso recordar, no obstante,
que conocemos que la primera participación en una batalla de su padre, fue
cuando tenía sólo 13 años…
Pero es
la Crónica del condestable don Álvaro de Luna la que yo creo va a darnos la
clave de la verdadera relación entre Juan II y Rodrigo de Rebolledo, cuando
narra la defensa que hizo este último en el año 1446 de la imponente fortaleza
de Atienza, la última de las plazas castellanas que pertenecían al señorío de
Juan II de Aragón que todavía no había sido incautada por el rey de Castilla.
Acordaron parlamentar el condestable, que sitiaba el castillo y Rebolledo, que
mantenía la plaza en nombre de su señor.
CASTILLO DE ATIENZA (GUADALAJARA)
El condestable
le ofreció, al parecer, cambiar de bando y que dejase de apoyar al rey de
Navarra:
“Rodrigo de Rebolledo, dad esta villa e castillo
al Rey mi señor, e yo tendré manera con su merçed que vos faga muchas
mercedes, e que vos perdone el yerro en que haveis caydo en no lo haver
fecho hasta aquí; e yo vos quiero ayudar bien, e desto vos quiero dar qualquier
seguridad que vos quisieredes. E en fazer vos aquesto, fareys aquello que debeis, e
dareys de vos buena cuenta; en otra manera non podreys sacar de vuestro trabajo
si non deshonra e ynfamia para vos, e para los que de vos vinieren, de lo
qual yo havría mucho pesar e dolor”.
E a
esto respondió Rodrigo de Rebolledo:
-¿Cómo queredes
vos, señor, que yo falle de tal forma al rey de Navarra, que fue quien me
crió?.
Faced con él trato, e qualquier trato que con
el fizieredes, yo estaré de acuerdo.
El condestable le respondió:
El Rey de Castilla, mi señor, no fará trato
ninguno con el rey de Navarra, si no lo face antes con vos»
Es
decir: Rodrigo de Rebolledo sí podía presumir de que Juan II de Aragón le había
criado, pues no en vano le acompañaba desde que era un niño, pero su propio
hijo, el príncipe de Viana, no podía decir lo mismo, porque en tantos años,
nunca habría pasado más de 20 días seguidos en su compañía. Reconozcamos que
así es muy difícil asentar relación alguna, menos la que deberían tener un
padre y un hijo que para ese citado año de 1446 ya actuaba como legítimo propietario
de Navarra, pues su madre doña Blanca había muerto en 1441, aunque a
regañadientes se hubiera conformado con no ostentar más título que el de
lugarteniente en nombre de su padre.
Pero en
1451 la tensión acumulada entre ambos estalló, llegándose al enfrentamiento
armado el 23 de octubre de 1451 en los campos de Aibar. Y allí, también volvió
a jugar un papel fundamental el que podía considerar a Juan II como su
verdadero padre. Porque así cuenta el cronista Zurita el enfrentamiento:
“Aparece en memorias de aquellos tiempos que
salió el príncipe de Aibar con cuatrocientos hombres de armas y seiscientos
jinetes castellanos y con otros muchos caballeros lussetanos y beamonteses, y
acometieron con gran ímpetu y rompieron la avanguarda del rey; y rompida
aquella primera batalla, volviendo ya el rostro los del rey, quedó Rodrigo de
Rebolledo con algunos de los suyos en medio de los enemigos, que era capitán de
la gente de armas de Castilla que trujo de Atienza y de las otras fortalezas
que tenía en Aragón y Cataluña; y reconociendo los suyos que quedaban peleando,
volvieron furiosamente en un escuadrón a donde estaba, y siendo en aquel punto
muy herida la batalla y cargando todo el ejército del príncipe con furia
grande, estando para ser vencidos los del rey, viendo que Rodrigo de Rebolledo
resistía a los enemigos y peleaba con ellos valerosamente,
acudieron a juntarse con él y pusieron gran esfuerzo en la pelea.
Y fueron Rodrigo de Rebolledo y los suyos los
que aseguraron la victoria, rompiendo y desbaratando a los enemigos. Y escriben
que los primeros que fueron rompidos y echados del campo fueron los jinetes
andaluces que comenzaron a trabar la pelea. Por supuesto los del escuadrón en
que estaba el rey fueron resistiendo y peleando; y por aquella parte se venció
también la batalla y fue preso el príncipe y los principales que se hallaron
con él”.
O sea:
que Rodrigo de Rebolledo volvió a salvar a Juan II, esta vez de la acometida de
su hijo verdadero, con lo que podríamos considerar que el hijo “adoptivo”,
combatió al legítimo para dar contento a su padre.
El
príncipe de Viana comenzó entonces su calvario particular, perseguido siempre
por su padre hasta verse obligado a exiliarse de Navarra. Mientras, Rodrigo de
Rebolledo había sido nombrado camarlengo mayor por Juan II, es decir: el
servidor más cercano al rey.
Tras su
periplo mediterráneo que lo llevó por Francia, Roma, Nápoles, Sicilia, Cerdeña
y Mallorca, arribó por fin el príncipe a Cataluña, donde el 14 de mayo de 1460,
y tras siete años sin verse, recibió estas gélidas palabras de saludo/amenaza
por parte de su padre:
«Si haces hechos de buen hijo, te haré hechos
de buen padre»
Resulta
evidente que Juan II nunca lo consideró un “buen hijo” (tal cómo él entendiera ese concepto, claro), condición que sí
otorgaba a Rodrigo de Rebolledo, algo que quedó firmemente demostrado cuando el
2 de diciembre de 1460, Carlos de Viana acudió –engañado por su padre- a las
cortes de Lleida, donde fue de nuevo hecho prisionero. Así nos lo cuenta Gueraut
de PlaGueraut de Plá, hijo del maestre hostal de Carlos:
“Y cuando el príncipe estuvo dentro, el rey
comenzó a bromear con él y también el príncipe con el rey. Y cuando ellos
llevaban así un gran rato, comenzó a hacerse tarde. Entonces el príncipe le dijo
al rey que se le hacía tarde y que le placiese darle permiso para partir. Y el rey
siguió bromeando con él, diciéndole que todavía tenía mucho tiempo, y todo esto
riéndose.
Enseguida el príncipe volvió a pedirle
permiso, pero el rey estaba contento y no dejaba de hablar. Esto duró hasta las tres
de la tarde. A esa hora, el príncipe volvió a pedirle permiso. El rey le llevó
entonces a un rincón de su habitación y allí hablaron un largo rato; aunque no se
puede saber qué se dijeron, sino que el rey le agarró y le dijo que se tuviera por
preso. Entonces, el príncipe se echó a sus pies preguntándole porqué, y el rey le
dijo que lo tenía bien merecido.
En la habitación estaba un caballero que era
criado del rey, que se llamaba Rebolledo, y también el comendador de Monzón y otros dos
o tres caballeros; y el rey les llamó y les dijo que prendiesen al príncipe,
y que luego les diría los cargos. Y así salió fuera de la habitación”.
Vemos
que el “hijo” que sí crio el rey, el que le obedecía sin rechistar, vuelve a
ser preferido ante el hijo considerado “desleal” (sin ningún derecho, pues
Carlos era el legítimo rey de Navarra) por aquel que siempre lo despreció.
La
nueva prisión del príncipe provocó el levantamiento furioso e inmediato de los
catalanes, que desde Barcelona formaron un ejército para marchar hacia Lleida.
Nuevamente Zurita es quien nos lo cuenta:
“Pero siguiendo el rey el más seguro consejo,
no quiso esperar tan furioso movimiento; y don Rodrigo de Rebolledo camarero y
gran privado del rey (que fue de contrarío parecer de don Pedro de Urrea que prefería
quedarse en la ciudad) mandó a un escudero suyo que se decía Álvaro de Bances
que le llevase un caballo a un portillo del muro, cerca del monasterio de los
Predicadores, sabiendo que estaban tomadas ya las puertas de la ciudad; y
poniéndose en el palacio del obispo donde el rey posaba todas las cosas en
orden como si no hubiera ninguna novedad y para ponerse el rey a cenar,
teniendo Bernaldo Hugo de Rocabertí castellán de Amposta tomada con gente de
armas, por orden del rey, la puerta del monasterio de Predicadores, el rey se
salió con la oscuridad de la noche con muy pocos de los suyos, y subió en aquel
caballo, oyendo él ya el estruendo de la gente que andaba por la ciudad y había
entrado en palacio. Y discurría por él el pueblo tan furiosamente que con las
lanzas y espadas andaban tentando las cortinas de las camas. Y el rey se vino a
Fraga, donde estaba la reina que tenía en su poder al príncipe Carlos.”
Así que
Rodrigo de Rebolledo libró de nuevo de la muerte a su “padre”, mientras su
verdadero hijo quedaba preso una vez más.
El mal
trato recibido en prisión afectó la salud de Carlos –otros autores defienden
que fue envenenado-. Sea como fuere, el príncipe de Viana murió en el palau
reial de Barcelona, la madrugada del 23 de septiembre de 1461. No se aplacaron
por ello las discordias, y Cataluña se levantó contra el rey Juan II, al que
acusaban de la muerte de su primogénito.
Porque
para entonces Juan II había tenido ya otro hijo, nacido en 1453 en Sos. Uno al
que sí se empeñó en educar personalmente para que –este sí- fuera igual que él:
Fernando, que pasaría a la Historia con el sobrenombre de “el Católico”. Aquel cuya
existencia utilizó para borrar a su primera familia.
La
guerra entre Juan II y los catalanes duró más de diez años, hasta 1472, y por
supuesto Rodrigo de Rebolledo jugó un papel importante en muchos de los
acontecimientos bélicos que se sucedieron, siempre al lado de su señor y
“padre”, de manera que en el año 1467, el príncipe Fernando fue confiado por
sus progenitores a…
Sí, a
su “hermano” mayor: Rodrigo de Rebolledo. Según las crónicas, así se lo
solicitó Juan II:
«Mosén Rebolledo, como hasta aquí nunca
tuviste ante tus ojos si no mi servicio, así generalmente mando que a partir de ahora
en otro no pienses, sino en el servicio de aqueste, mi hijo Fernando».
Y como
siempre, su “buen hijo” obedeció ciegamente, de forma que en noviembre de ese
mismo año, en la batalla de Vilademat, Fernando estuvo a punto de ser
capturado, si no hubiera sido porque Rodrigo de Rebolledo, que a ninguna cosa
atendió más que a defender la vida del príncipe, arremetiendo contra sus
adversarios logró que el infante consiguiera ponerse a salvo, quedando él mismo
prisionero unos años, y siendo rescatado por Hernando de Rebolledo, su sobrino,
que con el apoyo económico del Rey Juan pagó por él el rescate de diez mil
florines, aunque muchos aconsejaron al duque de Lorena que un tan grande capitán
no se debía poner en libertad.
Así que
vemos que Rebolledo salvó tres veces la vida del rey Juan II (Ponza, Aibar y
Lleida), y una la de su heredero, Fernando, pero jamás movió un dedo –al
contrario- por el hijo primogénito de su señor y “padre”, el príncipe Carlos de
Viana.
La
victoria final del rey Juan frente a los catalanes supuso todavía la concesión
de más reconocimientos y honores para Rodrigo, que acompañó al rey hasta el
mismo día de su muerte, ocurrida en Barcelona el 20 de enero de 1479. Y es bien
curioso y reseñable que fuera él el único “hijo” que acompañaba a su señor en
tal trance, pues el hijo primogénito, Carlos, aquél cuya compañía no frecuentó
nunca Juan II, había muerto hacía ya 18 años, y el heredero, Fernando, estaba
en Castilla reinando ya con Isabel, y cumpliendo por tanto el destino fijado
por su padre: que la dinastía Trastámara ostentase todas las coronas
hispánicas. El príncipe de Viana –que fue educado para sentirse sólo como un
Evreux- impedía ese designio “divino”, y tenía por tanto que desaparecer, como
así ocurrió.
De
hecho, y como camarlengo, jugó un papel trascendental en las impresionantes ceremonias
funerarias, como confirman los libros de protocolo del Ayuntamiento de
Barcelona, que voy a traduciros del catalán, siguiendo la transcripción de Miguel
Ángel Zalama y Jesús F. Pascual Molina:
A las
tres de la tarde del jueves 28 de enero, aparecieron en el salón del Tinell del
palau reial cuatro caballeros “todos cubiertos de telas bastas y sobrevestes
reales, cabalgando sobre cuatro grandes y buenos caballos, cubiertos de las
mismas telas gruesas de la cabeza a las patas. Cada caballero portaba una
bandera en lo alto de una lanza y vestía la correspondiente cota de armas: la
de Sicilia –portada por Francesch Burgues de Sant Climent,
señor de Viladecans–, la de Navarra –por Fernando de Medrano, natural de
Navarra–, la de Aragón antigua –sostenida por Luis de Alberuela, natural de Aragón–,
y la real de Aragón –alzada por Miquel de Vivers, natural de Perpiñán–.
Tras
ellos, aparecieron otros cuatro caballeros que exhibían escudos con las armas del
rey, vueltos del revés: Pere Joan de Sant Climent, portaba las de Sicilia; Miquel
de Xaus, las de Navarra; mosén Heredia llevaba las armas antiguas de Aragón,
y Lois Oliver, las de Aragón. Al mismo tiempo que los ocho caballeros realizaron
su entrada, los monteros del rey, acompañados de sus perros, hacían sonar
sus cuernos de caza, y los jinetes cabalgaron tres veces alrededor del
catafalco real.
Tras
hacerse el silencio entre los presentes, Luis de Alberuela –que era rey de armas–
exclamó por tres veces:
-¿Dónde está mi señor el Rey, que no le vemos
en el salón ni en su trono?
Nadie
respondió al rey de armas, por lo que este se dirigió al camarlengo del rey,
Rodrigo de Rebolledo, preguntando de nuevo por él:
-Mosén Rodrigo, señor camarlengo: hace 10
días que buscamos a nuestro rey y señor y no lo encontramos, ¿lo habéis visto
vos?
Ante la
respuesta de este, indicando que el monarca había fallecido:
-Está muerto, vedlo aquí, donde yace.
Alberuela
insistía, no creyendo la noticia:
-¿Cómo que está muerto?, haciendo grandes muestras de
dolor, a lo que Rebolledo contestó señalando el lecho donde yacía el difunto:
-Aquí está, muerto. Ved, caballeros, aquí a
vuestro rey que yace muerto. Miradlo bien y comprenderéis que está muerto.
Lloradlo pues, caballeros, llorad a vuestro señor el rey, que ha muerto.
Comprobado
que el rey estaba muerto, los caballeros cabalgaron tres veces en torno
al lecho, arrastrando las banderas y lanzando al suelo los escudos, haciendo que sus
caballos los golpearan, dando muestras de tristeza acompañados por los presentes,
especialmente los monteros del rey que se lanzaban al suelo sobre los escudos,
y todos lloraban y gritaban. De estas muestras de dolor se contagiaron todos
los presentes que también lloraban y no paraban de gritar. Los ocho caballeros abandonaron
la sala y repitieron la ceremonia en la plaza del Rey, recorriendo luego
las calles y plazas de la ciudad, cabalgando arrastrando las banderas y
lanzando los
escudos al suelo, compartiendo la triste noticia con la ciudad, hasta que anocheció.
Anunciada
la muerte del rey, tuvo lugar el reconocimiento del cadáver. El camarlengo Rodrigo
de Rebolledo, “con su llave abrió el ataúd
donde yacía el cuerpo del rey”, de modo que los presentes pudieron ver el
cuerpo del rey, vestido con dalmática y con el cetro en su mano. Y el
secretario Coloma preguntó a los presentes si ese era el cuerpo del rey, a lo
que los que allí estaban respondieron que “aquel
era, en verdad, el cuerpo del señor Rey”. El camarlengo anunció que pasados
los nueve días, como era costumbre, el cuerpo sería llevado a la catedral, “donde
sería instalada la capilla ardiente y serían hechas las demás solemnidades”, y
luego se procedería a enterrarlo en
Poblet. Tras esto, se cerró de nuevo el féretro.
El
traslado tuvo finalmente lugar el sábado 30 de enero, cuando en una sala llena
de gente –“no cabían más personas, tan
llena de gente estaba”–, justo antes de portar
el cuerpo a la catedral, tuvo lugar otra ceremonia muy significativa: el
rompimiento de los sellos reales. El rey estaba muerto y, por tanto, los sellos
ya no servían.
Así,
Rodrigo de Rebolledo, camarlengo del rey, pidió los sellos al protonotario y secretarios.
Situado a la derecha del catafalco, mostró primero el «sello secreto» del rey,
y dijo:
-¡Veis aquí señores el sello secreto del rey
nuestro señor, sabed que el rey nuestro señor es muerto, sabed que el rey
nuestro señor es muerto, sabed que el rey nuestro señor es muerto!
Y
dichas aquellas palabras cogió un martillo y dio varios golpes al dicho sello.
Rompió
así el sello, y mientras hacía esto, lloraba “con gran llanto y suspiros”.
A continuación,
hizo lo mismo con los sellos de Sicilia y de Aragón, rompiéndolos también
a martillazos.
Podemos
ver que no se cita para nada el sello real de Navarra, cuando sí hemos visto
que la bandera de Navarra fue portada en el funeral por un caballero a pie y
por otro montado. Resulta extraño que el rey que no quiso jamás soltar Navarra –a
la que según el cronista quiso como propia, pero trató como ajena-, no lo
tuviera guardado con celo en su cancillería, pero quién sabe…
Lo que sí
sabemos es que apenas unos meses más tarde de aquel mismo año de 1479, como si
no tuviera sentido para él seguir viviendo sin su “padre”, falleció también Rodrigo
de Rebolledo.
Siglo y
medio más tarde, en 1638, Juan de Palafox, descendiente de Rodrigo, encargó
para el palacio de Ariza (Zaragoza) un gran ciclo de 15 cuadros pintados con
las hazañas de su antepasado, magníficamente estudiados por Ricardo Fernández
Gracia, en el que curiosamente parece que no se incluyó la batalla de Aibar
(aunque quizás ese cuadro en concreto se haya perdido), pero sí muchos otros de
los acontecimientos en que aquel otro “hijo” de Juan II de Aragón intervino, y que son con los que he ido ilustrando mi texto.
El padre Juan de Mariana, en su Historia de España, publicada en 1601, dejó escrito este certero juicio sobre el príncipe Carlos de Viana:
Mozo dignísimo de mejor fortuna, y de padre más manso...
Visitando
hace poco la estupenda exposición sobre Carlos III el Noble en el Archivo de
Navarra, reparé en una fotografía aumentada de su gran sello, fijándome en un
detalle muy concreto que hasta entonces me había pasado desapercibido.
En
efecto, y copiando literalmente su descripción del maravilloso libro "Sellos Medievales de Navarra", se trata de una representación ecuestre vista por su lado derecho. En
el escudo, sobreveste, cubiertas y testera del caballo las armas cuarteladas de
Navarra y de Evreux. Yelmo coronado, con mantelete de las mismas armas y
cimera: cuba con las mismas armas y monte de plumas de pavo real. En los
arzones, las armas de Navarra. Bajo el caballo, un lebrel.
+S ‘
KAROLI DEI GRACIA NAVARRE : REGIS ET : DUCIS : NEMOSENSIS
Cuelga del Privilegio de la Unión de la ciudad de Pamplona, datado por tanto el 8/9/1423, pero sabemos también que su matriz fue elaborada originalmente para el segundo Gran Sello de su padre Carlos II (que es de suponer se inspiraría en su primer Gran Sello), en Zaragoza en 1385 por
Concelin Blanc de Estrasburgo, y reformada luego para Carlos III en 1387 por
Jean Boneau. Entre ambos modelos, podemos ver que Carlos III cambió su propia
intitulación: de conde de Evreux a duque de Nemours, pero también hizo incluir
el detalle que me llamó la atención: una “cadena”, que podemos ver que no llevaba su padre en su primer Gran Sello propio:
Y
recordemos, gracias al hallazgo documental del profesor José Marcos García
Isaac en el Archivo de la Corona de Aragón, del que ya me ocupé en
esta otra sorprendente
noticia heráldica, según la cual Violante de Bar, duquesa de Gerona (la
princesa heredera de Aragón) dirigió este mensaje el 19 de septiembre de 1386 a
su primo hermano, el entonces todavía infante heredero de Navarra, futuro
Carlos III:
“…Molt car cosi, en aquestes parts ha cavallers e scuders molts, qui
desigen esser de la vostre empresa e divisa de la Cadena. Perque molt car cosi,
nos pregam, affectuosament, que la dita empresa, ab copia dels capitols e
ordinacions, nos vullats trametre, ab tot poder, en manera que nos la puxam
donar per vos aci, a aquells que semblant nos sera…
Traducido:
“…Muy querido primo: en estos lugares hay muchos caballeros y
escuderos que desean formar parte de vuestra Empresa y divisa de la Cadena. Por
lo cual, muy querido primo, os rogamos afectuosamente que queráis transmitirnos
fielmente dicha empresa, con la copia de sus capítulos y ordenamientos, de
manera que podamos entregárselas aquí a aquellos que mejor nos parezca…”
Fuente: Archivo de la Corona de Aragón, Real Cancillería, reg. 1819,
f. 63v.
El documento es bien claro: desde la corte de Aragón se pide en septiembre de 1386
al infante de Navarra que les envíe el reglamento de su Empresa y divisa de la
Cadena, nuevo y desconocido voto caballeresco, creado por Carlos III.
¿Será
esa CADENA que Carlos III hizo incluir en su sello la misma de la “empresa y
divisa” a la que se refiere el documento de la princesa aragonesa? Hay que
tener en cuenta que una EMPRESA era un voto caballeresco (que consistía en
abstenerse de una cosa determinada o en exteriorizar con cualquier detalle
llamativo o singular hasta haber combatido en un hecho de armas bajo
determinados capítulos previamente fijados.
Así
que vamos a suponer que el del príncipe Carlos estaría dirigido a su esposa,
Leonor de Trastamara, y que sería expresado por esa cadena, que tanto
representaría el amor que sentía por ella como sus propias armas heráldicas.
Es
decir: que Carlos llevaría una cadena –probablemente de oro- bien visible, un
día de la semana concreto o durante una temporada, esperando que otros
caballeros vinieran a “liberarle” luchando contra él en una justa, según los
“capítulos y ordenamientos” que había redactado y que fueron los que le
solicitó para publicarlos la condesa de Girona, y que esos otros caballeros
pudieran conocer, y en su caso aceptar, las condiciones.
Como
el documento lleva fecha de 1386, esa sería la primera mención conocida a una “CADENA”,
que también haría alusión, evidentemente, a las armas de Navarra, pues sí que
conocíamos que fue en la corte de Carlos III donde se dio el cambio de nombre
del emblema: de carbunclo a cadenas, sólo que hasta ahora se pensaba que la
mención más antigua a dicha transformación fue en la “Genealogías de los Reyes de Navarra” o “Genealogía latina”, redactadas hacia 1400 en la corte de Carlos
III, y donde podemos ver la descripción de las armas de Sancho el Fuerte:
“Iste
Sancio ferebat in armis campum rubeum e catenas dauratas et similiter
sucessorum”.
Ahora bien, hay que tener en cuenta también que de ese tipo de cadenas eran
utilizadas sobre todo para no perder las armas en pleno combate, y por eso pueden
verse representadas en multitud de sellos y efigies sepulcrales de nobles y reyes de la época (sin ir
más lejos, en los de los tres reyes de Navarra y Francia entre 1314 y 1328: Luis el Hutín, Felipe el Luengo y Carlos el Calvo, y
luego también en los de Felipe III de Evreux -1328-1343). Un caballero podía
llevar encima hasta cuatro. No está claro cómo evitaban enredarse con ellas. Sin embargo, la mayoría se
contentaba con dos: una desde la daga y otra (de la que estamos tratando ahora
mismo) desde la empuñadura de la espada hasta la coraza. La tercera cadena
servía de adorno para el yelmo.
Es difícil imaginar que un caballero
pudiera pelear sosteniendo en su mano una espada, sujeta a su coraza por una
cadena de aproximadamente 1’20 mts (y, a menudo, de oro, es decir, ¡bastante
pesada!), pero indudablemente sabían hacerlo.
Dibujo del sello de Carlos III el Noble realizado por el erudito tudelano
Juan Antonio Fernández, a finales del siglo XVIII, con la Cadena bien a la vista
Lo curioso del caso que estoy comentando es
que el sello de Carlos II parece demostrar que él no utilizó –como sí habían
hecho sus antepasados- esa cadena de sujeción, pero que sí lo hizo su hijo,
Carlos III, de quien sabemos además que por esos mismos años –en abril de 1386-
estuvo en Zaragoza (el mismo lugar donde Concelin Blanc había confeccionado la
matriz del segundo gran sello de su padre tan sólo un año antes) con los duques de Gerona,
que son quienes apenas cinco meses después –en septiembre- le piden que les
envíe los capítulos de su “empresa y divisa de la cadena”, cadena que hasta
ahora podíamos pensar que nació efectivamente en la corte de Carlos III el
Noble, hacia 1400, con esa mención a las armas de Sancho el Fuerte, corroborada
luego por el Privilegio de la Unión de la Ciudad de Pamplona dictado por el
mismo rey en 1423, donde habla bien claro del “renc de cadena” que irá
alrededor de las nuevas armas heráldicas de la población unificada.
Pero ahora podemos estar seguros de que la
cadena rondaba (y adornaba su brazo) al menos desde 1386. Y ese documento
aragonés sería desde luego la primera mención conservada a la inquietud
heráldica que llevó al rey de Navarra a cambiar el radiante carbunclo pomelado de
sus armas por las cadenas que habría ganado su lejano antepasado Sancho VII el
Fuerte en las Navas de Tolosa. Todo fuera por prestigiar aún más su Reino frente a las otras Cortes reales de la Cristiandad.
Y todo esto, sólo fijándome en el pequeño
detalle de un sello. No tengo remedio…