martes, 19 de junio de 2012

EL REY QUE FUE Y QUE VOLVERÁ A SER


A las afueras de Lumbier, 30 de julio de 1512


Tristes y exiguas son siempre las comitivas que marchan al exilio, y no lo iba a ser menos esta del rey don Juan de Labrit, que rodeado de sus últimos fieles, encara el camino que lleva al valle de Salazar, desde donde alcanzará el de Roncal, fronterizo con su seguro refugio del Bearne, donde le espera la reina doña Catalina.


Hace apenas una semana que tuvo que salir también a toda prisa de Pamplona, y apenas le dio tiempo a traer consigo lo más importante: la documentación regia, de la que está al cargo su canciller, el ilustre don Juan del Bosquet, y tres arcas con los libros más bellos de la nutrida biblioteca del palacio real, pues sabe que dejarlos allá hubiera significado su segura destrucción, que los invasores no ven nunca en manuscritos o impresos más que fácil combustible para las hogueras con las que se prepara el rancho de las tropas. Y no duda que ese será el fin de los volúmenes que han debido quedarse allí, en cuanto la guarníción castellana los descubra...


Y van esas tres arcas custodiadas por Pedro e Inés, que eran los encargados de mantener los tomos ordenados y dispuestos para cuando Su Alteza quisiera utilizarlos, allá en la capital. Y ahora van los dos en una de las carretas que forman tan apesadumbrado cortejo, y mientras ascienden el serpenteante puerto de Iso, y dejan atrás el hermoso puente de Bigüezal, van abriendo los tres baules para ver qué libros seleccionó personalmente su atribulado señor.


Y es el primero de ellos la biblia que para el rey Sancho el Fuerte confeccionó el ingenuo pero torrencial dibujante don Fernando Pérez de Funes, allá por el año 1198. Y muy bien escogido está, que no hay otra obra elaborada en aquellos remotos tiempos que pueda igualar una joya como ésta, con su completo santoral encabezado por el señor San Miguel, patrón celestial de Navarra, y de cuya pericia en combate muy buena cuenta deberá tomar ahora Su Majestad. Mucho se maravillan luego con el siguiente volumen, que es el Códice Albeldense, por haber sido manuscrito e iluminado en aquel remoto monasterio, y cuyas imagenes muestran  a los primeros reyes de estos territorios, cuyo ímpetu y valentía frente al invasor, hará bien en imitar don Juan III. Y nada más cerrar este tomo, más aún se sorprenden con el mapamundi que adorna el Beato del rey Sancho el Sabio, que establece muy claramente los cuatro puntos cruciales del Orbe: Jerusalén, Roma, Pamplona y el ígnoto lugar donde moran los patagones, que son seres de una sola pierna, y por tanto de un solo y enorme pie, que alzan al inclemente sol de aquellas latitudes, para utilizarlo a modo de sombrilla cuando quieren descansar en la agreste campiña. Y está también en aquellos cofres el Evangeliario sobre el que los Reyes de Navarra juran el día de su Coronación, con sus tapas decoradas por fabulosos relieves de oro y plata, donde puede verse por un lado al implacable Pantócrator y a la misericordiosa Santa María por el otro. No falta tampoco la Crónica Completa de los Reyes de Navarra, escrita de propia mano por el príncipe de Viana, incluida su trascendental cuarta parte, en la que se narran con mucho detalle todas las fechorías que debió soportar por parte de su padre, el malvado y usurpador Juan de Aragón... 


Y, como no,  tampoco se ha olvidado el soberano del ejemplar más antigüo del Fuero, que es la ley vieja y unívoca de esta tierra, ni del rolde de poemas de su lejano antepasado el rey Teobaldo I, que aparece dibujado en la primera hoja tocando el laud bajo el balcón de una dama que lo mira con arrobo. Y no es para menos, pues lo que le canta son versos muy inflamados:

"En cuanto a mí, vos sabéis perfectamente que soy vuestro, y no podría ser de otra manera. Y no sé si esto será malo para mí, pues he superado pocas de las pruebas que me habéis puesto. Tan pocas, que mucho tarda en llegarme la alegría..."

Y piensa Pedro que es una pena no tener la facilidad de palabra de aquél príncipe poeta, para poder recitarle cosas parecidas a Inés, que está tan atareadica como siempre buscando aplicar a todos aquellos tesoros librarios las cinco leyes del sabio alfaquí moro don Shiyali Ramamrita Ranganathan, y eso que traquetea tanto la carreta por estos caminos de montaña, que resulta imposible pensar en que cada lector tiene su libro, y cada libro su lector, como dejó sentenciado tan renombrado autor, aunque en este caso está bien claro que el rey ha escogido los libros más simbólicos de la monarquía navarra, aquellos que guardan su pasado y su razón de ser.... 



Y mucha suerte tienen cuando el rey ordena detener la caravana junto a la muy bella iglesia de Santa María del Campo de Navascués, que tiene forma de podio olímpico, con su torre muy alta y airosa en medio de la imponente nave de piedra. Y lo que más llama la atención en el conjunto son los maravillosos canecillos que adornan el alero del ábside, y entre ellos, mucho les gusta a los asendereados bibliotecarios uno que muestra a un hombre que parece descorrer una cortina, tras la que vaya usted a saber qué cantidad de misterios insondables se esconderán...


Y reanudada la marcha, atraviesan a buen paso aquel almiradío, que toda precaución es poca en tiempos de guerra. Y en poco tiempo llegan a Esparza de Salazar, que es hermosa villa donde las haya. Y hay junto al río un carnicero ambulante vendiendo ricas txistorras, que vendrán muy bien para no pasar hambre en el camino, y han de tener en aquel pueblo mucho cuidado las damas del séquito, que es traicionero el empedrado para quienes porten en sus pies escarpines de delicados tacones.


Y a medida que el rey don Juan va viendo las preciosas poblaciones que va dejando atrás, se le encoge el corazón por la magnitud de lo que está perdiendo, y lamenta profundamente no tener suficiente fuerza para oponer a su poderoso enemigo el rey Fernando de Aragón. Pero dice también a quien quiera escucharle, que prefiere mil veces vivir errante por montes y sierras a ser esclavo en su propia tierra...

Pero no es sólo al soberano a quien se le entristece el alma por tener que abandonar el reino, que a Pedro e Inés les va dominando también cada vez más la melancolía a medida que se van acercando a la muga, así que para cuando la compañía acampa en Ezcaroz, ellos ya han decidido quedarse para ayudar a organizar la resistencia desde dentro. Y así se lo comunican al rey, que tras dudar un instante, les concede finalmente su permiso mientras abre una de las arcas y busca un libro en concreto para regalárselo a sus fieles servidores.



Se trata de "La Morte d'Arthur", de Sir Thomas Malory. Y nada menos que en la edición original del impresor William Caxton, fechada en 1485. Por haberlo catalogado lo conocen bien, y por eso saben también que no pueden aceptar un tomo de tal categoría, obsequio personal además del rey Enrique VIII de Inglaterra, el traidor cuyas tropas colaboran ahora en la invasión de Navarra. Pero don Juan insiste tanto que no les queda más remedio que consentir a su deseo.

Y cuando la columna, con el rey a la cabeza, enfila hacia Ochagavía y los altísimos puertos que tras aquella villa aguardan, ellos se aposentan a la orilla del río, junto al camino que lleva a Jaurrieta. Y allí sentados, frente a las señoriales casas que se apiñan junto a la iglesia, no envidian a quien lleva la corona, pues bien ven que trae aparejados muchos más disgustos que alegrías. Y abre entonces Pedro al azar el libro que el rey les acaba de entregar, y lee en voz alta para que Inés pueda oírlo:

-"Aunque dicen algunos que el rey Arturo no ha muerto, sino que por voluntad de Dios se fue a otro lugar, y dicen que volverá, y ganará entonces todas las batallas. Y otros muchos dicen que sobre su tumba escribieron: HIC IACET ARTHURUS, REX QUONDAM REXQUE FUTURUS...*"

Y aunque ambos esperan fervientemente que tan regia profecía se cumpla en la persona del rey don Juan, que ha de volver muy pronto desde el Bearne al mando de un poderoso ejército para recuperar Navarra de una vez por todas, lo cierto es que se está allí tan bien, juntos los dos a la vera del Salazar, que no les importaría que aquel momento durase hasta el día del Juicio Final... 


*AQUÍ YACE ARTURO, EL REY QUE FUE, Y QUE VOLVERÁ A SER...

© Mikel Zuza Viniegra, 2012



jueves, 7 de junio de 2012

TEMPLE



Ciudad de Soria, 6 de junio de 1195


Harto ya don Sancho el Fuerte de ver sus dominios repartidos sobre el papel en los continuos proyectos de invasión de sus parientes los reyes de Aragón y de Castilla, ha decidido esta vez golpear él el primero, y por eso, en una vertiginosa operación relámpago, se ha plantado con sus tropas a la orilla del Duero y, aposentando sus reales en el muy hermoso claustro mozárabe de San Juan, ha ordenado arrasar aquella ciudad, de la misma forma que lo hicieron los soldados romanos hace ya muchas generaciones.


Y tanto ímpetu han puesto los navarros en cumplir el mandato de su rey, que en pocas horas cede la puerta menos reforzada de la muralla, y desde aquella brecha va extendiéndose por toda la población el humo negro de los incendios. Y sólo se salva de aquella devastación el venerable monasterio de Santo Domingo, cuyo tímpano comparte autor con el de San Nicolás de Tudela, y por eso Sancho ordena que se ampare a las dueñas que en él habitan. Pero ni un sólo edificio más es respetado por el saqueo: ni el palacio más lujoso, ni la cabaña más mísera.




Y a medianoche sólo resisten al invasor el castillo allá en lo alto del cerro, y la encomienda templaria de San Polo, ante cuyas puertas se agolpan cientos de mujeres y niños que pretenden acogerse a la protección de la bandera negra y blanca de los frailes guerreros, que no se deciden a abrirles las puertas, pues ciertamente no son aquellos muros demasiado gruesos como para pretender hacer frente a tan poderoso contrincante, y además sólo el hermano Pedro podría empuñar la espada con éxito, pues todos los demás que allí residen, o son viejos que ya cumplieron sus votos en Tierra Santa, o están a punto de entregar su alma al Creador. Y es que los mejores brazos del Temple están ahora ausentes, que se han ido a servir al rey de Castilla contra los almohades del emir Abu Yaqub ibn Yusuf al-Mansur, y sólo el navarro Pedro de Aberin, ha quedado allí como custodio de la encomienda.




Y al llegar el alba, un destacamento al mando del propio rey Sancho se dispone a apresar a todas aquellas mujeres que se agolpan frente al portón, para que acaben sirviendo de diversión a sus hombres en el campamento. Y aunque golpean aterradas las puertas de San Polo, Pedro no abre el gigantesco cerrojo, pues la estricta Regla de su Orden sólo le obliga a guardar sobre cualquier otra cosa la morada de sus hermanos, sin que deba importarle nada la suerte que corran quienes vivan al otro lado de sus muros.


Pero cuando sube a la torre que protege el acceso, ve allá abajo, acurrucada junto al rastrillo, a una joven de ojos tan negros como la mitad del estandarte Beauseant -que flamea en lo más alto-, y que le mira con silencioso gesto de súplica. Y sabe desde aquel preciso instante que ya nunca más volverán a importarle los 72 capítulos de la Regla dictada por el mismísimo San Bernardo de Claraval. Así que corre a la enfermería y despierta a fray Gaufrido de Saluzzo, que a pesar de ser tan viejo, fue el único hermano que escapó a la matanza de templarios que Saladino hizo en Hattin, cuando los cristianos perdieron Jerusalén, hace apenas ocho años.




Y le ha oído contar esa historia mil veces: que se introdujo en el desierto mientras los sarracenos iban acabando uno por uno con sus compañeros, y que cuando ya iban a darle alcance también a él, recordó la palabra que hacía levantarse el viento más furioso que nadie imaginarse pudiera, aprendida cuando niño en uno de los herméticos grimorios celosamente guardados en el monasterio de Grottaferrata. Y al conjuro de esa misteriosa fórmula, fue tal la tempestad de arena que se desató sobre sus perseguidores, que rápidamente quedaron enterrados, pudiendo el templario de esa manera ponerse a salvo, aun siendo ya un venerable anciano...


Y ahora le ruega que le diga cuál era esa fórmula. Y el viejo Gaufrido, de entre los jirones de su dañada memoria, consigue al fin recordarla y decírsela a Pedro al oído. Y con ella en su cabeza, corre de nuevo al torreón y comprueba que están a punto ya de apresar a la muchacha de los ojos garzos. Y entonces, sobre el tumulto y los gritos de pánico comienza a oírse una y otra vez una rítmica cadencia. Primero como un murmullo, pero finalmente como un pavoroso alarido:


-¡Mi-o-las-tan! ¡Mi-o-las-tan! ¡Mi-o-las-tan!


Los navarros, con su rey a la cabeza, primero se sorprenden ante la ocurrencia de aquel templario loco, y luego ríen de buena gana mientras se disponen a seguir con su inicua tarea. Pero Pedro no se calla, y cuando el soberano promete una bolsa llenica de sanchetes a quien consiga hacer callar de un flechazo a aquel canso del hábito blanco, comienza de repente a soplar una lígera brisa...


-¡Mi-o-las-tan! ¡Mi-o-las-tan! ¡Mi-o-las-tan!


Y esa brisa va convirtiéndose poco a poco en feroz simún, que hace agitarse a los espigados chopos que pueblan la cercana ribera del Duero. Y el viento los bate de tal manera, que comienzan a soltar sus semillas envueltas en pelusa más fina que la seda que viene del Algarve. Y va acumulándose todo ese etéreo material sobre el ejército invasor, que al poco aparece totalmente cubierto por él, como si en vez de Soria fueran estos los dominios del Zar de Novgorod. Y en lo que le cuesta decir seis veces más "¡Mi-o-las-tan!", queda el terreno delante de la encomienda de San Polo de color tan blanco como el sagrado suelo de todas las Rusias. Y se meten de forma demoníaca esas pelusas en los ojos y las gargantas de los navarros, sobre todo en las del rey don Sancho, que está a punto de ahogarse al no poder respirar ante semejante tromba. Así que sólo puede abrir su boca para gritar:




-¡Retirada!


Y aunque Pedro de Aberin se siente tan navarro como el que más, no le importa en absoluto ver la desbandada de sus compatriotas, pues piensa con mucha razón que nada se le ha perdido en una ciudad tan pacífica como Soria a quien viene con la espada en la mano. Y para evitar complicaciones, aún grita tres o cuatro veces más "¡Mi-o-las-tan!", para que esta prodigiosa y cuasi invernal nevada en pleno mes de junio acompañe a los fugados hasta la misma frontera de su reino, de donde harán bien en no salir nunca más, al menos si la próxima vez no lo hacen en son de paz.




Y como cree que ha cumplido de sobras con su Orden al hacer frente él sólo a todo un ejército, se despoja para siempre de su hábito, monta en su caballo y abre las puertas de la encomienda. Allí, acurrucada junto al rastrillo, y cubierta por una fina capa de semillas de chopo, más blanca que la mitad del estandarte Beauseant, está aquella por la que desobedecería a todos los Grandes Maestres. Saca pues de las alforjas una cantimplora llena de un brebaje que en aquellas tierras llaman "tiesto", y que no es más que una mezcla de moscatel y vino blanco, y se la ofrece para que pueda despejarse la garganta. Y bebe él también, que en aquellos tiempos se podía galopar un poco ebrio, sin miedo a infames y punitivas caloñas.


Y cuentan que se fueron a vivir allí cerca, en una preciosa casa cubierta de hiedra, a mitad de camino entre San Juan de Duero y San Polo, y que si alguna vez les molestaba el ruido de los paseantes por la ribera del río, o el de las máquinas que construían San Saturio, o el de las cornetas y tambores de las cofradías que ensayaban para Semana Santa, salía Pedro a uno de los balcones y gritaba:


-¡Mi-o-las-tan! ¡Mi-o-las-tan! ¡Mi-o-las-tan!


Y quedaba así de nuevo  la ciudad de Soria tan quieta y calmada, que podían los dos acercarse otra vez sin problemas a tomar algo al almacén de vinos de Lázaro Pérez, donde se expenden chispeantes y muy sabrosos bebestibles, cuya exquisita composición sólo allá dentro conocen...


© Mikel Zuza Viniegra, 2012

viernes, 1 de junio de 2012

ODISEA ESPACIAL



Aralar, 1 de junio de 1335


Nada, que no hay manera. Es como si de repente se hubiese quedado sin fuerzas. Intenta, como tantas otras veces iniciar el despegue vertical pero apenas puede elevarse cinco o seis varas del suelo. Y volar a esa mísera altura hace difícil pasar desapercibido, así que tendrá que hacerlo de noche...

Y es que sabe perfectamente dónde ha de acudir para obtener ayuda, así que con un titánico esfuerzo estira sus anquilosadas alas e inicia el descenso hacia el valle. En condiciones normales no le hubiera costado más de lo que duran tres avemarías, pero ahora hubiese podido recitar tres docenas de credos antes de atisbar por fin la herrería. 

Sabe que no son horas, pero no duda en llamar fuertemente a la puerta varias veces, hasta que por fin una ventana del primer piso se abre y María de Aldatz, enarbolando un candil, se asoma somnolienta. Y no le sorprende gran cosa ver un ángel delante de su casa, pues en aquellos tiempos medievales eran estos encuentros algo mucho más corriente que ahora, y a nadie llamaban la atención especialmente. 

Primero le ayuda a dejar la cruz en el suelo, que llevarla de continuo por encima de la cabeza exige un esfuerzo sobrehumano, nunca mejor dicho. Y tras escuchar los síntomas de flojera generalizada que su paciente le narra, revisa concienzudamente cada tornillo, cada soldadura, cada junta metálica, hasta que descubre que la escafandra que protege su cabeza está abollada, y su visera de cristal rajada. 


-Este ha de ser sin duda el motivo -le explica- de que hayáis perdido vuestro arcangélico vigor, señor San Miguel. Quienes estáis acostumbrados a las purísimas atmósferas de las siete escalas celestes, no soportáis fácilmente el aire viciado de la Tierra, y por eso procuráis habitar siempre lo más alto de las montañas. Sellaré de nuevo vuestro casco, pero luego deberéis atreveros a poner a prueba la reparación ascendiendo más allá de las estrellas. ¿Creéis que estáis preparado?


-Nunca me han asustado las alturas, doña María. Haced vuestra labor, que yo cumpliré con la mía. Y para que no se note la reparación, fundid esta alianza de plata que traigo conmigo, que es la que yo mismo mostraba en el retablo de cobre dorado y esmaltado de mi santuario. Como casi nadie se había fijado en ella, nadie la echará tampoco ahora de menos, y pensarán que sólo estoy haciendo un gesto curioso con mi mano derecha...

Y dicho y hecho, el fuego de la fragua de Aldatz, sabiamente administrado por María, va restaurando punto por punto las doradas articulaciones angelicales. Y ya se asoma el sol cuando todo el proceso  está terminado. Y sí que se siente San Miguel más fuerte que antes, pero no lo suficiente como para emprender viaje hacia más allá de las esferas que iluminan el firmamento. Y no es nada extraño, pues por los rudimentos de Aeronáutica que María posee, resulta obvio que para llegar a esos niveles hará falta un combustible que pueda pasar de sólido a gaseoso, igual que esas astronaves que parten desde Cabo Gabarderal. 

Y lo único que se le ocurre para que todo esta aventura llegue a buen término, es recomendarle que en un vuelo se llegue hasta Goldaratz, donde ese proceso químico se da tan frecuentemente. Y como ya es de día, y no es cosa de llamar demasiado la atención, no viaja San Miguel por los aires como acostumbra, sino por lo más profundo del río Larraun, lo que le permite de paso comprobar el refuerzo de su escafandra. Y se arrodillan las truchas y aplauden con sus pinzas los cangrejos al paso de tan sumergido procesionante, que en agradecimiento bendice aquellas aguas para que de allí en adelante ningún impío pescador pueda volver jamás a molestarlos. 

Y cuando llega al famoso restaurante ya le están esperando, que la diligente María ha mandado aviso con un halcón peregrino. Por eso le tienen preparadas hasta veinte ollas repletas de alubias con todos sus sacramentos. Y pocos hombres podrían llegar a igualar ese record de comilón arcangélico, aunque haberlos, haylos, el cronista puede asegurarlo. Y va engullendo San Miguel una caldera tras otra hasta dejarlas más limpias que el espejo en el que se mira la reina de Navarra. 

Y para ayudar en el esperado proceso electrolítico pide también para finalizar una copa de patxarán, para que actúe a modo de espoleta. Así que hace que los allí reunidos se aparten hasta quedar a salvo, y les pide que cuenten hacia atrás, desde el número diez hasta el cero. Y cuando se alcanza esta cifra, se oye tal estallido que parece que se van a juntar las Dos Hermanas, y los que no quedan cegados por el resplandor, pueden ver al santo arcángel elevándose a velocidad de crucero. 


Y así alcanza sin gran dificultad el espacio exterior. Y se para un momento allí a saludar a San Gagarín de Kiev, que es santo ortodoxo y cosmonauta donde los haya. Y también a los presuntuosos beatos irlandeses San Armstrong, San Aldridge y San Collins, que mucho rabian al verle alejarse hasta regiones a donde ellos no podrán llegar nunca.

Y sigue ascendiendo hasta llegar a los confines donde habitan los serafines, los querubines, los tronos y las potestades. Y justo allí mismo recibe un mensaje de María, emitido desde el observatorio astronómico del monte Artxueta, pidiéndole que regrese ya a Aralar, no vaya a ser que acabe olvidando a quienes llevan adorándole desde hace tantas generaciones y que, al ser como niños, necesitan día y noche su protección contra todo tipo de dragones. 


Y como le parece esa petición muy acertada, baja vertiginosamente hasta su santuario, aunque por las prisas no atina aterrizar en su altar, sino que va a caer con estrépito en el agujero que permite vislumbrar la cueva de donde salían aquellos enormes endriagos. Y para poder escapar de allá ha de agrandar con mucha maña el exiguo perímetro del hueco, cosa que nunca le agradeceremos bastante todos los buruandis que hasta allí lleguemos a visitarle...



© Mikel Zuza Viniegra, 2012

martes, 29 de mayo de 2012

WINDOWS



Castillo de Olite, 30 de mayo de 1421


La fiesta continúa en el gran salón, y durará probablemente hasta la madrugada, que no todos los días puede celebrarse el nacimiento de un príncipe heredero...


Pero Su Majestad ha preferido retirarse a su habitación nada más terminar la cena de gala en honor del mensajero que a uña de caballo ha traído la buena nueva desde Peñafiel. Al fin y al cabo tiene ya sesenta años, y aunque es quien más se alegra por el feliz suceso, no está ya para demasiados bailes. 


Cuando el último criado se despide y el rey queda solo en en su alcoba, enciende el candelabro y extrae de la estantería un pequeño libro muy bien encuadernado. Y se acerca entonces a la geminada ventana que da a la galería y se sienta en uno de los dos bancos de piedra que  la forman. Siempre en el de la izquierda, que en el de la derecha era donde se sentaba su difunta esposa doña Leonor. 


 Hace lo mismo todas las noches desde que ella murió: se sienta en ese lugar e intenta atrapar el recuerdo de cuando ambos pasaban las horas allí sentados. Él leyendo los últimos romances, y la reina bordando tapices con las armerías de todas las familias nobles de Navarra. Piensa que si su hija Blanca pudiera verlo, creería que había perdido la cabeza, porque Carlos habla, se ríe y también discute con aquel banco vacío que tiene frente a sí. Y le lee los mismos versos que sabe que le gustaban, y alaba la destreza de sus manos con tan pequeñas agujas. Aunque ha de conformarse, eso sí, con la pálida luz de la luna sobre los brocados cojines en lugar de volver a disfrutar con los brillantes rayos de sol que festoneaban como una diadema de oro el ondulado cabello de su mujer... 


Y es cierto que construyó todo este maravilloso palacio para su "muyt amada compaynera", pero también lo es que muchas veces comentaron entre ellos que si acaso el hechizo de un sabio encantador robase en una sola  noche todos y cada uno de los sillares que lo formaban, sólo le rogarían que les permitiese conservar esta ventana que parecía tener el mágico poder de detener el tiempo en la mirada enfrentada de los dos enamorados. 


-¿Sabes, Leonor? Esta noche te traigo una noticia extraordinaria: hemos tenido un nieto. Un nieto que se llamará Carlos, igual que mi padre, igual que yo, e igual que nuestro queridísimo hijo primogénito muerto en la cuna... 


Claro, claro que se educará en Navarra. Yo personalmente me encargaré de ello, y haré que sepa disfrutar tanto con el verde intenso de las montañas del norte, como con el dorado fulgor de las llanadas meridionales.Y conocerá todas las costumbres y tradiciones de su reino, que jamás habrá tenido un rey como él. Y andando el tiempo él mismo engendrará otro pequeño Carlos, que querrá superar la honrosa memoria de su ilustre padre, aunque lo tendrá muy difícil para lograrlo, pues nunca habrá príncipe mejor que nuestro nieto...


Sí, el reino sigue en paz, como cuando te fuiste. Nuestra hija Blanca es muy sensata, y no pondrá en riesgo este enorme don del que disfrutamos. Es verdad, nuestro yerno es más imprevisible y belicoso, pero cuando tenga a su hijo entre sus brazos abandonará sin duda todas esas locuras...


¿No se te cansan los ojos con tantas filigranas y puntillas diminutas? ¿Quieres que te lea un romance mientras reposas un momento? Por supuesto. El de la princesa Moriana, tu favorito...


"Al pie de una verde haya
estaba el moro Galván.
Mira el castillo de Breña,
donde Moriana está;


De las riendas tiene al caballo,
que non lo quiere soltar.
Tiene el almete quitado,
por poder mejor mirar;
cuando con voz dolorosa,
entre llanto y suspirar,
comenzó el moro quejando,
de esta manera a fablar:


-Moriana, Moriana,
principio y fin de mi mal,
¿Cómo es posible, señora,
non te duela mi penar,
viendo que por tus amores
muero sin me remediar?


De aquel buen tiempo pasado
te debrías recordar,
cuando dentro, en mi castillo,
conmigo solías holgar;
cuando contigo jugaba
mi alma debrías mirar;


Cuando ganaba perdiendo,
porque era el perder ganar,
cuando merescí, ganando,
tus bellas manos besar,
y más cuando en tu regazo
me solía reclinar,
y cuando con ti fablando,
dormiendo solía quedar.


Si esto non fue amor, señora,
¿cómo se podrá llamar?
Y si lo fue, Moriana,
¿cómo se puede olvidar?"


-¿Te marchas , Leonor? Sí, es verdad que es ya muy tarde....
Por cierto, quería consultarte una idea que he tenido. ¿No te parece que ya es hora de que Navarra otorgue un título a su príncipe heredero? Uno que vaya ligado al nombre de una ciudad importante del reino. Quizás Pamplona...
Tienes razón, la fatigante Pamplona, con sus tres barrios permanentemente en guerra no se merece esa distinción. ¿Cuál crees tú que debería escoger?
¿Viana, dices? ¿Y por qué?
¿Porque entre sus muros siempre huele a galletas y bizcochos recién horneados?
Desde  luego no es una razón muy heráldica, pero como yo soy tan laminero como tú, me parece muy bien.  Aunque tan dulce motivación quedará secreta entre nosotros dos, pues diré al rey de armas que prepare el decreto atendiendo únicamente a los grandes servicios que siempre prestó esa hermosa villa de frontera a nuestra Corona...


Y este cronista gusta mucho también de esas ventanas dobles con bancos de piedra enfrentados, y le sobra el resto de la  construcción, por muy lujosa que ésta sea, si logra aposentarse en  una de ellas. Más aún si lo hace bien acompañado, pues hay miradas que ¿cómo podría olvidar?


© Mikel Zuza Viniegra, 2012

viernes, 25 de mayo de 2012

MI CÓDIGO ES EL HONOR


Castillo de Simancas, cerca de Valladolid, 25 de mayo de 1521

Lanza la pelota primero contra el suelo, para que rebote en la pared de enfrente y vuelva otra vez a su mano. Y ese triple mecanismo, miles de veces repetido ya en la angostura de la mazmorra donde se haya prisionero desde hace ya más de cinco años, produce siempre el mismo monótono y rítmico sonido del cuero chocando contra la piedra.   

Y ese hipnótico compás viene acompañado en el interior de su cabeza por una continua profesión de fe que impide que se vuelva loco entre estos muros: 

-Soy el mariscal Pedro. Nací en Estella. No sirvo a otro señor que al legítimo rey de Navarra...

Se lo repite a sí mismo una y otra vez, como temiendo que si dejara de hacerlo, olvidaría por qué lo retienen allí, tan lejos de su tierra.

 Y mientras sigue martilleando la pared de aquella celda, resuenan en su memoria otros golpes. Mucho, mucho tiempo atrás, cuando apenas era un niño y jugaba una mañana a los pies del torreón de San Pedro de la Rúa...

 Vi venir desde lejos la enlutada figura de mi madre, doña Inés Enriquez de Lacarra, siempre vistiendo ropajes negros desde que en 1471 su marido, el mariscal Pedro -primero de ese nombre en el cargo-, fuese asesinado en el patio de la cámara de Comptos de Pamplona por el maldito hermano del conde de Lerín. 

Pero ahora, nueve años después, venía a anunciarme una nueva tragedia: el asesinato de mi hermano mayor Felipe muy cerca del monasterio de la Oliva, y esta vez a manos del propio conde. La jefatura de la parcialidad agramontesa descansaba íntegramente por tanto sobre mis hombros. Los de un niño de apenas doce años para el que se habían terminado para siempre los juegos...


A partir de ese momento, sólo fidelidad y revancha. Fidelidad absoluta a los reyes Juan y Catalina desde el año 1484. Revancha alcanzada al fin cuando en 1507 fue desterrado para siempre el traidor y criminal Luis de Beaumont. Luego, apenas cinco años de paz, y la invasión del reino por parte del rey Fernando de Aragón, guiado en su campaña de conquista por el nuevo conde de Lerín, que había tomado el testigo de la deslealtad tras la muerte de su padre....

Y los dos intentos de reconquista: en noviembre del mismo 1512 y en la primavera de 1516. Ambos saldados con sendos fracasos, sobre todo el último, que supuso ademas mi captura en Isaba. Los castellanos me pasearon por todo el reino encadenado y subido a una carreta descubierta, para que todo el mundo pudiera ver como trataban a los que ellos consideraban traidores. Pero al llegar a Estella tuvieron que abandonar sus mofas, cuando eran muchos los que venían a besar mis manos atadas... 

El abad de Irache fue depuesto por decir que no había habido rey en Navarra con trono y corona más honrosas que esa infamante carreta y esas cadenas de preso. Y que pretendiendo ridiculizarme, habían conseguido justo lo contrario: que nadie olvidase ya nunca quien era el mariscal Pedro de Navarra. 

Cisneros, el gran inquisidor metido a gobernante tras la muerte del rey Fernando, juzgó ante tales opiniones  que convenía sacarme de Navarra cuanto antes, pues reconocía en mí al único capaz de provocar la chispa de la rebelión del reino. En todos y cada uno de los pueblos de Castilla por donde pasamos de camino al castillo de Atienza -mi primera prisión-, fui pregonado como reo de alta traición a un rey al que malamente podía ser desleal, ya que nunca le había jurado fidelidad, pues no en vano la corona de Castilla había acabado en las sienes de Carlos, el nieto alemán del conquistador de Navarra. 

En 1519, cuando yo llevaba ya tres años encerrado, me hizo acudir a su corte en la ciudad de Barcelona. Me ofreció el perdón y la restitución en todos mis cargos y honores si le rendía pleitesía y besaba su escudo imperial. Así le hablé: 

-Suplico a Su Alteza, con toda la humildad posible, que se sirva demostrar conmigo la magnificencia que ha de esperarse de semejante Majestad, concediéndome la libertad y el permiso de ir a servir a quien estoy obligado. Así, la fidelidad y la limpieza que su Alteza quiere y estima de sus servidores, yo podré guardársela también a mi rey...

Sus guardias querían cortarme la cabeza allí mismo, pero él, con su gutural acento extranjero, sólo pronunció una palabra: 

-¡Neverrrra!

Me trajeron entonces a este castillo de Simancas. El helado y lacónico mandato del emperador fue seguido al pie de la letra por el alcaide de la fortaleza, que ordenó: 

-Para llegar al mariscal Pedro, haya tres puertas con cuatro cerraduras, dexando una ventanilla con su compuerta e cerradura para servicio de dar lo que oviera menester sin abrir, e quatro barras de hierro en la ventana. Y que nadie suba al castillo ni consienta que se den cartas al dicho prisionero. Y que ningún navarro entre en la villa so pena que, por la primera vez, le sean dados cient azotes, e por la segunda le corten un pie, e por la tercera, sea muerto...

Sólo me dejaron tener conmigo a mi fiel criado Felipe de Vergara, que está conmigo desde que éramos niños. Cuando abrieron la puerta de mi celda para que entrase, me lanzó esta pelota, que es exactamente  la misma con la que yo estaba jugando en Estella cuando mi madre vino a decirme que habían matado a mi hermano. 

Sé bien que ya nunca saldré de aquí, pues tendría que prestar obediencia a Carlos para conseguirlo. Pero si así lo hiciese, ¿qué valor tendría entonces el juramento que hice a doña Catalina y don Juan? 

Creen que me lo han quitado todo, que ya no tengo nada. Pero se equivocan: me queda mi palabra, que vale lo mismo que valgo yo, y eso no podrán arrebatármelo jamás.


Así que... Lanza la pelota primero contra el suelo, para que rebote en la pared de enfrente y vuelva otra vez a su mano. Y ese triple mecanismo produce siempre el mismo monótono y rítmico sonido del cuero chocando contra la piedra. Y el  hipnótico compás viene acompañado en el interior de su cabeza por una continua profesión de fe que impide que se vuelva loco entre estos muros: 

-Soy el mariscal Pedro. Nací en Estella. No sirvo a otro señor que al legítimo rey de Navarra...


© Mikel Zuza Viniegra, 2012 

viernes, 11 de mayo de 2012

EN PUNTO


Santuario de Nuestra Señora de Uxue, 11 de mayo de 1371

Y aunque le costó ponerse en marcha desde su ciudad natal de Berna, por fin arribó el mes pasado a Navarra el maestro relojero monsieur Bertrand de Rodez, llamado por el rey Carlos II para que le fabricase en esta villa el orologio más hermoso que se haya visto en la Cristiandad.

 Ya tenía el soberano una cierta idea de lo que quería, y aprovechando el viaje a Francia de su esposa Juana, había puesto en marcha la construcción del ingenio para poder sorprenderla cuando retornase al reino y viese lo que su marido era capaz de hacer por ella.

 Así que cuando estuvo por fin el artista bien aposentado, le mostró los diseños que él mismo había dibujado, pues tenía esa habilidad desde pequeño. Y le explicó que mucho le gustaría haber podido incluir en la obra muchas imágenes que representasen a los doce apóstoles, a los tres reyes magos, o hasta a los siete sabios de Grecia, pero como eso hubiese incrementado el presupuesto de forma desmesurada, y ya estaba el tesoro navarro bastante comprometido por la guerra en Normandía, había optado por conformarse con sólo tres figuras de buen tamaño, que habrían de mostrar a la real pareja y a un ángel que, descendiendo del cielo, les bendijese.

Y habría de estar colocado el conjunto no en cualquier sitio, sino en el elegante mirador occidental, que no desmerecería en ninguno de los palacios del rey de Francia, ni siquiera en el muy lujoso del Louvre, en una de cuyas doradas galerías, muy parecida a ésta de Uxue, fue donde se vieron por primera vez Carlos y Juana, y era precisamente ese anhelado momento el que ahora quería perpetuar el rey con este mecanismo tan elaborado.


 Muy bien pareció todo esto a don Bertrand, que sólo pidió que le diesen algo de tiempo para poder llevarlo a cabo. Bueno, también pidió dinero, porque como no se cansaba de repetir, "sin monedas no hay arte", y es mandamiento éste que debiera estar grabado en la casa de muchos falsos mecenas que tienen la boca muy grande para pedir maravillas, pero la mano muy corta luego para pagarlas.

Y como llegó esa misma mañana un mensaje desde Cherburgo del infante don Luis, el hermano del rey, anunciando el establecimiento de una tregua duradera con los franceses, y atendiendo a que siempre sería mejor gastarse el dinero en relojes que en armas, dio permiso don Carlos al maestro para que introdujese en su proyecto todas las modificaciones que juzgara convenientes, pues no habría ya problemas para que recibiese lo que era justo por su trabajo.

Y puestos a complacer a quien de tan buenas formas se lo había encargado, ideó para tan bello pasadizo un rail que lo recorriera de lado a lado, por el cual se deslizarían las figuras talladas de don Carlos y doña Juana, él como viniendo desde la portada principal, y ella como viniendo desde la portada norte, hasta juntarse ambos en el centro del mirador, justo delante de una esfera astronómica muy bien preparada, y donde por medio de un resorte muy complicado, de muchas ruedas dentadas -del que tomó buena nota el siempre curioso Sagastibelza- unirían sus manos y sus rostros en amoroso saludo, mientras el ángel descendía benéfico sobre ellos.

Y para labrar esas figuras hubieron de fundir el bronce de varias culebrinas, falconetes y cañones, y una vez talladas, las pintaron con los colores de Navarra, Evreux y Francia, por lo que mucha pintura azul, roja y dorada se hubo de emplear. Y como era buen escultor, todos los presentes dijeron que eran talmente iguales a los verdaderos reyes, aunque con la cara más dura, y veáse si no es buen milagro éste, pues hay reyes que la tienen más que dura, rocosa, aunque no fuera ese el caso de don Carlos, que era implacable, pero también justo. Y para el rostro del ángel, propuso el monarca que se retratase a don Mikel de Burgui, que era el tenente de la fortaleza por aquellas fechas, y sin duda quien más sabía sobre Uxue en todo el orbe, cosa que nadie podía discutir...

Y quedó también muy bien parecido este árcangel, que impulsado por el mismo resorte, bajaba desde el techo de la galería para cubrir pudorosamente con sus alas el métalico beso de aquellos nuevos y extraños reyes de Navarra. Y como hacer que todo este artilugio se pusiese en marcha cada hora castigaría mucho los goznes, preguntó don Bertrand al rey que a qué hora exacta había conocido a doña Juana, y al responder éste sin dudar ni un instante que al mediodía, pues todas las campanas que anunciaban el Angelus parecían repicar al paso de aquella princesa, dispuso el maestro para esa hora únicamente el funcionamiento de todo el dispositivo.


 Y era de ver como efectivamente, cuando las campanas de la torre llamaban cada día a saludar a Santa María a moradores y peregrinos, salían muy obedientes de sus respectivos garitones las dos figuras hasta encontrarse justo en el lugar señalado mientras esperaban abrazados la llegada del ángel.

Y cuando la reina regresó de Francia y vio el asombroso regalo de su esposo, no fueron aquellos besos robóticos los únicos que en Uxue pudieron verse, pues le había demostrado don Carlos lo injusto que era aquel sobrenombre de "Malo" que le habían endosado en lugares donde era evidente que no lo conocían bien.

Y estuvo aquel maravilloso reloj en funcionamiento hasta que el rey usurpador Juan II ordenó muchos años después desmontarlo y fundirlo para volver a convertirlo en piezas de artillería, pues quien no sabe de amor no quiere tampoco que los demás gocen contemplándolo. Pero hasta la reciente restauración, podía aún verse sobre las losas del mirador la huella por donde tantos mediodías desfilaron aquellos regios autómatas.

Y los pocos que estaban en el secreto de esta historia que acabo de relatar, tocaban con mucha unción allí donde había estado sujeto el rail, con la esperanza de atraer sobre sí mismos el cariño que se tuvieron Carlos y Juana. Y hasta hay quien dice que hubo algunos pocos afortunados que lo consiguieron...


© Mikel Zuza Viniegra, 2012

viernes, 4 de mayo de 2012

CUNQUEIRIANA


Y dicen que para que el señor Merlín pudiera salir finalmente del bosque bretón de Broceliandia donde doña Morgana lo tuvo confinado mil años, hubo aún de prometer a aquella engañadora arpía que no llegaría por mar a Miranda, allá en tierras de Lugo, donde le esperaban con todo preparado sus fieles don Alvaro Cunqueiro y don Felipe de Amancia, sino que haría el camino por tierra, aunque no estrictamente andando, pues en esto los magos tienen mucha ventaja, que para eso calzan botas de siete y aun de más leguas.

Hubo de jurarle asimismo que, metido en esa ruta tan desacostumbrada, visitaría en cada reino por el que pasase el lugar más hermoso y cercano al encantamiento que cada frontera guardase. Y como llevaba tanto tiempo encerrado hubo de buscar para poder cumplir su palabra a quienes tales enclaves pudieran señalarle.

En el muy poderoso reino de Francia, fue don Nicolás Flamel quien hizo un receso en su laborioso proceso de obtención de la piedra filosofal para recomendar muy vivamente al antiguo servidor de su alteza don Arturo Pendragon, que no dejase de ver La Couvertoirade, que es pueblo muy bien defendido por murallas construidas por los templarios, que como fraguaban el mortero con agua bendecida por su gran maestre Gerard de Ridefort, fueron levantando unos paredones que pueden resistir la acometida contra cualquier enemigo, aun si se presenta el mismo Papa a sus puertas, aunque no es fácil que ello ocurra por ser los pontífices muy vagos y muy amigos de permanecer encerrados en su palacio de Aviñón, catando los vinos del valle del Ródano....


Y en Navarra hubo de acudir el señor Merlín al consejo de Johanes de Bargota, que es brujo muy renombrado, al que encontró no obstante en posición embarazosa, pues como gustaba de disfrutar de los Sanfermines, había olvidado su cabeza en una posada de Pamplona, y sólo su cuerpo pudo acompañar al bretón en su visita al lugar más encantador de este reino. Pero como llamaba mucho la atención de los paisanos este guía descabezado, hubo de volver en un vuelo Johanes a la capital, que esto de volar era algo que se le daba muy bien, incluso en distancias mucho más largas, como atestiguarán en toda la península itálica si muestran ustedes interés por este asunto concreto. El caso es que en la posada donde había dormido no supieron darle razón de su cabeza perdida, tan sólo la sospecha de que unos húngaros se la hubieran llevado por ver si la hacían aprender a recitar la lista de los reyes navarros, empeño con el cual hubiesen ganado sin duda muchas monedas de oro en una feria tan populosa como la de San Fermín.

Así que sin tiempo para hacer más averiguaciones, y con el señor Merlín esperándole en las nubes, pues sin guía no sabía dónde poner el pie, tuvo Johanes que hacerse con la primera cabeza libre que pudo encontrar para salir del paso, que no fue otra que la del kiliki Napoleón, pues tuvo la fortuna de que su portador había almorzado con vino en la muy surtida taberna de La Raspa, que es como decir que había bebido sin comer, y le había entrado tal sueño y modorra que allí estaba la cabeza de cartón tan sola y abandonada como las melancólicas señoras que pintaban los maestros del quatroccento. Y quien piense que el señor Merlín se asustó al ver aparecer de tal guisa a su acompañante está muy equivocado, pues harta costumbre tenía él de combatir contra gigantes y enanos a todas horas en aquellos tiempos dorados de Camelot...

Mas veo que aún no he dicho qué lugar le pareció a este ilustre descabezado el más bello de Navarra. Y es ese mágico paraje un acantilado que al nombre de Adansa responde. No es un precipicio de esos tan enormes que no permiten ver su fondo. Al contrario, en días de sol reluce allá abajo el Salazar muy pinturero con sus tonos verdes y azulados. Y allá, al frente, refulge Usún al otro lado del Arangoiti. Y place mucho efectivamente aquél rincón al señor  Merlín, pues lo ha reconocido enseguida como uno de esos escasísimos paraderos dónde, si bien es muy agradable llegar solo, más aún lo es disfrutarlo en compañía de la persona amada.

Y estando en esos pensamientos, ven los dos recién llegados materializarse repentinamente la figura de un ángel, que por su pequeño tamaño no duda el señor Merlín en catalogar como perteneciente al seráfico orden de los melindrosos y prudentes. Y no se equivoca en su juicio, pues no tarda en contarles el aparecido -que dice llamarse Peruzziel-, que no todos los seres alados tienen el valor de lanzarse al vacío desde cualquier altura, al menos no en sus primeros intentos. Por eso tiene la Providencia dispuestos cuatro o cinco lugares como éste en el mundo a propósito, para que no siendo de altura excesiva, pierdan el miedo a saltar sus servidores.

Lo que se le hace raro a Johanes es que las otras veces que ha estado en Adansa, no haya logrado ver nunca ángeles como aquél que ahora tienen delante, pero queda disipada su extrañeza cuando el señor Merlín le informa de que por haber estado él tan cerca del Santo Grial, tiene el privilegio de observar aquellas criaturas celestiales sin dificultad ninguna, y que por eso sin duda, y por la amistad que ahora comparten, puede el de Bargota verlos también.

Pero siempre hay una razón para que estos seres tan huidizos se den a conocer, y la de éste en concreto es rogar a tan poderosos hechiceros que le ayuden en su empeño de poder volar. Y es que, según les cuenta, lleva siglos esperando a que se acerque hasta Adansa una soprano de fuste, pues gozan estas señoras de la facultad divina de poder sostener en el aire a los ángeles mientras cantan la más aguda de las notas musicales. Y desde ese pedestal sonoro, pueden ya  ellos solos volar por su cuenta. Y esto es así porque las voces de los ángeles y las de las sopranos son de la misma tonalidad y colorido...

Pues si ese es todo el problema -dice el señor Merlín- iré ahora mismo a buscar a una de esas damas para que vos podáis emprender de una vez vuestro itinerario celeste.
Pero como no es de buen tono que el invitado sea quien tenga que realizar todo el trabajo, es Johanes quien se ofrece a retornar una vez más a su querida Italia para encontrar a la cantante más dispuesta. Eso sí, y aunque le da algo de vergüenza, ha de pedir al bretón que localice su desnortada cabeza, que aparecer en Florencia, Pisa o Mantua  como un fenomenal cabezudo no sería ni elegante ni práctico. Y dicho y hecho, con un simple ademán trae el señor Merlín de vuelta la cabeza del de Bargota, que además viene cubierta de nieve, supuestamente porque aquellos fementidos bribones magiares estarían ahora mismo cruzando el Pirineo...

Y ya de nuevo entero, viaja por los aires hasta la ciudad de Pesaro, de donde se trae a doña Renata Tebaldi, de quien decían con mucha razón que tenía la "voce d' un angelo". Y en cuanto empieza a entonar el Ave María, parece como si las alas del contristado Peruzziel se hiciesen más grandes y fuertes a cada palabra recitada por la diva, hasta que le permiten alcanzar una altura jamás soñada, y de allí, aprovechando el rayo de sol menos oblicuo, puede volver por fin otra vez a la morada querubínica donde su temor le impedía permanecer. Pero antes de irse se arranca una pluma y la deja caer sobre Johanes, para que sus próximos vuelos a Italia sean más estables y con menos turbulencias que los hasta ahora realizados.

Y muy contento con semejante presente, del que el señor Merlín no tiene la menor envidia, pues él posee ya una, y nada menos que de Miguel, el príncipe de los arcángeles, devuelve el navarro a doña Renata a su ciudad natal, no sin entregarle como recuerdo del acontecimiento una caja de mantecadas de Casa Maquirriain de Lumbier, que son también de sabor angélico. Y cuando vuelve a Adansa es ya de noche, y si no fuese por su larga barba blanca, costaría distinguir al señor Merlín, que por llevar siempre su traje muy bien bordado de astros de oro y plata, se confunde con el manto cuajado de estrellas que envuelve tan fascinante entorno.



Y como no son horas ya de ponerse en camino, allá que pasan los dos la noche compartiendo conjuros y adivinaciones. Y obtiene Johannes la promesa de su poderoso amigo de que ha de remover todas las fuerzas naturales y divinas con su hechizo, para conseguir que todos aquellos enamorados que visiten juntos tres veces Adansa, permanezcan juntos y felices para siempre. Y mucho se alegra de oír esto, pues que él ha estado aquí ya dos veces con su amada...

Y a la  mañana siguiente, con el señor Merlín ya con la mente puesta en el reino de Castilla, le da Johannes la tarjeta de don Yllán, el mágico de Toledo, para que juntos viajen hasta el cañón de Rio Lobos, que es a su parecer el lugar más bello de aquél reino, y que tiene también algo que ver con aquellos mismos freires templarios que construyeron La Couvertoirade...


Y como en León no conoce a ningún mago, le da, por si le sirve de algo, las señas de quien fabricaba la cerveza "El león", porque había que ser hechicero, y de los buenos, para tomar aquel brebaje por cerveza. Y mucho le recomienda también que visite en aquel reino el monasterio de Carracedo, que es paraje donde encontrar dulce encantamiento de los sentidos, pues tiene una puerta y una balconada muy bien labradas, donde no cuesta imaginar a una hermosa princesa leonesa esperando a su gentil caballero ...



Y mucho le insiste antes de partir el señor Merlín a Johannes de Bargota, que varíe alguna vez el rumbo de sus viajes volantes y se pase por Miranda, donde tendrá siempre alojamiento preparado por sus buenos servicios en esta mágica peregrinación desde Bretaña. Y no dice que no el navarro, que es Galicia siempre buen destino...



© Mikel Zuza Viniegra, 2012