viernes, 13 de marzo de 2015

RENACIMIENTO

Roma, al otro lado de la muralla junto a Santa María la Mayor, 12 de marzo de 1506


-¡Más brío con esas palas, señores, que los lansquenetes suizos del Papa deben estar preparando ya su contraataque y el marqués de Bazán -nuestro comandante- quiere que acabemos cuanto antes!

-Aquí me gustaría ver al señor marqués de Bazán, mano a mano con nosotros sacando tierra de esta pútrida mina...

-El marqués de Bazán no sabría distinguir un cofre lleno de sal de otro lleno de pólvora si yo no le indicase antes cuál de los dos es el que detona al arder la mecha. Demasiados años llevo ya sufriendo a generales tan incapaces como él como para no conocer el paño... Aún así hagámosle caso y apresurémonos, porque ciertamente puede que ese condenado traidor de Julio II no se entretenga en demasiadas zalamerías diplomáticas. Aunque os aseguro que por mucho que se esconda en lo más profundo de las catacumbas vaticanas, os aseguro que esta gran explosión que le estoy preparando habrán de oírla él, y sus cardenales en toda la Romaña. Y con ella le hemos de ayudar mucho también a entrar en razón para que vuelva a la alianza con nuestro rey don Fernando, y abandone de una vez la nefasta compañía del rey de Francia. ¡Ah, otra cosa sería si estuviera al mando hoy aquí don Gonzalo Fernández de Córdoba! Gran Capitán le llamamos todos en señal de respeto, y bien merecido tiene su sobrenombre, porque es el único de todos los que me ha tocado servir que sabe lo que hay que hacer en un campo de batalla. Pero este maldito Bazán... Seguro estoy de que ha de meternos en algún mal brete.

-Pero don Pedro, vos sois también conde...

-Sí, de Oliveto. Un mísero lugar entre montañas en el reino de Nápoles. Don Gonzalo se empeñó en que ya que -como de costumbre- no llegaba la paga, aceptase al menos ese título honorífico, porque ventaja más tangible que acrecentar mi honra no me proporciona, os lo juro. De todas maneras hijo de pastores nací, allá en el reino de Navarra, y no necesito más tratamiento protocolario que ese. Si soy mejor militar que los que habitualmente nos mandan, vosotros habréis de decirlo. Las victorias que jalonan nuestro camino así parecen indicarlo, y los centenares de enemigos muertos a nuestro paso también. Ahora nuestro rey nos ordena luchar contra el Papa, y si mañana me hace combatir al Diablo -si acaso Julio II y él no son la misma persona ya- he de obedecerle sin rechistar como un soldado debe hacer siempre.
Sabéis tan bien como yo para que estamos aquí: primero excavaremos un túnel bajo la muralla, luego lo llenaremos de pólvora, y en menos de lo que cuesta rezar una salve, esos paredones que dicen que resistieron a Atila se vendrán abajo con tal estrépito, que nuestro ejército podrá convertir hoy mismo en establo el castillo de Sant Angelo si así nos place.

-Muy optimista os veo, señor, que hay demasiadas piedras en este terreno como para que avancemos tan rápido como pensáis...

-¿Piedras? ¿No os he contado que en mi tierra natal muchos de mis paisanos se echan al hombro hasta alguna de veinte arrobas? ¡Dejadme ver cuál es la que frena vuestro trabajo, pero sobre todo no ceséis de apuntalar el túnel con toda la madera que sea necesaria!

-No hay forma de mover esta, don Pedro. Es demasiado grande.

-¿Demasiado grande, decís? ¡Dame esa maza y aparta! Bat, bi, hiru... eman!

-¡Eh! ¿Pero qué...? ¡Es un brazo! ¡Un brazo de piedra, señor!

-De mármol, más bien. Y esto de donde lo he desprendido con mi golpe es un torso... Es una estatua. Y de la mejor traza, al parecer... ¡Retiremos toda la tierra que la cubre!

-¡Debe ser la efigie de un mártir!

-Me temo que estas tierras italianas guardan en sus entrañas más dioses que santos, pero sea lo que sea es soberbia. Mucho mejor que las que he visto en alguno de los palacios que ocupamos mientras conquistábamos Nápoles. ¡Y es enorme, medirá el doble que cualquiera de nosotros! Ved el sufrimiento de su rostro: ¿no es exactamente igual al de tantos moribundos que vamos dejando por esos campos de Dios?

-¡Y mirad, don Pedro: tiene una figura más pequeña a cada lado! ¿Y eso que les rodea, no son acaso las serpientes más grandes que hayáis visto nunca? ¡Tenéis que advertir al marqués de Bazán!


-Sí, es cierto. Habrá que decirle que por esta vía será imposible continuar con nuestro empeño. Tendremos que empezar a excavar por otro lado. Una obra como esta no merece ser destruida.

-No lo ha de aceptar de buen grado, veréis...

-¿Habéis perdido la cabeza, señor don Pedro Navarro? ¿Acaso creéis que nuestro rey nos ha enviado a Roma a ver estatuas? Además no deja de ser curioso que pretendáis salvar esta, cuando yo mismo os he visto reducir a cenizas templos enteros sin que os temblara el pulso...

-Porque iglesias como esas las hay en cualquier sitio, señor marqués, pero otra figura como esta, que ya no sé cómo deciros que vayáis a ver, seguro que no la hay en el mundo. Hasta un niño sería capaz de verlo.

-¡Todas las estatuas me parecen igual: pasatiempo para necios! Vos siempre andáis repitiendo a vuestros hombres que un soldado debe obedecer sin rechistar, así que haceos caso a vos mismo y acabad de inmediato el túnel que ya habéis empezado. Y mandad esa condenada imagen al infierno con una buena carga de pólvora, si es preciso. Cualquier otra protesta por vuestra parte la tomaré como una insubordinación, y por muy conde de Oliveto que os hagáis llamar, por Dios que la pagaréis con vuestro cuello. ¡Y ahora salid inmediatamente de mi tienda, tenéis mucho trabajo que hacer!

-Antes hay otro asunto que vos y yo debemos tratar, señor marqués. ¿Habéis oído lo del espía francés que se ha infiltrado en nuestro campamento?

-No he sido informado de tal cosa...

-Pues al parecer tiene órdenes de acabar con vuestra vida. Por supuesto he ordenado redoblar la guardia, pero ya sabéis cómo son estos franceses: muy escurridizos, capaces de introducirse en cualquier lugar. De hecho, creo que está aquí, con nosotros, y que trae una daga igual que esta, con las tres lises en la empuñadura, que yo le arrebaté a un monsieur muy elegantón en nuestra última escaramuza. ¿No os parece que sería una buena firma de vuestro asesinato, y que ninguno de nuestros hombres sospechará de nadie que no sea francés si la encuentran clavada en vuestro gordo vientre?

 -¡Han matado a nuestro comandante! ¡Ha sido un maldito perro francés, lo he visto huir hacia la ciudad! ¡Perseguidlo!

-¡Don Pedro! ¿Y vos: estáis bien?

-Sí. El muy hideputa me sorprendió al salir de la tienda del marqués. Intenté perseguirlo, pero estas piernas ya no me siguen como cuando era mocete en Garde...

-¿Y qué hacemos ahora?

-Afortunadamente, nuestro bravo general pudo darme instrucciones con su último aliento: me ordenó que comenzásemos un nuevo túnel, pues no era razón destruir con el que ya habíamos comenzado una obra tan magnífica como esta estatua.

-¿Y qué haremos con ella, llevárnosla con nosotros?

-Naturalmente que no: somos soldados. Hoy estamos aquí y mañana pueden enviarnos a Bujía  o a Avignon. Acabaríamos convirtiéndola en mil pedazos. No. Volveremos a taparla con cuidado, y cuando entremos por fin en Roma, y el Papa tenga que pagar para librarse de nuestra presencia, yo mismo me encargaré de negociar con uno de sus cardenales la venta -bien cara- de nuestro descubrimiento. Sabéis que les encanta rodearse de antigüedades, supongo que así duermen más felices pensando que son más cultos y sensibles que el resto de los mortales, pero vosotros y yo sabremos siempre que si esta venerable figura se ha salvado ha sido porque el corazón de piedra de unos brutos como nosotros sólo podía conmoverse con el tremendo sentimiento que expresase otra piedra igual de dura.


Aunque yo me quedaré de recuerdo con este brazo de mármol que le arranqué sin querer, que seguro que el Papa podrá pagar a quien pueda reemplazárselo. Además, tengo entendido que en realidad estas antiquísimas estatuas pierden mucho en prestancia y belleza si cuentan con los dos brazos. Me lo contó un mercenario griego cuando asaltamos las costas de Milo, ¿os acordaís...?




© Mikel Zuza Viniegra, 2015

lunes, 9 de marzo de 2015

ALADO

Santuario de San Miguel de Aralar, 9 de marzo de 1894


-¡Movsha, baja el caballete y los útiles de pintura de la mula, y ten cuidado, no vaya a darte una coz!

-Sí, maestro Isaak.

-¿Cómo he de decirte que no me llames maestro, que me llames simplemente Isaak? Llevamos casi ocho meses fuera de la patria rusa y aún no he conseguido que me apees el tratamiento, ¿me harás por fin caso ahora que ya no estamos en Francia?

-Sí, maestro.

-Bueno, la testarudez es siempre un rasgo de los buenos artistas, Movsha... En cualquier caso déjame hablar a mí, me temo que estos popes católicos no vean con muy buenos ojos que un par de judíos enviados por el Zar de todas las Rusias pretendan obtener imágenes de ese antiquísimo retablo que tanto ponderó a su majestad imperial nuestro cónsul en Biarritz...

-Pero usted me dijo que había dejado una espléndida limosna para garantizar que nadie pusiera trabas a nuestra misión, ¿no es cierto?

-Eso es al menos lo que vía telegráfica aseguró a sus superiores de Moscú, que son los que nos han enviado aquí. Ya te dije también que el Zar Alejandro III es un gran coleccionista de arte: mientras el pueblo ruso muere de hambre él gasta auténticas fortunas en reunir en sus palacios las piezas más selectas sin reparar en gasto alguno. Sin embargo, mala política es preferir el arte al bienestar del pueblo, y probablemente a él o a sus descendientes les acabará costando mucho más caro de lo que piensan... Pero volviendo a las obras de arte, las que a pesar de todo no puede conseguir, ordena reproducirlas exactamente a los pintores y orfebres más reputados de Europa. A muchos de ellos los has podido conocer en nuestra reciente estancia en París.

-Sí, maestro. Y nunca podré agradecerle lo suficiente que me escogiera entre todos los alumnos de la academia para acompañarle.

-Eras tan pequeño como ellos, Movsha, pero todos pretendían pintar como adultos excepto tú. Nunca pierdas esa capacidad de pintar como un niño: será tu sello. Ningún otro artista podrá arrebatártelo nunca. Aprende de todo lo que hemos visto estos meses, incluso de lo que yo mismo te voy enseñando, pero nunca cambies tu forma de pintar el mundo. Ese es el mejor consejo que puedo darte. Venir a este templo a copiar el retablo del que habló el diplomático a nuestro Zar es el pago que acepté dar a cambio de obtener una beca para poder conocer las obras de los grandes maestros que ahora mismo pintan en Francia, la meca de todas las artes. Y ciertamente hemos visto ya muchas cosas nuevas, así que cuanto antes cumplamos nuestro cometido, antes podremos regresar a nuestra querida Rusia. Pero llamemos ya a la puerta, que aunque para lo que estamos acostumbrados en nuestra tierra, esto de que la nieve nos llegue hasta la rodilla es sólo una broma, comienza a hacer un poco de fresco...

-¿Son ustedes los enviados cuya llegada nos anunció el cónsul ruso? Tienen suerte de que pasase dos cursos de seminarista en Toulouse y domine la lengua francesa, porque si no sería imposible entendernos. Veamos... Así que usted es Isaak Ilich Levitán, pintor famosísimo en su tierra y correspondiente de la Academia Imperial de las Artes de San Petersburgo. Y este mozalbete es su criado, Movsa Jatskelevich Shagálov, ¿no es eso? Bien, pues como quedó pactado con el representante del Zar, tienen ustedes permiso para realizar los bosquejos que quieran de la joya más importante que aquí custodiamos, aparte de la propia imagen de San Miguel, claro está. Bien entendido que no habrán de molestar el normal transcurso de los oficios sagrados, y que desafortunadamente tendrán que convivir estos días con obreros menos especializados que ustedes dos: las últimas tormentas han levantado el tejado de la zona del presbiterio, por eso como pueden ver hemos tenido que instalar un andamio que llega desde el altar hasta la bóveda.

-No se preocupe, a nosotros dos nos bastará con una mesa y un par de bujías que nos alumbren el retablo. Por cierto, ¿podríamos verlo ya?

 -Por supuesto. Pero como artistas supongo que les interesará contemplar antes la efigie de San Miguel, ¿no es cierto? Interpreto por sus nombres que no son cristianos, ni siquiera de la rama ortodoxa que rige en su país, pero al menos apreciarán la fina labor de orfebrería de la talla...

-Y no solo eso, señor capellán, que la religión hebrea reconoce y adora a los ángeles tanto o más que la suya propia, ¿no es así, pequeño Movsha?

-Por supuesto: mi babushka me contaba siempre muchas historias preciosas sobre ellos para que yo se las dibujase, aunque este me parece que muestra un gesto demasiado adusto en su cara...

-¿Quién puede saber algo sobre el carácter de los ángeles? Serios o no, son ángeles al fin y al cabo. En cualquier caso buena costumbre es esa que seguías con tu abuela, Movsha. Procura que esos mismos ángeles de tu infancia te acompañen siempre: te aseguro que habrá momentos en que los necesitarás. Y ahora veamos ya lo que nos ha traído hasta esta montaña...

-¿Qué les parece? Su cónsul nos dijo que creía nuestro retablo muy digno de presidir el iconostasio de la catedral de San Basilio en Moscú...


-Pues que tenía razón: desde luego es una de las contadísimas obras de arte ante las que el Patriarca y el Zar debieran inclinar sus cabezas. He visto en Rusia tablas pintadas de un estilo parecido, pero jamás una de esmaltes de tanto mérito como estos.

-¿Y creen que podrán dibujarlo a entera satisfacción de su emperador? Miren que este arte de los antiguos no admite demasiadas réplicas...

-El buen arte y su sentido son la misma cosa hace ocho siglos que ahora. Se me ha encargado dibujar esta maravilla, y lo haré a la medida de mis pobres facultades, procurando molestar el discurrir diario de este santuario lo menos posible. De hecho me gustaría empezar cuanto antes, si es posible.

-Como deseen. Ordenaré que lleven sus maletas a sus habitaciones, pero ustedes son libres de empezar su trabajo cuando gusten.

-Gracias, señor capellán. Le garantizo que con una semana será más que suficiente para llevar a cabo nuestro propósito.



Y hay constancia de que Isaak Levitán trazó unos dibujos de tal calidad y perfección, que a decir del chantre de la catedral de Pamplona, don Mariano Arigita -que pudo contemplarlos-, costaba distinguirlos del original, salvo que unos eran de papel y otro de cobre sobredorado, de tal forma que si los órfebres del Zar querían alguna vez reproducir el retablo para sus colecciones artísticas, podrían hacerlo mejor que si lo tuviesen delante.

Pero un dato más desconocido de la estancia de este gran maestro ruso en San Miguel de Aralar, es que su último día en el santuario, y a pesar de que habían asegurado al capellán que lo aprovecharían para dar unos últimos retoques a los diseños, lo emplearon realmente Isaak y Movsha en trepar por el andamio hasta la bóveda, y que allá, bajo la supervisión de su respetado maestro, el niño dejó trazado un ángel igual que los que pintaba para su babushka, puede que para que el circunspecto titular del santuario tuviese por fin un compañero de juegos con el que poder revolotearlo todos los días desde la portada hasta el ábside.

Pero como los ángeles y los hombres no miden el tiempo por igual, éste del que hablamos no revelaría su presencia a los mortales hasta que volviera a filtrarse agua por el recién reparado tejado, pues emplearon los dos artistas rusos una pintura especial en su realización, una que sólo reaccionaba con la humedad. Y el caso es que a pesar de los durísimos inviernos de aquellas alturas, el agua no volvió a empapar aquella zona hasta más de un siglo después de los hechos que venimos narrando, haciendo que la enigmática figura se apareciese de repente ante los ojos de muchos peregrinos en pleno 2011, igual que cuentan precisamente que se apareció San Miguel a don Teodosio de Goñi, muchos, muchos siglos atrás...





Por cierto, que aquel niño: Movsa Jatskelevich Shagálov, acabó siendo conocido como Marc Chagall. De él dijo Picasso: "Cuando Chagall pinta, no se sabe si está soñando o despierto. En algún lugar dentro de su cabeza tiene que haber un ángel."

Autorretrato de Marc Chagall
Y tenía toda la razón, porque desde luego creo que ningún otro artista -al menos desde aquellos del Treccento italiano, que siguen ostentando el record mundial de ángeles pintados- ha pintado a los ángeles tanto y tan bien como Chagall...












© Mikel Zuza Viniegra, 2015

jueves, 26 de febrero de 2015

COMO LLEGARON LOS PETIRROJOS A INGLATERRA

Hereford, Inglaterra, 26 de febrero de 1198

-Cuando me dijeron que habíais llegado no podía creérmelo.

-Tranquilo, suelo causar ese efecto en todo el mundo: nadie me da nunca demasiado crédito...

-Sabía que eráis vos desde que me contaron que un viejo caballero con una jaula llena de petirrojos se había inscrito en el torneo. Y no existen pájaros iguales que esos en toda Inglaterra ¿De verdad pensáis participar?

-No tengo nada mejor que hacer. En cuanto a los petirrojos, ya os dije una vez porque viajan conmigo: es lo único que me queda de mi país. Por mi mala cabeza perdí las tierras de mis antepasados en Navarra, así que al menos tengo conmigo a los dueños de aquellos cielos de mi infancia. Tampoco son muchos: sólo seis, y para lo que suelen vivir unos pájaros tan pequeños como estos, se conoce que los trato bien, porque son cuatro ya los años que han pasado desde que salí de allí en la comitiva del infante Fernando, que iba a sustituir al rey Ricardo en su prisión austriaca. Dos años pasamos en el castillo de Durnstein, hasta que pagó al fin por nuestra liberación, y dos años más son los que llevo en Inglaterra, desde que vinimos a cobrar la indemnización correspondiente por tantos meses de prisión. El infante regresó después a Navarra. Yo preferí quedarme aquí, pues no tengo nada ni nadie que me ate a mi lugar de nacimiento excepto estas avecicas. Por eso me alegro de que hayais venido también a Hereford, sir John: ya os dije la última vez que debíais hacer si a mí me ocurría algo...

-¿Si os ocurría algo, decís? ¿Y cómo considerais a vuestras tres costillas rotas? No entiendo siquiera cómo podéis sosteneros en pie después de vuestro último encontronazo, hace tres meses en el torneo de Reading.

-Me duele al respirar, es cierto, pero intuyo que no me queda mucho más aire por meter en mis pulmones, así que puedo soportarlo.

-¡Pero sois más de diez años más viejo que cualquiera de los más maduros justadores!

-Eso es cierto: ya era viejo cuando salí de Navarra, así que ahora, con 45 años que creo tener, debe ser el participante de torneos más anciano de toda la Cristiandad. No es del todo malo: son muchos los que vienen a ver como apalizan al viejo. De hecho me reclaman de muchos sitios, debo ser un gran espectáculo. Supongo que vienen a verme morir sobre la silla.

-Por Dios, fijaros en vuestra cota de malla: tiene más agujeros que un colador...

-Las anillas de hierro forjado son caras, no me puedo permitir el lujo de reponer las que faltan. Además, cada uno de los agujeros tiene su correspondencia en mis maltrechos huesos y un nombre: el de quien me dio el golpe. El del hombro, Lord Exeter. El del pecho, el barón de Chandos, el del brazo derecho sir Talbott, el de la pierna izquierda don Peter de Salisbury...

-Basta, por favor, o acabaréis con toda la nobleza inglesa sobre vuestro cuerpo. De verdad, y por el aprecio que os he tomado en este tiempo: ¿qué conseguís peleando de esta manera suicida?

-Ah, ¿pero es que acaso hay otra forma de combatir? ¿Preferiríais que muriera atropellado por la carreta de un mercader mientras pido unas monedas para poder comer en cualquier cruce de caminos? Al menos de esta forma yo escojo mi propia forma de morir. Y creo que salgo ganando. Tan sólo os pido una cosa, la misma de la última vez: si me ocurre algo, liberad a los petirrojos. Que no acaben en la olla de algún falso caballero. Ellos no tienen culpa ninguna de la locura de su dueño...

-Perded cuidado: así lo haré. Pero puedo prestaros una cota de malla y una espada mejores que os den alguna oportunidad de luchar como es debido...

-Las armas no hacen al caballero, sino su valor. Al menos eso decía el infante Fernando, aunque lo cierto es que nunca le vi combatir. Pero en eso creo que tenía razón. Os agradezco vuestro ofrecimiento, pero sabéis que si pierdo -y el "si" suele estar de más en esta frase- vuestras armas serían para mi contrincante. Nunca me ha gustado dejar deudas tras de mí, y no me importa en absoluto que me entierren tan desnudo como llegué a este mundo.



Ya me llaman al palenque. Sir John, habéis sido siempre un buen adversario. Es más de lo que puedo decir de la mayoría de las personas que he conocido en este o en cualquier otro pais.
Adiós.



Restos de participante en un torneo hallados en la catedral de Hereford




Si no estuviese viva cuando vuelvan

los petirrojos, al de la encarnada


corbata, en mi memoria,


echadle una migaja.

Y si las gracias no pudiese daros


porque profundamente ya me hubiese dormido,


bien sabréis que lo intento


con labios de granito.




Emily Dickinson


© Mikel Zuza Viniegra, 2015

domingo, 22 de febrero de 2015

LITERATURA


Palacio viejo de Olite, 22 de febrero de 1366

-Mi buen y leal secretario, Pierres Godeille: ¿ha llegado ya el enviado de mi primo el príncipe Eduardo de Inglaterra?

-Sí, majestad. Y vaya que es despierto el mensajero. A fe que si todos en aquel país muestran tantas cualidades como él, Francia no ha de tardar en caer en sus manos.

-Querrás decir mejorando lo presente, ¿no? Porque te recuerdo que tengo yo muchos más derechos al trono de San Luis que el falsario Carlos de Valois que actualmente lo usurpa, o que el rey inglés que guerrea desde hace años  por conquistarlo. ¡Ah, si Navarra fuera un reino más poderoso, por Dios que los haría valer sobre todas las cosas! Pero mientras espero el momento adecuado para jugar mis bazas, he de bandearme entre ambos contendientes, y ahora nos toca estrechar lazos con ese intrigante al que todos conocen por el ridículo apodo de "príncipe Negro". Quizás si se lavase un poco más a menudo, su armadura no tendría tanta roña como para confirmar semejante sobrenombre. ¿Pero qué vamos a esperar de estos malditos bárbaros ingleses?

-Pues el resto de sus compatriotas no sé si será tan rudo como decís, majestad, pero lo que es este que nos acaba de llegar es hombre instruido y con más letras que nadie que yo haya conocido jamás. Prueba de ello es que se pasa el tiempo que le deja libre su misión diplomática llenando resmas y más resmas de papel en ese condenado idioma que utilizan en su isla. Y gran lástima es no entenderlo, porque de esta forma he tenido que contentarme con que él mismo me contara los argumentos de sus cuentos, que dice que va reuniendo para hacer un libro que dé fama y prestigio eterno a su nombre.

-¿Tan buenas son esas historias suyas?

-Bueno, quizás resulten demasiado populares para un rey como vos, don Carlos, más acostumbrado a los libros de alta poesía de Guillaume de Machaut, pero lo cierto es que de todas ellas puede extraerse una enseñanza concreta, que es el afán con el que dice haberlas concebido mientras realizaba una piadosa peregrinación a la tumba de santo Tomás en Canterbury, que es templo de los más principales de su reino...

-Me fío ciegamente de vuestro buen gusto literario, mi buen Pierres, así que como las clausulas de este salvoconducto que ahora mismo voy a firmarle, le permiten visitar nuestro reino sin cortapisa ninguna, os ordeno que mientras él está fuera de mi corte, os hagáis con alguno de esos cuentos suyos tan estupendos.

Documento del cartulario del rey Carlos II de Navarra
-Se hará como ordenáis, majestad, y para que vayáis haciendo boca, puedo leeros este proverbio que cita en uno de ellos:

"Quien construye una casa sin tejado,
monta un caballo ciego por el prado
o deja que a su esposa aconseje un tonsurado,
merece sin duda alguna ser ahorcado..."

-Ja, ja, ja, sabio es ese bergante... ¿Y cómo decís que se llama? Debo escribir su nombre en el salvoconducto...

Transcripción del mismo documento
-Don Geoffroy de Chaucer, majestad. Y tened en cuenta ese nombre, porque las generaciones futuras no lo han de olvidar mientras siga habiendo gente que abra libros para tomar placer y deleite con su lectura...


Y fue escrito esto justo el mismo día -aunque 649 años más tarde- en que el rey Carlos II firmó el salvoconducto para que Geoffrey Chaucer anduviera por su reino de Navarra "like Peter in his house". Y como no creo que nadie más se haya acordado hoy en Navarra de esta entrañable y literaria efeméride, vaya desde aquí este guiño de un escritor muy pequeño a otro muy, pero que muy grande.


And thanks for coming into Navarre, mr. Chaucer!


© Mikel Zuza Viniegra, 2015

miércoles, 18 de febrero de 2015

CON ESTOS BUEYES

Pamplona, Viana y Roncesvalles, enero del año 1934

El Consejo de Cultura de Navarra, a cuya junta directiva me honro en pertenecer, en atención al 700 aniversario de la llegada al trono del rey Teobaldo I de Champaña, ha decidido erigir un monumento conmemorativo en los jardines de la Taconera de Pamplona. 



Aprovechando este fervor escultórico -desafortunadamente siempre tan ajeno a estas tierras- he propuesto en dicha reunión levantar también otras dos obras que recuerden los innegables méritos de dos importantes personajes históricos relacionados con Navarra, ofrecimiento que ha sido aprobado por unanimidad de los presentes (probablemente en su ánimo habrá influido que les haya asegurado yo que no costará una peseta a la Institución, pues además de contar con alguna subvención -magra- de la Diputación, tengo muy adelantados ya los proyectos, de cuya ejecución -naturalmente- me he de encargar yo mismo). 

Así pues, y con motivo de haber sido hallado recientemente el Cantar de Roldán en la biblioteca de la Universidad de Oxford, me ha parecido adecuado dedicar a este héroe de leyenda un hito precisamente en el lugar donde su fama nació: en Roncesvalles. Pero no por ello ha de ser una llamada a la guerra, sino a la paz entre los pueblos. Para ello el elemento principal será una campana, en recuerdo de aquella que desde lo más alto de Ibañeta guiaba hace siglos a los peregrinos hacia la cumbre, y tendrá también un altar dedicado a quien nuestros antepasados, al derrotarlo, convirtieron en mito: el par de Francia que reventó sus pulmones tocando el olifante para que el emperador de la barba florida viniese a rescatarle...



Por esa misma razón la campana, que ordené fundir al campanero Erice, lleva una inscripción ideada por mí: Din, don, dan, Bizi gaitezen pakean -vivamos todos en paz-. Pulsata omnibus pacem sono. Pacem eundi atque redeunde. Pacem mercium et litterarum -Sueno por la paz de todos, la paz de ir y volver, la paz del comercio y la paz de las letras-.


En cuanto al otro personaje cuyo recuerdo pretendo traer a la memoria de la actual generación de navarros, es nada menos que el comandante en jefe de los ejércitos de Navarra en 1507: el famosísimo César Borgia, cuyos huesos yacen todavía de forma anónima e ignominiosa en plena calle, frente a la portada de Santa María de Viana. Para él he tallado, pues, un sepulcro acorde a su prestigio, que no he formado yo nunca parte de todos aquellos que calumnian su proceder, igual en todo -y aún bastante mejor- al de muchos de sus contemporáneos que hoy pasan por buenas personas...
He puesto en todos estos monumentos lo mejor de mí, y aunque sé que no faltarán quienes digan: "zapatero a tus zapatos", y pensarán que un cirujano como yo no pinta nada haciendo estatuas, habré yo de responderles que lo hago de manera totalmente altruista y porque quiero. Y también porque amo la historia del lugar donde vivo. Y si con eso no les basta, también lo haré con los versos de Antonio Machado: 

"Y al cabo, nada os debo; me debéis cuanto escribo,
a mi trabajo acudo, con mi dinero pago
el traje que me cubre y la mansión que habito,
el pan que me alimenta y el lecho donde yago..."

Firmado: Dr. Victoriano Juaristi


ADDENDA: 

La estatua del rey Teobaldo, cuya imagen fotográfica recuperó de su tumba de papel un servidor de todos ustedes, fue destruida a los pocos meses de ser colocada, allá por mediados de 1935. Una persona que sabía, me dijo que fueron unos anarquistas y republicanos de salón, que "no podían tolerar que Pamplona hubiese levantado un monumento a un rey -fuese el que fuese-" y que por eso le arrancaron la cabeza de un mazazo y echaron la figura al foso. Ya no volvió a reponerse nunca más. Aunque personalmente pienso que nunca es tarde...

Todavía en 1948, cuando la estatua de Teobaldo ya no era más que un recuerdo sepultado en la memoria de la ciudad, el archivero municipal, Vicente Galbete, que firmaba como "Catón" en "El Pensamiento Navarro", la emprendió con muy poca gracia contra la escultura de un modo que deja traslucir la homofobia rampante de las autoridades ¿culturales? de la época: 

"la culpa la tiene Vuestra Alteza por dejarse esculpir en batín. Si se hubiera puesto la armadura de los domingos, otra cosa hubiera sido. Nos hacemos cargo de que a Vuestra Alteza -que se batió el cuero como los buenos en el monte Tauro, y que probó cumplidamente su condición de "ome" a través de tres matrimonios y nueve retoños- ha de hacerle poca gracia el que le tomen por lo que en Tafalla llaman un marimueta, pero, ¡qué se le va a hacer! El hábito no hará al monje, pero despista a la gente."

El sepulcro de César Borgia fue colocado finalmente, tras mucha oposición de lo más carca y faccioso de la población vianesa, en el zaguán del Ayuntamiento de la localidad. En agosto de 1936, los mismos (carlistas, falangistas y fanáticos ultramontanos de variado pelaje) que habían intentado que no se recordase bajo ningún concepto la memoria del comandante en jefe de los ejércitos de Navarra, sabiéndose ya intocables, la emprendieron a culatazos contra la escultura, destruyéndola para siempre, pues según ellos -y haciendo gala de aquello de ver la mota en el ojo ajeno, pero no la viga en el propio-: "un hombre tan malo no merecía recordatorio alguno". El párroco de la cercana población de Bargota -un botarate bien definido por su nombre de pila, llamado Prímitivo Zuñiga- había dejado escrito en el periódico "Diario de La Rioja": 

"Con un raposo a mis pies
y un gran puñal en las manos
un escultor cirujano
me dio al mundo como ves.

Mis atributos son, pues, 
felonía y crueldad; 
así que en esta ciudad,
leal, noble y generosa,
seré siempre una babosa
que empañe su caridad."

En cuanto al arco de Roldán, su proyecto fue duramente atacado desde el principio por el periódico nacionalista "La voz de Navarra", desde cuyas páginas tildaron a Juaristi de "traidor al pueblo vasco, por empeñarse en levantar un homenaje al invasor". Acusaciones que, por falta de sustento y de razón alguna, dolieron mucho al promotor, que se defendió con denuedo de semejante sarta de estupideces. 

En enero de 1936, el monumento fue destruido por un rayo, cuyos restos adornan hoy en día -al parecer- algún caserío de la vertiente norte de Ibañeta...

Así pues, don Victoriano Juaristi concitó en su contra a lo más cerril de las izquierdas, de las derechas, de los nacionalistas vascos y hasta de los cielos. ¡Y sólo por hacer tres estatuas!

De verdad que lo admiro, y no se me ocurre posición vital más envidiable. 

Aún así, es fácil comprobar un poso de fuerte amargura en este juicio de valor que dejó escrito el buen doctor: 

"Los vascos no hacen imágenes, ni las contemplan con emoción, porque no tienen imaginación, porque carecen de fantasía... El vasco, aun el cultivado, tampoco se interesa por la imagen como espectáculo, casi es iconoclasta. En cuanto a la imagen literaria, no necesito decirles nada..."

Hoy, casi un siglo después, cada uno de aquellos actores puede conceptuarse como merece. Uno en el de las personas que aman y promueven la cultura. Otros, en el de quienes la persiguen con saña hasta destruirla. Para hacer el bruto todas las ideologías se unen. Y desgraciadamente tampoco creo que en Navarra las cosas hayan cambiado demasiado, ni en este, ni en otros muchos asuntos. Aunque no pierdo la esperanza.

Eso si: que cada quien escoja su bando...



Esta crónica no hubiera podido escribirla sin haber leído antes el libro de Salvador Martín Cruz: "Victoriano Juaristi: el ansia de saber"

©Mikel Zuza Viniegra, 2015

lunes, 9 de febrero de 2015

LEALES


Iglesia de San Nicolás, Tudela, 9 de febrero de 1522


-No insistáis: la justicia de los hombres ha hablado, y si ha errado o no en sus conclusiones, sólo a Dios y no a mí, que soy únicamente el más humilde de sus representantes, le corresponderá enmendarlo en el día del Juicio Final.

-La justicia de los castellanos, querréis decir. ¿Cómo entender si no que se aprobase la muerte de una mujer por el único delito de bordar una bandera?

-¡No una bandera cualquiera: la bandera del usurpador Enrique de Labrit! Parecéis haberlo olvidado, aunque no me maravillo de ello, puesto que vos participasteis de la misma traición que vuestra madre, y en lugar de reforzar las tropas de socorro provenientes de Aragón, os dedicasteis a ondear con regocijo ese vil estandarte desde el campanario de este mismo templo en el que ahora nos encontramos, saludando con probada soberbia la llegada de los invasores, hace de esto apenas siete meses. Tan sólo vuestra corta edad os ha librado de compartir el destino de vuestra madre, pero no agotéis la paciencia de los fieles servidores de su majestad...

-¿Invasores? ¿Cómo considerar tal cosa a quienes venían a recuperar el país para nuestro legítimo rey? Decid más bien que debéis vuestro puesto y vuestras rentas de párroco a haber besado la mano -y no falta quien dice que otras partes de su cuerpo- al alcaide del castillo.

-¡El único rey legítimo de Navarra es el emperador Carlos! Grabaoslo en vuestra dura cabezota si no queréis acabar colgando de la misma soga de la que todavía pende el cadáver de vuestra madre, allá, en Traslapuente...
Y basta ya de esta infernal querella: os vuelvo a reiterar que su cuerpo no será sepultado en esta iglesia por mucho que ella fuese bautizada en nuestra pila. A los traidores a su señor y por tanto a Dios, no les corresponde ser enterrados en suelo sagrado, si no que habréis de llevar sus restos a campo abierto, o a un cruce de caminos, para que allí mueva a la oración de los verdaderos cristianos.

-Sosegaos, señor arcipreste, y ved que la fuerza de mis quince años es más que suficiente para traspasar vuestra abundante barriga con esta espada. Ahora sentaos y escribid lo que yo os dicte si no queréis comprobarlo:

"Yo, Pedro de Baigorri, beneficiado y párroco de esta iglesia de San Nicolás de Tudela, en el reino de Navarra, declaro que no sin mucho pesar y fatiga para mi conciencia puedo seguir ostentando este cargo proveniente de la simonía y la corrupción, y también que no puedo igualmente fingir mi adhesión al emperador extranjero don Carlos, cuando la soberanía de este reino de Navarra corresponde sin duda alguna al rey don Enrique II de Labrit, que para eso nació en él, en la muy fiel ciudad de Sangüesa, mientras el usurpador alemán nacía en un retrete del lejanísimo lugar de Gante. Por tanto anuncio a todos con esta carta mi intención de cruzar los Pirineos para secundar a mi señor natural en su justa lucha por hacer valer sus derechos al trono de Navarra."

-¡Nadie se creerá esta sarta de mentiras! ¡Haré que os cuelguen!

-Cuando mañana por la mañana descubran esta nota clavada en el altar mayor, y que vos no aparecéis por ningún lado, sí lo creerán. Ya sabéis que los castellanos desconfían de cualquier nacido entre estas mugas. Y ahora don Pedro, dad saludos al Diablo de mi parte. Decidle que me espere, que no tardaré en llegar...

La oronda figura del párroco se desplomó sin apenas ruido, con casi dos tercios de la espada dentro de su cuerpo. El joven entendió entonces perfectamente el alcance de la expresión "pesas como un muerto", y lamentó no haber hecho que aquel traidor se hubiera metido él mismo en la fosa. Porque no podía ser una fosa cualquiera, no. Debía ser la que se hallaba justo delante de la puerta de ingreso a la nave, aquella que todos los que entren pisarán durante siglos, al menos mientras esta iglesia permanezca abierta.

Y tampoco lo arrojarás en ella boca arriba, como se hace con los buenos cristianos, sino boca abajo, para que si su podrida alma trata de escapar por la boca, no encuentre otro camino que el del Infierno que merecen los traidores y los faltos de compasión.


Cuando ya está todo hecho, colocas encima la losa de madera que cubrirá la tumba, y con la punta de la daga grabas en ella: Aquí yace Marina de Arriazu, traidora a su patria y a su rey. Con eso te asegurarás de que nadie querrá hurgar en la fosa para percatarse de que el cura no está en la corte de los Albret, sino en la de Belcebú. Y eso será así para toda la eternidad...

Está amaneciendo, la hora en la que la ley permite recoger el cuerpo yerto de los ahorcados. Así que descuelgas a tu madre con toda la delicadeza de la que eres capaz, como si temieses despertarla, y cuando los guardias que te miran con desprecio ya no pueden verte, envuelves sus restos con la bandera que ella misma bordó, la que muestra el carbunclo y las flores de lis de los leales a Navarra.

Y en un pequeño bote remas Ebro abajo, hasta que atándole la piedra más grande que puedes levantar y dándole el beso más cálido que tus labios son capaces de ofrendarle, la arrojas al remolino más profundo, rezando para que si la tierra de Tudela es demasiado sagrada para los fieles a su verdadero rey, sean sus aguas al menos mucho más acogedoras, y lleven hasta Dios a quienes actuaron en conciencia y siguiendo únicamente su libre albedrío.

Foto de Angel Charela
Y luego simplemente dejas que la corriente te lleve lejos, muy lejos...


Enterrados boca abajo en San Nicolás de Tudela    

©Mikel Zuza Viniegra, 2015

miércoles, 4 de febrero de 2015

HEART OF ICE


Ujué, 4 de febrero de 1374

Debiste haberte marchado mucho antes, porque mira que estabas advertido de que la tempestad estaba al caer, pero a ver cómo recorres ahora las ocho leguas que te separan de tu casa, allá en la muy principal ciudad de Sangüesa...

Claro: querías asegurarte de que los frescos que llevas casi dos años pintando en el santuario quedaban perfectos, pero bien que podías haber dejado los últimos detalles para la primavera. Total, ¿quién iba a reparar en tus fallos en medio de este tenebroso luto que dura ya cuatro meses?

No sería desde luego el rey don Carlos quien te reprochase nada, porque desde que murió la reina doña Juana allá en la ciudad normanda de Evreux, está como ausente, y apenas sale de su habitación en el palacio si no es para encender vela tras vela ante la imagen de santa María, consumido por el remordimiento de no haber podido despedirse de ella...

Y no advierte en esas ocasiones que tus pinturas, esas que él mismo te encargó, están ya casi terminadas, como tampoco hace el más mínimo caso de los mensajeros que llegan constantemente con malas nuevas sobre más que probables invasiones desde Castilla o desde Aragón.

Así que si buscabas unas palabras de reconocimiento por tu trabajo, ya ves que aquí no has de conseguirlas, y tu estupidez al esperarlas te obligará ahora a helarte por esos caminos de Dios. Imagínate cómo estarán, viendo cómo la nieve que ha caído desde ayer sobre el pueblo ya te llega hasta las rodillas, y que hasta la portada del templo está completamente blanca, por toda la escarcha que el inmisericorde viento ha recogido en el atrio.

La foto del pórtico nevado de Uxue es de Elvira Ayesa
Vale, es cierto, lo admites: no te fuiste antes porque te daba pena el rey. Contigo siempre se ha portado bien, a pesar de las muchas -y falsas- cosas malas que sobre él te habían contado. Y también la reina te resultaba simpática. Y bien guapa que era, por cierto. En medio de toda esta calma helada, y blanca, es cómo si todavía la estuvieses viendo, ahí sentada, en el banco a la derecha de la puerta, con su breve estatura, su regia diadema recogiéndole el pelo, su piel tan blanca, su amplia sonrisa, su espalda apoyada sobre la pared y sus brazos sobre las rodillas, esperando a que don Carlos bajase cada noche a rezar completas para entrar juntos a la iglesia. ¿Y si...?

Por supuesto, ¿cómo no se te habrá ocurrido antes? Cualquier pintor -al menos si es tan bueno como lo eres tú- lleva dentro de sí también a un escultor, que es el que le permite medir correctamente las proporciones y las correspondencias de las figuras que luego habrá de plasmar sobre el muro o sobre la tabla. ¿Por qué no hacer entonces un último obsequio al rey de Navarra?

Y dejas tus bártulos en el paseo de ronda, y sales a amontonar toda la nieve que crees que vas a necesitar, y pasas la gélida noche dando forma humana a ese material que al fin y al cabo ha caído de allí donde el monarca cree que estará ahora mismo la reina. Y aunque has de parar a menudo para frotar tus manos entre sí y para echarles el poco aliento que comienza a quedarte en los pulmones, lo cierto es que al amanecer puedes ver de nuevo a doña Juana, con su breve estatura, su regia diadema recogiéndole el pelo, con su piel aún más blanca, su amplia sonrisa, su espalda apoyada sobre la pared y sus brazos sobre las rodillas.

El viento ha cesado justo tras haberse llevado todas la nubes. Es hora de partir. No te quedarás a ver cómo reacciona don Carlos. Lo conoces: es demasiado inteligente como para pensar siquiera en que tu gesto sea sólo una broma de pésimo gusto.

No, al contrario: lo que sí sabes es que entenderá que lo has hecho para darle la oportunidad de que pueda despedirse de ella. Y que cuando el sol, dentro de muy pocas horas, comience a derretir la figura, y cada gota de agua se filtre vaya a lavar los huesos de quienes reposan bajo el losau, podrá don Carlos por fin dejar que su honda pena se la lleve esa vivificante catarata, y podrá volver a ocuparse con tanto valor como antes de los asuntos del reino.

Y es que no hay que intentar retener en el corazón a quienes se fueron -al cielo, a otro país o a otro hogar que juzgaron más agradable- más tiempo del conveniente, que se sufre demasiado empeñándose en tan vana empresa.


Aunque, mi buen Martinet, puede que esto sea más fácil decirlo que hacerlo. Pero desde luego, hay al menos que intentarlo...


©Mikel Zuza Viniegra, 2015