martes, 30 de julio de 2024

EL TERCER ENTIERRO DEL PRÍNCIPE DE VIANA Y LA GUERRA CIVIL DE 1936 (2ª PARTE)

 

(Viene de: 1ª Parte )

Recordemos ahora que todo esto se publicó en Diario de Navarra el día 22 de octubre de 1935, haciendo referencia al acto que se había llevado a cabo el día 20 de octubre en Poblet. Pero si acudimos a otro de los periódicos que en aquellos años se publicaban en Pamplona (el tercero en discordia -nunca mejor dicho- sería El Pensamiento Navarro), en este caso el nacionalista La Voz de Navarra, veremos que ya el día 17 de octubre advertían en portada:

A los actos asistirán delegaciones de las principales asociaciones religiosas de Cataluña, representantes de Unió Democrática de Catalunya y posiblemente una comisión del Consejo Supremo del Partido Nacionalista Vasco.

¿No podría destacar la Excma. Diputación de Navarra una comisión de su seno, por lo menos alguien que la represente en un acto en el que por fuerza ha de evocarse a Navarra? Siquiera sea para honrar la memoria de uno de sus hijos más ilustres y dedicarle allí donde reposan sus restos un sufragio por el descanso eterno de su alma. 

O sea, que podemos colegir con bastante fundamento que realmente ni al diputado Garcilaso ni a la Diputación Foral, en la figura de su vicepresidente Arraiza, les importaba gran cosa o tenían siquiera conocimiento del re-enterramiento del príncipe de Viana en Poblet, pero que no quisieron dejar en manos del PNV la única representación navarra en la ceremonia. O eso, o que ya en aquel tiempo el secretismo era práctica tan habitual como hoy en día en la Administración Foral, y por eso La Voz de Navarra no se había enterado de si las “instancias oficiales” asistirían o no.

Permitidme que lo dude, entre otras cosas, porque el día 18 la Voz de Navarra volvió a solicitar en portada que acudiera a Poblet una representación oficial de Navarra, seña más que evidente de que en Diputación seguían sin mover ficha:

Todo esto quiere decir que la Excma. Diputación de Navarra no puede estar ausente de este acto que supone, entre otras cosas, un homenaje al ilustre cuanto infortunado Príncipe de Viana, uno de los varones egregios de nuestra historia. La representación debe ser de calidad y aún indicaríamos que la llevaran el señor Vice-presidente de la Gestora con alguno de sus compañeros; y si no algunos de los gestores. Y a última hora, algún navarro de calidad.

Que la Diputación se vio obligada a actuar, lo demuestra que el mismo día 20, fecha en que iba a tener lugar el acto de Poblet, La Voz de Navarra anunciase en portada la presencia en el mismo de su vice-presidente, Juan Pedro Arraiza:

El vicepresidente de la Diputación, don Juan Pedro Arraiza, salió en las primeras horas de la tarde de ayer para Tarragona, con el fin de asistir hoy, domingo, a los actos del traslado de los restos del Príncipe de Viana desde dicha ciudad catalana al monasterio de Poblet, donde serán depositados.

 


El día 22 de octubre, con prosa menos alambicada y grotesca que la de Garcilaso, La Voz de Navarra también dio en portada amplia noticia de la ceremonia llevada a cabo en Poblet, y el único dato novedoso entre esta crónica y la de Diario de Navarra era que:

Al poco rato llegaba también la representación de Navarra, que era representada por el señor Vicepresidente de la Gestora de la Diputación, a quien acompañaban don Onofre Larumbe, don Raimundo García y dos concejales del Ayuntamiento de Viana.

También estaba presente, ostentando la representación de la minoría nacionalista vasca, don Manuel de Irujo, diputado por Guipúzcoa. Este señor ostentaba a la vez la representación del Napar-Buru-Batzarra.

Al llegar la representación de Navarra al templo, se anunció su entrada en éste, abriéndose las puertas con gran solemnidad.


O sea, destacaba –lógicamente- mucho más que el Diario de Navarra, la presencia de Manuel de Irujo en representación del Napar-Buru-Batzarra. Una circunstancia esta que –dada la extrema polarización política que hemos visto reflejada en la crónica de Garcilaso- llamó incluso la atención del subdirector de Diario de Navarra, que el mismo día 23, en su sección “Postales”, parece reflejar su extrañeza ante la coincidencia de su periódico y del Napar-Buru-Batzarra en un mismo acto:

 

 

 

ALLÁ, EN POBLET…

¿Qué hubo de Navarra en la solemnidad emocionante?

Cuantitativamente hubo más Navarra ese día en el discurso de Gil Robles y en el discurso de Azaña en las Cortes. Gracias a Dios, nuestra Diputación estuvo presente en el acto en la persona de don Juan Pedro Arraiza, su vicepresidente. DIARIO DE NAVARRA hizo acto de presencia interventiva Con su Director, y ayer nos enterábamos que el Sr. Irujo ostentaba, en el acto, la representación del Napar-buru-batzarr.

Y nada más ni nadie más, en cuanto a personas representativas y claro, ni en cuanto a meramente personas de Navarra. Hubo sí, un obsequio de emoción exquisita, que tiene casi el temblor de la ternura: el puñado de tierra, de la tierra del Reino que al cabo de los siglos se mezclaba con amor entre sus cenizas. Es un detalle este que avienta todas las amarguras y hace cantar las alondras en la risueña alba del optimismo.

Pero el resumen es este: la política, en sus dos más amplios gestos contradictorios, absorbe la atención de los navarros. Y en ese día en que. la política, rusiente de tensión, nada dice a Navarra, el príncipe de Viana, que es Navarra entera, Navarra total, aunque con el corazón despedazado, el príncipe, víctima cruenta de la disensión en las entrañas de Navarra, se vio asistido amorosamente por las actitudes discrepantes.

¡Al príncipe, después de cuatro siglos, pudo satisfacerle esa compañía: al fin, quien discrepa en la historia, conoce la historia y ama la historia!

Yo, navarro, no podía menos de consignar esa coincidencia que brinda el comentario a todo espíritu que se preocupa del porvenir de su pueblo.

Del porvenir que, como nuestro príncipe, ha de estar hecho de dolor y de cenizas y también de la tierra natal y de la ilusión inextinguible...

Y sino, ¡Váyase todo Arga abajo!


Ese subdirector era el escritor lesakarra Eladio Esparza, que curiosamente había dirigido también La Voz de Navarra entre 1923 y 1929, año en que paso a ser redactor-jefe de Diario de Navarra. Julio Caro Baroja apunta que, por sus incendiarios artículos, le conocían como “Elodio Esparce”, apodo que desde luego describe muy bien a quien fue tan activo o más que su director en la conspiración contra la República y posterior Guerra Civil.

De hecho, apenas un año después de ese artículo suyo, digamos más “conciliador”, aunque ya avisaba de lo que iba a suceder en pocos meses con ese jotero y lamentable: “¡Váyase todo Arga abajo!” escribió y publicó diariamente perlas de locura y barbarie como esta, el 18 de septiembre de 1936:

Se impone urgentemente la designación de una Junta de expurgación social, sin cuya autorización no pueda ser considerado como obrero apto para el trabajo a nadie que, por sus antecedentes de actuación izquierdista o de afiliado a organizaciones ya disueltas infunda recelos. El comunismo ha de ser extirpado aun en la zona de la mera sospecha. ¡Tendría que ver que mientras nuestros obreros luchan en los frentes, exponiendo la vida a la metralla de los rojos, vivieran los rojos tranquilamente en sus casas ganándose el jornal sin peligro ni zozobra!

Pero frente al infame comportamiento de Garcilaso o Esparza surge, limpio como un cristal, el ejemplo contrario, encarnado precisamente por el director de La Voz de Navarra, José Aguerre Santesteban, que firmaba sus artículos con el seudónimo “Gurbindo”.  Porque el 25 de octubre de 1935 contestaba en portada de su periódico al texto publicado por Eladio Esparza dos días antes en Diario de Navarra. 

En la tercera y ultima parte de mi crónica, os transcribiré íntegramente ese artículo de Aguerre, que a mí me parece de una importancia trascendental.

(Continuará)

©MIKEL ZUZA VINIEGRA

 

viernes, 19 de julio de 2024

EL TERCER ENTIERRO DEL PRÍNCIPE DE VIANA Y LA GUERRA CIVIL DE 1936 (1ª PARTE)

Creía haber tratado prácticamente todos los aspectos sobre la figura histórica del príncipe de Viana, hasta que preparando una conferencia recientemente reparé en las muy peculiares características que rodearon un hecho del que ya me había ocupado por encima en mi biografía “Príncipe de Viana. El hombre que pudo reinar”: la vuelta de sus restos al monasterio de Poblet en 1935, lugar donde había sido enterrado ya en 1491, lo que constituyó su segundo entierro, pues primeramente había sido sepultado en la catedral de Barcelona, donde permaneció nada menos que treinta años, hasta ese primer traslado. Así que en puridad, el de 1935 fue su tercer entierro. Cosas de los príncipes... 

 Resumiéndolo mucho, la historia del príncipe no acaba con su muerte, porque los catalanes se empeñaron en fomentar su fama de santidad, y aunque la Iglesia no la reconoció oficialmente, su devoción se mantuvo en el citado monasterio durante mucho tiempo, exponiéndose a la veneración pública durante siglos, como demuestra esta estampa de finales del siglo XVIII cuya leyenda dice:

«Retrato del Sr. Principe de Viana D. Carlos, hijo Primogenito hijo del Rey Don Juan II de Aragon y de la Reyna D. Blanca de Navarra; cuya vida sembrada de espinas produce desde su ocaso una caudalosa fuente de milagros para todas enfermedades, con solo el Tacto de su odorífero Cuerpo o de su ropa; preservándole el Altísimo, con admirable integridad, y sin conocer el ceniciento polvo, en el Panteón Real del Monasterio de Poblet. Murió en Barcelona a 23 de Setiembre de 1461, de edad de 40 años» 

De hecho, se le cortó el brazo derecho a su cadáver y se colocó en un relicario para tocar más cómodamente a los enfermos que acudían a curarse. Así siguieron las cosas hasta que en 1835, con la desamortización, el monasterio quedó abandonado y las tumbas fueron saqueadas, quedando todos los huesos de reyes, príncipes y nobles desperdigados por el suelo. Entonces el párroco del cercano pueblo de la Espluga de Francolí los recogió –todos mezclados- y los metió en siete grandes cajas, que años más tarde fueron llevadas a la catedral de Tarragona. 

Pero la historia tampoco acaba aquí, porque en 1935, un diplomático, escritor y hasta egiptólogo catalán, don Eduard Toda (amigo de Gaudí), consiguió que las autoridades eclesiásticas le permitiesen buscar los restos del príncipe de Viana, verdadero ícono de la historia de Cataluña y de Navarra, en aquellas siete cajas que permanecían en la catedral de Tarragona. 

Eduard Toda presidía entonces la Comisión de Monumentos de Tarragona, y queriendo iniciar la restauración del monasterio, pensó impulsarla con el retorno de los restos del príncipe de Viana a Poblet, idea que fue muy bien recibida por la ciudadanía, gracias a campañas de radio, conferencias y artículos de prensa, que contribuyeron a crear un clima favorable.

¿Pero cómo hacerlo, si los restos de más de 110 personas estaban completamente mezclados en esas cajas?

Pues con bastante desparpajo -que vemos que no le faltaba, como demuestra esta fotografía de sus tiempos como cónsul en El Cairo, donde aparece disfrazado de momia egipcia- porque buscó los restos de un hombre de unos cuarenta años al que le faltase el brazo derecho, que recordad se le había cortado para hacer un relicario.

Con eso le pareció suficiente para confirmar su identidad, así que en medio de una ceremonia verdaderamente regia, como vemos en las fotografías publicadas por el Diario de Navarra, se le volvió a enterrar en Poblet el 20 de octubre de 1935.

Para conocer aquel acto tan singular (un tercer entierro de alguien que había sido ya inhumado, primero en 1461 en la catedral de Barcelona y luego, en 1491, en el mismo Poblet), podemos acudir a las hemerotecas de Diario de Navarra y de la Voz de Navarra, los dos principales periódicos navarros de entonces, que trataron de ello en sus ediciones del martes, 23 de octubre de 1935.

El enviado de Diario de Navarra no fue un simple reportero, sino su propio director: Raimundo García, más conocido como “Garcilaso”, que por aquel entonces simultaneaba su puesto con el de diputado por el bloque de las derechas navarras en Madrid.

A todos nos puede sonar más o menos su nombre y actividades, hay mucho publicado sobre ellas, así que bastará para conocerle mejor un par de muy descriptivos párrafos de la Wikipedia:

“En la década de 1920 marchó como corresponsal a la Guerra del Rif, donde trabó amistad con los militares africanistas que años después se sublevarían contra la II República desencadenando la guerra civil española.

Fue diputado en las Cortes durante la dictadura de Primo de Rivera y en la Segunda República, en 1933 y 1936, por el Bloque de Derechas. Fue muy activo en contra del Estatuto Vasco-Navarro y el nacionalismo vasco. Participó intensamente en la conspiración contra la República, fue enlace civil del general Mola en 1936 y junto a él autor del bando que llamaba a la sublevación armada el 19 de julio.” 

Con esos mimbres, no pueden extrañar a nadie los augurios –bien negros- con los que trufó su crónica sobre el entierro de los restos del supuesto (luego lo explicaré) príncipe de Viana en Poblet, que ocupó toda la primera plana de su periódico.

 

Como veréis, empieza fuerte: 

Estaba anunciada para este domingo, día 20 de Octubre, el traslado del Principe de Viana—Carlos IV de Navarra—desde su enterramiento apresurado y provisional en la Seo de Tarragona al cenobio de Santa María de Poblet, donde yacía en paz desde luengos años en la compañía de otros reyes y de donde le echaron las turbas revolucionarias__ a él y a todos— en Julio de 1835, año de negra memoria, ahora hace cien años. Había que venir a Poblet para velar y acompañar al Príncipe de Viana; y mientras haya un hueso de él en cualquier parte, allí habremos de ver a Su Alteza los que mucho le amamos, como si estuviera entero y vivo.

Luego va describiendo prolijamente los alrededores del monasterio, cómo sería la ceremonia, y como habían sido aparejados los restos mortales pero intercalando a la vez su raca-raca faccioso favorito:

Se abre la capilla de San Jorge, capilla ardiente hoy del Príncipe de Viana. Los Mozos de Escuadra, en posición de firmes, montan la guardia ante el féretro que guarda los huesos de Carlos IV de Navarra. Es una caja de madera de nogal forrada de terciopelo negro. En los costados tres escudos repetidos: Navarra, en la cabeza; Aragón en los píes; EvreuxNavarra, en el centro. La tapa es toda de cristal. Dentro de la caja, una cabeza monda, encapuchada, y una mano sobre el hábito blanco, puesta a la altura del corazón. El bulto que hace un pie, levantando el extremo del hábito del Cister Con Que está amortajado el Príncipe, hace pensar que todo el cuerpo de Su Alteza está entero allí. La mano fina, entera y morena; los dedos, recogidos en un gesto natural; la cabeza, entera también, pero estropeada la cara. La frente, que guardó tantos pensamientos de amor y de dolor, que ardió y se quemó en ansias de saber y se amargó de melancolías y desganas, parece todavía fresca o ardiente, según los pensamientos del instante. Una extraña ficción de párpados, acaso los párpados mismos, exhibiendo las cuencas vacías de los ojos, inquieta el ánimo. Más de una hora estuve con el príncipe a solas, repasando la Historia de su vida y la de su pueblo. La suya está dentro del blanco hábito que envuelve sus huesos. La de su pueblo no morirá nunca si el pueblo quiere. Y en cualquier momento está a tiempo de volver a ser lo que no pudo ser su Príncipe Carlos: Señora de las Españas. El tiempo presente es propicio y Navarra es fuerte.

 

Recordemos que esto está escrito a finales de octubre de 1935, apenas cinco meses antes de que el gobierno republicano, incomprensiblemente, decidiera nombrar al general Mola comandante militar de Navarra. Y recordemos también cómo Garcilaso lo conocía –a él y al resto de militares africanistas- desde mucho antes, por lo que no puede entenderse lo que escribió en su crónica de un hecho que aparentemente no tenía nada que ver con la actualidad política de los años 30, sino como un claro aviso de lo que pronto iban a desencadenar sus amigos y él mismo.

Continúa su artículo dando cuenta de quienes estaban presentes en Poblet: 

En el presbiterio nos ofrecieron sitios preferentes a los representantes de la Generalitat; a la Excma. Diputación de Navarra, en su Presidente don Juan Pedro Arraiza; a la representación parlamentaria, en mi persona, al ilustre catedrático señor Maneva y Puyol, que representaba a Aragón; a los señores don Constancio Fernandez y Sáinz de Huarte y a don Gregorio Correa y Sáinz de Azuelo, que ostentaban la expresa representación del Excmo. Ayuntamiento de Viana; al diputado a Cortes don Manuel Irujo y al beneficiado de nuestra catedral don Onofre Larumbe.

Podemos ver cómo don Raimundo fija la “representación parlamentaria” exclusivamente en su persona, aunque tres líneas más adelante se vea obligado a indicar que también estaba presente el diputado navarro del PNV don Manuel Irujo, pero como éste había sido elegido por Gipuzkoa, no lo incluye en la representación de Navarra. Volveré sobre este asunto. 

Continúa la crónica: 

Se había dispuesto que llevasen los huesos del Príncipe desde la capilla de San Jorge hasta su sepulcro en el crucero del templo la. Excma. Diputación de Navarra—Navarra—, el representante de Aragón, un representante de la Generalitat y el representante parlamentario de Navarra allí presente D. Juan Pedro Arraiza y el señor Moneva y Puyol tomaron en sus hombros el féretro por la cabecera; por los pies, lo tomamos sobre los nues tres el señor representante de la Generalitat y yo, que asumí en acto tan solemne como el mayor honor posible la representación de mis ilustres compañeros y la de DIARIO DE NAVARRA, de que no puedo despojarme en parte alguna y menos cuando voy a llevar al hombro un pedazo glorioso de la inmortal historia de Navarra. Conmigo estaban todos los de la casa y los que nos leen. 

Da cuenta después de un detalle curioso que se produjo al final de la ceremonia:  

Terminado el responso solemne, se produjo una escena que la muchedumbre presenció con emoción. Un ordenanza de la Excma. Diputación de Navarra era portador, detrás del féretro, de un saquete que contenía tierra de Navarra, llevada a Poblet por encargo de las señoritas de Arraiza, Para que el Presidente de la Diputación la pusiera en el sepulcro del Príncipe Carlos. Un sacerdote ilustre y benemérito, don Jaime Barrera, arqueólogo eminente y uno de los obreros ilustres de esta restauración del Monasterio de Santa María de Poblet, levantó la tapa de cristal. Entonces, tomamos unos puñaditos de tierra de Navarra y la desparramamos sobre la mortaja blanca. Y sobre la fina mano que el Príncipe tiene medio cerrada sobre el corazón, pusimos un poco de tierra de su patria y de su Reino. La emoción de este instante y le emoción de todo el curso de este traslado puede sentirla el que lea, supliendo con su patriotismo lo que falta en el relato. Vuelta a cerrar la caja, la metimos en su sepulcro. Don Onofre Larumbe y Pérez de Muniain rezó un responso antes de ser metido el féretro en el sepulcro. Fuera ya del templo, muchos navarros que viven en tierras de Tarragona y Barcelona y que habían acudido a rendir homenaje al Príncipe de Viana, se repartieron la tierra pamplonesa que había sobrado. 

Nuevas y terribles advertencias políticas, cuando narra que ha de regresar a Madrid:  

Yo he de tomar ahora el tren para Madrid. Cuanto me rodea carece de sentido. Lo que me espera en la capital de la República lo tiene tan hostil a cuantas emociones han embalsamado el alma y el corazón estos dos días, que espero el tren como si el tren fuese figura de la barca de Caronte. ¡Cabeza del Príncipe, bermeja a luz de los cirios, envuelta en la capucha de albo lienzo! iMano del Príncipe, a medio cerrar sobre el corazón, como queriendo acariciarle o tomarle del pecho para ofrecérnoslo en recuerdo de la visita! ¡Mortaja del Príncipe, blanca mortaja de San Bernardo, mortaja del Císter hecha de cánticos a la Virgen entonados a media noche por corazones varoniles que supieron renunciar! ¡Quién pudiera, cantar con la angustia del pobre poeta enfermo del mismo mal que el Príncipe de Viana: Llevadme con vosotras! ¡Pero este negro tren por la negra noche me va a llevar a un círculo infernal! ¡Y a un basurero. A un basurero que hay que limpiar pronto, pronto, pronto! ¡Ese embrollo del juego y otros embrollos! 

El último párrafo, donde descalifica al régimen republicano como “basurero que hay que limpiar cuanto antes”, no ofrece dudas sobre la conspiración que se estaba preparando y de la que él era pieza fundamental. Cómo ninguna instancia oficial pudo actuar para frenarla ante semejantes anuncios públicos y publicados, es un misterio que nunca llegaré a entender. La traca final, por supuesto, también es de antología:  

Llego a Madrid hoy lunes. ¡Hay un hondo rencor en el ambiente! Huyo de él y me, refugio en los recuerdos imborrables del Príncipe que dejamos ayer en el panteón real del Monasterio de Poblet. Y pienso en Navarra y en España toda, en lucha también, como el Príncipe de Viana—amador y poeta, filósofo y piadoso—contra otro Juan sin Fe. 

Y esto sí que ya es la auténtica karaba: compara al príncipe de Viana con los futuros sublevados y a su padre, Juan II, con la República. No se puede tener menos conocimiento y más mala fe, porque apenas ocho meses después, esos “amadores y poetas”, esos “filósofos y piadosos” que Garcilaso invoca, causarían cientos de miles de muertos en España, y al menos 3700 asesinatos en Navarra, donde ni siquiera hubo frente de guerra. Desde luego, acogerse a la figura del príncipe de Viana para defender semejante orden de cosas, se me hace ciertamente rastrero y fuera de toda medida, como lo es comparar acontecimientos del siglo XV con otros que nada tienen que ver del XX. 

Pero si para lavar su negra conciencia de conspirador, Garcilaso necesitó recurrir a semejante disparate, por lo menos podría haber tenido en cuenta que el príncipe Carlos de Viana representó en su época el gobierno legítimo, lo mismo que la II República lo encarnó en la suya. Y que Juan II fue siempre un mero detentador de un gobierno que no le pertenecía, lo mismo que el régimen franquista a partir de 1936. 

CONTINUARÁ... 

 

 ©MIKEL ZUZA VINIEGRA, 2024

sábado, 25 de noviembre de 2023

PODIO DE HONOR


Si tengo que escoger a mis tres personajes medievales favoritos, aquellos de los que he leído con fruición todo lo que ha caído en mis manos, uno sería indudablemente el príncipe de Viana, y los otros dos Juana de Arco y Benedicto XIII.


Carlos más que los otros, pero el caso es que los tres han aparecido frecuentemente en estas crónicas mías. ¿Pero puede establecerse alguna relación entre ellos? Pues quizás un poco de carambola, pero sí, se puede.

Recordemos que Benedicto XIII, de nombre Pedro de Luna, vivió entre 1328 y 1423. Juana de Arco lo hizo entre 1412 y 1431. Y Carlos de Viana entre 1421 y 1461. 

Juana y Carlos eran demasiado pequeños cuando murió en Peñíscola, a los 95 años, el abandonado por todos –incluso por los que él mismo había enaltecido- papa Benedicto XIII.

Aunque en realidad no fue abandonado por todos, porque ya dediqué otra de mis historias ( Tú eres Pedro ) al escudo del papa Luna grabado en el altar más recóndito de la catedral de Pamplona (erigida por cierto bajo su pontificado): el de la capilla de San Jesucristo. Pero sobre todo porque en el Armagnac, al sureste de Francia, en la frontera con Aragón, parte del clero local se mantuvo en sus XIII –nunca mejor dicho- y se sabe que uno de los últimos 4 cardenales fieles que nombró Benedicto antes de morir provenía de allí. Los otros 3 eran aragoneses, y reunidos en conclave mínimo eligieron a uno de ellos, Gil Sánchez Muñoz, y lo nombraron papa Clemente VIII.

Pero el francés, que era deán de la catedral de Rodez, y se llamaba Jean Carrier, juzgó que muerto quien lo había nombrado cardenal, no tenía por qué obedecer a sus tres compañeros, así que se reunió consigo mismo (maravillosa y teológica decisión que, indudablemente, le evitó grandes discusiones) y eligió un nuevo papa –Benedicto XIV- en la persona del humilde sacristán de su catedral, que a la sazón se llamaba Bernard Garnier. Hizo así que continuase el denominado Cisma de Aviñón, cuando el papa de Roma, Martín V, pensaba que ya había logrado ponerle fin. Porque ahora había ya tres posibles papas: uno en Peñíscola, otro en Roma, y otro escondido y proscrito en el Armagnac.

De hecho, hay autores que afirman que la sucesión apostólica de Aviñon continuo tras Bernard Garnier, y que esa sería la verdadera Iglesia, y no la romana, porque tras Bernard Garnier vinieron muchos otros papas que siempre se llamaron Benedicto, en honor del papa aragonés que se había negado a renunciar. Y que de hecho habrían llegado hasta nuestros días, siendo perseguidos por Roma implacablemente, pues todos ellos se empeñaban en no dejar morir el Cisma.

Porque Benedicto XIII sigue siendo considerado por la Iglesia romana como antipapa, y pasados 600 años ya, es dudoso que tal condición vaya a cambiar algún día. Aunque me gusta recordar a ese respecto la placa que le homenajea en su fabuloso castillo de Peñíscola, una de cuyas sentencias afirma:

“El Juicio Final descubrirá los misterios de la Historia...” 


Aunque quizás no haya que esperar tanto, porque contra todo pronóstico, el Vaticano solicitó el mes pasado al Arzobispado de Zaragoza documentación relativa a Benedicto XIII para estudiar su hipotética rehabilitación. Lo cierto es que cuando otro Benedicto (en este caso el XVI) y Francisco cohabitaron durante años dentro de los muros vaticanos, y hubo por tanto dos papas a la vez, siempre pensé que se abría una puerta para reivindicar a Benedicto XIII como lo que realmente fue: uno de los sumos pontífices más culto y honrado de toda la historia. Eso no allana el problema fundamental: si se rehabilita ahora al aragonés, ¿qué pasarían a ser todos los papas romanos que vinieron tras él? ¿Antipapas? Es desde luego toda una discusión bizantina, que probablemente nunca llegará a término, porque con ritmos habituales de la Iglesia, la decisión llegará muy probablemente para el ya citado Juicio Final.

Pero volviendo al asunto central de mi crónica y por tanto a la zona rebelde a Roma del Armagnac, resulta que allí gobernaba el conde Juan IV, Era el conde por tanto señor –y protector- del ya mencionado Jean Carrier, que se supone que le reveló la designación secreta de Benedicto XIV. Y no sabemos qué pensó de tan sensacional noticia, pero sí que sabemos que al menos la duda sobre quién era el verdadero quedó sembrada en su corazón.

¿Y cómo lo sabemos? Pues porque incrementando las dosis de folletín, Juana de Arco, tras ser capturada por los ingleses, fue llevada prisionera a Ruan, donde el malvado y traidor obispo Pierre Cauchon la sometió a un inmisericorde interrogatorio que –sorprendentemente- la joven sorteó con una prudencia e inteligencia inesperadas, más propias de un abogado de la corte que de una campesina –supuestamente- iletrada. Sin embargo, no resultó demasiado convincente cuando muy capciosamente, se la acusó de un asunto que puede sonarnos, y que por eso voy a trascribiros íntegramente:

Jueves 1 de marzo de 1431.

EL OBISPO. - Convocamos y exigimos a Juana que preste juramento de decir la verdad sobre lo que se le pide, simple y totalmente.

JUANA. - Estoy dispuesto a jurar decir la verdad sobre todo lo que sé sobre el proceso, como ya he dicho. Sé muchas cosas que no se refieren al proceso y no es necesario decirlas. De todo lo que realmente sé sobre este juicio, con mucho gusto hablaré.

EL OBISPO. - Una vez más convocamos y requerimos que hagas y prestes juramento de decir la verdad sobre lo que te preguntarán, simple y totalmente.

JUANA. - Lo que pueda decir que sea cierto en lo que respecta a este juicio, lo diré con mucho gusto. Lo juro por los santos Evangelios. (Jura.) En cuanto a lo que sé sobre el proceso, con gusto diré la verdad y del mismo modo como lo diría si estuviera ante el Papa de Roma.

EL OBISPO. – Ya que sacas este asunto ¿Qué piensas de nuestro Señor el Papa? ¿Quién crees que es el verdadero Papa?

JUANA. - ¿Hay dos?

EL OBISPO. - ¿Acaso no recibiste una carta del conde de Armagnac preguntándote cuál de los tres Soberanos Pontífices debía ser obedecido?

JUANA. – Es cierto: dicho conde me escribió cierta carta sobre este hecho, a la que respondí, entre otras cosas, que le daría una respuesta cuando estuviera en París, o en otro lugar más tranquilo. Estaba a punto de montar en mi caballo cuando di esta respuesta.

EL OBISPO. - Leamos pues las copias de las cartas de dicho conde y de dicha Juana.


CARTA DEL CONDE DE ARMAGNAC 

“Mi muy querida dama, me encomiendo humildemente a vos y os ruego de parte de Dios, que, dada la división que ahora hay en la santa Iglesia universal, debida a la multitud de papas (porque hay tres pretendientes al papado: uno vive en Roma, y se hace llamar Martín V, a quien obedecen todos los reyes cristianos; el otro vive en Peñiscola, en el reino de Valencia, que se hace llamar Papa Clemente octavo; el tercero, no sabemos dónde vive, excepto sólo el cardenal. de Saint-Étienne y algunas personas con él, que se llama Papa Benedicto XIV. El primero, que se llama Papa Martín, fue elegido en Constanza con el consentimiento de todas las naciones cristianas; el que se llama Clemente fue elegido en Peñiscola, después de la muerte del Papa Benedicto XIII, por tres de sus cardenales; el tercero, que se llama Papa Benedicto XIV, fue elegido en secreto por el propio cardenal de Saint-Étienne). Rogad entonces a Nuestro Señor Jesucristo, que, por su infinita misericordia, quiera declararos quién es, de los tres antes mencionados, el verdadero Papa. Y a quien le agradará por tanto que obedezcamos de ahora en adelante: o al que se llama Martín, o al que se hace llamar Clemente, o al que se hace llamar Benedicto. Decidnos, señora, qué debemos creer, ya sea en secreto, o sin disimulo alguno, o en manifestación pública. Porque todos estaremos dispuestos a acatar la voluntad de Nuestro Señor Jesucristo.

Todo vuestro: el conde de Armagnac. "

 

LA RESPUESTA DE JUANA

"Conde de Armagnac, mi muy querido y buen amigo. Yo, Juana la doncella, os informo que vino a mí vuestro mensajero, quien me dijo que lo habíais enviado para averiguar por mí cuál de los tres papas era el verdadero, Lo cual no podré deciros por el momento, hasta que esté en París o en otro lugar, descansando, porque en este momento me encuentro demasiado ocupada por tener que combatir en la guerra.

Pero cuando sepáis que estoy en París, enviadme un mensajero y os prometo que os haré saber toda la verdad sobre lo que debéis creer, y lo que yo he sabido por consejo de mi justo y soberano Señor, el Rey del mundo entero, y cómo debéis obedecerle. A Dios os encomiendo para que os cuide y proteja."

 

EL OBISPO. - ¿Fue tu respuesta como se representa en dicha copia?

JUANA. - Creo que di esta respuesta en parte, no en su totalidad.

EL OBISPO. - ¿Dijiste que sabías por consejo del Rey de Reyes lo que debería creer el conde en este asunto?

JUAN.A - No lo sé.

EL OBISPO. - ¿Tenías dudas sobre a qué Papa debía obedecer el conde?

JUANA. - No supe decirle al conde a quién debía obedecer, ya que me pidió que averiguara a quién quería Dios que obedeciera. Por mi parte, creo que debemos obedecer a nuestro señor el Papa que está en Roma. También le dije al mensajero del conde algo más que no está contenido en esa copia de las cartas. Y si el dicho mensajero no se hubiera ido inmediatamente, habría sido expulsado, aunque no por orden mía. En cuanto a lo que me pidió saber el conde, que a quién quería Dios que obedeciera, respondí que no lo sabía. Pero le dije varias cosas más que no quedaron escritas. Y yo creo en nuestro señor el Papa que está en Roma.

EL OBISPO. - ¿Entonces por qué escribiste que darías respuesta a este hecho en otro lugar, si crees en el papa que está en Roma?

JUANA. - La respuesta que le di fue sobre otras cuestiones, además del asunto de los tres Soberanos Pontífices.

EL OBISPO. - ¿Dijiste no obstante que, sobre los tres Soberanos Pontífices, tendrías algún consejo para el conde?

JUANA. - Nunca escribí ni hice que nadie escribiera sobre las acciones de los tres Soberanos Pontífices. En nombre de Dios, juro que nunca escribí ni hice que se escribiera nada al respecto…


Pero el mal ya estaba hecho, y no haber contestado inmediatamente al conde de Armagnac que el verdadero papa era el de Roma (como creían los ingleses), selló el destino de Juana, que tan sólo dos meses después, el 31 de mayo de 1431 fue quemada en la hoguera por los esbirros del duque de Bedford…

Vale, esa es la relación entre el papa Luna y Juana de Arco, pero ¿dónde encaja el príncipe de Viana en este enrevesadísimo asunto? Pues resulta que el conde Juan IV de Armagnac se había casado en 1419 nada menos que con Isabel, la hija menor de Carlos III el Noble de Navarra.

 Y por tanto, aquel hombre que, atraído por los rumores de que Juana de Arco era guiada por las voces de San Miguel, de Santa Margarita y de Santa Catalina, pensó probablemente de buena fe que la doncella de Orleans sería la única persona en el mundo que podría desenredar la madeja de los tres papas, causando sin querer su ruina, era tío del príncipe de Viana, y primo carnal por tanto de los hijos de la pareja condal de Armagnac.

El hijo mayor de Juan IV e Isabel de Navarra se llamó también Juan, y sucedió a su padre en 1450. Pasaría a la historia fundamentalmente por cometer incesto con su hermana menor, Isabel, con la que incluso llegó a casarse y con la que tuvo dos hijos, motivo por el que fue excomulgado y perseguido luego por el rey Carlos VII de Francia, teniendo que cruzar la frontera para salvar la vida, refugiándose en Barcelona, donde precisamente le amparó su primo carnal: el príncipe de Viana, que lo recibió muy cortésmente en Barcelona –donde por aquel entonces pugnaba contra su padre por volver a Navarra- en mayo del año 1460.

Carlos dirigió también cartas en favor de Juan a distintos nobles franceses, como los condes de la Marche y de Charolais o el duque de Borbón. Asimismo, se conserva otra carta enviada al duque de Milán Francesco Sforza, recomendándole a su primo, a quien consideraba «el mejor y más leal de sus parientes».

Así que en los Armagnac, relacionados con mis tres personajes medievales predilectos y aparentemente tan dispares, estriba pues el nexo entre el papa Luna, Juana de Arco y el príncipe Carlos de Viana.

Tres outsiders a quienes la posteridad ha tratado bastante mejor que su propia época, pues la misma Iglesia que la quemó luego canonizó a Juana y santa sigue siendo hoy en día. Y el príncipe de Viana fue considerado santo también durante siglos en Cataluña, y aunque ya no sea estimado así, su memoria es venerada hoy en día en Navarra como símbolo de la justicia y la razón perseguidas, de manera que no hay casi localidad que no lo recuerde con una calle o un centro cultural, mientras que a su padre, el taimado Juan II, nadie lo recuerda entre las mugas forales más que para maldecirle. Sólo falta por tanto que Pedro de Luna sea rehabilitado por el Vaticano, de lo cual parecen haberse dado ya los primeros pasos, para que mi santísima trinidad histórica esté por fin completa.

 Aunque de todas maneras recordad:

“El Juicio Final descubrirá los misterios de la Historia...” 

 

© MIKEL ZUZA VINIEGRA, 2023

 

 

 

 


lunes, 17 de julio de 2023

CARLOS II DE NAVARRA CON C DE CHARLES

 

Mi amigo Galder Rodríguez Calparsoro tuvo hace días la gentileza -que le agradezco vivamente- de advertirme de la existencia de unos documentos relacionados con Carlos II de Navarra conservados hoy en día en los Archivos Departamentales de Calvados, en la ciudad normanda de Caen. Así que aprovecho para retornar fugazmente a mi abandonado blog para recuperar su fascinante historia.

Se trata de tres pergaminos en los que el rey de Navarra -actuando como conde de Evreux- se ocupa de la abadía de Saint-Cyr de Friardel, monasterio fundado en aquella villa normanda en el siglo XIII, que como tantos otros edificios medievales de la zona (muchos de ellos con connotaciones navarras) fue totalmente destruido en la II Guerra Mundial, durante el desembarco aliado de Normandía, en 1944. 

Hoy sólo podemos evocarlo por viejas fotografías de principios del siglo XX, porque lo único que nos queda es un yacente y un precioso fragmento de mural del siglo XIV, donde -quién sabe- quizás aparezca representado el caballero Robert de Friardel, que es quien se somete al juicio señorial de Carlos II en uno de los citados documentos. 


 
 

El caso es que en uno de esos friardelescos títulos (Signatura: H/9076/2), la inicial C de Charles aparece decorada con un cuartelado Francia/Navarra, mellizo (ya que no gemelo) del Navarra/Francia que campea en la bóveda de Ujué, y del que tanto me ocupé en mi libro EN RECTA LÍNEA. 

 
 
 Un documento expedido por la cancillería navarra y que por lo tanto no podía dudar de la conveniencia y especial significación de insertar o no la banda componada de gules y plata propia de los Evreux en la intitulación regia. De hecho, el sello pendiente de Carlos II que lo valida sí que la ostenta. Así que, ¿porque se arriesgarían a no colocarla también en la letra inicial? ¿Por pura vagancia o por falta de destreza a la hora de tener que dibujarla? Es dudoso, dada la evidente calidad decorativa de esa letra. Entonces, ¿quizás por reforzar la posición del rey de Navarra ante las inminentes negociaciones con su archienemigo y cuñado Carlos V de Valois? 
 
Porque el documento lleva fecha de febrero de 1370, y sabemos que precisamente esos fueron unos años claves para los dominios normandos del rey de Navarra, que en 1365, tras su derrota en la batalla de Cocherel del año anterior, había tenido que firmar un tratado con su rival por el cual aceptaba entregar las ciudades de Mantes, Meulan y Longueville (muy estratégicas por su cercanía a París), a cambio del señorío sobre la muy alejada ciudad de Montpellier. Y ese tratado se rubricó el 25 de marzo de 1371 en Vernon, cuando rodilla en tierra, Carlos II rindió homenaje a Carlos V de Valois "por todos los territorios que aún poseía en Francia", lo que suponía renunciar para siempre a sus legítimos derechos al trono de San Luis.

Puestas así las cosas, quizás ese cuartelado Francia/Navarra del documento del que estoy hablando, constituya una de las últimas "reivindicaciones" públicas de esos derechos, realizadas en un documento destinado a una apartada abadía normanda, sí, pero públicas al fin y al cabo. De hecho el pergamino aparece catalogado en el Archivo del Departamento de Calvados con fecha de febrero de 1371, lo que todavía acercaría más ambos acontecimientos, aunque yo sigo leyendo Mil Trois Cents Soixante Dix (1370).
 

 El tablero reivindicativo del rey de Navarra sobre Francia que hoy día conservamos quedaría pues así, con la clave de Ujué, la queja del rey de Francia sobre la utilización del cuartelado Navarra/Francia por parte de Carlos II y este "nuevo" documento normando, que muestra el cuartelado Francia/Navarra, dando prioridad al reino más grande (sólo en tamaño, que conste): 



Pero el documento aún contiene otra curiosidad más, porque viene firmado nada menos que por "Froissart", un nombre que inmediatamente nos evoca a uno de los autores más famosos de aquellos tiempos, firmante de las famosas Crónicas:


Crónicas en las que, por cierto, no sale nada bien parado el rey de Navarra. De hecho muchos de los bulos históricos que su figura sigue padeciendo hoy en día, fueron creados precisamente por Jehan Froissart. Por ejemplo, el de que el rey de Navarra, por sus muchos pecados, murió quemado en su cama del palacio de Pamplona, igual que un alma condenada en el Infierno. 



Pero claro, es que Froissart escribía a sueldo, por citar sólo uno de sus mecenas, de Gastón Febus, el renuente cuñado de Carlos II, que repudió a su legítima esposa, Agnes de Navarra, y que por tanto no apreciaba en absoluto al bueno de Charles. 
 

 Por lo tanto no es probable que Jehan Froissart ejerciera de secretario -siquiera fugazmente- del rey de Navarra. Pero quien sí lo hizo fue Jacques Froissart, de quien sabemos que ya en 1364, en la mencionada derrota de Cocherel, fue hecho prisionero por los franceses. Carlos II tendría su labor en gran estima y debió rescatarlo, porque sigue apareciendo años más tarde a su servicio (lo cual no era un trabajo sencillo ni envidiable, teniendo en cuenta que a otro de sus secretarios, el fidelísimo Pierre du Tertre, el rencoroso y vengativo rey de Francia lo hizo apresar, torturar y finalmente descuartizar pocos años después, en 1378). 


 
Lo que no sabemos es si Jacques y Jehan Froissart serían parientes, quizás incluso hermanos, lo cual sería digno de una novela decimonónica, cada uno de ellos convertido en defensor de dos señores distintos y además enfrentados entre sí. Pero bien pudiera ser...
 
Lo dicho: muchísimas gracias, Galder, por hacerme recuperar un trocico olvidado de nuestra historia, y sobre todo por permitirme volver a entrar en batalla enarbolando las armas Navarra/Francia o Francia/Navarra, que tanto montan en este caso, y tan sólo seis siglos después, que para mí es como si hubiera sido antesdeayer.
 


 
 
 
©MIKEL ZUZA VINIEGRA, 2023