lunes, 19 de octubre de 2015

EL ARCA PERDIDA

Palacio real de Nájera, 19 de octubre de 1068

-¿Pero cómo que no se puede tejer aquí algo semejante? ¿Es que no hay en todo mi reino artesanos y costureras capaces de replicar el arte de esos bárbaros?

-Por Dios, alteza, considerad que estáis llamando bárbara a vuestra propia esposa y a su cuñada...

-¿Y qué otra cosa sino bárbaros son esos condenados hombres y mujeres de Normandía? No en vano sus antepasados fueron los vikingos, que arrasaron todo el occidente en sus correrías.

-Pero ahora son reyes de Inglaterra...

-¡¡¡Cuando el abuelo de mi cuñado Guillermo "el conquistador" era sólo un vulgar pastor de cabras, el mío, Sancho el Mayor, ya gobernaba todos los reinos cristianos a este lado de los Pirineos!!! Y ahora tengo que soportar que mi mujer, la reina Placencia, me esté todo el día pasando por las narices la "heroica campaña" de su hermano con ese condenado pañuelo que no se quita ni para ir a la cama, en el que su cuñada doña Matilde bordó todos y cada uno de los hechos que llevaron a la muerte al rey Harold el sajón. ¿Y vos os atrevéis a decirme que no puedo yo pagarle con la misma moneda ordenando tejer las hazañas de don Sancho? ¡Con razón me dice que somos nosotros y no ella,  los auténticos bárbaros, y también que no soporta a sus cuñados, mis hermanos, don Ramón y doña Ermesinda, por ser muy rudos y estar siempre metiéndose con ella!


Placa del maestro Engelram y su hijo Rodolfo,
artífices del Arca de San Millán
-Tranquilizaos, alteza. Si no podemos tejer tan bien como los normandos, sí que podremos sorprender a la reina con nuestro alto nivel de orfebrería y eboraria. Recordad que el maestro Engelram y su hijo Rodolfo están aún alojados en el monasterio de San Millán, y que allí han elaborado al parecer un arca para contener las reliquias del santo, que a las contadas personas que la han podido contemplar les ha maravillado por su perfección y magnificencia.

-¿Y qué puede importarme a mí esa obra que decís, si va a ser para contener los huesos de un santo? Yo lo que quiero es algo como ese condenado pañuelo, con el cometa que profetizó la caída de los sajones cruzando los cielos, y no un arca que nadie verá nunca.


El cometa Halley, en el tapiz de Bayeux
-Al contrario, alteza, todo el mundo querrá verla, y vendrá desde muy lejos para postrarse ante ella. Imaginad que ordenáis a sus artífices que tanto vos como vuestra esposa aparezcáis en ella muy noblemente representados. Y si eso no os conmueve lo suficiente, pensad también en los impuestos y tasas que podréis imponer a todos esos peregrinos que llegarán a este rincón de vuestro reino. Será una obra de arte de tal calibre que hará que vuestra memoria perdure por los siglos de los siglos. Y os aseguro que  ni los normandos -los actuales y los que estén por llegar en épocas venideras- podrán hacerle nunca sombra.

Cuadro del siglo XVII que muestra cómo era el arca de San Millán
-Eso ya me gusta más, Munio. Me alegra haber tenido tan buena idea. A veces hasta yo mismo me sorprendo de mi inteligencia...

-Desde luego, alteza. Vuestras ideas son siempre las mejores.

-Id pues inmediatamente a San Millán, y decid al abad don Blas que figuraremos mi esposa y yo en el lugar de más honor de ese arca: a uno y otro lado del sagrado Pantocrator. Y que le conviene no poner pegas a mi mandato, si no quiere acabar en algún cenobio mucho más cercano que el suyo a la frontera con los moros, donde las cabezas se separan de los hombros en un abrir y cerrar de ojos...
Decid igualmente al maestro Engelram que nos saque muy bien parecidos. Enseñadle si hace falta el maldito pañuelo bordado por mi cuñada para que pueda de esa forma superar el burdo arte de los condenados normandos. Y prometedle que yo sabré recompensárselo con creces.
¡Y que no se diga que el reino de Pamplona tiene nada que envidiar al de Inglaterra!



Addenda:

El arca de San Millán fue elaborada hacia el año 1067 por el maestro orfebre Engelram, por iniciativa de los reyes Sancho IV el de Peñalén y Placencia de Normandía. Contaba la vida del eremita San Millán de la Cogolla según la había escrito muchos siglos atrás San Braulio. Talló las escenas y a muchos de los donantes y artífices en placas de marfil, que iban rodeadas por placas de oro cuajadas de piedras preciosas.

La noche del 20 de diciembre de 1809, los soldados franceses del ejército de Napoleón saquearon el monasterio y arrancaron todo el oro que recubría el arca. Los marfiles los dejaron porque no les concedieron valor alguno. Muchas de las placas se rompieron al ser forzada su cubierta, otras quedaron enganchadas al metal y acabaron en la faltriquera de algún soldado, y de ahí -si hubo suerte- en la de algún anticuario. Por eso hay ahora marfiles de San Millán en muchos de los mejores museos del mundo. Pero la mayoría pudieron rescatarse y continúan hoy en el monasterio, adosadas a una desaborida y bastante fea arca moderna que intenta remedar la antigua y que se hizo en los años 40 del pasado siglo.


Reconstrucción moderna del arca de San Millán con las figuras de
don Sancho y doña Placencia
Desafortunadamente, las figuras de don Sancho y doña Placencia de Normandía estaban labradas en oro, así que se perdieron para siempre aquella maldita noche de diciembre. De haber sobrevivido, constituirían la primera representación escultórica de unos reyes de Navarra, de la que sólo podemos hacernos una idea por las descripciones que autores del siglo XVI y XVII hicieron de tal joya artística.

Sancho IV el de Peñalén, fue asesinado por sus hermanos Ramón y Ermesinda, que tramaron un complot para derrocarlo, asesinándolo en el barranco de  Peñalén (Funes). Su muerte supuso que Castilla y Aragón se repartieran el reino de Pamplona, que ya nunca volvió a poder recuperar las tierras de la Rioja, que fueron siempre la sede regia preferida de los monarcas navarros.




Reconstrucción del frente del arca de San Millán, según la
descripción del obispo Sandoval en el siglo XVI

Arte Medieval Navarro /J. Uranga, F. Iñiguez Tomo II

La reina Placencia, de la que se sabe bien poco, aparece siempre en las crónicas como nativa de Normandía. La coincidencia de fechas y de lugares me han permitido convertirla en hermana del duque Guillermo de Normandía, que el 14 de octubre de 1066, en la batalla de Hastings arrebató la corona de Inglaterra al rey Harold el sajón, como narró de forma incomparable la reina Matilde, esposa del propio Guillermo, en su bordado de más de setenta metros de largo. En todo caso no es seguro que Placencia y Guillermo fueran parientes, pero tampoco es completamente imposible...


Una de las escenas más famosas del ahora conocido como Tapiz de Bayeux (por ser ese el nombre de la ciudad normanda donde se conserva), es aquella en la que aparece reflejado el cometa Halley, que surcaba los cielos de 1066 y que  todos interpretaron como un signo de mal augurio para los sajones. Quién sabe, quizás tan malévolo cometa también se asomó por los cielos de Peñalén, diez años más tarde, para desgracia de Sancho IV y de Navarra entera...

Por suerte nos quedan los maravillosos marfiles de San Millán, pero el arca en su conjunto se perdió para siempre, así que no queda más que envidiar la destreza de quienes en Bayeux sí supieron proteger su bordado tesoro, y lamentar la mala fortuna de que al enano corso no le diese por rascarse más abajo de donde solía tener siempre su mano o por invadir la lejanísima Groenlandia en lugar de las pacíficas y hermosas tierras de La Rioja. 

Espero y deseo que, como castigo, la emperatriz Josefina le pusiese los cuernos con toda la Grande Armée.


Arca actual, con los marfiles originales que se han conservado in situ

Arca original, forrada con un tejido árabe del siglo XI




© MIKEL ZUZA VINIEGRA, 2015

miércoles, 14 de octubre de 2015

LOS FANTASMAS DEL PRINCIPE DE VIANA


El 14 de julio de 2005 cerró para siempre sus puertas el cine Príncipe de Viana de Pamplona.

Era el cine más bonito que teníamos en la ciudad, o al menos así lo recuerdo yo, que vi bastantes películas aposentado en sus butacas. Sufrió dos remodelaciones para convertirlo en multicines, lo cual afectó seriamente a su sala principal, que aunque no perdió del todo su trasnochada elegancia, ya no volvió a ser exactamente lo mismo.

Sobre su pantalla, casi en el techo, las armas heráldicas de quien daba nombre a la sala.Y a ambos lados de la pantalla dos grandes murales con escenas de la vida del príncipe (un banquete regio y un séquito de damas y caballeros con Olite al fondo), en los que yo acostumbraba a dejar vagar la imaginación y que afortunadamente sobrevivieron a todas las renovaciones.

Sala original del cine Príncipe de Viana Año 1940
Y hubo veces en que la película era bastante peor que esas dos pinturas, o que estaba yo a otros agradables menesteres que también pueden acontecer en las salas oscuras, pero juro que en muchas otras ocasiones daba por bien empleado el dinero de la entrada con tal de poder volver a ver esos dos cuadros. Mucho más tarde supe que las había realizado Eduardo Santonja Rosales, famoso cartelista e ilustrador en su época, hijo de la pintora Carlota Rosales y nieto del celebre pintor Eduardo Rosales.




Hoy en día ni siquiera existe ya el edificio original, sustituido por un mazacote con pisos de alto standing (o algo así), pero el caso es que SAIDE, sociedad propietaria de estas y otras salas cinematográficas en aquel entonces (en la actualidad sólo sobreviven en el centro las de los cines Carlos III), tuvo el detalle de donar al Ayuntamiento esos dos murales que tanto me gustaba mirar desde que era un crío, o al menos eso aseguró en Diario de Noticias y Diario de Navarra Alberto Cañada, en aquel entonces programador de la empresa, y hoy día coordinador de la Filmoteca de Navarra.

En estos más de diez años que han pasado desde aquel infausto cierre -motivado quizás porque dicen que la gente prefiere ahora ver películas en pantallas cada vez más pequeñas y no en una grande, hay que ser gilí- los ilustres responsables de Cultura del Ayuntamiento de Pamplona no encontraron un momento que dedicar a esos dos testimonios de la historia del cine en la vieja Iruña.


Hay que comprenderlos, tuvieron taaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaanto trabajo los pobres, que ni Ignacio Perez Cabañas (concejal de Cultura en el gobierno UPN-CDN entre 2003 y 2007), ni Fermín Alonso (concejal de Cultura por UPN en las legislaturas 2007-2011 y 2011-2015) hallaron un instante de tregua en sus apretadísimas agendas para buscar un hueco en el que instalar los dos murales del antiguo cine príncipe de Viana.

Y no faltaron espacios, que conste, pues en esos años se construyeron todos los horrendos Civivox, algunos de ellos dotados con salones de actos en los que muy bien podrían haber tenido acomodo ambas pinturas, aunque quizás por su tema y por su antigüedad, donde mejor podrían haber encajado es en el único que se salva de la atroz fealdad que los caracteriza a todos: el del Condestable.

Pero allí tampoco tuvieron cabida los murales de Santonja, así que deben -y remarco lo de deben, porque tratándose de patrimonio histórico-artístico pamplonés yo ya no doy cheques en blanco a nadie- seguir cogiendo polvo en algún ignoto almacén municipal repleto de cajas de madera, quizás compartiendo espacio (¡oh, cruel fatalidad!), con un cactus polvoriento, un monopatín gigante y también con la inolvidable "Escarranchada" -"Eskarrantxada Askatu!" gritábamos mis amigos y yo llevados sin duda por una romántica mezcla entre la dipsomanía de fin de semana y el síndrome de Sthendal, en aquellos años en los que el Ayuntamiento acudía en plan Paco Martinez Soria a Arco, y volvía cargado del material con el que ni por asomo están hechos los sueños-, y allí siguen esperando que algún tarado los recuerde.


Y ese tarado, naturalmente, es un servidor de todos ustedes.

Quien sabe, hasta puede que viera yo en los cines Príncipe, ciego de palomitas y de caramelos York's -los de fresa eran mis favoritos- "En busca del arca perdida", que como todos los cinéfilos y cinéfilas que me lean recordarán, se cerraba en uno de esos enormes y siniestros almacenes.


Aunque como yo no tengo nada que ver con cierto estado del medio-oeste norteamericano (y eso que hacer el indio siempre se me da fenomenal), adoptaré por esta vez el papel mucho más castizo de Biurdana Jones para rogar encarecidamente a la actual concejala de Cultura del Ayuntamiento de Pamplona, Maider Beloki, y por elevación al alcalde Joseba Asirón, que recuperen esos dos murales que forman parte del imaginario cinematográfico de generaciones de pamploneses y los saquen de una vez de la caja donde duermen -tan inmerecidamente- el sueño de los justos.

Escalera del Condestable
¿Sitios donde colocarlos? Ya he hablado de los Civivox, sobre todo del del palacio del Condestable, donde podrían colgarse incluso en la enorme escalera de acceso a las distintas plantas. Y que no me venga nadie con que en esos espacios tan modernos no pintarían nada, que yo me he tenido que tragar durante décadas el cuento de todos esos arquitectos-estrellados y enagañabobos que nos aseguraban que un cubo de hormigón indecente puesto al lado de una iglesia románica "dialogaban" entre ellos más y mejor que Menendez con Pidal o Ramón con Cajal.




EXPOSICIÓN IDEAL DE LOS MURALES EN CONDESTABLE
Y hasta puede que ese lugar no les parezca bien a los puristas de los cubos de sopicaldo y acero korten, porque cierto que hubiera sido estupendo poder acoplarlos en la Sala de Proyecciones de la Filmoteca de Navarra. Hubiera sido de hecho un caso clarísimo de justicia cinematográfica -y también poética- que los únicos supervivientes de uno de los cines más antiguos de Pamplona volviesen a decorar una sala donde aún pueden verse todas las películas que acreditan por qué en color o en blanco y negro, en Scope o en Panavisión, estamos hablando realmente del Séptimo Arte

Sala de la Filmoteca de Navarra

Pero el caso es que ambos murales son de tal tamaño, que no caben en dicha sala de proyecciones, así que la propuesta de la escalera  de Condestable me parece la más apropiada para rescatar del olvido a estos dos últimos testigos de la historia del cine en Pamplona-Iruña.

Total: para tenerlos metidos en una caja, mejor es que cinéfilos más jóvenes o simples curiosos de las cosas de la Ciudad, puedan contemplarlos como hicieron tantas y tantas generaciones de predecesores en esto de dejar los problemas a un lado en cuanto aparecían en pantalla la bola del mundo de la Universal, el león de la Metro, la señora tirando a romana de la Columbia, el monte nevado de la Paramount, la firma en forma de escudo de los hermanos Warner o el luminoso Twenty Century de la Fox.


Y si a fuerza de dar la lata conseguimos que vuelvan a lucir los fantasmas del Príncipe en esa escalera, uno que yo me sé puede que se pase allí las horas muertas, con tal de volver a sentarse cerca de una de esas benditas pinturas para dejar volar la imaginación, acompañando nuevamente al príncipe de Viana mientras come o divisa, allá en lontananza, el maravilloso palacio de Olite...



© MIkel Zuza Viniegra, 2015