viernes, 23 de diciembre de 2011

SIEMPRE NOS QUEDARÁ PARÍS


Palacio real de Pamplona. Navidad de 1386

-El rey Carlos se muere. Ya casi no puede ver y delira todo el tiempo. Al pobre viejo le ha dado por pensar que está en Paris, y se pasa el día hablando del palais de la cité, del Sena y de Notre Dame.

-Dejadle en paz. Luchó toda su vida por ser rey de Francia, y perdió todas las batallas que se lo hubieran permitido. Es lógico que ahora sueñe con que al fin lo ha logrado.

-Lo único que ha conseguido es arruinar este reino. No hay dinero en los cofres. No lo habrá ni para pagar sus funerales.

-¿Habéis avisado al heredero?

-Esta mañana partió un mensajero hacia Segovia. Pero en el estado en el que se encuentra su padre, estoy seguro de que no llegará a tiempo de verlo con vida.

-Luego es a mí, Richard de Maisonblanche, maestrehostal del rey de Navarra, y a vos, el capitán de su guardia Louis de Renault a quienes nos corresponde que las últimas horas de Carlos II en este mundo transcurran placidamente...

-Si se conforma con comer aire y beber agua de lluvia somos sus hombres, desde luego.

-No, querido amigo, la última voluntad de un rey es sagrada. Si él quiere creer que está en París, haremos que viaje a París.

-Ardo en deseos de saber cómo pensáis lograrlo, mi señor Richard.

-Jugaremos con dos ventajas: no puede moverse de su habitación, y apenas ve. No nos costará demasiado convencerle de que al fin ha conseguido su mayor anhelo. Pero tenemos poco tiempo, hay que darse prisa. ¡Sagastibelza, Atalaorreta, Sarmiento, acudid, por vida mía!

-¿Qué se os ofrece, señor?

-Nunca he dudado de que formáis el mejor equipo de maestros ingenieros con el que ningún monarca de la cristiandad pueda soñar, por eso quiero encargaros un proyecto muy especial: que sobre la muralla que guarda los jardines de este palacio, allá junto al portal de Juslarrocha, levánteis una torre muy alta a la mayor brevedad de tiempo posible. Con la particularidad de que ha de ser toda ella o al menos en gran parte de metal. Podéis usar como base los andamios de la nunca ejecutada ampliación de la gran sala, y sobre ellos ir añadiendo todos los elementos metálicos que encontremos en esta real mansión: ollas, cacerolas, espadas, lanzas, puertas, tejas, ruedas de carro ...
Con que vayáis uniéndolos todos hasta formar una aguja bien airosa, habréis cumplido un gran servicio a su Majestad.

-Yo, en cuya familia se ha transmitido de generación en generación las extrañas misiones que los Sanchos y los Teobaldos pidieron a mis antepasados, ya no debía asombrarme por nada, pero sí que quisiera saber qué se pretende exactamente con tan ferrea demostración, mi señor Richard...

-Y hacéis bien, probo Sagastibelza, pues se trabaja siempre más a gusto cuando se sabe qué es lo que se quiere conseguir. Y lo que ambicionamos es emular momentaneamente una atalaya de acero muy famosa que existe en París, que atrae a tantos visitantes o más que la catedral de aquel lugar. Justo es que os diga también que esto se hace por cumplir el deseo del rey, y que no es fácil que vuestros esfuerzos acaben siendo recompensados monetariamente...


-Lo sospechaba. De pequeño, cada vez que llegaban las noticias de una nueva derrota, preguntaba a mi padre: ¿Aita, por qué somos del rey de Navarra? Y él me respondía que esa misma demanda había hecho él en su tiempo a mi abuelo, y que no había más respuesta posible a tal interrogante que la satisfacción del deber cumplido. Seguro que vos mismo podríaís haber obtenido mucho más beneficio de haber obedecido al soberano de Francia o al monarca inglés, don Richard.

-Bueno, quizás me informaron mal sobre a quien me convenía servir. Igual que a vuestro abuelo, o a vuestro padre. Poneos manos a la obra, al rey Carlos no le queda ya mucho. Y vos, capitán Renault, id a llamar a Joan Oliver, el pintor. Tengo otro encargo para él. Es verdad que no tiene el arte maravilloso de su padre, pero se defiende bien con los pinceles. Necesitaremos también los manteles de las grandes mesas del refectorio de los canónigos. Desdoblados cumplirán a las mil maravillas lo que tengo pensado, así que requisadlos en nombre de su Majestad. Por cierto, voy a ver qué tal sigue...

-Don Richard, ¿habéis visto qué hermosa está París?

-Sí, Alteza, y dentro de unas horas aún estará más bella. Entonces os asomaré a la ventana para que podáis verla.

-Gracias, sé que será por última vez, no estoy tan falto de cordura como para no saber que me muero.

-Nos enterraréis a todos, Majestad.

-Hice enterrar a muchos, sí. A demasiados quizás. Queden en sosiego de una vez los que me sobrevivan. Pero hay algo que me desazona. Si estoy en París, y es Navidad, ¿cómo es que no suena el villancico que sólo los descendientes de San Luis escuchamos por estas fechas? Id al Louvre ahora mismo y traed a la Capilla Real de Música. Quiero escuchar el "Nöel Nouvelet" una vez más...

-Se hará como pedís, don Carlos.

-Señor Richard, ¿me habéis hecho llamar?

-Sí, don Joan, y veo que el capitán trae también los manteles. Mejor, así no me costará nada haceros entender mi propósito. Quiero que despleguéis esas telas todo lo enormemente largas que son, y quiero que pintéis sobre ellas los perfiles de estas dos torres de Notre Dame de París que copiaréis de esta postal que envió hace poco el infante don Pedro, que anda por allá haciendo como que estudia leyes y digestos. Utilizad las brochas más gordas, incluso escobas si es preciso, porque no hace falta que queden vuestros diseños exactamente iguales, basta que sean reconocibles a lo lejos, pues lo que luego haréis con los manteles será desplegarlos desde cada una de las dos torres de la iglesia del señor San Cernin, e ir sujetándolos cada poco trecho desde las saeteras que aligeran sus paredes, de tal forma que queden bien seguros y no ondeen al traicionero viento pamplones de diciembre. Desde la ventana de la habitación del rey han de poder verse, id haciéndoos vuestra composición de lugar, maestro. Y queda una última cosa, capitán Renault...



-¿He de traer ahora un bateau-mouche para que navegue por el Arga? Porque personalmente me adaptaré a lo que mandéis...

-Menos sarcasmo, don Louis. Aunque quizás lo que ahora voy a pediros sea más complicado que lo que vos proponéis: el rey quiere oír un villancico que sólo pueden escuchar los soberanos franceses, pues únicamente se canta en París. Sabéis de sobra que su capilla real se despidió hace ya seis meses, pues se hartaron de no cobrar. Creo que ahora actúan para el rey de Aragón. Lo que quiero es que pongáis a todos vuestros hombres a registrar las tabernas y los albergues a la búsqueda de algún juglar o ministril proveniente de París, que haya escuchado alguna vez una canción titulada "Nöel Nouvelet", y que si lo halláis lo traigáis aquí de inmediato...

-Está bien, pero aprovecharé para confiscar en esos tugurios todas las ganancias de juego que allí encuentre.

-Pero tenía entendido que don Carlos prohibió el juego hace años, capitán Renault...

-Efectivamente, don Richard. ¡Qué escándalo, en esta ciudad se juega!

-La torre de aleación está ya terminada, mi señor.

-¡Qué maravilla, Sagastibelza! No sé cómo será la de París, pero estoy seguro que ésta podría rivalizar con ella sin desmerecerla en absoluto. Y por allá veo como empieza a levantarse la nueva Notre Dame. ¡No poco milagro es éste para reino tan pequeño! Si el capitán encontrase algún trovador todo sería perfecto...

-Si os vale una trovadora, eso está hecho, don Richard. Y no podréis quejaros de su belleza, que es tan guapa que aunque cante mal nadie reparará en tan nimio detalle. Dice que su padre fue juglar allá en París, y que muchas veces le oyó cantar esa copla tan sagrada que busca el rey. A cambio sólo quiere un salvoconducto para salir sin problemas de Navarra. Ya veis que es juiciosa, además de bella, porque hoy en día quien no quiere escapar de este reino no demuestra estar en sus cabales...

-Ese documento no será ningún problema, descuidad. Subamos pues a cumplir con el último acto de toda esta comedia. Pero tengo un último cometido para vos y vuestros hombres, Sagastibelza. Cuando veais que el rey se asoma a la ventana, gritad todos como posesos "¡Vif-le-guá!" y "¡Navarr! ¡Navarr!" Sí, exactamente así como yo lo he pronunciado...

-Don Richard, ¿ha llegado ya la Capilla Real de Música?

-Por todas las calles de la Cité se apretujaban las gentes para verlos pasar, Sire. Acompañadme ahora a la ventana y podréis oír como os aclaman los ciudadanos de Paris.

-Vive le roy! Navarre! Navarre! Navarre!

-¡Justo como aquella vez que les hablé en los prados de Saint Germain, don Richard!



Y mirad la sin par torre de don Gustave, y allá a lo lejos la magnífica Notre Dame. ¡Decidme si hay ciudad que pueda compararse a ésta en todo el orbe! ¡Y los malditos Valois decían que nunca llegaría a reinar sobre ella! Y escuchad también la corriente del Sena, y en su orilla os veo también a vos, don Richard, inclinado hacia una hermosa muchacha a la que, como siempre, estáis diciéndole algo que la hace reir...

-Sí, Majestad. La recuerdo perfectamente. Y también lo que le decía a la puerta de La Belle Aurore: "siempre nos quedará París. No lo teníamos, lo habíamos perdido, pero lo recuperamos anoche..."

-¿No va a cantar la Capilla? Siento que se me agotan las fuerzas. Acostadme, por favor...

-Noël nouvelet, Noël chantons icy;
Dévotes gens, rendons à Dieu mercy;
Chantons Noël pour le roy nouvelet,

Noël nouvelet,
Noël chantons icy!

-Quand m'esveilly et j'eus assez dormy
Ouvris mes yeux, vis un arbre fleury
Dont il issait un bouton vermeillet,

Noël nouvelet,
Noël chantons icy!

-Quand je le vis, mon cœur fut resjouy
Car grande clarté resplendissait de luy
Comme le soleil qui luit au matinet

Noël nouvelet,
Noël chantons icy!

-¡Ciertamente era regio el villancico, que no parece compuesto sino para ser cantado por ángeles!



-Que ellos le acojan en su seno ¡El rey don Carlos II de Navarra ha muerto!
¡Que en todas las ventanas se cuelguen crespones negros, que las campanas no cesen de repicar y que partan mensajeros a todas las cortes cristianas para anunciar tan infausta nueva!

-¿Y ahora qué haréis, don Richard? ¿Esperaréis a que llegue el heredero desde Castilla?

-¿Para que nos pida cuentas de todo este desvarío? Ni pensarlo, capitán. Mi labor aquí ha concluido.

-Puede que a ambos nos convenga poner tierra de por medio. No nos faltará trabajo en este loco mundo...

-Louis, presiento que este es el comienzo de una gran amistad...




© Mikel Zuza Viniegra, 2011