lunes, 29 de septiembre de 2014

COLAS DE GALLO II




Si hay otro gallo que “pelea” en el arte medieval navarro, además del de Ujué, ese es sin duda el que preside la portada de San Zoilo de Cáseda, un templo magnífico que no merece la ruina en la que desgraciadamente se halla sumido, por ser esta una época en la que parece ser más necesario y urgente construir circuitos de velocidad y pabellones tamaño hangar –a los que además tienen el cuajo de llamar “Reyno de Navarra”- en los que malgastar cantidades indecentes de dinero público, que salvar el patrimonio testigo de nuestra propia historia. 

Las piedras viejas importan poco a los caciques, ellos sacan siempre mucha más tajada del hormigón...

Afortunadamente un importante movimiento vecinal en Cáseda mantiene vivo el recuerdo y demuestra cada año, frente a quienes miran siempre para otro lado, que San Zoilo es uno de los edificios más impresionantes que (todavía) conservamos en Navarra.



Efectivamente, hace apenas cuatro años, la Asociación Cultural Ermita de San Zoilo de Cáseda editó un estupendo libro en el que se recogen muchos estudios sobre dicha construcción. El que se ocupa de la escultura viene firmado por Carlos Martínez Alava, uno de los mayores –y mejores- expertos en el gótico navarro, a quien sin embargo se le deslizó un gazapo considerable al tratar del escudo sobre el que reposa el famoso gallo. Veamos:

“…Sobre el pico del guardalluvias de la portada, al modo de los búcaros que rematan las arcadas de la panda oriental del claustro  catedralicio, las armas de Navarra-Evreux se pueden identificar con las de Felipe el Largo (1316-1322). ¿Y la gallina que posa sobre el escudo real? Quizá estemos otra  vez ante una representación emblemática de Pedro de Olloqui, canónigo hospitalero de la catedral de Pamplona entre 1331 y 1357 cuyo escudo aparece también en la portada y en la clave de la capilla mayor de San Zoilo. Según esta hipótesis, la gallina aludiría al apellido de Olloqui en su etimología euskara: oilo=gallina; oiloki=carne de gallina.

 Dejando de lado que el autor considere que no es un gallo, sino una gallina la que corona la portada (ave ponedora cuya imagen por cierto no aparece ni una sola vez entre  los miles de sellos medievales conservados en Navarra), lo cual anularía de rebote y radicalmente la consabida explicación de que el gallo en la iconografía medieval alude siempre al episodio evangélico de las tres negaciones de San Pedro, pues no conozco intervención alguna de una gallina en el Nuevo Testamento, salvo que degustasen alguna durante la Última Cena, claro está; el fallo al que me refería es el de considerar como Navarra-Evreux al escudo tallado en San Zoilo.



Cualquiera que haya seguido un poco este blog sabe que las Navarra-Evreux son las armas de la dinastía que ocupó el trono entre 1328 y 1479 (sí, no cuento a Juan II, él ya estará acostumbrado), caracterizadas por reunir en cuartelado el carbunclo de Navarra y las flores de lis francesas con la banda componada de gules y plata, propia de dicha familia. 

De paso diré que lamento mucho que esta regia armería no se recupere para la bandera de Navarra, pues no en vano fue una de las primeras cosas que el invasor Fernando el Católico mandó eliminar en 1512, porque la dinastía de Labrit las había mantenido por ser las que todo el mundo (dentro y fuera del reino, después de tantos años ininterrumpidos de uso, identificaba entonces con las propias de Navarra). 

No estaría nada mal por tanto desobedecer ahora aquel triste e ilegítimo mandato, y hacer que al menos en el castillo de Olite ondease permanentemente, pues ni allí ni en la catedral de Pamplona podrá hallarse otro emblema que este del que estoy tratando. Pero para eso hay que tener algo de imaginación y de conocimientos, así que supongo que no lo habrán de ver mis ojos...



Y hay otro detalle que es raro que a un conocedor de la edad media como Martínez Alava se le haya pasado por alto: en aquella época nadie –ni siquiera un rico canónigo involucrado en la construcción del templo- situaría su supuesta divisa sobre la del rey. 

Presumir de tal modo de poderío ante los reyes de Francia y de Navarra hubiese sido suicida y completamente fuera de lugar, y estoy convencido de que Pedro de Olloqui -si sabía lo que le convenía- no llegó jamás a tal atrevimiento, más teniendo en cuenta que su escudo aparecía ya en la portada, y los de su familia siempre llevaron tres palos con bordura de aspas (y no ningún gallo o gallina), como podrá ver cualquiera que –dándose mucha prisa, pues también está a punto de derrumbarse en esta comunidad foral taaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaan cultural que es nuestra Navarra del siglo XXI- se acerque hasta su palacio, situado en el pueblo del mismo nombre, a la vera del camino hacia Francia que parte desde Pamplona.




El caso es que si volvemos al escudo casedano, veremos que las flores de lis campean en solitario, sin banda alguna que las cruce, lo cual indica que estamos hablando de la dinastía capeta, que reinó por estos pagos (además de en Francia) entre 1274 y 1328.

Fueron aquellos mismos reyes que el escritor Maurice Druon bautizó como “malditos” en la mejor serie de novela histórica que se puede leer. A la sazón se trata de Felipe I el Hermoso y de sus tres hijos: Luis I el Hutín, Felipe II el Luengo y Carlos I el Calvo. Los cuatro fueron sucesiva y (excepto el padre, que reinó bastantes años) brevemente reyes de Francia y de Navarra, pues todos murieron en el plazo de nueve años, dicen que debido a la maldición que el último gran maestre de los templarios, Jacques de Molay, les lanzó desde la hoguera en la que ardía por ser un supuesto –y tan supuesto- hereje.



Bien. Si ahora acudimos a consultar la “biblia” de estos temas, oséase: el libro “Emblemas heráldicos en el arte medieval navarro” de J. Martínez de Aguirre y F. Menéndez Pidal, podremos ver que ellos sí identificaron correctamente el escudo en cuestión:

“Sobre la clave de la arquivolta exterior destaca un escudo clásico redondeado alargado, encima de cuyo jefe vemos una serie de molduras, un florón y la figura de un gallo. Son sus armas: partido, 1 sembrado de lises; 2 carbunclo de Navarra. Corresponde a un monarca de la casa de Francia, probablemente Felipe el Luengo (1316-1322) por dos razones: primera, tenemos constancia dela existencia de sellos del rey en Pamplona de tiempos de este monarca que presentan un partido dimidiado de Francia y de Navarra, y segunda, fue él quien decidió donar a la iglesia de Pamplona el patronato sobre varios templos, entre ellos los de Cáseda, en 1320.”

 Ya que me he atrevido a enmendar la plana a mi amigo Carlos Martínez Alava, osaré hacerlo también con los mayores expertos en heráldica navarra, porque entiendo que los grandes maestros –y desde luego les reconozco tal categoría- tienen razón cuando la tienen, y cuando no, pues no la tienen.

Pensemos: ¿qué sentido tendría colocar en una portada las armas de un rey como Felipe II el Luengo, que además había cedido ya sus derechos sobre una serie de iglesias que no le importaban absolutamente nada, pues jamás visitó Navarra? En cambio  sí que anduvo por aquí, aunque sólo fuera durante dos meses, su hermano Luis el Hutín, a quien yo creo que alude el famoso escudo Francia-Navarra de San Zoilo.

¿Y por qué lo creo? Pues porque el testarudo -que ese es el significado actual de la palabra “Hutín”- además de emplear un sello personal en el que como rey coronado en Pamplona luce por primera vez exactamente las mismas armas en el escudo y en las gualdrapas del caballo que monta, tuvo relación probada documentalmente con Cáseda.


Sello de Luis el Hutín como rey de Navarra 1307-1316

Concretamente en dos ocasiones: la primera cuando el cinco de diciembre de 1307, casi finalizando ya su vertiginosa gira por nuestro país, confirmó en Sangüesa: 

“sus fueros a los de Cáseda, liberándolos de las fuerzas y violencias que hubiesen podido cometer contra ellos sus antecesores”. (Catálogo de los cartularios reales, años 1007-1384. Nº 612)

 Quien sabe, quizás hasta se acercó personalmente a Cáseda, que no queda nada lejos de la capital de la merindad.

La segunda es aún más clara y contundente y parece habérseles pasado por alto a los tres autores citados (en realidad a ellos y a todos los demás, excepto a este humilde cronista servidor de todos ustedes, pues tampoco aparece recogida en ninguno de los estudios del libro editado en 2010 sobre San Zoilo), así que en rigurosa exclusiva del blog "Crónicas Irreales de Navarra": 

“el 26 de junio de 1309 el concejo de Cáseda nombra procuradores que soliciten de García de Egüés, prior de Santa María de Pamplona y vicario general de la diócesis, en sede vacante, que reciba por abad de la iglesia de dicha villa a Thibalt de Belna, capellán del rey Luis, presentado por el propio monarca, que es el verdadero y legítimo patrono de dicha iglesia.” (Catálogo del Archivo General: Sección de Comptos. Documentos. Tomo I. Años 842-1331. Nº 699)

Fragmento del documento en cuestión donde se reconoce que el patrono de la
iglesia de Cáseda es el rey Luis el Hutín

Así pues: ¿no resultaría por tanto mucho más lógico que el escudo real tallado en Cáseda represente entonces a Luis que, aunque mínima, sí que tuvo relación probada con el templo de San Zoilo –cuyas obras estarían ya comenzadas durante su fugaz visita, aunque recibiesen el impulso definitivo bajo el obispado de Arnalt de Barbazán, entre 1318 y 1355?

Evidentemente yo creo que sí, aunque naturalmente a estos reyes lejanos sólo les importasen los templos que, como este de San Zoilo, tuviesen garantizadas abundantes rentas por la llegada constante de romeros y peregrinos, para premiar con ellos a sus funcionarios más fieles, como sería su capellán Thibalt de Belna. Así que para mí es al rey Luis -que por cierto, no me cae mal-, y ya apareció por eso mismo en al menos otras dos de mis crónicas irreales, a quien dichas armas evocan.


Felipe I el Hermoso y sus hijos. Luis I, a su izquierda,
 lleva la cota con las armas de Navarra

¿Pero y el gallo? ¿Qué fue del gallo?

Pues en el caso de San Zoilo creo que su localización en el punto más alto de la portada alude exclusivamente a su simbolismo como guardián y vigilante de los cristianos ante las asechanzas del demonio, ya que  con su cántico tan tempranero invita a rezar ya desde el alba, y por eso solía situarse en época medieval en las veletas de los campanarios o en puntos elevados de las iglesias.




No aludiría por tanto a ningún personaje concreto, ni siquiera a Luis el Hutín o a Felipe el Luengo. Aunque ya se verá...

Cosa muy contraria, como ya manifesté en mi entrada anterior ocurre en Ujué, donde la situación del gallo, no en lugar elevado de la portada ni del santuario, sino justo al lado del enigmático –hasta ahora…- donante, indica para mí muy claramente que ambas figuras deben estar relacionadas. Obsérvese si no que al otro lado del tímpano había mucho más sitio para tallar el gallo, pero que por la razón que ya he aportado creo que lo hicieron precisamente junto a Sancho de Oyllasco, a Robert Le Coq, a Luis de Beaumont o al rey Carlos II, para que no haya discusiones ni preferencias de autoría.



Y tengamos siempre en cuenta que según las dataciones más recientes –elaboradas precisamente por el propio C. Martínez Alava en su estupendo libro “Ujué: la montaña sagrada”- dicha portada se construyó en la década de 1370, al menos treinta años después por tanto que la de San Zoilo de Cáseda.

Pero esto no es ni ha pretendido ser nunca un blog donde machacar al sufrido lector con aburridísima documentación. No, para eso estoy yo, perdiendo el tiempo y la vista repasando tomo tras tomo de catálogos y registros de comptos por puro placer, con el fin de hallar el mínimo dato que permita dejar volar la imaginación, lo único verdaderamente importante de todo este asunto escritoril.

Por eso no ha sido sólo el atento recordatorio de mi amigo Simeón el que me ha hecho reparar en el gallo de San Zoilo, porque lo cierto es que esta historia de mi interés por esos dos gallos viene de muy, muy lejos, cuando me fumaba clases de auténtica pesadilla y prefería sumergirme en viejos librotes de papel amarillento que, algunas veces, acababan subrepticiamente fotocopiados, con la firme idea de sacar –cuando fuese: en el momento o muchos años después- algo de ellos más allá de aquellas horribles verborreas sobre geografía humana de Asia o sobre el turnismo entre Cánovas y Sagasta que tanto detestaba. En compensación, es justo reseñar que las clases de arte medieval navarro fueron ciertamente magníficas...

Creía entonces con ciertas vacilaciones que me servirían mucho más los conocimientos obtenidos por mi propio interés que los que estaba obligado a embaularme en mi muy “hutinesca” cabeza para sacar determinada nota. Ahora lo sé de manera indudable, y esta historia de por qué se ordenó tallar –por tan diferentes motivos- dos gallos en el reino de Navarra durante el siglo XIV vuelve a demostrármelo una vez más.

Y habrá quien con mucha razón piense que perdí entonces el tiempo. Peut-être, que diría aquel, aunque todo sea opinable, y tenga para mí que el tiempo que perdí fue sobre todo no atesorando muchas más cosas que me llamaron entonces la atención –y que ahora ya no recuerdo-, cuando no podía sospechar siquiera que acabaría existiendo una entelequia llamada Internet que permitiría que mis desvaríos se leyesen en cualquier rincón del ancho mundo.

El caso es que no me quedaría tranquilo si no añadiese un final sorpresa y cuajado de fantasía –como a mí más me gusta- a todo este embrollo de los dos gallos, porque resulta que precisamente una de las cosas que guardé en aquel lejano entonces fue un recorte sacado del “Diccionario Histórico Enciclópedico” publicado en Barcelona  por don Vicenç Joaquín Bastús i Carrera en el año 1830.

Y dice así al consultar el término “Gallo”:

“La orden del gallo fue una Orden de Caballería instituida por Luis el Hutín, hijo del rey Felipe el Hermoso de Francia, en obsequio y memoria de haberle salvado la vida el valeroso caballero don Claudio Polier durante la batalla de Courtrai, dada en el año 1302 entre franceses y flamencos. Dio dicho príncipe a la Orden las armas de Polier, que eran un gallo de sable en campo de plata, añadiéndoles este mote: Gallus ex periculo eripuit gallum –El gallo rescató del peligro al galo-, colocado entre el casco y el eje del escudo, y nombró al mismo Polier primer caballero de esta orden.”

Mejor soñar despierto con Órdenes de Caballería desconocidas que con pesadas lecciones  disuelve-cerebros, ¿no es cierto? Aunque no sepamos de dónde exactamente pudo sacar don Viçenc tal noticia, y sí que Luis el Hutín nació en 1289, y tenía por tanto sólo trece años cuando se dio la batalla de Courtrai, terrible derrota de la caballería francesa en donde no consta históricamente bajo ningún concepto que participase tan joven príncipe.

Pero si desde la más remota antigüedad se ha identificado al “Gallo” con el “Galo” (en latín ambos términos son el mismo: “Gallus”), y por eso nuestro país vecino sigue empleando institucionalmente ese emblema -le "Coq gaulois" lo llaman- ¿por qué no pensar que el gallo de San Zoilo quizás sea una de las representaciones más añejas de ese símbolo, que representaría por aquel entonces a los reyes de Francia -como llegaría a serlo Luis el Hutín- aunque sepamos que pese a ser utilizada también durante la edad media, fue a partir del Renacimiento cuando tal identificación cobró fuerza?

Platini, capitán de la selección francesa de fútbol, cuando pesaba
 40 kilos menos y era buena persona

Insignia oficial de los alcaldes franceses

¿Y por qué no admitir que sea además el último recuerdo de una ignota Orden de caballería medieval, a pesar de que conozcamos que esas instituciones comenzaron a surgir no a principios del siglo XIV, sino sobre todo en el segundo tercio de esa misma centuria?

Que cada  uno escoja la copla que más le guste o le convenza. Mi única recomendación es que vaya a contemplarse “in situ” tanto el gallo de Cáseda como el de Ujué. Ahí no hay sueños que valgan si no espléndidas realidades talladas en piedra. Tampoco estará de más que se brinde con buen vino navarro en la taberna más cercana a la memoria de don Sancho de Oillasco y don Luis el Hutín, que no son al fin y al cabo culpables en absoluto de que los haya incluido en mis desafueros histórico-artísticos.

 Y por acabar ya esta larguísima monserga siendo completamente fiel a mí mismo:

            Y el que venga detrás, que arree…

© Mikel Zuza Viniegra 2014

martes, 23 de septiembre de 2014

COLAS DE GALLO I


           Esto de intentar desvelar misterios medievales tiene normalmente pocas recompensas tangibles, pero alguna vez, como quien no quiere la cosa, ocurre que las reinas de Castilla dejan de rezar a vírgenes que no les corresponden en absoluto, lo cual agradezco mucho a los asesores históricos de la serie de TVE “Isabel” -que igual hasta leen este blog-, pues dicha señora no pintaba nada postrándose de hinojos ante Santa María la Real de Pamplona, aunque esta misma semana una más que probable admiradora suya -ínfulas de reina desde luego no le faltan- tratase de hacer  lo mismo, con las consabidas y propagandísticas intenciones que acostumbra...

Capítulo 28 de "Isabel"

Capítulo 28 de Isabel




Y para quien quiera entenderlo mejor:



Pero quédense Castilla y Aragón allá lejos, y centrémonos en Navarra, que tiene muchos misterios medievales aún por desentrañar. Y uno de ellos es este del que hoy voy a ocuparme. Veamos: 

El 14 de abril de 1366, el rey Carlos II reconoce que ha recibido de Sancho, mercader de Sangüesa, 1353 escudados de oro viejo en paños, de los que tenía gran necesidad.

            El 27 de octubre de 1366 ordena al mismo Sancho, que además es recibidor de impuestos en su localidad, que pague a Gastón de Los Arcos 62 florines y tres cuartos que pagó por dos paños en nombre del rey.

            El 29 del mismo mes, que pague también a Peyre de Nadils, médico real, otros 60 florines de oro por los gastos de viaje que había hecho para visitarle.
                     
            El 8 de diciembre el rey ordena a los oidores de comptos que del dinero recaudado por Sancho como comisario de impuestos de la villa y de la merindad de Sangüesa, se deduzcan los 1353 escudados de oro que se le debían desde el mes de mayo.

            El 1 de febrero de 1367, Juan du Tilleul, clérigo al servicio de la reina Juana, reconoce haber recibido de Sancho otros 300 florines de oro.

            El 2 de julio de 1369, Pascoal Gadayn recibe 100 florines (que son 65 libras de carlines prietos) de manos de Sancho, “peajero” de Sangüesa.

El 18 de octubre del mismo año, el tesorero García Sanchiz de Ubilcieta, ordena que se devuelvan a Sancho, mercader de Sangüesa, las 160 libras y 10 sueldos de carlines prietos que había prestado al rey.

El 5 de enero de 1370, Sancho, tributador del peaje de Sangüesa, entrega a Jehanín Aubery, 50 libras de carlines negros.

El 16 de marzo de 1371, Sancho, mercader, vecino de Sangüesa, recibe 50 libras de carlines prietos, en deducción de cierta cantidad que le debía el señor rey.

El 5 de septiembre de 1371, la reina Juana ordena que se den 50 libras de carlines prietos a Sancho, mercader de Sangüesa, por un mulo que compró y dio a Jacques de Penahoydit, caballero del rey de Francia, para su viaje a Castilla, para tratar de negocios en entre los reinos de Castilla y Navarra.

Al año siguiente, Sancho, vecino y tributador del peaje de Sangüesa, suplica a los oidores de comptos que deduzcan del tributo del año 1371, 50 libras de carlines prietos, debido al perjuicio causado por los aragoneses, que robaron todas las mercaderías, por lo que ni los mercaderes de Navarra osaban ir a Aragón, ni los de Aragón a Navarra, por espacio de los meses de octubre, noviembre y diciembre del citado año.

El 15 de septiembre de 1374, el rey Carlos II ordena a todos los merinos, sozmerinos, bailes, prebostes, justicias, almirantes y a todos los demás oficiales del reino que defiendan de toda fuerza, injuria y violencia a Sancho, mercader de Sangüesa, y también a su familia y bienes porque, atendiendo a su súplica, lo ha recibido en su especial salvaguardia y protección.

El 26 de mayo de 1375, Carlos II pide a Sancho, mercader de Sangüesa, que le envíe a Tudela 10 piezas verdes del mejor paño de Aragón que encuentre en su villa.

El 21 de julio del mismo año, el  rey ordena al tesorero real, Guillem Plantarosa, que pague a Sancho, mercader de Sangüesa, 89 libras y 4 dineros por los paños vendidos para vestir a gentes de su hostal. Las telas son de lo más variadas: 3 codos y un tercio de Limoges, 93 codos de Ripoll, 17 codos y medio de inglesa y 5 codos de verde.

El 25 de agosto, Carlos II ordena que se pague a Sancho, mercader de Sangüesa, 22 libras de carlines prietos por los gastos que hizo con su cabalgadura y un mozo durante 22 días, yendo a Zaragoza y a Peralta y regresando a Pamplona por cierto negocio que le había encomendado.

El 18 de octubre de 1376, el alcalde y jurados de la villa de Sangüesa dan poder a Martín Miguel de Añués, consejero del rey, a Mateo Periz de Oloriz, bachiller en decretos, a Sancho y a Pascual Gadayn, para que puedan jurar la observancia de cierto artículo contenido en el tratado de paz con Castilla, en relación con la sucesión del reino.

El 29 de enero de 1379, Amigo de Garriz, escudero, reconoce que ha recibido 700 florines de manos de Sancho, alcalde de Sangüesa y comisario para recibir la ayuda de los 60.000 florines en la villa.

El 30 de noviembre de 1379, Sancho, alcalde de Sangüesa, certifica con su sello que Martín Martiniz de Uriz, caballero, merino de tierras de Sangüesa, ha recibido 110 libras de carlines prietos por sus caballerías del año de la fecha.

Por último, el 27 de noviembre de 1389, Sancho, alcalde y guardasellos (notario) del rey Carlos III en Sangüesa, certifica haber consultado la concesión real a Pere Arnalt, clérigo, de la guarda de los palacios de la dicha villa, para que morase en ellos.    


Ahí tenemos pues resumidos casi 25 años de la vida de un vecino de Sangüesa –y no un cualquiera, precisamente- jalonados por su fulgurante ascenso social desde sus inicios como mercader de telas, pasando por el puesto de comisario-cobrador de impuestos, tributador del peaje de la villa,  mensajero real, jurado de los tratados de paz con Castilla, hasta acabar nada menos que como alcalde y guardasellos del rey en Sangüesa.

Al disponer evidentemente de facilidades económicas, es además prestamista habitual del siempre necesitado Carlos II y de su mujer la reina Juana, a quienes frecuenta y para quienes desempeña ciertas misiones diplomáticas, hasta el punto de conseguir que el rey lo reciba “en su especial salvaguardia y protección”.

¿Y qué tiene de misterioso o especial este don Sancho, uno más entre tantos personajes que se mueven alrededor de la corte navarra?

Pues tengo para mí que su condición de alcalde de Sangüesa.

Este cargo, según J. J. Uranga en su libro “Ujué medieval” llevaba aparejado acudir cada año en romería a aquel santuario, llevando su insignia de regidor en la mano, que era un palo verde con el escudo y armas de su villa. Durante la noche, ponían orden en las filas de hacheros, y en el ofertorio de la misa se acercaban al altar, primero los parroquianos de Santa María, después los de Santiago y, por último, los de San Salvador. 

Esta costumbre debió mantenerse al menos hasta mediados del siglo XVI, cuando la Iglesia prohibió peregrinar y celebrar romerías a lugares demasiado lejanos. Y Sangüesa dista sus buenos 40 kilómetros de Ujué. Serían sin duda los romeros anuales que llegaban desde más lejos. 

Además, como me recuerda Mikel Burgui, que es el que más sabe de este tema con diferencia, hasta la creación de la merindad de Olite por parte del rey Carlos III el Noble, Uxue formó parte de la de Sangüesa, como sin duda sabría un recibidor de tributos como Sancho...

¿Y qué, si ni siquiera sabemos cómo se apellidaba el tal Sancho?

A eso voy, porque sí que lo sabemos. Su nombre completo era Sancho de Oyllasco. O de Oillasco. O de Olasco. O de Ollasco, que de todas esas formas aparece transcrito en la documentación.

No parece gran cosa, hasta que traducimos al castellano su apellido y vemos que quiere decir “Gallo”. ¿Y qué animal aparece en lugar muy destacado de la portada de Ujué, justo al lado de un misterioso y arrodillado peregrino, ataviado con una elegante esclavina y unos lujosos guantes, como correspondería a un mercader de telas, y sobre todo a un alcalde romero?



Pues efectivamente, un hermoso gallo que lleva haciendo correr ríos de tinta desde  que fue tallado allá por los mismos años en que Sancho de Oillasco ejercía su cargo: el último cuarto del siglo XIV.

¿Un poco cogido por las plumas el argumento, no?

Puede ser, pero si consultamos el catálogo de sellos medievales de Navarra, y vemos el de don Sancho, comprobaremos que usaba un cuartelado: en el 1º y el 4º un gallo, en el 2º y 3º un fajado.

Sello de Sancho de Oillasco
Pues no está el gallo solo, así que…

Así que seguimos consultando el catálogo, y aparece también el signeto (sello de pequeño tamaño que remarcaba la intervención personal de su poseedor en algún asunto, donde quería que quedase claramente reflejada su voluntad) que empleaba Oillasco, que representa a un gallo que mira hacia la derecha, casualmente como el de Ujué…

Signeto de Sancho de Oillasco
Por cierto, que en todo el abundantísimo corpus de sellos medievales navarros, formado por miles de improntas, únicamente otra persona más además de Oyllasco lució un gallo: Miguel de Galar, portero de la ciudad de Tudela entre los años 1375 y 1382.

Sello de Miguel de Galar
El de portero era un puesto de oficial subalterno al servicio de la corona, que se encargaba fundamentalmente de hacer cumplir las ordenanzas en asuntos menores y de ejecutar los mandamientos judiciales (pequeños embargos, multas), así que no tiene nada que ver la trayectoria administrativa de mi tocayo con la a todas luces mucho más exitosa de don Sancho de Oyllasco. Ni que decir tiene que los posibles económicos de ambos eran también muy distintos, así que ni hablar de que Miguel pudiese pensar siquiera en acometer la construcción de la portada del templo preferido por los reyes, a quienes quizá sólo llegó a ver de lejos en alguna de sus visitas a Tudela...

Pero alma de cántaro, ¿no dijiste tú mismo hace años que el desconocido donante tenía que ser el obispo Robert Le Coq, fiel servidor del rey Carlos II, cuyo apellido remitía además indudablemente al gallo de la portada?


Sello del obispo Robert Le Coq

Armas del obispo Robert Le Coq
Pues sí, pero aprovechando la sabia e inaprensible enseñanza de San Agustín: “Yo soy dos, y estoy en cada uno de los dos por completo”, digo ahora que por esa misma regla de tres puede ser perfectamente don Sancho de Oillasco el representado en el tímpano. Hay tantas pruebas para semejante atribución como para las que aseguran que en realidad es el infante-gobernador don Luis de Beaumont, el propio rey don Carlos II o una especie de “peregrino desconocido”, que representaría a todos los romeros que se acercasen al santuario.

Es más, sigo pensando que la cercanía física entre el donante y el gallo tiene necesariamente que querer decir algo, así que envido más sobre mi primera opinión, que otorgaba el premio al francés obispo Robert Le Coq, y opto ahora por el producto nacional apostando por Sancho de Oillasco, del que sabemos frecuentó la corte navarra durante los años en que se estaba levantando el templo gótico de Ujué –el preferido por Carlos II-, que por su cargo de alcalde él mismo debía visitar al menos una vez al año (por no contar las visitas que tuvo que hacer además como recaudador de impuestos de toda la merindad),  y que disponía de recursos económicos suficientes como para sufragar la construcción de su portada, dejando para la posteridad testimonio de su devoción al hacerse representar arrodillado ante Santa María por los siglos de los siglos.


Y el que venga detrás, que arree…





Y también es altamente interesante leer el libro de C. Martinez Alava: "Ujué, la montaña sagrada".

©Mikel Zuza Viniegra 2014