sábado, 31 de enero de 2015

ENCONTRARSE


A las afueras de Monreal, 31 de enero de 1235

Abrumado, afligido, hastiado, abatido. Tan sólo dos semanas atrapado en los debates de los juristas empeñados en fijar todas las capítulas del Fuero, y ya has tenido que salir corriendo varias veces para no tener que ordenar que los metan a todos en la mazmorra más profunda, que es lo que sin duda merecerían por ser tan cansos.

Así que muy temprano, has vuelto a ensillar tu caballo, y procurando que nadie -excepto el vigía de la torre- te viese, has ido a conocer un poco más del reino que te ha caído en suerte gobernar. Pequeñas aldeas salpican el campo nevado, y allá enfrente, cuando se abren de vez en cuando los bancos de niebla, la mole rocosa de Izaga. O "I-sa-ga", como la llamas con tu acento francés nativo, para rechifla de cuantos te oyen chapurrear el condenado idioma navarro.

Al galope van poco a poco desvaneciéndose los reglamentos y los decretos en tu cabeza, siempre dominada por tu obstinado corazón de poeta. Versos y leyes no han combinado nunca demasiado bien desde que el mundo es mundo, y ahora no tendría por qué ser diferente.

¿A dónde lleva ese camino? -preguntas a un pastor que se guarece de la aguanieve bajo un árbol.

-Ese es el camino que cruza Izagaondoa. Y ese primer pueblo es Artaiz, si acaso estáis perdido -responde el buen hombre.

-Justamente. Perdido. Así es como me encuentro -le respondes mientras tomas precisamente esa senda.

Alcanzas el pequeño caserío, que para tu sorpresa esconde en su centro una iglesia muy antigua y hermosa. Has de preguntar a tu senescal -en cuanto vuelvas al castillo- quién la hizo construir. Está toda ella cuajada de prodigiosas esculturas, que desde su portada ascienden por las enjutas hasta enseñorearse por completo del alero, que rodea toda la fábrica.

Uno de los canecillos te llama la atención. Lo has visto ya antes, ¿pero dónde? ¿En tu condado de Champaña? Imposible, allí ya se está imponiendo un nuevo arte, y casi todos los templos antiguos están siendo derruidos para ser edificados otra vez en ese estilo mucho más airoso y vertical que este tan recio que, por lo que has visto, todavía muestra su poderío en Navarra.

No... ya recuerdas, lo contemplaste no lejos de aquí, en tu última escapada de las infernales reuniones de quienes deben fijar la ley. Pero a ti no te importa la ley, tan sólo la leyenda. Por eso huyes a la menor oportunidad, aunque paradójicamente, los debates no puedan continuar si tú no estás presente. Bah, que salgan a buscarte: si tú mismo estás perdido, ¿cómo va nadie a poder encontrarte?

Trifronte de Garitoain
Sí: esas tres caras en una ya te habían observado antes. Sí: en Ga-ri-to-a-in, o cómo quiera que se pronuncie. Allí te miraron sin hacerte demasiado caso desde el pórtico de la iglesuela que bordea el camino de Santiago, igual que ahora te miran desde este alero de Artaiz.

El abad te explicó con su pobre teología que era un signo de la Santísima Trinidad, allí colocado por orden del obispo Guillem de Saintonge para que sirviese de advertencia a cátaros, agotes y demás herejes. Pero examinándolo con detenimiento, te parece que lo que te indica -al menos en este preciso momento de tu vida- es que la serenidad que refleja el rostro central sólo se alcanza equilibrando muy precisamente el peso que otorgas en tu vida a la cabeza y al corazón, representados por los dos semblantes laterales.
Hasta has oído decir que en el lejano oriente, mucho más allá de Jerusalén, más allá incluso de Damasco, en la remota India, hay sabios que lo consiguen tras muchos años intentándolo.

Ya oyes los gritos de quienes han salido tras tus pasos:

-¡Don Teobaldo, don Teobaldo!

Trifronte de Artaiz
Guiñas pues un ojo a ese genio amigo del alero y das media vuelta. Al menos ya no te sientes tan perdido como cuando saliste esta mañana a cabalgar, y eso es más de lo que puedes decir de muchos días desde que llegaste a este reino de locos. Procurarás de ahora en adelante poner en la balanza corazón y cabeza, aunque sabes que el primero siempre acabará ganando la partida. No eres, ni serás nunca un sabio hindú.

Y para que no se te olvide, ordenas, al poco de volver a Pamplona, que el mejor orfebre talle dos sellos: uno para los documentos oficiales, que te muestre como rey de Navarra y conde de Champaña, y otro mucho más pequeño -como todas las cosas verdaderamente importantes- que emplearás sólo para tus asuntos personales, aquellos en los que serás tú mismo, y darás por tanto prioridad al corazón...
     

Sello secreto del rey Teobaldo I de Champaña


©Mikel Zuza Viniegra, 2015

domingo, 11 de enero de 2015

POKER DE REYES

A las afueras de Fitero, 12 de enero de 1196


-Estáis metiendo vuestros pies en mi reino, don Sancho.

-Bueno, don Alfonso, vos soléis meter muy frecuentemente vuestras manos en el mío...

-Haya paz, señores, que desde Aragón también tenemos reclamaciones territoriales pendientes. Además, lógico es que con la estatura del primo Sancho, no pueda doblar sus piernas para que se queden en Navarra.

-Muy cierto es lo que decís, que esta idea vuestra de reunirnos alrededor de una mesa, estando cada uno de nosotros sentado en su propio reino, será todo lo simbólica que queráis, pero incómoda es también un rato largo. Algo más a nuestras anchas habríamos estado en el balneario, como os propuse yo desde el principio.

-¡Castilla no podía aceptar que esta reunión se celebrase en Navarra, don Sancho!

-Pues a mí como rey de Aragón no me hubiese importado demasiado...

-Más vale que nuestras reinas no han sido tan tiquismiquis. Ellas estarán ya sin duda disfrutando de las aguas termales y mientras nosotros aquí, pasando frío...

-¡Pues yo no he de moverme de aquí hasta que no fijemos de una vez nuestras fronteras!

-¡Mirad que sois testarudo, primo Alfonso! Ved como vuestro tocayo, el rey de Aragón, es mucho más razonable: estamos en enero y en este desolado paraje sopla un cierzo que levanta nuestras coronas, así que lo mejor será que nos reunamos con nuestras esposas y sigamos allá el debate a partir de mañana, porque para esta noche espero la llegada de otro rey...

-¿Qué? ¿No os habréis atrevido a invitar sin advertirnos previamente a un traidor tan manifiesto como el rey de León, verdad?

-Nada de eso, señores. No es ni el de León, ni el de Portugal ni siquiera el de Francia, sino un trovador que conocí en Chipre, cuando asístí a la cruzada organizada por mi cuñado el rey Ricardo de Inglaterra.

-¿Un rey de trovadores? Entonces no puede ser otro que Giraut de Bornehl, sin duda el mejor de todos ellos.

-Os equivocáis de nuevo. Este del que os hablo es todavía mejor. ¿No tenéis curiosidad por escucharle? Venga, levantémonos de estas incómodas sillas y vayamos a refugiarnos en aquel cálido paraíso.

-Está bien, acepto entrar en vuestros dominios, don Sancho. Pero en cuanto vea que tratáis de llevar el agua a vuestro molino, protestaré enérgicamente.

-Tranquilizaos, primo Alfonso de Castilla, porque,de momento, me interesa bastante más el vino que el agua.

-Pues entonces ya somos dos, primo Sancho: que no se diga que el rey Alfonso de Aragón se quedó atrás probando las cubas de vuestros mejores caldos. Además, así aunque ese trovador vuestro sea malo, ha de parecernos maravilloso a los tres.

-Perded cuidado por eso, que para cuando lleguemos ya habrá empezado su actuación, y podréis ver el efecto que causa en el auditorio, sobre todo en el femenino. Mi hermana la princesa Berenguela quiso -al oírle- anular su boda en Limassol y marcharse con él. Y os digo que fui yo quien salvé la vida al músico, pues Ricardo quería descuartizarlo con sus propias manos. Justo desde entonces corre la leyenda de que no puede morir, y no me extrañaría nada que así fuese...

-Pues yo no creo que mi Leonor Plantagenet, aunque es tan inglesa como él, abandone su flemática condición por mucho que le guste tal cantante.

-Sean inglesas, castellanas como la reina Sancha de Aragón u occitanas como mi Constanza, os aseguro que todas caen rendidas ante la forma de cantar y de moverse del señor de Presley, que así es como se llama el trovador, aunque todo el mundo le reconoce el título de rey...

-¿Rey de qué?

-Del Rock, que es una forma de cantar y de bailar muy curiosa y muy común en Inglaterra, aunque espero que muy pronto se extienda  también por estos lares. De hecho si la actuación de hoy tiene éxito, quizás podamos crear un festival anual que recuerde a las generaciones venideras este histórico encuentro de cuatro reyes. El Fite-Rock sería un buen nombre, ¿no os parece?

-Lo que me parece es que estáis tan loco como esas pobres mujeres que se agitan y berrean ante ese mozalbete, don Sancho. ¿Y a este ruido infernal le llamáis música?

-Las "pobres mujeres" que decís son nuestras reinas, don Alfonso. Y aquella que arroja en este momento su saya al escenario es precisamente vuestra doña Leonor, que como debe ser la única que entiende lo que dice el señor de Presley, ha perdido ya todo su recato. Y os confieso que yo no entiendo nada, pero que ésta será a partir de hoy una de mis canciones favoritas. Suena maravillosamente:


-¡Ya sabía yo que no teníamos que haber venido a Navarra, que es siempre la cuna de todos los libertinajes!

-Lo que digáis, primo Alfonso, pero como no acabe pronto esta hermosísima composición, doña Leonor va a quedar igual Eva cuando Nuestro  Señor la expulsó del paraíso. Ved que ya se está quitando también el pellote y el velo para lanzárselos al señor de Presley...

-¡He de arrancarle de su cabeza a ese desvergonzado esos cabellos grasientos que lleva uno por uno! ¿Pero qué locura es ésta: ellas se quitan la ropa y él se la pone? Sí: se está colocando una capa, no muy grande, pero lleva un emblema en ella... ¡Es vuestra divisa, don Sancho! ¡Lo teníais todo preparado para humillar a Castilla! ¿No es cierto?



-Pues ahora que lo decís, primo Alfonso, sí: por supuesto que esa capa se la he regalado yo. Mitad porque sabía cuánto le gusta a él llevar esas prendas tan llamativas, y mitad porque imaginaba que con lo rancio que sois vos, tal ostentación de mis armas os desagradaría profundamente, aunque me parece que a doña Leonor no le importaría quitarle esa capa con los dientes...


-Calma, señores míos, y disfrutemos del espectáculo, porque ciertamente merece este trovador compartir nuestra regia condición. Calcémonos ahora nuestros botines de gamuza azul prestos a bailar como posesos, que ya habrá tiempo mañana de seguir nuestra discusión, aunque sea llorando en la capilla...

-Pues claro que sí, queridos e ilustres primos de Castilla y Aragón, y desde luego que habrá quien no acepte que este recital se haya llevado jamás a cabo. Pero para esos incrédulos tengo dispuesto que don Fernando de Garayoa haga la crónica, que ha de quedar tan bien como el resto de las suyas.

Y que todos nuestros sueños se hagan realidad ahora mismo:



Dibujo de Ángel Elvira,
con añadido de Carreño



©Mikel Zuza Viniegra, 2015



  

lunes, 5 de enero de 2015

GERRIKO


Palacio de Westminster, Londres, 2 de enero de 1258



-¡Leonor: que el rey Teobaldo II de Navarra está a punto de llegar y no tenemos nada para ofrecerle como obsequio!

-¡Culpa tuya será, Enrique, y de nadie más! Mira que te avisó hace más de tres meses de que acudiría en peregrinación a la tumba de Santo Tomás de Canterbury, y que tú mismo, como rey de Inglaterra, le concediste el salvoconducto para que pudiese realizar tan piadoso viaje. Como de costumbre no preparaste nada, y ahora quedarás, y lo que es peor: me harás quedar a mí, como un patán y un grosero.

-¡Pensé que sólo lo decía por cumplir, y que no cruzaría el canal sólo para rezar ante tumba de ese obispo rebelde que mi augusto abuelo hizo muy bien en trinchar! Lo cierto es que el navarro no me pareció tan piadoso cuando lo conocí hace cuatro año en el Temple de París, aunque también es verdad que entonces era poco más que un niño...

-¡No blasfemes, necio! ¿O es que quieres que Dios te castigue aún más todavía y te arrebate además de los condados de Anjou, Turena y Maine, también el de Guyena, que es lo único que nos ha quedado en Francia? Recuerda que Tomás Beckett fue efectivamente el mejor amigo de tu abuelo, el rey Enrique II, que fue quien lo impuso en el obispado de Canterbury. Pero alcanzada esa dignidad, la mayor de la Iglesia en estas islas, se enfrentó al rey como nadie hubiese podido sospechar jamás. Y lo hizo así porque creía firmemente en que antes que el pago de favores está la dignidad personal, que nace del ejercicio de la propia conciencia: si ahora servía a Dios, ya no podía servir a la vez al rey, como marca el Evangelio. Y ser tan consecuente le costó precisamente la vida. Pero... ¡qué ejemplo para todos! Te digo que en el futuro nadie recordará a tu abuelo, pero siempre habrá personas -sin duda las mejores- que veneren la memoria y la actitud de Tomás en defensa de sus convicciones. Así que ya sabes: reza más bien porque tú desaire a santo tan relevante pase desapercibido a quien todo lo oye y todo lo ve...

-¿Te refieres a ti misma, no es cierto, esposa mía? Porque dudo que haya a este lado del mar mujer más chismosa que tú. Sí, vaya que si tienes razón: ¡qué tranquilo está santo Tomás allá donde ahora mismo reposa...

-¿Ah, sí? ¡Pues ya no te ayudo a elegir el regalo del rey de Navarra, hala!

-No te enfades, Leonor, y perdona mi estupidez, es que de verdad que no sé qué entregar a nuestro visitante para dejar en buen lugar nuestro prestigio. Pero tú seguro que ya habías pensado en algo...

-¡Pues claro, bobo, como siempre! Hace semanas que reviso tus armarios y creo que este cinturón nos hará salir del paso a las mil maravillas.


-¡Pero si es el que me entregaron los nobles el día de nuestra boda!

-¿Y quién se lo va a decir a Teobaldo? ¿Ellos? Además, hace mucho que no te lo pones.

-¿Pero no ves que la heráldica que lo decora no tiene nada que ver con él? ¡Es prácticamente toda inglesa: sabrá enseguida que lo hemos reaprovechado!


-¡Inútil! Fíjate que el color de los bordados es precisamente blanco y azul: los colores de Champaña, el condado que da nombre a su dinastía. Bastará con que cambies el escudo principal, el de la hebilla, y otro cualquiera al azar por las armas de Champaña y de Navarra y ese mozalbete no reparará en nada más. ¿Estás tan viejo que has olvidado ya que los jóvenes sólo quieren la ropa para presumir con ella? Aunque desde luego mi sobrina Isabel, su esposa, es tan pánfila, que no sé si será capaz de desabrochárselo cuando vayan a acostarse...


-¿Todas las francesas sois tan taimadas, o sólo es condición propiamente tuya?

-Como si tú pudieras quejarte, Enrique... Anda, calla y encarga a un buen orfebre los cambios que acabo de decirte. Verás como Teobaldo queda encantado, porque ciertamente este cinturón es hermoso y muy digno de un rey. Y tú ya lo has disfrutado mucho tiempo, así que ahora le toca a él, que tiene edad de participar -quién sabe- hasta en alguna Cruzada, donde nuestro regalo habrá de sostener la espada con la que el rey de Navarra defienda muy gallardamente la fe de Cristo frente a los infieles...


-Si es así, me importa menos desprenderme de joya tan soberbia. Además, sé por su embajador, un tal Sagasti...black -o algo parecido-, que él nos va a corresponder con una copia muy bien encuadernada e ilustrada de los poemas de su padre, el rey Teobaldo I. Así que puestos ambos regalos en la balanza, parece que ésta ha de quedar perfectamente equilibrada. Y eso está muy bien, que siempre será bueno cultivar la diplomacia entre países tan antiguos como son nuestras dos nobles naciones...


ADDENDA

Ese cinturón, como habéis podido comprobar por las fotografías, no es esta vez ninguna invención mía. Existe, y se conserva en perfecto estado en el monasterio de las Huelgas, en Burgos. El panteón real de la dinastía castellana durante los siglos XII y XIII. 

En el XIX los franceses del ejército de Napoleón saquearon todas las tumbas en busca de riquezas. Sólo una quedó intacta hasta su apertura en los años 40 del siglo XX: la del malogrado heredero del rey Alfonso X el Sabio: el infante don Fernando de la Cerda. Su ajuar funerario es hoy en día el mejor testimonio que nos queda de cómo vestía un príncipe medieval. Y entre su ropa destaca poderosamente el cinturón que más que posiblemente el rey Enrique III de Inglaterra regaló al rey Teobaldo II de Navarra. 



¿Pero por qué lo tenía el infante castellano? Pues porque estaba casado desde 1269 con la princesa Blanca de Francia, y eran por tanto cuñados de Teobaldo y de su esposa la princesa Isabel de Francia. 
En ese mismo año, el rey de Navarra estaba participando en la cruzada a Tunez junto a su suegro, el rey Luis IX. De hecho ambos encontraron la muerte en aquellas arenas junto a Cartago, así que muy probablemente, el cinturón fuese un regalo entre hermanas que el afortunado Fernando recibiría casi como una reliquia de un rey cruzado como Teobaldo. 

Un regalo tan especial, y al que tuvo en tanta estima, que hasta decidió llevárselo a la tumba con él. Cosa que unos cuantos a este lado de la muga le agradecemos infinito, porque así además de una de las más antiguas representaciones del escudo de Navarra, hemos conservado también un objeto ciertamente muy personal y único de aquél rey del que el poeta Anelier dejó escrito: 

"Murieron el rey francés y el rey navarro, por lo que toda la Cristiandad bajó dos escalones. Entonces los navarros regresaron afligidos, pues su señor, que era valiente y amable, había muerto. Vinieron a Navarra y cuando los escucharon, se levantaron por la tierra llantos, dolor y lamentaciones, porque su justo señor había muerto, y había dejado su reino sin heredero..." 

Sagasti...black también estuvo allí, y sabe por tanto de lo que hablo...





© Mikel Zuza Viniegra, 2015

martes, 30 de diciembre de 2014

OBRA


Artaiz, 31 de diciembre de 1140


Hace frío, mucho frío. Todo el mundo está recogido junto a su hogar, y el humo de cada chimenea puntea el cielo gris que amenaza tormenta de nieve. No has querido que nadie te ayude a terminar tu obra. Porque es solamente tuya: ni del poderoso señor que te la encargó, ni de los trabajadores que te ayudaron a levantarla, ni siquiera de ese rey don García que viajó desde Pamplona sólo para conocerla. Tuya y de nadie más.

Por eso era importante que todo el proceso se cerrara precisamente con este canecillo que tus ateridos dedos se esfuerzan en cincelar mientras haces peligrosos equilibrios sobre el frágil andamio. El otro, el que representa la condición humana, siempre esclava de las tres vertientes del tiempo: el pasado, el presente y el futuro, no te importó esculpirlo al resguardo de tu taller. Pero éste, el que marca el final, tenías que tallarlo aquí mismo, haciendo saltar chispas de la piedra con tu cincel, igual que un guerrero haría saltar las escamas de un dragón con su espada.

Y había de ser el último día del año, para que todo lo malo y lo bueno que en él ha ocurrido -y ha sido mucho de lo primero y poco de lo segundo- quede definitivamente atrás. Por eso estás dando forma a un hombre-cerradura, que habrá de representarte sólo a ti, y a la vez a todo el mundo, pues cada uno carga con una pesada arca donde esconde lo que es y enseña lo que aparenta ser.


Sí, quédese cerrada a buen recaudo por los siglos de los siglos detrás de este guardián de piedra, desafiando a quienes quieran interpretar su significado, que no será otro que el que tú sabes y dictas a cada golpe de mazo.

Al final, sólo quedará nuestra obra...  



© Mikel Zuza Viniegra, 2014

viernes, 26 de diciembre de 2014

SÉPTIMO

Uxue, 26 de diciembre de 1344


-Tú dirás lo que quieras, Carlos, pero una cosa son las historias talladas en la portada norte, y otra lo que unos muetes como nosotros podamos hacer...

-El príncipe Alejandro de Grecia domaba leones a los seis años. Así lo atestiguan todas las crónicas. ¿Vamos a ser nosotros menos que él? Tú tienes trece años, yo doce, y tú, Inés, diez. ¿Cómo no vamos a poder bregar con esas bestias siendo ya tan mayores?


-Me temo que aquí la única bestia eres tú, hermano. Parece que es verdad que los centauros la tenían tomada con las sirenas allá, en el Asia Menor, pero nunca he oído nada de eso que dices de que en Navarra los príncipes tengamos que demostrar nuestro valor atrapando cigüeñas.


-Pues es precepto recogido en el Fuero, os lo aseguro. Y quien lo redactó debió sin duda inspirarse en lo que dicen que hacen los habitantes de la India -osease: los indios- cuando deben demostrar a sus mayores que ya han alcanzado la edad adulta. Bien es cierto que allá lo que al parecer capturan son águilas, pero afortunadamente nosotros no tenemos que llegar a tanto, así que nos bastará atrapar a esas tres cigüeñas que estos días se han enseñoreado de la torre principal del santuario. Ya he conseguido hacerme con la llave maestra, así que podemos subir en cuanto vosotras queráis, mis muy aguerridas hermanas. ¿Habéis conseguido lo que os pedí?

-Sí, hemos traído los bastidores de bordar más grandes que hemos encontrado, aunque creo que por mucho que los ates con esa cuerda tan fuerte que traes, no será nada sencillo lograr que esos enormes pájaros metan su cabeza en ellos.

-No hay problema: haremos como dicen que hacen los habitantes del lejano Oeste para capturar a las vacas y las terneras, pero en lugar de con un simple lazo de cuerda, nosotros les arrojaremos esos resistentes bastidores sujetos para que no puedan escaparse.

-Tú has leído demasiadas novelas de caballería, hermano. En concreto del 7º de caballería, que es tropa muy dada a exagerar sus intervenciones, pero ya los querría yo ver hoy aquí...


-No hables tanto, y guarda el aliento, Blanca, que estos escalones no se suben solos... Y muy mal me parecería que hayas dejado a Inés en su habitación, si no fuera porque de este modo queda para ti y para mí mucha más gloria para repartir todavía.

-Pues claro que no le he permitido participar en tu locura, Carlos, es demasiado pequeña. Y si yo te estoy acompañando es sólo  porque tengo verdadera curiosidad por saber cómo acabará esta "hazaña" tuya. Por de pronto da bastante miedo ya el tremendo ruido que sus picos hacen al otro lado de esta puerta...

-Ese ruido que hacen estos monstruos emplumados se llama "crotorar", pero yo haré que se callen inmediatamente. A la de una, a la de dos, y a la de tres: ¡adelante!

-¡Pero ponte antes un casco como el mío, idiota! ¡Cuidado con esa que tienes detrás! ¡No puedo mirar: te están dando más picotazos que azotes dieron los romanos a nuestro Señor! ¡Corre hacia la puerta mientras puedas!

-¿Pero por qué no me has ayudado, Blanca?

-Porque tú eres el príncipe heredero, Carlos, así que me ha parecido mucho mejor dejar todos los "honores" en exclusiva para ti. ¿No estás contento? Agradece más bien que haya podido yo espantar a esas pobres cigüeñas empleando un sacude-colchones. Lo que no sé es cómo explicarás tu aventura a nuestra madre, la reina Juana, porque tienes tantos chichones y pelo arrancado en tu cabeza, que va a pensar que en realidad te han atacado los castellanos o los franceses...

-No te burles encima, que de sobra sé que eres mucho más inteligente y pragmática que yo, hermana. Pero desde luego procuraré hacerte caso la próxima vez que me deje llevar por mi calenturienta imaginación...

-Que, conociéndote, será sin duda muy pronto, querido Carlos. Espero al menos que, para cuando llegues a ser rey, hayas comprendido que el valor personal no se demuestra con estúpidos arranques como el de hoy, sino haciendo en cada momento lo que te dicte tu conciencia.
Y lo que es aún más importante: que los navarros son tan libres como esas cigüeñas que pretendías tan vanamente apresar. Y eso sí que viene expresamente escrito en el Fuero...


Las muy hermosas fotos de Ujué (y también las mejores pastas) son de Juana Urrutia.

©Mikel Zuza Viniegra, 2014


sábado, 20 de diciembre de 2014

TODOS LOS CAMINOS

Roma, noche de Navidad de 1456


Nadie diría, al verte, que acabas de entrevistarte con Su Santidad Calixto III. Paseas por las atestadas calles sin que nadie repare en ti, y lo que es peor, sin que tú prestes atención a nada: ni a los puestos que ofrecen todo tipo de mercancías a los peregrinos, ni a los poetas que cantan con más o menos destreza sus composiciones, ni siquiera al marmóreo y casi funerario arte de los antiguos habitantes de esta ciudad.

Llegaste hasta aquí buscando apoyo a tus justos derechos sobre el reino de Navarra, que tu padre Juan II te usurpa, e igual que te ocurrió con el rey de Francia te ha pasado con el Papa: has obtenido buenas palabras, pero ninguna ayuda tangible. Más que príncipe de Viana, eres príncipe de nada, y toda esta algarabía desatada a tu alrededor te lo recuerda dolorosamente.

Y esos gelati que todos van comiendo por las calles, tan terriblemente fríos, no son ni remotamente parecidos a los sabrosos dulces que maese Donezar traía cada año a la corte para que tu madre la reina los repartiese -entre risas, pero equitativamente- contigo y con tus hermanas Blanca y Leonor. Y tampoco se parecen nada al turrón royo que los regidores de Tafalla entregaban cada 25 de diciembre a la familia real. Tu padre prefería las frutas escarchadas de Aragón, y alguna vez le incrustabais Blanca y tú entre ellas unas cuantas almendras amargas, para que rabiase y pudieseis reíros con las caras de asco que ponía. No has vuelto a sentir jamás aquel calor de Olite...

El camarlengo del santo padre te ha obsequiado con una caja de pastas, dijo que elaboradas por las sorelle de la rozagante caritá. Incomibles. Aunque puede ser también que todo te sepa ya acre y amargo. La cambias por una fiaschetta de grumoso vino del Lazio en la primera taberna que encuentras.

Has vivido mejores navidades que esta, sí, pero ¿a quién puede importarle ya? Tu madre murió hace muchos años, tu esposa Agnes también. Tu padre vive, y mil veces mejor sería que hubiese muerto. Y de las dos hermanas con las que pugnabas cuando eras un niño por aquel delicioso mazapán, Blanca es tan desgraciada como tú, y Leonor te odia a muerte. Tus viejos amigos están al otro lado del mar, y hasta tus antiguas amantes hace tiempo que calientan ya la cama de otros. El vino que bebes es malo, sí, pero no tanto como el veneno que te corroe por dentro.

Sin darte cuenta has llegado al puente de Sant' Angelo. El Tíber baja tan turbio que a duras penas se distingue la corriente de las descuidadas orillas. La botella está vacía, la tiras todo lo lejos que tu brazo te permite y va a dar justo en la cabeza de lo que parece ser una mujer-pez, que antes de zambullirse se complace en enviarte al diablo empleando los juramentos más alambicados que ningún terrestre haya oído jamás. Qué más da: demasiado bien sabes ya que las sirenas sólo existen en los cuentos.

Y el río sigue fluyendo bajo el puente. No puedes apartar tu mirada de él: es como si te llamase con sus gastadas y húmedas palabras.

-Un salto, y se acabaron los problemas, ¿no es cierto? -te dice alguien que se ha puesto a tu lado sin que le dieses permiso para hacerlo-. Pero esa es la salida más fácil -prosigue su salmodia-, piensa más bien, peregrino, qué hubiera sido de todos aquellos que te conocen si tú no estuvieses aquí ahora, si ni siquiera hubieses llegado a nacer...

Pero no quieres pensar ya más nada, así que empujas al locuaz entrometido para que sea él quien caiga al agua y pueda allí discurrir sobre los misterios de la existencia. No: esta noche no necesitas que pesados ángeles de la guarda extiendan sobre ti sus alas. Te bastará con que las solícitas y caras moradoras del Trastévere abran para ti sus piernas.

Estás ya ante la majestuosa tumba del emperador Adriano, tan enorme que ha acabado convertida en castillo. De un hueco del muro, más allá de la vacilante luz que da la última de las antorchas, parece salir un ruido. Te acercas, pero no es un ruido. Es un llanto: un niño recién nacido patalea sobre el vientre de su desvanecida madre, abandonados los dos a su suerte por algún soldado de la guardia papal a la que ella ya no puede servir de entretenimiento.

Cortas el cordón que todavía los une. Están helados, probablemente no llegarán vivos al  amanecer. Te sientas junto a ellos, los incorporas y los abrazas mientras cubres a ambos con tu capa para darles todo el calor que seas capaz de proporcionarles. Hay una mula y un buey atados allí enfrente.

El Tiber os arrulla, y lo único que rompe su monótono sonido durante toda la noche es ese prácticamente inaudible "che Dio ti benedica, signore!" con el que la mujer te agradece cada poco tiempo tu presencia.

Y no dejarías de sostenerla entre tus brazos ni por todo el oro de Arabia, ni por todo el incienso de Egipto, ni por toda la mirra de la India...
  



©Mikel Zuza Viniegra 2014

martes, 2 de diciembre de 2014

CRÓNICAS DE LA LÓGICA Y LA AMARGURA VI: PAPELES

Inbuluzketa. Foto de J. M. Etayo
Gabriel de Inbuluzketa fue el heredero de una saga famosa por atestar todos sus palacios con los legajos y papeles que cada generación familiar producía. Conocer todos y cada uno de los hechos y los nombres de sus antepasados era la primera, sino la única, obligación de un miembro de su linaje.

Así, Gabriel sabía de memoria que el primero de los suyos –don Marzal- fue eytán de don Eneko Aritza, primer rey de los navarros. Y que cuando Sancho el Mayor acudió a reunirse en Angely con Roberto el piadoso de Francia para celebrar el descubrimiento de la cabeza de Juan el Bautista, don Marcos de Inbuluzketa les guardaba a ambos las espaldas. Y que don Simón de Inbuluzketa había sido quien espantó las feroces moscas cartaginesas del rostro exangüe de Teobaldo II en su cruzada a Tunez.

Y cada día aprendía un nuevo dato con el que engrosar la honrosa memoria de su familia.

Por esa misma época comenzaron a sucederse terribles heladas en invierno y crueles sequías en verano, de manera que las cosechas que conseguían  a duras penas sobrevivir a la escarcha, se perdían sin remedio al llegar el implacable estío. Y nada menos que cinco años duró este infernal ciclo.

Y no había tampoco rey a quien servir, pues ocupaban entonces el trono los Capetos de Francia, que no sentían allá lejos, en su ciudad de París, cariño alguno por este reino de Navarra. Así que los caudales de los Inbuluzketa rápidamente se agotaron, y con ellos las provisiones y la leña que permitía calentar la sala del gélido palacio donde se arracimaban cada vez más necesitados.

Y tuvo entonces Gabriel que afrontar la mayor prueba que sus ancestros hubieran podido imaginar, pues ya no quedaba por quemar para calentarles a todos más que aquel montón de legajos y papeles en los que los Inbuluzketa habían basado siempre su prosapia…

Y aunque sentía sobre sí los ojos de todos sus insignes tatarabuelos, supo en seguida lo que tenía que hacer. Así que quemó primero, como correspondía, los hechos notables de aquel primigenio don Marzal, y continuó haciéndolo respetando el orden cronológico hasta que ya no quedó por quemar más que los folios en blanco que le hubiera tocado escribir con las supuestas hazañas que él mismo debería haber protagonizado.



Y ese día se sintió más vivo y más libre de lo que ninguno de los suyos se había sentido jamás, pues desaparecidas en las brasas para siempre todas las andanzas de su familia, no tenía obligación ya de parecerse ni de imitar a ninguno de sus antepasados, y podía por fin ser nada más y nada menos que él mismo, que es la cosa más complicada, y también más conveniente, que cualquiera –haya sido armado o no caballero- ha de llevar a cabo en su vida...






©Mikel Zuza Viniegra, abril 2014