jueves, 26 de febrero de 2026

EL BUEN HIJO

 

A la hora de intentar comprender por qué Juan II de Aragón despreció tan profundamente a su propio hijo, el príncipe de Viana, su mejor biógrafo, Jaume Vicens Vives juzgó con acierto que ser el segundo hijo de un segundón de la familia real castellana (Fernando de Antequera, que acabó convirtiéndose luego en rey de Aragón) selló indeleblemente su carácter, su psicología y sus ambiciones, pues su ansia de poder le llevó primero a alcanzar (casándose con Blanca, la legítima propietaria de Navarra), y luego a mantener a toda costa (negándose a ceder la corona a su hijo Carlos), el status de rey que creía merecer, y que debió pensar que le absolvería de ese pasado marcado por no haber sido el primogénito de la dinastía Trastámara.

Este “pecado original” que debió atormentar siempre a Juan, queda confirmado por la forma de atacarle públicamente escogida por su hijo ante las Cortes reunidas en la ciudad de Sangüesa, cuando Carlos, ante la pretensión paterna de casarlo con una noble castellana argumentó:

«En la Casa de Navarra no es acostumbrado casar con linaje más bajo que el de los Doce Pares de Francia». 

No hay nada extraño en que hiciera tal cosa, porque había sido educado en exclusiva como descendiente de los Evreux, y con el fin único de ser rey de Navarra.

Como señaló I. Mugueta:

«La diferencia entre Carlos y su padre era que el primero podía enorgullecerse de pertenecer a una rancia y longeva familia real heredera de San Luis, por un lado, y de Sancho el Mayor, por otro. Carlos era un príncipe Trastámara, es cierto, pero también un Evreux, y por tanto un Capeto. Su padre no podía jactarse de poseer tan ilustres antepasados. Por las venas de Carlos corría la sangre de los reyes de Navarra, con todas las particularidades que la realeza navarra suponía, acumuladas durante los últimos siglos. De ahí el interés del príncipe por exaltar al linaje de los reyes de Navarra en su Crónica».

Y ahí radica también, creo yo, la más que probable explicación psicológica de la actitud de su padre, que se mostró siempre celoso y/o envidioso de su propio hijo por no ser él –recordemos– más que el segundón de otro segundón de una dinastía de origen bastardo como fue la de Trastámara, que sólo habría podido asentarse en el trono castellano mediante la violencia y la eliminación del rey legítimo (Pedro I). Prácticamente los mismos métodos, por cierto, que Juan II acabaría empleando contra el príncipe de Viana.

Pero, ¿y si hubo otro factor no tenido en cuenta hasta ahora en esa terrible disociación entre padre e hijo legítimo? ¿Y si el padre ya tenía otro “hijo” –aparte de sus numerosos bastardos- al que mantuvo siempre cerca de sí mismo, incluso hasta el último día de su vida?

Pues sí, si tenemos en cuenta que Juan fue siempre un padre ausente para Carlos, que sólo lo veía cuando volvía fugazmente a Navarra para hacer acopio de recursos económicos con los que continuar sus guerras en Castilla –sucesos en los que el príncipe de Viana jamás se implicó-, y en los que el rey (consorte, no propietario) de Navarra fue rodeándose de una serie de nobles castellanos que, con mucha razón, acabaron considerándose “familiares” suyos, lo mismo que él acabó considerándolos mucho más “familia” que a la familia que había formado con la reina Blanca de Navarra.

Y entre todos esos nobles uno destacó sobremanera. Uno que desde muy pequeño dejó todo para seguir las ambiciones de su señor y “padre”, Juan II. A Rodrigo de Rebolledo me estoy refiriendo.

En efecto, y a decir del cronista aragonés Zurita:

“… fue un caballero de su casa, natural del reino de Castilla, de Castrojeriz, que desde su niñez le siguió y sirvió siempre…”

Incluso crónicas castellanas más antiguas lo consideraban así:

«Mosén Rebolledo, un caballero de quien el Rey de Navarra mucho fiaba» (Crónica de Juan II de Castilla); «Mosén Rebolledo, un privado del rey de Navarra» (Crónica del Halconero).

¿Se fiaría más Juan II de Rodrigo que de su propio hijo? Los acontecimientos futuros nos irán probando que, en efecto, muchísimo más.

Ya el 5 de agosto de1435, cuando se dio la batalla de Ponza (isla perteneciente al reino de Nápoles) entre una escuadra naval genovesa y una aragonesa comandada por el rey Alfonso V de Aragón, donde los genoveses lograron apresar al rey Alfonso el Magnánimo y a sus hermanos -los infantes de Aragón- don Juan, rey consorte de Navarra, y don Enrique, el cronista Zurita nos asegura que:

«Y fue cosa muy cierta y sabida que el rey de Navarra fuera muerto en la batalla si no se hallara a su lado un caballero que fue muy valiente y señalado capitán y de los muy valerosos que hubo en sus tiempos y se llamó Rodrigo de Rebolledo»

El príncipe de Viana era en aquel año muy joven todavía, apenas tenía 14 años, y no participaba entonces –ni lo haría tampoco después- en los tejemanejes políticos de los infantes de Aragón. Quizás no sea ocioso recordar, no obstante, que conocemos que la primera participación en una batalla de su padre, fue cuando tenía sólo 13 años… 

Pero es la Crónica del condestable don Álvaro de Luna la que yo creo va a darnos la clave de la verdadera relación entre Juan II y Rodrigo de Rebolledo, cuando narra la defensa que hizo este último en el año 1446 de la imponente fortaleza de Atienza, la última de las plazas castellanas que pertenecían al señorío de Juan II de Aragón que todavía no había sido incautada por el rey de Castilla. Acordaron parlamentar el condestable, que sitiaba el castillo y Rebolledo, que mantenía la plaza en nombre de su señor.

CASTILLO DE ATIENZA (GUADALAJARA)
 

El condestable le ofreció, al parecer, cambiar de bando y que dejase de apoyar al rey de Navarra: 

“Rodrigo de Rebolledo, dad esta villa e castillo al Rey mi señor, e yo tendré manera con su merçed que vos faga muchas mercedes, e que vos perdone el yerro en que haveis caydo en no lo haver fecho hasta aquí; e yo vos quiero ayudar bien, e desto vos quiero dar qualquier seguridad que vos quisieredes. E en fazer vos aquesto, fareys aquello que debeis, e dareys de vos buena cuenta; en otra manera non podreys sacar de vuestro trabajo si non deshonra e ynfamia para vos, e para los que de vos vinieren, de lo qual yo havría mucho pesar e dolor”. 

E a esto respondió Rodrigo de Rebolledo:

-¿Cómo queredes vos, señor, que yo falle de tal forma al rey de Navarra, que fue quien me crió?.

Faced con él trato, e qualquier trato que con el fizieredes, yo estaré de acuerdo. 

El condestable le respondió: 

El Rey de Castilla, mi señor, no fará trato ninguno con el rey de Navarra, si no lo face antes con vos»

Es decir: Rodrigo de Rebolledo sí podía presumir de que Juan II de Aragón le había criado, pues no en vano le acompañaba desde que era un niño, pero su propio hijo, el príncipe de Viana, no podía decir lo mismo, porque en tantos años, nunca habría pasado más de 20 días seguidos en su compañía. Reconozcamos que así es muy difícil asentar relación alguna, menos la que deberían tener un padre y un hijo que para ese citado año de 1446 ya actuaba como legítimo propietario de Navarra, pues su madre doña Blanca había muerto en 1441, aunque a regañadientes se hubiera conformado con no ostentar más título que el de lugarteniente en nombre de su padre.

Pero en 1451 la tensión acumulada entre ambos estalló, llegándose al enfrentamiento armado el 23 de octubre de 1451 en los campos de Aibar. Y allí, también volvió a jugar un papel fundamental el que podía considerar a Juan II como su verdadero padre. Porque así cuenta el cronista Zurita el enfrentamiento:

“Aparece en memorias de aquellos tiempos que salió el príncipe de Aibar con cuatrocientos hombres de armas y seiscientos jinetes castellanos y con otros muchos caballeros lussetanos y beamonteses, y acometieron con gran ímpetu y rompieron la avanguarda del rey; y rompida aquella primera batalla, volviendo ya el rostro los del rey, quedó Rodrigo de Rebolledo con algunos de los suyos en medio de los enemigos, que era capitán de la gente de armas de Castilla que trujo de Atienza y de las otras fortalezas que tenía en Aragón y Cataluña; y reconociendo los suyos que quedaban peleando, volvieron furiosamente en un escuadrón a donde estaba, y siendo en aquel punto muy herida la batalla y cargando todo el ejército del príncipe con furia grande, estando para ser vencidos los del rey, viendo que Rodrigo de Rebolledo resistía a los enemigos y peleaba con ellos valerosamente, acudieron a juntarse con él y pusieron gran esfuerzo en la pelea.

Y fueron Rodrigo de Rebolledo y los suyos los que aseguraron la victoria, rompiendo y desbaratando a los enemigos. Y escriben que los primeros que fueron rompidos y echados del campo fueron los jinetes andaluces que comenzaron a trabar la pelea. Por supuesto los del escuadrón en que estaba el rey fueron resistiendo y peleando; y por aquella parte se venció también la batalla y fue preso el príncipe y los principales que se hallaron con él”.

O sea: que Rodrigo de Rebolledo volvió a salvar a Juan II, esta vez de la acometida de su hijo verdadero, con lo que podríamos considerar que el hijo “adoptivo”, combatió al legítimo para dar contento a su padre.

El príncipe de Viana comenzó entonces su calvario particular, perseguido siempre por su padre hasta verse obligado a exiliarse de Navarra. Mientras, Rodrigo de Rebolledo había sido nombrado camarlengo mayor por Juan II, es decir: el servidor más cercano al rey.

Tras su periplo mediterráneo que lo llevó por Francia, Roma, Nápoles, Sicilia, Cerdeña y Mallorca, arribó por fin el príncipe a Cataluña, donde el 14 de mayo de 1460, y tras siete años sin verse, recibió estas gélidas palabras de saludo/amenaza por parte de su padre:

«Si haces hechos de buen hijo, te haré hechos de buen padre»

Resulta evidente que Juan II nunca lo consideró un “buen hijo” (tal cómo él entendiera ese concepto, claro), condición que sí otorgaba a Rodrigo de Rebolledo, algo que quedó firmemente demostrado cuando el 2 de diciembre de 1460, Carlos de Viana acudió –engañado por su padre- a las cortes de Lleida, donde fue de nuevo hecho prisionero. Así nos lo cuenta Gueraut de Pla Gueraut de Plá, hijo del maestre hostal de Carlos:

Y cuando el príncipe estuvo dentro, el rey comenzó a bromear con él y también el príncipe con el rey. Y cuando ellos llevaban así un gran rato, comenzó a hacerse tarde. Entonces el príncipe le dijo al rey que se le hacía tarde y que le placiese darle permiso para partir. Y el rey siguió bromeando con él, diciéndole que todavía tenía mucho tiempo, y todo esto riéndose.

Enseguida el príncipe volvió a pedirle permiso, pero el rey estaba contento y no dejaba de hablar. Esto duró hasta las tres de la tarde. A esa hora, el príncipe volvió a pedirle permiso. El rey le llevó entonces a un rincón de su habitación y allí hablaron un largo rato; aunque no se puede saber qué se dijeron, sino que el rey le agarró y le dijo que se tuviera por preso. Entonces, el príncipe se echó a sus pies preguntándole porqué, y el rey le dijo que lo tenía bien merecido. 

En la habitación estaba un caballero que era criado del rey, que se llamaba Rebolledo, y también el comendador de Monzón y otros dos o tres caballeros; y el rey les llamó y les dijo que prendiesen al príncipe, y que luego les diría los cargos. Y así salió fuera de la habitación”.

Vemos que el “hijo” que sí crio el rey, el que le obedecía sin rechistar, vuelve a ser preferido ante el hijo considerado “desleal” (sin ningún derecho, pues Carlos era el legítimo rey de Navarra) por aquel que siempre lo despreció.

La nueva prisión del príncipe provocó el levantamiento furioso e inmediato de los catalanes, que desde Barcelona formaron un ejército para marchar hacia Lleida. Nuevamente Zurita es quien nos lo cuenta:

“Pero siguiendo el rey el más seguro consejo, no quiso esperar tan furioso movimiento; y don Rodrigo de Rebolledo camarero y gran privado del rey (que fue de contrarío parecer de don Pedro de Urrea que prefería quedarse en la ciudad) mandó a un escudero suyo que se decía Álvaro de Bances que le llevase un caballo a un portillo del muro, cerca del monasterio de los Predicadores, sabiendo que estaban tomadas ya las puertas de la ciudad; y poniéndose en el palacio del obispo donde el rey posaba todas las cosas en orden como si no hubiera ninguna novedad y para ponerse el rey a cenar, teniendo Bernaldo Hugo de Rocabertí castellán de Amposta tomada con gente de armas, por orden del rey, la puerta del monasterio de Predicadores, el rey se salió con la oscuridad de la noche con muy pocos de los suyos, y subió en aquel caballo, oyendo él ya el estruendo de la gente que andaba por la ciudad y había entrado en palacio. Y discurría por él el pueblo tan furiosamente que con las lanzas y espadas andaban tentando las cortinas de las camas. Y el rey se vino a Fraga, donde estaba la reina que tenía en su poder al príncipe Carlos.”

 Así que Rodrigo de Rebolledo libró de nuevo de la muerte a su “padre”, mientras su verdadero hijo quedaba preso una vez más.

El mal trato recibido en prisión afectó la salud de Carlos –otros autores defienden que fue envenenado-. Sea como fuere, el príncipe de Viana murió en el palau reial de Barcelona, la madrugada del 23 de septiembre de 1461. No se aplacaron por ello las discordias, y Cataluña se levantó contra el rey Juan II, al que acusaban de la muerte de su primogénito.

Porque para entonces Juan II había tenido ya otro hijo, nacido en 1453 en Sos. Uno al que sí se empeñó en educar personalmente para que –este sí- fuera igual que él: Fernando, que pasaría a la Historia con el sobrenombre de “el Católico”. Aquel cuya existencia utilizó para borrar a su primera familia.

La guerra entre Juan II y los catalanes duró más de diez años, hasta 1472, y por supuesto Rodrigo de Rebolledo jugó un papel importante en muchos de los acontecimientos bélicos que se sucedieron, siempre al lado de su señor y “padre”, de manera que en el año 1467, el príncipe Fernando fue confiado por sus progenitores a…

Sí, a su “hermano” mayor: Rodrigo de Rebolledo. Según las crónicas, así se lo solicitó Juan II:

«Mosén Rebolledo, como hasta aquí nunca tuviste ante tus ojos si no mi servicio, así generalmente mando que a partir de ahora en otro no pienses, sino en el servicio de aqueste, mi hijo Fernando».


Y como siempre, su “buen hijo” obedeció ciegamente, de forma que en noviembre de ese mismo año, en la batalla de Vilademat, Fernando estuvo a punto de ser capturado, si no hubiera sido porque Rodrigo de Rebolledo, que a ninguna cosa atendió más que a defender la vida del príncipe, arremetiendo contra sus adversarios logró que el infante consiguiera ponerse a salvo, quedando él mismo prisionero unos años, y siendo rescatado por Hernando de Rebolledo, su sobrino, que con el apoyo económico del Rey Juan pagó por él el rescate de diez mil florines, aunque muchos aconsejaron al duque de Lorena que un tan grande capitán no se debía poner en libertad.

Así que vemos que Rebolledo salvó tres veces la vida del rey Juan II (Ponza, Aibar y Lleida), y una la de su heredero, Fernando, pero jamás movió un dedo –al contrario- por el hijo primogénito de su señor y “padre”, el príncipe Carlos de Viana.

La victoria final del rey Juan frente a los catalanes supuso todavía la concesión de más reconocimientos y honores para Rodrigo, que acompañó al rey hasta el mismo día de su muerte, ocurrida en Barcelona el 20 de enero de 1479. Y es bien curioso y reseñable que fuera él el único “hijo” que acompañaba a su señor en tal trance, pues el hijo primogénito, Carlos, aquél cuya compañía no frecuentó nunca Juan II, había muerto hacía ya 18 años, y el heredero, Fernando, estaba en Castilla reinando ya con Isabel, y cumpliendo por tanto el destino fijado por su padre: que la dinastía Trastámara ostentase todas las coronas hispánicas. El príncipe de Viana –que fue educado para sentirse sólo como un Evreux- impedía ese designio “divino”, y tenía por tanto que desaparecer, como así ocurrió.

De hecho, y como camarlengo, jugó un papel trascendental en las impresionantes ceremonias funerarias, como confirman los libros de protocolo del Ayuntamiento de Barcelona, que voy a traduciros del catalán, siguiendo la transcripción de Miguel Ángel Zalama y Jesús F. Pascual Molina:

A las tres de la tarde del jueves 28 de enero, aparecieron en el salón del Tinell del palau reial cuatro caballeros “todos cubiertos de telas bastas y sobrevestes reales, cabalgando sobre cuatro grandes y buenos caballos, cubiertos de las mismas telas gruesas de la cabeza a las patas. Cada caballero portaba una bandera en lo alto de una lanza y vestía la correspondiente cota de armas: la de Sicilia –portada por Francesch Burgues de Sant Climent, señor de Viladecans–, la de Navarra –por Fernando de Medrano, natural de Navarra–, la de Aragón antigua –sostenida por Luis de Alberuela, natural de Aragón–, y la real de Aragón –alzada por Miquel de Vivers, natural de Perpiñán–.

Tras ellos, aparecieron otros cuatro caballeros que exhibían escudos con las armas del rey, vueltos del revés: Pere Joan de Sant Climent, portaba las de Sicilia; Miquel de Xaus, las de Navarra; mosén Heredia llevaba las armas antiguas de Aragón, y Lois Oliver, las de Aragón. Al mismo tiempo que los ocho caballeros realizaron su entrada, los monteros del rey, acompañados de sus perros, hacían sonar sus cuernos de caza, y los jinetes cabalgaron tres veces alrededor del catafalco real.

Tras hacerse el silencio entre los presentes, Luis de Alberuela –que era rey de armas– exclamó por tres veces:

-¿Dónde está mi señor el Rey, que no le vemos en el salón ni en su trono?

Nadie respondió al rey de armas, por lo que este se dirigió al camarlengo del rey, Rodrigo de Rebolledo, preguntando de nuevo por él:

-Mosén Rodrigo, señor camarlengo: hace 10 días que buscamos a nuestro rey y señor y no lo encontramos, ¿lo habéis visto vos?

Ante la respuesta de este, indicando que el monarca había fallecido:

-Está muerto, vedlo aquí, donde yace.

Alberuela insistía, no creyendo la noticia:

-¿Cómo que está muerto?, haciendo grandes muestras de dolor, a lo que Rebolledo contestó señalando el lecho donde yacía el difunto:

-Aquí está, muerto. Ved, caballeros, aquí a vuestro rey que yace muerto. Miradlo bien y comprenderéis que está muerto. Lloradlo pues, caballeros, llorad a vuestro señor el rey, que ha muerto.

Comprobado que el rey estaba muerto, los caballeros cabalgaron tres veces en torno al lecho, arrastrando las banderas y lanzando al suelo los escudos, haciendo que sus caballos los golpearan, dando muestras de tristeza acompañados por los presentes, especialmente los monteros del rey que se lanzaban al suelo sobre los escudos, y todos lloraban y gritaban. De estas muestras de dolor se contagiaron todos los presentes que también lloraban y no paraban de gritar. Los ocho caballeros abandonaron la sala y repitieron la ceremonia en la plaza del Rey, recorriendo luego las calles y plazas de la ciudad, cabalgando arrastrando las banderas y lanzando los escudos al suelo, compartiendo la triste noticia con la ciudad, hasta que anocheció.

 Anunciada la muerte del rey, tuvo lugar el reconocimiento del cadáver. El camarlengo Rodrigo de Rebolledo, “con su llave abrió el ataúd donde yacía el cuerpo del rey”, de modo que los presentes pudieron ver el cuerpo del rey, vestido con dalmática y con el cetro en su mano. Y el secretario Coloma preguntó a los presentes si ese era el cuerpo del rey, a lo que los que allí estaban respondieron que “aquel era, en verdad, el cuerpo del señor Rey”. El camarlengo anunció que pasados los nueve días, como era costumbre, el cuerpo sería llevado a la catedral, “donde sería instalada la capilla ardiente y serían hechas las demás solemnidades”, y luego se procedería a enterrarlo en Poblet. Tras esto, se cerró de nuevo el féretro.

El traslado tuvo finalmente lugar el sábado 30 de enero, cuando en una sala llena de gente –“no cabían más personas, tan llena de gente estaba”–, justo antes de portar el cuerpo a la catedral, tuvo lugar otra ceremonia muy significativa: el rompimiento de los sellos reales. El rey estaba muerto y, por tanto, los sellos ya no servían.

Así, Rodrigo de Rebolledo, camarlengo del rey, pidió los sellos al protonotario y secretarios. Situado a la derecha del catafalco, mostró primero el «sello secreto» del rey, y dijo:

-¡Veis aquí señores el sello secreto del rey nuestro señor, sabed que el rey nuestro señor es muerto, sabed que el rey nuestro señor es muerto, sabed que el rey nuestro señor es muerto!

Y dichas aquellas palabras cogió un martillo y dio varios golpes al dicho sello.

Rompió así el sello, y mientras hacía esto, lloraba “con gran llanto y suspiros”.

A continuación, hizo lo mismo con los sellos de Sicilia y de Aragón, rompiéndolos también a martillazos.

Podemos ver que no se cita para nada el sello real de Navarra, cuando sí hemos visto que la bandera de Navarra fue portada en el funeral por un caballero a pie y por otro montado. Resulta extraño que el rey que no quiso jamás soltar Navarra –a la que según el cronista quiso como propia, pero trató como ajena-, no lo tuviera guardado con celo en su cancillería, pero quién sabe…

Lo que sí sabemos es que apenas unos meses más tarde de aquel mismo año de 1479, como si no tuviera sentido para él seguir viviendo sin su “padre”, falleció también Rodrigo de Rebolledo.

Siglo y medio más tarde, en 1638, Juan de Palafox, descendiente de Rodrigo, encargó para el palacio de Ariza (Zaragoza) un gran ciclo de 15 cuadros pintados con las hazañas de su antepasado, magníficamente estudiados por Ricardo Fernández Gracia, en el que curiosamente parece que no se incluyó la batalla de Aibar (aunque quizás ese cuadro en concreto se haya perdido), pero sí muchos otros de los acontecimientos en que aquel otro “hijo” de Juan II de Aragón intervino, y que son con los que he ido ilustrando mi texto. 

El padre Juan de Mariana, en su Historia de España, publicada en 1601, dejó escrito este certero juicio sobre el príncipe Carlos de Viana: 

Mozo dignísimo de mejor fortuna, y de padre más manso...

 





 

 © MIKEL ZUZA VINIEGRA, 2026


 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

martes, 16 de diciembre de 2025

ENCADENADO

 

Visitando hace poco la estupenda exposición sobre Carlos III el Noble en el Archivo de Navarra, reparé en una fotografía aumentada de su gran sello, fijándome en un detalle muy concreto que hasta entonces me había pasado desapercibido.


En efecto, y copiando literalmente su descripción del maravilloso libro "Sellos Medievales de Navarra", se trata de una representación ecuestre vista por su lado derecho. En el escudo, sobreveste, cubiertas y testera del caballo las armas cuarteladas de Navarra y de Evreux. Yelmo coronado, con mantelete de las mismas armas y cimera: cuba con las mismas armas y monte de plumas de pavo real. En los arzones, las armas de Navarra. Bajo el caballo, un lebrel.

+S ‘ KAROLI DEI GRACIA NAVARRE : REGIS ET : DUCIS : NEMOSENSIS

Cuelga del Privilegio de la Unión de la ciudad de Pamplona, datado por tanto el 8/9/1423, pero sabemos también que su matriz fue elaborada originalmente para el segundo Gran Sello de su padre Carlos II (que es de suponer se inspiraría en su primer Gran Sello), en Zaragoza en 1385 por Concelin Blanc de Estrasburgo, y reformada luego para Carlos III en 1387 por Jean Boneau. Entre ambos modelos, podemos ver que Carlos III cambió su propia intitulación: de conde de Evreux a duque de Nemours, pero también hizo incluir el detalle que me llamó la atención: una “cadena”, que podemos ver que no llevaba su padre en su primer Gran Sello propio:

 

Y recordemos, gracias al hallazgo documental del profesor José Marcos García Isaac en el Archivo de la Corona de Aragón, del que ya me ocupé en

https://cronicasirreales.blogspot.com/2020/04/la-empresa-y-divisa-de-la-cadena-de.html 

esta otra sorprendente noticia heráldica, según la cual Violante de Bar, duquesa de Gerona (la princesa heredera de Aragón) dirigió este mensaje el 19 de septiembre de 1386 a su primo hermano, el entonces todavía infante heredero de Navarra, futuro Carlos III:

“…Molt car cosi, en aquestes parts ha cavallers e scuders molts, qui desigen esser de la vostre empresa e divisa de la Cadena. Perque molt car cosi, nos pregam, affectuosament, que la dita empresa, ab copia dels capitols e ordinacions, nos vullats trametre, ab tot poder, en manera que nos la puxam donar per vos aci, a aquells que semblant nos sera…

Traducido: 

“…Muy querido primo: en estos lugares hay muchos caballeros y escuderos que desean formar parte de vuestra Empresa y divisa de la Cadena. Por lo cual, muy querido primo, os rogamos afectuosamente que queráis transmitirnos fielmente dicha empresa, con la copia de sus capítulos y ordenamientos, de manera que podamos entregárselas aquí a aquellos que mejor nos parezca…”

 Fuente: Archivo de la Corona de Aragón, Real Cancillería, reg. 1819, f. 63v.

El documento es bien claro: desde la corte de Aragón se pide en septiembre de 1386 al infante de Navarra que les envíe el reglamento de su Empresa y divisa de la Cadena, nuevo y desconocido voto caballeresco, creado por Carlos III.

¿Será esa CADENA que Carlos III hizo incluir en su sello la misma de la “empresa y divisa” a la que se refiere el documento de la princesa aragonesa? Hay que tener en cuenta que una EMPRESA era un voto caballeresco (que consistía en abstenerse de una cosa determinada o en exteriorizar con cualquier detalle llamativo o singular hasta haber combatido en un hecho de armas bajo determinados capítulos previamente fijados.

Así que vamos a suponer que el del príncipe Carlos estaría dirigido a su esposa, Leonor de Trastamara, y que sería expresado por esa cadena, que tanto representaría el amor que sentía por ella como sus propias armas heráldicas.

Es decir: que Carlos llevaría una cadena –probablemente de oro- bien visible, un día de la semana concreto o durante una temporada, esperando que otros caballeros vinieran a “liberarle” luchando contra él en una justa, según los “capítulos y ordenamientos” que había redactado y que fueron los que le solicitó para publicarlos la condesa de Girona, y que esos otros caballeros pudieran conocer, y en su caso aceptar, las condiciones.

Como el documento lleva fecha de 1386, esa sería la primera mención conocida a una “CADENA”, que también haría alusión, evidentemente, a las armas de Navarra, pues sí que conocíamos que fue en la corte de Carlos III donde se dio el cambio de nombre del emblema: de carbunclo a cadenas, sólo que hasta ahora se pensaba que la mención más antigua a dicha transformación fue en la “Genealogías de los Reyes de Navarra” o “Genealogía latina”, redactadas hacia 1400 en la corte de Carlos III, y donde podemos ver la descripción de las armas de Sancho el Fuerte: 

“Iste Sancio ferebat in armis campum rubeum e catenas dauratas et similiter sucessorum”.

Ahora bien, hay que tener en cuenta también que de ese tipo de cadenas eran utilizadas sobre todo para no perder las armas en pleno combate, y por eso pueden verse representadas en multitud de sellos y efigies sepulcrales de nobles y reyes de la época (sin ir más lejos, en los de los tres reyes de Navarra y Francia entre 1314 y 1328: Luis el Hutín, Felipe el Luengo y Carlos el Calvo, y luego también en los de Felipe III de Evreux -1328-1343). Un caballero podía llevar encima hasta cuatro. No está claro cómo evitaban enredarse con ellas. Sin embargo, la mayoría se contentaba con dos: una desde la daga y otra (de la que estamos tratando ahora mismo) desde la empuñadura de la espada hasta la coraza. La tercera cadena servía de adorno para el yelmo.

Es difícil imaginar que un caballero pudiera pelear sosteniendo en su mano una espada, sujeta a su coraza por una cadena de aproximadamente 1’20 mts (y, a menudo, de oro, es decir, ¡bastante pesada!), pero indudablemente sabían hacerlo.

Dibujo del sello de Carlos III el Noble realizado por el erudito tudelano

 Juan Antonio Fernández, a finales del siglo XVIII, con la Cadena bien a la vista

 

Lo curioso del caso que estoy comentando es que el sello de Carlos II parece demostrar que él no utilizó –como sí habían hecho sus antepasados- esa cadena de sujeción, pero que sí lo hizo su hijo, Carlos III, de quien sabemos además que por esos mismos años –en abril de 1386- estuvo en Zaragoza (el mismo lugar donde Concelin Blanc había confeccionado la matriz del segundo gran sello de su padre tan sólo un año antes) con los duques de Gerona, que son quienes apenas cinco meses después –en septiembre- le piden que les envíe los capítulos de su “empresa y divisa de la cadena”, cadena que hasta ahora podíamos pensar que nació efectivamente en la corte de Carlos III el Noble, hacia 1400, con esa mención a las armas de Sancho el Fuerte, corroborada luego por el Privilegio de la Unión de la Ciudad de Pamplona dictado por el mismo rey en 1423, donde habla bien claro del “renc de cadena” que irá alrededor de las nuevas armas heráldicas de la población unificada.

Pero ahora podemos estar seguros de que la cadena rondaba (y adornaba su brazo) al menos desde 1386. Y ese documento aragonés sería desde luego la primera mención conservada a la inquietud heráldica que llevó al rey de Navarra a cambiar el radiante carbunclo pomelado de sus armas por las cadenas que habría ganado su lejano antepasado Sancho VII el Fuerte en las Navas de Tolosa. Todo fuera por prestigiar aún más su Reino frente a las otras Cortes reales de la Cristiandad.

Y todo esto, sólo fijándome en el pequeño detalle de un sello. No tengo remedio… 

 


 

 ©MIKEL ZUZA VINIEGRA, 2025

 

 

jueves, 27 de noviembre de 2025

HERMANDAD

Para no dejar morir mi blog, y que al menos este año 2025 tenga una entrada, voy a recuperar un tema del que ya he escrito mucho, el de las portadas prácticamente iguales de Larrangoz, Lizoain, Redín y Ardaiz, todas ellas labradas en el primer tercio del siglo XIV, y todas ellas con su caballero a un lado y su águila atrapando una liebre al otro. 

 Para saber de qué hablo o para refrescar el tema, lo mejor es acudir a mi entrada del año 2019 titulada Cuatro eran cuatro:  

https://cronicasirreales.blogspot.com/2019/12/cuatro-eran-cuatro_12.html 

En ella que hice un extenso recorrido por este asunto que, muy esquemáticamente podría resumir en que creo que esos caballeros que llevan –o llevaban, porque están hechos puré los pobres…- una cruz potenzada en su escudo, y que además acompañan invariablemente a un emblema tan particular como el del águila atrapando una liebre, representarían a Johan Martínez de Medrano, regente del reino junto con el alférez Corbarán de Lete en el trascendental año de 1328, cuando las Cortes reunidas en Puente la Reina decidieron destituir al gobernador del rey de Francia en Navarra y ofrecer la Corona de los Sanchos a Juana de Navarra –la hija de Luis el Hutín, el único rey francés que había venido a Navarra a jurar los Fueros- y su marido Felipe de Evreux.

ARDAITZ

 Basaba mi conjetura –reconozco que no hay documento ninguno que una a dicho caballero con los valles de Longuida o Lizoain- en que fue además alcaide de Corella, cuyo primer sello, que data de aquella misma época, muestra precisamente un águila cazando una liebre. 

 

Esto es: le daba yo un sentido exclusivamente heráldico y no sólo alegórico-religioso (muchos autores defienden que dicho emblema sólo representa las asechanzas que por parte del maligno sufre el alma humana), porque que ese componente simbólico no es el único de estas piezas queda demostrado si consultamos el Libro de Armería del reino de Navarra (de mediados del siglo XVI, pero copia de uno mucho más antiguo) y vemos que allí el águila de Larrangoz o bien acabó representando las armas heráldicas de su palacio, o bien ese sentido heráldico era el único que quería reflejar quien ordenó que se tallase en la portada de aquel templo.

Pero todo esto ya lo he dicho muchas veces, así que era hora de hacer una nueva aproximación, y a ello dediqué parte de este último verano, que empleé en visitar una serie de localidades donde o bien no había estado personalmente, o bien lo había hecho hace tanto tiempo ya que creo que todavía era regente don Johan Martínez de Medrano. 

Porque resulta que el águila y la liebre no campearon, durante ese primer tercio del siglo XIV navarro, solamente en varias iglesias erigidas en el corazón de la merindad de Sangüesa, sino también en muchas construidos en el de la de las Montañas, que era como se denominaba entonces a la de Pamplona. 

En efecto, y partiendo desde la capital, pero no desde cualquier sitio, sino desde la catedral, en cuyo claustro aparece el símbolo nada menos que tres veces. En la puerta de la capilla Barbazana, en la galería Este: 

 

 
en un capitel doble de la galería Este: 
 
 
 

 y creo que también en una ménsula del Refectorio, aunque está tan hecha polvo -literalmente hablando- que no puedo asegurarlo: 

 

Por cierto, tanto la galería Este como el Refectorio podrían datarse en los años anteriores y próximos a 1335, fecha del mural de Johan Oliver que presidía aquel salón, y que ahora puede verse en el Museo de Navarra, así que encajan con los años en que Johan Martínez de Medrano jugó tan importante papel político en Navarra. De hecho, en la bóveda de dicho Refectorio campean todavía hoy sus armas: 

 


 El caso es que me llegué en primer lugar hasta Añezkar, cuyo templo muestra en su portada la consabida águila atrapando una liebre:

De ahí pasé a Otxobi, cuyo templo cuenta con un precioso pórtico donde el emblema aparece no una sino dos veces. Desgraciadamente ambos muestran los efectos de un incendio, y no están en muy buen estado:
Salté de allí a Larunbe, cuyo pórtico está sin duda emparentado con los otros dos, pues los talló el mismo y peculiar maestro, aunque tengamos la fortuna de que se haya conservado mucho mejor que los otros. Allí campea también dos veces el águila atrapando a la liebre:

 Confieso que entré también en Irurtzun, albergando la esperanza de que la puerta medieval de su iglesia -tan emparentada con la de Aldatz- también incluyera la señal, pero o se ha perdido, o nunca fue tallada en aquel lugar:

 

Seguí camino hacía Basaburua, y allí, en lo más alto del pórtico de la iglesia de Itsaso, hallé de nuevo el emblema que tanto me intriga:

 


 De allí pasé a Aldatz, en cuya iglesia medieval, hoy rodeada por el camposanto, y en su fantástica puerta con sus antiquísimos herrajes, volví a encontrarme con la divisa del águila cazadora:

 Y por indicación de Inma Etxarri, añado aquí también el emblema tallado en la puerta de la iglesia de Lekunberri, que por haber leído yo no sé dónde que era una reconstrucción del siglo XVI tras el incendio de la original, no había incluido previamente. Pero lo más lógico es que replicasen los motivos escultóricos medievales de la puerta perdida: 

 

Sólo me restaba ya alcanzar un último templo más, el de Iribas, donde ya imaginareis quienes me estaban esperando, quizás desde hace casi siete siglos... En efecto: el águila y la liebre:

Lo de siempre tratándose de mí: ¿y qué tiene todo esto que ver con Johan Martínez de Medrano? 

Pues como siempre tratándose de mí: todo (o nada). 

Si os fijáis en la ruta que seguí, fui siempre en dirección hacia la siempre agradable Gipuzkoa. Pero lo que llegaba desde allí hacia Navarra en el siglo XIV no siempre era sidra y tortillas de bakalao, no señor… 

Porque, en palabras del profesor Iñigo Mugueta: 

No obstante, la frontera entre Navarra y Gipuzkoa no se consolidó social ni económicamente en los siglos posteriores a 1200. De tal modo, los linajes oñacinos (cuyo máximo exponente son los Oñaz y Lazcano), con claros intereses ganaderos en los pastos de Urbasa-Andía, Burunda y Aralar, vieron eclipsadas poco a poco las posibilidades económicas que les brindaban estas zonas. La progresiva afirmación de esta frontera y su incipiente delimitación perjudicaron económicamente a estas familias guipuzcoanas, cuya reacción siempre fue violenta. Las medidas navarras adoptadas en consecuencia nunca fueron suficientes para llevar la paz a la frontera. Además, a estos linajes oñacinos se les unieron bandoleros navarros, encartados o acotados, personas fuera de la ley que con sus pequeñas cuadrillas aprovechaban el terreno montañoso y la ausencia de un poder fuerte en la zona para atacar el reino navarro al amparo de los clanes guipuzcoanos. Y así, a comienzos del siglo XIV, una de las zonas más duramente acosadas por el bandidaje fronterizo, la tierra de Aranaz, sufre una gran transformación al crearse una bastida, una ciudad-fortaleza al estilo francés, que despuebla varias aldeas de la zona y reagrupa la población en una ciudad, Echarri-Aranaz. Aun así, nada era suficiente para detener a los “malhechores”, encarnados en el linaje de Lazcano, que en estas fechas cobran tributos llamados “parias” a las comarcas navarras fronterizas. Los enfrentamientos entre los oficiales navarros y los “malhechores”, eran la consecuencia de los robos, quemas de cosechas, asesinatos y demás tropelías que tanto ellos, como los hidalgos guipuzcoanos oñacinos, cometían contra las tierras fronterizas de Navarra. Tras los ladrones de ganado partían los oficiales navarros, los merinos, que se internaban muchas veces en Guipúzcoa y Álava, con los consiguientes problemas que ello ocasionaba.” 

Tras muchos conflictos, alguno tan serio como el desastre de Beotibar de 1321, se produjeron acercamientos oficiales entre ambos lados de la muga, y así, en 1329, se estableció entre navarros y guipuzcoanos la primera “Hermandad de frontera”. 

¿Y quién se empeñó personalmente en ello? Pues precisamente Johan Martínez de Medrano, que en ese momento, ya con los nuevos reyes navarros en su trono, era lugarteniente del gobernador, y que fue quien dio la orden al merino de Pamplona, Juan García de Reta, de acudir a la villa guipuzcoana de Segura con seis compañeros a caballo y quinientos sesenta de a pie para recuperar el ganado robado al monasterio de Santa María de Iranzu por García Ibáñez de Arbizu. Tras recuperar el ganado y entregarlo a los monjes del monasterio fue “requerido” por los “hombres buenos de Guipúzcoa” para que hiciese hermandad con ellos “por si e por su merindad”. El tesorero del reino informa de que esta hermandad había sido pedida por los vecinos de Segura, y que la firmaron estos por una parte y por otra Juan García de Reta y las merindades de Pamplona y Estella. 

El profesor Orella Unzué todavía otorga más protagonismo en la creación de Hermandad a mi perseguido caballero: 

 “Este año de 1329 don Johan Martínez de Medrano, lugarteniente del gobernador de Navarra y a requerimiento de los hombres buenos del consejo de Segura, se llegó hasta la misma villa de Segura con 6 jinetes y 570 peones para recobrar cierto ganado de robado a los monjes del monasterio de Iranzu. Durante los viajes de este año a la frontera por parte de las tropas navarra, fueron requeridas las villas guipuzcoanas de Segura, San Sebastián, Fuenterrabia, Hernani, Tolosa y Villafranca para hacer una hermandad." 

¿Y quiénes estaban invitados a pertenecer a dicha Hermandad por parte navarra?: Pues desde luego todas las localidades de las que voy hablando (Añezkar no aparece citada pero es fronteriza a otras que sí). Y, en total: el valle de Arakil , los pueblos de Atahondo (Atondo), Murco (que ya no existe), Anoz, San Andrés de Lehet, Artiga (que ya no existe), Ochobi, Heritze (Erice), Sandaynna (que no existe), Sarassa, Sarde (que no existe), Sarluz (id.), Andaz (id.; los cinco despoblados pertenecían a la cendea de Iza); los valles de Bullina (Gulina), Utzama (Ulzama), Odieta , Atez , el pueblo de llarregui (hoy este caserío forma parte del valle de Ulzama), el valle de Lana, el pueblo de Eztuniga ( Zúñiga ), los valles de Amescoa, Arana, Larraun, Araiz, Bassaburua mayor, Imoz, Deyerri con el monasterio de Iranzu, Lerín , Bassaburua menor, la tierra de Baztan , los cinco pueblos cercanos al valle de Lerín (Sumbilla, Yanzi, Lesaka, Echalar y Bera), el valle de Anué, el pueblo de Lanz, los valles de Ezcabart ( Ezcabarte ), Olabe (este valle se llama hoy oficialmente por su nombre genuinamente vasco Olaibar ; Olabe es uno de sus pueblos), Oyllo (Ollo), San Estéban (este es el valle de Santésban de la Solana, en la Merindad de Estella), Burunda, Araynnaz (Aranáz), los pueblos de Bernedo y sus aldeas, Aguilar, Hussanavilla (Genevilla), Cabredo con sus aldeas, Torralba , los valles de Ega, y La Berrueza.” 

Puestas así las cosas, y si mantenemos la identificación de la divisa del águila atrapando la liebre con Johan Martínez de Medrano, que yo llevo tantos años defendiendo, podríamos pensar también que esos 7 ejemplos de Añezkar, Otxobi, Larunbe, Itsaso, Aldatz, Lekunberri e Iribas constituirían una poderosa señal para los malvados Oñazes y Lazkanos de que aquellas localidades pertenecían a la recién creada Hermandad de Gipuzkoa y estaban por tanto bajo la protección del magnífico caballero –que no en vano había sido casi rey de Navarra durante un año, entre 1328 y 1329- don Johan Martínez de Medrano, y que era mejor pasar de largo por ellas y no atacarlas. 

De hecho opino que todas las iglesias medievales de aquella zona, siempre tan expuesta a los ataques gipuzkoanos, llevarían originalmente ese emblema tallado en sus portadas, pero como aquellos templos se fueron renovando con los siglos, ahora no conservamos más que contados ejemplos exclusivamente medievales para demostrarlo.  

Sí, ya sé, no tengo pruebas, como en el caso de Larrangoz, Lizoain, Redín y Ardaitz, pero a estas alturas, y con tantos años jugándome los cuartos con don Johan Martínez de Medrano, sólo expresar la hipótesis ya me deja más que satisfecho, así que creo que sí: ese emblema está relacionado muy estrechamente con Johan Martínez de Medrano y en su época todos lo sabían. 

Espero que os haya gustado este viaje tanto como a mí, y desde luego os animo a recorrer tanto la ruta original, alrededor de mi querida Izaga, como la nueva, ahora que la frontera con Gipuzkoa está mucho más tranquila que hace siete siglos… 

© MIKEL ZUZA VINIEGRA, 2025

miércoles, 2 de octubre de 2024

LA VIDA DE ULTRATUMBA DEL REY SALOMÓN EN LA NAVARRA MEDIEVAL

La recientísima reedición del sugerente artículo del gran historiador francés Marc Bloch titulado “La vie d’outre-tombe du roi Salomon” (La vida de ultratumba del rey Salomón), originalmente publicado en 1925, me permite especular también sobre la representación de dicho personaje bíblico en el arte medieval navarro. 


Fijándose en dos leyendas sobre el rey de Israel recogidas en dos obras separadas por siglo y medio: la inglesa Vida de San Eduardo y la francesa Historia de Carlos VI, a Bloch le llamó la atención que en ambas se asegurase que Salomón, a pesar de ser a quien Dios concedió más sabiduría y quien edificó el Templo de Jerusalén, por haber caído al final de sus días en la idolatría y –sobre todo- en la lujuria, había sido condenado a no entrar en el Paraíso y a realizar penitencia por sus pecados.

En efecto, la citada Vida de San Eduardo el Confesor data de entre 1161 y 1250, y se conserva en la Universidad de Cambridge. En ella aparece interpolada esta curiosa historia:

"Dos peregrinos ingleses de vuelta de Jerusalén, ampliaron su viaje hasta el monte Sinaí. No lejos de allí, al pie de las montañas, fluía un río que nacía en el Paraíso, el Eufrates, por lo que decidieron remontar su corriente para buscar su origen. Tras muchas jornadas llegaron ante un muro infranqueable, de largura y altura infinitas. Sin embargo, vieron un arco sobre el río, debajo del cual las olas rugían violentamente, así que decidieron arrojarse a las aguas en aquel mismo punto y llegaron entonces a un bosque muy sombrío, en el que destacaba un enorme palacio en ruinas, con todas sus habitaciones vacías hasta que llegaron a la última, donde encontraron a un personaje de noble aspecto y agradable semblante, que les acogió con amabilidad y les informó de que pasado el bosque hallarían la ciudad de los reyes, llena de todas las delicias de la Salvación y la Vida eterna. Ellos le preguntaron entonces quién era, y él les dijo que descendía de la estirpe de David, porque era el rey Salomón quien, habiendo provocado la cólera de Dios, estaba obligado a hacer penitencia hasta el día del Juicio Final".

Casi siglo y medio después, en 1431, Jean Jouvenel des Ursins, obispo de Beauvais, escribió una Crónica del reinado de Carlos VI, y al llegar al año 1403 cuenta lo siguiente:

"Un hombre que vivía en París quería invocar al Diablo para hacerle unas trascendentales preguntas que, desafortunadamente, la fuente no aclara. Le aconsejaron que viajase hasta “la salvaje Escocia” para encontrarse con el demonio. Hizo el viaje, y en aquel misterioso país halló al fin a una anciana que le aseguro que podía conseguirle cita con el señor de las tinieblas. Le llevó entonces a un viejo castillo en ruinas, que sobre el muro tenía un saliente bastante grande. La bruja le ordenó que se quedara allí quieto, hasta que viese llegar a un hombre de color tan negro “como los moros de Mauritania”, y que él respondería a todas sus preguntas. Mientras esperaba tal visita, vio que sobre dicha ménsula o saliente aparecía de repente una caja en la que había una persona desnuda. Y entonces vio venir más de mil cuervos, que desmembraron a aquella pobre persona, y se comieron toda su carne, dejando sólo los huesos. Y esto hecho, fue metido de nueve en la caja y se lo llevaron.

Cuando llegó el Demonio, lo primero que el viajero le preguntó fue que quién era aquel desdichado, a lo que contestó que era el rey Salomón. Entonces le preguntó también si es que tan sabio monarca estaba condenado al Infierno, respondiéndole el Diablo que no, pero que cada día –hasta el fin del mundo- sufriría semejante castigo".

¿Por qué un personaje bíblico tan importante como el rey Salomón, supuesto autor de algunos de los libros más importantes de la Biblia, pudo ser considerado en la Edad Media como no lo suficientemente digno de ser salvado? Quizás por lo que cuenta el Libro de los Reyes:

Cuando Salomón llegó a la vejez, sus mujeres hicieron que volviese su corazón hacia deidades paganas, abandonando al verdadero Dios, al contrario que hizo su padre, el rey David. Fue por esto por lo que el Señor se indignó contra Salomón, porque él había dejado de adorarle, a pesar de que le había concedido la mayor sabiduría con una sola condición: que nunca abjurase del Dios de Israel”.

Sí, ahí debió estar el origen de las suspicacias de tantos doctores y exégetas cristianos que dudaron muy seriamente de las posibilidades de salvación eterna de alguien que, como Salomón, había caído en la idolatría precisamente debido a la tentación de la carne, el pecado más imperdonable para la mentalidad de los eclesiásticos medievales, que a pesar de ello lo consideraron también ancestro del propio Cristo, como aseveraba la genealogía inserta en el Evangelio de San Mateo.

Entre medio de esos dos sorprendentes testimonios que hemos visto, muchos otros autores se ocuparon de la figura del rey Salomón, siendo probablemente el más importante de todos ellos Dante Alighieri, que frente a aquellos que le negaron la gloria eterna, sí que lo situó morando en el Paraíso en su Divina Comedia.

Pero es sin duda en las representaciones artísticas de aquel tiempo donde mejor podrá verse esa dicotomía entre el Salomón merecedor del Cielo o el Salomón condenado al Infierno. Sobre todo, en las correspondientes a un tema de mucho éxito en la época: la Anástasis o el descenso de Cristo a los Infiernos tras su resurrección para liberar las almas de los justos del Antiguo Testamento que habían vivido antes de la llegada del Mesías.

Es un tema que no aparece en la Biblia, pero si en apócrifos muy difundidos en la Edad Media, al principio en Oriente, como el Evangelio de Nicodemo, de donde pasaría a textos fundamentales de la hagiografía y la historia occidentales como la Leyenda Aurea de Jacobo de la Varágine o el Speculum de Vicente de Beauvais. De allí pasaron asimismo a los Misterios que representaban teatralmente escenas de la Historia Sagrada, con especial predilección por las de la Pasión de Cristo.

Cronológicamente, en el arte bizantino son muy numerosas las escenas de la Anástasis, en las que se forja la iconografía que luego se extenderá también a Occidente, según la cual Cristo libera a Adán y Eva “tirando” de ellos o al menos dándoles la mano para sacarlos de la morada infernal donde se encuentran. Pero a partir del siglo XI se añade un motivo accesorio que acabará convirtiéndose casi en inmutable: la presencia cerca del Redentor de dos personajes coronados, que los historiadores reconocen casi unánimemente como David y Salomón. De esta manera los artistas y quienes encargaron la obra dejaban clara su fe en que ambos monarcas hebreos se habían salvado. 

Mosaico del monasterio de Osios Loukas (Grecia) Siglo XI

Pero en Occidente, según Marc Bloch, eso no parecía quedar tan claro, como demuestra la Anástasis representada en el Beato de Girona, realizado hacia 975, magníficamente estudiada por Joaquín Yarza, pero que Bloch no debió conocer, donde no aparecen representados justos con corona.

Beato de Girona - Siglo X  
 

Y tampoco en Francia, donde en las Anástasis representadas en los monumentos que nos quedan del siglo XII, tras Adán y Eva sólo aparecían representados personajes sin caracteres distintivos. 

Catedral de Ravello

Italia es un caso distinto, porque al hallarse mucho más sometida al influjo bizantino, posee ejemplos que siguen su módelo, como el tímpano de la catedral de Bitonto, esculpido hacia 1200, o las puertas de bronce de las catedrales de Trani, Ravello y Monreale, realizadas por Barisanus de Trani entre 1175 y 1186, en cuyos descensos a los Infiernos aparecen representados David y Salomón.

No obstante, en la contemporánea catedral de Benevento, que parece servir de precursora a todo Occidente en este peliagudo asunto salomónico, se muestra ya un solo rey, lo mismo que ocurrirá un siglo y medio más tarde en la Anástasis pintada por Andrea Bonaiuti en la capilla dei spagnuoli de Santa María Novella de Florencia, donde ocurre lo mismo.

Anástasis en Santa María Novella
 

No hay duda de que se trata del rey-profeta David, porque su salvación tras el descenso de Cristo a los Infiernos quedaba atestiguada por el citado Evangelio de Nicodemo, que no menciona en ningún caso a Salomón, lo que hizo de paso que el rey sabio tampoco apareciera representado en los exitosos Misterios teatrales que tanto auge cobraron durante los siglos XIV y XV en Occidente. En todo caso, el Gótico supuso también la adopción de nuevos códigos de representación teológica e iconográfica, pues el Descenso de Cristo a los Infiernos ya no suponía sólo la resurrección para él y para los justos veterotestamentarios, sino para todos los fieles. De ahí que en la gran mayoría de los casos ya no se representase a los liberados con distintivo alguno.

Dicho todo esto, recordemos que Marc Bloch publicó su artículo en 1925, y que no tuvo por tanto acceso a muchas otras representaciones artísticas que quizás le hubiesen hecho cambiar de opinión en ciertos aspectos.

Porque si hubiera podido conocer los ejemplos navarros de este tema, hubiese podido comprobar que al menos en varios de los de época románica, se siguió fielmente el modelo bizantino. Como por ejemplo en el claustro de la catedral de Tudela, construido entre 1185 y 1200, donde la Anástasis aparece en uno de los capiteles, y donde además de Adán y Eva podemos ver dos cabezas coronadas: David y Salomón. 

 

Anástasis en el claustro de la catedral de Tudela 


Y si bien es cierto que en ejemplos anteriores, como en la esquemática metopa de la portada de San Martín de Artaiz:

 

 o en el muy deteriorado capitel del claustro de San Pedro de la Rúa de Estella:


no aparece nadie coronado, si volvemos al foco tudelano, entendiendo que era allí donde residía normalmente la familia real, contamos con el ejemplo de las maravillosas biblias realizadas por Ferrando Perez de Funes entre 1197 y 1199 para Sancho el Fuerte y, quizás, para sus hermanas Berenguela o Blanca, donde podemos ver que la Anástasis aparece muy bien representada.

Así, en la conservada en Amiens podemos ver a dos reyes, que serían lógicamente David y Salomón:

 

Y en un alarde de originalidad del autor navarro, en la conservada en la Biblioteca de la Universidad de Augsburg podemos contar nada menos que…

 

¡Tres reyes!, lo que desde luego abre un interesante enigma sobre la posible identidad de ese tercer rey que acompañaría en el Infierno a David y a Salomón.

Teniendo en cuenta que la Biblia que hoy se conserva en Alemania fue un encargo posterior a la que se conserva en Amiens, y que quizás el geniudo Sancho metió prisa al pobre Ferrando para que acabase pronto el segundo ejemplar y poder así regalárselo a su hermana Blanca, que iba a casarse con el conde de Champaña, ¿podría ser ese tercer rey representado una irónica venganza del apremiado ilustrador, que se habría atrevido a situar a su patrón en el Infierno? Al fin y al cabo, Cristo terminaba por liberarlo luego de sus penas, así que no supondría demasiada afrenta. Lo cierto es que Ferrando no volvió a colaborar nunca más con el irascible monarca navarro, prefiriendo la tranquilidad de su canonjía en Calahorra al complicadísimo puesto –tratándose de un reino tan pequeño como el nuestro, siempre apetecido por Castilla y Aragón y ninguneado por el Vaticano- de canciller del rey de Navarra.

Pero quizás la explicación más sencilla al misterio de los tres reyes condenados nos la proporcione el Talmud, la obra que recoge multitud de normas, tradiciones e historias judías, elaborada en las academias rabínicas de Jerusalén y Babilonia, en cuya parte más antigua, o Mischná, podemos leer una leyenda que asegura que todo Israel compartió la vida eterna, salvo grandes pecadores de su historia, entre los que había precisamente tres reyes: Jeroboam, Acab y Manasés, que se habían rebelado contra Dios, adorando ídolos e incumpliendo sus mandamientos. Así que podría ser que fueran ellos los representados en esta Biblia de Sancho el Fuerte, y que ello demostrase de paso la posible relación que tuvo que tener Ferrando Pérez de Funes con sabios hebreos para componer su obra, indispensable para reflejar fielmente tantos y tantos pasajes bíblicos del Antiguo Testamento como aparecen reflejados en sus dos biblias.

Biblias que tuvieron, por así decirlo, una tercera hermana, pues una adaptación de las mismas, hecha ya en estilo gótico y probablemente para la reina Juana II de Navarra, por lo tanto ciento cincuenta años después de las originales, que se elaboraron entre 1197 y 1199, se conserva hoy en día en la Biblioteca Pública de Nueva York, pero como hemos dicho, en esa época la Anástasis ya no solía representar personajes señalados, más allá de los consabidos Adán y Eva:


 

Esto es algo que puede verse también en la portada de San Cernin de Pamplona


Como la excepción confirma la regla, y gracias al aviso de mi amiga y maestra Clara Fernández-Ladreda, pues yo no había reparado en él, en la portada del Arcedianato de la Catedral de Pamplona sí que aparece un rey, justo detrás de Eva: 


 
 
Pero en la del Santo Sepulcro de Estella ya no lo hace: 

Ni tampoco en el relicario del Lignum Crucis de la Catedral de Pamplona


Otra posible explicación a ese tercer rey en el Infierno de la biblia de Augsburgo podría ser que a las figuras “canónicas” de David y Salomón, su autor decidiera unir la del ya citado Manasés, un rey que, aunque abandonó al Dios de Israel para adorar a ídolos extranjeros, terminó por arrepentirse y fue perdonado, por lo que acabaría mereciendo la salvación. Es digno de recordar también que, precisamente con ese mismo rey, fue comparado en su tiempo Carlos II de Navarra, primero por Philippe de Mezieres, que incidió más en el carácter traicionero del rey israelita y luego por Guillaume de Machaut, que en cambio subrayó su arrepentimiento.


Igualmente, por la documentación conservada sabemos que Carlos III el Noble había comprado en 1398 en París un tapiz de Salomón conquistando Bretaña, pero la figura representada no sería el monarca bíblico, sino un rey bretón que vivió en el siglo IX y que fue asesinado y considerado mártir. Como fue también conde de Avranches y Coutances, feudos normandos que siglos más tarde pertenecieron a los Evreux, el rey de Navarra pudo considerarlo un santo familiar. 

En cualquier caso, y para finalizar, quede bien claro que no he querido enmendar la plana a Marc Bloch, un historiador por el que siento una gran admiración (su monumental obra “Los reyes taumaturgos” me fue de mucha utilidad y magisterio para mi “En recta línea”) y que, además, acabó fusilado por la Gestapo por pertenecer a la Resistencia francesa en 1944. 

Al contrario, descubrir este pequeño y desconocido ensayo suyo, que ahora le hace ser considerado un precursor de la Antropología Histórica, me ha abierto otra puerta –en este caso la de los Infiernos- al siempre maravilloso mundo de las imágenes medievales.

Y le estoy muy agradecido por ello. 

 

BIBLIOGRAFÍA: 

-La vie d'outre-toumbe du roi Salomon / Marc Bloch

-La imagen del mal en el románico navarro / Esperanza Aragonés Estella, pags. 47-52. 

-El Beato de Gerona / Joaquín Yarza

 

 

©MIKEL ZUZA VINIEGRA, 2024