viernes, 27 de julio de 2018
CELOS ENTRE ESCRITORES
-Al final nos pillarán, ya lo veréis...
-¡Bah, si no se fija nadie en nosotros!
-Pues Zuza ya se dio cuenta aquella vez...
-¡Pero si venía de las tabernas de la rúa de San Nicolás y llevaba un tablón de campeonato! Debió parecerle que se lo había imaginado...
-¡La culpa fue tuya, Arbolancha, que te despistaste y en vez de volver a tu sitio te pusiste en el de Sada! ¡Y encima tú miras a la izquierda y te colocaste entre los que miran hacia la derecha!
-¿Culpa mía? ¡Pero si la idea de que nos moviéramos cada noche fue vuestra, príncipe!
-¿Y qué queríais, que nos mantuviéramos así de quietos otros 122 años más? Mira que le inspiré en sueños al pesado de Ansoleaga que cuando proyectase la fachada del Archivo nos colocase en parejas para poder mantener interesantes conversaciones, y no cuatro mirando a un lado y otros cuatro mirando al otro, pero nada, era un sieso. Tanto que a mí, que soy el más importante de todos vosotros, me colocó en el extremo, y a Azpilicueta y a Ximénez de Rada en el centro ¿Dónde se ha visto cosa igual?
-A ver si os pensáis que teneros tan cerca es plato de gusto, príncipe, siempre aguantando vuestra batallita sobre la Cuarta Parte de vuestra Crónica. Empiezo a pensar que no la escribísteis nunca...
-¿Y me lo decís vos, fray Diego, que sois el autor del tratado más aburrido que vieron los siglos? Porque somos de piedra y no tenemos que dormir, porque si no, bastaría con que cada noche nos leyéseis dos o tres líneas de vuestro libro para que nos pusiéramos a roncar...
-¡Seréis insolente y maleducado! ¡Pues vos sois un plagiario, que copiastéis (sin citarlo) más de la mitad de vuestra obra a Garci López de Roncesvalles! ¡Él es quien debiera estar representado en esta fachada, y no vos!
-¡Lo que pasa es que en el siglo XV no estaban regulados los derechos de autor! ¡Además: si nosotros somos los ocho mejores escritores de Navarra, vos sois quien no pinta nada aquí, fray Diego, porque aburrís a las piedras con vuestra latiniparla incomprensible!
-Ya, ya... Pues si tan príncipe fuísteis, ¿por qué no los regulásteis vos? ¡Escritor de boquilla es lo que sois vos, don Carlos!
-¡Y dale! Ya están el principe de Viana y fray Diego de Estella discutiendo otra vez... 122 años y no ha habido noche que no acabasen igual, menuda suerte tenemos, padre Moret, de estar al otro lado.
-Y tanto, señor de Jaso, y tanto. Pero...¡Chist, calláos de una vez, que vienen los forales!
-¡Uff, casi nos pillan esta vez!
-¿Esos, qué nos van a pillar? Otra cosica eran mis guardias del palacio de Olite, a ellos si que no se les escapaba ni un alborotador. Además, que estos forales, desde que les quitaron las txapelas, no han vuelto a ser los mismos. Con esas gorras parecen una mala imitación de los ayudantes del departamento del Sheriff del Condado de Maricopa (Arizona, Estados Unidos).
-¡Vaya con el "intelectual", que se pasa todas las mañanas oyendo los programas de crímenes de la Sexta que nos llegan desde el balcón abierto del restaurante San Ignacio! Sabréis vos mucho de gorros, que ese que os puso Ansoleaga sobre vuestra molondra parece talmente un cono de tráfico...
-¿De verdad queréis que os diga dónde podéis meteros este cono, fray Diego? ¡Al cabo que a vos os representó mejor nuestro pésimo arquitecto, que parece que llevais un queso de tetilla en vuestra oronda cabezota!
-¡Nada, que no se cansan estos dos pelmas! ¿No será que tenéis alguna tensión sexual no resuelta? ¡Iros al Yoldi los dos y dejadnos dormir a los demás, coñe!
-¿Pero qué estáis insinuando, Sada? Mirad que él se quita el gorro y yo no atiendo a la tonsura y la tenemos...
-¡Cuando sea rey lo primero que pienso ordenar es que raspen vuestros siete medallones y que retallen por encima a siete damas más bellas que Sigrid de Thule. El harén de la avenida de San Ignacio nos van a llamar, ya lo veréis...
-Buenoooo, ya se ha debido quitar el gorro y le ha vuelto a dar el sol en la cabeza... ¿Y así vamos a tener que estar 122 años más? Porque entonces igual pido el traslado a la Taconera, que me coloquen a los pies de Mariblanca y pueda así perderos de vista a todos, ¡socansos!
-¡Chist, Moret, calláos todos, que está amaneciendo! Hasta dentro de unas horas, y a ver si mañana nos despertamos los ocho un poco menos vinagres que de costumbre, por favor...
© MIKEL ZUZA VINIEGRA, 2018
jueves, 28 de junio de 2018
I WILL SURVIVE
Estella, 28 de junio de 2018
Una de
las más curiosas historias que se perdieron cuando ardió el archivo de la iglesia
de San Miguel de Estella en el verano de 1739, es el acta judicial de un
proceso del año 1503, que relataba lo sucedido apenas doce meses antes, durante
las celebración del torneo organizado en aquella ciudad por los reyes Catalina
y Juan de Labrit para agasajar a la embajada del archiduque Felipe de Borgoña.
Dicho
pleito sólo podemos conocerlo hoy en día por los breves apuntes que el erudito
local Andrés María de Errazquin tomó de las actas originales en el siglo XVI,
mientras preparaba su libro: “Glorias inmarcesibles de la ciudad de Estella y
corolario angélico que lleva directamente a los Cielos a los naturales de esta
villa, siempre favorecidos por la intercesión divinal y regia, desde los
tiempos de la invasión agarena hasta el feliz reinado de S. M. Felipe IV de
Navarra, II de Castilla”.
Anota
el ilustrado estellés cómo, agobiados siempre los reyes de Navarra por la presión
de los reyes Isabel y Fernando, buscaron a la sazón apoyo y alianza en el
todopoderoso duque Maximiliano de Borgoña, y en su joven hijo, Felipe, que fue
con quien, al parecer, mejores migas hicieron, quedando muy prontamente
concertado el envío de una embajada borgoñona que confirmase públicamente a
todos los reinos y estados del mundo la unión entre Navarra y Borgoña.
La
inminente llegada de la delegación, y el mal estado de la capital del reino
tras tantos años de guerra civil entre beaumonteses y agramonteses, hicieron
que nuestros sagaces reyes pensasen en Estella como el mejor lugar para recibir
a los embajadores del norte, pues a todos era notorio que tenía esta ciudad
suficientes atractivos como para deslumbrarlos, no siendo el menor de los
cuales el ornato y engalanamiento que justo en ese mismo año de 1502 se estaba
llevando a cabo en la parroquia de San Miguel, cuyo retablo mayor estaba siendo
esculpido por el maestro Terín, un famoso artífice aragonés.
Por si
acaso el arte que podían costear los monarcas navarros no impresionaba demasiado
a los viajeros, al fin y al cabo acostumbrados al lujo borgoñón, el rey Juan
decidió obsequiarles con un torneo donde pudieran mostrar sus habilidades
guerreras, enfrentándose a la flor y nata de los caballeros navarros.
Nadie
de los presentes en Estella cuando arribó la comitiva, podrá olvidar nunca la
prestancia y distinción de los recién llegados, sobre todo de quien los
comandaba: el duque Roberto Van Breukelen, cuya armadura dorada y plateada
deslumbraba al sol de los primeros días del verano. Cuenta la crónica que,
cuando el duque se apeó de su caballo y se quitó el yelmo para hacer la
reverencia a Sus Majestades, una cascada de bucles rubios, más brillantes aún
que el oro que punteaba su arnés, cayó sobre sus hombros, provocando un
murmullo de admiración en toda la concurrencia: ¡Qué guapo, por Dios!
Hay
quien dice que hasta se lo escuchó decir a la reina doña Catalina, pero esto es
algo sobre lo que los historiadores no se ponen –todavía hoy- de acuerdo. De lo
que sí podemos estar seguros, gracias a las anotaciones de Errazquin, es que
uno de los que más prendados quedó fue el citado maestro Terín, que en aquel
mismo momento quedó prendado y sojuzgado por la belleza de don Roberto. Esto,
que hoy en día no asombra a nadie que tenga dos dedos de frente, pudo costarle
la vida al renombrado escultor, pues tal y como afirmaba el proceso judicial hoy
perdido, no era el artista persona que escondiese sus sentimientos, como
demostró fehacientemente comenzando a tallar la figura del santo titular,
copiando escrupulosamente cada uno de los rasgos del duque, lo cual provocó
hondo rechazo en algunos miembros del Consejo Real, singularmente en el obispo
don Martín de Ilurdoz, que amenazó con anatemas (y quien sabe si también con
hoguera) a cualquiera que propagase entre sus fieles lo que el denominaba como “pecado
nefando”.
Llegó
el obispo en su mal propósito a invertir de su propio pecunio (cosa
extremadamente rara en los de su condición, que siempre prefieren tirar con pólvora
del Rey) en la contratación de dos nuevos agentes que él creía que contribuirían
a terminar definitivamente con aquella sensación de pecado que se había
extendido por Estella. El primero, el mejor caballero nacido entre las mugas
del reino: Francés de Beaumont, que llevaba fama de no haber sido nunca
derrotado en combate real ni menos aún en torneo, que se encargaría de apalizar
al advenedizo borgoñón. Y el segundo, un imaginero traído a toda prisa desde las
obras de la catedral de Santo Domingo de la Calzada, para que lo inmortalizase y lograra
opacar con su arte a la blasfema imagen que estaba tallando el maestro Terín.
Llegó
el día del torneo. No se puede decir, ni aún siquiera se podría imaginar, el
garbo que ambos contendientes demostraban. Llevaba Jorge sus mejores galas bélicas:
peto forrado de raso carmesí y pancera acanalada brillante y plateada. Roberto
repetía la indumentaria del día de su llegada: arnés blanco con pancera y
faldellín de oro y una capa escarlata sobre los hombros. Combatieron primero a caballo, y cuando quedó claro que
ninguno podría descabalgar al otro, lucharon a pie, hasta que el ahogo por
tanto esfuerzo les obligó a quitarse los yelmos.
Lo
cierto es que, movidos por la inquina que terceras personas habían sembrado
esos días entre ellos, no habían llegado a verse todavía las caras, así que
cuando se desprendieron de sus respectivos cascos y camailles, no pudieron
dejar de sentirse fascinados el uno por el otro, pues es de saber que nadie creía
que pudiera haber otros dos caballeros más fuertes y hermosos en toda la Cristiandad. De
suerte que cuando decidieron firmar tablas en su pelea, nadie se llevó las
manos a la cabeza, excepto el señor obispo, que parecía a punto de echar espuma
por la boca.
Esa
misma noche, los dos caballeros –misteriosamente- desaparecieron, unos dicen
que se refugiaron en la corte de Portugal (siempre más abierta y tolerante),
otros que cruzaron de la mano el mar, rumbo a los nuevos territorios recién
descubiertos. El obispo exigió a don Juan y doña Catalina que salieran sus
tropas a darles caza, pero es fama –recogida en el acta desaparecida, y
atestiguada ada por el docto Errazquin- que ambos contestaron al unísono que no
eran ellos quiénes para cuestionar lo que los poetas más famosos de aquél
momento sabían, pues:
“Es amor fuerza tan fuerte,
que
fuerza toda razón.
Una
fuerza de tal suerte,
que
todo ingenio convierte,
por su
fuerza y afición.”
Condenaron
pues los reyes al obispo a permanecer callado, pero también a pagar al tallador
contratado la estatua de San Jorge, de tal forma que incluso hoy en día, pueden
ver quienes se acerquen a aquella iglesia en lo alto de Estella los retratos de
Francés y de Roberto, camuflados como los santos guerreros por excelencia: uno
en su capilla exenta y otro en el ábside. Y como es Estella ciudad en la que
llueve bastante y pugna por salir el sol entre las nubes, algunas veces, como
probablemente en el día de hoy, un arco iris une esas mismas manos que cruzaron
el mar para dejar atrás mezquindades y prejuicios.
![]() |
| SAN JORGE DE ESTELLA |
![]() |
| SAN MIGUEL DE ESTELLA, por el Maestro Terín |
Y esta
historia fue escrita el 28 de junio, Día Internacional del Orgullo LGBT, que
esta vez coincide además con una tormenta mediática sobre la figura del San
Jorge de Estella, que llevaba 500 años en la tranquilidad de su anonimato, y que
a él volverá a pasar otros 500 más, si le dejamos entre todos –yo incluido-
en paz.
© MIKEL ZUZA VINIEGRA, 2018
martes, 29 de mayo de 2018
ENTREVISTA EN EXCLUSIVA AL PRÍNCIPE DE VIANA
El
príncipe Carlos nos recibe hoy, 29 de mayo de 1461, en su cámara privada del
Palau Reial de Barcelona. Su semblante es pálido, como corresponde a un
convaleciente. Está rodeado por docenas de libros, y sobre la mesa lateral hay
por lo menos otros diez más abiertos, destacando entre todos ellos, sobre un atril,
el Breviario de San Luis de Francia, el libro que un ángel le bajó del cielo
cuando aquel rey –antepasado del propio Carlos- estaba prisionero de los
sarracenos en Egipto. La pared del fondo tras el sillón donde el príncipe descansa,
está cubierta por un lujoso tapiz con las divisas de los reyes de Navarra: las
guirnaldas de hojas de castaño, los triples lazos y los lebreles blancos. Una
estantería baja aparece repleta de objetos: pequeños ajedreces tallados del
tamaño de una nuez, cuernos de unicornio, el collar de la orden de Bonefoy, una
estatua de marfil que representa al propio primogénito de Navarra y Aragón…
Príncipe
de Viana: Pasad, pasad. Acomodaos donde podáis. Disculpad el desorden, pero
tengo la mala costumbre de leer varios libros a la vez, y me gusta tenerlos siempre a mi alrededor. Me tranquiliza pasar mis manos sobre ellos, más todavía ahora,
que desde que mi madrastra me liberó de mi infecta prisión en el castillo de Morella,
no termino de recuperarme del todo. En cualquier caso, recordad que si he
accedido a que me cuestionéis sobre mi vida ha sido a cambio de un pequeño
favor que al final de nuestra reunión os explicaré…
Mikel Zuza:
No hay nada por lo que tenga que disculparos, alteza, que yo también tengo
muchos libros empezados sobre mi mesilla. En cuanto a ese secreto “favor”,
sabré agradecer que me hayáis concedido esta exclusiva.
P de V:
¿Luego amáis también los libros? Me place, seguro que nos llevaremos bien vos y
yo.... Pero comenzad ya con vuestra entrevista, por favor, que me encuentro
algo cansado…
M. Z:
La primera pregunta no puede ser otra que vuestra opinión sobre la complicada
situación que ahora mismo se está dando en Cataluña, donde habéis sido nombrado
lugarteniente perpetuo por los consellers de la Generalitat.
P. de
V: Agradezco al pueblo catalán que me haya acogido durante este último año.
Confieso, en honor a la verdad, que hasta ese momento no sabía yo gran cosa
sobre este reino, absorbido como he estado durante tanto tiempo por mis
problemas para ser reconocido como rey de Navarra por mi padre. Pero ahora que
he tenido la suerte de vivir en Cataluña, creo compartir sus justas
reivindicaciones.
M. Z:
Precisamente dados vuestros antecedentes, ¿creéis que en Cataluña el rey don
Juan cederá en todas aquellas cuestiones que, aún referidas a Navarra, no ha querido
tratar con vos durante casi veinte años?
P. de
V: Mi padre siempre ha sido para mí un enigma dentro de un misterio. El enigma
es por qué se ha negado siempre a cederme la corona de mis antepasados. El
misterio es por qué le importa tan poco el reino de Navarra. Llevo cinco años
ya fuera de mi casa, que está y ha estado siempre en Olite. Mi padre se niega a
dejarme volver a Navarra, tiene miedo de que pueda volver a alzarme contra él.
En realidad, ese es el problema: a pesar de su inmenso poder, mi padre es un
hombre que siempre tiene miedo, y transmite ese horrible sentimiento a todo lo
que le rodea. Y del miedo al odio sólo va un paso. No hemos llegado a
conocernos nunca él y yo, supongo que también por mi culpa. Lo malo es que
nuestras discrepancias personales han acabado afectando a muchos inocentes. Eso es lo peor
de todo.
M. Z: Y
vos, príncipe: ¿tenéis miedo?
P. de
V: Pues claro que sí, como cualquier hombre normal. Tengo miedo a defraudar las
expectativas que mucha gente ha puesto en mí. Muchos de mis partidarios lo han
perdido todo –incluso la vida- por seguir mi causa. Muy mala persona tendría
que ser yo si eso me dejase dormir sin remordimientos.
M. Z:
Perdonad que me atreva a preguntároslo, alteza, pero las calles de Barcelona
bullen con el rumor de que vais a legitimar a vuestro hijo Felipe casándoos por
fin con doña Brianda…
P. de
V: Mi vida personal sólo me pertenece a mí. Hablemos de política todo lo que
queráis, pero dejad a mi familia al margen. Creo que con esto respondo también
a vuestra impertinente pregunta, pero por si acaso aclararé que nunca –reitero-
nunca, traspasaré la pesada carga que he soportado yo durante todo este tiempo
a un pobre niño de cinco años. Conozco demasiado bien a las facciones que me
rodean como para no saber que lo despedazarían en pocos meses. Que viva su vida
lo mejor que sepa o le dejen, no habrá mayor regalo que yo pueda hacerle.
M. Z:
Disculpad que insista, pero esas mismas voces dicen que vuestra enfermedad no
tiene cura, así que, si actuáis de esa manera, vuestro partido quedara
descabezado cuando… Cuando…
P. de
V: ¿Cuándo yo muera? Sed osado, y no os preocupe mentarme a la parca. Según el
día, la veo más como un descanso largamente anhelado que como una interrupción.
He dado lo mejor de mí para defender mis derechos, siempre con menos medios que
mi padre, así que ahora no tengo miedo a enfrentarme al Creador. Quiero
preguntarle yo también por qué ha permitido que me ocurrieran ciertas cosas…
M. Z:
Decís que habéis dado lo mejor de vos, pero… ¿ha sido siempre así? ¿Qué teneéis
que decir a quienes os acusan de no haber tratado demasiado bien a vuestra
esposa, la princesa Agnes de Kleves? ¿Qué quizás amabais más a otra…?
El
príncipe se revuelve en su sillón, y claramente enojado, argumenta:
P. de
V: ¡Ya os he dicho que mi vida privada es sólo mía! Si ocurrió algo malo o no
entre Agnes y yo, es algo que sólo a nosotros dos incumbía, y ella murió hace
ya trece años. Pero si eso satisface a vuestros lectores, aseguro que no hubo
ninguna otra mujer mientras ella vivió y que, actuando de forma tan respetuosa con
mi matrimonio, quién sabe la fama que me gané teniendo en cuenta que mi padre,
por ejemplo, me dio cuatro o cinco (ni él mismo se acuerda) hermanos bastardos
mientras estaba casado con mi madre –de gloriosa memoria- la reina propietaria
doña Blanca de Navarra.
M. Z:
Cambiemos pues de tema: ¿cómo recordáis a vuestra madre?
P. de
V: Con cariño y con añoranza. Fue una gran madre, y le agradezco la educación
que me dio, dirigida exclusivamente a hacerme amar Navarra, y a llegar a ser el mejor rey
que esa tierra hubiera tenido nunca.
M. Z:
¿A pesar de su controvertido testamento, en el que directamente os ordenaba no
tomar la Corona
de Navarra sin el consentimiento de vuestro padre?
P. de
V: Incluso a pesar de ello. Tengo fundadas sospechas de que esa malhadada
cláusula no le fuera impuesta por mi padre, aunque no pueda yo probarlo. Lo que
si puedo mantener públicamente es que cuando la reina se sintió morir, dos años
más tarde, me envió una carta en la que me decía que me olvidara de su
testamento y me alzara rey. Fui demasiado confiado, y reenvié ese documento a
mi padre, quien, sin dejarlo hacer público, lo rasgó en mil pedazos…
![]() |
| Un momento de la animada conversación entre el príncipe de Viana y Mikel Zuza, miniado por Guillem de Hugoniet. |
M. Z:
Eso me lleva a una de las principales acusaciones que vuestros adversarios os
hacen: que sois demasiado bueno, que no se puede medrar en política con vuestra
forma de ser.
P. de
V: ¿Y qué quieren todos esos? ¿Qué sea igual de malo que ellos? Debieran estar
contentos de que un gobernante intentara ser bueno –conseguirlo ya es otro
asunto-, y no de que fuera tan malo o peor que muchos de los que ya han tenido
que sufrir. Pero este mundo está loco, y parece marchar siempre del revés. ¿Habéis
leído a Aristóteles? Pues una vez dijo que es muy santa cosa preferir la
verdad al honor. Yo he intentado atenerme siempre a esa norma de conducta.
M. Z:
Me recuerda al lema personal de Miguel de Unamuno: “La verdad antes que la paz”.
P. de
V: No lo conozco, ¿quién es ese tal Unamuno?
M. Z:
Alguien que se enfrentó a los tiranos.
P. de
V: Pues entonces tenemos mucho que ver él y yo.
M. Z:
Reconocedme, sin embargo, que vuestro padre parece mostrar más cintura política
que vos…
P. de
V: Por supuesto que no os lo reconozco. Mi padre lleva combatiendo en distintos
escenarios, sobre todo en Castilla, desde que tenía 15 años. Ahora tiene más de
60 y sigue igual: llevando la guerra, el hambre, la ruina y la pobreza a todos
los territorios que han tenido la desgracia de cruzarse en su camino. Si la
pregunta es si me gustaría ser igual que él, y convertirme en otro Quinto
Jinete del Apocalipsis, mi respuesta es bien rotunda: ¡Nunca jamás!
M. Z: Y
no creéis que pensar así os ha acarreado quizás demasiados males?
P. de V:
Por supuesto: el peor de todos es el exilio. He conocido tierras muy hermosas,
llenas de sabios y de cosas bellísimas, pero ni un solo día he dejado de
anhelar mi retorno a Navarra. Luego está el asunto de mi quebrantada salud, que
yo achaco a…
M. Z: Perdonad
que os interrumpa, ¿Qué achacáis quizás a algún veneno?
P. de
V: Veo que habéis hecho bien vuestros deberes... Sí, siempre he tenido miedo de
ser envenenado. Quizás no por mi propio padre, aunque lo considere muy capaz,
sino por alguno de los muchos ambiciosos que le rodean. Y los peores de todos
ellos son los dos hermanos Peralta, mosén Pierres y mosén Luis; pero sobre todo
el almirante de Castilla, don Fadrique, el padre de la segunda mujer de mi
padre. Hasta que sus nietos no se queden con la herencia de los nietos de mi
señor abuelo, el rey don Carlos III el Noble, no cejará en su empeño…
M. Z:
Esa es sin duda una acusación muy grave, alteza…
P. de
V: Grave pero cierta. La he sostenido yo de muchas maneras a lo largo de estos
años de tribulaciones. Hasta recuerdo que hice una obra de teatro, una noche,
en el palacio de Tafalla, para ofenderle. ¡Dios, qué bien lo pasé aquella noche
al echarle en cara unas cuantas verdades!
M. Z:
Pero no habéis terminado de contarme el asunto del veneno…
P. de V:
¿Y qué queréis que os diga sobre ese particular? Si lo han hecho ya, no tengo
yo remedio, pero lo cierto es que los embajadores del rey Enrique de Castilla
(mi excuñado, otro que además de repudiar a mi hermana Blanca, sólo me ayudó
cuando mejor le pareció) me advirtieron hace sólo unos meses de que mi padre no
me permitiría casarme con Isabel de Castilla, como es mi deseo, porque la tiene
reservada para mi hermanastro Fernando; que jamás me dejará reinar en Navarra
ni me reconocerá la primogenitura aragonesa, porque quiere que “sólo haya un
rey en toda España” y que ese sea el ya mencionado Fernando; y sobre todo me
advirtieron de que tuviera mucho cuidado, porque para conseguir ese supremo
objetivo, pensaban envenenarme, pues yo soy el único obstáculo que se les
opone.
M. Z:
¿Y dais créditos a esos embajadores?
P. de
V: ¿Y vos, les dais crédito vos, que parecéis tan bien informado?
M. Z:
…. No sé bien qué deciros, alteza. Yo…
P. de
V: Tenéis razón: hay poco que añadir... Una última pregunta, por favor, comienzo
a sentirme indispuesto.
M. Z:
¿Qué os gustaría que pensaran de vos las generaciones futuras?
P. de
V: ¿Y qué me puede importar a mí su juicio? Decidles lo que acabo de contaros:
que lo hice lo mejor que supe. Quizás no han llegado los tiempos en que el
Gobierno haya de ponerse en manos de las buenas personas o al menos de las que
crean un poco en la Justicia. Quizás
sea en vuestro tiempo cuando tal cosa pueda al fin alcanzarse. Quizás hubiera
sido mejor para todos que yo me hubiera conformado con seguir leyendo libro
tras libro en el terrado del palacio de Olite, sin tomar la espada contra mi
padre, aunque no sea yo precisamente de los que creen que las armas y las letras son como el
aceite y el agua. Pero sí que nunca quise que nadie sufriera daño por mi culpa o
en mi nombre. Quizás me gustaría que ese fuera mi epitafio, aunque sé bien que
mi siempre misericordioso padre no me dejará volver a Navarra ni muerto. Es
igual: yo soy Navarra, y donde yo vaya, Navarra irá conmigo.
M. Z:
¿Y el favor que me habéis solicitado para concederme esta entrevista?
P. de
V: Ah, sí: ahora soy yo quien quiere haceros unas cuantas preguntas…
M. Z:
Esto no es muy habitual…
P. de
V: Frecuente o no, os negaré el permiso para publicar todo lo que os acabo de decir
si no cumplís esta condición. Pero tenéis que decir estrictamente la verdad.
M. Z:
Entonces, adelante…
P. de
V: Confesad que más de una vez habéis soñado con ocupar mi lugar…
M. Z:
Apenas recuerdo lo que sueño, así que podría ser. En cualquier caso, si me
hubiera gustado ser vos, hubiese sido siempre antes del año 1451. Después,
vuestra vida ya fue un cantar mucho más triste…
P. de
V: ¿Estáis diciendo que me habríais abandonado a partir de esa fecha? No os
creo.
M. Z:
No, probablemente no lo hubiera hecho, me encantan las causas perdidas. Decía
Borges que son las únicas que merecen ser defendidas por un caballero.
P. de
V: ¿Y quién es ese Borges? Seguro que alguien que jamás tuvo que defender sus
derechos en una batalla campal…
M. Z:
Es otro escritor, alteza.
P. de
V: Ah, yo también soy escritor. ¿Habéis leído mi Crónica de los Reyes de
Navarra? Sí, claro que la habéis leído… Sé que habéis escrito vos mismo un
libro sobre mí. Basado nada menos que en las acusaciones que tuvieron la osadía
de hacerme mis enemigos mortales, los Peralta, cabecillas del bando agramontés…
M. Z:
Pues sí, pero no creáis que les doy una credibilidad total a sus denuncias. A
unas sí, y a otras no. Para ellos sois un demonio y para otros seréis un santo.
No obstante, sólo sois un hombre, con mejores o peores cualidades y virtudes,
como todos. Y sobre vuestra Crónica: sí, por supuesto que la he leído, al menos
sus tres primeras partes. Si me hicieseis el gran favor de dejarme leer la
cuarta parte, ahora que además no hay duda alguna de que la escribisteis…
P. de
V: ¿Y qué duda podría haber sobre eso? ¿Acaso alguien puede ser tan lelo como
para pensar que no iba a contar yo de primera mano todo lo que había sucedido
entre mi padre y yo? Naturalmente que podréis leerla, aunque antes me gustaría
saber qué represento yo exactamente para vos.
M. Z:
Después de tanto tiempo dedicado al estudio de vuestra vida, os confieso que me
gustaría considerarme vuestro amigo. Pero no me pidáis a mí un veredicto, que
al fin y al cabo he actuado casi como abogado vuestro en mi libro. Que sean los
lectores quienes juzguen si vos hubieseis sido o no el mejor gobernante que
Navarra hubiera podido tener. Yo, albergo pocas dudas al respecto.
P. de
V: Qué diplomático, amigo Mikel… ¿Qué decís si os ofrezco un puesto junto a los
más leales, aquellos que no me han abandonado ni en los peores momentos? A Johan
de Beaumont, Johan Pérez de Torralba, Johan de Cardona, el bachiller Pedro de
Sada o mi bibliotecario, el poeta fray Pere Martínez, me estoy refiriendo. Al
fin y al cabo, lleváis mucho más tiempo que ellos siendo seguidor mío. Hoy
mismo, 597 años exactos, si no me equivoco. Por supuesto el cargo no será
remunerado, sin duda sabéis que mis posibilidades económicas son siempre
bastante reducidas…
M. Z:
¡Es cierto, lo había olvidado, hoy es vuestro cumpleaños, don Carlos! Que
tengáis un feliz aniversario. Y en cuanto al sueldo, vos como escritor sabéis
mejor que nadie que los de nuestro oficio estamos acostumbrados de sobra a la
inestabilidad monetaria, así que acepto muy honrado el cargo que me ofrecéis.
P. de
V: ¿También en el siglo XXI es así? Bueno, pues entonces creo que os habéis
ganado poder llamarme Charles.
M. Z:
Pues muchas felicidades, Charles
P. de
V: Buen viaje de vuelta, don Mikel.
© MIKEL ZUZA VINIEGRA, 2018
sábado, 17 de marzo de 2018
ULTIMA VOLUNTAD
Ermita de Santa Brígida, Olite, junio de 1456
-Esta imprudencia nos puede costar muy cara, Carlos...
-¿El valiente canciller vicecanciller Pedro de Sada, después de todo lo que ha pasado conmigo, tiene ahora miedo?
-No más que en otras ocasiones, pero meterse en pleno dominio de mosén Pierres no me parece lo más inteligente que me habéis obligado a hacer.
-Por eso no te preocupes: no tiene imaginación suficiente para pensar que podamos estar aquí. Y de todas formas tenía que venir aquí antes de marcharme definitivamente de Navarra.
-Si nos atrapan aquí, es cuando no podremos irnos para buscar ayuda que nos permita seguir con vuestra lucha. Nuestras arcas están vacías, y vos os empeñáis en hacer una ofrenda en este recóndito lugar.
-No tan recóndito, Pedro. Parece mentira que fueras alcalde de Olite.
-Me nombrasteis vos...
-¿Lo hice? Todo parece ya tan lejano... Pero aún así, desde la villa hasta aquí no hay más que un paseo. Siendo tan temprano, y al resguardo del encinar, es imposible que nadie nos vea.
-¿Queréis decirme de una vez qué estamos haciendo aquí en lugar de preparar el viaje a Francia? Os recuerdo que las tropas de vuestro cuñado Foix por el norte, y las de vuestro padre don Juan por el sur comenzarán en cualquier momento su ofensiva. Y si os apresan de nuevo, vuestra causa estará definitivamente perdida.
-¿Y cuándo no ha estado perdida mi causa, amigo Pedro? Eso es algo que nuestros enemigos no tienen: el ensueño de una causa perdida.
-Los que mueren por vos no lo hacen por un ensueño, a veces parece que lo olvidáis.
-No, no los olvido, y les agradeceré siempre todo lo que hacen por mí, pero también a estas alturas deben saber ya cómo soy.
-Seguís sin responderme: ¿qué estamos haciendo aquí?
-Ah, sí. Veréis, cuando era un niño, mi madre nos traía a la romería a mis hermanas y a mí, insistiendo durante todo el camino en que fuéramos generosos con nuestras limosnas. Una de esas veces, cuando la gente concentrada a nuestro alrededor era tanta que el dinero dispuesto para ese menester se había ya agotado, ella extrajo de una cajita que llevaba consigo una moneda hermosísima: la prueba que el maestro numismático Guy de Toulouse le había preparado para celebrar los cinco años de su coronación. Una pieza única, con la B de Blanca coronada y el carbunclo y las lises de nuestra dinastía magníficamente buriladas en cada cara ¿Te das cuenta, Pedro? Y ella me la dio para que yo se la entregase a uno de aquellos mendigos que nos rodeaban.
-¿Y qué hiciste?
-Para mi vergüenza, he de decir que, como puedes ver en mi mano, me la quedé. Yo ya tenía ínfulas de coleccionista, a pesar de mi corta edad, y no podía consentir que aquella joya sólo sirviese para pagar el vino de alguna taberna de Tafalla. A mi madre le dije que se la había dado a un ciego, a quien en realidad no ofrecí más que un mísero cornado de cobre...
-¿Y por eso estamos aquí, para calmar vuestra mala conciencia?
-Porque la voluntad de una reina es ley. Doña Blanca quiso que esta moneda se ofrendase en esta ermita, y eso es lo que voy a hacer, ahora que no sé siquiera si podré volver alguna vez. Si consigo hacerlo, juro ante la imagen sagrada de Santa Brígida de Suecia que daré esta moneda que ahora procedo a esconder en el suelo de su ermita, al primer pobre o necesitado que me encuentre.
-¿Y por qué no lo hacéis ahora mismo?
-Porque soy un rey tan en precario, que ni siquiera puedo permitir mostrarme ante los pobres y tullidos sin miedo a que me denuncien ante mis enemigos. Así que cumplo ahora la primera parte de mi voto, y en cuanto pueda, lo más pronto posible, haré lo mismo con la segunda. Y si yo no puedo, espero que tú lo hagas en mi nombre. Y si, a pesar de todo, tú tampoco puedes, confío en que siempre habrá en Olite romeros que, encontrando esta moneda tan particular, puedan liberarme al fin de mi juramento.
-Así se hará sin duda alguna, Majestad...
© MIKEL ZUZA VINIEGRA, 2018
lunes, 29 de enero de 2018
ESCRITURA AUTOMÁTICA
Cuenta la Crónica de Leyre que en el año 976, el severo abad
don Munio, harto de la mala caligrafía que exhibían los novicios, les impuso
como castigo que copiasen todo el Fuero Juzgo, códice que, además de ser pesado
por las leyes que contenía, lo era también por lo grueso de su volumen.
Pasaban los jóvenes monjes las jornadas copiando cada
capítula hasta que les dolían los dedos, porque ninguno se atrevía a desairar
al abad. Pero tanta página dio como resultado que se agotasen todas las vitelas
disponibles en el monasterio.
Se obtenía este material puliendo la piel de becerros recién
nacidos, y muy pronto no quedó ni uno en los alrededores de Leyre, pues tenía
don Munio la jurisdicción sobre la hacienda de todos los moradores, y exigió
que fuesen llevados todos los becerros disponibles a la cuadra de los frailes.
Y asegura la Crónica que tan sólo Alodia de Unanua se negó a
participar en semejante hecatombe, y que contestó a don Munio que no le daría
ni uno sólo de sus pequeños becerros para que los convirtieran en libros de
leyes, que como todo el mundo sabe luego no lee nadie. Y dijo más todavía, pues
anunció que apelaría al rey Sancho II (apodado "Abarca"), para
impedir que tal sacrificio siguiera llevándose a cabo.
Muy tranquilo quedó el abad ante este desafío por parte de
Alodia, pues sabía muy bien que al rey le gustaba mucho leer, y no se opondría
a que el monasterio produjese muchos libros, aunque fuesen de leyes. Pero no
podía sospechar que Alodia sabía que a don Sancho lo que más le gustaba leer
eran las historias de la Biblia, y que ella misma se las sabía también de
memoria. Así que acogiéndose a la Justicia Real, citó a don Sancho, al abad, y
a sus respectivos acompañamientos justo para dentro de dos meses: la mañana del
día 28 de noviembre.
Y llegados todos ellos a su dominio, les situó en un estrado
muy alto, delante del prado recién segado, y fue haciendo salir del corral,
para sorpresa y maravilla de los allí congregados, a todos los becerros en
perfecta fila, uno detrás de otro. Llevaban cada uno en su lomo escritos en
letras muy grandes fragmentos de las Sagradas Escrituras, que era a lo que
Alodia se había dedicado los últimos sesenta días, empleando -según aseguró al
monarca- sólo pigmentos naturales que se disolverían con la lluvia,
convenciendo de esta manera a don Sancho Abarca de que no hacía falta matar
animales para obtener libros -nunca mejor dicho- hermosos y vivos.
Pero no todos los ternericos seguían la fila, sino que
algunos se quedaban ramoneando la jugosa hierba, y otros, bien fuera por
timidez o por cabezonería, se negaban a avanzar, permitiendo que les
adelantasen sus hermanos, de tal forma que la historia que llevaban escrita
variaba una y otra vez, sin que los lectores pudieran apartar la vista de tan
hipnótico y mutante texto.
Aprendieron así que Moisés lo mismo bajaba que subía al
Sinaí, hablando con Isaac, que había escapado del puñal de su padre. Aunque al
rato volvía a estar otra vez dispuesto a la degollina, según avanzase o no el
becerro que tenía escrito ese fragmento concreto en su piel. Y también que
Cristo resucitó y fue después crucificado mientras los pastores cantaban
villancicos, y que al tercer día huyó a Egipto con sus padres, mientras los
Reyes Magos conversaban con el rey Salomón y la reina de Saba. O también que
las Doce Tribus de Israel eran sólo Ocho, porque las otras cuatro preferían
estar echadas a la sombra en lugar de seguir su orden en la fila, de suerte que
quienes las sustituían llevaban escrita la historia de la creación del Mundo,
que Dios no había hecho (al parecer) en siete días, sino tan sólo en tres,
porque los otros cuatro se negaban a dar un paso más.
-¡Herejía! -Estalló don Munio a voz en grito, acusando a
Alodia de manipular las Escrituras-. Pero don Sancho II estaba entusiasmado por
aquella nueva manera de explicar la doctrina cristiana, mucho más entretenida
que la que le hacían sufrir todos aquellos aburridísimos monjes. Así que
declaró que el dominio de Alodia de Unanua quedaba bajo su protección, no
pudiendo ser sacrificado ni uno solo de sus becerros, ni tampoco los de los
predios vecinos, que siempre encontrarían allí seguro refugio.
A don Munio lo condenó a pasar lo que le quedase de vida
leyendo exclusivamente el Fuero Juzgo, como un triste notario. En cambio a
Alodia la nombró Señora de la Escritura Automática y Surrealista, cuyo
propósito es vencer la censura que se ejerce sobre el inconsciente, merced a
unos actos creativos no programados y sin sentido inmediato para la
consciencia, que escapan a la voluntad del autor.
![]() |
| RETRATO DE ANDRÉ BRETON, por Victor Brauner |
Muchos siglos después, en la primera mitad del XX, André
Breton y los surrealistas, paseando por la orilla del Sena, encontraron, en los
puestos de libros viejos de los bouquinistes, una copia de la Crónica de Leyre,
y en ella la historia de Alodia, a la que tomaron desde entonces como ejemplo
fundacional y vivificante de su movimiento literario, considerando que, de tal
forma, el yo del poeta podría manifestarse libre de cualquier represión,
dejando crecer el poder creador del hombre fuera de cualquier influjo
castrante, aunque en el París de su época ya no hubiese vitelas ni becerros,
pero sí -afortunadamente- cada vez más personas tan maravillosas como Alodia...
© MIKEL ZUZA VINIEGRA, 2018
miércoles, 3 de enero de 2018
LA CAZA DEL PATXARÁN ROJO
Palacio Real de Pamplona, 2 de enero de 1378
-¡Despertad, Sire, está ocurriendo algo muy grave!
-¿Pero es que no hay forma de dormir más de trece horas seguidas en este reino?
-¡Un heraldo del príncipe de Gales acaba de llegar, y dice que una nave rusa se acerca a la costa aquitana a toda velocidad!
-¿Rusa? ¿Pero dónde está Rusia? ¿No está allí donde dicen los bestiarios que viven los patagones y el Preste Juan? ¿Qué nos importa a nosotros una gente que ni siquiera sigue los sagrados mandamientos de la Iglesia de Roma?
-¡El mensajero dice que esa nave está equipada con una enorme bombarda, capaz de alcanzar Pamplona con sus proyectiles y dejarla convertida en polvo!
-¿Desde la costa aquitana? ¿No será que el príncipe Eduardo ha vuelto a abrir el barril de esa condenada bebida escocesa que me dio a probar cuando estuve con él en Libourne? Todavía me duele la cabeza al recordarlo...
-¡Sire, el enviado dice que no nos queda apenas tiempo!
-Está bien, hacedlo pasar.
-Majestad, soy Sir Jack Ryan, embajador plenipotenciario de mi señor, el príncipe Eduardo de Gales. Os supongo informado ya del motivo de mi presencia en vuestro reino...
-¿Y qué crédito puedo dar a esa razón, si me aseguráis que esos rusos cuentan con un arma capaz de alcanzar objetivos a tanta distancia? ¿Cómo voy a creerme semejante majadería? Y aunque la creyera, ¿que miedo puedo tener yo, si Navarra no ha tenido nunca problemas con Rusia?
-Porque la situación internacional ha variado por completo, Majestad: el rey de Francia, vuestro enemigo Carlos V, ha denegado el visado de entrada en su reino a una compañía de juglares que el Zar Leónidas le enviaba para su diversión y entretenimiento, pero los franceses han creído que en realidad venían para espiarles para nosotros, los ingleses, y ahora el Zar, desairado, amenaza con destruir toda Francia con su invencible bombarda.
-¿Destruir toda Francia? Que maravillosa perspectiva... ¡Si no me quieren como rey, que perezcan todos bajo las balas de cañón rusas!
-Disculpad, Sire, pero no creo que esa sea lo que la nave rusa pretenda en realidad. Opino que quieren desertar. Pero si Inglaterra los acoge, la furia del Zar vendrá contra nosotros. En cambio, mi señor Eduardo ha pensado que, si sois vos quien les da refugio en Navarra, Leónidas no podrá reprocharos nada, puesto que vuestro reino no tiene cuentas pendientes con Rusia.
-¿Y cómo sabéis que esa nave quiere desertar y no hacer funcionar su bombarda?
-Porque su capitán no es ruso, sino lituano. Se llama Marko Ramius, aunque los rusos le llaman Vilnius Nastaniek (el maestro Vilnius). Si me proporcionáis un salvoconducto garantizado con vuestro sello real para él, para su tripulación, y para la compañía de juglares rechazada por los franceses, os aseguro que podremos evitar el conflicto.
-La verdad es que ya estoy un poco aburrido de los juglares navarros, siempre que si la Txantrea barrio conflictivo, que si joder qué bien se vive en esta capital, que si nosotros los de La Única somos de buen corazón... Nada, está decidido: les otorgaré el salvoconducto que pedís. Por cierto, ¿no os habrá dado vuestro príncipe Eduardo alguna botella de ese brebaje escocés, estoy un poco aburrido también de tanto patxarán..
-¿Patxarán? ¿Y eso que es, Majestad?
-¿No sabéis lo que es el patxarán y decís que sois el consejero más avezado del Príncipe Negro?
-A mi señor Eduardo no le gusta que le llamen así...
-¿Cómo? ¡Sabed que soy Carlos II de Navarra, y que cuando vuestro señor no era más que un mocoso al que tenían que limpiarle los pañales, yo ya estaba combatiendo en Francia contra los reyes usurpadores, contra los Jacques, y contra todo el que ose llevarme la contraria, Sir Ryan!
-Como digáis, Majestad, pero please, firmad los salvoconductos ya, porque como me equivoque, Burdeos, París y Pamplona serán borrados del mapa.
-Mirad que si luego no me gustan los juglares esos...
-Os garantizo que os encantarán, Majestad, aunque son muchos. ¿Tenéis en Pamplona algún lugar donde puedan actuar tantos cantantes juntos?
-¡Me ofende que lo pongáis en duda, Sir Ryan! Claro que lo tenemos, y además allí se sentirán como en casa, porque tengo entendido que nuestro Baluarte es calcado a la tumba de un famoso profeta ruso que está en la Plaza Roja de Moscú. Y os confieso que también es igual de feo, pero es que el arquitecto aprovechó mi ausencia en Francia para construirlo, y huyó en cuanto se entero de mi retorno, porque si lo llego a pillar yo...
En homenaje y recuerdo a que acudí yo ayer al catafalco pamplonés, y me di con su tremenda puerta en las narices, porque al Coro del Ejército Ruso, como si estuviéramos en plena Guerra Fría, le denegaron los visados de entrada y han tenido que suspender su gira.
дерьмо!
дерьмо!
© MIKEL ZUZA VINIEGRA, 2018
viernes, 10 de noviembre de 2017
EL CONSEJO NAVARRO DE CULTURA SUGIERE ESTUDIAR ALTERNATIVAS AL PLAN ESPECIAL DE SALESIANOS
EL CONSEJO NAVARRO DE CULTURA
SUGIERE ESTUDIAR ALTERNATIVAS AL PLAN ESPECIAL DE SALESIANOS
Ante
el procedimiento administrativo que plantea cuatro torres de entre 13 y 17
pisos en la parcela que dejará libre en pleno centro urbano el traslado del Colegio
de Formación Profesional de Salesianos, el Consejo Navarro de Cultura quiere
expresar su desacuerdo y su oposición a que esta actuación se lleve a cabo tal
y como está planteada en este momento.
El
paisaje urbano histórico de Pamplona-Iruña
tiene la suerte de poder contar con una panorámica que apenas ha variado en los
últimos siglos, como puede constatarse comparando los dibujos que conservamos
de viajeros del siglo XVIII, con la vista que la ciudad ofrece todavía hoy cuando
se llega a ella desde el norte o se pasea por las huertas de la Magdalena. Una
de sus perspectivas más icónicas, por cierto, ya que es la que durante
generaciones han pintado, fotografiado o filmado casi todos los artistas que
han querido reflejar el que probablemente sea su paisaje más hermoso.
![]() |
| Vista de Pamplona dibujada por Le Jeune hacia 1823 |
Esa
secular línea del cielo es la que
ahora mismo está en peligro de muerte, porque las cuatro torres previstas la destruirán
a perpetuidad. Y por supuesto que las ciudades evolucionan, pero creemos que
los posibles cambios han de hacerse respetando los lugares o paisajes concretos
que las hacen distintas las unas de las otras y, sobre todo, las hacen perfectamente
reconocibles para quienes hayan vivido, viven y vivirán en ellas.
Hemos
aludido previamente al paisaje urbano histórico de Pamplona. Para que todas las
personas tengan una idea aproximada de lo que hablamos, diremos que la Recomendación
sobre el paisaje urbano histórico de la UNESCO, de 10/11/2011, define cómo
paisaje urbano histórico, la zona urbana
resultante de una estratificación histórica de valores y atributos culturales y
naturales, lo que trasciende la noción de “conjunto” o “centro histórico"
para abarcar el contexto urbano general y su entorno geográfico.
Este
contexto general incluye otros rasgos del sitio, principalmente su topografía,
geomorfología, hidrología y características naturales; su medio urbanizado,
tanto histórico como contemporáneo; sus infraestructuras, tanto superficiales
como subterráneas; sus espacios abiertos y jardines, la configuración de los
usos del suelo y su organización espacial; las percepciones y relaciones
visuales; y todos los demás elementos de la estructura urbana. También incluye
los usos y valores sociales y culturales, los procesos económicos y los
aspectos inmateriales del patrimonio en su relación con la diversidad y la
identidad.
En su
preámbulo considera, además, que los conjuntos históricos urbanos están entre
las manifestaciones más abundantes y diversas de nuestro patrimonio cultural
común, que se ha forjado generación tras generación y constituye un testimonio
crucial del quehacer y las aspiraciones del género humano a través del tiempo y
el espacio.
Igualmente
reconoce el carácter dinámico de las ciudades vivas. Observando, sin embargo,
que el desarrollo rápido y a menudo incontrolado está trasformando las zonas
urbanas y sus entornos, lo que puede fragmentar y deteriorar el patrimonio
urbano afectando profundamente los valores comunitarios en todo el mundo.
Por lo
tanto, afirma que para defender la protección del patrimonio natural y cultural
ha de hacerse hincapié en la necesidad de integrar estrategias de conservación,
gestión y ordenación de conjuntos históricos urbanos en los procesos de
desarrollo local y planificación urbana, como los asociados a la arquitectura
contemporánea y la creación de infraestructuras, y que la aplicación de un
planteamiento paisajístico contribuiría a mantener la identidad urbana.
Considerando
por último que el principio de desarrollo sostenible entraña la preservación de
los recursos existentes y que la protección activa del patrimonio urbano y su
gestión sostenible es una condición indispensable del desarrollo.
Así
mismo, el Convenio Europeo del Paisaje (Florencia 2000) Ratificado por España,
en vigor y de obligado cumplimiento desde 2008, insta a las administraciones y
agentes de cada territorio a establecer los mecanismos adecuados para la
efectiva protección jurídica del paisaje. En definitiva: a llevar a cabo una política
de paisaje.
Dicen
que el emperador Carlos V, al ver que habían construido una catedral plateresca
en mitad de la mezquita de Córdoba, exclamó totalmente abatido: “Si hubiera sabido lo que teníais intención
de hacer, de cierto que no os hubiera dado mi permiso, porque lo que aquí
habéis hecho se puede hallar en cualquier sitio, mientras que lo que teníais
antes no existe en parte alguna del mundo.”
Construir
en este lugar torres exactamente iguales a las que se elevan ya en cualquiera
de sus barrios periféricos conseguirá justamente ese efecto: hacer lo mismo que
hay en cualquier lado, para arruinar un paisaje que sólo existe allí, pues
superarán por ejemplo el impacto visual de la catedral gótica. Y ya no tendrá
remedio.
También queremos dejar constancia de que entendemos que la
zona y el entorno en el que se quieren edificar las torres, posee una
importancia cultural innegable, si tenemos en cuenta la definición de la misma incluida
en la
Carta del ICOMOS Australia para Sitios de Significación Cultural - Carta de
Burra, que entiende por importancia
cultural, entre otros valores el estético, el histórico, y el social o
espiritual que un sitio reviste para las generaciones pasadas, presentes y
futuras y que se manifiesta físicamente en el sitio propiamente dicho.
Todas
estas razones son las que nos mueven a solicitar que se adopten medidas para
proteger este paisaje histórico y cultural, por lo que recomendamos que se
valoren otras alternativas y se opte por soluciones urbanísticas más
respetuosas con el entorno y con la propia historia de la ciudad.
EL CONSEJO NAVARRO DE
CULTURA
KULTURAREN NAFAR
KONTSEILUA
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