Hace frío, mucho frío. Todo el mundo está recogido junto a su hogar, y el humo de cada chimenea puntea el cielo gris que amenaza tormenta de nieve. No has querido que nadie te ayude a terminar tu obra. Porque es solamente tuya: ni del poderoso señor que te la encargó, ni de los trabajadores que te ayudaron a levantarla, ni siquiera de ese rey don García que viajó desde Pamplona sólo para conocerla. Tuya y de nadie más.
Por eso era importante que todo el proceso se cerrara precisamente con este canecillo que tus ateridos dedos se esfuerzan en cincelar mientras haces peligrosos equilibrios sobre el frágil andamio. El otro, el que representa la condición humana, siempre esclava de las tres vertientes del tiempo: el pasado, el presente y el futuro, no te importó esculpirlo al resguardo de tu taller. Pero éste, el que marca el final, tenías que tallarlo aquí mismo, haciendo saltar chispas de la piedra con tu cincel, igual que un guerrero haría saltar las escamas de un dragón con su espada.
Y había de ser el último día del año, para que todo lo malo y lo bueno que en él ha ocurrido -y ha sido mucho de lo primero y poco de lo segundo- quede definitivamente atrás. Por eso estás dando forma a un hombre-cerradura, que habrá de representarte sólo a ti, y a la vez a todo el mundo, pues cada uno carga con una pesada arca donde esconde lo que es y enseña lo que aparenta ser.
Sí, quédese cerrada a buen recaudo por los siglos de los siglos detrás de este guardián de piedra, desafiando a quienes quieran interpretar su significado, que no será otro que el que tú sabes y dictas a cada golpe de mazo.
-Tú dirás lo que quieras, Carlos, pero una cosa son las historias talladas en la portada norte, y otra lo que unos muetes como nosotros podamos hacer...
-El príncipe Alejandro de Grecia domaba leones a los seis años. Así lo atestiguan todas las crónicas. ¿Vamos a ser nosotros menos que él? Tú tienes trece años, yo doce, y tú, Inés, diez. ¿Cómo no vamos a poder bregar con esas bestias siendo ya tan mayores?
-Me temo que aquí la única bestia eres tú, hermano. Parece que es verdad que los centauros la tenían tomada con las sirenas allá, en el Asia Menor, pero nunca he oído nada de eso que dices de que en Navarra los príncipes tengamos que demostrar nuestro valor atrapando cigüeñas.
-Pues es precepto recogido en el Fuero, os lo aseguro. Y quien lo redactó debió sin duda inspirarse en lo que dicen que hacen los habitantes de la India -osease: los indios- cuando deben demostrar a sus mayores que ya han alcanzado la edad adulta. Bien es cierto que allá lo que al parecer capturan son águilas, pero afortunadamente nosotros no tenemos que llegar a tanto, así que nos bastará atrapar a esas tres cigüeñas que estos días se han enseñoreado de la torre principal del santuario. Ya he conseguido hacerme con la llave maestra, así que podemos subir en cuanto vosotras queráis, mis muy aguerridas hermanas. ¿Habéis conseguido lo que os pedí?
-Sí, hemos traído los bastidores de bordar más grandes que hemos encontrado, aunque creo que por mucho que los ates con esa cuerda tan fuerte que traes, no será nada sencillo lograr que esos enormes pájaros metan su cabeza en ellos.
-No hay problema: haremos como dicen que hacen los habitantes del lejano Oeste para capturar a las vacas y las terneras, pero en lugar de con un simple lazo de cuerda, nosotros les arrojaremos esos resistentes bastidores sujetos para que no puedan escaparse.
-Tú has leído demasiadas novelas de caballería, hermano. En concreto del 7º de caballería, que es tropa muy dada a exagerar sus intervenciones, pero ya los querría yo ver hoy aquí...
-No hables tanto, y guarda el aliento, Blanca, que estos escalones no se suben solos... Y muy mal me parecería que hayas dejado a Inés en su habitación, si no fuera porque de este modo queda para ti y para mí mucha más gloria para repartir todavía.
-Pues claro que no le he permitido participar en tu locura, Carlos, es demasiado pequeña. Y si yo te estoy acompañando es sólo porque tengo verdadera curiosidad por saber cómo acabará esta "hazaña" tuya. Por de pronto da bastante miedo ya el tremendo ruido que sus picos hacen al otro lado de esta puerta...
-Ese ruido que hacen estos monstruos emplumados se llama "crotorar", pero yo haré que se callen inmediatamente. A la de una, a la de dos, y a la de tres: ¡adelante!
-¡Pero ponte antes un casco como el mío, idiota! ¡Cuidado con esa que tienes detrás! ¡No puedo mirar: te están dando más picotazos que azotes dieron los romanos a nuestro Señor! ¡Corre hacia la puerta mientras puedas!
-¿Pero por qué no me has ayudado, Blanca?
-Porque tú eres el príncipe heredero, Carlos, así que me ha parecido mucho mejor dejar todos los "honores" en exclusiva para ti. ¿No estás contento? Agradece más bien que haya podido yo espantar a esas pobres cigüeñas empleando un sacude-colchones. Lo que no sé es cómo explicarás tu aventura a nuestra madre, la reina Juana, porque tienes tantos chichones y pelo arrancado en tu cabeza, que va a pensar que en realidad te han atacado los castellanos o los franceses...
-No te burles encima, que de sobra sé que eres mucho más inteligente y pragmática que yo, hermana. Pero desde luego procuraré hacerte caso la próxima vez que me deje llevar por mi calenturienta imaginación...
-Que, conociéndote, será sin duda muy pronto, querido Carlos. Espero al menos que, para cuando llegues a ser rey, hayas comprendido que el valor personal no se demuestra con estúpidos arranques como el de hoy, sino haciendo en cada momento lo que te dicte tu conciencia.
Y lo que es aún más importante: que los navarros son tan libres como esas cigüeñas que pretendías tan vanamente apresar. Y eso sí que viene expresamente escrito en el Fuero...
Las muy hermosas fotos de Ujué (y también las mejores pastas) son de Juana Urrutia.
Nadie diría, al verte, que acabas de entrevistarte con Su Santidad Calixto III. Paseas por las atestadas calles sin que nadie repare en ti, y lo que es peor, sin que tú prestes atención a nada: ni a los puestos que ofrecen todo tipo de mercancías a los peregrinos, ni a los poetas que cantan con más o menos destreza sus composiciones, ni siquiera al marmóreo y casi funerario arte de los antiguos habitantes de esta ciudad.
Llegaste hasta aquí buscando apoyo a tus justos derechos sobre el reino de Navarra, que tu padre Juan II te usurpa, e igual que te ocurrió con el rey de Francia te ha pasado con el Papa: has obtenido buenas palabras, pero ninguna ayuda tangible. Más que príncipe de Viana, eres príncipe de nada, y toda esta algarabía desatada a tu alrededor te lo recuerda dolorosamente.
Y esos gelati que todos van comiendo por las calles, tan terriblemente fríos, no son ni remotamente parecidos a los sabrosos dulces que maese Donezar traía cada año a la corte para que tu madre la reina los repartiese -entre risas, pero equitativamente- contigo y con tus hermanas Blanca y Leonor. Y tampoco se parecen nada al turrón royo que los regidores de Tafalla entregaban cada 25 de diciembre a la familia real. Tu padre prefería las frutas escarchadas de Aragón, y alguna vez le incrustabais Blanca y tú entre ellas unas cuantas almendras amargas, para que rabiase y pudieseis reíros con las caras de asco que ponía. No has vuelto a sentir jamás aquel calor de Olite...
El camarlengo del santo padre te ha obsequiado con una caja de pastas, dijo que elaboradas por las sorelle de la rozagante caritá. Incomibles. Aunque puede ser también que todo te sepa ya acre y amargo. La cambias por una fiaschetta de grumoso vino del Lazio en la primera taberna que encuentras.
Has vivido mejores navidades que esta, sí, pero ¿a quién puede importarle ya? Tu madre murió hace muchos años, tu esposa Agnes también. Tu padre vive, y mil veces mejor sería que hubiese muerto. Y de las dos hermanas con las que pugnabas cuando eras un niño por aquel delicioso mazapán, Blanca es tan desgraciada como tú, y Leonor te odia a muerte. Tus viejos amigos están al otro lado del mar, y hasta tus antiguas amantes hace tiempo que calientan ya la cama de otros. El vino que bebes es malo, sí, pero no tanto como el veneno que te corroe por dentro.
Sin darte cuenta has llegado al puente de Sant' Angelo. El Tíber baja tan turbio que a duras penas se distingue la corriente de las descuidadas orillas. La botella está vacía, la tiras todo lo lejos que tu brazo te permite y va a dar justo en la cabeza de lo que parece ser una mujer-pez, que antes de zambullirse se complace en enviarte al diablo empleando los juramentos más alambicados que ningún terrestre haya oído jamás. Qué más da: demasiado bien sabes ya que las sirenas sólo existen en los cuentos.
Y el río sigue fluyendo bajo el puente. No puedes apartar tu mirada de él: es como si te llamase con sus gastadas y húmedas palabras.
-Un salto, y se acabaron los problemas, ¿no es cierto? -te dice alguien que se ha puesto a tu lado sin que le dieses permiso para hacerlo-. Pero esa es la salida más fácil -prosigue su salmodia-, piensa más bien, peregrino, qué hubiera sido de todos aquellos que te conocen si tú no estuvieses aquí ahora, si ni siquiera hubieses llegado a nacer...
Pero no quieres pensar ya más nada, así que empujas al locuaz entrometido para que sea él quien caiga al agua y pueda allí discurrir sobre los misterios de la existencia. No: esta noche no necesitas que pesados ángeles de la guarda extiendan sobre ti sus alas. Te bastará con que las solícitas y caras moradoras del Trastévere abran para ti sus piernas.
Estás ya ante la majestuosa tumba del emperador Adriano, tan enorme que ha acabado convertida en castillo. De un hueco del muro, más allá de la vacilante luz que da la última de las antorchas, parece salir un ruido. Te acercas, pero no es un ruido. Es un llanto: un niño recién nacido patalea sobre el vientre de su desvanecida madre, abandonados los dos a su suerte por algún soldado de la guardia papal a la que ella ya no puede servir de entretenimiento.
Cortas el cordón que todavía los une. Están helados, probablemente no llegarán vivos al amanecer. Te sientas junto a ellos, los incorporas y los abrazas mientras cubres a ambos con tu capa para darles todo el calor que seas capaz de proporcionarles. Hay una mula y un buey atados allí enfrente.
El Tiber os arrulla, y lo único que rompe su monótono sonido durante toda la noche es ese prácticamente inaudible "che Dio ti benedica, signore!" con el que la mujer te agradece cada poco tiempo tu presencia.
Y no dejarías de sostenerla entre tus brazos ni por todo el oro de Arabia, ni por todo el incienso de Egipto, ni por toda la mirra de la India...
Gabriel de Inbuluzketa fue el heredero de una saga famosa
por atestar todos sus palacios con los legajos y papeles que cada generación
familiar producía. Conocer todos y cada uno de los hechos y los nombres de sus
antepasados era la primera, sino la única, obligación de un miembro de su linaje.
Así, Gabriel sabía de memoria que el primero de los suyos
–don Marzal- fue eytán de don Eneko Aritza, primer rey de los navarros. Y que
cuando Sancho el Mayor acudió a reunirse en Angely con Roberto el piadoso de
Francia para celebrar el descubrimiento de la cabeza de Juan el Bautista, don
Marcos de Inbuluzketa les guardaba a ambos las espaldas. Y que don Simón de
Inbuluzketa había sido quien espantó las feroces moscas cartaginesas del rostro
exangüe de Teobaldo II en su cruzada a Tunez.
Y cada día aprendía un nuevo dato con el que engrosar la
honrosa memoria de su familia.
Por esa misma época comenzaron a sucederse
terribles heladas en invierno y crueles sequías en verano, de manera que las
cosechas que conseguían a duras penas
sobrevivir a la escarcha, se perdían sin remedio al llegar el implacable estío.
Y nada menos que cinco años duró este infernal ciclo.
Y no había tampoco rey a quien servir, pues ocupaban
entonces el trono los Capetos de Francia, que no sentían allá lejos, en su
ciudad de París, cariño alguno por este reino de Navarra. Así que los caudales
de los Inbuluzketa rápidamente se agotaron, y con ellos las provisiones y la
leña que permitía calentar la sala del gélido palacio donde se arracimaban cada
vez más necesitados.
Y tuvo entonces Gabriel que afrontar la mayor prueba que
sus ancestros hubieran podido imaginar, pues ya no quedaba por quemar para
calentarles a todos más que aquel montón de legajos y papeles en los que los
Inbuluzketa habían basado siempre su prosapia…
Y aunque sentía sobre sí los ojos de todos sus insignes tatarabuelos, supo en seguida lo que tenía que hacer. Así que quemó primero, como correspondía, los hechos notables
de aquel primigenio don Marzal, y continuó haciéndolo respetando el orden
cronológico hasta que ya no quedó por quemar más que los folios en blanco que le hubiera tocado escribir con las supuestas hazañas que él mismo debería haber
protagonizado.
Y ese día se sintió más vivo y más libre de lo que ninguno de los suyos se había sentido jamás, pues desaparecidas en las brasas para siempre todas las
andanzas de su familia, no tenía obligación ya de parecerse ni de imitar a
ninguno de sus antepasados, y podía por fin ser nada más y nada menos que él mismo, que es
la cosa más complicada, y también más conveniente, que cualquiera –haya sido armado o no caballero- ha de llevar a cabo en su vida...
-Señor don García Martínez de Lequeitio: se os contrató
para que tallaseis la portada de la iglesia. Os comprometisteis a terminarla en
cinco meses y va ya para un año que vivís entre nosotros, sin que vuestra obra
avance significativamente. ¿Habré de dar la razón a quienes entonces me pedían
que escogiese a don Lope de Navarrete? Y no farfulléis en vuestra lengua vascuence, que
aunque no os entienda sé por el tono que empleáis que no me estáis llamando
precisamente algo bueno…
-Señor párroco don Santiago: lo mismo que yo no me meto
en vuestras misas, no sois vos quien para afearme cuestiones artísticas de las
que nada entendéis.
-¿Que no soy quién? ¡Soy el que os paga vuestra generosa
soldada, y quiero hechos, no palabras! ¿Olvidáis que según cómo os
desempeñaseis en este trabajo me había ofrecido yo a recomendaros al capataz de
obras de la catedral de Calahorra, que ahora mismo se está construyendo? ¿Y qué
queréis que le diga? ¿Qué os pasáis el día no subido al andamio, sino de la
mano de una feligresa escandalizando con vuestra conducta a toda la población?
-¿A la población, decís? ¿No será más bien vos quien se
escandaliza? Pero no por lo que nosotros hagamos o dejemos de hacer, que además
no es asunto vuestro, sino porque la suciedad ya estaba dentro de vuestra desgreñada
cabeza.
-¡La próxima vez que os vea juntos en la carrera he de
soltaros a mi mastín para que os muerda!
-¡Milagro, milagro! Será la primera vez que veamos a un
dragón paseando atado a un perro...
-¿Os atrevéis a insultarme llamándome dragón?
-¡En este caso el insultado es claramente el dragón,
señor párroco!
-¡Basta! ¡O acabáis de una vez la portada, o haré que esa
desvergonzada, esa auténtica anfisbena, sea recluida inmediatamente y a
perpetuidad en el monasterio de Cañas!
-¿Anfisbena? ¿El monstruo de dos cabezas? ¿Ella? Habéis
debido perder sin duda el escaso juicio que teníais…
-¿Lo veis? ¡Os tiene hechizado con su forma de danzar!
-¿Y a quién no? Recuerdo la primera vez que la vi. Era la
romería y ella bailaba más ligera que un pájaro en el medio de la plaza. Y qué
guapa era… La más guapa de todas sin duda.
-Lo recuerdo bien. Y también cómo danzasteis entonces con
ella, y lo mucho que os reíais los dos, fomentando así las murmuraciones...
-Lo que me parece es que es a vos a quien os gustaría
bailar y reír con ella…
-¿Pero qué decís, insensato?
-Lo que os digo es
que terminaré la portada cuanto antes, sí. Pero sólo para poder librarme de vos
de una vez.
-No os conviene apostar por ello, don García…
Y ella bailaba y bailaba, y él tallaba y tallaba, hasta
que la puerta de la iglesia de San Salvador quedó terminada. Y se veían en ella
muchas de las cosas de las que habían hablado el cura y el maestro escultor.
Y gustó tanto cómo había quedado que subían de muchas
partes a verla. Desde Villavelayo, desde Ezcaray, desde Briones y desde más
lejos incluso. Y quedó también el abad de San Millán maravillado por el arte de
García, hasta el punto de proponerle que tallase la puerta del monasterio que
en Yuso estaban entonces construyendo.
Le ofreció mucho oro por ello, pero el maestro sólo le
pidió una cosa: que se llevase de fraile a don Santiago y no lo dejase salir de
su monasterio nunca más. A cambio él haría esa puerta completamente gratis.
Y esas fueron las dos únicas obras que labró en su vida,
que ningún estudioso podrá hallar ninguna otra por mucho que se empeñe, pues don
García Martínez de Lequeitio marchó a Pedroso y vivió allí desde entonces con
aquella que bailaba más ligera que un pájaro en medio de la plaza, durante la
romería.
E iban siempre de la mano por el camino del Patrocinio. Y el monte San Lorenzo, más allá de la peña de Tobía, se colocaba en los inviernos su mejor gorro de lana blanca para saludarles al pasar.
Y yo también la vi danzar, así que le debía esta historia desde
hace mucho, mucho tiempo…
Tristan de Irulegi era completamente feliz. Tenía una
esposa y dos hijos que le amaban, y su carácter entre despreocupado y alegre
hacía también que le estimasen sus criados y todos aquellos que debían tratar
con él.
Cinco fuertes robles a la derecha del camino indicaban a
los siempre bienvenidos viajeros que llegaban a su palacio, un recio caserón de
piedra con una torre almenada en el lado izquierdo.
Y precisamente uno de esos
viajeros fue quien trajo la maldición.
Al principio no pareció más que otro de esos
desfallecidos peregrinos que nadie entiende cómo han podido llegar tan lejos si
no es porque deben llevar consigo una fe tan inquebrantable que eso les permite
dar un paso más tras el que parecía el último. Sin embargo la fe –aunque
entonces no pudieran sospecharlo siquiera- no podía nada contra la enfermedad
que anidaba en las entrañas de aquél moribundo.
Desde el oriente más lejano, dicen que en barcos de
comerciantes genoveses, había llegado una plaga que se había cobrado ya
centenares de miles de vidas mientras avanzaba vertiginosa hacia el oeste. Y ya
estaba en Irulegi…
La primera en morir fue su hija más pequeña. Después
murió su esposa, y finalmente su hijo mayor. Aterrados, o bien notándose ya
enfermos, los criados y siervos huyeron a la campiña. Sólo Tristán quedó pues
para enterrar a su familia.
Pero no lo hizo inmediatamente, si no que esperó a que a
él también le alcanzara la muerte. Y así, como sumido en un sombrío letargo, le
hallaron los hombres que el rey Carlos había enviado para conocer el alcance de la
enfermedad.
Ellos fueron quienes, al marcharse, le dejaron un mapa
con el que podría orientarse para buscar refugio en la capital, que no quedaba
lejos. Pero Tristán no parecía ya capaz de ver nada en aquel plano. Nada que no
fuese el nombre de Irulegi que, sorprendentemente, se repetía en dos ocasiones.
El suyo no quedaba lejos de Pamplona, efectivamente, pero
el otro Irulegi aparecía marcado en Ultrapuertos, al otro lado de las altas montañas que
dividían en dos el reino.
Y a Tristán, con la cordura que sólo los locos pueden
sentir, le dio por pensar que si en su Irulegi todo había terminado, su vida no
podría continuar en otro lugar que no fuese aquel Irulegi de más allá de los
puertos. Y hacia allá se dirigió sin detenerse a comer más que las frutas del
bosque, a beber de arroyos de montaña casi congelados y a dormir muy pocas
veces bajo techado.
Y no pareció darse cuenta tampoco de los terribles
estragos que la enfermedad había causado por todos los lugares por donde fue
cruzando. Incluso en ese Irulegi al que por fin iba acercándose. Y vio entonces
cinco fuertes robles a la izquierda del camino, que indicaban a los siempre
bienvenidos viajeros que llegaban al palacio, un recio caserón de piedra con
una torre almenada en el lado derecho.
Pero no había más signos de vida en el recinto que un par
de soldados en la puerta que el rey Carlos había enviado para impedir el saqueo. Y según
ambos contaron al recién llegado, la dueña -María de Irulegi- había sobrevivido
a su hijo menor, a su marido y a su hija mayor, y se había quedado allí a
esperar la muerte hasta que ellos mismos la encontraron en tan lamentable
estado que decidieron llevarla a que se recuperara en el castillo de San Juan.
Pero por el camino había escapado de la carreta, llevándose únicamente un mapa
consigo.
Y Tristán comprendió entonces que María sólo había podido
buscar refugio en el Irulegi al otro lado de las altas montañas, y hacia allá
volvió a emprender viaje.
Y hay quien dice que ambos siguen hoy en día cruzando
esos mismos montes hacia el norte y hacia el sur sin encontrarse nunca, como si
pagasen la antigua maldición que supone romper un espejo…
Miguel de Soracoiz no aprendió nunca a leer, porque desde
muy niño su único libro fue el arado. Pero no perdió tampoco nunca la oportunidad de
escuchar a cualquier juglar que, camino de Santiago adelante, cruzase cerca de
su pueblo.
Y de todas las historias que aquellos cansados y
especiales peregrinos contaban a cambio de un poco de pan y una jarra de vino,
las que más le gustaban eran aquellas que narraban las increíbles aventuras que
vivieron los caballeros que siguieron al rey Sancho para luchar en las Navas.
Por ejemplo don Antón de Napal, del que se decía que era
tan gordo que había agotado el hierro de todas las minas al tejer la cota de
malla con la que procuraba proteger su descomunal cuerpo. O don Pedro de
Larumbe, que era tan pequeño que para no perderse en el interior de su armadura
debía sujetar brazos y piernas desde dentro con unas cuerdas, igual y aun mejor
que los titiriteros, pues tenía tan controlado ese complicado juego de tirar y
recoger extremidades que más de un enemigo perdió su cabeza mientras –muy
imprudentemente- se reía de la extraña forma de moverse de su adversario.
Pero sin duda su preferida era la de don Lope de
Gardalain, cuya desusada táctica era al parecer dejarse rodear por seis, siete
u ocho contrincantes y, cuando ya los tenía a todos a la distancia justa de su
acero, ponerse a girar sobre sí mismo como un demonio, de tal modo que las
cabezas iban cayendo a su alrededor como por ensalmo. No en vano su espada
llevaba el nombre de “Segadora”, lo cual le convertía a ojos de Miguel en una
especie de colega de oficio, pues no en vano él pasaba toda la jornada
manejando una hoz con la mano derecha y con la mano izquierda protegida por la
zoqueta, como si empuñase un escudo o, aún mejor, una lujosa adarga.
Sí: al tórrido sol de julio cada espiga se le figuraba un
moro con turbante coronado, cada apretada gavilla un montón de infieles que
enviar al Infierno; así que una noche recogió todos sus aperos de labranza y se
los llevó al herrero, que a cambio de un saco de trigo los fundió en su fragua
para derramar luego el metal al rojo vivo en un tosco molde de espada comprado
a algún soldado necesitado en el mercado de Puente la Reina.
Cierto que era bastante pesada y no tan brillante como
las que alguna vez había visto blandir a la guardia real, pero a él se le
antojaba la mejor espada del mundo, y mucho más merecedora del nombre de
“segadora” que aquella otra de don Lope, pues al fin y al cabo su tajo sí que
estaba formado por el de las hoces, las azadas y los dalles más afilados de
las que pudo disponer.
Se veía tan capaz de cambiar el tallo de las espigas por
el cuello de los almohades, que no tardó en imaginar también a uno de esos
juglares que tanto le gustaba escuchar, enhebrando los fantásticos hechos de
armas del caballero-labrador, que de maitines a vísperas había pasado de doblar
su espalda en el surco, a hacer abrevar en sangre enemiga a su aún inexistente
montura.
Tan absorto andaba en sus ensoñaciones que no se dio
cuenta de que era rodeado por cuatro caballeros de aquellos que nunca salen en las
canciones y que son gran mayoría dentro de su oficio y estado: los ladrones de
cosechas como la recién terminada de recoger en Soracoiz.
Cuando al fin se apercibió de lo que ocurría, comenzó a
dar vueltas sobre sí mismo a toda la velocidad que sus gastadas alpargatas le
permitían, girando y girando mientras blandía a la vez su espada segadora de
negro y pesado hierro, que se partió por la mitad en cuanto una de las de
brillante acero de los merodeadores la golpeó con fuerza.
Las otras tres se clavaron al unísono en su cuerpo mientras
en su cabeza resonaban, por última vez, las fabulosas historias de los
juglares...