viernes, 30 de diciembre de 2016

VOLVERÁ

Sintetizando muchísimo, el Sebastianismo podría definirse como un movimiento mítico-político surgido en Portugal en 1578 tras la derrota y muerte del rey don Sebastiao en la ciudad marroquí de Alcazarquivir.


Muerte supuesta, eso sí, porque nadie en el campo de batalla vio como ocurrió, o más bien nadie quiso admitir luego haberlo visto, pues de haberlo hecho, hubiera  supuesto para los nobles lusos una vergüenza intolerable, ya que habrían dejado morir a su rey mientras ellos escapaban. Así pues fue forjándose la leyenda de que en realidad el monarca no había muerto, sino que había podido escapar a una isla ignota de la que un día regresaría para convertir a Portugal en el imperio más importante de la Historia.

El mito no paró de crecer en el siglo siguiente, durante la dominación española, pero una vez recuperada la independencia tampoco perdió vigencia, de tal forma que tras cada crisis política la figura de don Sebastiao -conocido desde ese momento como "el encubierto" o "el deseado", aquél que solucionaría todos los problemas del país- volvía a cabalgar sobre la imaginación y el orgullo patriótico de muchos portugueses, hasta convertirse en una de las creaciones políticas más originales de la nación vecina.


De hecho, el sebastianista más famoso fue el genial e incomparable escritor Fernando Pessoa, ya en pleno siglo XX, y todavía hoy sigue habiendo círculos fieles ao rei que voltará numa manhâ de nevoeiro... (al rey que volverá en una mañana de niebla...), que se reunen en el puerto de Lisboa para ver aparecer, entre la bruma, las velas desplegadas de la nao que traerá por fin a su monarca de vuelta. Será oportuno añadir, no obstante, que en esas reuniones el vinho verde juega un importantísimo papel...    

No hará falta decir que, en un sentido estrictamente actual y puramente materialista, el Sebastianismo no sería más que la urgencia que un pueblo necesitado tiene siempre de hallar un héroe mítico que se ocupe de todos los problemas y le saque las castañas del fuego, depositando en él toda la confianza y el trabajo que en realidad debería llevar a cabo la propia sociedad afectada.

Tampoco hará falta decir que, por supuesto, esta triste y aburrida visión del asunto es la que menos me llama la atención a mí, porque el mito sebastianista me ha interesado desde que tuve conocimiento de que algo así pudiera existir. Aunque en realidad ya lo conocía de antes, porque si sois tan lectores y mitómanos como yo, la historia de don Sebastiao de Portugal tiene que sonaros de algo.

O más bien de alguien que se supone -bueno, que supongan otros, yo lo admito sin reservas- reinó en Inglaterra allá por el siglo VI, y que pacificó el alborotado país de los sajones con la ayuda de caballeros tan famosos como sir Lancelot, sir Galahad, sir Gawayn y el resto de los componentes de la Tabla Redonda. Efectivamente: a Arturo Pendragon me estoy refiriendo. Un rey sobre cuya legitimidad para ostentar la corona podríamos discutir mucho, muchísimo tiempo. Pero como los Monty Pithon ya dieron la mejor explicación posible, no os aburriré con otra versión:


El rey Arturo, en uno de los tapices tejidos
por Nicolas Bataille a fines del siglo XIV
Y si -evidentemente- el vinho verde ha jugado un papel trascendente a lo largo de los siglos para el mantenimiento del Sebastianismo, no puede negarse la importancia de la ginebra para el del mito Artúrico. De la reina Ginebra, concretamente, que todos los autores dicen que era sabia y hermosa, mucho más que su marido y mucho más que Lancelot, que anduvieron a la greña por ella durante siglos.

Bueno, en realidad los tres deben seguir dirimiendo sus diferencias amorosas, allá, en la isla de Avalon, donde, al igual que don Sebastiao en su isla, y the bonnie prince Charlie en su palazzo de Roma, esperan una mañana brumosa para regresar a Gran Bretaña y arreglar todos sus problemas de una vez.

El príncipe Carlos Estuardo,
rey legítimo de Escocia e Inglaterra
Y como uno de esos problemas -a mi juicio el principal, exceptuando quizás que tengan allí el pésimo gusto de beber la cerveza a temperatura ambiente- es el dominio y la rapiña inglesa sobre Escocia, por supuesto que al norte del muro de Adriano existe también un movimiento del mismo tenor político que los anteriores: el Estuardianismo, que básicamente se ocupa de mantener viva la llama y la memoria de los auténticos y legítimos reyes de Escocia, Gales e Inglaterra. Y esto lo hacen desde 1748, cuando el buen príncipe Charlie fue derrotado por el inglés duque de Cumberland (apodado muy justamente como "el carnicero") en la batalla de Culloden, que marcó -de momento, porque yo no desespero- el fin de las intentonas de los Stewart (la dinastía, no Rod, aunque quién sabe...) por recuperar la corona de sus antepasados. Afortunadamente Charlie pudo huir y, cruzando el mar, refugiarse en Francia primero, y luego en Roma.

El caso es que, como digo, desde entonces grupos y sociedades de partidarios de los Estuardo se reúnen secretamente en Edimburgo, Inverness, Falkirk, Skye, y en muchos otros lugares de Escocia para brindar con un vaso de estupendo scotch whisky "for the king over the water" ("por el rey que está  sobre el agua, sobre el mar"), rememorando de esta forma los crueles tiempos en que sólo de esta manera concreta podía recordarse al legitimo rey, pues hacerlo de manera más visible suponía la condena a muerte a manos de los invasores ingleses.

Para reconocerse entre ellos, dicho brindis se hacía siempre chocando las copas sobre un vaso lleno de agua, significando lo que ya he dicho: que la reunión se hacía en honor del legítimo rey que -de momento- está sobre las aguas, más allá del mar. Con el fin de documentarme para mi novela "Causa perdida", confieso que hice yo varias veces este alegre brindis, pero más allá de un violento calamocheo en la cabeza al día siguiente, no tengo constancia de que los Estuardo hayan retornado a todavía a Escocia. Aunque, of course, no desespero...

Y como de costumbre en el transcurso de mis averiguaciones, os estaréis ya preguntando... ¿pero qué puñetas tiene todo esto que ver con Navarra? Pues que ya imaginaréis que, en un asunto en el que ya vais viendo que el alcohol ha jugado siempre un papel de relevancia, es evidente que nosotros no podíamos quedarnos atrás. Nada de eso, porque no es que fuésemos a rebufo de estos grandes monarcas, sino que uno de los nuestros fue el precursor. Y no se quedó en isla imaginaria alguna, como los encubiertos Sebastiao o Charlie, qué va, sino que regresó de la muerte para arreglarlo todo, que era lo que se esperaba al fin y al cabo de él.

Al rey Alfonso I el Batallador me estoy refiriendo, el conquistador de Zaragoza en 1118 y de la muchísimo más importante y hermosa ciudad de Tudela en 1119. Fue este monarca tan aventajado guerrero que según las crónicas coetáneas, venció en veintinueve batallas contra los sarracenos. La que iba a hacer la treinta, en 1134, ante las murallas de Fraga, se convirtió sin embargo en su más sonora derrota. De tal calibre que según los mismos autores, del fuerte disgusto -en alguien tan acostumbrado a la victoria como él- murió a los pocos días en la aldea de Poleniño.

Y aquí, como de costumbre en estos casos, empieza el jaleo, porque como le ocurriría siglos más tarde a don Sebastiao, tampoco ningún noble se atrevió a reconocer la vergüenza de haber dejado solo a su rey en el campo de batalla, y por tanto nadie admitió haberlo visto morir, ni en Fraga,ni en Poleniño. Por si fuera poco, Alfonso no es sólo que no tuviese hijos a los que transmitir la corona de Pamplona y Aragón, sino que además en un testamento un tanto disparatado, legó todos sus dominios primero a Dios, y después a las Ordenes Militares del Temple, del Hospital, y de San Juan de Jerusalén:

         En nombre del bien más grande e incomparable que es Dios. Yo Alfonso, rey de Aragón y de Pamplona [...] pensando en mi suerte y reflexionando que la naturaleza hace mortales a todos los hombres, me propuse, mientras tuviera vida y salud, distribuir el reino que Dios me concedió y mis posesiones y rentas de la manera más conveniente para después de mi existencia. Por consiguiente temiendo el juicio divino, para la salvación de mi alma y también la de mi padre y mi madre y la de todos mis familiares, hago testamento a Dios, a Nuestro Señor Jesucristo y a todos sus santos. Y con buen ánimo y espontánea voluntad ofrezco a Dios, a la Virgen María de Pamplona y a San Salvador de Leyre, el castillo de Estella con toda la villa [...], dono a Santa María de Nájera y a San Millán [...], dono también a San Jaime de Galicia [...], dono también a San Juan de la Peña [...] y también para después de mi muerte dejó como heredero y sucesor mío al Sepulcro del Señor que está en Jerusalén [...] todo esto lo hago para la salvación del alma de mi padre y de mi madre y la remisión de todos mis pecados y para merecer un lugar en la vida eterna...

Como era de esperar, ni en Pamplona ni en Aragón se aceptaron tan descabalados deseos, y los reinos que habían estado unidos los últimos cincuenta años acabaron separándose definitivamente, iniciándose una lógica época de inestabilidad política que en Pamplona solucionaron escogiendo como rey a García Rámirez, mientras que en Aragón se inclinaban por el hermano del rey -supuestamente- fallecido: Ramiro II el Monje. A éste le dio tiempo de engendrar una heredera, Petronila, que acabó casándose con Ramón Berenguer, conde de Barcelona, teniendo ambos un hijo que comenzó a reinar con el nombre de Alfonso II el año 1164. Esto es, treinta años después de la -supuesta- muerte de su tío-abuelo Alfonso I el Batallador.

La crisis política no cesaba en Aragón. Y en ese contexto (de hecho ya vemos que el mito surge siempre en ese contexto) es cuando apareció de repente un anciano (recordemos que -supuestamente- había muerto con 61 años) afirmando que él era Alfonso el Batallador, y que avergonzado por la derrota de Fraga había abandonado Aragón y se había trasladado a Jerusalén, donde había estado luchando los últimos treinta años en las Cruzadas, y que ahora retornaba para reclamar su reino. Veamos como lo cuenta el rey Alfonso X el Sabio de Castilla en su Primera Crónica General:


Ahora sabéis también el final que tuvo el pobre viejo. Ya veis que cuando el mito se hace carne -cosa que aún no ha ocurrido en los casos de don Sebastiao, Arturo o Charlie- el más directamente afectado (Alfonso II en este caso) no tarda en quitárselo de en medio. Esa prisa por eliminar a su rival es lo que, a nueve siglos de distancia, más nos hace dudar sobre si no sería aquel personaje, al que muchos reconocieron como el auténtico Alfonso I, quien realmente decía ser. Es verdad que habían pasado muchos años ya, y que sólo los que en 1134 fueran muy jóvenes podrían haber reconocido a quien, con 91 años, se les presentaba defendiendo que era el rey que conocieron siendo tan niños. Pero el hecho es que se conservan unas cartas de Alfonso II dirigidas al rey de Francia Luis VII, en las que confirma esta alucinante historia a través de una lapidaria sentencia: "si el falso Alfonso pasa a vuestro reino, no dudéis en ajusticiarlo cuanto antes". 

Lo dicho: demasiadas prisas si sólo se trataba de un mero impostor. Y el caso es que no fue sólo gente del pueblo la que dio credibilidad al retorno del rey legítimo, pues se conservan dos poemas de Bertran de Born, uno de los trovadores más famosos de su tiempo, y que a nuestros efectos actuaba como una especie de revista del corazón de la época, acusando claramente a Alfonso II de haber eliminado a su antecesor. Justo es también reconocer que Bertran odiaba al rey aragonés porque sus tropas, en alianza con las inglesas, habían sitiado su castillo en 1183, fecha en la que se supone que escribió, quizás para animar a Sancho VI el Sabio de Navarra a un contraataque:

"El buen rey García Rámirez de Pamplona hubiera recuperado, de haber vivido lo suficiente, el reino de Aragón que le robó el rey Ramiro el Monje. Pero ahora el buen rey de Navarra [Sancho VI] lo recobrará fácilmente, ayudado por sus valientes alaveses. Puesto que así como vale mil veces más el oro que el azur, vale mil veces más y es más honrosa su progenie que la del falso rey. Lo siento por la esposa del aragonés, la buena reina Sancha, pero si ella me lo consintiese, le hablaría de los malos y villanos hechos de su marido, que llegó a dar muerte y a hacer traición a aquél mismo de quien salió su linaje..." 

Y en 1187 Bertran de Born remachó:

"Los aragoneses, los catalanes y los de Urgell se duelen en gran manera, pues no tienen quien les mande, sino un señor flaco, alto, que se alaba a sí mismo cantando [Alfonso II era conocido como "el trovador" y también como "el casto", siendo ambas categorías de casi imposible coexistencia en la misma persona, a juzgar por lo mucho que ha leído sobre los trovadores el autor de este blog], y prefiere el dinero al honor, pues ahorcó a su antecesor, por lo que él mismo se destruye y se condena..."

Las alusiones al redivivo Alfonso I no pueden ser más claras y, como imaginaréis, yo prefiero creer a un trovador como Bertran de Born que a un rey malvado que ordenó matar a su antecesor para quedarse con la herencia que no le pertenecía. Que tuviera o no razón no importa ya demasiado. Ni a mí ni a nadie, después de tantos siglos. Pero sí que me gusta reconocer que nos adelantamos por estos pagos a muchos alocados y lunáticos del mundo entero que simplemente tenían la esperanza de recuperar una Edad de Oro de buen gobierno -que por supuesto nunca existió- que les librase de su desdichada existencia. Y creo que la esperanza es el más humano de los sentimientos. Así que sí, probablemente yo hubiera creído, de haber vivido en aquella época, que aquel anciano era realmente el rey don Alfonso I el Batallador. En cualquier caso, y si queréis saber un poco más, el estupendo historiador Antonio Ubieto Arteta, que tantas veces ha salido ya en mis crónicas, se ocupó de este asunto en un artículo escrito para la revista Argensola, que es donde yo lo descubrí hace ya muchos años.

Pero no podría yo finalizar esta historia sin confesar algo que cualquiera que me haya leído alguna vez tendrá meridianamente claro. Y es que declaro que creo fervientemente en otro rey que lleva oculto desde 1461, y que hubiera  sido sin duda el mejor que Navarra o cualquier otro reino del mundo hubiese podido tener. Y también confieso que, algunas mañanas de nevoeiro, acudo a la ronda de Descalzos o a la de la Barbazana (los dos únicos lugares que merecerían ser nuestro puerto, si Pamplona tuviese mar y éste anegase súbitamente la Rotxapea y la Txantrea, barrio este último que es además lugar muy propicio para escuchar el canto de las más hermosas sirenas), y espero allí durante horas a ver llegar la nao en la que desde Barcelona, Mallorca o Nápoles, arribará por fin un día su majestad Carlos IV para traernos el buen gobierno, desde hace tantos siglos perdido en estas tierras. Debe ser lo que los médicos y los historiadores diagnostican como un caso agudo e incurable de Vianismo militante e irreductible, qué le voy a hacer.

Y como esta crónica será sin duda la última de este año, sólo me queda desearos un feliz año 2017, y desde luego que celebréis su llegada brindando, sobre un vaso lleno de agua, por el rey que esta más allá del mar...



© MIKEL ZUZA VINIEGRA, 2016

viernes, 16 de diciembre de 2016

ACONTECIMIENTO EN PAMPLONA


Palacio Real de la Navarrería, 15 de diciembre de 1183

-La verdad es que no termino de entender vuestras reticencias, señor maese...

-Majestad: considerad que prácticamente estamos ya en invierno, y que el tipo de construcciones que se precisan para un evento como el que planeáis no resistiría las lluvias e incluso las nevadas que la estación traerá consigo.

Sancho VI el Sabio,
en Villava
-¡Vaya! No sabía yo que entre las muchas ciencias que domináis estuviera también la de la meteorología. ¿Cómo podéis prever si esos días lloverá o nevará? Más bien parece que no tenéis ganas de cumplir mi regio deseo.

-Con todo respeto, majestad, pero creo que deberíais recordar que esos "regios deseos" vuestros pueden llevaros derecho al Infierno, porque están condenados por la Iglesia...

-Mucho os agradezco, señor maese, que os preocupéis tanto por el futuro de mi alma inmortal. Preocupación de la cual deduzco también profundos conocimientos teológicos que añadir a vuestro ya citado dominio meteorológico y a la más que probada destreza que demostráis en vuestro oficio...

-Bueno, majestad, sobre esos campos concretos mis conocimientos sólo pueden catalogarse de modestos, pero es cierto que la ingeniería no se me da mal.

-Pues llegados a este punto, señor maese Sagastibelza, ¿podéis indicar a vuestro rey -si no os sirve de mucha molestia- por qué os empeñáis en no querer levantar el palenque y las gradas necesarias para celebrar un magno torneo en la capital de mi reino, que tengo previsto que sirva para que mi hija Berenguela y su futuro esposo, Ricardo de Aquitania, puedan conocerse?

-¡Oh, señor! ¿Y vos, que sois conocido en todo el reino por el justo apelativo de "Sabio", tenéis el feo detalle de preguntarme tal cosa? Pues he de deciros que me preocupa sobremanera la estabilidad de esas gradas. Pensad que toda Pamplona querrá estar allí presente, y que sabiendo que nuestra población ha llegado a la escandalosa cifra de dos mil habitantes, los materiales necesarios para resistir semejante peso por fuerza habrán de desequilibrar vuestro presupuesto. Lejos de mí colaborar en tal locura.

-¿Pero es que también sabéis de economía? Quizás debiera nombraros mi canciller y quitarle el puesto de una vez a Ferrando Pérez de Funes, el cual se pasa todo el día dibujando en vez de pensar en la política matrimonial de mis hijas, que es para lo que realmente le pago.

-No, no, majestad. Yo de lo que verdaderamente sé es de lo mío. Recordad si no cómo os advertí de que esa herrumbrosa pasarela que ordenasteis colocar entre Argaray y el palacio del Obispo acabaría por ceder, pues ya sospeché yo que no tenía su autor los cálculos precisos bien hechos.

-Y mucho os lo agradezco, honorable Sagastibelza, que por eso mismo está ahora encerrado en la mazmorra del castillo de Monreal, donde tendrá mucho tiempo para corregirlos. Pero esta historia sólo prueba una vez más que sois vos el indicado para construir lo que os pido.

-El caso es que, bien mirado, no disponéis tampoco de tantos caballeros como para comprometerlos en semejante riesgo. No sería yo buen consejero vuestro si no os advirtiera además del desastre que supondría dejar desguarnecidas las fronteras con Castilla y Aragón, solamente para que unos presumidos puedan mostrar públicamente su fanfarronería...


-¡Bueno, pero esto es ya el colmo! ¡O construís las gradas y el palenque como os he ordenado o vais a hacer compañía al señor arquitecto en la cava del castillo de Monreal, como vos prefiráis, maese Sagastibelza!

-Está bien, majestad. Cumpliré vuestra orden, pero conste que tengo unos dolores en la espalda que según me dice el físico han de obligarme a coger la baja con total seguridad...

-¡Sancho, Fernando, hijos míos! ¡Perseguid a este bergante y vigilad que construya lo que le he pedido! Y si se sale una libra, un sueldo o un dinero del presupuesto... ¡A Monreal con él!


Y aquí se interrumpe el documento que contenía esta historia, así que no sabemos qué cosa pudo ocurrir después. Pero cree este cronista que en realidad el empeño del probo Sagastibelza en que no hubiera torneo en Pamplona, encerraba un secreto muy especial que buscaba lograr dos objetivos principalmente.

El primero que el bobalicón príncipe inglés no llegase nunca a esta ciudad. Y el segundo, que debió ser en realidad el más importante, que su desidia constructiva terminase por acarrearle la prisión en Monreal, castillo del cual era tenente -fíjense ustedes qué cosas- la hermosísima infanta Berenguela.

El resto podemos los demás imaginarlo, aunque ciertamente resulte siempre complicado meterse en la cabeza de un maestro de ingenios tan bueno como Sagastibelza.

ENLACE AL BLOG DE MANUEL SAGASTIBELZA SOBRE BERENGUELA DE NAVARRA


©MIKEL ZUZA VINIEGRA, 2016

miércoles, 7 de diciembre de 2016

DE ESCUDOS, BANDERAS Y NIÑAS ATERRADAS

Son tantas las maravillas que el Museu de Arte Antiga de Lisboa encierra, que podría pasarnos desapercibida una tabla pintada a mitad del siglo XIV por los grandes maestros catalanes Jaume Ferrer Bassa, su hijo Arnau y Ramón Destorrents.


Y no creáis que es una obra de arte cualquiera, porque formó parte originariamente nada menos que del retablo de la capilla del palacio real de La Almudaina en Palma de Mallorca. La encargó el rey Pedro IV de Aragón -llamado "el Ceremonioso"o "el del Punyalet"- cuando conquistó aquel reino insular y lo unió para siempre a su corona, en el año del Señor 1349.

El motivo central del cuadro es una representación de Santa Ana con la virgen niña en su regazo, enmarcada por cuatro figuras de santos entre las que destaca una hermosa santa Catalina de cabellos rubios, vestida de esmeralda con forro carmesí. Y ya se sabe que la que con verde se atreve, por guapa se tiene... 

El caso es que están también representados varios escudos en la tabla. Y después de tantas entradas en este blog mío, ya sabéis que la heráldica es un tema que me interesa bastante, más aún si se trata de la del reino de Navarra, que es precisamente la que aparece en primer lugar, en el sentido de lectura habitual.


Y junto a nuestro emblema, el de Aragón (tres veces repetido), el de Sicilia y el de Portugal. Extraña reunión, e ignoto mensaje por tanto el que esconde esta tabla, a fe mía. Lo más lógico sería pensar en la plasmación de un desconocido tratado diplomático, pero lo cierto es que Portugal y Sicilia quedaban muy lejos de Navarra y no compartían demasiados intereses políticos. No, tenía que ser otra cosa. Y sí: vaya que si lo era...


En 1328 accedió al trono navarro una nueva dinastía: la de Evreux, que se encontró con la misma dificultad con la que constantemente se habían topado sus predecesoras: la ambición de Castilla por hacerse con este pequeño, pero siempre codiciado, reino. Para evitarlo, Juana II y Felipe III tiraron de la única riqueza que Navarra acreditaba ya desde tiempos de Sancho VI el Sabio: su abundancia de princesas casaderas, cuyos matrimonios podrían garantizar las alianzas políticas que frenasen los proyectos castellanos de conquista.

Y, efectivamente, Juana y Felipe tenían tres hijas: Juana, María e Inés. Y tres hijos: Carlos, Felipe y Luis. Y todos ellos tendrían vidas de lo más asendereadas...

Apenas llegados a Pamplona, ofrecieron pues al rey Alfonso IV de Aragón casar a su heredero el príncipe Pedro -que contaba diez años-, con la mayor de sus hijas, Juana. Con eso buscaban conseguir el apoyo aragonés ante cualquier intentona de Castilla. Sin embargo, el acuerdo, sellado entre ambas familias en 1329, estuvo a punto de romperse porque la infanta Juana, bien porque no quiso casarse o bien porque prefirió un marido más poderoso, decidió profesar en el monasterio de Longchamps, donde vivió hasta una edad muy avanzada.

Sin embargo Navarra seguía igual de amenazada, así que los reyes Juana y Felipe corrieron turno y tras años de arduas negociaciones ofrecieron al aragonés -que entretanto ya había sucedido a su padre- a la segunda de sus hijas: María, que en ese año de 1336 en que quedó fijado el compromiso contaba solamente con diez años de edad. Es decir, que su futuro marido le llevaba siete...

Sí, desde luego no puede decirse que la vida de una princesa medieval fuera demasiado envidiable: consideradas únicamente como mercancía y como prenda de pactos políticos tras los cuales podían acabar en los brazos -y en la cama- de esposos mucho más viejos que ellas. En ese sentido, María tuvo mucha más suerte que su hermana menor, Blanca, que cuando contaba 16 años acabó casada con Felipe VI de Francia, que le llevaba nada más y nada menos que cuarenta años de diferencia...

Como el matrimonio pactado entre María y Pedro no podía consumarse aún, el futuro marido exigió que la novia residiese lo más cerca posible de Aragón, así que la princesa pasó a residir en Tudela hasta que en 1338 cumplió los doce años, fecha en la que finalmente se celebró la boda.

Pedro tenía ya fama bien ganada de colérico y malhumorado, pero también era un amante del protocolo y del lujo, y dispuso que se regalase a la novia -cuya dote ascendía a la astronómica cifra de 60.000 libras de sanchetes, que a Navarra le llevó cinco años poder pagar- una corona, seis anillos con esmeraldas, zafiros y diamantes y además la posesión completa de las ciudades de Tarazona, Jaca y Teruel, con todas sus rentas.

La ceremonia iba a celebrarse en Zaragoza, pero María enfermó (¿o más bien sintió el lógico miedo de una niña de doce años ante la obligación de casarse, aunque fuese para defender a su país, y no quiso seguir adelante?), y su comitiva se detuvo a medio camino: en un pueblo llamado Alagón. El caso es que el despacienciado Pedro no quiso aguardar y se presentó allí acompañado por un obispo para que la boda se celebrase cuanto antes. Pobre María...      

Cinco años más tarde, ella quedó embarazada por primera vez, y para celebrarlo su marido ordenó la confección de un maravilloso libro de horas hecho ex profeso para ella, que afortunadamente se conserva hoy en día en la Biblioteca de Venecia, y que pasa por ser uno de los más bellos realizados jamás. Fueron sus autores prácticamente los mismos que los de la tabla mallorquino-lisboeta: Jaume Ferrer Bassa, su hijo Arnau y otro maestro de nombre olvidado que hoy se conoce como Baltimore, por ser esa ciudad norteamericana donde se conserva un retablo pintado por él. Como digo, es una joya bibliográfica de primer orden, que demuestra el amor que el rey tuvo por su esposa, algo que como es lógico suponer, no sucedía prácticamente  nunca en los matrimonios regios...

Libro de Horas de María de Navarra.
hacia 1343
Sin embargo la vida de una reina medieval no era mucho más envidiable que la de una princesa medieval, pues sólo tenía una única obligación que cumplir: dar un heredero al reino. Y efectivamente, la infortunada María parió cuatro veces entre 1343 y 1347, falleciendo en el parto (cuatro seguidos, siendo apenas una niña, y con las condiciones higiénico-sanitarias de aquella época, eran una condena a muerte prácticamente segura) de su primer hijo varón, Pedro, que además no le sobrevivió mucho tiempo. Tenía sólo 21 años cuando murió. Pobre María...

Nos queda para recordarla ese citado libro, que va para siempre ya unido a su nombre, y en el que aparecen frecuentemente dibujadas las armas de Navarra, partidas con las de Aragón, como correspondía a una mujer, cuyas armas heráldicas siempre se representaban detrás de las del marido. Y también la pintura que hoy día se conserva en Lisboa, pues son al fin y al cabo las mismas armas las que aparecen en la tabla y las representadas en el libro. Esas armas que muchos en la actualidad se resisten a aceptar que representaban a Navarra, y no sólo a tal o cual rey o princesa. Pero luego volveré sobre este tema...



Sigamos con el rey Pedro IV de Aragón, que cuentan las crónicas que lloró mucho a su esposa, aunque no tanto como para no concertar inmediatamente nuevo casamiento con otra princesa que, recordemos, sólo tendría una única obligación en la vida: proporcionar un heredero al reino. Y esa nueva princesa, casada en el mismo año de 1347 en que había muerto María fue Leonor de Portugal. Tampoco pudo cumplir el único cometido que de ella se esperaba, pues la peste negra se cruzó en su camino al año siguiente y murió dejando viudo de nuevo a Pedro, que sólo esperó otros pocos meses más para casarse de nuevo, esta vez con Leonor de Sicilia, con la que al fin pudo conseguir sus anhelados herederos varones.

Aunque existe otro pequeño detalle: según la tradición católica, Santa Ana es la patrona de las mujeres que se ponen de parto, así que el rey de Aragón quiso invocar su protección en el retablo principal de la capilla real de Mallorca para poder lograr, al fin, el ansiado heredero varón. Y sólo le costó tres mujeres conseguirlo...


Ahí está pues el sentido y la explicación de la tabla que tanto llamó mi atención en Lisboa: es un recordatorio que el rey Pedro IV quiso tener, o bien para sus sucesivas esposas, o bien para su complicada trayectoria matrimonial. Y eso que aún enviudaría y se casaría una cuarta vez, en 1377 con la noble catalana Sibila de Fortiá, cuyo escudo no aparece en la tabla por la sencilla razón de que Jaume Ferrer Bassa y su hijo Arnau, que fueron quienes comenzaron a pintar el cuadro, fallecieron ambos por la peste negra en 1348, así que tuvo que ser su discípulo Ramón Destorrents quien la terminase y quien incluyese el escudo siciliano de la reina Leonor, que recordemos que se casó con el rey Pedro en 1349.

Así pues, los tres escudos de Aragón representan al rey, y los otros tres a sus tres esposas: María de Navarra, Leonor de Portugal y Leonor de Sicilia. Naturalmente, la presencia de las armas de Portugal fue lo que probablemente animó a los rectores del Museo de Lisboa a hacerse en pública subasta con la tabla a principios del siglo XX. Así que ya veis a qué puede conducir una tranquila y más que recomendable visita a un museo tan maravilloso como lo es el de Arte Antiga de Lisboa: a desentrañar todo un culebrón medieval como este del que os he hablado. Al menos a mí a esto me condujo para, me temo, aburrimiento letal de mis hipotéticos lectores.

Sin embargo no quisiera dejar sin comentar lo que antes sólo dejé esbozado: esa manía de muchos de negar en la actualidad que Navarra haya tenido bandera o emblema que la representase, porque ese símbolo por todos conocido del carbunclo y la flor de lis con la banda roja y blanca no representaba a la comunidad, sino al rey, olvidando -me temo que premeditadamente- que en aquella época medieval el rey y el reino eran la misma cosa.

Podría dar yo muchos ejemplos de ello, pero me conformaré con dos, que por su peso bastarían para abrir los ojos y la mente de quien quiera ser convencido. De quien no quiera, ya sé que ni aunque bajara del cielo Teobaldo I a cantarle lo iba yo a conseguir.  Argumentaré primero que cuando el rey Carlos II (el hermano de María, precisamente) fue aclamado en 1358 en las calles de París, la multitud congregada lo hizo al grito de Navarre, Navarre!, y no al de Charles, Charles!, por la razón que ya he dado: porque el rey y el reino eran la misma cosa, así que malamente podían tener emblemas distintos, porque ambos representaban lo mismo a ojos de quienes los contemplaban.

Pero no se vayan todavía que aún hay más: la dinastía de Evreux gobernó en Navarra entre 1328 y 1479 (como es mi costumbre, incluyo al príncipe de Viana y a sus hermanas Blanca y Leonor en la cuenta), de tal forma que, con el paso de tanto tiempo, sus armas: el cuartelado 1 y 4 carbunclo pomelado y 2 y 3 sembrado de flores de lis con banda componada de gules y plata, se acabaron convirtieron en las armas que todo el mundo (es decir: toda Europa) reconocía inmediatamente como propias de Navarra.

Real de oro de Catalina I de Foix y Juan III de Labrit
Por eso cuando accedió al trono la dinastia de Foix, no sustituyó ese emblema en las monedas que acuñó, porque las monedas sí son un rasgo de soberanía esencial de un país independiente. En cambio, en los sellos personales de Francisco Febo, de Catalina I y de Juan de Labrit, sí que se representan exclusivamente sus armas -y repito- personales. Por cierto, que Juan II, también utilizó ese emblema y no el suyo propio cuando acuñó moneda en Navarra, buscando apropiarse del símbolo del rey legítimo, que era su hijo Carlos de Viana, quien también lo empleó -él sí con todo derecho- en sus propias monedas.Y evidentemente el usurpador lo hizo por la misma razón: sabía perfectamente que el carbunclo y las flores de lis eran las armas de Navarra, y no sólo de tal o cual rey.

Gros de plata del príncipe de Viana
Gros de plata de Juan II de Aragón
Item más: cuando Fernando el del Cólico invadió y conquistó Navarra, una de las primeras cosas de las que se ocupó fue de arrancar las flores de lis de nuestra bandera. Quería así significar que a partir de 1512 el reino de Navarra era otra cosa. Y con el emblema que el quiso entonces seguimos, porque desde ese momento nunca faltaron por estos pagos, ni a él ni a sus sucesores, "podadores" para ayudarle a arrancar todas las flores posibles (y no me refiero sólo a las de lis).

Ducado de oro de Fernando I de Aragón
Lo dicho: hoy en día muchos se empeñan en que fueron Campión, Iturralde y Altadill quienes prácticamente se inventaron la bandera de Navarra, confundiendo historia con oficialidad, pero no hay que irse hasta Lisboa (cosa que de todas formas yo recomiendo vivamente) para darse cuenta de que o bien no se enteran de nada, o bien no se quieren enterar, lo cual ya tiene peor arreglo. Pero si no quieren pasear por las riberas del Tajo, que se quiten las orejeras y paseen por las del Arga o las del Zidacos, que allí podrán ver ese emblema representado por doquier en Olite, en Pamplona o en Tudela.

Por supuesto no tienen por qué aceptarlo ni compartirlo, porque al fin y al cabo un símbolo es algo unido habitualmente a un sentimiento, y ninguna persona ha de verse obligada a sentir nada que no quiera, aunque tampoco tiene que empeñarse en obligar a los demás a que acepten como dogma lo que no es cierto.


Pero vale ya de tostones históricos, porque realmente de todo este asunto con el que os he aburrido hoy, el sentimiento con el que quiero quedarme (y con el que me gustaría que os quedaseis vosotr@s también) es con el de terror que probablemente experimentó la pobre princesa María, obligada a casarse con sólo doce años, como desgraciadamente sigue ocurriendo todavía hoy en muchos lugares del mundo.

Y si un pequeño escudo en una esquina de una tabla del siglo XIV en la que casi nadie repara, sirve para que -al menos por un instante- recordemos lo que están sufriendo esas pobres niñas, todo este rollo que os he metido habrá servido para algo.


© MIKEL ZUZA VINIEGRA, 2016