A la hora de intentar comprender por qué Juan II de Aragón despreció tan profundamente a su propio hijo, el príncipe de Viana, su mejor biógrafo, Jaume Vicens Vives juzgó con acierto que ser el segundo hijo de un segundón de la familia real castellana (Fernando de Antequera, que acabó convirtiéndose luego en rey de Aragón) selló indeleblemente su carácter, su psicología y sus ambiciones, pues su ansia de poder le llevó primero a alcanzar (casándose con Blanca, la legítima propietaria de Navarra), y luego a mantener a toda costa (negándose a ceder la corona a su hijo Carlos), el status de rey que creía merecer, y que debió pensar que le absolvería de ese pasado marcado por no haber sido el primogénito de la dinastía Trastámara.
Este “pecado original” que debió atormentar siempre a Juan, queda confirmado por la forma de atacarle públicamente escogida por su hijo ante las Cortes reunidas en la ciudad de Sangüesa, cuando Carlos, ante la pretensión paterna de casarlo con una noble castellana argumentó:
«En la Casa de Navarra no es acostumbrado casar con linaje más bajo que el de los Doce Pares de Francia».
No hay nada extraño en que hiciera tal cosa, porque había sido educado en exclusiva como descendiente de los Evreux, y con el fin único de ser rey de Navarra.
Como señaló I. Mugueta:
«La diferencia entre Carlos y su padre era que el primero podía enorgullecerse de pertenecer a una rancia y longeva familia real heredera de San Luis, por un lado, y de Sancho el Mayor, por otro. Carlos era un príncipe Trastámara, es cierto, pero también un Evreux, y por tanto un Capeto. Su padre no podía jactarse de poseer tan ilustres antepasados. Por las venas de Carlos corría la sangre de los reyes de Navarra, con todas las particularidades que la realeza navarra suponía, acumuladas durante los últimos siglos. De ahí el interés del príncipe por exaltar al linaje de los reyes de Navarra en su Crónica».
Y ahí radica también, creo yo, la más que probable explicación psicológica de la actitud de su padre, que se mostró siempre celoso y/o envidioso de su propio hijo por no ser él –recordemos– más que el segundón de otro segundón de una dinastía de origen bastardo como fue la de Trastámara, que sólo habría podido asentarse en el trono castellano mediante la violencia y la eliminación del rey legítimo (Pedro I). Prácticamente los mismos métodos, por cierto, que Juan II acabaría empleando contra el príncipe de Viana.
Pero, ¿y si hubo otro factor no tenido en cuenta hasta ahora en esa terrible disociación entre padre e hijo legítimo? ¿Y si el padre ya tenía otro “hijo” –aparte de sus numerosos bastardos- al que mantuvo siempre cerca de sí mismo, incluso hasta el último día de su vida?
Pues sí, si tenemos en cuenta que Juan fue siempre un padre ausente para Carlos, que sólo lo veía cuando volvía fugazmente a Navarra para hacer acopio de recursos económicos con los que continuar sus guerras en Castilla –sucesos en los que el príncipe de Viana jamás se implicó-, y en los que el rey (consorte, no propietario) de Navarra fue rodeándose de una serie de nobles castellanos que, con mucha razón, acabaron considerándose “familiares” suyos, lo mismo que él acabó considerándolos mucho más “familia” que a la familia que había formado con la reina Blanca de Navarra.
Y entre todos esos nobles uno destacó sobremanera. Uno que desde muy pequeño dejó todo para seguir las ambiciones de su señor y “padre”, Juan II. A Rodrigo de Rebolledo me estoy refiriendo.
En efecto, y a decir del cronista aragonés Zurita:
“… fue un caballero de su casa, natural del reino de Castilla, de Castrojeriz, que desde su niñez le siguió y sirvió siempre…”
Incluso crónicas castellanas más antiguas lo consideraban así:
«Mosén Rebolledo, un caballero de quien el Rey de Navarra mucho fiaba» (Crónica de Juan II de Castilla); «Mosén Rebolledo, un privado del rey de Navarra» (Crónica del Halconero).
¿Se fiaría más Juan II de Rodrigo que de su propio hijo? Los acontecimientos futuros nos irán probando que, en efecto, muchísimo más.
Ya el 5 de agosto de1435, cuando se dio la batalla de Ponza (isla perteneciente al reino de Nápoles) entre una escuadra naval genovesa y una aragonesa comandada por el rey Alfonso V de Aragón, donde los genoveses lograron apresar al rey Alfonso el Magnánimo y a sus hermanos -los infantes de Aragón- don Juan, rey consorte de Navarra, y don Enrique, el cronista Zurita nos asegura que:
«Y fue cosa muy cierta y sabida que el rey de Navarra fuera muerto en la batalla si no se hallara a su lado un caballero que fue muy valiente y señalado capitán y de los muy valerosos que hubo en sus tiempos y se llamó Rodrigo de Rebolledo»
El príncipe de Viana era en aquel año muy joven todavía, apenas tenía 14 años, y no participaba entonces –ni lo haría tampoco después- en los tejemanejes políticos de los infantes de Aragón. Quizás no sea ocioso recordar, no obstante, que conocemos que la primera participación en una batalla de su padre, fue cuando tenía sólo 13 años…
Pero es la Crónica del condestable don Álvaro de Luna la que yo creo va a darnos la clave de la verdadera relación entre Juan II y Rodrigo de Rebolledo, cuando narra la defensa que hizo este último en el año 1446 de la imponente fortaleza de Atienza, la última de las plazas castellanas que pertenecían al señorío de Juan II de Aragón que todavía no había sido incautada por el rey de Castilla. Acordaron parlamentar el condestable, que sitiaba el castillo y Rebolledo, que mantenía la plaza en nombre de su señor.
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| CASTILLO DE ATIENZA (GUADALAJARA) |
El condestable le ofreció, al parecer, cambiar de bando y que dejase de apoyar al rey de Navarra:
“Rodrigo de Rebolledo, dad esta villa e castillo al Rey mi señor, e yo tendré manera con su merçed que vos faga muchas mercedes, e que vos perdone el yerro en que haveis caydo en no lo haver fecho hasta aquí; e yo vos quiero ayudar bien, e desto vos quiero dar qualquier seguridad que vos quisieredes. E en fazer vos aquesto, fareys aquello que debeis, e dareys de vos buena cuenta; en otra manera non podreys sacar de vuestro trabajo si non deshonra e ynfamia para vos, e para los que de vos vinieren, de lo qual yo havría mucho pesar e dolor”.
E a esto respondió Rodrigo de Rebolledo:
-¿Cómo queredes vos, señor, que yo falle de tal forma al rey de Navarra, que fue quien me crió?.
Faced con él trato, e qualquier trato que con el fizieredes, yo estaré de acuerdo.
El condestable le respondió:
El Rey de Castilla, mi señor, no fará trato ninguno con el rey de Navarra, si no lo face antes con vos»
Es decir: Rodrigo de Rebolledo sí podía presumir de que Juan II de Aragón le había criado, pues no en vano le acompañaba desde que era un niño, pero su propio hijo, el príncipe de Viana, no podía decir lo mismo, porque en tantos años, nunca habría pasado más de 20 días seguidos en su compañía. Reconozcamos que así es muy difícil asentar relación alguna, menos la que deberían tener un padre y un hijo que para ese citado año de 1446 ya actuaba como legítimo propietario de Navarra, pues su madre doña Blanca había muerto en 1441, aunque a regañadientes se hubiera conformado con no ostentar más título que el de lugarteniente en nombre de su padre.
Pero en 1451 la tensión acumulada entre ambos estalló, llegándose al enfrentamiento armado el 23 de octubre de 1451 en los campos de Aibar. Y allí, también volvió a jugar un papel fundamental el que podía considerar a Juan II como su verdadero padre. Porque así cuenta el cronista Zurita el enfrentamiento:
“Aparece en memorias de aquellos tiempos que salió el príncipe de Aibar con cuatrocientos hombres de armas y seiscientos jinetes castellanos y con otros muchos caballeros lussetanos y beamonteses, y acometieron con gran ímpetu y rompieron la avanguarda del rey; y rompida aquella primera batalla, volviendo ya el rostro los del rey, quedó Rodrigo de Rebolledo con algunos de los suyos en medio de los enemigos, que era capitán de la gente de armas de Castilla que trujo de Atienza y de las otras fortalezas que tenía en Aragón y Cataluña; y reconociendo los suyos que quedaban peleando, volvieron furiosamente en un escuadrón a donde estaba, y siendo en aquel punto muy herida la batalla y cargando todo el ejército del príncipe con furia grande, estando para ser vencidos los del rey, viendo que Rodrigo de Rebolledo resistía a los enemigos y peleaba con ellos valerosamente, acudieron a juntarse con él y pusieron gran esfuerzo en la pelea.
Y fueron Rodrigo de Rebolledo y los suyos los que aseguraron la victoria, rompiendo y desbaratando a los enemigos. Y escriben que los primeros que fueron rompidos y echados del campo fueron los jinetes andaluces que comenzaron a trabar la pelea. Por supuesto los del escuadrón en que estaba el rey fueron resistiendo y peleando; y por aquella parte se venció también la batalla y fue preso el príncipe y los principales que se hallaron con él”.
O sea: que Rodrigo de Rebolledo volvió a salvar a Juan II, esta vez de la acometida de su hijo verdadero, con lo que podríamos considerar que el hijo “adoptivo”, combatió al legítimo para dar contento a su padre.
El príncipe de Viana comenzó entonces su calvario particular, perseguido siempre por su padre hasta verse obligado a exiliarse de Navarra. Mientras, Rodrigo de Rebolledo había sido nombrado camarlengo mayor por Juan II, es decir: el servidor más cercano al rey.
Tras su periplo mediterráneo que lo llevó por Francia, Roma, Nápoles, Sicilia, Cerdeña y Mallorca, arribó por fin el príncipe a Cataluña, donde el 14 de mayo de 1460, y tras siete años sin verse, recibió estas gélidas palabras de saludo/amenaza por parte de su padre:
«Si haces hechos de buen hijo, te haré hechos de buen padre»
Resulta evidente que Juan II nunca lo consideró un “buen hijo” (tal cómo él entendiera ese concepto, claro), condición que sí otorgaba a Rodrigo de Rebolledo, algo que quedó firmemente demostrado cuando el 2 de diciembre de 1460, Carlos de Viana acudió –engañado por su padre- a las cortes de Lleida, donde fue de nuevo hecho prisionero. Así nos lo cuenta Gueraut de Pla Gueraut de Plá, hijo del maestre hostal de Carlos:
“Y cuando el príncipe estuvo dentro, el rey comenzó a bromear con él y también el príncipe con el rey. Y cuando ellos llevaban así un gran rato, comenzó a hacerse tarde. Entonces el príncipe le dijo al rey que se le hacía tarde y que le placiese darle permiso para partir. Y el rey siguió bromeando con él, diciéndole que todavía tenía mucho tiempo, y todo esto riéndose.
Enseguida el príncipe volvió a pedirle permiso, pero el rey estaba contento y no dejaba de hablar. Esto duró hasta las tres de la tarde. A esa hora, el príncipe volvió a pedirle permiso. El rey le llevó entonces a un rincón de su habitación y allí hablaron un largo rato; aunque no se puede saber qué se dijeron, sino que el rey le agarró y le dijo que se tuviera por preso. Entonces, el príncipe se echó a sus pies preguntándole porqué, y el rey le dijo que lo tenía bien merecido.
En la habitación estaba un caballero que era criado del rey, que se llamaba Rebolledo, y también el comendador de Monzón y otros dos o tres caballeros; y el rey les llamó y les dijo que prendiesen al príncipe, y que luego les diría los cargos. Y así salió fuera de la habitación”.
Vemos que el “hijo” que sí crio el rey, el que le obedecía sin rechistar, vuelve a ser preferido ante el hijo considerado “desleal” (sin ningún derecho, pues Carlos era el legítimo rey de Navarra) por aquel que siempre lo despreció.
La nueva prisión del príncipe provocó el levantamiento furioso e inmediato de los catalanes, que desde Barcelona formaron un ejército para marchar hacia Lleida. Nuevamente Zurita es quien nos lo cuenta:
“Pero siguiendo el rey el más seguro consejo, no quiso esperar tan furioso movimiento; y don Rodrigo de Rebolledo camarero y gran privado del rey (que fue de contrarío parecer de don Pedro de Urrea que prefería quedarse en la ciudad) mandó a un escudero suyo que se decía Álvaro de Bances que le llevase un caballo a un portillo del muro, cerca del monasterio de los Predicadores, sabiendo que estaban tomadas ya las puertas de la ciudad; y poniéndose en el palacio del obispo donde el rey posaba todas las cosas en orden como si no hubiera ninguna novedad y para ponerse el rey a cenar, teniendo Bernaldo Hugo de Rocabertí castellán de Amposta tomada con gente de armas, por orden del rey, la puerta del monasterio de Predicadores, el rey se salió con la oscuridad de la noche con muy pocos de los suyos, y subió en aquel caballo, oyendo él ya el estruendo de la gente que andaba por la ciudad y había entrado en palacio. Y discurría por él el pueblo tan furiosamente que con las lanzas y espadas andaban tentando las cortinas de las camas. Y el rey se vino a Fraga, donde estaba la reina que tenía en su poder al príncipe Carlos.”
Así que Rodrigo de Rebolledo libró de nuevo de la muerte a su “padre”, mientras su verdadero hijo quedaba preso una vez más.
El mal trato recibido en prisión afectó la salud de Carlos –otros autores defienden que fue envenenado-. Sea como fuere, el príncipe de Viana murió en el palau reial de Barcelona, la madrugada del 23 de septiembre de 1461. No se aplacaron por ello las discordias, y Cataluña se levantó contra el rey Juan II, al que acusaban de la muerte de su primogénito.
Porque para entonces Juan II había tenido ya otro hijo, nacido en 1453 en Sos. Uno al que sí se empeñó en educar personalmente para que –este sí- fuera igual que él: Fernando, que pasaría a la Historia con el sobrenombre de “el Católico”. Aquel cuya existencia utilizó para borrar a su primera familia.
La guerra entre Juan II y los catalanes duró más de diez años, hasta 1472, y por supuesto Rodrigo de Rebolledo jugó un papel importante en muchos de los acontecimientos bélicos que se sucedieron, siempre al lado de su señor y “padre”, de manera que en el año 1467, el príncipe Fernando fue confiado por sus progenitores a…
Sí, a su “hermano” mayor: Rodrigo de Rebolledo. Según las crónicas, así se lo solicitó Juan II:
«Mosén Rebolledo, como hasta aquí nunca tuviste ante tus ojos si no mi servicio, así generalmente mando que a partir de ahora en otro no pienses, sino en el servicio de aqueste, mi hijo Fernando».
Y como siempre, su “buen hijo” obedeció ciegamente, de forma que en noviembre de ese mismo año, en la batalla de Vilademat, Fernando estuvo a punto de ser capturado, si no hubiera sido porque Rodrigo de Rebolledo, que a ninguna cosa atendió más que a defender la vida del príncipe, arremetiendo contra sus adversarios logró que el infante consiguiera ponerse a salvo, quedando él mismo prisionero unos años, y siendo rescatado por Hernando de Rebolledo, su sobrino, que con el apoyo económico del Rey Juan pagó por él el rescate de diez mil florines, aunque muchos aconsejaron al duque de Lorena que un tan grande capitán no se debía poner en libertad.
Así que vemos que Rebolledo salvó tres veces la vida del rey Juan II (Ponza, Aibar y Lleida), y una la de su heredero, Fernando, pero jamás movió un dedo –al contrario- por el hijo primogénito de su señor y “padre”, el príncipe Carlos de Viana.
La victoria final del rey Juan frente a los catalanes supuso todavía la concesión de más reconocimientos y honores para Rodrigo, que acompañó al rey hasta el mismo día de su muerte, ocurrida en Barcelona el 20 de enero de 1479. Y es bien curioso y reseñable que fuera él el único “hijo” que acompañaba a su señor en tal trance, pues el hijo primogénito, Carlos, aquél cuya compañía no frecuentó nunca Juan II, había muerto hacía ya 18 años, y el heredero, Fernando, estaba en Castilla reinando ya con Isabel, y cumpliendo por tanto el destino fijado por su padre: que la dinastía Trastámara ostentase todas las coronas hispánicas. El príncipe de Viana –que fue educado para sentirse sólo como un Evreux- impedía ese designio “divino”, y tenía por tanto que desaparecer, como así ocurrió.
De hecho, y como camarlengo, jugó un papel trascendental en las impresionantes ceremonias funerarias, como confirman los libros de protocolo del Ayuntamiento de Barcelona, que voy a traduciros del catalán, siguiendo la transcripción de Miguel Ángel Zalama y Jesús F. Pascual Molina:
A las tres de la tarde del jueves 28 de enero, aparecieron en el salón del Tinell del palau reial cuatro caballeros “todos cubiertos de telas bastas y sobrevestes reales, cabalgando sobre cuatro grandes y buenos caballos, cubiertos de las mismas telas gruesas de la cabeza a las patas. Cada caballero portaba una bandera en lo alto de una lanza y vestía la correspondiente cota de armas: la de Sicilia –portada por Francesch Burgues de Sant Climent, señor de Viladecans–, la de Navarra –por Fernando de Medrano, natural de Navarra–, la de Aragón antigua –sostenida por Luis de Alberuela, natural de Aragón–, y la real de Aragón –alzada por Miquel de Vivers, natural de Perpiñán–.
Tras ellos, aparecieron otros cuatro caballeros que exhibían escudos con las armas del rey, vueltos del revés: Pere Joan de Sant Climent, portaba las de Sicilia; Miquel de Xaus, las de Navarra; mosén Heredia llevaba las armas antiguas de Aragón, y Lois Oliver, las de Aragón. Al mismo tiempo que los ocho caballeros realizaron su entrada, los monteros del rey, acompañados de sus perros, hacían sonar sus cuernos de caza, y los jinetes cabalgaron tres veces alrededor del catafalco real.
Tras hacerse el silencio entre los presentes, Luis de Alberuela –que era rey de armas– exclamó por tres veces:
-¿Dónde está mi señor el Rey, que no le vemos en el salón ni en su trono?
Nadie respondió al rey de armas, por lo que este se dirigió al camarlengo del rey, Rodrigo de Rebolledo, preguntando de nuevo por él:
-Mosén Rodrigo, señor camarlengo: hace 10 días que buscamos a nuestro rey y señor y no lo encontramos, ¿lo habéis visto vos?
Ante la respuesta de este, indicando que el monarca había fallecido:
-Está muerto, vedlo aquí, donde yace.
Alberuela insistía, no creyendo la noticia:
-¿Cómo que está muerto?, haciendo grandes muestras de dolor, a lo que Rebolledo contestó señalando el lecho donde yacía el difunto:
-Aquí está, muerto. Ved, caballeros, aquí a vuestro rey que yace muerto. Miradlo bien y comprenderéis que está muerto. Lloradlo pues, caballeros, llorad a vuestro señor el rey, que ha muerto.
Comprobado que el rey estaba muerto, los caballeros cabalgaron tres veces en torno al lecho, arrastrando las banderas y lanzando al suelo los escudos, haciendo que sus caballos los golpearan, dando muestras de tristeza acompañados por los presentes, especialmente los monteros del rey que se lanzaban al suelo sobre los escudos, y todos lloraban y gritaban. De estas muestras de dolor se contagiaron todos los presentes que también lloraban y no paraban de gritar. Los ocho caballeros abandonaron la sala y repitieron la ceremonia en la plaza del Rey, recorriendo luego las calles y plazas de la ciudad, cabalgando arrastrando las banderas y lanzando los escudos al suelo, compartiendo la triste noticia con la ciudad, hasta que anocheció.
Anunciada la muerte del rey, tuvo lugar el reconocimiento del cadáver. El camarlengo Rodrigo de Rebolledo, “con su llave abrió el ataúd donde yacía el cuerpo del rey”, de modo que los presentes pudieron ver el cuerpo del rey, vestido con dalmática y con el cetro en su mano. Y el secretario Coloma preguntó a los presentes si ese era el cuerpo del rey, a lo que los que allí estaban respondieron que “aquel era, en verdad, el cuerpo del señor Rey”. El camarlengo anunció que pasados los nueve días, como era costumbre, el cuerpo sería llevado a la catedral, “donde sería instalada la capilla ardiente y serían hechas las demás solemnidades”, y luego se procedería a enterrarlo en Poblet. Tras esto, se cerró de nuevo el féretro.
El traslado tuvo finalmente lugar el sábado 30 de enero, cuando en una sala llena de gente –“no cabían más personas, tan llena de gente estaba”–, justo antes de portar el cuerpo a la catedral, tuvo lugar otra ceremonia muy significativa: el rompimiento de los sellos reales. El rey estaba muerto y, por tanto, los sellos ya no servían.
Así, Rodrigo de Rebolledo, camarlengo del rey, pidió los sellos al protonotario y secretarios. Situado a la derecha del catafalco, mostró primero el «sello secreto» del rey, y dijo:
-¡Veis aquí señores el sello secreto del rey nuestro señor, sabed que el rey nuestro señor es muerto, sabed que el rey nuestro señor es muerto, sabed que el rey nuestro señor es muerto!
Y dichas aquellas palabras cogió un martillo y dio varios golpes al dicho sello.
Rompió así el sello, y mientras hacía esto, lloraba “con gran llanto y suspiros”.
A continuación, hizo lo mismo con los sellos de Sicilia y de Aragón, rompiéndolos también a martillazos.
Podemos ver que no se cita para nada el sello real de Navarra, cuando sí hemos visto que la bandera de Navarra fue portada en el funeral por un caballero a pie y por otro montado. Resulta extraño que el rey que no quiso jamás soltar Navarra –a la que según el cronista quiso como propia, pero trató como ajena-, no lo tuviera guardado con celo en su cancillería, pero quién sabe…
Lo que sí sabemos es que apenas unos meses más tarde de aquel mismo año de 1479, como si no tuviera sentido para él seguir viviendo sin su “padre”, falleció también Rodrigo de Rebolledo.
Siglo y medio más tarde, en 1638, Juan de Palafox, descendiente de Rodrigo, encargó para el palacio de Ariza (Zaragoza) un gran ciclo de 15 cuadros pintados con las hazañas de su antepasado, magníficamente estudiados por Ricardo Fernández Gracia, en el que curiosamente parece que no se incluyó la batalla de Aibar (aunque quizás ese cuadro en concreto se haya perdido), pero sí muchos otros de los acontecimientos en que aquel otro “hijo” de Juan II de Aragón intervino, y que son con los que he ido ilustrando mi texto.
El padre Juan de Mariana, en su Historia de España, publicada en 1601, dejó escrito este certero juicio sobre el príncipe Carlos de Viana:
Mozo dignísimo de mejor fortuna, y de padre más manso...
© MIKEL ZUZA VINIEGRA, 2026







