jueves, 22 de julio de 2010

EN COPA FRÍA



Octubre del año del Señor 1307.

Al fin el rey Felipe IV de Francia ha permitido que su hijo, el príncipe Luis, acuda a Navarra y sea proclamado rey en Pamplona con todos los honores que a él mismo se le niegan, pues las cartas enviadas a París por las Juntas de Infanzones no le reconocen el título, cosa natural pues la reina propietaria era su difunta esposa, la temperamental Juana…

Ni siquiera se lo conceden al príncipe. Al menos hasta que jure el Fuero. Así que bien entrado ya el otoño, una gentil comitiva sale de París en dirección sur, hacia ese agreste reino del que su madre tanto le hablaba, con sus reyes sabios, gigantes o poetas. ¡Díficil será estar a la altura! Aunque él sólo tiene 17 años, y tiempo habrá de igualar las hazañas de aquellos antepasados e incluso de superarlas…

Muchos hombres armados rodean a Luis, pues su astuto padre desconfía de la lealtad de los navarros hacia su inexperto hijo, cuyo rasgo de personalidad más destacado es una testarudez a prueba de bombarda, que muy pronto sus súbditos podrán conocer, pues no en vano acabarán apodándole "el Hutín"…

Pero Luis no piensa en política o en historia mientras se va acercando a la pequeña capital donde será coronado, sino que se regodea en la certeza de que aquel viaje es el primero que hace sin que los ojos de su padre vigilen hasta el mínimo detalle de su comportamiento. Y se siente el príncipe más libre de lo que se ha sentido nunca, y además el orgullo se le salta por las costuras advirtiendo que cuando vuelva a Francia, él será tan rey y soberano como su progenitor, pues será rey de Navarra y heredero de la corona francesa. Y en esas dulces reflexiones se le va el viaje hasta que cruza la frontera entre un reino y otro, y los administradores reales que trae consigo van ordenando a las tropas que deshagan las Uniones y Juntas de Infanzones tan dañinas para el honor y poder de la Monarquía.

Y cuando es alzado por fin sobre el pavés, puede Luis contemplar que la vetusta catedral de Pamplona está en tan mal estado como la dejaron las tropas de su abuelo el rey Felipe el Atrevido, cuando vinieron a pacificar a la levantisca ciudad de la Navarrería, hace más de 30 años. Pero ni aquella inminente ruina puede quitarle la sonrisa de la boca, porque ya es un rey ungido y coronado, tal y como dice la Biblia que fue tratado el rey David.

Y a la noche hay fiesta en el gran salón de palacio, y reina el contento y la alegría por doquier, pues vuelve Navarra a tener un rey propio que habita entre los navarros, y aunque Luis está acostumbrado al Beaujolais, al Provenzal o al Bordelais, los vinos que le van sirviendo sin descanso, y que a su oído suenan tan exóticos como “De Peralta”, “De Olite”, o “De Laguardia”, potencian sin tasa su regocijo, y hasta comienza a parecerle que las mozas navarras son mucho más bellas que las pavisosas doncellas francesas, incluida su mujer Margarita de Borgoña, que se ha quedado en Paris para evitar las incomodidades del viaje, y que a estas mismas horas celebra también ella una fiesta en la Torre de Nesle, que si su marido pudiera ver, tengo para mis entendederas que le darían muchas más ganas de beber, aunque esa es otra historia…

-Les femmes navarraises ont l’habitude d’avoir belle humeur, Monsieur–le susurra al oído su chambelán- y al joven rey le parece que tiene mucha razón. Y es a los postres cuando una delegación de nobles pide humildemente ser recibida, pues traen un misterioso presente para el soberano.

Va anunciando uno a uno sus nombres el portero, con muy solemne acompañamiento de trompetería:

-¡Dominus Juan de Velasco y de Viana, gran señor del Etxeko y de La Navarra!

-¡Dominus Ambrosio de Dicastillo, duque de Zoco!

-¡Dominus Joseph de Abarzuza, conde de Azanza!

-¡Dominus Martín de Campanas, marqués de Alaiz!

-¡Dominus Iesus Echavarri de Orkoien, señor de Usua!

-¡Lord Daniel de Baines, señor de todos los pacharanes de Navarra!

-¡Dominus Pablo de Esparza y de Villava, gran señor del Basarana!

Los siete inclinan su cabeza respetuosamente ante el rey, y de una caja muy bien sellada, extraen unas bellas redomas repletas de un líquido rojo como la sangre, que a la luz oscilante de las candelas, refulge como el más pulido de los rubíes o las espinelas. En otra caja que los criados abren con cuidado, va muy bien aplastada la primera nieve caída en la montaña más alta del reino, y dentro de ella unos cálices que, al contacto con el hielo, hasta duelen al tocarlos con la mano. Mas, según explican a Luis, a esa temperatura está mucho más rico el contenido de las redomas, que muy pronto es vertido en las copas y servido al monarca, que se relame de gusto, pues no ha probado en la corte de París nada parecido a aquel brebaje tan bermejo y dulzón.

Mucho le advierten los obispos, frailes y sacerdotes de que tenga cuidado con aquel entrañable jarabe, pues no conviene abusar de sus efectos, pero considera Luis, como todos los jóvenes, que él ya sabe muy bien cuál es su medida, y continúa toda la noche bebiendo aquél néctar con sus amigos, siempre bien abastecidos por los siete nobles, a los que en el calor de la velada el rey ofrece tierras y señoríos sin cuento al otro lado de los Pirineos. Y, cuando el sol se eleva sobre los tejados, las redomas aquellas han quedado tan vacías y limpias que, si hubiera habido ches o cuacho docenas más (obsérvese el dulce acento estellés), también hubieran sido “confiscadas” por la regia comitiva.

Y es fama que el rey Luis I de Navarra apenas habitó dos meses en su reino, y que de esos 50 días, 20 los pasó en cama con la mayor resaca que conocieron los reyes franceses desde tiempos de don Carlomán, y que cuando aquellas nuevas fueron llegadas a la corte de París, ordenó el rey don Felipe que le surtieran los siete nobles navarros de varias cajas de redomas de aquellas, pues también quería él probarlas, que mucho le había hablado su esposa de aquel licor tan feliz y regocijante…


© Mikel Zuza Viniegra, 2010

domingo, 18 de julio de 2010

VIBRA EN TI NAVARRA ENTERA...


Armas de Navarra en el
"Libro del conoscimiento
de todos los reinos".
Siglo XIV.

Cuentan las crónicas del libro de los Teobaldos que el escudo que los reyes de Navarra llevaban al entrar en batalla fue siempre completamente blanco. Tan sólo la bloca que le servía de refuerzo, fundida con el oro que los romanos encontraron en Aralar, y la piedra preciosa que tenía atrapado en su interior todo el verde de Sorogain, destacaban sobre la plata bruñida que, embrazada por el soberano, servía de guía y ejemplo al resto de los guerreros.

Fueron numerosísimas las ocasiones en las que aquel escudo demostró su temple perfecto, y aun pareció a muchos de sus portadores que tenía el poder de reforzar su valor cuando el rival apretaba en la contienda. Por eso cuando don Teobaldo el Trovador consiguió detener una nueva invasión del reino realizando tan temerarias e inauditas hazañas que a todos pusieron espanto, muy pocos se fijaron en su sobreveste desgarrada por decenas de impactos de flecha, espada y puñal, pues mucho se había introducido entre las tropas enemigas. Así que aunque la victoria fue finalmente suya, también fue aquel su último día sobre la Tierra.

Y cuando se dieron cuenta de que su buen rey había muerto, lo colocaron sobre su escudo y se pusieron en marcha hacia Pamplona, pues el Fuero ordenaba que allí debían ser enterrados los monarcas navarros.
Por todo el camino salían al paso de la fúnebre comitiva muchos hombres mesándose las barbas y arrojando ceniza sobre sus cabezas, y también muchas mujeres llorando por aquel que yacía tan pálido ya como su broquel, pues había sido justo y bueno con todos.

Llegados a la catedral de Pamplona, y cuando se disponían a aposentar el cuerpo sobre el altar, pudieron observar como la plata del escudo había quedado teñida por la sangre del rey, que había ido derramándose por la multitud de heridas que cosían el cadáver, de tal forma que en vez de la blancura que cegaba a los adversarios cuando el sol resbalaba por el albo metal, ahora un bermejo intenso hacía refulgir más aún que antes el oro y la gema que lo ornaban.

Mas como no toda la plata había quedado cubierta, fueron dadas órdenes a los mensajeros reales de que anunciaran la infausta nueva a todo el pueblo de Navarra, y también de que pidieran a tan leales súbditos que vinieran a despedir por última vez a su señor natural, que ahora cabalgaba definitivamente hacia la gloria eterna.

Y fue notable la pena que se extendió por el reino cuando se conoció la noticia, y mucho sorprendió a todos que el escudo de los reyes de Navarra no fuera ya de color blanco, por lo que cuando a los pocos días una multitud fue llegando a Pamplona, ninguno de los adustos guardias que velaban el cuerpo impidió que muchos mostraran su respeto al viejo rey ayudando a cubrir completamente los trozos del escudo que aún permanecían con su color original.

Y era de ver cuando aparecieron los representantes de la morería de Tudela y ofrecieron la alheña con la que sus mujeres decoran su cabello y todo su cuerpo, hechizando la voluntad de quienes las contemplan. O cuando llegaron los labradores de Olite y vertieron el más bermejo de sus vinos sobre las armas regias. O cuando los hebreos de Estella extendieron el tinte rojizo que solían emplear en la confección de sus tejidos más lujosos. Y vinieron desde lo más profundo del valle de Esteribar portadores de cestos llenos de pacharanes recién recogidos, e igual que quienes les habían antecedido en tan respetuosa ofrenda, enjugaron el escudo con el líquido de tan nobles frutos. Y se llegaron también ante el difunto don Teobaldo los hidalgos del Baztán, que traían consigo sacas de finísimas marrubiak, y también muchos caballeros de Izagaondoa, que habían recolectado con sus propias manos las korostias de los acebos que defienden el impenetrable bosque que rodeaba el castillo de Leguin. Y el regalo que las bellas damas de Tafalla aportaron, fueron las rosas más rojas y fragantes de sus jardines, y aún llegó al templo una delegación del equipo que justa sus torneos a la vera del río Sadar, cuyos representantes prometieron ante tan cortés demostración, que a partir de entonces nunca jamás lucirían otros colores que los siempre triunfantes del rey de Navarra. Los últimos en comparecer, como si quisieran rubricar con el favor del cielo la ceremonia, fueron los monjes de Irache y Leyre, que trajeron sendas redomas llenas de la tinta cobriza con la que escribían sus libros y dibujaban sus beatos…

Nadie volvió a echar nunca más en falta el color blanco en la divisa de Navarra, pues ese color es casi siempre el favorito de farrucos y atorrantes, más amigos de los maravedís que del sentimiento verdadero, y de esta forma el siguiente Teobaldo que se sentó en el trono de Navarra sancionó con su sello, naturalmente de cera roja, un decreto que reconocía a todos los efectos legales que la sangre vertida por su padre y los dones aportados por su pueblo, merecerían pasar en adelante a todos los armoriales heráldicos que quisiesen dar a conocer cuáles eran las armas del reino de Navarra.


Y esto es lo que dice el ya mencionado libro, y también muchos otros que se escribieron después.
Habrá quien quede convencido, y quien crea que todo esto no son más que supercherías.
Y quizás ambos acierten en su juicio…





© Mikel Zuza Viniegra, 2010

miércoles, 14 de julio de 2010

Y MI PALABRA ES LA LEY...


Otro ilustre y egregio
simpatizante de La Jarana...


-¿Pero dónde habrá ido ésta? –piensa mientras recorre con su mano el vacío que ella ha dejado al levantarse de la cama.

La luz de la tarde se filtra por la persiana y se clava en su adolorido cerebro como puñales brillantes. Aún seguiría durmiendo si no hubiese oído cómo daban las cuatro en el reloj de la cercana catedral. Quizás sería buena cosa mandar al campanero a pasar una temporada al castillo de Monreal…

Se incorpora con cierta dificultad y siente inmediatamente la boca pastosa, como si hubiese comido dos o tres bolsas de los polvorones que Maese Molinero elabora en Arroniz. Pero no recuerda haber comido nada la noche anterior. Bebido sí, y mucho. Es que resulta difícil negarse a tanta invitación. Y siempre con vino de Navarra, claro. Qué menos.

Y luego está lo de Agnes, que la pobre sólo bebe cerveza y no sabe lo que se pierde. Seguro que se ha ido por ahí con sus parientes alemanes…

Tira del cordón esperando que aparezca algún criado. Pero al tercer tirón se acuerda de que hoy les concedió el día libre. ¡Maldición! ¿Dónde estará guardada la ropa blanca? Él se pondría la misma de ayer, pero huele tanto a ese sahumerio vegetal que, envuelto en un pergamino muy delicado, hacen quemar los turcos de la embajada del Soldán, que no hay quien lo aguante. La verdad es que él también usó bastante de ese entrañable producto ayer, y ahora le suenan los pulmones como el fuelle del herrero de Beriain…

Abre la ventana y el sol le deslumbra haciéndole cerrar los ojos, cuyo reflejo le devuelve el azogue. Están tan rojos como los que una vez vio que tenía un transilvano que pasó por Pamplona haciendo la ruta del Ajoarriero…
De Zugarrondo le llega un barullo tremendo. Es lo que tiene vivir en plena Navarrería, por mucho que lo hagas en un palacio tan grande como éste, aunque ahora esté totalmente vacío y él sea el único que recorre sus espaciosas salas. Precisamente en la mesa de la estancia principal hay un mensaje garabateado por la gótica letra de su mujer:

-Han pasado tus amigos a recordarte que hoy te toca a ti llevar la merienda a los toros. Yo me voy con Marlene y el señor de Beckembauer a las barracas. Nos vemos luego. Besos.
Y aléjate de esa humo de los turcos, que apestas.

La merienda… ¡Pero si son las cinco y media! Más vale que ha encontrado un pantalón y una camisa que, si no totalmente blancos, ofrecen una irisación bastante cercana. De lo que sí se acuerda bien es de quien preside hoy la plaza: su padre, el que no le cede el trono de Navarra. Pero se va a enterar de la pitada que le vamos a dar…

Así que en lugar de la faja y el pañuelico rojos, se los pone de color azul, que al fin y al cabo son la divisa de sus abuelos los reyes de Francia, para que rabie su progenitor. Y además son también los colores de cierta agrupación sita en el rincón de Pellejerías de la que forman parte muchos de sus amigos. Y se pone un gorro rojo, que es con el que le gusta ser retratado en todas las imágenes oficiales, y sale a la calle dispuesto a hallar un lugar donde pueda hacerse con algún bocado con el que satisfacer a sus amigos.

Lo encuentra al fin cerca ya de la plaza, aunque debe pagar a Abraham Kuant-Okobro casi todo el contenido de su faltriquera por apenas media docena de emparedados con un jamón tan fino y transparente como las vidrieras de San Nicolás. Y lo peor ha sido que el vino ni siquiera es de Navarra, sino de Valdepeñas, que está en el reino de Aragón.

-O lo tomas o lo dejas –le ha espetado el ladino comerciante-. Y por lo avanzado de la hora no ha tenido más remedio que aceptar, no sin pararse a pensar muy detenidamente la mazmorra en la que lo hará encerrar mañana mismo…

El sol cae a plomo sobre el tendido, y el vino y lo exiguo de los bocadillos hacen a sus amigos dudar de una de las virtudes cardinales que ha de poseer un príncipe: la magnificencia y la generosidad. Él se disculpa lo mejor que puede, y hasta se alegra de que Agnes se haya ido a la feria, pues con eso de ser de tierra extraña, habría acabado llevándose encima de su atuendo todo el vino aragonés, y no es cosa de que las ropas se ciñan demasiado al cuerpo, que se entrevé todo…

Pero en ese momento sale el rey Juan a la tribuna, y se lleva una bronca descomunal por parte de la zona donde el príncipe y sus amigos se han puesto ya de pie.

-Una minoría. Sucios beamonteses, Majestad –le recuerdan al rey sus consejeros-. Pero el viejo no quita el ojo de donde sabe que suele sentarse su hijo, y se da cuenta también de cómo éste tiene la valentía de sostenerle la mirada, e incluso de saludarle burlón tocándose el sombrero...

Y justo en ese momento una ruidosa banda de juglares comienza a entonar una bella balada que dice:

"No tengo trono ni reina,
ni nadie que me comprenda,
pero sigo siendo el rey.

Una piedra en el camino
me enseñó que mi destino
era rodar y rodar…"

Y al gritar con toda la atronadora concurrencia “¡Rodar y rodar!”, le parece al príncipe Carlos que aquella canción tendrá en el futuro mucho que ver con él mismo, pero piensa también que ahora no es momento de tristezas sino de divertirse con sus amigos, así que tira lo que queda del Valdepeñas, y se lanza a por unas botellas de Príncipe de Viana, que siempre es un vino mucho más agradecido.

Y el narrador detiene en este mismo punto la historia de Carlos, de Agnes, de Juan, de Abraham y del herrero de Beriain, porque se va a los toros él también, prometiendo que beberá navarro y fumará turco o de lo que haya...


© Mikel Zuza Viniegra, 2010

jueves, 1 de julio de 2010

ES AMOR FUERZA TAN FUERTE...



Olite, 1444.

Cuando Agnes de Kleves llegó, hace cinco años, María de Armendariz ya estaba allí.

Incluso cuando Carlos fue a conocerla por primera vez a Estella, se la llevó consigo. Y no es que la desprecie o que la odie, aunque le gustaría que la sedienta mirada con la que él la busca en las audiencias o en los mercados, fuese dirigida también a ella alguna vez.

Le resultó muy duro admitir que a ella simplemente la apreciaba, aunque fuese con una estima tan cargada de afecto como sólo alguien tan bueno como Carlos podía ofrecer, pero que a quien él amaba realmente era a María. Y claro que había habido buenos momentos en todo este tiempo: las romerías a Ujué, los versos dedicadas por el príncipe y sus amigos poetas a la flamante esposa, el cariño de un pueblo acostumbrado a la paz desde los tiempos del viejo rey Noble…

Pero por más que intenta quedarse con los mejores recuerdos, no puede evitar sentirse una segundona en el corazón de Carlos, tan enamoradizo e ingenuo en su felicidad al lado de María, que no advierte que su padre va haciéndose poco a poco con todos los resortes del poder. Agnes se lo ha advertido muchas veces:

-El rey nunca te cederá el trono de Navarra, Carlos, y ya no tienes a tu madre para que te proteja, como cuando eras niño…

- ¿Cuándo se ha visto que un padre persiga a su hijo, mi señora? Nuestra vida no será una tragedia de esas que escribieron los griegos y que tanto me gusta leerte.

Y Agnes calla, porque Carlos nunca le ha leído esas obras que dice. La habrá confundido con María…

Y se traga el orgullo, y a ratos lamenta no vivir en tierra de moros, donde ha oído que el varón puede tener varias esposas, porque lo cierto es que ella le ama tanto que no le importaría compartirlo con otra, y prolongar eternamente, a pesar de su íntimo dolor, aquel dulce aburrimiento de la corte de Olite, que extiende su benéfico influjo por todo el reino, el único de la cristiandad que no está herido por la guerra.

No es tonta. Sabe que aquello no puede durar; que su obnubilado esposo chocará más temprano que tarde con su padre, y que éste le hará trizas, porque la compasión o el amor paterno nunca han estado entre sus virtudes, aunque no tiene muy claro que su suegro posea alguna. Además, ha leído en su salterio que los buenos mueren siempre jóvenes, así que no duda de que Carlos, e incluso ella misma, no conocerán las sienes plateadas ni los demás achaques de la vejez.

Y una mañana se da cuenta la princesa de que está en cinta. Y en el mismo momento comprende también que aquel niño, o aquella niña, crecerán sin padres, y que será su abuelo quien acabe moldeándolos a su pestífera imagen y semejanza. Que nunca aprenderán la historia del reino que les contaría su padre, ni las dulces palabras que tiene la lengua flamenca para tratar de amores que les enseñaría ella, ni comerían sanjaymetas en Ujué, ni querrían apiadarse de los corzos que en Aralar se pondrían al alcance de sus ensangrentadas ballestas…

Y sale de atardecida al maravilloso jardín del palacio, y recoge allí hierbas que sólo las mujeres conocen: la ruda, la corona real, las agujas fragantes de las sabinas… Y hace con ellas un emplasto y una infusión. Y cuando llega la noche y ya toda la corte se ha retirado, sólo se oyen los gemidos de Carlos y María en una habitación cercana, pues a pesar de que el castillo posee tantas como días tiene el año, no son éstas suficientes como para evitar que el amor herido alcance a oírles.

Y en la soledad de su cuarto, comienza la poción a hacer efecto, y a cada suspiro de los amantes responde Agnes con un grito de dolor amordazado, pues siente como si su vientre contuviera todo el fuego del infierno y cómo la sangre va brotando de su interior mezclada con el verde del beleño. Y cree agonizar, y a pesar de todo está contenta, porque si muere ahora no verá sufrir a Carlos ni al hijo que ya nunca tendrán, convertido en un tirano como su abuelo Juan...

El amanecer la sorprende aterida y desmayada entre las sabanas que ella misma ha preparado para sus propósitos y, aunque le duelen atrozmente las entrañas, se abriga todo lo que puede y recoge hasta la más mínima evidencia de lo que allí ha ocurrido esa noche. Lo envuelve todo en un hatillo y lo arroja al foso más oscuro del palacio.

A la tarde hay baile en el gran salón. Ella, tan blanca como las grandes damas del Norte, no llama la atención por su palidez ni por su gesto de dolor, que a duras penas logra disimular. Pide permiso a Carlos para retirarse.

Cuando abandona la estancia, observa de reojo como Carlos abre obsequioso la danza con María, y una lágrima resbala silenciosa por su mejilla. No por celos, como alguna de sus damas piensa apenada, sino porque le parece a Agnes que suena aquella música como el coro de los ángeles fúnebres, que entonan el Requiem por ellos dos y por Navarra entera…


© Mikel Zuza Viniegra, 2010

domingo, 27 de junio de 2010

GOD SAVE THE QUEEN



Se agradece llegar a un lugar tan fresco y rodeado de verdes colinas como el castillo de Rocabruna, tan cerca de San Juan de Pie de Puerto…

Además, el calor de estos últimos días de junio en Tudela comenzaba a ser insoportable, y aunque le haya costado arrancar de allí a su mujer, que se pasa el día tomando ese sol nunca conocido en su tierra, igual que hacen los gardachos en la Bardena, sentir la caricia refrescante de la brisa que viene del cercano mar le pone de buen humor.

Es cierto que a ella le ha dicho que el viaje se debía a la necesidad de revisar personalmente las obras de fortificación, pero en realidad lo que quiere el rey es estar más cerca de las torres de señales de la cercana frontera inglesa, porque este domingo se celebra la eliminatoria del Campeonato Mundial de Torneos y Justas. Y se enfrentan nada menos que Inglaterra y Alemania…

Como buen caballero, él quizás debiera desear la victoria de los compatriotas de su esposa, Clemencia, hija del emperador germano Federico I Barbarroja, pero desde que combatió en 1194 bajo el estandarte de los tres leopardos de su cuñado Ricardo Corazón de León, quiere que los colores ingleses salgan siempre triunfantes. Así que después de ordenar hacer subir a la torre varios barriles de buena cerveza confeccionada especialmente para él en la lejana y brumosa isla , cierra por dentro la puerta de la atalaya y se acomoda tranquilamente en la terraza esperando que comiencen a verse las almenaras que irán dando a conocer el resultado del choque.

La noche no puede ser más clara, así que efectivamente va interpretando el rey de Navarra los signos luminosos que las hogueras van trayendo de castillo en castillo. Y las primeras noticias no pueden ser más desalentadoras, porque los brutos alemanes comienzan apuntándose la primera victoria parcial, según indican las luces que llegan desde el castillo de Bayona…

-¡Habrá sido ese bestia de don Miroslav Von Klose! –piensa el rey mientras se sirve una pinta del tonel.

Y al poco rato vuelven los teutones a mojar la oreja de sus rivales, pues otra parpadeante luz indica otro nuevo triunfo alemán.

-Éste habrá sido el gentil Lucas Von Podolski –se imagina mientras paladea otra pinta y se lamenta de la debilidad británica.

Y lleva ya bebida la tercera y mediada la cuarta cerveza, cuando ve dos hogueras sobre la torre inglesa, lo cual indica que algún caballero inglés ha hecho morder el polvo del palenque a los alemanes. Por si acaso, el rey se frota bien los ojos, pues aunque por su físico resiste bien los efectos del alcohol, nunca está de más asegurarse con estos blandengues sajones…

-Sí, definitivamente ha tenido que ser alguno de los participantes más rocosos. Quizás Sir Upson de West Ham… -y se embaúla otra cerveza para celebrar tan buena nueva.

Comienza a sentirse pelín eufórico cuando, de repente, ve de nuevo dos hogueras en la torre. Su grito de alegría se oye por toda Rocabruna, pero cuando vuelve a mirar, los fuegos han desaparecido.
Desconcertado, consulta en los cronicones el nombre del juez de la contienda: el señor de Larrionda.

Sí, ya recuerda que el maldito ha tenido alguna otra vez fallos descomunales.
Seguro que ha dado por buena alguna clara conquista inglesa, probablemente del habilidoso Lord Lampard, y luego el resto de jueces le han hecho volver atrás en su decisión...

Tal contrariedad le da sed, y entre unas cosas y otras, el primer tonel de cerveza queda pronto tan vacío como la germánica cabeza de Clemencia.

Dos a uno es una diferencia fácilmente remontable. De hecho, si él estuviera en el campo del honor, ya se habría llevado por delante a dos o tres petulantes petimetres teutónicos. De sobra sabe que el águila real navarra podría destrozar si quisiese a la imperial alemana, como si ésta no fuese más que una simple rapaz… Y tan ornitológico pensamiento le lleva a abrir otro barril, marcado en sus tablas con el arrano beltza, para que nadie más se atreva a beber de reserva tan especial.

Mas un nuevo y solitario fuego derrumba sus ilusiones casi por completo, aunque entre cerveza y cerveza no puede asegurar si los continentales han infligido una o dos derrotas más a los isleños.

-¡Seguro que ha sido ese perro de Muller! –exclama mientras arroja su copa al suelo y grita que los leopardos de Inglaterra tienen los dientes de mantequilla, y que no se puede elegir como preparador del equipo a un italiano, pues todos ellos tienen fama de afeminados-. O algo así, porque desde abajo no se entiende bien lo que masculla aquel gigante que se bambolea torpemente en lo alto de la torre…

Pero lo que no se imagina Sancho es que Clemencia ya era muy aficionada a estos torneos allá en su Alemania natal, y que sabe desde muy niña interpretar las señales de fuego que vienen de torre en torre, aunque sean éstas inglesas, y no germanas.

Así que desde la ventana de su habitación ha ido conocido el resultado del enfrentamiento, y se ha alegrado mucho por el señor de Schweinsteiger, con el que tuvo algo más que palabras un verano que pasó en Suabia…

Y entonces el viento del sur trae unas nubes muy negras que se apoderan de los cielos de Rocabruna, y va Clemencia a la torre en cuya terraza se ha encerrado su sandio esposo, y con una horquilla que extrae de su trenza trastea en la cerradura, hasta hacer imposible que aquella puerta pueda abrirse desde dentro.

La furiosa tormenta comienza a descargar sobre el castillo, y el más que ebrio Sancho, nunca menos “Fuerte” que ahora, ha de soportarla toda la noche con la única protección de uno de los barriles de cerveza que ha sobrevivido a las patadas que dio a las otras cubas cuando se enteró del resultado definitivo de sus admirados ingleses…

Y aunque los truenos no le dejan conciliar del todo el sueño en su confortable lecho, pasa la noche Clemencia recordando sus amores con el noble señor de Schweinsteiger, y lamentando el día en que se alejó de sus brazos.

Y fue escrita esta historia la tarde del 27 de junio del año del Señor 2010, justo poco después de que se cumpliera –como siempre- la fatídica sentencia de Lord Linecker: “Los torneos los luchan once caballeros contra otros once, y siempre los gana Alemania”.



© Mikel Zuza Viniegra, 2010

martes, 22 de junio de 2010

TAN CERCA TAN LEJOS…



Y es lo que tiene este hasta ahora inédito Libro de los Teobaldos, que cuanto más se profundiza en él, más nuevas historias se llegan a conocer...

Y diz que la tal Blanca llevó a cabo sus planes de conquista de todos los reinos de la cristiandad, tal y como lo había jurado ante la tumba de su abuelo, pues no hubo duque, príncipe o rey que pudiera resistirse al embrujo de su voz, de tal forma que el carbunclo de Navarra y la banda de plata de Champaña se enseñoreaban ya de todos los castillos que iban desde el mar verde, allá donde moran los escoceses, hasta las lindes de Al-Andalus, donde rezaban a Alá para que a la princesa no le diese por aprender la lengua arábiga…

Tan sólo un pequeño reino norteño, en el confín helado donde habitan los vikingos, sigue sin inclinar sus estandartes ante los de la invencible reina. Y a Blanca le entra la curiosidad de ver con sus propios ojos a quiénes se conducen con semejante altanería. Y marcha silenciosa a la cabeza de su ejército, con su garganta protegida por un pañuelo de seda donde van bordadas muchas escenas sacadas de los poemas del primer Teobaldo.

Y Esteban de Idoate es el capitán de su guardia, y mucho la ama desde que crecieron juntos en el mágico delta que forman los castillos de Monreal, Leguin e Irulegi. Y anoche estuvieron, como tantas otras noches, juntos en su tienda, y siguió sin poder hacerla prometer que además de su señora sería alguna vez su esposa, pues no es Blanca de esas que puedan conceder más de un solo día al lado de nadie.

Y arriban por fin al reino rebelde, y van cayendo todas sus ciudades y villas una tras otra hasta que llegan a la capital, ante cuyas murallas canta la princesa con tal sentimiento que las gaviotas que vigilan la mar vuelan tierra adentro sólo para poder escucharla, y hasta los osos blancos despiertan al unísono en sus cavernas del bosque al oírla.

Mas no se alza el puente levadizo ni se abaten las banderas enemigas, así que ordena Blanca el asalto a sangre y fuego, y como tienen los navarros ya mucha costumbre en estas lides guerreras, para la medianoche no resiste más que la torre del homenaje. Y sale entonces de ella enarbolando una bandera blanca, y alumbrado tan sólo por la antorcha que porta un paje, el hombre más hermoso que haya visto nunca la princesa. Con el pelo tan negro como una noche sin luna y los ojos tan verdes como el mar que muerde los fiordos, y si permanece en silencio no es por desafiarla, sino porque es sordo, y por tanto inmune al hechizo de su cantar.

Y para cuando Blanca comprende lo ocurrido, ya naufraga sin remedio en esos ojos, así que da orden a su hueste de que guarden las armas, y esperen a que ella acuerde la paz con el vencido, a quien sigue hasta el interior la torre.

Pasan 5 días y 5 noches allí encerrados, y a Esteban comienzan a llegar las voces acusadoras en contra de la reina, sobre todo por parte del obispo de Estella, que cree que la natura femenina no casa bien con el ejercicio del mando. Pero Esteban recuerda bien que ella rechazó al barbudo mitrado, y que desde entonces se la tiene jurada.

Por fin se abren las puertas de la torre, y salen los dos príncipes de la mano, y Esteban advierte que lleva Blanca en el dedo un anillo con un diamante del mismo color que el hielo que cubre los lagos de esa gélida tierra, y que muy pronto cubrirá también su corazón, pues anuncia la reina su matrimonio con su silencioso acompañante.

-¿Cómo puedes casarte con alguien que nunca podrá acompañar tu voz? –le pregunta Esteban cuando nadie más puede oírlos.

-Porque hay cosas que no necesitan decirse para que sintamos que son verdaderas–responde ella rozando su mano con la del capitán-. Conozco bien tus sentimientos hacia mí, y aunque te quiero mucho sabías también que nunca te prometí nada que fuera más allá de otra noche más. Mañana mismo embarcamos para Thule, que es la tierra de sus antepasados, más al norte aún que ésta donde nos encontramos. Y no sé cuánto tiempo permaneceré allí. Es mi deseo que comuniques mi decisión al Consejo Real.

Y así lo hace Esteban, y todos los demás magnates se sublevan ante la idea de que la reina que ha hecho que Navarra sea nombre temido en todo el orbe prefiera ahora el amor a las campañas militares, y acuerdan dar muerte al príncipe sin voz y hasta se atreven a proponer que Blanca sea encerrada hasta que recupere el juicio, y que sea Esteban quien tome el poder mientras eso no ocurra.

Y el capitán les hace creer que acepta su propuesta, pero cuando la reunión termina corre a contarle a la princesa lo acordado. Y ella, que nunca ha suplicado a ningún hombre, cae de rodillas y le da su palabra de que se casará con él si deja marchar sano y salvo al príncipe del norte, que la espera en su barco…

Y cuando llegan al puerto, ven fondeado el drakkar, y Esteban abraza a Blanca mientras le dice:

-Vete. Porque si ese barco zarpa y no estás con él lo lamentarás. Tal vez no ahora, tal vez no hoy ni mañana. Pero sí más tarde, y para toda la vida…
Guardaré tu reino para ti, por si alguna vez quieres volver.

Y mientras la embarcación se aleja, canta Blanca tan bello cantar, que consigue que todos los peces de la mar asomen sus plateadas cabezas para escucharla y que la escolten hacia su destino.

Y van volviendo las tropas hacia Navarra, y Esteban al frente de ellas. Y lo primero que hace al llegar al reino es ordenar la detención de todos los que le propusieron encerrar a Blanca, el rijoso obispo de Estella incluido, porque si hay algo que el capitán no soporta es a los cansos. Y cree con mucha razón que una buena temporada en las mazmorras de los castillos más alejados de cualquier camino, aplacarán sus desvaríos.

Y cuando queda al fin solo, saca de la alacena el licor de enebro, lo mezcla muy bien mezclado con el remedio antifiebres del barón Von Schweppes, y sube a la terraza del castillo, donde recoge del borde de una almena un poco de nieve recién caída y la vierte en el vaso.

De las lejanas tierras donde quedó Blanca se ha traído unas hierbas que los vikingos llamaban tabaco, y que ellos a su vez habían traído de otras lejanas tierras más allá del mar, donde sus habitantes tienen la costumbre de darles fuego para así poder inhalar sus vapores. Mientras duró el asalto a aquel reino helado se aficionó, y ahora no lo puede dejar.

Y cuando se pone el sol tiñendo de rojo las crestas de Goñi, un par de lágrimas caen también dentro del vaso, mezclándose estupendamente con el resto de ingredientes, pues su sabor salado le hace recordar el de la piel de Blanca.

Y el viento hace ondular las copas de los árboles y silbar a las ramas de acebo. Y ululan las rapaces, y repiquetea el río allá abajo…

© Mikel Zuza Viniegra, 2010

sábado, 19 de junio de 2010

LA DIVA



El pasado 13 de mayo escribí una historia en la que imaginaba que el infante Teobaldico no sólo no había muerto en 1272 al caerse desde la torre más alta del castillo de Estella, sino que habiéndose convertido en rey de Navarra con el nombre de Teobaldo III, y habiendo contraído matrimonio con su prometida, Violante de Castilla, habían tenido un hijo –por supuesto también llamado Teobaldo- en cuya sangre se unían las de los dos mejores poetas de toda la Edad Media, pues sus abuelos eran don Teobaldo I de Champaña, y don Alfonso X de Castilla, que fueron sin duda los más grandes trovadores de su tiempo.

Mas ¿qué hubiera ocurrido si en lugar de un niño les hubiera nacido una niña…?

Se ha negado en redondo la reina Violante a que su hija primogénita lleve el nombre de “Teobalda”, como proponía su marido, así que consultadas las crónicas, ambos esposos han acabado llegando al acuerdo de que lleve el nombre de Blanca, que era el mismo de la bisabuela que engendró al primer Teobaldo, y también el de muchas otras princesas de la Casa Real de Navarra.

Y va creciendo Blanca en belleza y sabiduría, hasta el punto de eclipsar la fama de Cleopatra, que dicen reinó entre los egipcios hace más de mil años. Y de todos los reinos de la cristiandad van llegando ofertas de matrimonio para esa infanta que cuentan escribe y canta los poemas más hermosos que los hombres hayan conocido desde el tiempo de los griegos. Y a fe que el reino entero se paraliza cuando ella sale a la terraza del palacio de Tiebas y su canto va cobrando progresiva armonía, hasta que todas las campanas de Navarra, y todas las aves que por su cielo aletean y en sus árboles anidan, acompañan con sus repiques y con sus trinos la destreza melódica de su futura señora.

Y en una de esas ocasiones, mientras los príncipes Fernando de Castilla y Jaime de Aragón están cazando cada uno de ellos en su propio reino, pero justo en la frontera de Navarra, allá cerca de la hermosa ciudad de Tarazona, oyen esa singular algarabía y caen inmediatamente rendidos ante aquella encantadora maraña de sonidos que ha de ser parecida a la que entona el coro de los Serafines en el Séptimo Cielo.

Y ambos piensan que la princesa cantante ha de ser suya o de ningún otro. Y ordenan la formación de sendas huestes que les permitan llevar a cabo su propósito. Y cuando los dos ejércitos se encuentran el uno frente al otro en los campos de Corella, se acometen con tal saña al grito de ¡Blanca o la Muerte!, que en pocas horas el estandarte de los castillos y los leones y el de las barras de sangre, yacen derribados por el suelo, rodeados de miles de muertos y de los dos príncipes, yertos bajo sus coronas de oro.

Y justo en ese preciso momento, siempre previsto por la princesa de Navarra, su cántico hechicero se torna grito de guerra e irrintzi salvaje, que hace salir hasta de debajo de las piedras a los soldados navarros que no hace tanto tiempo asombraron con sus proezas toda la Tierra Santa. Y al frente de ellos va Blanca con su negra cabellera al viento y su armadura de plata que destella al sol. Y cuando permanece callada ante sus tropas impresiona aún más que cuando canta...

Y con ese idioma que ella domina, y que entienden los pájaros silbantes y los lobos aulladores, ordena el avance sobre los desguarnecidos reinos de Castilla y Aragón, que ya no tienen príncipe que los defienda, y muy pronto la frontera de Navarra vuelve a ser aquella en la que no había nadie más enfrente que los sarracenos que siguen los dictados de Mahoma. Y hierve la sangre belicosa de los Sanchos y los Garcías en el corazón de Blanca, que ya sueña con seguir la misma táctica contra el rey de los franceses y también contra el de la Inglaterra, y aún contra el Papa de Roma que se cree protegido por su voto de castidad…

Y jura ante la tumba repujada y dorada de su abuelo, el rey poeta Teobaldo I, que no han de cesar sus campañas hasta que el mismo emperador romano de Constantinopla le ruegue de rodillas que se case con él. Y tal pensamiento la alegra sobremanera, de tal suerte que su cadenciosa voz vuelve a elevarse sobre las nubes de incienso que se extienden por el templo, haciendo que todos los que la escuchan estén dispuestos a dar su vida y su hacienda por ella, como dicen que juraron los soldados que siguieron al príncipe Alejandro de Grecia en su conquista del Oriente…


© Mikel Zuza Viniegra, 2010