sábado, 15 de octubre de 2016

INFANCIA


Burgos (Castilla), 25 de junio de 1512

-Desusada cortesía es esta por vuestra parte, majestad, que no recuerdo haberos confesado nunca.

-Y recordáis bien, monseñor, que únicamente fuisteis confesor de mi esposa, la reina Isabel, que Dios tenga en su seno.

-¿Tan grandes pecados tenéis de los que acusaros, majestad?

-¿Y qué rey no los tiene? ¿No los tenía Isabel acaso? ¿No guardó siempre recelo por haber tenido que apartar del trono primero a su hermano Alfonso y luego a su sobrina Juana, que era la legítima heredera de Castilla?

-Lo que me reveló en confesión no puedo discutirlo con vos, don Fernando. Pero si ha llegado la hora del dolor de contrición recordad cómo alcanzásteis vos el trono de Aragón siendo como érais nada más que un segundón, pues toda la gloria le correspondía a vuestro hermanastro, el primogénito Carlos, príncipe de Viana.

-¡Oh! ¿Y acaso no tiene ya toda la gloria, fray Francisco? La Gloria eterna, nada menos...

-En cualquier caso esos pecados son ya viejos, majestad. Dios habrá de juzgarlos un día, y conviene que estéis preparado para su inapelable sentencia, como lo estaba doña Isabel...

-No os preocupéis, que siempre tengo muchos nuevos para incrementar mi culpa, monseñor. Por eso os he hecho llamar a vos, el cardenal primado de las Españas, don Francisco Ximenez de Cisneros. Porque un rey como yo no puede descargar su conciencia con un simple párroco.

-Dios escucha incluso al más humilde de sus siervos, majestad.

-Dios hace tiempo que debió dejar de escucharme. Y tampoco me importa demasiado, que puesto que yo soy su representante en la Tierra, siempre he sabido interpretar sus designios mejor que nadie.

-Pero majestad, el Papa...

-¡El Papa está en Roma y hará, como de costumbre lo que yo le diga o aquello por lo que yo le pague! Está muy lejos por tanto de estos dominios nuestros. Sí: nuestros, que vos ya habéis sido regente una vez, y volveréis a serlo si es que me sobrevivís.

-Siempre he creído que lo que Castilla quiere, es lo que Dios desea.

-Pues ahora Castilla quiere apoderarse de Navarra, monseñor.

-Pero es un reino cristiano, majestad.

-Cristiano o no está en tratos con el francés. Sus mismos reyes, mis sobrinos Catalina y Juan son franceses. Hora va siendo ya de arreglar ese sindiós.

-Tampoco vos sois navarro, don Fernando, que nacisteis en la villa de Sos...

-Sí, allí me llevaron a nacer para clavar el primer clavo del ataud de mi hermanastro Carlos de Viana, porque mis padres vieron muy claro que si me hacían nacer aragonés, podría luego reclamar el trono con mayor derecho. Pero lo cierto es que me crié en Navarra. En Sangüesa concretamente. Y todos mis recuerdos de infancia están unidos a esa hermosa ciudad. De eso precisamente quería hablaros.


-Empezad  pues vuestra confesión, majestad...

-Como os digo, viví hasta  los diez años en el palacio que los reyes de Navarra tienen junto a la rúa mayor, pues mi madre quería tener siempre cerca la frontera por si los beaumonteses se acercaban demasiado a nuestra residencia.

-Pero tengo entendido que esos beaumonteses son ahora vuestros aliados, ¿no es cierto?

-Sí, monseñor. Mi padre me enseñó muy bien cómo tener sujetos a los reinos: dividiéndolos a posta. De esa forma, mientras él favorecía a los agramonteses, yo me atraje a sus enemigos beaumonteses en cuanto crecí, así podíamos jugar con la misma baraja sin que ellos ni se dieran cuenta de nuestro juego. Pero no he venido a daros una lección de política, monseñor. Sólo a decir, por una vez siquiera, la verdad. No quiero conquistar Navarra por dar mayor honor o seguridad a Castilla o a Aragón, ni por mayor gloria de la Iglesia, que he conseguido que declare herejes a Juan y Catalina a cambio de abundantes ducados y excelentes de oro. No. Se trata exclusivamente de algo personal...

-Vos diréis, majestad.

-Aprendí en Sangüesa mis primeras letras, recé arrodillado en San Francisco o en el Salvador mis primeras oraciones -quizás las únicas sinceras-, aprendí estrategia bélica a pedradas a orillas del Aragón y me escape a caballo hasta San Adrián de Vadoluengo sin que lo supieran mis guardas o mi madre. En nada se me distinguía de un muchacho normal, porque me gustaba mezclarme con ellos, al fin y al cabo, como vos mismo habéis dicho, yo no era más que un segundón, llamado a no ser nada más que la sombra de mi hermanastro.
El caso es que un día, mientras lanzábamos piedras a la maravillosa portada de Santa María -y de eso sí que me acuso y querría recibir perdón, si fuera posible-, intentando descabezar a un herrero que en dicha fachada campeaba, uno de los numerosos peregrinos que por allí pasan me agarró del brazo y me recriminó tan mala acción. "¿No tenéis otro juego en el que entreteneros que habéis de destrozar la obra insigne del maestro Leodegario?" -me gritó-. Pensé yo inmediatamente que quizás se trataba de un beaumontés enviado para matarme, y quise revolverme y soltarme, pero me tenía bien sujeto. Todavía me parece escucharlo: "No seas tan bruto como tus amigos. Juega mejor con esto y deja las piedras, las del río, y las talladas en las iglesias, en paz". Y me entregó una pequeña peonza de oro. Pequeña, pero más equilibrada que el nivel de un arquitecto, que bailaba, más que giraba sobre cualquier tipo de pavimento. Horas enteras me pasaba yo admirando su danza, y llegué a alcanzar tal habilidad, que no perdí un sólo juego con ella.
Una madrugada mi madre me despertó de improviso: "¡Los beaumonteses están a dos leguas de aquí, tenemos que alcanzar Ruesta, Undués o Sos cuanto antes! ¡No hay tiempo para llenar alforjas o recoger enseres, a los caballos, rápido!. Y nunca más pude yo volver a Sangüesa, ni a ningún otro lugar de Navarra. Naturalmente la peonza se quedó allí, bien oculta porque, por ser de oro, la guardaba yo en el resquicio de un sillar agujereado en mi habitación, donde lo más probable es que siga escondida.
Bien: ha pasado casi medio siglo, y cambiaría todos los reinos que he conquistado por volver a tener en mi mano esa peonza. ¿No habéis oído eso de que la única y verdadera patria del hombre es la infancia, monseñor? Pues es completamente cierto. Mi auténtica patria es la niñez que pasé en Sangüesa, y esa peonza de oro que este viejo que tenéis delante va a recuperar -aunque tenga que conquistar otro reino más de esos que tan poco le importan para conseguirlo- la única razón que alberga para prorrogar su desdichada existencia.

-¿Me estáis diciendo que vais a mandar a miles de hombres a la guerra y quizás a la muerte por recuperar un juguete, majestad?

-Eso mismo os estoy diciendo, monseñor. Y sólo quiero saber una cosa: ¿me absolveréis por ello?

-¿Y quién soy yo, un humilde fraile, aunque vestido de arzobispo de Toledo, para juzgar los deseos de la Providencia? Recordad que los caminos del Señor son inescrutables, y si él ha decidido que conquistéis un reino de herejes a través del baile de una peonza, ¿cómo habría de oponerme yo, que soy el más miserable de sus siervos a tan magna empresa? Además, ya lo sabéis: "Lo que Castilla quiere, es lo que Dios desea".

-Eso es lo que quería escuchar, eminencia. Lo habría hecho de todos modos, pero siempre es mejor contar con la aquiescencia de Dios. Y sí: desde luego que morirá mucha gente, de los nuestros y de los herejes, pero qué demonios...¡El Señor distinguirá en el Cielo a los suyos! Dentro de apenas un mes el duque de Alba entrará por el oeste, y mi hijo, el arzobispo de Zaragoza, lo hará por el este. Él será por tanto quien cerque y rinda Sangüesa, y quien buscará y hallará mi peonza y mi niñez perdida.

Todo lo demás no importa.

Todo lo demás no me importa...




©Mikel Zuza Viniegra, 2016


domingo, 9 de octubre de 2016

ESTELAS

Uxue, 9 de octubre de 1355


-¿Y decís que este nuevo ingenio vuestro servirá para provocar aguda disentería a toda la corte de Francia, probo Sagastibelza?

-Así es, majestad. Os prometo que este descubrimiento mío de la turbina cuadrada, bien sujeta a la torre norte de Notre Dame de Paris (la que está más cerca del palacio real), y aprovechando el viento brumoso que cada tarde sube desde el Sena, hará que vuestros enemigos, con el usurpador que se hace llamar Juan II a la cabeza, se sientan tan indispuestos que no puedan salir del retrayt en días.

-Me place vuestro plan, pero más aún lo haría si la enfermedad no fuese tan leve, sino que todos ellos pasaran a ocupar prestamente el lugar que les corresponde en la basílica de Saint Dennis. Es por ello que en vez de la solución química que vos habéis preparado, haré que mis muy estimados "físicos" Pierre du Tertre y Jacques de Rue, junto con el maestro Angel de Chipre, rellenen vuestra turbina con un tóxico tan potente que tendré que ventilar el palais de Nesle durante tres meses cuando vaya yo a habitarlo, ya que al desaparecer todos los Valois, serán los justos derechos de la casa de Evreux finalmente reconocidos. ¿No os parece, maese Burgui?

-Pero Sire: ¿no habéis pensado que si fumigáis ese veneno desde la torre de la catedral, no serán sólo los reyes quienes padezcan sus efectos, si no también el resto de los habitantes de Paris? ¿Acaso queréis reinar sobre un cementerio en vez de sobre el segundo reino más importante del mundo, tras este vuestro tan fiel de Navarra? Además, no habría perdón para vos si ensuciáis los cielos de la ciudad más hermosa de toda la Cristiandad, que no es otra que París.

-Siempre tan juicioso, maese Burgui, que mucha razón tenéis en lo que decís, y no es justo hacer pagar a justos por pecadores. No obstante, ya pillaré desprevenido al maldito Juan II en alguna ocasión y, quién sabe, quizás por medio de unas garrapiñadas convenientemente aliñadas de veneno, conseguiré yo al menos que se le caigan el pelo y las uñas. ¿Qué decís, Sagastibelza, podéis construirme una máquina para que las almendras, en vez de con ázucar, sean endulzadas con arsénico?

-Por supuesto, Sire. Es más, tengo ya muy avanzado el diseño de la Carlo-mix, así bautizada en vuestro honor, y que acabará haciendo innecesarios a todos los encargados de Panadería y Botellería de la corte, pues cocina ella sola sólo con darle vueltas a esta manivela marcada con el cuartelado de Navarra-Evreux.

-Desde luego tengo unos vasallos que no me los merezco. Tomad, tomad vuestras copas para brindar conmigo. ¿Pero por qué ponéis esas caras, acaso os da míedo que no sea sólo vino lo que hay en ellas? Porque si fuese así, acabaría yo pensando que la propaganda de los Valois ha hecho mella en vuestros profundos intelectos, y ya sabéis cómo las gasto yo cuando veo falta de confianza en mi gestión. Preguntad si no a los que se reunían en Miluce, preguntadles...


© Mikel Zuza Viniegra, 2016

domingo, 2 de octubre de 2016

TORÁ

Olite, 12 de agosto de 1496

Nosotros, los hermanos Jento y Mosse Cardeniel, hebreos residentes en vuestra leal villa y corte, como fieles súbditos que somos de nuestra Corona de Navarra, que protege a nuestro pueblo de todas las asechanzas que lo afligen, igual que los Macabeos hicieron en su época.

A vos, doña Catalina, reina y señora nuestra, y a vos, don Juan, su marido, rogamos y solicitamos satisfacción por las ofensas sufridas durante el saqueo que en abril del año pasado llevaron a cabo las tropas del malvado conde de Lerín, que no distinguieron entre judíos y cristianos a la hora de robar y matar a los moradores de esta villa.

Mas no crean Sus Majestades que lo que les pedimos es únicamente la restitución de las cosas materiales que entonces nos arrebataron, pues confiamos en que Yavéh proveerá y, como tantas otras veces, nuestra pequeña comunidad de fe saldrá adelante. Al menos mientras siga contando con vuestro real respaldo, que tanto cobijo ha dado y sigue dando en sus dominios a nuestros perseguidos hermanos de Castilla y Aragón, cosa que reconocemos y agradecemos sobremanera.

No, si sólo fuera eso no nos atreveríamos a molestaros con nuestras miserables cuitas. Pero es que entre los objetos que esos villanos rapiñaron en la judería, se hallaban los rollos de la sagrada Torá, que por estar su estuche forrado de plata, debió llamar su diabólica atención. No nos importa el metal, pueden quedárselo y pagar con él al diablo que los ha de sumergir en lo más profundo del Infierno. Pero la palabra de Dios no tiene precio, y no puede ser leída más que por el rabino en la Sinagoga, para que los hijos de Israel podamos aprender y seguir la ley que el bienaventurado Moisés recibió en la cumbre del Sinaí.

Así que humildemente postrados ante vuestro regio poder, que no conoce igual en la Tierra, os pedimos que hagáis todo lo posible para que durante la próxima tregua con vuestro archienemigo -y el de todo el pueblo leal de Navarra- don Luis de Beaumont, se puedan recuperar esos rollos que son para nosotros lo mismo que el faro es para los marineros que luchan contra los peligros del mar.

Shalom aleijem. La paz sea con vosotros.

Fragmento de la Torá que se conserva en el Archivo Municipal,
y que el Ayuntamiento ha tenido el detalle de exponer a los afortunados curiosos 

que con motivo de las Jornadas Europeas de Patrimonio nos hemos acercado
este fin de semana a Olite.

Pamplona, 2 de octubre de 1498

Nos, don Juan, por la Gracia de Dios, Rey de Navarra, en mi nombre y en el de la Reina propietaria, doña Catalina. A quienes esta carta vieren u oyeren, mandato de obediencia inexcusable.

Convencidos de que sólo la Providencia dará y quitará razones con su sagrado juicio cuando traspasemos de nuestra existencia terrenal a la otra vida, y admitiendo para nuestra vergüenza y oprobio no poder resistir más las crecientes presiones de nuestros tíos los reyes Isabel de Castilla y Fernando de Aragón -llamados "los católicos- para que expulsemos también de nuestros dominios al pueblo hebreo. Mandamos y ordenamos que los que no se conviertan a la fe de Cristo salgan de nuestras fronteras en el plazo de tres meses contados a partir de hoy. Y que nadie les ayude bajo pena de excomunión y de muerte.

Codicilo secreto que habrá de enviarse sólo a la comunidad hebrea de nuestra leal villa de Olite:

Como es prerrogativa de los reyes saltarse sus propias leyes, y como suficiente castigo tenéis ya teniendo que elegir entre la conversión y el destierro, procedemos a satisfacer la justa petición que tan respetuosamente nos hicisteis hace apenas dos años.

Lo creáis o no, ese es el tiempo que nos ha costado conseguir que el maldito conde de Lerín ordenase a sus sicarios que devolviesen alguno de los objetos que os robaron. Siento anunciaros que el frágil pliego que acompaña esta misiva nuestra es lo único que esos salvajes dejaron de vuestra sagrada Torá. Y que aún eso podría considerarse como un milagro de vuestro Dios y del nuestro, que por compartir Testamento Antiguo bien puede decirse que son el mismo, pues no en vano el resto de libros y papeles ardieron en las cocinas de campaña de todas las revueltas, cercos y traiciones que los beaumonteses han promovido en Navarra desde entonces.

Ved que procedemos a devolvéroslo, ahora que estáis en el trance de exiliaros de vuestra morada ancestral, como muchos otros judíos antes que vosotros, porque me gustan los libros. Cualquier tipo de libros, incluso los que no puedo entender. Por eso hice venir al rabino de la judería de Pamplona, que me tradujo todo el fragmento que ahora os entrego. Son los capítulos 33, 34, 35 y 36 del Líbro de los Números, y el primero del Libro del Deuteronomio, que dice así:

"Yahvé, nuestro Dios, nos habló en Horeb y dijo: basta ya de habitar en este monte. Volveos y partid: id a la montaña de los amorreos y a todos sus vecinos en el Arabah, en la montaña, en la llanura, en el Negeb, y en la costa del mar, en la tierra de los cananeos y en el Líbano, hasta el gran río, el río Eufrates. Mirad, os he entregado esa tierra, id y heredad la tierra que Yahvé juró dar a vuestros padres Abraham, Isaac y Jacob, y a sus descendientes después de ellos..."

Los caminos del Señor son inescrutables, y quién sabe: quizás con este pequeño fragmento superviviente de la sagrada Torá os haya indicado el camino a seguir. En cualquier caso confío en que os lleve a donde os lleve, os resulte propicio.

Salud, y perdón.


ADENDA: 

A finales de los años 70 del pasado siglo, mientras se restauraba un volumen de actas del Concejo de Olite de finales del siglo XV, apareció entre sus guardas un fragmento de la Torá hebrea que los judíos de la localidad emplearon para sus ceremonias durante siglos, y que un anónimo encuadernador salvó de la destrucción tras la expulsión del año 1498. 

Gracias eternas le sean dadas por ello, aunque quizás no supiese bien lo que estaba haciendo, ni reconociese siquiera el carácter sagrado de tan singular pergamino...



© Mikel Zuza Viniegra, 2016

lunes, 19 de septiembre de 2016

BIBLIOFILIA


Palacio de Olite, 26 de mayo de 1429


-A juzgar por lo demudado de vuestro rostro, no sé qué os sorprende más, si mi retorno a Navarra o si que estando aquí, me haya decidido a visitar vuestros polvorientos dominios, bibliotecario...

-Ciertamente, Sire, no son estas horas tan altas de la madrugada las más adecuadas para requerir mi presencia. ¿Acaso no podéis dormir y necesitáis que os prescriba un libro para conciliar el sueño?

-En primer lugar: ¡No me deis ese maldito tratamiento francés! ¡Llamadme Alteza o Majestad, como mi condición regia merece! Y en cuanto a mi maltrecho sueño, no es a vos a quien me encomendaría para recuperarlo, sino a mi  bodeguero mayor. Sí, los vinos que él me proporcionase sí que me harían olvidar al rey de Castilla, a su condestable y a la condenada guerra que a sangre y fuego mantengo con ellos.

-Pero Sire, esto... Alteza, ese era el tratamiento que todos sus servidores dábamos a vuestro suegro, de buena memoria, el rey don Carlos.

-¡Eso a mí me da lo mismo! ¡Don Carlos murió hace cinco años, ya va siendo hora de que muchos se den cuenta en este reino de que tienen un nuevo señor! ¡Y un señor que puede decidir sobre todas sus posesiones, también sobre las que llenan estas combadas estanterías! ¿Me comprendéis?

-Lamentad mi torpeza al aplicar el protocolo, Majestad, pero es que ciertamente no ha sido habitual veros traspasar esta puerta...

-¿Acaso os créeis más listo que yo porque habéis leído más libros? ¡Pobre idiota: mi inteligencia se basa en el acero, la vuestra en el papel! ¿Cuál creéis que tiene mayor fuerza? ¡Podría ordenar ahora mismo que diesen fuego a todos estos códices que con tanto esmero cuidáis, y ni uno solo de los caballeros andantes que pueblan vuestras novelas vendría a ayudaros!

-Con eso sólo demostraríais lo que muchas veces dejaron por escrito los antiguos autores griegos, Sire: que el poder abre siempre sus puertas a la estupidez y la crueldad cuando lo ejerce un tirano.

-¿No queréis entenderlo, eh, insolente criado? ¡Me da igual lo que dijesen unos griegos que llevan siglos bajo tierra, y no perderé un instante de mi vida encerrado entre las paredes de una biblioteca, aunque fuera aquella de Alejandría de la que habla siempre mi hermano Alfonso! Si estoy ahora en la vuestra es porque es también la mía...

-La de vuestra esposa, la reina propietaria doña Blanca, querréis decir...

-Por mandato suyo precisamente vengo: en esta carta firmada de su puño y letra os ordena que me entreguéis el libro de mayor valor que tenéis a vuestro cargo: el Breviario de San Luis.

-¿Y para qué lo queréis, si acabais de confesarme que la única encuadernación que os interesa es la que tejen las arañas sobre las botellas guardadas en vuestra cava?

-No os debo explicación alguna, pero como sé que ésta os hará mucho daño, disfrutaré diciéndoosla... ¡Para que se una a las joyas personales de mi mujer, que ya están empaquetadas para ser enviadas a Barcelona, donde se venderán al mejor postor! ¡Necesito todo el dinero que pueda conseguir para continuar mis luchas en Castilla, y ni vos ni la pánfila de Blanca podréis impedir luego que esos florines de oro se conviertan en espadas y cañones! ¡Sí: os digo que en ese libro está sin duda la solución a mis problemas! ¡Entregádmelo ya!

-Nada me agradaría más que obedecer el mandato de mi soberana, que imagino que habrá aceptado estas demandas vuestras tan "libremente" como otras que en el pasado le obligásteis a adoptar, pero el caso es que el Breviario lo tiene desde hace tiempo en su habitación vuestro hijo, el joven príncipe Carlos...

-¿Y cómo dejáis que un niño de ocho años tenga semejante tesoro en su cámara? ¿No veis que cualquiera se lo podría robar?

-¿Cualquiera como vos, Sire?

-Creo que no os dais cuenta de que insultándome tan gravemente estáis jugando con fuego, bibliotecario... Id a por ese dichoso libro y ya ajustaremos cuentas vos y yo después...


-¡Carlos, Carlos, despierta!

-¡Déjame dormir un poco más, bibliotecario!

-No hay tiempo, vengo a despedirme y tenemos un último trabajo que hacer tú y yo...

-¿Cuál?

-¿Recuerdas el Breviario que te recomendé leer?

-¿El que un ángel trajo del Cielo a mi antepasado el rey San Luis de Francia cuando estaba preso en Egipto? ¡Por supuesto: estoy seguro de que no hay otro libro más hermoso en el mundo!

-Yo también lo estoy, Carlos. Por eso mismo debemos salvarlo de la rapiña de vuestro propio padre, que quiere malvendérselo a algún chamarilero catalán. Dime: ¿Has aprendido ya el suficiente francés como para traducirme la nota que viene cosida en sus guardas?

-Por supuesto. Escuchad:

Cláusula del testamento de Blanca de Evreux, reina viuda de Francia, año del Señor 1398

"Así mismo, dejamos a nuestro querido y muy amado sobrino, el rey Carlos III de Navarra, el breviario que fue de mi señor el rey san Luis de Francia, y que le fue dado por un ángel cuando estaba prisionero de los enemigos de la Fe. Y fue el rey Felipe, su hijo primogénito, que murió en Aragón y fue marido de la reina María, nuestra bisabuela, quien le regaló este libro a ella. Y de esta forma ha pertenecido siempre desde entonces a nuestra familia, que es descendiente en recta línea de mi señor san Luis. Y a mí me lo dio mi hermano, el rey de Navarra [Carlos II]. 
Y por reverencia a la santidad de mi señor san Luis, y porque por la gracia de Dios nosotros descendemos de él, prometí a mi dicho querido hermano que tras mi muerte devolvería el libro a la linea principal de nuestra familia, cosa que hago ahora ordenando que sea entregado a nuestro sobrino [Carlos III], y que después pase a sus sucesores sin que ningún extraño lo posea jamás. Y les rogamos a todos ellos que lo guarden siempre como la joya preciosa y noble que es, proveniente de nuestros ancestros, de manera que nunca abandone nuestra familia. Et así mismo, le donamos también el gran libro de las Chroniques de France..."  

-¿Te das cuenta, Carlos? Este libro simboliza el corazón mismo de tu dinastía. Si dejamos que tu padre, un extraño (como el mismo documento indica) se haga con él, la cadena que generación tras generación forjaron tus antepasados se romperá para siempre. ¿Acaso aceptarás ser el último Evreux en poseer semejante joya?

-¡Por supuesto que no! Dime, bibliotecario: ¿cómo lo haremos?

-Fíjate, Carlos: un libro tan cuajado de preciosas miniaturas como es éste, forzosamente requería una caja de cuero repujado que lo protegiese de cualquier incidencia. Es un verdadero crimen separarlos, pero no hay otra forma de salvar el volumen, que es lo importante. Como es la última vez que nos veremos, ya no os hablaré más de tú, como al discípulo que fuisteis, sino como al rey que seréis: tomad, os entrego este tesoro para que lo guardéis ahora y siempre. Pensad que no podréis decirle nunca a nadie en qué parte de este palacio -que sé que conocéis mejor que el más minucioso de los mayordomos- lo tenéis escondido. Ni siquiera a vuestra madre, que bien sea por amor o por miedo, tiene su voluntad empeñada a don Juan. ¿Os creéis capaz de llevar a cabo esta trascendental misión?

-Confía en mí, bibliotecario: te juro que este libro no dejará nunca de pertenecer a mi familia.

-Perfecto, entonces yo pondré dentro de la caja otro libro de la biblioteca de palacio -escogido ex profeso para la ocasión por mí- y haré que sea uno de sus servidores castellanos quien se lo entregue a vuestro padre. Como no ha tenido nunca en sus manos el breviario, para cuando se dé cuenta del cambio -cuya autoría pienso firmar, para que él no tenga sospechas de vos- yo ya estaré lejos...

-¿Y adónde irás ahora?

-No os preocupéis por mí, príncipe, tengo noticias de que muy al norte, allá en Alemania, un sabio está construyendo una máquina para que no haya que copiar los libros a mano nunca más. Puede que así no vuelvan a ser nunca tan bellos como el Breviario de San Luis, pero lo que es seguro es que llegarán a mucha más gente, ávida de conocer la ciencia y el entretenimiento que todos ellos encierran...

-Estaré atento, y así cuando yo reine podrás quizás proporcionarme un invento tan sensacional. ¿No te parece?

-Sí: cuando vos reinéis...


-Majestad: el bibliotecario me entregó esta mañana este paquete para vos.

-¡Y qué bien envuelto te lo ha dado el canalla: tiene al menos cinco capas de tela alrededor! ¡Sí: aunque no me gusten los libros, he de reconocer que este es desde luego una joya sin igual! ¡Podré construir hasta treinta bombardas con lo que me darán por él! ¿Eh? Lo cierto es que no parece que el códice esté en consonancia con el lujo de la encuadernación...

-Ya sabéis cómo son estos aficionados a los libros, Majestad: quizás la rareza de este ejemplar estribe en su antigüedad, o quizás en su temática... Mirad, aquí hay una nota, y viene firmada por el bibliotecario...

-¿Cómo? ¿Y qué dice?

-"Teníais razón, Sire: en este libro está la solución a vuestros problemas". ¿Pero qué os pasa, Alteza? ¿Por qué ponéis esa cara, Majestad? ¿Cómo se titula ese maldito libro?

-"Castigo a las penas del Infierno que habrán de arrostrar por toda la eternidad los que usurpen coronas que no les corresponden, con especial detalle de las torturas que sus partes pudendas habrán de sufrir y padecer, siendo pasadas a cada hora por un cedazo muy fino, y siendo pinchadas después por un sarde muy puntiagudo". Lo compuso en la villa de Olite su señor Bibliotecario, para aviso de navegantes y escarmiento de ambiciosos...


ADENDA:

Ese testamento de la reina Blanca de Evreux, y por tanto ese Breviario de San Luis existieron realmente, y la traducción literal que he hecho es también auténtica. En el inventario de la biblioteca del príncipe de Viana -un bibliófilo declarado- que se elaboró en la ciudad de Barcelona tras su muerte en 1461, todavía aparece consignado, por lo tanto el príncipe cumplió los deseos de su tía-abuela Blanca y conservó el libro dentro de la dinastía de Evreux. También aparecen en esa lista las Chroniques de France, el otro libro donado por Blanca a su sobrino Carlos III. 

Pero sabiendo, como sabemos fehacientemente, que el rey Juan II se apropió en mayo de 1429 de las joyas de su esposa, la reina Blanca de Navarra, para conseguir dinero con el que seguir combatiendo contra el rey de Castilla y su condestable, don Alvaro de Luna, no me costó imaginar que este libro precioso y singular pudiera haber sido perfectamente otra víctima más de su avaricia.

Al fin y al cabo él no era más que un extranjero a quien la historia y circunstancias de su familia política le importaba tan poco, que años después se complació en exterminarla casi por completo...

Desafortunadamente, del Breviario de San Luis nunca volvió a saberse tras ese fatídico año de 1461, así que tampoco podemos saber a ciencia cierta cómo era. Aunque teniendo en cuenta que el arte de la miniatura tuvo precisamente uno de sus cénits en la corte de ese rey, y que los libros que de tal monarca han sobrevivido son considerados hoy en día como obras maestras absolutas, podemos hacernos una idea aproximada de lo que Navarra perdió con la desaparición de semejante volumen...







IMÁGENES EXTRAIDAS DE LA BIBLIA DE SAN LUIS,
CONSERVADA EN LA CATEDRAL DE TOLEDO







MIKEL ZUZA VINIEGRA 2016






domingo, 4 de septiembre de 2016

CRONICAS ROMANO-NAPOLITANAS III: PALABRA DADA

Nápoles, verano de 1458


En lo más alto de la colina que domina la ciudad se halla la imponente cartuja de San Martino, el templo donde desde tiempo inmemorial reciben sepultura los nobles más importantes. Aunque, como en todas las cosas, también en la muerte hay distintos grados de importancia, y por eso a ti, príncipe Carlos, te está costando hallar la tumba que buscas.

No es, desde luego, el mejor momento para emprender investigaciones arqueólogicas: hace apenas unas horas que falleció tu tío, el poderoso rey Alfonso, el único que pareció hacer caso de tu justa reivindicación del trono de Navarra. Aunque cada vez más te preguntas si en realidad no fue todo una conjura de tu familia aragonesa para hacerte venir a Nápoles y que olvidases tus derechos.

Y conste que casi lo consiguen: los castillos más hermosos, las mujeres más inteligentes, los libros más viejos y de más clara sabiduría, la mar -esa que Navarra tanto echa de menos- más azul y ondulante... Todo eso y mucho más han sido para ti estos diez últimos meses en Nápoles.

Pero ahora que tu viaje debe continuar (tu primo, el bastardo Ferrante, te busca porque debe pensar que quieres postularte al trono de Nápoles, y tu no tienes tiempo ni ganas de explicarle que estás ya cansado de aspirar a tronos que se te escapan siempre entre los dedos, como la arena de la playa), y cuando ya tienes preparado el barco que te pondrá a salvo llevándote a Sicilia -si es que un exiliado puede estar a salvo en algún sitio-, es cuando has decidido pagar una antiquísima deuda que tienes contigo mismo y con tus antepasados...

El hermano archivero te señala -no puede hablar, es cartujo- al fin una tosca lápida, perdida en una de las capillas más pequeñas y oscuras de la iglesia. Barres con tu mano las desgastadas letras, y a la parpadeante luz de la vela lees con dificultad:

Ludovicus, infans Navarrae.
Albaniae victor.
MCCCLXXVI

Y tu cabeza y tu corazón vuelven al jardín de los toronjales del palacio de Olite, a los tiempos en que tu abuelo el rey Carlos el Noble te contaba las hazañas de su tío, el infante Luis, cuya dote de matrimonio con la princesa Juana de Nápoles consistió en los derechos a un remoto país junto al mar de los griegos. Sólo había que conquistarlo, y con la ayuda de la esforzada y valiente Compañía Navarra lo hizo, aunque halló también allí la muerte.

"Todos moriremos algún día -decía siempre el abuelo- lo importante es intentar hacerlo con honor y gloria. El tío Luis lo logró. Si alguna vez vas a Nápoles, pon una vela sobre su tumba en mi nombre, y otra en el de mi padre, su querido hermano".

Ahora, cuando te buscan quizás para matarte, y aunque has tenido diez meses para venir a San Martino, es cuando decides cumplir tu voto. Tarde y mal, como siempre, porque no podrás pagarle una lápida más lujosa a tu tío-abuelo, una en la que campeen sus armas, las que tú mismo vistes pintadas, hace tantos años ya, en Ardanaz de Izagaondoa. Pero, ¿con qué dinero, si tú mismo eres ya más mendigo que príncipe? Ni podrás tampoco ordenar docenas de misas cantadas por su alma. Ni siquiera tienes tiempo ya para rezar una mísera oración por él.

Sólo para arrodillarte y depositar tres velas sobre la losa. Una por el rey Carlos II, otra por el rey Carlos III, y otra por ti: Carlos IV, rey de Navarra, príncipe de Viana, duque de Nemours, duque de Gandía, de Montblanc y de Peñafiel, conde de Ribagorza y señor de la ciudad de Balaguer. Aunque solamente tú respetes ya esos títulos, y añores una Albania donde jugarse con la Muerte la Gloria y el Honor.



© MIKEL ZUZA VINIEGRA, 2016




viernes, 19 de agosto de 2016

HAZ QUE GANE EL BUENO


Acaba de morir Víctor Mora, el creador del Capitán Trueno, el tebeo más importante de la historia del comic español y alguien a quien le debo muchos ratos de entretenimiento y, quizás, también todos estos desvaríos míos que me empeño en poner por escrito en forma de crónicas irreales. Y eso porque en casa estaba prácticamente la colección completa de Trueno Color, reunida por mi padre para mis hermanos mayores, y que leí y releí yo siendo chaval una y otra vez. Tanto, que a ciencia cierta no sé cuánto debe mi propia imaginación a la de Víctor Mora, aunque seguro que es muchísimo.

Lo que si puedo decir es que estando yo presentando uno de mis libros en cierta localidad navarra, uno de los asistentes me confesó que no le había gustado nada, "porque le recordaba al Capitán Trueno". Y como le dije a él mismo, desde luego es uno de los mayores elogios literarios que pueda hacerme nadie.




Porque sí, era yo un enfebrecido lector de tebeos, mucho más que de libros. Y todas esas historias medievales que vivían -y me hacían vivir- el Capitán, Goliath, Crispín y Sigrid, es evidente que forman parte de mi educación sentimental más arraigada. Luego, al crecer, descubrí que el capitán le debía también mucho a otro bravo guerrero de papel: el Príncipe Valiente, pero mi aprecio por el trabajo de Mora y de Ambrós no disminuyó un ápice por ello. Al contrario: siempre dudaba entre quién ganaría un duelo a espada entre Trueno y Valiente, y también sobre quién era más guapa: Aletha o Sigrid.


Por supuesto, en aquellos tebeos jamás salía nada o nadie relacionado con Navarra, aunque más tarde descubrí que al menos en el primer número sí que salía un navarro consorte:



Pero es que, claro, con ocho o nueve años nadie me había hablado nunca de que Ricardo Corazón de León, nada menos que el rey que salía en Ivanhoe, estuviera casado con la princesa navarra Berenguela. Por eso enterarme -en un tebeo, ¿cómo no?- de semejante notición, causó en mí la lógica sorpresa que podréis imaginar:


Tranquilo, Manuel, que el torneo es en París, y no en Pamplona ; )


Cierto que la visión que en él se daba de la vida de Ricardo era tan favorable que hasta siendo un crío me costaba creer que alguien hubiera podido ser tan bueno y caballeroso. Luego, mucho más tarde, descubrí que efectivamente, Ricardo no lo fue -desde luego no a tiempo completo, como aseguraba mi tebeo-, pero el caso es que comenzó ahí mismo una nueva afición: hacer acopio de tebeos donde la historia de Navarra -desconocida, a fuerza de ser casi inexistente en la escuela- saliese por algún lado. 

Naturalmente choqué pronto con la realidad: no había tebeos de esos. O al menos no los había hasta que en un grueso carpetón de los muchos que mi padre guardaba en lo alto de un armario, encontré una colección de historia de Navarra en comic, publicada antes de nacer yo de la que nunca he visto noticia alguna. La Diputación Foral, a través de la CAN -qué tiempos, ¿verdad?- patrocinó su publicación -parece que de forma simultánea- en el Diario de Navarra y en el Pensamiento Navarro en 1968 y 1969.

Fue aquél un periódico casi centenario, portavoz de los carlistas, que me temo que hoy sólo se recuerda por la malévola frase que supuestamente dijo Pío Baroja. Los dibujos no eran gran cosa, es cierto, pero creo que llegué a aprenderme todos los capítulos de memoria, de tantas veces como pude leerlos. Además, lamentaba vivamente que faltasen nueve para tener completa la colección. Asunto que arreglé -¡benditas fotocopiadoras!- en cuanto tuve acceso a la estupenda biblioteca de la universidad, mientras me fumaba las clases de Historia de América o de Contemporánea.


Ésta, para mi amigo Mikel Burgui

Guardo como oro en paño esa colección de 52 historias que la curiosidad de mi padre reunió, sin sospechar que acabaría afectando tanto a mi futuro. Y bien que se lo agradezco. Igual que no debió imaginar tampoco (¿o quizás sí que lo hizo?) que las historias que me traía de su trabajo, donde al parecer tenían un taco de calendario tamaño folio, serían también prontamente incorporadas a mí archivo cerebral -si es que tengo de eso-. Y como veis, casi todas eran de temática medieval. Debe ser que es imposible escapar a tu propio destino...



Por esas fecha, la CAN -mira que gastarse el dinero en libros en vez de en abrir sucursales en "Washingtón", hay que ser tontos- publicó la Historia de Navarra dibujada por Rafa Ramos, y sacó también cuatro discos titulados "Horas grandes de Navarra". Me temo que el mal ya estaba hecho...




Ya tenía yo una edad, aunque poco uso de razón, y seguía leyendo comics (entonces daba ya lacha decir "tebeos"), y seguía también fijándome en si había alguna alusión a la historia de Navarra en ellos, con poca fortuna, la verdad sea dicha. Hasta que alguno de mis hermanos trajo a casa los primeros números de las aventuras de Blake y Mortimer, dos detectives ingleses creados por el belga Edgar P. Jacobs. En el titulado "La trampa diabólica", el profesor Mortimer viaja en el tiempo al siglo XIV francés, y cae en plena Jacquerie, la revuelta de los campesinos franceses contra los señores feudales que los explotaban.


En una de las viñetas aparece Jacques Bonhome, el líder rebelde, y da un juicio sobre la situación de los siervos de lo más acertado:


Yo todavía no conocía esa historia, así que, ¿no sería alguna jugarreta de un traductor navarro? Pues no, porque en una visita a Bayona -viaje que entonces me parecía más largo que los de Willy Fogg-, no llevé otra idea en la cabeza que comprobar en alguna librería si la escena original tenía la misma alusión a los navarros. Y sí, la tenía, porque evidentemente Edgar P. Jacobs se informaba para hacer sus tebeos, y sabía algo que yo no sabía por aquel entonces: que fue nuestro rey Carlos II (el Malo para los franceses, y desde luego para los Jacques) quien aplastó la rebelión al mando de los acojonados caballeros de Francia.


Entonces sí, ya me pasé a los libros. Sobre todo a los que la CAN repartió por todas las casas de esta, nuestra comunidad. Y descubrí entonces a J. M. Lacarra, al que sólo le faltó hacer  un tebeo con su maravillosa manera de contarnos nuestra historia. Esa que permanecía, y no sé hasta que punto permanece aún, tan oculta para las navarras y los navarros.

Pero es que como mi padre decía: "no hay peor cosa que no tener curiosidad por nada", y si no la promueve quien tiene la obligación de hacerlo, puede ser que en vez de leer tebeos acabes cazando Pokemons. A eso creo que le llaman "progreso"...


© MIKEL ZUZA VINIEGRA, 2016

martes, 9 de agosto de 2016

CRÓNICAS ROMANO-NAPOLITANAS II: VULCANO


“Nunca se sabe cuándo despertará un volcán dormido”, respondían los napolitanos a los siempre pesadísimos viajeros que durante el siglo XVIII tomaron por costumbre acercarse a ver y sentir una de las frecuentes erupciones del Vesubio, que en aquella centuria estalló nada menos que en 1707, 1737, 1760, 1767, 1774, 1779 y 1794.
Explosiones tan habituales ya, atrajeron a tanto visitante que crecieron exponencialmente en la ciudad dos industrias principales que buscaban atender –cada una a su modo- a las hordas de curiosos extranjeros: la de los hosteleros y la de los ladrones (si bien había quien defendía que ambas fueron siempre la misma cosa).
Entre las iniciativas de mayor éxito entre los viajeros, se destacó muy rápidamente la de los montañeros que –por una nada módica cantidad- aseguraban poder llevar casi hasta la misma cima de la montaña a todo aquél que les pagase. El espectáculo sería inolvidable, prometían, “ver los ríos de roca fundida justifican toda una vida”, aseguraban. Y cierto que –para variar- muchas veces cumplían su palabra, pues en esas peligrosas excursiones perecieron muchos y muchas incautas que fiaron su existencia al capricho de la naturaleza, de tal forma que docenas de ellos murieron asfixiados por los terribles gases emanados del caprichoso cráter.
Como quiera que todo el mundo sabía en Nápoles que el hombre que más se había acercado –además completamente en solitario- a la boca del hirviente monstruo era el pintor Jacob Philipp Hackert, no eran pocas las ocasiones en las que venían a pedir su consejo para intentar rescatar un último hálito en los exangües cuerpos de los intoxicados. Así ocurrió en la erupción del verano de 1774, cuando il limone (malévolo apodo que los paisanos le habían adjudicado por haber perdido todo el pelo en el rusiente acercamiento) se hallaba en plena madurez, cuando no en la más provecta ancianidad.
Se sentía en efecto viejo y cansado, y por esas mismas razones estuvo a punto de denegar su ayuda, pues además era ya noche cerrada cuando vinieron a golpear la puerta de su palazzo. Traían los alborotadores una camilla cubierta, y aseguraban llevar en ella a la marquesa de Sciomperi –allá, en los Abruzzos-, a quien juraban y perjuraban que le quedaba sólo un hilo de vida. ¿Quién la mandó subir al Vesubio? –pensó con rabia mientras ordenaba a sus criados franquear la puerta a la exaltada comitiva.
Retiraron los velos que cubrían por completo el rostro de la agonizante, y apareció ante los ojos de Hackert la mujer más bella que nunca hubiera visto. Puso –y apartó inmediatamente asustado- la mano sobre su frente, que ardía prendida en fiebre como si lo que circulase por sus venas no fuera ya sangre sino lava.
Era inútil mandar a aquellos botarates forasteros a que buscasen remedio alguno para su señora, y tampoco confiaba en sus propios sirvientes como para encargarles misión tan delicada, así que no de muy buena gana, y con cierta aprensión, se preparó para salir él mismo a las abarrotadas calles. Esas mismas calles en las que –de noche- tanto proliferaba la segunda industria que ya quedó citada al principio: la de los ladrones. Y eran éstos tantos y tan organizados que no era cosa de broma hacerles frente, menos aun siendo uno mismo motivo de escarnio por su famosa calvicie y porque a pesar de llevar tantos años ya en la ciudad, todos aquellos ganapanes seguían considerándole tan extranjero como el que más.
Para evitar todos esos problemas, adoptaba desde hacía tiempo ciertas medidas indumentarias que, a pesar de abochornarle no poco, tuvo que repetir ante quienes ahora ocupaban su casa. En efecto, entró en su guardarropa y cuando salió era ya otro, pues llevaba una peluca muy negra y muy bien peinada (de las que allí denominan “a la cciufita”, y con su rubicunda tez cubierta por el afeite más oscuro, lo cual le daba –según él, claro está- un aire verdaderamente napolitano. De tal guisa salió a la calle, rumiando lo complicado que sería encontrar una farmacia abierta en medio del hormiguero humano que a aquellas horas se arremolinaba en Via Toledo.
Tampoco es que conociera demasiado bien aquellos condenados vicolos, pues siempre iba en carroza y no tenía necesidad de atreverse a entrar en semejantes callejones, donde desde todas las puertas y ventanas parecían estar avisándole de que pronto le clavarían una espada o un mucho más prosaico cuchillo. Y muchos –y muchas- le decían cosas que no acertaba a entender bien, pues para su vergüenza, no dominaba en absoluto la lengua italiana.
No sabiendo muy bien qué hacer, a ellas les contestó con voz muy ronca siempre de la misma forma: “Che idea! - Ma quale idea? Non vedi che lei non ci sta?” Y a ellos con tono más suave les declaró: “Che confusione, sarà perché ti amo. E un'emozione che cresce piano piano. Stringimi forte e stammi piu vicino. Se ci sto bene. Sarà perché ti amo.” En realidad repitió como una de esas coloridas aves de las Indias la letra de dos canciones que le sonaba haber oído en el puerto. Pero para cuando se dio cuenta de que quizás había equivocado el género a quien iban dedicadas, ya estaba corriendo con una multitud detrás que amenazaba a gritos con convertirlo en rodajas –muy finas- de mortadela.
Sus piernas le valieron para dejarlos definitivamente atrás. Y lo que es mejor: la carrera a través de aquel laberinto acabó llevándole hasta la única farmacia abierta de los alrededores: la regentada por el licenciado Vito Pitagórico, experto en todo tipo de hierbas e infusiones, según rezaba el desvencijado cartel de su botica. 
-Imposíbile! -fue lo único que respondió a la demanda del todavía resoplante Hackert. Al final pudo entenderle que esas fiebres del Vesubio sólo podían curarse con los frutos de una planta que, naturalmente, sólo crecía en el propio Vesubio. Que además le adjuntase un plano de la localización de semejante medicina “sólo” le costó tres Carlos de oro. Una ganga, tratándose de aquella ciudad. En el precio también iba una advertencia: la enferma sólo tenía 48 horas para tomar el preparado, o si no moriría irremediablemente.
Con mucho cuidado de no volver a tropezar con sus numerosos admiradores de antes, salió por uno de los desiertos vicolos al puerto, y adquirió allí un pasaje hacia el volcán que, allá enfrente, iluminaba con sus alharacas y rugidos la cálida noche. En unas horas estaba de nuevo en medio de la montaña a la que antaño había ofrendado –bien que totalmente contra su voluntad- su hermosa cabellera. ¿Qué podría ofrecerle ahora, sin embargo?


Comenzó la ascensión, y a cada paso tenía que esquivar la ceniza y carbón ardiente que llovía desde la cumbre, no sin que, a pesar de todo, sus lujosas ropas fueran chamuscándose como dicen que acontece en la ciudad de Pamplona –capital del reino de Navarra- a quien se atreve a correr delante o junto a un ingenio de fuego llamado Zezenzusko, según había leído en la Gazzeta delle Curiositá.
El caso es que para cuando halló el anhelado arbusto y recogió sus frutos, su aspecto era bien lastimoso, de tal forma que cuando bajó y todos los presentes pudieron ver la colección de agujeros que mostraba su atuendo, no tardaron en llamarle con cierto regodeo “il colatore”. Y es que debía ser un rasgo de su hado fatal el que tras todos sus enfrentamientos vulcanológicos, siempre lo acabasen comparando con cítricos o instrumentos preparados para hacer zumo.
En el barco de vuelta le dieron una camisa de rayas como la que llevaban los marineros, lo que unido a que su grasiento maquillaje y su negra peluca habían ardido a la búsqueda de la medicina, arribó a Nápoles más con aspecto de pirata o de corsario que de pintor de la corte. Como en las calles había gentes con peor aspecto todavía que él, pero saben perfectamente los guappi con quién no deben meterse, pudo llegar al fin a su palazzo sin otro contratiempo que el de no ser reconocido por sus propios criados.
Tras la confusión inicial pudo ofrecer al fin el supuesto remedio a quien yacía doliente en el lecho, y fue cosa de ver que a pesar del calor terrible al que habían debido hacer frente, seguían los frutos arrancados al Vesubio de color tan verde como cuando colgaban de la rama. El mismo color verde que, junto con el aire que hasta entonces le faltaba, pareció inyectarse en los hermosos ojos de la marquesa.
Tiempo después, ya casi recuperada totalmente de sus dolencias, el signore Pitagorico acertó a pasar por la estancia que la dama ocupaba aún en el palazzo de Hackert. Le aseguró entonces que, igual que había sanado de la fiebre, recuperaría la tersura de su piel –abrasada por la cercanía del volcán napolitano- si se frotaba las quemaduras con el ungüento que preparan con la flor que crecía en otro volcán: el Etna siciliano.
Y no le costó nada convencerle de que emprendiera de nuevo viaje hacía aquél confín, porque estaba enamorado de ella como sólo un limone colato o un cítrico colatore –que de las dos formas era conocido ya en Via Toledo- puede estarlo…

© MIKEL ZUZA VINIEGRA, 2016