martes, 24 de enero de 2017

PANORAMA PARA MATAR


El pasado fin de semana el Diario de Noticias publicaba un artículo encabezado por los siguientes titulares:

El plan de Salesianos saldrá adelante si la subasta de suelo cubre el coste del traslado

El Gobierno no pagará a la congregación si no se cuadra la operación cifrada en 50 millones

El Ayuntamiento dará licencia a nueve torres de hasta 17 alturas

TORRES DE 17 ALTURAS SOBRE LA MEDIALUNA

De los tres, el que más me preocupa y me apena es el tercero. Tanto, que ha conseguido lo que hasta ahora no había logrado nada ni nadie en este blog mío: que alabe yo a Carlos I España y V de Alemanía, un personaje por el que no siento simpatía alguna, como sabe cualquiera que me haya leído alguna vez.

Si teníais la edad justa cuando se estrenó la Guerra de las Galaxias, seguro que también cualquier cosa que suene a Imperio o a Emperador os repelerá profundamente. Si al crecer leísteis además lo que quien nació en un retrete de Gante (actual Bélgica) cometió en Navarra, aún lo comprenderéis mejor. Pero lo cortés no quita lo valiente, como descubriréis -si tenéis paciencia- al final de esta indignada crónica mía.

Y digo indignada porque, en mi ingenuidad, pensaba que esa locura de las torres de 17 alturas sobre el talud de la Medialuna era un proyecto del anterior equipo de gobierno del Ayuntamiento pamplonés (ellos sí, toda una auténtica "Estrella de la Muerte" para el buen gusto, la historia y el arte de esta ciudad) que afortunadamente había quedado atrás. Y ahora me desayuno con que el actual equipo de Gobierno dará la correspondiente licencia para semejante desatino. Y de verdad que no me lo puedo creer.

EL HORROR MÁS ABSOLUTO QUE NOS AGUARDA

No entiendo la jerga legal que el artículo contiene. No sé si esto tiene o no tiene vuelta atrás. Me temo que no, que no la tiene. Al parecer las parcelas de Salesianos saldrán a subasta pública por 50 millones de euros, y si constructores, especuladores y demás adoradores del hormigón las compran, esas horrendas torres se alzarán sobre -y destruirán para siempre- el horizonte pamplonés.

Dicen que harán 400 viviendas para mangantes (perdón, se me han trastabillado las letras, quería decir magnates. Bueno, igual en esta ocasión sí que quería decir lo que he dicho). De esos que apuesto desde ahora mismo que presumirán ante sus amistades de poder ver los toros -el paisaje nunca suele importarles- desde su balcón, con la neverica portátil bien llena de vino y jamón. ¡Ysis'hundelmundoques'hunda!

Y esto, en una ciudad donde se calcula que hay unos 20.000 pisos vacíos. Poderoso caballero es don dinero...

Para aparentar, también dicen que habrá un Civivox. Magra ganancia es esa, indudablemente, para el destrozo irremediable y perpetuo que cometerán contra el paisaje histórico de Pamplona. ¡Ya está el canso contra cualquier cosa que signifique progreso! Pues sí: ya está el canso, pero no contra lo que algunos sacamantecas consideran progreso (cemento, hormigón y Calatravismo papanático y estúpido), sino contra lo que hace temblar sólo viéndolo sobre plano.

Y es que nada tendría yo que oponer a que estas torres se construyesen en Lezkairu, Ripagaña o donde quiera que pasen tan desapercibidas como el resto de las cúbicas o paralelepipédicas colmenas humanas donde todos vivimos. Pero donde están proyectadas, ominosamente dominantes sobre una de las panorámicas más bellas de Pamplona -que gracias a barrabases anteriores ya tiene demasiado de lo que arrepentirse, urbanísticamente hablando- lo que me sale de dentro es poner el grito en ese mismo cielo que ellos van a llenar de cubos de sopicaldo grises y neosoviéticos.

Ser bruto no me hace desde luego compartir la fe en el Brutalismo, el único mandamiento y/o estilo ¿artístico? que parece emanar de la Facultad de Arquitectura que -desdichadísimamente, en mi opinión- padecemos en Pamplona. ¿Quieren hacer sus boñigas acerokortianas? Pues háganlo en buena hora en lugares donde no se carguen algo bello, por favor.

Y no me estoy refiriendo al colegio de los Salesianos, que es igual de feo que todo lo que los hijos de San Juan Bosco acostumbraban a edificar (los jesuitas también sentían predilección por la fealdad más absoluta, lo que viendo la cara de su fundador no ofrece sorpresa ninguna). No, yo sólo estoy hablando, lo reitero, de esa skyline (si no utilizas términos ingleses no eres nadie, lo sé) dominada por la catedral, que es lo primero que se ve cuando se llega desde el norte, y que pasará a segundo plano para que las torres de Mordor sean las que te horroricen primero desde cualquier punto cardinal.

Al que le guste semejante perspectiva que se la quede, lo que es yo se la regalo encantado. Tendremos lo mismo que cualquier otra ciudad, y perderemos lo que no tenía ninguna salvo Pamplona: esa panorámica concreta. He dicho que odio los imperios. También odio la uniformidad. Detesto que todo sea igual, y que si te dejan en medio de una plaza "mineral", no sepas si estás en Pamplona, en Logroño o en Cochabamba, porque todas son iguales las unas a las otras.

Os pongo imágenes de los proyectos presentados. No diré nada sobre ellos, más allá de apuntar cuál es el ganador. Además, si dijera lo que realmente pienso probablemente me cerrarían el blog.

En cuanto a los Salesianos, que son los que han dado inicio a este disparate, sólo les recordaré una frase de su fundador:

"Nuestra misión principal será enseñar a todos los jóvenes del mundo la fealdad del pecado y la belleza de la virtud".

Pues eso, a ver si le hacen caso.

Gaztelu Jerez Arquitectos

Aguinaga y Asociados

Gaztelu Jerez

OM ARQ

OFS Architects

Rubio Bilbao
Larraz  Arquitectos
PROYECTO GANADOR
Larraz Arquitectos
PROYECTO GANADOR
Larraz Arquitectos
PROYECTO GANADOR


Y naturalmente que tales proyectos pueden pareceros maravillosos. Sólo que entonces no os consideraré soldados libres de la República, sino esclavos borreguiles del Imperio. Aunque tratándose de arquitectura y paisaje en Pamplona, "Jedi" no se pronuncie nunca "Jedái", sino "Jodí": Jodí la Plaza del Castillo, Jodí la Biblioteca de Navarra en el Centro, Jodí la Ciudadela levantando el Catafalco de Lenin, Jodí Aranzadi, Jodí el Ensanche dejando levantar horribles emplastos como el que actualmente se termina en la avda de Roncesvalles. Habría tantos ejemplos de Jodí... Darth Barcious sabe bastante de esto. Bueno, ella sin duda lo  llamaría progreso...

Y seré ingenuo, pero me niego a pensar que gente que sé que verdaderamente siente la ciudad como el concejal Cabasés o el alcalde Asirón quieran pasar a la historia engrosando la lista de los Jodí. Y no de una manera cualquiera, si no de una que no se podrá ocultar jamás, porque será lo primero que salte a la vista en cuanto alguien mire hacia esta chiquita y apañada capital.

-Oye, ¿y qué pasa con el emperador Carlos V?

-Ah, sí. Pues resulta que en 1523 el obispo de Córdoba, un imbécil llamado Alonso Manrique, decidió abatir unas setenta columnas de la mezquita para insertar una iglesia de cuarenta y tres metros por quince. El municipio y el cabildo se opusieron a semejante locura, pero el mastuerzo recurrió al emperador, que no había estado nunca en la ciudad, y que acabó dando su regio permiso para la destrucción de la integridad del templo de los Omeya. La Junta del Ayuntamiento había declarado: "lo que se quiere deshacer no podrá ser reemplazado por nada que alcance semejante perfección". El ¿arquitecto? encargado del crimen fue Hernán Ruiz, que optó por un lamentable estilo plateresco que se daba de puñetazos con el entorno.


Cuando la salvajada culminó, unos años después, el emperador Carlos llegó a la ciudad y fue invitado a contemplar el resultado. Abatido, dijo a los canónigos: "Si hubiera sabido lo que teníais intención de hacer, de cierto que no os hubiera dado mi permiso, porque lo que aquí habéis hecho se puede hallar en cualquier sitio, mientras que lo que teníais antes no existe en parte alguna del mundo".

© JJ KING



Tristemente, este desahogo mío podría ser también un complemente para este otro texto que escribí hace unos meses:


© MIKEL ZUZA VINIEGRA, 2017




jueves, 5 de enero de 2017

NADA DE MALO

Palacio Real de Pamplona, 5 de enero de 1387

-¿Pero cómo vamos a disfrazarnos estando el rey de cuerpo presente? ¿Aún no se ha enfriado su cuerpo en la caja y ya estáis pensando en hacer el ganso? ¿No comprendéis que nos mandarán ahorcar por no mostrar respeto?

-Respeto en grado máximo es precisamente lo que mostraremos, que esta fue la última voluntad de don Carlos. Y en este documento quedó sellada con su propio anillo. Nadie podrá por tanto echarnos nada en cara, ni siquiera el propio príncipe Carlos cuando llegue desde Valladolid.

-Pues yo no las tengo todas conmigo, que sólo somos tres, y la guardia personal del rey era -y es- muy quisquillosa. Y el rey sólo hace cuatro días que murió... Dejadme ver ese papel... Sí, no hay duda, aquí lo pone bien claro:

"Yo, Charles, por la gracia de Dios, Rey de Navarra y conde de Evreux. A los que esta carta vieren u oyeren, ordeno y mando que se cumpla mi deseo. Y este es que sean agasajados mis hijos, Leonel, que tuve de Catalina de Lizaso, que ahora tiene diez años; y Johana, que tuve de Catalina de Esparza, que cuenta con nueve, por haber sido el único consuelo y alegría, junto con los proporcionados por mi hijo legítimo y heredero el buen príncipe Carlos, que he tenido en mi vejez. Y se hará de tal modo, dadas las fechas que son, justo como yo les había prometido, y será que tres hombres justos et cuerdos vestirán ropas lujosas et se pintarán el rostro con oleos y aceites para remedar ser los Reyes que de Oriente vinieron a adorar a Nuestro Señor. Et sepan todos que, de poder incorporarme del lecho, haré yo el papel de rey Melchor, que mucha devoción tengo por él, et si non pudiera yo incorporarme, o la muerte me llevase antes consigo, sea mi canciller Pedro de Zabalza -que gusta mucho siempre de hacer monerías- quien lo haga. Et sean entonces los otros dos reyes los caballeros Alberto de Elizalde -que es pelirrojo y sabio, como Gaspar- y Miguel de Zuazu -que es elocuente, retórico y moreno de piel, como Baltasar-. Y habrán de ir los tres juntos a la alcoba del palacio donde residen Leonel y Johana, y habrán de entregarles como regalo a cada uno una espada de madera muy bien labrada y una muñeca muy bien cosida. Entendiéndose que ambos recibirán tanto la espada como la muñeca, que muy partidario soy de educar en igualdad a hombres y mujeres. Además tienen los regalos hondo significado, pues la espada es para que ambos sepan lo que ha costado a su padre defender Navarra;  y la muñeca para que tengan muy presente lo que sufrió nuestro pueblo en todas las guerras que emprendí por mi loca cabeza. Et si todo esto no se hiciere tal y como así lo he dispuesto, no descanse mi corazón hasta vengarme del odiado rey de Francia primero, y de los tres supradictos caballeros después. 
Obedézcase y cúmplase."


-Pues sí, no cabe duda de que don Carlos lo dejó muy claramente establecido. Y buena cosa será hacerle caso, no sólo por no tener su tembible corazón latiendo sobre nuestras cabezas durante siglos, si no porque esos pobres mocetes estarán aterrados en su habitación, con todo este ruido de campanas atronando a muerto por toda la ciudad, y sobre todo con la tristeza de haber quedado huérfanos de padre tan distinguido.

-En eso tenéis razón, que mucha alegría les dará saber que su último mandamiento lo dictó pensando en ellos. Pero aún así me niego a dar un paso si no incluimos también a los huérfanos del cercano Hospital de San Miguel en este embrollo de los regalos no sexistas e igualitarios.

-¿Y de dónde sacaremos los carlines necesarios para tanto chaval? Porque las arcas reales están completamente vacías...

-¡Zabalza lo pagará todo, como siempre!



Et dicen que mucho se alegraron Johana, Leonel y todos los muetes del Hospital de San Miguel  por recibir tales regalos, que este cronista espera y desea que no sean nada comparados con los que tod@s l@s lector@s de mi Blog reciban esta noche. 
Y sed buen@s, al menos tanto como el rey don Carlos II de Navarra.




© MIKEL ZUZA VINIEGRA, 2017


viernes, 16 de diciembre de 2016

ACONTECIMIENTO EN PAMPLONA


Palacio Real de la Navarrería, 15 de diciembre de 1183

-La verdad es que no termino de entender vuestras reticencias, señor maese...

-Majestad: considerad que prácticamente estamos ya en invierno, y que el tipo de construcciones que se precisan para un evento como el que planeáis no resistiría las lluvias e incluso las nevadas que la estación traerá consigo.

Sancho VI el Sabio,
en Villava
-¡Vaya! No sabía yo que entre las muchas ciencias que domináis estuviera también la de la meteorología. ¿Cómo podéis prever si esos días lloverá o nevará? Más bien parece que no tenéis ganas de cumplir mi regio deseo.

-Con todo respeto, majestad, pero creo que deberíais recordar que esos "regios deseos" vuestros pueden llevaros derecho al Infierno, porque están condenados por la Iglesia...

-Mucho os agradezco, señor maese, que os preocupéis tanto por el futuro de mi alma inmortal. Preocupación de la cual deduzco también profundos conocimientos teológicos que añadir a vuestro ya citado dominio meteorológico y a la más que probada destreza que demostráis en vuestro oficio...

-Bueno, majestad, sobre esos campos concretos mis conocimientos sólo pueden catalogarse de modestos, pero es cierto que la ingeniería no se me da mal.

-Pues llegados a este punto, señor maese Sagastibelza, ¿podéis indicar a vuestro rey -si no os sirve de mucha molestia- por qué os empeñáis en no querer levantar el palenque y las gradas necesarias para celebrar un magno torneo en la capital de mi reino, que tengo previsto que sirva para que mi hija Berenguela y su futuro esposo, Ricardo de Aquitania, puedan conocerse?

-¡Oh, señor! ¿Y vos, que sois conocido en todo el reino por el justo apelativo de "Sabio", tenéis el feo detalle de preguntarme tal cosa? Pues he de deciros que me preocupa sobremanera la estabilidad de esas gradas. Pensad que toda Pamplona querrá estar allí presente, y que sabiendo que nuestra población ha llegado a la escandalosa cifra de dos mil habitantes, los materiales necesarios para resistir semejante peso por fuerza habrán de desequilibrar vuestro presupuesto. Lejos de mí colaborar en tal locura.

-¿Pero es que también sabéis de economía? Quizás debiera nombraros mi canciller y quitarle el puesto de una vez a Ferrando Pérez de Funes, el cual se pasa todo el día dibujando en vez de pensar en la política matrimonial de mis hijas, que es para lo que realmente le pago.

-No, no, majestad. Yo de lo que verdaderamente sé es de lo mío. Recordad si no cómo os advertí de que esa herrumbrosa pasarela que ordenasteis colocar entre Argaray y el palacio del Obispo acabaría por ceder, pues ya sospeché yo que no tenía su autor los cálculos precisos bien hechos.

-Y mucho os lo agradezco, honorable Sagastibelza, que por eso mismo está ahora encerrado en la mazmorra del castillo de Monreal, donde tendrá mucho tiempo para corregirlos. Pero esta historia sólo prueba una vez más que sois vos el indicado para construir lo que os pido.

-El caso es que, bien mirado, no disponéis tampoco de tantos caballeros como para comprometerlos en semejante riesgo. No sería yo buen consejero vuestro si no os advirtiera además del desastre que supondría dejar desguarnecidas las fronteras con Castilla y Aragón, solamente para que unos presumidos puedan mostrar públicamente su fanfarronería...


-¡Bueno, pero esto es ya el colmo! ¡O construís las gradas y el palenque como os he ordenado o vais a hacer compañía al señor arquitecto en la cava del castillo de Monreal, como vos prefiráis, maese Sagastibelza!

-Está bien, majestad. Cumpliré vuestra orden, pero conste que tengo unos dolores en la espalda que según me dice el físico han de obligarme a coger la baja con total seguridad...

-¡Sancho, Fernando, hijos míos! ¡Perseguid a este bergante y vigilad que construya lo que le he pedido! Y si se sale una libra, un sueldo o un dinero del presupuesto... ¡A Monreal con él!


Y aquí se interrumpe el documento que contenía esta historia, así que no sabemos qué cosa pudo ocurrir después. Pero cree este cronista que en realidad el empeño del probo Sagastibelza en que no hubiera torneo en Pamplona, encerraba un secreto muy especial que buscaba lograr dos objetivos principalmente.

El primero que el bobalicón príncipe inglés no llegase nunca a esta ciudad. Y el segundo, que debió ser en realidad el más importante, que su desidia constructiva terminase por acarrearle la prisión en Monreal, castillo del cual era tenente -fíjense ustedes qué cosas- la hermosísima infanta Berenguela.

El resto podemos los demás imaginarlo, aunque ciertamente resulte siempre complicado meterse en la cabeza de un maestro de ingenios tan bueno como Sagastibelza.

ENLACE AL BLOG DE MANUEL SAGASTIBELZA SOBRE BERENGUELA DE NAVARRA


©MIKEL ZUZA VINIEGRA, 2016

miércoles, 7 de diciembre de 2016

DE ESCUDOS, BANDERAS Y NIÑAS ATERRADAS

Son tantas las maravillas que el Museu de Arte Antiga de Lisboa encierra, que podría pasarnos desapercibida una tabla pintada a mitad del siglo XIV por los grandes maestros catalanes Jaume Ferrer Bassa, su hijo Arnau y Ramón Destorrents.


Y no creáis que es una obra de arte cualquiera, porque formó parte originariamente nada menos que del retablo de la capilla del palacio real de La Almudaina en Palma de Mallorca. La encargó el rey Pedro IV de Aragón -llamado "el Ceremonioso"o "el del Punyalet"- cuando conquistó aquel reino insular y lo unió para siempre a su corona, en el año del Señor 1349.

El motivo central del cuadro es una representación de Santa Ana con la virgen niña en su regazo, enmarcada por cuatro figuras de santos entre las que destaca una hermosa santa Catalina de cabellos rubios, vestida de esmeralda con forro carmesí. Y ya se sabe que la que con verde se atreve, por guapa se tiene... 

El caso es que están también representados varios escudos en la tabla. Y después de tantas entradas en este blog mío, ya sabéis que la heráldica es un tema que me interesa bastante, más aún si se trata de la del reino de Navarra, que es precisamente la que aparece en primer lugar, en el sentido de lectura habitual.


Y junto a nuestro emblema, el de Aragón (tres veces repetido), el de Sicilia y el de Portugal. Extraña reunión, e ignoto mensaje por tanto el que esconde esta tabla, a fe mía. Lo más lógico sería pensar en la plasmación de un desconocido tratado diplomático, pero lo cierto es que Portugal y Sicilia quedaban muy lejos de Navarra y no compartían demasiados intereses políticos. No, tenía que ser otra cosa. Y sí: vaya que si lo era...


En 1328 accedió al trono navarro una nueva dinastía: la de Evreux, que se encontró con la misma dificultad con la que constantemente se habían topado sus predecesoras: la ambición de Castilla por hacerse con este pequeño, pero siempre codiciado, reino. Para evitarlo, Juana II y Felipe III tiraron de la única riqueza que Navarra acreditaba ya desde tiempos de Sancho VI el Sabio: su abundancia de princesas casaderas, cuyos matrimonios podrían garantizar las alianzas políticas que frenasen los proyectos castellanos de conquista.

Y, efectivamente, Juana y Felipe tenían tres hijas: Juana, María e Inés. Y tres hijos: Carlos, Felipe y Luis. Y todos ellos tendrían vidas de lo más asendereadas...

Apenas llegados a Pamplona, ofrecieron pues al rey Alfonso IV de Aragón casar a su heredero el príncipe Pedro -que contaba diez años-, con la mayor de sus hijas, Juana. Con eso buscaban conseguir el apoyo aragonés ante cualquier intentona de Castilla. Sin embargo, el acuerdo, sellado entre ambas familias en 1329, estuvo a punto de romperse porque la infanta Juana, bien porque no quiso casarse o bien porque prefirió un marido más poderoso, decidió profesar en el monasterio de Longchamps, donde vivió hasta una edad muy avanzada.

Sin embargo Navarra seguía igual de amenazada, así que los reyes Juana y Felipe corrieron turno y tras años de arduas negociaciones ofrecieron al aragonés -que entretanto ya había sucedido a su padre- a la segunda de sus hijas: María, que en ese año de 1336 en que quedó fijado el compromiso contaba solamente con diez años de edad. Es decir, que su futuro marido le llevaba siete...

Sí, desde luego no puede decirse que la vida de una princesa medieval fuera demasiado envidiable: consideradas únicamente como mercancía y como prenda de pactos políticos tras los cuales podían acabar en los brazos -y en la cama- de esposos mucho más viejos que ellas. En ese sentido, María tuvo mucha más suerte que su hermana menor, Blanca, que cuando contaba 16 años acabó casada con Felipe VI de Francia, que le llevaba nada más y nada menos que cuarenta años de diferencia...

Como el matrimonio pactado entre María y Pedro no podía consumarse aún, el futuro marido exigió que la novia residiese lo más cerca posible de Aragón, así que la princesa pasó a residir en Tudela hasta que en 1338 cumplió los doce años, fecha en la que finalmente se celebró la boda.

Pedro tenía ya fama bien ganada de colérico y malhumorado, pero también era un amante del protocolo y del lujo, y dispuso que se regalase a la novia -cuya dote ascendía a la astronómica cifra de 60.000 libras de sanchetes, que a Navarra le llevó cinco años poder pagar- una corona, seis anillos con esmeraldas, zafiros y diamantes y además la posesión completa de las ciudades de Tarazona, Jaca y Teruel, con todas sus rentas.

La ceremonia iba a celebrarse en Zaragoza, pero María enfermó (¿o más bien sintió el lógico miedo de una niña de doce años ante la obligación de casarse, aunque fuese para defender a su país, y no quiso seguir adelante?), y su comitiva se detuvo a medio camino: en un pueblo llamado Alagón. El caso es que el despacienciado Pedro no quiso aguardar y se presentó allí acompañado por un obispo para que la boda se celebrase cuanto antes. Pobre María...      

Cinco años más tarde, ella quedó embarazada por primera vez, y para celebrarlo su marido ordenó la confección de un maravilloso libro de horas hecho ex profeso para ella, que afortunadamente se conserva hoy en día en la Biblioteca de Venecia, y que pasa por ser uno de los más bellos realizados jamás. Fueron sus autores prácticamente los mismos que los de la tabla mallorquino-lisboeta: Jaume Ferrer Bassa, su hijo Arnau y otro maestro de nombre olvidado que hoy se conoce como Baltimore, por ser esa ciudad norteamericana donde se conserva un retablo pintado por él. Como digo, es una joya bibliográfica de primer orden, que demuestra el amor que el rey tuvo por su esposa, algo que como es lógico suponer, no sucedía prácticamente  nunca en los matrimonios regios...

Libro de Horas de María de Navarra.
hacia 1343
Sin embargo la vida de una reina medieval no era mucho más envidiable que la de una princesa medieval, pues sólo tenía una única obligación que cumplir: dar un heredero al reino. Y efectivamente, la infortunada María parió cuatro veces entre 1343 y 1347, falleciendo en el parto (cuatro seguidos, siendo apenas una niña, y con las condiciones higiénico-sanitarias de aquella época, eran una condena a muerte prácticamente segura) de su primer hijo varón, Pedro, que además no le sobrevivió mucho tiempo. Tenía sólo 21 años cuando murió. Pobre María...

Nos queda para recordarla ese citado libro, que va para siempre ya unido a su nombre, y en el que aparecen frecuentemente dibujadas las armas de Navarra, partidas con las de Aragón, como correspondía a una mujer, cuyas armas heráldicas siempre se representaban detrás de las del marido. Y también la pintura que hoy día se conserva en Lisboa, pues son al fin y al cabo las mismas armas las que aparecen en la tabla y las representadas en el libro. Esas armas que muchos en la actualidad se resisten a aceptar que representaban a Navarra, y no sólo a tal o cual rey o princesa. Pero luego volveré sobre este tema...



Sigamos con el rey Pedro IV de Aragón, que cuentan las crónicas que lloró mucho a su esposa, aunque no tanto como para no concertar inmediatamente nuevo casamiento con otra princesa que, recordemos, sólo tendría una única obligación en la vida: proporcionar un heredero al reino. Y esa nueva princesa, casada en el mismo año de 1347 en que había muerto María fue Leonor de Portugal. Tampoco pudo cumplir el único cometido que de ella se esperaba, pues la peste negra se cruzó en su camino al año siguiente y murió dejando viudo de nuevo a Pedro, que sólo esperó otros pocos meses más para casarse de nuevo, esta vez con Leonor de Sicilia, con la que al fin pudo conseguir sus anhelados herederos varones.

Aunque existe otro pequeño detalle: según la tradición católica, Santa Ana es la patrona de las mujeres que se ponen de parto, así que el rey de Aragón quiso invocar su protección en el retablo principal de la capilla real de Mallorca para poder lograr, al fin, el ansiado heredero varón. Y sólo le costó tres mujeres conseguirlo...


Ahí está pues el sentido y la explicación de la tabla que tanto llamó mi atención en Lisboa: es un recordatorio que el rey Pedro IV quiso tener, o bien para sus sucesivas esposas, o bien para su complicada trayectoria matrimonial. Y eso que aún enviudaría y se casaría una cuarta vez, en 1377 con la noble catalana Sibila de Fortiá, cuyo escudo no aparece en la tabla por la sencilla razón de que Jaume Ferrer Bassa y su hijo Arnau, que fueron quienes comenzaron a pintar el cuadro, fallecieron ambos por la peste negra en 1348, así que tuvo que ser su discípulo Ramón Destorrents quien la terminase y quien incluyese el escudo siciliano de la reina Leonor, que recordemos que se casó con el rey Pedro en 1349.

Así pues, los tres escudos de Aragón representan al rey, y los otros tres a sus tres esposas: María de Navarra, Leonor de Portugal y Leonor de Sicilia. Naturalmente, la presencia de las armas de Portugal fue lo que probablemente animó a los rectores del Museo de Lisboa a hacerse en pública subasta con la tabla a principios del siglo XX. Así que ya veis a qué puede conducir una tranquila y más que recomendable visita a un museo tan maravilloso como lo es el de Arte Antiga de Lisboa: a desentrañar todo un culebrón medieval como este del que os he hablado. Al menos a mí a esto me condujo para, me temo, aburrimiento letal de mis hipotéticos lectores.

Sin embargo no quisiera dejar sin comentar lo que antes sólo dejé esbozado: esa manía de muchos de negar en la actualidad que Navarra haya tenido bandera o emblema que la representase, porque ese símbolo por todos conocido del carbunclo y la flor de lis con la banda roja y blanca no representaba a la comunidad, sino al rey, olvidando -me temo que premeditadamente- que en aquella época medieval el rey y el reino eran la misma cosa.

Podría dar yo muchos ejemplos de ello, pero me conformaré con dos, que por su peso bastarían para abrir los ojos y la mente de quien quiera ser convencido. De quien no quiera, ya sé que ni aunque bajara del cielo Teobaldo I a cantarle lo iba yo a conseguir.  Argumentaré primero que cuando el rey Carlos II (el hermano de María, precisamente) fue aclamado en 1358 en las calles de París, la multitud congregada lo hizo al grito de Navarre, Navarre!, y no al de Charles, Charles!, por la razón que ya he dado: porque el rey y el reino eran la misma cosa, así que malamente podían tener emblemas distintos, porque ambos representaban lo mismo a ojos de quienes los contemplaban.

Pero no se vayan todavía que aún hay más: la dinastía de Evreux gobernó en Navarra entre 1328 y 1479 (como es mi costumbre, incluyo al príncipe de Viana y a sus hermanas Blanca y Leonor en la cuenta), de tal forma que, con el paso de tanto tiempo, sus armas: el cuartelado 1 y 4 carbunclo pomelado y 2 y 3 sembrado de flores de lis con banda componada de gules y plata, se acabaron convirtieron en las armas que todo el mundo (es decir: toda Europa) reconocía inmediatamente como propias de Navarra.

Real de oro de Catalina I de Foix y Juan III de Labrit
Por eso cuando accedió al trono la dinastia de Foix, no sustituyó ese emblema en las monedas que acuñó, porque las monedas sí son un rasgo de soberanía esencial de un país independiente. En cambio, en los sellos personales de Francisco Febo, de Catalina I y de Juan de Labrit, sí que se representan exclusivamente sus armas -y repito- personales. Por cierto, que Juan II, también utilizó ese emblema y no el suyo propio cuando acuñó moneda en Navarra, buscando apropiarse del símbolo del rey legítimo, que era su hijo Carlos de Viana, quien también lo empleó -él sí con todo derecho- en sus propias monedas.Y evidentemente el usurpador lo hizo por la misma razón: sabía perfectamente que el carbunclo y las flores de lis eran las armas de Navarra, y no sólo de tal o cual rey.

Gros de plata del príncipe de Viana
Gros de plata de Juan II de Aragón
Item más: cuando Fernando el del Cólico invadió y conquistó Navarra, una de las primeras cosas de las que se ocupó fue de arrancar las flores de lis de nuestra bandera. Quería así significar que a partir de 1512 el reino de Navarra era otra cosa. Y con el emblema que el quiso entonces seguimos, porque desde ese momento nunca faltaron por estos pagos, ni a él ni a sus sucesores, "podadores" para ayudarle a arrancar todas las flores posibles (y no me refiero sólo a las de lis).

Ducado de oro de Fernando I de Aragón
Lo dicho: hoy en día muchos se empeñan en que fueron Campión, Iturralde y Altadill quienes prácticamente se inventaron la bandera de Navarra, confundiendo historia con oficialidad, pero no hay que irse hasta Lisboa (cosa que de todas formas yo recomiendo vivamente) para darse cuenta de que o bien no se enteran de nada, o bien no se quieren enterar, lo cual ya tiene peor arreglo. Pero si no quieren pasear por las riberas del Tajo, que se quiten las orejeras y paseen por las del Arga o las del Zidacos, que allí podrán ver ese emblema representado por doquier en Olite, en Pamplona o en Tudela.

Por supuesto no tienen por qué aceptarlo ni compartirlo, porque al fin y al cabo un símbolo es algo unido habitualmente a un sentimiento, y ninguna persona ha de verse obligada a sentir nada que no quiera, aunque tampoco tiene que empeñarse en obligar a los demás a que acepten como dogma lo que no es cierto.


Pero vale ya de tostones históricos, porque realmente de todo este asunto con el que os he aburrido hoy, el sentimiento con el que quiero quedarme (y con el que me gustaría que os quedaseis vosotr@s también) es con el de terror que probablemente experimentó la pobre princesa María, obligada a casarse con sólo doce años, como desgraciadamente sigue ocurriendo todavía hoy en muchos lugares del mundo.

Y si un pequeño escudo en una esquina de una tabla del siglo XIV en la que casi nadie repara, sirve para que -al menos por un instante- recordemos lo que están sufriendo esas pobres niñas, todo este rollo que os he metido habrá servido para algo.










© MIKEL ZUZA VINIEGRA, 2016
   

lunes, 28 de noviembre de 2016

CRÓNICAS PORTUGUESAS I: VINHO VERDE

Lisboa (Portugal) 28 de noviembre de 1436

Era el rey don Duarte un apasionado de las artes y la cultura, a las que vivía casi completamente entregado mientras su hermano, el intrépido don Enrique -apodado "el navegante"- le ayudaba a ocuparse de las tareas de gobierno.

Este orden de cosas no gustaba, sin embargo, a la mayoría de los nobles y del alto clero portugueses, que temían que un reino dualmente administrado acabara pronto en manos del siempre codicioso enemigo castellano, que en su última campaña había arrasado y quemado todos los campos y árboles que rodeaban Lisboa. Consideraron entonces que lo primero que debía hacer el rey era casarse y asegurar la sucesión de su dinastía, que en realidad llevaba muy poco tiempo asentada en el trono.

Buscaron por toda la Cristiandad una princesa que honrase a la corona portuguesa, y no pudiendo recurrir a las naciones vecinas, halláronla en la lejana Noruega, allá donde los geógrafos nunca saben exactamente qué reflejar en sus mapas.

Llegó finalmente la flota del norte al puerto de Lisboa muy avanzado el otoño, en una mañana de espesa niebla sobre el Tajo, que sólo se disipó cuando la princesa, que se llamaba Ysambour, descendió del barco. Llevaba en sus ojos todo el verde de los bosques de su país. Ese mismo verde que habían devastado los castellanos en su última incursión, y que había convertido los alrededores de la ciudad en un inmenso erial.

Es seguro que ella no habría visto jamás tantas maravillas en su gélida nación como las que encerraba uno solo de los barrios de Lisboa, pero bien fuese por los lógicos problemas de adaptación ante un cambio tan extremo, o bien porque echaba de menos ese verde que ya sólo podía rememorar si contemplaba sus ojos en un azogue, el caso es que Ysambour cayó en una profunda melancolía de la que ni todos los cuidados de don Duarte conseguían sacarla.

Convocó el rey a los más famosos jardineros de la corte, pero todos le respondieron lo mismo: era imposible recuperar la vegetación con el invierno tan cerca, quizá para la primavera... Pero Duarte no tenía tanto tiempo a su disposición. Buscó y rebuscó en la torre de su biblioteca ejemplos de la antigüedad que le pudieran servir, y encontró al fin una historia del gran emperador Carlomagno que pensó que podría servirle, como corroboraba la vista del cielo que le ofrecía la ventana abierta de su estudio...

Viajó entonces raudo a Tomar, que no quiere decir que fuese a tomar las ferruginosas aguas que allá afloran de la tierra, sino que ese era precisamente el nombre del enorme monasterio sede de los caballeros de la Orden de Cristo, de la cual era maestre su  hermano Enrique, que además de marino era famosísimo cazador. Pidióle pues que le contase cuál era el método más adecuado para atrapar pájaros sin llegar a matarlos, más firme que una red, pero infinitamente más suave que un cepo. Hablóle su hermano de la liga, que no era tampoco la que llevaban las mujeres ciñéndoles los apetecibles muslos, sino una suerte de pegamento en el que quedan sujetas las aves cuando van a comer el cebo que se les pone.

Puso entonces don Duarte a la mitad de los físicos e ingenieros que la Orden de Cristo tenía a experimentar con distintos tipos de liga, y en pocos días lograron un compuesto que sólo pegaba las patas de los pajarillos, y no las alas. Le advirtieron de que el ungüento sólo duraría cinco leguas y media. No necesitaba más.

A la otra mitad los puso a teñir del verde más parecido al de los ojos de su esposa, que les describió con todo lujo de detalles para que pudieran conseguirlo mezclando los tonos de color precisos, todas las velas de las naos preparadas por don Enrique para la navegación del océano, y eran tantas las telas, que el rey ordenó además coser entre sí, que a fe mía que cubrían un vasto territorio.

Lograda esta hazaña, ordenó a todos los caballeros que se  dedicaran -pincel en mano- a extender la liga por los lienzos recién pintados, y después que arrojaran sobre los mismos el contenido de cientos de almudes y de celemines llenos de alpiste. Al terminar tan desusadas labores, todos pensaban que su rey se había vuelto loco. Hasta su hermano don Enrique lo pensaba.

Pero a don Duarte todavía le quedaba un mandato que dar. Y lo hizo prontamente: pidió a sus monteros que comenzasen a hacer sonar todos los reclamos con los que atraían a los pájaros a las trampas, teniendo siempre en mente no sólo su amor por Ysambour, sino también las palabras de Carlomagno, que hacía más de seis siglos que había dejado escrito: "dejad que las aves del cielo sean mi ejército".

Y al sonido de los silbatos comenzaron a llegar cientos, miles, quizá millones de pajarillos de  los que en Portugal son llamados Estorninhos-malhados, que son los que había visto maniobrar desde la ventana de su biblioteca. Pensó entonces la lección política que daban a los hombres estas criaturas, pues una por una son muy pequeñas, pero unidas todas ellas forman una bandada tan enorme que las hace invencibles.



Saciada su hambre sempiterna, diéronse cuenta las aves de que sus patas estaban atrapadas, y comenzaron entonces a agitar vertiginosamente sus alas todas ellas a la vez, de tal manera que el tejido fue elevándose poco a poco del suelo, hasta formar una nube verde que cubría el firmamento. ¿Mas como dirigir aquel prodigio derechamente hacía Lisboa? Muy sencillo: hizo que todos los clérigos fueran por delante leyendo en alta voz los milagros del famoso santo portugués Antonio de Padua, el más famoso de los cuales fue su capacidad para hablar con los pájaros y que éstos le obedecieran. cosa que volvió a ocurrir punto por punto, pues los estorninos no se alejaron ni un momento de  la ruta hacia la capital.

Don Enrique había mientras tanto adelantado a la comitiva galopando su caballo más veloz, pues tenía otro mandato que cumplir de su hermano: escoger las espadas más afiladas de la armería real, y ponerlas con la punta hacia arriba coronando todas y cada una de las torres de las iglesias y palacios de Lisboa, de tal forma que "arranhasen os ceus".

Los habitantes de la hermosa ciudad que vivieron aquel milagro no habrían de olvidarlo mientras vivieran: con la última palabra, de la última frase, del último renglón, de la última página de la vida de san Antonio, los pájaros quedaron libres y soltaron el enorme telón sobre Lisboa. Como había previsto don Duarte, las espadas rasgaron en los puntos clave el tejido, de tal manera que en sólo unos instantes, quedó la capital cubierta de un verde tan hermoso, que hasta don Enrique, que había visto el exuberante verde de las islas del Atlántico, no pudo dejar de reconocer ante su hermano que este verde era aún más hermoso.

Fue a buscar entonces el rey a Ysambour, que al abrir los postigos de la ventana de su alcoba no podía creer lo que sus ojos veían. Y a fe que no podía distinguirlos don Duarte de la vista que se les ofrecía de la hermosa Lisboa, verdes sus calles, verdes sus iglesias, verdes sus palacios, verdes sus campos, verdes sus viñas, verde el vino que de ellas se obtiene, y verdes de envidia por un amor tan notable los habitantes que aquí y allá empezaban a emerger, asombrados, bajo el enorme telón.

Y en todas las crónicas se habla de  que no hubo mejores reyes en Portugal que aquellos Duarte e Ysambour, que están enterrados en Batalha, unidas sus manos en la muerte como lo estuvieron mientras vivían, cobijada su tumba por bóvedas que no existen y con un epitafio que dice:

"O amor é uma companhia.
Já nâo sei andar só pelos caminhos,
porque já nâo posso andar só".





©MIKEL ZUZA VINIEGRA, 2016


jueves, 20 de octubre de 2016

IZAGA EN EL CORAZÓN




Para la Feria de Urroz, que este año se celebrará los días 12 y 13 de noviembre, sale mi nuevo libro, que hace también el número nueve de mi producción literaria. 



Lleva por título "Izaga en el corazón", porque es una recopilación de historias y cuentos que acontecen en aquel valle o en sus alrededores (Lónguida, Unciti, Ibargoiti, Urraul...), que es la tierra de la que provienen todos mis ancestros paternos.

Nueve eran las Musas, nueve los círculos del Infierno de Dante, nueve eran los caballeros que fundaron la orden del Temple en Jerusalén, nueve eran los principios fundamentales que estableció Raimundo Lulio en su "Ars Magna", nueve son los meses que dura la gestación humana, nueve los días que Odín estuvo colgado del fresno sagrado hasta alcanzar la sabiduría más pura, nueve los coros de ángeles y arcángeles que forman el trono de Dios, nueve fueron las Bienaventuranzas en el sermón de la Montaña, nueve era el número que llevaba a la espalda el gran Julián Vergara, nueve el número que lucía en el blindaje de los tanques de la Brigada de republicanos españoles que liberó París de los alemanes en 1945, y nueve (¡ay!), es la hora a la que suele llegar el jefe a cualquier trabajo u oficina, trasmutándose -evidentemente- en el abominable hombre de las nueve.

¿Hace falta añadir que mi número favorito es el nueve, y que por tanto este libro es muy especial? Lo es por su temática, donde podréis encontrar a la siempre ebúrnea Berenguela, a quien su padre el rey Sancho -que no en vano tenía fama de sabio- nombró Señora de Monreal, y lo hizo para igualar el título y categoría de los dominios de su hija nada menos que con los de Ricardo, rey de Inglaterra y duque de Aquitania. Por algo sería... O podréis descubrir los afanes de los nazis por hacerse con el grial cátaro oculto en Basabe; o asombraros con la historia de Miguel Olza Zunzarren "Vaquerín"; o postraros ante la imagen siete veces centenaria de santa Catalina de Beroiz; o preparar vuestra panoplia para acompañar a don Luis de Beaumont en su alucinante expedición a Albania; e incluso conocer de labios de mi propio padre los pormenores de la restauración de la basílica -ermita es una denominación totalmente injusta- de san Miguel de Izaga.









Y todo eso, concentrado en la zona que controla el ángel guerrero desde su atalaya, ayudado únicamente por el teniente Criadico. Y puedo asegurar que algunas veces vuela tan rasante, que hay que agacharse para no chocar con él, cosa harto peligrosa porque los dos tenemos la cabeza de madera muy, pero que muy dura. Pero estoy convencido de que a los dos les ha de gustar mi libro, sólo que el Amo lo leerá aterido en su cumbre, y el Criadico en su cálido refugio de Zuazu. Luego, cuando vuelvan a juntarse en la próxima primavera, ya los veo comentando lo exagerado y lírico que es este Mondela cuando se pone a escribir de las cosas que le tocan el corazón. 



El precio de venta es de 10 euros, cuyos beneficios irán íntegramente al proyecto Petrus Museum, que la Asociación Grupo Valle de Izagaondoa mantiene en Lizarraga para dar a conocer el precioso trabajo del maestro cantero Petrus de Guerguitiain.

Como he dicho, se venderá únicamente en las ferias de Urroz, y como la tirada es corta, si estáis interesados recomiendo reservar ejemplares llamando al 659 303 994. Además esta vez mi libro viene con excelente compañía, porque mi amigo y maestro Simeón Hidalgo ha editado también "Artaiz, lugar torreado", que tengo el honor de prologar, y que se venderá en el mismo lugar y al mismo precio. 



Y nada más, excepto desear que os guste, y preparar ya el número diez...



© Mikel Zuza Viniegra, 2016

sábado, 15 de octubre de 2016

INFANCIA


Burgos (Castilla), 25 de junio de 1512

-Desusada cortesía es esta por vuestra parte, majestad, que no recuerdo haberos confesado nunca.

-Y recordáis bien, monseñor, que únicamente fuisteis confesor de mi esposa, la reina Isabel, que Dios tenga en su seno.

-¿Tan grandes pecados tenéis de los que acusaros, majestad?

-¿Y qué rey no los tiene? ¿No los tenía Isabel acaso? ¿No guardó siempre recelo por haber tenido que apartar del trono primero a su hermano Alfonso y luego a su sobrina Juana, que era la legítima heredera de Castilla?

-Lo que me reveló en confesión no puedo discutirlo con vos, don Fernando. Pero si ha llegado la hora del dolor de contrición recordad cómo alcanzásteis vos el trono de Aragón siendo como érais nada más que un segundón, pues toda la gloria le correspondía a vuestro hermanastro, el primogénito Carlos, príncipe de Viana.

-¡Oh! ¿Y acaso no tiene ya toda la gloria, fray Francisco? La Gloria eterna, nada menos...

-En cualquier caso esos pecados son ya viejos, majestad. Dios habrá de juzgarlos un día, y conviene que estéis preparado para su inapelable sentencia, como lo estaba doña Isabel...

-No os preocupéis, que siempre tengo muchos nuevos para incrementar mi culpa, monseñor. Por eso os he hecho llamar a vos, el cardenal primado de las Españas, don Francisco Ximenez de Cisneros. Porque un rey como yo no puede descargar su conciencia con un simple párroco.

-Dios escucha incluso al más humilde de sus siervos, majestad.

-Dios hace tiempo que debió dejar de escucharme. Y tampoco me importa demasiado, que puesto que yo soy su representante en la Tierra, siempre he sabido interpretar sus designios mejor que nadie.

-Pero majestad, el Papa...

-¡El Papa está en Roma y hará, como de costumbre lo que yo le diga o aquello por lo que yo le pague! Está muy lejos por tanto de estos dominios nuestros. Sí: nuestros, que vos ya habéis sido regente una vez, y volveréis a serlo si es que me sobrevivís.

-Siempre he creído que lo que Castilla quiere, es lo que Dios desea.

-Pues ahora Castilla quiere apoderarse de Navarra, monseñor.

-Pero es un reino cristiano, majestad.

-Cristiano o no está en tratos con el francés. Sus mismos reyes, mis sobrinos Catalina y Juan son franceses. Hora va siendo ya de arreglar ese sindiós.

-Tampoco vos sois navarro, don Fernando, que nacisteis en la villa de Sos...

-Sí, allí me llevaron a nacer para clavar el primer clavo del ataud de mi hermanastro Carlos de Viana, porque mis padres vieron muy claro que si me hacían nacer aragonés, podría luego reclamar el trono con mayor derecho. Pero lo cierto es que me crié en Navarra. En Sangüesa concretamente. Y todos mis recuerdos de infancia están unidos a esa hermosa ciudad. De eso precisamente quería hablaros.


-Empezad  pues vuestra confesión, majestad...

-Como os digo, viví hasta  los diez años en el palacio que los reyes de Navarra tienen junto a la rúa mayor, pues mi madre quería tener siempre cerca la frontera por si los beaumonteses se acercaban demasiado a nuestra residencia.

-Pero tengo entendido que esos beaumonteses son ahora vuestros aliados, ¿no es cierto?

-Sí, monseñor. Mi padre me enseñó muy bien cómo tener sujetos a los reinos: dividiéndolos a posta. De esa forma, mientras él favorecía a los agramonteses, yo me atraje a sus enemigos beaumonteses en cuanto crecí, así podíamos jugar con la misma baraja sin que ellos ni se dieran cuenta de nuestro juego. Pero no he venido a daros una lección de política, monseñor. Sólo a decir, por una vez siquiera, la verdad. No quiero conquistar Navarra por dar mayor honor o seguridad a Castilla o a Aragón, ni por mayor gloria de la Iglesia, que he conseguido que declare herejes a Juan y Catalina a cambio de abundantes ducados y excelentes de oro. No. Se trata exclusivamente de algo personal...

-Vos diréis, majestad.

-Aprendí en Sangüesa mis primeras letras, recé arrodillado en San Francisco o en el Salvador mis primeras oraciones -quizás las únicas sinceras-, aprendí estrategia bélica a pedradas a orillas del Aragón y me escape a caballo hasta San Adrián de Vadoluengo sin que lo supieran mis guardas o mi madre. En nada se me distinguía de un muchacho normal, porque me gustaba mezclarme con ellos, al fin y al cabo, como vos mismo habéis dicho, yo no era más que un segundón, llamado a no ser nada más que la sombra de mi hermanastro.
El caso es que un día, mientras lanzábamos piedras a la maravillosa portada de Santa María -y de eso sí que me acuso y querría recibir perdón, si fuera posible-, intentando descabezar a un herrero que en dicha fachada campeaba, uno de los numerosos peregrinos que por allí pasan me agarró del brazo y me recriminó tan mala acción. "¿No tenéis otro juego en el que entreteneros que habéis de destrozar la obra insigne del maestro Leodegario?" -me gritó-. Pensé yo inmediatamente que quizás se trataba de un beaumontés enviado para matarme, y quise revolverme y soltarme, pero me tenía bien sujeto. Todavía me parece escucharlo: "No seas tan bruto como tus amigos. Juega mejor con esto y deja las piedras, las del río, y las talladas en las iglesias, en paz". Y me entregó una pequeña peonza de oro. Pequeña, pero más equilibrada que el nivel de un arquitecto, que bailaba, más que giraba sobre cualquier tipo de pavimento. Horas enteras me pasaba yo admirando su danza, y llegué a alcanzar tal habilidad, que no perdí un sólo juego con ella.
Una madrugada mi madre me despertó de improviso: "¡Los beaumonteses están a dos leguas de aquí, tenemos que alcanzar Ruesta, Undués o Sos cuanto antes! ¡No hay tiempo para llenar alforjas o recoger enseres, a los caballos, rápido!. Y nunca más pude yo volver a Sangüesa, ni a ningún otro lugar de Navarra. Naturalmente la peonza se quedó allí, bien oculta porque, por ser de oro, la guardaba yo en el resquicio de un sillar agujereado en mi habitación, donde lo más probable es que siga escondida.
Bien: ha pasado casi medio siglo, y cambiaría todos los reinos que he conquistado por volver a tener en mi mano esa peonza. ¿No habéis oído eso de que la única y verdadera patria del hombre es la infancia, monseñor? Pues es completamente cierto. Mi auténtica patria es la niñez que pasé en Sangüesa, y esa peonza de oro que este viejo que tenéis delante va a recuperar -aunque tenga que conquistar otro reino más de esos que tan poco le importan para conseguirlo- la única razón que alberga para prorrogar su desdichada existencia.

-¿Me estáis diciendo que vais a mandar a miles de hombres a la guerra y quizás a la muerte por recuperar un juguete, majestad?

-Eso mismo os estoy diciendo, monseñor. Y sólo quiero saber una cosa: ¿me absolveréis por ello?

-¿Y quién soy yo, un humilde fraile, aunque vestido de arzobispo de Toledo, para juzgar los deseos de la Providencia? Recordad que los caminos del Señor son inescrutables, y si él ha decidido que conquistéis un reino de herejes a través del baile de una peonza, ¿cómo habría de oponerme yo, que soy el más miserable de sus siervos a tan magna empresa? Además, ya lo sabéis: "Lo que Castilla quiere, es lo que Dios desea".

-Eso es lo que quería escuchar, eminencia. Lo habría hecho de todos modos, pero siempre es mejor contar con la aquiescencia de Dios. Y sí: desde luego que morirá mucha gente, de los nuestros y de los herejes, pero qué demonios...¡El Señor distinguirá en el Cielo a los suyos! Dentro de apenas un mes el duque de Alba entrará por el oeste, y mi hijo, el arzobispo de Zaragoza, lo hará por el este. Él será por tanto quien cerque y rinda Sangüesa, y quien buscará y hallará mi peonza y mi niñez perdida.

Todo lo demás no importa.

Todo lo demás no me importa...




©Mikel Zuza Viniegra, 2016