miércoles, 26 de enero de 2011

CASTIGADOR Y ANIMAL PELEÓN PERVERSO Y AUDAZ...



El guardia jurado que controla las cámaras situadas en cada salón del Archivo General de Navarra no observa nada raro en la pantalla que le muestra una vez más la tranquilidad nocturna de la sala gótica. Los documentos siguen dentro de sus vitrinas, y al fondo continúa intacta la urna con los despojos de no sabe qué rey. Eso es lo único que le interesa, al menos hasta que llegue su sustituto a relevarle por la mañana. No, desde luego no será él quien impida que la reunión convocada esta noche, la última en el palacio real, tenga lugar...

Y entonces el corazón que dejó de latir allí mismo el primero de enero del año 1387, vuelve a hacerlo con la fuerza de cuando estaba vivo, y a tan acompasado resonar, aumentado por el abrazo de las seis bóvedas de crucería levantadas por su antepasado Sancho, llamado "el Sabio", van acudiendo los espíritus familiares de Carlos II. El primero de todos el de su amada esposa Juana, mejor gobernante y diplomática que él en multitud de ocasiones. Luego los de sus hermanos Felipe y Luis. Juntos los tres, hicieron retemblar la tierra de Francia bajo los cascos de sus caballos engualdrapados con el carbunclo de Navarra. Llegan a continuación sus tres hermanas, María, Blanca e Inés, todas ellas reinas y señoras, y poeta además la última de ellas, que tuvo la desgracia de casar con el desalmado Gastón de Bearn, estando enamorada del muy excelente poeta y músico Guillaume de Machaut, tanto tiempo al servicio de su culto hermano...

Sus hijos tampoco quieren quedarse atrás: Carlos, que superó sus logros como monarca, pues mantuvo a su pueblo en paz, cosa que él consiguió muy pocas veces, aunque ambos lograron un auténtico milagro: que Navarra continuara decidiendo sus propios destinos en medio de tan poderosos vecinos; Pedro, que defendió con brío los intereses dinásticos en Francia, y Juana, que alcanzó el trono de Inglaterra.

Pero muchos otros responden a la llamada: el deheredado rey Pedro de Castilla, ni tan cruel ni tan loco como las crónicas pagadas por su hermanastro juzgaron; el bastardo Enrique, que logró por fin la corona con la ayuda del maldito mercenario bretón Bertrand Dugüesclin, el mismo que derrotó en Cocherel al ejército navarro, arrebatándole así sus tierras de Normandía. Ha venido también el caballero Olivier de Mauny, primo del anterior, un poco avergonzado todavía por haber intentado ser más listo que el rey de Navarra cuando después de fingir mantenerlo cautivo en su castillo de Borja, quiso cobrar más de lo acordado...

Y allí están también los caballeros que disfrazados de carboneros le libraron de su prisión en el castillo de Arleux, con el fidelísimo Ferrando de Ayanz a la cabeza; y el taimado caballero castellano Pedro Manrique, no lo suficientemente astuto como para apresarle en el puente de Logroño; y a su lado el alferez que supo mantener a salvo el estandarte real en tan peligrosa ocasión: don Martín Enríquez de Lacarra, que llegó empapado, pero vivo, a Viana tras arrojarse al Ebro para salvar su vida y su bandera...

Y por supuesto no faltan tampoco los barones normandos que el malvado rey Juan de Francia ordenó decapitar por ser partidarios de Carlos en sus dominios de Evreux: el señor de Graville, el conde d'Harcourt, Maubé de Mainemares y mosén Colín Doublet. Toda la ciudad de Rouen vistió de luto y adornó sus calles con las armas de Carlos para sus impresionantes funerales. Y al fondo destella la negra armadura del príncipe Eduardo de Gales, tantas veces aliado del rey. Está conversando amigablemente con otros dos amigos leales: el obispo Robert le Coq, al que acogió en su exilio cuando tuvo que huir de Francia, y el preboste de los comerciantes de París, que fue capaz de colocar el capirote que combinaba el color rojo de Navarra con el azul de la ciudad de París en la testa del mismo Delfín de Francia, y pagó con su vida tal atrevimiento...



Como los caminos del Señor son inescrutables, es muy posible que esos dos colores, el rojo de Navarra y el azul de París, acabaran atrapando en 1789 al blanco propio de los Borbones, conformando así el mayor símbolo republicano que hoy existe, lo cual significaría un triunfo póstumo de Carlos frente a la monarquía francesa que, si por una parte le hubiera hecho muy feliz, por otra no dejaría de apenarle, pues mucho luchó por ceñir aquella corona. Pero eso es ya otra historia...

En el rincón más alejado, como si aún quisiera esconderse de la ira de su señor, está el caballero traidor Juan Ramirez de Arellano, que en plena invasión castellana del reino prefirió hacerse vasallo del príncipe extranjero en vez de mantener el juramento dado a su legítimo rey. No viene solo, que quiere pedir perdón para el descendiente que le acompaña, Diego Rámirez de Avalos, que escribió doscientos años después de todos estos sucesos una Crónica en la que para defender la memoria de su ancestro, vilipendió a perpetuidad la de Carlos II, que desde entonces carga con el injusto apodo de "el Malo", que otros muchos autores, sobre todo franceses, no tardaron en adoptar y difundir, aún a sabiendas de que sus propios soberanos fueron mucho peores que el navarro, que además tenía más derechos que ninguno de ellos al trono de Francia...

Y aún hay otra presencia más: una figura que, al contrario que las otras, no inclina su cabeza ante el palpitante corazón de Carlos II. No lo hizo en vida y no lo hará tampoco ahora. Es don Miguel Pérez de Egüés, sobrejuntero de Miluce, ahorcado por oponerse a los extenuantes impuestos de su rey. Es tan altivo ahora como lo fue sobre el cadalso con la soga al cuello, que siempre fue ese privilegio de quienes tienen la verdad y la razón de su parte...

Todos conocieron a Carlos II, pero ninguno lo juzga, que dejan esa labor para instancias más altas. La luz del amanecer comienza a brotar de los abocinados ventanales, y mientras cada uno de los reunidos se desvanece tan misteriosamente como apareció, el corazón de Carlos II vuelve a su inmóvil condición de siglos.

"Dios por su merced, li faga perdón", reza la caja que el pintor Jaymet le hizo en 1407. Y el artista lo tuvo tan difícil como yo, pues tal recipiente es demasiado humilde para contener el corazón de aquel hombre de pequeña estatura, pero de gran elocuencia e inteligencia. Igual que estas pocas líneas sólo pueden dar una lígera idea de su ajetreada existencia...



© Mikel Zuza Viniegra, 2011

miércoles, 19 de enero de 2011

SE HA PERDIDO OTRA ESTATUA



Palacio condal de Lusignan, cerca de Poitiers. 25 de octubre del Año de Gracia 1269

Los preparativos para la campaña de Ultramar siguen a buen ritmo. El año que viene, si Dios quiere, las aliadas armas de Navarra y Francia embarcarán hacia Túnez, y malo será que no consigan allí sus objetivos.

Pero ese no es motivo para descuidar los asuntos del reino. Es por eso que el joven rey Teobaldo II despacha con prontitud todos los pergaminos de apretada letra que su canciller le pasa para la firma. En uno de ellos detiene sobre todo su atención, pues no en vano se habla en él de Espinal, la hermosa villa que él mismo fundó hace tan sólo un mes, cuando emprendió viaje hacia el norte. Así dice el documento:


"Sepan todos aqueillos qui esta carta verán e oirán, que nos, Don Thibalt, por la gracia de Dios rey de Navarra, de Campania e de Bria conde palatin, queriendo guardar de daynno e de menoscabo al ospital de Roncesvalles por la puebla que se debe fazer o se fiziere de los pobladores de Val d'Erro, entre los burgos de Roncesvalles e Viscarret, en el logar que se dize el Espinal, queremos e otorgamos e damos con voluntat e placentería de los poblados de Val d'Erro al dicto hospital e al prior e al convento d'aquell logar perpetuament los logares que se contienen de suso en esta carta. Demás mandamos que nengun poblador del sobrenompnado logar ço es del Espinal, aya o pueda aver presentación o poderío, o algún otro derecho en la eglesia o eglesias que se edificaren en aquell logar, mas aqueilla eglesia o eglesias con las cosas sobredichas e con todos los otros sus derechos finquen perpetualment al dicho ospital de Roncesvalles.
En testimoniança e fermeza de todas las cosas sobredichas damos al prior e al convento de Roncesvalles sobredichos, esta nuestra carta abierta, sellada con nuestro sello pendiente.
Dada en Lusignan por mandamiento del rey, viernes primero ante la fiesta de San Simón et Judas apóstoles, en el mes de octobre, anno domini millesimo .CCº .LXº .nono..."

Firma de buen grado y observa como el secretario vierte la cera fundida en la matriz del sello real, que le muestra muy elegante y aguerrido, montando un caballo con la gualdrapa adornada por el carbunclo de Navarra. Un rey digno -piensa vanidoso- del palacio que ahora mismo le acoge, que dicen que fue edificado por la bellísima y muy poderosa hada Melusina, tatarabuela de todos los Lusignan, y que desde entonces sobrevuela por las noches las muchas torres del castillo...

Pero mirando por la ventana de la habitación, aunque son muy bellos los jardines del conde, sólo puede añorar el verde esmeralda de los prados que rodean Espinal, un color -ese sí- digno de la cola de sirena de Melusina. Y no deja de lamentar entonces que en pocos meses se hallarán él y los navarros que en su empresa le han seguido, rodeados de las arenas ardientes del desierto africano, y las cristalinas aguas de Roncesvalles sólo serán ya espejismos entre las dunas...

El canciller repara entonces en que hay un papel añadido al documento original que acaba de sellar. Lee en voz alta como en él viene recogida la intención de los nuevos pobladores de Espinal de levantar un monumento al buen rey Teobaldo, que no en vano les ha otorgado su carta de naturaleza para que moren y sean felices todos en aquel paraiso entre montañas.

Mas mucho desagrada al soberano semejante propósito, pues cree -con mucha razón, al sentir de este cronista- que los mismos que ahora piden levantarle una estatua, serán los que pedirán en el futuro derribarla. Y si no éstos, sus descendientes. Él ya ha hecho lo que tenía que hacer, que es procurar que sus súbditos vivan en armonía. No cree necesario homenaje alguno por ello, pues tan sólo ha cumplido con el deber de todo buen gobernante.

Aún así, los vecinos de Aurizberri, que es nombre también muy hermoso de la misma localidad, erigen el monumento a escondidas de la decisión regia, confiando en que cuando vuelva de su viaje, perdonará su atrevimiento y mostrará su gratitud. Sin embargo no quiso la Providencia que volviese el rey, que murió en Túnez como él mismo había imaginado en Lusignan: añorando el color verde de Espinal entre aquellas resecas y ocres tempestades de arena.

Y esa humilde estatua de Teobaldo II estuvo muchos años recordando a quien quisiera detenerse ante ella que fue aquél rey y no otro, quien dió a luz tan bella criatura. Hasta que gentes olvidadizas o desconocedoras -lo que es aún peor- de la historia de su pueblo y de su país, la arrumbaron en lóbregos almacenes, cumpliendo así la triste profecía del rey.

Setecientos cuarenta y un años han pasado de todo esto, y seguimos igual que siempre...



© Mikel Zuza Viniegra, 2011

jueves, 13 de enero de 2011

SE HA PERDIDO UNA ESTATUA

Artículo publicado en el Diario de Noticias el viernes 7 de enero de 2011




Dedicada al rey Teobaldo I y obra en tamaño natural del escultor Victoriano Juaristi, fue colocada en torno a los años 30 y, según las crónicas, se calcula que desapareció en 1936, después de ser objeto de vandalismo. Es una historia desconocida.

En 1934, el Consejo de Cultura de Navarra acordó levantar un monumento en la Taconera de Pamplona en memoria del rey Teobaldo I el Trovador, de cuya llegada al trono se cumplía ese mismo año el setecientos aniversario.

A una galería de arcos góticos del desaparecido convento cisterciense de Marcilla, reconstruida por el archivero José María Huarte y el profesor de arqueología del Seminario, Onofre Larumbe, se le añadió una figura en piedra y a tamaño natural del monarca, esculpida por el doctor Victoriano Juaristi, quien, además de desempeñar su labor profesional en la Clínica San Miguel, era miembro activísimo de dicho Consejo.

Aparecía el rey sentado en el medio de la arquería, con su mano derecha sosteniendo un pergamino, la izquierda apoyada en el asiento y sus pies descansando sobre un mullido cojín. Precisamente esa concepción tan moderna de la estatua, sin pedestal y al alcance de cualquiera que pasease por aquel solitario rincón, fue la desencadenante de su ruina y desaparición, pues prácticamente desde el mismo momento de su colocación, y en palabras del propio Juaristi en un texto escrito a los pocos meses de la inauguración del monumento, "el buen pueblo al que don Teobaldo tanto amó, le ha chafado las narices a pedradas, como a cualquier muñeco del pim-pam-pum de la feria".

El exiguo número de esculturas que ornaban la ciudad en la década de los 30 del pasado siglo resulta muy sencillo de especificar. En la Taconera, el monumento a Sarasate (hoy dedicado a Hilarión Eslava, pero que sorprendentemente todavía sigue luciendo en su columna las notas de una composición del inmortal violinista); la estela de Juan Huarte de San Juan (ahora sita en la avenida de la Baja Navarra); la Mari Blanca, trasladada en 1927 desde la plaza de San Francisco; y el monolito a Navarro Villoslada en la calle Navas de Tolosa. En el paseo de Sarasate, el Monumento a los Fueros y las seis estatuas de reyes provenientes del palacio real de Madrid. Y en el corazón de la ciudad, tan solo la figura de San Francisco presidiendo su plaza y el Neptuno niño que corona la fuente realizada por Luis Paret en la del Consejo. En total 13 monumentos a los que vino a unirse, por breve tiempo, el dedicado a Teobaldo de Champaña en Vista Bella.

Mi padre, que en esa época era uno de los mocetes que por allí disfrutaban de sus correrías futbolísticas, fue quien primero me habló de tan desconocida escultura, y la verdad es que al principio no le creí, porque ni siquiera aparece recogida en el exhaustivo Pamplona: calles y barrios de J.J. Arazuri y tampoco queda testimonio gráfico de ella en el Archivo Municipal. Al final la búsqueda concluyó gracias a un artículo que en la revista bilbaína El Norte dedicó a su obra el propio Victoriano Juaristi, y que terminaba con el ya citado lamento por el maltrato que la estatua recibía por parte de los pamploneses. De hecho todo indica que para 1936, la figura, bastante deteriorada, fue retirada.

Sin embargo años después, en abril de 1948, y en las páginas de El Pensamiento Navarro, el recuerdo de la estatua del rey poeta resurgió en una jocosa polémica periodística entre Catón el censor (Vicente Galbete, a la sazón archivero municipal) y el propio Teobaldo I de Champaña (encarnado por el doctor Juaristi). Comenzó la disputa el primero recordando que "siempre había que explicar a los aldeanos de visita en Pamplona que aquella estatua no era una mujer, sino un Rey de Navarra".

El autor de la efigie, tocado sin duda en su amor propio de artista, salió en su defensa al día siguiente haciendo que la propia escultura expusiese su alegato: "¡Qué amargura! Durante mi breve estancia en aquel florido lugar, fui víctima constante del más atroz gamberrismo de mente y de acción […] Se mofaron de mí y me agraviaron villanamente machos y hembras, descamisados y personas de camisa planchada. Hasta que un día me fui a pedir asilo a casa del autor de mi traza, en cuyo huertecillo retirado estoy, cabe una higuera, siendo el más ilustre de los espanta-pájaros".

Y se cerró finalmente tan artística contienda con una columna titulada No te excites, Teobaldo, en la que el mentado Catón, quizás con demasiado sarcasmo, expone: "No estaba en nuestro ánimo el faltar a nadie, pero la culpa la tiene Vuestra Alteza por dejarse esculpir en batín. Si se hubiera puesto la armadura de los domingos, otra cosa hubiera sido […] Nos hacemos cargo de que a Vuestra Alteza -que se batió el cuero como los buenos en el monte Tauro, y que probó cumplidamente su condición de ome a través de tres matrimonios y nueve retoños- ha de hacerle poca gracia el que le tomen por lo que en Tafalla llaman un marimueta, pero, ¡qué se le va a hacer! El hábito no hará al monje, pero despista a la gente. […] ¿Que tuvo Vuestra Alteza que abandonar su banco en los jardines, debido al gamberrismo? No nos extraña. Estamos seguros además de que además, mucho lo habría sentido. Vuestra Alteza misma escribió aquellos inspirados versos: "Chacun pleure sa terre et son pays quand il se part de ses joyeux amis…". Pero, en aquella ocasión, más que joyeux, sus amigos -o al menos sus visitantes- resultaron ser pisseurs y… algo más. […] Bueno, don Teo, no le demos más importancia a la cosa, porque ya sabemos que hace tiempo que Vuestra Alteza ha perdido la cabeza. Confiamos en que esté todo aclarado".

Así pues, parece claro que además de varios ataques de carácter escatológico, aquel pobre Teobaldo de piedra sufrió no sólo que se pusiera en duda su hombría, sino que acabó siendo decapitado -un final que desde luego no pudo ser más regio-, hasta que sus restos hallaron refugio y descanso de su ajetreada existencia en el huerto de su escultor, donde se perdió definitivamente su pista.

Curiosamente, las otras dos obras escultóricas emprendidas por don Victoriano Juaristi sufrieron la misma mala fortuna, pues tanto el sarcófago de César Borgia en Viana (del que al menos quedan sendas réplicas en San Sebastián y en Játiva), como el Monumento a Roldán en Ibañeta, fueron destruidas, la primera durante la Guerra Civil y la segunda poco tiempo después.

Sirvan estas dos fotografías para dar a conocer un retazo bastante desconocido de la pequeña historia de Pamplona, y también para lamentar que, en lo tocante a respetar estatuas, sigamos tan asilvestrados como hace 80 años, como podrían atestiguar las frecuentes rinoplastias de la Mari-Blanca o las operaciones de miopía por la brava de quienes arrancaron las gafas de bronce al bueno de don José Joaquín Arazuri.



© Mikel Zuza Viniegra, 2011

lunes, 10 de enero de 2011

YO SOY MINERO





Palma de Mallorca. Palacio de La Almudaina. Madrugada del 19 de Octubre de 1459

De Carlos, príncipe de Viana, para aquella que quedó en Palermo y cuyo nombre sólo a mí me pertenece...

Io scrivo e penso a te,
torno a casa e penso a te,
gli campanili e intanto penso a te...

Come stai e penso a te,
dove andiamo e penso a te,
le sorrido abbasso gli occhi e penso a te...

Non so con chi adesso sei,
non so che cosa fai,
ma so di certo cosa stai pensando...

È troppo grande la città per due che come noi,
non sperano però si stan cercando,
cercando...

Scusa, è tardi e penso a te,
ti accompagno e penso a te,
non sono stato divertente e penso a te...

Sono al buio e penso a te,
chiudo gli occhi e penso a te,
io non dormo e penso a te...


© Mikel Zuza Viniegra, 2011

miércoles, 5 de enero de 2011

NOCHE DE REYES






Está el buen rey don Teobaldo I abrumado por la cantidad de correo acumulado sobre su mesa, pues dio permiso a todos los secretarios y cancilleres para que pudieran pasar las navidades en sus casas, pero como no hizo lo mismo con los carteros reales, el número de misivas no ha dejado de crecer exponencialmente.

Muchas de las cartas son únicamente peticiones de favores que exigirían una investigación previa para saber si realmente merecen tales regalías todos aquellos que las solicitan, olvidando que el poder de un Rey de Navarra también tiene unos límites. Pero, repentinamente, uno de los lacrados pergaminos cae al suelo, y cuando el soberano lo recoge puede leer en su remite:

Dª María de Domezain
Palacio de Olloki
A.D. 1252 - ESTERIBAR



Y rompe don Teobaldo el sello adornado por los tres palos con bordura aspada, armas de aquellos palacios. Se coloca sobre la nariz unos modernos anteojos y lee:

-Majestad: no quisiera cansaros con la lista de todas las ocasiones en las que mi marido Pedro os auxilió cuando se lo pedísteis. Bastará con que os recuerde cómo salvó vuestra vida en aquella jornada del Monte Tauro, cuando evitó con su arrojo que cayérais en manos de las tropas del Soldán de Iconio, o cómo él fue el primero en asaltar la inexpugnable ciudad de Antioquía, cuya muralla estaba protegida por más de cuatrocientas cincuenta torres...
Justo es reconocer que vos saldásteis la deuda en aquella mítica jornada de Alamut, cuando arrebatásteis al Viejo de la Montaña los curativos frutos de su mágico jardín, salvando con ellos la vida de vuestra hueste. Muchas veces me habló Pedro de aquella milagrosa sanación, y por eso me atrevo a pediros ahora que, si aún conserváis algún pedazo de aquellos misteriosos productos de la huerta de Hassan-Al-Sabbah, me lo enviéis con premura, pues mi pequeño hijo se halla en trance de muerte, y si vos no le socorréis temo que nuestra familia llegue a su fin, pues bien sabéis que Pedro falleció hace ya dos inviernos...


Claro que recuerda el rey todo lo que doña María le ha escrito, aunque haga ya tantos años de aquellas batallas. Desde su palacio de la Navarrería no se divisa Olloki por muy poco, y sabe que en condiciones normales sería sólo un paseo, pero enero ha empezado muy frío, y todos los caminos permanecen cubiertos por un grueso manto de nieve. Aún así no puede poner a los astros y la meteorología como excusa para no ayudar a quien de manera tan gentil se lo solicita, así que se pone a revolver en su armario secreto, allí donde guarda todos los recuerdos de su paso por Tierra Santa, y entre inciensos, mirras y muchas otras especias orientales, descubre que lo que queda de aquellas sobrenaturales frutas del Alamut apenas cubre la uña de su dedo meñique. Es cierto que curó con ellas varias fiebres de sus hijos los príncipes Teobaldo y Enrique, pero no recordaba haber empleado tanta cantidad...

Y le asalta entonces la tentación de reservar ese último pedazo para sí mismo y para los suyos, pues nadie sabe cuando llegará la enfermedad a su casa, y conviene estar prevenido. Pero ve reflejado su rostro en ese momento en el espejo que le regaló una princesa árabe, nieta de don Saladino, y comprende entonces que si actuase de manera tan infame con doña María, nunca más podría volver a mirarse en azogue alguno sin sentir una profundísima vergüenza, así que acicala su larga y rizada barba blanca, se coloca la refulgente corona real de Navarra, viste sus mejores y más coloridas galas, y mete todas aquellas especias, incluida la de Alamut, en su zurrón.

Hace después llamar a sus hijos, y les ordena que se pongan también sus más lujosas ropas. El príncipe Enrique, no obstante, pide permiso a su padre para no salir de palacio en noche tan fría, y eso enfada mucho a don Teobaldo, que ve como su hijo pequeño empieza a tomar el mismo contorno que aquel Patriarca que conoció en Jerusalén, que estaba tan orondo que, antes que andar, prefería bajar rodando las escalera que une la explanada del Templo con el Santo Sepulcro...

Tras amenazarle con una buena tanda de puntapiés, don Enrique se muestra mucho más dispuesto a cumplir el mandato de su padre, aunque previendo que el viaje pueda ser largo, llena sus alforjas hasta los topes de dulces y de carbón del que fabrican en Casa Ataun, en la Rúa Mayor, no vaya a ser que queden cercados en el camino por los altísimos murallones de nieve...

El caballerizo mayor deja bien claro al monarca que es imposible que ni siquiera Jasón, su indómito corcel, pueda llegar a Olloki en aquellas heladas condiciones, pero le hace recordar que hay en las cuadras reales otras jorobadas bestias que sí poseen la capacidad todo-terreno. Se las regaló a don Teobaldo el Soldán de El Cairo, cuando por fin se establecieron entre ellos las ansiadas treguas, y aunque costó mucho traerlas a Navarra, y desde entonces lo único que han hecho ha sido comer y rezongar -que es un ruido muy curioso el que hacen estos animales-, hora va siendo ya de que demuestren su valía.

Dicho y hecho, montan los tres en aquellas extrañas cabalgaduras y se lanzan al camino, pero antes envían por delante al mensajero Sagastibelza para que les vaya abriendo la ruta. Va él subido igualmente en otra de esas gibosas monturas, cuyo nombre y figura se le hacen de lo más apropiados para bautizar algunas de esas hierbas tostadas que los vikingos trajeron de allende los mares. Y lleva también con él un gran farol de barco, pues se le ha ocurrido que así, en cuanto llegue al palacio de Olloki, podrá colocarlo encendido en lo más alto de la torre, para que su luz guíe a los tres reyes -que uno ya lo es, y los otros dos probablemente llegarán a serlo algún día-, sin contratiempos hasta su destino...

Sólo los fuegos que aquí y allá mantienen encendidos los guardas de los castillos que bordean la cuenca, dan algo de color a la desértica y helada campiña, pues los vecinos de Ansoain, Burlada, Villava y Huarte han sido lo suficientemente juiciosos como para no abandonar sus hogares en noche tan cruda. Pero a los pocos que se aventuran por sus calles, les arroja el rey, para desesperación del avaricioso príncipe Enrique, caramelos y mazapanes sin cuento, e incluso van los tres recogiendo cartas con peticiones que muchos les entregan, que no era poca cosa en aquellos tiempos poder ahorrarse los siempre carísimos sellos de cera...

Y cuando, al ceremonioso paso de las criaturas que montan, ascienden el último cerro que les impide ver Olloki, descubren que el siempre ingenioso Sagastibelza no sólamente ha encendido el farol en la torre, sino que ha colocado también otros más pequeños entre y sobre cada almena, de tal forma que parecen todas aquellas luces fiero cometa celeste, a cuyo oscilante resplandor se han ido acercando también muchos sorprendidos pastores.

Y ya les está esperando doña María en la puerta con su hijo en brazos. Han tenido que refugiarse en los establos, para que el niño reciba algo de calor del único buey y la única mula que les quedan, pues la leña también se agotó hace días y las chimeneas permanecen calladas sin poder lanzar al cielo sus cálidos mensajes de humo. Sagastibelza ya ha dispuesto varias cuadrillas de leñadores para cuando don Teobaldo y sus hijos lleguen al patio del castillo.

Y tiene don Enrique su rostro tiznado de negro, sin duda porque no ha parado en todo el viaje de comer el carbón dulce de Casa Ataun, y su hermano lleva una gruesa pelliza protegiéndole el cuello, que talmente parece el barbudo y babilonio Nabucodonosor. Y rodea el rey con su manto al pequeño, y le hace comer el último pedazo de las extraordinarios frutos del Viejo de la Montaña que, como era de prever, surte un efecto inmediato en la salud del mocete, que ríe y se mueve como si nunca hubiera estado enfermo.

Y hay aquella noche fiesta grande en Olloki, pues vuelve el palacio a llenarse del calor de antaño con los aromáticos troncos de las sabinas mezclados con los inciensos y las mirras orientales que arden en el hogar, y dan también los dos príncipes sus coronas de oro y gemas a doña María, que al punto ordena repartirlas entre todos los que han venido a ayudarla. Y si el propio rey no se la entrega, es porque la que él lleva es la misma que portaron sus antepasados, y la que ha de ornar la cabeza de sus sucesores, si Dios así lo quiere. Pero sí que saca del petate su laud y entona para todos los presentes algunas de sus canciones más alegres.

Que no es poco regalo -piensa con mucha razón- ser obsequiados por un rey trovador...



© Mikel Zuza Viniegra, 2011