jueves, 14 de abril de 2016

VIDA



Eusebio Ijurra fue jardinero principal de la Diputación Foral de Navarra entre 1928 y 1937. Ese es el único dato contrastable de su biografía, por ser también el que puede rastrearse en los áridos documentos que esa actividad ha dejado en los registros burocráticos.

Compra de abundantes semillas, acarreo de tierras fértiles, cuidado y poda de árboles, planificación y realización de distintos parterres ornamentales por toda Pamplona. Notas y estadillos como esos jalonaron al parecer su existencia.

Aunque, sorprendentemente, nos quedan también otras dos pertenencias suyas -que no ofrecen duda alguna por estar etiquetadas por el propio Eusebio con su nombre- conservadas en el Archivo de Navarra : un viejísimo disco de gramola, y una edición original del libro "La Théorie et la Pratique du Jardinage", escrito en 1710 por Antoine Joseph Dezallier d'Argenville, y que todavía hoy se sigue considerando como la Biblia del arte de la Jardinería.

La tesis fundamental del tratado de D'Argenville fue que la jardinería era el arte de ordenar la naturaleza según principios arquitectónicos, y es fama que alcanzó tal dominio y destreza en su disciplina, alabada por todos sus contemporáneos, que llegó a ser capaz de conseguir que los macizos plantados por él brotasen en un día concreto, el que él quisiera, extraordinaria capacidad con la que asombró muchas veces a quienes contrataban sus servicios.

No quedan muchos ejemplares de ese libro en el mundo. Que yo haya podido comprobar, uno en Versalles, otro en la Pierpont Morgan Library de Nueva York, y este al que me estoy refiriendo del Archivo de Navarra, que como digo perteneció a Eusebio Ijurra. Curiosamente al que forma parte de nuestro patrimonio bibliográfico le falta una página: precisamente aquella en la que D'Argenville explicaba cómo se podía hacer nacer cualquier planta en un momento concreto. El corte no parece hecho cuidadosamente, sino que quedan muchas rebarbas, como si se hubiera arrancado a toda prisa...

El último documento donde aparece el nombre de Ijurra nos da la fecha en la que dejó de prestar sus servicios en Diputación, y nos informa también de que prácticamente inspeccionaba y cultivaba los jardines de toda las instituciones de la ciudad. ¿Cómo puede ser que alguien así no haya dejado más huellas de su existencia? Nada más en el Archivo de Navarra o en el Municipal de Pamplona. Ni una línea tampoco en la Gran Enciclopedia Navarra o en la Auñamendi. Otro misterio sin resolver. Hasta hoy...

No le pusieron trabas para entrar. Nunca lo hacían: era el jardinero de Diputación. Lo veían trastear en cualquier época del año y a cualquier hora del día o de la noche -buscando el beneficioso influjo de la luna creciente, ya saben ustedes, solía decir a los guardias-, labrando, sembrando, regando, esperando. Y ahora la espera había llegado a su fin.

Había pasado primero por Capitanía, donde los soldados lo conocían de sobra también. Luego se había llegado hasta el Obispado a inspeccionar que todo estuviera tal y cómo lo había ido preparando los últimos meses, y finalmente había vuelto a los jardines de Diputación.

Fue haciendo allí lo mismo que en los otros dos lugares, y con esmero retiró las grandes telas que cubrían los parterres. No se oía ni un alma en las calles, lo natural teniendo en cuenta el toque de queda nocturno. Era Pamplona una ciudad en guerra, aunque solamente consigo misma, pues el frente quedaba muy lejos, y era el enemigo interior -la Quinta Columna de la que hablaba siempre la radio- el que preocupaba a los nuevos gobernantes. Ese denso silencio sólo se rompía al amanecer, cuando desde la torre del reloj de palacio se conectaban los altavoces y atronaba por toda la población el recordatorio de los gloriosos caídos por Dios y por España.

Ijurra quedó muy satisfecho con su trabajo. Algo nada extraño teniendo en cuenta que siempre trataba a la tierra como si fuera una vitela en blanco, y a las flores como las letras hermosas y doradas de una miniatura medieval y, como tantas otras noches, advirtió al guardia de que subía a guardar  sus herramientas en el trastero de esa misma torre desde la que en breves minutos volvería a sonar el fúnebre toque de Generala. Era la madrugada del 14 de abril...

Esperó desde su atalaya a ver el primer rayo de sol elevándose sobre Izaga, y cambió el disco conectado a los altavoces por otro que él llevaba consigo. Empezó a sonar el Allegro del concierto para violín nº 5 de Antonio Vivaldi. Por fin una celebración de la vida, después de tantos meses de imperio terrible y necrófilo de la Muerte.

Mientras en todos los barrios iba asomándose la gente a las ventanas, extrañándose temerosamente de semejante cambio, Ijurra arrancó una página de su antiquisímo libro mientras veía balancearse desde la ventana las flores que él mismo había plantado con tanto esmero. Es cierto que le hubiera  gustado disponer de otras semillas, pero en plena guerra le fue imposible obtener otras de mayor lujo, aunque en realidad las humildes amapolas, los resistentes ziapes, y las danzarinas violetas conseguían el mismo y buscado efecto. Y lo mismo ocurrió en Capitanía o en el obispado.


Comenzaron a oírse gritos de mando. Botas vertiginosas marchando al compás por las calles. Boinas rojas y camisas azules llegaron al otro lado de la verja. Los oficiales parecían fuera de sí. ¡Ni una, que no quede ni una! -gritaban rabiosos-. Pero las culatas de los fusiles no conseguían más que tronchar los verdes tallos, y las bayonetas sólo cortaban las flores, que caían sobre la tierra sin dejar de ofrecer por ello su colorido.

Los ateridos reclutas en Navarrería, y los somnolientos seminaristas donde el Labrit, no obtenían mejores resultados, y el viento de primavera llevaba en volandas los tres colores malditos por las calles.


Subieron a la torre gritando amenazas y disparates, pero Eusebio ya no estaba allí. No encontraron más que un disco de gramola y un libro antiguo encuadernado en pergamino.

Unos dicen que unos amigos le facilitaron el paso a Francia, otros que lo atraparon antes de poder cruzar y lo fusilaron en la tapia del cementerio de un pueblo del norte. Dicen también que llevaba aún los bolsillos llenos de semillas, y que en la siguiente primavera brotaron incontenibles.

Lo único que sé con certeza es que allí donde estuviera, seguro que hubo flores. Y eso es más de lo que puede decirse de muchas personas.

Placa en homenaje a los  empleados asesinados en 1936,
en la fachada del Palacio de  Diputación



© MIKEL ZUZA VINIEGRA, 2016