viernes, 25 de marzo de 2016

UN RETRATO DESCONOCIDO DEL PRÍNCIPE DE VIANA



En el año del Señor 1455, el caballero austriaco Jorge de Einghen viajó por toda la Cristiandad, de Oriente a Occidente, y conoció en su periplo a muchos reyes y señores. Tantos como diez, que él mismo enumera en su crónica:


Al llegar a Navarra se alojaron en Pamplona, y allí cuenta que fueron agasajados por el rey, que se llamaba Juan...


Bueno, pues resulta que en 1455 no había un sólo rey de Navarra, sino dos: Juan II, que usurpaba la corona, y su hijo el príncipe de Viana, enfrentado a él en guerra abierta desde 1451. Y resulta también que Pamplona, plaza fuerte beaumontesa, no reconocía más rey que Carlos IV, por lo tanto el gobernante que acogió al visitante austriaco sólo pudo ser el príncipe de Viana, reconocido por sus leales como Carlos IV.

Al final del itinerario, Einghen presume de todos esos soberanos que conoció, y adjunta unos dibujos de los mismos. El del rey de Navarra viene a confirmar nuestras suposiciones, porque en 1455 Juan II tenía casi sesenta años, mientras Carlos de Viana sólo treinta y cinco, edad que refleja el representado en este bastante desconocido retrato del príncipe de Viana, que por eso mismo ha pasado hasta ahora prácticamente desapercibido:


EL PRÍNCIPE DE VIANA

Tampoco era el primer viajero medieval alemán que pasaba por Navarra y confundía el papel político de ambos, porque el anónimo que pocos años antes que Einghen quedó deslumbrado por "las habitaciones doradas" del palacio de Olite (Espoz y Mina arda en el Infierno por toda la eternidad) ya destacó que era el joven príncipe quien realmente gobernaba:


Desde luego no soy el primero en reparar en la imposibilidad de que el rey de Navarra que Einghen conoció fuera Juan II. Ya en 1855 el polígrafo Vallet de Viriville estableció la hipótesis que os estoy relatando en un trabajo publicado en el tomo XV de los Annales Archeologiques de Didron Ainé:


En 1879, el historiador Antonio María Fabie tradujo el libro al castellano, y se mostró en desacuerdo con Viriville:


Pero Fabie se equivocaba, porque leyendo a Moret -bien-, sí que el príncipe estaba en Navarra en 1455. Es más, aclara que no abandono su país (para siempre y contra su voluntad) hasta mayo del año siguiente, 1456, lo que confirma una carta que envió desde la ciudad francesa de Poitiers a su tío el rey Alfonso V de Aragón, que vivía en Nápoles. Y se equivocaba también el traductor al subtitular el citado dibujo con un dubitativo "¿el conde de Fox?", porque el mismo cronista nos informa de que el traicionero conde de Fox, efectivamente vino a Navarra en 1455 invitado por su suegro, el usurpador Juan II, con el propósito -que no logró- de conquistar la ciudad de Pamplona, que es obvio que permanecía en poder del legítimo rey, Carlos IV de Navarra.

En 1941, el bibliófilo tafallés José María Azcona se hizo eco también de este asunto que voy contándoos en la revista Príncipe de Viana, aunque no indagó demasiado en ello:



Sin embargo hay una auténtica prueba del 9 de que el príncipe de Viana dominaba la capital de su reino: el documento que uno de los mejores numismáticos navarros, Joaquín Lizarraga, rescató de los Archivos de Comptos para corroborar que Carlos IV -quizás más bien sus partidarios- acuñó moneda en Pamplona. Y es que ese documento está suscrito el veinticinco de junio de 1455 "en la mía y muy noble ciudad de Pamplona". Por cierto, para mí esas monedas son sin duda las más hermosas de toda la historia numismática de Navarra. Por su diseño, y también por lo que representan: un sueño que no llegó a materializarse.



Incluso el propio Einghen confirma -curiosamente equivocándose- casi al cien por cien que fue el príncipe quien le recibió, pues la intitulación que dice que posee el rey de Navarra incluye la de "duque de Viana", refiriéndose claramente al Principado de Viana, que jamás ostentó don Juan, mientras que el resto de títulos sí que podían ser reivindicados por su hijo.


Así pues, aunque puede que el dibujante que contrató Einghen no fuese demasiado bueno, tenemos aquí un retrato auténtico del Príncipe de Viana, atestiguado por alguien que lo conoció personalmente. Que ese rostro de grandes ojos lo emparente con el alien que cayó en Roswell (Arizona) en 1947, no hace más que confirmar, a mi mucho más que docto parecer, algo que siempre había sospechado yo: que Carlos fue tan buena persona que sólo podía ser extraterrestre.


Y mi amigo Fox -el agente, no el conde- está completamente de acuerdo conmigo...
   


© MIKEL ZUZA VINIEGRA, 2016

viernes, 18 de marzo de 2016

PREDESTINACIÓN


Capilla del castillo de la Mota (Valladolid), septiembre de 1506

-¿Qué clase de flor es esa? Esa, la que adorna tan humilde tumba.


-En Castilla sólo es una flor de cardo, pero en el reino de vuestro cuñado Labrit, dicen que protege del mal a quien la coloca en el quicio de su puerta. Lo que es a la pobre infanta, no le ayudó gran cosa...

-¿Era la hija de los reyes Juan Y Catalina de Navarra, no es cierto?

-Magdalena se llamaba, hace dos años ya que murió. Con apenas uno de vida fue entregada en 1495 como rehén y prenda del Tratado de Madrid, por el cual mis señores, los Reyes Católicos se comprometían a meter en vereda al conde de Lerín, que alborotaba Navarra...

-Que alborotaba Navarra por encargo de esos mismos señores vuestros, ¿a que sí?

-Veo que vuestra fama de excelente estratega es completamente merecida. Sí, es cierto: ese conde es quien encabeza la facción que llaman beaumontesa, que mi señor el rey don Fernando emplea para que Navarra acabe cayendo en su poder. Desafortunadamente mi señora, la reina Isabel, murió el año pasado sin poder llegar a ver cumplido tan loable propósito, que no ha de tardar no obstante en producirse. Al fin y al cabo la unión de todos estos reinos es designio divino, y no importan los medios que hayan de emplearse para lograrlo. La infanta Magdalena sólo fue un peón en el tablero de ajedrez que la política supone, su sacrificio, por tanto, no tiene importancia alguna.

-¿Sabéis, señor alcaide? Conocí a un florentino que opinaba lo mismo que vos. "El fin justifica los medios", solía repetirme, aunque para llevar ese concepto a la práctica hay que tener tan pocos escrúpulos o tanta fuerza bruta como vuestro rey. En cuanto a lo primero, podría igualarme sin demasiado problema con don Fernando, pero en cuanto a lo segundo, desgraciadamente nunca pude oponerle tantas tropas como las que él enviaba constantemente a Italia. Por eso me veo ahora prisionero en este secarral. Pero yo soy un guerrero, y estoy expuesto a estas consecuencias. Sin embargo una niña de diez años como la infanta Magdalena era inocente de cualquier culpa.

-Si os sirve de consuelo, mi señor don César Borgia, sus padres nunca la olvidaron, y reclamaron constantemente a la reina Isabel que se la devolviera. Pero mi soberana -que seguro que estará en la Gloria Eterna- se negó siempre en redondo. Era muy consciente de que la razón de Estado ha de prevalecer siempre sobre los sentimientos, por eso fue tan gran gobernante, ¿no os parece?

Armas en Navarra de César Borgia
Capitán General de los ejércitos de Navarra
© Iñigo Saldise

-No hablaré mal de una muerta, aunque sea una que me procuró tantos perjuicios cuando estaba viva. En cuanto a los vivos, confío todavía en poder combatir a vuestro rey don Fernando y hacerle pagar todas estas afrentas.

-Se os ve demasiado optimista, teniendo en cuenta que os halláis encerrado en la torre más alta que mi señor pudo hallar, en pleno corazón de Castilla. Pero podréis entretener vuestras horas con este libro que os entrego, que junto con esa ajada flor de cardo es lo único que queda de los frecuentes regalos que vuestros cuñados don Juan y doña Catalina enviaban a su hija para que no olvidase nunca su país natal. Quién sabe, quizás hasta podáis seguir soñando con llegar allí un día. Pero mientras tanto: ¡Encerrad a don César en su celda!

          La puerta del calabozo se cierra tras él. La pequeña celda es todo lo que le queda. Él, que pudo ser César de toda Italia. Él, que desdeñó ser Papa. Sólo esa celda y este pequeño libro. Lo abre. Comienza a leer, y comienza a soñar de nuevo:


ADDENDA: 

La noche del 25 de octubre de 1506, César Borgia escapó de la torre del homenaje del castillo de la Mota. Disfrazado de comerciante de lanas salió de Medina del Campo y, con todo el ejército castellano rastreando sus huellas, se las arregló para llegar hasta Santander, donde embarcó, obligándole una furiosa tormenta a refugiarse en Castro Urdiales. De ahí, en mula, atravesó Bizkaia y Gipuzkoa hasta conseguir llegar a Navarra por el puerto de Azpiroz a principios de diciembre. 
Fue nombrado de inmediato Capitán General del Ejército Navarro por su cuñado, el rey Juan de Labrit.

Su destino le aguardaba en Viana...    

Borgia, nada más escapar
por esa ventana tan alta
© MIKEL ZUZA VINIEGRA, 2016

martes, 23 de febrero de 2016

MAESTRO

Refectorio (en construcción) de la catedral de Pamplona, 23 de febrero de 1328

-Este imponente salón, ornado de tantas maravillas, hubiera sido sin duda un lugar más adecuado para la coronación, hermano Juan Périz de Estella.

-Gracias, hermano Guillermo de Baskerville, pero no sabíamos cuando empezamos a edificarlo que Navarra tendría nuevos reyes que precisasen de un lugar tan majestuoso como este para sus ceremonias. Dios dispuso que el rey Carlos el Calvo muriese repentinamente allá, en su palacio de París, y que doña Juana y don Felipe fuesen elevados al trono que sus antepasados ocuparon en Pamplona.

-¿Repentinamente, decís? No sé... Pensadlo bien: primero murió el rey Felipe (IV de Francia y I de Navarra), y luego han ido bajando sucesivamente a la tumba sus tres hijos varones (Luis, Felipe y Carlos), hasta extinguir la dinastía Capeta. Hay hasta quien sospecha de una maldición dictada por Jacobo de Molay, el último gran maestre de los Templarios, mientras ardía en la hoguera...

-Sí, yo también he oído ese cuento de viejas, pero dudo muchísimo que alguien tan versado en ciencia como vos le dé crédito alguno. No hay maldiciones, sólo comportamientos humanos que se desvían de lo que las Sagradas Escrituras prescriben. Además, a Navarra esos acontecimientos tan luctuosos de los que habláis apenas nos afectan, porque la sangre originaria de nuestros verdaderos reyes corre por las venas de Juana, hija de Luis el Hutín, nieta de Juana de Navarra, bisnieta de Enrique el Gordo y tataranieta de Teobaldo I el trovador. Hagan en Francia lo que quieran, que nuestras Cortes ya han escogido legítimos monarcas.

-Ni creo ni dejo de creer, solamente dudo, que me parece que es la única opción de los verdaderos sabios. Pero desde luego que es curioso este reino vuestro, hermano Juan. Yo, que he recorrido toda la Cristiandad, no he visto que un país tan pequeño dé tanta guerra, porque oponerse a los designios de Francia sería visto por muchos como una auténtica locura.

-¿No lo diréis por el vuestro, hermano Guillermo? Porque mejor que yo sabéis que Inglaterra un día sí, y otro también, combate a Francia con todas las armas a su alcance. Pero no os negaré la razón, que es vuestra isla reino poderosísimo, en comparación con nuestra pirenaica nimiedad. Por eso también tenemos nosotros mucho más mérito que vosotros, aunque como veis no desdeñamos lo mejor que puede ofrecernos nuestro tiránico vecino del norte: su arte. Ved si no el mural que el pintor Johan Oliver está preparando para culminar la decoración del conjunto. ¿No os parece que podría perfectamente adornar los palacios de París?


-Por supuesto, hermano Juan. Y también los del Papa en Aviñon, y estos con más lógica, pues nunca olvido una cara y recuerdo a un muchacho que aprendía su oficio en el taller del maestro pintor Pierre Du Puy. Lo que no recuerdo es su nombre...

-Me asombro de vuestra memoria, porque efectivamente ese artista que maniobra subido al andamio proviene de donde decís, y responde al nombre de Johan Oliver. Muchos cardenales me ponderaron su destreza, y salta a la vista que no me engañaron. Lo que me sorprende es que un franciscano como vos sepa apreciar el mérito que encierran unos frescos de este calibre. Pensaba que vuestra Orden sólo daba importancia a la Naturaleza...

-La Belleza está en los ojos de quien mira. Nuestro padre Francisco amaba a los animales, sí, pero también las obras hermosas de los hombres, y más cuando en nuestros tiempos no abundan en demasía. Este edificio vuestro es hermoso, y ese mural dejará memoria amable de vos  cuando sólo seáis ceniza bajo las losas del claustro, porque veo que habéis hecho pintar vuestro nombre ahí, bajo los pies de los músicos y las juglaresas...

-¿Os sorprende que aparezcan mujeres músicas tan cerca del Crucificado?

-Al contrario, Cristo fue muy amigo de las fiestas y de las mujeres. Ahí está el ejemplo de las Bodas de Caná o de María Magdalena.

-No sé, hermano Guillermo, son terrenos teológicamente espinosos, porque ni en ese pasaje ni en ningún otro del Nuevo Testamento se asegura que Cristo siquiera que riese un poco. Y en cuanto a las mujeres... Vade retro! Nuestro archivero e insigne biblista, don José Goñi de Gaztambide podrá explicároslo mejor que yo.

-Es a él a quien precisamente quiero visitar. Me alegra haber coincidido inopinadamente con estos fastos de la coronación de vuestros reyes, pero realmente lo que buscaba al viajar hasta Pamplona es la traducción del Corán que un paisano mío, Roberto de Ketton, compuso en la paz de vuestro cabildo hace 150 años. Y si de paso obtengo la dispensa de vuestro obispo para poder consultar la Vida de Mahoma que Eulogio de Cordoba leyó en vuestro monasterio de Leyre en el 857, mi curiosidad científica quedará completamente saciada...

-Con franqueza: veo difícil que logréis ese permiso, sobre todo teniendo en cuenta lo que suele acontecer a las bibliotecas que visitáis...

J. Goñi Gaztambide
-¿Os referís quizás a lo sucedido en una oscura abadía de la frontera entre Italia y Alemania cuyo nombre exacto es mejor mantener oculto de la memoria de los hombres? Porque si es así puedo  aseguraros que yo no tuve nada que ver con su incendio. Es más, estas marcas de quemaduras que podéis ver bajo mi hábito me las hice  tratando de salvar el mayor número de manuscritos que mi joven discípulo y yo pudimos acarrear entre nuestros brazos. Os digo que fue el fanatismo y la locura del monje Jorge de Burgos quién propició tal desastre, y no mi amor a los libros. Un sabio tan renombrado como Goñi de Gaztambide sabrá apreciar que lo que digo es cierto en cuanto podamos leer libros tan famosos como el "De Trinitate et Incarnatione", del obispo Pedro de París, el Beato de Sancho el Sabio, o el Liber Regum, que sé que constan en el catálogo de vuestra catedral...

-Y para que aquí sigan estando, aunque convenzáis con vuestra labia al bueno de don José de que os deje consultarlos, he de tomar mis medidas de precaución. Porque aunque admiro vuestra ciencia, recelo de que vuestra admiración por esas obras tan magníficas no os haga ser tentado por Belcebú para "distraer" alguna de ellas. Así que espero que no os disguste, pero ordenaré a Miguel de Zuazu, nuestro bibliotecario, que no os quite el ojo de encima hasta que abandonéis nuestro recinto. No es bien parecido, en el sentido que vuestro padre Francisco dejó descrito, pero sí que es muy competente en su oficio y procura mantener a raya a los jóvenes chantres que se desmandan en el scriptorium...

-¿Es aquél de allí? Su cara me suena....

PENITENCIÁGITE!

EL PASADO 20 DE FEBRERO MURIÓ UMBERTO ECO. NO TODAS SUS NOVELAS ME GUSTARON, PERO CON LA MÁS FAMOSA DE TODAS ELLAS DISFRUTÉ MUCHO, Y AÚN ME ACERCO MUCHAS VECES A SUS PÁGINAS. 
LA PELÍCULA QUE SE HIZO SIGUE PARECIÉNDOME LA QUE MEJOR MUESTRA -A TRAVÉS DE LAS EXPRESIÓNES DEL GRAN SEAN CONNERY- EL AMOR POR LOS LIBROS.



MOLTO GRAZIE, MAESTRO UMBERTO DA BOLONIA, COMENTARISTA DEL BEATO DE LIÉBANA.


 © MIKEL ZUZA VINIEGRA, 2016

jueves, 18 de febrero de 2016

LACTEO

Artajona, 18 de febrero de 1429
Esplendor Medieval
Foto de Iñaki Larrea
-Mira que te lo advertí, Pedro. Sólo tú podías tener la ocurrencia de querer convertir en layador a un olitejo. ¡Pero si allí no saben lo que es una cuesta! ¿Cómo va a desempeñarse entonces bien el muchacho?

-¡Yo ya le digo que entrene en las escaleras del palacio, pero no quiere!

-Claro, ¡no quiere desnucarse! Más seso que tú ya tiene, ya, y eso que es un mocete. Lo que tienes que pensar es que cualquier día esta manía tuya de artajonizarlo nos va a traer un buen disgusto. Si se entera su madre de que lo tienes toda la mañana arriba y abajo subiendo y bajando del cerco, acabaremos en la mazmorra. ¡O en el cadalso, si el que se entera es su padre!

-¡A nadie le viene mal saber lo que es sudar subido en las layas para lograr el sustento diario, y a él, menos que a nadie, que lo hace sólo por deporte! Y otra cosa: en Olite tendrán el palacio más hermoso del mundo, no lo niego. Pero no hay en Navarra ni lo habrá en otras naciones, cerco de torres más airoso que el de Artajona, de eso estoy bien seguro.

-¡Será por el mundo que has visto tú, que no has pasado de Tudela! ¿Ves? ¡Ya se ha vuelto a caer mientras hablamos! ¡Cómo un Ecce Homo tiene ya las rodillas? Su madre acabará por no creerse eso que le decimos que se cae tantas veces del caballo, verás...

-Bah, el mocete es fuerte. Está un poco entecado por el trato que le dispensan, pero ya sabes que no le quito ojo, y que además se conoce que lo criaron bien cuando pequeño, ¿no es cierto, Johana?

-En eso llevas razón, Pedro, que si me eligieron a mí para tan importante labor por algo sería, aparte de por lo que a simple vista resulta evidente...

-¡Y tanto, que leche de príncipes llevas en esos pechos tan redondos que Dios te dio, Johana! ¡A ver quién de tus paisanas puede decir lo mismo!

-Ya se ve que se te pegan las lecciones de retórica y oratoria que recibe el zagal todos los días, ya... ¡Mira que eres bruto, Pedro!

-Lo que quieras, pero si tú lo has amamantado, y yo le estoy enseñando a galopar sobre las layas, más artajonés no puede salir don Carlos, así que cuando crezca ha de querer y considerar como suyo a nuestro pueblo mucho más que a Olite, que a Pamplona o que a la misma ciudad de Viana, cuyo principado ostenta.
¡Y malo será que la reina doña Blanca, agradecida, no nos perdone los impuestos o nos conceda algún regalo por nuestros desvelos!






Y como mi padre nos contaba que el suyo -mi abuelo- iba ¡¡¡andando!!! desde Zuazu de Izagaondoa hasta Artajona para layar los campos, y por tanto algo de layador debo llevar todavía dentro de mí, y además pienso que es Artajona un lugar muy hermoso, y casi todos los artajoneses que he conocido son de "muy buena lech", y compensan con creces a los de "muy mala lech" con los que yo haya podido toparme, dedico esta crónica a Fer, Pablo o Alfredo, por haber tenido la inmensa fortuna de nacer a la vera del Cerco, y les recuerdo desde aquí que sin duda fueron los cuidados que Johana y Pedro dedicaron al príncipe de Viana los que consiguieron que llegara a ser descrito de esta manera:



"Muy bello, muy sabio, muy sutil, y muy claro de entendimiento;
gran trovador, gran y buen cantador, cabalgador. Cumplido de todo amor y gracia;
Con mucha ciencia: todo el tiempo de su vida amó el estudio;
Fue verdadero y devoto cristiano, amable y juicioso en el trato con todas las gentes del mundo..."

Y yo os aseguro que todos los artajoneses y artajonesas que conozco, encajan perfectamente en esa descripción.


©MIKEL ZUZA VINIEGRA, 2016


domingo, 31 de enero de 2016

ESPUMOSO


Se diga lo que se diga, el Catálogo del Archivo General de Navarra, Sección de Comptos, emprendido en los años sesenta del pasado siglo por José Ramón Castro y Florencio Idoate, constituye un auténtico tesoro de pequeñas noticias sobre la historia de Navarra.

Por ejemplo esta que, como quién no quiere la cosa, nos informa de la costumbre que tenían los príncipes de Viana, Agnes y Carlos, de almorzar con champagne -elaborado sin duda alguna en las cavas de Olite- cada vez que salían de excursión por las altas montañas que constituían más de un tercio de sus dominios:


Y a mí, que no sabiendo mucho de nada, sé de todo un poco, no me cuesta gran cosa imaginar como serían las etiquetas de tan preciada -y regia- bebida: 


Así que ya sabéis todas y todos. Si queréis sentiros como príncipes cuando salgáis a andar por esos montes de Dios, nada de inútiles bebidas isotónicas ni insípida agua del grifo: champagne y nada más que champagne...





© MIKEL ZUZA VINIEGRA, 2016



jueves, 28 de enero de 2016

ESTELLESA DE CORAZÓN



En mi penúltima crónica os hablaba de la cantidad de obras de arte que debieron perderse en la guerra contra Castilla en la que Juan II metió a Navarra el año 1430 (incluidas las joyas de la propia reina doña Blanca), y de cómo esa y otras muchas calamidades posteriores refuerzan aún más el valor de las pocas -para las que sabemos que existieron- que han llegado a nuestros días.

Pero muy de cuando en cuando una de ellas vuelve desde el pasado para maravillarnos con su perfección, haciéndonos soñar -aunque sea fugazmente- con el poder que posee la belleza para derrotar a la barbarie.

Y agradezco en este caso a mi amiga y maestra, la profesora Clara Fernández-Ladreda, directora de la reciente e imprescindible monografía "El arte gótico en Navarra", y probablemente la persona que más sabe sobre nuestro arte medieval, que me permita dar a conocer esta buena noticia, en la que ella ya había reparado previamente. El mérito, pues, es suyo.  


Es cierto que yo ya había hablado -a mi manera- algo sobre esta pieza tan hermosa en una de mis historias: http://cronicasirreales.blogspot.com.es/search/label/ESCOLAR , y que lo hice empleando los datos que obtuve  en el siempre interesante blog que sobre la historia de su ciudad mantiene el estellés Javier Hermoso de Mendozahttp://www.sasua.net/estella/articulo.asp?f=santaclara

En esa entrada se hacía un exhaustivo recorrido de la trayectoria del extinguido monasterio de Santa Clara, y entre otras muchas cosas se comentaba la relación entre la monarquía navarra y ese convento situado en los Llanos, donde unas cuantas princesas del siglo XIV aprendieron a leer y a escribir, entre ellas la joven Blanca, que con el tiempo llegaría a convertirse en reina.

De esa estrecha y regia relación presumían las siempre necesitadas monjas aún en pleno siglo XVII, cuando la vieja fábrica estaba tan desvencijada, que elevaron un memorial a Felipe V de Navarra (III de España) pidiéndole socorro económico. Ayuda que por supuesto no llegó, porque para los Habsburgo el viejo cenobio estellés no significaba nada. Desde luego ni una milésima parte de lo que significó para los Evreux, verdaderos reyes de Navarra.

Y es que en la página 18 de ese manuscrito redactado por la entonces abadesa doña Violante Guerrero, titulado: "Fundación, reedificación y privilegios de los reyes, en cumplimiento de un mandato del padre Vicario General fray Antonio Trejo (10 de octubre  de 1616)" se dice que "la reina doña Blanca, además de reedificar el monasterio a sus expensas, regaló a las monjas varias joyas y alhajas preciosísimas: una cruz de cristal, una virgen de marfil, una representación del Juicio Final, dos hostiarios y un cáliz de plata sobredorada con los cuatro evangelistas..."

Nos advierte el historiador José Goñi Gaztambide en el segundo tomo de su Historia Eclesiástica de Estella de que es raro que todas esas donaciones no quedasen registradas en la documentación de Comptos, pero si tenemos en cuenta que tanto Blanca como sus hermanas residieron en el convento (aunque a veces eran las monjas las que se desplazaban a Pamplona o a Olite para enseñar a las infantas), y que los testigos que aportan las religiosas en su memorial dirigido al rey de España hablan incluso de que en el monasterio había "un cuarto muy derruido y viejo, al que las monjas llamaban comúnmente el cuarto de la reina Blanca, donde debió habitar ella algún tiempo", creo que no parece haber muchas dudas sobre de dónde pudieron obtener una joya artística del calibre de la que me estoy ocupando.

Una joya que hoy no podríamos identificar si alguien anónimo no la hubiese fotografiado en 1901, cuando obligadas por las penurias a las que la última guerra carlista había sometido al monasterio en 1873, las monjas solicitaron al obispo que pidiese permiso para enajenar una imagen de marfil de la Santísima Virgen María, no expuesta al culto. El comprador ofreció 25.000 pesetas. El nuncio accedió el 5 de noviembre, poniendo como condición que la imagen no fuese al extranjero. A petición del obispo, el nuncio acabó cambiando esa condición por la de que el comprador fuese católico...


Y esa vetusta fotografía que reproduce Javier Hermoso de Mendoza en su blog, y que imagino que se conservaría en el archivo del convento -hoy en día lamentablemente trasladado desde Estella a Santa Engracia de Olite- o en el del propio arzobispado, es todo lo que nos había quedado del más que probable regalo de doña Blanca a las clarisas de Estella. Hasta ahora...

Basta con ver la imagen para  admitir que la pieza era una maravilla, el digno presente de una reina, con su escasa altura de poco más de treinta centímetros, su minucioso tallado, y esa especial característica que dota de una gracia especial a muchas de estas obras realizadas en marfil: su adaptación a la curvatura del colmillo en el que fueron labradas, que hace que los torsos de la virgen  y del niño se inclinen tanto, que los pliegues verticales de sus vestidos se aprovechan para subrayar ese alargamiento. Precioso también el detalle del orejudo y diminuto dragón que aparece a los pies de santa María.

Una obra, como digo, tan especial, que ha sido expuesta en algunas de las principales exposiciones que se han organizado sobre el arte del siglo XIV, como las acontecidas en París en 1982 (Les Fastes du Gothique: le Siècle de Charles V ) y en 1998 (L’art en France au temps des rois maudits), en cuyos extensos catálogos puede uno volver a maravillarse con nuestra vieja amiga estellesa, que resulta que desde 1978 para en el British Museum de Londres, adonde llegó procedente de la colección de marfiles medievales de sir Harold Werhern (que vaya usted a saber en dónde o a quién se la habría comprado)

La foto antigua de esta estatuilla tan relacionada con Estella y con la monarquía navarra (su más que probable procedencia parisina y su datación, en el primer tercio del siglo XIV, permiten ponerla en relación quizás con los primeros reyes de la dinastía de Evreux, es decir, don Felipe y doña Juana, bisabuelos de Blanca, de quienes ella la habría acabado heredado), se publicó en el blog de Javier  Hermoso de Mendoza en febrero de 2012. Pocos meses después yo leí esa entrada y fascinado y sorprendido pude comentarla con mi citada amiga Clara Fernández-Ladreda, que me dirigió hacia los fabulosos catálogos que ya he mencionado.

Pero una foto en blanco y negro no hace justicia a esta estellesa tan hermosa de la que os estoy hablando, por eso lo mejor es que la veamos tal y cómo pudieron hacerlo doña Blanca y las clarisas del convento donde aprendió las primeras letras. Y a fe que la enseñaron bien, porque fue primero reina de Sicilia y luego reina de Navarra, y en los dos países se la recuerda con cariño, lo que no es habitual en gobernante alguno.

Así que como hoy en día Internet nos lo permite, y gracias a que el British (y mira que muchos otros museos podrían tomar ejemplo) tiene su catálogo prácticamente digitalizado al completo, os hago un regalo verdaderamente regio, recuperando  -siquiera virtualmente- una obra  de arte de nuestro patrimonio histórico e identitario más importante, que quizás algún día pueda regresar para una exposición temporal en la tierra de la que lamento profundamente que una vez llegase a salir.

Tampoco es algo tan extraño, precisamente la semana pasada regresó de la National Gallery de Londres el retrato del marqués de San Adrián, prestado durante unos meses por el Museo de Navarra para una exposición sobre Goya. Y ya conoceréis el viejo adagio jurídico: "Quid pro quo", así que bastaría un poco de buena voluntad para hacer la petición por parte de las autoridades culturales navarras y, quién sabe, quizás algún día podamos tenerla momentáneamente de vuelta. Ojalá...

http://www.britishmuseum.org/research/collection_online/collection_object_details.aspx?objectId=50598&partId=1











© MIKEL ZUZA VINIEGRA, 2016

domingo, 17 de enero de 2016

CUANDO NAVARRA DOMINÓ LOS MARES



Puerto de Bayona, 17 de enero de 1374

La pequeña galera, apenas una cáscara de nuez, está prácticamente abastecida ya. Toda la flota del rey de Navarra en el Cantábrico se reduce a esta embarcación. En Normandía, sin embargo, muchos otros navíos lucen orgullosos en su mástil el carbunclo dorado, a pesar de los continuos reveses que la armada francesa ha hecho sufrir a los partidarios -cada vez más escasos- del rey Carlos II.

Pero ahora es preferible no llamar demasiado la atención, y procurar que la travesía hasta la península del Cotentin -el último territorio normando en poder de los Evreux- sea lo más tranquila posible.

No obstante, no sólo los problemas bélicos calientan la cabeza del rey, pues su amada esposa Juana murió hace dos meses ya, y tiene por tanto que ocuparse también del futuro de sus hijos. Mira al alcázar de proa. Allí está la infanta Noa, de diez años de edad. La lleva consigo para casarla con uno de esos poquísimos señores normandos que aún no se ha pasado a las huestes del rey de Francia. De esa manera -piensa- no hay gran diferencia entre una princesa y una de esas ballenas que de tanto en cuanto salen a respirar allá enfrente, en mar abierto: sólo importan por su carne.

Y eso que su hija es especial, siempre lo ha sido, tan callada y en su propio mundo... La observa peinar una y otra vez sus largos cabellos con el peine y el cepillo hechos precisamente de barba de ballena que su madre le regaló antes de viajar a Francia. Ese maldito viaje del que nunca volvió.

Otra pieza de ese mismo material completaba el regalo materno: una pequeña flauta que no suena -o la infanta no sabe hacer sonar- demasiado bien. Muchas veces, en el palacio de Ujué, tuvo que rogarle que dejase de tocarla, porque aquel extraño sonido le daba un terrible dolor de cabeza.

La verdad es que no recuerda cuándo fue la última vez que dejó de dolerle la cabeza: la guerra contra los franceses, Navarra arruinada, la pérdida de la reina Juana, el destino de sus hijos... Y más que le dolería al pobre don Carlos si llegase a sospechar que los espías que anidan en su corte hace una semana que pasaron el aviso a sus traicioneros señores de que el rey de Navarra planeaba viajar a Normandía. Invadir su reino exige demasiados recursos, pero atraparlo en el mar sólo trazar un plan de ataque combinado entre la poderosa armada francesa y sus aliados castellanos.

Sí: allá lejos, en alta mar, una docena de galeras artilladas esperan al cascarón sobre el que flamea al viento la bandera de Navarra para apresar, e incluso para matar, al rey que tantos quebraderos les ocasiona.

Pero eso no lo saben los navarros cuando por fin abandonan el puerto. Don Carlos sigue mirando a su hija Noa, que parece tan absorta como de costumbre, a pesar de que el mar no está tan tranquilo como a todos les gustaría. No habrán pasado ni tres horas de viaje, cuando el vigía grita "¡enemigos a la vista!", y la pequeña galera real comienza a verse rodeada por quienes por sus gestos desde cubierta, ansían pasarles a todos a cuchillo.

El rey da orden de resistir el más que seguro abordaje, aunque lleva demasiado tiempo combatiendo como para no saber que no hay esperanza. Entonces repara en su hija. Mira aterrado como la princesa sigue a proa, ajena a las flechas que vuelan muy pocas pulgadas por encima de su cabeza. Le grita que se agache, corre hacia ella para protegerla, pero una coca castellana embiste el barco y todos ruedan por la borda. Todos menos Noa, que permanece impasible en medio de aquel infernal zafarrancho. La ve sacar algo de su bolsa. ¡Es esa maldita flauta que ella se empeña siempre en hacer sonar!

Y esa misteriosa resonancia comienza a elevarse sobre el fragor de la batalla. Y de repente, a uno y otro lado del barco del rey de Navarra, otros asombrosos ecos empiezan a brotar de las aguas, y todos enmudecen ante semejante prodigio, pues más de cuarenta enormes ballenas se interponen ahora frente al asedio enemigo. La infanta sopla entonces más fuerte, y como si su marítimo ejército hubiese recibido orden de ataque, los gigantescos peces se lanzan furiosos contra las galeras francesas y castellanas, hasta hacerlas naufragar a todas entre alaridos de terror y peticiones de socorro que sólo terminan cuando todos los adversarios yacen para siempre en el abismo oceánico.


Entonces, y sólo entonces, deja Noa de tocar. Su padre se sobrepone al asombro que mantiene ensimismada a la tripulación para exigirle que le entregue la flauta, pues ve en ella el arma invencible que permitirá a Navarra dominar los mares. Y no deja de tirarse de los pelos y de mesarse las barbas cuando ve que su hija la arroja a la boca abierta de la ballena que parece comandar a las demás.

-¿Qué haces, insensata? -le grita enfadado. Pero ella sólo le responde:

-Las criaturas del mar no reconocen rey sobre la Tierra, padre. Si me han obedecido ahora es porque se lo pedí como un favor, no como una orden. De esa misma forma os pido yo ahora que mientras vos seguís luchando por extender vuestros dominios en el norte, me concedáis una de las remotas calas del Cotentin para que a ellas les sirva de refugio perpetuo.

Y esa orden, firmada y sellada por el rey Carlos II de Navarra nada más desembarcar en su ciudad de Cherbourg, por la cual se concedía la bahía de Pirou a su hija la princesa Noa, "para que encontrasen refugio en ella todas las criaturas del mar", sigue vigente hoy en día, aunque Normandía y Navarra no sean ya tan hermanas como lo fueron en el siglo XIV.

Y dicen que don Carlos quiso pasar por Pirou antes de regresar  para despedirse de su hija, y que mucho se maravilló al ver que una de las ballenas entraba en la bahía y sacando su enorme lengua entregaba a Noa la portentosa flauta que hizo que, por un único y milagroso momento, Navarra dominase los mares...


© MIKEL ZUZA VINIEGRA, 2016