viernes, 19 de agosto de 2016

HAZ QUE GANE EL BUENO


Acaba de morir Víctor Mora, el creador del Capitán Trueno, el tebeo más importante de la historia del comic español y alguien a quien le debo muchos ratos de entretenimiento y, quizás, también todos estos desvaríos míos que me empeño en poner por escrito en forma de crónicas irreales. Y eso porque en casa estaba prácticamente la colección completa de Trueno Color, reunida por mi padre para mis hermanos mayores, y que leí y releí yo siendo chaval una y otra vez. Tanto, que a ciencia cierta no sé cuánto debe mi propia imaginación a la de Víctor Mora, aunque seguro que es muchísimo.

Lo que si puedo decir es que estando yo presentando uno de mis libros en cierta localidad navarra, uno de los asistentes me confesó que no le había gustado nada, "porque le recordaba al Capitán Trueno". Y como le dije a él mismo, desde luego es uno de los mayores elogios literarios que pueda hacerme nadie.




Porque sí, era yo un enfebrecido lector de tebeos, mucho más que de libros. Y todas esas historias medievales que vivían -y me hacían vivir- el Capitán, Goliath, Crispín y Sigrid, es evidente que forman parte de mi educación sentimental más arraigada. Luego, al crecer, descubrí que el capitán le debía también mucho a otro bravo guerrero de papel: el Príncipe Valiente, pero mi aprecio por el trabajo de Mora y de Ambrós no disminuyó un ápice por ello. Al contrario: siempre dudaba entre quién ganaría un duelo a espada entre Trueno y Valiente, y también sobre quién era más guapa: Aletha o Sigrid.


Por supuesto, en aquellos tebeos jamás salía nada o nadie relacionado con Navarra, aunque más tarde descubrí que al menos en el primer número sí que salía un navarro consorte:



Pero es que, claro, con ocho o nueve años nadie me había hablado nunca de que Ricardo Corazón de León, nada menos que el rey que salía en Ivanhoe, estuviera casado con la princesa navarra Berenguela. Por eso enterarme -en un tebeo, ¿cómo no?- de semejante notición, causó en mí la lógica sorpresa que podréis imaginar:


Tranquilo, Manuel, que el torneo es en París, y no en Pamplona ; )


Cierto que la visión que en él se daba de la vida de Ricardo era tan favorable que hasta siendo un crío me costaba creer que alguien hubiera podido ser tan bueno y caballeroso. Luego, mucho más tarde, descubrí que efectivamente, Ricardo no lo fue -desde luego no a tiempo completo, como aseguraba mi tebeo-, pero el caso es que comenzó ahí mismo una nueva afición: hacer acopio de tebeos donde la historia de Navarra -desconocida, a fuerza de ser casi inexistente en la escuela- saliese por algún lado. 

Naturalmente choqué pronto con la realidad: no había tebeos de esos. O al menos no los había hasta que en un grueso carpetón de los muchos que mi padre guardaba en lo alto de un armario, encontré una colección de historia de Navarra en comic, publicada antes de nacer yo de la que nunca he visto noticia alguna. La Diputación Foral, a través de la CAN -qué tiempos, ¿verdad?- patrocinó su publicación en el Pensamiento Navarro en 1968 y 1969.

Fue aquél un periódico casi centenario, portavoz de los carlistas, que me temo que hoy sólo se recuerda por la malévola frase que supuestamente dijo Pío Baroja. Los dibujos no eran gran cosa, es cierto, pero creo que llegué a aprenderme todos los capítulos de memoria, de tantas veces como pude leerlos. Además, lamentaba vivamente que faltasen nueve para tener completa la colección. Asunto que arreglé -¡benditas fotocopiadoras!- en cuanto tuve acceso a la estupenda biblioteca de la universidad, mientras me fumaba las clases de Historia de América o de Contemporánea.


Ésta, para mi amigo Mikel Burgui

Guardo como oro en paño esa colección de 52 historias que la curiosidad de mi padre reunió, sin sospechar que acabaría afectando tanto a mi futuro. Y bien que se lo agradezco. Igual que no debió imaginar tampoco (¿o quizás sí que lo hizo?) que las historias que me traía de su trabajo, donde al parecer tenían un taco de calendario tamaño folio, serían también prontamente incorporadas a mí archivo cerebral -si es que tengo de eso-. Y como veis, casi todas eran de temática medieval. Debe ser que es imposible escapar a tu propio destino...



Por esas fecha, la CAN -mira que gastarse el dinero en libros en vez de en abrir sucursales en "Washingtón", hay que ser tontos- publicó la Historia de Navarra dibujada por Rafa Ramos, y sacó también cuatro discos titulados "Horas grandes de Navarra". Me temo que el mal ya estaba hecho...




Ya tenía yo una edad, aunque poco uso de razón, y seguía leyendo comics (entonces daba ya lacha decir "tebeos"), y seguía también fijándome en si había alguna alusión a la historia de Navarra en ellos, con poca fortuna, la verdad sea dicha. Hasta que alguno de mis hermanos trajo a casa los primeros números de las aventuras de Blake y Mortimer, dos detectives ingleses creados por el belga Edgar P. Jacobs. En el titulado "La trampa diabólica", el profesor Mortimer viaja en el tiempo al siglo XIV francés, y cae en plena Jacquerie, la revuelta de los campesinos franceses contra los señores feudales que los explotaban.


En una de las viñetas aparece Jacques Bonhome, el líder rebelde, y da un juicio sobre la situación de los siervos de lo más acertado:


Yo todavía no conocía esa historia, así que, ¿no sería alguna jugarreta de un traductor navarro? Pues no, porque en una visita a Bayona -viaje que entonces me parecía más largo que los de Willy Fogg-, no llevé otra idea en la cabeza que comprobar en alguna librería si la escena original tenía la misma alusión a los navarros. Y sí, la tenía, porque evidentemente Edgar P. Jacobs se informaba para hacer sus tebeos, y sabía algo que yo no sabía por aquel entonces: que fue nuestro rey Carlos II (el Malo para los franceses, y desde luego para los Jacques) quien aplastó la rebelión al mando de los acojonados caballeros de Francia.


Entonces sí, ya me pasé a los libros. Sobre todo a los que la CAN repartió por todas las casas de esta, nuestra comunidad. Y descubrí entonces a J. M. Lacarra, al que sólo le faltó hacer  un tebeo con su maravillosa manera de contarnos nuestra historia. Esa que permanecía, y no sé hasta que punto permanece aún, tan oculta para las navarras y los navarros.

Pero es que como mi padre decía: "no hay peor cosa que no tener curiosidad por nada", y si no la promueve quien tiene la obligación de hacerlo, puede ser que en vez de leer tebeos acabes cazando Pokemons. A eso creo que le llaman "progreso"...


© MIKEL ZUZA VINIEGRA, 2016

martes, 9 de agosto de 2016

CRÓNICAS ROMANO-NAPOLITANAS II: VULCANO


“Nunca se sabe cuándo despertará un volcán dormido”, respondían los napolitanos a los siempre pesadísimos viajeros que durante el siglo XVIII tomaron por costumbre acercarse a ver y sentir una de las frecuentes erupciones del Vesubio, que en aquella centuria estalló nada menos que en 1707, 1737, 1760, 1767, 1774, 1779 y 1794.
Explosiones tan habituales ya, atrajeron a tanto visitante que crecieron exponencialmente en la ciudad dos industrias principales que buscaban atender –cada una a su modo- a las hordas de curiosos extranjeros: la de los hosteleros y la de los ladrones (si bien había quien defendía que ambas fueron siempre la misma cosa).
Entre las iniciativas de mayor éxito entre los viajeros, se destacó muy rápidamente la de los montañeros que –por una nada módica cantidad- aseguraban poder llevar casi hasta la misma cima de la montaña a todo aquél que les pagase. El espectáculo sería inolvidable, prometían, “ver los ríos de roca fundida justifican toda una vida”, aseguraban. Y cierto que –para variar- muchas veces cumplían su palabra, pues en esas peligrosas excursiones perecieron muchos y muchas incautas que fiaron su existencia al capricho de la naturaleza, de tal forma que docenas de ellos murieron asfixiados por los terribles gases emanados del caprichoso cráter.
Como quiera que todo el mundo sabía en Nápoles que el hombre que más se había acercado –además completamente en solitario- a la boca del hirviente monstruo era el pintor Jacob Philipp Hackert, no eran pocas las ocasiones en las que venían a pedir su consejo para intentar rescatar un último hálito en los exangües cuerpos de los intoxicados. Así ocurrió en la erupción del verano de 1774, cuando il limone (malévolo apodo que los paisanos le habían adjudicado por haber perdido todo el pelo en el rusiente acercamiento) se hallaba en plena madurez, cuando no en la más provecta ancianidad.
Se sentía en efecto viejo y cansado, y por esas mismas razones estuvo a punto de denegar su ayuda, pues además era ya noche cerrada cuando vinieron a golpear la puerta de su palazzo. Traían los alborotadores una camilla cubierta, y aseguraban llevar en ella a la marquesa de Sciomperi –allá, en los Abruzzos-, a quien juraban y perjuraban que le quedaba sólo un hilo de vida. ¿Quién la mandó subir al Vesubio? –pensó con rabia mientras ordenaba a sus criados franquear la puerta a la exaltada comitiva.
Retiraron los velos que cubrían por completo el rostro de la agonizante, y apareció ante los ojos de Hackert la mujer más bella que nunca hubiera visto. Puso –y apartó inmediatamente asustado- la mano sobre su frente, que ardía prendida en fiebre como si lo que circulase por sus venas no fuera ya sangre sino lava.
Era inútil mandar a aquellos botarates forasteros a que buscasen remedio alguno para su señora, y tampoco confiaba en sus propios sirvientes como para encargarles misión tan delicada, así que no de muy buena gana, y con cierta aprensión, se preparó para salir él mismo a las abarrotadas calles. Esas mismas calles en las que –de noche- tanto proliferaba la segunda industria que ya quedó citada al principio: la de los ladrones. Y eran éstos tantos y tan organizados que no era cosa de broma hacerles frente, menos aun siendo uno mismo motivo de escarnio por su famosa calvicie y porque a pesar de llevar tantos años ya en la ciudad, todos aquellos ganapanes seguían considerándole tan extranjero como el que más.
Para evitar todos esos problemas, adoptaba desde hacía tiempo ciertas medidas indumentarias que, a pesar de abochornarle no poco, tuvo que repetir ante quienes ahora ocupaban su casa. En efecto, entró en su guardarropa y cuando salió era ya otro, pues llevaba una peluca muy negra y muy bien peinada (de las que allí denominan “a la cciufita”, y con su rubicunda tez cubierta por el afeite más oscuro, lo cual le daba –según él, claro está- un aire verdaderamente napolitano. De tal guisa salió a la calle, rumiando lo complicado que sería encontrar una farmacia abierta en medio del hormiguero humano que a aquellas horas se arremolinaba en Via Toledo.
Tampoco es que conociera demasiado bien aquellos condenados vicolos, pues siempre iba en carroza y no tenía necesidad de atreverse a entrar en semejantes callejones, donde desde todas las puertas y ventanas parecían estar avisándole de que pronto le clavarían una espada o un mucho más prosaico cuchillo. Y muchos –y muchas- le decían cosas que no acertaba a entender bien, pues para su vergüenza, no dominaba en absoluto la lengua italiana.
No sabiendo muy bien qué hacer, a ellas les contestó con voz muy ronca siempre de la misma forma: “Che idea! - Ma quale idea? Non vedi che lei non ci sta?” Y a ellos con tono más suave les declaró: “Che confusione, sarà perché ti amo. E un'emozione che cresce piano piano. Stringimi forte e stammi piu vicino. Se ci sto bene. Sarà perché ti amo.” En realidad repitió como una de esas coloridas aves de las Indias la letra de dos canciones que le sonaba haber oído en el puerto. Pero para cuando se dio cuenta de que quizás había equivocado el género a quien iban dedicadas, ya estaba corriendo con una multitud detrás que amenazaba a gritos con convertirlo en rodajas –muy finas- de mortadela.
Sus piernas le valieron para dejarlos definitivamente atrás. Y lo que es mejor: la carrera a través de aquel laberinto acabó llevándole hasta la única farmacia abierta de los alrededores: la regentada por el licenciado Vito Pitagórico, experto en todo tipo de hierbas e infusiones, según rezaba el desvencijado cartel de su botica. 
-Imposíbile! -fue lo único que respondió a la demanda del todavía resoplante Hackert. Al final pudo entenderle que esas fiebres del Vesubio sólo podían curarse con los frutos de una planta que, naturalmente, sólo crecía en el propio Vesubio. Que además le adjuntase un plano de la localización de semejante medicina “sólo” le costó tres Carlos de oro. Una ganga, tratándose de aquella ciudad. En el precio también iba una advertencia: la enferma sólo tenía 48 horas para tomar el preparado, o si no moriría irremediablemente.
Con mucho cuidado de no volver a tropezar con sus numerosos admiradores de antes, salió por uno de los desiertos vicolos al puerto, y adquirió allí un pasaje hacia el volcán que, allá enfrente, iluminaba con sus alharacas y rugidos la cálida noche. En unas horas estaba de nuevo en medio de la montaña a la que antaño había ofrendado –bien que totalmente contra su voluntad- su hermosa cabellera. ¿Qué podría ofrecerle ahora, sin embargo?


Comenzó la ascensión, y a cada paso tenía que esquivar la ceniza y carbón ardiente que llovía desde la cumbre, no sin que, a pesar de todo, sus lujosas ropas fueran chamuscándose como dicen que acontece en la ciudad de Pamplona –capital del reino de Navarra- a quien se atreve a correr delante o junto a un ingenio de fuego llamado Zezenzusko, según había leído en la Gazzeta delle Curiositá.
El caso es que para cuando halló el anhelado arbusto y recogió sus frutos, su aspecto era bien lastimoso, de tal forma que cuando bajó y todos los presentes pudieron ver la colección de agujeros que mostraba su atuendo, no tardaron en llamarle con cierto regodeo “il colatore”. Y es que debía ser un rasgo de su hado fatal el que tras todos sus enfrentamientos vulcanológicos, siempre lo acabasen comparando con cítricos o instrumentos preparados para hacer zumo.
En el barco de vuelta le dieron una camisa de rayas como la que llevaban los marineros, lo que unido a que su grasiento maquillaje y su negra peluca habían ardido a la búsqueda de la medicina, arribó a Nápoles más con aspecto de pirata o de corsario que de pintor de la corte. Como en las calles había gentes con peor aspecto todavía que él, pero saben perfectamente los guappi con quién no deben meterse, pudo llegar al fin a su palazzo sin otro contratiempo que el de no ser reconocido por sus propios criados.
Tras la confusión inicial pudo ofrecer al fin el supuesto remedio a quien yacía doliente en el lecho, y fue cosa de ver que a pesar del calor terrible al que habían debido hacer frente, seguían los frutos arrancados al Vesubio de color tan verde como cuando colgaban de la rama. El mismo color verde que, junto con el aire que hasta entonces le faltaba, pareció inyectarse en los hermosos ojos de la marquesa.
Tiempo después, ya casi recuperada totalmente de sus dolencias, el signore Pitagorico acertó a pasar por la estancia que la dama ocupaba aún en el palazzo de Hackert. Le aseguró entonces que, igual que había sanado de la fiebre, recuperaría la tersura de su piel –abrasada por la cercanía del volcán napolitano- si se frotaba las quemaduras con el ungüento que preparan con la flor que crecía en otro volcán: el Etna siciliano.
Y no le costó nada convencerle de que emprendiera de nuevo viaje hacía aquél confín, porque estaba enamorado de ella como sólo un limone colato o un cítrico colatore –que de las dos formas era conocido ya en Via Toledo- puede estarlo…

© MIKEL ZUZA VINIEGRA, 2016

martes, 2 de agosto de 2016

CRÓNICAS ROMANO-NAPOLITANAS I: TROPPO CALDO

Verano de 1724

Llevaba ya Vivaldi dos años residiendo en Roma, cuando fue elegido Papa Benedicto XIV, quien semanas más tarde cambió su nombre por el de Benedicto XIII, al ser advertido por la Curia de que antes que él hubo otro Benedicto que llevó ese ordinal, aunque fuese considerado ahora como hereje y antipapa (sin merecerlo, pues realmente el aragonés Pedro de Luna  fue un gran papa. Uno de los mejores sin duda alguna).

En todo ese tiempo no había logrado acostumbrarse al endemoniado tráfico de las calles de la capital pontificia, y añoraba en secreto no poder desplazarse en góndola por el triste río Tiber -Tristevere, llamaba él al barrio viejo-. Tanto lo detestaba, que había fijado su morada en el quartiere más lejano al centro que pudo encontrar.

Y hasta allí precisamente fue a buscarlo la Guardia Suiza llevando un escueto mensaje del nuevo Papa: "Questa sera, a San Pietro". El sargento aún añadió otro: "Los Orsini detestan esperar a los venecianos". Naturalmente Benedicto XIV pertenecía justo a tan insigne familia...

Imaginó las calles atestadas para celebrar el resultado del conclave. Los callejones colapsados por las carrozas de los nobles y por las carretas de los tan sólo un poco menos nobles (en Roma todo el mundo se tenía por tal), y hasta el mínimo hueco sobre las calzadas ocupado por los borriquillos que todos usaban teóricamente para intentar sortear aquel caos en permanente movimiento, aunque lo único que conseguían era taponar aún más las ya de por sí estrechas vías. Y comenzó a sudar...

Porque él no tenía carroza ni carreta, y su borriquillo estaba desde hace una semana esperando a que el herrero le colocase unas nuevas herraduras. “Domani, domani”, le decía cada día cuando le conminaba a que se las pusiese de una vez. Y ahora el domani había llegado ya, y él no tenía con qué desplazarse hasta la basílica vaticana. Sí, podía utilizar los servicios de un cochero, pero de sobra sabía que en cuanto detectase su acento véneto, se dedicaría a darle vueltas por todos los vícolos de la ciudad hasta marearlo. Y la cuenta que le exigiría al final sería digna de un arzobispo… No. Tendría que ir andando, bordeando el río hasta Sant’Angelo.

Se autoengañó repitiéndose que, al fin y al cabo, sería tan sólo una paseggiata, Y como si pudiera llevar su música en un aparato minúsculo y todavía no inventado, antes de abrir la puerta de su casa se concentró en escuchar el allegro de su concierto para dos violines, cuyo ritmo pensó que sería el más adecuado para marcarle el paso.

En cuanto puso un pie en la calle, el sol lo golpeó con furia africana. Era tarde ya para volver a su habitación y ponerse una casaca más fina, así que se avergonzó de antemano por la imagen que darían sus cercos de sudor cuando hiciese la reverencia ante el papa. Y es que como si la sombra fuese un atributo diabólico que hubiera sido exorcizado por todos los sucesores del apóstol Pedro, no había dónde refugiarse del astro rey. Recordaba haberle preguntado en cierta ocasión al cardenal Benedetto Pamphili, protodiácono de Santa María in Vía Lata, por qué no se plantaban árboles de gran porte en Roma. Su agria respuesta fue: “Cuando se planten robles en medio de la laguna de Venecia, veréis vos árboles en Roma”.
 

Corriendo y esquivando a la vez borricos (los de dos patas montados sobre los de cuatro, que denostaban su torpeza apretando los dedos y levantando las manos con fruición mientras lo insultaban con los más imaginativos juramentos) llegó exhausto a mitad de su trayecto. Resoplaba como un fuelle pinchado, y esta vez no sólo era por el asma, sino porque las fuentes –salvo las monumentales- brillaban por su ausencia, y cuando las había, su exigua altura las hacía más propias para perros que para personas. Los aguadores hacían su agosto –su ferragosto más bien- de tal circunstancia, y vendían sus jarras al mismo precio que si en vez de agua estuvieran llenas del Chianti elaborado exclusivamente para el marqués de Mantua. Le dio igual a estas alturas darles sus ultimas monedas con tal de saciar su sed…


 -Ma questa acqua è calda, maledetto!

-Stai zitto, sporco veneziano!

De buena gana se hubiera sentado en un banco a descansar un instante, pero tampoco había bancos. Sonreía al pensar en el cardenal Pamphili exhortándole: “Cuando haya bancos en mitad de la laguna de Venecia, habrá bancos en Roma”. Se apoyó en la barandilla del puente: sudaba copiosamente, así que con no poco esfuerzo y cuidado se levantó la gruesa peluca, momento que aprovecharon todos los agazapados mosquitos de la isola Tiberina para usar su calva como pentagrama de sus ferocísimas notas. La última -que debió ser un do sostenido- le hizo tanto daño que soltó sin querer el bisoñé, que cual pájaro herido fue a caer a plomo a las turbias aguas.

El allegro del concierto para dos violines, gracias a Dios, seguía resonando en sus oídos e indicándole el camino en aquella selva de atropellos, hasta que por fin consiguió llegar a las puertas del palacio papal. Eso sí, en tal estado de postración y asfixia que los guardias se negaban a franquearle el paso. Tuvo que ser el siempre displicente cardenal Pamphili –estos venecianos, siempre tan flojos, le oyó decir- quien le llevase casi en andas hasta el pasillo donde aguardaban quienes esperaban a cumplimentar al papa.

¡Qué maravilla de estancias, decoradas por los mejores artistas del Orbe! Y más prodigiosas resultarían si no estuvieran llenas de miles de personas aullando, cada una en su lengua natal –pensó Vivaldi mientras recuperaba lentamente el resuello-. Muchos de los presentes, con evidente gusto por el arte, intentaban tomar del natural bosquejos en sus cuadernos, pero eso parecía ofender gravemente a los guardias, que ladrando más que gritando, atronaban el escaso aire de las galerías con sus exabruptos: E proibito dipingere qui! E proibito dipingere qui! Aunque a algunos sí que les permitían pintar –y vender a precio de oro- sus dibujos. Reconoció a bastantes: eran los sobrinos de varios cardenales e incluso del propio papa, muchos sin talento alguno para la pintura, pero con el rostro tan pétreo como el recientemente descubierto Apolo del Belvedere.

Las horas pasaban, y el santo padre no recibía a nadie de los allí congregados, que con el calor y el sofoco progresivos, iban cayendo en un sopor cercano a la catalepsia. A las diez de la noche se abrieron por fin las puertas, pero no las de la sala de Audiencias –il papa é stanco!, berrearon los guardias- sino las que a través de un laberinto de pasillos llevaban de nuevo a la calle.

Vivaldi ya no aguantaba –en todos los sentidos- más. Ya había estado otra vez en el Vaticano, invitado por el anterior pontífice, el muy sordo (y por tanto inmune a cualquier interés musical) Inocencio XIII. Recordaba por tanto dónde estaban situadas las estancias dónde el camarlengo guardaba las ropas y aditamentos que al día siguiente se pondría el papa para su coronación. En medio de la oscuridad y de la multitud, no le fue difícil llegar hasta ellas. Allá, al fondo, vio entre tinieblas lo que buscaba: la tiara papal que adornaría il vasto e vuoto cabezzone de Benedicto XIV durante la ceremonia. Le dio la vuelta, como admirándola, soltó con parsimonia los botones de su bragueta, y procedió a orinar larga y placidamente procurando que ni una gota quedase fuera de corona tan resplandeciente. “La única y verdadera satisfacción del día”, pensó mientras dejaba cuidadosamente la tiara en su sitio. Y junto a ella, como firma inequívoca, la partitura del concierto para dos violines que había pensado regalar al ingrato pontífice Orsini. Tan silenciosamente como había entrado, salió de la habitación y se deslizó sin ser visto hasta la calle.

A la mañana siguiente muchos de los romanos que llenaban la piazza di San Pietro se sorprendieron de que la ceremonia no comenzase a la hora prevista. Otros aseguraban que un fuerte destacamento de la Guardia Suiza había salido a la caza de un peligroso delincuente, pero que no habían conseguido dar con él.

Y es que era muy temprano -con las primeras luces del sol, esas que afortunadamente aún no abrasan-, cuando Antonio Vivaldi salió de la ciudad. Le pareció que a esas horas, tan vacía de gentes y silenciosa, era cuando Roma estaba verdaderamente espléndida y hermosa, y con la euforia que da el aire fresco, se prometió a sí mismo plantar robles y poner bancos en la laguna de San Marcos. Y, desde luego, nunca más salir de Venecia…





© MIKEL ZUZA VINIEGRA, 2016