martes, 7 de mayo de 2019

DANTZA!

Versalles, 7 de mayo de 1663

Majestad Cristianísima: en cuanto a la respuesta que esperáis a la cuestión que me propuso vuestro canciller sobre la imposibiliad de documentar ni una sola vez que los reyes de Navarra hubiesen bailado en público, tras arduos esfuerzos por mi parte he de confesaros que, tras revisar todos los Archivos que del Royaume de Navarre se conservan a este lado de los Pirineos, sólo he sido capaz de hallar un ejemplo que creo que podréis utilizar para vuestro propósito, que según tengo entendido no es otro que el de sorprender a toda vuestra Corte con un baile orquestado por el maestro Lully.

Al contrario que en el caso de los Reyes de Francia, que ya desde vuestro augusto antepasado Carlomagno es notorio que gustaban de danzar ante sus familiares y amigos, los de Navarra siempre se mostraron reacios a hacerlo, puede que influidos por una idea mal entendida de la realeza como muestra de inamovible seriedad. Por eso me ha costado tanto hallar la prueba escrita que creo sin duda que desactivará los reparos de vuestro ya mentado -y si me lo permitís, también adusto- canciller, a que mostréis vuestra gracia y donaire sobre un escenario.



Sí, porque puesto que él argumentaba precisamente que por vuestra doble condición de rey de Francia y de Navarra, no sería adecuado que olvidárais que éstos no bailaron jamás, por mucho que aquellos sí lo hicieran tan frecuentemente, ahora podréis rebatirle con fundamento, pues según una crónica fechada en el año 1194, el rey Sancho, apodado el Fuerte por su tremenda estatura, bailó un buen rato ante las murallas de Loches, ciudad gascona que estaba sitiando. Sorprendéos de tal actitud conmigo, Majestad, e imaginad qué efecto haríais vos mismo si escogiéseis como salón de baile el sitio de Arrás, por ejemplo. Mas si queréis hacer gala de honrar a vuestro antepasado, podríais replicar, como voy a contaros, la extraordinaria hazaña del citado don Sancho. séptimo de su nombre.

Asegura la crónica que la ciudad resistía los embates de los sitiadores desde hacía al menos tres semanas, y que por tanto el tedio y la abulia más acusadas empezaban a adueñarse del campamento de don Sancho, quien, por la penuria de entretenimientos de aquellos tiempos, no hacía más que comer y beber con la abundancia que se espera de un gigante. En una de aquellas interminables cenas, uno de sus aliados ingleses, vasallo por tanto de su cuñado Ricardo Corazón de León, cometió la imprudencia de alardear del valor que su rey había demostrado una vez, cuando sitiando el castillo de Troisfontaines, había descendido de su caballo y había dado no uno ni dos, sino hasta tres pasos de baile bajo las almenas donde sus enemigos se encontraban. "¿Habría alguien más valiente que Ricardo en todo el mundo?" -exclamó el inglés-, y con ello demostró no conocer en absoluto el carácter de los navarros, que entendieron su impertinente pregunta de la siguiente manera, muy habitual en aquel reino: "¿A qué no hay dídimos de atreverse a bailar ante las murallas de Loches?".

Indudablemente el rey don Sancho así lo entendió, así que esa misma noche se plantó ante las murallas donde los súbditos del conde de Tolosa se hallaban encerrados y, despojándose de la cota de malla que lo cubría de pies a cabeza, se colocó la corona más grande que tenía sobre las sienes, y quedando cubierto por un simple brial donde relucían las armas de Navarra (de ahí que más adelante a la ropa interior masculina se la denominase "Abanderado"), se puso a ejecutar no uno, ni dos, ni tres, sino toda una panoplia de pasos de baile durante más de media hora, lo cual provocó -naturalmente- la rabiosa furia de los cercados.

Entended que don Sancho no se movía con la facilidad que lo hacéis vos, Sire, porque como os dije, medía lo que miden dos hombres puestos uno sobre los hombros del otro, así que eran sus movimientos talmente los de un haya cuando cae al ser talada desde la base: se inclinaba mucho hacia delante, después hacía atrás, pero sin arquear la espalda ni despegar los brazos del cuerpo ni una sola pulgada. Y cuando se cansaba de repetir la misma melopea, daba vueltas y más vueltas sobre sí mismo, como la rueda de un gigantesco molino. Autores hay que defienden que las danzas de Gigantes a las que tan aficionados son todavía en aquel reino en cuantas fiestas se celebran, vienen precisamente de este asombroso acontecimiento protagonizado por don Sancho, aunque dejo a los que son más eruditos que yo demostrar si esto puede ser o no ser cierto...

A todo esto, sus enemigos no cesaban de lanzarle mientras tanto todo tipo de saetas, virotes y cuadrillos, y la crónica asegura (y no hay por qué dudar de ella en este punto) que no le acertaron ni una sola vez. Cuando creyó que ya era bastante, volvió a subirse a su caballo y se alejó en busca del inglés que tanto había ponderado el valor de su cuñado. Así le habló cuando lo tuvo delante: "¡Ved que vuestro rey bailó tres pasos, y yo he danzado al menos mil trescientos!".

Así pues, Majestad, con esta prueba de valor de vuestro antepasado don Sancho, no debéis albergar ya ninguna duda sobre vuestra facultad para epatar a toda la Corte de Francia con vuestra habilidad para la danza  mañana mismo si así os place. Y si alguna vez giráis visita a vuestro otro reino, allá en Navarra, no dudéis que vuestros súbditos, celosos de su independencia y conocedores de su propia Historia, han de contar vuestros pasos para ver si dais más de mil trescientos, porque si sois Luis XIV para los franceses, sois tambien Luis III para los navarros.

Vuestro humilde servidor: Arnaud de Oihenart, Historiador y Poeta.









© MIKEL ZUZA VINIEGRA, 2019

lunes, 18 de marzo de 2019

LA TÍA ELISA 2ª PARTE

Al escribir el otro día la historia de nuestra tía Elisa dije que no nos quedaban muchos recuerdos de ella, lo que no resultaba extraño teniendo en cuenta que murió hace un siglo, el año de la gripe. Tan sólo un banquito de madera y un par de rasgos de su carácter: que al parecer no le gustaba la escuela, y que ella misma se cortó el mechón que le cubría la frente, el día que le hicieron la única fotografía que nos permite evocar su imagen.

Lo que yo no sabía el jueves es que sí que mi familia guardaba otro objeto relacionado con la tía Elisa. Uno que viene a cerrar el círculo de su propia historia, además, pues refleja mejor que miles de palabras que yo pueda hilar la unión existente entre las hermanas Blasco, incluso con la que estaba a miles de kilometros, en Argentina: la tía Segunda. Puse su foto, fechada en los años 20 en Buenos Aires, ¿os acordáis?

Segunda Blasco en Buenos Aires, hacia 1920

Pues en esa fotografía, y en realidad en todas las que de ella conservamos, la tía Segunda lleva un precioso dije de oro colgado del cuello, siempre el mismo. El mismo que llevó consigo toda su vida, pues incluso yo, siendo muy pequeño, recuerdo habérselo visto puesto. Lo que yo no sabía hasta que mi hermana  me lo dijo al día siguiente de leer mi crónica sobre la tía Elisa, es que ese colgante encerraba dentro de sí la clave de la historia que acababa de escribir, y que la tía Segunda, la hermana que vivía tan lejos de las otras tres, recibió en Buenos Aires no sólo la postal con la fotografía de Julia, Pilar y Elisa (la única imagen que nos queda de Elisa, y de la que se hicieron las demás que conservamos), sino también el  otro recuerdo que de la hermana fallecida en 1918 guardaron/guardamos:


Efectivamente: el mechón de pelo que Elisa se cortó el día que le hicieron su única fotografía no era simplemente por tanto una muestra de su carácter rebelde, sino también la prueba del cariño que tenía por su hermana Segunda, que quería que se acordase de ella de esa manera. Cosa que consiguió, pues ella lo llevó toda su vida sobre el corazón en un dije guardapelo, un tipo de joya muy común a finales del siglo XIX y principios del XX, que es lo que realmente era y es ese colgante tan hermoso.

Podemos imaginar el dolor que sentiría al enterarse, quizás meses después, de la noticia de la muerte de su hermana Elisa, a la que no había visto desde que salió de Pedroso en 1909 para emigrar a la Argentina. Es decir, cuando Elisa sólo tenía 8-9 años y Segunda 17. Así que podemos pensar que, igual que hizo luego tantas otras veces en su vida, ella sería la encargada -como hermana mayor- de cuidar a la más pequeña desde su nacimiento, y que ese lazo entre ellas jamás se rompió, aunque después no conservemos más cartas entre ellas (lo que no quiere decir que no las hubiera) que las tres postales que las tres hermanas le enviaron... junto con el mechón de pelo de Elisa, siempre tan traviesa.


La tía Segunda contaba que ella misma había acudido a una buena joyería de Buenos Aires y que entre todos los broches y colgantes que le mostraron, el que escogió fue el que más le gustó. Tanto que, aunque a las pocas semanas le advirtieron de la misma tienda que tenían un modelo muy parecido, adornado con rubíes, prefirió quedarse con el suyo, en cuyo reverso hizo grabar sus iniciales. En esa misma joya tan preciada es en la que hacia 1915 guardó el mechón y la foto de Elisa.

Y ahora, al desvelar el secreto de ese dije en 2019, es como si Elisa y Segunda volvieran a abrazarse después de muchos años separadas por un océano de agua salada y de tiempo...




© MIKEL ZUZA VINIEGRA, 2019



jueves, 14 de marzo de 2019

LA TÍA ELISA


Desde que tengo memoria, la tía Elisa fue una presencia habitual en nuestras casas. La abuela Pilar, su hermana, tenía colgado su retrato en la suya, y cuando se vino a vivir con nosotros lo trajo con ella y mi madre lo colocó en la nuestra.

Elisa Blasco Torrea (1902-1918)
Es una fotografía que calculo que tiene unos 105 años, sobre todo teniendo en cuenta que la tía Elisa murió en 1918, cuando sólo tenía 16 años, afectada por la temible epidemia que aún se conoce injustamente como Gripe Española, aunque en realidad todo indica que la enfermedad nació en EEUU, pero que la férrea censura de prensa establecida en los medios de comunicación de las naciones enzarzadas en la 1ª Guerra Mundial adjudicó al único país occidental que no participó en ella, y cuyos periódicos por tanto sí que se ocupaban de ese vertiginoso contagio que se llevaba por delante sobre todo a los y las más jóvenes, como la pobre tía Elisa. Se calcula que en todo el mundo murieron entre 40 y 100 millones de personas, y se la considera como la peor pandemia padecida por la humanidad, muy por encima de la Peste Negra que diezmó Europa en el siglo XIV.

La tía Elisa fue la hija más pequeña del matrimonio formado por Isidro Blasco Novoa y Juliana Torrea Pérez, que vivían en Pedroso. Tuvieron cuatro hijas más: Segunda (nacida en 1892), Julia (nacida en 1896), Pilar (nuestra abuela materna, nacida en 1898) y Sabina, que murió cuando sólo tenía dos años, y de la que desconocemos exactamente su año de nacimiento, que quizás pudo ser 1900. En realidad tampoco sabemos en que año nació Elisa, aunque podemos especular con que sería en 1901 o 1902, y que por tanto tendría unos 16 años al fallecer en el año de la gripe.

Los bisabuelos Isidro Blasco Novoa y Juliana Torrea Pérez
De izquierda a derecha sus hijas: Segunda, Julia y Pilar, hacía 1899
Reverso de la misma fotografía. Esta no hay duda de
 quién y dónde la hizo: Alberto Muro, en Logroño

El retrato del que os hablaba la muestra como lo que era: una niña, cuya edad oscilaría en el momento de posar para el fotógrafo entre los 13 y los 14 años. Comparando ese rostro enmarcado con las otras dos pequeñas fotografías que de ella conservamos, podemos comprobar que en realidad se trata de la misma imagen en los tres casos, sólo que retocada y de diferentes tamaños, y que esa imagen tiene su origen en otra fotografía convertida en postal que muestra a las tres hermanas que hacía 1915-1916 seguían residiendo en el pueblo con sus padres: Julia, Pilar y Elisa.

Esta debió ser la única foto que hicieron a Elisa en su vida, y fue obtenida pensando en enviársela a su hermana Segunda, que el año 1910 había emigrado a la Argentina, en cuya capital, Buenos Aires, permaneció hasta el año 1929, que fue cuando regresó a Pedroso para volver a vivir ya siempre con sus dos hermanas Julia y Pilar.

Julia, Elisa y Pilar Blasco Torrea, hacía 1915

La fotografía no tiene sello de autor, así que es imposible saber quién la hizo. Viendo el fondo escogido, que no parece de estudio, quizás podríamos adjudicársela a algún fotógrafo aficionado o incluso itinerante, que iría por los pueblos ofreciendo inmortalizar a quien le pagase unas pocas pesetas. O quizás no, y puede que bajaran a Logroño para que saliese perfecta. Como os digo, aunque fue revelada como postal, no fue enviada por correo, pero sí que en su reverso consta la inscripción: "Para Segunda Blasco". Por eso mismo sabemos que la imagen fue concebida para que la querida hermana que vivía entonces tan lejos pudiera tener un recuerdo de las hermanas que se habían quedado en Pedroso. Que ahora podamos admirar esta imagen significa que la tía Segunda la recibió en mano, entregada probablemente por otro emigrante del pueblo, y sobre todo que luego la trajo con ella y la conservó siempre tras su retorno. 

Que sus hermanas le enviaron más postales de Pedroso podemos confirmarlo porque ella también guardó, y por eso ahora las conservamos, otras dos tarjetas que muestran las fiestas de Pedroso, una fechada en 1913, delante del Patrocinio, y otra en 1915, delante del Ayuntamiento, y que -justicia poética- sirvieron muchos años después para poder recuperar los trajes originales que llevaban los danzadores, que al cariño y la añoranza que sentía por su querido pueblo Segunda Blasco Torrea, debemos agradecer. 

Pero en la foto que estamos comentado ahora, Julia, a la izquierda, Pilar, a la derecha, y Elisa, en el centro, llevan sus mejores galas, con ese detalle de las dos mayores con su reloj prendido al pecho o colgando del cuello y un abanico en las manos, que también lleva Elisa. Nuestra abuela lleva falda de cuadros, y Elisa lleva un precioso vestido blanco bordado con muchos encajes. Mira a la cámara con gesto un poco menos hosco que sus hermanas, quizás porque todavía era una niña, y podemos fijarnos también en que le sobresale un mechón en la frente, detalle que la abuela Pilar explicaba porque la tía Elisa debía ser muy trasto, y ella misma se había cortado el pelo con unas tijeras, sin sospechar que esa sería la imagen que quedaría siempre de ella.

Y es que no sabemos mucho más de la tía Elisa, lo cual no resulta demasiado extraño a un siglo ya de su muerte. Sólo ese detalle del cabello cortado que rompe coquetamente la simetría de su peinado, y otra historia que contaba la abuela Pilar sobre ella, que demuestra otra vez que podía ser una niña, sí, pero que tenía su carácter. Al parecer se aburría en la Escuela, que entonces no estaba en la Plaza sino en el Cerradillo. O sea: a un paso de su/nuestra casa. El caso es que alguna vez se escapaba de clase, y al pasar por delante de la puerta donde estarían su madre o sus hermanas mayores, se tapaba los ojos pensando que así los demás no la veían. Cosas de cría...

Nos queda también un pequeño objeto personal suyo, quién sabe si elaborado en la propia fábrica de muebles que hubo en el pueblo, y que la familia conserva a pesar de los distintos traslados y migraciones que en todo un siglo se dieron. Es un banquito de apenas 25x14 cm, sobre el que podemos imaginarnos que la tía Elisa se subiría para mirarse en el espejo mientras se cortaba su mechón rebelde. Quién sabe...

Su muerte debió afectar mucho a su familia, sobre todo a la abuela Pilar, quizás porque era la hermana que menos años se llevaba con ella. Tanto que, cuando se casó con mi abuelo Fermín Viniegra allá por el año 1923, el nombre que escogió para su primera hija fue precisamente el de Elisa. Y hay que recordar que lo más habitual era ponerle el nombre de una de las abuelas, que en este caso eran María Larios Sáez y la ya citada Juliana Torrea Pérez. Pero no: eligió el de su querida hermana desaparecida hacía ya más de tres años. Y esa hija es nuestra madre: Elisa Viniegra Blasco, que nunca ha olvidado que lleva el nombre de la tía que murió el año de la gripe.

 Su retrato, como dije al principio, siempre ha estado en casa. Uno de tamaño folio y otros dos más muy pequeños. El grande era el de la abuela Pilar, los otros dos -muy probablemente- de sus otras dos hermanas: uno de la tía Julia y otro de la tía Segunda. Ambas permanecieron solteras y se dedicaron a cuidar, primero a las hijas e hijos de su hermana Pilar, y luego, ya en Pamplona, también a los de su sobrina Elisa, o sea: a mis hermanos y a mí. Julia murió cuando yo era muy pequeño y apenas la recuerdo, pero a la tía Segunda le debo muchas cosas, sobre todo sus maravillosas historias sobre lo que había vivido en aquellos casi veinte años en Buenos Aires (asistencia a conciertos del famosísimo tenor Enrico Caruso incluida), y un cariño y una paciencia infinitas. Ahora puedo hacerme a la idea del tremendo shock que tuvo que suponer para ella, después de haber vivido tanto tiempo en la capital del mundo en aquella época, regresar a un pueblo de apenas 500 habitantes. Pero los relatos se entrecortan, y no hay forma ya de saber qué le movió a hacerlo. Tengo entendido que fue porque pensó que si no volvía en aquel momento, ya nunca más regresaría, pero el sacrificio personal debió ser aún así muy alto, por más que mis hermanos y yo agradezcamos cada minuto que nos dedicó, y fueron muchísimos...

Segunda Blasco Torrea en Buenos Aires, hacía 1920
¿Pero cómo habría sido la tía Elisa de haber superado aquella terrible gripe? ¿Seria y un poco adusta como sus hermanas Julia y Pilar, o alegre y sociable como Segunda? Pues observando el gesto que mantiene en su retrato, y recordando lo que la abuela contaba de ella, creo que hubiera sido más parecida a su hermana más mayor. Lo que sí es cierto es que, bien mirado, mostrar su retrato en Internet supone ahora darle la oportunidad de volver a vivir un poco, aunque sea de forma virtual

De todas maneras puedo asegurar que algunas veces, sentado en la madera junto a la puerta de nuestra casa en Pedroso, me parece verla doblar la esquina del Cerradillo, y al darse cuenta de que la estoy mirando, se tapa los ojos con su mano como para que no la vea y, conteniéndose la risa, sigue andando y baja por la ribera hasta Vado, donde sus tres hermanas la están esperando ya junto a la fuente. Les digo que miren a la cámara, como hace 105 años. Ahora ya están las cuatro juntas otra vez.

PD: Imposible haber trazado este recuerdo sin los apuntes genealógicos que nuestros padres: Fermín Zuza Zunzarren y Elisa Viniegra Blasco, que tuvieron la curiosidad de preguntar a nuestros abuelos: Fermín Viniegra Larios y Pilar Blasco Torrea, y a las hermanas de ésta:  las tías Julia y Segunda Blasco Torrea, por sus raíces familiares, y sin cuyo trabajo muy probablemente se habrían perdido para siempre.





© MIKEL ZUZA VINIEGRA, 2019









jueves, 7 de marzo de 2019

UTRIMQUE RODITUR


En la fabulosamente dieciochesca Biblioteca de la catedral de Pamplona, se conservan una serie de Atlas tan hermosos como sólo pueden serlo esos coloridos planisferios de los siglos XVI y XVII, cuando todavía quedaban territorios por descubrir y por describir. En una de mis visitas tuve la suerte de poder ojear uno de ellos titulado: "Parte del Atlas Mayor o Geographía Blaviana, que contiene las cartas y descripciones de las Españas", fechado en el año 1672. 



Es una obra soberbia, de un tamaño que hoy podríamos identificar con las aparatosas ediciones de Taschen, como corresponde al que podríamos considerar como verdadero rey de los Atlas, cuyo nombre de pila tan evocador: "Geographia Blaviana", le viene por el de su autor: el holandés Willem Janzoon Blaeu.

Además de los mapas, que son un prodigio de detalle, los editores se preocuparon de incluir noticias históricas de cada reino, que, como de costumbre, no me hubieran llamado demasiado la atención si alguna de ellas no permitiese echar a volar mi muy blaviana imaginación. ¿Cómo definir si no esta más que sorprendente etimología del nombre de Navarra?:


Porque por supuesto que he conocido y conozco muchos paisanos nuestros que hacen de la barra un modo de vida, pero jamás pude pensar hasta consultar al señor Blaeu que lo que realmente hacían todos ellos cuando empinaban el codo con tanta frecuencia era una muestra constante de patriotismo navarro (o labarro, a elegir). 


Esta insólita información proporcionada por el cartógrafo holandés abre también una nueva era en el campo de nuestra Etnografía, pues basta con imaginarse cómo se llamarían hoy día algunas instituciones de haber hecho caso al erudito neerlandés, para comprender la importancia de su descubrimiento. Así, glosar por ejemplo las históricas hazañas de los gloriosos Reyes de La barra, poder votar en las elecciones para escoger al Gobierno de La barra, cantar a voz en grito el pasodoble: "¡No te vayas de La barraaaa!", o grabar en las matrículas automovilísticas LA en vez del histórico NA, como si la eurovisiva Massiel hubiera sido elevada sobre el pavés, no me cabe la menor duda de que  hubiesen mejorado mucho nuestro siempre crispado ambiente político. 

Bien asentadas todas estas acrisoladas certezas, diré también que no he encontrado en la Crónica del obispo García de Eugui la cita en la que Blaeu asegura basar su afirmación. Pero como también nombra al cronista Tristán de Silva, y este fue un castellano muy alejado de la realidad navarra, que además dedicó sus esfuerzos historiográficos exclusivamente a hacerle la pelota al emperador Carlos V, y que precisamente por eso mismo logró ser alcalde de -¡Caramba, qué sorpresa!- Madrid, podríamos adjudicarle a él -sin temor a equivocarnos demasiado- esta invención del "UTRIMQUE RODITUR" - "POR TODAS PARTES ME ROEN"-, el supuesto lema (que nunca lo fue) del príncipe de Viana, y que según el imaginativo cronista ni siquiera vendría de Carlos de Viana, sino de Sancho el Fuerte, que habría dejado así fijado el principal problema del reino de Navarra a lo largo de su trayectoria como país independiente: la continua apetencia de sus vecinos (Castilla, Aragón y Francia) por repartírselo y acabar con sus libertades políticas. La plasmación gráfica de esas constantes invasiones serían los dos lebreles que a los pies de la reina Leonor se pelean por un hueso (que representaría a Navarra) en la tumba del rey Carlos III el Noble en la catedral de Pamplona. 


Sin embargo, huelga decir que ni ese sepulcro (construido en 1425), ni la invención del castellano Tristán de Silva, luego recogida por el holandés Blaeu (que justo es reconocer que no le da validez alguna, como puede verse en el texto), tienen base histórica alguna, y que por tanto ni Navarra fue nunca La barra (aunque alguna vez podamos ponerlo seriamente en duda), ni el lema "Utrimque roditur" es otra cosa que una curiosa adjudicación que, eso sí, ha gozado de tanto éxito que incluso hoy en día puede seguir utilizándose perfectamente para explicar la alevosa actitud de supuestos líderes políticos que todo lo que saben de Navarra parecen haberlo aprendido en la barra -ellos sí- de un bar. madrileño

Mapa del Reino de Navarra en la Geographia Blaviana (1672)


©MIKEL ZUZA VINIEGRA, 2019


viernes, 8 de febrero de 2019

CINCO MONEDAS



Palacio de Olite, 8 de febrero de 1940

-¡Aquí hay algo, don José! ¡Parece un atadijo de papel!

-¡Sobre todo tened cuidado ahí abajo, no parece que ese muro esté tan fuerte como para que remover un par de sillares no vaya a afectarle catastróficamente!

-¡Sí, la verdad es que el relleno entre los paredones no está muy estable, pero no se preocupe, que casi lo he alcanzado ya! Un poco más… ¡Lo tengo!

-¿Qué es?

-Lo que decía: un pequeño paquete envuelto en papel que parece muy antiguo…

-¡Salid de ahí cuanto antes, que no las tengo todas conmigo! Lo cierto es que este castillo ya tiene demasiadas trampas después de 150 años de abandono como para fiarse de que toda esta zona de la torre de los Cuatro Vientos, que es la que mayor peligro de ruina inminente ofrece, no vaya a venirse abajo en cualquier momento. ¡Y ahora que me acuerdo! A ver… Lo que pensaba, ¡ya están otra vez esas vecinas tomando el sol justo ahí abajo, y mira que les he advertido veces que no se pongan ahí! ¡Oigan! ¡Oigan! ¡Sí, ustedes! ¡Quítense inmediatamente de ahí! ¿No ven que la torre puede venirse abajo en cualquier momento? ¡No me hagan llamar al alguacil!

-Serénese don José, que ya se marchan. ¡Mire, mire lo que hemos encontrado!

Zona del hallazgo

-Pues sí que es un envoltorio, y no demasiado grande. A ver… el cordel que lo cerraba se deshace, afortunadamente no es de papel, sino de pergamino, y como parece haber estado a salvo de la humedad, se conserva bastante bien. Parece que suena algo en su interior…

-¡Son monedas! Una, dos, tres, cuatro, cinco… ¡Cinco monedas, y parecen muy antiguas, don José! 

¡Y en el papel pone algo, aunque no se entiende lo que dice! ¿Usted lo entiende?

-Pues de momento, no. Parece estar escrito en letra de su época, y además la tinta está muy gastada. Quizás con la lupa de diez aumentos que tengo en mi despacho… Lo que si puedo deciros es que las monedas son antiguas, sí, pero no demasiado valiosas, dos son de plata, y de los últimos reyes de Navarra, otras dos son de cobre y parecen ser castellanas, de los reyes católicos. La última es también castellana, de Felipe II, que en Navarra era Felipe IV.

Monedas halladas

-¡La de cosas que sabe usted, don José!

-Bueno, soy numismático aficionado nada más. Incluso tengo una pequeña colección personal, nada del otro jueves. En fin, voy a hacer un informe de vuestro descubrimiento, y pedir en él expresamente una gratificación para vosotros. De momento, la jornada ha terminado. Aquí tenéis cinco duros para que lo celebréis. Aunque antes de iros a casa, por favor, colocad unas vallas bajo la torre para que nadie pueda ponerse allí a tomar el sol. No se dan cuenta del peligro que corren.
-¡Muchas gracias, don José! Y descuide, que pondremos las vallas, aunque no servirá de nada, que las y los de Olite somos muy orgullosos, y nos parece a todos que el castillo es nuestro y podemos ponernos en donde nos venga bien…

-Me parece estupendo, pero si luego ocurre alguna desgracia, id a pedirle responsabilidades a Carlos III el Noble, que es quien construyó este palacio. Aunque, ahora que lo pienso, si estas monedas estaban ocultas en el muro, y la de Felipe II es de finales del siglo XVI, quizás signifique que las obras continuaron mucho más tiempo del que pensábamos, o al menos que esta zona concreta es mucho más moderna que la original. Voy a apuntar esta idea ahora mismo en el despacho, que se me ha de olvidar. ¡Con Dios, señores!

-¡Con Dios, don José!


Ya en su pequeño despacho de obra, José Yárnoz, arquitecto encargado de la restauración del maltrecho palacio de Olite, ceba la estufa con unas astillas y espera a que prendan para colocar un leño que ayude a caldear el gélido ambiente. Enciende la lámpara y despliega sobre la mesa el recién encontrado pergamino. Quiere confirmar si lo que le ha parecido leer al abrirlo es lo que realmente pone en la complicada caligrafía del siglo XVI. Porque sí, ha mentido a los obreros asegurándoles que no había entendido esas pocas líneas. Lo ha hecho, y lo que ha leído ha provocado que un escalofrío recorriese su espalda. Así que coloca el texto bajo la lupa y entre asombrado y escéptico lee:

“…Vendrá el día en que otro maestro de obras encontrará este tributo, y hará bien en continuar la cadena de monedas, porque entre los constructores es fama que, si no lo hace, todo este castillo se vendrá abajo en una noche y ni el Diablo podrá volver jamás a levantarlo. No he podido dejar más ofrenda que estas pobres piezas de cobre y plata, porque los operarios somos siempre pobres, pero confío en que llegue una época en la que el sueldo de quienes levantan edificios sea tan elevado que permita a quien esto lea dejar en el mismo muro donde lo encontró, una moneda verdaderamente digna de esta regia morada. ¡Oh, tú! No eches al olvido esta advertencia, si no quieres atraer la maldición de aquél que echó debajo de un soplo aquella imponente torre de Babel de la que habla la Biblia…”

Don José Yárnoz Orcoyen
Estupefacto, José Yárnoz repasa una y otra vez el sorprendente párrafo. Nunca ha sido supersticioso, pero esta vez siente que le conviene hacer caso de aquella advertencia venida de tantos siglos atrás. Sí: mañana mismo dará las instrucciones oportunas para cambiar el plan de obra y centrar todos los esfuerzos en la zona de la torre de los Cuatro Vientos, que las monedas fechan, evidentemente, mucho más tarde de lo que se podía imaginar. Al menos toda la parte de los arcos que la sostiene, y que al decir de algunos autores estaban emparentados con los que sostienen el palacio de los papas en Aviñón, cosa que ahora podemos poner en duda.


8 de febrero de 1941

Ha pasado un año, y la torre de los Cuatro Vientos luce tan nueva que parece que en cualquier momento va a asomarse la reina doña Blanca a ver el tempero que hace en Ujué. José Yárnoz ha pagado por propia iniciativa el almuerzo con el que los obreros celebran el final de la campaña en el terrado del castillo. Pero él no se queda mucho en el festejo. Al contrario, se aparta poco a poco del barullo y cuando está seguro de que nadie le ve, se introduce en el estrecho hueco entre paredones que ha ordenado que se deje sin cubrir hasta mañana. Con cuidado, porque ya no es un mocete, baja todo lo que puede y palpa la piedra en busca de la pequeña hornacina en la que hace un año se hallaron las monedas. Entonces saca del bolsillo una muy especial, la joya de su colección numismática: aquella que ordenó acuñar el príncipe de Viana, que fue quien vivió más años en este palacio sin haber llegado nunca a reinar. Pasa la yema de sus dedos por el anverso y siente la K de Karlos coronada, y a un lado y a otro los dos triples lazos que le identificaban como auténtico señor de Navarra. La envuelve con un pergamino nuevo, y la deposita allí como tributo continuado a todos los maestros de obras que el palacio de Olite ha tenido desde tiempo de los antiguos romanos. Lo que ha escrito en ese pergamino, sólo lo podrá saber el próximo arquitecto que, dentro de muchos siglos, encuentre su ofrenda. Trepa con la misma prudencia y sale a la superficie. No puede resistirse a asomarse a las almenas recién reconstruidas. Sonríe: allí abajo vuelven a estar las mismas mujeres de siempre tomando el sol. No hay problema: el palacio ya no está en ruina ni amenaza desplomarse bajo el soplido de quien derrumbó aquella famosa torre de Babel de la que habla la Biblia…




© MIKEL ZUZA VINIEGRA, 2019

miércoles, 30 de enero de 2019

NO HAY QUIEN PUEDA

En mi última crónica os hablaba de Benedicto XIII, conocido como el Papa Luna, Sumo Pontífice en la obediencia de Aviñón, considerado todavía hoy como hereje y cismático por la Iglesia de Roma.
Os contaba también sus muchos méritos y cómo se negó siempre a renunciar a su cargo, defendiéndose él mismo ante cardenales, reyes y emperadores, ayudado por un asombroso poder de elocuencia, que le permitía encontrar argumentos irrebatibles con los que apoyar su causa, que sostuvo contra viento y marea hasta su muerte en el castillo de Peñíscola, a los 95 años de edad.

Pero os decía también que este prodigio de la retórica y de la teología, vino a encontrar la horma de su zapato en Navarra, cuando un tudelano supo vencerle en su propio terreno: el del conocimiento y la interpretación de las Sagradas Escrituras.

En 1379, el reino de Navarra atravesaba una pésima época, con Carlos II vencido y completamente a merced de Castilla, corona a la que tuvo que devolver las importantes ciudades de Logroño y Vitoria, ocupadas desde varios años atrás, aprovechando la guerra civil castellana. Pero cuando Enrique II de Trastámara consiguió eliminar a su medio hermano Pedro I el Cruel, no se conformó con la devolución de esas dos villas, sino que por el Tratado de Briones consiguió también un auténtico protectorado sobre Navarra, imponiendo que los veinte principales castillos del reino estuvieran en manos de tenentes castellanos.

En esas circunstancias de casi absoluta sumisión, imaginemos cuál sería el estado de ánimo del siempre belicoso rey Carlos. Seguro que no estaría -jamás lo estuvo- predispuesto a que le tocaran la moral con temas distintos a la propia supervivencia del reino. Bueno, pues justo en ese momento tan inoportuno, tuvo que aparecer el cardenal Pedro de Luna (no sería nombrado Papa de Aviñón hasta el año 1394) en Pamplona para solicitarle algo que a nuestro sentir actual no podría parecernos más descabellado: que convocase en su palacio (en el de Navarrería) una disputa que le permitiese discutir con un representante de los judíos navarros sobre cuál de las dos religiones, la cristiana o la hebrea, era la verdadera. Este tipo de eventos, que eran bastante corrientes en aquella época, siempre se organizaban con vistas a una conversión masiva de los judíos, claro está, porque evidentemente los cristianos tenían siempre todas las de ganar, y además el cardenal no pensaba poder ser derrotado en absoluto.



Supongo que la primera reacción del cercado Carlos II sería mandar a esparragar al -esta vez- bastante  desatinado don Pedro, más aún teniendo en cuenta que el reino de Navarra llevaba ya un año sin decidirse a reconocer al Papa de Aviñón, que en ese año era Clemente VII. Aunque curiosamente tampoco había reconocido al Papa de Roma, que en ese momento era Urbano II. Digamos que Carlos II se mantuvo en una prudente neutralidad, esperando a ver qué hacían el resto de naciones. Aún así, su hijo Carlos, el futuro Carlos III el Noble, que permanecía preso en París, asistió a la solemne declaración del rey de Francia en favor de Aviñon. Como siempre, Navarra se veía obligada a jugar a dos barajas para mantener su precaria independencia, cosa que hay que reconocer que ambos monarcas supieron lograr.

Lo cierto es que sus archienemigos franceses y castellanos habían reconocido inmediatamente al papa de Aviñón, así que el rey de Navarra no se mostraría demasiado partidario de seguir sus pasos. Además, sus aliados ingleses seguían fieles a Roma, así que no convenía tampoco a Navarra desairarlos, porque retenían la ciudad de Cherburgo, que Carlos II confiaba en que le devolvieran cuanto antes, y pensaba muy juiciosamente que si se pasaba a Aviñón, Inglaterra no soltaría Cherburgo en represalia contra Navarra. En definitiva, un complicadísimo juego de diplomacia, para alguien más acostumbrado -prácticamente sin recursos económicos- a combatir contra enemigos siempre mucho más poderosos que él.

Por tanto, no sólo no despachó con cajas destempladas al cardenal Pedro de Luna, sino que acogió su proyecto, y puede que hasta escogiese él mismo al judío navarro que debería enfrentársele. Debió pensar más o menos de esta forma: "¿Así que vienes aquí con tus pejigueras teológicas, que me importan entre poco y nada, porque lo único que buscas es que me declare a favor del Papa de Aviñón, verdad? Pues te vas a enterar..."

Lo que ocurrió después sólo lo conocemos por el testimonio personal del hebreo encargado de parar los pies (dialécticamente hablando, nunca mejor dicho) al mejor místico de su tiempo, uno tan bueno que llegaría a ser Papa, aunque el Vaticano siga sin reconocerle sus méritos hoy en día. Me estoy refiriendo al rabino, médico, filósofo y polemista tudelano Shem Tob Ibn Shaprut, autor de un libro trascendental dentro la literatura hebrea medieval: el Eben bohan - La piedra de toque, en el que en su capítulo IV del libro II, dedicado a la Ley de Moisés don Shem Tob afirma:



"Puesto que la fe cristiana se basa en la venida de su Mesías para redimir la culpa del primer hombre, me pareció bien introducir aquí la discusión que tuve con un gran sabio, el magnífico señor D. Pedro de Luna, cardenal de Aragón, en Pamplona, ante los obispos y muchos sabios, en su palacio.

-Preguntó el cardenal: ¿Cómo podéis, vosotros, los judíos, negar nuestra fe? Nosotros decimos que no se redime la culpa del hombre hasta la llegada de nuestro Mesías. ¿Acaso no está escrito: "el día que comas del árbol del conocimiento del bien y del mal, morirás sin remedio"? Si significa la muerte corporal, ¿por qué Adán y Eva comieron y no murieron al instante? Forzosamente hay que pensar que esa muerte se refiere sólo a la del alma, pues el mismo día en que comieron, fueron separados de la Gracia de Dios, y expulsados del jardín. Y en verdad, esa es la muerte principal a la que se enfrenta el hombre...

-Contesté yo, Shem Tob Ibn Shaprut: Si fuese como tú dices, y Dios decretó aquel día la muerte del alma de Adán y Eva, ¿cómo es que no decretó también aquel mismo día la muerte de sus cuerpos?  [...] Sabemos que Dios (bendito sea) es lento a la cólera y rico en misericordia, y se compadece del malvado. Y que cuando ha decretado una desgracia, no envía dos. Por lo tanto, si no decretó contra el hombre más que la muerte espiritual, ¿por qué le declara otras maldiciones como "vivirás del sudor de tu frente" o "parirás con dolor"? 

-Dijo el cardenal: todas esas maldiciones son como consecuencia de la sustracción de Adán y Eva de la Gracia de Dios, que es lo mismo que la muerte del alma.

-Respondí yo:Entonces, ¿qué necesidad tenía Dios de especificar todas esas maldiciones, si son cosas que se siguen naturalmente después de la muerte del alma? ¿Por qué omite lo principal -la muerte del alma- y enumera lo accesorio?  

-Replicó el cardenal: Pero  tú, ¿qué respuesta tienes a que no se mencione la muerte entre esas maldiciones?

-Dije yo: Las maldiciones son a modo de imágenes de penalidades, para amonestarles a que se comportasen mejor, se convirtieran al Señor y éste se apiadase de ellos, pues dice en Ezequiel: "Yo no me complazco en la muerte de nadie". Y dice también el Señor: "buscadme y viviréis". Así pues, les sometió a estos sufrimientos para que purgasen su culpa, de manera que sus almas se redimiesen y lograran contemplar la bondad de Dios y frecuentar su templo. [...] Dijiste que todas las maldiciones especificadas son en realidad castigos derivados de la maldición del alma. Entonces, cuando según tu opinión, esa maldición del alma desapareció al entregar vuestro Mesías su vida, hubieran debido desaparecer también el resto de maldiciones, que según tú proceden de la ausencia de la Gracia de Dios en el hombre por culpa de la maldición del alma, porque al desaparecer la causa, necesariamente desaparece también el efecto.

-Reconoció el cardenal: Sabía que me atraparías en las respuestas, y no me queda ninguna solución que pueda imponerse a tus palabras. Pero mi fe es la auténtica, según la tradición que conservamos, así que si los hebreos no creéis en ella, nuestra fe tampoco resulta perjudicada por ello...



Y esos, muy resumidamente (porque por más que a veces me interese puntualmente, la teología medieval es un asunto que, de puro bizantino, sólo la entendían a ciencia cierta quienes la desarrollaron en su tiempo) fueron los argumentos de la Disputa de Pamplona entre el cardenal Pedro de Luna y el rabino Shem Tob Ibn Shaprut, en la que, como hemos podido ver, el tudelano tuvo la inteligencia tan despierta como para saber envolver con su propia tela de araña a alguien tan versado en las Escrituras como era el futuro Papa de la obediencia de Aviñón. Y hay que ponderar también el valor mostrado por Shem Tob, para meterse en la boca del lobo -sin amilanarse lo más mínimo- que para un judío de aquellos tiempos suponía defender su fe ante una audiencia formada exclusivamente por eclesiásticos de alto rango. Y también delante del rey Carlos II, al que imagino disfrutando con el antológico "zasca" que su súbdito hebreo propinó al inoportuno cardenal.

Claro que podemos pensar que como quien cuenta lo sucedido es el propio Shem Tob, quizás no se impuso tan claramente a su adversario, y lo que hace es presumir de supuesta superioridad. Pero precisamente creo que el que no haya registros de este hecho por parte "cristiana" refuerza la veracidad de lo que cuenta nuestro compatriota Shem,  porque al cardenal no le gustaría dejar testimonio de que había sido vencido por un hebreo. Incluso la reflexión final de Pedro de Luna recuerda demasiado a la moraleja de la fábula de la zorra y las uvas como para no ser cierta.

¿Y por qué creo yo que fue el propio Carlos II quien pudo escoger personalmente al contrincante del cardenal? Pues porque Shem Tob, además de todas esas facetas, provenía de una familia de prestamistas muy reconocidos en Tudela, y teniendo en cuenta que el rey de Navarra estaba siempre a la cuarta pregunta, no me cabe la menor duda de que tuvo que hacer uso de sus servicios en busca de efectivo. En esos menesteres -y no desde luego en la sinagoga tudelana- conocería probablemente las capacidades retóricas de Shem, y pudo por tanto quizás solicitar a los habitantes de la aljama mejanera que fuera él su representante en la contienda. De todas maneras, viendo como se desenvolvió en la pelea, no cabe duda de que todos estarían de acuerdo en que él era el mejor campeón al que podían encomendarse.

El caso es que no se sabe mucho más de la biografía de Shem Tob, sólo que poco antes o poco después de su enfrentamiento con Pedro de Luna abandonó Tudela y se asentó en la cercana Tarazona, donde a pesar de practicar en teoría la medicina, fue en realidad el representante de otro prestamista tudelano: don Bitas Francés, que acabó denunciándole ante sus correligionarios aragoneses por su mal hacer, asunto que terminó en riña multitudinaria, porque al parecer, nuestro Shem Tob no sabía manejar sólo la oratoria, sino también los puños. Una nueva bronca con un representante de la sinagoga de Tarazona -lo de "polemista" ya vemos que se le quedaba muy corto- supuso que regresara a Tudela, donde al menos alguien llamado Shem Tob Shaprut (¿quizás un hijo suyo?) ejercía como arrendador de impuestos para la Corona hacia el año 1404.

Fuera este o no nuestro protagonista,  un documento fechado en 1410 menciona a un tal Gento Saprut, judío de Tudela, que "fue ajusticiado e muerto por condena de nuestra Cort por los grandes excesos que él en su vida cometió e fizo" (Comptos, Caj. 102, nº 34, II) Y verdaderamente me parece que pudo ser un epitafio perfecto para la asendereada vida de un hombre ciertamente tan excesivo, que derrotó a un Papa que se creía invencible.

Por cierto: Carlos II murió el 1 de enero de 1387, sin reconocer al Papa de Aviñón, cosa que haría inmediatamente su sucesor, Carlos III, al poco de acceder al trono.


Bibliografía: La disputa religiosa de D. Pedro de Luna con el judío de Tudela D. Shem Tob Ibn Shaprut en Pamplona (1379) / J. V. Niclós Albarracín. 
Revue des études juives, vol 160, 2001, pp. 409-433





® MIKEL ZUZA VINIEGRA, 2019


viernes, 18 de enero de 2019

EN SUS TRECE


Si os situáis bajo el crucero de la catedral de Pamplona, justo al lado del imponente sepulcro del rey Carlos III el Noble, y eleváis la vista al frente, hacia las vidrieras que en la parte más alta coronan el presbiterio (la zona del altar), podéis observar que las dos frontales están decoradas por una serie de ocho escudos heráldicos cada una, el más curioso de los cuales se halla en la de la izquierda, empezando por abajo. Es este que ahora os muestro:


Su descripción sería: cortado de gules y de plata, un creciente de plata ranversado, timbrado de tiara papal y sostenido por las llaves del Cielo, cruzadas y atadas por un cordón. Son por tanto las armas heráldicas de un Papa, y no de uno cualquiera, porque corresponden nada menos que a Benedicto XIII, Sumo Pontífice en la obediencia de Aviñón entre los años 1394 y 1429, y considerado por tanto -todavía hoy- antipapa y hereje por la Iglesia Romana. ¿Qué pinta por tanto su escudo en una catedral católica?


Y eso que, como se observa fácilmente, no se trata de una vidriera medieval, qué va, porque fue realizada hacia 1970 para ir rellenando los huecos que la explosión del molino de la pólvora del año 1733 había dejado entre las vidrieras originales (de principios del siglo XVI), de las que sólo se conservan en su lugar original -la nave central- cuatro de ellas. Aunque había unas pocas más, que fueron vendidas al sacamantecas y millonario yanki W. Randolph Hearts (en quien se inspiró Orson Welles para su Ciudadano Kane) por el cabildo pamplonés de los años 30, lo que demuestra que hay obispos y canónigos mucho más peligrosos para el patrimonio artístico que la pólvora, vaya que sí. El caso es que tres de esas vidrieras que "no valían para la catedral de Pamplona", decoran hoy en día la de Omaha, en Estados Unidos. Un crímen artístico de primera magnitud, y una demostración de ignorancia y de avaricia supinas.


Pero volviendo al Papa Luna, del que os hablé hace poco al glosar el sermón que dio en este mismo espacio catedralicio de Pamplona -siendo todavía sólo cardenal- con motivo de la declaración de obediencia del rey de Navarra al papa de Avignon Clemente VII, el 6 de febrero de 1390 (¿recordáis?: "Et la Corona del rey es redonda o circular por ser esta figura apropiada a la perfección de Dios, a la que el rey debe intentar acercarse todo lo que pueda, ya que Dios es también como una esfera, en la cual el punto medio está en todas partes, y su fin en ninguna..."), la explicación de la presencia de su escudo en la catedral de Pamplona no tiene nada de extraño, si tenemos en cuenta que era a Aviñón a quien reconocía el reino de Navarra cuando dicho templo (aunque en su anterior versión, románica) se vino abajo el 1 de junio de ese mismo y cargado de acontecimientos año de 1390. Y su amigo Carlos III el Noble seguía siendo fiel a esa obediencia cuando emprendió la reconstrucción, ya en estilo gótico, colocándose su primera piedra el 27 de mayo de 1394. Es decir: tan solo cuatro meses antes de que el cardenal Pedro de Luna fuese elevado al trono pontificio, el 28 de septiembre de ese mismo año.

Por lo tanto, quien en 1970 encargó esas vidrieras heráldicas, quiso honrar al Papa que gobernaba la parte de la Cristiandad en la que se situaba Navarra, que no fue otro que el aragonés Benedicto XIII, un papa que como os he dicho, incluso hoy en día -más de seis siglos después- sigue sin aparecer en el Anuario Pontificio, publicación anual que recoge, junto al listado histórico y oficial de todos los papas que ha gobernado la Iglesia Católica desde San Pedro, el registro de los cardenales, obispos, diócesis, departamentos de la Curia romana, misiones diplomáticas de la Santa Sede en el extranjero, congregaciones religiosas, universidades católicas y demás instituciones eclesiales que conforman la Iglesia en la actualidad. 

Es decir: que Roma sigue sin reconocer la legitimidad de los papas de Aviñón. De ahí la rareza extrema que supone que en una fecha tan tardía como 1970 alguien recordara que el escudo del testarudo aragonés merecía aparecer en las vidrieras de una catedral edificada bajo su proscrito pontificado. Y digo proscrito, porque hay autores, incluso existe una magnifica novela titulada "El anillo del pescador", escrita por J. Raspail, que sostienen que la linea pontificia legítima, la que defendía el concepto del primado de Pedro sobre la Iglesia era realmente  la de los papas de Aviñón, y que por tanto la Iglesia de Roma sería la impostora, y que incluso se habría mantenido una línea sucesoria de papas llamados todos ellos Benedicto, ocultos en Francia desde la muerte de Pedro de Luna, que mantendrían la verdadera legitimidad papal aviñonesa hasta la actualidad. ¿Quién sabe? Soñar cuesta tan poco...

¿Pero quién creo yo que pudo ser el responsable de ese vidriado recuerdo del Papa Luna en Pamplona? Pues si tuviera que apostar, lo haría por el eterno archivero de la catedral, el canónigo José Goñi Gaztambide, uno de los hombres más sabios, eruditos y de mayor capacidad de trabajo intelectual e historiográfico que habrá habido en Navarra. Y también el último canónigo que vivió en las dependencias de la propia catedral, como sus antecesores medievales. Tuve la inmensa fortuna de que una vez nos sirviera de guía personal en una visita a la catedral de Pamplona, que conocía palmo a palmo, y no sólo en el estado en el que se encontraba en ese momento, sino también en el que había llegado a tener alguna vez. Fue un auténtico privilegio poder escucharle. 

De todas maneras, y después de lo que he afirmado en el párrafo anterior sobre la posible existencia de una línea de Papas diferente a la romana, ¿quiere eso decir que piense yo que don José Goñi Gaztambide era un aviñonista oculto? Por supuesto que no, aunque ciertamente sería un arranque más que sugerente para un cuentico de los míos, ya veremos... No, simplemente quería decir que lo lógico al encargar las vidrieras sería asesorarse por quién más sabía sobre los benefactores de la catedral a lo largo de los siglos, y ese alguien sólo podía ser el archivero Goñi. Así que desde aquí le agradezco ese pequeño pero inusual rasgo de "herética" libertad en la siempre más que conservadora Iglesia navarra.

 D. José Goñi Gaztambide

Pero todo esto no resta atracción ninguna a la inmensa figura histórica del Papa Luna, otro verdadero prodigio intelectual de su época, capaz de hablar durante más de siete horas en latín (y tenía ya más de ochenta años) para defender sus justos derechos, como hizo en 1415 en Perpiñán ante el emperador Segismundo y ante el rey de Aragón Fernando I de Trastámara, que le debía su corona, conseguida por el apoyo de la Iglesia aragonesa en el Compromiso de Caspe. Por eso cuando ambos le retiraron la obediencia y le obligaron a refugiarse en Peñíscola, Benedicto XIII, citando los Salmos -pues no en vano era el mayor teólogo de su tiempo-  le dijo: "me qui te feci missisti in desertum" (A mí, que te hice rey, me envías al desierto...).  

Y es que ninguna autoridad política o eclesiástica (que para librarse de los tres papas simultáneos que llegó a haber en lo que se conoce como el Cisma de Occidente, terminaron por defender la primacía de los cardenales sobre el Papa en el gobierno de la Iglesia)  fue capaz nunca de rebatir su fundadísimo e impecable argumento: “Decís que sólo los Cardenales pueden elegir Papa; pues bien: todos los cardenales actuales son posteriores a 1378 (año del inicio del Cisma) menos yo, que soy por tanto el único cardenal indiscutible, ya que no fui nombrado por ningún papa cuya legitimidad pueda ahora discutirse, sino por el último que la tuvo sin duda alguna; y, como único cardenal legítimo que queda, sólo yo puedo elegir Papa; por tanto, me elijo a mí mismo, y así no podréis poner más en cuestión que soy el único verdadero”. 

Pero no le hicieron caso, y en poco tiempo todas las naciones cristianas le fueron retirando la obediencia a partir de ese año del Señor de 1415. También Navarra, regida todavía por su amigo Carlos III el Noble, que quizás en esta ocasión no hizo demasiado honor a su sobrenombre, pues él también debía mucho a uno de los mejores y más dignos portadores del anillo del pescador. El último Papa de Aviñón, que no renunció jamás, como todos le exigían. Que se mantuvo siempre en sus "trece".

Alguien cuyo poder de elocuencia y dominio de la dialéctica le hacía prácticamente invencible en el campo de la Teología, hasta que tropezó con un tudelano. Aunque esa sea una historia que os contaré otro día...

Busto-relicario de San Valero, supuesto retrato fidedigno de 
Benedicto XIII, ofrecido por él mismo a la Seo de Zaragoza

 

 ® MIKEL ZUZA VINIEGRA, 2019