martes, 7 de diciembre de 2010

SEGUIREMOS INFORMANDO...


Es Cirauqui villa muy principal del reino de Navarra y del camino que, siguiendo las estrellas, lleva a Compostela. Pueblo cuajado de hermosas y nobilísimas casonas y con la iglesia de San Román sirviéndole de corona. Y hay en la portada de este templo una figura que muestra la postura que adoptan muchos inocentes peregrinos en el preciso instante en el que les es presentada la factura de ciertos albergues que, olvidando la cristiana ley de la caridad, se abandonan al lucro más indecente...

Justamente a investigar tamaños abusos, ha enviado el príncipe don Carlos a dos de sus mejores agentes para inspeccionar la merindad de Estella, que no le parece cosa puesta en razón que cuando vuelvan a sus países de origen, cuenten los santiagueros que padecieron en Navarra mal servicio y aun latrocinio más que cierto.

Y empezar por Cirauqui ha sido decisión muy acertada, no porque allí sus comerciantes se dediquen a tan condenables actuaciones, sino porque como quedó dicho, es lugar muy hermoso y digno de visita, donde aquellos romanos que anduvieron también por Ujué, dejaron una calzada y un puente de muy notable fábrica. Y aunque dicen que aquellos señores andaban en falda corta por todos los sitios, no está el día para imitarles la costumbre, sino para iniciar las indagaciones que les ha encomendado el príncipe.

Y como le suele acontecer al protagonista de esta historia, que parece como si el demonio le guiase en estas ocasiones, resulta que el primer establecimiento al que entran buscando cobijo, está presidido por una camisola con los odiados colores de los señores de Haro. Y al verla allí expuesta, se enfrían repentinamente las hirvientes infusiones y hasta pierden sabor las otrora dulces coronillas, si bien estos síntomas no son percibidos en absoluto por su compañera, que es mucho más práctica y no se inquieta lo más mínimo por estos asuntos de banderas y torneos. Y bien tranquila que vive sin tan absurdas preocupaciones...

Y vueltos de nuevo al camino, la emprenden ahora hacia el valle de Yerri, cuya puerta de entrada no está muy clara, y Alloz mejor es por aquí, o Alloz mejor no, pero el caso es que hay que estar muy atentos, pues son las carreteras muy estrechas por aquellos lares y hay que andar con cuidado para no atropellar a los muchos peregrinos que se dirigen hacia la ermita de Santa Catalina de Azcona, donde pueden alcanzarse un millar de indulgencias plenarias contemplando uno de los capiteles más bellos tallados en este reino, que presenta a dos iracundos caballeros combatiendo fieramente por el amor de una atribulada y algo coqueta dama. Y sabe el viajero el secreto que encierran esas figuras, y así como se lo desvela en ese momento a su compañera, que es también mujer por la que merece la pena emprender batallas, promete descubrírselo en un futuro próximo a quien en estos asuntos ande también interesado...

Tras ser muy bien abastecidos de viandas por los señores de Dulanz en Abarzuza, es el monasterio de Iranzu, que parece una gran embarcación avanzando entre la niebla, la siguiente parada. Más como no es día de fiesta, no está encendida la gigantesca chimenea, que parecen los monjes muy mirados para los gastos que no consideran absolutamente necesarios, y por eso hace bastante frío en el nada iluminado conjunto.

Junto a todas las puertas de las distintas estancias hay un cepillo con un cartel que advierte que, al sentir en su interior el peso de las monedas, encenderá automáticamente una multitud de palmatorias. Pero tras introducir maravedíes, coronas y torneses de todos los tamaños, siguen la sala capitular y la iglesia tan oscuras como al principio, así que juran los dos viajeros que han de contarle al príncipe como despluman estos malhadados frailes a sus visitantes, y malo será que no acaben unos cuantos de ellos recogiendo bellotas en Montejurra, para que aprendan que la Orden de San Benito no ampara la estafa eléctrica en ninguno de los artículos de su Regla Monástica...

Y como sería un crimen no visitar Estella estando tan cerca, ponen rumbo hacia la ciudad del Ega, a la que llegan recién entrada la noche. Y aunque ya se lo imaginaban, comprueban que, como siempre, no hay sitio para aparcar junto a la estación de diligencias, y han de dar por tanto vueltas y más vueltas hasta poder dejar el carro no muy cerca del centro de la villa, más no les importa porque siempre es un placer pasear por la antigua Lizarra y llegarse hasta la muy surtida librería Clarín, donde hojear un volumen tras otro es siempre provechoso ejercicio, hasta el punto de que los caudales que sobrevivieron a la rapiña de los cistercienses de Iranzu, son invertidos raudamente en varios tomos de más que agradable lectura.

Está la calle mayor de lo más concurrida cuando deciden subir hasta San Miguel, cuya plaza está a esas horas desierta. Saludan allí al atareado arcángel, que no les devuelve el gesto, no por hacer gala de mala educación, sino por no perder de vista al taimado dragón que mantiene muy bien picado a sus pies. Mucho se solazan también con las historias de los demás santicos esculpidos en la portada, y en el interior, a la luz de las candelas, expresan sus respetos a don Martín Périz de Eulate y a su mujer doña Toda Sanchez que, muy elegantemente ataviados, observan al maestro pintor que está a punto de terminar el retablo de Santa Elena que poco ha ambos le encargaron. Y es cierto que a quien ha visto los frescos que con el mismo tema ejecutó unos años después don Piero della Francesca en Arezzo, estas tablas de Estella no pueden parecerle sino pálido reflejo, más también es justo reconocer que nada puede objetar al respecto quien sólo sabe dibujar retratos, y eso únicamente si para ello emplea las arábigas cifras del seis y el cuatro...

Y hora es ya de volver a Pamplona para rendir cuentas de las pesquisas al príncipe, pues como era de prever, hace ya rato que los fondos que aquél les entregó para llevar a cabo decorosamente su labor se agotaron. Y aunque es de natural confiado y bondadoso, no va a ser nada fácil conseguir que don Carlos se crea que los culpables de tal desfalco fueron únicamente los voraces benedictinos, y no la prolongada estancia en cierta taberna de la Rúa. Y ya veremos si alguna vez vuelve a encargar una misión a pareja tan diletante...




© Mikel Zuza Viniegra, 2010

martes, 30 de noviembre de 2010

EL ÚLTIMO PRESENTE DE CÉSAR BORGIA



Viana, 11 de marzo de 1507

Está la taberna más concurrida que otras noches, que afuera ruge con fuerza la tempestad. Y en el salón, apenas iluminado por la oscilante luz de los candiles, todos se arraciman alrededor de Martín, que como en otras muchas ocasiones, les habla de lugares y personajes que jamás han visto y que probablemente nunca verán. Lo cierto es que la mayor parte de las veces, ni siquiera el propio contador de historias ha visto lo que les describe, aunque le sobre valor para imaginárselo...

-Dicen que César Borgia, ese caballero misterioso siempre vestido de negro que lleva cerca de un mes sin salir del campamento, violó a más de cincuentas doncellas, mató a quince cardenales e incendió treinta aldeas allá en Italia, donde todos le consideraban el Anticristo. El rey de Castilla lo encerró en el castillo de Medina, pero pactó con el demonio para escapar y refugiarse en Navarra, pues es cuñado de nuestro rey Juan...

-Cuidado con lo que decís, Martín. César es el capitán general del ejército real, y tiene espías en cada rincón de esta villa. El castillo se le resiste por el empecinamiento de los beaumonteses en no rendirse, así que cualquiera que le insulte podría ser considerado un traidor al soberano...

-No se falta cuando se dice la verdad.

-Juan, capítulo 18, versículo 38: "¿Y qué es la verdad?, preguntó Poncio Pilatos al Nazareno..."

Todos se volvieron hacia el lugar de donde había brotado aquella voz cavernosa. En el rincón más oscuro de la bodega, con una vela a su espalda, impidiendo que su cara pudiera observarse, un hombre embozado en una capa negra tamborileaba con sus dedos sobre la mugrienta mesa. Volvió a repetir su pregunta:

-¿Y qué es la verdad?

-Un clérigo no debería andar en la taberna a estas horas, -se atrevió a responder Martín.

-Vuestros escrúpulos eclesiásticos están a salvo, majadero. Ya no soy clérigo, aunque recuerdo las escrituras mejor que muchos de los que profesan religión. Pero veo que nadie sabe calmar mi curiosidad, así que me veré obligado a satisfacerla yo mismo. Sí, yo os diré qué es la verdad.
Y la verdad es que el Borgia ha ordenado que a todo aquel que sea encontrado en las tabernas al cumplirse la medianoche sea degollado. Dice que donde hacen falta cuantos más hombres mejor, es ante las murallas y no ante las botellas. Han sonado los cuartos hace un rato en Santa María, pronto entrarán sus tropas en este antro y convertirán el vino en sangre, milagro éste muy digno del Anticristo, según pienso...

Se produjo entonces una auténtica estampida de sobrios y de borrachos, intentando cada uno de ellos ser el primero en alcanzar la puerta de aquél cuchitril, hasta que en su interior sólo quedaron Martín y el misterioso lanzador de advertencias que, con un gesto de su enguantada mano, le pidió que se aproximara a su mesa...

-No sé quien sois, señor, pero si os envía don César para vigilar lo que se dice de él en el campamento, sabed que nada de lo que he dicho sobre él es muy distinto de lo que de él comentan en Castilla, Aragón, Francia o Italia.

-Tranquilizáos. Lo sé perfectamente, y no tenéis nada que temer por mi parte -dijo mientras encendía otra vela que, al iluminarle de frente, mostró su rostro cubierto por una máscara-. Y no os sorprenda este atuendo mío, que en mi vida el carnaval nunca termina...

-¿Pero quién sois vos?

-Te basta con saber que soy quien puede confirmar si lo que has dicho del Borgia es cierto o falso. Decías que forzó a cincuenta doncellas... Mentira, jamás hubo tantas vírgenes en Roma. Que mató a quince cardenales... Otro embuste más, que más del doble fueron a reunirse con el Creador gracias a César. Y decías que incendió treinta aldeas, ¿verdad? Pues eso también es una invención vuestra, porque no fueron aldeas, como las míserables que salpican este reino, sino ciudades amuralladas, bellas como las cortesanas florentinas, tan hermosas que tú no puedes ni soñarlas. Sí, todo eso hizo el Borgia, y sin necesidad de arrepentirse por ello, pues su padre, el representante de Cristo en la Tierra, le absolvió siempre de su culpa. Y eso fue así porque sus enemigos no eran mejores que él, muchos hasta le aventajaron en perversiones y malevolencia, pero nunca, jamás, lo hicieron en astucia...
¿Te santiguas, mi supersticioso amigo? ¿Crees que a César puede conjurársele, como a la terrible tormenta que azota este erial fronterizo? Deja que me ría, pobre imbécil: los mejores artistas del mundo, los que pintan y esculpen figuras que, de puro perfectas, parecen vivas, tomaron como modelo las facciones de César para representar a Nuestro Señor. Así que cada vez que te arrodilles ante un crucifijo, que contemples un retablo o que reces ante una Santa Faz, te estarás condenando, pues según lo que antes has dicho, Borgia es el Anticristo, aunque yo te diga que su hermosura inspiró a tantos hombres de talento.
Ahora no queda nada ya de todo eso. El mal que en Francia llaman "español", en Italia "francés" y en España "italiano", ha deformado de tal manera su rostro, que se avergüenza de enseñarlo y prefiere llevarlo siempre cubierto....

-¿Cómo vos, señor?

-Sí, justamente igual que yo. Y tampoco es verdad que pactara con el Diablo para huir del Castillo de Medina. Tan sólo lo hizo con el rey Juan de Labrit, y por eso ahora está aquí, en Navarra. Reino que, a quien que desfiló en triunfo por la Via Apia, no puede dejar de parecerle más que el esquinazo donde las arañas tejen su tela para atrapar a su presa. Y yo soy esa presa, lo sé bien. Porque sé bien qué es lo que busco...

Apuró el enmascarado la jarra de vino aguado que sostenía con su mano derecha, mientras con la izquierda desataba un tanto la gorguera de su jubón, lo suficiente como para dejar ver la camisa, de debajo de la cual extrajo un precioso medallón de plata y esmaltes que puso frente a los ojos de Martín.

-¿Te gusta? Fue realizado por uno de los mejores orfebres de Ferrara, que es como decir uno de los mejores de Italia. Hacía juego con unos pendientes de la misma forma y diseño, pero como ya nunca más he de ver a aquella que, al girar graciosamente su semblante, los hacía tintinear con la misma armonía con la que resuenan los coros de los ángeles, éste será el último regalo que hará el Borgia.
Un charlatán de taberna como tú, tendrá seguro un amor en algún rincón de este andrajoso lugar que es Navarra. No hace falta que me contestes, rufián, ni tengas miedo de que que yo pretenda arrebatártela. Ya no. Además, no he visto en los tres meses que llevo en este infierno ni una sola mujer que mereciera que volviese mi cabeza para admirarla...
Pero cuando le entregues esta joya, y reluzca en su pecho, y le cuentes que perteneció a César Borgia, e inventes las más fantásticas y calumniosas historias sobre mí para impresionarla, recuerda bien su simbolismo, pues tiene la forma de una caracola, que indica que por muchos mares que tenga que cruzar, nunca serán suficientes como para olvidar a quien os digo que posee los pendientes a juego; y el camino de cobre que serpentea en su interior formando un intrincado laberinto, significa que no hay vereda tan tortuosa como para impedirme volver a su lado; y los pequeños trozos de esmalte que adornan la pieza son de tres tonalidades: amarillo suave, como los trigales maduros de la Romaña y como los pergaminos firmados por mi padre el Papa, con los que legitimaba todos mis actos, hasta los más innobles. Y hay también fragmentos de color violeta, como los lirios del valle que ni el rey Salomón en toda su gloria podía igualar, y como el vestido que ella llevaba la última vez que la vi; y tiene también pequeñas y brillantes gotas rojas, como de sangre, porque toda la que derramé es la que me aleja ahora de ella para siempre. Recoge el medallón y haz feliz a quien ames, que nada más sacarás de este mundo, mi exagerado amigo. Y márchate ya, que donde yo voy no necesito compañía...

Poco antes del amanecer, vieron salir del campamento a César Borgia. Llevaba puesta su mejor armadura, la de hechura milanesa, aquella que en su peto traía grabada la divisa: "Aut Cesar", y en su espaldar: "Aut Nihil". Salió al galope, solo, con los relámpagos reflejándose en el metal que le cubría de la cabeza a los pies. Tan brillante, joven y fugaz como un cometa.

Sólamente llevaba consigo su espada y el estandarte del rey, pues era al fin y al cabo el Capitán General de los ejércitos navarros. Pero cuando trajeron su cuerpo de vuelta al Real, sobre el mismo honorífico pavés que se empleaba para alzar a los reyes de esta tierra, como a guerrero tan principal correspondía, ni siquiera eso le habían dejado encima sus asesinos.

Dicen que se lanzó contra una docena de ellos, y que antes de recibir la primera herida, fue capaz aún de matar a cuatro de ellos. Si lo hizo por hartura, por sentirse definitivamente derrotado o porque simplemente pensó que era capaz de vencerlos a todos, se llevó la explicación a la tumba...

El caso es que toda Viana pasó ante su cádaver, y pudo entonces ver Michelet que César tenía razón, pues con apenas un paño blanco cubriéndole la cintura, era talmente idéntico al Nazareno, y que hasta la lanzada mortal asestada por los fementidos traidores Garcés de Agreda y Pedro de Allo, le había entrado por el mismo costado que a Nuestro Señor.

Ordenó el buen rey Juan de Labrit que se hiciera un suntuoso sepulcro para su cuñado en Santa María, y oró ante él pidiendo que por fin aquél a quien todo el mundo temía, hubiese encontrado el reposo eterno.

Su medallón acabó, como él mismo había pronosticado, en el pecho de una dama navarra que, a pesar de su juicio tan severo sobre las nativas de este reino, hubiera seguro encantado al Borgia de haberla podido conocer, cosa que Martín agradece vivamente a los cielos que no llegase a ocurrir, pues era aquel caballero, aunque cruel y despiadado, fascinante y arrollador.

Y hasta hay quien dice que viajó el contador de historias a Ferrara para recuperar los famosos pendientes de los que César le había hablado, y así poder ofrecérselos también a la nueva dueña del medallón, pues era muy cumplidor don Martín.

Pero esa ya es otra historia...





© Mikel Zuza Viniegra, 2010

miércoles, 17 de noviembre de 2010

ESTANDO DE ROMERÍA...



Está Ujué tan batido por los vientos como suele acontecer en aquellos contornos, que son morada favorita del dios Eolo en todas las estaciones del año. Y está también tan precioso como siempre aquel lugar a la luz del desgarbado sol de otoño.

No ha sido malo el viaje, a pesar de que no hace tanto tiempo que quien guía el carro aprendió a hacerlo, y eso que el camino real estaba bastante concurrido, sobre todo a su paso por Tafalla, donde fue necesario amansar un tanto los caballos por ver de no atropellar a los despreocupados, que, no sabiendo lo que se les venía encima, cruzaban tranquilamente las calles. Y es que es el conductor de mucho dejar volar la imaginación, cosa funesta para esos menesteres, y no puede evitar apartar la vista del camino al pasar por el muy hermoso y colorido palacio de Tiebas o por la fortificada Santa María del Pópulo, en el apretujado caserío de San Martin de Unx, cosa que disgusta, y con mucha razón, a la señora de Linzoain, que a más de ser la otra viajera del carro, sabe guiarlos mucho mejor que su ocasional chófer.

El caso es que, advertidos del colapso de vehículos que siempre se produce junto al santuario, prefieren aparcarlo cabe el frontón, donde hay muchas matas y cardos que podrán los caballos degustar, pues no es su dueño muy amigo de gastar mucho en pienso compuesto, y apura las fuerzas de las pobres bestias hasta que sus estómagos están casi en la reserva. Ni qué decir tiene que el propio carro no ha recibido un lavado al menos desde que don Luis de Beaumont marchó a las Albanias, pero Dios provee en ese aspecto haciendo llover abundantemente en estas tierras, aunque no lo suficiente como para que no se adviertan en el polvo adherido a la parte trasera, alguna que otra jocosa inscripción hecha de muy mala fe por algún amante exaltado de la limpieza ...

Pronto empiezan los dos a trepar por las empinadas calles, y sale por las ventanas abiertas de muchas de las casas, aroma a garrapiñadas, que el conductor prefiere no catar desde que una vez, siendo pequeño, no es que cayera en una marmita llena de ellas, pero sí que se dio tal atracón, que nunca ha podido volver a mirarlas con los mismos ojos. Bueno, lo cierto es que no era tan pequeño, incluso puede que haga poco tiempo de tan estrambótico suceso, pero no estará de más recordar que nueve de cada diez galenos consultados, alaban lo sanos que son los frutos secos para el cuerpo y el alma. Si no advierten también de la cantidad recomendada, no podrán extrañarse luego de que haya quien se coma las almendras por saquetes de a cinco arrobas…

Mas no es esa la única tentación gastronómica que han de sortear los viajeros, pues nada más llegar a la plaza, les asalta el dulce sonido del pan al ser desmigado sobre las cacerolas bien untadicas en sebo, y aunque ella aguanta mejor el hambre, en el fondo ambos piensan, al ver caer en el guiso buenos trozos de tocino, que es una suerte seguir la fe de Cristo y no la de Mahoma, cuyos fieles tienen prohibidas esas ambrosías. Y pues la hora de comer no es llegada aún, pero no anda muy lejana, allá que va el guía a pedir mesa y asiento para dos, pero como no han mandado mensajero al alba, resulta que están todos los sitios ocupados, y es que esto de organizar los viajes no es algo que vaya mucho con el que se ciega por las garrapiñadas y por las sanjaimetas, que debían ser otros dulces que hacían en Ujué, aunque nadie tenga ya memoria de ellos, salvo dos o tres pobres encerrados en el hospital de los locos. Y si aún no lo están, deberían estarlo…

Antes de que las tripas comiencen a sonarles como tambor agujereado, las engañan los dos con dulces muy variados que el dueño del carro suele llevar siempre consigo. Y a quien le parezca mal esta costumbre, que recuerde que en ningún capítulo de los Santos Evangelios quedó escrito que Nuestro Señor no fuese laminero o que no comiera regalices y caramelos de selz. Sí, es cierto que tampoco dicen esas sagradas escrituras que lo hiciese alguna vez, pero este concreto detalle no tiene importancia alguna para lo que estamos relatando...

Así que con unos pocos regalices rojos –en honor sin duda al color divisa de los reyes de Navarra- en la faltriquera, llegan por fin a la bella portada de la iglesia, donde un gallo muy elegante recuerda a todos los que le miran, que aquel tímpano fue sufragado por quien a su lado ora eternamente ante Santa María, el muy noble y fiel obispo Robert Le Coq, que siguió en todas sus aventuras por Francia a don Carlos II, rey de Navarra. Y tan devoto se mostró de la real persona, que hasta emprendió por seguirle el duro camino del exilio, si bien no conviene olvidar que, de no haberlo hecho, el monarca francés lo hubiera hecho descabezar, que es costumbre al parecer muy francesa cuando de conjurar traidores se trata.

Y se embala el guía con estas y otras explicaciones, tanto que ya está la señora de Linzoain temerosa, cual si debiese cargar en brazos con una gruesa plancha de metal –que el vulgo conoce como “chapa”- por andar en compañía de aquel bergante, que no calla tampoco en el interior del templo, que de puro brillante parece recién construido.

Y le habla y le habla allí dentro de la sin par imagen cubierta de plata que preside la nave, de los escudos que su trono lleva insertados, de los que aparecen en las claves de las bóvedas, de las pinturas del coro, donde al parecer, pues está el acceso cerrado y ellos no pueden verlas, aparecen representados tres caballeros con gesto muy asustado, al darse de bruces con tres esqueletos de muy fatídica sonrisa.

Y objeta el novel conductor a la noble señora que lo acompaña, que no le parece nada puesto en razón haber rodeado las columnas que sostienen el sotocoro con cristales muy gruesos, para que se puedan ver sus basas, y no haber hecho lo mismo en la zona del altar, donde el canso parlante ha leído que aparecieron tumbas de aquellos señores romanos que hace siglos anduvieron por estos pagos, y que tuvieron la suerte de nacer sabiendo latín, pues es muy ardua tarea aprenderlo luego, sobre todo si es tu preceptor hombre necio y fatuo. Y siente también mucho el guía que el corazón del rey Carlos esté de tournée por el Bearne, pues le hubiera gustado mostrárselo a su acompañante.

Así que tras ofrendar dos cirios a Santa María, que tiene que pagar la señora de Linzoain -sin que esto vaya en desdoro de la generosidad del guía, pues lo que sucede es que fue éste esquilmado de todos sus febles carlines en el peaje de carros de Tiebas-, salen a recorrer el paseo de ronda, que es aquella gótica balconada la más bonita, no sólo de Navarra, sino de muchas otras naciones de la cristiandad. Y aún tienen tiempo los viajeros de ver otra puerta, menos artísitica que la principal, pero también muy bonita, y aparece en ella representado un lebrel que sostiene entre sus patas una flor de lys, y ello quiere representar que el rey de Navarra jugaba con el de Francia lo mismo que un perro de caza con su presa. O eso cuenta el desatado guía mientras la señora se lanza escaleras abajo para abandonar aquel fortificado recinto antes de que estalle la cabeza por tanto dato y tanta historia concentrada en tan poco espacio de tiempo…

Ambos han visto al llegar, justo al inicio del pueblo, una nueva posada donde hallan al fin honroso acomodo, y es bien cierto que comen allí como condes o duques, no faltando las migas en la carta de manjares a disposición de los viajeros. Y es aquella comida de la que conviene regar con abundante vino, pero por mor de tener que conducir el carro, y por miedo a encontrarse en el camino con los prebostes del rey, ha de conformarse el guía con dosis de cardelina, y es que dicen que un carro te da mucha libertad para ir a donde quieras, pero nadie te habla de la que te resta en lugares tan señalados como la mesa…

Y aún antes de abandonar Ujué, con las últimas horas de la tarde, tienen tiempo de visitar el amplísimo comercio que allí posee maese Urrutia, muy surtido de buenas pastas y de muchos otras delicadas viandas. Y compran allí dos cosas. Él una tableta de algo que llaman “chocolate”, y que diz que es dulce especia venida de lejanas tierras allende el mar, y ella un mágico ungüento hecho con aceite de oliva, que dicen que deja la piel tan suave como el terciopelo de Flandes, aunque quien esto suscribe jura y perjura que no le hacen falta tales pomadas a la señora de Linzoain para deslumbrar al personal con su belleza. Queda dicho.

Y es el viaje de vuelta a Pamplona también tranquilo, salvo alguna contadísima distracción del guía y cierta dificultad a la hora de aparcar “en recta lignea.” Y no cuentan tampoco las crónicas si le salieron a la dama arrugas de preocupación o canas de miedo, aunque no lo creemos, por ser mujer valiente y osada…


© Mikel Zuza Viniegra, 2010

lunes, 8 de noviembre de 2010

EN EL FOSO DE LOS LEONES



Es la villa de Bilbao hito señero y principal del señorío de Vizcaya, y sede también del equipo de torneo que los odiados señores de Haro alientan y protegen como su joya más preciada.

Carlos y Agnes, príncipes de Viana, han viajado hasta allí de incógnito, pues ha llegado a sus oídos que en el extraordinario castillo que en medio de la ciudad se alza, se acumulan por breve plazo muchas pinturas confeccionadas en la tierra natal de la infanta, rescatadas del naufragio de un barco flamenco que encalló hace pocos días en Machichaco. Y ella, aunque muy hecha ya a la vida en la corte navarra, quiere contemplar todas aquellas maravillas, pues a ratos siente nostalgia de los lugares donde transcurrió su infancia y de las gentes que en ellos vivían.

Indudablemente es el palacio en cuestión digno de verse, y aunque Carlos prefiere la cálida piedra del de Olite al frío acero bilbaíno, no puede negar que su arquitecto merece todos los elogios y parabienes, al contrario que el autor del cercano edificio que, por su forma y aspecto –un cubo gris y anodino- se comprende enseguida que es obra de cierto arquitecto al que los propios príncipes desterraron de Navarra después de que con una desatinada intervención, destrozase su residencia pamplonesa en la Navarrería…

El caso es que está la entrada al recinto muy vigilada, y como los Haro apresarían muy gustosos a Carlos y Agnes si supieran que se encuentran en pleno corazón de sus dominios, han de hacerse pasar los dos por carboneros y entrar por la puerta trasera. El interior es aún más fastuoso que el interior, y es que es aquel espacio tan inmenso, que no lo llenaría ni toda la arena del Sinaí. Hay otros cuadros y esculturas allí además de los que han ido a ver, pero se les antojan poca cosa ante las dimensiones de las quebradas paredes metálicas que les sirven de continente.

Ni siquiera les resulta sencillo orientarse en medio de todos aquellos monumentos desperdigados por los amplísimos salones. Casi se marean dando vueltas y más vueltas en sinuosos laberintos confeccionados con lo que parecen ser miles de oxidadas armaduras, hasta que encuentran la salida y la dirección correcta para poder ver las tablas pintadas por los paisanos de la princesa. Ambos echan en falta unos carteles que indiquen la trayectoria, pero es característica muy señalada de los habitantes de esta ciudad hacerlo todo a lo grande…

Ha merecido el viaje la pena, pues son aquellas pinturas realmente hermosas, y además va doña Agnes desgranando sus recuerdos a la vista de muchas de ellas: los ríos helados en los que patinaba, las casas de rojo ladrillo y empinadas cubiertas, los tulipanes que adornaban todas las mesas, los campesinos descansando de sus labores en las tabernas, los ricos burgueses posando para la posteridad, presumiendo de lo conseguido tras toda una vida de arduo trabajo, los minuciosos bodegones con rebosantes copas de transparente y pulido cristal…
Creen haber visto ya todos los lienzos cuando inesperadamente, tras una gruesa cortina azul, divisan uno precioso, mucho más aún que los otros que tanto les han gustado. Aparece en él representado un joven y apuesto geógrafo desempeñando su oficio, con un compás en la mano y expresión muy concentrada. La luz lateral que le ilumina, y con él a toda su habitación, decorada con detallistas cartografías, está tan bien reflejada que parece como si aquel cuadro contuviese dentro de sí toda la fuerza del sol de mediodía.

Tentados están Carlos y Agnes de sacarlo de su marco, enrollar la tela y guardarla dentro del falso saco de carbón que llevan a la espalda, pero el camino hasta la frontera de su reino es largo y, además, eso sería comportarse igual que los señores de Haro cuando reclutan a caballeros navarros para su equipo, y por tanto tras admirarlo un buen rato, abandonan aquel brillante castillo por la misma puerta por la que entraron, y aún tienen ocasión de asombrarse a la salida con otras rarezas como una araña gigante y un perro lleno de flores, mucho más insulsas sin duda que las que pueblan los verdes jardines del palacio de Tafalla…

Y como no es cosa de echarse de nuevo a los caminos sin hacer acopio de fuerzas, se lanzan a recorrer las calles en busca de un lugar donde poder comer algo de fundamento, pues es esta villa pródiga en tabernas de muchos y variados estilos, e incluso encuentran una decorada con hermosos azulejos y marqueterías moriscas, que además lleva el nombre de la capital de su reino, por lo que la estancia en ella es de muy agradable reposar. A pesar de ello, no da sosiego a Carlos que en todas ellas abunden los pretenciosos colores de los Haro y las imágenes de muchos caballeros que bajo esa divisa participaron en las conquistas de algunos triunfos pretéritos, y es que aunque sus seguidores parezcan no admitirlo, bien sabe el príncipe que todas aquellas victorias debieron producirse allá por los tiempos de don Carlomán. Y aún le duele más que sea su propia hermana, Leonor, quien patrocine los últimos años a este equipo, que en su sobreveste lleva su nombre impreso para que todo el mundo lo sepa. Y como está casada con el poderoso conde de Foix, que dispone de muchas más rentas que las que la corona navarra puede dedicar para que el equipo de Pamplona pueda competir en igualdad de condiciones, saltan chispas siempre que se enfrentan en duro y heroico combate…

Pero como no son estos asuntos deportivos cosa en que la princesa tenga interés alguno, hora es de hacer de tripas corazón y capear la tormenta rojiblanca dando buena cuenta de una rica sopa de pescado y un estupendo bacalao, que es aquella tierra lugar providencial para cocinar peces tan salados. Y después, para bajar el condumio, pasean por las abigarradas Zazpi kaleak, que son a saber: Somera, Artekale, Tendería, Belostikale, Carnicería Vieja, Barrenkale y Barrenkale Barrena.

Y es que a pesar de lo ya expuesto, es aquella ciudad muy hermosa, aunque no tanto como Agnes con las gotas de sirimiri perlando sus cabellos, como si fueran los esplendentes puntos que señalaban las ciudades en los mapas del geógrafo aquel del cuadro…







© Mikel Zuza Viniegra, 2010

jueves, 4 de noviembre de 2010

A LAS BARRICADAS...



Barcelona, martes 27 de julio de 1909

La huelga general convocada para protestar contra la movilización de reservistas para la guerra de Marruecos mantiene totalmente paralizada la ciudad desde ayer. Las barriadas, con la policía y el ejército acantonados en sus cuarteles, han amanecido en manos de Solidaritat Obrera, el poderoso sindicato anarquista. Y de repente, sin saber muy bien quien dio el primer grito, las gentes abandonan las barricadas y recorren las abarrotadas calles para lanzarse a incendiar los conventos y colegios religiosos.

Antes de arrojar las antorchas, reúnen en su interior los bancos, los retablos, los cuadros y todo lo que pueda hacer arder más rápidamente aquellas enormes construcciones. Sus moradores, monjas, frailes y legos, han sido desalojados previamente, porque lo que importa es poner de manifiesto la inaudita riqueza que allí se ha acumulado durante siglos, mientras el paupérrimo proletariado moría de hambre a su vera.

Alcanzan finalmente ante el monasterio de Valdonzella, que ha sido abandonado por sus dueñas hace muchas horas. El comité de huelga, seguido de una multitud ansiosa por saber qué esconde aquella clausura, va abriendo puerta tras puerta del inmenso edificio, y al llegar al armario que suponen custodia el tesoro de las monjas, fuerzan sus candados hasta que ante ellos resplandecen por fin el oro y la plata de innumerables cálices y relicarios…

Pasan de mano en mano para que todos puedan verlos, pero no acaban en la mesa de algún joyero poco escrupuloso, sino en la hoguera que ya brama en el coro, pues no en vano el comité se ha encargado de recordar que se fusilará a todo aquel a quien se le encuentre encima cualquier huella de superstición y oscurantismo, y también para demostrar a los odiados burgueses que la ideología anarquista no se vende por precio alguno.

Ya sólo queda en aquella alacena acorazada un último estuche que arrojar a las llamas. Pau Fuster y Quimet Domenech, que llevan la voz cantante del piquete, lo abren con muy poco cuidado y, ante sus ojos, aparece un antebrazo engastado en plata dorada, con cada uno de sus cinco dedos adornados por anillos de lujosa pedrería…
-¡Al fuego con toda esta porquería! –gritan enfurecidos-, pero Francesc Laixertell, que es estudiante en la facultad de Historia, repara en la leyenda y el escudo que recorren su base. Dice así:

Sanct Carles de Viana. “Tanto curo, quanto toco”.

-¡Alto! –grita-. Éste no podemos destruirlo…

-¿Y por qué no, si puede saberse?

-Porque este brazo perteneció a uno de los nuestros.

-Los nuestros nunca han tenido tantas joyas como ese despojo que te empeñas en salvar, Francesc.

-Los anillos son adornos de monja histérica, pero esta reliquia pertenece al príncipe de Viana, que luchó por la libertad de Cataluña y de Navarra combatiendo contra su padre, el tirano y déspota rey Juan, igual que nosotros peleamos ahora contra el autócrata Alfonso XIII. Él fue un precursor, un modelo para todos nosotros. Las estúpidas jerarquías católicas quisieron hacerle santo para diluir su ejemplo y apoderarse de su figura. Hasta llegaron a decir que podía hacer milagros y que el mero contacto de su mano sanaba como por ensalmo a enfermos incurables. Por eso cortaron un brazo de su cadáver los monjes de Poblet, el mismo brazo que hemos encontrado aquí, y que ahora volverá a guiar al pueblo, como antaño…

-Bueno, si Bakunin provenía de una familia noble, puedo creer que alguna vez existieron príncipes anarquistas. Quédate con esos huesos si quieres, a una mala siempre podremos hacer caldo con ellos. Pero todo lo demás: ¡al fuego!

Al poco de salir el último incendiario, se derrumba el abovedado techo, y el ruido que provoca el desplome oculta los primeros disparos de los “pacos”, los francotiradores que desde las ventanas de los edificios cercanos disparan contra los amotinados. De repente, Quimet siente que le estalla el pecho y cae estrepitosamente sobre el asfalto escupiendo sangre por su boca. Sus dos compañeros consiguen arrastrarle a duras penas hasta un callejón fuera del ángulo de tiro, pero se ve claramente que la herida es mortal de necesidad.

-Domenech, soy Laixertell. No hay ningún médico cerca, si no hacemos algo pronto vas a morir y no podemos permitirnos el lujo de perder a un libertario como tú, así que vamos a probar si la reliquia de Carles de Viana es o no efectiva…

-Llevo toda la vida huyendo de los santos y ahora que estoy a punto de morir, ¿me vas a hacer besar su estampa?

Pero Francesc ya le ha puesto el dorado brazo sobre el sangrante agujero. Y entonces, aunque los tres hombres presentes jamás reconocerían que “milagrosamente”, el relicario –en medio de un gran resplandor- atrae hacia sí la bala de plomo, y la herida cierra herméticamente tras ella, como si nunca hubiese existido…

-¡Era verdad lo de que “curaba cuanto tocaba”! –grita Francesc entusiasmado-. Ya os dije que Carles era uno de los nuestros…

Al año siguiente, tras la represión que siguió a la que la Historia conocerá como “Semana Trágica de Barcelona”, Solidaritat Obrera cambió su denominación por la de “Confederación Nacional del Trabajo”. Hay investigadores que dicen que su bandera, de colores rojo y azul oscuro, estaba inspirada en el escudo partido de Navarra y Evreux que figuraba en cierta joya medieval que siempre llevaban encima los fundadores de dicha agrupación, pero no es fácil demostrarlo. Lo que sí es cierto es que a pesar de los numerosos tiroteos que en años posteriores se dieron entre las fuerzas del orden y los manifestantes anarquistas, jamás hubo un muerto por herida de bala en las filas de éstos últimos, al menos en las protestas en las que alguno de esos tres fundadores se hallaba presente…

El 19 de noviembre de 1936, en plena guerra civil, cuando por vía telegráfica llegó a la capital catalana la noticia de que Buenaventura Durruti había recibido un disparo en Madrid, Francesc Laixertell -el último superviviente de nuestros tres protagonistas-, fue abatido por un francotirador en la plaça del Diamant, cuando se dirigía a buscar el relicario del príncipe de Viana para salvar la vida del legendario líder anarquista, pues sólo él sabía ya dónde se custodiaba tan preciada joya. Su muerte, además de traer aparejada la de Durruti, trajo también consigo la desaparición del último resto del compañero Carles Evreux.

A día de hoy, sigue sin conocerse su paradero…



© Mikel Zuza Viniegra, 2010

jueves, 21 de octubre de 2010

AGITADO Y NO MEZCLADO



Tierra Santa, octubre de 1238

El ejército navarro lleva bloqueado casi un mes en el último puesto avanzado que la milicia del Hospital de San Juan de Jerusalén posee en el desierto occidental de Siria. El agua y los víveres están acabándose, y la guarnición comienza a padecer una enfermedad cuyos síntomas principales son la caída del pelo a mechones, violentas hemorragias y una súbita hinchazón de las encías, que se esponjan de tal forma que los dientes acaban por desprenderse de su anclaje…

Los médicos no saben muy bien a qué dolencia se enfrentan, al menos hasta que el hermano Lorenzo, sargento de los hospitalarios con más de veinte años de servicio en ultramar, les hace entender que si no consiguen pronto fruta y hortalizas frescas, todos morirán sin remedio. Él ha visto ya casos parecidos como para saberlo bien…

Lo malo es cómo conseguir aquel remedio vegetal en medio del erial de arena en el que se encuentran. Cristianos nativos han oído hablar de que, cabalgando un día hacia donde sale el sol, se halla la mítica fortaleza de Alamut, la sede de la mortal secta de los Hashishin, los Asesinos, ciegamente fiel a su líder, al que todos conocen como el “Viejo de la montaña”. Y que allí, en sus maravillosos jardines, crecen manzanas y peras de tal calidad que una sola de ellas basta para alimentar y sanar a toda una escuadra…

Y hacia allá que parte al alba el rey Teobaldo, pues nunca ha considerado honorable enviar a otro a cumplir la tarea que él mismo pueda llevar a cabo. Sólo trae consigo a su caballo Jasón, su espada, su escudo, y un saco donde traer los frutos que sus tropas necesitan. Sí que ha consentido en vestir las negras ropas de los seguidores de Hassan Al-Sabbah, y en aprender unas pocas frases de la algarabía que aquellos utilizan.

Al amanecer del siguiente día, la leyenda se hace realidad ante sus ojos, y un inexpugnable monte, en cuya cima refulgen las nieves eternas que envuelven el dorado castillo de los Asesinos, se alza ante sus ojos. Tras ocultar su montura comienza la penosa ascensión hacia la cumbre, y sólo su pericia guerrera le hace evitar a los centinelas del Viejo. La camisa acolchada y la cota de malla que le ahogaban en el desierto, le dan calor ahora que lleva ya un buen rato pisando escarcha. Cuando alcanza la poterna, que tiene alzado el blindado rastrillo, intenta recordar la contraseña que ha de dar al guardia. Así le habla:

- Alá, ez da Hura beste jainkorik!

Y a medida que las palabras salen de su boca se da cuenta de que ha empleado la lengua de Navarra en el saludo, y no la arábiga como le habían indicado que hiciese. Y lamenta su mala cabeza, pues muchas veces, debido a los nervios, le sucede emplear una lengua cuando le correspondería hablar otra, pues además de esas dos conoce el latín, la langue d'oil y el romance navarro. Así que acaba velozmente con la incomprensión del vigía recitando la aleya en el mismo idioma del profeta:

-¡Alá, no hay dios sino Él!

Y cuando con esa invocación traspasa los gruesos muros, queda asombrado porque en aquel recóndito lugar rodeado de nieve, puedan crecer árboles tan fecundos, cuyas ramas se doblan por el peso de sus frutos. Pero hay demasiada gente en aquel Edén como para intentar cogerlos ahora. Así que descansa en el jardín mientras aguarda a la cercana hora de la oración, que el ascético y anciano Hassan preside en un salón de paredes de jaspe, sentado en un trono de oro macizo. Los adeptos no levantan la cabeza del suelo mientras escuchan su prédica:

-¡Cuidado! Os avisamos.
Somos los mismos que cuando empezamos.
Gentes ignorantes que antes nos tenían miedo,
cogen confianzas que nunca les dimos.
¡Cobardes!, que van de valientes,
hablando de nosotros mal ante la gente.
Vuestro entorno huele a podrido,
Vuestras palabras, son ladridos…

Y entonces todos comienzan a gritar:

-¡Hash, hash, hash!

Y una embriagadora humareda como de incienso se extiende de repente por la estancia, provocando el alboroto, las risas y las aclamaciones de todos los presentes.

Precisamente ese momento de locura general es el que Teobaldo aprovecha para volver al ahora vacío jardín y comenzar a recolectar todas las peras y manzanas que su alforja es capaz de albergar. Pero nada escapa al ojo del Viejo de la Montaña, que tiene prohibido a sus hombres tocar aquellos árboles, así que haciéndolos callar enérgicamente, los lanza en persecución de Teobaldo, que ya corre como el diablo hacia la puerta.

De un fuerte tajo de su espada corta la soga que sostiene el rastrillo, que cae vertiginosamente mientras el rey se lanza al suelo para franquearlo. Cuando casi está al otro lado, se desprende de su cabeza el turbante que cubre la diadema real de Navarra, que recupera en el último instante, cuando ya el portón roza el suelo y está a punto de atrapar su brazo.

Se incorpora y sigue corriendo, con el tiempo justo de mirar hacia atrás y ver que los asesinos están saltando los muros para intentar darle caza, animados quizás por aquel extraño incienso cuyos efectos desconoce. Teobaldo sabe que no tardarán en alcanzarle si no adopta alguna medida desesperada, y recuerda entonces el adiestramiento que recibió en las más altas montañas de su reino por parte de los agentes del rey de Inglaterra, aquellos que tienen licencia para matar…

Así que suelta las bridas que sujetan su escudo a la espalda, y el carbunclo dorado de navarra y la banda de plata de Champaña brillan fugazmente antes de ser arrojados al suelo cubierto de nieve. De un salto toma impulso y comienza a deslizarse sobre el broquel ladera abajo, mientras oye las maldiciones a sus espaldas. Y no mentiremos si decimos que varias veces estuvo Teobaldo a punto de despeñarse por las quebradas de aquella infernal montaña de Alamut, pero quién sabe si por la especial predilección que su dinastía tuvo siempre por los ángeles del cielo, todos esos brincos acabaron de buena manera, hasta alcanzar el punto donde Jasón esperaba a su señor, quien, picando espuelas, volvió al campamento navarro a toda velocidad, donde fue recibido como soberano tan ilustre merecía.

Y cuentan quienes pueden atestiguarlo, que esas frutas curaron a todos los enfermos, incluso a los que ya habían perdido la esperanza de sanar, y que sus semillas fueron traídas por el rey a Navarra, que ya dice el príncipe de Viana en su Crónica que: “mucho amaba Teobaldo I la buena fruta”.


Lo que no recuerdo bien si dice el príncipe es que también se trajo su antepasado las semillas de aquellos insólitos inciensos del Viejo de la Montaña, y que las plantó en los jardines reales de Olite. Y eso que don Carlos debió conocerlas, pues en sus tiempos todavía crecían muy verdes y frondosas en aquellos mismos vergeles…


© Mikel Zuza Viniegra, 2010

domingo, 17 de octubre de 2010

VAMOS DE PASEO

Mediodía del 16 de octubre del año de Gracia de 1239

El tibio sol de octubre lleva toda la mañana luchando contra los negros nubarrones que tratan de apoderarse de la cumbre de Izaga cuando el rey don Teobaldo y todo su séquito se ponen en marcha desde la fuerte torre de Mendinueta, para recorrer el hermoso valle de Lónguida.

Todas las banderas señoriales, tejidas en hilo de seda, son desplegadas al viento. Y va la primera la del rey de Navarra, partida con la divisa de Champaña, y le siguen a pocos pasos las de los doce ricoshombres del reino, es a saber: los Aibar, los Almoravid, los Baztán, los Guevara, los Subiza, los Lete, los Vidaurre, los Rada, los Cascante, los Urroz, los Monteagudo y el rampante león de gules de los Mauleón. Y van después las de las buenas villas y los concejos, y detrás de tanto estandarte los caballeros y villanos que quieran ir a recuperar la Tierra Santa de manos de los sarracenos.

Y para que a muchos caballeros y ruanos remolones no se les olvide tan sagrado llamamiento, ha decidido el rey salir a buscarlos él mismo. Así que deja atrás Urroz, que tiempo habrá luego de volver a lugar tan bien dispuesto, y se dirige hacia Liberri, que es muy bello palacio, y hace sonar a su puerta todas las trompetas, para que su dueño tome la cruz y les siga. Y muy bien engualdrapado su caballo, efectivamente se les une, mientras su dama le despide llorosa desde las recias almenas. Y de ahí llegan muy pronto a Villaveta, donde recogen a muchos más, incluidos a los de Zuza, palacio que dormita allá, al otro lado del Irati.

Y pasan todos por Aós, y se llegan hasta Ayanz, que no tiene en este momento caballero que enviar a conquistar Jerusalén, pues murió su señor defendiendo la frontera contra los aragoneses, y es muy niño aún el heredero, que sostiene entre sus brazos la viuda doña María, a la que canta unos lais don Teobaldo por ver de consolarla un tanto…

Y aparece luego en el camino la noble villa de Murillo, con su sin par palacio de ladrillo rojo salpicado de espejeante azulejería, y casi sin detenerse ante tanta maravilla, cruzan todos el río por un puente que se cimbrea como la cola de los gardachos en manos de los mocetes, y en un decir Jesús están en Larrangoz, donde su señor les tiene preparados ascéticos manjares y dulce jugo de pacharán, que es planta que abunda por aquellos contornos; Y aunque el rey sabe que no son buena cosa los licores cuando se ha de seguir camino, no puede por menos que probar tan rico néctar antes de alabar el retrato que el caballero ha hecho tallar de sí mismo en la iglesica del lugar, que le gusta hasta el punto de maldecir con muchos y variados castigos infernales a quien en el futuro se atreva a intentar destruirlo. Y tal y como aparece reflejado en la portada, sale de su palacio el caballero, con su brillante cota de malla, y un gran escudo adornado con la cruz de la que podrán presumir quienes acudan a Palestina.

Y quien sabe si por el efecto del rojo jarabe, o porque es el soberano de los navarros muy dado a tales excesos, se lanza don Teobaldo a entonar una canción que dice:

-Señores, sabed que quien no venga ahora a la tierra donde Dios vivió y murió, y quien no tome la cruz de Ultramar, difícilmente irá al Paraíso. Quien sienta dentro de sí piedad y recuerdo del Altísimo, debe soñar con vengar al Señor todopoderoso, liberando su tierra y su país.
¡Quédense aquí todos los perezosos y falsos, que no aman a Dios, ni el bien, ni el honor ni la gloria!


Y es muy celebrada la composición por todos los asistentes, aunque sean las gentes de estos valles poco dadas a la poesía, menos el señor de Zuazu, que es más amigo de libros que de cruzadas, y por eso no tiene la menor intención de acompañarles, lo cual no le impide reconocer la calidad literaria de las trovas que compone su soberano.

Y deciden entonces peregrinar al cercano y famoso santuario de Santa Fe, a que los monjes de Conques les den comida y cobijo. Y de camino van sumándose al colorido cortejo todas las hojas que el otoño arranca a los árboles que bordean los senderos. Y las que aún tienen algo de savia en sus venas y no pueden seguirles por el aire, alfombran su paso para que las herraduras de plata de los caballos no se desgasten hasta llegar por lo menos al puerto cristiano de Acre.

Es aquél lugar de Eparoz de una belleza tan grande, que todos quedan maravillados, a pesar de que los frailes no se hallan en el monasterio, y han dejado además el hórreo donde guardan las viandas cerrado y bien cerrado...

Pero no es el hambre tanta como para conseguir que no se regocijen todos con la sosegada tranquilidad del claustro, y como para que don Teobaldo no repare en el tosco rostro de las dos damas con corona cinceladas en la portada del templo. Y como está la reina delante, no puede dejar de comparar su semblante con el de aquellas otras, y le parece que sale con ella ganando, cosa en la que está la princesa también muy de acuerdo.

Y es hora ya de desandar lo andado, que si el espíritu se contenta solo con lo bello, el cuerpo necesita alimento más sólido y material. Así que es Ecay su próximo destino, que hay allí hospedería conocida por su muy buen yantar, y después, como están a las puertas de Aoiz, es en el pintiparado molino de tan ilustre localidad donde se toman las infusiones y licores que siempre han de poner el broche de oro a las comidas señaladas.

Y de vuelta a casa, aún se empeña el señor de Urroz en que se visite su villa, que hay allí también mucho que ver, y no es la menor joya que allí puede contemplarse el equipo de torneo que lleva por bandera los colores txuribeltza de los templarios, muy célebre por no dar nunca sus encuentros por perdidos. Y es efectivamente tanto el arrojo de esos once caballeros, que siente el rey que tiene que homenajearlos con otra de sus famosas composiciones, así que se sube a la piedra de Roldán y desde allí empieza a cantar:

-Una villa de renombre, se conoce por Urroz,
unos cuantos habitantes y un equipo campeón.
Es verdad que es un modesto, un club sin gran pretensión,
y por eso lo llevamos más en todo el corazón…


Y no tardan todos los presentes, entre grandes vítores y saltos, en responder:

-Txuribeltza!!! Presente la afición,
la calavera ríe y remoja el garganchón.
Blanki-negros al césped, patateros oi!, oi!, oi!
Txuribeltza!!! Txuribeltza!!!


Y dicen las crónicas que se agotó aquella noche todo el pacharán que había en la villa, pues el que había aportado el señor de Larrángoz se había terminado mucho antes de llegar a la población donde el ilustre club Urroztarra concierta una cita con la victoria cada quince días…


© Mikel Zuza Viniegra, 2010