lunes, 29 de septiembre de 2014

COLAS DE GALLO II




Si hay otro gallo que “pelea” en el arte medieval navarro, además del de Ujué, ese es sin duda el que preside la portada de San Zoilo de Cáseda, un templo magnífico que no merece la ruina en la que desgraciadamente se halla sumido, por ser esta una época en la que parece ser más necesario y urgente construir circuitos de velocidad y pabellones tamaño hangar –a los que además tienen el cuajo de llamar “Reyno de Navarra”- en los que malgastar cantidades indecentes de dinero público, que salvar el patrimonio testigo de nuestra propia historia. 

Las piedras viejas importan poco a los caciques, ellos sacan siempre mucha más tajada del hormigón...

Afortunadamente un importante movimiento vecinal en Cáseda mantiene vivo el recuerdo y demuestra cada año, frente a quienes miran siempre para otro lado, que San Zoilo es uno de los edificios más impresionantes que (todavía) conservamos en Navarra.



Efectivamente, hace apenas cuatro años, la Asociación Cultural Ermita de San Zoilo de Cáseda editó un estupendo libro en el que se recogen muchos estudios sobre dicha construcción. El que se ocupa de la escultura viene firmado por Carlos Martínez Alava, uno de los mayores –y mejores- expertos en el gótico navarro, a quien sin embargo se le deslizó un gazapo considerable al tratar del escudo sobre el que reposa el famoso gallo. Veamos:

“…Sobre el pico del guardalluvias de la portada, al modo de los búcaros que rematan las arcadas de la panda oriental del claustro  catedralicio, las armas de Navarra-Evreux se pueden identificar con las de Felipe el Largo (1316-1322). ¿Y la gallina que posa sobre el escudo real? Quizá estemos otra  vez ante una representación emblemática de Pedro de Olloqui, canónigo hospitalero de la catedral de Pamplona entre 1331 y 1357 cuyo escudo aparece también en la portada y en la clave de la capilla mayor de San Zoilo. Según esta hipótesis, la gallina aludiría al apellido de Olloqui en su etimología euskara: oilo=gallina; oiloki=carne de gallina.

 Dejando de lado que el autor considere que no es un gallo, sino una gallina la que corona la portada (ave ponedora cuya imagen por cierto no aparece ni una sola vez entre  los miles de sellos medievales conservados en Navarra), lo cual anularía de rebote y radicalmente la consabida explicación de que el gallo en la iconografía medieval alude siempre al episodio evangélico de las tres negaciones de San Pedro, pues no conozco intervención alguna de una gallina en el Nuevo Testamento, salvo que degustasen alguna durante la Última Cena, claro está; el fallo al que me refería es el de considerar como Navarra-Evreux al escudo tallado en San Zoilo.



Cualquiera que haya seguido un poco este blog sabe que las Navarra-Evreux son las armas de la dinastía que ocupó el trono entre 1328 y 1479 (sí, no cuento a Juan II, él ya estará acostumbrado), caracterizadas por reunir en cuartelado el carbunclo de Navarra y las flores de lis francesas con la banda componada de gules y plata, propia de dicha familia. 

De paso diré que lamento mucho que esta regia armería no se recupere para la bandera de Navarra, pues no en vano fue una de las primeras cosas que el invasor Fernando el Católico mandó eliminar en 1512, porque la dinastía de Labrit las había mantenido por ser las que todo el mundo (dentro y fuera del reino, después de tantos años ininterrumpidos de uso, identificaba entonces con las propias de Navarra). 

No estaría nada mal por tanto desobedecer ahora aquel triste e ilegítimo mandato, y hacer que al menos en el castillo de Olite ondease permanentemente, pues ni allí ni en la catedral de Pamplona podrá hallarse otro emblema que este del que estoy tratando. Pero para eso hay que tener algo de imaginación y de conocimientos, así que supongo que no lo habrán de ver mis ojos...



Y hay otro detalle que es raro que a un conocedor de la edad media como Martínez Alava se le haya pasado por alto: en aquella época nadie –ni siquiera un rico canónigo involucrado en la construcción del templo- situaría su supuesta divisa sobre la del rey. 

Presumir de tal modo de poderío ante los reyes de Francia y de Navarra hubiese sido suicida y completamente fuera de lugar, y estoy convencido de que Pedro de Olloqui -si sabía lo que le convenía- no llegó jamás a tal atrevimiento, más teniendo en cuenta que su escudo aparecía ya en la portada, y los de su familia siempre llevaron tres palos con bordura de aspas (y no ningún gallo o gallina), como podrá ver cualquiera que –dándose mucha prisa, pues también está a punto de derrumbarse en esta comunidad foral taaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaan cultural que es nuestra Navarra del siglo XXI- se acerque hasta su palacio, situado en el pueblo del mismo nombre, a la vera del camino hacia Francia que parte desde Pamplona.




El caso es que si volvemos al escudo casedano, veremos que las flores de lis campean en solitario, sin banda alguna que las cruce, lo cual indica que estamos hablando de la dinastía capeta, que reinó por estos pagos (además de en Francia) entre 1274 y 1328.

Fueron aquellos mismos reyes que el escritor Maurice Druon bautizó como “malditos” en la mejor serie de novela histórica que se puede leer. A la sazón se trata de Felipe I el Hermoso y de sus tres hijos: Luis I el Hutín, Felipe II el Luengo y Carlos I el Calvo. Los cuatro fueron sucesiva y (excepto el padre, que reinó bastantes años) brevemente reyes de Francia y de Navarra, pues todos murieron en el plazo de nueve años, dicen que debido a la maldición que el último gran maestre de los templarios, Jacques de Molay, les lanzó desde la hoguera en la que ardía por ser un supuesto –y tan supuesto- hereje.



Bien. Si ahora acudimos a consultar la “biblia” de estos temas, oséase: el libro “Emblemas heráldicos en el arte medieval navarro” de J. Martínez de Aguirre y F. Menéndez Pidal, podremos ver que ellos sí identificaron correctamente el escudo en cuestión:

“Sobre la clave de la arquivolta exterior destaca un escudo clásico redondeado alargado, encima de cuyo jefe vemos una serie de molduras, un florón y la figura de un gallo. Son sus armas: partido, 1 sembrado de lises; 2 carbunclo de Navarra. Corresponde a un monarca de la casa de Francia, probablemente Felipe el Luengo (1316-1322) por dos razones: primera, tenemos constancia dela existencia de sellos del rey en Pamplona de tiempos de este monarca que presentan un partido dimidiado de Francia y de Navarra, y segunda, fue él quien decidió donar a la iglesia de Pamplona el patronato sobre varios templos, entre ellos los de Cáseda, en 1320.”

 Ya que me he atrevido a enmendar la plana a mi amigo Carlos Martínez Alava, osaré hacerlo también con los mayores expertos en heráldica navarra, porque entiendo que los grandes maestros –y desde luego les reconozco tal categoría- tienen razón cuando la tienen, y cuando no, pues no la tienen.

Pensemos: ¿qué sentido tendría colocar en una portada las armas de un rey como Felipe II el Luengo, que además había cedido ya sus derechos sobre una serie de iglesias que no le importaban absolutamente nada, pues jamás visitó Navarra? En cambio  sí que anduvo por aquí, aunque sólo fuera durante dos meses, su hermano Luis el Hutín, a quien yo creo que alude el famoso escudo Francia-Navarra de San Zoilo.

¿Y por qué lo creo? Pues porque el testarudo -que ese es el significado actual de la palabra “Hutín”- además de emplear un sello personal en el que como rey coronado en Pamplona luce por primera vez exactamente las mismas armas en el escudo y en las gualdrapas del caballo que monta, tuvo relación probada documentalmente con Cáseda.


Sello de Luis el Hutín como rey de Navarra 1307-1316

Concretamente en dos ocasiones: la primera cuando el cinco de diciembre de 1307, casi finalizando ya su vertiginosa gira por nuestro país, confirmó en Sangüesa: 

“sus fueros a los de Cáseda, liberándolos de las fuerzas y violencias que hubiesen podido cometer contra ellos sus antecesores”. (Catálogo de los cartularios reales, años 1007-1384. Nº 612)

 Quien sabe, quizás hasta se acercó personalmente a Cáseda, que no queda nada lejos de la capital de la merindad.

La segunda es aún más clara y contundente y parece habérseles pasado por alto a los tres autores citados (en realidad a ellos y a todos los demás, excepto a este humilde cronista servidor de todos ustedes, pues tampoco aparece recogida en ninguno de los estudios del libro editado en 2010 sobre San Zoilo), así que en rigurosa exclusiva del blog "Crónicas Irreales de Navarra": 

“el 26 de junio de 1309 el concejo de Cáseda nombra procuradores que soliciten de García de Egüés, prior de Santa María de Pamplona y vicario general de la diócesis, en sede vacante, que reciba por abad de la iglesia de dicha villa a Thibalt de Belna, capellán del rey Luis, presentado por el propio monarca, que es el verdadero y legítimo patrono de dicha iglesia.” (Catálogo del Archivo General: Sección de Comptos. Documentos. Tomo I. Años 842-1331. Nº 699)

Fragmento del documento en cuestión donde se reconoce que el patrono de la
iglesia de Cáseda es el rey Luis el Hutín

Así pues: ¿no resultaría por tanto mucho más lógico que el escudo real tallado en Cáseda represente entonces a Luis que, aunque mínima, sí que tuvo relación probada con el templo de San Zoilo –cuyas obras estarían ya comenzadas durante su fugaz visita, aunque recibiesen el impulso definitivo bajo el obispado de Arnalt de Barbazán, entre 1318 y 1355?

Evidentemente yo creo que sí, aunque naturalmente a estos reyes lejanos sólo les importasen los templos que, como este de San Zoilo, tuviesen garantizadas abundantes rentas por la llegada constante de romeros y peregrinos, para premiar con ellos a sus funcionarios más fieles, como sería su capellán Thibalt de Belna. Así que para mí es al rey Luis -que por cierto, no me cae mal-, y ya apareció por eso mismo en al menos otras dos de mis crónicas irreales, a quien dichas armas evocan.


Felipe I el Hermoso y sus hijos. Luis I, a su izquierda,
 lleva la cota con las armas de Navarra

¿Pero y el gallo? ¿Qué fue del gallo?

Pues en el caso de San Zoilo creo que su localización en el punto más alto de la portada alude exclusivamente a su simbolismo como guardián y vigilante de los cristianos ante las asechanzas del demonio, ya que  con su cántico tan tempranero invita a rezar ya desde el alba, y por eso solía situarse en época medieval en las veletas de los campanarios o en puntos elevados de las iglesias.




No aludiría por tanto a ningún personaje concreto, ni siquiera a Luis el Hutín o a Felipe el Luengo. Aunque ya se verá...

Cosa muy contraria, como ya manifesté en mi entrada anterior ocurre en Ujué, donde la situación del gallo, no en lugar elevado de la portada ni del santuario, sino justo al lado del enigmático –hasta ahora…- donante, indica para mí muy claramente que ambas figuras deben estar relacionadas. Obsérvese si no que al otro lado del tímpano había mucho más sitio para tallar el gallo, pero que por la razón que ya he aportado creo que lo hicieron precisamente junto a Sancho de Oyllasco, a Robert Le Coq, a Luis de Beaumont o al rey Carlos II, para que no haya discusiones ni preferencias de autoría.



Y tengamos siempre en cuenta que según las dataciones más recientes –elaboradas precisamente por el propio C. Martínez Alava en su estupendo libro “Ujué: la montaña sagrada”- dicha portada se construyó en la década de 1370, al menos treinta años después por tanto que la de San Zoilo de Cáseda.

Pero esto no es ni ha pretendido ser nunca un blog donde machacar al sufrido lector con aburridísima documentación. No, para eso estoy yo, perdiendo el tiempo y la vista repasando tomo tras tomo de catálogos y registros de comptos por puro placer, con el fin de hallar el mínimo dato que permita dejar volar la imaginación, lo único verdaderamente importante de todo este asunto escritoril.

Por eso no ha sido sólo el atento recordatorio de mi amigo Simeón el que me ha hecho reparar en el gallo de San Zoilo, porque lo cierto es que esta historia de mi interés por esos dos gallos viene de muy, muy lejos, cuando me fumaba clases de auténtica pesadilla y prefería sumergirme en viejos librotes de papel amarillento que, algunas veces, acababan subrepticiamente fotocopiados, con la firme idea de sacar –cuando fuese: en el momento o muchos años después- algo de ellos más allá de aquellas horribles verborreas sobre geografía humana de Asia o sobre el turnismo entre Cánovas y Sagasta que tanto detestaba. En compensación, es justo reseñar que las clases de arte medieval navarro fueron ciertamente magníficas...

Creía entonces con ciertas vacilaciones que me servirían mucho más los conocimientos obtenidos por mi propio interés que los que estaba obligado a embaularme en mi muy “hutinesca” cabeza para sacar determinada nota. Ahora lo sé de manera indudable, y esta historia de por qué se ordenó tallar –por tan diferentes motivos- dos gallos en el reino de Navarra durante el siglo XIV vuelve a demostrármelo una vez más.

Y habrá quien con mucha razón piense que perdí entonces el tiempo. Peut-être, que diría aquel, aunque todo sea opinable, y tenga para mí que el tiempo que perdí fue sobre todo no atesorando muchas más cosas que me llamaron entonces la atención –y que ahora ya no recuerdo-, cuando no podía sospechar siquiera que acabaría existiendo una entelequia llamada Internet que permitiría que mis desvaríos se leyesen en cualquier rincón del ancho mundo.

El caso es que no me quedaría tranquilo si no añadiese un final sorpresa y cuajado de fantasía –como a mí más me gusta- a todo este embrollo de los dos gallos, porque resulta que precisamente una de las cosas que guardé en aquel lejano entonces fue un recorte sacado del “Diccionario Histórico Enciclópedico” publicado en Barcelona  por don Vicenç Joaquín Bastús i Carrera en el año 1830.

Y dice así al consultar el término “Gallo”:

“La orden del gallo fue una Orden de Caballería instituida por Luis el Hutín, hijo del rey Felipe el Hermoso de Francia, en obsequio y memoria de haberle salvado la vida el valeroso caballero don Claudio Polier durante la batalla de Courtrai, dada en el año 1302 entre franceses y flamencos. Dio dicho príncipe a la Orden las armas de Polier, que eran un gallo de sable en campo de plata, añadiéndoles este mote: Gallus ex periculo eripuit gallum –El gallo rescató del peligro al galo-, colocado entre el casco y el eje del escudo, y nombró al mismo Polier primer caballero de esta orden.”

Mejor soñar despierto con Órdenes de Caballería desconocidas que con pesadas lecciones  disuelve-cerebros, ¿no es cierto? Aunque no sepamos de dónde exactamente pudo sacar don Viçenc tal noticia, y sí que Luis el Hutín nació en 1289, y tenía por tanto sólo trece años cuando se dio la batalla de Courtrai, terrible derrota de la caballería francesa en donde no consta históricamente bajo ningún concepto que participase tan joven príncipe.

Pero si desde la más remota antigüedad se ha identificado al “Gallo” con el “Galo” (en latín ambos términos son el mismo: “Gallus”), y por eso nuestro país vecino sigue empleando institucionalmente ese emblema -le "Coq gaulois" lo llaman- ¿por qué no pensar que el gallo de San Zoilo quizás sea una de las representaciones más añejas de ese símbolo, que representaría por aquel entonces a los reyes de Francia -como llegaría a serlo Luis el Hutín- aunque sepamos que pese a ser utilizada también durante la edad media, fue a partir del Renacimiento cuando tal identificación cobró fuerza?

Platini, capitán de la selección francesa de fútbol, cuando pesaba
 40 kilos menos y era buena persona

Insignia oficial de los alcaldes franceses

¿Y por qué no admitir que sea además el último recuerdo de una ignota Orden de caballería medieval, a pesar de que conozcamos que esas instituciones comenzaron a surgir no a principios del siglo XIV, sino sobre todo en el segundo tercio de esa misma centuria?

Que cada  uno escoja la copla que más le guste o le convenza. Mi única recomendación es que vaya a contemplarse “in situ” tanto el gallo de Cáseda como el de Ujué. Ahí no hay sueños que valgan si no espléndidas realidades talladas en piedra. Tampoco estará de más que se brinde con buen vino navarro en la taberna más cercana a la memoria de don Sancho de Oillasco y don Luis el Hutín, que no son al fin y al cabo culpables en absoluto de que los haya incluido en mis desafueros histórico-artísticos.

 Y por acabar ya esta larguísima monserga siendo completamente fiel a mí mismo:

            Y el que venga detrás, que arree…

© Mikel Zuza Viniegra 2014