martes, 23 de junio de 2015

PRIMITIVOS FLAMENCOS


Palacio de Olite, 23 de junio de 1450
 



-Pero señor, no es justo: no podéis pedirme que os abandone precisamente ahora, cuando más necesitáis el apoyo de los pocos que no se han pasado a las filas de vuestro padre.

-Al contrario, Gabriel, ahora es cuando más urgente resulta que salgas de mi reino...

-Haced memoria, don Carlos, os lo ruego. Os he visto gatear por a la sombra de los arcos de la galería, fabriqué todos los juguetes de vuestra infancia tal y como me pidió vuestra madre la reina doña Blanca -y nadie que lo viese ha podido olvidar el dragón que os construí en Tudela-. Pinté vuestras armas en las gualdrapas del primer caballo que montasteis, decoré la iglesia de santa María para vuestra boda, ¿y todavía queréis que me aleje de vos? Pero si sois como un hijo para mí...





-No, Gabriel: soy príncipe de Viana, heredero legítimo de los estados de Navarra y de Nemours. Y pensando en el bienestar de tu verdadero hijo, ese que ya abulta el vientre de tu mujer, es por lo que te pido que vuelvas a la tierra de tu padre, allá en el lejano ducado de Brabante. Todavía guardo buena relación con mi antiguo cuñado, el duque de Cleves, y tengo preparada una carta de recomendación para que no te falte trabajo en su corte. Estoy seguro de que tu trabajo le complacerá tanto como le gustó siempre a mi esposa Agnes. Pero ahora ella está muerta, y quizás no tarde yo demasiado tiempo en ir a hacerle compañía...

-No digáis, eso, por favor. Además, soy tan navarro como vos. Mi padre llegó aquí hace cincuenta años conmigo en brazos, y aquí se casó de nuevo con María de Maquirriain, que me trató siempre como si fuera su verdadero hijo. Mi propia esposa es tudelana ¿Qué se me ha perdido a mí en los Países Bajos? Ni siquiera dominaría su idioma si no hubiese tenido que emplearlo frecuentemente para traducir las demandas de todos los artistas y maestros de aquellas tierras que vinieron para construir este fabuloso palacio. Os confieso que sólo por presumir mantuve mi apellido en esa enrevesada lengua flamenca ¡No me expulséis de Navarra, por favor!

Gabriel del bosch pintor

-No lo entiendes, Gabriel: la Navarra que tú y yo conocimos está a punto de dejar de existir. Si no venzo a mi padre en la guerra que está por comenzar, él se encargará de borrar -con la furia que emplea siempre con quien no se le somete- cualquier vestigio de paz o de belleza que quede en el reino que refundó mi abuelo Carlos III. Un artista tan excelso como tú no tiene ya sitio aquí, igual que no lo tendrá muy probablemente un príncipe preparado para gobernar con justicia como yo.

-¡Pero puedo construiros ingenios guerreros como no hayan visto jamás!

-Sé que podrías. Pero desafortunadamente el tiempo de los juegos terminó. Ojalá tuviera yo que enfrentarme a un dragón como aquél que me construistes y no a un monstruo de carne y hueso como mi padre. Y me temo que los hombres salvajes que lo acompañan no son tampoco como aquellos peludos que dibujabas para mí cuando era un niño... 



No puedo salvar a todos mis amigos de esta locura que se avecina, pero al menos a ti sí que te he de otorgar mi último salvoconducto. No tengo derecho a permitir que tu arte muera conmigo. Si no otro, este ha de ser mi ultimo mandato en el trono que planean usurparme. Lo juro.



-Permitidme insistir, querido príncipe, y dejadme recordaros de nuevo que mi padre, Thierry de Bolduque, fue llamado por vuestros abuelos don Carlos y doña Leonor para que instalase en el portal del Chapitel el primer reloj de torre que se había de conocer en este reino. Yo mismo le sustituí, cuando sus cansadas piernas ya no le permitían subir tanto escalón, en el trabajo de dar cuerda cada día a su mecanismo. 
 


Cuando crecí y alcancé destreza manifiesta en el arte de la pintura y la escultura -formado en el ejemplo de tanto artesano de primer nivel como se concentró en aquellos años en Olite- decoré esa misma torre con una figura de San Jorge idéntica a la que se veneraba en la capilla del castillo, y que vuestra bendita madre y vos mismo me encargasteis. 




Sé por tanto que os inspirasteis en la historia de vuestro tío-abuelo el valeroso infante Luis, que según antiguas crónicas mató a un feroz endriago que atemorizaba aquel remoto país de Albania, que por derecho de sangre le pertenecía. Pues yo también quiero seguir su estela: dejad que, si no con el pincel, os sirva ahora con la espada en la mano...

Torre del Chapitel de Olite o Portalico del reloj hacia 1445



-Mi buen Gabriel... Tu maravillosa fantasía ha alimentado también la mía todos estos años, y algunos de los momentos más felices de mi vida a ti te los debo. Por eso siento que te debo también la posibilidad de seguir desempeñando tu noble oficio allí donde lo valoren tanto como lo he disfrutado yo. Piensa que en realidad no abandonas Navarra, que sólo te llevas lejos lo mejor de ella para que pueda sobrevivir su recuerdo en la memoria de los hombres. Te ruego que prepares inmediatamente tus enseres y los de tu familia, que no sé cuanto tiempo más podré sujetar ya a mis partidarios para que no respondan a las provocaciones de los de mi padre...

-Es la única orden salida de vuestros labios que jamás hubiese querido acatar, don Carlos....

Firma autógrafa de Gabriel del Bosch


-Un último favor, Gabriel. Cuando nazca tu hijo -allá en la industriosa ciudad de Bolduque-,  recuérdale siempre que fue engendrado en Navarra. Háblale de que viviste en un reino que no tenía igual en toda la Cristiandad, pues vivía en paz cultivando todas las artes mientras el resto de las naciones sufrían bajo el látigo de la guerra. Si los hados le son propicios, incluso puede que él disponga en el futuro de tanta imaginación y creatividad como tú; porque si llega a tener aún más, será siempre ensalzado por todos los amantes del arte que vivan en los siglos venideros. No tengo ninguna duda de ello...

ADDENDA

Jheronimus Bosch, llamado Jeroen van Aeken o Van Aken, y conocido como El Bosco o Hieronymus Bosch (Bolduque h. 1450 - enterrado en Bolduque el 9 de de agosto de 1516), fue un pintor neerlandés.

Jeroen van Aken nació probablemente alrededor de 1450, quizá el 2 de octubre, y muy probablemente en la ciudad flamenca de 's-Hergogenbosch, más habitualmente llamada Den Bosch, y en español, Bolduque, capital septentrional del entonces ducado de Brabante, actualmente integrado en los Paises Bajos...




Relieve procedente de la capilla de San Jorge, en el
palacio real de Olite

Atribuido a Gabriel del Bosch (c. 1442)
Hallado en las excavaciones de 1870 por Juan Iturralde y Suit

y restaurado por Capitolina Bustince
Colección particular

© Mikel Zuza Viniegra, 2015




jueves, 4 de junio de 2015

CAUSA PERDIDA


Aunque he dejado para el final anunciarlo en esta, mi propia casa, lo cierto es que he escrito una novela.

Y qué voy a decir yo, pues que tiene de todo: imaginación, misterio, historia real, historia inventada, reivindicación del país que pudo ser y no fue, libros impresos realmente, libros jamás antes vistos, reyes muy malos, reyes muy buenos, esbirros obedientes, derrotados fieles a la causa, lugares que una vez existieron, espadas que merecerían haber sido forjadas, monedas que quizás se acuñaron, fórmulas mágicas, rituales olvidados, y al fondo del todo, los sueños y afinidades de un servidor de todos ustedes. 

Y desde este viernes, gracias a los amigos de Pamiela, vuela ya sola. 

Que le vaya muy bien... 












Y para abrir boca, quien quiera sentirse rey de Navarra el día de su coronación puede escuchar esto: 




© Mikel Zuza Viniegra, 2015



martes, 2 de junio de 2015

VERGÜENZA PROPIA


Tomando una caña la otra tarde con el grupo de talentosos escritores formado por Carlos Bassas, Carlos Erice, Jon Arretxe, Aitor Iragi, Patxi Irurzun, Miguel Izu y Alejandro Pedregosa, salió en la conversación el atractivo literario y cinematográfico que tienen unas fiestas tan delirantes en sí mismas como son las de San Fermín.

Ya les dije que lo más delirante que había visto nunca sobre este tema era la visita de un destacamento de soldados alemanes a los Sanfermines del año 1940, un asunto que ya apareció  en mi blog cuando escribí en diez capítulos las imaginadas andanzas en busca del grial cátaro de otros dos escritores navarros de aquella época: Angel María Pascual y Gabriel de Biurrun.

Pero desafortunadamente la estancia de los alemanes en Pamplona no tiene nada de imaginario, y aunque sea una historia que ha pasado desapercibida, o que directamente da mucho palo recordar -y con razón-, no me resisto a recuperar las portadas de los periódicos que recopilé para aquellos citados "Barruntos".


Al parecer, según lo que atestiguan los periódicos locales Diario de Navarra y Arriba España, dicha indeseable visita -al menos desde nuestra perspectiva contemporánea, porque desde la suya, como veremos, no se les pudo hacer más la pelota- se produjo el día 7 de julio de 1940, que aquel año cayó en domingo. Como los lunes sólo se publicaba la Hoja del Lunes, las noticias hay que buscarlas en las portadas del martes, 9 de julio.

En el Diario de Navarra se publica una foto del "jefe militar de los alemanes que nos han visitado", saludando al torero Curro Caro, que le brindó un toro en la corrida del día 7:


En esa misma portada, se publica también una foto de Galle de un montón que se produjo en el callejón de la plaza de toros en el encierro del día 7. El pie de foto no puede ser más chocante en un contexto de guerra total como estaba sufriendo Europa:

"He aquí el segundo más impresionante y tremendo de los tres minutos de nuestros encierros. Galle ha sabido recogerlo con un acierto realista que, en verdad, es para hacer buena la frase de los alemanes: "¡Esto es más difícil que coger tanques!"

Sin embargo para saber qué más hicieron los teutones en nuestra ciudad, hay que consultar la portada de ese mismo día 9 de julio del periódico falangista "Arriba España", que se publicaba en la calle Zapatería, en los talleres confiscados en 1936 al periódico nacionalista "La Voz de Navarra". Es difícil escoger -entre tanta chaladura como destila ese artículo- la más amajaronada, así que os lo voy a copiar entero, no sin cierto escalofrío ante semejante muestra de ceguera política:


SOLDADOS ALEMANES EN SAN FERMÍN

A media mañana de este San Fermín de lloviznas, soldados alemanes empezaron a surcar la "olada". Eran los mismos -altos, silenciosos, rubios- que los noticiarios y las fotografías nos han situado en Praga, en Varsovia, en La Haya, en Bruselas, en París, en Hendaya. Para trescientos de ellos esa marcha triunfal se ha interrumpido antes del ímpetu definitivo, con un insospechado paréntesis: las fiestas de San Fermín. Aquellas ciudades de una Europa verde los veían pasar por derecho de conquista, Pamplona, entre el oro de las mieses segadas, los acogía por derecho de hermandad. La ciudad les había invitado a participar en su fiesta, porque en su dolor, en los aciagos días de la guerra, los legionarios alemanes pusieron su esfuerzo para que esas fiestas fuesen algún día posibles. Para que fuese posible una gran fiesta de triunfo en Europa.

Otra vez Pamplona oía en sus calles el paso de los soldados alemanes, desde los días imperiales cuando pasaban los tercios de Carlos de Gante, los cortejos de Neoburgo, los regimientos de Reales Guardias. Y otra vez se sentía en el aire fresco y transparente de viejo grabado, que volvían los días de una empresa común de unidad, de conquista y de destino. Hace pocos años hubiera parecido imposible que en su mañana festiva la imagen morena, plata y malva de San Fermín bendijera a grupos de soldados verde gris, venidos desde aquel Amiens que él condujo al seno de la Cristiandad.

La ciudad les había llamado en el día más grande y alegre de su calendario familiar. Quería honrar a los héroes de la tierra amiga con la sencillez entrañable y cordial de los que hace tres años empezaron la salvación de Europa para los que ahora la están felizmente coronando. Mientras el Ayuntamiento obsequiaba a los jefes con un vino de honor, a los soldados les rodeaba en la calle la más viva y exaltada simpatía. Sobre los autos grises, avezados a la guerra, racimos de mozos ofrecían a los alemanes, sonrientes y llenos de estupor, el vino caliente y bravo de nuestra tierra. Más allá, al son de las gaitas, mozos con el gorro militar alemán y soldados alemanes con las boinas, los sombreros de paja y los rojos pañuelos al cuello, bailaban la jota más frenética y bulliciosa. Durante un día, sajones, prusianos, bávaros y turingios fueron pamploneses de corazón. El cariño es capaz de estos imposibles.

Donde culminó el homenaje fue en la plaza. Mientras Curro Caro les brindaba su mejor toro, todos los espectadores, en pie, les ovacionaron largo rato. Sonaban el himno nacional y el "Deutschland Über Alles", y todo se puso a tono: el sol y la lidia, los corazones y el entusiasmo.


El pie de la foto que acompaña al artículo dice: "Jefes alemanes presenciando la procesión de San Fermín, acompañados de autoridades y personalidades".



¿Puede haber algo más surrealista que imaginarse ahora a toda la plaza de toros de Iruña puesta en pie cantando brazo en alto el himno español y el alemán? Y sin embargo el ABC de ese mismo día 9 confirma la versión del periodista -o lo que fuese semejante elemento- pamplonés: 

Y luego tendrán la jeta de decir que los
Sanfermines de ahora están politizados...

Por cierto: quien quiera averiguar cómo se llamaba ese comandante de la Wermacht que se cuadra ante el torero Curro Caro en la foto de Diario de Navarra, puede ahorrarse el esfuerzo de acudir al Archivo Municipal. No se conserva allí ninguna prueba de esa visita, ni la más que probable firma en el libro de honor de la ciudad (teniendo en cuenta sobre todo que se obsequió a los jefes con un vino de honor en la Casa Consistorial). Algún "espabilao" debió decidir (en algún momento posterior a 1945, cuando ya se sabía que los nazis no volverían a bailar nunca más la "jota frenética"), expurgar cualquier testimonio de tan incómodos -entonces, con la guerra ya perdida- amigos de juerga. 

Lo único que el mentado espabilao (fuese quien fuese) no hizo desaparecer fueron los periódicos del día 9 de julio de 1940, que conforman la colección hemerográfica municipal. Y eso es lo único que nos permite también hoy en día sonrojarnos hasta las orejas con esta lamentable muestra de lameculismo, que desgraciadamente no termina aquí... 

Y digo que no se acaba aquí porque unos meses más tarde, el sábado 19 de octubre, Heinrich Himmler -al que los periódicos denominan asepticamente "Jefe de la policía alemana", cruzó la frontera de Irún de camino a Madrid. Y en ese camino paró en Alsasua, donde según el Diario de Navarra del día siguiente, le estaba esperando el Gobernador Civil, don Francisco Jordán de Urriés, que aprovechó para presentarle al resto de autoridades que también se habían acercado a la villa ferroviaria con intención de agasajarle. Según el periodista, "el señor Himmler departió amablemente con todos, almorzó en Alsasua con el señor Gobernador Civil, y siguió su viaje hacia Madrid. El diputado foral, señor Sanz Orrio acudió a Alsasua a cumplimentar, en nombre de la Corporación, al excelentísimo señor Himmler, Jefe de la policía del Reich."

El martes 22 de octubre, el Diario de Navarra publica la foto de la vergüenza: 


Aunque no me resisto a mostraros también la que sin duda debe ser la fotografía más delirante de toda la Segunda Guerra Mundial, porque resulta que ya en Madrid, a Himmler y a sus secuaces los llevaron también a ver una corrida de toros, y la imagen de las SS rodeando al torero no puede ser desde luego más lisérgica: 



Pero no perdamos de vista por ello que el tema que estoy tratando no tiene ni puta gracia. Y para demostrarlo bastará con decir que el principal lugarteniente de Himmler en este viaje, fue Karl Gebhardt, doctor y cirujano consultor de las SS con el grado de Brigadeführer y Teniente General de las Waffen SS, que fue además su médico personal y promotor poco más tarde de aberrantes experimentos médicos con prisioneros de los campos de concentración de Ravensbrück y Auschwitz, donde "compartió experiencias" con el ángel de la muerte: el siniestro doctor Josef Mengele. Por esos crímenes contra la humanidad fue juzgado y condenado en los Juicios de Nuremberg, siendo ahorcado en junio de 1948. 


A tiparracos como este cumplimentaron las "autoridades navarras" aquel lamentable 19 de octubre en Alsasua, o invitaron a un "vino de honor" el 7 de julio de 1940 en Pamplona. 

No, no es nada extraño por tanto que los implicados quisieran hacer desaparecer las pruebas de semejante y bochornoso servilismo. Y ahora que una presidenta derrotada y completamente pasada de rosca quiere hacernos creer que estamos a las puertas de la Alemania hitleriana, es cuando más necesario resulta recordar gracias a quiénes precisamente Navarra sí que estuvo realmente no a las puertas, sino metida hasta el cuello en aquella locura....



Aunque, naturalmente, yo siempre con Indiana Jones: 


Nazis: i hate these guys


© Mikel Zuza Viniegra, 2015









viernes, 29 de mayo de 2015

EN LA PALMA DE LA MANO


Convento de los predicadores de Peñafiel, 29 de mayo de 1421

-¿Pero es que ni recién parida me van a dejar descansar? ¿Por qué no se ocupa mi marido de las labores de gobierno, al menos durante estos días?

-Ha salido a cazar, alteza.

-Sí, a cazar hembras de dos patas, como siempre...

-Señora, no deberíais dudar de él de esa forma...

-Ser mi senescal no os faculta a decirme lo que debo o no debo hacer, don Pierres. No volváis a olvidar nunca -por la cuenta que os trae- que soy la reina de Navarra, y que este que duerme en mi regazo es Carlos, el heredero al trono. Y os juro que no he dejar que se parezca a su padre en nada...
Y ahora decidme, ¿qué es eso tan importante que no admite espera?

-Hay un grupo de viajeros en el claustro, que dicen que vienen desde Egipto. Visten de modo muy estrafalario, y provocan tanta algarabía con sus cantos, que no sabemos muy bien que hacer con ellos. Piden vuestro real permiso para asentarse en Navarra, donde al parecer han llegado muchos más de los que hasta aquí han llegado con calidad de embajadores.

-¿Egipcianos, decís? ¿Y tienen algún mandatario con quien pueda yo parlamentar?

-Ellos dicen que no tienen reina, pero sí faraona, que es el tratamiento que dan a quien los gobierna. Ella espera en la sala contigua vuestro permiso para entrar.

-Hacedla pasar, que entre mujeres nos entenderemos rápido.

-¡¡¡Ayyy, señoooora!!! ¡¡¡Tú no tienes carita de reina, sino de emperaoooora!!! ¡¡¡Y a este hijo tuyo tan lustroso, voy a leerle ahora mismo su futuro en la palma de la mano!!!

-¿Por qué ponéis esa cara, faraona? ¿Qué es lo que habéis visto?

-Si os lo digo no dejaréis que mi pueblo se asiente en vuestro reino, y esa es la misión que los míos me han encomendado. Tengo responsabilidades para con ellos, como vos las tenéis para con los vuestros, bien sabéis que gobernar no es tarea fácil... Pero podéis estar tranquila, porque este niño será el mejor príncipe que ha habido nunca entre los cristianos, y aún entre los moros. dominará todas las artes y las letras, todas las mujeres le abrirán sus puertas, y los amigos nunca se las cerrarán, será amigo de la paz, aunque si tiene que hacer la guerra, cumplirá con valor su cometido, pero...


-¿Pero qué? ¡Decidmelo u os haré encerrar a todos!

-Guardadlo todo lo que podáis del cazador, señora...

-¿Eso es todo? Tranquilizaos, no hacía falta ser adivina para saberlo, y me encargaré personalmente de su educación para lograrlo. Pero me gusta lo que habéis dicho de él, así que id y decid a vuestro pueblo que tiene mi consentimiento para vivir en Navarra, pero que ahora necesito descansar, así qeu como sigan cantando a voz en grito, he de mandarlos ahorcar...



Y esto fue escrito el 29 de mayo de 2015, día en que se cumplen 594 años del nacimiento de Carlos d'Evreux, príncipe de Viana. Feliz aniversario, mocé.

© Mikel Zuza, 2015

miércoles, 27 de mayo de 2015

OVEJAS

Izagaondoa, 27 de mayo de 1317


-¿De verdad creéis que tiene sentido continuar con esta locura?

-Habla por ti, Guillén: nuestros abuelos y nuestros padres no fueron perseguidos para que nosotros nos rindamos ahora.

-Mantener la legitimidad no nos conduce a ningún sitio: al fin y al cabo todos sabemos que la dinastía real originaria de Navarra ya no volverá a sentarse en el trono. Han pasado más de ochenta años, por Dios...

-Repito que tú puedes hacer -como haces siempre- lo que quieras, Guillen de Zuazu, pero creo hablar por vosotros dos, Jimeno de Lizoain y Pedro de Redín, y desde luego en mi propio nombre, como que me llamo Martín de Larrangoz, si juro que la antorcha que encendieron nuestros antepasados seguirá iluminando nuestro camino.

-No he dicho que vaya a abandonar nuestra causa, Martín, sólo que quizás nos convendría reflexionar sobre la conveniencia de seguir viviendo dentro de un sueño: los reyes de Navarra vienen de Francia desde los tiempos de Teobaldo I. Y cinco monarcas más se han sucedido en el trono desde que murió el champañés. Hablas de nuestros abuelos y de nuestros padres, pero casi todos ellos murieron en prisión por empeñarse en mantener la perdida causa de Sancho VII, apodado el Fuerte. Los que no murieron se empobrecieron hasta llegar a nuestro lamentable estado actual: todos los nobles del reino aceptan los hechos consumados menos nosotros. ¿Queréis que nuestros hijos participen también de este miserable destino que nosotros hemos heredado?

-Te equivocas, Guillén, porque este asunto hace tiempo que dejó de tener que ver con la legitimidad o no de quien lleve sobre su cabeza la corona de Navarra en un momento determinado. No: quizás comenzó precisamente por eso, pero ahora lo verdaderamente importante es saber si podemos mirar el reflejo de nuestros rostros en el Irati sin tener que apartar la mirada por pura vergüenza.

-¿De qué estás hablando?

-Vamos, los cuatro sabemos lo que supone la última orden de los oficiales del rey Felipe. La obligación de que cada caballero navarro presente ante ellos su sello renovado a la moda anglo-normanda, y por tanto con el jinete cabalgando hacia la derecha, implica el abandono definitivo de nuestras tradiciones y nuestras costumbres. ¡Y os digo que yo no me doblegaré jamás ante un rey que nunca ha salido de París, ni conoce como son nuestras montañas o cuál es el aroma de nuestros vinos! Y por supuesto, sé perfectamente que todos los demás linajes -con tal de mantener sus prebendas- lo harán, pero yo me niego a modificar el antiquísimo sello de mi familia: aquel que muestra al caballero de Larrangoz cabalgando hacia la izquierda, igual que lo hicieron los legítimos reyes: Sancho VI y su hijo Sancho VII. ¿Y vosotros: preferiréis manteneros en pie, u os arrodillareis sumisamente ante vuestro dueño francés?


-Pero mantener la individualidad nos puede costar tan caro como a nuestros antepasados...


-La individualidad es la cualidad que nos convierte en seres humanos, si renunciamos a ejercerla no somos más que ovejas. Seguro que el rey ordenará perseguirnos en cuanto sus esbirros le cuenten que nuestros sellos no van en la dirección que ellos ordenaron, pero podremos mirarles a la cara a ellos y a cualquiera que se incline ante ellos. Vamos, no tenemos mucho tiempo, ¿qué decidís? Ya os lo he dicho pero lo repetiré: yo, Martín de Larrangoz no soy una oveja.

-Y yo, Pedro de Redín, tampoco soy una oveja.

-Y yo, Jimeno de Lizoain, tampoco soy una oveja.

-Puede que estéis completamente locos, aunque desde luego espero que llegue un día en que todos los navarros se vuelvan tan locos como vosotros, y hasta sé de un adivino de Corella que lo ha profetizado...
Además, detesto acatar órdenes injustas, así que sí: yo, Guillén de Zuazu tampoco soy una oveja y marcharé por tanto hacia la izquierda, que siempre me ha parecido la mejor senda por la que avanzar...


Y que vengan los oficiales del rey Felipe a por nosotros, si es que se atreven...


© Mikel Zuza, 2015

viernes, 15 de mayo de 2015

Y TIRO PORQUE SON CUADRADOS

Catedral de Pamplona, 15 de mayo de 1420


No es que hayas creído demasiado en esas cosas, pero a medida que van pasando los años, recuerdas cada vez más a menudo las palabras de aquella gitana que leyó la palma de tu mano cuando eras un niño: "serás obispo cuando sumes todos los dados de la catedral de Pamplona". 

Pero tienes 34 años ya y ni tu padre, el juicioso monarca Carlos III, ha conseguido que ese testarudo aragonés que ahora ocupa el trono de los papas en Avignon dé su brazo a torcer y acepte tu nombramiento. Sí, claro que su santidad Benedicto XIII ha aceptado que seas el administrador de la diócesis, incluso te ha investido con la muy egipcia dignidad de patriarca de Alejandría, pero no te ha reconocido obispo. 

Y llevas demasiado tiempo ya escuchando a tus subordinados de la curia murmurar sobre la imposibilidad de que tal cosa llegue a ocurrir algún día, pues ¿cómo aceptar que la sede de San Fermín sea dirigida por alguien tan miope que ni las lentes más gruesas que su padre ha podido conseguir en sus viajes a París terminan de arreglar su cortedad de vista? 

En el fondo es cierto: cualquier aprovechado podría darte a firmar un documento que comprometiese el patrimonio eclesiástico, y tú, Lancelot de Navarra, sancionarías semejante latrocinio con tu sello, porque habrías sido incapaz de leer lo que en él iba escrito. 

© Iñigo Saldise
Por eso hace también muchos años que buscas esos malditos dados de los que te habló aquella bruja, por ver si los poderes del infierno pueden ayudarte más que los del cielo a conseguir tu anhelada meta episcopal. Pero por más que has revisado toda la enorme fábrica de la catedral y sus dependencias, no has encontrado más dados que los que adornan el escudo de Portugal en la bóveda de los reinos del refectorio. Y suman veinticinco...


¿Cuántas veces has probado en todas y cada una de las capillas a repetir ese número sin cesar? Siempre en voz baja, al menos desde aquella ocasión en que un impertinente monaguillo oculto tras una columna te escuchó invocar esa cifra, y salió entonces corriendo por la nave y gritando: "por el culo te la hinco, por el culo te la hinco...". Sólo que tu nefasta visión te impidiese reconocer su rostro le salvó de un castigo ejemplar... 

El caso es que tienes suficientemente comprobado que el guarismo veinticinco no provoca la menor alteración en bóvedas, claustros o criptas, y también que no te ha acercado más a la cátedra del obispo de lo que lo estabas cuando estudiabas con los demás clérigos en la universidad de Toulouse.

No. Tiene que haber más dados representados en este condenado edificio cuya primera piedra pusiste precisamente tú. ¿Pero dónde? No está en los retablos, cuyas escenas has observado a pulgadas de tus cansados ojos por saber si el detalle se te había escapado, ni en los sepulcros donde algún zumbón escultor podría haber intentado ocultar un símbolo de juego y alegría como el que buscas, ni en los frescos que adornan las paredes, ni en la talla de Santa María, ni en las casullas recamadas de oro, ni en los excelentemente tallados -repujados casi- capiteles del claustro, ni en...

Claro, ¿pero cómo no se te ha podido ocurrir antes? ¡Sí: allí tienen que estar!

Y corres con muy poca reverencia -al menos para ser todo un señor patriarca- hasta la capilla donde reposa el tesoro catedralicio, y allí ordenas a todos los canónigos que vegetan, más que rezan, que salgan inmediatamente de la estancia. Solo al fin, tanteas la barandilla de la endeble escalera que lleva hacia tu meta. Siempre has temido las alturas, y esta a la que dudas en ascender no es baladí, que tendrá sus buenas seis o siete varas de distancia al suelo. Algo muy bien pensado, por cierto, para evitar posibles robos sacrílegos y favorecer la adoración de los fieles, que contemplan con arrobo el relicario, allá arriba, como en el Cielo, mientras ellos permanecen anclados a la podredumbre terrenal... 


Pasas pues por encima de tus miedos y subes peldaño a peldaño hasta tener a la vista el relicario del Santo Sepulcro. Nunca te habías atrevido a hacer tal cosa, y por eso nunca lo habías contemplado tan de cerca. Bueno, contemplar o ver es mucho decir, porque tus malditos ojos no te dejan, como de costumbre, más que atisbar siluetas. Pero acercándote mucho hacia esos esbirros que custodian la tumba de Cristo, y gracias a tus gruesos lentes, ves por fin los tres dados que salieron rodando del cubilete con el que los soldados romanos se jugaron las ropas del Nazareno... 


¡Al fin vas a poder dar cumplimiento al augurio de la gitana! ¡Casi puedes sentir ya la mitra sobre tus sienes! Bastará con sumar al maldito y portugués veinticinco los números que indiquen estos diminutos dados...


Y tan diminutos, no hay forma de verlos. Ni el halcón de tu padre podría distinguir el resultado de esta tirada... Miras y remiras, pero no aciertas a distinguir si es un cuatro o es un tres lo que las caras de esos cubos llevan grabado. Y tu desesperación haces que cada vez te muevas más en la plataforma, que se bambolea como si estuviese ocurriendo un temblor de tierra. Intentas echar mano a la barandilla, aunque no estás seguro de que sea la barandilla, y no un simple candelabro que tanto adorna como sirve para tapar el agujero entre las barras por el que caes sin remisión. 

Y en esa breve distancia que va de la gloria a la tumba, que a ti se te hace eterna, comprendes que nunca llegarás ya a ser obispo...

Pero como las profecías gitanas tienden siempre a cumplirse: cuando el rey don Carlos es informado de que su hijo Lancelot se ha precipitado desde la altura en la que sin duda fervorosamente oraba ante el relicario del Santo Sepulcro, ordena que sea enterrado en la cripta regia del coro de la catedral, con todas las galas episcopales que le fueron negadas en vida. 

Y sépase que la vigencia de tal augurio sigue completamente vigente, y que cualquiera que acierte a sumar el resultado de los tres dados del mentado relicario, con los veinticinco de las cinco quinas lusitanas, alcanzará de forma inmediata el rango de Excelentísimo y Reverendísimo Señor Obispo de Pamplona, a no ser que haya algún otro dado oculto -tallado, pintado o bordado- en dicha Catedral.

Confieso que yo mismo perdí en mi juventud la oportunidad de ostentar tan apetecible cargo, y ahora mis ojos son ya incapaces de ver la cifra que suman esos dados. Y dadas las pésimas condiciones lumínicas con la que actualmente se muestra el relicario (perpetradas muy probablemente por maese Rouzaut o micer Alforja, para que todos tengamos que correr a sus tiendas a proveernos de carísimas lentes), dudo que haya alguien de vosotros y vosotras que vaya a convertirse en obispo/a a medio o largo plazo.

Aunque el o la que este verdaderamente interesado/a, siempre podrá hablar con su adivinadora o echadora de buenaventura más cercana...


© Mikel Zuza Viniegra, 2015

lunes, 27 de abril de 2015

ABRIL ES EL MES MÁS CRUEL

Palacio de los Vidaurre en la Navarrería de Pamplona, 27 de abril de 1362

-Pensaba que seguía vigente la tregua con Francia, don Marcos.

-Y lo está, mi buen don Martín, pero ya sabéis que al rey don Carlos le gusta que hagamos ejercicio...

-Lo que no entiendo es por qué tenéis que hacerlo empleando la vieja armadura de vuestro abuelo y no aquella milanesa que su majestad os regaló, mucho más cómoda y ligera que la que os estáis poniendo. Dejad que os ayude, que casi tengo la misma edad que estas herrumbrosas piezas, no en vano entré a servir en esta casa cuando vuestro padre era un muchacho. Como ya os habéis colocado el jubón de armar, con su guarnición de malla para proteger las axilas y las ingles, que son las zonas más vulnerables y menos protegidas por las launas de acero, empezaremos calzándoos los escarpes y espuelas, luego protegeré vuestras pantorrillas con las grebas, las rodillas con las rodilleras y los muslos con los quijotes. La cintura irá cubierta por estos dos fuertes escarcelones.
Ahora el torso, con la coraza formada por el espaldar por detrás, y el peto y la pancera por delante. Después los brazos, cubiertos por avambrazos, coderas, y hombreras o guardabrazos. Los guantes de cuero guarnecido por las manoplas os permitirán empuñar la espada y la daga que cuelgan una a cada lado de vuestra cintura. 
Y por fin, la barbera para defender vuestro cuello, sobre la que ajustaré el bacinete acolchado por dentro que mantendrá a salvo vuestra cabeza. ¡Pobre de quien hoy ose enfrentarse a vos, don Marcos! Por cierto, ¿quién va a ser vuestro adversario? ¿El rocoso don Jimeno de Olza? ¿El hábil don Pedro de Mendinueta quizás? 


-Uno más duro aún, don Martín. Por eso he escogido esta armadura tan pesada. Me hará falta...

-Tened cuidado, mi señor. Ya sabéis que no tiene sentido arriesgar demasiado en un entrenamiento, pues harto peligro se encuentra luego en el campo de batalla sin ir a buscarlo.

-Gracias por vuestra preocupación, don Martín. Siempre fuisteis un excelente escudero.

Y montando sin dificultad en su caballo destrero, enfila la rúa de los peregrinos y sale de la ciudad por el portal del abrevador, haciendo resonar sus carcomidas tablas con el poderoso galope de su montura. Ya ha alcanzado el Arga y avanza lentamente por su orilla, haciendo que los esforzados labradores se incorporen al verlo: "¡Parece un san Jorge!" -cuchichean cuando pasa delante de ellos levantando la visera de su yelmo para saludarlos. 

Ya ha llegado a su destino, justo en el recodo de Aranzadi, enfrente de la vieja torre del convento de san Pedro de Ribas, allí donde los lilos recién florecidos llenan de color y aroma el paisaje. Pero no hay allí ningún otro caballero esperándole, ni actúa don Marcos como si estuviera esperando que llegase uno rezagado, pues descabalga y acaricia parsimoniosamente con su mano enguantada las crines de Saladino, su caballo de guerra, justo antes de golpearlo en la grupa para que se aleje. 

Mira entonces hacia el convento, allá enfrente, al otro lado del río, y comienza a introducirse en las frías aguas, donde sabe que por efecto del remolino son más profundas en estos días de deshielo. Todo el metal que lleva encima va doblando, triplicando su peso a cada paso que da, y cuando la corriente le llega por el pecho, comprende que con el siguiente perderá pie, y se hundirá sin remedio. Lo hace por tanto con decisión, y su última mirada, justo antes de que el agua alcance la mirilla de su acolchado bacinete es para la torre del convento. Allí dentro estará ella. Sus pulmones estallan mientras recuerda los versos: 


"Abril es el mes más cruel:
engendra lilas de la tierra muerta,
mezcla recuerdos y anhelos,
despierta a las inertes raíces con sus lluvias primaverales..."



El rey Carlos no acaba de aceptar lo que le cuentan: el joven don Marcos de Vidaurre, su mejor caballero -pero sobre todo su amigo-, aquel que estaba llamado a encabezar la próxima campaña de sus armas en Normandía, se ha ahogado en el Arga. Pero no ha sido por accidente, sino por propia decisión. Nota que la rabia va a desbordarlo una vez más. No es el rasgo de su carácter del que más orgulloso se siente, pero lo cierto es que prefiere ordenar al mensajero que le ha traído tan funesta noticia que se aleje a uña de caballo, antes de que su ira lo golpee de lleno, con razón o sin ella. 

Da sin embargo otra orden simultanea a todos sus oficiales: que se averigüe cuanto antes qué movió al desdichado don Marcos a actuar así. Y si consiguen saberse las circunstancias ocultas del caso, y puede probarse que hay un culpable, jura que ha de suplicar no haber nacido... 

Y acaba resultando tras variadas pesquisas entre quienes conocían al caballero que no, que no hay un, sino una culpable. A muchos era notorio -aunque no hubiese llegado ninguno de los dos a hacerlo público- que doña Catalina de Zabaleta dio palabra de casamiento a don Marcos, pero que luego se echó atrás alegando que ser esposa de Cristo en el convento de San Pedro de Ribas era su auténtica voluntad. Pero esto tampoco era cierto, pues únicamente buscaba refugio en el monasterio mientras le llegaba una propuesta matrimonial mucho más ventajosa: la del viejo -otros dicen que decrépito- señor de Elío, muy rico en libras, sueldos y dineros, y mucho más rico aún en años. 

Puede que don Marcos los viese pasear por la orilla del río, junto al camino de Errotazar, eso ya no era seguro, pero en ese momento debió fraguarse en su cabeza su descabellado final. En cualquier caso el rey Carlos ya no necesita más averiguaciones...

El cadáver, no tan abotargado por el agua como cabría esperar, está custodiado en el convento de las monjas frente al que murió. Las piezas de su oxidada armadura han ido recuperándose del pozo en donde fue a caer el pobre caballero. El rey reza quedamente mientras va fijándolas de nuevo al cuerpo de su mejor amigo, al que sin que sirva de precedente, atiende póstumamente como escudero.

Empieza por los pies, como cuando estaba vivo. Y entiende al atar cada correa que hubiese elegido don Marcos placas tan pesadas, pues quizás las milanesas que él mismo le regaló hubieran flotado en las aguas -de puro ligeras- como las nubes o como los sueños. Cuando acaba su labor, parece sir Lancelot aquel que yace inerte sobre la tabla conventual. 


La priora esboza un intento de negativa a la petición de don Carlos de que acoja definitivamente los restos del finado. Algo sobre que un suicida no puede enterrarse en terreno sagrado. El rey se la lleva aparte, para que no le oigan el resto de las monjas. Cuando vuelve la superiora, con la cara demudada, ordena a las hermanas que vayan preparando todo para el funeral de don Marcos. A nadie contará nunca que el rey de Navarra -muy pausadamente, pero sin darle la menor opción de réplica- la amenazó con enviar a toda la comunidad a servir de entretenimiento en los harenes del Gran Turco si acaso rechazaban enterrar al caballero en su convento, como él mismo "humildemente" les solicitaba. Ni que vio en los resueltos ojos del monarca que no era precisamente mentira semejante advertencia...  

-¿Sabéis lo que me ha dicho el rey?
El obispo, que conoce bien a don Carlos, ni siquiera intenta colarle el sermón sobre que la vida de cada uno sólo pertenece a Dios y por tanto nadie es dueño de la suya propia. Teme acabar, si lo intenta, y si tiene mucha suerte, como hermano portero en algún perdido monasterio cercano a la Bardena...

-¡Cualquiera se atreve a decirle nada!
Sólo queda por tanto ajustar las cuentas de Catalina de Zabaleta y del señor de Elío...

A él, sin tener en cuenta su edad ni su posición, lo destina a salir de inmediato hacia Normandía. Llevará consigo una carta sellada que sólo el hermano del rey, don Felipe, podrá abrir. En ella se ordenará que el señor de Elío vaya en primera fila en la siguiente escaramuza contra el maldito Bertrand Dugüesclin, mariscal del rey de Francia. Y se recalcará que no hará falta que el resto de las tropas navarras lo sigan muy de cerca en esa refriega...

A ella, que llora sin consuelo en la iglesia del convento, aguardando temblorosa el castigo que espera a las personas caprichosas, que hoy dicen sí, mañana no, y pasado únicamente lo que su egoísmo les dicte, le ordena tomar de inmediato los hábitos que al parecer tanto ansiaba. Pero no los de las hermanas agustinas, que ya la están desprendiendo de sus joyas y lujosas ropas, sino la recia arpillera de la Hermandad de Emparedadas, aquellas cuya única morada hasta su muerte será una celda tapìada, sin puertas, y con sólo dos ventanucos: uno dará hacia el cementerio, para que medite a la vista de la tumba de quien tanto la amaba; por el otro, apenas una pequeña mirilla, se le pasará cada día un pedazo de pan y un buche de agua para asegurar su subsistencia. Cuando llegue la mañana en que el pan y el agua no sean recogidos, se entenderá que doña Catalina ha muerto y procederán a tapiarse también las dos rendijas mencionadas. 

El notario atestigua que el deseo del soberano es ley. Y lo hace en voz alta tres veces, para que toda la comunidad pueda escucharle. Resuena la orden en las bóvedas de la iglesia: ¡El rey Carlos así lo manda! ¡El rey Carlos así lo manda! ¡El rey Carlos así lo manda!

Y aún da una última orden a su pintor de cámara: que decore uno de los arcosolios del templo con esta triste historia para que, andando el tiempo, los siglos quizás, algún despistado pueda recordar al fin que todo esto ocurrió verdaderamente. Y él mismo estará allí representado, entre el coro de plorantes y plañideras, con gesto compungido y cubierta su real cabeza en señal de duelo con una capucha del color de las lilas que nacen en abril, rindiendo eterno tributo a su mejor caballero...


Pintura del siglo XIV en una tumba de la iglesia de Nuestra Señora del Río,
 en la Rotxapea. Foto de C. Martinez Alava
Y algunos dicen que por cosas como esta se le apodó "el Malo" a don Carlos. Sin embargo creo que actuó bastante juiciosamente en esta ocasión,  y opino además que no es mala cosa poner la lealtad -a un amigo, a una mujer, a una idea o a un rey, aunque no necesariamente en ese mismo orden- por encima de todas las demás cosas en ciertos momentos. Sin embargo, cada uno es muy libre de pensar lo que quiera...


Quiero agradecer a Clara Fernández-Ladreda y a Txarli Martínez Alava -amigos y maestros- que me hablasen de esta pintura, pues aunque trabajé yo varios años pared con pared de donde se encuentra, jamás reparé en ella. Y es que con mucha razón dicen que quien no sabe, es como quien no ve. Les ruego también desde aquí a ambos que disculpen las licencias poéticas que me he tomado para escribir esta crónica. Ellos dos acabarán descubriendo la verdad sobre ese enigmático fresco. Yo, como de costumbre, he preferido inventármela. 

Y por no dejar a medias esta confesión, que a nadie extrañe tampoco que el caballero don Marcos muera con los hermosos versos de T. S. Eliot en la cabeza, aunque éste no los escribiese hasta el año 1922. Recuérdese más bien que la belleza no tiene por qué respetar las normas del tiempo.


© Mikel Zuza Viniegra, 2015