jueves, 29 de octubre de 2015

POR NARICES

Palacio de Olite, 29 de octubre de 1410

-Querido hermano y señor don Carlos ¿Habéis leído ya el tratado de anatomía que ha escrito vuestro médico, el muy sabio Abarbanel Ben Ablitas?

-Las labores de gobierno no me dejan tanto tiempo para leer como yo quisiera, querido hermano don Pedro. ¿Qué dice el buen doctor?

-Pues dice que las orejas y la nariz nunca dejan de crecer a lo largo de la vida. ¿No os aterra tal posibilidad? Pensad que si desde pequeños vos y yo disponíamos ya de un apéndice nasal muy destacable -que huelga decir que los años no han hecho sino acentuar- quizás ahora, cuando hemos dejado atrás la madurez, deberíamos preocuparnos por la posibilidad de que no haya suficiente alabastro o mármol en todo el reino de Navarra para tallar nuestras narices en las estatuas sepulcrales que habrán de ornar las tumbas por las que seremos perpetuamente recordados...

-Poco os preocupaba esa apreciable cualidad nuestra cuando íbamos a cazar y nos permitía percibir la presencia de los corzos y jabalíes más escondidos mucho antes que cualquier lebrel o podenco de nuestra jauría.

-Bueno, recordad que yo la aprovechaba para espantarlos, que nunca me gustó matar seres vivos. Pero sí que envidiaba vuestra capacidad para detectar la ponzoña de las setas más apetecibles, sólo con acercároslas un instante al rostro. 

-Muchas veces salvé así mi vida de las asechanzas y complots de los espías castellanos, es verdad. También tiene sus cosas malas: no hay diligencia que vos y yo podamos tomar en verano, pues con que uno solo de los viajeros -o de las viajeras, que también las hay poco amigas del jabón- suba y levante sus brazos para agarrarse a la barra antes de que el cochero ponga en marcha el vehículo, el hedor axilar se extiende sin recato por toda la estancia hasta grados mareantes, y hemos de bajarnos cuanto antes para no morir asfixiados. 

-Culpa vuestra será, hermano y señor don Carlos, que no promovéis una ordenanza para hacer obligatorios los baños de axilas y los de ingles, que peor olor aún que los inocentes sobacos pueden llevar por los aires...

-¡Para ordenanzas olfativas están los tiempos, hermano don Pedro! ¿No recordáis como las gentes nos tomaron por locos por promover aquella ley que ordenaba a los carniceros de nuestro reino a separar muy claramente en sus establecimientos la carne de cerdo y la de cerda? Pues aunque es notorio a cualquier persona de buen tono y sentido que la primera proviene siempre de verraco elefantial, y huele por tanto a rayos al cocinarla, mientras que la segunda no ofende a la nariz y resulta mucho más agradable al paladar (al menos para aquellos a los que le guste comer carne, que según la OMS están condenados al Averno más profundo), tuvimos que revocar tan justo mandato para seguir siendo tenidos por cuerdos. Qué le vamos a hacer...

-Llegarán tiempos y personas más olfatívamente sensibles, querido hermano. Recordad además que también otros, como el muy noble marqués de Galuf, notan tan clara diferencia. Pero ahora decidme, ¿cómo van vuestros esfuerzos diplomáticos en la corte francesa para obtener ese ducado que perseguís? He olvidado su nombre, ¿cómo decís que se llamaba...?

-El señorío de Bergerac, hermano don Pedro.

-¿Y por qué queréis ostentar precisamente ese título, hermano y señor don Carlos?

-No sabría deciros con seguridad. Tan sólo sé que siento el deseo irrefrenable de poder grabar en mis sellos, además de mi condición de Rey de Navarra, también la de señor de Bergerac. Será el destino...

-No creo yo mucho en esos pronósticos o almanaques, pero reconozco que suena bien ese nombre de Bergerac, así que yo también insistiré ante el rey francés para que pase a formar parte de la herencia de nuestra familia, os lo prometo. Ya que llevamos esta pesada carga en el rostro, qué menos que obtener compensaciones merecidas por ello...

-Bueno, pude echar un vistazo al tratado anatómico de don Abarbanel cuando vino a presentarme su obra, y creo recordar que también decía, además de esa pejiguera de que no para de crecer durante toda la vida, que está probado que tener una nariz como la nuestra indica sin duda alguna el tamaño de otro apéndice más oculto. ¿Qué opináis vos sobre el particular, hermano don Pedro?

-Que no puedo quejarme al respecto, hermano y señor don Carlos. Y que tiene mucha razón en eso el muy sabio don Abarbanel, como vos mismo podréis confirmar...

Don Carlos III el Noble y su hermano, el infante Don Pedro de Mortain.
Dejó escrito el gran Alvaro Cunqueiro: "En el centro de la nave de la catedral de Pamplona,
las finas narices de los monarcas parecen aspirar todavía el olor del incienso..." 
-Pues entonces dejémonos ya de incómodas mediciones y despidámonos, hermano, al elegantísimo modo de los humanos que más al norte habitan, mal conocidos como esquimales, pues Inuits se llaman realmente, que saben perfectamente lo que hacen cuando se besan...






© MIKEL ZUZA VINIEGRA, 2015

lunes, 19 de octubre de 2015

EL ARCA PERDIDA

Palacio real de Nájera, 19 de octubre de 1068

-¿Pero cómo que no se puede tejer aquí algo semejante? ¿Es que no hay en todo mi reino artesanos y costureras capaces de replicar el arte de esos bárbaros?

-Por Dios, alteza, considerad que estáis llamando bárbara a vuestra propia esposa y a su cuñada...

-¿Y qué otra cosa sino bárbaros son esos condenados hombres y mujeres de Normandía? No en vano sus antepasados fueron los vikingos, que arrasaron todo el occidente en sus correrías.

-Pero ahora son reyes de Inglaterra...

-¡¡¡Cuando el abuelo de mi cuñado Guillermo "el conquistador" era sólo un vulgar pastor de cabras, el mío, Sancho el Mayor, ya gobernaba todos los reinos cristianos a este lado de los Pirineos!!! Y ahora tengo que soportar que mi mujer, la reina Placencia, me esté todo el día pasando por las narices la "heroica campaña" de su hermano con ese condenado pañuelo que no se quita ni para ir a la cama, en el que su cuñada doña Matilde bordó todos y cada uno de los hechos que llevaron a la muerte al rey Harold el sajón. ¿Y vos os atrevéis a decirme que no puedo yo pagarle con la misma moneda ordenando tejer las hazañas de don Sancho? ¡Con razón me dice que somos nosotros y no ella,  los auténticos bárbaros, y también que no soporta a sus cuñados, mis hermanos, don Ramón y doña Ermesinda, por ser muy rudos y estar siempre metiéndose con ella!


Placa del maestro Engelram y su hijo Rodolfo,
artífices del Arca de San Millán
-Tranquilizaos, alteza. Si no podemos tejer tan bien como los normandos, sí que podremos sorprender a la reina con nuestro alto nivel de orfebrería y eboraria. Recordad que el maestro Engelram y su hijo Rodolfo están aún alojados en el monasterio de San Millán, y que allí han elaborado al parecer un arca para contener las reliquias del santo, que a las contadas personas que la han podido contemplar les ha maravillado por su perfección y magnificencia.

-¿Y qué puede importarme a mí esa obra que decís, si va a ser para contener los huesos de un santo? Yo lo que quiero es algo como ese condenado pañuelo, con el cometa que profetizó la caída de los sajones cruzando los cielos, y no un arca que nadie verá nunca.


El cometa Halley, en el tapiz de Bayeux
-Al contrario, alteza, todo el mundo querrá verla, y vendrá desde muy lejos para postrarse ante ella. Imaginad que ordenáis a sus artífices que tanto vos como vuestra esposa aparezcáis en ella muy noblemente representados. Y si eso no os conmueve lo suficiente, pensad también en los impuestos y tasas que podréis imponer a todos esos peregrinos que llegarán a este rincón de vuestro reino. Será una obra de arte de tal calibre que hará que vuestra memoria perdure por los siglos de los siglos. Y os aseguro que  ni los normandos -los actuales y los que estén por llegar en épocas venideras- podrán hacerle nunca sombra.

Cuadro del siglo XVII que muestra cómo era el arca de San Millán
-Eso ya me gusta más, Munio. Me alegra haber tenido tan buena idea. A veces hasta yo mismo me sorprendo de mi inteligencia...

-Desde luego, alteza. Vuestras ideas son siempre las mejores.

-Id pues inmediatamente a San Millán, y decid al abad don Blas que figuraremos mi esposa y yo en el lugar de más honor de ese arca: a uno y otro lado del sagrado Pantocrator. Y que le conviene no poner pegas a mi mandato, si no quiere acabar en algún cenobio mucho más cercano que el suyo a la frontera con los moros, donde las cabezas se separan de los hombros en un abrir y cerrar de ojos...
Decid igualmente al maestro Engelram que nos saque muy bien parecidos. Enseñadle si hace falta el maldito pañuelo bordado por mi cuñada para que pueda de esa forma superar el burdo arte de los condenados normandos. Y prometedle que yo sabré recompensárselo con creces.
¡Y que no se diga que el reino de Pamplona tiene nada que envidiar al de Inglaterra!



Addenda:

El arca de San Millán fue elaborada hacia el año 1067 por el maestro orfebre Engelram, por iniciativa de los reyes Sancho IV el de Peñalén y Placencia de Normandía. Contaba la vida del eremita San Millán de la Cogolla según la había escrito muchos siglos atrás San Braulio. Talló las escenas y a muchos de los donantes y artífices en placas de marfil, que iban rodeadas por placas de oro cuajadas de piedras preciosas.

La noche del 20 de diciembre de 1809, los soldados franceses del ejército de Napoleón saquearon el monasterio y arrancaron todo el oro que recubría el arca. Los marfiles los dejaron porque no les concedieron valor alguno. Muchas de las placas se rompieron al ser forzada su cubierta, otras quedaron enganchadas al metal y acabaron en la faltriquera de algún soldado, y de ahí -si hubo suerte- en la de algún anticuario. Por eso hay ahora marfiles de San Millán en muchos de los mejores museos del mundo. Pero la mayoría pudieron rescatarse y continúan hoy en el monasterio, adosadas a una desaborida y bastante fea arca moderna que intenta remedar la antigua y que se hizo en los años 40 del pasado siglo.


Reconstrucción moderna del arca de San Millán con las figuras de
don Sancho y doña Placencia
Desafortunadamente, las figuras de don Sancho y doña Placencia de Normandía estaban labradas en oro, así que se perdieron para siempre aquella maldita noche de diciembre. De haber sobrevivido, constituirían la primera representación escultórica de unos reyes de Navarra, de la que sólo podemos hacernos una idea por las descripciones que autores del siglo XVI y XVII hicieron de tal joya artística.

Sancho IV el de Peñalén, fue asesinado por sus hermanos Ramón y Ermesinda, que tramaron un complot para derrocarlo, asesinándolo en el barranco de  Peñalén (Funes). Su muerte supuso que Castilla y Aragón se repartieran el reino de Pamplona, que ya nunca volvió a poder recuperar las tierras de la Rioja, que fueron siempre la sede regia preferida de los monarcas navarros.




Reconstrucción del frente del arca de San Millán, según la
descripción del obispo Sandoval en el siglo XVI

Arte Medieval Navarro /J. Uranga, F. Iñiguez Tomo II

La reina Placencia, de la que se sabe bien poco, aparece siempre en las crónicas como nativa de Normandía. La coincidencia de fechas y de lugares me han permitido convertirla en hermana del duque Guillermo de Normandía, que el 14 de octubre de 1066, en la batalla de Hastings arrebató la corona de Inglaterra al rey Harold el sajón, como narró de forma incomparable la reina Matilde, esposa del propio Guillermo, en su bordado de más de setenta metros de largo. En todo caso no es seguro que Placencia y Guillermo fueran parientes, pero tampoco es completamente imposible...


Una de las escenas más famosas del ahora conocido como Tapiz de Bayeux (por ser ese el nombre de la ciudad normanda donde se conserva), es aquella en la que aparece reflejado el cometa Halley, que surcaba los cielos de 1066 y que  todos interpretaron como un signo de mal augurio para los sajones. Quién sabe, quizás tan malévolo cometa también se asomó por los cielos de Peñalén, diez años más tarde, para desgracia de Sancho IV y de Navarra entera...

Por suerte nos quedan los maravillosos marfiles de San Millán, pero el arca en su conjunto se perdió para siempre, así que no queda más que envidiar la destreza de quienes en Bayeux sí supieron proteger su bordado tesoro, y lamentar la mala fortuna de que al enano corso no le diese por rascarse más abajo de donde solía tener siempre su mano o por invadir la lejanísima Groenlandia en lugar de las pacíficas y hermosas tierras de La Rioja. 

Espero y deseo que, como castigo, la emperatriz Josefina le pusiese los cuernos con toda la Grande Armée.


Arca actual, con los marfiles originales que se han conservado in situ

Arca original, forrada con un tejido árabe del siglo XI




© MIKEL ZUZA VINIEGRA, 2015

miércoles, 14 de octubre de 2015

LOS FANTASMAS DEL PRINCIPE DE VIANA


El 14 de julio de 2005 cerró para siempre sus puertas el cine Príncipe de Viana de Pamplona.

Era el cine más bonito que teníamos en la ciudad, o al menos así lo recuerdo yo, que vi bastantes películas aposentado en sus butacas. Sufrió dos remodelaciones para convertirlo en multicines, lo cual afectó seriamente a su sala principal, que aunque no perdió del todo su trasnochada elegancia, ya no volvió a ser exactamente lo mismo.

Sobre su pantalla, casi en el techo, las armas heráldicas de quien daba nombre a la sala.Y a ambos lados de la pantalla dos grandes murales con escenas de la vida del príncipe (un banquete regio y un séquito de damas y caballeros con Olite al fondo), en los que yo acostumbraba a dejar vagar la imaginación y que afortunadamente sobrevivieron a todas las renovaciones.

Sala original del cine Príncipe de Viana Año 1940
Y hubo veces en que la película era bastante peor que esas dos pinturas, o que estaba yo a otros agradables menesteres que también pueden acontecer en las salas oscuras, pero juro que en muchas otras ocasiones daba por bien empleado el dinero de la entrada con tal de poder volver a ver esos dos cuadros. Mucho más tarde supe que las había realizado Eduardo Santonja Rosales, famoso cartelista e ilustrador en su época, hijo de la pintora Carlota Rosales y nieto del celebre pintor Eduardo Rosales.




Hoy en día ni siquiera existe ya el edificio original, sustituido por un mazacote con pisos de alto standing (o algo así), pero el caso es que SAIDE, sociedad propietaria de estas y otras salas cinematográficas en aquel entonces (en la actualidad sólo sobreviven en el centro las de los cines Carlos III), tuvo el detalle de donar al Ayuntamiento esos dos murales que tanto me gustaba mirar desde que era un crío, o al menos eso aseguró en Diario de Noticias y Diario de Navarra Alberto Cañada, en aquel entonces programador de la empresa, y hoy día coordinador de la Filmoteca de Navarra.

En estos más de diez años que han pasado desde aquel infausto cierre -motivado quizás porque dicen que la gente prefiere ahora ver películas en pantallas cada vez más pequeñas y no en una grande, hay que ser gilí- los ilustres responsables de Cultura del Ayuntamiento de Pamplona no encontraron un momento que dedicar a esos dos testimonios de la historia del cine en la vieja Iruña.


Hay que comprenderlos, tuvieron taaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaanto trabajo los pobres, que ni Ignacio Perez Cabañas (concejal de Cultura en el gobierno UPN-CDN entre 2003 y 2007), ni Fermín Alonso (concejal de Cultura por UPN en las legislaturas 2007-2011 y 2011-2015) hallaron un instante de tregua en sus apretadísimas agendas para buscar un hueco en el que instalar los dos murales del antiguo cine príncipe de Viana.

Y no faltaron espacios, que conste, pues en esos años se construyeron todos los horrendos Civivox, algunos de ellos dotados con salones de actos en los que muy bien podrían haber tenido acomodo ambas pinturas, aunque quizás por su tema y por su antigüedad, donde mejor podrían haber encajado es en el único que se salva de la atroz fealdad que los caracteriza a todos: el del Condestable.

Pero allí tampoco tuvieron cabida los murales de Santonja, así que deben -y remarco lo de deben, porque tratándose de patrimonio histórico-artístico pamplonés yo ya no doy cheques en blanco a nadie- seguir cogiendo polvo en algún ignoto almacén municipal repleto de cajas de madera, quizás compartiendo espacio (¡oh, cruel fatalidad!), con un cactus polvoriento, un monopatín gigante y también con la inolvidable "Escarranchada" -"Eskarrantxada Askatu!" gritábamos mis amigos y yo llevados sin duda por una romántica mezcla entre la dipsomanía de fin de semana y el síndrome de Sthendal, en aquellos años en los que el Ayuntamiento acudía en plan Paco Martinez Soria a Arco, y volvía cargado del material con el que ni por asomo están hechos los sueños-, y allí siguen esperando que algún tarado los recuerde.


Y ese tarado, naturalmente, es un servidor de todos ustedes.

Quien sabe, hasta puede que viera yo en los cines Príncipe, ciego de palomitas y de caramelos York's -los de fresa eran mis favoritos- "En busca del arca perdida", que como todos los cinéfilos y cinéfilas que me lean recordarán, se cerraba en uno de esos enormes y siniestros almacenes.


Aunque como yo no tengo nada que ver con cierto estado del medio-oeste norteamericano (y eso que hacer el indio siempre se me da fenomenal), adoptaré por esta vez el papel mucho más castizo de Biurdana Jones para rogar encarecidamente a la actual concejala de Cultura del Ayuntamiento de Pamplona, Maider Beloki, y por elevación al alcalde Joseba Asirón, que recuperen esos dos murales que forman parte del imaginario cinematográfico de generaciones de pamploneses y los saquen de una vez de la caja donde duermen -tan inmerecidamente- el sueño de los justos.

Escalera del Condestable
¿Sitios donde colocarlos? Ya he hablado de los Civivox, sobre todo del del palacio del Condestable, donde podrían colgarse incluso en la enorme escalera de acceso a las distintas plantas. Y que no me venga nadie con que en esos espacios tan modernos no pintarían nada, que yo me he tenido que tragar durante décadas el cuento de todos esos arquitectos-estrellados y enagañabobos que nos aseguraban que un cubo de hormigón indecente puesto al lado de una iglesia románica "dialogaban" entre ellos más y mejor que Menendez con Pidal o Ramón con Cajal.

Pero si ese lugar no les parece bien a los puristas de los cubos de sopicaldo y acero korten, aún podré proponerles uno mucho mejor. Uno que ni buscándolo a propósito podría resultar más apropiado: la Sala de Proyecciones de la Filmoteca de Navarra. ¿No sería de justicia cinematográfica -y también poética- que los únicos supervivientes de uno de los cines más antiguos de Pamplona vuelvan a decorar una sala donde pueden verse todas las películas que acreditan por qué en color o en blanco y negro, en Scope o en Panavisión, estamos hablando realmente del Séptimo Arte?

Sala de la Filmoteca de Navarra

Y no sé si las medidas serán las exactas, pero sabiendo como sé que el príncipe Carlos era de buen conformar, y que aceptaba alojarse en cualquier sitio, seguro que estas representaciones suyas caben en esa sala ahora tan espartana y minimal.

Además, la actual consejera de Cultura del Gobierno de Navarra, Ana Herrera, trabajó allí, así que no creo que le parezca mal recuperar estos dos murales para lo que propongo, ni creo que al Ayuntamiento le importe cederlos o donarlos a la Filmoteca, porque al fin y al cabo no saldrán de la ciudad y para tenerlos metidos en una caja, mejor es que cinéfilos más jóvenes puedan contemplarlos como hicieron tantas y tantas generaciones de predecesores en esto de dejar los problemas a un lado en cuanto aparecían en pantalla la bola del mundo de la Universal, el león de la Metro, la señora tirando a romana de la Columbia, el monte nevado de la Paramount, la firma en forma de escudo de los hermanos Warner o el luminoso Twenty Century de la Fox.


Y si a fuerza de dar la lata conseguimos que vuelvan a lucir los fantasmas del Príncipe en esa sala, uno que yo me sé se tragará hasta los ciclos del cine coreano más árido, lento y pretencioso -cosa que en condiciones normales no haría ni en peligro de muerte- con tal de volver a sentarse cerca de una de esas benditas pinturas para dejar volar la imaginación, acompañando nuevamente al príncipe de Viana mientras come o divisa, allá en lontananza, el maravilloso palacio de Olite...



© MIkel Zuza Viniegra, 2015