miércoles, 7 de agosto de 2024

EL TERCER ENTIERRO DEL PRÍNCIPE DE VIANA Y LA GUERRA CIVIL DE 1936 (3ª PARTE y FINAL)

 

Si Erasmo de Roterdam definió a su amigo Tomás Moro como alguien cuya integridad moral lo convertía en “un hombre para todos los tiempos”, o si en las últimas décadas se ha subrayado la trascendencia ética del prólogo que el periodista sevillano Manuel Chaves Nogales escribió para su libro de relatos sobre la guerra civil “A sangre y fuego”, tengo para mí que este artículo de José Aguerre es un espejo en el que la Navarra de cualquier época –incluida la nuestra-, siempre aquejada de parcialidades irredentas, jamás unida en nada más allá de la fiesta o el deporte, debería mirarse para llegar a poder superarlas alguna vez.

Os lo voy a transcribir íntegramente para que podáis juzgarlo:

AL CONJURO DEL PRÍNCIPE

Mente sincera, ánimo cordial

Hemos de poner una glosa al comentario de Eladio Esparza de anteayer, al significar la coincidencia del Diario de Navarra, en la persona de su director, don Raimundo García y la del Napar-Buru-Batzarra, dignamente ostentada por el diputado nacionalista don Manuel de Irujo, en los actos solemnes que se celebraron en Poblet y que culminaron con el traslado de los restos del gran príncipe de Viana a la tumba real del insigne monasterio. Esta importancia, más que de una pura razón de principios en los que, desde luego, hay diferencias considerables que son conocidas, emerge, creemos, de la rareza del hecho. Es desusado que el Napar-Buru-Batzarra y Diario de Navarra coincidan en un acto. Y por esto, la circunstancia ha de llamar la atención y es natural que una crítica ágil, como la de Eladio Esparza, la recoja y la glose. Pero si es raro que ambos valores de la vida de Navarra coincidan, no es menos raro que coyunturas similares no hayan merecido nunca un comentario parecido al de Eladio Esparza. Porque no vaya a creerse que nunca jamás haya habido momentos de acercamiento. Sería absurdo suponer que la política es una especie de punto muerto sin solidaridad alguna entre los distintos componentes sociales. Principio ultrabárbaro que no puede menos de elaborar una regresión a estados inferiores de civilización, definitivamente liquidados para todo hombre de sentido cristiano y aun meramente humanista. Una lucha política, por muy ardorosa y vehemente que sea no puede ser antisocial, porque la solidaridad social está inscrita en la mente de todo ser humano. Y las distintas ideologías no pueden llevar a la eliminación de las personas ni de los nexos vinculatorios de la sociedad.

Mas sin llegar a esta radical profesión de los grandes principios en que ha de basarse el mutuo conocimiento social, tenemos que convenir en que hay problemas hasta cotidianos de la vida en los que es natural la coincidencia. ¿Por qué ésta no se produce? Por una especie de “toma de partido”, por un apriorismo feroz que todo invalida. Se atiende más a las posiciones que a los principios, a la inercia que a la razón, al recelo que a la caridad, al “de dónde viene” mejor que “al cómo es”.

¡Qué motivo de confusión para todo espíritu cristiano el de ver que no somos capaces de elevarnos sobre la masa abyecta de nuestros prejuicios hostiles!

La política es una ciencia de síntesis. Sintetizar es en el fondo reunir, y unir es hermanar. Como en los jardines de los hombres, crecen también en el social multiplicidad fascinadora de formas de vida. La política viene a coordinarlas, cuando actúa bien. Nosotros nos empeñamos en que, contra todas las normas de la vida, la política sea destrucción. Y está claro que ya no es síntesis, como no sería jardín un seto árido con un cardo enorme en medio.

Navarra era un bellísimo paraje que se agostó en medio de aquellas pugnas de las que fue víctima, como bien recuerda Eladio Esparza, el príncipe desgraciado. Constituye, por ello, un símbolo de la hora actual, en la que ya no se agostará nuestra independencia secular, cuyo recuerdo vive allí como un fantasma funerario entre la tumba del padre y la del hijo, pero puede secarse ya en una inconsciencia glacial lo poco que queda de prurito navarro. Para que no suceda así, habrán de coincidir los navarros que se estiman como tales. No importa que la meta no sea la misma: pueden serlo y de hecho lo son algunas de las etapas, algunos de los tramos del camino. Y mientras tanto, el diálogo fraterno puede hacer prodigios. ¿Qué hace falta para ello? Sinceridad. Que cada cual sepa lo primero qué es lo que quiere, que se defina, que elija libremente sus etapas. A los que tenemos el tramo más largo no nos ha de irritar ni que los otros rindan viaje antes ni que nos lo digan con toda claridad. Tenemos un albedrío con todo derecho y reconocemos este derecho a los demás. El progreso de un pueblo no se elabora exclusivamente con una tesis política por excelente que sea; es la cifra de muchos esfuerzos de magnitudes distintas. En Navarra la mente política, sobre todo la introspectiva, es decir, la que ha mirado hacia casa, no ha tenido a menudo ni claridad ni precisión en los objetivos. Se ha carecido de sinceridad en la mente y de campechanía, por tanto, en el corazón. Nada obsta a que entre muchos navarros, polarizados en desde actividades distintas, elaboremos un porvenir mejor que el que se cierne; nada obsta a que haya efluvios de armonía por encima de las ideologías distintas. Una cosa es necesaria. Sinceridad en la mente, que es casi siempre cordialidad en la política. Perfílense escuetamente los contornos de cada norma, de cada deseo: así nos conoceremos sin miedo a desengaños ni ficciones. Y caminaremos juntos las etapas que nos sean comunes.

 
 

Y desde luego hiela la sangre pensar que algo tan cuerdo y sensato como esto:

“Sería absurdo suponer que la política es una especie de punto muerto sin solidaridad alguna entre los distintos componentes sociales. Principio ultrabárbaro que no puede menos de elaborar una regresión a estados inferiores de civilización, definitivamente liquidados para todo hombre de sentido cristiano y aun meramente humanista. Una lucha política, por muy ardorosa y vehemente que sea no puede ser antisocial, porque la solidaridad social está inscrita en la mente de todo ser humano. Y las distintas ideologías no pueden llevar a la eliminación de las personas ni de los nexos vinculatorios de la sociedad”.

fuera escrito tan solo siete meses antes de la mayor degollina acontecida entre nuestras mugas, impulsada desde el principio por locos furiosos como Garcilaso o Esparza, que estaban físicamente a sólo tres metros de Aguerre (Diario de Navarra y La Voz de Navarra tenían sus sedes una frente a la otra, en la calle Zapatería).

¿Cómo no fue capaz entonces de percibir lo que se avecinaba? Quizás porque era buena persona, y la bondad no concibe que alguien pueda planear primero y perpetrar después actos tan innobles como los que estaban llevando a cabo sus adversarios políticos ya desde bastante antes de julio de 1936. En esa tesitura podría entenderse este otro párrafo de su artículo:

 En Navarra la mente política, sobre todo la introspectiva, es decir, la que ha mirado hacia casa, no ha tenido a menudo ni claridad ni precisión en los objetivos. Se ha carecido de sinceridad en la mente y de campechanía, por tanto, en el corazón. Nada obsta a que entre muchos navarros, polarizados en desde actividades distintas, elaboremos un porvenir mejor que el que se cierne; nada obsta a que haya efluvios de armonía por encima de las ideologías distintas. Una cosa es necesaria. Sinceridad en la mente, que es casi siempre cordialidad en la política.”

Pero cómo esperar “sinceridad” de gente como Garcilaso, que sabemos que, entrevistándose con Manuel Azaña en agosto de 1931, tuvo el inmenso cinismo de asegurarle que: “el Gobierno de la República no debe creer en guerras civiles con pistolas en Navarra. Eso son sólo fantasías inventadas por ciertas fuerzas de Izquierda para desviar la atención sobre los problemas reales”

Al menos el futuro presidente retrató bien su perenne obsesión antivasca, pues dejó escrito sobre él: 

El señor García, director del Diario de Navarra, habla por los codos, con cierta incoherencia, durante dos horas. Yo estoy un poco mareado. Es católico, españolista, adversario de la República. Su gran enemigo: los bizcaitarras. Insiste mucho en que en Navarra no puede haber Guerra Civil. Ignora si hay armas, aunque cree que no, pero está seguro de que no hay organización, pues si la hubiera no podría serle desconocida. Y empeña en ello su palabra de honor. El más grave error político, sería favorecer la unidad política de las Vascongadas y Navarra. Entonces el nacionalismo sería peligroso. A eso tiende el Estatuto de Estella. Califica de filibustera a la Sociedad de Estudios Vascos. Aborrece a los bizcaitarras y por su gusto se prohibirían las romerías de los mendigoizales”. 

Pero ya que ha sido la figura histórica del príncipe de Viana la que me ha llevado a escribir este ensayo, me parece justo destacar que la columna de José Aguerre le hermana claramente con Pedro de Sada, el canciller de Carlos de Viana, que harto de la guerra civil entre agramonteses y beaumonteses, compuso hacia 1466 su famosa Complayna o llanto que de sí misma faze Navarra, donde no puede dejar de lamentar:

«¡Oh, yo, Navarra, obstinada y de corazón endurecido, nunca

suficientemente poblada de gente sabia, científica, prudente y

sin pasiones, he sido tan infortunada que veo muchos extranjeros

y nativos, pervertidos y desprovistos de virtud, viciosos

y amantes solamente de sí mismos, menospreciando el bien

público mío»

Es decir, entre 1466 y 1936, entre el texto de Sada y el de Aguerre, habían pasado nada menos que 470 años, pero Navarra permanecía igual o más dividida todavía. Y ambos, hermanados por el amor a Navarra a través del tiempo, lucharon a su manera contra ese desorden de cosas que parece condenarla a permanecer en el mismo estado de división por los siglos de los siglos.

Sada se vio obligado a contemporizar, y tras la muerte del príncipe de Viana en 1461, entró al servicio de Juan II, aunque justo es reconocerle que no aguantó mucho en su corte y regresó pronto a Navarra, donde el texto citado nos da idea de su verdadera opinión sobre el nuevo régimen tiránico que el rey Juan impuso.

En cuanto a Aguerre, lo pagó más caro aún... Porque el periódico La Voz de Navarra fue incautado el 19 de julio de 1936, al día siguiente del alzamiento militar contra la República, y su rotativa confiscada para imprimir a partir de entonces el periódico falangista ¡Arriba España!

Aguerre, su director, que en ese momento era también presidente del Napar-Buru-Batzarra del PNV, fue detenido durante el asalto bajo la falsa acusación de poseer armas recibiendo un culatazo en la cara que le arrancó varios dientes. Sangrando abundantemente, lo llevaron al tristemente célebre calabozo del Gobierno Civil, donde pasó varios meses encerrado. Manuel Irujo, años después, aseguro que Aguerre “fue sometido a vejámenes indignantes que, por respeto a su memoria, nos resistimos a dejar escritos”. Sólo su relación –quizás familiar- con el siniestro santero Benito Santesteban, que además de ser uno de los jefes de la Junta de Guerra Carlista, fue también uno de los mayores responsables de la sangrienta represión, hizo posible que no fuera fusilado, aunque siguió sufriendo detenciones y registros arbitrarios durante años, como por ejemplo en 1946, cuando fue encarcelado de nuevo en una celda de castigo y le obligaron a subir y bajar una escalera sin descanso, hasta casi hacerle reventar de cansancio. Por supuesto no volvió a serle permitido ejercer el periodismo, teniendo que dedicarse a la enseñanza de idiomas. 

 

Mientras tanto, Garcilaso y Esparza se convirtieron en prohombres del nuevo régimen franquista, gozando de todo tipo de privilegios, y el primero dirigió Diario de Navarra hasta su muerte, el 19 de octubre de 1962, el mismo día en que –misterios del destino- falleció también el tan injustamente represaliado José Aguerre. La trayectoria paralela de ambos fue magníficamente estudiada en el libro de Iván Giménez “Agerre y Garcilaso. Dos periodistas, víctima y verdugo del golpismo navarro”, editado en 2013 por Pamiela, que he utilizado para escribir mi texto y que os recomiendo vivamente. Si lo leéis, podréis comprobar que mientras Garcilaso tuvo dedicado un premio de “periodismo” hasta el año 2005 –cuando hasta a sus promotores les dio vergüenza seguir invocando a semejante personaje-, Aguerre, como de costumbre, no tiene dedicada ni una mísera calle en Navarra. Así se escribe siempre la historia por estos lares.

En todo caso, quede claro que, como bien señala Iván Giménez en su libro referencial, “Aguerre fue también hijo de su tiempo, por lo que su profundo catolicismo y sus ideas conservadoras son difícilmente reivindicables hoy en día. Incluso su manera de escribir, tanto en castellano como en euskara, adolece de un barroquismo que hoy resulta ampuloso y anacrónico, pero sí que reivindicó Navarra como sujeto histórico e intentó una síntesis entre los nebulosos derechos forales y la pretensión de algo mucho más nítido, como el derecho a decidir, ese ejercicio democrático hoy tan remoto pero que se practicó en las sucesivas votaciones sobre el Estatuto Vasco a principios de los años 30”.

Admitiéndolo, considero sin embargo que el ejemplo de Aguerre es digno de aprecio y recuerdo hoy en día, cuando muchas de las peores características políticas de esos años 30 están volviendo –increíblemente- a resurgir con fuerza. Porque sus convicciones democráticas se basaron siempre en una oposición radical a cualquier autoritarismo, como demuestra uno de sus editoriales, publicado también en el mismo mes de octubre de 1935, en el que condenó el fascismo de Mussolini, y que probablemente selló su destino ante sus perseguidores, tan solo unos meses más tarde.:

Que se mantenga el fascismo en el poder será lamentable para los italianos y terrible para los que se pudren en las cárceles, pero no significa nada ante la Historia. Tarde o temprano será condenado por su propio fracaso. […] La Historia nos dice que todas las tiranías han caído. Nada se olvida. Todo se paga. Esta es nuestra confesión antifascista. No puede ser otra nuestra posición: antes, ahora y siempre. Somos los hijos del pueblo: dóciles en la paz y en el gobierno de nuestros derechos; ardientes y fanáticos ante el atropello de nuestras esmaltadas esencias de libertad y democracia”. 

Pero había prometido explicaros al final por qué los restos agasajados en Poblet en 1935 eran los de un “supuesto” príncipe de Viana. Y de hecho ya habéis visto que aquella impresionante ceremonia que entonces se organizó llevaba oculta mayor carga de profundidad de la que en un principio podría suponerse, y aunque ante la trascendencia de los acontecimientos que os he relatado pierda desde luego importancia, no podéis quedaros sin saber que ahora –casi 100 años después- sabemos que todo aquel reconocimiento y oropel, aquella ofrenda de tierra de Navarra ante los huesos de Carlos de Viana, no fue más que una absurda mascarada, aunque los participantes –bueno, ya hemos visto que algunos de ellos exclusivamente en lo tocante al  homenaje al príncipe- sí que actuasen de buena fe.

Porque resulta que en 1998 comenzó el proyecto de identificación por ADN del cadáver del príncipe de Viana vuelto a enterrar en Poblet en 1935, promovido por la investigadora Mariona Ibars y llevado a cabo por el equipo del Antropólogo Forense José Antonio Lorente. Una técnica que, desde luego, jamás pudo imaginar Eduard Toda que alguna vez llegase a existir.

Supuesta momia del príncipe de Viana en Poblet
 

Y cuando se pusieron a ello, los forenses comprobaron asombrados que esa supuesta momia de Carlos de Viana estaba formada por tres fragmentos de distintas procedencias: el torso al que le faltaba el brazo derecho (recordad lo que conté al inicio: que al príncipe, por su fama de santidad, le cortaron el brazo derecho para convertirlo en reliquia, por lo que Eduard Toda lo único que rebuscó entre los huesos revueltos de todos los enterrados en Poblet fue un manco), pero también la parte inferior de la columna vertebral de otro cuerpo, además unas piernas que le debieron parecer muy apropiadas a don Eduard en aquel momento para completar su particular “Monstruo de Viananstein”. Así que atando las tres partes y cubriéndolo todo con un sudario, se lo entregó a los monjes de Poblet. Debió pensar que lo importante era el símbolo y no la verdad.

Descubrieron los forenses también que la columna de ambos fragmentos sumaba nada menos que 8 vértebras lumbares, y eso que los humanos sólo tenemos 5, porque los restos mostraban evidencia de haber sido serrados para que encajasen lo mejor posible y poder así entregar una “momia” entera.

Así que para confirmar que los restos de Poblet no corresponden al Príncipe de Viana, fue necesario obtener el ADN de los tres diferentes segmentos momificados y compararlos con los cuerpos que, «sin lugar a dudas», correspondían a familiares del Príncipe, identificados en un estudio genético de la transmisión del ADN mitocondrial (el que sólo se transmite por vía materna).

Esto fue posible gracias a su comparación con los restos de Ana de Jagellón-Foix, tataranieta materna de Blanca I de Navarra y sobrina en cuarto grado del Príncipe de Viana, enterrada en la catedral de Praga (el siempre beatífico Arzobispado de Pamplona, el mismo que tan bien trató en su momento a Garcilaso, Esparza o Mola, no dio permiso para que se investigasen los restos bajo el sepulcro de Carlos III –abuelo del príncipe- en la catedral)  cuyo estudio dio como resultado que ninguno de los tres fragmentos de la supuesta momia del príncipe en Poblet eran los auténticos. Por tanto, habría que examinar los restos mezclados de las más de cien personas enterradas en Poblet para encontrar, si es que está allí, al verdadero Carlos de Viana, cosa que supondría tal gasto económico que podemos estar casi seguros de que jamás se hará, y los huesos del príncipe de Viana seguirán perdidos por toda la eternidad. Mejor así. El caso es que aquel carnaval del año 1935 se hizo ante los huesos de vaya usted a saber quién, porque desde luego no fue ante los de Carlos de Viana.

Hombre, el Gobierno de Navarra sí que podría presionar al Arzobispado (de hecho, le restauró completamente la catedral en 1994 con el dinero de todos los contribuyentes forales e, incomprensiblemente no se le ocurrió exigírselo a cambio, siquiera por mera curiosidad histórica) para que alguna vez se estudien los dos ataúdes, se supone que llenos de restos de los reyes y reinas navarros, que custodia la hermosa tumba borgoñona de Carlos III el Noble. Por supuesto, podemos esperar sentados a que algo así ocurra…

 


  © MIKEL ZUZA VINIEGRA, 2024

 

 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 

 

 

martes, 30 de julio de 2024

EL TERCER ENTIERRO DEL PRÍNCIPE DE VIANA Y LA GUERRA CIVIL DE 1936 (2ª PARTE)

 

(Viene de: 1ª Parte )

Recordemos ahora que todo esto se publicó en Diario de Navarra el día 22 de octubre de 1935, haciendo referencia al acto que se había llevado a cabo el día 20 de octubre en Poblet. Pero si acudimos a otro de los periódicos que en aquellos años se publicaban en Pamplona (el tercero en discordia -nunca mejor dicho- sería El Pensamiento Navarro), en este caso el nacionalista La Voz de Navarra, veremos que ya el día 17 de octubre advertían en portada:

A los actos asistirán delegaciones de las principales asociaciones religiosas de Cataluña, representantes de Unió Democrática de Catalunya y posiblemente una comisión del Consejo Supremo del Partido Nacionalista Vasco.

¿No podría destacar la Excma. Diputación de Navarra una comisión de su seno, por lo menos alguien que la represente en un acto en el que por fuerza ha de evocarse a Navarra? Siquiera sea para honrar la memoria de uno de sus hijos más ilustres y dedicarle allí donde reposan sus restos un sufragio por el descanso eterno de su alma. 

O sea, que podemos colegir con bastante fundamento que realmente ni al diputado Garcilaso ni a la Diputación Foral, en la figura de su vicepresidente Arraiza, les importaba gran cosa o tenían siquiera conocimiento del re-enterramiento del príncipe de Viana en Poblet, pero que no quisieron dejar en manos del PNV la única representación navarra en la ceremonia. O eso, o que ya en aquel tiempo el secretismo era práctica tan habitual como hoy en día en la Administración Foral, y por eso La Voz de Navarra no se había enterado de si las “instancias oficiales” asistirían o no.

Permitidme que lo dude, entre otras cosas, porque el día 18 la Voz de Navarra volvió a solicitar en portada que acudiera a Poblet una representación oficial de Navarra, seña más que evidente de que en Diputación seguían sin mover ficha:

Todo esto quiere decir que la Excma. Diputación de Navarra no puede estar ausente de este acto que supone, entre otras cosas, un homenaje al ilustre cuanto infortunado Príncipe de Viana, uno de los varones egregios de nuestra historia. La representación debe ser de calidad y aún indicaríamos que la llevaran el señor Vice-presidente de la Gestora con alguno de sus compañeros; y si no algunos de los gestores. Y a última hora, algún navarro de calidad.

Que la Diputación se vio obligada a actuar, lo demuestra que el mismo día 20, fecha en que iba a tener lugar el acto de Poblet, La Voz de Navarra anunciase en portada la presencia en el mismo de su vice-presidente, Juan Pedro Arraiza:

El vicepresidente de la Diputación, don Juan Pedro Arraiza, salió en las primeras horas de la tarde de ayer para Tarragona, con el fin de asistir hoy, domingo, a los actos del traslado de los restos del Príncipe de Viana desde dicha ciudad catalana al monasterio de Poblet, donde serán depositados.

 


El día 22 de octubre, con prosa menos alambicada y grotesca que la de Garcilaso, La Voz de Navarra también dio en portada amplia noticia de la ceremonia llevada a cabo en Poblet, y el único dato novedoso entre esta crónica y la de Diario de Navarra era que:

Al poco rato llegaba también la representación de Navarra, que era representada por el señor Vicepresidente de la Gestora de la Diputación, a quien acompañaban don Onofre Larumbe, don Raimundo García y dos concejales del Ayuntamiento de Viana.

También estaba presente, ostentando la representación de la minoría nacionalista vasca, don Manuel de Irujo, diputado por Guipúzcoa. Este señor ostentaba a la vez la representación del Napar-Buru-Batzarra.

Al llegar la representación de Navarra al templo, se anunció su entrada en éste, abriéndose las puertas con gran solemnidad.


O sea, destacaba –lógicamente- mucho más que el Diario de Navarra, la presencia de Manuel de Irujo en representación del Napar-Buru-Batzarra. Una circunstancia esta que –dada la extrema polarización política que hemos visto reflejada en la crónica de Garcilaso- llamó incluso la atención del subdirector de Diario de Navarra, que el mismo día 23, en su sección “Postales”, parece reflejar su extrañeza ante la coincidencia de su periódico y del Napar-Buru-Batzarra en un mismo acto:

 

 

 

ALLÁ, EN POBLET…

¿Qué hubo de Navarra en la solemnidad emocionante?

Cuantitativamente hubo más Navarra ese día en el discurso de Gil Robles y en el discurso de Azaña en las Cortes. Gracias a Dios, nuestra Diputación estuvo presente en el acto en la persona de don Juan Pedro Arraiza, su vicepresidente. DIARIO DE NAVARRA hizo acto de presencia interventiva Con su Director, y ayer nos enterábamos que el Sr. Irujo ostentaba, en el acto, la representación del Napar-buru-batzarr.

Y nada más ni nadie más, en cuanto a personas representativas y claro, ni en cuanto a meramente personas de Navarra. Hubo sí, un obsequio de emoción exquisita, que tiene casi el temblor de la ternura: el puñado de tierra, de la tierra del Reino que al cabo de los siglos se mezclaba con amor entre sus cenizas. Es un detalle este que avienta todas las amarguras y hace cantar las alondras en la risueña alba del optimismo.

Pero el resumen es este: la política, en sus dos más amplios gestos contradictorios, absorbe la atención de los navarros. Y en ese día en que. la política, rusiente de tensión, nada dice a Navarra, el príncipe de Viana, que es Navarra entera, Navarra total, aunque con el corazón despedazado, el príncipe, víctima cruenta de la disensión en las entrañas de Navarra, se vio asistido amorosamente por las actitudes discrepantes.

¡Al príncipe, después de cuatro siglos, pudo satisfacerle esa compañía: al fin, quien discrepa en la historia, conoce la historia y ama la historia!

Yo, navarro, no podía menos de consignar esa coincidencia que brinda el comentario a todo espíritu que se preocupa del porvenir de su pueblo.

Del porvenir que, como nuestro príncipe, ha de estar hecho de dolor y de cenizas y también de la tierra natal y de la ilusión inextinguible...

Y sino, ¡Váyase todo Arga abajo!


Ese subdirector era el escritor lesakarra Eladio Esparza, que curiosamente había dirigido también La Voz de Navarra entre 1923 y 1929, año en que paso a ser redactor-jefe de Diario de Navarra. Julio Caro Baroja apunta que, por sus incendiarios artículos, le conocían como “Elodio Esparce”, apodo que desde luego describe muy bien a quien fue tan activo o más que su director en la conspiración contra la República y posterior Guerra Civil.

De hecho, apenas un año después de ese artículo suyo, digamos más “conciliador”, aunque ya avisaba de lo que iba a suceder en pocos meses con ese jotero y lamentable: “¡Váyase todo Arga abajo!” escribió y publicó diariamente perlas de locura y barbarie como esta, el 18 de septiembre de 1936:

Se impone urgentemente la designación de una Junta de expurgación social, sin cuya autorización no pueda ser considerado como obrero apto para el trabajo a nadie que, por sus antecedentes de actuación izquierdista o de afiliado a organizaciones ya disueltas infunda recelos. El comunismo ha de ser extirpado aun en la zona de la mera sospecha. ¡Tendría que ver que mientras nuestros obreros luchan en los frentes, exponiendo la vida a la metralla de los rojos, vivieran los rojos tranquilamente en sus casas ganándose el jornal sin peligro ni zozobra!

Pero frente al infame comportamiento de Garcilaso o Esparza surge, limpio como un cristal, el ejemplo contrario, encarnado precisamente por el director de La Voz de Navarra, José Aguerre Santesteban, que firmaba sus artículos con el seudónimo “Gurbindo”.  Porque el 25 de octubre de 1935 contestaba en portada de su periódico al texto publicado por Eladio Esparza dos días antes en Diario de Navarra. 

En la tercera y ultima parte de mi crónica, os transcribiré íntegramente ese artículo de Aguerre, que a mí me parece de una importancia trascendental.

(Continuará)

©MIKEL ZUZA VINIEGRA

 

viernes, 19 de julio de 2024

EL TERCER ENTIERRO DEL PRÍNCIPE DE VIANA Y LA GUERRA CIVIL DE 1936 (1ª PARTE)

Creía haber tratado prácticamente todos los aspectos sobre la figura histórica del príncipe de Viana, hasta que preparando una conferencia recientemente reparé en las muy peculiares características que rodearon un hecho del que ya me había ocupado por encima en mi biografía “Príncipe de Viana. El hombre que pudo reinar”: la vuelta de sus restos al monasterio de Poblet en 1935, lugar donde había sido enterrado ya en 1491, lo que constituyó su segundo entierro, pues primeramente había sido sepultado en la catedral de Barcelona, donde permaneció nada menos que treinta años, hasta ese primer traslado. Así que en puridad, el de 1935 fue su tercer entierro. Cosas de los príncipes... 

 Resumiéndolo mucho, la historia del príncipe no acaba con su muerte, porque los catalanes se empeñaron en fomentar su fama de santidad, y aunque la Iglesia no la reconoció oficialmente, su devoción se mantuvo en el citado monasterio durante mucho tiempo, exponiéndose a la veneración pública durante siglos, como demuestra esta estampa de finales del siglo XVIII cuya leyenda dice:

«Retrato del Sr. Principe de Viana D. Carlos, hijo Primogenito hijo del Rey Don Juan II de Aragon y de la Reyna D. Blanca de Navarra; cuya vida sembrada de espinas produce desde su ocaso una caudalosa fuente de milagros para todas enfermedades, con solo el Tacto de su odorífero Cuerpo o de su ropa; preservándole el Altísimo, con admirable integridad, y sin conocer el ceniciento polvo, en el Panteón Real del Monasterio de Poblet. Murió en Barcelona a 23 de Setiembre de 1461, de edad de 40 años» 

De hecho, se le cortó el brazo derecho a su cadáver y se colocó en un relicario para tocar más cómodamente a los enfermos que acudían a curarse. Así siguieron las cosas hasta que en 1835, con la desamortización, el monasterio quedó abandonado y las tumbas fueron saqueadas, quedando todos los huesos de reyes, príncipes y nobles desperdigados por el suelo. Entonces el párroco del cercano pueblo de la Espluga de Francolí los recogió –todos mezclados- y los metió en siete grandes cajas, que años más tarde fueron llevadas a la catedral de Tarragona. 

Pero la historia tampoco acaba aquí, porque en 1935, un diplomático, escritor y hasta egiptólogo catalán, don Eduard Toda (amigo de Gaudí), consiguió que las autoridades eclesiásticas le permitiesen buscar los restos del príncipe de Viana, verdadero ícono de la historia de Cataluña y de Navarra, en aquellas siete cajas que permanecían en la catedral de Tarragona. 

Eduard Toda presidía entonces la Comisión de Monumentos de Tarragona, y queriendo iniciar la restauración del monasterio, pensó impulsarla con el retorno de los restos del príncipe de Viana a Poblet, idea que fue muy bien recibida por la ciudadanía, gracias a campañas de radio, conferencias y artículos de prensa, que contribuyeron a crear un clima favorable.

¿Pero cómo hacerlo, si los restos de más de 110 personas estaban completamente mezclados en esas cajas?

Pues con bastante desparpajo -que vemos que no le faltaba, como demuestra esta fotografía de sus tiempos como cónsul en El Cairo, donde aparece disfrazado de momia egipcia- porque buscó los restos de un hombre de unos cuarenta años al que le faltase el brazo derecho, que recordad se le había cortado para hacer un relicario.

Con eso le pareció suficiente para confirmar su identidad, así que en medio de una ceremonia verdaderamente regia, como vemos en las fotografías publicadas por el Diario de Navarra, se le volvió a enterrar en Poblet el 20 de octubre de 1935.

Para conocer aquel acto tan singular (un tercer entierro de alguien que había sido ya inhumado, primero en 1461 en la catedral de Barcelona y luego, en 1491, en el mismo Poblet), podemos acudir a las hemerotecas de Diario de Navarra y de la Voz de Navarra, los dos principales periódicos navarros de entonces, que trataron de ello en sus ediciones del martes, 23 de octubre de 1935.

El enviado de Diario de Navarra no fue un simple reportero, sino su propio director: Raimundo García, más conocido como “Garcilaso”, que por aquel entonces simultaneaba su puesto con el de diputado por el bloque de las derechas navarras en Madrid.

A todos nos puede sonar más o menos su nombre y actividades, hay mucho publicado sobre ellas, así que bastará para conocerle mejor un par de muy descriptivos párrafos de la Wikipedia:

“En la década de 1920 marchó como corresponsal a la Guerra del Rif, donde trabó amistad con los militares africanistas que años después se sublevarían contra la II República desencadenando la guerra civil española.

Fue diputado en las Cortes durante la dictadura de Primo de Rivera y en la Segunda República, en 1933 y 1936, por el Bloque de Derechas. Fue muy activo en contra del Estatuto Vasco-Navarro y el nacionalismo vasco. Participó intensamente en la conspiración contra la República, fue enlace civil del general Mola en 1936 y junto a él autor del bando que llamaba a la sublevación armada el 19 de julio.” 

Con esos mimbres, no pueden extrañar a nadie los augurios –bien negros- con los que trufó su crónica sobre el entierro de los restos del supuesto (luego lo explicaré) príncipe de Viana en Poblet, que ocupó toda la primera plana de su periódico.

 

Como veréis, empieza fuerte: 

Estaba anunciada para este domingo, día 20 de Octubre, el traslado del Principe de Viana—Carlos IV de Navarra—desde su enterramiento apresurado y provisional en la Seo de Tarragona al cenobio de Santa María de Poblet, donde yacía en paz desde luengos años en la compañía de otros reyes y de donde le echaron las turbas revolucionarias__ a él y a todos— en Julio de 1835, año de negra memoria, ahora hace cien años. Había que venir a Poblet para velar y acompañar al Príncipe de Viana; y mientras haya un hueso de él en cualquier parte, allí habremos de ver a Su Alteza los que mucho le amamos, como si estuviera entero y vivo.

Luego va describiendo prolijamente los alrededores del monasterio, cómo sería la ceremonia, y como habían sido aparejados los restos mortales pero intercalando a la vez su raca-raca faccioso favorito:

Se abre la capilla de San Jorge, capilla ardiente hoy del Príncipe de Viana. Los Mozos de Escuadra, en posición de firmes, montan la guardia ante el féretro que guarda los huesos de Carlos IV de Navarra. Es una caja de madera de nogal forrada de terciopelo negro. En los costados tres escudos repetidos: Navarra, en la cabeza; Aragón en los píes; EvreuxNavarra, en el centro. La tapa es toda de cristal. Dentro de la caja, una cabeza monda, encapuchada, y una mano sobre el hábito blanco, puesta a la altura del corazón. El bulto que hace un pie, levantando el extremo del hábito del Cister Con Que está amortajado el Príncipe, hace pensar que todo el cuerpo de Su Alteza está entero allí. La mano fina, entera y morena; los dedos, recogidos en un gesto natural; la cabeza, entera también, pero estropeada la cara. La frente, que guardó tantos pensamientos de amor y de dolor, que ardió y se quemó en ansias de saber y se amargó de melancolías y desganas, parece todavía fresca o ardiente, según los pensamientos del instante. Una extraña ficción de párpados, acaso los párpados mismos, exhibiendo las cuencas vacías de los ojos, inquieta el ánimo. Más de una hora estuve con el príncipe a solas, repasando la Historia de su vida y la de su pueblo. La suya está dentro del blanco hábito que envuelve sus huesos. La de su pueblo no morirá nunca si el pueblo quiere. Y en cualquier momento está a tiempo de volver a ser lo que no pudo ser su Príncipe Carlos: Señora de las Españas. El tiempo presente es propicio y Navarra es fuerte.

 

Recordemos que esto está escrito a finales de octubre de 1935, apenas cinco meses antes de que el gobierno republicano, incomprensiblemente, decidiera nombrar al general Mola comandante militar de Navarra. Y recordemos también cómo Garcilaso lo conocía –a él y al resto de militares africanistas- desde mucho antes, por lo que no puede entenderse lo que escribió en su crónica de un hecho que aparentemente no tenía nada que ver con la actualidad política de los años 30, sino como un claro aviso de lo que pronto iban a desencadenar sus amigos y él mismo.

Continúa su artículo dando cuenta de quienes estaban presentes en Poblet: 

En el presbiterio nos ofrecieron sitios preferentes a los representantes de la Generalitat; a la Excma. Diputación de Navarra, en su Presidente don Juan Pedro Arraiza; a la representación parlamentaria, en mi persona, al ilustre catedrático señor Maneva y Puyol, que representaba a Aragón; a los señores don Constancio Fernandez y Sáinz de Huarte y a don Gregorio Correa y Sáinz de Azuelo, que ostentaban la expresa representación del Excmo. Ayuntamiento de Viana; al diputado a Cortes don Manuel Irujo y al beneficiado de nuestra catedral don Onofre Larumbe.

Podemos ver cómo don Raimundo fija la “representación parlamentaria” exclusivamente en su persona, aunque tres líneas más adelante se vea obligado a indicar que también estaba presente el diputado navarro del PNV don Manuel Irujo, pero como éste había sido elegido por Gipuzkoa, no lo incluye en la representación de Navarra. Volveré sobre este asunto. 

Continúa la crónica: 

Se había dispuesto que llevasen los huesos del Príncipe desde la capilla de San Jorge hasta su sepulcro en el crucero del templo la. Excma. Diputación de Navarra—Navarra—, el representante de Aragón, un representante de la Generalitat y el representante parlamentario de Navarra allí presente D. Juan Pedro Arraiza y el señor Moneva y Puyol tomaron en sus hombros el féretro por la cabecera; por los pies, lo tomamos sobre los nues tres el señor representante de la Generalitat y yo, que asumí en acto tan solemne como el mayor honor posible la representación de mis ilustres compañeros y la de DIARIO DE NAVARRA, de que no puedo despojarme en parte alguna y menos cuando voy a llevar al hombro un pedazo glorioso de la inmortal historia de Navarra. Conmigo estaban todos los de la casa y los que nos leen. 

Da cuenta después de un detalle curioso que se produjo al final de la ceremonia:  

Terminado el responso solemne, se produjo una escena que la muchedumbre presenció con emoción. Un ordenanza de la Excma. Diputación de Navarra era portador, detrás del féretro, de un saquete que contenía tierra de Navarra, llevada a Poblet por encargo de las señoritas de Arraiza, Para que el Presidente de la Diputación la pusiera en el sepulcro del Príncipe Carlos. Un sacerdote ilustre y benemérito, don Jaime Barrera, arqueólogo eminente y uno de los obreros ilustres de esta restauración del Monasterio de Santa María de Poblet, levantó la tapa de cristal. Entonces, tomamos unos puñaditos de tierra de Navarra y la desparramamos sobre la mortaja blanca. Y sobre la fina mano que el Príncipe tiene medio cerrada sobre el corazón, pusimos un poco de tierra de su patria y de su Reino. La emoción de este instante y le emoción de todo el curso de este traslado puede sentirla el que lea, supliendo con su patriotismo lo que falta en el relato. Vuelta a cerrar la caja, la metimos en su sepulcro. Don Onofre Larumbe y Pérez de Muniain rezó un responso antes de ser metido el féretro en el sepulcro. Fuera ya del templo, muchos navarros que viven en tierras de Tarragona y Barcelona y que habían acudido a rendir homenaje al Príncipe de Viana, se repartieron la tierra pamplonesa que había sobrado. 

Nuevas y terribles advertencias políticas, cuando narra que ha de regresar a Madrid:  

Yo he de tomar ahora el tren para Madrid. Cuanto me rodea carece de sentido. Lo que me espera en la capital de la República lo tiene tan hostil a cuantas emociones han embalsamado el alma y el corazón estos dos días, que espero el tren como si el tren fuese figura de la barca de Caronte. ¡Cabeza del Príncipe, bermeja a luz de los cirios, envuelta en la capucha de albo lienzo! iMano del Príncipe, a medio cerrar sobre el corazón, como queriendo acariciarle o tomarle del pecho para ofrecérnoslo en recuerdo de la visita! ¡Mortaja del Príncipe, blanca mortaja de San Bernardo, mortaja del Císter hecha de cánticos a la Virgen entonados a media noche por corazones varoniles que supieron renunciar! ¡Quién pudiera, cantar con la angustia del pobre poeta enfermo del mismo mal que el Príncipe de Viana: Llevadme con vosotras! ¡Pero este negro tren por la negra noche me va a llevar a un círculo infernal! ¡Y a un basurero. A un basurero que hay que limpiar pronto, pronto, pronto! ¡Ese embrollo del juego y otros embrollos! 

El último párrafo, donde descalifica al régimen republicano como “basurero que hay que limpiar cuanto antes”, no ofrece dudas sobre la conspiración que se estaba preparando y de la que él era pieza fundamental. Cómo ninguna instancia oficial pudo actuar para frenarla ante semejantes anuncios públicos y publicados, es un misterio que nunca llegaré a entender. La traca final, por supuesto, también es de antología:  

Llego a Madrid hoy lunes. ¡Hay un hondo rencor en el ambiente! Huyo de él y me, refugio en los recuerdos imborrables del Príncipe que dejamos ayer en el panteón real del Monasterio de Poblet. Y pienso en Navarra y en España toda, en lucha también, como el Príncipe de Viana—amador y poeta, filósofo y piadoso—contra otro Juan sin Fe. 

Y esto sí que ya es la auténtica karaba: compara al príncipe de Viana con los futuros sublevados y a su padre, Juan II, con la República. No se puede tener menos conocimiento y más mala fe, porque apenas ocho meses después, esos “amadores y poetas”, esos “filósofos y piadosos” que Garcilaso invoca, causarían cientos de miles de muertos en España, y al menos 3700 asesinatos en Navarra, donde ni siquiera hubo frente de guerra. Desde luego, acogerse a la figura del príncipe de Viana para defender semejante orden de cosas, se me hace ciertamente rastrero y fuera de toda medida, como lo es comparar acontecimientos del siglo XV con otros que nada tienen que ver del XX. 

Pero si para lavar su negra conciencia de conspirador, Garcilaso necesitó recurrir a semejante disparate, por lo menos podría haber tenido en cuenta que el príncipe Carlos de Viana representó en su época el gobierno legítimo, lo mismo que la II República lo encarnó en la suya. Y que Juan II fue siempre un mero detentador de un gobierno que no le pertenecía, lo mismo que el régimen franquista a partir de 1936. 

CONTINUARÁ... 

 

 ©MIKEL ZUZA VINIEGRA, 2024