lunes, 28 de noviembre de 2016

CRÓNICAS PORTUGUESAS I: VINHO VERDE

Lisboa (Portugal) 28 de noviembre de 1436

Era el rey don Duarte un apasionado de las artes y la cultura, a las que vivía casi completamente entregado mientras su hermano, el intrépido don Enrique -apodado "el navegante"- le ayudaba a ocuparse de las tareas de gobierno.

Este orden de cosas no gustaba, sin embargo, a la mayoría de los nobles y del alto clero portugueses, que temían que un reino dualmente administrado acabara pronto en manos del siempre codicioso enemigo castellano, que en su última campaña había arrasado y quemado todos los campos y árboles que rodeaban Lisboa. Consideraron entonces que lo primero que debía hacer el rey era casarse y asegurar la sucesión de su dinastía, que en realidad llevaba muy poco tiempo asentada en el trono.

Buscaron por toda la Cristiandad una princesa que honrase a la corona portuguesa, y no pudiendo recurrir a las naciones vecinas, halláronla en la lejana Noruega, allá donde los geógrafos nunca saben exactamente qué reflejar en sus mapas.

Llegó finalmente la flota del norte al puerto de Lisboa muy avanzado el otoño, en una mañana de espesa niebla sobre el Tajo, que sólo se disipó cuando la princesa, que se llamaba Ysambour, descendió del barco. Llevaba en sus ojos todo el verde de los bosques de su país. Ese mismo verde que habían devastado los castellanos en su última incursión, y que había convertido los alrededores de la ciudad en un inmenso erial.

Es seguro que ella no habría visto jamás tantas maravillas en su gélida nación como las que encerraba uno solo de los barrios de Lisboa, pero bien fuese por los lógicos problemas de adaptación ante un cambio tan extremo, o bien porque echaba de menos ese verde que ya sólo podía rememorar si contemplaba sus ojos en un azogue, el caso es que Ysambour cayó en una profunda melancolía de la que ni todos los cuidados de don Duarte conseguían sacarla.

Convocó el rey a los más famosos jardineros de la corte, pero todos le respondieron lo mismo: era imposible recuperar la vegetación con el invierno tan cerca, quizá para la primavera... Pero Duarte no tenía tanto tiempo a su disposición. Buscó y rebuscó en la torre de su biblioteca ejemplos de la antigüedad que le pudieran servir, y encontró al fin una historia del gran emperador Carlomagno que pensó que podría servirle, como corroboraba la vista del cielo que le ofrecía la ventana abierta de su estudio...

Viajó entonces raudo a Tomar, que no quiere decir que fuese a tomar las ferruginosas aguas que allá afloran de la tierra, sino que ese era precisamente el nombre del enorme monasterio sede de los caballeros de la Orden de Cristo, de la cual era maestre su  hermano Enrique, que además de marino era famosísimo cazador. Pidióle pues que le contase cuál era el método más adecuado para atrapar pájaros sin llegar a matarlos, más firme que una red, pero infinitamente más suave que un cepo. Hablóle su hermano de la liga, que no era tampoco la que llevaban las mujeres ciñéndoles los apetecibles muslos, sino una suerte de pegamento en el que quedan sujetas las aves cuando van a comer el cebo que se les pone.

Puso entonces don Duarte a la mitad de los físicos e ingenieros que la Orden de Cristo tenía a experimentar con distintos tipos de liga, y en pocos días lograron un compuesto que sólo pegaba las patas de los pajarillos, y no las alas. Le advirtieron de que el ungüento sólo duraría cinco leguas y media. No necesitaba más.

A la otra mitad los puso a teñir del verde más parecido al de los ojos de su esposa, que les describió con todo lujo de detalles para que pudieran conseguirlo mezclando los tonos de color precisos, todas las velas de las naos preparadas por don Enrique para la navegación del océano, y eran tantas las telas, que el rey ordenó además coser entre sí, que a fe mía que cubrían un vasto territorio.

Lograda esta hazaña, ordenó a todos los caballeros que se  dedicaran -pincel en mano- a extender la liga por los lienzos recién pintados, y después que arrojaran sobre los mismos el contenido de cientos de almudes y de celemines llenos de alpiste. Al terminar tan desusadas labores, todos pensaban que su rey se había vuelto loco. Hasta su hermano don Enrique lo pensaba.

Pero a don Duarte todavía le quedaba un mandato que dar. Y lo hizo prontamente: pidió a sus monteros que comenzasen a hacer sonar todos los reclamos con los que atraían a los pájaros a las trampas, teniendo siempre en mente no sólo su amor por Ysambour, sino también las palabras de Carlomagno, que hacía más de seis siglos que había dejado escrito: "dejad que las aves del cielo sean mi ejército".

Y al sonido de los silbatos comenzaron a llegar cientos, miles, quizá millones de pajarillos de  los que en Portugal son llamados Estorninhos-malhados, que son los que había visto maniobrar desde la ventana de su biblioteca. Pensó entonces la lección política que daban a los hombres estas criaturas, pues una por una son muy pequeñas, pero unidas todas ellas forman una bandada tan enorme que las hace invencibles.



Saciada su hambre sempiterna, diéronse cuenta las aves de que sus patas estaban atrapadas, y comenzaron entonces a agitar vertiginosamente sus alas todas ellas a la vez, de tal manera que el tejido fue elevándose poco a poco del suelo, hasta formar una nube verde que cubría el firmamento. ¿Mas como dirigir aquel prodigio derechamente hacía Lisboa? Muy sencillo: hizo que todos los clérigos fueran por delante leyendo en alta voz los milagros del famoso santo portugués Antonio de Padua, el más famoso de los cuales fue su capacidad para hablar con los pájaros y que éstos le obedecieran. cosa que volvió a ocurrir punto por punto, pues los estorninos no se alejaron ni un momento de  la ruta hacia la capital.

Don Enrique había mientras tanto adelantado a la comitiva galopando su caballo más veloz, pues tenía otro mandato que cumplir de su hermano: escoger las espadas más afiladas de la armería real, y ponerlas con la punta hacia arriba coronando todas y cada una de las torres de las iglesias y palacios de Lisboa, de tal forma que "arranhasen os ceus".

Los habitantes de la hermosa ciudad que vivieron aquel milagro no habrían de olvidarlo mientras vivieran: con la última palabra, de la última frase, del último renglón, de la última página de la vida de san Antonio, los pájaros quedaron libres y soltaron el enorme telón sobre Lisboa. Como había previsto don Duarte, las espadas rasgaron en los puntos clave el tejido, de tal manera que en sólo unos instantes, quedó la capital cubierta de un verde tan hermoso, que hasta don Enrique, que había visto el exuberante verde de las islas del Atlántico, no pudo dejar de reconocer ante su hermano que este verde era aún más hermoso.

Fue a buscar entonces el rey a Ysambour, que al abrir los postigos de la ventana de su alcoba no podía creer lo que sus ojos veían. Y a fe que no podía distinguirlos don Duarte de la vista que se les ofrecía de la hermosa Lisboa, verdes sus calles, verdes sus iglesias, verdes sus palacios, verdes sus campos, verdes sus viñas, verde el vino que de ellas se obtiene, y verdes de envidia por un amor tan notable los habitantes que aquí y allá empezaban a emerger, asombrados, bajo el enorme telón.

Y en todas las crónicas se habla de  que no hubo mejores reyes en Portugal que aquellos Duarte e Ysambour, que están enterrados en Batalha, unidas sus manos en la muerte como lo estuvieron mientras vivían, cobijada su tumba por bóvedas que no existen y con un epitafio que dice:

"O amor é uma companhia.
Já nâo sei andar só pelos caminhos,
porque já nâo posso andar só".





©MIKEL ZUZA VINIEGRA, 2016


jueves, 20 de octubre de 2016

IZAGA EN EL CORAZÓN




Para la Feria de Urroz, que este año se celebrará los días 12 y 13 de noviembre, sale mi nuevo libro, que hace también el número nueve de mi producción literaria. 



Lleva por título "Izaga en el corazón", porque es una recopilación de historias y cuentos que acontecen en aquel valle o en sus alrededores (Lónguida, Unciti, Ibargoiti, Urraul...), que es la tierra de la que provienen todos mis ancestros paternos.

Nueve eran las Musas, nueve los círculos del Infierno de Dante, nueve eran los caballeros que fundaron la orden del Temple en Jerusalén, nueve eran los principios fundamentales que estableció Raimundo Lulio en su "Ars Magna", nueve son los meses que dura la gestación humana, nueve los días que Odín estuvo colgado del fresno sagrado hasta alcanzar la sabiduría más pura, nueve los coros de ángeles y arcángeles que forman el trono de Dios, nueve fueron las Bienaventuranzas en el sermón de la Montaña, nueve era el número que llevaba a la espalda el gran Julián Vergara, nueve el número que lucía en el blindaje de los tanques de la Brigada de republicanos españoles que liberó París de los alemanes en 1945, y nueve (¡ay!), es la hora a la que suele llegar el jefe a cualquier trabajo u oficina, trasmutándose -evidentemente- en el abominable hombre de las nueve.

¿Hace falta añadir que mi número favorito es el nueve, y que por tanto este libro es muy especial? Lo es por su temática, donde podréis encontrar a la siempre ebúrnea Berenguela, a quien su padre el rey Sancho -que no en vano tenía fama de sabio- nombró Señora de Monreal, y lo hizo para igualar el título y categoría de los dominios de su hija nada menos que con los de Ricardo, rey de Inglaterra y duque de Aquitania. Por algo sería... O podréis descubrir los afanes de los nazis por hacerse con el grial cátaro oculto en Basabe; o asombraros con la historia de Miguel Olza Zunzarren "Vaquerín"; o postraros ante la imagen siete veces centenaria de santa Catalina de Beroiz; o preparar vuestra panoplia para acompañar a don Luis de Beaumont en su alucinante expedición a Albania; e incluso conocer de labios de mi propio padre los pormenores de la restauración de la basílica -ermita es una denominación totalmente injusta- de san Miguel de Izaga.









Y todo eso, concentrado en la zona que controla el ángel guerrero desde su atalaya, ayudado únicamente por el teniente Criadico. Y puedo asegurar que algunas veces vuela tan rasante, que hay que agacharse para no chocar con él, cosa harto peligrosa porque los dos tenemos la cabeza de madera muy, pero que muy dura. Pero estoy convencido de que a los dos les ha de gustar mi libro, sólo que el Amo lo leerá aterido en su cumbre, y el Criadico en su cálido refugio de Zuazu. Luego, cuando vuelvan a juntarse en la próxima primavera, ya los veo comentando lo exagerado y lírico que es este Mondela cuando se pone a escribir de las cosas que le tocan el corazón. 



El precio de venta es de 10 euros, cuyos beneficios irán íntegramente al proyecto Petrus Museum, que la Asociación Grupo Valle de Izagaondoa mantiene en Lizarraga para dar a conocer el precioso trabajo del maestro cantero Petrus de Guerguitiain.

Como he dicho, se venderá únicamente en las ferias de Urroz, y como la tirada es corta, si estáis interesados recomiendo reservar ejemplares llamando al 659 303 994. Además esta vez mi libro viene con excelente compañía, porque mi amigo y maestro Simeón Hidalgo ha editado también "Artaiz, lugar torreado", que tengo el honor de prologar, y que se venderá en el mismo lugar y al mismo precio. 



Y nada más, excepto desear que os guste, y preparar ya el número diez...



© Mikel Zuza Viniegra, 2016

sábado, 15 de octubre de 2016

INFANCIA


Burgos (Castilla), 25 de junio de 1512

-Desusada cortesía es esta por vuestra parte, majestad, que no recuerdo haberos confesado nunca.

-Y recordáis bien, monseñor, que únicamente fuisteis confesor de mi esposa, la reina Isabel, que Dios tenga en su seno.

-¿Tan grandes pecados tenéis de los que acusaros, majestad?

-¿Y qué rey no los tiene? ¿No los tenía Isabel acaso? ¿No guardó siempre recelo por haber tenido que apartar del trono primero a su hermano Alfonso y luego a su sobrina Juana, que era la legítima heredera de Castilla?

-Lo que me reveló en confesión no puedo discutirlo con vos, don Fernando. Pero si ha llegado la hora del dolor de contrición recordad cómo alcanzásteis vos el trono de Aragón siendo como érais nada más que un segundón, pues toda la gloria le correspondía a vuestro hermanastro, el primogénito Carlos, príncipe de Viana.

-¡Oh! ¿Y acaso no tiene ya toda la gloria, fray Francisco? La Gloria eterna, nada menos...

-En cualquier caso esos pecados son ya viejos, majestad. Dios habrá de juzgarlos un día, y conviene que estéis preparado para su inapelable sentencia, como lo estaba doña Isabel...

-No os preocupéis, que siempre tengo muchos nuevos para incrementar mi culpa, monseñor. Por eso os he hecho llamar a vos, el cardenal primado de las Españas, don Francisco Ximenez de Cisneros. Porque un rey como yo no puede descargar su conciencia con un simple párroco.

-Dios escucha incluso al más humilde de sus siervos, majestad.

-Dios hace tiempo que debió dejar de escucharme. Y tampoco me importa demasiado, que puesto que yo soy su representante en la Tierra, siempre he sabido interpretar sus designios mejor que nadie.

-Pero majestad, el Papa...

-¡El Papa está en Roma y hará, como de costumbre lo que yo le diga o aquello por lo que yo le pague! Está muy lejos por tanto de estos dominios nuestros. Sí: nuestros, que vos ya habéis sido regente una vez, y volveréis a serlo si es que me sobrevivís.

-Siempre he creído que lo que Castilla quiere, es lo que Dios desea.

-Pues ahora Castilla quiere apoderarse de Navarra, monseñor.

-Pero es un reino cristiano, majestad.

-Cristiano o no está en tratos con el francés. Sus mismos reyes, mis sobrinos Catalina y Juan son franceses. Hora va siendo ya de arreglar ese sindiós.

-Tampoco vos sois navarro, don Fernando, que nacisteis en la villa de Sos...

-Sí, allí me llevaron a nacer para clavar el primer clavo del ataud de mi hermanastro Carlos de Viana, porque mis padres vieron muy claro que si me hacían nacer aragonés, podría luego reclamar el trono con mayor derecho. Pero lo cierto es que me crié en Navarra. En Sangüesa concretamente. Y todos mis recuerdos de infancia están unidos a esa hermosa ciudad. De eso precisamente quería hablaros.


-Empezad  pues vuestra confesión, majestad...

-Como os digo, viví hasta  los diez años en el palacio que los reyes de Navarra tienen junto a la rúa mayor, pues mi madre quería tener siempre cerca la frontera por si los beaumonteses se acercaban demasiado a nuestra residencia.

-Pero tengo entendido que esos beaumonteses son ahora vuestros aliados, ¿no es cierto?

-Sí, monseñor. Mi padre me enseñó muy bien cómo tener sujetos a los reinos: dividiéndolos a posta. De esa forma, mientras él favorecía a los agramonteses, yo me atraje a sus enemigos beaumonteses en cuanto crecí, así podíamos jugar con la misma baraja sin que ellos ni se dieran cuenta de nuestro juego. Pero no he venido a daros una lección de política, monseñor. Sólo a decir, por una vez siquiera, la verdad. No quiero conquistar Navarra por dar mayor honor o seguridad a Castilla o a Aragón, ni por mayor gloria de la Iglesia, que he conseguido que declare herejes a Juan y Catalina a cambio de abundantes ducados y excelentes de oro. No. Se trata exclusivamente de algo personal...

-Vos diréis, majestad.

-Aprendí en Sangüesa mis primeras letras, recé arrodillado en San Francisco o en el Salvador mis primeras oraciones -quizás las únicas sinceras-, aprendí estrategia bélica a pedradas a orillas del Aragón y me escape a caballo hasta San Adrián de Vadoluengo sin que lo supieran mis guardas o mi madre. En nada se me distinguía de un muchacho normal, porque me gustaba mezclarme con ellos, al fin y al cabo, como vos mismo habéis dicho, yo no era más que un segundón, llamado a no ser nada más que la sombra de mi hermanastro.
El caso es que un día, mientras lanzábamos piedras a la maravillosa portada de Santa María -y de eso sí que me acuso y querría recibir perdón, si fuera posible-, intentando descabezar a un herrero que en dicha fachada campeaba, uno de los numerosos peregrinos que por allí pasan me agarró del brazo y me recriminó tan mala acción. "¿No tenéis otro juego en el que entreteneros que habéis de destrozar la obra insigne del maestro Leodegario?" -me gritó-. Pensé yo inmediatamente que quizás se trataba de un beaumontés enviado para matarme, y quise revolverme y soltarme, pero me tenía bien sujeto. Todavía me parece escucharlo: "No seas tan bruto como tus amigos. Juega mejor con esto y deja las piedras, las del río, y las talladas en las iglesias, en paz". Y me entregó una pequeña peonza de oro. Pequeña, pero más equilibrada que el nivel de un arquitecto, que bailaba, más que giraba sobre cualquier tipo de pavimento. Horas enteras me pasaba yo admirando su danza, y llegué a alcanzar tal habilidad, que no perdí un sólo juego con ella.
Una madrugada mi madre me despertó de improviso: "¡Los beaumonteses están a dos leguas de aquí, tenemos que alcanzar Ruesta, Undués o Sos cuanto antes! ¡No hay tiempo para llenar alforjas o recoger enseres, a los caballos, rápido!. Y nunca más pude yo volver a Sangüesa, ni a ningún otro lugar de Navarra. Naturalmente la peonza se quedó allí, bien oculta porque, por ser de oro, la guardaba yo en el resquicio de un sillar agujereado en mi habitación, donde lo más probable es que siga escondida.
Bien: ha pasado casi medio siglo, y cambiaría todos los reinos que he conquistado por volver a tener en mi mano esa peonza. ¿No habéis oído eso de que la única y verdadera patria del hombre es la infancia, monseñor? Pues es completamente cierto. Mi auténtica patria es la niñez que pasé en Sangüesa, y esa peonza de oro que este viejo que tenéis delante va a recuperar -aunque tenga que conquistar otro reino más de esos que tan poco le importan para conseguirlo- la única razón que alberga para prorrogar su desdichada existencia.

-¿Me estáis diciendo que vais a mandar a miles de hombres a la guerra y quizás a la muerte por recuperar un juguete, majestad?

-Eso mismo os estoy diciendo, monseñor. Y sólo quiero saber una cosa: ¿me absolveréis por ello?

-¿Y quién soy yo, un humilde fraile, aunque vestido de arzobispo de Toledo, para juzgar los deseos de la Providencia? Recordad que los caminos del Señor son inescrutables, y si él ha decidido que conquistéis un reino de herejes a través del baile de una peonza, ¿cómo habría de oponerme yo, que soy el más miserable de sus siervos a tan magna empresa? Además, ya lo sabéis: "Lo que Castilla quiere, es lo que Dios desea".

-Eso es lo que quería escuchar, eminencia. Lo habría hecho de todos modos, pero siempre es mejor contar con la aquiescencia de Dios. Y sí: desde luego que morirá mucha gente, de los nuestros y de los herejes, pero qué demonios...¡El Señor distinguirá en el Cielo a los suyos! Dentro de apenas un mes el duque de Alba entrará por el oeste, y mi hijo, el arzobispo de Zaragoza, lo hará por el este. Él será por tanto quien cerque y rinda Sangüesa, y quien buscará y hallará mi peonza y mi niñez perdida.

Todo lo demás no importa.

Todo lo demás no me importa...




©Mikel Zuza Viniegra, 2016


domingo, 9 de octubre de 2016

ESTELAS

Uxue, 9 de octubre de 1355


-¿Y decís que este nuevo ingenio vuestro servirá para provocar aguda disentería a toda la corte de Francia, probo Sagastibelza?

-Así es, majestad. Os prometo que este descubrimiento mío de la turbina cuadrada, bien sujeta a la torre norte de Notre Dame de Paris (la que está más cerca del palacio real), y aprovechando el viento brumoso que cada tarde sube desde el Sena, hará que vuestros enemigos, con el usurpador que se hace llamar Juan II a la cabeza, se sientan tan indispuestos que no puedan salir del retrayt en días.

-Me place vuestro plan, pero más aún lo haría si la enfermedad no fuese tan leve, sino que todos ellos pasaran a ocupar prestamente el lugar que les corresponde en la basílica de Saint Dennis. Es por ello que en vez de la solución química que vos habéis preparado, haré que mis muy estimados "físicos" Pierre du Tertre y Jacques de Rue, junto con el maestro Angel de Chipre, rellenen vuestra turbina con un tóxico tan potente que tendré que ventilar el palais de Nesle durante tres meses cuando vaya yo a habitarlo, ya que al desaparecer todos los Valois, serán los justos derechos de la casa de Evreux finalmente reconocidos. ¿No os parece, maese Burgui?

-Pero Sire: ¿no habéis pensado que si fumigáis ese veneno desde la torre de la catedral, no serán sólo los reyes quienes padezcan sus efectos, si no también el resto de los habitantes de Paris? ¿Acaso queréis reinar sobre un cementerio en vez de sobre el segundo reino más importante del mundo, tras este vuestro tan fiel de Navarra? Además, no habría perdón para vos si ensuciáis los cielos de la ciudad más hermosa de toda la Cristiandad, que no es otra que París.

-Siempre tan juicioso, maese Burgui, que mucha razón tenéis en lo que decís, y no es justo hacer pagar a justos por pecadores. No obstante, ya pillaré desprevenido al maldito Juan II en alguna ocasión y, quién sabe, quizás por medio de unas garrapiñadas convenientemente aliñadas de veneno, conseguiré yo al menos que se le caigan el pelo y las uñas. ¿Qué decís, Sagastibelza, podéis construirme una máquina para que las almendras, en vez de con ázucar, sean endulzadas con arsénico?

-Por supuesto, Sire. Es más, tengo ya muy avanzado el diseño de la Carlo-mix, así bautizada en vuestro honor, y que acabará haciendo innecesarios a todos los encargados de Panadería y Botellería de la corte, pues cocina ella sola sólo con darle vueltas a esta manivela marcada con el cuartelado de Navarra-Evreux.

-Desde luego tengo unos vasallos que no me los merezco. Tomad, tomad vuestras copas para brindar conmigo. ¿Pero por qué ponéis esas caras, acaso os da míedo que no sea sólo vino lo que hay en ellas? Porque si fuese así, acabaría yo pensando que la propaganda de los Valois ha hecho mella en vuestros profundos intelectos, y ya sabéis cómo las gasto yo cuando veo falta de confianza en mi gestión. Preguntad si no a los que se reunían en Miluce, preguntadles...


© Mikel Zuza Viniegra, 2016

domingo, 2 de octubre de 2016

TORÁ

Olite, 12 de agosto de 1496

Nosotros, los hermanos Jento y Mosse Cardeniel, hebreos residentes en vuestra leal villa y corte, como fieles súbditos que somos de nuestra Corona de Navarra, que protege a nuestro pueblo de todas las asechanzas que lo afligen, igual que los Macabeos hicieron en su época.

A vos, doña Catalina, reina y señora nuestra, y a vos, don Juan, su marido, rogamos y solicitamos satisfacción por las ofensas sufridas durante el saqueo que en abril del año pasado llevaron a cabo las tropas del malvado conde de Lerín, que no distinguieron entre judíos y cristianos a la hora de robar y matar a los moradores de esta villa.

Mas no crean Sus Majestades que lo que les pedimos es únicamente la restitución de las cosas materiales que entonces nos arrebataron, pues confiamos en que Yavéh proveerá y, como tantas otras veces, nuestra pequeña comunidad de fe saldrá adelante. Al menos mientras siga contando con vuestro real respaldo, que tanto cobijo ha dado y sigue dando en sus dominios a nuestros perseguidos hermanos de Castilla y Aragón, cosa que reconocemos y agradecemos sobremanera.

No, si sólo fuera eso no nos atreveríamos a molestaros con nuestras miserables cuitas. Pero es que entre los objetos que esos villanos rapiñaron en la judería, se hallaban los rollos de la sagrada Torá, que por estar su estuche forrado de plata, debió llamar su diabólica atención. No nos importa el metal, pueden quedárselo y pagar con él al diablo que los ha de sumergir en lo más profundo del Infierno. Pero la palabra de Dios no tiene precio, y no puede ser leída más que por el rabino en la Sinagoga, para que los hijos de Israel podamos aprender y seguir la ley que el bienaventurado Moisés recibió en la cumbre del Sinaí.

Así que humildemente postrados ante vuestro regio poder, que no conoce igual en la Tierra, os pedimos que hagáis todo lo posible para que durante la próxima tregua con vuestro archienemigo -y el de todo el pueblo leal de Navarra- don Luis de Beaumont, se puedan recuperar esos rollos que son para nosotros lo mismo que el faro es para los marineros que luchan contra los peligros del mar.

Shalom aleijem. La paz sea con vosotros.

Fragmento de la Torá que se conserva en el Archivo Municipal,
y que el Ayuntamiento ha tenido el detalle de exponer a los afortunados curiosos 

que con motivo de las Jornadas Europeas de Patrimonio nos hemos acercado
este fin de semana a Olite.

Pamplona, 2 de octubre de 1498

Nos, don Juan, por la Gracia de Dios, Rey de Navarra, en mi nombre y en el de la Reina propietaria, doña Catalina. A quienes esta carta vieren u oyeren, mandato de obediencia inexcusable.

Convencidos de que sólo la Providencia dará y quitará razones con su sagrado juicio cuando traspasemos de nuestra existencia terrenal a la otra vida, y admitiendo para nuestra vergüenza y oprobio no poder resistir más las crecientes presiones de nuestros tíos los reyes Isabel de Castilla y Fernando de Aragón -llamados "los católicos- para que expulsemos también de nuestros dominios al pueblo hebreo. Mandamos y ordenamos que los que no se conviertan a la fe de Cristo salgan de nuestras fronteras en el plazo de tres meses contados a partir de hoy. Y que nadie les ayude bajo pena de excomunión y de muerte.

Codicilo secreto que habrá de enviarse sólo a la comunidad hebrea de nuestra leal villa de Olite:

Como es prerrogativa de los reyes saltarse sus propias leyes, y como suficiente castigo tenéis ya teniendo que elegir entre la conversión y el destierro, procedemos a satisfacer la justa petición que tan respetuosamente nos hicisteis hace apenas dos años.

Lo creáis o no, ese es el tiempo que nos ha costado conseguir que el maldito conde de Lerín ordenase a sus sicarios que devolviesen alguno de los objetos que os robaron. Siento anunciaros que el frágil pliego que acompaña esta misiva nuestra es lo único que esos salvajes dejaron de vuestra sagrada Torá. Y que aún eso podría considerarse como un milagro de vuestro Dios y del nuestro, que por compartir Testamento Antiguo bien puede decirse que son el mismo, pues no en vano el resto de libros y papeles ardieron en las cocinas de campaña de todas las revueltas, cercos y traiciones que los beaumonteses han promovido en Navarra desde entonces.

Ved que procedemos a devolvéroslo, ahora que estáis en el trance de exiliaros de vuestra morada ancestral, como muchos otros judíos antes que vosotros, porque me gustan los libros. Cualquier tipo de libros, incluso los que no puedo entender. Por eso hice venir al rabino de la judería de Pamplona, que me tradujo todo el fragmento que ahora os entrego. Son los capítulos 33, 34, 35 y 36 del Líbro de los Números, y el primero del Libro del Deuteronomio, que dice así:

"Yahvé, nuestro Dios, nos habló en Horeb y dijo: basta ya de habitar en este monte. Volveos y partid: id a la montaña de los amorreos y a todos sus vecinos en el Arabah, en la montaña, en la llanura, en el Negeb, y en la costa del mar, en la tierra de los cananeos y en el Líbano, hasta el gran río, el río Eufrates. Mirad, os he entregado esa tierra, id y heredad la tierra que Yahvé juró dar a vuestros padres Abraham, Isaac y Jacob, y a sus descendientes después de ellos..."

Los caminos del Señor son inescrutables, y quién sabe: quizás con este pequeño fragmento superviviente de la sagrada Torá os haya indicado el camino a seguir. En cualquier caso confío en que os lleve a donde os lleve, os resulte propicio.

Salud, y perdón.


ADENDA: 

A finales de los años 70 del pasado siglo, mientras se restauraba un volumen de actas del Concejo de Olite de finales del siglo XV, apareció entre sus guardas un fragmento de la Torá hebrea que los judíos de la localidad emplearon para sus ceremonias durante siglos, y que un anónimo encuadernador salvó de la destrucción tras la expulsión del año 1498. 

Gracias eternas le sean dadas por ello, aunque quizás no supiese bien lo que estaba haciendo, ni reconociese siquiera el carácter sagrado de tan singular pergamino...



© Mikel Zuza Viniegra, 2016

lunes, 19 de septiembre de 2016

BIBLIOFILIA


Palacio de Olite, 26 de mayo de 1429


-A juzgar por lo demudado de vuestro rostro, no sé qué os sorprende más, si mi retorno a Navarra o si que estando aquí, me haya decidido a visitar vuestros polvorientos dominios, bibliotecario...

-Ciertamente, Sire, no son estas horas tan altas de la madrugada las más adecuadas para requerir mi presencia. ¿Acaso no podéis dormir y necesitáis que os prescriba un libro para conciliar el sueño?

-En primer lugar: ¡No me deis ese maldito tratamiento francés! ¡Llamadme Alteza o Majestad, como mi condición regia merece! Y en cuanto a mi maltrecho sueño, no es a vos a quien me encomendaría para recuperarlo, sino a mi  bodeguero mayor. Sí, los vinos que él me proporcionase sí que me harían olvidar al rey de Castilla, a su condestable y a la condenada guerra que a sangre y fuego mantengo con ellos.

-Pero Sire, esto... Alteza, ese era el tratamiento que todos sus servidores dábamos a vuestro suegro, de buena memoria, el rey don Carlos.

-¡Eso a mí me da lo mismo! ¡Don Carlos murió hace cinco años, ya va siendo hora de que muchos se den cuenta en este reino de que tienen un nuevo señor! ¡Y un señor que puede decidir sobre todas sus posesiones, también sobre las que llenan estas combadas estanterías! ¿Me comprendéis?

-Lamentad mi torpeza al aplicar el protocolo, Majestad, pero es que ciertamente no ha sido habitual veros traspasar esta puerta...

-¿Acaso os créeis más listo que yo porque habéis leído más libros? ¡Pobre idiota: mi inteligencia se basa en el acero, la vuestra en el papel! ¿Cuál creéis que tiene mayor fuerza? ¡Podría ordenar ahora mismo que diesen fuego a todos estos códices que con tanto esmero cuidáis, y ni uno solo de los caballeros andantes que pueblan vuestras novelas vendría a ayudaros!

-Con eso sólo demostraríais lo que muchas veces dejaron por escrito los antiguos autores griegos, Sire: que el poder abre siempre sus puertas a la estupidez y la crueldad cuando lo ejerce un tirano.

-¿No queréis entenderlo, eh, insolente criado? ¡Me da igual lo que dijesen unos griegos que llevan siglos bajo tierra, y no perderé un instante de mi vida encerrado entre las paredes de una biblioteca, aunque fuera aquella de Alejandría de la que habla siempre mi hermano Alfonso! Si estoy ahora en la vuestra es porque es también la mía...

-La de vuestra esposa, la reina propietaria doña Blanca, querréis decir...

-Por mandato suyo precisamente vengo: en esta carta firmada de su puño y letra os ordena que me entreguéis el libro de mayor valor que tenéis a vuestro cargo: el Breviario de San Luis.

-¿Y para qué lo queréis, si acabais de confesarme que la única encuadernación que os interesa es la que tejen las arañas sobre las botellas guardadas en vuestra cava?

-No os debo explicación alguna, pero como sé que ésta os hará mucho daño, disfrutaré diciéndoosla... ¡Para que se una a las joyas personales de mi mujer, que ya están empaquetadas para ser enviadas a Barcelona, donde se venderán al mejor postor! ¡Necesito todo el dinero que pueda conseguir para continuar mis luchas en Castilla, y ni vos ni la pánfila de Blanca podréis impedir luego que esos florines de oro se conviertan en espadas y cañones! ¡Sí: os digo que en ese libro está sin duda la solución a mis problemas! ¡Entregádmelo ya!

-Nada me agradaría más que obedecer el mandato de mi soberana, que imagino que habrá aceptado estas demandas vuestras tan "libremente" como otras que en el pasado le obligásteis a adoptar, pero el caso es que el Breviario lo tiene desde hace tiempo en su habitación vuestro hijo, el joven príncipe Carlos...

-¿Y cómo dejáis que un niño de ocho años tenga semejante tesoro en su cámara? ¿No veis que cualquiera se lo podría robar?

-¿Cualquiera como vos, Sire?

-Creo que no os dais cuenta de que insultándome tan gravemente estáis jugando con fuego, bibliotecario... Id a por ese dichoso libro y ya ajustaremos cuentas vos y yo después...


-¡Carlos, Carlos, despierta!

-¡Déjame dormir un poco más, bibliotecario!

-No hay tiempo, vengo a despedirme y tenemos un último trabajo que hacer tú y yo...

-¿Cuál?

-¿Recuerdas el Breviario que te recomendé leer?

-¿El que un ángel trajo del Cielo a mi antepasado el rey San Luis de Francia cuando estaba preso en Egipto? ¡Por supuesto: estoy seguro de que no hay otro libro más hermoso en el mundo!

-Yo también lo estoy, Carlos. Por eso mismo debemos salvarlo de la rapiña de vuestro propio padre, que quiere malvendérselo a algún chamarilero catalán. Dime: ¿Has aprendido ya el suficiente francés como para traducirme la nota que viene cosida en sus guardas?

-Por supuesto. Escuchad:

Cláusula del testamento de Blanca de Evreux, reina viuda de Francia, año del Señor 1398

"Así mismo, dejamos a nuestro querido y muy amado sobrino, el rey Carlos III de Navarra, el breviario que fue de mi señor el rey san Luis de Francia, y que le fue dado por un ángel cuando estaba prisionero de los enemigos de la Fe. Y fue el rey Felipe, su hijo primogénito, que murió en Aragón y fue marido de la reina María, nuestra bisabuela, quien le regaló este libro a ella. Y de esta forma ha pertenecido siempre desde entonces a nuestra familia, que es descendiente en recta línea de mi señor san Luis. Y a mí me lo dio mi hermano, el rey de Navarra [Carlos II]. 
Y por reverencia a la santidad de mi señor san Luis, y porque por la gracia de Dios nosotros descendemos de él, prometí a mi dicho querido hermano que tras mi muerte devolvería el libro a la linea principal de nuestra familia, cosa que hago ahora ordenando que sea entregado a nuestro sobrino [Carlos III], y que después pase a sus sucesores sin que ningún extraño lo posea jamás. Y les rogamos a todos ellos que lo guarden siempre como la joya preciosa y noble que es, proveniente de nuestros ancestros, de manera que nunca abandone nuestra familia. Et así mismo, le donamos también el gran libro de las Chroniques de France..."  

-¿Te das cuenta, Carlos? Este libro simboliza el corazón mismo de tu dinastía. Si dejamos que tu padre, un extraño (como el mismo documento indica) se haga con él, la cadena que generación tras generación forjaron tus antepasados se romperá para siempre. ¿Acaso aceptarás ser el último Evreux en poseer semejante joya?

-¡Por supuesto que no! Dime, bibliotecario: ¿cómo lo haremos?

-Fíjate, Carlos: un libro tan cuajado de preciosas miniaturas como es éste, forzosamente requería una caja de cuero repujado que lo protegiese de cualquier incidencia. Es un verdadero crimen separarlos, pero no hay otra forma de salvar el volumen, que es lo importante. Como es la última vez que nos veremos, ya no os hablaré más de tú, como al discípulo que fuisteis, sino como al rey que seréis: tomad, os entrego este tesoro para que lo guardéis ahora y siempre. Pensad que no podréis decirle nunca a nadie en qué parte de este palacio -que sé que conocéis mejor que el más minucioso de los mayordomos- lo tenéis escondido. Ni siquiera a vuestra madre, que bien sea por amor o por miedo, tiene su voluntad empeñada a don Juan. ¿Os creéis capaz de llevar a cabo esta trascendental misión?

-Confía en mí, bibliotecario: te juro que este libro no dejará nunca de pertenecer a mi familia.

-Perfecto, entonces yo pondré dentro de la caja otro libro de la biblioteca de palacio -escogido ex profeso para la ocasión por mí- y haré que sea uno de sus servidores castellanos quien se lo entregue a vuestro padre. Como no ha tenido nunca en sus manos el breviario, para cuando se dé cuenta del cambio -cuya autoría pienso firmar, para que él no tenga sospechas de vos- yo ya estaré lejos...

-¿Y adónde irás ahora?

-No os preocupéis por mí, príncipe, tengo noticias de que muy al norte, allá en Alemania, un sabio está construyendo una máquina para que no haya que copiar los libros a mano nunca más. Puede que así no vuelvan a ser nunca tan bellos como el Breviario de San Luis, pero lo que es seguro es que llegarán a mucha más gente, ávida de conocer la ciencia y el entretenimiento que todos ellos encierran...

-Estaré atento, y así cuando yo reine podrás quizás proporcionarme un invento tan sensacional. ¿No te parece?

-Sí: cuando vos reinéis...


-Majestad: el bibliotecario me entregó esta mañana este paquete para vos.

-¡Y qué bien envuelto te lo ha dado el canalla: tiene al menos cinco capas de tela alrededor! ¡Sí: aunque no me gusten los libros, he de reconocer que este es desde luego una joya sin igual! ¡Podré construir hasta treinta bombardas con lo que me darán por él! ¿Eh? Lo cierto es que no parece que el códice esté en consonancia con el lujo de la encuadernación...

-Ya sabéis cómo son estos aficionados a los libros, Majestad: quizás la rareza de este ejemplar estribe en su antigüedad, o quizás en su temática... Mirad, aquí hay una nota, y viene firmada por el bibliotecario...

-¿Cómo? ¿Y qué dice?

-"Teníais razón, Sire: en este libro está la solución a vuestros problemas". ¿Pero qué os pasa, Alteza? ¿Por qué ponéis esa cara, Majestad? ¿Cómo se titula ese maldito libro?

-"Castigo a las penas del Infierno que habrán de arrostrar por toda la eternidad los que usurpen coronas que no les corresponden, con especial detalle de las torturas que sus partes pudendas habrán de sufrir y padecer, siendo pasadas a cada hora por un cedazo muy fino, y siendo pinchadas después por un sarde muy puntiagudo". Lo compuso en la villa de Olite su señor Bibliotecario, para aviso de navegantes y escarmiento de ambiciosos...


ADENDA:

Ese testamento de la reina Blanca de Evreux, y por tanto ese Breviario de San Luis existieron realmente, y la traducción literal que he hecho es también auténtica. En el inventario de la biblioteca del príncipe de Viana -un bibliófilo declarado- que se elaboró en la ciudad de Barcelona tras su muerte en 1461, todavía aparece consignado, por lo tanto el príncipe cumplió los deseos de su tía-abuela Blanca y conservó el libro dentro de la dinastía de Evreux. También aparecen en esa lista las Chroniques de France, el otro libro donado por Blanca a su sobrino Carlos III. 

Pero sabiendo, como sabemos fehacientemente, que el rey Juan II se apropió en mayo de 1429 de las joyas de su esposa, la reina Blanca de Navarra, para conseguir dinero con el que seguir combatiendo contra el rey de Castilla y su condestable, don Alvaro de Luna, no me costó imaginar que este libro precioso y singular pudiera haber sido perfectamente otra víctima más de su avaricia.

Al fin y al cabo él no era más que un extranjero a quien la historia y circunstancias de su familia política le importaba tan poco, que años después se complació en exterminarla casi por completo...

Desafortunadamente, del Breviario de San Luis nunca volvió a saberse tras ese fatídico año de 1461, así que tampoco podemos saber a ciencia cierta cómo era. Aunque teniendo en cuenta que el arte de la miniatura tuvo precisamente uno de sus cénits en la corte de ese rey, y que los libros que de tal monarca han sobrevivido son considerados hoy en día como obras maestras absolutas, podemos hacernos una idea aproximada de lo que Navarra perdió con la desaparición de semejante volumen...







IMÁGENES EXTRAIDAS DE LA BIBLIA DE SAN LUIS,
CONSERVADA EN LA CATEDRAL DE TOLEDO







MIKEL ZUZA VINIEGRA 2016






domingo, 4 de septiembre de 2016

CRONICAS ROMANO-NAPOLITANAS III: PALABRA DADA

Nápoles, verano de 1458


En lo más alto de la colina que domina la ciudad se halla la imponente cartuja de San Martino, el templo donde desde tiempo inmemorial reciben sepultura los nobles más importantes. Aunque, como en todas las cosas, también en la muerte hay distintos grados de importancia, y por eso a ti, príncipe Carlos, te está costando hallar la tumba que buscas.

No es, desde luego, el mejor momento para emprender investigaciones arqueólogicas: hace apenas unas horas que falleció tu tío, el poderoso rey Alfonso, el único que pareció hacer caso de tu justa reivindicación del trono de Navarra. Aunque cada vez más te preguntas si en realidad no fue todo una conjura de tu familia aragonesa para hacerte venir a Nápoles y que olvidases tus derechos.

Y conste que casi lo consiguen: los castillos más hermosos, las mujeres más inteligentes, los libros más viejos y de más clara sabiduría, la mar -esa que Navarra tanto echa de menos- más azul y ondulante... Todo eso y mucho más han sido para ti estos diez últimos meses en Nápoles.

Pero ahora que tu viaje debe continuar (tu primo, el bastardo Ferrante, te busca porque debe pensar que quieres postularte al trono de Nápoles, y tu no tienes tiempo ni ganas de explicarle que estás ya cansado de aspirar a tronos que se te escapan siempre entre los dedos, como la arena de la playa), y cuando ya tienes preparado el barco que te pondrá a salvo llevándote a Sicilia -si es que un exiliado puede estar a salvo en algún sitio-, es cuando has decidido pagar una antiquísima deuda que tienes contigo mismo y con tus antepasados...

El hermano archivero te señala -no puede hablar, es cartujo- al fin una tosca lápida, perdida en una de las capillas más pequeñas y oscuras de la iglesia. Barres con tu mano las desgastadas letras, y a la parpadeante luz de la vela lees con dificultad:

Ludovicus, infans Navarrae.
Albaniae victor.
MCCCLXXVI

Y tu cabeza y tu corazón vuelven al jardín de los toronjales del palacio de Olite, a los tiempos en que tu abuelo el rey Carlos el Noble te contaba las hazañas de su tío, el infante Luis, cuya dote de matrimonio con la princesa Juana de Nápoles consistió en los derechos a un remoto país junto al mar de los griegos. Sólo había que conquistarlo, y con la ayuda de la esforzada y valiente Compañía Navarra lo hizo, aunque halló también allí la muerte.

"Todos moriremos algún día -decía siempre el abuelo- lo importante es intentar hacerlo con honor y gloria. El tío Luis lo logró. Si alguna vez vas a Nápoles, pon una vela sobre su tumba en mi nombre, y otra en el de mi padre, su querido hermano".

Ahora, cuando te buscan quizás para matarte, y aunque has tenido diez meses para venir a San Martino, es cuando decides cumplir tu voto. Tarde y mal, como siempre, porque no podrás pagarle una lápida más lujosa a tu tío-abuelo, una en la que campeen sus armas, las que tú mismo vistes pintadas, hace tantos años ya, en Ardanaz de Izagaondoa. Pero, ¿con qué dinero, si tú mismo eres ya más mendigo que príncipe? Ni podrás tampoco ordenar docenas de misas cantadas por su alma. Ni siquiera tienes tiempo ya para rezar una mísera oración por él.

Sólo para arrodillarte y depositar tres velas sobre la losa. Una por el rey Carlos II, otra por el rey Carlos III, y otra por ti: Carlos IV, rey de Navarra, príncipe de Viana, duque de Nemours, duque de Gandía, de Montblanc y de Peñafiel, conde de Ribagorza y señor de la ciudad de Balaguer. Aunque solamente tú respetes ya esos títulos, y añores una Albania donde jugarse con la Muerte la Gloria y el Honor.



© MIKEL ZUZA VINIEGRA, 2016