martes, 14 de enero de 2014

TIEMPO

Madrugada del 11 de noviembre de 1343, Peña, en la frontera de la merindad de Sangüesa con Aragón


Despiertas sudando, aterrado. Otra vez se ha repetido el mismo maldito sueño cuya tremenda intensidad se ha incrementado desde que fuiste destinado a este rincón del reino por tus superiores.

Dijeron que el aire de la montaña te vendría bien, que la soledad fortalecería tu vocación, que morar en el mismo lugar en que, siglos atrás, lo había hecho el abad San Virila de Leyre -aquél para quien no existía el tiempo-, era un privilegio irrechazable...

¡Bobadas! Querían librarse de ti, y lo habían conseguido. Con suerte una flecha aragonesa les libraría del todo de tu molesta presencia. Demasiado inteligente para los viejos dominicos y su escuela teológica de Pamplona. ¿Quién te creías para cuestionar las jerarquías angélicas de Dionisio Areopagita y Santo Tomás de Aquino? ¿Vas a saber tú más que ellos sobre los nueve coros que en tres categorías perfectas se dividen, según su mayor o menor cercanía a Dios? Pero no, tu atroz testarudez no te permitió callar, y tuviste que añadir una nueva clase a los sacratísimos Serafines, Querubines, Tronos, Dominaciones, Virtudes, Potestades, Principados, Arcángeles y Ángeles...

¿Y todo en base a qué? ¿A que -según tu inmensa soberbia- el espíritu divino te indicaba cada noche por medio de un sueño repetido una y otra vez que faltaba en esa clasificación un nuevo ente celestial? ¿Y no sería más bien el Demonio quien te inspiró semejante falsedad?

Tus superiores así lo creyeron. Por eso estás aquí: exiliado en el punto más recóndito y fronterizo. Aquí debías purgar tu detestable pecado de orgullo. Pero el sueño no sólo continúa repitiéndose, sino que lo hace con fuerza redoblada, de tal forma que te parece tan real, sientes con tal nitidez que tú mismo estás dentro de ese rayo de plata que cae del cielo tirado por tres leones dorados, que tú también te considerarías loco si no fuera por tu completa y total seguridad de que ese nuevo estamento angélico te ha elegido a ti y sólo a ti para darse a conocer a los hombres, obviando a esos obtusos dominicos que quieren mantenerlos ocultos.

Y qué mejor ocasión -lo ves tan claro como ese relámpago que cruza tus sueños- que el sermón de mañana, día de San Martín, fiesta mayor en Peña, cuando hasta de Sangüesa, Cáseda y Sos suben muchedumbres a esta desolada cima de Peña...

Y efectivamente, al día siguiente hablas a las gentes con la seguridad de quien verdaderamente sabe y conoce sobre los leones de oro que forman parte del ejército alado del Señor. Y llevado por tu propio entusiasmo les anuncias que esa vertiginosa centella aparecerá hoy mismo en los cielos para que todos los presentes puedan verla y maravillarse con ella.

Pero sea por tus pecados o por los de ellos, el cielo permanece incólume. Y lo mismo ocurre cada día de San Martín de ahí en adelante, pues insistes cada año con la misma profecía, hasta que te haces famoso en la comarca y todos te conocen como el Cura Loco de Peña, y suben a reírse de ti y de tus destalentadas profecías.

Y un día, ya muy viejo, te sientes morir y te preguntas por qué Dios te ha dejado vivir tanto sin cumplirte lo prometido tantas veces en sueños. Y sentirías como sellan la lápida de tu tumba en el centro de la fortificada iglesia, si no estuvieses ya muerto, y listo por tanto para empezar a comprender el misterio del tiempo divino, que San Virila sólo llegó a vislumbrar...


11 de noviembre de 1943, Peña, en la frontera de la merindad de Sangüesa con Aragón

-¡Y yo os digo a quienes acudís a esta santa romería con ánimo únicamente de fiesta, de baile y de lo que se tercie... que Dios no os quita ojo, que sabe si vais a misa o si os quedáis en la taberna, si detenéis vuestros trabajos cuando lo ordena la campana del ángelus, si los escotes y las faldas no guardan el debido recato! ¡Y os digo también que ha de enviar a sus ángeles para administrar su merecido castigo a quien de todo esto se burle! ¡Los habéis de ver todos, cruzando los aires, dejando su estela entre las nubes como esa que se ve ahora mismo allá arriba! Esa que... ¡Esa que viene hacia nosotros!

-¿Qué ha sido eso, Padre? ¿El ángel vengador de su sermón?

-¡No seas bobo, Damián! ¿No has oído la terrible explosión? ¡Debe ser un avión que casi ha caído sobre nosotros! ¡Corramos todos a ayudar al piloto!

-Más allá de sus auxilios espirituales, me temo que ya nada se pueda hacer por él, Padre. Apenas queda tampoco nada del fuselaje, justo hemos podido salvar del fuego estos escudos que parecen llevar pintados tres leones de oro...


-En su cartera lleva la identificación. Es un píloto inglés de la Royal Air Force. Donald Cecil Walker se llamaba. Las baterías alemanas han debido alcanzarle al otro lado del Pirineo y él habrá intentado salvarse aterrizando a este lado de la frontera, pero no debía estar de Dios que lo consiguiese. Vamos, lo velaremos en la iglesia.

-Oiga, Padre, ¿Cuándo ha plantado usted esa flor? Parece que sale de esa lápida con letras tan roídas...

-Yo no he plantado nada, y a fe que es extraña y blanca esa flor. Y tiene diez hermosos pétalos, como diez decía mi viejo maestro de Teología que son los tipos de ángeles que vuelan por los cielos. Y es esa sabiduría antigua que muy pocos hombres en el Mundo han poseído. Pues aseguraron Santo Tomás de Aquino y Dionisio Areopagita que sólo son nueve, aunque... qué sabrían ellos.


El inglés que descansa en Peña

LA-TUMBA-DEL-CAPITAN-WALKER.html

©Mikel Zuza Viniegra 2014
  

domingo, 5 de enero de 2014

MAGOS

5 de enero de 1462, en algún punto de la Merindad de Olite

-Saltimbanquis, recitadores, puede que hasta equilibristas, pero ¿magos? ¡A quién se le ocurre!

-Podéis dar gracias vosotros dos de que se me ocurriera la idea al encontrar este viejo libro de magia en el mercat dels Encants, si no seguiríamos los tres en las calles de Barcelona, entreteniendo a verduleras y pescateros, en lugar de vernos aquí, bien vestidos, cabalgando buenos caballos y ya muy adentrados en Navarra con la misión de divertir al rey. Los monarcas ahora quieren magos, no simples volatineros.


-Lo que aún no puedo entender es cómo pudo fijarse en nosotros la reina doña Juana Enriquez, que es quien nos envía. Y es que hay que reconocer que somos pésimos artistas. Cualquier otro titiritero de los que actúan en el carrer del Bispe es mucho mejor que nosotros.

-¿Vas a saber tú más que la reina? El caso es que le gustamos y que cree fervientemente que también agradaremos a su marido, el rey don Juan II.

-Esa es otra. A Quimet y a mí no nos hace mucha gracia amenizar las fiestas de ese tirano. ¿Es que no recuerdas cómo trató a su propio hijo, el príncipe de Viana, al que llevó a la muerte hace apenas unos meses?

-¿Y os hace más gracia pasar hambre como hasta ahora? Dejad que los reyes y los príncipes diriman sus cuitas como mejor les plazca. Mientras a nosotros nos paguen bien...

-¿Pero cómo vamos a entretener nosotros al rey? Si no sabemos hacer nada...

-Habla por ti, Joan, que yo soy el mejor malabarista a este lado del Mediterráneo. Mirad si no como manejo estos tres bolos a la vez. ¿Pero dónde habéis metido el tercero? No importa, este cartapacio servirá ¡Ale hop!

-¡Suelta eso, estúpido, es el mensaje que doña Juana nos dio para que se lo entregásemos al rey!

-¿Qué dices? ¡No me desconcentres! ¡Mira lo que has conseguido: se me han caído los tres!

-¡Dios, se ha roto el sello de cera y el pergamino se ha salido de la funda! ¡Recógelo antes de que se manche, imbécil!

-¿Qué haces ahora, Martí? ¡No lo leas, es un mensaje que sólo puede conocer el rey!

-¿Y quién se lo va a decir, vosotros? Pero esto... ¡No puede ser!

-¿Qué pasa, qué dice ese papel?

-Escuchad, me temo que se han aprovechado de nosotros:

"De Juana, vuestra humilde esposa y servidora en Cataluña. Salud. Como en vuestra última carta me encargasteis, he estado recogiendo y revisando los abundantes documentos que vuestro hijo el príncipe de Viana dejó en palacio. Más allá del montón de deudas y facturas que eran de prever, todo lo relacionado con sus proyectos políticos lo he arrojado al fuego, como me ordenasteis. Y leídas todas esas quimeras pacifistas, es muy de agradecer a Dios y a todos los santos que se lo llevasen con ellos tan rápido, aunque vos y yo tuviésemos que ayudarles un poco con ese dulce vino del Priorat que tan bien enmascara hasta el veneno más potente...

Pero ahora todo eso ya es agua pasada, esposo mío y sin embargo he de daros cuenta de un incómodo descubrimiento que he hecho entre esa montaña de pliegos e infolios. Naturalmente no desconocéis que el príncipe Carlos tenía tres bastardos que, al contrario que los vuestros, compartían la desdichada y asendereada existencia de su progenitor. Ahora los tengo bien custodiados y dependen enteramente de vuestra regia voluntad, y si juzgáis que deben acompañar en el Cielo a quién les dio el ser, no seré yo quien me oponga a vuestros deseos... 

Habéis de saber, pues, que encontré anotaciones manuscritas de don Carlos que confirmarían la existencia de otro bastardo suyo más, que crece ahora mismo desconociendo su ascendencia en el hospicio para huérfanos que la causa beaumontesa mantiene en una aldea llamada Beire. Al parecer vuestro traicionero hijo planeaba traerlo consigo a Barcelona, aunque no estaba seguro de poder reconocerlo, pues sólo tenía una carta de su difunta amante para asegurarse. El niño habría nacido pocos meses después del obligado exilio al que sometimos a don Carlos, a finales del año 1456, así que ahora tendrá unos seis años, Juan.

Vos y yo tampoco podemos estar seguros. No sabemos cuál de esos niños allí refugiados será una nueva fuente de problemas para nosotros, igual que lo fue su difunto padre. Además, es peligroso dejar ni la más mínima esperanza a los partidarios del príncipe, pues vos sabéis tan bien como yo que la esperanza es el mayor combustible del corazón humano. Basta que los beaumonteses se enteren de la existencia de ese niño, para que la chispa de la rebelión vuelva a prender con fuerza incendiaria en toda Navarra otra vez. Y eso no lo podemos consentir. Así que aunque en ese asilo haya acogidos doce niños de la misma edad, debéis dar orden de matarlos a todos. Pensad que la semilla que no se deje crecer, no se convertirá después en mala hierba...

Este es mi consejo y mi parecer, que os hago llegar con estos tres desgraciados, cuya triste condición de pobrísimos artistas les librará del acoso de las partidas beaumontesas que infestan el territorio. Una vez que os entreguen este mensaje, sois muy libre para decidir también su suerte, que si hasta aquí ha sido siempre miserable, no veo razón para que ahora cambie de sino. Pero sobre todo, no olvidéis enviar a vuestros esbirros a exterminar ese nido de traidores, con su nuevo e infortunado príncipe a la cabeza. 

Dios, como hasta ahora, sabrá sin duda premiar con la tranquilidad que merecemos todos estos desvelos nuestros..."

-¡Será zorra! ¡Ya sabía yo que en este viaje había truco, y no de los que tú sacas de ese condenado libro tuyo, Quimet!

-Estamos metidos en un buen lío: si seguimos hacia Pamplona y entregamos este mensaje a don Juan, doce niños -y probablemente también nosotros mismos- estaremos condenados.

-¡Buenos magos estamos hechos! Tres magos que llegan de Oriente a Navarra para advertir a un viejo y despótico rey de que un desconocido niño puede hacerle sombra, así que para asegurarse de que eso no llegue a ocurrir nunca, el opresor manda matar a todos los críos de la misma edad que con él convivan... ¿No os suena esta historia?



-¡Déjate de cuentos y volvamos riendas ahora mismo hacia casa!

-¡Pero si hacemos eso, la reina no tardará en enviar a otros incautos con la misma orden, y todos esos niños morirán!

-Quimet tiene razón, Joan. Lo que tenemos que hacer es llegar a Beire y salvarlos. Así seremos nosotros tres, y no ese negro demonio que es doña Juana, quienes decidamos este juego.

Y esa misma noche, guiados por las estrellas que el libro de magia indicaba, alcanzaron los tres magos el muy hospitalario lugar de Beire, y enseñando la amenazadora carta de la reina, hicieron comprender a las monjas que regentaban el hospicio la gravedad de la situación.

Cada uno de los doce niños fue entonces enviado a vivir con una familia de confianza, y como en su pobreza no se distinguían en nada los unos de los otros, sólo pudieron distinguir al niño buscado por llevar colgado al cuello desde recién nacido un pequeño trifolio de plata que el príncipe habría entregado a su difunta madre.

Y entregaron entonces al muchacho lo poco que los tres llevaban en los bolsillos: una de las monedas de plata que la reina les había dado para el viaje, una chistera de la que sacar todo tipo de maravillosos objetos y una varita mágica que lo mismo podría convertir al muy malvado mosén Pierres de Peralta en pacífico y manso cordero. Y poseyendo todo eso, estoy por asegurar que no hubo otro príncipe tan poderoso en el mundo como aquel niño.

Y los tres magos se volvieron a su oriental y hermoso país, y vivieron allí de entretener los duros ocios de verduleras y pescateros, pero antes de abandonar los confines del reino de Navarra, enviaron al rey don Juan el mismo cartapacio que les había entregado la reina Juana, pero en vez de llevar el triste mensaje que originariamente portaba, iba relleno ahora de estiércol y carbón prensado, así que en cuanto el sátrapa lo abrió, quedó completamente cubierto de tan poco agradables sustancias.

Y dicen que por más perfumes que empleó, el olor no se le fue mientras vivió, y lo hizo hasta los ochenta años...


©Mikel Zuza Viniegra 2014

lunes, 30 de diciembre de 2013

BROCHE


Dormitorio de los canónigos de la Catedral de Pamplona, 30 de diciembre de 1343


Al fin han arribado a la capital del reino los restos de los soldados navarros muertos en la cruzada de Algeciras. Y cada cajón conteniendo sus huesos ha sido dispuesto sobre el frío pavimento de la misma forma que si fueran a librar su último combate: el del rey por delante, -pues Su Alteza Felipe III sucumbió también en aquel terrible asedio, él atacado por unas fiebres malignas - y los de sus hombres -que murieron luchando en franca desventaja contra el infiel- tras él.

La reina Juana II, los miembros del Consejo Real, los merinos, los sozmerinos, los jueces de la Cort... Todos rodean el féretro del soberano orando en respetuoso silencio por su alma. Por eso nadie se extraña de la petición de la viuda, que les ruega que la dejen sola en aquel oscuro recinto para despedirse  del rey antes de la ceremonia del entierro en medio del coro del templo.

Cuando está bien segura de que todos han salido de la estancia, da la espalda al ataúd regio y va leyendo uno por uno los carteles que identifican a quien va dentro de cada cajón en aquella mortuoria alineación de batalla y, ya casi hacia el final de la nave, se detiene ante uno de ellos y arrodillándose lee: Arnaut de Sabaiza.

JUANA II DE NAVARRA EN SU TUMBA DE SAINT DENIS
Y llora y abraza aquella polvorienta caja que ha cruzado junto a sus compañeros caídos toda Castilla para poder descansar definitivamente en su tierra y su país. Porque no es al rey Felipe de Evreux a quien ella amaba, sino al que ahora yace en aquella caja que estrecha entre sus brazos como queriéndola abrir para asegurarse de que este horror es cierto, y en efecto el afable y gentil Arnaut ya no es más que un puñado de huesos.

Y maldice una y mil veces a quien contó al rey estos secretos amores, aunque también desea el Infierno más profundo para su marido, que vengativamente y por mero despecho ordenó que fuese Arnaut quien encabezase personalmente todos los ataques a la fortaleza, hasta que una flecha nazarí fue a clavarse en su corazón. Ese corazón que hacía latir también el de Juana.

Puede que Dios finalmente la escuchase, y aquella repentina muerte del rey se debiese a un castigo divino, justisimo pago a tan mezquino proceder. Pero como la mujer y la reina son dos personas distintas, esa misma tarde ésta última encabeza el séquito que sepulta para siempre a su marido entre los otros reyes de Navarra, sus antecesores. Y a la mañana siguiente es la mujer la que llora durante el entierro en el claustro de aquella pequeña armada de difuntos.



Y se asegura muy bien de que los restos de Arnaut queden a los pies de la impresionante puerta llamada con total justicia artítistica "Preciosa", que ni siquiera está aún del todo terminada, pues faltan por tallar las figuras del Ángel San Gabriel y de Santa María que adornarán sus jambas. Y es que el rey Felipe ordenó que quedase  representado su rostro y el de Juana en esas efigies.


 Pero ahora él ya sólo manda en la estrechez de su cripta y es ella quien gobierna. Y su primera disposición es entregar un medallón al maestro escultor para que traslade exactamente los rasgos del rostro allí representado a la imagen del arcángel. Y el artista, aunque extrañado, obedece sin rechistar la orden de la reina, porque tanto él como el resto de cortesanos entienden a la perfección  lo peligroso que resultaría llevarle la contraria en este asunto.


Y cada tarde, hasta muchos años después, iba la reina Juana a sentarse sobre la losa bajo la cual descansaba para siempre su verdadero amor. Y gustaba de comparar el medallón que el propio Arnaut le regaló con su retrato -y que siempre llevaba consigo-, con el del hermoso ángel de piedra que sonreía desde aquella altura, llevando él también al cuello ese mismo broche pero tallado en roca.

Y le gustaba lo que veía, porque con razón decían los muy sabios filósofos de Grecia que la belleza auténtica jamás perece...



Y esta es la última crónica de 2013. 
Que 2014 os venga a todas y todos cargado de belleza



©Mikel Zuza Viniegra 2013

jueves, 26 de diciembre de 2013

APO MAKRIA KAI AGAPIMENOI


Castillo de Lasaga, Ostabat (Ultrapuertos), 26 de diciembre de 1392



No hay manera de calentar este condenado salón. Ni aun quemando en la chimenea todos los árboles de la castellanía de San Juan podría conseguirse.

Así que te arrebujas en la manta de piel para atrapar hasta la última brizna de calor que puedan anhelar tus viejos huesos. Y solo, como siempre, buscas en las crepitantes llamas el recuerdo de lo que un día fuiste: don Pierres de Lasaga, caballero principalísimo de Navarra, héroe de Albania, embajador del rey Carlos II en Avignon y el Bearne, diestro guerrero en Portugal, chambelán de Su Alteza el rey Carlos III, y finalmente pariente cercano de ambos por tu matrimonio con Juana, la hija de don Luis de Beaumont, hermano del primero y tío del segundo.

Juana. Pobre Juana. Se  dio cuenta muy pronto de que no la querías. O al menos de que no la querías tanto como a esa otra cuyo nombre a veces se te escapaba en sueños: Nephéle, Nephéle...

Mentira sobre mentira, le decías que era el nombre de una batalla que librasteis en Grecia. Pero veías en sus ojos que sabía que no le decías la verdad, aunque algo de verdad había, pues ¿cómo denominar al combate más ásperamente dulce  de tu vida sino batalla?

Ahora Juana está muerta. Y muy pronto tú mismo lo estarás, y yacerás en esta tierra helada y verde que contemplas desde la ventana. Y sabes que, a punto de expirar, tu último pensamiento será para Nephéle, y que entonces ya no tendrás duda alguna sobre lo que en el fondo siempre has sabido: que cambiarías todas esas dignidades y honores conseguidos durante años por pasar un solo día más con ella. Que deberías haberte quedado en Grecia sobreviviendo como caballero de fortuna. Que a su lado no hubieses envidiado al emperador de Bizancio. Que hubieses sentido el sol en los días nublados sólo con mirarla. Que el azul del mar de los griegos no podía rivalizar con el del manto que velaba su rostro bajo las bóvedas llenas de mosaicos de sus iglesias. Que habrías puesto a sus pies cabezas de búlgaros, almogávares y turcos sólo para resguardar del barro de los caminos de Jonia sus sandalias. Que no te importan los edictos del Papa ni los mandatos del Rey tanto como uno solo de los versos de autores de la antigüedad  que ella te recitaba algunas veces. Como aquel de Artemio de Tracia que ahora mismo evocas:

"Ah, sí, lo sé, ella es rubia.
También lo es el oro cuando la forja
lo incendia para convertirlo en estrellas..."

Y te echarías a llorar, si no temieras que las lágrimas se helasen en tus ojos, porque no, no calientan esos troncos en la chimenea. Pero sí que dan brevemente algo de luz. Una luz que remeda pálidamente a aquella de las islas del Egeo. Y a esa falsa llama acercas un ajado pergamino que llevas siempre contigo, con las ignotas letras que de su misma mano ella trazó para despedirse. Y como tantas veces has hecho durante años, las repites -con ansia de blasfemia-, con mucha más fe que la que muestras en el templo con las letanías de los santos, por ver si en el Infierno encuentras de nuevo al fin aquel calor mediterráneo.


Y pese a que nunca has entendido nada de aquellos signos -¿aunque quién entiende las señales de una mujer?, hoy, completamente enfebrecido, te parece descifrar sin dificultad alguna aquella arcana caligrafía. Y besas y vuelves a besar aquél papel, y sólo te detienes por el temor a borrar definitivamente aquellas palabras regaladas por Nephéle.

Y un poco del sol de Grecia vuelve a calentar tu viejo corazón, Pierres, cuando lees:

"Μαζί σου πάντα θα με δένει μια παραλίγο ευτυχία
σήμερα ζούμε χωρισμένοι εμείς που γράψαμε ιστορία
Σίγουρα πάντα κάτι μένει αλλά δεν έχει σημασία
τώρα μαθαίνω τι σημαίνει από μακριά κι αγαπημένοι"


"Mazí sou pánta tha me dénei mia paralígo ef̱tychía
sí̱mera zoúme cho̱risménoi emeís pou grápsame istoría
Sígoura pánta káti ménei allá den échei si̱masía
tó̱ra mathaíno̱ ti si̱maínei apó makriá ki agapi̱ménoi"


"Siempre estaremos juntos, casi felices, aunque vivamos separados.
Nosotros escribimos nuestra propia historia,
y algo permanecerá, aunque eso no sea lo más importante,
porque ahora sabremos qué significa querernos tanto estando tan lejos."  





©Mikel Zuza Viniegra 2013











jueves, 19 de diciembre de 2013

PRÍNCIPE Y MENDIGO


Ya vimos la semana pasada la dificultad de encontrar  temas históricos navarros en la serie de TVE "Isabel". En esta ocasión aprovecharé un fragmento de la Historia de España que el escritor Arturo Pérez Reverte viene publicando en la revista XLSemanal, para volver a uno de mis temas preferidos: la escabrosa relación entre el Príncipe de Viana y su padre, el rey Juan II de Aragón. Porque sobre la conquista de Navarra ya dejé asentado lo que pienso en el prólogo que escribí para el fantástico libro de César Oroz "¿Por qué lo llaman anexión cuando quieren decir conquista?"




Dice así el autor cartagenero:


"Mientras tanto, el reino de Navarra (que incluía lo que hoy llamamos País Vasco) también disfrutaba de su propia guerra civil con el asunto del príncipe de Viana y su hermana doña Blanca, que al fin palmaron envenenados, con detalles entrañables que dejan chiquita la serie Juego de tronos. Navarra anduvo entre Pinto y Valdemoro, o sea, entre España y Francia, dinastía por aquí y dinastía por allá, hasta que en 1512 Fernando de Aragón la incorporó por las bravas, militarmente, a la corona española. A diferencia de los portugueses en Aljubarrota, los navarros perdieron la guerra y su independencia, aunque al menos salvaron los fueros -todos los estados europeos y del mundo se formaron con aplicación del mismo artículo catorce: si ganas eres independiente; si pierdes, toca joderse-. Eso ocurrió hace cinco siglos justos, y significa por tanto que los vascos y navarros son españoles desde hace sólo veinte años menos que, por ejemplo, los granadinos; también, por cierto, incorporados manu militari al reino de España, y que, como veremos en el siguiente capítulo, si es que lo escribo, lo son desde 1492."

Y la verdad es que no le falta razón, porque comprender cómo un país que en 1425 era una isla de paz en medio de la convulsa Europa de aquel tiempo pudo llegar a sufrir poco después primero cincuenta años de guerra civil, y luego otros diez de conquista y ocupación, no resulta nada sencillo. Y es que ya se sabe  que muchas veces la realidad supera a la ficción, y en el caso concreto de la inquina que siempre mostró Juan II por su hijo, eso es justamente lo que ocurrió, como veréis si continuáis leyendo.

Efectivamente, cuando en su testamento de 1439 la reina doña Blanca pidió a su hijo Carlos de Viana que no tomara el título de rey de Navarra -que por derecho le correspondía-, sin antes obtener el permiso de su padre, estaba muy lejos de suponer que semejante ruego desataría sobre el reino una feroz guerra civil que, a la postre, conllevaría la perdida de la independencia apenas ochenta años más tarde.

Y esto ocurrió así no sólo no sólo porque Juan II retuvo la corona injustamente, sino también porque apenas muerta su primera esposa ya comenzó a planear un segundo enlace que le facilitase continuar con su principal actividad: la intriga política en Castilla. Con razón dijeron los cronistas que “quiso a Navarra como propia, pero la trató como ajena”. Y es que nunca vio este reino más que como una simple plataforma de la que obtener recursos para mantener sus luchas en sus dominios patrimoniales castellanos.

Resulta evidente que desde el mismo momento de la muerte de la reina doña Blanca en 1441, don Juan no tenía ningún derecho sobre Navarra, y aún admitiendo que lo hubiese conservado en usufructo, éste lo perdió con su segundo matrimonio.

Aún así se permitió cinismos tales como acuñar moneda empleando el escudo Navarra-Evreux, que nada significaba para él, pero que evidentemente representaba para los navarros el símbolo de la dinastía legítima, que curiosamente él mismo se complació en eliminar miembro por miembro. 



Y aquí es donde entra en juego doña Juana Enríquez, la hija del almirante de Castilla, quien con la vista puesta en una herencia que no le correspondía en absoluto, pues las capitulaciones matrimoniales y sobre todo el testamento de Carlos III el Noble estipulaban bien claramente que únicamente los hijos habidos por Juan Y Blanca podrían heredar en el futuro tanto los dominios navarros aportados por ella como los aragoneses y castellanos aportados por él, emprendió el 10 de marzo de 1452 el apresurado viaje entre Sangüesa y Sos para que su hijo Fernando, quien andando el tiempo sería conocido como “el Católico”, naciese en Aragón y no en Navarra, buscando desde el primer momento que fuese él quien heredase Aragón, y no los legítimos herederos: Carlos, Blanca o Leonor. 

Y es que todo el cariño y reconocimiento que Juan II ásperamente negó siempre a los hijos habidos de doña Blanca: los príncipes Carlos, Blanca y Leonor, se lo concedió sin mesura al hijo de su nueva consorte castellana. Así pues, este impulso de sustituir a su familia original navarra, aguzado aún más con su ascenso al trono de Aragón en 1458, acabaría siendo la chispa que incendiaría la explosiva maraña en la que se habían convertido los intereses contrapuestos de los más importantes clanes nobiliarios en Navarra: los beamonteses, partidarios de don Carlos, y los agramonteses, partidarios del rey Juan, por la única razón de oponerse a sus archienemigos irreconciliables, y no al príncipe, como más de una vez le reconocieron personalmente. 

A mi juicio el gran error del príncipe Carlos fue precisamente hacer caso al ruego -a todas luces ilegal, pues se saltaba lo que ordenaba el Fuero- de su madre, y no atreverse a proclamarse rey en 1441. En lugar de ello aceptó el título de lugarteniente por el rey su padre, y en ese difícil equilibrio continuaron las cosas en Navarra hasta que el rey se casó por segunda vez, y Juana Enriquez vino a vivir -y claro está a gobernar- Navarra. El enfrentamiento armado entre padre e hijo no tardó en producirse, y el 23 de octubre de 1451, en la batalla de Aibar, el príncipe fue hecho prisionero.  

Como muchas veces más le ocurriría en el futuro, estuvo a punto de conseguir la victoria y ser él quien venciera en el combate, pero también como siempre, algo ocurrió en el último momento que decidió la suerte final de la lucha: el hijo bastardo del rey, el maestre de Calatrava don Alonso de Aragón, cargó a la desesperada contra quienes cercaban al rey, y consiguió desbaratarlos. 

Muchos años después, en 1512, en plena invasión de Navarra, otro hijo bastardo, en este caso de Fernando "el Católico", llamado Juan de Aragón, contribuyó muy decididamente a la conquista al mando de las tropas aragonesas que como arzobispo de Zaragoza encabezaba. Ya vemos que tanto Juan II como su hijo Fernando cuidaban muy bien de su prole ilegítima, asignándole cargos de relevancia para tenerlos contentos y poder echar mano de su apoyo en momentos de peligro...


Pero cómo trató Juan II a su hijo legítimo, ya es otro cantar muy diferente, y el mismo Carlos nos lo confirma cuando tras dos años de cautiverio, al conseguir por fin su libertad a cambio de la de sus siete principales partidarios -que quedaron como rehenes del rey-, escribe a su también proscrita hermana Blanca: 

-"Por  la cruel prisión en que estábamos en el castillo de Monroy, si todo el mundo pacíficamente poseiéramos, no solamente a Su Alteza el rey, que por natura nos es padre e señor, mas a cualquier estrangero, cathólico o infiel, fiziéramos donación de todo lo nuestro por ser suelto e libre".

 Y tambien conviene recordar lo que el propio príncipe declaró en su testamento ológrafo del 20 de abril de 1453 mientras estaba preso en Zaragoza y creía que su padre  iba a dar orden de matarlo en cualquier momento, por lo que no tenía razones para mentir:

-"Pues mi desventura es que aquel Rey, mi Señor, enajenado el amor paterno,
e desestimado mi deseo a lo servir e obedescer, quiera, no solo privarme
del Reyno mío de Navarra, que me pertenesce por legítima sucesión
del Rey Don Karlos, mi abuelo, e de la Reyna Doña Blanca, mi Señora
e madre, de preclara memoria, mas aun de forma como yo, aprisionado
y encarcelado, haya de fenecer mis días reclamando justicia a Dios
que es sobre todos poderoso, Yo, el Príncipe Charles, temiendo morir,
mientras me quede tiempo, ordeno y hago este mi testamento, de mi propia mano
scripto, el cual quiero que haya entero efecto; e pues de mi sepultura
ha de ser lo que quieran los que tienen mi persona, en sperança de la
bondat y fe de aquellos parientes, criados é subditos míos que mi justicia
y servicio me siguen y en el dicho mi reyno de Navarra están á la obediencia
mía y lo que en nuestro Señor Dios y en mi buena justicia spero que los
otros hayan de reconocerse, specialmente, pues allende mis otros derechos,
 SABEN COMO LA REYNA MI SEÑORA, AL TIEMPO DE SU MUERTE, DE SU MANO LES ESCRIBIÓ QUE, ELLA FENECIDA, ME LEVANTASEN LUEGO POR REY E SEÑOR SUYO. LA CUAL CARTA, HECHA POR MÍ NOTIFICAR AL REY MI SEÑOR, SIN DEJARLA PUBLICAR, Y EN CLARO PERJUICIO MÍO, FUE MANDADA RASGAR POR SU ALTEZA..."


Testamento de propia mano del príncipe de Viana (1453)
O sea, que doña Blanca, en el último momento sí que se dió cuenta de su equivocación, y olvidando su testamento, pidió que su hijo Carlos fuese proclamado rey de Navarra. Pero éste, siempre tan buena persona, o desconociendo quizás la verdadera personalidad de su padre, le envió la carta sin publicarla previamente, lo cual aprovechó don Juan para romperla y quedarse con la corona. Vamos, lo que vulgarmente se conoce como un auténtico sinvergüenza...

La rivalidad entre padre e hijo probablemente tuvo su origen en que, en realidad, eran unos perfectos desconocidos el uno para el otro. Juan II apenas paraba en Navarra, de la que sólo le interesaba el título regio y utilizarla como base y foco de recursos para sus guerras en Castilla. Mientras tanto Carlos fue criado por su madre en las costumbres navarras desde que apenas tuvo un año. Cuando al morir ella debió enfrentarse en solitario a la mezquina personalidad de su padre, se manifestaron por primera vez sus escrúpulos filiales. Desafortunadamente para el príncipe, Juan II no tenía escrúpulos, ni de esos, ni de ninguna otra clase. Y todo el mundo a su alrededor lo sabía. Como ejemplo pondré esta reflexión de Juan de Michaelibus, el vicario general del cardenal Besarión en el obispado de Pamplona, que escribió: 

-"Si al príncipe se le devuelve el reino de Navarra, veréis como recuperaréis el obispado de Pamplona. Pero esto no sucederá jamás en vida del rey Juan, aunque ángeles del cielo le evangelicen de vuestra parte..."


Según J.M. Lacarra, "Carlos era un hombre deseoso de  paz, tímido y sentimental, impresionable, fácil de convencer por los que le rodeaban, pero también con una fe absoluta en la justicia de su causa y en la razón que le asistía al defender sus derechos. Con una gran preocupación ética y un elevado concepto del deber, la defensa de esos derechos había de chocar en su conciencia con los deberes de respeto y obediencia que como hijo tenía para con su padre. Y ésta sería precisamente la vía que emplearían siempre Juan II y su esposa Juana Enriquez: el deber filial o la fibra sentimental serían explotados en diversas ocasiones cruciales por ellos para conseguir someter a Carlos..."    


Y no sólo a Carlos, también a sus dos hermanas. La primera, Blanca, tuvo que soportar la humillación de ser repudiada por su marido, el rey Enrique IV de Castilla. Desde ese momento dejó de existir para su padre, pues a él sólo le interesaba influir en la corte castellana por su condición de suegro del rey. Una vez perdida definitivamente ésta, su hija sólo fue otro peón más del que prescindir. Sola y abandonada, no le quedaba más refugio que el del otro gran perseguido de esta historia: su hermano Carlos. Y ambos sufrieron en toda su crudeza el odio del hombre que los había engendrado.
 

A tanto llegó ese rencor paterno, que en 1455 -procediendo una vez más contra todo derecho, pues no tenía potestad alguna para hacerlo- los desheredó y nombró heredera a su otra hija, Leonor. No porque la estimase más que a sus hermanos, sino porque estaba casada con el poderoso conde de Foix, y podría utilizar así sus tropas para imponer su malvado designio. Y lo hizo con estas duras y esclarecedoras palabras:

"Sean a partir de ahora el príncipe de Viana y su hermana la princesa Blanca considerados como muertos, y tenidos por miembros amputados de la Casa Real de Navarra, por haberse hecho culpables de tan gran ingratitud y desobediencia hacia mi persona..."

Desde ese momento los persiguió aún con más saña si cabe, y si llegó a envenenarlos es cosa que sólo su negra conciencia podría confirmar. En cualquier caso es interesante considerar un aspecto: cuando el príncipe de Viana murió en Barcelona en 1461, convertido en un símbolo de libertad para los catalanes, éstos no tardaron en buscarle sucesor para poder así continuar la guerra contra Juan II, y lo hicieron en la persona del condestable Pedro de Portugal, más joven que el príncipe de Viana, que curiosamente no tardó también en morir poco después. Lo mismo que le ocurrió a Juan de Lorena, el nuevo sucesor. Vaya "casualidades", ¿eh?: los tres opositores a Juan II, mucho más jóvenes que él, muertos repentinamente en la flor de la vida...

Y es que este tipo de muertes, "providenciales" sin duda, fueron muy comunes entre quienes se opusieron a Juan II o a Juana Enriquez. Y curiosamente parece que fue una cualidad heredada por su hijo Fernando "el Católico", que a lo largo de su vida vio morir inesperadamente a su alrededor a muchos de los que podían discutir sus "derechos", siendo el más conspicuo de ellos su yerno Felipe "el Hermoso", el marido de Juana "la Loca", que murió repentinamente mientras jugaba a pelota, dejando a Fernando libre el regreso al trono de Castilla. Desde nuestro escepticismo histórico actual podemos quedarnos con la versión que mejor nos parezca, pero resultan bien extrañas tantas muertes juntas, y  tan favorables además siempre a los intereses de Juan II o de su segunda familia. En cualquier caso podemos asegurar también que, si Carlos no fue "formalmente" envenenado, la vida de proscrito y exiliado que le obligó a llevar su padre no incrementó en absoluto su expectativa vital, sino todo lo contrario...

Además otro tanto le ocurrió a la pobre infanta doña Blanca, apresada por su padre y entregada a su hermana Leonor, en cuyas manos murió -ella sí, envenenada-, no sin dejarnos antes un retrato muy ajustado y verídico de su repugnante progenitor:    

“Sepan todos quienes lean esta carta que él ha sido el principal perseguidor y destructor del honor, heredad y derechos de mi hermano Carlos, y también de los míos. Sólo suplico a Dios Nuestro Señor que le quiera perdonar este tan grave caso y pecado contra nosotros (que éramos de su carne propia) cometido, y le quiera iluminar el entendimiento, de manera que actúe en conciencia y haga verdadera penitencia”.

Pero con todo, y tras esta catarata de muertes que convierten las tragedias inglesas de Shakespeare en un cuento de Disney, la única que seguía cumpliendo las normas hereditarias navarras fijadas en el testamento de su abuelo Carlos III el Noble o en las capitulaciones matrimoniales de sus padres -según las cuales heredaría todo el hijo superviviente- era precisamente la princesa Leonor. 

Ya  hemos visto que no era más amada por su padre que sus otros dos hermanos, y que de ella sólo le interesaba que estaba casada con el conde de Foix. Pero supo aprovechar su ambición -probablemente heredada de él mismo- y emplearla para destruir a sus propios hermanos. 

En ese pecado llevó también ella la penitencia, pues a pesar de que ya sólo le separaba de la corona la extraordinaria longevidad para la época –alcanzaría casi ochenta años- de su padre, por supuesto éste la trató con el mismo desapego que había mostrado con el resto de los  hijos de su primer matrimonio. Cualquier intento de imponer su autoridad en Navarra fue siempre abortado por don Juan, que sembró fundadísimas sospechas sobre su inicuo proceder con sus otros dos hijos cuando amenazándola claramente le escribió: 

"E aun el principe don Carlos tenía su poder de lugarteniente en Navarra porque se lo concedí yo, y aunque los que estaban cerca suyo le aconsejaron que ficiese lo contrario, e aun que tomase el título de propietario del reino, por no dar yo a ello lugar -como vos bien sabéis-, vino a caer en el yerro en que cayó, y vino a morir como murió, perdiendo además la sucesión de este reino..."

Así pues Leonor pudo entender perfectamente que tras haber ayudado a su padre a perseguir hasta la muerte a sus propios hermanos, ahora ella corría el mismo peligro, y además a manos del mismo verdugo, que por supuesto no colaboró lo más mínimo a sujetar a las dos banderías que seguían desgarrando el país. Así, mientras el rey seguía apoyándose en los agramonteses, capitaneados por el cruel mosén Pierres de Peralta, los beaumonteses, comandados por el ambicioso segundo conde de Lerín fueron siendo atraídos por un nuevo y a la postre decisivo protagonista en este río revuelto: el príncipe Fernando de Aragón, que desde 1475 era además rey de Castilla por su matrimonio con Isabel I.

Para comprender la catadura moral de Juan II y de su hijo Fernando, no me resisto a adjuntar lo que ese padre que tanto se había aprovechado de los escrúpulos filiales de su hijo Carlos para negarle su condición de legítimo heredero de Navarra y Aragón, dejó dicho en una reunión que ambos mantuvieron en Vitoria en 1476: 


-"Vos, hijo, que soys señor principal de la Casa de Castilla, donde yo vengo,
sois aquél a quien todos los que venimos de aquella casa somos obligados de
acatar e servir como a nuestro señor e pariente mayor, e las honras que yo os
debo en este caso, HAN MAYOR LUGAR QUE LA OBEDIENCIA FILIAL QUE VOS ME DEBEIS COMO PADRE..."


O sea, a su segundo hijo varón, al que pudo educar según su propio pensamiento, que le  llevaba a respetar la palabra empeñada únicamente a su propia conveniencia, y para el cual conseguir el fin justificaba todos los medios, lo quiso y lo llenó de honores, cargos y títulos que en realidad correspondían todos a su primer hijo varón, por quien sólo mostró desdén, desprecio y odio. Baste como ejemplo que mientras negó injustamente durante años el reconocimiento como heredero legítimo de Aragón a Carlos, se lo concedió a Fernando tan solo diez días después de la muerte del príncipe de Viana. 


Moneda acuñada por los partidarios del Príncipe de Viana
Pero ya era tarde para Leonor, pues desde entonces, y empleando como excusa más habitual la necesidad de prevenir una hipotética invasión francesa -que naturalmente jamás se produjo-, Fernando no cejará en su empeño de tener sujeto un reino que, al igual que su padre, todo hace indicar que creía suyo de hecho (porque el derecho nunca le preocupó demasiado). Para ello no dudó en utilizar a los beaumonteses como factor de desestabilización constante, animándoles a rebelarse y luego presentándose como el único capaz de mantenerlos a raya. Así podía mostrarse ante su hermanastra doña Leonor como un caballeroso defensor, cuando en realidad estaba implantando un verdadero protectorado sobre Navarra, pues plazas tan importantes como Pamplona se pusieron en manos de tropas castellanas, no tanto para asegurar la paz, como para asegurar su dominio del reino.

La princesa acabaría comprendiendo que a ninguno de los dos, a su padre o a su medio hermano, les interesaba poner fin a las luchas entre ambos partidos, porque mientras éstas se mantuviesen vivas podrían seguir interviniendo en la política navarra como quisiesen. Por eso uno favorecía deliberadamente a una facción mientras el otro hacía lo mismo con la contraria. Al fin, en 1479, murió el rey Juan II, y doña Leonor pudo alcanzar el trono de sus antepasados, aunque ella también falleció pasados únicamente quince días.

El hecho cierto es que Juan II recibió de manos de Carlos III el Noble, el padre de su primera esposa Blanca de Navarra, un reino próspero y en paz, y tras cincuenta y cinco años de maldades y felonías, lo legó a su hija Leonor arruinado e indefenso.

En su lecho de muerte aún tuvo el cuajo de dictar unos consejos para su hijo Fernando que, edición corregida y aumentada de la inmoralidad y falta de ética de su padre, debió reírse sin recato al leerlos: 

"La justicia sobre todas las cosas sea el espejo de vuestro corazón... Los reinos y súbditos conservad en paz y en justicia, sin injuria al prójimo, evitando cuanto al mundo podáis toda clase de guerras y discusiones".

Si habéis tenido la muy notable paciencia de llegar hasta aquí, habréis podido comprobar por vosotros mismos que Arturo Pérez Reverte tenía mucha razón al comparar nuestra historia con la de Juego de Tronos, pero sobre todo habreís tenido la oportunidad de decidir por vosotros mismos, y sin el velo que tejen esos historiadores que a día de hoy siguen considerando "triunfadores" a personajes sin escrúpulos como Juan II, al que muchos de ellos ven todavía como paradigma de "inteligencia política" por no haber respetado ni una sola vez su palabra, si quien llevaba la razón era él o su hijo Carlos, primer príncipe de Viana.

No estropearé la sorpresa a nadie si digo que yo no tengo duda alguna sobre el particular, y que no me importa declarar que daría todo lo que tengo por haber podido ayudar en Aibar a Carlos aquel infausto 23 de octubre de 1451. Y como no lo pude hacer de esa manera -tan acostumbrado a las desdichas como estaba el pobre, seguro que no me hubiese expulsado de sus filas-, lo hago de esta otra, defendiendo su memoria y poniendo a su padre en la pobladísima y nada selecta lista de tiranos y tiparracos políticos que en el mundo han sido, que es donde le corresponde estar. Y lo seguiré haciendo siempre que pueda, para escándalo de la legión de historiadores/escritores cobistas y pelotilleros de los supuestos -y tan supuestos- "triunfadores".

 Pero no estimo a Carlos de Evreux y Trastamara sólo por la simpatía que me merece las miles de páginas que llevo leídas sobre su forma de ser y de actuar, o porque la razón estuviese evidentemente de su parte, o porque piense firmemente que Navarra perdió una auténtica Edad de Oro al no llegar a ser gobernada por aquel príncipe. No. No es sólo por eso...  



Es también por ese funesto concepto del "Bah, todos son iguales". Pues bueno, desde luego yo no soy de los que creen que todos lo sean. No creo que lo fueran en el siglo XV y tampoco creo que lo sean ahora, en el XXI. Pero como Ambrose Bierce, un escritor que me encanta, lo dejó escrito hace años mucho mejor de lo que sabría decirlo yo -aunque él se refiriese a Cristobal Colón-, prefiero dejaros con su reflexión porque me parece que viene también que ni pintada para el usurpador Juan II de Aragón

"Se nos dice de él que no fue peor que los hombres de su raza y generación: que sus vicios eran los de su tiempo. Pero ningún vicio es característico de ningún tiempo; este mundo ha estado enviciado desde el alba de la historia, y cada raza ha arrojado sus tufos pecaminosos. 

Decir de un hombre que fue como sus contemporáneos es decir que fue un sinvergüenza sin excusa. 

Las virtudes son accesibles a todos. Atenas era viciosa, sin embargo Sócrates era virtuoso. Roma era corrupta, pero Marco Aurelio no lo era. Para compensar un Nerón los dioses nos dieron a Séneca. Cuando la Francia literaria se arrastró a los pies del tercer Napoleón, Victor Hugo se mantuvo erguido".




©Mikel Zuza Viniegra 2013




  



martes, 3 de diciembre de 2013

¿SABÍA QUE...?


Anoche, con la emisión del capítulo nº 26, concluyó la segunda temporada de "Isabel" la ficción histórica que viene emitiendo TVE.

Y digo ficción histórica porque tampoco se puede pedir mucho rigor a una película o una serie de televisión,que por sistema tratarán siempre de "canonizar" a sus protagonistas, ya sea amplificando sus virtudes o tapando sus vergüenzas. Esto, con muchos más medios, eso sí, ya pudo comprobarse también en "Los Tudor", la serie inglesa que volvió a poner de moda los biopics de temática medievo-renacentista.

Cualquiera que haya seguido este blog mío sabe de sobra que los Reyes Católicos no son precisamente mis personajes históricos favoritos. Todo lo contrario.Y eso es así porque para conseguir sus objetivos, primero tuvo ella que calumniar -tildándola de ilegítima, de "Beltraneja"- a su sobrina Juana, la legítima heredera de Castilla, y él que aceptar la sangrienta herencia legada por su padre, el usurpador Juan II de Navarra, destructor a conciencia -si es que supo alguna vez qué cosa es eso- de su primera familia, a la que persiguió de forma implacable hasta acabar completamente con sus hijos Carlos -príncipe de Viana y legítimo heredero de Navarra y de Aragón-, Blanca y Leonor.

Naturalmente en una serie centrada en la figura de Isabel, las negras andanzas de la familia de Fernando no han salido a relucir en ningún momento. Al contrario, la figura de Juan II -encarnada por el estupendo actor Jordi Banacolocha-, se representa como la de un simpático abuelete siempre dispuesto a compartir su experiencia política con su querido hijo. La realidad, por supuesto, es que un caimán de la Florida hubiese merecido mucha más confianza que aquél repugnante tirano.


Puestas así las cosas, y partiendo del hecho de que Navarra apenas aparece en las tramas de la serie más que -y eso si se conoce la auténtica historia, porque el guión no lo explica nunca- en la persona de "Peralta" (al que jamás llaman tampoco por su nombre más reconocible: "mosén Pierres de Peralta"), del que además muestran únicamente su faceta como "pacífico" diplomático al servicio de la corona de Aragón, obviando otros jalones mucho más demostrativos de sus verdaderas actuaciones en Navarra y de su negrísimo carácter, que le llevó -entre otras  muchas barbaridades cometidas- a ser por ejemplo el instigador y asesino confeso del obispo de Pamplona, Nicolas de Chávarri, crimen perpetrado en Tafalla en 1468, se entenderá que yo sólo siga "Isabel" como mero entretenimiento, y porque me gustan las películas de época, aunque eso no signifique que no me disgustase que, por ejemplo, cuando salió a relucir la figura de Francisco Febo como posible candidato a la mano de Juana la Beltraneja, se le denominase exclusivamente como "Francisco de Foix", sin indicar en ningún momento que se trataba del rey de Navarra.

En fin, que recordando esa frase tan certera que nos asegura que "la justicia militar es a la justicia, lo que la música militar es a la música", me atreveré a decir que casi todo lo que narra "Isabel" es tan parecido a lo que realmente aconteció, como la guapísima y talentosa actriz Michelle Jenner se parece a la reina católica. Veamos:




Aunque conste que en lo tocante a reinas y princesas medievales mostradas por el cine o por la televisión, la que a mi juicio se lleva la palma en cuanto a belleza y atracción es la reina Sybila de Jerusalén en "El reino de los cielos", interpretada por una impactante Eva Green


Pero vuelvo a reiterar lo que he dicho al principio: una serie o película histórica no tiene por qué aferrarse estrictamente a lo ocurrido. Es más, muchas veces las llamadas "licencias históricas" son lo mejor de tales propuestas. Y yo, que acostumbro a tomármelas una y otra vez, no voy a quejarme ahora de que otros lo hagan, y que por tanto la reina quede casi siempre como un dechado de bondad, a pesar de ser capaz  de cosas tan feas, y que naturalmente no aparecerán en ningún capítulo, como obligar en 1495 a los reyes de Navarra a entregarle como rehén a su hija Magdalena -que entonces sólo tenía un año-, y que ya nunca más pudo volver a Navarra, pues murió a los diez años en Medina del Campo, sin duda por los "grandes cuidados" que tan católica reina le dispensó.

Y es que aunque Isabel de Castilla murió ese mismo año de 1504, no se crea nadie que ella no quiso hacerse con el reino de Navarra tanto como su esposo, Fernando de Aragón, que es quien acabó consiguiéndolo ocho años más tarde. Sólo que ella, aparte de todo tipo de presiones bélico-diplomáticas, lo intentó preferentemente por el método nupcial, pues no dejó de "ofrecer" el casamiento de sus hijas primero y de su hijo Juan después, con los legítimos herederos de Navarra, buscando que este reino viniera a caer también en sus manos, para ser uno más de los que formaban su colección.

Por cierto, que con las desventuras de la pobre infanta Magdalena tejió una gran historia el año pasado el genial dibujante Juan Luis Landa. Os la recomiendo: 


Bueno, pues a pesar de todo esto que llevo dicho, por lo que no estoy dispuesto a pasar es por el chusco detalle en el que reparé la otra noche...

Resulta que el capítulo II del Fuero de Navarra se titula: "En cual lugar se debe alzar el Rey en Navarra, y qué moneda deben echar, y cuantos días"

Y dice así: 

"Todo Rey de Navarra se debe levantar en Santa María de Pamplona, según han hecho muchas veces; y si el Rey tuviere que echar moneda, débela echar en Santa María de Pamplona..."

¿Y qué tiene que ver esto con Isabel de Castilla, que jamás fue reina de Navarra -aunque no porque no acariciara la idea, eso sí...-, y por lo tanto nunca juró los Fueros ante la imagen de Santa María la Real de Pamplona?

Pues porque alucinantemente -históricamente hablando-, y teniendo los responsables de la serie miles de advocaciones castellanas en las que fijarse, cada vez que la reina Isabel reza en pantalla, lo hace a una talla de la virgen ante la que los reyes de Navarra debían jurar su pacto con el pueblo de Navarra.

Que sí, que no he visto visiones: 

Reportaje sobre las devociones de Isabel de Castilla


¿A qué vírgenes rezaba Isabel?


                       Talla de Santa María la Real de Pamplona - Siglo XII

Isabel Capítulo 26

Isabel Capítulo 25


Esa talla representa como os digo a Santa María la Real de Pamplona, es una de las reproducciones que se hicieron de recuerdo por la coronación canónica del año 1946, y que todavía pueden adquirirse en algún establecimiento con solera de la capital navarra, como la tienda de artículos religiosos Martínez Erro de la Bajada de Javier:


Si aún dudáis, o pensáis que es otro delirio histórico de los míos, fijaos bien en el nudo a modo de moño que lleva la virgen en esta foto: 


Y ahora ved ese mismo y excepcional detalle en esta fotografía de Santa María la Real de Iratxe, casi gemela de Santa María la Real de Pamplona, y que prácticamente sólo ellas dos comparten, por lo que no hay duda posible sobre mi identificación: 


En el catálogo de la exposición "Salve: 700 años de arte y devoción mariana en Navarra", se la describe así: "finalmente luce una toca, enriquecida con un llamativo y totalmente insólito adorno en el dorso, un nudo, a modo de moño, del que pende un largo cabo de tela artísticamente plegado"

Así que, lo que es por mí, podrían haber seguido ignorando al reino de Navarra también en este detalle, porque poner a la llamada "reina católica" de Castilla -precisamente la mujer del que luego acabó con la independencia de Navarra- a rezar una y otra vez a la imagen ante la que debían coronarse los reyes legítimos de Navarra me parece de un pésimo gusto histórico, además de un fallo tremendo si está hecho sin reparar en él, y de una burla si está hecho adrede. 




Por tanto, y tomando como modelo la sección que todos los días publica el Diario de Noticias: 


¿SABÍA QUE...

CUANDO LA REINA DE CASTILLA -MUJER DE QUIEN CONQUISTÓ LUEGO A SANGRE Y FUEGO EL REINO DE NAVARRA- APARECE REZANDO EN LA SERIE DE TVE "ISABEL", LO HACE SIEMPRE ANTE LA IMAGEN DE SANTA MARÍA LA REAL DE PAMPLONA...?

REPRODUCCIÓN DE SANTA MARÍA LA REAL

© Mikel Zuza Viniegra, 2013