Salón del arquero, redacción del diario "Arriba España"
Calle Zapatería nº 50 de Pamplona.
20 de septiembre de 1940, 4'45 h. de la mañana
-Todos estos autores fijan el asedio de Montsegur como momento clave en el que los perfectos se habrían visto obligados a ocultar ese supuesto tesoro suyo. Pero en realidad, desde la derrota de Muret en 1213, con la muerte además de su protector el rey Pedro II de Aragón, los cátaros tuvieron claro que su causa estaba perdida. Miraron entonces a su alrededor en busca de ayuda, y comprendieron que el único señor verdaderamente importante que les quedaba cerca era el rey Sancho VII el Fuerte de Navarra, famoso efectivamente por su destreza guerrera, pero también por su avaricia. Y ese fue el punto que los mandatarios albigenses se dispusieron a explotar...
-¿El heroico cruzado de las Navas de Tolosa tuvo tratos con los cátaros?
-Aunque cueste creerlo, todo hace indicar que sí. Era un dato que había pasado desapercibido para los historiadores, hasta que hace seis años, el archivero de Diputación, don Carlos Marichalar, al publicar la Colección Diplomática del monarca reparó en un legajo traspapelado en una recopilación posterior de documentos perteneciente a Teobaldo II. El papel en cuestión está fechado en Tudela en 1217, y narra la reunión de unas gentes llegadas de Tolosa para tratar "ciertos asuntos" con el rey de Navarra. Sólo se cita un nombre: Ademar de Puilaurens, que precisamente fue uno de los perfectos cuya presencia queda atestiguada prácticamente en todas las escaramuzas que se produjeron desde la batalla de Muret hasta la derrota total de Montsegur. ¿Curioso, verdad? ¿Qué podía hacer en Navarra uno de los principales albigenses, justo en la época en que más se les perseguía en el Languedoc?
-Supongo que buscar refugio. Para sí, o para alguna posesión tan preciada que no querrían que cayera en manos de sus enemigos, los ejércitos del rey de Francia.
-Opino igual que tú, Angel María. Y no somos los únicos que pensamos así: el Obersturmführer Otto Rahn, aunque no lo sé seguro, debió consultar también el libro de Marichalar, y encontró allí esta pista que hizo que las piezas de su rompecabezas en torno al Parzival de Wolfram Von Eschembach comenzasen a encajar...
-Ciertamente desconocía que supiese usted tanto sobre literatura medieval, don Gabriel.
-Y no me extraña, porque todo esto que te estoy contando lo he aprendido yo leyendo los informes que me ha enviado el Foreign Office desde Inglaterra. Vienen firmados por un tal profesor Tolkien, de la Universidad de Oxford, y por dos profesores de nombre idéntico: Henry Jones, senior y junior, lo cual indica que deben ser padre e hijo, aunque ellos los envían desde la Universidad de Barnett, en Nueva York.
-¿Pero también andan los americanos metidos en este asunto?
-Si te dedicases a la diplomacia como yo, no te preguntarías eso, sino en qué asunto internacional no están metidos los yankies, Angel María. Y ya ves que las andanzas de Otto Rahn, que en principio parecen tan inofensivas, han debido cruzar el Atlántico...
-Bueno, ¿y qué opinan entonces tan grandes sabios sobre nuestro problema?
-Parece ser que Wolfram Von Eschembach, el poeta germano del que estamos hablando continuamente, fue un noble, sí, pero que como muchos otros de aquella época no sabía escribir, así que lo que hacía era, gracias a su prodigiosa memoria y a su no menos notable imaginación, dictar a un escribano sus libros. En su Parzival, que es una de las obras "griálicas" por antonomasia, narra que toda la historia se la contó en francés un maestro al que llama Kîot el provenzal, y que él lo único que habría hecho sería traducir todo ese conocimiento al alemán. Pero ahí no queda todo. porque Kîot habría encontrado en Toledo el manuscrito de un alfaquí moro, Flegetanis, que sería quien realmente habría compuesto toda la historia del Grial. Este extraño sabio era astrólogo y descubrió "un objeto, una piedra, que se llamaba Grial. Había leído claramente su nombre en las estrellas. Una legión de ángeles lo había bajado a la Tierra, y desde entonces habrían de ocuparse de él hombres tan puros como los ángeles..."
Y aquí viene lo verdaderamente bueno: Otto Rhan, que se sabía de memoria los 25.000 versos que forman el Parzival, al descubrir ese documento de Sancho el Fuerte del que te acabo de hablar, cayó en la cuenta de que si Wolfram Von Eschembach sólo podía fiarse de su memoria y de su entendimiento para transcribir lo que Kîot le iba contando, muy bien podría haber confundido "Toledo", con "Tudela", pues ambos nombres sonarían igual de ignotos a un caballero germano del siglo XII...
-Todo esto parece un cuento, don Gabriel...
-Sí. Pero un cuento verdaderamente maravilloso, porque a cada dato fantástico le sucede otro todavía más sorprendente pues, como destacan los tres profesores que la cancillería británica ha puesto a nuestro servicio, resulta que otro trovador compuso por esa misma época una "Canción de la Cruzada Albigense". ¿Y sabes cómo se llamaba?
-Sí, sí que lo sé. Y me quedo verdaderamente tan anonadado como usted, porque se llamaba... Guillem de Tudela.
-¡Bravo, Angel María. Tu cultura es tan vasta como la de todas esas eminencias de las mejores universidades del mundo!
-Bueno, aunque no olvide que han sido ellos los que han tenido que recordarnos la existencia de nuestro paisano Guillem. Pero ya sabemos que nadie es profeta en su tierra. En cualquier caso, y dejando aparte su origen, ¿qué papel juega en este enrevesado asunto?
-Pues un papel crucial, porque es quien confirma que la teoría de Rahn no está tan lejos de la realidad. Escucha lo que dejó escrito en el canto XXVII de su chanson:
"Els eretges forem a Navarra, portant molt joyela,
e negociam con lo reis qui te Tudela,
senher de Pampalona, e del castel de la Estela,
lo mielher cavalers que anc montes en cela,
E sap o Miramelis qui los paians captela.
Aisi com'o retrais maestre Pons de Mela,
que l'avia trames a Roma".
" Los herejes fueron a Navarra llevando muchas joyas,
y negociaron con el rey que gobierna Tudela,
y es señor de Pamplona y del castillo de Estella.
El mejor caballero que jamás montó en silla,
como puede atestiguar el Miramamolín, emir de los paganos.
Así me lo contó Ponce de Mélida,
su legado en Roma".
-Luego esa estrofa indicaría que los perfectos cátaros vinieron a Navarra para intentar ganarse la protección de Sancho VII el Fuerte, célebre por su afán por amasar riquezas. Pero si no hay constancia histórica de que tropas navarras fuesen movilizadas hacia el Languedoc, ¿qué cree usted que pudo ofrecerles el rey a cambio del tesoro que traían consigo, don Gabriel?
-Un lugar seguro en el corazón del reino donde ocultar su más preciada posesión, Angel María: el Grial.
[Continuará...]
© Mikel Zuza Viniegra, 2012
lunes, 29 de octubre de 2012
lunes, 22 de octubre de 2012
BARRUNTOS III
Salón del arquero, redacción del diario "Arriba España"
Calle Zapatería nº 50 de Pamplona.
20 de septiembre de 1940, 3'45 h. de la madrugada
-¿Quiere decir que sabe dónde se oculta ese supuesto grial cátaro, don Gabriel?
-No, Angel María. Lo que estoy intentando explicarte es que hay otros que creen tener la pista definitiva para encontrarlo. Y ese rastro, que llevan años siguiendo, los ha conducido ahora al corazón de Navarra...
-Pero quiénes son esos otros, ¿los alemanes?
-Yo prefiero distinguir entre alemanes y nazis. Claro que no obligo a nadie a compartir mis criterios políticos...
-Puede usted pensar lo que quiera, pero no es el partido Nazi quien está conquistando Europa país a país, sino Alemania. Los tiempos imperiales de su querida Inglaterra tocan a su fin, y un nuevo Reich se alza desde el centro del continente para llevarlo a su pleno apogeo. Y no parece que el viejo gordo fumador de puros pueda hacer nada ya para evitarlo.
-Si te refieres al primer ministro, Sir Winston Churchill, a lo largo de su vida ha demostrado de sobra su capacidad para escapar a destinos que parecían ya escritos. Tu germanofilia es muy respetable, pero quizás careces de los datos necesarios para formarte una opinión no sólo sentimental, sino también intelectual de este asunto. No importa, yo estoy aquí precisamente para dártelos a conocer.
-¿Pero de verdad quiere usted que crea que, en plena vorágine bélica, los alemanes están buscando un objeto que probablemente no ha existido nunca más que en la imaginación enfebrecida de quienes toman las leyendas por hechos ciertos, y que encima lo están haciendo en Navarra?
-Efectivamente. Y además puedo probártelo. Dime, Angel María, ¿sabes qué es la Ahnenerbe?
-El nombre me suena vagamente de haberlo leído en alguna noticia suelta, aquí mismo, en la redacción del periódico. Quizás pertenezca a un instituto de investigación histórica alemán, aunque no puedo asegurarlo...
-Efectivamente. Su denominación completa es: Studiengesellschaft für Geistesurgeschichte‚ Deutsches Ahnenerbe o, en español: Sociedad para la Investigación y Enseñanza sobre la Herencia Ancestral Alemana. Su propósito es otorgar una cobertura supuestamente científica a las teorías nazis sobre la raza aria. Para lograrlo no han dudado en emprender expediciones arqueológicas y antropológicas por todo el globo. Todo esto, como bien dices, no pasaba de ser algo anecdótico: un caso de simple credulidad en las mitologías con que las distintas civilizaciones han adornado su pasado. Pero este mismo año la Ahnenerbe ha sido integrada en la estructura de las SS, la todopoderosa policía política, que opera a las ordenes directas del Reichsführer Heinrich Himmler, el segundo hombre en importancia del régimen nazi tras el propio Führer Adolf Hitler.
-Perdone, don Gabriel, pero sigo sin comprender en qué puede afectarnos todo esto a nosotros...
Esa supuesta conexión germánica de los cátaros no podía pasar desapercibida para los nazis y su constante propósito de encontrar los orígenes de la raza superior que dicen representar, así que a partir de 1937, y con el concurso de la Ahnenerbe, patrocinaron un nuevo estudio de Rahn, que para entonces ya formaba parte de las SS. Se tituló "La corte de Lucifer", y en él estableció una delirante relación entre los antiguos paganos que lucharon en Germania contra los romanos y los cátaros que en el siglo XIII se enfrentaron a la Iglesia Católica. Defendió además que el Grial fue una piedra preciosa caída de la corona de Lucífer de la que la Iglesia se habría apropiado y convertido en símbolo cristiano, trasmutándolo en la copa que Cristo utilizó en su última cena. Por tanto, los supuestos herejes encarnaron en realidad una rebelión espiritual contra Roma, y los cruzados fueron los servidores de un Satán identificado con la Iglesia Católica y, en sentido amplio, con la cultura judeocristiana. Él mismo se definió de esta forma: "Mis antepasados más remotos fueron paganos; los más recientes, herejes”. Este neocatarismo impulsado por Rahn, y favorecido por Himmler, no puede por tanto tener otro objetivo que servir de fundamento al neopaganismo que el partido Nazi se propone extender por toda la Europa ocupada, borrando toda huella que la religión cristiana o judía hayan dejado en el mundo. De ahí su interés en hacerse con un símbolo sagrado como el Grial. Y es que no estamos hablando simplemente de un asunto arqueológico, Angel María. Se trata de la lucha contra el mal, y estoy firmemente convencido de que si el Grial cae en manos de los nazis, los ejércitos de la oscuridad arrasarán la faz de la tierra...
-Evidentemente a mí todas estas suposiciones pseudohistóricas me parecen un tanto descabelladas, don Gabriel, y no creo que tenga dudas sobre mi ferviente condición de católico. Es cierto que tengo mis ideas políticas, y que éstas simpatizaban más con el Reich que con Inglaterra, por lo menos hasta ahora. Pero todo tiene un límite, y desde luego no favoreceré la extensión de la más mínima mancha de neopaganismo bajo ningún concepto. Aunque deberá proporcionarme aún más información para enrolarme en tan extraña misión. Más todavía si ésta supone, como creo entender, poner fin definitivamente -siete siglos después-, a la Cruzada Albigense.
-Te agradezco tu disposición, Angel María, porque el trabajo que nos espera es ciertamente titánico. Quizás excesivo para dos simples habitantes de una capital de tercer orden como la nuestra. Pero parece que podremos contar con la ayuda y la protección de profesionales formados por el Servicio de Seguridad Británico, el MI 6. Pero veo que sonríes. ¿Acaso esto te supondría alguna dificultad?
-En absoluto. Simplemente recordaba los editoriales que he escrito este mismo año. Por aquí debo tener todavía algunos. De este no hace más que diez días:
"Los caballeros germánicos del aire en 1940, pintan emblemas en sus águilas de acero, como los caballeros germanos de 1140 pintaban águilas en el acero de sus armas o en la gualdrapa de sus caballos. Los escudos, con el tiempo se expanden, se involucran, se enfatizan. Los originarios serían más escuetos y elementales como un totem de heróicas empresas: unos haces lictorios, unas flechas y yugos, una cruz gamada bastan. Y en lo alto, bastan esos peces de plata sobre azur, que hacen huir los leopardos, las arpas y las leyendas francesas de la aristócrata, mercante y corruptora Inglaterra..."
-Sí, pues este otro de hace tan sólo cinco días tampoco te haría muy popular en Trafalgar Square:
"Salimos de un tiempo en que todo ambicioso de la política tenía que aprender el inglés en los diez días que el arribismo bien empleado tardaba en conseguir el poder. Aprender el inglés y las maneras de hacerse grato a Inglaterra, y las maneras de obedecer con dúctil disimulo las órdenes de la embajada inglesa que, bajo todas las latitudes donde hubiera un país débil y un régimen sumiso pretendía aires de virreinato. Ahora sería mejor aprender inglés en diez horas. Las diez horas que puede haber entre dos alarmas aéreas para preguntar, luego, con la suficiente cultura, bajo las bombas incendiarias, por donde se va al refugio más próximo..."
-Por eso mismo me resulta tan extraño que se fíen de mí, don Gabriel. Deben saber ya que siempre defiendo mis ideas con vehemencia, y que nunca las escondo. En cuanto a la "protección" que nos proporcionará el MI 6, me gustaría muchísimo saber cómo ha pensado introducir combatientes británicos en un país neutral como es España...
-Creas lo que creas, esa -la de que cada uno pueda defender libremente sus ideas-, es una cualidad de la que siempre ha blasonado Inglaterra a lo largo de la historia. Y resulta evidente que en otros lugares, aquí mismo sin ir más lejos, nunca hemos podido presumir de algo parecido. Quienes me han proporcionado desde Londres toda esta información por valija diplomática pidieron mi opinión para encontrar a alguien, preferentemente afín al régimen de Franco, que no despertase sospechas ni entre las altas esferas ni entre los nazis que cruzan constantemente la frontera para descansar unos días en Pamplona. Así que yo fui quien te "recomendó" para el puesto, Angel María. En cuanto a la participación de efectivos del MI 6 en este asunto, luego te comentaré lo que he pensado para introducirlos en Navarra sin levantar suspicacias...
-Confío plenamente en usted, don Gabriel. Y en cuanto a mí, ya conoce el dicho: Dios escribe recto con renglones torcidos. Prefiero pensar que eso es lo que está ocurriendo y lo que me va a poner momentáneamente al servicio de la Union Jack. Eso sí: sigo verdaderamente en ascuas por saber cuál puede ser la relación de Navarra con todo este embrollo de espionaje medieval...
-Tienes toda la razón, será mejor que despeje tus dudas cuanto antes...
[Continuará...]
© Mikel Zuza Viniegra, 2012
miércoles, 17 de octubre de 2012
NAVARCORRIDO DE LA CONQUISTA
Dicen que venían de Amaiur,
en un carro colorado,
traían espadas y blocas,
iban con rumbo a Bidangoz.
Así lo dijo el traidor,
que los había denunciado.
Y habían pasado la muga,
por el paso de Valcarlos,
pero en el puerto de Erro,
los estaban esperando.
Eran los hombres de Alba,
que ocupaban todo el reino.
Un irrintzi resonaba,
y un beaumontés les gritaba,
que detuvieran el carro,
para que lo registraran.
Y que no se resistieran,
porque sino los mataban.
Surgieron muchos arqueros,
con flechas rasgando el aire,
y el farol de la patrulla,
se vio volar por los aires.
Así empezó el saeteo,
que terminó en gran masacre.
Les dijo Antonio Peralta:
Esto tenía que pasar,
mis compañeros han muerto,
ya no podrán declarar.
Y yo lo siento señor Duque,
porque yo no sé cantar.
Sólo las cruces quedaron,
de los siete que murieron,
cuatro eran del carro rojo,
cuatro eran del carro rojo,
los otros tres castellanos.
Por ellos no se preocupen,
irán conmigo al Infierno.
Dicen que eran de Arakil,
otros que eran del Roncal,
Hasta por ahí se oyen voces,
que fue gente del Mariscal.
La verdad nunca se supo,
nadie
la quiso aclarar...
© Mikel Zuza Viniegra, 2012
martes, 9 de octubre de 2012
BARRUNTOS II
Salón del Arquero, redacción del diario "Arriba España"
Calle Zapatería nº 50 de Pamplona.
20 de septiembre de 1940. 2'45 h. de la madrugada
-¿Sobre los cátaros? No mucho más que de lo que de ellos se dice en los libros de historia, don Gabriel: que durante los siglos XII y XIII se constituyeron en importante foco de herejía en el Languedoc, obligando al papa Inocencio III a ordenar una Cruzada contra ellos. Parece ser que tenían una concepción dualista del mundo, y pensaban que puesto que éste se ve asolado de continuo por la maldad, no podía ser obra de Dios, sino de Satán, y por tanto veían en la Iglesia de Roma y en sus jerarquías meras servidoras del Maligno. El enfrentamiento armado era pues algo inevitable, enmarcado además en el implacable deseo de la corona francesa por hacerse definitivamente con el levantisco territorio occitano. Los combates y las treguas se sucedieron durante casi treinta años, siendo los momentos claves de la guerra la batalla de Muret de 1213, en la que murió el rey de Aragón defendiendo a sus vasallos del otro lado del Pirineo, y la toma del castillo de Montsegur en 1244, que supuso el fin definitivo de las luchas y del propio movimiento cátaro. Pero no acierto a comprender qué puede tener que ver todo esto con nosotros, con Alemania o con la guerra europea...
-Paciencia, Angel María. No es extraño que te cueste vislumbrar las conexiones entre la desastrosa situación bélica actual y una herejía medieval como la albigense, pero si me escuchas con atención, descubrirás que otros antes que nosotros se empeñaron en sacarlas a la luz -creo firmemente que para nuestra desgracia y la de todo el género humano-, y que precisamente están a punto ahora mismo de dirigir el foco de sus investigaciones hacia Navarra. Pero antes de llegar a ese aspecto clave, es necesario que sepas algo más sobre el catarismo.
La palabra "Cátaro", con la que fueron denominados, viene del griego "Katar", que quiere decir "puro", pero ellos se nombraban a sí mismos como "omes bons", "hombres buenos", o simplemente como "Cristianos". Aunque aceptaban a Jesús como hijo de Dios, pensaban que por esa misma razón era imposible que éste se hubiera encarnado en el mundo impuro de la materia, y que su supuesta humanidad era simplemente una alegoría cuyo sentido había que desentrañar. Despreciaban por tanto los símbolos o los conceptos más caros a Roma, como el de la Cruz, pues no comprendían que pudiera adorarse el instrumento de tortura en que murió Cristo, pero sobre todo el de la Santísima Trinidad, pues para ellos no existía más que un solo ser creador del espíritu.
Al contrario que la Iglesia Católica, los adeptos a esta nueva religión no poseían una rígida organización, sino que se dividían en dos únicas categorías: los perfectos y los simpatizantes. Sólo los primeros podrían ser considerados como una especie de sacerdotes, pero teniendo siempre en cuenta que no creían en los sacramentos, y tan solo practicaban un ritual llamado "Consolament", por el cual creían transmitir el Espíritu Santo mediante la imposición de manos. Una vez recibido, indistintamente por hombres o por mujeres, se comprometían a mantener durante toda su vida un estricto voto de castidad, evitando incluso tocar a personas del sexo opuesto, pues interpretaban que la procreación era una trampa del demonio para retrasar la liberación de las almas de este mundo de pecado.
Su absoluto pacifismo, su ascetismo exacerbado, pues tenían igualmente prohibido comer carne, buscando no interrumpir por accidente la cadena de reencarnaciones mediante la que un alma podía acabar purificándose, y su obligación de trabajar manualmente para ganar su sustento diario, fueron granjeándoles la admiración de la población, que comparaba su sencillo modo de vida con el ostentoso y claramente corrupto del clero católico.
De esta forma, predicando con el ejemplo, fueron extendiendo su creencia por todo el mediodía de Francia, y de día en día aumentaba el número de simpatizantes, a quienes naturalmente no se les exigía una opción vital tan extrema, sino tan sólo que participasen en las plegarias y que saludasen respetuosamente el paso de los perfectos, que de dos en dos, vestidos siempre con un tosco sayal negro, llevaban sus enseñanzas por todos los caminos y poblaciones del Languedoc. Todos ellos podían también recibir el "Consolament", aunque únicamente cuando estuviesen en trance de muerte, y durante toda su vida podían recibir el asesoramiento y la ayuda espiritual de los "perfectos", a quienes sentían tan cercanos como a miembros de sus propias familias.
Ese ejemplo permanente de honestidad y coherencia con sus principios, fue el que luego, cuando llegaron los tiempos duros de la Cruzada ordenada por Roma contra ellos, les atrajo la protección no sólo del pueblo llano, sino de muchos nobles y caballeros que se pusieron de su parte, haciéndoles donaciones y herencias que a decir de algunos autores, acabaron conformando un fabuloso tesoro. Aunque ninguno se pone de acuerdo en si dicho legado oculto sería meramente espiritual, o estaría formado por oro y riquezas sin medida. Incluso hay quien une esas dos posibilidades y cree que lo que en realidad custodiaban con tanto celo los "perfectos",era el Grial, y que la noche anterior a la caída de la última fortaleza cátara, la de Montsegur, cuatro de ellos se habrían jugado la vida descendiendo los escarpados muros para poder ponerlo a salvo. Y esto es justamente lo que ha hecho que venga a verte esta noche, Angel María...
-Pero don Gabriel, por lo que sabemos, el Santo Grial se guarda en la catedral de Valencia, y se cree que lleva allí al menos desde tiempos del rey Alfonso V el Magnánimo, a mediados del siglo XV.
-Sí, el Grial "Católico" puede que esté allí, aunque la verdad es que no hay forma de probarlo a ciencia cierta. Pero el Grial "Cátaro" no puede ser ese. No podían considerarlo suyo quienes, cuando fueron perseguidos, se reconocían entre ellos pronunciando en voz baja el nombre de ROMA al revés, transformándolo en AMOR, poniendo así de relieve que la Iglesia era todo lo contrario a lo que ellos representaban. Y ese otro Grial, que quizás no sea Santo, ha estado oculto desde esa terrible noche del año 1244 en Montsegur, en la que más de doscientas personas prefirieron arder en la pira de la Inquisición a abjurar de sus creencias. Oculto, sí. Aunque quizás no exactamente desde entonces, sino desde unos pocos años antes.Y tampoco tan lejos como muchos pensaron...
Hasta hoy...
[Continuará...]
© Mikel Zuza Viniegra, 2012
domingo, 23 de septiembre de 2012
CARONTE
23 de septiembre de 1461, Palau reial de Barcelona
Esta vez va de veras.
Ya te has sentido mal muchas otras veces, pero los rostros de tus servidores, por más que intenten aparentar, no pueden ocultar la gravedad de tu dolencia.
Vas a morir, y lo vas a hacer en un palacio real y no en una prisión, pero no en el de Olite, mirando desde la torre de las tres grandes finiestras hacia Ujué, o en el de Tafalla, oyendo por última vez a lo lejos el dulce rumor de las aguas remansadas en la presa de Pericueta. No, la muerte va a salir a tu encuentro en otro lugar muy lejos de tu patria.
Porque sí, eras también el heredero de la corona de Aragón, y has defendido esos derechos lo mejor que has sabido o te han permitido hacerlo. Pero como sabe cualquier exiliado, tu corazón se quedó en tu tierra cuando te obligaron a abandonarla, y nunca ha salido de allí, por más adulaciones y elogios -la mayoría de ellos interesados- que te hayan dispensado en otros lugares. También aquí, en Cataluña, donde la comedia va a llegar a su fin...
Y a cada momento que pasa te sientes más fuera ya de este mundo. Pero como oyes llorar a los pocos fieles que aún te siguen, con un titánico esfuerzo procuras mantener tu consciencia un poco más. Por la ventana abierta llega un son que algún músico callejero está tocando en la plaza. Es una melodía tan preciosa que sientes que merece la pena luchar un poco más contra el destino con tal de oírla entera. Con un tono que es ya más eco de tumba que voz humana pides:
-El juglar, el juglar...
-Es verdad, ¡Haced callar a ese juglar!
-No, por el amor de Dios. Traedlo a mi presencia. Pero hacedlo presto, que tengo un pie en el estribo...
Y pensando que su pobre señor está tan loco a la hora de morir como lo estuvo mientras vivió, pues locura manifiesta es preferir la poesía a la espada, salen todos a buscar al músico. Y cuando, muy asustado, se ve frente al lecho donde -pálido como el alabastro- reposa don Carlos, se arrodilla ante el príncipe con mucha unción.
-¿Qué canción estabais tocando? Juro que jamás oí una tan bella...
-Es un canción muy antigua de estas tierras, señor. Le llaman "La Mariagneta". No se sabe quien la compuso. Alguien que se sintió muy vencido debió ser...
-Entonces has llegado al lugar oportuno, que soy yo rey de todos los derrotados, y mi próximo combate tampoco lo voy a ganar. Cántala para mí, por favor. Utiliza mi laud, el que cuelga allí, con su mástil tallado con las figuras de los apóstoles que adornan la portada de Santa María de Olite, allí donde me casé con Agnes. Cuando termines puedes quedártelo, nadie más en esta habitación sabe tocarlo, y no quiero que acabe en la almoneda de un usurero. Que sirva para alegrar a las gentes, lo mismo que sirvió para alegrarme a mí...
Y es tan magnífico aquel instrumento que el juglar apenas debe emplear unos instantes en afinar su cordaje, y todos ven en esto intercesión divina, pues muy desesperante cosa son los músicos que se pasan más tiempo afinando que tocando. Sólo la agitadísima respiración del príncipe rompe el silencio que todos mantienen cuando comienza a sonar el melancólico canto:
Ai adéu Mariagneta
Princesa dels meus sospirs!
Tu robes el cor dels homes
I a mi em fas penar i morir.
Ai adéu Mariagneta
Princesa del meu sufrir!
Ton amant és a la porta,
Que no espera sinó el sí;
No desconsolis tos pares
Per aconsolarme a mi.
Ai adéu Mariagneta
Princesa del meu sufrir!
Que jo ja mén faré frare
de l'ordre caputxí.
Quan ne siguis casadeta
Ja m´ho enviarás a dir.
Ai adéu Mariagneta
Princesa del meu sufrir!
Y con esa última estrofa resonando aún en sus oídos, comprende don Carlos que no tendrá ya que suplicar, ni que rebajarse, ni que luchar más por lo que en justicia y en razón le pertenece. Que va a recuperar por fin los maravillosos palacios de Tafalla y Olite, y también la soledad de la Bardena, la frescura del Arga al pasar por el molino de Santa Engracia de Pamplona, y el viento perfumado de pasto que viene de más allá de Belate. Y sobre todo que va a encontrarse con su princesa, y que ya no habrá nada que vuelva a separarlos.
Y sonríe al juglar, y le entrega una moneda de plata que muestra su divisa del triple lazo, porque no quiere ni necesita otro barquero que le lleve a la otra orilla...
Y esto fue escrito el 23 de septiembre de 2012, día del 591 aniversario de la muerte del príncipe de Viana en el palau reial de Barcelona.
LA MARIAGNETA
© Mikel Zuza Viniegra, 2012
martes, 18 de septiembre de 2012
BARRUNTOS I
Salón del Arquero, redacción del diario "Arriba España"
Calle Zapatería nº 50 de Pamplona.
20 de septiembre de 1940. 1'45 h. de la madrugada
El redactor-jefe está sentado a la mesa, iluminada por un flexo cuya exangüe bombilla da un aire un tanto lúgubre a la estancia. Como siempre, está enfrascado en dibujar las arquitecturas fantásticas que brotan de su mente en cualquier papel libre de tinta que haya podido encontrar: los restos de la edición, las libretas reaprovechadas o incluso los márgenes del periódico que acaba de salir de la rotativa, listo para ser distribuido por toda la ciudad. Da pena molestarlo -piensa el recién llegado-, pero aclarándose la garganta con una tos impostada, da por fin a conocer su presencia:
-No entiendo cómo no recoges todos esos dibujos tuyos en una publicación, Angel María. Son una pura maravilla...
-¡Caramba, qué sorpresa, don Gabriel! Agradezco sus elogios, y en pago le regalo mi última obra -si no maestra, si al menos bien fundada-. Son cuatro trazos sobre como pienso yo que debió ser la fachada románica de la catedral de Pamplona. Pero trasnocha usted mucho hoy, y aún queda bastante rato para nuestra cita habitual en la primera misa de la mañana en San Cernin...
-Lo que yo decía: lo que tú llamas "cuatro trazos" están a la altura, e incluso creo que los superan ampliamente, de los diseños de los arquitectos más encumbrados. Espero no incordiarte, pero andaba un poco desvelado y me he dicho, vamos a ver qué nuevas sobre la guerra europea puede contarme el eximio amigo y periodista Pascual.
-Espero ser más amigo que periodista, aunque sobre su inquietud por saber noticias nuevas, quizás sea usted, don Gabriel de Biurrun, el ilustre cónsul de la República Oriental del Uruguay en Pamplona quien pueda alumbrarme a mí, porque lo cierto es que, más allá de la vertiginosa rendición francesa ante Alemania de hace unos meses, la censura no permite vislumbrar avances o retrocesos destacados en los frentes...
-Algo sé, a qué negarlo. Sobre todo cuestiones relacionadas con cómo se está desarrollando la evacuación de las tropas inglesas desde el continente. Algunas patrullas estaban destacadas demasiado al sur del territorio francés, y seguro que no te descubro nada si te digo que el Foreign Office precisó cierta ayuda desde este lado de los Pirineos...
-No creo que les gustase saberlo allá en Londres, pero algo conozco de todo este asunto, aunque le agradezco que me lo confirme de viva voz. Puede que nuestras ideas políticas sean muy distintas, pero al fin y al cabo somos amigos y compartimos la misma fe en Dios, y en que él pondrá fin a este terrible enfrentamiento. Incluso fuimos capaces de mostrar a todo el mundo que es posible dejar atrás las diferencias de signo político cuando colaboramos en la edición de aquel libro que tanto nos costó sacar adelante en plena contienda: "El coqueto don Sancho Sanchez".
-Buen libro fue aquel, sí señor. Y aún creo que le podremos sacar más partido todavía... En cualquier caso, es lástima que esa convicción de poner la religión por encima de cualquier otra cosa, que sabes que es también mía, no sirviera de nada a muchos de los que ahora yacen enterrados en tumbas sin nombre. Yo mismo me salvé de milagro, supongo que por mi condición de diplomático, mucho más que por ser un convencido católico. En esta misma sede en la que ahora nos encontramos escribí muchos años para el periódico "La Voz de Navarra", hasta que vosotros lo incautaisteis en julio del 36...
-Estos son tiempo nuevos. No merece la pena andar lamentando el pasado. Además, en una guerra, y más en una de liberación nacional, como lo fue la nuestra, se cometen muchos excesos, don Gabriel. Aunque quizás algunos sean más necesarios de lo que ahora mismo, apenas recién llegada la paz, podamos colegir. También muchos camaradas míos murieron en combate. Todos, amigos y enemigos, descansan ahora juntos en el seno del Señor. Yo al menos así lo creo.
-Tú lo has dicho, Angel María: pensamos diferente, y aunque no veo qué liberación puede venir de la muerte, sigue uniéndonos nuestra fe. Por eso precisamente estoy aquí a estas horas tan intempestivas. Lo que tengo que decirte es preciso que no lo sepa nadie más. E incluyo en ese "nadie más" a don Fermín Yzurdiaga, director de este periódico y buen amigo nuestro...
-Es mucho más que un amigo para mí, don Gabriel, y usted lo sabe. Si me dedico a estos oficios de la literatura y el periodismo, es por seguir la senda que él me abrió hace ya tantos años.
-No tantos, Angel María, recuerda que sólo tienes 27. Yo lo conozco antes que tú, que no en vano tengo ya 51. Y aunque lo aprecio y lo estimo tanto como tú, sobre todo por su vasta cultura y por su condición sacerdotal, sé que si llega a conocer los pormenores de este asunto del que vengo a hablarte -y atendiendo a su cargo como Consejero Nacional del Movimiento-, puede, aún de buena fe, poner en peligro toda la operación...
-¿"Operación"? Antes de que me cuente nada, don Gabriel, no olvide que yo soy tan "azul" o más que mi admirado don Fermín, y que si pretende convencerme de que ayude a salir de un mal paso a sus amigos británicos, puede usted ahorrarse el esfuerzo, porque no he escondido nunca mi simpatía por Alemania. El Nuevo Orden que tantos anhelamos se vislumbra al fin bajo el signo de la Esvástica...
-Aún eres muy joven, Angel María. Es verdad que has tenido la desgracia de conocer ya una guerra civil, pero eras muy niño cuando estalló la 1ª Guerra Europea, y no puedes hacerte a la idea del nivel de destrucción al que, con los avances de la técnica actual, puede llegarse si la actual conflagración prende en el resto de continentes. Y es nuestro deber de cristianos al menos intentar que esta locura termine. En cuanto a Alemania, espero de verdad poder variar tu firme postura cuando sepas lo que he venido a contarte...
-Podrá intentarlo, pero dudo que lo consiga. No obstante me tiene ya usted en ascuas. Vaya de una vez al grano, por favor.
-No es tan sencillo, Angel María, no es tan sencillo Pero, por empezar la madeja por alguno de los hilos,dime: ¿Qué sabes sobre los Cátaros?
[Continuará...]
© Mikel Zuza Viniegra, 2012
Calle Zapatería nº 50 de Pamplona.
20 de septiembre de 1940. 1'45 h. de la madrugada
El redactor-jefe está sentado a la mesa, iluminada por un flexo cuya exangüe bombilla da un aire un tanto lúgubre a la estancia. Como siempre, está enfrascado en dibujar las arquitecturas fantásticas que brotan de su mente en cualquier papel libre de tinta que haya podido encontrar: los restos de la edición, las libretas reaprovechadas o incluso los márgenes del periódico que acaba de salir de la rotativa, listo para ser distribuido por toda la ciudad. Da pena molestarlo -piensa el recién llegado-, pero aclarándose la garganta con una tos impostada, da por fin a conocer su presencia:
-No entiendo cómo no recoges todos esos dibujos tuyos en una publicación, Angel María. Son una pura maravilla...
-¡Caramba, qué sorpresa, don Gabriel! Agradezco sus elogios, y en pago le regalo mi última obra -si no maestra, si al menos bien fundada-. Son cuatro trazos sobre como pienso yo que debió ser la fachada románica de la catedral de Pamplona. Pero trasnocha usted mucho hoy, y aún queda bastante rato para nuestra cita habitual en la primera misa de la mañana en San Cernin...
-Lo que yo decía: lo que tú llamas "cuatro trazos" están a la altura, e incluso creo que los superan ampliamente, de los diseños de los arquitectos más encumbrados. Espero no incordiarte, pero andaba un poco desvelado y me he dicho, vamos a ver qué nuevas sobre la guerra europea puede contarme el eximio amigo y periodista Pascual.
-Espero ser más amigo que periodista, aunque sobre su inquietud por saber noticias nuevas, quizás sea usted, don Gabriel de Biurrun, el ilustre cónsul de la República Oriental del Uruguay en Pamplona quien pueda alumbrarme a mí, porque lo cierto es que, más allá de la vertiginosa rendición francesa ante Alemania de hace unos meses, la censura no permite vislumbrar avances o retrocesos destacados en los frentes...
-Algo sé, a qué negarlo. Sobre todo cuestiones relacionadas con cómo se está desarrollando la evacuación de las tropas inglesas desde el continente. Algunas patrullas estaban destacadas demasiado al sur del territorio francés, y seguro que no te descubro nada si te digo que el Foreign Office precisó cierta ayuda desde este lado de los Pirineos...
-No creo que les gustase saberlo allá en Londres, pero algo conozco de todo este asunto, aunque le agradezco que me lo confirme de viva voz. Puede que nuestras ideas políticas sean muy distintas, pero al fin y al cabo somos amigos y compartimos la misma fe en Dios, y en que él pondrá fin a este terrible enfrentamiento. Incluso fuimos capaces de mostrar a todo el mundo que es posible dejar atrás las diferencias de signo político cuando colaboramos en la edición de aquel libro que tanto nos costó sacar adelante en plena contienda: "El coqueto don Sancho Sanchez".
-Buen libro fue aquel, sí señor. Y aún creo que le podremos sacar más partido todavía... En cualquier caso, es lástima que esa convicción de poner la religión por encima de cualquier otra cosa, que sabes que es también mía, no sirviera de nada a muchos de los que ahora yacen enterrados en tumbas sin nombre. Yo mismo me salvé de milagro, supongo que por mi condición de diplomático, mucho más que por ser un convencido católico. En esta misma sede en la que ahora nos encontramos escribí muchos años para el periódico "La Voz de Navarra", hasta que vosotros lo incautaisteis en julio del 36...
-Estos son tiempo nuevos. No merece la pena andar lamentando el pasado. Además, en una guerra, y más en una de liberación nacional, como lo fue la nuestra, se cometen muchos excesos, don Gabriel. Aunque quizás algunos sean más necesarios de lo que ahora mismo, apenas recién llegada la paz, podamos colegir. También muchos camaradas míos murieron en combate. Todos, amigos y enemigos, descansan ahora juntos en el seno del Señor. Yo al menos así lo creo.
-Tú lo has dicho, Angel María: pensamos diferente, y aunque no veo qué liberación puede venir de la muerte, sigue uniéndonos nuestra fe. Por eso precisamente estoy aquí a estas horas tan intempestivas. Lo que tengo que decirte es preciso que no lo sepa nadie más. E incluyo en ese "nadie más" a don Fermín Yzurdiaga, director de este periódico y buen amigo nuestro...
-Es mucho más que un amigo para mí, don Gabriel, y usted lo sabe. Si me dedico a estos oficios de la literatura y el periodismo, es por seguir la senda que él me abrió hace ya tantos años.
-No tantos, Angel María, recuerda que sólo tienes 27. Yo lo conozco antes que tú, que no en vano tengo ya 51. Y aunque lo aprecio y lo estimo tanto como tú, sobre todo por su vasta cultura y por su condición sacerdotal, sé que si llega a conocer los pormenores de este asunto del que vengo a hablarte -y atendiendo a su cargo como Consejero Nacional del Movimiento-, puede, aún de buena fe, poner en peligro toda la operación...
-¿"Operación"? Antes de que me cuente nada, don Gabriel, no olvide que yo soy tan "azul" o más que mi admirado don Fermín, y que si pretende convencerme de que ayude a salir de un mal paso a sus amigos británicos, puede usted ahorrarse el esfuerzo, porque no he escondido nunca mi simpatía por Alemania. El Nuevo Orden que tantos anhelamos se vislumbra al fin bajo el signo de la Esvástica...
-Aún eres muy joven, Angel María. Es verdad que has tenido la desgracia de conocer ya una guerra civil, pero eras muy niño cuando estalló la 1ª Guerra Europea, y no puedes hacerte a la idea del nivel de destrucción al que, con los avances de la técnica actual, puede llegarse si la actual conflagración prende en el resto de continentes. Y es nuestro deber de cristianos al menos intentar que esta locura termine. En cuanto a Alemania, espero de verdad poder variar tu firme postura cuando sepas lo que he venido a contarte...
-Podrá intentarlo, pero dudo que lo consiga. No obstante me tiene ya usted en ascuas. Vaya de una vez al grano, por favor.
-No es tan sencillo, Angel María, no es tan sencillo Pero, por empezar la madeja por alguno de los hilos,dime: ¿Qué sabes sobre los Cátaros?
[Continuará...]
© Mikel Zuza Viniegra, 2012
jueves, 13 de septiembre de 2012
EQUILIBRIO
A las afueras de Nápoles, 12 de septiembre de 1457
¡En buena hora se le ocurrió acudir al palacio del rey Alfonso! Claro que él no quería, fue su esposa Marietta quien le obligó. "No seas tonto, Giuseppe, cualquiera de esos nobles -quizás el propio rey-, te pagarán bien por esa estatua que has encontrado en nuestras tierras de labranza, allá en Castellamare di Stabia".
Y es muy cierto que el monarca mostró su generosidad por aquella figura de mármol, pues quería regalársela a su bienamado sobrino Carlos, un príncipe navarro que llevaba apenas unos meses en la ciudad, y en tan poco tiempo ya se había ganado una merecidísima fama de sabio y erúdito. Pero, ¿por qué ha tenido que ordenarme que sea yo mismo quien se la lleve a su residencia en el monasterio de San Domenico? Dicen que no sale de la surtida biblioteca de los frailes sino para dar cuenta de la parca colación que aquellos consumen en las comidas y en las cenas, y que luego vuelve a enfrascarse en los volúmenes y pergaminos antiguos, aquellos que fueron escritos por los mismos romanos que tallaron la escultura que ahora le lleva como obsequio personal del soberano aragonés.
Y mucho se alegra efectivamente Carlos al recibir presente tan bello y simbólico, pues según él representa aquella estatua nada menos que a Mercurio, mensajero de los dioses, de ahí el casco alado que porta la figura.
-¡Buen presagio es éste! -exclama en un bienintencionado italiano el príncipe-. Pero seguidme a la biblioteca, amable Giuseppe, que quiero que me mostréis sobre el mapa el punto exacto dónde habéis encontrado semejante tesoro...
Y cuando el azorado labrador le señala un punto a las afueras de la villa de Stabia, Carlos corre hacia la estantería más próxima, diciendo que cree recordar que no hace ni una semana que leyó algo sobre ese mismo lugar en un tratado del célebre historiador Tácito. No tarda en desplegarlo sobre la mesa y leyendo muy rápido sirviéndose de su dedo índice como guía en las apretadas del gastado manuscrito, encuentra finalmente el dato que buscaba:
-¡Aquí está, ya decía yo que me sonaba! Es una carta de Plinio el Joven a su amigo Tácito, en la que le cuenta la muerte de su tío, el ilustre naturalista Plinio el Viejo en la villa de Stabia, durante la terrible erupción del volcán Vesubio allá por el noveno día antes de las kalendas de septiembre del año 79...
Giuseppe nunca ha oído hablar de tales señores, ni sabe nada de las kalendas de las que aquel joven le habla. Pero al Vesubio sí que lo conoce bien. Y no es para menos, pues todos los habitantes de la bahía de Nápoles pasan toda su vida temiendo que las continuas vaharadas que salen de su cumbre se conviertan en el aviso de otro de sus inapelables despertares. Por eso cree que da mala suerte hablar de estas cosas, y lo único que quiere es regresar cuanto antes junto a Marietta. Pero ay, no parece que esa sea la intención de don Carlos, que sigue recitando en voz alta aquella antiquísima carta como si se la supiera de memoria, y no como si no tuviera que ir traduciéndola del latín mientras la lee:
-"Considero felices a los que, por gracia de los dioses, les es dado hacer cosas dignas de ser escritas o escribir cosas dignas de ser leídas, pero felicísimos considero a los que les cupo hacer ambas cosas. Mi tío se contará en el número de éstos, tanto por sus libros como por los tuyos, Tácito."
"A la hora séptima mi madre le indicó la aparición de una nube de inusitada grandeza y forma. Se calzó las sandalias y subió a un sitio desde donde se podía contemplar mejor aquel portento. Los que miraban la nube desde lejos no sabían de qué montaña salía, pero después se supo que se trataba del Vesubio. La nube tenía un aspecto y una forma que recordaba a un pino, pues se elevaba como si se tratara de un tronco muy largo y luego se diversificaba en ramas.
Como hombre sapientísimo que era, creyó que aquel prodigio bien merecía verse más de cerca, pero lo que había empezado con intención de estudio, se afanó en terminarlo prestando auxilio a quienes trataban de huir de la ira del volcán. De tal forma, se embarca en cuatrirremes y derechamente se dirige a allí de donde los demás huían. Mantiene el timón en dirección al peligro, y tan ajeno al miedo que toma nota de todos los movimientos de aquella calamidad y de cuanto se ofrecía ante sus ojos.
Cuanto más se aproximaba, más ceniza caía en las naves, cada vez más caliente y más densa, y también pedruscos y piedras ennegrecidas, quemadas y rajadas por el fuego, al paso que el mar se abría como un vado y las playas se veían obstaculizadas por los cascotes. Estuvo a punto de regresar, pero dijo al piloto, que así se lo aconsejaba: la fortuna favorece a los audaces. Dirígete a la casa de Pomponiano, en Stabia, donde pasaremos la noche.
Y fue allí muy bien recibido, y como parecía que en aquel lugar el peligro no era inminente, cenó alegremente con los dueños o, lo que todavía es más digno de admiración, fingiendo estar alegre. Mientras tanto en el Vesubio relucían, en diversos lugares, anchísimas llamas y elevados incendios cuyo fulgor y cuya claridad se destacaban en las tinieblas de la noche.
El patio de la casa empezó entonces a llenarse de tal modo de ceniza y de pedruscos que deliberaron si se quedarían allí bajo cubierto o saldrían al raso, pues el edificio vacilaba debido a los frecuentes y largos temblores. Optaron por la segunda solución y, poniéndose almohadas en la cabeza, sujetas con trapos, salieron a la intemperie.
En otras partes había amanecido ya, pero allí seguía una noche más densa y más negra que todas las noches, sólo rota por la luz de las antorchas.
Aún así consiguieron llegar hasta la playa, donde las nubes de azufre, precursoras de las llamas, que llegaron luego, asfixiaron a todos.
Al tercer día después del desastre sus cuerpos fueron hallados. El de mi tío Plinio estaba intacto y tal como iba vestido: más tenia el aspecto de dormir que el de estar muerto..."
-¿Comprendes la importancia de la estatua del dios Mercurio que me has traído, Giuseppe? ¡Quizás a ella fueron dirigidas las últimas oraciones de aquel valiente don Plinio! Tienes que llevarme ahora mismo al sitio exacto donde la encontraste. Te prometo que me ocuparé de que seas bien recompensado. Pongámonos ahora mismo en camino, ya que calculo que tan sólo unas cinco leguas nos separan de aquel lugar...
Y así te ves ahora, sirviendo de guía a este príncipe, que además de ingenioso tiene fama de enamoradizo, así que será mejor no presentarle a tu hija, Cósima, que tiene ya edad de hacer perder la cabeza a los hombres, sean napolitanos o navarros. No, será mejor internarse en los desiertos campos cubiertos de lava reseca y acabar con esta empresa cuanto antes. Por eso en cuanto llegas a los límites de tus tierras, las últimas fértiles que lindan con el erial en que ha convertido la campiña cada bramido del volcán, y le señalas el agujero donde encontraste la estatua, coge Carlos un pico y una pala, y con ellos se pone a agrandar la fosa.
Y esto sorprende muchísimo a Giuseppe, pues no ha visto nunca a un noble empuñar utensilios tan modestos. Así que ha de explicarle el príncipe como su señor abuelo, el rey don Carlos el Noble, de buena memoria, decidió construir dos excelentes castillos, uno en Olite y otro en Tafalla, ciudades que apenas distan una legua una de la otra. Y como quería que los viajes entre una y otra residencia regia se pudieran hacer de la manera más discreta posible, ordeno que se excavara un túnel que, partiendo de las bodegas del palacio de Olite llegara hasta las del palacio de Tafalla, para poder acceder a tan regias moradas sin que nadie pudiera verlo.
Y que como semejante obra de ingeniería exigía mucha mano de obra, a él mismo, y después a sus descendientes, no se les cayeron jamás los anillos por tirar de azada y ponerse en muchas ocasiones en el surco con todos aquellos súbditos suyos naturales de esos dos lugares, que son sin duda los mejores labradores de toda Navarra. Por tanto estaban los reyes y príncipes navarros muy hechos a trabajar la tierra. Eso sí, cuando el príncipe, perseguido por su padre, el usurpador rey Juan, se vio obligado a exiliarse, la obra aún no estaba terminada, así que no sabía en qué estado permanecería ahora...
El caso es que entre los dos, y deteniendo de tanto en tanto la ardua labor para recobrar el resuello con unas botellas de Lachryma Christi, el estupendo vino blanco napolitano, consiguen ahondar lo suficiente como para acabar dando con una especie de bóveda que resuena muy honda al otro lado hasta que de un fuerte golpe de pico, Carlos la resquebraja y varias piedras van a caer al oscurísimo fondo con gran estrépito. Y cuando arrojan una antorcha recién encendida por aquel lóbrego agujero, se encienden de repente las paredes cuajadas de lo que parecen pinturas de muy buena mano.
Y no pudiendo resistir más las ganas de verlas más de cerca, se ata el príncipe una soga muy gruesa alrededor del torso, y la anuda luego al tiro de mulas en las que han llegado hasta aquel mágico lugar, encargando a Giuseppe que las tenga muy bien sujetas mientras desciende, y las haga luego caminar muy lentamente cuando le pida que lo suba de aquella ignota catacumba.
Y no se queda nada tranquilo el buen labriego mientras ve a don Carlos introducirse en ella, pues teme que si algo le ocurra, las iras de su tío el rey Alfonso se desaten sobre sus inocentes espaldas, por lo que cuando el principe desaparece en la negrura sólo iluminada por las antorchas que porta, se pone a rezar las letanías de San Gennaro con muchísima fe y convicción.
Y a sólo siete u ocho varas de la luz que entra ahora por el techo, hace pie el príncipe en un suelo cubierto de endurecidas cenizas hasta casi sus rodillas, y cuando alza la llama que lleva en su mano, no puede dejar de maravillarse ante lo que ve, porque están pintadas en aquellas paredes muchos hombres y mujeres en posturas que prueban sin duda la prodigiosa elasticidad de la humana naturaleza. Hasta el punto que no puede evitar exclamar en voz alta:
-Desde luego, en Olite no tenemos pinturas como estas...
-Cosa? -replica extrañado Giuseppe allá arriba.
-Niente. Ho detto che non abbiamo questo a Olite. Y bien que lo siento...
Así que mucho rato se detiene Carlos en grabar muy bien dentro de su cabeza todos aquellos ademanes, pues piensa que nunca sabe un buen historiador cuándo le hará falta poner en práctica estos conocimientos tan necesarios. De todas maneras tampoco se engaña, pues comprende perfectamente que son bastantes de aquellas galantes gestualidades mucho más propias de gimnastas o de acróbatas, que de personas entradas en razón y en edad. Aunque nunca se sabe...
Y allá, al fondo de la estancia, se aprecia una puerta que da a otra habitación, y aunque las antorchas están empezando a agotarse decide explorarla también, por si los maestros que pintaron aquellos frescos dejaron también en ella muestras de su excelso arte. Pero al entrar en ella algo traba sus piernas y cae al suelo violentamente.
Es de plata brillante como la luna y de rojo coral como el magma del Vesubio que aquella noche destruyó esta ciudad de muertos cuyo sueño de siglos ha profanado Carlos.
Una vez fuera, y sólo con mentar la palabra "muertos", el príncipe y Giuseppe, que no para de santiguarse, no tardan en cubrir de tierra otra vez la fosa.Y promete el labrador, haciendo todo tipo de gestos para alejar el mal de ojo, que no volverá ni dejará hurgar a nadie más en aquellos terrenos malditos.
Y de vuelta ya a su refugio de San Domenico, no para Carlos de dar vueltas a aquel asombroso anillo. Y de esta -hasta hoy- oculta aventura saca en claro que la vida es tanto Eros como Tanatos. Y que el Amor y la Muerte, el Placer y el Dolor están siempre tan imbricados entre sí, que si queremos conocer la felicidad en este mundo, debemos andar haciendo muy cuidadosos equilibrios por la estrecha senda que separa los dominios completamente estancos de cada uno de ellos.
Y exponiendo justamente esta filosofía tan cierta, le escribe una carta a aquella que quedó en Navarra, contándole además toda la historia del anillo templado por el volcán napolitano, que introduce luego en la misma caja donde va el documento lacrado con su sello real, para que ella comprenda que tiene casi mil quinientos años, y que, a su modo, es como el símbolo de que sólo el Amor puede vencer a la Muerte.
Y también para que sepa que nunca la olvida, ni aunque se desaten a su alrededor todos los terremotos y volcanes del Infierno. Y que, de tenerlas, surcaría el mar en cuatrirremes como las del anciano Plinio, sólo por poder ver ese anillo en su dedo...
© Mikel Zuza Viniegra, 2012
La carta de Plinio el joven a Tácito contándole la muerte de su tío Plinio el viejo, está sacada del libro "Reportaje de la Historia I", de Martí de Riquer.
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