viernes, 25 de febrero de 2011

LIBERTATEM MEAM MECUM PORTO



Ciudad de Ginebra, 27 de octubre 1553

La sentencia del juez, un mero títere del fanático Calvino, aún resuena en sus oídos mientras es conducido al lugar donde todo encontrará su fin y también su principio:

"-Por estas y otras razones te condenamos a ti, Miguel Servet, a que te aten y lleven al lugar de Champel, que allí te sujeten a una estaca y te quemen vivo, rodeado de leña verde y con una corona de ramas untadas de azufre en la cabeza. Y que allí arda también tu libro manuscrito e impreso, hasta que tu cuerpo quede reducido a cenizas, y así termines tus días para que quedes como ejemplo para otros que pretendan cometer las mismas blasfemias que tú has cometido..."

Le han subido a una carreta descubierta, y le han encadenado a la barandilla para que toda la población pueda verlo en su recorrido hacia el cadalso. Tiene frío, que han debido pensar sus verdugos que harto calor tendrá dentro de muy poco, como para preocuparse por protegerle contra los gélidos otoños de aquellas tierras.



Y es justo en ese momento, mientras no atisba ni el menor signo de compasión en los ojos de la gente que se arracima para ver pasar al "hereje", cuando su mente -que nunca nadie ha podido doblegar, ni siquiera la terrible Inquisición católica-, viaja hasta el lugar de su nacimiento: la ciudad de Tudela, en el reino de Navarra. Y vuelve a sentir entonces aquel dulce calor del sol ribero sobre sus miembros desnudos. Un calor que nada tiene que ver con el de las hogueras que por toda la Europa intentan acabar con la libre expresión del pensamiento.

Sí, aquella luz que muestra la verdadera sustancia de Dios haciendo brotar de la tierra todos los frutos con los que el hombre y la mujer encontrarán su sustento.

Aquella mejana junto al Ebro donde su abuelo cuidaba con mimo las cebollas, los esparragos, las alcachofas, las habas, los guisantes... Y lo hacía siguiendo los consejos de un antiquísimo almanaque morisco, que aconsejaba plantar cada semilla siguiendo la forma de una determinada constelación celeste, de tal manera que al nacer y desarrollarse cada planta, podía observarse desde lo alto del granero como todas acababan formando las mismas imágenes astronómicas que figuraban en aquel libro cargado de la arábiga sabiduría, que afirmaba que todo lo sembrado según aquel método haría alcanzar a quien tuviese la dicha de comerlo, los mismos sabores y deleites de que gozan los bienaventurados en el Edén prometido por el profeta a sus adeptos.

Y cosa bien cierta era aquella promesa, que al menos tal como las preparaba su madre, se convertían aquellas hortalizas en manjar que permitía alcanzar la comprensión unívoca de Dios con sólo darles un bocado, pues aunque costase seguir tan extrañas instrucciones, y al tiempo de la sementera mucha sangre hubieran de bombear los corazones para cumplirlas al pie de la letra -y bien que dolían también los riñones al hacerlo-, era gran gozo al incorporarse de trabajo tan ingrato, poder contemplar en lo alto del cerro el brillante castillo de los reyes de Navarra, repleto de habitaciones y galerías doradas, mientras su padre repartía entre todos los hermanos la ración de pan y vino que permitía retomar con más brío incluso que antes la labor. Y les llegaban entonces muy nítidos los sonidos de las campanas de la catedral y de la Magdalena, y era como si Dios posase su aliento sobre ellos y sobre la tierra recién preñada...

Ya le atan al poste, y prenden la leña a su alrededor. Madera verde, para que su suplicio dure más. Pero Miguel, al notar el fuego que pronto le convertirá en polvo, no puede sentir ya más que el gentil aroma de la cocina de su madre, allá en la ciudad de Tudela, en el reino de Navarra. Y pide al Supremo Hacedor, como última voluntad de quien tanto se empeñó en alcanzar el conocimiento del Dios único y verdadero, que consienta que sus cenizas, llevadas por el viento del norte, franquéen los ríos y las montañas y vayan a posarse en aquella mejana donde conoció la verdadera esencia de la felicidad.


© Mikel Zuza Viniegra, 2011

martes, 15 de febrero de 2011

CON BRÍO ARROLLADOR



De vuelta a Navarra, año de 1364

Y no es grato hacerlo en estas circunstancias -piensa el rey Carlos II-, tras la tremenda derrota sufrida en le Parc de Cocherel ante el Stade de France. Pero retirarse no es rendirse, y además aún queda por resolver la confrontación doméstica, ciertamente abandonada en sus preferencias los últimos tiempos...

Verdaderamente, hace bastante tiempo que no centra sus desvelos en la hueste que dejó en Pamplona. Esa labor se la encomendó al sozmerino de Izco, y del triste estado en que la ha encontrado al regresar, a él y sólo a él le corresponderá dar cuentas. Todos le dicen que la garra que siempre caracterizó a las tropas navarras se ha esfumado como por ensalmo desde que fueron puestas bajo el mando de un estratega del reino de Murcia, que pareció llegar a Navarra tan sólo para recoger su abundante soldada, y no para lograr aquello para lo que se le contrató: que los hombres a sus órdenes dominaran las artes de la estrategia, del ataque alegre y de la sólida defensa.

Al contrario. Desde su llegada las pocas nociones que de esos conceptos demostró tener el ejército navarro, se perdieron en un marasmo de aburrimiento e indolencia. Y otras milicias, que en épocas recientes huían sólo con agitar ante ellos el estandarte rojo del reino, ahora masacran a los nuestros sin que éstos opongan la más mínima resistencia. La vanguardia no recibe el suficiente apoyo de la columna central, que se asienta en una retaguardia mansa y sin recursos. Sólo el último hombre se muestra capaz de detener casi todos los avances enemigos, pero él solo no puede sostener a toda la tropa. Justo es reconocer también la labor del capitán, que desde Huarte brega sin descanso en cada batalla, muchas veces sin ayuda ninguna de sus compañeros...

Mucho enfadan estas noticias al rey, así que nada más cruzar la frontera de Navarra, envía a Pamplona un mensajero con la orden estricta de que el sozmerino tome medidas enérgicas antes de que él llegue a la capital; pues de no hacerlo incurrirá en su más furibunda ira, y hay en Miluce mobiliario muy bien dispuesto para ocasiones como ésta...

Y es lo que tiene ser hombre de palabra, que todo el mundo sabe que cumples lo que prometes, así que el señor de Izco no tarda en enviar al falso táctico murciano al otro lado del Ebro, avisándole, pues al fin y al cabo han sido muy amigos, que si vuelve a verse su oronda figura en Navarra, nadie podrá garantizar su integridad, que es muy mala cosa hacerse enemigo de monarca tan poderoso como don Carlos. Y ese camino es el que toma sin dolor alguno el ilustre condottiero, que sabe que su trabajo es así: hoy llegas a Navidad, y mañana no te comes los turrones...

Resuenan por las calles de Pamplona los atabales, ministriles y vuvuzelas, pues el rey está otra vez en su casa. Todos le reciben agitando desde las ventanas los colores rojos y azules de su divisa. En cuanto ha descansado un poco, hace llamar a palacio al sozmerino, que inclina su cabeza ante él, pareciendo que no le llega la camisa al cuerpo. Así le hablar el rey:

-¿Qué habéis hecho de las tropas que os entregué para que las convirtiérais en ejército temible? Me dicen que en vez de miedo, la mayoría de las veces lo único que causan es risa y hasta pena. Si no os mando encerrar ahora mismo en la mazmorra más profunda del castillo de Monreal, es porque la experiencia me enseña que en tiempo de tribulación es mejor no hacer demasiada mudanza, fuera de la de librarse de ese cantamaitines al que confiásteis el mando...

-Señor, los combates son así. En las batallas no hay nada escrito. No hay enemigo pequeño. El que perdona, lo acaba pagando. Ni ahora somos tan malos, ni antes éramos tan buenos. Los jueces son humanos. Ahora hay que pensar en el siguiente combate. Si nos confíamos somos muy malos...

-¡Basta, ganapán! ¡Todo eso no son más que memeces y ganas de marear la perdiz! Pero de toda vuestra verborrea la expresión que más me molesta es sin duda la última. No hemos llegado hasta aquí siendo conformistas: nos temen en Francia, en Inglaterra, en Castilla y hasta en la tierra de los mercenarios portugueses, que ahora parecen dominar los campos de batalla con su soberbia y engreimiento. Siempre es mejor ser cabeza de ratón que cola de león, digáis lo que digáis. Voy a permitir que sigáis en vuestro cargo, pero si no observo un cambio radical en las prestaciones de la hueste, atenéos a las consecuencias...

-Con el debido respeto, si no abrís vuestra bolsa con más prodigalidad yo no puedo hacer gran cosa, Majestad. ¿Cónoceis acaso las fabulosas rentas de las que disponen otros contendientes?

-¿Y cuándo no ha tenido Navarra que vérselas con enemigos mejor provistos que ella? Porque yo no recuerdo haber empuñado nunca la espada en otras circunstancias...
Veremos qué se puede hacer. Lo primero será la contratación de el señor de Mendilibar, que ha de ser sin duda una gran persona, como demuestra que fuese expulsado de esa banda de cuatreros dirigida por los aborrecidos señores de Haro. Tiene además fama, como yo mismo, de ser duro, pero justo en sus decisiones, y aquí tendrá mucho trabajo que hacer para recuperar el tiempo perdido estos dos últimos años.
Sí, presiento que, por fin, vienen tiempos mejores...


© Mikel Zuza Viniegra, 2011

lunes, 7 de febrero de 2011

ROMANZADO



5 de febrero del año 924

Piensa don Sancho Garcés I, que volver al hogar es siempre motivo de alegría, aun haciéndolo como lo hace él, quebrantado de salud tras tantos años de combates ininterrumpidos contra los infieles, cansado ya de cabalgar sin descanso de un confín al otro de sus dominios. Pues si el cercano y agreste condado de Aragón, o la fértil tierra roja de Najera adornan desde hace años la corona de Pamplona, ningún otro lugar tiene tanto ascendiente en su corazón como éste que baña el río Salazar, que roe sin pausa el lecho de piedra que le sirve de cauce. Y no hay mejor lugar para admirarlo que este privilegiado balcón de Adansa, que controla desde su altura la ruta que llega desde Lumbier, villa provista de todo bien.

Sí, vuelve para pedir curación al muy sagrado cenobio de Usún, tras haberla solicitado piadosamente en muchos otros santos monasterios a los que peregrinó sin éxito. Y ahora que el destino le trae de nuevo a donde pasó su infancia, este tibio y desacostumbrado calor en pleno invierno le hace evocar muchas historias perdidas en su memoria...

Y se las cuenta a su muy hermosa reina Toda, en cuya compañía discurren más gratos los viajes, ya que su nombre hace mucha justicia a su condición y mérito, pues toda ella es tesoro más codiciado que cualquiera de los que hasta ahora haya podido arrebatar a tantos emires sarracenos. Y allí, reflexiva y sentada casi al borde del precipicio, está tan bella que no necesita más corona que la brillante luz que el sol refleja en sus cabellos. Y le parece a Sancho que ni el soberbio califa Abderramán, con todo su inmenso poder allá en la legendaria pero siempre reseca ciudad de Córdoba, podría forjar a su sultana -que además será mucho menos guapa y dispuesta-, un trono más espléndido que este mágico, verde y azulado rincón de Adansa...

Y pues que el dolor no cesa de aguijonear el cuerpo del rey, emprenden ambos la última parte del viaje, que Usún está ya a poco más de tiro de piedra, en la vertiente de la imponente montaña de Arangoiti, que guarda celosa los pasos hacia el otro gran santuario pamplonés: Leyre, donde no encontró don Sancho remedio a sus males, quizás porque para poder reinar, tuvo que recluir allí al anterior monarca, don Fortún Garcés, abuelo de doña Toda. Y no sería de extrañar que el resentido anciano hubiera lanzado una maldición contra su sucesor...

Hay en Usún establos y granjas a porfía, con muchos caballos, vacas, ovejas, cabras y aún burros cuyo tranquilo semblante resulta mucho más señorial que el de varios de los nobles de la corte. Y hasta trata Sancho de embromar a Toda diciéndole que uno de aquellos asnos es igualico que ella, cuando no hay forma de negar que se parece tanto a él, que mirarlo de frente es como verse en un espejo.
Concedamos -dice riendo la reina-, que quizás al jumento le falte la barba para cumplir exactamente la semejanza...



Nada más ver allá abajo, junto al río, la torre del santuario, comienza el rey a sentirse mejor, puede que por la proximidad de tantas reliquias de los santos apóstoles San Pedro y San Pablo como los monjes han conseguido reunir en tan remoto lugar. El caso es que mientras él se siente plenamente restablecido, comienza Toda a mostrar su cansancio, que el camino no ha sido largo, aunque sí un poco molesto. Pero a ella, tanto como los rezos de los frailes, lo que le ayuda a reponerse son los muy bien envueltos dulces que vienen dentro de un Cofre Bermejo -que todos los meses envían desde Helvecia para cumplimentar a la regia pareja pamplonesa-, y que Sancho -siempre tan laminero-, ha tenido el buen sentido de meter en su alforja para salvar desfallecimientos como éste. Así que bien aposentadas sus espaldas en las recias paredes del monasterio, mucho se solazan ambos con tan cremosas grageas, que aún les queda camino hasta orientar sus pasos hacia Arbayún, y es conveniente hacer acopio de fuerzas, aunque sólo sea para llegar hasta donde quedó abandonado el carro que hasta tan santo lugar los ha traído.

Y al despedirse promete el rey a los frailes no olvidar que ha sido allí donde se ha curado por fin de sus males, y también que en pocos meses -calcula que el 28 de octubre próximo-, ha de donarles muchas aldeas, viñas y huertos para contribuir al mantenimiento de tan ilustre y antiquísima casa de oración...



Es la panorámica sobre la foz tan impresionante como aquel milagro que dicen las escrituras que hizo don Moises en Egipto al separar las aguas del Mar Rojo, sólo que aquí no son muros de agua salada los divididos, sino paredones de piedra abiertos de par en par para dejar pasar al río. Y no es tampoco cuestión de asomarse mucho hacia el barranco, si no es por hacerse el valiente ante Toda, que no gusta absolutamente nada de tan pueriles exhibiciones, por cierto...

Llegada la hora del yantar, dirigen sus pasos hacia Aibar, donde el señor de Zabaleta les espera con mesa muy bien dispuesta. Y tan agradable como los manjares, es el porche con el que cuenta el palacio, orientado hacia el sol y verdadero remedo del Paraiso terrenal, si no fuera por una miriada de infantes, que chillan y revolotean alrededor de un ruidoso invento que semeja en pequeño tamaño una batalla entre moros -vestidos de verde- y cristianos -vestidos de rojo-, cuyos efectivos se disponen en perfectas lineas unos enfrente de otros, pues van todos ensartados en varillas de metal que manipulan con saña los mocetes. Cuando uno de ellos pone sobre el tablero la redondeada y cortada cabeza de don Abderramán, todos se afanan en introducirla ,a patadas de los envarados contendientes, en el campamento que cada ejército tiene a su espalda. Y mientras no lo logran, hace la bola tal estruendo al golpear sobre el cerco de madera, y chillan tanto los jugadores, que a Sancho y a Toda no les importaría demasiado que otro rey, llamado Herodes, viniera prontamente en su socorro. Aunque se les pasa presto el enfado, entre las muy notables infusiones que en aquel establecimiento se expiden...

Ya cae el sol cuando entran en la villa, y sea por la falta de luz, o porque son las vías de aquel precioso pueblo más estrechas de lo conveniente para ser recorridas a lomo de carro, todos los cuidados de Sancho no son suficientes como para que su vehículo no quede marcado con una abolladura que hará sin duda las delicias de algún avispado herrero de la capital, que debería pagar comisión a quien trazó los endemoniados planos de tan empinadas calles. Y aunque le hubiera gustado al rey enseñar a la reina una sirena muy bien tallada que navega coqueta entre los capiteles de la iglesia de San Pedro, se dan con la cerrada puerta del templo en las narices, así que dan los dos por muy bien empleado el día, y emprenden el viaje de vuelta, que muchas han sido las maravillas para una sola jornada...



© Mikel Zuza Viniegra, 2011

miércoles, 26 de enero de 2011

CASTIGADOR Y ANIMAL PELEÓN PERVERSO Y AUDAZ...



El guardia jurado que controla las cámaras situadas en cada salón del Archivo General de Navarra no observa nada raro en la pantalla que le muestra una vez más la tranquilidad nocturna de la sala gótica. Los documentos siguen dentro de sus vitrinas, y al fondo continúa intacta la urna con los despojos de no sabe qué rey. Eso es lo único que le interesa, al menos hasta que llegue su sustituto a relevarle por la mañana. No, desde luego no será él quien impida que la reunión convocada esta noche, la última en el palacio real, tenga lugar...

Y entonces el corazón que dejó de latir allí mismo el primero de enero del año 1387, vuelve a hacerlo con la fuerza de cuando estaba vivo, y a tan acompasado resonar, aumentado por el abrazo de las seis bóvedas de crucería levantadas por su antepasado Sancho, llamado "el Sabio", van acudiendo los espíritus familiares de Carlos II. El primero de todos el de su amada esposa Juana, mejor gobernante y diplomática que él en multitud de ocasiones. Luego los de sus hermanos Felipe y Luis. Juntos los tres, hicieron retemblar la tierra de Francia bajo los cascos de sus caballos engualdrapados con el carbunclo de Navarra. Llegan a continuación sus tres hermanas, María, Blanca e Inés, todas ellas reinas y señoras, y poeta además la última de ellas, que tuvo la desgracia de casar con el desalmado Gastón de Bearn, estando enamorada del muy excelente poeta y músico Guillaume de Machaut, tanto tiempo al servicio de su culto hermano...

Sus hijos tampoco quieren quedarse atrás: Carlos, que superó sus logros como monarca, pues mantuvo a su pueblo en paz, cosa que él consiguió muy pocas veces, aunque ambos lograron un auténtico milagro: que Navarra continuara decidiendo sus propios destinos en medio de tan poderosos vecinos; Pedro, que defendió con brío los intereses dinásticos en Francia, y Juana, que alcanzó el trono de Inglaterra.

Pero muchos otros responden a la llamada: el deheredado rey Pedro de Castilla, ni tan cruel ni tan loco como las crónicas pagadas por su hermanastro juzgaron; el bastardo Enrique, que logró por fin la corona con la ayuda del maldito mercenario bretón Bertrand Dugüesclin, el mismo que derrotó en Cocherel al ejército navarro, arrebatándole así sus tierras de Normandía. Ha venido también el caballero Olivier de Mauny, primo del anterior, un poco avergonzado todavía por haber intentado ser más listo que el rey de Navarra cuando después de fingir mantenerlo cautivo en su castillo de Borja, quiso cobrar más de lo acordado...

Y allí están también los caballeros que disfrazados de carboneros le libraron de su prisión en el castillo de Arleux, con el fidelísimo Ferrando de Ayanz a la cabeza; y el taimado caballero castellano Pedro Manrique, no lo suficientemente astuto como para apresarle en el puente de Logroño; y a su lado el alferez que supo mantener a salvo el estandarte real en tan peligrosa ocasión: don Martín Enríquez de Lacarra, que llegó empapado, pero vivo, a Viana tras arrojarse al Ebro para salvar su vida y su bandera...

Y por supuesto no faltan tampoco los barones normandos que el malvado rey Juan de Francia ordenó decapitar por ser partidarios de Carlos en sus dominios de Evreux: el señor de Graville, el conde d'Harcourt, Maubé de Mainemares y mosén Colín Doublet. Toda la ciudad de Rouen vistió de luto y adornó sus calles con las armas de Carlos para sus impresionantes funerales. Y al fondo destella la negra armadura del príncipe Eduardo de Gales, tantas veces aliado del rey. Está conversando amigablemente con otros dos amigos leales: el obispo Robert le Coq, al que acogió en su exilio cuando tuvo que huir de Francia, y el preboste de los comerciantes de París, que fue capaz de colocar el capirote que combinaba el color rojo de Navarra con el azul de la ciudad de París en la testa del mismo Delfín de Francia, y pagó con su vida tal atrevimiento...



Como los caminos del Señor son inescrutables, es muy posible que esos dos colores, el rojo de Navarra y el azul de París, acabaran atrapando en 1789 al blanco propio de los Borbones, conformando así el mayor símbolo republicano que hoy existe, lo cual significaría un triunfo póstumo de Carlos frente a la monarquía francesa que, si por una parte le hubiera hecho muy feliz, por otra no dejaría de apenarle, pues mucho luchó por ceñir aquella corona. Pero eso es ya otra historia...

En el rincón más alejado, como si aún quisiera esconderse de la ira de su señor, está el caballero traidor Juan Ramirez de Arellano, que en plena invasión castellana del reino prefirió hacerse vasallo del príncipe extranjero en vez de mantener el juramento dado a su legítimo rey. No viene solo, que quiere pedir perdón para el descendiente que le acompaña, Diego Rámirez de Avalos, que escribió doscientos años después de todos estos sucesos una Crónica en la que para defender la memoria de su ancestro, vilipendió a perpetuidad la de Carlos II, que desde entonces carga con el injusto apodo de "el Malo", que otros muchos autores, sobre todo franceses, no tardaron en adoptar y difundir, aún a sabiendas de que sus propios soberanos fueron mucho peores que el navarro, que además tenía más derechos que ninguno de ellos al trono de Francia...

Y aún hay otra presencia más: una figura que, al contrario que las otras, no inclina su cabeza ante el palpitante corazón de Carlos II. No lo hizo en vida y no lo hará tampoco ahora. Es don Miguel Pérez de Egüés, sobrejuntero de Miluce, ahorcado por oponerse a los extenuantes impuestos de su rey. Es tan altivo ahora como lo fue sobre el cadalso con la soga al cuello, que siempre fue ese privilegio de quienes tienen la verdad y la razón de su parte...

Todos conocieron a Carlos II, pero ninguno lo juzga, que dejan esa labor para instancias más altas. La luz del amanecer comienza a brotar de los abocinados ventanales, y mientras cada uno de los reunidos se desvanece tan misteriosamente como apareció, el corazón de Carlos II vuelve a su inmóvil condición de siglos.

"Dios por su merced, li faga perdón", reza la caja que el pintor Jaymet le hizo en 1407. Y el artista lo tuvo tan difícil como yo, pues tal recipiente es demasiado humilde para contener el corazón de aquel hombre de pequeña estatura, pero de gran elocuencia e inteligencia. Igual que estas pocas líneas sólo pueden dar una lígera idea de su ajetreada existencia...



© Mikel Zuza Viniegra, 2011

miércoles, 19 de enero de 2011

SE HA PERDIDO OTRA ESTATUA



Palacio condal de Lusignan, cerca de Poitiers. 25 de octubre del Año de Gracia 1269

Los preparativos para la campaña de Ultramar siguen a buen ritmo. El año que viene, si Dios quiere, las aliadas armas de Navarra y Francia embarcarán hacia Túnez, y malo será que no consigan allí sus objetivos.

Pero ese no es motivo para descuidar los asuntos del reino. Es por eso que el joven rey Teobaldo II despacha con prontitud todos los pergaminos de apretada letra que su canciller le pasa para la firma. En uno de ellos detiene sobre todo su atención, pues no en vano se habla en él de Espinal, la hermosa villa que él mismo fundó hace tan sólo un mes, cuando emprendió viaje hacia el norte. Así dice el documento:


"Sepan todos aqueillos qui esta carta verán e oirán, que nos, Don Thibalt, por la gracia de Dios rey de Navarra, de Campania e de Bria conde palatin, queriendo guardar de daynno e de menoscabo al ospital de Roncesvalles por la puebla que se debe fazer o se fiziere de los pobladores de Val d'Erro, entre los burgos de Roncesvalles e Viscarret, en el logar que se dize el Espinal, queremos e otorgamos e damos con voluntat e placentería de los poblados de Val d'Erro al dicto hospital e al prior e al convento d'aquell logar perpetuament los logares que se contienen de suso en esta carta. Demás mandamos que nengun poblador del sobrenompnado logar ço es del Espinal, aya o pueda aver presentación o poderío, o algún otro derecho en la eglesia o eglesias que se edificaren en aquell logar, mas aqueilla eglesia o eglesias con las cosas sobredichas e con todos los otros sus derechos finquen perpetualment al dicho ospital de Roncesvalles.
En testimoniança e fermeza de todas las cosas sobredichas damos al prior e al convento de Roncesvalles sobredichos, esta nuestra carta abierta, sellada con nuestro sello pendiente.
Dada en Lusignan por mandamiento del rey, viernes primero ante la fiesta de San Simón et Judas apóstoles, en el mes de octobre, anno domini millesimo .CCº .LXº .nono..."

Firma de buen grado y observa como el secretario vierte la cera fundida en la matriz del sello real, que le muestra muy elegante y aguerrido, montando un caballo con la gualdrapa adornada por el carbunclo de Navarra. Un rey digno -piensa vanidoso- del palacio que ahora mismo le acoge, que dicen que fue edificado por la bellísima y muy poderosa hada Melusina, tatarabuela de todos los Lusignan, y que desde entonces sobrevuela por las noches las muchas torres del castillo...

Pero mirando por la ventana de la habitación, aunque son muy bellos los jardines del conde, sólo puede añorar el verde esmeralda de los prados que rodean Espinal, un color -ese sí- digno de la cola de sirena de Melusina. Y no deja de lamentar entonces que en pocos meses se hallarán él y los navarros que en su empresa le han seguido, rodeados de las arenas ardientes del desierto africano, y las cristalinas aguas de Roncesvalles sólo serán ya espejismos entre las dunas...

El canciller repara entonces en que hay un papel añadido al documento original que acaba de sellar. Lee en voz alta como en él viene recogida la intención de los nuevos pobladores de Espinal de levantar un monumento al buen rey Teobaldo, que no en vano les ha otorgado su carta de naturaleza para que moren y sean felices todos en aquel paraiso entre montañas.

Mas mucho desagrada al soberano semejante propósito, pues cree -con mucha razón, al sentir de este cronista- que los mismos que ahora piden levantarle una estatua, serán los que pedirán en el futuro derribarla. Y si no éstos, sus descendientes. Él ya ha hecho lo que tenía que hacer, que es procurar que sus súbditos vivan en armonía. No cree necesario homenaje alguno por ello, pues tan sólo ha cumplido con el deber de todo buen gobernante.

Aún así, los vecinos de Aurizberri, que es nombre también muy hermoso de la misma localidad, erigen el monumento a escondidas de la decisión regia, confiando en que cuando vuelva de su viaje, perdonará su atrevimiento y mostrará su gratitud. Sin embargo no quiso la Providencia que volviese el rey, que murió en Túnez como él mismo había imaginado en Lusignan: añorando el color verde de Espinal entre aquellas resecas y ocres tempestades de arena.

Y esa humilde estatua de Teobaldo II estuvo muchos años recordando a quien quisiera detenerse ante ella que fue aquél rey y no otro, quien dió a luz tan bella criatura. Hasta que gentes olvidadizas o desconocedoras -lo que es aún peor- de la historia de su pueblo y de su país, la arrumbaron en lóbregos almacenes, cumpliendo así la triste profecía del rey.

Setecientos cuarenta y un años han pasado de todo esto, y seguimos igual que siempre...



© Mikel Zuza Viniegra, 2011

jueves, 13 de enero de 2011

SE HA PERDIDO UNA ESTATUA

Artículo publicado en el Diario de Noticias el viernes 7 de enero de 2011




Dedicada al rey Teobaldo I y obra en tamaño natural del escultor Victoriano Juaristi, fue colocada en torno a los años 30 y, según las crónicas, se calcula que desapareció en 1936, después de ser objeto de vandalismo. Es una historia desconocida.

En 1934, el Consejo de Cultura de Navarra acordó levantar un monumento en la Taconera de Pamplona en memoria del rey Teobaldo I el Trovador, de cuya llegada al trono se cumplía ese mismo año el setecientos aniversario.

A una galería de arcos góticos del desaparecido convento cisterciense de Marcilla, reconstruida por el archivero José María Huarte y el profesor de arqueología del Seminario, Onofre Larumbe, se le añadió una figura en piedra y a tamaño natural del monarca, esculpida por el doctor Victoriano Juaristi, quien, además de desempeñar su labor profesional en la Clínica San Miguel, era miembro activísimo de dicho Consejo.

Aparecía el rey sentado en el medio de la arquería, con su mano derecha sosteniendo un pergamino, la izquierda apoyada en el asiento y sus pies descansando sobre un mullido cojín. Precisamente esa concepción tan moderna de la estatua, sin pedestal y al alcance de cualquiera que pasease por aquel solitario rincón, fue la desencadenante de su ruina y desaparición, pues prácticamente desde el mismo momento de su colocación, y en palabras del propio Juaristi en un texto escrito a los pocos meses de la inauguración del monumento, "el buen pueblo al que don Teobaldo tanto amó, le ha chafado las narices a pedradas, como a cualquier muñeco del pim-pam-pum de la feria".

El exiguo número de esculturas que ornaban la ciudad en la década de los 30 del pasado siglo resulta muy sencillo de especificar. En la Taconera, el monumento a Sarasate (hoy dedicado a Hilarión Eslava, pero que sorprendentemente todavía sigue luciendo en su columna las notas de una composición del inmortal violinista); la estela de Juan Huarte de San Juan (ahora sita en la avenida de la Baja Navarra); la Mari Blanca, trasladada en 1927 desde la plaza de San Francisco; y el monolito a Navarro Villoslada en la calle Navas de Tolosa. En el paseo de Sarasate, el Monumento a los Fueros y las seis estatuas de reyes provenientes del palacio real de Madrid. Y en el corazón de la ciudad, tan solo la figura de San Francisco presidiendo su plaza y el Neptuno niño que corona la fuente realizada por Luis Paret en la del Consejo. En total 13 monumentos a los que vino a unirse, por breve tiempo, el dedicado a Teobaldo de Champaña en Vista Bella.

Mi padre, que en esa época era uno de los mocetes que por allí disfrutaban de sus correrías futbolísticas, fue quien primero me habló de tan desconocida escultura, y la verdad es que al principio no le creí, porque ni siquiera aparece recogida en el exhaustivo Pamplona: calles y barrios de J.J. Arazuri y tampoco queda testimonio gráfico de ella en el Archivo Municipal. Al final la búsqueda concluyó gracias a un artículo que en la revista bilbaína El Norte dedicó a su obra el propio Victoriano Juaristi, y que terminaba con el ya citado lamento por el maltrato que la estatua recibía por parte de los pamploneses. De hecho todo indica que para 1936, la figura, bastante deteriorada, fue retirada.

Sin embargo años después, en abril de 1948, y en las páginas de El Pensamiento Navarro, el recuerdo de la estatua del rey poeta resurgió en una jocosa polémica periodística entre Catón el censor (Vicente Galbete, a la sazón archivero municipal) y el propio Teobaldo I de Champaña (encarnado por el doctor Juaristi). Comenzó la disputa el primero recordando que "siempre había que explicar a los aldeanos de visita en Pamplona que aquella estatua no era una mujer, sino un Rey de Navarra".

El autor de la efigie, tocado sin duda en su amor propio de artista, salió en su defensa al día siguiente haciendo que la propia escultura expusiese su alegato: "¡Qué amargura! Durante mi breve estancia en aquel florido lugar, fui víctima constante del más atroz gamberrismo de mente y de acción […] Se mofaron de mí y me agraviaron villanamente machos y hembras, descamisados y personas de camisa planchada. Hasta que un día me fui a pedir asilo a casa del autor de mi traza, en cuyo huertecillo retirado estoy, cabe una higuera, siendo el más ilustre de los espanta-pájaros".

Y se cerró finalmente tan artística contienda con una columna titulada No te excites, Teobaldo, en la que el mentado Catón, quizás con demasiado sarcasmo, expone: "No estaba en nuestro ánimo el faltar a nadie, pero la culpa la tiene Vuestra Alteza por dejarse esculpir en batín. Si se hubiera puesto la armadura de los domingos, otra cosa hubiera sido […] Nos hacemos cargo de que a Vuestra Alteza -que se batió el cuero como los buenos en el monte Tauro, y que probó cumplidamente su condición de ome a través de tres matrimonios y nueve retoños- ha de hacerle poca gracia el que le tomen por lo que en Tafalla llaman un marimueta, pero, ¡qué se le va a hacer! El hábito no hará al monje, pero despista a la gente. […] ¿Que tuvo Vuestra Alteza que abandonar su banco en los jardines, debido al gamberrismo? No nos extraña. Estamos seguros además de que además, mucho lo habría sentido. Vuestra Alteza misma escribió aquellos inspirados versos: "Chacun pleure sa terre et son pays quand il se part de ses joyeux amis…". Pero, en aquella ocasión, más que joyeux, sus amigos -o al menos sus visitantes- resultaron ser pisseurs y… algo más. […] Bueno, don Teo, no le demos más importancia a la cosa, porque ya sabemos que hace tiempo que Vuestra Alteza ha perdido la cabeza. Confiamos en que esté todo aclarado".

Así pues, parece claro que además de varios ataques de carácter escatológico, aquel pobre Teobaldo de piedra sufrió no sólo que se pusiera en duda su hombría, sino que acabó siendo decapitado -un final que desde luego no pudo ser más regio-, hasta que sus restos hallaron refugio y descanso de su ajetreada existencia en el huerto de su escultor, donde se perdió definitivamente su pista.

Curiosamente, las otras dos obras escultóricas emprendidas por don Victoriano Juaristi sufrieron la misma mala fortuna, pues tanto el sarcófago de César Borgia en Viana (del que al menos quedan sendas réplicas en San Sebastián y en Játiva), como el Monumento a Roldán en Ibañeta, fueron destruidas, la primera durante la Guerra Civil y la segunda poco tiempo después.

Sirvan estas dos fotografías para dar a conocer un retazo bastante desconocido de la pequeña historia de Pamplona, y también para lamentar que, en lo tocante a respetar estatuas, sigamos tan asilvestrados como hace 80 años, como podrían atestiguar las frecuentes rinoplastias de la Mari-Blanca o las operaciones de miopía por la brava de quienes arrancaron las gafas de bronce al bueno de don José Joaquín Arazuri.



© Mikel Zuza Viniegra, 2011

miércoles, 5 de enero de 2011

NOCHE DE REYES






Está el buen rey don Teobaldo I abrumado por la cantidad de correo acumulado sobre su mesa, pues dio permiso a todos los secretarios y cancilleres para que pudieran pasar las navidades en sus casas, pero como no hizo lo mismo con los carteros reales, el número de misivas no ha dejado de crecer exponencialmente.

Muchas de las cartas son únicamente peticiones de favores que exigirían una investigación previa para saber si realmente merecen tales regalías todos aquellos que las solicitan, olvidando que el poder de un Rey de Navarra también tiene unos límites. Pero, repentinamente, uno de los lacrados pergaminos cae al suelo, y cuando el soberano lo recoge puede leer en su remite:

Dª María de Domezain
Palacio de Olloki
A.D. 1252 - ESTERIBAR



Y rompe don Teobaldo el sello adornado por los tres palos con bordura aspada, armas de aquellos palacios. Se coloca sobre la nariz unos modernos anteojos y lee:

-Majestad: no quisiera cansaros con la lista de todas las ocasiones en las que mi marido Pedro os auxilió cuando se lo pedísteis. Bastará con que os recuerde cómo salvó vuestra vida en aquella jornada del Monte Tauro, cuando evitó con su arrojo que cayérais en manos de las tropas del Soldán de Iconio, o cómo él fue el primero en asaltar la inexpugnable ciudad de Antioquía, cuya muralla estaba protegida por más de cuatrocientas cincuenta torres...
Justo es reconocer que vos saldásteis la deuda en aquella mítica jornada de Alamut, cuando arrebatásteis al Viejo de la Montaña los curativos frutos de su mágico jardín, salvando con ellos la vida de vuestra hueste. Muchas veces me habló Pedro de aquella milagrosa sanación, y por eso me atrevo a pediros ahora que, si aún conserváis algún pedazo de aquellos misteriosos productos de la huerta de Hassan-Al-Sabbah, me lo enviéis con premura, pues mi pequeño hijo se halla en trance de muerte, y si vos no le socorréis temo que nuestra familia llegue a su fin, pues bien sabéis que Pedro falleció hace ya dos inviernos...


Claro que recuerda el rey todo lo que doña María le ha escrito, aunque haga ya tantos años de aquellas batallas. Desde su palacio de la Navarrería no se divisa Olloki por muy poco, y sabe que en condiciones normales sería sólo un paseo, pero enero ha empezado muy frío, y todos los caminos permanecen cubiertos por un grueso manto de nieve. Aún así no puede poner a los astros y la meteorología como excusa para no ayudar a quien de manera tan gentil se lo solicita, así que se pone a revolver en su armario secreto, allí donde guarda todos los recuerdos de su paso por Tierra Santa, y entre inciensos, mirras y muchas otras especias orientales, descubre que lo que queda de aquellas sobrenaturales frutas del Alamut apenas cubre la uña de su dedo meñique. Es cierto que curó con ellas varias fiebres de sus hijos los príncipes Teobaldo y Enrique, pero no recordaba haber empleado tanta cantidad...

Y le asalta entonces la tentación de reservar ese último pedazo para sí mismo y para los suyos, pues nadie sabe cuando llegará la enfermedad a su casa, y conviene estar prevenido. Pero ve reflejado su rostro en ese momento en el espejo que le regaló una princesa árabe, nieta de don Saladino, y comprende entonces que si actuase de manera tan infame con doña María, nunca más podría volver a mirarse en azogue alguno sin sentir una profundísima vergüenza, así que acicala su larga y rizada barba blanca, se coloca la refulgente corona real de Navarra, viste sus mejores y más coloridas galas, y mete todas aquellas especias, incluida la de Alamut, en su zurrón.

Hace después llamar a sus hijos, y les ordena que se pongan también sus más lujosas ropas. El príncipe Enrique, no obstante, pide permiso a su padre para no salir de palacio en noche tan fría, y eso enfada mucho a don Teobaldo, que ve como su hijo pequeño empieza a tomar el mismo contorno que aquel Patriarca que conoció en Jerusalén, que estaba tan orondo que, antes que andar, prefería bajar rodando las escalera que une la explanada del Templo con el Santo Sepulcro...

Tras amenazarle con una buena tanda de puntapiés, don Enrique se muestra mucho más dispuesto a cumplir el mandato de su padre, aunque previendo que el viaje pueda ser largo, llena sus alforjas hasta los topes de dulces y de carbón del que fabrican en Casa Ataun, en la Rúa Mayor, no vaya a ser que queden cercados en el camino por los altísimos murallones de nieve...

El caballerizo mayor deja bien claro al monarca que es imposible que ni siquiera Jasón, su indómito corcel, pueda llegar a Olloki en aquellas heladas condiciones, pero le hace recordar que hay en las cuadras reales otras jorobadas bestias que sí poseen la capacidad todo-terreno. Se las regaló a don Teobaldo el Soldán de El Cairo, cuando por fin se establecieron entre ellos las ansiadas treguas, y aunque costó mucho traerlas a Navarra, y desde entonces lo único que han hecho ha sido comer y rezongar -que es un ruido muy curioso el que hacen estos animales-, hora va siendo ya de que demuestren su valía.

Dicho y hecho, montan los tres en aquellas extrañas cabalgaduras y se lanzan al camino, pero antes envían por delante al mensajero Sagastibelza para que les vaya abriendo la ruta. Va él subido igualmente en otra de esas gibosas monturas, cuyo nombre y figura se le hacen de lo más apropiados para bautizar algunas de esas hierbas tostadas que los vikingos trajeron de allende los mares. Y lleva también con él un gran farol de barco, pues se le ha ocurrido que así, en cuanto llegue al palacio de Olloki, podrá colocarlo encendido en lo más alto de la torre, para que su luz guíe a los tres reyes -que uno ya lo es, y los otros dos probablemente llegarán a serlo algún día-, sin contratiempos hasta su destino...

Sólo los fuegos que aquí y allá mantienen encendidos los guardas de los castillos que bordean la cuenca, dan algo de color a la desértica y helada campiña, pues los vecinos de Ansoain, Burlada, Villava y Huarte han sido lo suficientemente juiciosos como para no abandonar sus hogares en noche tan cruda. Pero a los pocos que se aventuran por sus calles, les arroja el rey, para desesperación del avaricioso príncipe Enrique, caramelos y mazapanes sin cuento, e incluso van los tres recogiendo cartas con peticiones que muchos les entregan, que no era poca cosa en aquellos tiempos poder ahorrarse los siempre carísimos sellos de cera...

Y cuando, al ceremonioso paso de las criaturas que montan, ascienden el último cerro que les impide ver Olloki, descubren que el siempre ingenioso Sagastibelza no sólamente ha encendido el farol en la torre, sino que ha colocado también otros más pequeños entre y sobre cada almena, de tal forma que parecen todas aquellas luces fiero cometa celeste, a cuyo oscilante resplandor se han ido acercando también muchos sorprendidos pastores.

Y ya les está esperando doña María en la puerta con su hijo en brazos. Han tenido que refugiarse en los establos, para que el niño reciba algo de calor del único buey y la única mula que les quedan, pues la leña también se agotó hace días y las chimeneas permanecen calladas sin poder lanzar al cielo sus cálidos mensajes de humo. Sagastibelza ya ha dispuesto varias cuadrillas de leñadores para cuando don Teobaldo y sus hijos lleguen al patio del castillo.

Y tiene don Enrique su rostro tiznado de negro, sin duda porque no ha parado en todo el viaje de comer el carbón dulce de Casa Ataun, y su hermano lleva una gruesa pelliza protegiéndole el cuello, que talmente parece el barbudo y babilonio Nabucodonosor. Y rodea el rey con su manto al pequeño, y le hace comer el último pedazo de las extraordinarios frutos del Viejo de la Montaña que, como era de prever, surte un efecto inmediato en la salud del mocete, que ríe y se mueve como si nunca hubiera estado enfermo.

Y hay aquella noche fiesta grande en Olloki, pues vuelve el palacio a llenarse del calor de antaño con los aromáticos troncos de las sabinas mezclados con los inciensos y las mirras orientales que arden en el hogar, y dan también los dos príncipes sus coronas de oro y gemas a doña María, que al punto ordena repartirlas entre todos los que han venido a ayudarla. Y si el propio rey no se la entrega, es porque la que él lleva es la misma que portaron sus antepasados, y la que ha de ornar la cabeza de sus sucesores, si Dios así lo quiere. Pero sí que saca del petate su laud y entona para todos los presentes algunas de sus canciones más alegres.

Que no es poco regalo -piensa con mucha razón- ser obsequiados por un rey trovador...



© Mikel Zuza Viniegra, 2011