martes, 11 de marzo de 2014

LA CRUZADA DE LOS NIÑOS


E nunca se vio tal concentración de infancia en esta ciudad. Tanta que la hubiera envidiado aquél alemán -resentido y flautista- de la villa de Hamelin. Pero los de Pamplona no acudían al hechizo de aire proveniente de un largo hueso con cinco agujeros, sino al del envolvente laúd de su majestad Teobaldo I, que desde el salón de su palacio llamaba a acudir a Jerusalén.

Y estaba esa curiosa estancia decorada con frescos de arte muy singular. En el testero muchos profetas no dejaban de admirarse -desde su lateral retiro, pues eran de natural modestos y tímidos aquellos augures bíblicos- la habilidad de vuelo que ciertos ángeles tenían para recoger en sus santos griales la sangre de Cristo. Y poco más abajo se perdían eternamente semejante espectáculo los soldados que, obedientes, cumplían las inicuas órdenes de custodiar su tumba. Y es cosa de mucho milagro quedarse dormido llevando tan pesadas armaduras. Y aún más abajo, jugaban al escondite entre muy grandes escudos, despreocupados músicos y la juglaresa más guapa que haya nunca pisado estos reinos.


Y en la pared derecha muchas figuras se afanaban en no saltarse el orden establecido en el casi preecologista himno escrito por Venancio Fortunato. Y muy buena cosa es que en una tierra tan dada al arboricidio como Navarra, quedase fijado en uno de sus muros más nobles alabanza tan ramificada y justa:

"Crux fidelis, inter omnes
arbor una nobilis,
nulla talem silva profert
flore, fronde, germine,
dulce lignum dulce clavo
dulce pondus sustinens."



"Oh Cruz fiel, 
el árbol más noble de todos.
Ningún bosque produjo otro igual,
ni en hoja, ni en flor ni en fruto.
Dulce madero, dulces clavos,
que sostienen tan dulce peso...."

Y saben todos los personajes muy bien lo que hacen buscando la sombra de tan frondoso árbol, pues por estar muchos siglos gozando del sol y el aire en la libertad de su claustro, están ahora tan morenicos o completamente negros como quienes habitan en lo más profundo del Africa austral, por eso no salen ya nunca de la espesura, y cada tres o cuatro años operarios muy cualificados rocían sus carbonizadas siluetas con Aftersún de aceite de linaza y nuez moscada.


Y no quedará sin describir la pared izquierda, cuyo rasgo más notable es que se quiso plasmar un Pantocrátor de tan enorme tamaño, que sólo se le divisan los pies. Y esto pudo hacerse o bien para mostrar bien a las claras la pequeñez humana, o bien para reflejar que tiene el Creador la cabeza en las nubes, y por eso dispensa antes sus favores a los nefelíbatas que a los que cazurramente atornillan sus pies a la tierra.


Pues desde esta sala recién descrita brota el cántico del rey. Y a su petición de valientes cruzados, acuden de todas las merindades niñas, infantes y jóvenes, hasta atestar las calles aledañas. Y piensan los más de ellos que si siguen a don Teobaldo en su empeño, se abrirán las aguas del mar para permitir su paso hasta Tierra Santa entre boqueantes peces y sirenas con escafandras llenas de agua.

Pero mucho se escama la reina doña Margarita de Borbón por tan gran y pueril manifestación de
entusiasmo, pues al contrario que su marido, siempre tan en las nubes como el Pantocrátor de su palacio, tiene muy bien leído ella que hubo ya hace pocos años una cruzada de niños que esperó también -igual que ésta- que las aguas se abrieran a su paso. Pero lo único que se abrieron fueron las bodegas de los barcos de los malditos comerciantes genoveses que, torciendo su rumbo hacia Egipto, no tardaron en venderlos a todos como esclavos.

Y sería muy gran lástima que todos estos acabasen sus días de igual forma, salvo los que se empeñen en dar la lata en cines, conciertos, aulas y bibliotecas que -esos sí- merecerían acabar no ya sólo como esclavos en Egipto, sino también como constructores de carreteras en aquella gélida Siberia donde gobiernan los Zares...

Así que aprovechando que Teobaldo sigue cantando la misma y ofuscante canción:

"Seigneurs, sachez : qui point de s'en ira
En cette terre où Dieu fut mort et vif,
Et qui la croix d'outre-mer ne prendra,
A dure peine ira en paradis;
Qui n'a en soi pitié ni souvenance,


Au haut Seigneur doit chercher sa vengeance,
Et délivrer sa terre et son pays..."



"Sabed señores que quien no vaya
a la tierra donde Dios murió y vivió
y no tome la cruz de Ultramar,
no entrará en el Paraíso.

Quien dentro de sí guarde piedad o recuerdo de Dios,
debe buscar venganza y liberar su tierra y su país..."


Va ella repartiendo entre todos los asistentes bono-carros de Villavesa para que puedan disfrutar gratuitamente de las maravillas que la cuenca de Pamplona les ofrece, desde el puente de la Trinidad de Arre al de Miluce, ya mirando a Arazuri y se vuelvan después tranquilamente a sus casas, olvidando así definitivamente la locura de viajar a aquel polvoriento secarral de Galilea en el que tantos buenos caballeros han dejado ya su piel.

Y pide después, entre respetuosa y mandonica, a Teobaldo que cambie ya de canción, y la emprenda ahora mismo -como siempre muy bien acompañado por los virtuosos de Uqbarnagh Ensemble- con esa otra mucho más agradable que dice:

"Amour me fait commencier, une chanson..."   


E dicen que sucedió todo esto cuando los ciegos golpeaban reciamente con sus bastones blancos el suelo mientras gritaban: "¡para el sorteo de hóoooooooy!"

©Mikel Zuza Viniegra 2014

miércoles, 26 de febrero de 2014

NI LO PIENSES


Castillo de San Esteban de Deyo, Monjardín, 26 de febrero de 925


-Rey Sancho: sois sin duda el monarca más importante que ha tenido Pamplona. Habéis duplicado vuestros dominios originarios con el condado de Aragón y las fértiles tierras de Nájera. Sois el campeón de la fe cristiana ante el Islam, y vuestro Papa de Roma no da un paso en estas tierras sin antes consultároslo. ¿Y os extrañáis de mi propuesta?

-Una cosa es que Dios me haya permitido conseguir todos esos logros que enumeras, Ahmed. Y otra muy distinta es hacer caso a locuras puestas fuera de toda razón.

-No sois precisamente joven ya, alteza, y tanto vuestra religión como la mía nos ordenan dejar atados los asuntos terrenales antes de emprender el último viaje. Si habéis sido un gran soberano, ¿qué puede haber de malo en que vuestra tumba recuerde a las generaciones venideras vuestro bien ganado prestigio?

-Pues yo pienso que ya he dado bastantes problemas en vida, como para continuar haciéndolo después de muerto. Tu descabalado proyecto arruinaría el reino para siempre.

-Ahí está vuestro error de concepto, alteza. Lo que yo sugiero no es gastar los abundantes tesoros arrebatados a los moros en todas vuestras victoriosas batallas. Al contrario: será el pueblo que tanto os ama quien -"voluntariamente", por supuesto- dedique su esfuerzo diario para construir un monumento a la altura (nunca mejor dicho) de vuestra auténtica grandeza....

-¿O sea que después de llevar tantos años defendiendo a mis compatriotas como mejor he sabido, ahora debería esclavizarlos para saciar unas supuestas ansias de gloria de las que carezco por completo? Todo esa estupenda reputación que decís que poseo acabaría convirtiéndose en odio sarraceno. Escupirían sobre mi memoria, y con mucha razón, que no son los pamploneses nada amigos de llevar cadenas, sino de romperlas.

-Pero señor, otros grandes gobernantes también lo hicieron, y ahora sus magníficos mausoleos, miles de años después de su muerte, siguen hablándonos de su nobleza.

-La nobleza no se mide por el tamaño del sepulcro que dejamos atrás, sino por los hechos que hayamos realizado en vida. A mi manera, he gobernado lo mejor que he podido. No cargaré este delirio tuyo sobre las espaldas de quienes ya han hecho bastante con soportarme hasta ahora.

-Pensadlo una última vez, señor. Ved que estamos en el lugar perfecto para mi propósito. La poliédrica forma de esta montaña es la idónea, no encontraréis una con las caras triangulares tan exactas en todo el territorio de Pamplona. El castillo donde nos encontramos es su vértice perfecto, bastará por tanto con poner a todos los habitantes del reino a horadarla hasta llegar a su justo centro. Allí y sólo allí se situará vuestra cámara funeraria, donde se guardarán para siempre todos los lujosos objetos que acumulasteis durante décadas, y que rodearán vuestro sarcófago para siempre. Naturalmente la reina y los sumos sacerdotes serán sepultados vivos a vuestro lado. Para ellos será un honor inconmensurable, sin duda alguna. Tan sólo me preocupa saber escribir vuestro nombre en los muros con impecable destreza, pues os confieso que tengo
un tanto oxidada mi caligrafía después de tantos años fuera de mi país natal. Quizás deberíais abandonar ese rústico "Sancho" y quedaros únicamente con el elegante "Garcés". Sí, eso es, fijaos lo bien que suena: Garcés I, rey de la alta y baja Pamplona, hijo de Ra-Amón. Cómo sería... Ah, sí: Halcón, Escarabajo, Pájaro con un sol encima, Hombre andando de lado con las manos hacia arriba y Planta de papiro... ¿Qué os parece, Majestad?



-¡Guardias, a mí! ¡Llevaos a este loco peligroso fuera de mi vista y ponedlo en una poliédrica mazmorra hasta que se calmen sus desvaríos! Ya me dijo mi querida Toda que no contratase a un egipcio como escribano real, que acaban todos enloqueciendo por sus anhelos de grandeza. Verás cuando se entere de que la querías enterrar viva, verás... Precisamente a ella, que hace siempre lo que quiere... Lo de dejar allí encerrados a los obispos, sin embargo, me parece una gran idea, que muy bien podría retomarse más adelante. ¿Y quién será ese tal Ramón? ¡Necio! ¿No sabes que mi padre fue don García Ximenez?
En cuanto a mi tumba, con una simple lápida en el suelo de la capilla de este castillo me basta. Y si llega o no llega intacta a los siglos venideros es cosa que no me importa lo más mínimo, con que Toda me lleve de vez en cuando-y sólo si ella quiere- unas flores, me conformo...


©Mikel Zuza Viniegra 2014



viernes, 21 de febrero de 2014

AYUDA


Plaza del mercado de Ruan, 30 de mayo de 1431


¿Cuánta gente se ha concentrado ya en este maldito lugar? ¿Cinco mil, quizás diez mil? Y eso sin contar a la guarnición inglesa, que bien sumará otros mil lobos más, todos reunidos y excitados por el olor de la sangre que bien pronto se va a derramar.

Mil soldados contra una joven de apenas diecinueve años. Como no pudieron derrotarla en el campo de batalla, van a cobrárselo muy caro hoy aquí, cuando el verdugo la ate al poste y prenda la leña verde a sus pies. Entonces la enviada de Dios, la doncella, la capitana, la hereje, la loca, será tan solo Historia. Ya no molestará más, ni a los generales ingleses, a los que dejó en ridículo una y otra vez, ni tampoco a los comandantes franceses, que en realidad se avergonzaban de tener que obedecer a una mujer.

Pero los mercenarios como yo la idolatrábamos. Después de recorrer Francia de norte a sur con sangre hasta las rodillas durante casi cuatro años, todos habíamos conocido jefes mucho más ineptos, cobardes o vanidosos que ella, que al fin y al cabo era igual que nosotros: una simple pastora de ovejas allá en su perdida aldea de Domremy...

Y no nos escandalizaba ni sorprendía que defendiese vehementemente que las órdenes se las dictaban San Miguel, Santa Catalina o Santa Margarita, porque esos tres mensajeros nos resultaban igual de lejanos -quizás hasta mucho menos molestos- que los que venían a dárnoslas en nombre del rey antes de que ella fuese nombrada nuestra capitana. Reyes, santos, generales... ¿qué más dará?

Un rey que -naturalmente- jamás se había dejado ver en nuestros campamentos. Es más, al rey de Francia no lo conozco más que de perfil: el de su feísima cara en las monedas que nos pagaban por matar ingleses, cuantos más mejor. Y a fe que en todo este tiempo he debido vaciar dos o tres naves de esas que llegan todos los meses desde su brumosa isla para reclamar estas tierras que, para mí, nada significan, pues soy navarro, y hasta aquí solo me trajo la obligación de ganarme la vida, aunque fuera a costa de arrancar la de los demás. Y bien tranquilo que seguiría yo viviendo en Olite si el rey Juan II no hubiera tomado muy a mal que no quisiese prestarle públicamente homenaje a él, si no solo a su mujer y auténtica propietaria del reino, doña Blanca.

¿Que por qué actué así? No sé, me pareció que debía hacerlo. No me gustaban las ínfulas y aires de grandeza del nuevo rey, de carácter tan distinto al del viejo, el siempre cercano Carlos III. Pude hacer como los demás y tragarme el orgullo, pero nunca he sabido bien cómo lograrlo. Las patas de mi caballo me valieron entonces para cruzar la muga huyendo de su venganza, y como lo único que sabía hacer realmente bien era rebanar cuellos y aquí llevaban ya cerca de ochenta años en guerra, no tuve problema para ser aceptado en cualquiera de las Compañías que devastaban el país a su capricho. Hasta que llegó Juana...

Y no es que dejásemos de blasfemar en cuanto ella se daba la vuelta, o que algunas veces no dudásemos con serio fundamento de su cordura, pero verla a la cabeza de nuestro ejército enfundada en su brillante armadura era como volver a aquellos tiempos de los griegos de los que nos hablaba mosén Fidel cuando éramos niños en el claustro de San Pedro.

Sí, igual que aquellas amazonas que descabezaban atenienses y espartanos era Juana. ¿Igual digo? ¡Mejor! Porque éramos nosotros quienes cortábamos ahora testas de duques y marqueses para ofrecérselas sin que ella se manchase sus impolutas manos, siempre prestas para implorar ayuda a los Cielos. Hasta el más miserable gusano enrolado en nuestras tropas hubiese dado entonces su vida por la de la doncella. Y yo el primero. "Allez, mon brave navarre!", exclamaba ella orgullosa al verme avanzar contra las posiciones enemigas...

Y hoy, tan sólo dos años después, sólo yo resisto entre esta masa vociferante que pide que la maten. ¿Dónde están todos aquellos que seguían su estandarte? Yo os lo diré: quietos en sus cuarteles, a docenas de leguas de aquí, porque su rey -su feísimo rey- se lo ha ordenado. Pero yo no soy francés y no tengo por tanto por qué obedecerlo.

Del ejército dirigido desde el Cielo que conquistó Orleans, ya sólo quedamos Juana y yo. Ella ya está atada al poste, con un cartel atado al cuello que la tilda de hereje y de bruja. Y todos se arremolinan a insultarla. Mejor, me dejan así el camino libre hacia la cerca iglesia de San Salvador. No hay nadie en su oscuro interior, todos tienen demasiada curiosidad como para no acudir ante el cadalso. Sólo unas pequeñas candelas arden ante el altar que busco: el de San Miguel. Nadie está allí para acusarme de ladrón cuando arranco la lanza con la que la gallarda y pequeña figura del arcángel mata al dragón infernal. Después fuerzo la puerta de la torre y subo hasta el campanario. Desde allí se divisa perfectamente la plaza donde las llamas ya han prendido los primeros haces de leña verde.

San Miguel de Ezcaray
Afilo entonces un poco más la punta de la lanza que acabo de robar, y con mi cuchillo grabo un profundo surco en el astil. Lo justo para permitir que pueda asentarse segura en la cuerda de mi arco. Allá abajo las llamas ya rodean totalmente a Juana, y a pesar de ello sus desgarradores gritos todavía consiguen imponerse sobre los de la masa enfebrecida: "Saint Michel, aidez-moi!" repite una y otra vez.

Apunto cuidadosamente, porque las llamas no me permiten ya verla. Y en un fugaz instante, justo mientras la flecha vuela a clavarse en su corazón, la postrera ayuda por la que clama le llega veloz desde Navarra, que no en vano es también tierra de ángeles y de dragones muy señalados...

Juana descansa al fin tranquila. Todos pueden descansar por fin tranquilos: ingleses, borgoñones, y los malditos franceses traidores. Y yo he hecho lo que tenía que hacer, como siempre. Pero daría ahora mismo mi alma inmortal   por tener a mano otros diez mil arcángeles a los que poder robar sus lanzas para acabar también con todos esos que gritan allá abajo...




© Mikel Zuza Viniegra 2014


viernes, 14 de febrero de 2014

DESAPERCIBIDO



 Catedral de Pamplona, 12 de febrero de 1348

Foto de R. Lasaosa

 -Han pasado veinte años de todo aquello. ¿Qué daño puede hacer ya este pobre viejo?

-"Ese pobre viejo", como tú lo llamas, es nada menos que fray Pedro de Ollogoien. Responsable máximo de las matanzas de judíos que asolaron estas tierras antes de la feliz llegada de don Felipe -que Dios haya- y doña Juana al trono de Navarra. Cientos de hebreos moran en el seno de Abraham por su culpa, ¿y aún dices que qué daño puede hacer? ¿Acaso no lo oyes día y noche berreando fragmentos de las Escrituras, que en su boca suenan como graznido de cuervo?

-¡Claro que lo oigo, y bien harto me tiene ya con esa salmodia! Por eso le he pedido varias veces al obipo don Arnalt que me releve de esta labor de custodio suyo que ostento únicamente porque ningún clérigo quería acompañaros en el cuidado de semejante orate. Pero a pesar de saber quién es y de horrorizarme por lo que hizo, sigo pensando que un anciano no debería estar en una mazmorra tan lóbrega como ésta.

-¿Lóbrega dices? Pero si tiene un ventanuco desde el que puede contemplar la misma vista que el obispo desde su palacio: la Chantrea, Burlada, Villava, y las grandes montañas de Monreal e Izaga allá al fondo.Y ahí lo tienes siempre, asomando su durísíma cabezota entre los barrotes. De todas maneras, siento ciertamente que el Fuero no contemple ya la pena de emparedamiento, porque así al menos nos habríamos librado hace mucho tiempo de canso tan grande. Y en cuanto a la lástima que te dan sus canas, piensa más bien en todos aquellos a los que su fanatismo impidió llegar a alcanzarlas. Y también en las mujeres y en los niños asesinados a consecuencia de sus funestas prédicas.

-Ya, pero cuando lleguéis a su edad, si Dios así lo quiere, seguro que no os gustaría veros como él. 

-No hacer caso a chiflados de verbo fácil es una norma muy simple de cumplir y que yo he llevado siempre a rajatabla, hermano. Y a éste basta con mirarle a los ojos para comprender el desastroso estado de su sesera. Que consiguiese formar un ejército de saqueadores acusando a los judíos de Estella de haber crucificado a Nuestro Señor no lo convierte además en un teólogo singular, tan sólo supo excitar el ansia de riquezas de una población exhausta. Aunque le reconozco que sí que supo escoger el momento: justo cuando no había autoridad real que contuviese sus locuras y sobre todo que protegiese militarmente a las juderías. Cuando por fin tuvimos reyes, uno de sus primeros mandatos fue apresar a fray Pedro, y hacerle pagar desde ese mismo momento sus desmanes. 

-Y muy bien me parece tal sentencia. Con lo que no estoy tan de acuerdo es con padecer nosotros con él, sin tener culpa ninguna en su rebelión, que yo ni siquiera había nacido por entonces. Y es que entre los ruidos de los obreros que construyen el nuevo claustro y la capilla funeraria del obispo aquí al lado, y los gritos sin fundamento de este maldito fray Pedro, no hay forma de meditar por el día ni de reposar por la noche. Estoy agotado, y os digo que bien poco me importaría que se quedase mudo en este mismo instante...   

-Doce años llevo yo en este cargo, y en vez de enmudecer cada día me parece que tiene más voz. Y no es raro, que él también debe darse cuenta que le va quedando cada vez menos vida, y por eso berrea y chilla bien fuerte, para ver si Dios le escucha y perdona su más terrible pecado. ¿O es que no te has fijado que casi siempre repite los mismos versículos? ¿No? ¿Pero qué os enseñan ahora en la Escuela Capitular?

-¿Os referís a...?

-Sí, ya sabes: 

"Quocumque enim perrexeris, pergam, et ubi morata fueris, et ego pariter morabor. Populus tuus populus meus, et Deus tuus Deus meus. Quae te terra morientem susceperit, in ea moriar: ibique locum accipiam sepulturae..."

-Para mi vergüenza he de confesaros que no domino la lengua latina tan bien como me gustaría, pero por supuesto que le escucho volver una y otra vez a esas mismas palabras. Tanto que he llegado a aborrecerlas, aunque lo cierto es que no entiendo qué quieren decir. 

-Pues tu tremenda ignorancia te priva de conocer ese horrendo pecado de fray Pedro del que antes te hablaba, que no es el de haber segado la vida de muchos inocentes. O al menos no es sólo ese. Y mira que él no lo esconde, pues no deja de gritarlo a los cuatro vientos...

 -¡Me tenéis en ascuas! ¿Qué pecado capital es ese?

-Si dominases la lengua de Cicerón, sabrías que lo que continuamente recita fray Pedro pertenece al Libro de Rut:

"Iré adonde tú vayas y viviré donde tú vivas. 
Tu pueblo será mi pueblo y tu Dios será mi Dios. 
Moriré donde tú mueras y allí mismo seré enterrado..."

-Pues aunque ahora por fin sé lo que dice este loco, sigo sin comprender a qué puede referirse.

-Rut Ben Simón era la hija del comerciante más acaudalado de la aljama de Estella. Yo tuve la fortuna de verla un día, y en verdad te digo que no me importa blasfemar para confesarte que renunciaría a aceptar que Cristo es el Mesias que el pueblo judío llevaba siglos esperando, sólo por lograr que ella me mirase una vez más.
Su pelo era negro, como las noches sin estrellas del país de Moab, sus ojos brillaban con el mismo fulgor del candelabro de los siete brazos y te juro que oír su risa era como saciarse con aquél maná que cayó del cielo en el desierto. Así de hermosa era. Pero lo que yo y otros muchos supimos guardar en nuestro corazón, un loco como fray Pedro no quiso o no pudo hacerlo. Con tal de lograrla, primero rogó y después amenazó a su padre, reconviniendo a ambos violentamente para que se convirtieran a la verdadera fe. Pero este propósito era tan sólo la excusa que escondía la verdadera intención lujuriosa del fraile, que ante la firme negativa de los dos hebreos, comenzó a pergeñar en su podrido caletre el crimen que luego le haría tristemente famoso en toda Navarra.
-¿Estáis diciendo que Ollogoien provocó el asalto a la judería de Estella sólo por despecho?

-Eso justamente es lo que ocurrió. Y eso es lo que le remuerde todavía las entrañas, porque sabe que Dios no le perdonará haberlo utilizado como coartada de sus mezquinos instintos. 

-¿Pero por qué sigue gritando de esa forma?

-Porque sabe que igual que no pudo vivir junto a Rut, ni lograr que su pueblo fuera su pueblo, ni que su Dios fuese su Dios, tampoco podrá morir ni ser enterrado en el mismo lugar en el que él provocó que ella muriera. Y es que el rey Felipe -de buena memoria- perdonó a instancias del obispo la vida del reo, pero lo condenó a pasar lo que le quedase de vida en esta celda, y a ser emparedado en ella tras su muerte. Sólo un relieve que ya ha tallado uno de los maestros que ahora mismo trabajan en el claustro, indicará a la posteridad este sombrío lugar, pues cubrirá para siempre por fuera ese ventanuco,  mostrando a fray Pedro de Ollogoien tal y como todo el mundo lo ha conocido estos últimos años: con su cabeza asomándose entre los barrotes y purgando a la vista de todos su infamante pecado.
Y yo espero fervientemente que sea el irascible y vengativo Dios del Antiguo Testamento en el que creían Rut y los suyos, y no el que anduvo alegre sobre la mar, quien acabe juzgándolo el día del Juicio Final ...  

Trasera de la catedral de Pamplona, a la derecha de la torre de la capilla
Barbazana, con el relieve junto a la tubería.

Ampliación "nebulosa" del relieve en cuestión

©Mikel Zuza Viniegra 2014

miércoles, 5 de febrero de 2014

DANZA

Puente de Larrangoz, 1 de  febrero de 1355


Fotógrafía del puente de Larrangoz  por Palmilla

-Imagina que María ha sido raptada por un malvado dragón y espera que la rescates de su torre-prisión, al otro lado de este movedizo puente. Sólo te falta enfrentarte a mí, tu dragón. Y por supuesto vencerme... 


-Es fácil imaginar, maestro. Lo difícil es llevar a cabo tal misión con los ojos vendados y completamente empapado por esta lluvia que no cesa de caer.


-Si fuera sencillo, todo el mundo sería caballero, presuntuoso Juan Martínez de Medrano. Pero no: los aragoneses no rodearán tus tierras para no molestarte en una de sus frecuentes incursiones, ni las puertas de Jerusalén se abrirán para ti sin combatir a docenas de sarracenos.Ahora soy yo el problema que debes afrontar: estoy delante de ti para impedir que alcances la victoria. O quizás no, puede que esté detrás. El bramido del río bajo nuestros pies te envuelve y no te permite distinguir bien de donde proviene mi voz. Y piensa también que faltan varias tablas en el suelo, y que por esos agujeros podrías escurrirte a la helada corriente. Tu padre debería ordenar arreglar este puente, pero en lugar de eso prefiere pagarme para que te entrene. Cuestión de prioridades, ¿no es cierto, joven aprendiz? ¡Hora de la primera lección! ¡Eh, muy bien! Has conseguido aislar el siseo de mi espada al cortar el aire lo suficiente como para parar mi golpe con la tuya, pero al adelantar tanto tus brazos has perdido el precario equilibrio que aún conservabas y por tanto... ¡al agua!


-¡Dios, está helada! ¡Haré que mi padre te haga desollar!


-Olvídalo, pretencioso Juan: ni tu padre ni ningún otro caballero de estos contornos es enemigo suficiente para Martín Ramírez de Arellano, espadero mayor de Su Majestad el rey Carlos II de Navarra, momentaneamente a tu disposición para lograr que ames a tu espada tanto o más que a esa María de Ekai que tanto frecuentas, y que por tu evidente incapacidad acaba de ser devorada por el dragón.


-¡Te destriparé, fanfarrón! ¡Tus vísceras servirán de alimento a los puercos! 


-¡Ese es el espíritu! Pero antes de que la rabia ciegue del todo tus ojos, permíteme que vuelva a colocar sobre ellos la venda. Segunda oportunidad para rescatar a tu princesa: Concéntrate: no puedes ver, estás congelado, el Irati amenaza con tragarte de nuevo en cuanto cometas un error, el puente que tu padre no arregla se balancea en el aire como una hoja en otoño por los vacilantes pasos que das mientras avanzas y porque yo lo muevo también con fuerza para reírme de ti. Pero reírme de ti no es lo único que planeo hacerte: voy a partirte por la mitad con mi espada: haré que silbe desde la izquierda y te atacaré por tu flanco derecho, o quizás lo haga al revés, los dragones somos tan caprichosos...


-Sigue hablando, fanfarrón, mientras tu voz me lleva directamente hacia ti y soy yo el que separa tu cabeza del cuerpo con este veloz tajo...


-¡Hay ciegos pidiendo en las puertas de San Nicolás de Pamplona mucho más rápidos que tú, estúpido Juanico! Braceas en el aire como si estuvieras en el agua, y bien mirado lo estás, porque me basta darte una patada en ese lentísimo trasero tuyo para que vuelvas a sentir el gélido beso de la dama del Irati. ¡Al agua!


-¡Te mataré, maldito viejo! ¡Te trocearé con cuchillos oxidados! ¡Verteré vinagre en tus heridas! 


-El coraje hay que demostrarlo sobre el puente, no bajo él, mi impulsivo amigo. Cuando tus enemigos te venzan por no saber dominar tu furia, no te arrojarán al agua, sino al Infierno. Y de ahí nadie te dará la oportunidad de salir, como yo estoy haciendo contigo. ¡Vuelve a colocarte la venda sobre los ojos! 


-¡Pero estoy agotado!


-¡Agotado y muerto son conceptos iguales para mí! ¿Subes o prefieres que baje a buscarte? Ya sabes lo poco que me gusta mojarme los pies...


-¡Sí, Juan, sube! ¡Hazlo por mí!


-¿Qué haces aquí, María?


-La invité yo, empapado y ridículo joven. Pensé que le daría más realismo a mi historia y que así tendrías una motivación extra para destrozarme, destriparme y todas esas cosas que dices que quieres hacerme. Venga, muchacho, tu princesa está al otro lado del puente y sólo este viejo dragón te separa de ella. Pero no te lo pondré tan fácil como hasta ahora: además de no ver ahora te haré girar varias veces sobre ti mismo como una peonza para que al movimiento de este fragilísimo puente se una también el de tu maltrecha cabeza. Aunque te daré una oportunidad de orientarte: ¡Hermosa María, canta una canción para que tu impetuoso enamorado pueda acabar en tus brazos! Pero que sea una que lo estimule a dar lo mejor de sí mismo, o me temo que acabará río abajo otra vez...


-¡Sé cual le hará conseguirlo, don Martín! Escucha, Juan: 


"Oh no, not I,
I will survive,
oh as long as i know how to love
I know I'll stay alive.
I've got all my life to live.
I've got all my love to give.
And I'll survive
I will survive
yeah, yeah." 



"Pues no, yo no. 
Sobreviviré. 
Mientras sepa cómo amar, sé que estaré vivo. 
Tengo toda mi vida para vivir. 
Tengo todo mi amor para dar. 
Sobreviviré. 
Sobreviviré. 
Sí, sí." 


-Tiene buena voz tu princesa... Lo malo es que ahora su canto se une al rugir del río, al zapateado de las gotas de lluvia sobre tu cabeza, a los agujeros del puente, a las punzadas de tus pies calados dentro de tus botas y, muy pronto, al golpe de mi espada que te volverá a arrojar al abismo una vez más. Y en esta ocasión María te estará viendo y a todas esas sensaciones se añadirá la de una vergüenza infinita que pugnará por desasirse de tu aterida garganta. ¡Cómo lo voy a disfrutar! 

 -Siempre hablando y hablando sin parar, pero sin duda me habéis enseñado bien... El movimiento del puente, el aullido del río, el ulular de tu espada presta a descargarse sobre mí, incluso el cantar de María son solo distracciones, trincheras en las que caer sin haber llegado a la puerta principal del castillo.Ese portón cuyos goznes chirrían, como lo hacen vuestras nada engrasadas espuelas sobre este tambaleante suelo. Así que finta a la derecha, ataque por el flanco izquierdo, y...¡al agua, mi señor espadero mayor! 

 -¡Bravo, Juan! -¡No deberías besarla con tanto anhelo,muchacho, aún no te he enseñado lo suficiente como para enfrentarte al señor de Ekai! -¡No os riais tanto, y mejor quedaos en la otra orilla, recordad que aún me queda trocearos y arrojaros a los cutos! Aunque eso lo dejaremos para mañana, ¿no te parece,María? 

-Lo que me parece es que soy yo quien debería cobrar las lecciones de espada que recibes: esa estocada te la enseñé yo. 

-Pobre Ramírez, tantos años y todavía no ha comprendido que la esgrima es como una danza ¿Y acaso hay quien baile en el mundo mejor que una mujer? 

Caballero en la portada de la iglesia de San Bartolomé de Larrangoz

©Mikel Zuza Viniegra

lunes, 27 de enero de 2014

PERFECT


Catedral de Pamplona, 27 de enero de 1456


-Fantasmas. Todos fantasmas: tú, yo, y todos esos que circulan por los pasillos laterales casi a oscuras, entonando sus quejumbrosas  letanías una y otra vez, rezando para que -ahora que se ven ya viejos y perdidos- la muerte no les coja tan pecadores como hasta ayer mismo fueron. Y quizás también porque temen que ahora que he firmado la rendición, los agramonteses tomen venganza contra ellos. Pero los conozco bien, la mayoría no tardará en servir a los nuevos amos, y yo sólo seré ya una molesta memoria de que -por una vez- quisieron algo mejor para sus vidas.

-Bueno, al menos ellos y tú mismo aún moráis en este mundo. Te recuerdo que lo que queda de mí está bajo esa desnuda y fría losa que, por cierto, prometiste cubrir con un deslumbrante sepulcro, Carlos.

-Nada fue bien desde tu muerte, Agnes. No he tenido tiempo ni dinero para cumplir mi promesa.

-¿En ocho años no has tenido tiempo? Te salva de mi reproche que, cuando yo vivía a tu lado, tampoco fuimos capaces de resaltar la tumba de tu madre, la reina Blanca, como ella nos había pedido.

-La guerra de Castilla en la que don Juan metió a Navarra, distrajo nuestros ya escasísimos recursos económicos. Ya fue toda una odisea conseguir recuperar sus restos desde el santuario de Nieva, esquivando por el camino a las patrullas castellanas y a las de -rabia me causa recordarlo- mi propio padre,que ya preparaba su segundo matrimonio con el cuerpo de su primera esposa aún caliente en el ataúd. Además, tú misma lo viste: podemos estar seguros de que no ha habido rey de Navarra que tuviese un funeral tan suntuoso como el que preparamos para ella, con todo este templo engalanado con sus armas y su cuerpo en un catafalco decorado en medio del coro. Hacerle después un mausoleo era quizás demasiado pedir.

-Mis exequias, desde luego, fueron mucho más austeras...

-Te ruego que no me lo tengas a mal, Agnes. Bien que hubiese querido yo señalar tu fuesa o la de mi madre como ambas merecíais, pero todo el tiempo se me ha ido en sobrevivir a las asechanzas de mi padre. Tantas y tan alevosas, que ya no anhelo si no unirme a vosotras bajo estas piedras para siempre.

-Me temo que no aguardarás la resurrección bajo el suelo de esta catedral, Carlos...

-¿Tú también crees que cuando mañana salga para el exilio, ya nunca más regresaré a Navarra?

-Mejor que yo sabes que tu padre no lo consentirá. Igual que nunca permitió que tú y yo fuésemos felices.

-Sí que lo fuimos alguna vez, Agnes. Aquí mismo, entre estos muros. ¿Recuerdas cómo nos reíamos de los incomprensibles sermones del deán, repletos de citas bíblicas y latinas que ni él mismo evidentemente entendía? ¿O cómo forrábamos con la cubierta de los misales nuestros libros de versos y nuestras novelas favoritas? Cualquier cosa con tal de escapar con la imaginación de aquellas pesadísimas ceremonias. ¿Y cuando hice pintar una de las bóvedas con las divisas de mis antepasados para homenajearte?

-Sí, las hojas de castaño y los triples lazos. Pero no unos lazos cualesquiera, no: exactamente los mismos que tú y yo trenzamos aquella vez con los tallos de rosal de los inmensos jardines del palacio de Tafalla, que con sus afiladas espinas dejaron nuestras manos con tantas heridas que quedamos más asaeteados que San Sebastián, quien no en vano es el patrón de aquella ciudad. Decías que la sangre que nos corría por los antebrazos era tan roja como la bandera de Navarra.


-Luego he visto derramarse de forma bastante menos agradable mucha más sangre, Agnes, y ya no puedo verla de forma tan heroica, pero sí puedo asegurarte que te añoro cada vez que repaso con mis dedos esas viejas cicatrices.


-¡Shhhh, calla!¿No ves cómo te miran todos los que nos rodean? Deben pensar que has perdido definitivamente la razón, aquí sentado, en mitad de la nave, hablando solo...

-Déjalos, Agnes. Ellos rezan a un Dios que hace siglos que no escucha sus plegarias y tú al menos me respondes, aunque ya sólo existas dentro de mi cabeza.

-Haz lo que yo ya no puedo hacer: sal de este cada vez más sombrío edificio y escucha en cualquier taberna de la Navarrería la canción que aquellos músicos ingleses de paso por Olite tocaron para nosotros, la que nos dijeron que cantaban los barqueros de los canales de Camden. ¡Date prisa, que no sabes de cuánto tiempo dispones!



-Tienes razón, ya es tarde. Tarde para todo. Además, sé que nos reuniremos pronto, y te prometo que entonces será el muy agradable aroma del licor de Nordesía al chocar nuestras copas lo que nos envuelva para siempre, y no este sofocante incienso que todo lo nubla menos el recuerdo de tenerte a mi lado justo aquí, en este mismo banco, riéndonos del deán y de los viejos que temen -sin razón- a la Muerte...

©Mikel Zuza Viniegra 2014

martes, 21 de enero de 2014

INTERCAMBIO

Castillo de Durnstein, 21 de enero de 1194


Cierto que por estas mismas fechas, cuando las nieves se enriscan y enseñorean del Moncayo, y éste -al fin y al cabo gigante siempre presto al romadizo- sopla con fuerza intentando quitárselas de encima, baja un cierzo cortante y áspero que barre las calles y el castillo de Tudela sin mostrar misericordia alguna por sus habitantes, ya moren en la judería o en el fuerte castillo roquero que protege la ahora cencellada mejana.

Cierto, sí. Pero aquello posee el calor del Infierno comparado con este congelado páramo austriaco donde las andanzas de la alta política te han llevado. ¿Quién mandaba al orgulloso y necio cuñado tuyo, Ricardo de Inglaterra, empeñarse en continuar su regreso a Inglaterra por tierra en lugar de por mar?

Si al menos lo hubiese hecho prisionero el emperador de Bizancio y no el de Alemania, ahora tú, ofrecido como rehén mientras él -una vez libre- termina de pagar su fabuloso rescate de 150.000 libras de plata, vivirías una temporada al dulce y siempre tibio sol del Mediterráneo. Pero no. Tuvo que adentrarse en estas condenadas y siempre gélidas tierras de Austria. Y una vez aquí, ni siquiera tuvo la suficiente malicia como para lograr pasar desapercibido. Al contrario, fue tan tonto como para pagar en cada posada y en cada alojamiento con sus propias monedas de oro. Tales derroches no tardaron en llegar a oídos del duque Leopoldo, ese mismo a quien Ricardo había desairado gravemente durante el sitio de Acre, que vio la ocasión de cobrarse cumplida venganza de aquel agravio.

Y por eso estoy yo aquí ahora, cubierto con todas las pieles de oso que en Navarra pude encontrar. Y a fe que el manto es regio, con foro de escamas y bordes de marta cibelina y armiño. No en vano dijo mi hermano Sancho que no podía presentarme en Austria, aunque fuese para servir de prisionero, como si fuese un pordiosero. No, tras las rejas o en libertad, soy el príncipe Fernando de Navarra, y he demostrarlo cuando la ocasión lo requiera.

De todas maneras... ¡para rato iba yo a meterme en esta guarida de ladrones si no fuera por el cariño que guardo por mi hermana Berenguela! Bastante más por cierto que el que le muestra el gañán de su marido. Pero no supe negarme a sus perentorias cartas,en las que me rogaba que aceptase este maldito trueque...

El gorro que llevo también me lo envió ella. Es de colas de zorro aquitano, pero ni por esas se quita este frío que llevo metido hasta el tuétano de los huesos. Pero he de dejar de temblar, al menos para que el zopenco de mi cuñado no piense que tiemblo de miedo  por quedarme solo -id vos a saber por cuánto tiempo- en esta descarnada fortaleza.

Así que bebo generosamente de la cantimplora el jugo bermejo que mi hermana Constanza elaboró para mí el otoño pasado, con los pacharanes que yo mismo recogí en las faldas del monte Leguin. Y vaya si hace rápido efecto, que me siento mucho más templado cuando me llaman para hacer el intercambio los siempre adustos alemanes.

Ahí está Ricardo, siempre con perpetua cara de fastidio, de querer estar en otro sitio. Aunque en este caso le entiendo bien. En esta mazmorra ha pasado los dos últimos años, y suerte grandísima será si yo no cumplo otros tantos por culpa de su soberbia y estupidez.

Pero somos príncipes, hijos de reyes los dos. Mi dinastía mucho más antigua que la suya, por cierto, que sólo existe porque el invasor Guillermo de Normandía consiguió acabar con la dinastía sajona del noble rey Harold, mientras la mía forjó su prestigio en guerra permanente contra los moros del gran guerrero Almanzor. Pero prefiero no recordárselo para que no se sienta humillado.

Lo que sí le recuerdo -en pulcro latín para que me entienda bien-, y al oído, para que nuestros captores no puedan escucharlo, es que si me entero de que vuelve a tratar mal a mi hermana Berenguela le meteré un sarde por el culo en cuanto salga de estos muros. Que no le engañe verme tan joven, que los de Tudela sabemos mantener nuestra palabra...

Él me mira con esos ojos que dicen los cantares de gesta que paralizan a todos sus enemigos, pero que a mí me dejan fresco -¿o será que empieza a pasarse el efecto del pacharán?-. Pero no, no tiemblo ni de frío,ni de miedo, aunque él farfulla y grita en ese  idioma suyo que suena como los ladridos de los perros perdidos en la Bardena. Y sigue berreando lo que imagino que serán graves insultos mientras los soldados se lo llevan esposado. "¡Recuerda bien lo que te he dicho!", es lo único que logro decirle antes de que cierren la puerta de la celda tras de mí.

Por el ventanuco se ven las enormes montañas nevadas allá, a lo lejos. No me parecen tan hermosas como el Moncayo, pero tendré que acostumbrarme. En la pared, escritas con un negro tizón proveniente de la chimenea, hay unas palabras que parecen formar un poema:

"Ja nus hons pris ne dira sa reson
adroitement, s'ensi com dolans non;
Mes par confort puet il fere chançon.
Moult ai d'amis, mes povre sont li don;
honte en avront, se por ma reançon
sui ces deus yvers pris."

"Ningún hombre encarcelado puede expresar sus sentimientos despreocupadamente,
como si no sintiese ningún dolor; 
Aunque, para consolarse, puede escribir una canción. 
Yo tenía muchos amigos, aunque al parecer todos eran pobres; 
pues debieran sentir vergüenza por no haber pagado aún mi rescate, 
llevando como llevo ya dos inviernos prisionero..."

Hermosos versos, sin duda. Si es que cuando mi cuñado quiere, tiene talento. Pero quiere tan pocas veces... Hasta a mí me vendrán bien para entretenerme continuándolos. Y malo será que aquella que quedó esperándome en el señorío de Baigorri -cuyo cuerpo calienta mucho más que esta casi ya vacía cantimplora y a quien tanto añoro- se entere alguna vez, al recibir mis primeras cartas desde este desierto de hielo, que este poema no lo empecé yo, sino el testarudo e insoportable pelirrojo que atiende por Corazón de león...


©Mikel Zuza Viniegra 2014