lunes, 21 de diciembre de 2020

Cuento parisino de Navidad

Ciudad de París,  diciembre del año 1456

Más de seis meses ya desde que tuvo que exiliarse de Navarra, y el principe de Viana sigue sin lograr que su pariente, el rey de Francia, se digne a recibirle en su palacio del Louvre. Y las quejas que tiene que exponerle son tan perentorias...

Sí, ha de hablarle de cómo su padre, Juan II, retiene injustamente la corona de Navarra que sólo a él corresponde, como descendiente directo de Carlos III el Noble, rey que tanta nombradía logró precisamente en esta corte francesa. Gracias a él su nieto puede ahora guarecerse del frío, pues los reyes de Navarra siguen manteniendo su morada en pleno centro de la capital. Bien es cierto que sólo hasta el próximo mes de enero, pues las extenuadas arcas de Carlos de Viana ya no pueden hacerse cargo de los gastos de un edificio como aquel. 


A duras penas ha logrado pagar los últimos tributos, vendiendo lo poco que quedaba ya dentro del "Hôtel de Navarre": sillas, mesas, lechos y alacenas han ido saliendo por la puerta principal para no volver. Él mismo duerme con la cabeza apoyada en la silla de montar del único caballo que pace en el patio. El resto de muebles ha servido de combustible para la chimenea del salón, y está el palacio en verdad tan vacío, que Carlos piensa -mientras pasea por las distintas dependencias- que es la perfecta metáfora de su derrotada causa. 
 
Con tan infaustos pensamientos llega a lo que fue la capilla, donde no hay ya ni un candelabro, ni un cáliz, ni una mísera casulla que empeñar. Tan solo el fragmento de un pequeño retablo portátil, apoyado sobre el altar. "Esto es todo lo que ha quedado del tesoro de los reyes de Navarra", reflexiona cabizbajo. "No obstante, parece obra de calidad, quizás todavía puedan darme algo por él los usureros -perdón, quise decir comerciantes- del barrio".

Así que lo envuelve en un ajado terciopelo que saca de su alforja, y sale a la rue du Chaume a buscar las monedas que le permitan aguantar hasta final de año, cuando dicen que el rey de Francia recibe a todo el mundo. En la primera tienda le ofrecen tan poco que ni siquiera se digna en contestarles. En las tres siguientes la oferta es aún más baja, deben juzgar que, por el raído aspecto de sus ropas, aceptará cualquier cosa. El precio no sube en ninguna de las demás boutiques que atestan la calle y, agotado, duda sobre si merecerá la pena entrar en la última, cuyo escaparate repleto de objetos de oro y plata refulge tras el cristal. En el cartel campea muy bien pintado el nombre del dueño: monsieur Dupont. 

"Si en las tiendas menos opulentas han querido estafarme, ¿qué no querrán hacerme en esta, que es la más lujosa?" Y está ya a punto de regresar a su desvencijado palacio cuando se abre la puerta del comercio y un anciano cuya indumentaria refleja lo saneado de sus cuentas le pregunta: "¿Soís el príncipe de Navarra, no es cierto? He reconocido vuestro escudo... 

"Pues debéis ser el único en esta ciudad", responde el príncipe sacudiendo el polvoriento emblema que lleva bordado en su hopalanda.  "Os felicito, por vuestros conocimientos heráldicos,  pero si me lo permitís, tengo frío y quiero volver a mi morada."

"Pasad a mi tienda, Sire, tengo entendido que deseáis vender una pieza de vuestra colección..."

"Mi colección quedó en Olite, un palacio que haría palidecer de envidia a vuestro propio rey. Aquí no tengo más que esto, ¿creéis que podréis darme más del escudado y medio de oro que vuestros colegas de oficio me han ofrecido por él?" Y le enseña el fragmento de retablo que lleva consigo. La verdad es que a la luz del sol de invierno, aquella pequeña pieza flamenca brilla como el trigo en julio, y el pequeño pesebre y los ángeles que lo rodean parecen cobrar vida....  


"No me hace falta verlo, Sire, lo conozco muy bien."

"¿Y cómo puede ser eso, si l'hôtel de Navarre lleva tantos años cerrado? ¿Os han ofrecido acaso más piezas de este retablo?"

"No, y de haber sido así no las hubiera aceptado. Conozco ese retablo porque hace casi medio siglo, cuando yo sólo tenía 13 años, lo robé de una de las tiendas de esta misma calle. Pero no era demasiado hábil robando -eso lo he ido perfeccionando tras el mostrador de mi tienda- así que no tardaron en atraparme, y estaban ya a punto de cortarme la mano y de marcarme a fuego con la flor de lis de los ladrones, cuando afortunadamente vuestro abuelo, también llamado Carlos como vos, salió de su palacio y compadecido de mi situación, compró el retablo a cambio de que la enfurecida multitud me dejarse ir libre. Llevaba el mismo emblema que vos en su capa, por eso jamás lo he olvidado". 

"No me extraña lo que me contáis de él, que sé que mi abuelo fue un gran hombre, sí. Y no tengo duda de que se avergonzaría de mí si viese la ruinosa situación en la que se  halla ahora nuestra familia y nuestro reino. ¿Os interesa el retablo? Lo que me ofrezcais por él me parecerá bien."

"No debéis pensar así. Vuestro abuelo no tuvo que enfrentarse a su padre, como vos. Al contrario, tuvo la suerte de contar siempre con el apoyo y la admiración del suyo, y eso le hizo convertirse en el gran hombre que efectivamente fue. Él me dio una oportunidad, y con suerte, ahora  soy un gran marchante, que como os he dicho, quizás sólo sea la forma elegante de seguir siendo un ladrón. En cualquier caso me toca devolverle el favor: por supuesto no aceptaré vuestro retablo, quedároslo como recuerdo de la historia familiar que os he contado. Pero por Dios que voy a pagároslo como si os lo hubiera comprado y sobre todo como si lo hubiera tallado el propio Claus Sluter, que dicen que es el mejor escultor que ha habido en el mundo desde los griegos. Y no admitiré un no por respuesta. Admitidme vos un consejo: abandonad esta corte cuanto antes, nuestro rey es un inútil que dejó morir en la hoguera a la doncella Juana de Arco, que era quien le había conseguido el trono, ¿creéis que moverá ahora un dedo por un pariente caído en desgracia como vos? No, no lo hará. Buscad otros horizontes y apoyos para vuestra justa y legítima causa y algún día ceñiréis la corona de vuestro abuelo. Pero eso podrá esperar también un día. Porque hoy será noche de celebración en el l'hôtel de Navarre, y yo pagaré todo, tranquilizaos. Os prometo que la Navidad de este año será siempre recordada en París porque el fasto del príncipe de Navarra rivalizó con el del propio y mezquino rey de Francia."


"Pero un príncipe que se precie no puede aceptar limosna, monsieur Dupont, y no tengo para corresponderos salvo uno de mis leales de plata, la moneda cuya posesión conlleva la muerte si el bando de mi padre os encuentra con ella encima."


Leal de plata del Príncipe de Viana


Actual Hôtel de Clisson, justo enfrente de donde estuvo
el Hôtel de Navarre, que sería bastante parecido

"No creo que el brazo de vuestro padre llegue hasta París, don Carlos, pero aunque así fuese, me doy por más que bien pagado con vuestro leal de plata, aunque como he oído que no se os da mal la música, me gustaría también que en la celebración de Navidad de esta noche entonáseis alguna canción de vuestro reino, ¿podría ser?"

Y asegura la Crónica de Saint Denis del año 1456, que la Navidad se celebró con tal lujo ese año en l'hôtel de Navarre, sito en la rue du Chaume -actual rue des Archives, en el precioso barrio del Marais- que incluso muchos de los que asistían a la fiesta del rey Carlos VII en el Louvre, abandonaron su aburrida fiesta y cruzaron el Sena para participar de la celebración de los navarros y que aunque se oyeron versiones de "Tijuane en Bleu", "Seraphim de Zubigi" o "Barricade", lo que realmente cantó el príncipe de Viana, aquella noche con lagrimones corriéndole por las mejillas, pues sólo quería volver a su casa de Olite, fue:


Y desde entonces, dicen que a los que pasean por esa calle cogidicos del brazo, más aún si provienen de Navarra, toda suerte de bienes y felicidades se les conceden como por arte de magia...

FELIZ NAVIDAD - EGUBERRI ON!



© MIKEL ZUZA VINIEGRA, 2020