“Nunca se sabe cuándo despertará un volcán dormido”, respondían los napolitanos a los siempre pesadísimos viajeros que durante el siglo XVIII tomaron por costumbre acercarse a ver y sentir una de las frecuentes erupciones del Vesubio, que en aquella centuria estalló nada menos que en 1707, 1737, 1760, 1767, 1774, 1779 y 1794.
Explosiones tan habituales ya, atrajeron a tanto visitante que crecieron exponencialmente en la ciudad dos industrias principales que buscaban atender –cada una a su modo- a las hordas de curiosos extranjeros: la de los hosteleros y la de los ladrones (si bien había quien defendía que ambas fueron siempre la misma cosa).
Entre las iniciativas de mayor éxito entre los viajeros, se destacó muy rápidamente la de los montañeros que –por una nada módica cantidad- aseguraban poder llevar casi hasta la misma cima de la montaña a todo aquél que les pagase. El espectáculo sería inolvidable, prometían, “ver los ríos de roca fundida justifican toda una vida”, aseguraban. Y cierto que –para variar- muchas veces cumplían su palabra, pues en esas peligrosas excursiones perecieron muchos y muchas incautas que fiaron su existencia al capricho de la naturaleza, de tal forma que docenas de ellos murieron asfixiados por los terribles gases emanados del caprichoso cráter.
Como quiera que todo el mundo sabía en Nápoles que el hombre que más se había acercado –además completamente en solitario- a la boca del hirviente monstruo era el pintor Jacob Philipp Hackert, no eran pocas las ocasiones en las que venían a pedir su consejo para intentar rescatar un último hálito en los exangües cuerpos de los intoxicados. Así ocurrió en la erupción del verano de 1774, cuando il limone (malévolo apodo que los paisanos le habían adjudicado por haber perdido todo el pelo en el rusiente acercamiento) se hallaba en plena madurez, cuando no en la más provecta ancianidad.
Se sentía en efecto viejo y cansado, y por esas mismas razones estuvo a punto de denegar su ayuda, pues además era ya noche cerrada cuando vinieron a golpear la puerta de su palazzo. Traían los alborotadores una camilla cubierta, y aseguraban llevar en ella a la marquesa de Sciomperi –allá, en los Abruzzos-, a quien juraban y perjuraban que le quedaba sólo un hilo de vida. ¿Quién la mandó subir al Vesubio? –pensó con rabia mientras ordenaba a sus criados franquear la puerta a la exaltada comitiva.
Retiraron los velos que cubrían por completo el rostro de la agonizante, y apareció ante los ojos de Hackert la mujer más bella que nunca hubiera visto. Puso –y apartó inmediatamente asustado- la mano sobre su frente, que ardía prendida en fiebre como si lo que circulase por sus venas no fuera ya sangre sino lava.
Era inútil mandar a aquellos botarates forasteros a que buscasen remedio alguno para su señora, y tampoco confiaba en sus propios sirvientes como para encargarles misión tan delicada, así que no de muy buena gana, y con cierta aprensión, se preparó para salir él mismo a las abarrotadas calles. Esas mismas calles en las que –de noche- tanto proliferaba la segunda industria que ya quedó citada al principio: la de los ladrones. Y eran éstos tantos y tan organizados que no era cosa de broma hacerles frente, menos aun siendo uno mismo motivo de escarnio por su famosa calvicie y porque a pesar de llevar tantos años ya en la ciudad, todos aquellos ganapanes seguían considerándole tan extranjero como el que más.
Para evitar todos esos problemas, adoptaba desde hacía tiempo ciertas medidas indumentarias que, a pesar de abochornarle no poco, tuvo que repetir ante quienes ahora ocupaban su casa. En efecto, entró en su guardarropa y cuando salió era ya otro, pues llevaba una peluca muy negra y muy bien peinada (de las que allí denominan “a la cciufita”, y con su rubicunda tez cubierta por el afeite más oscuro, lo cual le daba –según él, claro está- un aire verdaderamente napolitano. De tal guisa salió a la calle, rumiando lo complicado que sería encontrar una farmacia abierta en medio del hormiguero humano que a aquellas horas se arremolinaba en Via Toledo.
Tampoco es que conociera demasiado bien aquellos condenados vicolos, pues siempre iba en carroza y no tenía necesidad de atreverse a entrar en semejantes callejones, donde desde todas las puertas y ventanas parecían estar avisándole de que pronto le clavarían una espada o un mucho más prosaico cuchillo. Y muchos –y muchas- le decían cosas que no acertaba a entender bien, pues para su vergüenza, no dominaba en absoluto la lengua italiana.
No sabiendo muy bien qué hacer, a ellas les contestó con voz muy ronca siempre de la misma forma: “Che idea! - Ma quale idea? Non vedi che lei non ci sta?” Y a ellos con tono más suave les declaró: “Che confusione, sarà perché ti amo. E un'emozione che cresce piano piano. Stringimi forte e stammi piu vicino. Se ci sto bene. Sarà perché ti amo.” En realidad repitió como una de esas coloridas aves de las Indias la letra de dos canciones que le sonaba haber oído en el puerto. Pero para cuando se dio cuenta de que quizás había equivocado el género a quien iban dedicadas, ya estaba corriendo con una multitud detrás que amenazaba a gritos con convertirlo en rodajas –muy finas- de mortadela.
Sus piernas le valieron para dejarlos definitivamente atrás. Y lo que es mejor: la carrera a través de aquel laberinto acabó llevándole hasta la única farmacia abierta de los alrededores: la regentada por el licenciado Vito Pitagórico, experto en todo tipo de hierbas e infusiones, según rezaba el desvencijado cartel de su botica.
-Imposíbile! -fue lo único que respondió a la demanda del todavía resoplante Hackert. Al final pudo entenderle que esas fiebres del Vesubio sólo podían curarse con los frutos de una planta que, naturalmente, sólo crecía en el propio Vesubio. Que además le adjuntase un plano de la localización de semejante medicina “sólo” le costó tres Carlos de oro. Una ganga, tratándose de aquella ciudad. En el precio también iba una advertencia: la enferma sólo tenía 48 horas para tomar el preparado, o si no moriría irremediablemente.
Con mucho cuidado de no volver a tropezar con sus numerosos admiradores de antes, salió por uno de los desiertos vicolos al puerto, y adquirió allí un pasaje hacia el volcán que, allá enfrente, iluminaba con sus alharacas y rugidos la cálida noche. En unas horas estaba de nuevo en medio de la montaña a la que antaño había ofrendado –bien que totalmente contra su voluntad- su hermosa cabellera. ¿Qué podría ofrecerle ahora, sin embargo?
Comenzó la ascensión, y a cada paso tenía que esquivar la ceniza y carbón ardiente que llovía desde la cumbre, no sin que, a pesar de todo, sus lujosas ropas fueran chamuscándose como dicen que acontece en la ciudad de Pamplona –capital del reino de Navarra- a quien se atreve a correr delante o junto a un ingenio de fuego llamado Zezenzusko, según había leído en la Gazzeta delle Curiositá.
El caso es que para cuando halló el anhelado arbusto y recogió sus frutos, su aspecto era bien lastimoso, de tal forma que cuando bajó y todos los presentes pudieron ver la colección de agujeros que mostraba su atuendo, no tardaron en llamarle con cierto regodeo “il colatore”. Y es que debía ser un rasgo de su hado fatal el que tras todos sus enfrentamientos vulcanológicos, siempre lo acabasen comparando con cítricos o instrumentos preparados para hacer zumo.
En el barco de vuelta le dieron una camisa de rayas como la que llevaban los marineros, lo que unido a que su grasiento maquillaje y su negra peluca habían ardido a la búsqueda de la medicina, arribó a Nápoles más con aspecto de pirata o de corsario que de pintor de la corte. Como en las calles había gentes con peor aspecto todavía que él, pero saben perfectamente los guappi con quién no deben meterse, pudo llegar al fin a su palazzo sin otro contratiempo que el de no ser reconocido por sus propios criados.
Tras la confusión inicial pudo ofrecer al fin el supuesto remedio a quien yacía doliente en el lecho, y fue cosa de ver que a pesar del calor terrible al que habían debido hacer frente, seguían los frutos arrancados al Vesubio de color tan verde como cuando colgaban de la rama. El mismo color verde que, junto con el aire que hasta entonces le faltaba, pareció inyectarse en los hermosos ojos de la marquesa.
Tiempo después, ya casi recuperada totalmente de sus dolencias, el signore Pitagorico acertó a pasar por la estancia que la dama ocupaba aún en el palazzo de Hackert. Le aseguró entonces que, igual que había sanado de la fiebre, recuperaría la tersura de su piel –abrasada por la cercanía del volcán napolitano- si se frotaba las quemaduras con el ungüento que preparan con la flor que crecía en otro volcán: el Etna siciliano.
Y no le costó nada convencerle de que emprendiera de nuevo viaje hacía aquél confín, porque estaba enamorado de ella como sólo un limone colato o un cítrico colatore –que de las dos formas era conocido ya en Via Toledo- puede estarlo…
Llevaba ya Vivaldi dos años residiendo en Roma, cuando fue
elegido Papa Benedicto XIV, quien semanas más tarde cambió su nombre por el de
Benedicto XIII, al ser advertido por la Curia de que antes que él hubo otro Benedicto que
llevó ese ordinal, aunque fuese considerado ahora como hereje y antipapa (sin merecerlo, pues realmente el aragonés Pedro de Luna fue un gran papa. Uno de los mejores sin duda alguna).
En todo
ese tiempo no había logrado acostumbrarse al endemoniado tráfico de las calles
de la capital pontificia, y añoraba en secreto no poder desplazarse en góndola
por el triste río Tiber -Tristevere, llamaba él al barrio viejo-. Tanto lo
detestaba, que había fijado su morada en el quartiere más lejano al centro que
pudo encontrar.
Y hasta allí precisamente fue a buscarlo la Guardia Suiza
llevando un escueto mensaje del nuevo Papa: "Questa sera, a San
Pietro". El sargento aún añadió otro: "Los Orsini detestan esperar a
los venecianos". Naturalmente Benedicto XIV pertenecía justo a tan insigne
familia...
Imaginó
las calles atestadas para celebrar el resultado del conclave. Los callejones
colapsados por las carrozas de los nobles y por las carretas de los tan sólo un
poco menos nobles (en Roma todo el mundo se tenía por tal), y hasta el mínimo
hueco sobre las calzadas ocupado por los borriquillos que todos usaban
teóricamente para intentar sortear aquel caos en permanente movimiento, aunque
lo único que conseguían era taponar aún más las ya de por sí estrechas vías. Y
comenzó a sudar...
Porque él no tenía carroza ni carreta, y su borriquillo
estaba desde hace una semana esperando a que el herrero le colocase unas nuevas
herraduras. “Domani, domani”, le decía cada día cuando le conminaba a que se
las pusiese de una vez. Y ahora el domani había llegado ya, y él no tenía con
qué desplazarse hasta la basílica vaticana. Sí, podía utilizar los servicios de
un cochero, pero de sobra sabía que en cuanto detectase su acento véneto, se
dedicaría a darle vueltas por todos los vícolos de la ciudad hasta marearlo. Y
la cuenta que le exigiría al final sería digna de un arzobispo… No. Tendría que
ir andando, bordeando el río hasta Sant’Angelo.
Se autoengañó repitiéndose que, al fin y al cabo, sería tan
sólo una paseggiata, Y como si pudiera llevar su música en un aparato minúsculo
y todavía no inventado, antes de abrir la puerta de su casa se concentró en
escuchar el allegro de su concierto para dos violines, cuyo ritmo pensó que sería
el más adecuado para marcarle el paso.
En cuanto puso un pie en la calle, el sol lo golpeó con
furia africana. Era tarde ya para volver a su habitación y ponerse una casaca más
fina, así que se avergonzó de antemano por la imagen que darían sus cercos de
sudor cuando hiciese la reverencia ante el papa. Y es que como si la sombra
fuese un atributo diabólico que hubiera sido exorcizado por todos los sucesores
del apóstol Pedro, no había dónde refugiarse del astro rey. Recordaba haberle
preguntado en cierta ocasión al cardenal Benedetto Pamphili, protodiácono de Santa
María in Vía Lata, por qué no se plantaban árboles de gran porte en Roma. Su
agria respuesta fue: “Cuando se planten robles en medio de la laguna de
Venecia, veréis vos árboles en Roma”.
Corriendo y esquivando a la vez borricos (los de dos patas
montados sobre los de cuatro, que denostaban su torpeza apretando los dedos y
levantando las manos con fruición mientras lo insultaban con los más
imaginativos juramentos) llegó exhausto a mitad de su trayecto. Resoplaba como
un fuelle pinchado, y esta vez no sólo era por el asma, sino porque las fuentes
–salvo las monumentales- brillaban por su ausencia, y cuando las había, su
exigua altura las hacía más propias para perros que para personas. Los aguadores
hacían su agosto –su ferragosto más bien- de tal circunstancia, y vendían sus
jarras al mismo precio que si en vez de agua estuvieran llenas del Chianti
elaborado exclusivamente para el marqués de Mantua. Le dio igual a estas
alturas darles sus ultimas monedas con tal de saciar su sed…
-Ma questa acqua è calda, maledetto!
-Stai zitto, sporco veneziano!
De buena gana se hubiera sentado en un banco a descansar un
instante, pero tampoco había bancos. Sonreía al pensar en el cardenal Pamphili
exhortándole: “Cuando haya bancos en mitad de la laguna de Venecia, habrá
bancos en Roma”. Se apoyó en la barandilla del puente: sudaba copiosamente, así
que con no poco esfuerzo y cuidado se levantó la gruesa peluca, momento que
aprovecharon todos los agazapados mosquitos de la isola Tiberina para usar su
calva como pentagrama de sus ferocísimas notas. La última -que debió ser un do
sostenido- le hizo tanto daño que soltó sin querer el bisoñé, que cual pájaro
herido fue a caer a plomo a las turbias aguas.
El allegro del concierto para dos violines, gracias a Dios,
seguía resonando en sus oídos e indicándole el camino en aquella selva de
atropellos, hasta que por fin consiguió llegar a las puertas del palacio papal.
Eso sí, en tal estado de postración y asfixia que los guardias se negaban a
franquearle el paso. Tuvo que ser el siempre displicente cardenal Pamphili –estos
venecianos, siempre tan flojos, le oyó decir- quien le llevase casi en andas
hasta el pasillo donde aguardaban quienes esperaban a cumplimentar al papa.
¡Qué maravilla de estancias, decoradas por los mejores
artistas del Orbe! Y más prodigiosas resultarían si no estuvieran llenas de
miles de personas aullando, cada una en su lengua natal –pensó Vivaldi mientras
recuperaba lentamente el resuello-. Muchos de los presentes, con evidente gusto
por el arte, intentaban tomar del natural bosquejos en sus cuadernos, pero eso
parecía ofender gravemente a los guardias, que ladrando más que gritando,
atronaban el escaso aire de las galerías con sus exabruptos:E proibito dipingere
qui! E proibito dipingere qui! Aunque a algunos sí que les permitían pintar –y vender
a precio de oro- sus dibujos. Reconoció a bastantes: eran los sobrinos de varios
cardenales e incluso del propio papa, muchos sin talento alguno para la pintura,
pero con el rostro tan pétreo como el recientemente descubierto Apolo del
Belvedere.
Las horas pasaban, y el santo padre no recibía a nadie de
los allí congregados, que con el calor y el sofoco progresivos, iban cayendo en
un sopor cercano a la catalepsia. A las diez de la noche se abrieron por fin
las puertas, pero no las de la sala de Audiencias –il papa é stanco!, berrearon
los guardias- sino las que a través de un laberinto de pasillos llevaban de
nuevo a la calle.
Vivaldi ya no aguantaba –en todos los sentidos- más. Ya había
estado otra vez en el Vaticano, invitado por el anterior pontífice, el muy
sordo (y por tanto inmune a cualquier interés musical) Inocencio XIII. Recordaba
por tanto dónde estaban situadas las estancias dónde el camarlengo guardaba las
ropas y aditamentos que al día siguiente se pondría el papa para su coronación.
En medio de la oscuridad y de la multitud, no le fue difícil llegar hasta
ellas. Allá, al fondo, vio entre tinieblas lo que buscaba: la tiara papal que
adornaría il vasto e vuoto cabezzone de Benedicto XIV durante la ceremonia. Le
dio la vuelta, como admirándola, soltó con parsimonia los botones de su
bragueta, y procedió a orinar larga y placidamente procurando que ni una gota quedase
fuera de corona tan resplandeciente. “La única y verdadera satisfacción del día”, pensó
mientras dejaba cuidadosamente la tiara en su sitio. Y junto a ella, como firma
inequívoca, la partitura del concierto para dos violines que había pensado regalar al
ingrato pontífice Orsini. Tan silenciosamente como había entrado, salió de la
habitación y se deslizó sin ser visto hasta la calle.
A la mañana siguiente muchos de los romanos que llenaban la
piazza di San Pietro se sorprendieron de que la ceremonia no comenzase a la
hora prevista. Otros aseguraban que un fuerte destacamento de la Guardia Suiza había salido a la caza de un peligroso delincuente, pero que no habían conseguido
dar con él.
Y es que era muy temprano -con las primeras luces del sol,
esas que afortunadamente aún no abrasan-, cuando Antonio Vivaldi salió de la
ciudad. Le pareció que a esas horas, tan vacía de gentes y silenciosa, era
cuando Roma estaba verdaderamente espléndida y hermosa, y con la euforia que da
el aire fresco, se prometió a sí mismo plantar robles y poner bancos en la
laguna de San Marcos. Y, desde luego, nunca más salir de Venecia…
Pamplona, sede de la Federación Local de Sindicatos Únicos, afiliados a la CNT
Viernes, 10 de julio de 1936
-¿Fiestas como estas no las tenéis en Madrid, eh, compañero Matesanz?
-Y que lo digas, compañero Echavarren, casi no llego: las calles están atestadas de gente. Pobres, tan ignorantes de lo que se avecina...
-¿Pero de verdad está tan mal la situación allí abajo?
-Todos dan por segura una sublevación militar inminente de las distintas capitanías. Y nuestros oficiales infiltrados informan de que el general Mola es la cabeza pensante de esa rebelión. Hasta nos hemos enterado de que su superior, el general Batet, va a venir a verle la semana que viene para comprobar personalmente que no está metido en ninguna aventura. Pero debe saberlo tan bien como nosotros. Precisamente por eso mismo estoy aquí.
-¿Por Mola? Pues si estáis pensando en alguna acción contra él, es que no conocéis cómo se las gasta. Tiene una escolta permanente formada por entre ocho y diez mandos intermedios bien entrenados. Y si por un casual sale de paisano a la calle -lo cual no ocurre casi nunca- los hijos de los facciosos y pistoleros más reconocidos de la ciudad se pegan por servirle de protección, armados todos hasta los dientes. Mil veces hemos estudiado cómo meterles mano, pero es imposible. ¿Y ahora venís desde Madrid a decirnos cómo hemos de hacer las cosas? Pues no os he visto en las peleas contra los requetés, que cada vez están más envalentonados...
-Tranquilos, que la Organización valora muchísimo vuestros esfuerzos y sacrificios, y agradece además que hayáis llevado a cabo el seguimiento fotográfico diario al general que os pedimos la semana pasada. Es conveniente que sepáis que nos tememos que esta intentona no va a ser como la payasada de Sanjurjo de hace cuatro años. Pensamos que esta vez quieren acabar con la República por las bravas. Y si eso llegara a ocurrir, podemos despedirnos para siempre de la implantación del comunismo libertario que este país necesita como el comer.
-Si la cosa pinta tan mal, puedes contar con nuestra total colaboración, compañero. Pero no termino de entender aún qué es lo que pretendéis. ¿Atentar contra Mola? ¿En plenos Sanfermines? Lo dicho: totalmente imposible: las derechas le tienen más veneración que al santo, y lo rodean con mucho más fervor. Nosotros apenas somos un puñado de afiliados, y cada vez más estrechamente vigilados por las "fuerzas del orden". Y no tenemos más armas que dos o tres viejas escopetas de caza. ¿Has traído tú algún revólver moderno?
-¿Y si te dijera que no harán falta pistolas o fusiles para eliminar al general?
-Pues te respondería que en Madrid os da demasiado el sol y habéis debido perder la razón. Ahora, ¿qué esperar de la Federación Agraria, que es a la que tú perteneces? ¡La Obrera, o por lo menos la Metalúrgica, de ahí sí que salen verdaderos soldados proletarios! Porque tú, Matesanz, ¿qué oficio tienes?
-Veterinario.
-¿Cómo dices? ¡No me toques los cojones, Matesanz! ¿Y qué quieres hacerle a Mola: ponerle herraduras? ¿De verdad que en la CNT no hay agentes más cualificados que tú?
-Cuidado con lo que dices, compañero. Voy a pasarlo por alto porque estamos los dos nerviosos y porque apestas a vinazo agrio.Siento haberte interrumpido la fiesta, pero este asunto es demasiado grave para dejarlo en manos de aficionados como vosotros.
¿Y le confían una misión tan importante a un simple albeitar? Sigo pensando que estáis todos locos. Sólo lleva unos pocos meses en Pamplona, pero ya hemos podido comprobar que la fama de carnicero que Mola traía desde Marruecos era bien merecida. Es cruel e implacable con quien cree su enemigo, y considera de esa forma a todos los que no le bailan el agua. ¿Qué piensan en Madrid que podrás hacer tú contra alguien así?
-Quizás reclutar un ejército mucho más poderoso que el suyo...
-¿En plenas fiestas? De borrachos y sinfundamentos tendrá que ser, porque no se me ocurre cómo si no...
-¡Basta: no tenemos más tiempo para perder! Me costó convencerlos, pero finalmente la Dirección Confederal ha dado carta blanca a mi propuesta, así que estáis obligados a obedecerme, os guste o no. Empezaremos por lo más sencillo: no conozco estas calles y necesito que me guiéis por ellas. Sobre todo hasta esta que sale en todas las fotos de vuestro informe.
-No sabía yo que el anarquismo o el pensamiento ácrata me obligasen a obedecer a nadie, ni siquiera a un compañero que no sé quién se cree que es, aunque ya aclararemos esa cuestión más adelante. Mientras tanto se hará lo que tú digas. La calle que te interesa es la que lleva al Mercado, perpendicular a la Bajada de Santo Domingo, y que termina en Capitanía. Por eso mismo es también una de las más vigiladas de la ciudad, y suele estar llena de soldados. Ahora, sí tú dices que vas a conseguir un ejército más fuerte...
-Menos recochineo, compañero. Dime: ¿ves algo que se repita en todas estas imágenes?
-Naturalmente: el cabrón del general sacando fotografías desde el puesto que tienen los militares justo detrás del vallado del encierro. Y fíjate en su cara: se diría que disfruta viendo desde tan cerca las cornadas y las volteretas...
-Pues sí, eso me parece a mí también. Y desde luego que a Mola le encanta la fotografía. Y como esa es una afición que yo comparto, puedo decirte que esa que lleva al cuello es una de las cámaras más modernas del mundo: la Contax III, fabricada en Alemania por la empresa Zeiss-Ikon. Una auténtica maravilla de la técnica. La primera con fotómetro incorporado...
-No me interesa la técnica de los Nazis. Sólo aplastarlos cuanto antes.
-Sí: en eso estamos de acuerdo. Y qué mejor que empezar por su representante en España. Sabemos que Mola ha tenido contactos con los alemanes y también con los italianos. Será mejor evitar que ese enlace pueda llegar más lejos, por muy buenas cámaras fotográficas que fabriquen. Aunque también es imperativo que nadie pueda echarnos la culpa a los anarquistas de la muerte de esa sanguijuela, porque incluso a nivel internacional podría acarrear funestas consecuencias y persecuciones para nuestro movimiento...
-Ya. ¿Y la Dirección te permite explicarme de una vez cuál es su plan para lograrlo? Porque sigo sin comprender nada de nada.
-¿Tú eres carpintero, no, Echavarren? ¿Tenemos algún camarada en el Sindicato que participe en el montaje del vallado del encierro?
-Eh... Pues sí, Martín Goñi se saca unas perras extras con ese trabajo. Aunque, francamente: no lo veo yo haciendo frente a prácticamente todos los militares de Pamplona...
-No te preocupes: le echaremos una mano al bueno de Martín. Y también unas patas... ¿De qué madera están hechos los tablones del vallado?
-Que me aspen si entiendo nada de lo que me estás diciendo, Matesanz. En cualquier caso son de madera de olmo, muy resistentes por tanto.
-Para una manada desbocada de torazos, esos tablones son como mondadientes. ¿El vallado es doble o sólo tiene una fila de maderos?
-¿Doble?, ¿y para qué, si nunca lo ha quebrado ningún morlaco? Un momento... ¿Estás diciendo en serio que vuestro plan es que los toros del encierro ataquen a Mola? ¿Pero estáis locos? ¿Y como pensáis hacer que carguen justo en esa zona del vallado, poniendo a Rafaelillo con un capote para que embistan? Lo que pensaba: os ha dado demasiado el sol...
-Con el contenido de esta garrafa, Echavarren. ¿Sabes lo que es?
-¡Ufff, apártalo de mi nariz, huele a rayos!
-Bueno, a los toros no les olerá igual: son secrecciones hormonales de vaca en celo.
-¿Secre-qué? Pero tú has debido darle al chacolí de Culancho en cuanto te has bajado del tren...
-Soy veterinario, ¿recuerdas? Esto es lo que se utiliza en la monta o servicio de las vacas para que los sementales se pongan a tono. Y vaya que sí se ponen... Te aseguro que si frotamos los tablones detrás de los cuales se coloca Mola durante los encierros con el contenido de esta garrafa, los seis toros cargarán contra ese lugar concreto con furia incontenible, y el general y sus subordinados quedarán convertidos en picadillo. Y lo que es mejor aún: nadie podrá echarnos la culpa a nosotros, ni a ningún otro partido de izquierdas. ¿Qué te parece, Echavarren?
-La verdad es que no sé si llamarte genio o pensar que necesitas ir detrás de otro tipo de secrecciones hormonales, Matesanz. Me parece que te hace mucha falta...
-Primero la Revolución, luego ya vendrá la unión igualitaria y libre con una compañera tan ácrata como yo, con la que poder proporcionar más militantes al Movimiento Anarquista Mundial. Lo dijo Bakunin, y yo estoy totalmente de acuerdo con él.
-Bueno, Bakunin tendrá razón cuando la tenga, y cuando no la tenga, pues no. ¿Y cuándo habéis pensado llevar a cabo esta locura? Porque sólo quedan los dos encierros de mañana y pasado...
-Mañana sería demasiado precipitado. Mejor el domingo, cuando hayamos podido confirmar con Martín Goñi la mejor manera de aplicar el producto a los tablones reservados al Gobierno Militar, que veo en las fotos que llevan pintado su escudo identificativo. No hay error posible. Todo irá bien...
-Pues no sé qué decirte, compañero, porque lo ideal hubiese sido dárselo durante la noche, pero creo recordar que justamente esa parte del vallado se custodia hasta la mañana siguiente en el patio del Hospital Militar. Imposible entrar allí sin levantar sospechas. No: habrá que aplicarlo a la vez que se instala, y los carpinteros empiezan a las cinco para que todo este listo para las siete...
-Perfecto: la mañana del domingo será pues el amanecer de una nueva y mucho mejor época para todos...
Pamplona, sede de la Federación Local de Sindicatos Únicos, afiliados a la CNT
Viernes, 17 de julio de 1936
Con hondo pesar libertario, y conmocionado todavía por el desarrollo de los acontecimientos, procedo a informar a la Dirección Confederal de lo sucedido hace cinco días en las calles de Pamplona, no sin antes reiterar las disculpas que ya envié por vía telegráfica, en lo relativo a no haber comprobado suficientemente la veracidad de lo afirmado por el camarada Matesanz, cuya trayectoria en nuestro sindicato no invitaba a dudar de su palabra. ¿Pero cómo iba a sospechar yo que él actuaba sin vuestro permiso?
Y claro que su plan me pareció descabellado desde el principio, pero se le veía tan entusiasmado y confiado en las probabilidades de éxito, que todas nuestras prevenciones se desvanecieron. El sábado, y aunque Mola no acudió a contemplar el encierro -según nos explicó nuestro contacto en Capitanía porque debía reunirse con algún capitoste carlista-, lo empleamos en prever los distintos inconvenientes que podrían presentarse al llevar a la práctica la acción. Uno de los principales era que todos los balcones de los alrededores estaban ocupados por soldados, unos por afición propia y otros por mandato de sus oficiales, con sus fusiles a la vista.
Nuestro compañero Martín Goñi, que trabaja en el montaje del vallado, no sólo no preguntó por qué debía ser sustituido por otro ese día, sino que aceptó disciplinadamente que le rompiéramos el brazo -de la forma más limpia que pudimos, naturalmente- para que no cupiese duda alguna a sus jefes de que no podía trabajar. Le explicó además someramente su cometido a Matesanz, que básicamente consiste en colocar vertical y horizontalmente los tablones de madera que impiden que los toros se escapen por las calles por donde no transcurre el encierro.
No me gustaba ni un pelo dejar solo a Matesanz en una empresa que se me antojaba tan complicada, pero ya nos costó muchísimo convencer al capataz de que aceptara a nuestro hombre -al que hicimos pasar por familiar de Martín- como montador. Sin embargo he de decir que él mostró en todo momento un temple y una confianza ciega en sí mismo, lo cual no hizo que a mí dejase de asaltarme la sensación de que lo estábamos abandonando en la boca del lobo, así que lo más discretamente que pude, me situé en la calle en cuestión, primero fingiendo ser un borracho con pocas ganas de volver a casa, y luego haciéndome pasar por un corredor de los muchos que esperan en esa zona a que lancen el cohete que anuncia que los toros salen a la carrera de su corral.
De esa forma pude ver que esa madrugada aún había más soldados que de costumbre, y también cómo los oficiales encargaban a los reclutas que montasen el vallado del puesto militar, expulsando de muy malas a los carpinteros habituales, entre los esta vez se hallaba Matesanz. Intenté entonces llegar hasta él para convencerlo de que saliésemos inmediatamente de allí, pero no me hizo el menor caso. Al contrario, sonriendo me dijo que no me preocupase, que tenía un "plan B", Y entonces lo perdí de vista en medio del tumulto de gente -lógicamente- cada vez más nerviosa.
Al poco llegó Mola, acompañado por el comandante Fernández-Cordón, el coronel Moscoso, y los capitanes Lastra, Vicario y Barrera. En suma: toda la plana mayor facciosa.
La hora señalada se acercaba, y cada vez había más gente congregada. A codazos me abrí paso hasta que tuve tan cerca al general y sus subordinados, que pude oírles bromear con frialdad sobre si aquella mañana "habría más sangre" que en las anteriores. Al propio Mola le escuché decir que para los que habían participado en la guerra de Marruecos como él, esto del encierro no era más que una broma sin apenas riesgo. Llevaba su condenada cámara colgada del cuello...
A pesar de que hacía nueve años que no corría, decidí permanecer en Santo Domingo, aunque lo cierto es que llegado determinado momento las barreras se cierran y ya no se puede salir del recorrido. La curiosidad y, porque no decirlo, también un mal presentimiento, clavaron mis pies a los adoquines más peligrosos del mundo -al menos durante esos segundos que se hacen eternos a todos los que allí luchamos por sobrevivir-. Entonces sonó el cohete y una muchedumbre aterrada se puso en marcha hacía donde nos encontrábamos. Mola (ahora lo tenía justo frente a mí) se llevó la cámara al ojo, apuntó, y disparó una y otra vez hacia la calle como quien está acostumbrado a hacerlo constantemente con un fusil, sin piedad ninguna por lo que se desarrollaba ante sus ojos, como si todos fuésemos insectos que él debiera primero cazar y luego pinchar con un alfiler en pequeños cuadros enmarcados en negro, igual que las esquelas funerarias. Su rostro mostraba una sonrisa siniestra...
En ese preciso momento, no sé desde dónde, apareció en mitad de la calle Matesanz, esquivando a quienes pasaban como balas junto a él mientras se arrojaba por encima todo el contenido de la garrafa que traía consigo.Avanzó entonces hacía el vallado militar con paso de gigante -contento y desnudo, dispuesto a matar canallas- y justo cuando estaba a punto de alcanzarlo, uno de los muchos trabajadores del vecino mercado que corren en ese preciso tramo se cruzó en su camino y lo hizo caer al suelo. Inmediatamente cuatro mozos tropezaron con ellos y cayeron frente a nosotros. Iba a ir a socorrerles cuando el primero de los toros llegó al montón, y, loco de furia, comenzó a bramar y a asestar terribles gañafonazos a quienes habían quedado por encima de Matesanz, como queriendo quitarlos de encima de su objetivo. Y entonces llegaron sus cinco y rezagados hermanos...
Aunque lo intente mil veces, no podría explicar con palabras la horrenda carnicería que se desarrolló a partir de ese momento ante nuestros ojos, cuando los seis toros -completamente fuera de sí, se dedicaron a cornear de todas las maneras posibles a nuestro hombre, hasta convertirlo en un surtidor de sangre y vísceras. A los pastores les costó un esfuerzo titánico separarlos a varazos de aquella pulpa sanguinolenta.
Sangre: todos los que estábamos allí quedamos impregnados de sangre de Matesanz, como si formásemos parte de un terrible bautismo. También el general Mola, que no dejó de disparar -clic, clic, clic, creo que jamás podré olvidar esos chasquidos- su moderna cámara alemana Contax III ni un sólo momento.
Tampoco perdió su siniestra sonrisa, ni siquiera cuando me abalancé hacia lo que quedaba de Matesanz y lo rodeé con mis brazos. Aún pudo decirme algo con un hilo de voz: "el amanecer, el amanecer..."
Nadie de los que lo vimos podremos olvidarlo jamás, y para quien tuvo la fortuna de no estar presente, quedarán siempre las fotos del general para poder horrorizarse, pero como miembro de nuestro sindicato me creo en el deber de tomar el relevo de mi compañero y solicitar ayuda para detener la sublevación que todos dan ya por cierta y que quizás, quien sabe, comience mañana mismo.
Y esto no lo hago únicamente por mi acreditada militancia política, sino porque fue el propio Mola quien solicitó a uno de sus esbirros que apuntase mi nombre en una lista formada por muchos otros nombres. Dijeron que era sólo un formalismo para permitir mi localización cuando comenzara a investigarse lo ocurrido en el encierro, pero no creo que les importe gran cosa aclarar nunca las circunstancias de lo que os acabo de contar y que sí: pudo suponer "el amanecer de una nueva y mucho mejor época para todos..."
PAMPLONA, a 17 de JULIO de 1936
ADENDA: *Cuando el Gobierno del Frente Popular salido de las urnas democráticas en febrero de 1936 decidió trasladar al general Mola a Pamplona, además de mostrar una estupidez y ceguera políticas de lo más notable, selló su destino, pues andaba metido desde mucho tiempo atrás en la conspiración que acabaría dando lugar al levantamiento del 18 de julio primero, y a la terrible Guerra Civil que asoló el país desde entonces. Para comprender mejor la condición moral de Mola, no basta con leer su Bando declarando el estado de guerra de 19 de julio de 1936:
sino que hay que leer también sus "Instrucciones Reservadas", alguna de las cuales lleva fecha de mayo de ese mismo año, y entre las que -por su inmundicia y bellaquería- quisiera destacar estas dos: "Se tendrá en cuenta que la acción ha de ser en extremo violenta para reducir lo antes posible al enemigo, que es fuerte y bien organizado. Desde luego, serán encarcelados todos los directivos de los partidos políticos, sociedades o sindicatos no afectos al Movimiento, aplicándoles castigos ejemplares a dichos individuos para estrangular los movimientos de rebeldía o huelgas". "Es necesario crear una atmósfera de terror, hay que dejar sensación de dominio eliminando sin escrúpulos ni vacilación a todo el que no piense como nosotros. Tenemos que causar una gran impresión: todo aquel que sea abierta o secretamente defensor del Frente Popular deberá ser fusilado". Por tanto fue él, con muchos otros colaboradores necesarios, el responsable máximo de la cacería humana que se desató hace exactamente ochenta años el próximo 18 de julio, y que en Navarra (zona sin frente de guerra) supuso el asesinato de más de tres mil quinientas personas cuyo único delito fue no estar incluidos en los desquiciados parámetros ideados por el gobernador militar de Pamplona, que en su delirio firmó muchas de sus "instrucciones" con el apodo de "El Director". Apenas un año después, el 3 de junio de 1937, el general Mola falleció en un accidente de aviación en Alcocero (Burgos). Su cuerpo quedó tan calcinado que la única forma de reconocerlo fue por la Contax III que siempre llevaba colgada al cuello...
*El vallado del encierro de Pamplona fue simple hasta el 8 de julio de 1939, cuando en los primeros Sanfermines tras la guerra, el toro "Liebrero" (de la ganadería Sanchez Covaleda) rompió los tablones y corneó de gravedad a una espectadora que estaba situada detrás, teniendo que ser abatido a tiros junto a la puerta de la plaza de Toros. Para que no volviese a ocurrir algo parecido, desde el año siguiente (1940) el vallado es doble, con una separación de dos metros entre ambas hileras de tablones...
El 7 de noviembre de 2003, estando yo
probablemente perdiendo el tiempo -que me parece siempre la mejor manera de aprovecharlo-, acerté a leer una sección del Diario de Navarra en la que no
suelo reparar nunca, más que nada porque aquello que transcurre más allá de
1512 no me interesa gran cosa, que es algo que también le pasaba mucho a Alvaro
Mutis.
El apartado en cuestión se titula "En
el recuerdo", y trata sobre los sucesos que dicho medio publicó hace 25,
50 y 75 años. El caso es que en esta última parte dí con una noticia tan
extraña que no pudo dejar de llamar mi atención.
Como podéis ver, el barón de Beorlegui
presumía en ella de su españolidad y de su fidelidad al rey Alfonso XIII,
apelando a un "señor Cuadra Salcedo", y hablando del infante Luis de
Navarra, que tantas veces ha salido ya en estos desvaríos míos -junto con sus compañeros de fatigas Pierres de Laxaga, Mahiot de Cocherel, Pedro de Urtubia y Pedro de San Superano- por ser un
personaje histórico que me ha interesado siempre, por su extraña gesta al
conquistar la remota Albania, y también por haber tenido el buen gusto dedejarnos como recuerdo sus armas nobiliarias
pintadas en Ardanaz, la capital de mi querido valle de Izagaondoa.
¿A qué podía estar refiriéndose por tanto el citado barón?
Porque no terminaba de entenderse del todo bien. El caso es que me sonaba haber
leído algo similar, ¿pero dónde?
Veamos: ¿cuál era el único "señor Cuadra
Salcedo" que los de mi generación tenemos grabado en la cabeza?
Evidentemente mi siempre admirado y recién fallecido Miguel de la Quadra Salcedo,
pero por la fecha de la noticia, ésta no podía referirse a él, aunque todo
hacía suponer que sí que se trataba de una aventura de igual calibre a las que
nuestro paisano vivía en sus reportajes televisivos. Así que fui a revisar la
biografía del explorador publicada por A. Pérez Henares en 2001, y en la página
69 vi subrayada con fluorescente amarillo la siguiente frase referida a
Miguel: "...Incluso un tío suyo, Fernando, linajudo marqués, llegó a
reclamar, y con papeles, derechos a la Corona de Navarra y Albania". Por
tanto, y aunque lo hubiera yo olvidado, dos años antes de que la noticia de
hace 75 reclamase mi atención en el periódico, la historia de un pretendiente
desconocido a la corona de Albania ya había -naturalmente, conociéndome un
poco- despertado mi interés.
No digo que urgentemente, aunque seguro que
con prisa, acudí al Archivo Municipal de Pamplona, cuya magnífica hemeroteca
microfilmada he utilizado tantas veces, y me hice con la noticia original
completa, aquella que se había publicado el 8 de noviembre de 1928, que es esta
que os adjunto:
"...Todos los Beaumont de Navarra nos honramos de ser súbditos españoles y tener por soberano a Alfonso XIII"
Leyéndola integramente, se
podía entender algo más, aunque no mucho, para qué nos vamos a engañar. Hombre,
por decir algo, me dio un poco de pena que al venerable y evocador título de
Barón de Beorlegui (el más antiguo de la nobleza navarra, creado por Carlos III
el Noble en 1391) el aburrido y gris siglo XX uniese el mucho más prosaico de
"ingeniero agrónomo de Santander". Pero hay épocas malísimas para la
lírica, qué se la va a hacer...
No sabiendo muy bien por
dónde tirar del hilo, y ya que todo había surgido de una noticia publicada en
dos épocas diferentes en el Diario de Navarra, decidí preguntar directamente a
su redactor jefe, el prodigio de erudición Fernando Pérez Ollo, que sabía que
paraba muchas mañanas en la siempre añorada librería el Parnasillo, donde
mantenía una especie de tertulias literarias con su dueño, Javier López de
Muniain, que tengo para mí que van a ser lo más cerca que nunca voy a estar de
algo parecido a la Academia
de Atenas en tiempos de Platón o Aristóteles, porque era una gozada oírles
hablar de cualquier cosa, sobre todo de libros cuyos títulos muchas veces
apuntaba yo subrepticiamente para poder hacerme luego con ellos.
Pero no se crea nadie que yo
participaba de aquellas auténticas lecciones, sino que si al llegar veía yo que
estaban ya ellos dos dialogando, subía haciendo el menor ruido posible a la
pasarela que servía de entreplanta, y fingiendo que revisaba la sección de
Cine, a lo que realmente me dedicaba era simplemente a escucharles. Y hubo
ocasiones en que me ocurrió exactamente lo mismo que a San Virila con el
ruiseñor: que las horas pasaron como si hubiesen sido segundos. Y siempre les estaré
yo agradecido.
El caso es que ni siquiera
FPO -su mítica firma al pie de sus implacables críticas de conciertos- sabía
nada sobre la historia de un hipotético pretendiente al trono de Albania a
principios del siglo XX. Recordé entonces algo que se me había escapado hasta
ese momento: en 1995 el Ateneo Navarro había organizado un ciclo sobre la Nobleza en Navarra, y el
Diario de Noticias había publicado una doble página sobre ello el 9 de abril.
Un reportaje que yo estaba casi seguro de haber guardado -sí, padezco síndrome
de Diógenes histórico, qué le voy a hacer- como muchos otros que tratan sobre
Historia de Navarra. Dí finalmente con él y allí me encontré con este artículo:
Armas del palacio de Beorlegui en el Libro de Armería (año 1571)
Ahora ya conocía al menos los nombres de los
dos implicados: Fernando de la Quadra Salcedo, marqués de Castillejos, y su
primo: Manuel González de Castejón, barón de Beorlegui. Pero no hubo forma de
averiguar nada más sobre este asunto hasta que, con el advenimiento de
Internet, y sobre todo gracias a la publicación del libro "Fernando de la Quadra Salcedo: la
poesía de la Historia",
de José Ramón Blanco, pude yo al fin saber qué se escondía realmente tras
todos estos delirios que os voy contando.
Fernando de la Quadra Salcedo Descendiente de los condes de Urgell Varón agnado de la Casa Real de Navarra Señor de Camón en el Bearne
Fernando de la Quadra Salcedo y
Arrieta Mascarúa nació en la torre de los Salcedo en la villa de Güeñes (Bizkaia) en 1890, en el seno de una familia
de rancio abolengo emparentada cierta -aunque muy lejanamente- con varias casas
reales europeas. Fue un abogado, poeta e historiador especialista en heráldica,
que a decir de muchos de los que lo conocieron y han dejado testimonio escrito,
tenía además un punto de excentricidad muy británico, que le hizo elaborar una
serie de genealogías que podríamos considerar sin lugar a dudas como
verdaderamente fantásticas -en las dos acepciones de la palabra-, llegando a
presumir de descender directamente del rey Iñigo Arista.
Veamos por ejemplo lo que dijo de él el
famoso periodista (y más que turbio personaje) César González Ruano, que lo
trató muchísimo en las tertulias literarias de Bilbao y Madrid: "Como pintoresco se llevaba la palma Fernando de la Quadra Salcedo, que se decía pretendiente al trono de Navarra y luego al de Andorra, proponiendo a su pariente el barón de Beorlegui, hijo del marqués de Vadillo, para el trono de Albania. Fernando llegó a formar un gobierno con amigos suyos y acuñó unas cuantas monedas de peseta con su efigie y el nombre de Ordoño no sé cuantos. Se decía descendiente de Iñigo Arista. En realidad se llamaba Fernando Salcedo Arrieta-Mascarúa y Reinoso. Su padre, don Tomás Salcedo, viejo muy simpático, montó en Madrid el Café Saboya, en la calle de Alcalá, entre el teatro Apolo y el café de la Elipa. Fue un café elegante, que, sin embargo, no dio resultado. De Quadra Salcedo se podrían contar centenares de anécdotas divertidísimas, pero que quizá no vengan aquí muy a pelo. Quadra Salcedo rehabilitó luego para sí el marquesado de Castillejos. Soñaba con imposibles golpes de Estado esteticistas y bellos para imponer la autoridad divina y aldeana de las coronas absolutistas y patriarcales. Su árbol genealógico, que sólo se podía echar a reñir con el que exhibía Rafael Lasso de la Vega, llegaba hasta Iñigo Arista. Con Gustavo de Maeztu organizó una pintoresca Academia de Genealogía donde, previo pago, sus clientes podían entroncar con lo más rancio de la aristocracia".
Ramón Gómez de la Serna apuntó que: "Fernando de la Quadra vive colgado de la higuera genealógica". Según José Fernández de la Sota:
"Como pretendiente al trono de Navarra y al
del Principado de Andorra, solía comentar que “tenía dos tronos en el
bolsillo, pero ni un sólo cuarto”. A su primo, el barón de Beorlegui,
le convenció de sus derechos al trono de Albania por su ascendencia en la casa
de Beaumont. Organizaron una campaña que llegó a tener eco en el Times
londinense. Compusieron un himno y celebraron reuniones regias en el palacio de
los Salcedo en Güeñes. Sus amigos bilbaínos le gastaron la broma de hacer pasar
al pintor italiano Guido Caprotti por un espía de Mussolini enviado a Vizcaya
para asesinar al barón, dado que el dictador, según decían, pretendía instalar
a un príncipe italiano en el trono de Albania. Quadra Salcedo se lo creyó, y a
su primo el barón le faltó tiempo para afeitarse la barba y plantarse en
Pamplona".
Pío Baroja escribe en el tomo cuarto de sus
memorias:
“Quadra Salcedo era un iluso, un hombre que
vivía en sus entelequias fantásticas, y no necesitaba por tanto mucha base para
idear un sistema o una genealogía. El más pequeño dato le bastaba para lograr
su propósito, y así al Díaz corriente le emparentaba en un dos por cuatro con
el Cid. A mí mismo me preguntó, en una librería de viejo de la calle
Jacometrezo, si tenía yo el segundo apellido italiano. Sí -le contesté-, Nessi.
Pocos días después nos encontramos de nuevo y entonces me comentó:
"Eso de tener parentesco con príncipe italiano está muy bien". Lo
cierto es que hablaba de sus supuestos parientes de cuando el Imperio Romano
como cualquiera puede hablar de su tío de Alcalá o de su primo de Chínchón. Era
un hombre fantástico, que creía en sus elucubraciones”.
Sin embargo Cansinos Assens aduce: "En Bilbao, en la calle Ercilla 19, 1º derecha, tenía su sede el Instituto Heráldico del que era director, en el que se anunciaban referencias sobre el origen de más de 475.000 apellidos. Fernando persistía en su labor de ennoblecer
a la gente capaz de remunerar sus investigaciones laboriosas en los archivos.
Dentro de poco -decía- no quedará en Bilbao ningún naviero enriquecido durante la Gran Guerra sin su
blasón y su árbol genealógico. Sin embargo él era el primero en reírse de sus
ingenuos clientes y de su pretendida ciencia heráldica. Le encontraba en el
Rastro con algún cuadro borroso, retrato de un cardenal o un arzobispo de la
época isabelina y le preguntaba: -¿Qué hace usted aquí, amigo Quadra? -Ya ve usted... buscando antepasados".
Pero volvamos a la trama albanesa, que es la que dio origen a este embrollo. Al parecer todo surgió de una reunión de
amigos y parientes en el casino de Santander -en la que no se sabe, aunque es
fácil de suponer, que el vino y los licores correrían generosamente-, terminada
la cual el barón de Beorlegui, que era también marqués de Vadillo, salió
convencido de sus legítimos derechos al trono del país balcánico, que su primo
Fernando de la Quadra
basaba en su descendencia de la casa de Beaumont, pues no en vano su fundador,
el infante Luis, lo había conquistado allá por el año 1376.
Si todo hubiera quedado así, probablemente
el asunto se hubiera disuelto con la resaca, pero Fernando lo hizo
público escribiendo un artículo en el periódico La tarde, en el que defendía
tan vehementemente esos supuestos derechos albaneses del barón de Beorlegui,
que muchos otros periódicos, locales y hasta nacionales se acabaron haciendo
eco -la mayor parte de las veces tomandoselo a broma, claro- de tan desusada
reivindicación.
Como estas cosas se sabe donde empiezan,
pero no donde terminan, el revuelo periodístico fue subiendo de intensidad,
provocando que el barón de Beorlegui dejase de estar interesado en continuar
con la charada. "Es un miserable -le dijo Fernando de la Quadra a Cansinos Assens-:
le quise hacer rey, pero no es digno de ceñir una corona".
De todas formas, se ve que el trono de Albania era por aquel entonces de
lo más codiciado, porque ya a finales del siglo XIX, otro representante de la
imaginación político-estratégica más desbocada lo había reclamado para sí. De
Juan Pedro Aladro y Kastriota estoy hablando ahora, hijo ilegítimo del
bodeguero jerezano ("In vino veritas" sentenció el autor
clásico) Juan Pedro Domecq, que se decía descendiente por linea materna del
héroe medieval albanés Jorge Skanderberg, y que puso su fortuna al servicio del
sueño de liberar a Albania del yugo otomano, y este sí -y no nuestro barón-
anduvo relativamente cerca de lograr su empeño. Aquí os pongo una postal
publicada en aquella época con ánimo de hacer propaganda a su candidatura:
Juan Pedro Aladro Kastriota, pretendiente al trono albanés
El periodista y erudito Juan P.
Esteban Chavarria escribió precisamente en Diario de Navarra el 30 de marzo de
1927 un curioso artículo titulado "Albania y Navarra", en el que decía esto sobre él:
"Don Juan Pedro
Aladro Kastriota, rico propietario andaluz, ilustre diplomático de España y
admirador y protegido del rey Alfonso XII (que en paz descanse), descendía del
príncipe Jorge Kastriota Skanderberg, héroe y defensor de Albania contra Turquía,
e ídolo de los patriotas albaneses, cuyos actuales sucesores, reconociendo en
Aladro Kastriota al descendiente de aquel príncipe, lo proclamaron heredero de
la corona albanesa hace relativamente pocos años, reunidos en la Asamblea Nacional
de Pissen, y organizando para defender mejor su legitimidad, importantes
comités en Italia, Grecia, Egipto y Estados Balkánicos. Advirtiéndose que, si
el español no subió finalmente al trono, fue por no comprometer el delicado
equilibrio europeo que tantos peligros encierra siempre en los Balkanes y
países cercanos, pues no se atrevieron las potencias europeas a instalar a un
rey de religión católica en un trono cuyos súbditos eran mayoritariamente
musulmanes. Pero haciendo constar también que, de haber persistido en su
empeño,probablemente hubiera ceñido la corona en las actuales circunstancias,
como caudillo aclamado por el pueblo, desde la última aldea hasta la capital,
Durazzo, pues su nombre despertaba bastante más entusiasmo en el país que el de
Ahmed Zogú, que fue quien finalmente acabó proclamándose rey en 1928".
Ahmed Zogú, Rey de Albania (1928-1939)
Y añadía esta otra opinión con la que estoy yo muy de acuerdo:
"Y no digo más de estas memorables campañas de Albania, a pesar de que el Genio de Navarra está en grave pecado de ingratitud mientras no descubra al mundo y loe como es justo a aquellos legendarios héroes que, acaudillados por el infante don Luis, duque de Durazzo, realizaron en Oriente proezas admirables, gloriosísimas, dignas de ser cantadas por la epopeya."
Mucho más recientemente, en 2001, Iñaki Egaña
también nos habla del jerezano Aladro en su libro Mil Noticias Insólitas del País de los
Vascos:
"Juan Pedro Aladro Kastriota, príncipe
de Albania, se expresaba perfectamente en euskara. Hablaba además correctamente
el francés, inglés, alemán, italiano, albanés, castellano y ruso. Escribió
algunos trabajos en la revista Euskal-Erria, terminando siempre sus artículos
con la misma consigna en euskara y albanés: Euskalerria aurrera.
Shkiperia perpara! (¡Adelante Euskalerria. Adelante Albania!).
Justificaba su interés por la lengua vasca alegando que sus antepasados
provenían del pueblo guipuzcoano de Bidania." ¡¡¡Arrea!!!
Como veis por todo lo que os voy contando,
cuesta aceptar que el concepto de Realismo Mágico lo inventase Gabriel García Márquez en
Colombia, porque el número de maestros aventajados en esa materia que hemos
disfrutado por nuestra tierra es también digno de ser tenido en cuenta...
¿Pero cuál era el fallo principal de la
argumentación genealógica de Fernando de la Quadra Salcedo?
Pues el que ya había visto el propio barón de Beorlegui en su carta de noviembre de 1928: que se adjudicaba la corona albanesa en
base a los derechos que el infante Luis, el hermano del rey Carlos II (el Malo
para los franceses) hubiera podido legar a sus descendientes, pero teniendo en
cuenta que a él mismo esos derechos le llegaron por vía matrimonial, y que con
su legítima mujer, la princesa Juana de Nápoles, no tuvo hijos, malamente podía
el primero de los Beaumont traspasar esos derechos albaneses a los tres hijos
bastardos que sí tuvo con María de Lizarazu.
El mayor de todos ellos, Carlos, fue
nombrado por su tío Carlos II alférez de Navarra, y desempeñó importantes
cargos diplomáticos en la corte de su primo-hermano Carlos III el Noble. Tuvo a
su vez dos hijos varones: Luis, primer conde de Lerín, y Juan, prior de San
Juan de Jerusalén en Navarra. Éste, pese a su condición de clérigo, engendró un
hijo, Martín, que fue el primero de los de su estirpe en ostentar el título de
Barón de Beorlegui, que como dije al principio sigue siendo el más antiguo de
la nobleza en Navarra.
Pero originariamente el rey no se lo otorgó
a ellos, sino a su chambelán Juan de Bearne en 1391. Al casarse este en 1397
con Juana de Navarra, hermana bastarda de Carlos III, ambos compartieron el
tratamiento de Barones de Beorlegui, y tuvieron una hija legítima: Blanca, que
se casó con el vizconde valenciano Hugo de Cardona, heredando ambos el título
de marras, que al no tener descendencia quedó vacante.
Entonces Juan de Beaumont, el Gran Prior de la Orden de San Juan de Jerusalén
en Navarra, aprovechó para comprarlo y donarlo a su hijo, Martín de Beaumont,
que fue legándolo a sus descendientes directos al menos hasta Juan de Arizcun y
Beaumont, que falleció en 1673, siendo el VIII Barón de Beorlegui. Luego el
título se perdió, y no volvió a ser rehabilitado hasta 1915 por Francisco
Javier González de Castejón y Elío, marqués de Vadillo.
Si aún queda alguien ahí, después de este
tostón genealógico que os estoy proporcionando, comprenderá que los derechos a la Corona de Albania no podían
ser más hipotéticos para el Barón de Beorlegui del año 1928, a la sazón el ya
citado Manuel González de Castejón y Entrala, que hacía el número XVII de su
título. Claro que, afortunadamente, esas minucias jamás pusieron freno a la
imaginación de nuestro protagonista...
Manuel González de Castejón y Entrala XVII Barón de Beorlegui Pretendiente al trono de Albania
Puestas así las cosas, tampoco se hará
extraño a nadie que los amigos de Fernando de la Quadra y de Manuel González
de Castejón les tomaran el pelo una y otra vez, incluso como ya se contó,
fingiendo que Mussolini -la
Italia Fascista también quería hacerse con Albania en aquella
época, y esta vez completamente en serio, pues de hecho la invadió en 1939-
había enviado un espía para matarlos.
Pero abandonadas las pretensiones a Albania
por parte de su primo, de la
Quadra optó por ser él mismo quien reclamara varios tronos.
Primero el de Navarra, ya que como recordaréis, se consideraba a sí mismo
descendiente directo nada menos que de Iñigo Arista, y por lo tanto varón
primogénito de la Casa Real
de Navarra. Pero en un repliegue de modestia, y como también se decía
descendiente de los Condes de Urgell, soberanos de Andorra, le pareció más
sencillo acceder al trono del principado pirenáico, donde se encontró con
que tenía competencia...
Sucedió que en 1934, un supuesto noble ruso
llamado Boris Mikailovich Skossyref se asentó en Andorra, que tenía como
copríncipes al presidente de la República Francesa y al obispo de la Seo de Urgell, estando el
gobierno formado por un Consejo General de los Valles. Decidido a convertirse en rey a cualquier
precio, Boris consiguió convencer a 23 de los 24 consejeros para que votasen a
favor de instaurar la monarquía, cosa que hicieron el 7 de julio (sí, ya veis
que todos estos asuntos dinásticos tienen siempre bastante que ver con el vino
y con las fiestas). Los periódicos de la España republicana, que se habían tomado a broma
desde el principio toda esta locura, descubrieron un filón para burlarse todavía
más de lo que acontece en Andorra: dar pábulo a las ocurrencias de otro
pretendiente, que como ya habréis imaginado no era otro que Fernando de la Quadra Salcedo.
Éste, en varias cartas dirigidas al
periódico "El heraldo de Madrid", de las que también se hicieron eco
otros medios como ABC, rizó el rizo retando a un duelo a espada a Boris I
para decidir en un combate de campeones a quién correspondía realmente el trono
de Andorra. Y no creais que el ruso se achantó, porque contestó por la misma
vía al bilbaino de la siguiente forma: "habré de demostrar a usted, cuando
y como le acomode, que un caballero no puede manchar la dignidad de otro
caballero sin dejar de serlo".
Harto ya de tanta locura, el obispo de la Seo de Urgell denunció lo que
estaba ocurriendo en Andorra ante la Guardia Civil (tomad dosis de surrealismo
hispano), que acabó deteniendo al "rey" Boris, el cual acabó preso en
Madrid, en aplicación de la Ley
de Vagos y Maleantes. Tras unas pocas semanas fue puesto no obstante en
libertad, y marchó al exilio.
Tristemente, la farsa trocaría en tragedia muy pronto...
El 18 de julio de 1936, el general Franco se
sublevó en África contra el Gobierno legítimo, y la villa de Bilbao quedó
dentro de las zonas leales a la República. No habiendo autoridad reconocible,
pues el Gobierno Vasco no quedaría constituido hasta el 7 de octubre de ese
mismo año, milicianos y grupos armados de los distintos partidos camparon
durante dos meses a sus anchas, ejecutando y deteniendo a quienes consideraban
enemigos de la Revolución
o del Proletariado.
Alguien que, como el inofensivo Fernando de la Quadra, presumía de nobleza
de sangre e incluso de sus derechos a varios tronos, se convirtió por tanto en
objetivo prioritario de varios de esos grupúsculos, siendo detenido finalmente
al parecer por anarquistas -a los que, como de costumbre, la imaginación se la traería al pairo-, que lo llevaron al Altuna-Mendi, un barco
prisión fondeado en la ría.
Allí dentro, igual que muchos otros
desgraciados, fue fusilado Fernando de la Quadra Salcedo y
Arrieta Mascarúa sin juicio alguno el 25 de septiembre de 1936, apenas diez
días antes de que José Antonio Aguirre fuese nombrado primer Lehendakari y
acabase con los paseos y los asesinatos arbitrarios. Tenía cuarenta y seis
años, los mismos que ahora tengo yo, y os aseguro que no puedo dejar de sentir
un cierto escalofrío al imaginarme la escena.
Fusilamiento de Maximiliano I, de Edouard Manet
Así que ya veis: quizás no vivió como un
rey, pero si que al menos murió como Luis XVI de Francia o Maximiliano I de
México, cosa que supongo que no le haría nada feliz en ese brutal momento, pero
que me parece un giro del destino de lo más curioso, y un caso clarísimo de
justicia poética. Don Julio Caro Baroja, que también lo conoció, escribió con
pesar: “su fin trágico no fue el que correspondía a alguien de carácter tan
apacible”.
Todavía en 1965, su amigo César González
Ruano le recordaba en su Diario Íntimo, con motivo de la muerte ese mismo año de otro viejo conocido: el barón de Beorlegui, aquél a quien Fernando quiso
hacer rey de Albania: "Ha muerto ayer en Madrid el barón de Beorlegui, don
Manuel González de Castejón, tan unido a raros recuerdos míos de aquellos años
en que yo andaba mucho con el poeta Fernando de la Quadra Salcedo,
marqués de los Castillejos, que proyectaba para su primo el acceso al trono de
Albania. Beorlegui era ingeniero agrónomo, cantaba zortzicos y tenía una noble
barba. A mí me recordaba físicamente a aquel zar Fernando de Bulgaria..."
Y por mi parte, acabo aquí con la
estrambótica historia del último y soñador rey de Navarra, que me temo que he
alargado demasiado. No me cabe la menor duda de que hubiese hecho buenas migas
con él, de haber coincidido ambos en el tiempo. Y, quién sabe, quizás hasta
hubiese aceptado yo los derechos al trono de Albania que el sobrepasado barón de
Beorlegui (al parecer su candidatura al trono trajo consigo que un grupo de albaneses, que el periódico republicano "La Libertad" describe muy gráficamente como "imponentes, llenos de cartucheras, embigotados y pavorosos" se empeñaran en servirle durante un tiempo como Guardia Personal, para solaz y diversión de toda la ciudad de Santander) no se atrevió a defender, porque además puedo confirmaros que el dolmán me sienta igual de bien que al rey Muskar XII de Syldavia...
De todas formas, ya sabéis: Euskalerria
aurrera. Shkiperia perpara!