jueves, 7 de marzo de 2013

GALERÍA DE DAMNIFICADOS

Pamplona, 7 de marzo de 2013


-¿Estamos ya todos?

-Pues no sé si hay forma de saberlo, porque ¿quién podría recordar todos los personajes aparecidos en estas doscientas entradas justas que hoy se cumplen de estas "Crónicas Irreales" tuyas?

-Tenéis toda la razón, mi señor don Carlos II. Así que lo mejor será que vos, que fuisteis el primero en aparecer en ellas, seáis también el primero en exponer vuestras quejas, si es que las tenéis.

-¡Vaya que si las tengo! Porque efectivamente, comenzaste retratándome como un padre ejemplar, capaz de  hacer brillar las estrellas para consolar a su hija enferma El rey de Navarra hace salir las estrellas para su hija enferma, pero luego hiciste que mi corazón fuese sustituido por el de un cerdo Venganza, y también que esa preciadísima parte de mi anatomía viajase para cumplir una promesa a una amante que no recuerdo Un rey de Navarra debe cumplir siempre su palabra, después de que todos mis contemporáneos se atrevieran a juzgarme en el salón de mi palacio de la Navarrería Castigador, animal, peleón, perverso y audaz. No contento con eso me trataste de machista redomado que intenta meter en vereda a su díscola hermana La belle sagesse, me engañaste haciéndome creer que estaba en París y no en Pamplona con un burdo andamio pintado que remedaba las ebúrneas torres de Notre Dame Siempre nos quedará París, y me tildaste de gruñón que no soporta el ruido que hacen los críos mientras juegan en la calle... Raudo y veloz   

-Sí. Pero del mismo modo recordé que vos también fuisteis niño una vez, don Carlos De tebeo, os situé como árbitro justiciero de una estúpida querella de viejos caballeros Cuento hasta cien, hice que fundáseis por fin vuestra anhelada universidad Muchas felicidades, os situé como preocupado presidente de cierto club de fútbol que nos trae a todos por el camino de la amargura Pero hay que echarle un poco más de..., Con brío arrollador, os convertí en el auténtico recuperador de las Olimpiadas modernas Citius Altius Fortius y, sobre todo,  os puse en la tesitura de preparar el regalo más puntual que una mujer haya recibido nunca En punto, e hice que ella os devolviese gentilmente el gesto acuñando para vos una moneda muy especial Numisma. No, no creo que podáis quejaros. Me parece que soy, sin duda, el cobista más leal que habéis tenido desde vuestro lejano siglo XIV. Sin cobrar de vos, quiero decir...

-¿Me acusas de comprar a quienes me elogiaban por escrito?

-Como todos vuestros colegas coronados contemporáneos, don Carlos. A los míos, a los cronistas y escritores me refiero, los disculpo porque esta profesión siempre ha estado muy achuchada y cada uno ha de ganarse las alubias como juzgue oportuno...

-Esa es otra: ¿a santo de qué tanto cuento y tanta historia sobre reyes? ¿No te preguntan siempre si eres tan monárquico como parece por lo que escribes?

-Sí, si que me lo preguntan. Y yo siempre contesto con la estrofa de una jota que, aunque referida a una madre que busca algo mejor para su hija, puede interpretarse también como una estupenda proclama política:

"Si tu madre quiere un rey,
la baraja tiene cuatro:
rey de oros, rey de copas,
rey de espadas, rey de bastos".

-¿Y qué quieres decir con eso? Confiesa que te hubiera gustado vivir en nuestra época...

-Lo que confieso es que no me gustaría haber tenido que soportaros como gobernantes, por más que piense que -algunos- no lo hicísteis mal del todo. Podéis estar tranquilo: creo que vos estáis entre ellos, y no olvideis tampoco que un supuesto antepasado mío os sirvió tambien con fidelidad probada Apostillas a el nombre de los Zuza...

-Dejadme ahora hablar a mí, padre mío.

-¿Vos también queréis quejaros, mi señor don Carlos III?

-¡Pues claro que sí! No en vano me has hecho pasar por adorador de un olvidado culto pagano Exvoto, o por fervoroso seguidor de no sé qué demoníacos grupos musicales Radikal. Además pusiste el acento en los problemas -diz que sentimentales- de unos desconocidos en lugar de en mi ilustrísimo Privilegio de la Unión de la ciudad de Pamplona Amaretto. Y lo que más me duele: me hiciste destructor de la impresionante catedral románica de Pamplona. Precisamente yo, que siempre presumí -y con mucha razón además- de ser amante de todas las artes Fashion victim...

-Puede que tengáis razón en ese último ejemplo y no dudéis jamás de que envidio ese dulce triángulo -sólo superado en belleza y poder de evocación por el que delimitan Monreal, Leguin e Irulegi- formado por Tafalla, Olite y Ujué en el que vos y vuestra familia tan acertadamente escogió vivir. Pero olvidáis, como mucha otra gente, que esto que yo escribo no son crónicas estrictamente históricas, sino sobre todo literarias. ¿Cómo si no admitir que hayáis sido un padre tan consentidor de todos los caprichos de vuestra hija Caprichada, Escolar, o que os mostraseis tan benévolo con el amigo que "distrae" libros de vuestra biblioteca Voir le monde, o con quién directamente os robó vuestra más preciada colección Fondo monetario internacional? Además, puedo miraros sin rubor a la cara -lo mismo que a vuestro señor padre-, pues no en vano os he puesto también como solícito marido de vuestra esposa doña Leonor de Castilla, y no sólo durante su vida, sino también más allá del tiempo que le fue dado vivir en este mundo Muy más que la nieve fría, Windows. Y hasta recordé que os casasteis en la siempre hermosa y añorada ciudad de Soria Cin-cuento: allí me encuentro en la gloria...

-¿Y qué hay de verdad en todo ello, cronista?

-¿Y qué importancia puede tener eso? ¿Sabéis lo que dijo una vez Oscar Wilde?

-¿Quién decís?

-Un grandísimo escritor, señor. Seguro que os hubiera encantado leer alguna de sus obras. De hecho me comprometo a que lo hagáis en una de vuestras próximas apariciones en mis cuentos.

-¡Ya estamos! Pero bueno: ¿qué es lo que dijo?

-"La mentira, contar cosas bellas y falsas, es el verdadero objetivo del arte".

-Dí que sí, cronista, y no hagas caso a estos dos vejestorios que me han precedido...

-Vuestros deseos son siempre órdenes para mí, doña Blanca.

-Pues claro, y es que a mí me parece estupendamente que, además de mostrarme como la insoportable niña que debí ser, narraras tan bien mi romance con el juglar siciliano Franco Battiato La canzone dell amore perduto, o que mostrases una faceta desconocida de mi esposo el rey Juan Nueve de noviembre...

-Gracias, señora. Con razón me dicen que estas crónicas gustan más a las mujeres que a los hombres. Aunque no a todas, por supuesto...

-¿Un bibliotecario como tú se va a mojar en el espinoso asunto de si existe literatura exclusiva para mujeres?

-No. Me acojo muy astutamente ahora a mi condición de autor para decir que cada uno y cada una piense lo que quiera sobre el particular. Al fin y al cabo a nadie obligo a leer mis desvaríos...

-Pues yo estoy de acuerdo con milady Blanca: a mí siempre me pones por las nubes en tus historias.

-Es que yo le admiro mucho, mister Welles, por eso confío en su indulgencia por haberle mezclado en los avatares de esta tierra mía, primero acompañado por monstruos (y no sólo los que llegaron de Marte) Ondas, y luego por una maravillosa chica irlandesa de armas tomar En Pamplona por San Fermín...

-¿Y qué diré yo, que aparezco tan frecuentemente en estas coplas?

-Siempre lo que queráis, doña Berenguela.

-Pues que para confirmar lo que dijo doña Blanca, a mí también me gusta lo que escribís de mí, y eso que me habéis tachado hasta de bruja Dios te libre de la venganza de una mujer navarra...

-Fue sólo una licencia poética.

-Lo sé, y os lo perdono, porque no sabéis lo que fue vivir al lado de ese presuntuoso de Ricardo. Más vale que tú me has retirado esa pesada carga más de una vez Mirad como luchan por Corazón de León, y que también mostraste la otra cara de la moneda, cuando aún tenia ilusiones sobre mi futuro marido Señora de Monreal.

-Y en esa historia nació además todo un subgénero dentro de este blog: el de los desvelos de la familia Sagastibelza a través de los siglos por poner sus conocimientos ingenieriles al servicio de la monarquía navarra.

-Dices bien, cronista, que además el último de sus representantes es el único que ha sabido ver el secreto oculto en el retablo de Aralar, que fue sin lugar a dudas el regalo de bodas más maravilloso que mujer alguna haya recibido nunca. Los precursores lo tienen difícil, porque han de abrir ellos mismos el camino, pero luego muchos otros transitarán por él riéndose de los que decían que por allá no se llegaba a ningún sitio http://berengueladenavarra.blogspot.com.es/

-Yo no lo hubiera podido decir mejor, mi señora infanta de Navarra y reina de Inglaterra...

-Pues ahora hablaré yo, que largo tiempo he esperado a hacerlo.

-De vos no espero reproche alguno, mi señor don Carlos, príncipe de Viana, que ya dije antes que desde los tiempos en que andabais todos por este mundo, nadie os ha tratado con tanto cariño y respeto como yo, que a los demás he podido halagar por el mero hecho de hacerlo, pero a vos...

-De todo ha habido, cronista. De todo ha habido...
Pues ¿cómo si no tomarme que me hayas hecho marinero en tierra A quien conmigo va, o astronauta avant la lettre Día de difuntos, o icono anarquista A las barricadas, o justa víctima de la mafia siciliana Bacio la mano, o puesto en el brete de rechazar la inquietante ayuda del voivoda Vlad Draculea Déjame entrar o asistente a los toros en San Fermín Y mi palabra es la ley, o...?

-O expulsado injustamente de Navarra Tú me destierras por uno..., o filósofo Estoicismo, o enamorado mitológico Oiréis cantar hermoso Los frutos de la libertad, o puesto entre la espada y la pared Es melancolía  o luchador por vuestro legítimo derecho Lo que haya de ser será, o completamente derrotado Rehen-carnación, o...

-Dejadlo ya, que aburriréis si no a quien nos lea. Lo cierto es que le has dedicado tantos cuentos a mi esposo, que harían palidecer a su cuarto y misterioso libro de La Crónica de los reyes de Navarra...

-Como queráis, mi señora Agnes de Kleves, pero ese libro secreto escrito por don Carlos ha de aparecer un día. Y si no, lo he de escribir yo mismo. En cualquier caso vos tampoco podreis quejaros de mí...

-¿Tú crees? ¿Y como saber, leyéndote, a quién quería realmente mi marido? ¿A mí Devolvedme la nieve o a María de Armendariz El amor perdido del príncipe de Viana?

-Eso sólo él podría contestarlo, señora...
De lo que podéis estar los dos bien seguros es de que cambiaría ahora mismo todo lo que tengo por haber podido ayudar al príncipe Carlos en la batalla de Aibar. Os lo juro.

-¡Buena ayuda le habrías supuesto tú con una espada en la mano,majadero!

-Calla tú, rey don Juan, maldito usurpador, que ya te he dado lo tuyo muchas veces Poseido...

-Pues nosotros dos estamos también a la espera de saber qué ocurre con nosotros, señor cronista...

-Y tenéis mucha razón, Esteban y Blanca, que dejé vuestra aventura sin final hace ya mucho tiempo... Tan cerca tan lejos.
Pero todo llegará, y antes que nada el fin de esta entrada número doscientos,que ya se me está haciendo muy pesada.

-¡Pero si no has dicho nada sobre ti! Dinos al menos, de todas estas que has perpetrado, cuál es tu favorita.

-Diré que según el ánimo que tenga y la época del año en que nos encontremos. Atendiendo a eso, hoy me quedo con Eno-elegía y con Las Navas de Tolosa. Pero también puedo mostrar orgulloso los dos libros publicados que por el momento han salido de todo este asunto




y también haber descubierto el origen de Santa Catalina de Beroiz Santa Catalina de Beroiz, quizás la secreta identidad del caballero de Larrangoz Tres caballeros en busca de identidad, y también haber recuperado la memoria de cierta estatua de don Teobaldo I en la Taconera Se ha perdido una estatua...

-¡Eso, eso! ¿Es que de nosotros no vas a decir nada?

-Aún no, mis señores Teobaldo I y Teobaldo II, pero quizás muy pronto lo haga.
Mientras tanto, y en honor a vos, aquí dejo esta imagen de vuestra fugaz estatua en la Taconera allá por el año 1935, al fin y al cabo sois, desde vuestra atalaya en lo más alto de mi página web, quien más calladamente ha soportado todas mis descalabradas invenciones...


-Eso, eso, salid corriendo para que no pueda echaros yo mano por haber mezclado mi glorioso final  con no sé que lío de un colgante con un par de pendientes a juego... El último presente de César Borgia 

-Ah, mi señor don César Borgia: si vieseis cuan hermosas son esas joyas...

-¿Y no será que quieres poner fin a esta entrada tan especial para que no puedan decirte que tu estilo literario se parece sospechosamente al mío?

-Pero Angel María: si ese es precisamente el mejor elogio que podrían hacerme. Además, recuerda lo que tú mismo escribiste, y que muy bien podría ser el lema de un hipotético escudo mío Barruntos X:

"Quien sabe si después de todo, no serán las leyendas lo único cierto de la Historia..."


  © Mikel Zuza Viniegra, 2012

miércoles, 20 de febrero de 2013

DON DE LENGUAS

Patio del palacio real de Pamplona, 20 de agosto de 1446


-Gracias por aceptar mi petición, monsieur Jacques.

-¿Y cómo podría yo haber rechazado la invitación de un príncipe soberano como vos, mon seigneur Charles?

-Precisamente por eso mismo: porque las reglas de la Caballería Andante no aconsejan justar contra reyes o príncipes, que son además quienes deben velar por que los encuentros se desarrollen de acuerdo a esas normas.

-Me fío de vos, señor príncipe de Viana. Por lo demás, la luna me parece juez suficiente de este combate secreto. La lástima es que no podamos enfrentarnos a caballo, Sire...

-Ni pensarlo. Si Agnes se entera de esto, tendría que irme a vivir a Olite por una buena temporada. Aunque ella es la responsable indirecta de este enfrentamiento oculto, pues si no perteneciese a la misma casa de Borgoña que vos honráis con vuestro famoso brazo, monsieur Jacques de Lalaing, yo os hubiese dado permiso esta mañana para justar con mis nobles. Alguno, como Juan de Luxa, ya tenía engrasada su armadura para hacer frente al mejor caballero del mundo.

-Exageráis, príncipe...

-Tan sólo repito los juicios que vuestros actos caballerescos merecen a vuestro cronista.

-¿Habéis podido leer mi livre des faits? No os aconsejo creerlo a pies juntillas. Pensad que el autor escribe a sueldo mío.

-¿Así que no es cierto este pasaje recién añadido?:


"CUANDO MI SEÑOR JACQUES PASABA POR LAS CALLES DE PAMPLONA, YENDO AL PALACIO DONDE LE ESPERABAN LOS PRÍNCIPES,
PUERTAS Y VENTANAS SE ABRÍAN Y SE LLENABAN DE HOMBRES Y MUJERES, DAMAS, BURGUESAS Y DONCELLAS, PARA CONTEMPLARLO A ÉL Y A SU ACOMPAÑAMIENTO;
Y NO HAY QUE ADMIRARSE DE ELLO, PUES ERA UNO DE LOS MÁS APUESTOS JÓVENES CABALLEROS QUE HABÍA EN SU TIEMPO, Y ADEMÁS IBA MUY RICAMENTE ATAVIADO Y VESTIDO CON UNA PRECIOSA ROPA CARGADA DE ORFEBRERÍA.
ERA ALTO Y ERGUIDO, BIEN HECHO Y BIEN FORMADO, DE HERMOSO Y AGRADABLE ROSTRO, DULCE, AMABLE Y CORTÉS, TENÍA EL ROSTRO DE HOMBRE ARROJADO, Y NADA EN ÉL PRODUCÍA MAL EFECTO.
LOS QUE LE VEÍAN PASAR ENCONTRABAN PLACER EN MIRARLO. FUE CONTEMPLADO MUY GUSTOSAMENTE POR DAMAS Y DONCELLAS, Y ES MUY DE CREER QUE HUBO ALGUNAS QUE LO HUBIERAN QUERIDO CAMBIAR POR SU MARIDO, SI ELLO HUBIESE SIDO POSIBLE”.

-Es que parescióme el otro día que las mujeres de este reino siempre suspiran por los caballeros venidos de otras tierras, príncipe...

-Y los hombres también, monsieur Lalaing: recordad que yo me casé con la hija del duque de Cleves. Y el poco idioma flamenco que he aprendido desde entonces es el que me ha servido para que vuestro cobista, perdón, quise decir vuestro cronista me dejase leer vuestro livre...

-¿Sabéis decir algo más en mi lengua?

-Sé decir: "Ik ou van je. En ik mis je vele kusjes". (Te amo y te extraño. Muchos besos)

-Ja, ja, ja. Eso no os valdría de gran cosa en un torneo, señor príncipe. 

-Depende de la clase de torneo de la que estemos hablando, monsieur Jacques...

-No os falta razón. Hacéis honor a vuestra fama de sabio... 

-Gracias, pero va siendo hora de que llevemos a cabo el asunto que nos ha reunido aquí. Es el momento oportuno, pues todo el mundo ha ido a ver las danzas en la plaza del Castillo y espero que no regresen hasta que nosotros dos hayamos dirimido nuestras pendencias. 

-Vamos a ello pues. ¿Decís que no utilicemos las hachas? 

-Prefiero la espada de doble mano. Con ella tendré alguna oportunidad de venceros. He leído lo suficiente de vuestro livre para saber que sois imbatible con el hacha. 

-No se me da mal, no. Las abolladas cabezas de muchos caballeros de toda Europa son mis testigos.Sea pues: nuestro combate será a espada de dos manos. Como veis yo traigo puesta mi armadura bajo la capa. A vos aún os falta colocaros el peto. Os ayudaré a ajustarlo. Es un poco antiguo y pesado, ¿no os parece, príncipe?

-Lo es, en efecto, porque es el que el armurero Simón de Rest hizo de traer de Milán para mi abuelo, el rey Carlos III el Noble. Me gusta y me he aficionado a llevarlo en estas ocasiones, por lo que estoy acostumbrado a su peso. Fijaos bien en la perfecta filigrana grabada en su frente. Son las divisas de mi real casa: el castaño con docenas de hojas perfectamente buriladas, a sus pies el lebrel blanco otea vigilante, y en los laterales brilla el triple lazo de los Evreux. 

-Obra magnifica es ciertamente esta cota, aunque me permito recordaros que el buen caballero no necesita más adornos que su valor. 

-Lo sé, mas me gusta portar estos recuerdos familiares. 

-Y hacéis bien, que con ello honráis a vuestra dinastía y a vuestro reino. Ahora cerrad la correa de vuestro yelmo y recordad: el vencedor será quien toque primero tres veces cualquier parte del cuerpo de su adversario. Y no confiéis en que mostraré escrúpulos ante vuestra condición principesca: una vez metido en la liza, no conozco ni a mi padre, os lo aseguro.

-Es justo lo que esperaba, que quiero saber hasta dónde llega mi pericia en este nobilísimo arte de la esgrima.

-¡En garde, prince Charles!

-Debe ser la suerte del principiante: mi primera acometida y ya os he privado del casco, monsieur Jacques...

-Debí atarmelo mal. No hay que confiarse ni ante el contrincante más primerizo. Pero no os preocupéis, que enmendaré rápidamente mi error...

-Llevaremos más de media hora de asaltos, y os confieso que si no fuera por este vinillo de Marcilla que tomamos a cada descanso, no podría yo mantener mi espada ante vuestra probadísima destreza, mi señor de Lalaing. 

-No os menospreciéis, señor principe, que habéis aguantado mis embates mucho mejor que caballeros dedicados en exclusiva a estos menesteres de la Caballería Andante. Y tenéis razón: este vino es soberbio. De camino a la corte de Castilla, he de pasarme por ese lugar de Marcilla a hacerme con unos cuantos odres. 

-Allí os recibirá encantado mosen Pierres de Peralta, señor de todas aquellas tierras. Bueno, decíamos que me ganáis por dos a uno, ¿no es eso?

-Sí, alteza. Un toque más y os habré derrotado. Mas no debe quedaros pesar por vuestro desempeño, que unirse a la lista de quienes yo he vencido, también es timbre de gloria.

-¿No decíais que el exagerado era vuestro cronista? Veo que tan sólo escribe al dictado...

-Os concedo la razón, príncipe. ¿Cómo dícen por estos reinos? "No tengo abuela". Tanto es así que voy a avisaros de dónde va a ir mi próxima estocada: al centro mismo del tronco de castaño que lleváis en vuestro pecho. 

-Demasiado fanfarrón, mon ami: paro vuestro ataque, amago hacia la izquierda, y girando bruscamente os golpeo en el costillar derecho. ¿Os ha gustado? Me lo enseñó el capitán de mi Guardia Real, que no en vano se apellida Puñal. 

-Muy bravo combatiente ha de ser ese, señor príncipe. Os envidio por tener tan leal elemento a vuestro servicio. Dos a dos. Quien dé el siguiente golpe será el ganador de este secreto combate. ¿Listo?

-Vaya, os agradezco que me permitáis recoger la espada que vuestro ímpetu me ha arrebatado de las manos, pero no me parece justo por mi parte hacerlo, señor de Lalaing. Vamos, acabad de una vez y certificad ya vuestra victoria.

-Pues como os dije antes, a talar vuestro castaño irá mi espada...

-Nee, als ik kan voorkomen dat het...! (¡No, si yo puedo evitarlo...!)

-¿Pero que has hecho, Agnes? ¡Has dejado sin sentido a Jacques de Lalaing! ¡El mejor caballero del mundo! ¡Aquél cuyo lema es: "No puedo ser vencido por ningún otro hombre"! ¡Y encima golpeándolo con un orinal en la cabeza! ¿Qué le diremos ahora?

-Puedes decirle que su lema sigue tan inmaculado como siempre, esposo mío, pues ningún hombre le ha vencido, que ha sido una mujer. Lo del orinal ha sido simplemente por ser la única pieza de metal que encontré en la galería, ¿y acaso no es lógico enfrentarse a un caballero cubierto de acero con un utensilio del mismo material? Considérate por tanto afortunado de que haya decidido yo volver antes que mis dueñas de las danzas del Chapitel, y que así nuestra divisa del castaño -que es tan mía ya como vuestra-, no haya de verse afrentada por tu derrota frente a un bravucón venido de Flandes...

-Ayúdame por lo menos a dejarlo apoyado en uno de estos arcos del patio, Agnes. Cuando su séquito regrese a palacio pensarán que se ha emborrachado con el vino de Marcilla y sabrán ocuparse de él. Lamento no haberle podido ganar de forma individual, pero me alegro de poder contar con una amazona tan heróica como la reina Pantasilea a mi lado...

-Siempre serás mejor poeta que guerrero, Charles.

-Si no me obligan a otra cosa, Agnes. Si no me obligan a otra cosa... Pero tengo una última curiosidad: ¿de verdad os parece a todas tan guapo este mozo borgoñón?

-A mis dueñas, y a lo que parece a todas las vecinas de esta ciudad, desde luego. A mí, que ya me harté de ver muchos parecidos mientras vivía en la corte del duque, no me dice gran cosa. Prefiero sin duda a alguien


"de más de mediana estatura, de rostro poco abultado, de semblante modesto y grave, de una distinguida generosidad, magnificencia y munificencia, que se deleita mucho más que con la guerra, con la música, cuyo artificio conoce bien, y con el trato de los hombres sabios, que es erudito en filosofía moral, especialmente en teología y otras letras, y que tiene ingenio para la pintura y otras artes".

-Ik ou van je, Agnes.

-Nik ere maite zaitut, Karlos.

Y quede como moraleja del cuento que gran verdad es que las palabras de amor suenan bien en cualquier lengua...

Dibujo de la tumba del bon chevalier Jacques de Lalaing
en  la iglesia de Notre Dame de Lalaing,
arrasada durante la Revolución Francesa.


El paso por Pamplona del caballero Jacques de Lalaing está narrado en el capítulo 36 del "Livre des faits du bon chevalier Jacques de Lalaing".

La descripción del príncipe de Viana pertenece a la "Crónica del rey don Juan II de Aragón", de Gonzalo García de Santa María. 

El más que seguro destrozo del idioma flamenco que he perpetrado me pertenece a mí y al traductor de Google.  

© Mikel Zuza Viniegra, 2013

lunes, 18 de febrero de 2013

EN BLANCO Y NEGRO

Munarriz, Valdegoñi, 18 de febrero de 1345


Hace frío, mucho frío en el cobertizo que sirve de taller al maestro escultor allá arriba, sobre el ábside, en el  arranque mismo del paseo de ronda que bordea toda la iglesia.

Casi todos los capiteles que rematarán los pilares de la nave están ya concluidos. Son delicados como las bíblicas historias en ellos representados, pero también fuertes para resistir el peso de las bóvedas de crucería que muy pronto cerrarán el recinto.

Cuando concluya esta última pieza, podrán volver por fin a continuar su labor en el claustro de la catedral de Pamplona, de dónde los sacó el imperativo mandato del obispo y mecenas don Arnalt de Barbazán, quien a cambio de que le fueran perdonadas ciertas sumas que debía al señor de Munarriz, envió hasta aquel helado confín a su principal maestro tallador para que ornase con su arte las obras del nuevo templo que sobre otro más antiguo allá se estaba edificando.

De esto hará unos dos meses, y ni el mayor experto podría distinguir la diferencia entre un trabajo y otro, por más que sea Pamplona la capital del reino de Navarra, y Munarriz un pequeño pueblo que el merino de Estella raras veces se molesta en visitar.

Y es este capitel -dejado a propósito para el final-, muy especial, pues en él puede verse a un ángel volandero que enseña un hermoso libro abierto a un personaje barbado que, curiosamente, muestra mucho parecido con quien lo está esculpiendo ahora mismo, junto al pequeño hogar que con su lumbre proporciona algo de calor a sus agarrotados dedos.

El viejo párroco, afortunadamente, tiene gran dificultad para subir los escalones, así que no molesta demasiado en la tarea. Sólo de vez en cuando le grita desde abajo para preguntarle si ha grabado ya en el libro abierto que lleva el ángel los sagrados versículos del Apocalipsis que el otro día le indicó.

-No os preocupeis, padre -le contesta el maestro desde lo alto de la escalera-, que las palabras del libro serán irreprochables.

Y deja sobre la mesa la maza y el cincel, y acerca sus ateridas manos al fuego mientras las frota con fuerza una contra otra. Y ya algo más reconfortado sale del cuartucho y recorriendo la ronda llega hasta una pequeña ventana geminada y mira desde allí hacia los campos completamente nevados que rodean la aldea. A la izquierda, en la ladera, unos niños se deslizan en trineos, como si inopinadamente estuvieran sirviendo de modelos al viejo Brueghel para que los pinte 220 años más tarde allá, en sus dulces provincias de Flandes.



Y viene ella por el camino que ya no es camino, pues las lindes del sendero reposan bajo el mismo manto que cubre el resto de las tierras. Y trae en sus manos la leña que luego les permitirá calentarse en el minúsculo taller.

Viste de negro y, mientras atraviesa aquella resplandeciente llanura, parece el humilde trazo de tinta que luego, ya sobre el blanco papel pautado, se transubstanciará en la precisa nota que sostiene y da sentido a la melodía principal en cantorales tan ricos como el de la catedral de Colonia, que dicen que es el que guarda en sus páginas la mejor música que puedan escuchar oídos humanos en este mundo, pues era el que llevaban los Magos de Oriente en sus alforjas. Y afirman también que cuando cada noche detenían su iniciático viaje para entonarla, llovían del firmamento tantas estrellas que los astrólogos zoroastristas hubieron de abandonar -completamente vencidos- su ya inútil oficio, seguros de no poder conjurar jamás hechizo sonoro semejante.

Y el sonido de sus breves pasos sobre la nieve helada -cras, cras, cras-, se le figura tan  prometedor como el de los crujientes granos de trigo que la rueda del molino convierte en harina, tan blanca como el silencioso e invernal mundo que les rodea, que no da ganas de abandonar nunca, ni siquiera para volver a encerrarse en la dorada jaula de la catedral de Pamplona, pues no hay razón para buscar el Cielo en un claustro, si vives ya en estas preciosas alturas de Valdegoñi, que tan cercanas al mismo se hallan.


Y ella le saluda sonriente desde allá abajo, y él le envía un beso desde detrás del mainel, para que le llegue partido, y caliente así a la vez sus dos amoratadas mejillas...
Y de nuevo el párroco vuelve a preguntar a gritos desde la sacristía si ha grabado ya las doctas palabras que el ángel dictó al evangelista Juan.

-Ahora mismo lo haré, padre -contesta el maestro volviendo rápidamente a su tarea, pues quiere terminarla antes de que su mujer llegue para que pueda leer las palabras del ángel, que a ella y sólo a ella pueden ir dedicadas-. Pero no las del ángel siempre adusto y fatal del Apocalipsis, sino las de otro que, por lo excelso de su poesía, merece compartir las altas dignidades celestes que ya ostentan Miguel, Rafael y Gabriel, porque va a tallar para ella los inspirados versos de Ángel González:

"Mientras tú existas,
mientras mi mirada 
te busque más allá de las colinas,
mientras nada
me llene el corazón,
si no es tu imagen, y haya
una remota posibilidad de que estés viva
en algún sitio, iluminada
por una luz -cualquiera...

Mientras 
yo presienta que eres y te llamas
así, con ese nombre tuyo
tan pequeño,
seguiré como ahora, amada
mía,
transido de distancia,
bajo este amor que crece y no se muere,
bajo este amor que sigue y nunca acaba".

-¡Desde aquí abajo no puedo verlos bien! ¿Estáis seguro de haber escrito exactamente la frase de la sagrada escritura que os señalé? Mirad que habrá de dar Gloria por los siglos de los siglos.

-No os preocupeis por eso, padre. Juro ante Dios y todos los santos que da Gloria verla... -le responde mientras sonríe mirando de soslayo por la ajimezada ventana...


La foto del capitel es de Antxón Aguirre Sorondo.
La de la ventana geminada de Santi Usabiaga.
La panorámica de Munarriz proviene del blog: http://ricardoenbici.blogspot.com.es/

© Mikel Zuza Viniegra, 2013

miércoles, 6 de febrero de 2013

ES MELANCOLÍA

Pamplona, reunión de las Cortes de Navarra, 6 de febrero de 1457


Y van entrando protocolariamente en el salón -decorado con los estandartes del reino y de la dinastía de Evreux-, primero los prelados representantes del estado de la clerecía, después los barones, ricoshombres, caballeros, fijosdalgos e infanzones, y finalmente los hombres de las ciudades y de las buenas villas, que están allí en nombre de todo el pueblo de Navarra.

Mas todos ellos representan únicamente a la parcialidad beamontesa, pues la ceremonia que va a tener lugar aquí esta noche  es la proclamación como soberano del príncipe de Viana, perseguido a sangre y fuego por su propio padre, que usurpa la corona sin derecho alguno.

Así, a don Carlos IV no le reconocerán la mitad de sus súbditos naturales. Pero lo que importa es el gesto: atreverse a desafiar al falso rey enarbolando la bandera de la justicia, como aquellos romanos que libraron a su ciudad de la tiranía de Julio César...

¿Pero dónde está don Carlos? -comienzan a preguntarse los congregados. ¿Habrá ido a comprobar personalmente la buena ley de las preciosas monedas acuñadas a su nombre? ¿Estará vistiéndose con las galas que ordena el Fuero para semejantes ocasiones? ¿Habrá ido quizás a rezar a la capilla, como dicen que hacen todos los matatoros en la cercana plaza del Castillo antes de enfrentarse  a las resabiadas reses traídas de la Ribera? ¿No será que ha caído en una nueva emboscada de su perverso progenitor?

¡Basta de rumores! -exclama don Juan de Beaumont, el prior de la orden de San Juan de Jerusalén-. ¡Que se le busque por todo el palacio!

Y salen raudos de la estancia ujieres, guardias y criados a cumplir el imperativo mandato recibido. Nada en la capilla, nada en la ceca, nada en el guardarropa y no hay noticias tampoco de un asalto agramontés, así que empiezan a desesperar de encontrarlo...

Y no lo harían si saliesen a la calle, que allí, casi tocando a la esquina del edificio que mira hacia la Taconera, y a la blanquecina luz que la luna llena vierte desde el cielo, está el príncipe acompañado por Maria de Armendariz, su verdadero y único amor. Así le habla ella:

-Ya no tenemos tiempo, pronto saldrán a buscarte y, si te vas con ellos, te apartarán para siempre de mí. No estamos en tierra de moros: aquí un rey sólo puede tener una reina a su lado, y para todos esos partidarios vuestros, no tengo la sangre suficientemente noble. Debes decidirte, aunque sólo sea por una vez en tu vida...

-¿Crees  que no sé que sería yo mucho más feliz a tu lado que enrolado continuamente en quimeras políticas como esta supuesta coronación que me aguarda? No tengo duda alguna de ello y espero que tú tampoco. Pero, si por puro egoísmo abandono a quienes hasta ahora me han seguido, ¿para qué habrán muerto muchos de ellos? ¿Cómo podría volver a mirar a la cara de quien perdió a sus hijos en la batalla de Aibar por mantener mi causa? Y quizás a mí me absolverían, pero a ti destinarían su odio más punzante y, sin conocer nuestra verdad o quizás por pura envidia de nuestra felicidad, te acusarían de haberme apartado de mi verdadera misión, que es liberar a Navarra del yugo de la opresión. No, no he de consentir ese destino para ti, María.

-Te preferiría tan indeciso como siempre, Carlos. La corona es sólo un pedazo de latón dorado: no podrás leerle versos junto al fuego, no te abrazará en las noches de invierno, no llorará por ti cuando te alejes y nunca tarareará a tu oído esta música...

Y saca de un bolsillo una pequeña caja de música que él le regaló que, al abrirse deja sonar unas hermosísimas notas que llenan el corazón del príncipe de pesadumbre:

         

Y cuando la melodía se apaga se produce un silencio que presagia cualquier posibilidad, pues parece que Carlos va a aceptar seguir la voz de su corazón, y por tanto de María, que no cesa de repetir: "Ven conmigo, Carlos", "Ven conmigo, Carlos", "Ven conmigo, Carlos"...

-¡Ven conmigo, Carlos! No es tiempo de galanterías, toda Navarra te espera en esa sala -brama su tío don Juan de Beaumont mientras lo arrastra hacia dentro en medio de una algarabía que no deja oír lo que los amantes debían decirse.

Y concluido el ceremonial, y mientras los gritos de ¡Real, Real, Real! resuenan por el recinto, se acerca don Carlos a la ventana, todos creen que por su natural modestia, pero en realidad lo hace para ver cómo se aleja lentamente María hasta desaparecer entre las callejuelas de la población de San Nicolás.

Y no puede dejar de pensar entonces en un poema de Eduardo Carranza, que siempre le importará mucho más que todos los títulos reales del mundo:


Te llamarás silencio en adelante.
Y el sitio que ocupabas en el aire
se llamará melancolía.


Escribiré en el vino rojo un nombre:
el tu nombre que estuvo junto a mi alma
sonriendo entre violetas.


Ahora miro largamente, absorto,
esta mano que anduvo por tu rostro,
que soñó junto a ti.


Esta mano lejana, de otro mundo
que conoció una rosa y otra rosa,
y el tibio, el lento nácar.


Un día iré a buscarme, iré a buscar
mi fantasma sediento entre los pinos
y la palabra amor.


Te llamarás silencio en adelante.
Lo escribo con la mano que aquel día
iba contigo entre los pinos.




-El poema del poeta colombiano Eduardo Carranza se titula "Es melancolía". 

-La banda sonora de la película "El Nadador", es de Marvin Hamlisch 

© Mikel Zuza Viniegra, 2013

viernes, 25 de enero de 2013

EXVOTO

A las afueras de Ujué, 25 de enero de 1371


-¡Suerte, hijo. Y procura que la pieza que cobres sea bien grande, así podremos cenarla esta noche!

Le martillean una y otra vez en la cabeza esas palabras de su padre, el rey Carlos II. Y sí, es cierto que ya ha salido otras veces de caza, pero nunca con una nevada tan copiosa como esta, que envuelve progresivamente el monte y los caminos que lo cruzan con su silencioso y blanco manto.

Pero es príncipe de Navarra, y aunque sólo tenga diez años ha de estar a la altura de sus antepasados, pues  ha oído muchas veces, al calor de la lumbre, como su abuelo don Felipe mató su primer ciervo teniendo esa misma edad.

Y parece que va a poder conseguirlo, pues al poco de soltar a los perros, divisan un estupendo ejemplar en el lindero del bosque, mas justo en ese momento arrecia la tormenta de nieve y, lanzados todos los jinetes en loca carrera  tras el animal, van desperdigándose hasta perderse de vista los unos de los otros en medio de aquella enmarañada arboleda.

Y por más gritos que da el joven don Carlos, no escucha respuesta a sus demandas de auxilio. Está completamente solo, y a su alrededor únicamente se escucha el manso y continuo caer de los gruesos copos. Y entonces, allá adelante, ve al ciervo que provocó la persecución, internándose más y más en el monte. Y aunque a su caballo cada vez le cuesta más avanzar, no se detiene hasta que la nieve le llega por los ijares.

Sin embargo el ciervo parece como si flotara en medio de aquel embravecido mar blanco, e incluso muestra su audacia desafiando al inexperto arquero, cuya flecha se pierde muy por encima de su objetivo.

¡Ha de ser suyo! No. No volverá a palacio con las manos vacías. Así que -ahora a pie-, continua tenazmente tras el venado, que no parece querer huir de él en absoluto. Al contrario, es como si quisiese guiarlo hacia algún lugar concreto. Pero, ¿hacia dónde? Calcula que ha debido alejarse al menos legua y media del pueblo. Muy pocas veces ha llegado tan lejos en las batidas de caza, y siempre acompañado por los monteros de su padre. Tampoco bajo la nieve puede distinguir referencia alguna que le señale su ubicación. Solamente aquel maldito ciervo parece saber a dónde ir...

Y en ese preciso momento, cuando el miedo comienza ya a morderle el ánimo, divisa a duras penas unos corrales y se dirige hacia uno de ellos con ansia renovada. No hay puerta que cierre las bien labradas jambas, porque en realidad parece ser una ermita, con su altar al fondo de la oscura estancia.

Ahora lamenta profundamente no haber hecho caso a su maestro don Fernando Pérez de Ollo, que ha intentado tantas veces que aprendiese los nombres y lugares de todas las ermitas del término de Uxue. Intenta recordar: San Blas, Santa Agueda, Santa Cruz, Santa Engracia...

¡Nada! No se acuerda de ninguna más. ¿Quizás sea ésta la Blanca? Lo cierto es que aunque supiese todos sus nombres tampoco le serviría de gran cosa, porque está completamente perdido en medio de aquel terrible vendaval. Y aunque ahora está bajo un débil cubierto, el viento helado entra en aquella estancia como si estuviese a la intemperie.


Está calado hasta los huesos, y no hay allá dentro nada con qué poder hacer fuego. Si no le encuentran pronto, puede que muera de frío. Se lo ha oído contar a su padre muchas veces, aunque él siempre hablaba de sucesos ocurridos en Normandía, donde al parecer nunca cesa el invierno...

Si al menos hubiera un trozo de tela con el que tapar el vano de la puerta... Y cuando mira por el hueco, ve otra vez al ciervo parado allí delante, mirándolo fijamente.  Y entonces escucha una voz de mujer que le dice:

-¡Ven a mí!

No es posible, debe de estar soñando. Hasta se pellizca para comprobarlo. Pero vuelve a oír la misma voz, fuerte y clara:

-¡Ven!

Así que, asustadísimo, se arrebuja en el empapado manto y vuelve a salir tras el rumiante que, a paso muy lento, parece llevarle de nuevo a la espesura del sotobosque, que sólo se abre cuando llegan a la orilla de un pequeño lago que alimentan los barrancos cercanos. Su superficie se mantiene sorprendentemente serena, a pesar de la tremenda fuerza del viento que zarandea violentamente los matorrales.

De repente, desde el mismo centro de las aguas comienza a producirse un furioso remolino del que emerge una majestuosa dama con un niño en brazos. Los dos parecen hechos de la misma agua de la que han brotado. Carlos querría correr y alejarse de allí a toda velocidad, pero es como si sus piernas se negaran a obedecerle. La mujer le habla entonces con esa voz -salida del amanecer de los tiempos- que ya escuchó en la ermita:


-Príncipe de Navarra: soy Lakubegis, aquella a quien -hace más de mil años- adoraron en ese  mismo santuario donde tu familia se postra ahora ante la que llamáis santa María de Uxue. Ella me quitó primero mis sacerdotes y después mis fieles, más no pudo arrebatarme ni este lugar ni mi poder primigenio. Y éste es mi hijo bienamado: Etorkizun. Pues el futuro es como el agua: imprevisible y huidizo. Y sólo los más valientes se atreven a conocer lo que el destino les aguarda. ¿Serás acaso tú uno de ellos? Aunque piénsalo bien, porque tú y sólo tú serás quien deba determinar -llegado el momento- si llevas o no a cabo lo que hoy aquí vislumbres. Y esa decisión, y las consecuencias que a ti y a tu pueblo acarree, te perseguirán toda tu existencia...

Y el joven Carlos, tan aterido como atemorizado, asiente con un titubeante movimiento de cabeza. Ella y el niño le tienden entonces sus manos, y cuando él las toma, el ambiente gélido se torna sorpresivamente en agradable tibieza, que va causándole un sopor invencible.



Y en esa duermevela puede ver al rey Carlos, exigiendo cada vez más y más impuestos a los exhaustos campesinos, y no para invertirlos en Navarra, sino en las lejanas guerras normandas, donde nada se le ha perdido al reino. Y ve también el momento final de la vida terrena de su padre, y también cómo ninguno de sus súbditos le llora con verdadero dolor. Y después se ve a sí mismo coronándose en una catedral sin más bóveda que la celeste, que parece y a la vez no parece la de Pamplona. Y ve que posee entonces el poder de decidir si continuar enfangado en las mismas batallas que su progenitor o lograr para su país la ya casi olvidada paz. Y contempla como le llegan carros y más carros cargados de monedas de oro de la mejor ley, pues ha vendido definitivamente aquellas tierras anegadas en sangre al rey de Francia. Y con ese dinero se dispone a levantar los palacios más hermosos que monarca alguno, ni aún aquellos de la imperial Roma, hayan conocido. Y surgen ante sus ojos el de Olite, el de Tafalla, y también el de Tudela, repletos los tres de obras de arte maravillosas. Y luego ve como se cubre por fin la catedral de Pamplona de una bóveda de piedra y, bajo ella, justo en el mismo lugar donde fue coronado, ve labrar para él la tumba más preciosa que escultor alguno hubiera podido siquiera imaginar. Y cuando ve huir definitivamente la luz de este mundo de sus ojos, puede ver también los de todos y cada uno de los navarros bañados en lágrimas, pues jamás hubo ni habrá otro rey tan bueno como él, salvo quizás su nieto del mismo nombre...

Los gritos de su padre, a lo lejos, le sacan de aquel extraño trance...

-¡Llevamos toda la noche buscándote, Carlos! Si algo te hubiera pasado, alguno de éstos ganapanes que dejaron que te perdieras lo hubiese pagado con su vida. Lo juro.

-Sosegaos, que mía y de nadie más fue la culpa, por querer atender vuestro deseo de cenar ciervo.

-Pues habéis sido tan imprudente como esos caballeros que cargan contra la infantería sin pararse a mirar si sus compañeros le siguen en tan loco empeño. Un futuro rey no puede consentirse ser temerario. Recordadlo siempre.

-Lo haré, padre mío, aunque me temo haber salido a vos, al menos en eso -le responde mientras mira de reojo al lago, que sigue sin perder de vista mientras emprenden el retorno a Uxue...

Y fue este rey don Carlos III de tan buen cáracter y recta inteligencia, que durante su gobierno alcanzó Navarra el gozoso bienestar que durante el de su belicoso padre le había sido una y otra vez negado. Y levantó los más espléndidos edificios que imaginarse pudieran, a la misma usanza de los de las novelas de caballería que tanto le gustaban. Y fue toda su vida muy devoto de santa María de Uxue. Tanto que acudió puntualmente hasta allí como romero siempre que le fue posible.

Y dicen que fue tan fervoroso que, cada año, cuando ya todos los peregrinos se habían marchado, se retiraba él solo a meditar en la ermita que se conoce como "la Blanca", y que allá, junto a un pequeño lago, se entregaba durante días a los más piadosos ejercicios, cual sacerdote de un antiquísimo culto, igual que habían hecho durante generaciones sus antepasados...


Ara votiva del siglo IV d. C. encontrada en la ermita de la Blanca de Ujué,
conservada en el Museo de Navarra en la actualidad.

COELI TESPHORO ET FESTA ET TELE / SINUS LACUBEGIS EX / VOTO
Celio Tesfhoro y Festa y Telesinus a Lacubegis cumpliendo un voto.



 © Mikel Zuza Viniegra, 2013

jueves, 17 de enero de 2013

ABRACADABRA

Olite, 17 de enero de 1445


Fue puesta la carta en el correo antes del día que marca el solsticio de invierno, y a pesar de ello, sigue sin recibir respuesta a su petición. Y empieza a sospechar si algún hechicero no habrá interceptado su mensaje, pues no es normal tanta tardanza en el raro comercio de libros de nigromancia...

Y es que tiene pinta este anhelado grimorio de recoger toda la oculta sabiduría que aparece en las Clavículas de Salomón, el Libro de los Tesoros de San Cipriano o incluso en la misma Tábula Esmeraldina. Por eso al tener noticia por boca de un mercader recién llegado a la corte de Olite, y que al parecer había podido contemplarlo en una zahurda del zoco de la ciudad de Barcelona, no tardó el príncipe en enviar mensajeros a solicitarlo, ofreciendo por él las monedas de plata de buena ley que fuesen menester.




Y en un principio marchó el negocio bibliófilo como la seda, y ya se veía el joven Carlos manejando con soltura las arcanas Bandas de Cyttorak -capaces de atrapar a su contacto los espíritus de quienes vivieron en tiempos pasados-, y consultando con mucho cuidado el ominoso Ojo de Agamotto, que permite ver lo que sucede en mundos muy lejanos del nuestro.

Mas de repente, sin aviso previo, el librero catalán dejó de comunicarse con el mensajero del príncipe de Viana, y aún aseguró éste que le fue imposible encontrar dónde había quedado la tienda del desaparecido, pues juró una y mil veces que al preguntar por él a otros vendedores del zoco, ninguno dijo reconocerlo, ni recordar siquiera que alguien con aquella descripción hubiese ocupado siquiera un único día un lugar en tal mercado. Pero ¿cómo podía ser aquesto, si el mensajero había estado precisamente en aquella tienda y había hablado con aquel extraño vendedor justo el día anterior?

Y es lo que tiene perseguir esta clase de obras iniciáticas: que uno no sabe si es que, al interesarse por ellas, acaba poniendo en marcha fuerzas que escapan de la comprensión humana, y que andan buscando siempre sortear, cuando no sustituir, la omnipotencia divina...

Pero la mayor magia que poseen los libros, sean o no de tema esotérico, es provocar la desazón que sólo se calma cuando se consigue la pieza codiciada -aunque sólo hasta que no se pone la voluntad en el siguiente objetivo, claro-. Así que puestos de nuevo los desocupados mensajeros del heredero de Navarra en camino, no tardaron en enviar a Olite la noticia de que el grimorio de marras había sido localizado en una oscura botica situada en la rua de la Pabostría de Zaragoza, junto a la Seo de San Salvador.


Y ganas dieron al príncipe de acercarse él mismo a por tan preciado volumen, mas otras ocupaciones menos placenteras impidieron su entrada en el reino de Aragón, pues un inoportuno constipado lo mantenía arrebujado en el lecho, siendo todos los físicos de la misma opinión: que no era buena cosa que anduviesen todos aquellos extraños animales sueltos por los jardines de palacio, y que de esa acumulación de zarafahs, lebreles, estrucios, leones, búfalos y rapaces, venían sin duda todas aquellas frecuentes infecciones pulmonares que le aquejaban.

Palabrería hueca de médicos demasiado bien pagados para lo poco que de su ciencia saben, pensó el príncipe. Porque creía con bastante fundamento que no de aquellos animales, sino de otro con una joroba repleta de humo azul le vendrían más bien los acatarramientos. Y si no, del similar regalo que el señor inglés Lord Chesterfield le hizo cuando detuvo en Pamplona su viaje hacia Santiago. Pero nada de eso importaría cuando, mediante los conocimientos adquiridos en el grimorio, pudiese convertir el aire cargado de las cien habitaciones del palacio de Olite y aún también el de las doscientas del de Tafalla en perenne y refrescante viento de montaña, de tal suerte que las afecciones bronquiales pasarían a ser un mal recuerdo en aquellas estancias primero, y en todo el reino después.

Y en esas ensoñaciones estaba, cuando llegó un nuevo mensaje avisándole de que, sintiéndolo mucho, el librero zaragozano había vendido la noche anterior el grimorio a una desconocida y bellísima señora, que a más de pelirroja, tenía un lunar con forma media luna en el pecho izquierdo, el que protege el corazón.

Y el príncipe reconocío de inmediato esas señas como propias de Urganda la Encantadora, mujer del Sabio Frestón, que anda siempre a la husma de este tipo de libros de magia negra y que una vez más se le había adelantado.

Juramentos muy deshonestos profirió entonces don Carlos, que dicen que se oyeron hasta en Beire, pues ya iban dos ocasiones en las que el grimorio se le escurría de las manos. Mas como a grandes males es necesario poner grandes remedios, decidió acudir a la fuente natural donde todos los magos de esta parte del mundo vienen a saciar su sed de conocimientos: Salamanca.


-Salamanca, que enhechiza la voluntad de volver a ella a todos los que de la apacibilidad de su vivienda han gustado -se dijo a sí mismo el príncipe-. Cuna de las más regias librerías, aquellas que pese a ser una y otra vez desvalijadas por legiones de bachilleres -que bajo sus jubones y abrigos esconden los tomos y, marchándose sin pagar, dejan sin género y sin dinero a sus legítimos dueños-, renacen una y otra vez de sus cenizas. Sí: allí y sólo allí es a dónde tenía que enviar a sus mensajeros para que encontrasen el grimorio maldito.

Y resultó que había allá establecidos más navarros y navarras que en toda la merindad de Sangüesa junta. Los más, dedicados al noble arte de tocarse o de que les tocasen la barriga -cuando no otras partes más meridionales-, y los menos a estudiar con aprovechamiento todas las ciencias que el conocimiento humano alcanza. Así que no costó mucho al mensajero encontrar uno que supiera indicarle en qué lugar podría hallar el singular volumen que tanto ansiaba don Carlos: la librería El Buscón.


Y le pareció muy buen presagio ese nombre al mensajero, así que no tardó en dirigirse al paseo de las Carmelitas, y allá, tras una concienzuda rebusca en un mar de pobladas estanterías, halló por fin el anhelado libro, que tantas vueltas había hecho dar al príncipe de Viana. Y pagó por él un precio justo y adecuado, no como intentan hacer sus compatriotas y los de muchas otras nacionalidades en esas honradas librerías salmantinas.

Y mucho se alegró don Carlos cuando le llegó la noticia de que ya era suyo el grimorio, tan sólo a falta de que el correo llegase a su hora. Y pensó entonces en la cantidad de cosas que podría llevar a cabo cuando lo tuviese bien estudiado y asimilado.

Podría por ejemplo hacer que los vinos de Tafalla no dejasen resaca, pues tienden a mantenerse más tiempo en la cabeza que en el estómago. Podría conseguir igualmente que la capilla de música no desafinase al intentar seguir las complicadas composiciones del maestro don John de Oldfield. Podría también transformar el palacio en oceánico galeón con un mero chasquear de dedos -dejando así descansar al probo Sagastibelza para variar-. Y podría finalmente convertir el perecedero hielo conservado en la nevera en forma de huevo bajo la torre de las tres coronas, en diamantes eternos que rodeasen el cuello de su princesa Agnes de Kleves.

Pero ella no necesitó nunca tales adornos para realzar su belleza, que sólo un anillo de plata y corales rojos como el escudo de Navarra llevaba siempre en su mano. Así que únicamente pidió a su marido que utilizase su hipotético nuevo poder hechiceril para lograr que la capilla de música no sonase como los gatos del tejado de Santa María y que, si acaso conseguía convertir la nieve en diamantes -cosa en la que no confiaba lo más mínimo-, repartiera todas las joyas entre los habitantes de Olite, que siempre alegra a las buenas gentes que la declaración de impuestos salga a devolver, aunque sólo fuese por esta vez.

Y parece que algo debió hacer bien el curioso príncipe, pues dicen que todavía se conserva alguno de aquellos mágicos diamantes en unas cuantas casas de aquella hermosa ciudad.

Solamente hay que buscarlos con ganas, como los libros de magia...


© Mikel Zuza Viniegra, 2013

viernes, 4 de enero de 2013

CAMINO CARITAT

Tudela, año del Señor 1090 - 2013, 482 - 1434 de la Hégira, 4850 - 5773 de la Creación


Y está formado ya el cortejo a la puerta del castillo, presto a descender el cerro en colorida cabalgata, encabezado como no podría ser de otra manera por los tres reyes tudelanos por antonomasia: don García V Ramirez, don Sancho VI Garcés y don Sancho VII Sánchez.



Abriéndoles camino, y llevando muy bien embrazado el escudo donde campea el águila negra, va su muy leal servidor don Juan Carlos Alfaro, muy elegantemente ataviado con un lujoso collar del que pende un colgante de ágata entre verde y azulada. Levanta su brazo para dar inicio a la marcha mientras recuerda un fragmento de lo mucho que ha escrito sobre tan espléndidos monarcas:

"Recuerda la máxima de mi padre: aprovecha la ocasión cuando se presente, puesto que se presentará. Elige bien a tus consejeros y colaboradores. Mejor si a quienes nombres carecen de ambiciones de poder..."

Va conversando muy animadamente con don Miguel Servet, que además de ser un gran erudito, y buen conocedor del recorrido que la sangre lleva a cabo por todo el cuerpo, es quien evidentemente se ocupará de los problemas sanitarios que puedan surgir en tan inusual desfile.



Al poco de entrar en la ciudad, justo antes de llegar a la iglesia de San Nicolás, se les unen Don Juan Anchorena y Aguirre, autor de "Zorayda, la reina mora", don Guillermo de Tudela y don Abraham ben Meir ibn Ezra. Este último, harto ya de tanto viajar por toda Europa, les dice:

"¿Por qué mientras viva
sentiré el pesar de vivir errante?

Dentro de mí recuerdo       
la bondad de Dios y se desvanece mi dolor".

Y le replica don Guillermo:

"En el nombre del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo, he aquí la Canción que compuso el maestro Guillaume, un clérigo que nació en Tudela, en Navarra. Mas vino pronto a Montauban, como se dice en el relato, y permaneció allí once años..."


Y luego, ya en la rúa,  les salen al encuentro desde la pastelería Zuazu, llevando consigo varias bandejas repletas de alajúes y almojábanas, para que la comitiva pueda reponer fuerzas,  don Juan Antonio Fernández, don José Yanguas y Miranda, don José Ramón Castro, don Julio Segura Moneo y don Luis María Marín Royo, que están a no dudarlo entre los mejores archiveros e historiadores de este reino, y que entre bocado y bocado no tardan en poner al corriente a sus majestades de las últimas andanzas tanto de sus antecesores como de sus sucesores en el trono de Navarra, pues es potestad que tienen los sabios historiadores esta de aprovechar las enseñanzas del pasado para no repetir los mismos errores en el futuro...



Y con estas nuevas incorporaciones siguen todos adelante, para visitar el portal del Juicio de la catedral, que sería muy gran necedad pasar tan cerca y no detenerse a admirar semejante maravilla, y aunque casi no caben todos en tan estrecho callejón, aún se les unen muchos de aquellos sosos bienaventurados  y también de aquellos mucho más interesantes y pícaros condenados, que han decidido abandonar su quietud de piedra al menos por esta noche. Y van los cinocéfalos muy en su papel, corriendo tras los muetes por la esquina del palacio decanal hacia la plaza de San Jaime.




Allí les esperan -comiendo unos pinchos y debatiendo sobre ciertas oscuras interpretaciones del Muqtabis-, don Carlos Aurensanz y don Abu Al-Abbás Ahmad Ben Abdullah Ben Abi Hurayra Al-Qaysi, conocido como el ciego de Tudela. Recuerda el primero al segundo días cargados de triunfo para la media luna:

"Esa misma tarde, los habitantes de Tutila se echaron a la calle para contemplar a la comitiva que atravesó la ciudad en dirección a la puerta meridional. Un total de doce hombres a caballo desfilaron entre la muchedumbre ataviados con sus mejores túnicas de lana y seda y sus cabalgaduras ricamente enjaezadas. Zahir, como representante de mayor edad de los Banu Qasi, acompañaba a Musa junto a Sulaaf, en calidad de jefe militar..."

Y el otro le agradece la épica evocación recitándole una de sus dulces moaxajas:

"Es la gloria del visir Abul Husein,
cuyo influjo y esencia encontrarás si lo deseas,
en la liberalidad de sus rasgos y de sus manos.

Lo hallarás en el foro de la majestad, osado y magnificente;
como un jardín de rosas sus mejillas sonrosadas..."


Y ya muy cerca de la meta, pidiendo silencio a tan ruidosa concurrencia, les recibe finalmente don José María Iribarren, que como para recordarles por qué se han reunido allá, saca su libreta y les lee una copla antigua de las muchas que tiene recopiladas:

"El ser pobre no es deshonra,
ni mancha ningún linaje;
Jesucristo vino al mundo
pobre y sin quererlo nadie. "


-¿Estamos todos entonces? -pregunta elevando la voz.

-No, que aún faltamos nosotros tres.


Son don Alberto Pelairea, don Benjamín Bar Jonah y don Mikel Zuza, que por estar recién llegado no conoce bien este dédalo de calles, y ha de usarlos siempre de lazarillos para llegar a la hora convenida. Dice el primero:

"Gracias mi buen amigo; 
estas sendas me son tan familiares,
y tengo de su sol los resplandores
de los ojos del alma en la mirada, 
y a mis tierras le dan tantos fulgores
mism buenos padres y mi esposa amada,
¡que la noche más negra y más sombría
marchando hacia mi casa se hace día!"

Ante lo que Benjamín responde:

"Primeramente salí de mi ciudad de Tudela hacia la de Zaragoza, descendí por el curso del río Ebro hasta Tortosa, y desde allí caminé dos jornadas hasta la antigua Tarragona, que era de construcción de cíclopes griegos como no se encuentra nada semejante en todas las tierras de España".

Y el pamplonés no ha de quedarse tampoco callado:

"Le han dicho que hoy es siete de abril, pero eso ya nada significa para el viejo rey de los navarros, Sancho, apodado "el Fuerte" en su juventud, y ahora simplemente "el encerrado", que pasa sus tristes días en el castillo sobre la hermosa ciudad de Tudela, cuya mejana reverdece al tibio sol primaveral.

Ya no puede recorrerla a caballo, como gustaba hacer junto con su hermano Fernando, que siempre le ganaba en las carreras que organizaban en el puente. Ordenaban en esas ocasiones a los guardias que mantuvieran abiertas las puertas de las tres torres y, a una señal de sus hermanas Blanca y Berenguela, que dejando caer un pañuelo al suelo indicaban el inicio de la competición, espoleaban los ijares de sus caballos y se lanzaban a toda velocidad hasta alcanzar la otra orilla del Ebro".

  
Bueno, pues ahora que por fin estamos todos -dice don José María Iribarren-, nada mejor que explicar el motivo de la reunión. Y saca entonces de su bolsillo una carta sellada en Jerusalén, que comienza a leer de inmediato:

"Hallándome aquí, en Sión, la tierra de mis antepasados, aquella que Yahvé entregó a su pueblo elegido, y de la que por nuestros pecados fuimos expulsados, no puedo dejar de pensar sin embargo en la ciudad donde mis ojos vieron por primera vez  la luz del sol.

Y sabiendo que Tudela fue siempre pródiga en talento literario, me atrevo a pedir a todos aquellos que ponen en las musas sus anhelos, que se ocupen por favor de mi hija Raquel y de mi nieto Isaac, recién nacido, a los que por seguir mi loca ambición de morir en la ciudad donde vivió el rey David, he dejado completamente desamparados.

Advierto a todos ellos que sólo podré pagar esos desvelos con versos y estrofas, pues sabed que:





Trocaría mi vida por el viento que visita
a ese hombre que siente mis propios males como suyos.
¿Sabe cuando revolotea si va volando
sobre las aguas del Éufrates o sobre sus mejillas?
Le digo: "¿Has venido a enjugar mis penas?"
y responde: "Mas bien a renovar sus jirones,
pues se alarga la separación de tu amigo,
y es muy fuerte su ausencia, igual que sus leones".
Le respondo: "Mas está lejos y cerca,
¡mi vida toda depende de su vida!
Que viva y tenga paz en donde more,
y según su corazón se realicen sus deseos".


Firmado: don Yehudah Ben Samuel Ha-levi


Y lo cierto es que desde que llegó tal misiva, todos se mostraron más que dispuestos a cumplir la solicitud del príncipe de los poetas tudelanos. Y por eso ahora, formando todos en perfecto orden tras sus majestades, se disponen a doblar la esquina y dirigirse al arco de la calle Cortadores, bajo el cual -y protegidos sólo por el calor que les proporcionan un buey y una mula- se refugian Raquel e Isaac.


Y la mula, por terca, se llama Yolanda. Y el buey, por la fatuidad de haber querido expulsar a ambos animales del pobre pesebre, Benedicto. Y muy pronto desmontan el Restaurador, el Sabio y el Fuerte, y ofrecen a la madre y al niño monedas de oro recién acuñadas en la ceca de Monreal, aromática lavanda nacida junto al palacio de Arazuri y un buen montón de eslabones de las cadenas traídas de las Navas. Y van pasando después uno tras otro el resto de los reunidos, y cada uno entrega el libro que tanto le costó escribir, hasta formar la biblioteca más selecta que tudelano alguno pueda imaginarse. 

Y aún se acerca también por allá doña Dolores Redondo a ofrecerles "El guardián invisible", que todavía huele a tinta fresca, que es la savia que llena de vida y de sueños el  aburrido papel en blanco. 


Y dicen que hubo esa noche gran animación en las terrazas de la plaza de los Fueros, que ya se sabe que las ideas y los proyectos literarios parece que llegan a mejor puerto si viajan en vaso largo con una rodaja de limón...


© Mikel Zuza Viniegra, 2013