miércoles, 28 de diciembre de 2022

UNA NUEVA LECTURA DE LA PORTADA DE UJUÉ (y 1)

 

Que yo recuerde, la portada de Ujué me ha interesado desde la primera vez –hace muchos años ya- que pude contemplarla “in situ”. Para entonces había leído casi todo lo que sobre ella se había publicado que, sintetizándolo mucho, podría resumirse en la idea de que el misterioso donante que aparece arrodillado a la derecha del tímpano debía ser el rey Carlos II, máximo protector de aquel santuario.

Se fueron añadiendo luego muchos estudios más, que sustituyeron esa atribución por otras con más o menos base. Yo mismo aposté por dos personajes distintos. Primero por el consejero real Robert Le Coq, uno de los máximos partidarios de Carlos II en Francia, y a quien el rey protegió de la ira de los Valois, consiguiéndole el obispado de Calahorra:

Sobre una posible identificación del donante en la portada de Ujué

Y años más tarde defendí que debía ser el alcalde de Sangüesa, Sancho de Oillasco, el representado en la portada:

Colas de gallo

No obstante, las publicaciones científicas que en mayor profundidad y más recientemente se han ocupado del asunto fijan que esa intrigante figura debe representar al infante Luis, el hermano de Carlos II, que fue el primer miembro de la familia real cuyo contacto con Ujué puede documentarse. Esa es al menos la opinión de Rosa Alcoy. La otra opción, argumentada por Carlos Martínez Alava, es que podría encarnar a Carlos II, representado como devoto peregrino “principal”, pues la proximidad sentimental del rey con Ujué daba evidente prestigio al santuario, que querría así “presumir” de esa especial relación, independientemente de que el monarca financiase las obras de la portada o no.

Lo cierto es que mis dos atribuciones se basaron fundamentalmente en la cercanía física de un hermoso gallo al relieve del donante, que me parecía que necesariamente debía querer indicar algo. De ahí que pensara en Robert Le Coq (el gallo, en francés) o en Sancho de Oillasco (gallo, en euskera).

Tampoco es el único gallo del patrimonio histórico-artístico navarro del que me he ocupado, porque también intenté desentrañar el misterio que esconde el que corona la portada del santuario de San Zoilo, en Cáseda, que atribuí –creo que con bastante fundamento- al rey Luis el Hutín, único de los llamados “reyes malditos” que vino fugazmente a Navarra para coronarse:

Luis el Hutín y San Zoilo

El caso es que este emplumado tema es, como se ve, recurrente en mi trabajo, y por eso mientras preparaba mi último libro: “EN RECTA LÍNEA”, sobre la dinastía de Evreux, sabía que en algún momento acabaría volviendo a surgir ante mis ojos entre los cientos de libros y artículos consultados para escribirlo.




De hecho, teniendo en cuenta que creo haber demostrado sin ningún género de dudas en dicho libro que Carlos II sí que reivindicó de manera pública y abierta sus derechos al trono francés, y que por esa misma razón ordenó quitar la brisura roja y blanca de los Evreux, y que la prueba de todo ello estuvo y está al menos desde el año 1364 bien a la vista, precisamente en el mismo santuario de Ujué, quizás vaya siendo hora también de adjudicar definitivamente la identidad del misterioso donante de la portada, porque si ahora no cabe duda alguna de la intervención de Carlos II en la fábrica del santuario –como la clave de bóveda con sus armas corrobora- entonces el representado en el tímpano podría ser también dicho monarca, como los cronistas más antiguos ya afirmaban y como Martinez Alava (en el estudio más reciente sobre el santuario) hemos visto que defiende también. Desde luego no se puede asegurar, pero creo que Carlos II merece encabezar de nuevo la lista de candidatos a donante del año. 

Ello me obligaría a repensar igualmente el papel del tan cacareado gallo, porque dejaría así de ir ligado a la figura arrodillada adyacente, represente esta a quien represente, y podría volar libre –nunca mejor dicho- en busca de una explicación individual a su destacada presencia en el tímpano ujuetarra.


Esa explicación podría estar basada en los Evangelios Apócrifos, cientos de textos surgidos en los primeros siglos del cristianismo pero que la Iglesia no aceptó como “canónicos” aunque no por ello dejaron de seguir alimentando la imaginación y la iconografía religiosa de la sociedad medieval, que anhelaba saber todo lo posible sobre figuras como Cristo, su madre o la infinidad de santos y mártires a quienes encomendaban sus plegarias y sus anhelos de salvación eterna.

Por eso dichos apócrifos tuvieron un éxito brutal –y global- tanto en oriente como en occidente, del que naturalmente Navarra participó con el mismo entusiasmo que el resto de naciones tanto de fe católica como ortodoxa. Prueba de ello es la representación de escenas sacadas de los más difundidos en alguno de los templos más importantes del reino. En ese orden de cosas, y sin ánimo de ser exhaustivo, podemos citar los ejemplos de las portadas de San Cernin de Pamplona, del Santo Sepulcro de Estella o de la del Arcedianato de la catedral de Pamplona, donde aparece representada la Anástasis o descenso de Cristo a los Infiernos. Una imagen que no aparece en ninguno de los cuatro evangelios aceptados por la Iglesia, sino que está sacada del llamado “Evangelio de Nicodemo”, también conocido como “Hechos de Pilatos”, una obra del siglo V donde también aparecen recogidos por primera vez nombres e historias que forman parte del imaginario cristiano. Los de los dos ladrones que fueron crucificados con Jesús: Dimas y Gestas. El del centurión que le dio la lanzada: Longinos. Y también el de la Verónica, en cuyo pañuelo quedó grabado el rostro de Cristo durante la pasión.

También en el claustro de la catedral de Pamplona, la Puerta Preciosa muestra distintas escenas de la muerte y tránsito a los cielos de la Virgen María, sacados no de los evangelios de Lucas, Mateo, Marcos o Juan, sino de textos apócrifos o estudios medievales sobre ellos como el “Transitus” griego, las Homilías de Cosme Vestitor o el Libro de Juan, arzobispo de Tesalónica. Y en el mismo lugar están los vestigios de las pinturas murales sobre la vida de María, basados en el Protoevangelio de Santiago y el Pseudomateo.


Pero no sólo en estos edificios tan importantes, sino que podría dar ejemplos diseminados por toda la geografía navarra. Por citar uno sólo, hablaré de las pinturas murales de Ororbia, obra probablemente del gran Joan Oliver, una de cuyas escenas representa el milagro del rayo de sol, según el cual el niño Jesús apostó con sus amigos a que podría deslizarse por él como si se tratase de un tobogán, cosa que hizo, mientras los demás caían al vacío. Es una escena muy poco común en la iconografía sagrada, sacada de un apócrifo más raro aún: el Libro de la infancia del Salvador. Con esto quiero decir que toda esta bibliografía estaba extendidísima, y a ningún promotor –religioso o laico- en aquella época se le hacía raro recurrir a ella, porque el ansia de milagros era tal, que cualquier representación de los mismos era bien recibida.

Podemos comprobar que todas estas obras fueron realizadas a partir de la llegada de los Evreux al trono navarro, en el año 1328. Una dinastía que, por su origen, siempre estuvo en contacto con las corrientes –artísticas, universitarias y teológicas- más de moda allí donde se marcaban todas estas tendencias al resto del continente: la corte de París.

Tampoco es nada extraño, porque como defiendo en mi último libro, Juana II y luego su hijo Carlos II debieron haber reinado también en Francia. Pero ese es otro asunto, así que remito a los interesados/as a EN RECTA LÍNEA si queréis saber más sobre él.

Volviendo al llamado Evangelio de Nicodemo, suele datarse en el siglo V, aunque su origen más remoto podría estar en el siglo II, y su denominación como tal no aparezca hasta el siglo XIII. La parte que contiene el descenso a los Infiernos fue sin duda la de mayor éxito durante la Edad Media, de ahí la abundancia de representaciones que hemos podido ver. Además cada una podía ser distinta respecto a las demás, porque mientras la Iglesia mantenía inalterables los textos canónicos, la copia de los innumerables apócrifos, realizada sin control alguno, dio lugar a una increíble cantidad de variantes, algunas de las cuales alcanzaron tal éxito, que fueron recogidas posteriormente en otras obras fundamentales de la hagiografía y el saber medieval escritas hacia 1260, como son la Leyenda Dorada de Jacobo de la Varagine y sobre todo el Speculum Historiale de Vicente de Beauvais. Un libro por cierto que sabemos que poseía Carlos II de Navarra y que sirvió de base histórica principal a cronistas navarros como Garci López de Roncesvalles y el propio príncipe de Viana.

Pues bien, resulta que existe una historia milagrosa de origen apócrifo, recogida en una de esas variantes del ya citado Evangelio de Nicodemo, que creo que podría tener que ver con la presencia del gallo en el tímpano de Ujué, Una historia que dice lo siguiente:

“Ocurrió que el día de la Santa Cena, a Cristo nuestro señor le fue servido un gallo asado, y cuando Judas fue a traicionarle, Jesús ordenó a dicho gallo revivir y levantarse del plato para que le siguiera. Y el gallo así lo hizo, y vino después a informarle de cómo Judas lo había traicionado, y por eso dicen que el gallo subió después con él al Paraiso…”

Sin embargo, justo esa variante con el milagro del gallo se basa en un original griego al parecer nunca traducido al latín occidental, que podría fecharse quizás entre los siglos X y XII y que habría influido en la creación de posteriores tradiciones eslavas de la Semana Santa ortodoxa. Incluso otra variante ofrece una nueva versión también con el gallo como protagonista:

“Y así Judas fue a su casa a buscar una cuerda con la que colgarse, y encontró a su esposa asando un gallo sobre unas brasas. Él le dijo: mujer, dame una cuerda, porque he traicionado a mi maestro, Jesús, que resucitará al tercer día. Y ella le replicó: no pienses eso, porque antes cantará este gallo que Jesús vuelva a la vida. Y en cuanto pronunció esas palabras, el gallo extendió sus alas y cantó tres veces. Judas entonces cogió la cuerda, apretó el nudo y se ahorcó”.

Vemos que estos relatos están estrechamente ligados con lo que aquí conocemos como “milagros de peregrinación”, pues en occidente estos milagros se hallan más frecuentemente asociados a santos intercesores que a las historias relacionadas con el propio Cristo, y van casi invariablemente unidos a la intervención de una persona escéptica que duda del poder de Dios.

El más famoso de todos ellos es sin duda el que la tradición afirma que aconteció en Santo Domingo de la Calzada, donde un peregrino fue acusado de ladrón y ahorcado, pero el apóstol Santiago lo sujetó para que no muriese. Seguro de su inocencia, el padre del acusado en falso le dijo al juez que su hijo seguía vivo, y el magistrado –que estaba comiendo- le respondió que su hijo estaba tan vivo como ese gallo asado en su plato, momento en el que el ave revivió y cantó. Pero este milagro no aparece recogido en el Codex Calixtinus, de mediados del siglo XII, y tampoco en la Leyenda Dorada, de mediados del XIII, aunque desde el siglo XV siempre apareció ya unido a la leyenda de Santiago.
De cualquier manera, la más antigua mención a estas leyendas sobre un gallo asado que vuelve a la vida corresponde a san Pedro Damián en 1067:

"Dos amigos que vivían en la región de Bolonia estaban sentados a la mesa. Uno de ellos troceó el gallo que le habían servido y lo roció con salsa de pimienta fina. Hecho esto, el otro le dijo: ¡Bueno!, amigo, cortaste ese gallo de una manera que el mismo San Pedro, si quisiera volver a ponerlo como estaba, no podría hacerlo. A lo que respondió el primero: no sólo San Pedro, porque ni aunque Cristo mismo diera la orden, este gallo se volvería a levantar. A estas palabras, de repente, el gallo vivo y emplumado saltó sobre sus patas, batió sus alas, cantó, sacudió sus plumas y roció a los dos amigos con la salsa con la que había sido sazonado. Inmediatamente a la blasfemia imprudente y sacrílega siguió el castigo que ambos merecían: en efecto, al mismo tiempo que fueron rociados con la pimienta, se infectaron de lepra. Y este mal, no sólo lo padecieron hasta la muerte, sino que lo transmitieron a toda su descendencia, de generación en generación. Así aprendieron a no hablar a la ligera del poder divino".

Este mismo relato lo recoge también Vicente de Beauvais en su ya citado Speculum Historiale, subrayando así las consecuencias que podía tener dudar del poder de Dios, despreciando las enseñanzas de la Iglesia, y convirtiendo al gallo en el instrumento empleado por Dios para advertir contra la blasfemia.

Conste que existe también otra narración plenamente occidental y de carácter no hagiográfico, datada a principios del siglo XIII, que pone en relación un gallo no con la muerte de Jesús, sino con su nacimiento. Se trata del cantar épico titulado “Oger el danés” –uno de los 12 Pares de Carlomagno-, que entre los versos 11615 y 11630 cuenta que Herodes no cree a los Reyes Magos cuando le hablan de la llegada del Mesías, y de cómo les contesta que sólo les creerá si al gallo asado que tiene ante sí en el plato le crecen plumas y subido a su percha, se pone a cantar, cosa que naturalmente ocurre de manera inmediata.

Curiosamente –o no tanto- esa obra estaba en la biblioteca de los reyes de Navarra, pues aparece en el inventario de libros que pertenecieron al príncipe de Viana, muchos de los cuales provenían de la de su abuelo Carlos III y probablemente también de la de su bisabuelo Carlos II, que tuvo fama merecida de interesado en el estudio y de frecuentar y apoyar a autores tan renombrados como el poeta Guillem de Machaut. Pudieron conocer por tanto ellos también este milagro del gallo asociado a Herodes y no a San Pedro o a Judas.

Vemos por tanto que esta historia sobre el gallo circuló por tanto de forma temprana en el occidente medieval para advertir contra la blasfemia y sirvió más tarde de base para edificantes relatos hagiográficos que perseguían el mismo objetivo. Y en una perspectiva similar, y aunque supuestamente nunca se hubiesen traducido al latín aquellas dos citadas versiones del milagro del gallo asociado a la Pasión de Cristo (al menos de una forma distinta a la más tópica, la que asocia el gallo a las tres negaciones de San Pedro), el hecho es que sí que existen libros occidentales donde se consigna la historia del gallo relacionada con la traición de Judas.

Me estoy refiriendo a la Biblia de los Siete Estados (Ms. Paris BnF fr. 1526), una especie de Historia Sagrada en verso, fechada en 1243 y escrita por el clérigo Geoffroi de París, quien insertó en ella una serie de relatos apócrifos extraídos de los poemas que sobre la Pasión cantaban los juglares de su tiempo por aldeas y castillos.

Este manuscrito contiene gran número de nuevos episodios sobre la Pasión de Cristo que los citados juglares añadieron con éxito a los ya recogidos en los Apócrifos. En síntesis, emplearon los Evangelios canónicos y el Evangelio de Nicodemo como inspiración, agregando además varias de esas leyendas más o menos curiosas. Por ejemplo, una que aparece tanto en el tímpano de Ujué como en el de la puerta del refectorio de la catedral de Pamplona: la representación de la Última Cena más habitual en los siglos XII y XIII, que muestra a todos los apóstoles sentados alrededor de Jesús a un lado de la mesa, y a Judas solo en el otro. Cristo tiene un pez en el plato, que el discípulo traidor parece querer robar. Así aparece en el texto:

“Judas no se sentó
con nuestro señor.
Y mientras todos los demás comían,
¿qué hacía el traidor?

Pues mientras nuestro señor bebía
Judas, como un glotón,
cogió el mejor trozo del pez,
sin que Jesús le hiciera ningún reproche.”



[Continuará]

©MIKEL ZUZA VINIEGRA, 2022




viernes, 25 de noviembre de 2022

TRIPLE LAZO

 

Mayo de 1456, el príncipe de Viana, tras llevar tres años residiendo en Pamplona, capital beaumontesa por excelencia, se ve incapaz de resistir la ofensiva combinada de Pierres y Martín de Peralta desde el sur, y de su cuñado el conde Gastón de Foix desde el noreste, y parte a un exilio del que ya no regresaría jamás, y no por su propia voluntad, sino porque su progenitor se lo prohibió taxativamente. Carlos había vivido en Navarra, casi sin moverse, 33 de sus 35 años de vida. 

Buscó primero ayuda en la corte francesa, donde defendió elocuentemente pero sin éxito sus derechos al trono navarro y al ducado de Nemours, pero la propaganda enviada por su padre a través del citado secuaz agramontés, Pierres de Peralta, hizo que el rey Carlos VII no se decidiese a apoyarle. Resolvió entonces el príncipe trasladarse a la corte napolitana de su tío, el rey Alfonso V de Aragón, adonde llegó el 31 de enero de 1457. 

De camino, pasó por la ciudades de Milán y Florencia,  Podemos imaginar el deslumbramiento que debió sentir el príncipe de Viana al entrar en contacto con la plena eclosión del Renacimiento italiano. Una Florencia en la que, en ese mismo año de 1456, tenían sus talleres abiertos artistas –por citar sólo a los de mayor rango– como Donatello, Filippo Lippi, Paolo Uccello, Verrocchio, Michelozzo, Benozzo Gozzoli o Piero della Francesca.

Quién sabe, quizás hasta llegó a conocer a alguno de ellos e incluso a hacerles algún encargo, aunque lo único que podamos probar documentalmente es que, en 1459, residiendo ya en Palermo, Carlos nombró a Juan de Liédena como su procurador para que se encargase de recuperar el dinero que le debían ciertos mercaderes florentinos.

En ese momento, el gobernante florentino era Cosme el Viejo, fundador de la dinastía Medicis y primero en imponer su dominio de siglos sobre la ciudad toscana. Debió congratularse ciertamente de recibir a un príncipe como Carlos, pues ambos compartían nada menos que su emblema personal. 

En efecto, el príncipe de Viana, entre las varias divisas heráldicas que había heredado de su abuelo, Carlos III el Noble, tenía el triple lazo como una de sus favoritas, Tanto que las hermosas monedas que acuñó en 1455, llamadas Leales, muestran la K de Karolus coronada entre dos triples lazos. 

La profesora María Narbona explica así el trifolio del rey de Navarra: era un “nudo sin fin”, un nudo de la familia de los llamados “celtas”, que podían tener varias puntas pero siempre trazados con una línea que no tenía ni principio ni final, como el Creador. En cuanto al significado de esta divisa, en la época esta forma geométrica era habitualmente una “representación figurativa indirecta, no narrativa”, un cifrado de la Santísima Trinidad.  

El triple lazo encerraba también para Carlos de Viana un nuevo significado que describía a la perfección su estado de ánimo: su forma antigua romanceada las (o llaç) fonéticamente resultaba idéntica al término que significaba “infeliz, desgraciado” y expresaba un lamento, una queja, ¡Las!, que podría traducirse por el ¡Ay de mí! castellano. 

De esto último os hablé en otra entrada anterior de mi blog titulada: Una canción que le gustaba mucho al príncipe de Viana, dato que confirmaría que ese triple lazo se convirtió en el emblema más identificativo del príncipe, por eso en la famosa miniatura que lo representa en la carta de su secretario Fernando de Bolea, los triples lazos aparecen asociados al lamento "ay".

¿Y cuál era el emblema del citado Cosme de Medicis? Pues nada menos que los llamados "anillos borromeos": tres anillos entrelazados de tal manera que, si se saca uno de ellos, los otros dos también se separan. Un símbolo prácticamente idéntico, como podemos ver, al de los reyes de Navarra de la dinastía de Evreux.





Otros autores, sin embargo, adjudican ese emblema no a Cosme (1389-1464) sino a su célebre nieto, Lorenzo el Magnífico (1449-1492), que por eso lo habría hecho incluir en el famoso cuadro de Boticelli: Palas y el centauro (pintado hacia 1482), donde vemos que adorna el vestido de la diosa Palas. 




Aparece igualmente en el templete del Santo Sepulcro, comenzado en 1457 (justo en el preciso momento en el que el príncipe de Viana estaba en Florencia) por el gran maestro Leon Battista Alberti para Giovanni Rucellai, que es de dónde he sacado el emblema (se supone en este caso concreto que de Lorenzo) para compararlo con el del príncipe de Viana. 

Una verdadero lástima que esa coincidencia emblemática no permitiera al príncipe sellar una alianza con los riquísimos Medicis, representados en su época por Cosme o Cósimo "il vechio". Quizás su propia historia (y la nuestra) hubiera sido muy distinta. Y si para cuando llegó Carlos a Florencia los Medicis todavía no empleaban ese enigmático símbolo, quizás la heráldica del heredero navarro les inspiraría para adoptarlo definitivamente. 

Misterios del arte y de Carlos de Viana, que nunca deja de sorprender... 

©MIKEL ZUZA VINIEGRA, 2022



 

sábado, 2 de julio de 2022

ROJO Y AZUL CON ALGO DE BLANCO

 



Preparando mi último libro: EN RECTA LÍNEA, rastreé muchas de las huellas que figuras como Carlos II de Navarra han dejado en la Historia. Una de las más curiosas y controvertidas sea quizás que cada vez que una bandera tricolor francesa se iza en algún mástil alrededor del mundo, no sólo se esté honrando a los ideales de Liberté, Egalité y Fraternité que a todos nos suenan, sino también a aquel rey de Navarra que mereció serlo también de Francia. Veamos:

En efecto, la revuelta parisina del 22 de febrero del año 1358 marcó el momento en el que Carlos II de Navarra estuvo más cerca de alcanzar el trono de Francia, que los Valois habían usurpado a su madre, Juana II, únicamente por ser mujer.
El preboste de los mercaderes, Etienne Marcel y sus hombres, tocados todos con el "chaperon" (el sombrero) rojo y azul, los colores propios del rey de Navarra, asaltaron el palais de la Cité, donde se refugiaba el delfín y tras eliminar a los jefes de su guardia, los mariscales Robert de Clermont y Jean de Conflans, le obligaron a ponerse también dicho sombrero si quería conservar la vida. Os pongo la imagen original, sacada de las Grandes Chroniques de France, y también una interpretación moderna de esa escena publicada por la revista Despertaferro.






El caso es que esta historia de los colores rojo y azul, que siempre me ha interesado y de la que os he hablado muchas veces, era difícil de contrastar con autores de los autodenominados "serios", muchos de los cuales insistían e insisten en que esos colores eran los de la ciudad de París, y no los de Carlos II de Navarra.
Hasta ahora, cuando bastantes historiadores comienzan a darle la misma credibilidad que yo le he concedido siempre. Por ejemplo Laurent Hablot, Director de Estudios de la IVª Sección de la Escuela Práctica de Estudios Superiores, y titular de la cátedra de Emblemática Occidental en la Université Paris-Sciencies et Lettres, que en su reciente Manuel de Héraldique et Emblématique Médiévale suscribe:
"Una de las primeras veces en que quedó atestiguado el uso político de la librea, fue durante la revuelta parisina del año 1358, dirigida por Etienne Marcel, y en la cual los partidarios de Carlos II de Navarra, sin citar jamás su nombre, llevaban broches y sombreros con sus colores (el rojo y el azul), que eran también los de su emblema: cuartelado de Navarra/Evreux".

Aunque gracias a la investigación que aporto en mi último libro: EN RECTA LÍNEA, podemos al menos dudar de que ese cuartelado no fuera el Navarra/Francia, que ahora sabemos que ordenó lucir a sus tropas alrededor del año 1364.


En todo caso, al no haberse atrevido Etienne Marcel a librarse del delfín, la revuelta fracasó y Carlos II nunca llegó a ocupar el trono que legítimamente le correspondía. El delfín, en cambio, no tuvo problema alguno en ordenar asesinar a Etienne Marcel el 31 de julio de 1358, desactivando así una revolución que nadie sabe hasta dónde podría haber llegado.
Pero esta historia no acaba en 1358, porque cuatro siglos más tarde, en 1789, cuando el pueblo se levantó contra el rey Luis XVI, algunos autores se acordaron de aquel otro precedente revolucionario llevado a cabo por el preboste Marcel, y recuperando los colores que había defendido (que no eran otros que los del rey de Navarra, aunque para entonces se habían convertido también en los de la ciudad de París), pusieron entre medio el color blanco de la enseña de los Borbones para diseñar la bandera tricolor de la nueva República Francesa, queriendo significar que el poder del pueblo sujetaba a partir de entonces al del rey. De esta última innovación fue responsable Lafayette, el famoso militar que años antes había ayudado a las colonias norteamericanas a emanciparse.



Efectivamente, y como si la Historia quisiera repetirse, el 17 de julio de 1789, apenas tres días después de la toma de la Bastilla, Luis XVI, conocido como "ciudadano Luis Capeto" por los rebeldes, fue invitado/obligado a presentarse en el Ayuntamiento de París, donde le esperaban entre muchos otros, el recién nombrado alcalde, Sylvain Bailly (hasta ese día la ciudad jamás había tenido alcalde), que según algunos cronistas fue quien le entregó la escarapela con los colores de la ciudad (rojo y azul). Pero la mayoría afirman que fue el citado general Lafayette quien se la ofreció, introduciendo entre ambos colores heráldicos, en señal de respeto y buscando integrar a la Monarquía en la Revolución, el blanco de los Borbones.

Podéis ver esta escena en el video que os adjunto, perteneciente a la película del año 1989: "Historia de una revolución", donde Sam Neill interpreta a Lafayette, y repite casi miméticamente lo acontecido entre el preboste Etienne Marcel y el delfín Carlos de Francia: ambos obligaron a los reyes a lucir los colores rojo y azul. Pero si en 1358 Marcel sabía perfectamente que se trataba de los colores de Carlos II de Navarra, en 1789 esa memoria se había perdido, y la ciudad se había apropiado de ellos como símbolo revolucionario, atenuado por el color blanco de la monarquía.



¿Que se había perdido esa memoria he dicho? No del todo, porque había autores que sabían perfectamente a quién pertenecían realmente esos colores, como os demostraré con estos fragmentos de la "Gazette de Paris" un periódico monárquico que se publicó en aquella capital entre el 1 de octubre de 1789 y el 10 de agosto de 1792. Podemos imaginar el valor o la inconsciencia que había que tener para publicar un periódico de propaganda regia en aquellas circunstancias, y efectivamente, de ambas cosas dio sobrada muestra su editor: Barnabe Farmian Durosoy, un periodista, escritor e historiador que acabó siendo detenido y juzgado sumariamente por el Tribunal Revolucionario, que lo condeno a ser guillotinado. Dicen que reaccionó de esta manera a su sentencia de muerte: "No habéis podido hacer mayor honor a un realista como yo, que ordenar mi ajusticiamiento el 25 de agosto, día de San Luis".








Pues en el número del 7 de abril de 1790 de la Gazette de Paris, Durosoy ya había comparado de forma visionaria -historiográficamente hablando- el momento revolucionario que le tocaba vivir con aquel otro ocurrido en febrero de 1358. y como veréis él no tenía duda alguna de a quién representaban entonces -y por extensión también en 1789- aquellos colores:

"Estos colores eran los de Carlos el Malo, de suerte que los ciudadanos de París llevaban la librea del rey de Navarra".

"El mejor de los príncipes [refiriéndose al delfín Carlos de Francia] llevaba los colores de Carlos el Malo".

El 31 de julio de 1789 (justo el día que se cumplía el 431 aniversario del asesinato del preboste Etienne Marcel), el propio Lafayette propuso a la ciudad de París que la escarapela tricolor fuera desde entonces la única que llevasen para identificarse todos los revolucionarios, incluidos los miembros de la Guardia Nacional. Andando el tiempo de esa escarapela nacería la bandera tricolor francesa. Así defendió su propuesta el general:

"Les traigo, señores, una escarapela que dará la vuelta al mundo, un emblema cívil y militar que triunfará sobre las viejas leyes de Europa y que reducirá a los gobiernos tiránicos a la alternativa de ser renovados si lo adoptan, o a ser derrocados si se atreven a enfrentarse a él"



Probablemente sin sospecharlo, se cerraba así una batalla de más de cuatrocientos años en la que, por fin, y siquiera de manera simbólica y emblemática, Carlos II (el más francés de todos los reyes de Navarra) salía por fin vencedor, haciendo que su divisa representase desde ese momento y hasta ahora mismo a Francia en todo el mundo, aunque seguramente de una forma mucho más republicana de lo que a él le hubiera gustado. Aunque, quién sabe...
Por cierto, Etienne Marcel es honrado todavía hoy en París con una estatua frente al Ayuntamiento, mientras que Carlos II de Navarra permanece conceptuado como traidor en casi todas las Historias de Francia.



¡Ingratos!


© MIKEL ZUZA VINIEGRA, 2022

martes, 14 de junio de 2022

EN RECTA LÍNEA - EL IMAGINARIO HISTÓRICO Y LITERARIO DE LOS REYES DE NAVARRA DE LA DINASTÍA DE EVREUX

La imagen muestra la razón última por la que he tenido bastante abandonado este blog mío, pero es que los libros no se escriben solos, y digamos que los Evreux me hicieron firmar un contrato de exclusividad literaria, sólo roto fugazmente por mis escapadas al desaparecido y siempre añorado Libro Redondo de Leyre. 

Pero una nueva obra viene a sumarse a todas las que he ido colocando en la estantería estos años. El caso es que creo que ha quedado muy bien, y que quienes en el futuro quieran comprender un poco a los reyes de Navarra de la dinastía de Evreux tendrán que utilizarlo. Esto no sé muy bien si es un anhelo o una condena, tendrá que juzgarlo quien lo lea. 

Si os gustan las profecías, las crónicas imaginarias que acaban convirtiéndose en reales, los libros iluminados, los milagros medievales y los enigmas heráldicos por fin resueltos, creo que EN RECTA LÍNEA ha de gustaros mucho. 

Espero de corazón -nunca mejor dicho como en este caso concreto- que así sea. 

En cualquier caso, muchas gracias a tod@s, mila esker guztiontzat.

 

 
 
 
 │
 
 © MIKEL ZUZA VINIEGRA, 2022

 

miércoles, 11 de agosto de 2021

UNA NOCHE (Y SÓLO UNA) EN LA ÓPERA

 

Si en la anterior entrada de mi blog os hablé de unas canciones del poeta veneciano Giustiniani que le gustaron muchísimo al príncipe de Viana durante su estancia en Milán en 1457, y con ánimo de dar otra vuelta de tuerca novedosa a este tema tan trillado en este 2021 en el que se cumple el 6º Centenario del nacimiento de Carlos de Evreux, os descubriré ahora otra relación suya con el mundo musical igual de desconocida, porque resulta que el 2 de febrero de1885 se estrenó una ópera dedicada a su figura en el Teatro Real de Madrid que, como casi todo lo que tiene que ver con nuestro protagonista, causó un revuelo y una polémica tales que nunca más ha vuelto a ser representada.  

En efecto, parece ser que por aquellos años la empresa que arrendaba el Teatro Real tenía la obligación de estrenar al menos una ópera española al año, y se da la circunstancia de que aquel año de 1885 la obra elegida por el jurado entre tres posibles fue la titulada: "El príncipe de Viana" (drama lírico en tres actos), compuesta por el maestro Tomás Fernández Grajal según el libreto original del general de infantería y poeta Mariano Capdepón Maseres. 

El general de brigada y libretista de ópera, Mariano Capdepón


Aunque hoy no le suene -nunca mejor dicho- a casi nadie, Tomás Fernández Grajal no era precisamente un piernas en el mundo de la música, ya que fue por ejemplo uno de los discípulos predilectos de nuestros paisanos y célebres músicos Hilarión Eslava y Emilio Arrieta en el Real Conservatorio de Madrid, donde en 1863 conoció a Giuseppe Verdi -que había venido a España para el estreno de "La forza del destino"- a quien dedicó un himno que fue muy elogiado por el maestro italiano. 

Los músicos Manuel y Tomás Fernández Grajal, en 1888

Lo cierto es que tanto Tomás como su hermano Manuel (otro gran e ignorado músico) lucharon toda su vida por poner en pie un género operístico propiamente hispano, dándose de bruces una y otra vez contra los inamovibles gustos del público, que prefería la zarzuela a un género que creía exclusivamente italiano. 

Por eso, tras el estreno de "El príncipe de Viana", la noche del 2 de febrero de 1885, las críticas periodísticas fueron tan unánimemente inmisericordes, que la obra se retiró de escena ipso facto. Pero hay que tener en cuenta que los artistas contratados por el Real (que como he dicho estrenó la obra por obligación), eran todos italianos, que llevaban la obra muy mal ensayada, pues sabían que las óperas españolas raramente volvían a ser interpretadas una segunda vez, y que el público asistente percibió al instante que la obra se había ensayado poco y mal, porque incluso la romanza principal de la ópera no fue cantada por indisposición repentina del tenor. Lo que más sorprende es que por imposición del Teatro Real, la ópera que había sido escrita en castellano tuvo que ser traducida a toda prisa al italiano para su interpretación, e incluso que los carteles anunciadores se escribieron en italiano. 

Ante semejante cúmulo de desaires hacia Fernández Grajal, tuvo que ser otro maestro tan insigne como el compositor y violinista Tomás Bretón (becado en Italia para su formación como músico) quien tuviese que salir a defender al autor y a su música en una tribuna del periódico "El Liberal" del día 7 de febrero, con unos argumentos demoledores que, 136 años después, podréis comprobar que siguen -para nuestra desgracia- plenamente vigentes. Ved si no: 

"El autor compositor del Príncipe de Viana, en otro país en que no haya tantos políticos como en España quieren hacernos felices, tanto motín y pronunciamiento como dichos señores nos regalan para demostrarnos la bondad de sus ideas y tanta corrida de toros que consume la savia del público español, rebajando a los ojos del mundo civilizado nuestro nivel intelectual, en otro país, o en éste, que no pasara tanta desdicha como apuntado dejo, tal vez el maestro Fernández Grajal, a sus cuarenta años cumplidos, estrenara no su segunda, sino su décima ópera, y quien sabe si España podría calificarle de artista insigne. [,,,] 

Pero el público de estos espectáculos es pequeño y el mismo siempre; así que pretender, repito, que éste sostenga espectáculos tan costosos como los líricos de ópera y zarzuela, sin un auxilio poderoso e inteligente de parte del gobierno, es pretender un imposible, como los sucesos teatrales contemporáneos lo están demostrando. Aumentan así en Madrid, los templos del arte de Pepe-Hillo y otros toreros, y los teatros de a real la pieza llenan sus arcas con obras en que los cuernos y la política son el argumento esencial... en tanto que el regio coliseo lleva vida premiosa, los de zarzuela faltos de ella mueren. ¡En ello consiste hacer de la capital de España un gran centro artístico, en vez de escuela de tauromaquia!"

Al maestro Bretón le replicaron muchos otros autores y críticos (entre ellos Pérez-Galdós), y la ópera "El príncipe de Viana", que en teoría iba a dar fama y gloria eternas a su compositor acabó provocando una agria discusión intelectual sobre la viabilidad de las óperas cantadas en español, que no pudieron remontar la falta de interés de un público acostumbrado por una parte a las continuas novedades que en ese género llegaban desde Italia, y por otra a las astracanadas costumbristas reflejadas en las zarzuelas de mayor éxito. 

Y tengo para mí que el haber elegido como protagonista de su obra al príncipe de Viana, cuya trayectoria política ya pudo cambiar la historia de España de una manera radical mientras vivía, volvió a concitar el espíritu de la contradicción que parece envolver siempre a este personaje, y aunque ahora a finales del siglo XIX, no pudo cambiar tampoco la deriva "cultural" del país, que ni que decir tiene que entre toros y ópera escogió -desafortunadísimamente- los toros. 

Porque si en el texto de Bretón cambiamos "los teatros de a real la pieza" por "Tele 5", y dejamos los toros, defendidos todavía a ultranza -nunca mejor dicho- por las autoridades madrileñas como quinta esencia cultural de lo español, veremos que la España que denunciaba el maestro Bretón y la actual son -para nuestra desgracia- prácticamente idénticas.

De todas formas, y como si el destino quisiera burlarse de él, lo cierto es que a Bretón, que compuso 8 óperas e infinidad de conciertos, y fue un músico muy famoso en su tiempo, hoy sólo se le recuerda por una zarzuela convertida desde su estreno del año 1894 en apoteosis de la caspa madrileña y de todo lo que él denunciaba precisamente en su artículo, y también en hit-parade favorito de quienes allá se envanecen de su chulaponería, enroscándose con fruición la gorrilla de cuadros a la cabeza para protegerse de las perniciosas influencias de la periferia separatista: "La verbena de la paloma", que la fotografía muestra que sigue plenamente de moda entre las mentes ¿pensantes? de la comunidad que se cree destinada por la providencia para guiar los destinos de ¡Españñña!:

  


El caso es que el pobre Tomás Fernández Grajal, descorazonado y harto, nunca más volvió a componer una ópera, y se refugió en el Real Conservatorio de Madrid, donde sucedió en el cargo de maestro al citado Arrieta, y donde dio clases hasta su muerte en el año 1914. No obstante he de decir que no he podido hallar la música que compuso para "El príncipe de Viana", así que sólo he podido consultar el libreto escrito por el general Capdepón, quien, desgraciadamente, no era desde luego -literariamente hablando- Lorenzo Da Ponte, el libretista de las óperas más famosas de Verdi, porque me temo que los bienintencionados pero terribles ripios con que trufó su texto (que recordemos además que para mayor disparate tuvo que traducir al italiano para el estreno) no los hubieran podido salvar ni Donizetti, ni Bellini, ni siquiera Wagner. Como muestra, vaya esta escena primera del acto segundo, donde unos caballeros partidarios del príncipe de Viana cantan (o algo así): 

"Al fin el Rey accede

a recibir al Príncipe.

Al fin D. Juan no puede

su cólera saciar:

su inmenso poderío

se estrellará impotente

en la lealtad y el brío

del pueblo catalán.

Vivamos prevenidos,

porque el rencor profundo

del Rey D. Juan segundo

jamás se aplacará.

La Reina, que es madrastra

del Príncipe glorioso,

el pecho de su esposo

incita a la crueldad.

Escudo de D. Carlos

nuestro valor será.

Los lazos que le tiendan

las armas cortarán.

Sí persiste en su encono tremendo

nuestro Rey con furor parricida.

en contienda civil, homicida,

Cataluña, Aragón arderán.

Lucharemos sin tregua briosos

hasta ver á D. Carlos vengado.

de Navarra en el trono usurpado

venturoso y tranquilo reinar".   

Sin embargo, podría yo fantasear perfectamente en una de mis crónicas irreales con que el inmortal tenor Julián Gayarre hubiera podido interpretar en escena aquella noche de febrero de 1885 a su paisano, el príncipe Carlos de Viana, así que puede que la escriba alguna vez,..


Pero sí que creo que este año 2021, que como ya he dicho se celebra el 6º centenario del nacimiento del príncipe de Viana, hubiera sido el momento idóneo para estrenar en Pamplona esta desconocida ópera a él dedicada, por muy malo que su libreto fuera, porque a juzgar por esta composición de Tomás Fernández Grajal que he podido hallar, seguro que la música sí que merecía la pena: 



 

©MIKEL ZUZA VINIEGRA, 2021


viernes, 4 de junio de 2021

UNA CANCIÓN QUE LE GUSTABA MUCHO AL PRÍNCIPE DE VIANA

Preparando las dos conferencias que he dado estos días en Olite y Pamplona con motivo de la conmemoración del 6º Centenario del Nacimiento de un viejo conocido de este blog: el Príncipe de Viana, recordé que entre las miles de páginas que leí para escribir su biografía, había un dato que reflejé en mi libro, pero al que entonces no presté demasiada atención. 

Varios trabajos de investigación reflejaban que, cuando Carlos se vio obligado a exiliarse de Navarra en la primavera de 1456, y tras pasar unos meses intentando convencer a su estólido primo Carlos VII de Francia de que le ayudase, decidió viajar a Italia para acogerse a la hospitalidad de su tío, el rey Alfonso V de Aragón, que residía en Nápoles. Para llegar hasta allí, cruzó la península italiana de norte a sur, y así sabemos que estuvo una semana acogido en la corte milanesa del duque Francisco I Sforza, y que luego pasó por una Florencia efervescente de arte y de cultura, donde tenían sus talleres abiertos, por citar sólo a los más renombrados, artistas como Donatello, Filippo Lippi, Paolo Uccello, Verrochio, Michelozzo, Benozzo Gozzoli o Piero della Francesca.

Ese primer contacto con un Quatroccento en plena ebullición debió resultar deslumbrante para alguien que, como Carlos, "todo el tiempo de su vida amó el estudio", a pesar de sus desdichas y contrariedades políticas. El caso es que una vez asentado ya en corte napolitana, envió una carta al duque de Milán para pedirle que le enviase a uno de sus cantantes, llamado Todeschino, porque mientras estuvo allí alojado escuchó cantar unas canciones del poeta veneciano Leonardo Giustiniani, que le gustaron tanto que quería poder oírlas de nuevo. 

Leonardo Giustiniani fue un diplomático y poeta veneciano que murió en 1446, y cuyas composiciones alcanzaron gran fama en su época, así que no es extraño que el príncipe las hubiera conocido en el Milán de mediados del siglo XV. Pudieron clavarse también en su memoria debido al estilo veneciano de interpretarlas, que era muy recargado y gustaba de las más alambicadas florituras vocales. 

Pero esta que voy a ofreceros casi en rigurosa primicia, tiene la particularidad de que puede  relacionarse con uno de los lemas paraheráldicos del propio Carlos, ese "AY" que podemos ver encima de otra de sus divisas: el triple lazo que provenía de su abuelo Carlos III el Noble de Navarra.



La profesora María Narbona, que es quien más y mejor ha estudiado esas divisas, relaciona ambas recordando que, en francés, "Lazo" se dice "Las", y que tal palabra es muy similar a "Helas", exclamación que en esa misma lengua significa "Ay de mí". También nos descubre que el príncipe de Viana tenía a su servicio hacia 1450 un persevante (un heraldo) denominado precisamente "Las". En cuanto al lema "AY", no se sabe exactamente cuándo empezó a emplearlo Carlos, sólo que fue en los últimos años de su vida y que con esa elección buscaría aludir a su desdichada y errante vida. 

Pero esos años son justo también los que pasó en Italia, lo cual me permite elaborar la teoría de que quizás el príncipe de Viana pudo inspirarse en alguna de las citadas canciones de Leonardo Giustiniani con la que se sintiera especialmente identificado, como por ejemplo esta que vais a poder escuchar en el video que os adjunto, que lleva -como no- el título de "Ay de mí". Esta es su traducción al castellano: 

AY DE MÍ, SUSPIRO,

PORQUE NO ENCUENTRO LA PAZ.

¿QUÉ PODRÉ HACER, SINO MORIR,

PARA NO SEGUIR SUFRIENDO?

PORQUE ESTA ANGUSTIA ME DESTROZA.

 

Quién sabe... 

De lo que podemos estar casi seguros es de que Carlos de Evreux, el hombre que debió reinar en Navarra, escuchó esta hermosa canción, y también de que, quizás, soñó con poder escucharla muy pronto en una de las muchas habitaciones doradas de su palacio de Olite. Desafortunadamente, no pudo conseguirlo, pero ahora todos nosotros podemos compartir su buen gusto musical para felicitarle por su 600 aniversario. 

Zorionak, Charles!



AY ME SOSPIRI - LEONARDO GIUSTINIANI




BIBLIOGRAFÍA: 

-"¡Ay!" Las  divisas de Carlos de Evreux, Príncipe de Viana (1421-1461) / María Narbona Cárceles. En Príncipe de Viana. Año nº 72, Nº 253, 2011 (VII Congreso General de Historia de Navarra) pags. 357-374

-Príncipe de Viana: el hombre que pudo reinar / Mikel Zuza Viniegra. Pamiela, 2ª ed. 2018.

-Una cort a Barcelona per a la literatura del siglo XV / Jaume Torró Torrent. En Revista de Catalunya, Nº 163. 2001. pags. 97-124




lunes, 21 de diciembre de 2020

Cuento parisino de Navidad

Ciudad de París,  diciembre del año 1456

Más de seis meses ya desde que tuvo que exiliarse de Navarra, y el principe de Viana sigue sin lograr que su pariente, el rey de Francia, se digne a recibirle en su palacio del Louvre. Y las quejas que tiene que exponerle son tan perentorias...

Sí, ha de hablarle de cómo su padre, Juan II, retiene injustamente la corona de Navarra que sólo a él corresponde, como descendiente directo de Carlos III el Noble, rey que tanta nombradía logró precisamente en esta corte francesa. Gracias a él su nieto puede ahora guarecerse del frío, pues los reyes de Navarra siguen manteniendo su morada en pleno centro de la capital. Bien es cierto que sólo hasta el próximo mes de enero, pues las extenuadas arcas de Carlos de Viana ya no pueden hacerse cargo de los gastos de un edificio como aquel. 


A duras penas ha logrado pagar los últimos tributos, vendiendo lo poco que quedaba ya dentro del "Hôtel de Navarre": sillas, mesas, lechos y alacenas han ido saliendo por la puerta principal para no volver. Él mismo duerme con la cabeza apoyada en la silla de montar del único caballo que pace en el patio. El resto de muebles ha servido de combustible para la chimenea del salón, y está el palacio en verdad tan vacío, que Carlos piensa -mientras pasea por las distintas dependencias- que es la perfecta metáfora de su derrotada causa. 
 
Con tan infaustos pensamientos llega a lo que fue la capilla, donde no hay ya ni un candelabro, ni un cáliz, ni una mísera casulla que empeñar. Tan solo el fragmento de un pequeño retablo portátil, apoyado sobre el altar. "Esto es todo lo que ha quedado del tesoro de los reyes de Navarra", reflexiona cabizbajo. "No obstante, parece obra de calidad, quizás todavía puedan darme algo por él los usureros -perdón, quise decir comerciantes- del barrio".

Así que lo envuelve en un ajado terciopelo que saca de su alforja, y sale a la rue du Chaume a buscar las monedas que le permitan aguantar hasta final de año, cuando dicen que el rey de Francia recibe a todo el mundo. En la primera tienda le ofrecen tan poco que ni siquiera se digna en contestarles. En las tres siguientes la oferta es aún más baja, deben juzgar que, por el raído aspecto de sus ropas, aceptará cualquier cosa. El precio no sube en ninguna de las demás boutiques que atestan la calle y, agotado, duda sobre si merecerá la pena entrar en la última, cuyo escaparate repleto de objetos de oro y plata refulge tras el cristal. En el cartel campea muy bien pintado el nombre del dueño: monsieur Dupont. 

"Si en las tiendas menos opulentas han querido estafarme, ¿qué no querrán hacerme en esta, que es la más lujosa?" Y está ya a punto de regresar a su desvencijado palacio cuando se abre la puerta del comercio y un anciano cuya indumentaria refleja lo saneado de sus cuentas le pregunta: "¿Soís el príncipe de Navarra, no es cierto? He reconocido vuestro escudo... 

"Pues debéis ser el único en esta ciudad", responde el príncipe sacudiendo el polvoriento emblema que lleva bordado en su hopalanda.  "Os felicito, por vuestros conocimientos heráldicos,  pero si me lo permitís, tengo frío y quiero volver a mi morada."

"Pasad a mi tienda, Sire, tengo entendido que deseáis vender una pieza de vuestra colección..."

"Mi colección quedó en Olite, un palacio que haría palidecer de envidia a vuestro propio rey. Aquí no tengo más que esto, ¿creéis que podréis darme más del escudado y medio de oro que vuestros colegas de oficio me han ofrecido por él?" Y le enseña el fragmento de retablo que lleva consigo. La verdad es que a la luz del sol de invierno, aquella pequeña pieza flamenca brilla como el trigo en julio, y el pequeño pesebre y los ángeles que lo rodean parecen cobrar vida....  


"No me hace falta verlo, Sire, lo conozco muy bien."

"¿Y cómo puede ser eso, si l'hôtel de Navarre lleva tantos años cerrado? ¿Os han ofrecido acaso más piezas de este retablo?"

"No, y de haber sido así no las hubiera aceptado. Conozco ese retablo porque hace casi medio siglo, cuando yo sólo tenía 13 años, lo robé de una de las tiendas de esta misma calle. Pero no era demasiado hábil robando -eso lo he ido perfeccionando tras el mostrador de mi tienda- así que no tardaron en atraparme, y estaban ya a punto de cortarme la mano y de marcarme a fuego con la flor de lis de los ladrones, cuando afortunadamente vuestro abuelo, también llamado Carlos como vos, salió de su palacio y compadecido de mi situación, compró el retablo a cambio de que la enfurecida multitud me dejarse ir libre. Llevaba el mismo emblema que vos en su capa, por eso jamás lo he olvidado". 

"No me extraña lo que me contáis de él, que sé que mi abuelo fue un gran hombre, sí. Y no tengo duda de que se avergonzaría de mí si viese la ruinosa situación en la que se  halla ahora nuestra familia y nuestro reino. ¿Os interesa el retablo? Lo que me ofrezcais por él me parecerá bien."

"No debéis pensar así. Vuestro abuelo no tuvo que enfrentarse a su padre, como vos. Al contrario, tuvo la suerte de contar siempre con el apoyo y la admiración del suyo, y eso le hizo convertirse en el gran hombre que efectivamente fue. Él me dio una oportunidad, y con suerte, ahora  soy un gran marchante, que como os he dicho, quizás sólo sea la forma elegante de seguir siendo un ladrón. En cualquier caso me toca devolverle el favor: por supuesto no aceptaré vuestro retablo, quedároslo como recuerdo de la historia familiar que os he contado. Pero por Dios que voy a pagároslo como si os lo hubiera comprado y sobre todo como si lo hubiera tallado el propio Claus Sluter, que dicen que es el mejor escultor que ha habido en el mundo desde los griegos. Y no admitiré un no por respuesta. Admitidme vos un consejo: abandonad esta corte cuanto antes, nuestro rey es un inútil que dejó morir en la hoguera a la doncella Juana de Arco, que era quien le había conseguido el trono, ¿creéis que moverá ahora un dedo por un pariente caído en desgracia como vos? No, no lo hará. Buscad otros horizontes y apoyos para vuestra justa y legítima causa y algún día ceñiréis la corona de vuestro abuelo. Pero eso podrá esperar también un día. Porque hoy será noche de celebración en l'hôtel de Navarre, y yo pagaré todo, tranquilizaos. Os prometo que la Navidad de este año será siempre recordada en París porque el fasto del príncipe de Navarra rivalizó con el del propio y mezquino rey de Francia."


"Pero un príncipe que se precie no puede aceptar limosna, monsieur Dupont, y no tengo para corresponderos salvo uno de mis leales de plata, la moneda cuya posesión conlleva la muerte si el bando de mi padre os encuentra con ella encima."


Leal de plata del Príncipe de Viana


Actual Hôtel de Clisson, justo enfrente de donde estuvo
el Hôtel de Navarre, que sería bastante parecido

"No creo que el brazo de vuestro padre llegue hasta París, don Carlos, pero aunque así fuese, me doy por más que bien pagado con vuestro leal de plata, aunque como he oído que no se os da mal la música, me gustaría también que en la celebración de Navidad de esta noche entonáseis alguna canción de vuestro reino, ¿podría ser?"

Y asegura la Crónica de Saint Denis del año 1456, que la Navidad se celebró con tal lujo ese año en l'hôtel de Navarre, sito en la rue du Chaume -actual rue des Archives, en el precioso barrio del Marais- que incluso muchos de los que asistían a la fiesta del rey Carlos VII en el Louvre, abandonaron su aburrida fiesta y cruzaron el Sena para participar de la celebración de los navarros y que aunque se oyeron versiones de "Tijuane en Bleu", "Seraphim de Zubigi" o "Barricade", lo que realmente cantó el príncipe de Viana, aquella noche con lagrimones corriéndole por las mejillas, pues sólo quería volver a su casa de Olite, fue:


Y desde entonces, dicen que a los que pasean por esa calle cogidicos del brazo, más aún si provienen de Navarra, toda suerte de bienes y felicidades se les conceden como por arte de magia...

FELIZ NAVIDAD - EGUBERRI ON!



© MIKEL ZUZA VINIEGRA, 2020