domingo, 23 de septiembre de 2012

CARONTE


23 de septiembre de 1461, Palau reial de Barcelona

Esta vez va de veras.

Ya te has sentido mal muchas otras veces, pero los rostros de tus servidores, por más que intenten aparentar, no pueden ocultar la gravedad de tu dolencia.

Vas a morir, y lo vas a hacer en un palacio real y no en una prisión, pero no en el de Olite, mirando desde la torre de las tres grandes finiestras hacia Ujué, o en el de Tafalla, oyendo por última vez a lo lejos el dulce rumor de las aguas remansadas en la presa de Pericueta. No, la muerte va a salir a tu encuentro en otro lugar muy lejos de tu patria.

Porque sí, eras también el heredero de la corona de Aragón, y has defendido esos derechos lo mejor que has sabido o te han permitido hacerlo. Pero como sabe cualquier exiliado, tu corazón se quedó en tu tierra cuando te obligaron a abandonarla, y nunca ha salido de allí, por más adulaciones y elogios -la mayoría de ellos interesados- que te hayan dispensado en otros lugares. También aquí, en Cataluña, donde la comedia va a llegar a su fin...

Y a cada momento que pasa te sientes más fuera ya de este mundo. Pero como oyes llorar a los pocos fieles que aún te siguen, con un titánico esfuerzo procuras mantener tu consciencia un poco más. Por la ventana abierta llega un son que algún músico callejero está tocando en la plaza. Es una melodía tan preciosa que sientes que merece la pena luchar un poco más contra el destino con tal de oírla entera. Con un tono que es ya más eco de tumba que voz humana pides:

-El juglar, el juglar...

-Es verdad, ¡Haced callar a ese juglar!

-No, por el amor de Dios. Traedlo a mi presencia. Pero hacedlo presto, que tengo un pie en el estribo...

Y pensando que su pobre señor está tan loco a la hora de morir como lo estuvo mientras vivió, pues locura manifiesta es preferir la poesía a la espada, salen todos a buscar al músico. Y cuando, muy asustado, se ve frente al lecho donde -pálido como el alabastro- reposa don Carlos, se arrodilla ante el príncipe con mucha unción.

-¿Qué canción estabais tocando? Juro que jamás oí una tan bella...

-Es un canción muy antigua de estas tierras, señor. Le llaman "La Mariagneta". No se sabe quien la compuso. Alguien que se sintió muy vencido debió ser...

-Entonces has llegado al lugar oportuno, que soy yo rey de todos los derrotados, y mi próximo combate tampoco lo voy a ganar. Cántala para mí, por favor. Utiliza mi laud, el que cuelga allí, con su mástil tallado con las figuras de los apóstoles que adornan la portada de Santa María de Olite, allí donde me casé con Agnes. Cuando termines puedes quedártelo, nadie más en esta habitación sabe tocarlo, y no quiero que acabe en la almoneda de un usurero. Que sirva para alegrar a las gentes, lo mismo que sirvió para alegrarme a mí...

Y es tan magnífico aquel instrumento que el juglar apenas debe emplear unos instantes en afinar su cordaje, y  todos ven en esto intercesión divina, pues muy desesperante cosa son los músicos que se pasan más tiempo afinando que tocando. Sólo la agitadísima respiración del príncipe rompe el silencio que todos mantienen cuando comienza a sonar el melancólico canto:

 Ai adéu Mariagneta 
Princesa dels meus sospirs!
Tu robes el cor dels homes
I a mi em fas penar i morir.

Ai adéu Mariagneta
Princesa del meu sufrir!

Ton amant és a la porta,
Que no espera sinó el sí;
No desconsolis tos pares
Per aconsolarme a mi.

Ai adéu Mariagneta
Princesa del meu sufrir!

Que jo ja mén faré frare
de l'ordre caputxí.
Quan ne siguis casadeta
Ja m´ho enviarás a dir.

Ai adéu Mariagneta
Princesa del meu sufrir!


Y con esa última estrofa resonando aún en sus oídos, comprende don Carlos que no tendrá ya que suplicar, ni que rebajarse, ni que luchar más por lo que en justicia y en razón le pertenece. Que va a recuperar por fin los maravillosos palacios de Tafalla y Olite, y también la soledad de la Bardena, la frescura del Arga al pasar por el molino de Santa Engracia de Pamplona, y el viento perfumado de pasto que viene de más allá de Belate. Y sobre todo que va a encontrarse con su princesa, y que ya no habrá nada que vuelva a separarlos.

Y sonríe al juglar, y le entrega una moneda de plata que muestra su divisa del triple lazo, porque no quiere ni necesita otro barquero que le lleve a la otra orilla...

Y esto fue escrito el 23 de septiembre de 2012, día del 591 aniversario de la muerte del príncipe de Viana en el palau  reial de Barcelona.

LA MARIAGNETA

© Mikel Zuza Viniegra, 2012

martes, 18 de septiembre de 2012

BARRUNTOS I

Salón del Arquero, redacción del diario "Arriba España"
Calle Zapatería nº 50 de Pamplona.
20 de septiembre de 1940. 1'45 h. de la madrugada

El redactor-jefe está sentado a la mesa, iluminada por un flexo cuya exangüe bombilla da un aire un tanto lúgubre a la estancia. Como siempre, está enfrascado en dibujar las arquitecturas fantásticas que brotan de su mente en cualquier papel libre de tinta que haya podido encontrar: los restos de la edición, las libretas reaprovechadas o incluso los márgenes del periódico que acaba de salir de la rotativa, listo para ser distribuido por toda la ciudad. Da pena molestarlo -piensa el recién llegado-, pero aclarándose la garganta con una tos impostada, da por fin a conocer su presencia:

-No entiendo cómo no recoges todos esos dibujos tuyos en una publicación, Angel María. Son una pura maravilla...

-¡Caramba,  qué sorpresa, don Gabriel! Agradezco sus elogios, y en pago le regalo mi última obra -si no maestra, si al menos bien fundada-. Son cuatro trazos sobre como pienso yo que debió ser la fachada románica de la catedral de Pamplona. Pero trasnocha usted mucho hoy, y aún queda bastante rato para nuestra cita habitual en la primera misa de la mañana en San Cernin...

-Lo que yo decía: lo que tú llamas "cuatro trazos" están a la altura, e incluso creo que los superan ampliamente, de los diseños de los arquitectos más encumbrados. Espero no incordiarte, pero andaba un poco desvelado y me he dicho, vamos a ver qué nuevas sobre la guerra europea puede contarme el eximio amigo y periodista Pascual.

-Espero ser más amigo que periodista, aunque sobre su inquietud por saber noticias nuevas, quizás sea usted, don Gabriel de Biurrun, el ilustre cónsul de la República Oriental del Uruguay en Pamplona quien pueda alumbrarme a mí, porque lo cierto es que, más allá de la vertiginosa rendición francesa ante Alemania de hace unos meses, la censura no permite vislumbrar avances o retrocesos destacados en los frentes...

-Algo sé, a qué negarlo. Sobre todo cuestiones relacionadas con cómo se está desarrollando la evacuación de las tropas inglesas desde el continente. Algunas patrullas estaban destacadas demasiado al sur del territorio francés, y seguro que no te descubro nada si te digo que el Foreign Office precisó cierta ayuda desde este lado de los Pirineos...

-No creo que les gustase saberlo allá en Londres, pero algo conozco de todo este asunto, aunque le agradezco que me lo confirme de viva voz. Puede que nuestras ideas políticas sean muy distintas, pero al fin y al cabo somos amigos y compartimos la misma fe en Dios, y en que él pondrá fin a este terrible enfrentamiento. Incluso fuimos capaces de mostrar a todo el mundo que es posible dejar atrás las diferencias de signo político cuando colaboramos en la edición de aquel libro que tanto nos costó sacar adelante en plena contienda: "El coqueto don Sancho Sanchez".

-Buen libro fue aquel, sí señor. Y aún creo que le podremos sacar más partido todavía... En cualquier caso, es lástima que esa convicción de poner la religión por encima de cualquier otra cosa, que sabes que es también mía, no sirviera de nada a muchos de los que ahora yacen enterrados en tumbas sin nombre. Yo mismo me salvé de milagro, supongo que por mi condición de diplomático, mucho más que por ser un convencido católico. En esta misma sede en la que ahora nos encontramos escribí muchos años para el periódico "La Voz de Navarra", hasta que vosotros lo incautaisteis en julio del 36...


-Estos son tiempo nuevos. No merece la pena andar lamentando el pasado. Además, en una guerra, y más en una de liberación nacional, como lo fue la nuestra, se cometen muchos excesos, don Gabriel. Aunque quizás algunos sean más necesarios de lo que ahora mismo, apenas recién llegada la paz, podamos colegir. También muchos camaradas míos murieron en combate. Todos, amigos y enemigos, descansan ahora juntos en el seno del Señor. Yo al menos así lo creo.

-Tú lo has dicho, Angel María: pensamos diferente, y aunque no veo qué liberación puede venir de la muerte, sigue uniéndonos nuestra fe. Por eso precisamente estoy aquí a estas horas tan intempestivas. Lo que tengo que decirte es preciso que no lo sepa nadie más. E incluyo en ese "nadie más" a don Fermín Yzurdiaga, director de este periódico y buen amigo nuestro...

-Es mucho más que un amigo para mí, don Gabriel, y usted lo sabe. Si me dedico a estos oficios de la literatura y el periodismo, es por seguir la senda que él me abrió hace ya tantos años.

-No tantos, Angel María, recuerda que sólo tienes 27. Yo lo conozco antes que tú, que no en vano tengo ya 51. Y aunque lo aprecio y lo estimo tanto como tú, sobre todo por su vasta cultura y por su condición sacerdotal, sé que si llega a conocer los pormenores de este asunto del que vengo a hablarte -y atendiendo a  su cargo como Consejero Nacional del Movimiento-, puede, aún de buena fe, poner en peligro toda la operación...

-¿"Operación"? Antes de que me cuente nada, don Gabriel, no olvide que yo soy tan "azul" o más que mi admirado don Fermín, y que si pretende convencerme de que ayude a salir de un mal paso a sus amigos británicos, puede usted ahorrarse el esfuerzo, porque no he escondido nunca mi simpatía por Alemania. El Nuevo Orden que tantos anhelamos se vislumbra al fin bajo el signo de la Esvástica...

-Aún eres muy joven, Angel María. Es verdad que has tenido la desgracia de conocer ya una guerra civil, pero eras muy niño cuando estalló la 1ª Guerra Europea, y no puedes hacerte a la idea del nivel de destrucción al que, con los avances de la técnica actual, puede llegarse si la actual conflagración prende en el  resto de continentes. Y es nuestro deber de cristianos al menos intentar que esta locura termine. En cuanto a Alemania, espero de verdad poder variar tu firme postura cuando sepas lo que he venido a contarte...

-Podrá intentarlo, pero dudo que lo consiga. No obstante me tiene ya usted en ascuas. Vaya de una vez al grano, por favor.

-No es tan sencillo, Angel María, no es tan sencillo Pero, por empezar la madeja por alguno de los hilos,dime: ¿Qué sabes sobre los Cátaros?

[Continuará...]      

© Mikel Zuza Viniegra, 2012

jueves, 13 de septiembre de 2012

EQUILIBRIO



A las afueras de Nápoles, 12 de septiembre de 1457

¡En buena hora se le ocurrió acudir al palacio del rey Alfonso! Claro que él no quería, fue su esposa Marietta quien le obligó. "No seas tonto, Giuseppe, cualquiera de esos nobles -quizás el propio rey-, te pagarán bien por esa estatua que has encontrado en nuestras tierras de labranza, allá en Castellamare di Stabia".

Y es muy cierto que el monarca mostró su generosidad por aquella figura de mármol, pues quería regalársela a su bienamado sobrino Carlos, un príncipe navarro que llevaba apenas unos meses en la ciudad, y en tan poco tiempo ya se había ganado una merecidísima fama de sabio y erúdito. Pero, ¿por qué ha tenido que ordenarme que sea yo mismo quien se la lleve a su residencia en el monasterio de San Domenico? Dicen que no sale de la surtida biblioteca de los frailes sino para dar cuenta de la parca colación que aquellos consumen en las comidas y en las cenas, y que luego vuelve a  enfrascarse en los volúmenes y pergaminos antiguos, aquellos que fueron escritos por los mismos romanos que tallaron la escultura que ahora le lleva como obsequio personal del soberano aragonés.

Y mucho se alegra efectivamente Carlos al recibir presente tan bello y simbólico, pues según él representa aquella estatua nada menos que a Mercurio, mensajero de los dioses, de ahí el casco alado que porta la figura.

-¡Buen presagio es éste! -exclama en un bienintencionado italiano el príncipe-. Pero seguidme a la biblioteca, amable Giuseppe, que quiero que me mostréis sobre el mapa el punto exacto dónde habéis encontrado semejante tesoro...

Y cuando el azorado labrador le señala un punto a las afueras de la villa de Stabia, Carlos corre hacia la estantería más próxima, diciendo que cree recordar que no hace ni una semana que leyó algo sobre ese mismo lugar en un tratado del célebre historiador Tácito. No tarda en desplegarlo sobre la mesa y leyendo muy rápido sirviéndose de su dedo índice como guía en las apretadas del gastado manuscrito, encuentra finalmente el dato que buscaba:

-¡Aquí está, ya decía yo que me sonaba! Es una carta de Plinio el Joven a su amigo Tácito, en la que le cuenta la muerte de su tío, el ilustre naturalista Plinio el Viejo en la villa de Stabia, durante la terrible erupción del volcán Vesubio allá por el noveno día antes de las kalendas de septiembre del año 79...

Giuseppe nunca ha oído hablar de tales señores, ni sabe nada de las kalendas de las que aquel joven le habla. Pero al Vesubio sí que lo conoce bien. Y no es para menos, pues todos los habitantes de la bahía de Nápoles pasan toda su vida temiendo que las continuas vaharadas que salen de su cumbre se conviertan en el aviso de otro de sus inapelables despertares. Por eso cree que da mala suerte hablar de estas cosas, y lo único que quiere es regresar cuanto antes junto a Marietta. Pero ay, no parece que esa sea la intención de don Carlos, que sigue recitando en voz alta aquella antiquísima carta como si se la supiera de memoria, y no como si no tuviera que ir traduciéndola del latín mientras la lee:

-"Considero felices a los que, por gracia de los dioses, les es dado hacer cosas dignas de ser escritas o escribir cosas dignas de ser leídas, pero felicísimos considero a los que les cupo hacer ambas cosas. Mi tío se contará en el número de éstos, tanto por sus libros como por los tuyos, Tácito."

"A la hora séptima mi madre le indicó la aparición de una nube de inusitada grandeza y forma. Se calzó las sandalias y subió a un sitio desde donde se podía contemplar mejor aquel portento. Los que miraban la nube desde lejos no sabían de qué montaña salía, pero después se supo que se trataba del Vesubio. La nube tenía un aspecto y una forma que recordaba a un pino, pues se elevaba como si se tratara de un tronco muy largo y luego se diversificaba en ramas.

Como hombre sapientísimo que era, creyó que aquel prodigio bien merecía verse más de cerca, pero lo que había empezado con intención de estudio, se afanó en terminarlo prestando auxilio a quienes trataban de huir  de la ira del volcán. De tal forma, se embarca en cuatrirremes y derechamente se dirige a allí de donde los demás huían. Mantiene el timón en dirección al peligro, y tan ajeno al miedo que toma nota de todos los movimientos de aquella calamidad y de cuanto se ofrecía ante sus ojos.

Cuanto más se aproximaba, más ceniza caía en las naves, cada vez más caliente y más densa, y también pedruscos y piedras ennegrecidas, quemadas y rajadas por el fuego, al paso que el mar se abría como un vado y las playas se veían obstaculizadas por los cascotes. Estuvo a punto de regresar, pero dijo al piloto, que así se lo aconsejaba: la fortuna favorece a los audaces. Dirígete a la casa de Pomponiano, en Stabia, donde pasaremos la noche.

Y fue allí muy bien recibido, y como parecía que en aquel lugar el peligro no era inminente, cenó alegremente con los dueños o, lo que todavía es más digno de admiración, fingiendo estar alegre. Mientras tanto en el Vesubio relucían, en diversos lugares, anchísimas llamas y elevados incendios cuyo fulgor y cuya claridad se destacaban en las tinieblas de la noche.

El patio de la casa empezó entonces a llenarse de tal modo de ceniza  y de pedruscos que deliberaron si se quedarían allí bajo cubierto o saldrían al raso, pues el edificio vacilaba debido a los frecuentes y largos temblores. Optaron por la segunda solución y, poniéndose almohadas en la cabeza, sujetas con trapos, salieron a la intemperie.

En otras partes había amanecido ya, pero allí seguía una noche más densa y más negra que todas las noches, sólo rota por la luz de las antorchas.

Aún así consiguieron llegar hasta la playa, donde las nubes de azufre, precursoras de las llamas, que llegaron luego, asfixiaron a todos.

Al tercer día después del desastre sus cuerpos fueron hallados. El de mi tío Plinio estaba intacto y tal como iba vestido: más tenia el aspecto de dormir que el de estar muerto..."  

-¿Comprendes la importancia de la estatua del dios Mercurio que me has traído, Giuseppe? ¡Quizás a ella fueron dirigidas las últimas oraciones de aquel valiente don Plinio! Tienes que llevarme ahora mismo al sitio exacto donde la encontraste. Te prometo que me ocuparé de que seas bien recompensado. Pongámonos ahora mismo en camino, ya que calculo que tan sólo unas cinco leguas nos separan de aquel lugar...

Y así te ves ahora, sirviendo de guía a este príncipe, que además de ingenioso tiene fama de enamoradizo, así que será mejor no presentarle a tu hija, Cósima, que tiene ya edad de hacer perder la cabeza a los hombres, sean napolitanos o navarros. No, será mejor internarse en los desiertos campos cubiertos de lava reseca y acabar con esta empresa cuanto antes. Por eso en cuanto llegas a los límites de tus tierras, las últimas fértiles que lindan con el erial en que ha convertido la campiña cada bramido del volcán, y le señalas el agujero donde encontraste la estatua, coge Carlos un pico y una pala, y con ellos se pone a agrandar la fosa.

Y esto sorprende muchísimo a Giuseppe, pues no ha visto nunca a un noble empuñar utensilios tan modestos. Así que ha de explicarle el príncipe como su señor abuelo, el rey don Carlos el Noble, de buena memoria, decidió construir dos excelentes castillos, uno en Olite y otro en Tafalla, ciudades que apenas distan una legua una de la otra. Y como quería que los viajes entre una y otra residencia regia se pudieran hacer de la manera más discreta posible, ordeno que se excavara un túnel que, partiendo de las bodegas del palacio de Olite llegara hasta las del palacio de Tafalla, para poder acceder a tan regias moradas sin que nadie pudiera verlo.

Y que como semejante obra de ingeniería exigía mucha mano de obra, a él mismo, y después a sus descendientes, no se les cayeron jamás los anillos por tirar de azada y ponerse en muchas ocasiones en el surco con todos aquellos súbditos suyos naturales de esos dos lugares, que son sin duda los mejores labradores de toda Navarra. Por tanto estaban los reyes y príncipes navarros muy hechos a trabajar la tierra. Eso sí, cuando el príncipe, perseguido por su padre, el usurpador rey Juan, se vio obligado a exiliarse, la obra aún no estaba terminada, así que no sabía en qué estado permanecería ahora...

El caso es que entre los dos, y deteniendo de tanto en tanto la ardua labor para recobrar el resuello con unas botellas de Lachryma Christi, el estupendo vino blanco napolitano, consiguen ahondar lo suficiente como para acabar dando con una especie de bóveda que resuena muy honda al otro lado hasta que de un fuerte golpe de pico, Carlos la resquebraja y varias piedras van a caer al oscurísimo fondo con gran estrépito. Y cuando arrojan una antorcha recién encendida por aquel lóbrego agujero, se encienden de repente las paredes cuajadas de lo que parecen pinturas de muy buena mano.

Y no pudiendo resistir más las ganas de verlas más de cerca, se ata el príncipe una soga muy gruesa alrededor del torso, y la anuda luego al tiro de mulas en las que han llegado hasta aquel mágico lugar, encargando a Giuseppe que las tenga muy bien sujetas mientras desciende, y las haga luego caminar muy lentamente cuando le pida que lo suba de aquella ignota catacumba.

Y no se queda nada tranquilo el buen labriego mientras ve a don Carlos introducirse en ella, pues teme que si algo le ocurra, las iras de su tío el rey Alfonso se desaten sobre sus inocentes espaldas, por lo que cuando el principe desaparece en la negrura sólo iluminada por las antorchas que porta, se pone a rezar las letanías de San Gennaro con muchísima fe y convicción.

Y a sólo siete u ocho varas de la luz que entra ahora por el techo, hace pie el príncipe en un suelo cubierto de endurecidas cenizas hasta casi sus rodillas, y cuando alza la llama que lleva en su mano, no puede dejar de maravillarse ante lo que ve, porque están pintadas en aquellas paredes muchos hombres y mujeres en posturas que prueban sin duda la prodigiosa elasticidad de la humana naturaleza. Hasta el punto que no puede evitar exclamar en voz alta:

-Desde luego, en Olite no tenemos pinturas como estas...

-Cosa? -replica extrañado Giuseppe allá arriba.

-Niente.  Ho detto che non abbiamo questo a Olite. Y bien que lo siento...

Así que mucho rato se detiene Carlos en grabar muy bien dentro de su cabeza todos aquellos ademanes, pues piensa que nunca sabe un buen historiador cuándo le hará falta poner en práctica estos conocimientos tan necesarios. De todas maneras tampoco se engaña, pues comprende perfectamente que son bastantes de aquellas galantes gestualidades mucho más propias de gimnastas o de acróbatas, que de personas entradas en razón y en edad. Aunque nunca se sabe...

Y allá, al fondo de la estancia, se aprecia una puerta que da a otra habitación, y aunque las antorchas están empezando a agotarse decide explorarla también, por si los maestros que pintaron aquellos frescos dejaron también en ella muestras de su excelso arte. Pero al entrar en ella algo traba sus piernas y cae al suelo violentamente.

Cuando consigue recuperar la exhausta antorcha y la sitúa ante sus ojos, lo que ve le deja helado: docenas de cuerpos atrapados por las cenizas y la lava ardiente, que debió vaporizarlos al instante, descansan sobre el suelo con una expresión de angustia tal en sus rostros, que es aquella sala panteón terrible y no casa de placeres. Aterrado grita a Giuseppe que lo saque de allí, pero cuando siente ya el tirón de la soga, ve brillar algo en el dedo de una de aquellas siluetas. Es un anillo que incomprensiblemente sobrevivió a la hecatombe. Carlos lo recoge cuidadosamente, como si aquella mujer -porque aquella pobre condenada fue una mujer: su figura perfectamente petrificada en la ceniza la delata-, se lo entregase de buen grado.

Es de plata brillante como la luna y de rojo coral como el magma del Vesubio que aquella noche destruyó esta ciudad de muertos cuyo sueño de siglos ha profanado Carlos.

Una vez fuera, y sólo con mentar la palabra "muertos", el príncipe y Giuseppe, que no para de santiguarse, no tardan en cubrir de tierra otra vez la fosa.Y promete el labrador, haciendo todo tipo de gestos para alejar el mal de ojo,  que no volverá ni dejará  hurgar a nadie más en aquellos terrenos malditos.

Y de vuelta ya a su refugio de San Domenico, no para Carlos de dar vueltas a aquel asombroso anillo. Y de esta -hasta hoy- oculta aventura saca en claro que la vida es tanto Eros como Tanatos. Y que el Amor y la Muerte, el Placer y el Dolor están siempre tan imbricados entre sí, que si queremos conocer la felicidad en este mundo, debemos andar haciendo muy cuidadosos equilibrios por la estrecha senda que separa los dominios completamente estancos de cada uno de ellos.

Y exponiendo justamente esta filosofía tan cierta, le escribe una carta a aquella que quedó en Navarra, contándole además toda la historia del anillo templado por el volcán napolitano, que introduce luego en la misma caja donde va el documento lacrado con su sello real, para que ella comprenda que tiene casi mil quinientos años, y que, a su modo, es como el símbolo de que sólo el Amor puede vencer a la Muerte.

Y también para que sepa que nunca la olvida, ni aunque se desaten a su alrededor todos los terremotos y volcanes del Infierno. Y que, de tenerlas, surcaría el mar en cuatrirremes como las del anciano Plinio, sólo por poder ver ese anillo en su dedo...

© Mikel Zuza Viniegra, 2012

La carta de Plinio el joven a Tácito contándole la muerte de su tío Plinio el viejo, está sacada del libro "Reportaje de la Historia I", de Martí de Riquer. 

miércoles, 5 de septiembre de 2012

NUMISMA

Torre del Rey, Pamplona, 5 de septiembre de 1365

Con razón dicen que los constipados que se pillan a final de verano son los más difíciles de curar, porque lleva su alteza Carlos II resfriado desde que trasnochó un tanto allá por las fiestas de la virgen de agosto, y el  caso es que no deja de estornudar por más visitas que hace a los físicos y boticarios.

Y algo mejor estaría -piensa contrariado- debajo de media docena de mantas en su palacio de la Navarrería  que aquí, en este helado salón, esperando iniciar una nueva sesión con Juan de Esteve, el muy renombrado maestro monedero de la ciudad de Morlans, que ha sido contratado especialmente para que acuñe la siguiente muestra de groses de plata que Navarra necesita para pagar las tropas que mantienen en alto su bandera en Normandía, pero también para vivificar el languideciente comercio dentro de las mugas a este lado de los Pirineos.

Naturalmente la nueva pieza llevará la cruz en su reverso, igual que todas las monedas acuñadas por el resto de naciones de la Cristiandad, pero para el anverso ha decidido el Consejo Real que se recupere la costumbre -perdida durante los reinados de los Teobaldos-, de que aparezca el busto del rey muy elegantemente representado. Y para eso ha de posar el soberano todo el tiempo que el maestro monedero considere oportuno.

Y ya han trascurrido cuatro jornadas en las que el rey, con su melena muy bien acicalada y peinada, y con su corona más lujosa adornándole la testa, se queda muy quieto delante del morlanés para que éste muestre su dominio del retrato y termine de una vez el dibujo que luego se grabará en las monedas. Pero no hay caso: cuanto más concienzudamente intenta Carlos permanecer inmóvil, más tenazmente le asciende ese picor por la garganta que termina adueñándose completamente de su nariz hasta que, sin que pueda evitarlo, surge la violentísima exhalación que le hace doblarse sobre sí mismo como uno de esos acróbatas que piden limosna en calles y plazas.

Y aunque el maestro Juan es hombre paciente, y además cobra por sesión, pues está muy solicitado en muchas de las cecas de Francia, comienza a notársele un cierto hastío en el semblante tras la enésima suspensión del posado regio. Tanto, que en lugar de salir a perder el tiempo por las tabernas de las Tecenderías, prefiere esta vez, mientras el rey se retira en su litera, quedarse a dibujar el borrador de la moneda que al fin y al cabo le pagan por diseñar.

Mas como no hay forma de que el rostro del monarca muestre esa natural serenidad que los de su elevada magistratura deben observar, se divierte trazando sobre el cartón, y una vez muy bien compuesta la leyenda de la bordura exterior con letras muy claras, la única imagen que el rey de Navarra le ha ofrecido todos estos días. Así que aparece el rostro del gobernante de perfil, inclinado hacia delante, con el pelo revuelto, los ojos cerrados y la boca abierta, en trance de soltar un impetuoso estornudo, de tal suerte que hasta la corona está ya un palmo fuera de su acatarrada cabeza, representada justo en el momento de caer estrepitosamente al suelo...

Y aunque muy bien le parece a Juan de Esteve su dibujo, sabe que no es don Carlos hombre dado a demasiadas bromas, así que piensa que será mucho más conveniente romper el diseño en mil pedazos. Pero en el preciso instante en que va a hacerlo, llaman urgentemente a su puerta pues parece ser que el rey ha dado orden urgente de que acuda a su presencia. Y es que ha decidido acogerse al sagrado refugio de la iglesia de San Nicolás, donde espera que mediante la intercesión del beato San Blas, su garganta quede completamente curada y pueda dejar de toser tan abruptamente.

Y con las prisas de atender inmediatamente los deseos del monarca y cargar con sus aparejos de trabajo, olvida el maestro su heterodoxo diseño sobre la mesa. Y como suele suceder siempre en estas ocasiones, en las que se demuestra que el Demonio está siempre al acecho, al poco de salir el morlanés por la puerta de la torre del rey, llega allí mismo Bartuquet,  el recadero de los acuñadores, que llevan ya días esperando el diseño de la moneda que tienen que grabar. Y pregunta al ordenanza si el maestro ha terminado ya por fin su labor, y como los guardias le han visto trabajar toda la tarde, dejan pasar al muchacho a su habitación para ver si ha dejado algo encima de la mesa...

Y cuando los argenteros desenrollan el cartón, mucho se sorprenden del diseño, pero como ellos son simples oficiales, y jamás osarían cuestionar a un artista venido desde tan lejos y escogido expresamente por el rey, se ponen a la tarea rápidamente, que saben que tampoco es don Carlos hombre de demasiada paciencia. Así que pasan toda la noche replicando aquella extraña silueta en el centro de la que será nueva moneda navarra, de la que, como de costumbre, sólo se elabora una única pieza, al menos hasta que el rey dé su aprobación para realizar el resto de la tirada. Y cuando creen que su trabajo ha terminado frotan con mucho ímpetu la pieza para que la plata resplandezca en el estuche que Jucef el carpintero ha preparado para llevarla bien protegida a palacio...

Y al final la estancia del rey en San Nicolás se ha prolongado por las numerosas tabernas que hay por aquellas rúas, así que si San Blas tuvo a bien atender las súplicas del monarca, éste con su manía de beber vino muy frío ha vuelto a enlazar otro resfriado de padre y muy señor mío, aunque ahora no se dé cuenta por los vapores que los caldos navarros provocan. Y muchos de los que le acompañan en su correría, incluido el maestro monedero, también están igual de embriagados que su señor, por eso no es extraño que, volviendo tan tarde a casa, no tenga ganas don Juan de Esteve de comprobar si su irreverente dibujo está o no aún sobre la mesa.

Y apenas ha amanecido cuando llaman muy desaforadamente a la puerta de la habitación del maestro, aunque a él le parezca que es dentro de su cabeza donde golpean, porque a decir verdad, le parece que acaba de acostarse, y no está muy equivocado...

El rey vuelve a reclamar su presencia. Ahora en el propio palacio, aunque el mensajero no sabe para qué le busca. Allí sin duda se lo dirá él mismo...

Y vaya que si se lo dice, porque el resacoso morlanés es recibido a gritos por don Carlos, que lleva una cajita en la mano y no cesa de soltarle improperios, denuestos y amenazas de tormentos variadísimos por haberse mofado de esa forma de su real persona.

Y Juan no entiende nada, así que cree que esta manera de pasar la resaca a gritos será otra extraña costumbre navarra más, pero entonces, al ver el contenido del estuche, quiere que la tierra se lo trague, porque no entiende como ha podido ser, pero allí dentro está acuñado en plata el dibujo que hizo para su exclusivo divertimento, y ya se ve arrastrado por las calles de Pamplona o algo peor...

Pero entonces, sorprendida por tanto escándalo y griterío, entra en el salón la reina Juana pidiendo explicaciones, y entre el rey y el maestro consiguen por fin dárselas, así que ella pide ver la moneda en cuestión, y cuando la tiene ante sí no puede evitar reírse con muchas ganas, pues no puede negarse que está muy bien cogido el gesto de su esposo. Y como entre enamorados todo hace gracia, ella se niega en redondo a fundirla, como exigía don Carlos. Al contrario, ordena al maestro que perfore la pieza de marras y por aquel agujero pasa un fino cordón y la cuelga de su cuello.

-Así podré recordarte siempre cuando estés lejos, "mon petit enrhumé" (mi pequeño acatarrado) -le dice con un irresistible mohín de coquetería.

Y por este gesto de cariño salvó su cabeza don Juan de Esteve, que mucho se apresuró en cualquier caso a realizar un diseño más convencional para el retrato del rey y salir a uña de caballo de Navarra, no fuera a ser que se arrepintiera el voluble monarca. Y esa es la moneda que hoy día puede verse todavía  en museos y notables colecciones privadas. Aunque, fijándose muy bien, todavía puede distinguirse en ese busto regio la expresión de extasiado botarate que a uno se le queda a la mañana siguiente de beber mucho vino frío.


Y esta historia terminaría aquí, sino fuera porque Juana llevó siempre consigo esa singular medalla, de tal forma que incluso al morir en 1373 en París, tan lejos de don Carlos II, fue sepultada con ella en la basílica de Saint Dennis. Y allí seguiría seguramente si la madrugada del 23 de abril de 1793 no hubiesen sido saqueadas todas las tumbas regias por los revolucionarios que seguían los dictados de la Convención. Y puede que dijeran hacerlo en nombre de la Diosa Razón, pero el hecho cierto es que la mayoría sólo buscaba metales preciosos entre los despojos de los antiguos gobernantes del país.

Tres o cuatro anillos fueron arrancados de las descarnadas manos, pero al llegar a los restos de Juana, cuya mano derecha descansaba sobre la moneda de la que venimos hablando, muchos forcejeos y entre varios hombres muy fornidos hicieron falta para conseguir hacerse con aquél tesoro, que por obra y gracia de uno de aquellos bellacos acabó en la bolsa de una prostituta que ejercía su oficio junto al Sena.

Todo esto lo sabemos por la crónica que de aquella noche macabra dejó escrita Pierre Boileau, a la sazón proveedor del mercado de abastos de la ciudad de Paris, pero también enfebrecido coleccionista numismático, que si bien no pudo hacerse en aquel momento con "le petit enrhumé" -como todos los tratados de moneda medieval conocían desde siempre a la rarísima pieza, que se creía definitivamente desaparecida-, no dudó en seguir a aquél facineroso hasta el burdel junto al río, y allí esperó hasta poder amenazar con una visita a "madame Guillotin" a la momentanea dueña de aquella inopinada rareza.

Hasta la caída de Napoleón, Boileau conservó esa joya en su poder, e incluso se atrevió a proclamarlo con la publicación de un opúsculo titulado "Le petit enrhumé et la resolution du mystere". Pero precisamente querer presumir de su posesión le atrajo la ruina, pues con la llegada de Luis XVIII al trono, todos aquellos que habían participado en el saqueo de Saint Dennis fueron encarcelados y sus bienes requisados, pasando de esta forma la famosa moneda a las colecciones reales custodiadas en el Louvre.

Y allí se le hubiera perdido la pista definitivamente sino fuera porque Lord Winston Glaurie, un riquísimo hacendado escocés, aprovechó los disturbios provocados en abril de 1871 por la insurrección de la Comuna de París para incendiar una de las alas de aquel palacio, donde en medio de la terrible confusión, y despreciando a su paso obras maestras egipcias,griegas o mesopotámicas, sólo buscó la vitrina dónde se hallaba "le petit enrhumé", como dejó escrito en su libro "I did it for love" (Lo hice por amor), en el que explicaba que tras leer el folleto de Boileau, y desasosegado por los continuos rechazos amorosos a los que le sometía su pretendida lady Jane Ellis, resolvió obtener a toda costa la extrañísima moneda navarra con el ánimo de, por su intercesión, conseguir al fin el cariño de su amor imposible.

Lord Glaurie asegura que se la regaló el 17 de marzo de 1872, apenas unas horas antes de que lady Jane se casara con el duque de Northumberland, y que presente tan regio no la hizo cambiar de opinión. Así que parece ser que el efecto amoroso, si es que alguna vez "le petit enrhumé" lo tuvo, sólo funcionaba entre navarros. Lo cual, bien mirado, no está nada mal...

Y el caso es que en mi última visita a Normandía, en un desconocido pueblo cerca del campo de batalla de Cocherel, al entrar en un pequeño museo rural juraría que vi una moneda agujereada, de plata muy ennegrecida por el paso del tiempo, y con una postura muy rara del rey representado en su anverso...

Y quiso sonarme de algo, pero andaba yo entonces muy acatarrado, o muy enamorado, o muy enamorado y acatarrado a la vez, que es una manera muy dulce de pasar los resfriados, y no pude encontrar ya luego esa aldea, cuyo nombre había olvidado.

Pero sigo buscándola...  


© Mikel Zuza Viniegra, 2012
          

lunes, 27 de agosto de 2012

SE HAN VISTO BANDERAS


Prisión del fuerte de San Cristóbal, Pamplona, 15 de agosto de 1936

La escasa potencia de la bombilla que cuelga del techo no consigue iluminar más que el centro de la habitación. Y por eso los únicos muebles, un teléfono, una mesa y dos sillas afrontadas, se sitúan bajo su mortecino halo. Más allá, apenas se adivinan las paredes que limitan la pequeña estancia.

No hay ventanas, ni rendijas que dejen pasar la luz natural. Lo que ocurre en la sala de interrogatorios no importa afuera, y dentro, lo único que importa es obtener información. Tampoco importa el cómo, cada oficial tiene su propio estilo. Y el del capitán Barace es metódicamente brutal: golpes por todo el cuerpo, nunca en la cara o en los brazos. Podrán sacar de aquella celda al prisionero medio muerto, pero con la camisa y el pantalón bien abrochados, nadie podrá decir qué le ha pasado a aquél guiñapo.

Unos aguantan más, otros menos. El de hoy es de los primeros, y no le sorprende, porque lo conoce desde niño. Fueron juntos a la escuela, jugaron cientos de veces en las calles del pueblo hasta que, en algún momento, las ideas acabaron por  imponerse a los sentimientos. Esa debe ser también  la premisa fundamental de un buen investigador: dejar completamente de lado los sentimientos, aprovechar el mínimo resquicio para conseguir el dato que el Alto Mando precisa, aplastar cualquier atisbo de resistencia del posible informador. Y en esas está ahora mismo...

La paliza ha sido considerable, pero el preso continúa sin soltar prenda. Tan sólo canta. Con el escaso aire que le queda en los pulmones hace brotar una y otra vez las estrofas de un poema que el capitán conoce bien porque en su pueblo lo recitaban todas las viejas: "el cantar del señor de Sancho Abarca":

-"No salvó a sus hijos y a su dama,
y perdió así vida, honor y fama..."

-Jodó, maestrico, ya recordaba que ese cuento te tenía sorbido el seso desde que éramos críos. Hasta le dedicaste un largo capítulo de tu aburridísima tesis doctoral sobre leyendas populares. Sí, no pongas esa cara de sorprendido, que he seguido tu carrera en la distancia, hasta verte llegar a maestro de la escuela a la que íbamos de pequeños. Pero no te conformaste con eso, y además de embuchar en las cabezas de nuestros jóvenes todas esas tonterías sacadas de las novelas de caballería, tuviste que acabar relacionándote con toda esa canalla marxista del sindicato de labradores. En esas clases nocturnas que les dabas debías haberles hablado más de Sanchoabarca y menos de Moscú, y ahora quizás no te verías en esta situación...

-Los que son como tú siempre encuentran una excusa para hacer "limpieza". Ya se te habría ocurrido otra razón para traerme aquí...

-Vaya, yo pensaba que te habías quedado atontao con esa cantinela del caballero, pero ya veo que no te he debido dar lo suficientemente fuerte. Es una pena que no tengas aquí esa espada con la que enseñabas a los chavales cómo luchaban los caballeros medievales ¿eh, maestrico? ¡Y mira que te hubiese gustado ser uno de aquellos guerreros cubiertos de metal, ¿Eh? Te has empeñado toda tu vida en saber todo lo posible sobre ellos, pero eso nunca fue suficiente para ti, ¿verdad? Apuesto a que me partirías en dos con esa tizona si pudieras, ¿no es cierto? Pues despierta, imbécil, ahora las cosas se arreglan con cojones y con pistolas, y tú no tienes ninguna de las dos cosas, así que dime: ¿dónde se esconden tus amigos?

-"Hasta que el romero no florezca pasado abril,
regresará el caballero cien veces, quinientas, mil..."


-Lo que desde luego puedes tener por seguro es que vas a acabar igual que ese caballero tuyo del demonio. Según tu libro, era el tenente del castillo de Sanchoabarca en julio de 1512. Se negó a rendirlo a las tropas del arzobispo de Zaragoza, el hijo bastardo de Fernando el Católico. El rey ordenó entonces que desplegaran sus enseñas  y tomasen la fortaleza a sangre y fuego. Como la resistencia fue feroz, no hubo tampoco piedad: la dama y sus hijos fueron degollados delante del caballero,  y como el cuerpo de éste no apareció -supongo que lo arrojarían a uno de aquellos barrancos-, algún soñador como tú urdió esa memez de que cada noche de la virgen de agosto su fantasma volvía para cobrar venganza. Enternecedor, para quien tenga ternura, pero desgraciadamente para ti no es mi caso. Dime ya donde se refugian todos esos elementos o no pasarás de esta noche...

-"Nadie el día de la virgen de agosto olvidará,
ni esa noche a Sancho Abarca acercarse osará..."


-Perfecto, tú lo has querido. Esta tarde hay procesión y desfile en Pamplona, y no me resultará fácil conseguir transporte, pero te juro que voy a requisar el camión más grande que encuentre para poner esta misma noche a ti y al mayor número posible de los tiparracos que se pudren en esta prisión, delante de los paredones de los corrales de Bea, justo debajo de tu querido castillo de Sancho Abarca. Dos soldados y yo nos bastaremos para vigilaros durante el traslado, porque el "fin de fiesta" se lo reservo a unos amigos falangistas de Ejea. Precisamente su escuadra recibe hoy mismo sus estandartes y pertrechos nuevos. ¿Sonríes, eh? Ya veremos si sigues haciéndolo cuando dentro de unas horas tengas sus fusiles apuntándote al pecho...



...Maldita sea, mira dónde te han traído tus fantasías. Tan sólo a esto: a acabar en medio de este erial y a arrastrar a la muerte a un puñado desgraciados como tú. Ellos morirán por los que tú, de momento, has salvado. Las balas acabarán por fin con esa sensación que siempre tuviste de vivir fuera de tu tiempo,de estar esperando que ocurra algo sin saber bien qué. Ahí llegan los camisas azules, se nota que disfrutan con esto. Ellos ganan siempre...

-¡Deja tus pensamientos, maestrico, que para lo que te queda en el convento...! Ahora os vais a portar todos bien, y vais a colocaros justo delante de ese muro. Naturalmente tú en el centro de la fila, para que no haya error posible. ¿Ya te has fijado en los muchachos? No te podrás quejar, todos tan bien dispuestos y marciales, con su yugo y sus flechas tan bien bordados. Tiene que dar gloria ser fusilado por ellos. Se lo podrás contar a tu caballero, que por cierto, parece que se retrasa, ¿no te parece?

Ya tienes los fusiles enfrente. Y no, no te quedan ganas de sonreír. Pero las recuperas cuando ves aparecer tras el pelotón -repentinamente, como salido de la nada-, a un jinete incuestionablemente ataviado como un caballero de principios del siglo XVI: cubierto de una armadura completa, con su casco bien cerrado y dos grandes espadas colgando del arzón delantero de su montura. Y oyes como se ríe el capitán Barace:

-¿Era este teatro lo que nos tenías preparado, maestrico? ¿Uno de los tuyos disfrazado de fantoche para asustarnos y que salieramos corriendo por la Bardena? Pues lo siento, pero como te dije, ahora las cosas se arreglan con pistolas. ¡Disparad a ese espantajo! ¡A discreción! ¡Dejadlo como un colador!

-Y resuenan los tiros como truenos que desangran el aire, pero el caballero no se detiene, porque lo atraviesan sin que su espectral cuerpo oponga resistencia alguna. Y los cargadores se van vaciando uno por uno, mientras el caballero está ya justo delante de los camisas azules. Y mueve su cabeza frente a ellos, y tú sabes bien por qué: no es fácil mirar a través de las estrechas rendijas de un yelmo. Sí. El caballero está cerciorándose de que los camisas azules llevan en su pecho el mismo emblema que aquellos soldados que hace más de cuatrocientos años mataron a su familia.  Y cuando está seguro extrae de su vaina una de las impresionantes espadas, cuya hoja brilla a la luz de la luna de la noche de la virgen de agosto. Y comienza a segar vertiginosamente brazos, piernas y cabezas entre atroces alaridos de dolor y de espanto.

Y al poco rato ves que de aquel pelotón de ejecución sólo el capitán Barace queda vivo y que, preso sin duda de la locura o del miedo acomete al caballero con la lanza que sostiene la bandera del Yugo y las Flechas. Es un combate temerario y por tanto breve. El descuartizado cuerpo del oficial yace a los pies del jinete, que anda entretenido en romper en mil pedazos la odiada enseña.

El momento ha llegado y lo sabes, así que sin perder tiempo te diriges a los sobrecogidos hombres que iban a ser fusilados. Recoged los fusiles -les dices-, Francia queda lejos, lo mejor será que intentéis llegar al frente aragonés. Y sobre todo olvidad lo que habéis visto esta noche. Nadie os creería y os tomarían por locos, aunque estemos rodeados de locos que se creen cuerdos.

-¿Pero y tú? -te preguntan.

-No puedo acompañaros. Hace mucho tiempo que tengo un asunto pendiente y creo que ya es hora de que lo afronte.

Y cuando, no sin mirar por última vez la inquietante y silenciosa figura del jinete que acaba de salvarles la vida, todos se internan a la carrera en el campo que les rodea, ambos se sitúan por fin frente a frente. Y entonces el caballero levanta la visera de su casco dejando ver su rostro, que resulta ser exactamente el mismo que el del maestro, quien, muy en el fondo, lo había sabido desde siempre. Igual que ha sabido siempre qué es lo único que va a pedirle el caballero:

-Yo te he ayudado. Ayúdame ahora tú a mí.


Y ve allí al fondo, por el camino que sube al castillo de Sancho Abarca, una luz muy intensa que parece atraerlos con su fulgor, así que sube al caballo, saca de la vaina la otra espada y la blande en el aire porque la siente como suya. Y sabe también que tienen una familia que salvar. Y cuando ese resplandor está a punto de tragárselos, aún le da tiempo a ver que una mata de romero que crece junto a la senda acaba de florecer. Y sonríe.


Los dos sonríen...

© Mikel Zuza Viniegra, 2012

Las fotos de Sancho Abarca están sacadas del blog: El toledano errante




  

martes, 21 de agosto de 2012

TORRES


Mazmorras de Jauregizarrea, Arraiotz, 21 de agosto de 1611

Va ya para cinco meses que Sabadina de Zozaia, María de Zubiria, María Martín de Elizagiberea, María de Mendi, María de Arozarena, María de Aldekoa y Catalina de Gortari permanecen encerradas en aquel lóbrego aposento, acusadas de brujería. Hubo otra más: Graciana de Barrenetxea, pero acaba de morir, fruto de los tormentos a los que periódicamente las someten el señor del propio palacio donde se hallan prisioneras, el señor del palacio de Zubiría, el párroco, don Miguel de Laurnaga, y el jurado don Joanes de Perochena,

-Señoras mías: todas vimos como sacaron el cuerpo de Graciana a escondidas, y hoy nos hemos enterado de como la enterraron en secreto en terreno sagrado, prueba de que al fin y al cabo no la consideraban bruja. Si no hacemos algo para remediarlo, nosotras seremos las siguientes.

-¡Si nos vemos en esta tesitura es por vuestra culpa! Vos eráis la encargada de vigilar que nadie se acercase a nuestras reuniones, y en lugar de estar alerta permitísteis que aquellos niños lo viesen todo. Naturalmente no tardaron en contárselo a quienes ahora, con vistas a ganarse el favor del abad de Urdax y de su siniestro notario el señor de Narvarte, ambos representantes de la Inquisición en este valle de Baztán, nos torturan sin miramiento alguno. ¿Y ahora venís a decirnos que tenemos que hacer algo? ¿Y qué queréis que hagamos? ¿Qué les demostremos fehacientemente que aquello de lo que nos acusan es cierto? ¿Que prendamos nosotras mismas la pira que nos espera en Logroño, sede del Santo Tribunal?

-Acepto  mi responsabilidad, pero eso no cambia ya nada. Nos mantienen atadas con cadenas, nos sumergen en agua fría, no vemos la luz del día sino por ese pequeño agujero en la pared. A vos, Sabadina, y también a vuestra hija, os mantuvieron atadas a una pesada viga, de tal forma que no podíais moveros sino juntas y a un tiempo. A mí misma me encerraron con los cerdos en la pocilga...
Pero ya les hemos consentido bastante. Si decirles que no somos brujas no ha servido de nada, quizás actuar como esperan sí que surta efecto.

-¿Has perdido el juicio? ¿Quieres que todas sigamos el triste camino de Graciana?

-Si no hacemos nada, será bien pronto cuando nos veremos igual que ella: muertas y enterradas. Nada podemos solas, pero unidas podremos llevar a cabo la magia que nos salve.

-¿Y en cuál habéis pensado?, porque os recuerdo que era Graciana la única que conocía los arcanos mayores de estas ciencias...

-Pero todas le ayudamos a practicar esos hechizos muchas veces, así que creo que podremos recuperarlos sin demasiada dificultad, aunque desafortunadamente ella ya no esté. Y el que más nos conviene ahora mismo emplear es el que nos haga cambiar de forma: primero adoptaré la de un ratón, para poder salir de esta prisión y, una vez fuera, la del señor de este palacio. De esa guisa iré a buscar al señor de Zubiría, y le insultaré lo más gravemente que se me ocurra. Haré todo lo posible para que se maten entre ellos. Luego os liberaré, y será el turno de Laurnaga y de Perotxena. Si jugamos bien nuestras cartas, quizás consigamos que Arraiotz quede para siempre al margen de esta terrible persecución...

Y todas unen sus manos y forman un círculo alrededor de aquella que les ha propuesto tan desesperado plan. Y comienzan a oírse extrañísimas jaculatorias en la lengua ancestral de todas ellas, y al llegar a la novena invocación, María de Elizgibela se ha transformado en un ratón, cuyo exigüo tamaño le permite escapar por el  agujero por donde sus captores introducen la comida en el calabozo. Y por esa misma rendija, todas pueden también ver como, una vez llegado al prado, la diminuta bestezuela se convierte de pronto en el maldito señor de Jauregizarrea, siempre vestido de color negro, excepto su inmaculada golilla de seda blanca, sobre la que se alza una enjuta cabeza cuyos ojos inyectados de odio dan verdadero miedo.

Y el remedo de caballero toma prestamente el camino del cercano palacio de Zubiría. Y cuando llega ante su puerta, la golpea violentamente dando fuertes gritos:


-¡Escúchame, Antón de Zubiría, maldito! Eres el último fruto de la asquerosa raza que ha apestado durante generaciones esta casa con el perverso aroma de los judaizantes. ¡Da la cara, perro sarnoso, y muere a manos de un verdadero cristiano viejo!

Y Antón, que no puede dar crédito a lo que está oyendo desde su cama -pues ha reconocido perfectamente la voz de don Joanes, el anciano señor de Jauregizarrea-, se asoma indignado a la ventana, y cruza los mayores denuestos con quien ha venido a ultrajarlo a su propia casa. Y desde allí arriba le promete que en menos de lo que cuesta rezar un credo irá a buscarlo a su torre, o al mismo Infierno si es preciso para lavar semejante afrenta.

Y entonces, cuando Antón ha vuelto dentro para vestirse y coger su espada, vuelve el supuesto don Joanes a transformarse en un ratón, que espera a que el de Zubiría enfile hacía Jauregizarrea para seguirle a distancia. Y cuando, fuera de sí, llega ante las puertas de la vieja torre donde cree que ha vuelto a refugiarse quien acaba de vilipendiarlo, da grandes voces para que aquél pueda oírlo:

-¡Aquí estamos como pedías, solos mi espada y yo! ¡Baja, viejo del demonio, y te demostraremos la limpieza de nuestra sangre vertiendo la tuya, tan inmunda!

-¿Es que te has vuelto loco, Antón? -le dice don Joanes mientras abre la puerta. Pero antes de que pueda decir nada más, siente la espada de su vecino clavarse profundamente en su vientre, y aunque se siente morir, por puro instinto de supervivencia agarra el cuchillo que cuelga siempre del dintel de piedra, y con su último movimiento en este mundo, lo hunde en el pecho del señor de Zubiría. En un suspiro, los dos yacen muertos en el zaguán...

Y Maria, que lo ha visto todo, recupera su forma original y los arrastra prontamente, y no sin mucho esfuerzo, adentro de la torre. Y cierra la puerta utilizando el mazo de llaves que acaba de arrancar del cinturón del último señor de Jauregizarrea, para que ningún ojo indiscreto pueda volver a denunciarlas, ahora que son completamente libres de nuevo.

Y esa misma noche, tras arrojar los cuerpos de los dos orgullosos jauntxos al hediondo aljibe de la torre, meditan cuidadosamente todas ellas qué hacer con sus otros dos enemigos: el párroco y el jurado. Y a Catalina de Gortari, que siempre fue la más imaginativa, se le ocurre "aprovechar" que al día siguiente todo el pueblo se reunirá en la puerta de la iglesia para la procesión de penitentes que la Suprema Inquisición ha organizado. Y, efectivamente, cuando llega la hora de esa santa reunión, todas las gentes, con el abad de Urdax y su notario a la cabeza, quedan horrorizados al contemplar en el corral situado justo al lado del templo, a Laurnaga y a Perotxena, ganados sin duda para la causa de Belcebú, en violento ayuntamiento carnal con sendas ovejas muy lanudas. Y aunque ellos juran y perjuran que no saben ni recuerdan cómo han podido llegar allí, los soldados del Santo Tribunal no tardan en encadenarlos para que le cuenten con todo lujo de detalles sus nauseabundas prácticas al Inquisidor General, allá en la lejana ciudad de Logroño.    

Y como en medio de todo aquel sorprendido cortejo, han adoptado María y Catalina de nuevo el aspecto de los fenecidos señores de Zubiría y Jauregizarrea, y se muestran más ofendidos que nadie por la inmoral conducta del párroco y del jurado, no tarda en encargarles el abad de Urdax que sean precisamente ellos dos quienes se preocupen de guardar la honra y felicidad del pueblo de Arraiotz, cosa que ambos aceptan con la mayor alegría.

Y dicen que desde entonces se vivió en aquel lugar en medio de la mayor paz y alegría, pues la Inquisición no volvió a molestar nunca jamás a sus habitantes, que no sospecharon nunca estar bajo el gobierno de aquellas damas a las que habían acusado de brujería, ya que uno de los primeros decretos de los dos palacianos fue absolverlas de tan absurdas imputaciones.

Y como es cosa comúnmente sabida que son las mujeres mucho más inteligentes que los hombres, no tomaban el aspecto de aquellos dos botarates más que cuando no les quedaba más remedio, o cuando recibían la visita del Abad de Urdax y de su fanático ayudante, que alguna vez estuvieron también muy cerca de aparecer en comprometida cópula ovina delante de todo el mundo. Y si así no les ocurrió, fue únicamente porque demostraron estas señoras tener mucha más compasión que la que manifestaron nunca todos aquellos estúpidos perseguidores de mujeres.

Y el caso es que, aún hoy en día , créase o no en brujas, es cosa muy placentera acercarse a contemplar estos dos hermosísimos palacios de Arraiotz. Y si se hace cuando está cerca ya de caer el sol, y en buena compañía, no se cambiaría aquel paraje y aquel preciso momento ni por todos los peines de oro que atesoran las lamias de Xorroxin...

Dibujo extraído del blog: Viajes Morrocotudos

© Mikel Zuza Viniegra, 2012





sábado, 11 de agosto de 2012

LO QUE TÚ VALES


Castillo de Tudela, madrugada del 10 de enero de 1191

-Berenguela, no puedes imaginar los cientos de veces que he pedido al cielo que el rey de Francia obligase de una vez a Ricardo a cumplir la palabra de matrimonio que dio a su hermana Aelis. Y ahora, tras cinco largos años de negociaciones, con esa bruja de Leonor de Aquitania aldragueando siempre a tu alrededor, dentro de unas horas te alejarás definitivamente de mí.

-Cuidado con lo que dices, Pedro, porque esa que tu llamas "bruja" es la madre de mi prometido. Sabías desde el principio que este momento llegaría. Una princesa de Navarra no tiene vida propia, su vida es solamente una pieza de ajedrez más en el tablero de la política universal. A mí me ha tocado en suerte sellar la alianza de mi padre con Inglaterra, y lo que yo piense, y sobre todo lo que yo sienta al respecto, carece de importancia.

Todo este tiempo hemos estado jugando con fuego, y debo reconocer que tú bastante más que yo, que a lo sumo hubiera acabado mis días encerrada en un convento si hubiesen descubierto que el capitán de la guardia real se había excedido en sus atribuciones...

-Escuchándote, se diría que para ti todo esto no ha sido más que un mero trámite burocrático...

-Sabes que no es cierto. Pero mañana, cuando comience a cruzar el puente sobre el Ebro, ya nada volverá a ser lo mismo para mí. Al llegar a la primera torre seguiré siendo la inconsciente infanta que tú conociste, pero cuando atraviese la tercera, seré ya para siempre la reina de Inglaterra. Es mejor que me vaya haciendo a la idea. ¿No crees?


-¿Pero no has oído lo que se dice de tu novio? Y no me refiero únicamente a la volubilidad de su carácter, o a la bárbara crueldad que muestra contra los vencidos, sino sobre todo a...

-¡No te diré otra vez que tengas cuidado con lo que hablas! Conozco todos esos rumores, incluido el que no te he dejado pronunciar en voz alta. Y te diré que, si acaso llego a confirmarlos algún triste día, lo tomaré como un castigo merecido que Dios me envía por nuestro común pecado, Pedro. Y no me importa: estoy muy segura de que podré vivir con ello.

-Pero aún hay tiempo, Berenguela. Todo el mundo duerme, podemos huir juntos...

-¿Huir? ¿A dónde? ¿No te das cuenta de que si escapamos, el prestigio de mi padre, y por extensión el de Navarra quedará destruido? Mi familia ha mantenido durante siglos el frágil equilibrio que permite que nuestro reino no haya sido aún engullido por sus poderosos vecinos. Pero si ahora desairase al rey de Inglaterra, éste consideraría con toda razón que no tenía ya sentido alguno mantener la alianza, y entonces Castilla y Aragón no tardarían en invadirnos a sangre y fuego. ¿Me pides que nos fuguemos y que cierre mis ojos para no ver las espadas cortando cabezas, y que tape mis oídos para no oír los gritos de las viudas? Me conoces demasiado bien para pensar que olvidaría de una manera tan lamentable mis obligaciones como princesa de Navarra. Pronto no seremos más que un recuerdo el uno para el otro. De nosotros dos depende que ese recuerdo sea agradable o doloroso...

-No me importa ningún reino de la tierra, ni siquiera el nuestro, si debo renunciar a ti por salvaguardarlo. ¿Crees acaso que Ricardo renunciaría al suyo por ti?

-No. Seguro que no lo haría. Por eso precisamente debo casarme con él: porque defiende a ultranza lo que estima que le pertenece, y no teniendo heredero legítimo mi hermano Sancho, muy probablemente considerará a Navarra también como suya, lo que  mantendrá a raya a nuestros enemigos. Y ahora te ruego que me dejes descansar, mañana debo iniciar un largo viaje. ¿Vendrás a despedirme?

-¿Para qué? Está visto que un simple soldado no puede entender los designios diplomáticos de las cancillerías. Debe bastarle con obedecerlos ciegamente.

Y a la mañana siguiente con su padre el rey Sancho a su derecha, y su hermano el príncipe heredero a la izquierda, y con el resto de sus hermanos: Fernando, Blanca y Constanza guardándoles las espaldas, se pone en marcha la comitiva en cuanto se abre la puerta ferreña que clausura el castillo. Y recorren las principales rúas de Tudela para que todo el mundo pueda despedir a su princesa, y para que ella misma pueda ver por última vez el lugar donde ha nacido y vivido años tan felices. Y al llegar a la primera torre que custodia el puente, la familia real y el pueblo allá reunido se detienen para que sea Berenguela en solitario quien dé el paso hacia su nueva vida.


Y efectivamente, cuando atraviesa esa primera torre, a todos les parece que va más erguida sobre su caballo, y cuando pasa la segunda, que parece ya toda una reina, y cuando se dispone a superar la tercera, oye como desde el interior una voz que reconoce al instante le canta:

"En la Mar muchos corales,
y en la Tierra hay minas de oro,
y en la mar muchos corales.
Y entre la Tierra y la Mar,
No valen lo que tú vales..."

Y aunque dicen que las reinas no han de mostrar jamás sus emociones en público, los escoltas que la esperaban al otro lado del puente para llevarla a Aquitania, juraron luego a todo aquél que se lo preguntó que Berenguela, que no miró hacia atrás ni una sola vez, venía deshecha en llanto...


Dibujo nº 1: De Antonio Loperena, para el libro "La Tudela desconocida", de Luis María Marín Royo.

Dibujo nº 2: De Alberto Sola, para el libro "La Tudela desconocida", de Luis María Marín Royo.

© Mikel Zuza Viniegra, 2012