domingo, 30 de diciembre de 2012

DEVOLVEDME LA NIEVE

Munarriz (valle de Goñi), 1 de enero de 1456


Tú mismo, que tanto presumes de ser historiador -otro más de los muchos oficios que te atreviste a desempeñar y que luego dejaste también olvidado-, sabes perfectamente que todos los cronistas que en el futuro intenten desentrañar (si es que alguno llega a interesarse jamás en tan tedioso asunto) qué pretendías conseguir en este recondito lugar, darán vueltas y más vueltas a polvorientos documentos y no lograrán asentar más que débiles conjeturas sin sentido alguno. Pues, ¿cómo entender que, en cinco años de guerra total contra su padre, el único asalto que se empeñase en afrontar personalmente el príncipe de Viana fuese precisamente éste?

No, nadie lo comprenderá dentro de setecientos años, igual que nadie lo comprende ahora mismo. Tampoco los pocos capitanes que todavía te siguen, que deben pensar que su señor, tras tantas derrotas y miserias sufridas ha perdido completamente la razón.

¿Pero por qué no les dices la verdad de tu presencia en estas agrestes alturas de Valdegoñi? Y no me refiero a que les hables de tácticas de asedio o de combate, que bien sabes tú que Munarriz no tiene importancia estratégica alguna, y no se creerían más tus cuentos. Ya no.

Mas es allí justamente, ante los muros de una diminuta aldea de montaña, aterido en medio del recién comenzado invierno, y tan quieto sobre tu montura como la estatua ecuestre que nunca habrán de dedicarte, donde tu memoria responde en secreto a la insoportable interrogación que martillea tu corazón: ¿qué haces aquí? ¿qué haces precisamente aquí, Carlos?

Y se despeñan entonces tus recuerdos por aquellas escarpadas laderas, rodando en furiosa avalancha hacia Pamplona. Y dentro ya de la ciudad, a su palacio real, a las navidades de hace diez años, que pesan tanto ya como diez siglos.

Y allá estás tú, preocupado por cómo demostrar a tu esposa Agnes que se equivoca, que lo que ella juzga devaneos tuyos con la dama María de Armendariz no son más que galanteos sin importancia alguna, pues a ella y a nadie más que ella profesas amor y devoción. Mas no se te ocurre en esta ocasión nada que pueda situarse a la misma altura que aquella vez extraordinaria en la que convertiste el palacio de Olite en galeón adornado con jarcias de oro torzal.

Y te asomas desesperado a la ventana, que al abrirse llena la estancia del gélido viento de finales de diciembre. Y entonces, desde el ignoto lugar donde tienen su nido las ideas descabelladas, te llega meridianamente clara la quimera que llevabas tiempo buscando. Y haces llamar a toda prisa a don Euclides de Eristain, maestro y preceptor de todas las ciencias aritméticas en la escuela de la catedral. Y a él y sólo a él explicas tu proyecto, con el encargo de que haga todos los cálculos precisos para poder llevarlo a la práctica cuanto antes, de tal forma que tras pasar toda la noche enfrascado en complicadísimas cábalas y computaciones -que lo mismo tienen en cuenta la distancia entre las sagradas ciudades de Roma y Jerusalén, que el número de los apóstoles multiplicado por el de las legiones de ángeles que dicen que acompañaron al emperador Carlomagno en la rota de Roncesvalles, y dividido a su vez por el de los caballeros y pares de la Fama que sirven de ejemplo a todos aquellos que alguna vez hayan de empuñar las armas, sumado a la cifra estimada de torchas que al año se encienden ante Santa María de Uxue-, acaban dando por resultado los mágicos guarismos que anhelabas.

Y con ellos en la mano, tú mismo saltas al caballo y cabalgas a toda prisa, cambiando de montura en Ororbia y en Arteta, para poder llegar a tiempo al Consejo de Buruzagis de Valdegoñi, que tus heraldos han convocado previa y urgentemente en Aizpun. Y tu propuesta es tan desusada y exige tales esfuerzos, que no parecen muy dispuestos a llevarla a cabo. Hasta que les ofreces perdonarles los tres próximos años de pechas y tributos, si cumplen esa misma noche tu extraño deseo siguiendo taxativamente las instrucciones precisas que en el pergamino del sabio don Euclides vienen muy claramente estipuladas.

Y mientras vuelves a palacio, todos los hombres y mujeres del valle, sin distinción de edad o de condición social, se afanan en hacer acopio de estacas, cordeles y sobre todo palas muy hondas y antorchas muy grandes, pues es el trabajo nocturno.

Y llegado a Pamplona, das aviso a los vigías de las torres de la catedral, de San Cernin y de San Lorente, para que no se alarmen si esta noche ven moverse extrañas luces allá lejos, en la oscura tiniebla que seguirá al crepúsculo. Y esas lóbregas horas de la madrugada van pasando, mientras abrigado te asomas cada poco rato desde la ventana del salón de audiencias, pues hace días que Agnes no te franquea el paso a su aposento, y efectivamente contemplas como suben y bajan en lontananza lo que desde aquí lejos parecen meras chispas, pero que son en realidad flameantes teas cubiertas de resina para que alumbren más y durante más tiempo.

Y cuando llega el amanecer, vislumbras por fin lo que ningún otro loco amante, ni siquiera aquellos arrebatados Marco Antonio y Cleopatra de los que hablan los antiguos, fue capaz de llevar a cabo para mostrar a todo el mundo su enamoramiento.

Y corres a golpear la puerta de la habitáción de Agnes, que se niega a abrírtela. "No me importa -le dices-. Tan sólo te pido que mires por la ventana"...

Y lo que vio la princesa la dejó boquiabierta, pues allá lejos, en la ladera de aquellas montañas cuya maravillosa panorámica es privilegio de todos los monarcas que han habitado este palacio de la Navarrería, habías hecho amontonar la nieve caida las últimas semanas de tal forma que unidas por un corazón, pudieran verse desde toda la cuenca las iniciales de vuestros nombres: Karlos y Agnes. Para que nadie, ni siquiera ella misma, pudiese albergar ya nunca más dudas de tus verdaderos sentimientos.

Y todos los que contemplaron semejante prodigio, incluso los que no sabían leer, se alegraron por sus señores naturales, y lo entendieron como un presagio de buena fortuna para su futuro reinado.



Y lo cierto es que jamás hubo ya más puertas ni muros entre vosotros, hasta que Agnes murió en funesto año de desgracia de 1448. Ya nada fue igual para ti, pues ese año marcó también el comienzo de la guerra que todavía consume a Navarra, cuando tu mismo padre se atrevió a usurparte la corona.

Viviste desde entonces fugitivo en tu propio reino, corriendo de aquí para allá en pos del próximo y seguro fracaso. Hasta que un día oíste hablar a unos viejos refugiados de la guerra en el convento de Santo Domingo de Estella, de que se rumoreaba que en la aldea de Munarriz se conservaba todavía algo de la nieve de aquel corazón que tú habías hecho dibujar en los montes para Agnes.Y que quien conseguía hacerse siquiera con uno de aquellos asombrosos copos, sentía al instante recuperar el amor perdido.

Y contra la opinión de tu Consejo, que te recomienda atacar villas más importantes, y sobre todo más ricas, ordenas inmediatamente poner cerco y asedio a aquel pequeño pueblo. Y aquí estás ahora, en tu caballo cubierto con la gualdrapa que la misma Agnes tejió para que la llevases en tus torneos de gala: la que lleva bordado un sembrado de letras K y corazones con el lema "leal", en señal de que no lo hubo nunca más fiel que el tuyo....



¿De verdad has llegado a creer por un instante que aquel puñado de nieve valdrá alguna vez tanto como el puñado de cenizas que a estas alturas se habrán consumido ya en la cripta regia de la catedral? Ni siquiera tú puedes estar tan enajenado...

Prefieres no responderte a ti mismo. Pero te quitas el casco y la coraza, embrazas el estandarte real de Navarra, y te aproximas al muro que enconadamente defienden los aguerridos vecinos de Munarriz. No lo haces por impresionarles, que hace tiempo que tu única bandera es el recuerdo de la cabellera de Agnes ondeando al tibio viento de Olite, sino para servir de referencia plena a los arqueros y así ser herido como lo fue la doncella Juana en Orleans o, si hay más suerte, ser muerto como el rey Ricardo en Chalús, y acabar de una vez con esta desdicha...

Pero no hay piedad para los locos, así que nadie osa dispararle. Y entonces él les grita desgarradoramente:

-¡Devolvedme la nieve! ¡Devolvédmela, os lo ruego!

Y al principio nadie se mueve, pero luego, tímidamente, se abre el portón y una pareja de jóvenes sale a su encuentro para entregarle una cajita que lleva un corazón pintado en la tapa. Cuando el príncipe la abre, queda deslumbrado por el diamantino reflejo de una nieve que calienta. Así le hablan:

-Señor: conformáos con esta pequeña cantidad, y consentid que el resto quede bien resguardado en Munarriz. De tal suerte que todo aquél que lo necesite pueda reconfortarse en el futuro con esta nieve igual que vos lo estáis haciendo ahora.

-Muy justa me parece vuestra demanda, y podéis decir a vuestros amigos que en este preciso instante ordeno levantar el cerco. No tengo nada más que hacer aquí, y tampoco en este inhóspito reino repleto de encarnizados enemigos míos. Mañana mismo partiré para el exilio, y os prometo que sólo llevaré esta cajita conmigo. Pero antes de marchar, me gustaría saber vuestros nombres, por favor.

-Ella es Agnes, y yo soy Carlos, señor.

Y todo vuelve a empezar...


Y recién llegado como quien dice del precioso valle de Goñi, este cronista os desea que el año que está a punto de comenzar llegue cargado de nieve, que es siempre sinónima de bienes.
Feliz 2013.

© Mikel Zuza Viniegra, 2012

viernes, 28 de diciembre de 2012

EL JUICIO DEL REY TEOBALDO

Pamplona, año del Señor 1269

No hace ni dos días que el joven rey Teobaldo II llegó a la ciudad, y ya están los senescales haciéndole saber la larga lista de agravios que los siempre levantiscos nobles navarros han elaborado para que el soberano pueda juzgar con fundamento sobre sus peticiones.



          Y allí, en la sala de audiencias de los palacios de San Jesucristo, que el señor obispo le cede para que se aloje mientras se halla en la capital del reino, mucho se sorprende el monarca de que entre todos aquellos quejumbrosos caballeros, no estén representados los que más dolor de cabeza le han traído siempre con sus reivindicaciones. En efecto: ni los Almoravid, ni los Guevara, ni los Subiza, parecen solicitar nada esta vez. Y eso es algo tan inusual, que en un receso pide explicaciones al prior don Martín de Guerguitiain de por qué no ha venido todavía a cumplimentarle ningún miembro de tan ilustres linajes.

El azoramiento del prior aún escama más al rey, que ya no pide, sino que exige, que se le diga dónde están los tres ricoshombres mencionados. ¿Habrán sido capaces de aprovechar su ausencia para encabezar una revuelta? Es cierto que en el pasado tuvo roces con alguno de ellos, pero no puede creer que justamente en este momento, cuando el acopio de víveres y de hombres es su preocupación principal, puedan haberse atrevido a semejante desacato.

Y es que no tiene en mente más que unirse a la cruzada que su suegro el buen rey Luis de Francia tiene ya en marcha. Mas ¿cómo alejarse de Navarra si resulta que hay preparada una rebelión?

Afortunadamente don Martín acaba con sus sospechas al referirle la verdad. No hay planeada ninguna insurrección, pero lo que le cuenta le deja tan estupefacto primero, y tan preocupado después, que de no estar en sagrado, sus imprecaciones se hubieran oído hasta en el castillo de Tiebas.

Porque de lo que acaba de enterarse es de que el matrimonio entre doña María de Guevara y don Iñigo Almoravid, que él mismo promovió con tal de acabar de una vez con las constantes disensiones nobiliarias, no sólo no se ha llevado aún a cabo, sino que las negociaciones nupciales se han emponzoñado de tal manera, detenidas en necias discusiones sobre la dote que la novia debe aportar, y los castillos que el prometido habrá de entregar a su futura esposa que, olvidando lamentablemente su aristocrática condición, han llegado a desafiarse a duelo ambas familias. Esa misma tarde, como es sabido en toda la ciudad, pues no se habla en ella de otra cosa, en el llano de la Taconera, tendrá lugar el combate. El señor de Subiza, a lo que parece, es  el juez escogido por ambas facciones para que vele por la limpieza del reto.

-¿Así es como se cumplen mis órdenes? –ruge el rey don Teobaldo-. ¿De manera que apoyo un matrimonio con vistas a pacificar el reino, y me encuentro ahora con más pendencias y querellas de las que había antes? Pues yo haré entender a esos tozudos quién manda en Navarra. Haced que partan  inmediatamente mensajeros a los palacios de los enredados en esta locura, y que les dejen bien claro que avoco a mi autoridad soberana esta pelea, que ya no será en el escondido lugar donde ellos pensaban, sino a la vista de todos, en la plaza frente al castillo que poseo en el chapitel. Hacedles saber igualmente, que si no se presentan o si deciden continuar con sus planes, conocerán mi furia. Y que no se preocupen por nada, que yo mismo me voy a encargar personalmente de prepararles el palenque. Que los pregoneros anuncien mi mandato por las calles, tanto en las de la Navarrería como en las del burgo de San Cernin y en las de la población de San Nicolás. Si no quieren bodas, puede que tengamos funerales…

Y efectivamente mucha prisa se dan los hombres del rey en cercar el espacio entre el castillo y el convento de predicadores, y la multitud va ocupando las recién dispuestas gradas. Los reyes ya se hallan en el  estrado, en el que campean ya los escudos de todos los implicados: el rojo carbunclo de Navarra y la banda de plata de Champaña por ser los de don Teobaldo. Las flores de lis de Francia por ser las armas de su esposa doña Isabel. Los tres bastones de los Almoravid, los cinco corazones de los Guevara, y la faja de oro sobre campo de gules de los Subiza.
 
Así habla con voz muy potente, para que todos puedan oírle, el rey de los navarros:

-Veo que ya estáis listos para pelear tanto los Guevara como los Almoravid, pero no fuera yo buen monarca si os dejase luchar entre vosotros, pues recuerdo muy bien cómo rubriqué vuestra unión con mi propio sello la última vez que estuve en Pamplona. ¿Y qué clase de gobernante sería yo si os permitiese contravenir mis órdenes? No, queridos vasallos, definitivamente no puedo permitir tal desacato a mis atribuciones regias. Así que he decidido que luchéis juntos, como buenos hermanos que yo decreté que fueseis. Y como señores tan nobles merecen rivales del mejor porte, espero que estos que os presento ahora colmen vuestras expectativas…


Y por uno de los laterales van entrando hasta una docena de caballeros de la Guardia Real. Los escogidos para servir de escolta a don Teobaldo y para acatar sus órdenes sin vacilación.  Famosos por su destreza en el combate y por no retroceder jamás ante el adversario. Llevan yelmos reforzados en sus cabezas, largas lanzas con punta de metal, imponentes sobrevestes de color negro, y sus monturas van totalmente cubiertas con las más ricas gualdrapas que nadie imaginarse pueda. Vuelve el rey a hablar:

-Mi Guardia no necesita presentación, pero os convendrá saber que para esta ocasión tan especial han recibido de mí un único mandato: ¡A muerte! Sí, mis señores, puesto que estabais dispuestos a mataros entre vosotros, he supuesto que mucho más os complacería morir juntos a manos de mis hombres, célebres por no dar nunca cuartel hasta vencer o quedar tendidos sobre el campo de batalla. Y precisamente ahora están muy bien entrenados para la expedición a Tierra Santa que estamos a punto de emprender, y que debió haber constituido vuestra única preocupación, en lugar de perder el tiempo en esta torpe querella que está a punto de llegar a su fin…

Tales nuevas caen como un jarro de agua fría entre los hasta esta misma tarde fieros rivales. Todos han visto adiestrarse a la Guardia Real, y saben que no tienen posibilidad alguna de vencerles, así que encomiendan su alma a Dios antes de subir a sus caballos. Mas en medio del público, que chilla y brama ansioso de que empiece tan inesperado espectáculo, sólo una mujer permanece quieta y en silencio.


Llora mientras dos de sus damas tratan de consolarla. Es la gentil María de Guevara, que también ha comprendido que por la testarudez de sus respectivas familias, va a acabar perdiendo a su verdadero amor, el apuesto don Iñigo. Así que muy resuelta salta al campo y se dirige así a su rey:

-Gran señor don Teobaldo. Que acabe ya esta locura. Antes que ver morir a mi prometido, prefiero renunciar a la palabra de casamiento que libremente me dio. No soportaría verle caer bajo las lanzas de vuestra guardia.

Y de entre los contendientes se destaca la figura de don Iñigo que, quitándose el yelmo para que todos puedan reconocerle, exclama apesadumbrado:

-Muy grande estupidez cometí queriendo obtener más tesoro que esta mujer, que vale más sanchetes de plata que todos los que vos podáis acuñar en vuestra vida, Majestad. Cinco corazones lleva en su escudo y, si aún me acepta, el mío ha de ser el sexto…

-¡Mucho os ha costado decidiros, que ya no sabía yo como incitaros para que dieseis tal paso! –responde exultante el rey de Navarra-. Pero me placen tanto vuestras palabras, que ordeno ahora mismo que cese esta farsa, pues en ningún momento he pensado de veras en seguir adelante con semejante desatino. Poned vuestras manos entre las mías, y sirva este gesto para desterrar de una vez los malos augurios.


Y guárdense las lanzas y los arreos de guerra, que a las bodas se acude con músicos y no con soldados….

Y cuando el txistu empieza a sonar, toda la concurrencia se lanza a bailar, llenando de alegría lo que iba a ser el campo del dolor. Y muy orgullosos están todos de don Teobaldo, pues ha demostrado su señor la misma sabiduría que  aquel otro rey don Salomón, que cuentan las Santas Escrituras que supo juzgar cuál era la verdadera madre entre las dos mujeres que pleiteaban por un niño.


Y dicen que de aquella fiesta viene la costumbre de danzar a los sones de la gaita y el tamboril en la plaza del Castillo, como hasta en nuestros tiempos suele hacerse. Y que estos sucesos dejaron tan honda memoria en la ciudad, que cuando pocos años después comenzó a levantarse el maravilloso claustro de la catedral, en dos de sus capiteles quisieron los muy sabios canónigos dejar testimonio de torneo y de danza tan renombrados.

E hicieron muy bien.
                        Este cuento fue escrito originalmente para el Calendario Festivo de la Asociación de Amigos de la Catedral de Pamplona, que yo elaboré para este año 2012 que está a punto de terminar. Y lo titulé: "La Edad de la Caballería en la Catedral de Pamplona". Las estupendas fotos de los dos capiteles del claustro que me sirvieron de inspiración son de Jose Carlos Cordovilla.                

© Mikel Zuza Viniegra, 2012

lunes, 17 de diciembre de 2012

BARRUNTOS X - THE MAKING OF


Y llegó el momento de rendir las cuentas que sobre los Barruntos prometí en la última entrega, aunque reitero que lo hago a regañadientes, porque no me gusta nada desvelar lo que queda oculto tras mis relatos. Siempre me parece que es mejor que el lector abrigue siempre una duda razonable -o no-, sobre lo que dejo escrito.

Esta historia nace de dos premisas fundamentales: mi socorrida afición a situar como escenario de mis invenciones literarias al valle de Izagaondoa, de donde secularmente proviene mi familia paterna, y mi predilección por dos autores navarros de principios del siglo XX: Angel María Pascual y Gabriel de Biurrun. Unir ambas afinidades era algo que no tenía pensado en un principio, pero podemos decir que una cosa me fue llevando a la otra...

Entre los muchos misterios y maravillas que encierran tanto el citado valle como los de Unciti, Ibargoiti o Lónguida que lindan con él, no es el menor de ellos que una imagen muy llamativa se repita hasta cinco veces en tan reducida franja de terreno. Efectivamente, la inquietante imagen trinitaria que podemos ver todavía esculpida en las portadas de las iglesias de Iriso, Artaiz (por dos veces), Santa Bárbara de la Higa de Monreal (adónde fue trasladada desde la del despoblado de Garitoain), y pintada en la bóveda de la de Ardanaz (y que no aparece en los "Barruntos", porque fue redescubierta hace muy pocos años), siempre había llamado poderosamente mi atención, pues resulta evidente que tanta repetición no puede ser una simple casualidad.



De esas cinco piezas, la más impresionante es la que aparece tallada en uno de los canecillos que sostienen el alero de San Martín de Artaiz. En el relieve adyacente, un desconocido obispo (quizás el promotor de la obra) alza su mano tanto para advertirnos como para bendecirnos. ¿Pero hubo alguna vez cátaros en Izagaondoa? Pues no hay evidencias que lo demuestren, por lo tanto mi suposición sobre el sentido de ese signo cinco veces repetido no es más que una hipótesis literaria. En cualquier caso la cercanía entre el Languedoc y Navarra muy probablemente provocaría contactos frecuentes entre uno y otro lado del Pirineo, así que no resulta imposible que grupos de cátaros buscaran protección lejos de la persecución cruzada. De hecho hay autores que defienden que los Agotes, esa comunidad residente durante siglos en el barrio de Bozate de Arizkun, fue precisamente discriminada por ser descendientes de los cátaros...

El caso es que hace dos años, visitando aquella joya del románico navarro, sobre el murete que rodea la iglesia alguien se había dejado olvidado un folio con el programa de fiestas de la localidad, que se habían celebrado del 27 al 29 de agosto. Un pequeño texto de autor anónimo ocupaba una de las caras. Decía así:

LA INFLUENCIA CÁTARA

"Sancho Ramirez "hermana" Pamplona con Santa Fe de Conques, nombrando obispo de Pamplona a Pedro de Roda, monje de dicha abadía y encargando a sus monjes la protección de la ruta de San Miguel de Izaga, desde Burguete, donado por el conde Sancho de Erro a Santa Fe de Conques, hasta Garitoain (cercana a Monreal) donde los monjes tienen una encomienda.

Y esto se produce en plena predicación cátara o albigense, que exportan a la ruta de San Miguel los monjes del Cister.

A cambio, Sancho Ramirez ofrece a su hijo Ramiro, el futuro rey Ramiro el Monje, a la abadía de Santa Fe de Conques.

Artaiz, que está en toda la efervescencia del camino de San Miguel, se deja influir por las nuevas corrientes, reflejándose en la elaboración de sus tallas, en especial en la metopa que representa una misa de cara al público."

Al leerlo, me vino enseguida a la cabeza un flash conectando el símbolo Trifaz con esos cátaros de los que hablaba el texto. Me pareció más propicia para estirar la imaginación mi versión que aquella otra que daba todo el protagonismo a los monjes de Santa Fe de Conques, quizás demasiado tempraneros (a principios del siglo XII) para tener algo que ver con los cátaros, cuya eclosión se produjo en el Languedoc entre finales de ese mismo siglo y mediados del XIII. El caso es que la chispa ya estaba encendida, así que sólo era cuestión de no dejar que la apagase el viento de la desmemoria.

Y aquí es donde entran en la ecuación Angel María Pascual y Gabriel de Biurrun, tanto por esa admiración antedicha que les profeso, como porque ambos me brindaban la ocasión de homenajear de paso a una de mis películas favoritas: "Indiana Jones y la Última Cruzada", cosa que no puede sorprender a nadie, viendo lo que me gusta la Edad Media, y sobre todo porque no dudé en introducir en mi relato a los dos doctores Jones -padre e hijo-, que son quienes hipotéticamente colaboran, junto con el profesor Tolkien, en las investigaciones del Servicio Secreto Británico. He intentado repetir ese tono paterno-filial de la película entre el joven Angel María, y el maduro don Gabriel.

Ya, pero ¿dónde puede estar el Grial y el resto del tesoro que los perfectos cátaros supuestamente lograron poner a salvo?

Pues a eso evidentemente sólo podrían contestar ellos. Lo que sí que se sabe es la cantidad de gente que desde 1244 lo ha estado buscando, al parecer sin éxito. No animo por tanto a que nadie vaya a romper la paz de Najurieta armado de pico y pala, pues no le auguro ganancia ninguna, excepto si sufre problemas de piel, pues entonces podrá seguir encomendándose en aquel hermoso templo -donde efectivamente se casaron mis abuelos- a los poderes curativos de Santa María de Basabe.

Eso sí: mi opinión sobre los cátaros, como sobre cualquier otro movimiento tan pacífico como el suyo, no puede ser más elevada. El hecho de que el Papado decidiese aplastarlos, y que utilizase para ello a los guerreros del rey de Francia, a los que la religión católica les importaba mucho menos que la posibilidad de saqueo y rapiña de todo el Languedoc, no hace sino reforzar mi simpatía por ellos. Y por supuesto, el hecho de que prefirieran arrojarse a la hoguera inquisitorial antes que renunciar a sus creencias (que, por cierto, no imponían a nadie), provoca mi respeto más firme por su tenaz ejemplo.    

Y naturalmente los malos, como en el filme de Spielberg, no podían ser otros que los nazis, por los que no hará falta decir que siento tanta aversión como el propio personaje encarnado por Harrison Ford. Confirmar algo de lo que había oído hablar muy vagamente: que una compañía de soldados alemanes había estado en Pamplona durante los Sanfermines de 1940, y sobre todo que el número dos del régimen hitleriano, Heinrich Himmler, había pasado siquiera fugazmente por Navarra en su visita a la España del general Franco de octubre de ese mismo año, facilitó sobremanera mi empeño.

Leer cómo la tarde de ese 7 de julio, todos los asistentes a la plaza de toros, puestos en pie, honraron al comandante alemán escuchando brazo en alto el "Deutschland Über Alles" y el himno nacional español, además de conformar una imagen de lo más surrealista, convierte en verdaderamente risibles las denuncias de quienes hoy en día se quejan de que "los Sanfermines de ahora están demasiado politizados".


No pude descubrir el nombre del comandante alemán que asistió a esa corrida de toros y agasajó al torero Curro Caro por haberle brindado el cuarto de la tarde, así que decidí darle el de Heinrich Strasser, el pérfido gobernador alemán de la película de culto "Casablanca".

Aún así me faltaba un "malvado" que pudiera emplear como catalizador del relato. Y ahí que apareció don Guillem de Saintonge muy ufano. Desde estas páginas le pido su absolución allá donde esté, por haberle metido sin pedirle permiso alguno en semejante embolado, porque en realidad no parece que ejerciera mal su labor apostólica, aunque volvió a favorecerme, y por eso lo escogí, el que hubiese excomulgado al rey Sancho VII el Fuerte, aunque no por el motivo que yo narro, sino por el mucho menos sugerente de reclamarle unos castillos que, según él, el monarca detentaba sin razón. No negaré que el relieve del obispo de Artaiz también me vino de perlas para adjudicarle al pobre don Guillem su maléfico y precursor carácter de creador de un concepto tan repugnante como es el de los campos de concentración nazis...

Naturalmente, a Sancho no le hizo ninguna gracia ser excomulgado, y removió todas sus influencias para que ese castigo fuese levantado. Lo malo es que su dinastía (y en general cualquiera de las navarras ) jamás gozó de predicamento alguno en el Vaticano -siempre presto, eso sí, a hacer caso a reinos mucho más ricos y poderosos-, que no le reconoció su categoría regia hasta que aceptó participar en la cruzada de las Navas de Tolosa.

Sancho el Fuerte es un personaje histórico que siempre me ha caído especialmente bien. Me parece que hizo gala continuamente de esa cabezonería tan navarra, y tan característica de los que -como él-, acaban sus días en una soledad mitad elegida,mitad impuesta. Creo que aunque sólo fuera por hartazgo personal hacia la actitud papal, por mera codicia o -por qué no-, por portarse como el buen caballero que realmente fue, muy bien podría haber aceptado defender a los huidos de tan terrible persecución.

Y para hilar ambas épocas: la medieval y la de los años 40 del siglo XX, nadie mejor que la muy enigmática figura de Otto Rahn, que dedicó efectivamente casi toda su vida a destacar la supuesta -creo yo- relación existente entre los cátaros, los antiguos germanos y el supremo misterio del Grial, que los primeros habrían conseguido poner a salvo del sitio de Montsegur, su inexpugnable última fortaleza. No hay forma de saber qué pensaba realmente Rahn sobre sus protectores de la Ahnenerbe -organización de las SS que realmente existió, y que se dedicó a buscar tesoros mitológicos que pudiesen servir para asentar las descabelladas teorías raciales de Adolf Hitler y sus principales secuaces-, o de Heinrich Himmler, que en esta misma visita a España se empeñó en visitar lugares como el monasterio de Montserrat, donde demandó a los monjes toda la información que -según él-, guardaban en su biblioteca sobre el Grial...


Consultando sobre este viaje en  periódicos de la época , y para demostrar el serio problema mental del Reichsführer Himmler, ví que también quiso visitar el museo del Prado, donde entonces se hallaba la Dama de Elche, respecto a la cual "hizo varias consideraciones sobre sus rasgos raciales, que consideró como una expresión de occidentalismo" Por cierto que el director del Museo ofreció enviarle como regalo una reproducción de dicha escultura, a la vez que el Comisario general de excavaciones arqueológicas le obsequió con un auténtico broche visigótico del siglo VI. A la tarde, como no, lo llevaron a los toros, y su foto con el pobre torero, completamente rodeado por militares nazis, es ciertamente de antología del disparate...


En fin, patético servilismo con quien los periódicos -muy cautamente-, denominan "jefe de la policía alemana". Tan patético ciertamente como el mostrado por las autoridades navarras al ir a recibirle a Alsasua. Y para vergüenza  eterna de las mismas, tan sólo un dato: uno de los acompañantes de Himmler fue Karl Gebhardt, doctor y cirujano consultor de las SS con el grado de Brigadeführer y Teniente General de las Waffen SS , que era además su médico personal y promotor poco más tarde de aberrantes experimentos médicos con prisioneros de los campos de concentración de Ravensbrück y Auschwitz, donde "compartió experiencias" con el ángel de la muerte: el siniestro doctor Josef Mengele. Por esos crímenes contra la humanidad fue juzgado y sentenciado en los Juicios de Nuremberg, siendo ahorcado en junio de 1948. A "angelicos" como éste cumplimentaron las "autoridades navarras" aquel lamentable 19 de octubre de 1940 en Alsasua...


Ah, y desde luego que me he divertido manipulando algunas de las fotografías que he ido empleado para ilustrar lo que iba contando. No voy a decir exactamente cuales, para que queden al albur de la imaginación del lector. Pero sí que diré que ésta de la reunión en Alsasua es completa y tristemente cierta, como puede atestiguar la hemeroteca del Diario de Navarra.

¿Y Devlin? Pues es un nuevo homenaje que me he permitido, en este caso a una novela que me encanta: "Ha llegado el águila", del escritor británico Jack Higgins. Cuenta el intento de secuestro de Winston Churchill por parte de un comando alemán, en el que se enrola este irlandés que se autodefine como "el último de los grandes aventureros", así que su presencia en Navarra como acompañante forzado del comando inglés (cuyos once nombres, por cierto, saqué de la alineación de la selección inglesa que ganó el Mundial de Fútbol de 1966), se me antojó absolutamente imprescindible. Hay película -muy entretenida-, interpretada por Michael Caine, Robert Duvall, y Donald Sutherland, que borda su papel de irónico luchador por la unidad de Irlanda.


Los lugares "afectados" por el misterioso rayo en Izagaondoa y Unciti, a saber: Errondo, Mendinueta Y Zoroquiain, son hoy en día despoblados. El tímpano de Errondo, efectivamente "desapareció" en aquellos mismos años, pero volvió a aparecer en el Museo de los Claustros de Nueva York, donde actualmente se encuentra. Fuese cual fuese el método empleado para ello (venta o robo, aunque en estos casos estas dos palabras son siempre sinónimas), deseo desde aquí a los implicados en semejante atropello del patrimonio histórico-artístico navarro, que unos demonios igual de feos que los que aparecen tallados en dicha portada, les rasquen el culo con un tenedor por toda la eternidad...

La torre de Mendinueta se fue desmoronando progresivamente a lo largo del siglo XX. Ahora sólo queda el orgulloso arranque de los muros sobre la roca madre que le sirve de basamento. Zoroquiain se despobló definitivamente hace pocos años, y en cuanto a la basílica de San Miguel de Izaga, es la única que sigue en su sitio ocho siglos después de su construcción. Gracias infinitas sean dadas al arcángel por ello.  

Y sólo me queda ya hablar de los dos auténticos protagonistas de todo este enredo: Gabriel de Biurrun y Angel María Pascual. Pero ya he contado mucho sobre ellos en estas nueve entregas, así que realmente me queda poco por añadir, excepto quizá pedir disculpas a quien haya podido molestarse por este ejercicio mío de invención literaria. He de expresar sin embargo mi más sincero agradecimiento a la hija de don Gabriel de Biurrun, que ha tenido la amabilidad de contactar recientemente conmigo. Desde aquí aprovecho para decirle que sus palabras son una de las mejores cosas que me ha traído aparejada esta faceta mía de escritor. Y eso porque como ya he reiterado, mi admiración por estos dos narradores viene de lejos...

Concretamente de cuando editorial Pamiela y Miguel Sánchez-Ostiz -que es quien más y mejor ha escrito sobre ellos- publicaron en 1987 una antología de la "Silva curiosa de historias" de Angel María Pascual. La impresión que causó este libro en el chaval que yo era entonces, me resulta difícil de explicar. Baste decir que -en mi  ensimismado medievalismo habitual-, el único "fallo" que pude achacarle fue que los hechos que narraba nunca fueran anteriores al siglo XVI. Pero descubrir por primera vez que alguien había contado con tanto arte historias sorprendentes y curiosas, que además habían transcurrido en la misma ciudad, y en los mismos lugares por los que yo me movía, me provocó tal impacto que aún hoy no puedo calibrar en su justa medida todo lo que yo, literariamente hablando, debo a AMP. En el sabroso prólogo de ese misma compilación, Sanchez Ostiz hablaba de otro libro que yo jamás había oído nombrar, y  que al parecer Pascual había editado de forma primorosa: "El coqueto don Sancho Sánchez" de Gabriel de Biurrun Garmendia "Gabirel".

A la medida de mis escasas posibilidades monetarias, ese fue el inicio de una búsqueda que todavía continúa, casi griálica -sobre todo por la dificultad que encierra encontrar unas obras editadas hace ya setenta años, que se han convertido además en pieza de bibliófilo-, de los libros de los que hablaba Sanchez Ostiz en muchos de sus dietarios y sobre todo en los magníficos prólogos de sus progresivas ediciones modernas de las obras de Pascual en los primeros años de la década del 2000.

Hasta que finalmente he podido irme haciendo con prácticamente toda la obra original de ambos autores. No con toda, porque este asunto de los libros viejos es igual que aquella ranchera: "Yo no busco pa encontrar, busco pa seguir buscando", y aún me falta alguno por conseguir. Pero sí que acabé consiguiendo el Coqueto, cuya tirada fue de 300 ejemplares numerados, con la alegría de que viniese además dedicado de puño y letra del propio don Gabriel a su amigo el doctor Pérez Quintana.

Como prometía Sánchez-Ostiz, este libro es en efecto una verdadera preciosidad, y no sólo por su primorosa edición, sino por la erudita e irónica fantasía que sobre la virreinal Pamplona del siglo XVIII tejió tan acertadamente don Gabriel de Biurrun. Además, las circunstancias en las que se publicó, en plena guerra civil, lo hacen todavía más especial, porque demuestra que dos hombres de ideas políticas muy distintas, pero también de una profunda religiosidad común, podían colaborar en un empeño intelectual tan curioso como este.

En el año 2000 el Gobierno de Navarra publicó una espléndida reedición -a cargo de Miguel Sánchez-Ostiz y de Vicente Galbete-, acompañada de otro cuento escrito por Biurrun y de un estudio a cargo de MSO titulado precisamente "Los barruntos de la botica". El que yo le puse a mis nueve entregas es, evidentemente, un homenaje a ese fantástico trabajo.

No quiero juzgar a setenta años vista las ideas de Angel María Pascual. Eran las suyas y con eso basta. Pero en cuanto a Gabriel de Biurrun, contamos con el testimonio del profesor británico Walter Starkie, que en su libro sobre el Camino de Santiago, publicado en 1958 cuenta como al llegar a Pamplona se dirige a Casa Marceliano y allí pregunta al dueño, don Matías Anoz:

-Hola, don Matías, ¿se ha olvidado usted de mí y de aquellos tiempos de la guerra?
Don Matías se puso en pie de un salto y me acogió cordialmente. Los viejos compinches se me quedaron mirando, haciendo un resumen de mí, pesándome en la balanza, probándome según todas las leyes del hombre y de la bestia. El exclamó: 

-¿Que si lo recuerdo? ¡Como mi propio nombre! Son ustedes, los británicos y los norteamericanos quienes nos han olvidado a nosotros, sus viejos amigos. ¡Bien que se alegraban de poder contar con nosotros en aquellos días de mil novecientos cuarenta y tres!

Don Matías y sus compadres vascos habían sido firmes amigos de los aliados en los peores días de la segunda guerra mundial. Habían ayudado a nuestros refugiados que cruzaban por los pasos de los Pirineos, arriesgando sus vidas y cayendo en cierto número de casos víctimas de las patrullas alemanas de la frontera.   

-Don Matías -le dije yo-, como súbdito británico no tengo más remedio que bajar la cabeza avergonzado. Usted y Biurrun y nuestros amigos vascos, con otros muchos españoles, pertenecen a la que yo llamo la “Legión olvidada”. Esa legión tiene mucho miembros en todas las partes de España. Lo nuestro ha sido verdadera ingratitud.”

Desde luego que ese Biurrun al que se refiere Starkie no es otro que el autor del Coqueto don Sancho Sanchez, con lo que se demuestra que tampoco he tenido que inventar demasiado para convertirlo en protagonista de mi largo relato.

Y efectivamente, AMP fue un falangista convencido, y sus artículos -porque fue sobre todo periodista-, muestran ese compromiso político indudable. Pero conviene no quedarse únicamente con ese aspecto de su trayectoria personal, pues es -al menos en mi opinión-, el mejor escritor navarro de todos los tiempos, si acaso esto es un mérito que merezca la pena destacarse. Su ideología política ha quedado, afortunadamente, completamente periclitada, pero siempre podremos leer sus textos más literarios, esos que no dedicaba a la inmediatez de la noticia diaria, aquellos en los que alcanzó tal grado de maestría a la hora de percibir y contar detalles de la ciudad en los que nadie más que él reparaba que, aún leídos hoy en día -cuando muchas de las cosas de las que habla han desaparecido ya-, asombran por su genio.

Curiosamente su obra más famosa no es ninguna de las que él mismo consiguió editar o de las que se publicaron tras su prematura muerte en 1947, cuando apenas contaba treinta y cinco años. A las "Glosas a la ciudad" me estoy refiriendo, recopilación de los artículos que entre 1945 y 1947 escribió cada día en el Arriba España. Se ha escrito tanto sobre ellas, y sobre ese inigualable estilo a la vez lírico y sentimental que AMP desplegaba en ellas, que sólo me gustaría agregar que sobre todo a la lectura y relectura de tres de ellas, las tituladas: "Pobre Lara" (9/6/1946), "Don Pedro de París" (10/9/1946) y "Se ha perdido una calle" (21/11/1946), debo muy probablemente esta afición mía de plasmar en papel historias inverosímiles. Pero es que él mismo dejó escrito en 1934: "Quien sabe si después de todo, no serán las leyendas lo único cierto de la Historia". Y yo no puedo estar más de acuerdo con esta sentencia.

Pero aún hay más, porque AMP era también un prodigioso dibujante, cuyas ilustraciones -en las que habitualmente le gustaba incluir figuras humanas de espalda-, es un crimen que no hayan merecido todavía un album recopilatorio. Si tengo que escoger alguna, me quedo con este majestuoso paisaje que muestra la Ciudad de Dios, la "Civitas Dei" de San Agustín, en el Arriba España del 27 de marzo de 1938 :


 y con esta otra perteneciente al cuento "El pozo de Arbeiza", publicado en 1940 en la revista "Vida vasca", donde el incendio del lejano torreón puntea con su luz las siluetas envueltas por la negrura de la noche:


Y sí, todavía hay más, porque además AMP era profeta, y vislumbró a la perfección lo que el futuro -disfrazado con la milonga del "progreso"- traería a su querida Pamplona. ¿Cómo si no explicar esta glosa del 3/12/1946?:

"...Aquí la piedad por las cosas antiguas que rodearon el vivir de nuestros antepasados es un capricho inexistente. A los caciques no les sirven de nada. Tampoco influyen en las cotizaciones de bolsa... ¿Que aquí vivió un santo?, ¿que aquí cayó otro?, ¿que es un trozo bello de arquitectura, de historia, simplemente de paisaje, de tipismo? ¡Al suelo!"


O esta otra del 20/12/1946:

"...mal gusto en una ciudad donde reinó como dueño absoluto y donde era señal de buena cabeza el burlarse de todo el que pensaba que un rincón de ladrillo ungido de encanto por el sol de los siglos, o un árbol viejo y frondoso, o un trozo de la muralla, valían más que el debe y el haber de los libros de cuentas".


O esta otra todavía más premonitoria de 26/10/1945, titulada "La Pamplona de pandereta":

"Aunque la idea de "Pamplona" y la idea de "pandereta" no ofrezcan entre sí muchos puntos de contacto, existe, sin embargo, por ahí fuera la "Pamplona de pandereta", una falsa y pintoresca deformación de nuestra ciudad. 
[...] La deformación actual se basa en el encierro. Se habló del encierro, se escribió tanto sobre el encierro, que Pamplona es el encierro con un poco de vergüenza para los que tenemos sobre Pamplona una idea menos simplista. Póngase en coctelera dos copas de encierro, añádasele el nefando adjetivo "pamplonica" y unas gotas de Plaza del Castillo. Sírvase con un poco de Rochapea. Esta es la receta de un buen "Pamplona-Cocktail" para degustarse lejos de aquí."

Alzado virtual -y ojalá que se quede nada más que en eso- del Museo de los Sanfermines

Desgraciadamente resulta evidente que la Pamplona de Pandereta hecha para los de fuera de la que abominaba Pascual, es la que algunos -y alguna-, han impuesto también para los de dentro. No es raro teniendo en cuenta que ese tipo de gente jamás leería a AMP. Sin embargo algunos de los que les "asesoran" sí que lo habían hecho, y con unción además, pero no se atrevieron nunca a defender las sabias enseñanzas del "profeta", y en ese pecado de algunos lleva Pamplona entera la penitencia de la fealdad:


 Fealdad tan horrísona como la de la calle que, puede que para acallar alguna conciencia quebrantada, se le acabó dedicando hace pocos años a Angel María Pascual. Y no sé que le habría desagradado más, si que pusieran su nombre a una calle, o que lo hiciesen a una tan espantosa y tan cuajada de grisalla y cubos de hormigón como es aquella. Ni en eso tuvieron "los caciques" piedad de él.

Pero lo dicho: por fortuna nos siguen quedando sus obras y su estilo, ese que el siempre presente Miguel Sánchez-Ostiz ha definido alguna vez así:

"Hay en ellas fantasía -no exenta de una rara erudición-, ironía, humor y una afortunada recreación literaria de las cosas del tiempo antiguo".

"Más que lo vivido, en las páginas de Pascual brilla la erudición, la vida contemplativa, soñadora, tirando a quieta, ordenada, estudiosa... Y eso que él hizo siempre una burla irónica de la erudición y de sus alardes. Por eso utilizó, para desplegarla, un inequívoco tono irónico, humorístico incluso, lúdico. La suya fue una erudición festiva, como más tarde lo sería la de Alvaro Cunqueiro".

En fin, que parafraseando al propio AMP, diré que temo que mis coincidencias literarias con él no tengan nada de casuales. Y que por eso incluí en mi historia el jactancioso detalle de presumir tanto de su amistad, como de la de don Gabriel de Biurrun. Y por supuesto que me hubiera encantado llegar a conocerlos y poder hablar con ellos de literatura, de viejas piedras y de árboles frondosos. De hecho, ahora que lo pienso, hablo con ellos cada vez que leo una de las páginas que escribieron. Y es siempre una conversación que me resulta agradable y provechosa.

Y aún puedo añadir que mi padre, que entonces era un adolescente, recuerda perfectamente como veía muchos mediodías salir del periódico -siempre por la puerta que daba a la calle Nueva-, a Angel María Pascual y a su mentor y amigo, el cura don Fermín Yzurdiaga. Los dos muy altos, erguidos, andando con paso lígero, casi militar. Pulcramente trajeado el escritor, y con un larguísimo manteo por encima de su sotana el sacerdote.

Así que, viendo a Angel María a través de los ojos de mi padre, puedo decir que por lo menos en esto -ser alto y andar a toda velocidad por esas mismas calles de Pamplona-, sí que nos parecemos.  

Y ahora sí, es momento de terminar definitivamente con estos Barruntos, porque a este paso esta décima entrega va a acabar ocupando más que las nueve anteriores

Gracias por vuestro seguimiento y sobre todo por vuestra paciencia. 
Y como no me parece nada bien que la única banda sonora de esta historia sea la Königgrätzer marsch, aquí os dejo esta otra mucho más agradable, en todos los sentidos:

http://www.youtube.com/watch?v=Yt1vQ81jNWw



© Mikel Zuza Viniegra, 2012

            

lunes, 10 de diciembre de 2012

BARRUNTOS IX

Salón del arquero, redacción del diario "Arriba España"
Calle Zapatería nº 50 de Pamplona.
Martes, 5 de noviembre de 1940, 8'30 h. de la mañana

-Ya pensaba que te habías olvidado de mí, Angel María.

-Sí, desde luego el tiempo pasa callandico y hace hoy justamente un mes que nos vimos por última vez. Pero quería estar bien seguro de todas las informaciones que voy a darle, y confirmarlas fehacientemente me ha llevado todo este tiempo. Y exceptuando que ninguno de los habitantes de los pueblos de Izagaondoa afectados por nuestra "incursión" salió herido, no sé si el resto le parecerán demasiado buenas, don Gabriel...

-Sean las que sean, ardo en deseos de conocerlas yo también. El recrudecimiento de la represión en la Francia ocupada por los nazis, ha hecho que hayamos perdido nuestro contacto con Inglaterra, y estoy por eso más escaso de noticias que nunca. Leí lo que se publicó en los periódicos sobre la fugaz visita de Heinrich Himmler, y por los mismos medios sé que las tropas alemanas abandonarán hoy mismo Pamplona tras ser recibidos sus oficiales en el Ayuntamiento. ¿Has podido enterarte de si el Reichsführer ordenó tomar represalias?

-No. No lo hizo, Y no es de extrañar, teniendo en cuenta que muy probablemente sólo leyó una parte muy concreta de los informes que la Ahnenerbe recabó de Otto Rahn...

-¿Cómo? ¿En qué te basas para afirmar algo así, Angel María?

-Efectivamente, el Reichsführer Himmler, acompañado por sus lugartenientes el General de Estado Mayor Karl Wolf, el General de Brigada y médico Karl Gebhardt y el obergruppenführer de la Sicherheitdienst -o Servicio de Seguridad e Inteligencia de las SS-, Adolf Falkenhausen, cruzó a las nueve y media de la mañana del diecinueve de octubre el puente internacional de Irún, y fue recibido a este lado de la frontera por el conde de Mayalde -Director General de Seguridad-, y por Von Sthorer, embajador alemán en España. Tras pasar revista a las fuerzas que le rendían honores, su séquito se dirigió a San Sebastián, donde fue cumplimentado en la Diputación, el Museo de San Telmo y el Club Naútico, finalizando su estancia en la ciudad subiendo al monte Higueldo...

-Sí, eso es lo que se publicó, pero ¿y en Alsasua? ¿Qué sucedió en Alsasua?

-A eso iba, don Gabriel, a eso iba. En Alsasua, donde llegó igualmente en automóvil, le estaban esperando las máximas autoridades de Navarra. Entre ellas el Gobernador Civil -Francisco Jordán de Urriés-, y el Diputado Foral Cesáreo Sanz Orrio. Éste último, buen amigo mío, ha sido mi principal fuente de información sobre este encuentro. Por él he podido saber que entre los que esperaban la llegada del Jefe de la Policía Alemana, estaba también el Mayor Strasser, el comandante de las tropas acantonadas en Pamplona, que llevaba consigo un libro lujosamente encuadernado para entregárselo como presente a su superior.

Foto publicada en el Diario de Navarra del 22/11/1940


-¿Pudo ver como se titulaba ese libro?

-Sí, por suerte Sanz Orrio es muy observador, y mientras esperaban a la comitiva de Himmler dispuso de varios minutos para poder ver las letras doradas que componían el título: "Wilhelm von Saintonge Dossier"

-¡Claro: Wilhelm von Saintonge, el obispo que excomulgó al rey Sancho el Fuerte! Pero ya sabíamos que el Mayor Strasser estaba traduciendo esos documentos, los mismos que en su momento consultó Otto Rahn. ¿Cuál es la novedad entonces?

-La novedad es el gesto de sumo agrado con el que al parecer el Reichsführer recibió el libro, y como agradeció públicamente a Strasser su trabajo. Pero eso no es todo. Al finalizar el almuerzo, y tras departir amablemente con los asistentes, Himmler entregó a cada uno de ellos una fotografía suya dedicada personalmente. Sanz Orrio ha sido tan amable de proporcionarme la suya. Observe: ¿ve algo llamativo en ella?


-¿Llamativo, dices? ¡Pero sin han "nazificado" al obispo tallado en la iglesia de Artaiz!

-Y eso no es lo peor, don Gabriel. He hecho traducir la dedicatoria que va al dorso. Escuche con atención:

"Encantado de poder pisar al fin la tierra donde ese gran precursor, el obispo Wilhelm von Saintonge, puso por primera vez en práctica las medidas que ahora nos tocará a nosotros emplear a gran escala para preservar la pureza de la raza aria. Todos ustedes, altos representantes de Navarra, deberían estar muy orgullosos de su honrosa memoria y, si quieren seguir su prístino ejemplo, no duden que contarán siempre con la ayuda de Alemania para conseguir llevarlo a cabo. ¡Heil Hitler!"

-¿Pero qué significan todas estas locuras, Angel María?

-Quieren decir que ni la Ahnenerbe, ni las SS, ni organismo alguno del régimen nazi estuvo nunca interesado en las elucubraciones sobre el Grial del Obersturmführer Otto Rhan, don Gabriel. En realidad lo único que les interesaba era la idea de agrupación de un determinado tipo de gente en un mismo lugar que el obispo Guillem de Saintonge impuso para los cátaros. Rahn debió finalmente comprenderlo, y por eso abandonó las SS y, aterrado ante lo que él -aunque inconscientemente-, había ayudado a poner en marcha, y dispuesto a ser consecuente hasta el final con sus creencias, decidió suicidarse dejándose morir por congelación en la cima del monte Wilden Kaiser.

-Pero mis informes sobre su fin no hablaban en ningún momento de la posibilidad de un suicidio...

-No sea ingenuo, don Gabriel. Imagine usted el escándalo que hubiese supuesto que se filtrasen los detalles concretos de este caso. Aunque a nosotros nos hubiera venido bien saberlos, pues hubiésemos podido caer mucho antes en un detalle que se nos había pasado por alto, dentro de la escasez de nuestros conocimientos sobre los cátaros. ¿Recuerda que usted me comentó que sólo practicaban una única ceremonia llamada "Consolament"? Pues resulta que existió otro ritual denominado "Endura", que consistía en dejarse morir de hambre, de frío o incluso arrojándose a las hogueras inquisitoriales antes que renunciar a su fe. Por increible que pueda parecernos, eso es exactamente lo que creo que hizo Otto Rahn...

-¿Pero por qué? ¿Y qué es eso tan terrible que él ayudó a poner en marcha? ¿Es que acaso quedan todavía cátaros a los que poder perseguir?

-Ya le he dicho antes que probablemente nadie de las SS estaba interesado verdaderamente en los libros de Rahn. Los cátaros fueron la excusa: es a los judíos a quienes Himmler y sus secuaces quieren aplicar los inicuos metodos inspirados por el obispo Saintonge. Recuerde los disturbios que se desataron por toda Alemania la noche del 9 al 10 de noviembre de hace apenas dos años. Los nazis la denominaron "Reichskristallnacht", la Noche de los Cristales Rotos". Más de mil sinagogas fueron quemadas, más de siete mil tiendas propiedad de los hebreos fueron destruidas, varios cientos de personas murieron, pero lo peor es que decenas de miles de judios fueron a partir de esa noche concentrados en campos de trabajo cuya ubicación exacta se desconoce, pero cuya existencia me ha confirmado el representante de Falange Española Tradicionalista y de las JONS en Berlín.
Esto y no otra cosa es lo que Rahn contribuyó a poner en marcha con sus investigaciones, y al enterarse de ello, prefirió suicidarse antes que ver su nombre asociado a todo este delirio. La Navarra del siglo XIII ha sido entendida por las SS como un laboratorio de pruebas para lo que ahora ellos quieren llevar a cabo: el exterminio masivo de judíos. Y todos nosotros: Rahn, los británicos, usted, y por supuesto yo mismo, hemos sido utilizados por Himmler como títeres que ha hecho bailar al son de su propia demencia...

-Pero también hubo entonces un Sancho el Fuerte que se opuso a los designios de Saintonge, Angel María...

-¿Y quién será ahora el Sancho el Fuerte para todos esos judíos tratados como si fuesen ganado? ¿Su gordo fumador de puros, el primer ministro Churchill? Los dos sabemos que está practicamente derrotado. De un momento a otro un cohete alemán acertará a caer sobre el parlamento de Westminster, y todo el sistema imperial británico se derrumbará como un castillo de naipes. ¿Y entonces, de dónde saldrá un Sancho el Fuerte?

-Quizás los americanos... Yo puedo intentar poner sobre aviso a mi embajada y desde allí presionar para que todo el mundo conozca los planes de Hitler...

-¿Y cree que el mundo no los sabe ya? No se han esforzado mucho por ocultarlos. La noche de los cristales rotos fue publicitada por los nazis como un acto de rebelión de la población alemana ante el "cáncer judío" que corroía la nación. Los Estados Unidos retiraron a su embajador, pero no rompieron relaciones diplomáticas con Hitler. En cuanto a sus esfuerzos con la embajada del Uruguay, usted mismo me dijo que vivimos en una capital de tercer orden. ¿Por qué nos iban a hacer caso a usted o a mí? Sólo somos dos insignificantes escritores sin prueba ninguna...

-Pero, ¿y el Grial? Tú mismo viste su poder. El gobierno que lo emplee como arma tiene asegurada su victoria, y ahora está en manos de Inglaterra...

-Sí, el Grial... ¡Pobre herr Rahn!, ¡Cuánto le hubiese gustado saber que, finalmente, sus teorías eran ciertas! Pero siéntese, don Gabriel, por que lo que voy a decirle ahora no es menos asombroso que lo que hasta ahora ha escuchado. La noche del diez de octubre, el teletipo de la redacción escupió una noticia parecida a tantas otras en estos tiempos de guerra, así que mis redactores no repararon especialmente en ella. Pero ya sabe que soy muy detallista, y me gusta repasar todos y cada uno de los partes impresos. Pues bien. La Deutsche Presse avisaba de la desaparición de un submarino británico en aguas del golfo de Vizcaya. Aseguraba además que la Kriegsmarine, la Marina de Guerra Alemana, no había tenido nada que ver en ese suceso. Parecer ser que llevan muy a gala no atribuirse bajas enemigas que ellos mismos no hayan provocado. La fuente de la información era precisamente un submarino alemán que se encontraba en aquellas mismas aguas en el momento de la desaparición: el U-Boot C-96 "Von Eschembach".

¿Que casualidad, eh, don Gabriel? ¿Y sabe cuál fue su mensaje original? Pues que un submarino británico se había "volatilizado" justo delante de ellos. "Bass habe" -"está abajo"-, terminaba su nota... 

A los pocos días, el catorce de octubre concretamente, la Agencia Reuters replicó un comunicado del Almirantazgo Británico admitiendo la pérdida de ese submarino, aunque acusaban a la nave alemana de haberla provocado. Proporcionaban también la lista de los principales oficiales dados por muertos: contramaestre Raymond Aigler, subteniente Peter Bonnet, piloto Daniel Daicart, teniente Peter Saint Martin, comandante Peter Roger Mirepoix, piloto Raymond Perelle, con el capitán Bertrand Martin al mando. Confirmaban igualmente el nombre del navío hundido: el "HMS Endurance"

-¿Endurance, dices? ¿Como el rito cátaro del que me has hablado antes?

-Exactamente igual, porque justamente ese ritual es el que llevó a cabo la tripulación del submarino británico una vez que tuvieron el Grial guardado en sus bodegas. Recuerde que fue al leer mucho más sobre la cruzada contra los albigenses cuando descubrí la existencia de esa forma de suicidio pactado tan característica. La última vez que hay constancia histórica de que la pusieron en práctica fue el 16 de marzo de 1244, cuando los derrotados defensores de la fortaleza de Montsegur prefirieron arrojarse a la pira que abjurar de sus creencias. Pues bien, ¿sabe como se llamaban los principales perfectos y nobles quemados vivos? Agárrese: Raimundo Agulher, Pierre Bonnet, Amiel Aicart, Pierre-de-Saint-Martin, Pedro Roger de Mirepoix, Ramon de Perella, y quien dirigía espiritualmente a todo el grupo: el perfecto Bertrand de Martí.

-¡Pero si son exactamente los mismos nombres que los de los oficiales del submarino británico!

-Don Gabriel: todo este tiempo nos hemos estado preguntado si la fe cátara había sobrevivido. La carta entre Sancho VII y su hermana Berenguela nos aportó la posibilidad de que los supervivientes de Montsegur, que se habían refugiado en un principio en Navarra, se hubieran acogido después al refugio de Inglaterra ante la presión de Roma por mano de su legado el obispo de Pamplona Guillem de Saintonge. Ahora no hay ya duda de que efectivamente así lo hicieron, y que, al igual que sus antepasados no quisieron usar contra sus adversarios un arma tan poderosa como el Grial, sus sucesores actuales han preferido destruirla inmolándose también ellos mismos, antes que permitir que cayese en manos de uno de los dos bandos en guerra, aunque fuese el que les había acogido desde hace casi setecientos años...

-¿Pero por qué habrán actuado de esta manera?

-Probablemente porque llevaban a las espaldas demasiados siglos de persecución y de vivir ocultando lo que en realidad eran, como para confiar en que nadie de este mundo utilizase el Grial para hacer el bien. Al menos han preferido no arriesgarse, y dados los antecedentes históricos, personalmente opino que han hecho lo correcto.

-¡Pero ahora la guerra puede durar muchos años más!

-¿Y que podría importar eso a quienes creían que este mundo era obra del Demonio? Si así ocurre, sólo confirmará definitivamente sus creencias. En cualquier caso, estén en el fondo del Oceano o no, espero que hayan encontrado por fin la respuesta a la pregunta que llevaban intentando responder desde que sus primeros correligionarios salieron a recorrer por primera vez los dulces caminos de la Provenza. Además: nadie más que nosotros sabe ya qué es lo que encontramos en Basabe...

-Te olvidas de los diez hombres del comando que transportó el Grial hasta el submarino, Angel María.

-Lea esta nota de Asociated Press. Acaba de llegar.

-"Diez soldados ingleses fueron sorprendidos la semana pasada por tropas alemanas del ejercito de ocupación cuando intentaban cruzar la frontera provenientes de España. Tras un encarnizado enfrentamiento, el Alto Mando Alemán para la cornisa atlántica indica que los diez hombres fueron eliminados."

-Entonces es cierto que ya no queda nadie más que sepa que hallamos el Grial aparte de ti y de mí, Angel María. Pero aún así podríamos advertir al Foreign Office en cuanto recuperemos el contacto perdido...

-¿Advertirles de qué, don Gabriel? ¿De que unos herejes escapados de todas las persecuciones de los últimos siete siglos han preferido convertirse en mártires antes que permitir que Su Graciosa Majestad experimentase un arma más allá de cualquier entendimiento humano contra sus enemigos? No cuente conmigo para eso. Hace poco más de un mes yo era un joven absolutamente convencido de mis ideales políticos y sobre todo de mi fe religiosa. Ahora esos cimientos se tambalean y no sé si podré, ni siquiera si querré apuntalarlos de nuevo.

-Siento vivamente haberte causado todos estos perjuicios, Angel María, aunque yo mismo tampoco pueda decir que salga completamente intacto de esta aventura.

-Bueno, puedo asegurarle que al menos hay una persona a la que le ha venido de perlas todo este asunto.

-¿Te refieres a...?

-Al mismo cabezota irlandés en el que está usted pensando, don Gabriel. Esta carta -sin matasellar-, llegó a la redacción hace pocos días. Reconocerá el remite: "el tío de Belfast". Se la leeré, al menos literariamente se sentirá usted concernido, se lo aseguro.

"Estimado mister Pascual. Espero que al recibo de ésta usted y mister Biurrun se encuentren tan bien de salud como la última vez que nos vimos. Al menos espero que se encuentren en mejor estado físico que el capitán Moore. Precisamente con estas breves lineas quiero atenuar su posible preocupación sobre mi persona. Tengo un gran sentido de la orientación y cierto don de gentes que me ayudaron a llegar bastante rápidamente a Pamplona a partir de mi precipitada despedida de aquellas ruinas donde, aún no entiendo para qué, los ingleses se empeñaron en perder el tiempo buscando el supuesto Grial. Y digo supuesto porque en Irlanda hasta los niños de cinco años podrían haberles dicho que el Grial está bien guardado en el Museo Nacional de Dublín desde que lo encontraron en 1868 dos jóvenes llamados Jim Quinn y Paddy Flanagan, mientras cavaban un campo de patatas en Ardagh, condado de Limerick. Pero hace tiempo que dejé de intentar entender a los ingleses.

Como ya habrá usted imaginado, mi "tío" tiene también buenos contactos en su ciudad, aunque no tan fuertes como para poder ponerme a salvo sin que mis compañeros o yo mismo corrieramos demasiado peligro. Así que opté por la vía más arriesgada, que siempre me ha parecido la más sencilla, y ofrecí mis servicios al Mayor Strasser, que se mostró muy dispuesto a sacarme de aquí en cuanto yo le contara todo lo que pueda sobre mi última estancia en Londres. Así que muy probablemente cuando usted lea esta carta yo estaré ya paseando por Berlín. No me juzgue, ya sabe lo que dicen: "los enemigos de tus enemigos son tus amigos".

Por cierto, no quisiera olvidar felicitarles por su libro "El coqueto don Sancho Sanchez". No le había prestado mucha atención, pero estos días escondido en Pamplona, al descubrirlo en el bolsillo de mi chaqueta, he tenido ocasión de leerlo y releerlo varias veces, y puedo decirles sin ánimo de halagarles falsamente que me ha encantado. Sobre todo el episodio de "la Caraba". Tienen ustedes dos buen gusto: la edición es ciertamente preciosa.

P.D: Cuando escapaba a todo correr de Najurieta, me cegó un extraño relámpago de luz. Soy irlandés, y allí estamos muy acostumbrados a que las tormentas se desaten en cualquier momento, aunque no haya nubes en el cielo, así que no me detuve a averiguar qué es lo que sucedió. Quizás quieran ustedes contármelo algún día, delante de una botella de whiskey. Pero por si acaso no volvemos a coincidir, espero que nos veamos en el cielo media hora antes de que el Diablo sepa que hemos muerto. 

Firmado: Devlin"

 -Todo un cáracter, este Devlin. Y efectivamente tiene buen gusto para la literatura. ¿pero qué es esa música que resuena?

Soldados nazis desfilando por la calle Zapatería de Pamplona,
el 5/11/1940

-Deben ser las tropas alemanas desfilando hacia el Ayuntamiento. Salgamos al balcón. ¿Reconoce la melodía, don Gabriel? Es la Königgrätzer Marsch, la canción que el ejército prusiano cantaba cuando volvía victorioso de la guerra.

-Impresiona verlos desde tan cerca, pero creo que esta vez han vendido la piel del oso antes de cazarlo. Siempre existirá gente que, como Sancho el Fuerte, anteponga la hospitalidad y el derecho de asilo a los correajes y las supuestas razas superiores.

-Confío en no olvidar nunca tan esperanzadora visión de la humanidad. Y esto me ayudará sin duda a recordarlo:


-¡La baldosa con el águila y la cruz de Occitania! ¡Pudiste salvarla!

-Sí. Será el único testigo de todo lo que hemos vivido en estas últimas semanas. Y espero que vuele siempre más alto que la que campea amenazante en esos estandartes de ahí abajo.


-¿Recuerdas el lema del sello de Sancho el Fuerte, Angel María? Es el salmo 144, el de la oración de David contra Goliath: "Benedictus Dominus Deus Meus" "Bendito sea el Señor, mi Dios, que enseña a mis manos a luchar, y guía a mis dedos en la batalla". Buen presagio. Mientras haya una sola persona que se les oponga, nunca vencerán. FIN

Koniggratzer marsch

La próxima entrega, Dios mediante, será una explicación sobre qué hay de cierto en toda esta historia que he ido desarrollando en nueve capítulos. No soy muy partidario de desvelar los secretos de mis cuentos, pero tratándose del relato que, contra mi propio pronóstico, más se ha alargado, me parece justo hacer una excepción. Así que aunque hoy termina oficialmente, todavía habrá un escolio del que sacar algo de provecho y entretenimiento... 


© Mikel Zuza Viniegra, 2012