lunes, 27 de abril de 2015

ABRIL ES EL MES MÁS CRUEL

Palacio de los Vidaurre en la Navarrería de Pamplona, 27 de abril de 1362

-Pensaba que seguía vigente la tregua con Francia, don Marcos.

-Y lo está, mi buen don Martín, pero ya sabéis que al rey don Carlos le gusta que hagamos ejercicio...

-Lo que no entiendo es por qué tenéis que hacerlo empleando la vieja armadura de vuestro abuelo y no aquella milanesa que su majestad os regaló, mucho más cómoda y ligera que la que os estáis poniendo. Dejad que os ayude, que casi tengo la misma edad que estas herrumbrosas piezas, no en vano entré a servir en esta casa cuando vuestro padre era un muchacho. Como ya os habéis colocado el jubón de armar, con su guarnición de malla para proteger las axilas y las ingles, que son las zonas más vulnerables y menos protegidas por las launas de acero, empezaremos calzándoos los escarpes y espuelas, luego protegeré vuestras pantorrillas con las grebas, las rodillas con las rodilleras y los muslos con los quijotes. La cintura irá cubierta por estos dos fuertes escarcelones.
Ahora el torso, con la coraza formada por el espaldar por detrás, y el peto y la pancera por delante. Después los brazos, cubiertos por avambrazos, coderas, y hombreras o guardabrazos. Los guantes de cuero guarnecido por las manoplas os permitirán empuñar la espada y la daga que cuelgan una a cada lado de vuestra cintura. 
Y por fin, la barbera para defender vuestro cuello, sobre la que ajustaré el bacinete acolchado por dentro que mantendrá a salvo vuestra cabeza. ¡Pobre de quien hoy ose enfrentarse a vos, don Marcos! Por cierto, ¿quién va a ser vuestro adversario? ¿El rocoso don Jimeno de Olza? ¿El hábil don Pedro de Mendinueta quizás? 


-Uno más duro aún, don Martín. Por eso he escogido esta armadura tan pesada. Me hará falta...

-Tened cuidado, mi señor. Ya sabéis que no tiene sentido arriesgar demasiado en un entrenamiento, pues harto peligro se encuentra luego en el campo de batalla sin ir a buscarlo.

-Gracias por vuestra preocupación, don Martín. Siempre fuisteis un excelente escudero.

Y montando sin dificultad en su caballo destrero, enfila la rúa de los peregrinos y sale de la ciudad por el portal del abrevador, haciendo resonar sus carcomidas tablas con el poderoso galope de su montura. Ya ha alcanzado el Arga y avanza lentamente por su orilla, haciendo que los esforzados labradores se incorporen al verlo: "¡Parece un san Jorge!" -cuchichean cuando pasa delante de ellos levantando la visera de su yelmo para saludarlos. 

Ya ha llegado a su destino, justo en el recodo de Aranzadi, enfrente de la vieja torre del convento de san Pedro de Ribas, allí donde los lilos recién florecidos llenan de color y aroma el paisaje. Pero no hay allí ningún otro caballero esperándole, ni actúa don Marcos como si estuviera esperando que llegase uno rezagado, pues descabalga y acaricia parsimoniosamente con su mano enguantada las crines de Saladino, su caballo de guerra, justo antes de golpearlo en la grupa para que se aleje. 

Mira entonces hacia el convento, allá enfrente, al otro lado del río, y comienza a introducirse en las frías aguas, donde sabe que por efecto del remolino son más profundas en estos días de deshielo. Todo el metal que lleva encima va doblando, triplicando su peso a cada paso que da, y cuando la corriente le llega por el pecho, comprende que con el siguiente perderá pie, y se hundirá sin remedio. Lo hace por tanto con decisión, y su última mirada, justo antes de que el agua alcance la mirilla de su acolchado bacinete es para la torre del convento. Allí dentro estará ella. Sus pulmones estallan mientras recuerda los versos: 


"Abril es el mes más cruel:
engendra lilas de la tierra muerta,
mezcla recuerdos y anhelos,
despierta a las inertes raíces con sus lluvias primaverales..."



El rey Carlos no acaba de aceptar lo que le cuentan: el joven don Marcos de Vidaurre, su mejor caballero -pero sobre todo su amigo-, aquel que estaba llamado a encabezar la próxima campaña de sus armas en Normandía, se ha ahogado en el Arga. Pero no ha sido por accidente, sino por propia decisión. Nota que la rabia va a desbordarlo una vez más. No es el rasgo de su carácter del que más orgulloso se siente, pero lo cierto es que prefiere ordenar al mensajero que le ha traído tan funesta noticia que se aleje a uña de caballo, antes de que su ira lo golpee de lleno, con razón o sin ella. 

Da sin embargo otra orden simultanea a todos sus oficiales: que se averigüe cuanto antes qué movió al desdichado don Marcos a actuar así. Y si consiguen saberse las circunstancias ocultas del caso, y puede probarse que hay un culpable, jura que ha de suplicar no haber nacido... 

Y acaba resultando tras variadas pesquisas entre quienes conocían al caballero que no, que no hay un, sino una culpable. A muchos era notorio -aunque no hubiese llegado ninguno de los dos a hacerlo público- que doña Catalina de Zabaleta dio palabra de casamiento a don Marcos, pero que luego se echó atrás alegando que ser esposa de Cristo en el convento de San Pedro de Ribas era su auténtica voluntad. Pero esto tampoco era cierto, pues únicamente buscaba refugio en el monasterio mientras le llegaba una propuesta matrimonial mucho más ventajosa: la del viejo -otros dicen que decrépito- señor de Elío, muy rico en libras, sueldos y dineros, y mucho más rico aún en años. 

Puede que don Marcos los viese pasear por la orilla del río, junto al camino de Errotazar, eso ya no era seguro, pero en ese momento debió fraguarse en su cabeza su descabellado final. En cualquier caso el rey Carlos ya no necesita más averiguaciones...

El cadáver, no tan abotargado por el agua como cabría esperar, está custodiado en el convento de las monjas frente al que murió. Las piezas de su oxidada armadura han ido recuperándose del pozo en donde fue a caer el pobre caballero. El rey reza quedamente mientras va fijándolas de nuevo al cuerpo de su mejor amigo, al que sin que sirva de precedente, atiende póstumamente como escudero.

Empieza por los pies, como cuando estaba vivo. Y entiende al atar cada correa que hubiese elegido don Marcos placas tan pesadas, pues quizás las milanesas que él mismo le regaló hubieran flotado en las aguas -de puro ligeras- como las nubes o como los sueños. Cuando acaba su labor, parece sir Lancelot aquel que yace inerte sobre la tabla conventual. 


La priora esboza un intento de negativa a la petición de don Carlos de que acoja definitivamente los restos del finado. Algo sobre que un suicida no puede enterrarse en terreno sagrado. El rey se la lleva aparte, para que no le oigan el resto de las monjas. Cuando vuelve la superiora, con la cara demudada, ordena a las hermanas que vayan preparando todo para el funeral de don Marcos. A nadie contará nunca que el rey de Navarra -muy pausadamente, pero sin darle la menor opción de réplica- la amenazó con enviar a toda la comunidad a servir de entretenimiento en los harenes del Gran Turco si acaso rechazaban enterrar al caballero en su convento, como él mismo "humildemente" les solicitaba. Ni que vio en los resueltos ojos del monarca que no era precisamente mentira semejante advertencia...  

-¿Sabéis lo que me ha dicho el rey?
El obispo, que conoce bien a don Carlos, ni siquiera intenta colarle el sermón sobre que la vida de cada uno sólo pertenece a Dios y por tanto nadie es dueño de la suya propia. Teme acabar, si lo intenta, y si tiene mucha suerte, como hermano portero en algún perdido monasterio cercano a la Bardena...

-¡Cualquiera se atreve a decirle nada!
Sólo queda por tanto ajustar las cuentas de Catalina de Zabaleta y del señor de Elío...

A él, sin tener en cuenta su edad ni su posición, lo destina a salir de inmediato hacia Normandía. Llevará consigo una carta sellada que sólo el hermano del rey, don Felipe, podrá abrir. En ella se ordenará que el señor de Elío vaya en primera fila en la siguiente escaramuza contra el maldito Bertrand Dugüesclin, mariscal del rey de Francia. Y se recalcará que no hará falta que el resto de las tropas navarras lo sigan muy de cerca en esa refriega...

A ella, que llora sin consuelo en la iglesia del convento, aguardando temblorosa el castigo que espera a las personas caprichosas, que hoy dicen sí, mañana no, y pasado únicamente lo que su egoísmo les dicte, le ordena tomar de inmediato los hábitos que al parecer tanto ansiaba. Pero no los de las hermanas agustinas, que ya la están desprendiendo de sus joyas y lujosas ropas, sino la recia arpillera de la Hermandad de Emparedadas, aquellas cuya única morada hasta su muerte será una celda tapìada, sin puertas, y con sólo dos ventanucos: uno dará hacia el cementerio, para que medite a la vista de la tumba de quien tanto la amaba; por el otro, apenas una pequeña mirilla, se le pasará cada día un pedazo de pan y un buche de agua para asegurar su subsistencia. Cuando llegue la mañana en que el pan y el agua no sean recogidos, se entenderá que doña Catalina ha muerto y procederán a tapiarse también las dos rendijas mencionadas. 

El notario atestigua que el deseo del soberano es ley. Y lo hace en voz alta tres veces, para que toda la comunidad pueda escucharle. Resuena la orden en las bóvedas de la iglesia: ¡El rey Carlos así lo manda! ¡El rey Carlos así lo manda! ¡El rey Carlos así lo manda!

Y aún da una última orden a su pintor de cámara: que decore uno de los arcosolios del templo con esta triste historia para que, andando el tiempo, los siglos quizás, algún despistado pueda recordar al fin que todo esto ocurrió verdaderamente. Y él mismo estará allí representado, entre el coro de plorantes y plañideras, con gesto compungido y cubierta su real cabeza en señal de duelo con una capucha del color de las lilas que nacen en abril, rindiendo eterno tributo a su mejor caballero...


Pintura del siglo XIV en una tumba de la iglesia de Nuestra Señora del Río,
 en la Rotxapea. Foto de C. Martinez Alava
Y algunos dicen que por cosas como esta se le apodó "el Malo" a don Carlos. Sin embargo creo que actuó bastante juiciosamente en esta ocasión,  y opino además que no es mala cosa poner la lealtad -a un amigo, a una mujer, a una idea o a un rey, aunque no necesariamente en ese mismo orden- por encima de todas las demás cosas en ciertos momentos. Sin embargo, cada uno es muy libre de pensar lo que quiera...


Quiero agradecer a Clara Fernández-Ladreda y a Txarli Martínez Alava -amigos y maestros- que me hablasen de esta pintura, pues aunque trabajé yo varios años pared con pared de donde se encuentra, jamás reparé en ella. Y es que con mucha razón dicen que quien no sabe, es como quien no ve. Les ruego también desde aquí a ambos que disculpen las licencias poéticas que me he tomado para escribir esta crónica. Ellos dos acabarán descubriendo la verdad sobre ese enigmático fresco. Yo, como de costumbre, he preferido inventármela. 

Y por no dejar a medias esta confesión, que a nadie extrañe tampoco que el caballero don Marcos muera con los hermosos versos de T. S. Eliot en la cabeza, aunque éste no los escribiese hasta el año 1922. Recuérdese más bien que la belleza no tiene por qué respetar las normas del tiempo.


© Mikel Zuza Viniegra, 2015

martes, 14 de abril de 2015

LOS REYES DE NAVARRA Y EL MITO DEL GRIAL VI REVELACIÓN 1

Olite, 14 de abril de 1421

Ahora, ya muy viejo, pero acogido al seguro refugio de esta torre de la Joyosa Guarda, tan retirada del resto de las edificaciones del castillo que tú mismo ordenaste levantar, es cuando te das cuenta de la terrible magnitud de lo que has ido descubriendo todos estos años. 


Y claro, claro que te costó aceptar que la siniestra fama de tu padre -cuyo sobrenombre de "el Malo" hace tiempo comprendiste que se quedó corto para definirlo- era completamente merecida. Pero todo estaba ahí: en los libros que has ido acumulando desde que eras un niño, esos mismos que ahora tapizan las cuatro paredes de esta habitación a la que sólo tú tienes acceso, bajo pena de muerte a quien se atreva a traspasar su umbral sin tu permiso.

No. No sería fácil explicar a esos posibles entrometidos que Carlos II, el malo, el perverso, el hipócrita, el envenenador, era en realidad algo mucho peor que eso: un adorador del Diablo, alguien capaz de vender su alma por obtener el trono de Francia que creía que le pertenecía por derecho. En esa incansable pugna pasó su vida, y aún cuando ya no era sino un amasijo de piel y huesos, trató de escapar a la muerte y a la condenación eterna mediante un ritual nefando en el palacio de Pamplona, consistente en llenar con la sangre de cinco doncellas vírgenes cinco rebosantes cálices que habrían de prolongar su vida. Para ello debía ser él mismo quien rajase sus gargantas, así que ordenó que no quedasen en el recinto más que los pocos que estaban en el secreto de semejante abominación.

Pero quedó dentro un criado que se había quedado dormido. Él mismo fue quien me contó todo lo ocurrido aquella noche , cuando regresé a Navarra, un mes después de la muerte de mi padre. Al parecer todos los adeptos habían preparado la bodega del palacio para sus sucios fines, colocando cinco mesas donde ataron a las infelices chiquillas, robadas a sus padres, una por cada merindad, como si quisieran ofrendar al Demonio a Navarra entera. En lo más oscuro de la noche, el salón resplandecía como si fuese de día, porque todos los pebeteros, palmatorias y candelabros habían sido encendidos con esmero, a lo cual había que sumar las docenas de antorchas que iluminaban aquel antro. 

El rey iba vestido con su famosa capa de piel de oso, que le habían regalado unos cazadores de Roncal, la primavera de aquel año que no cesó de nevar, y aquel hambriento y gigantesco animal se dedicó a matar no ya sólo ovejas, sino a todas las personas que se cruzaron en su camino. La daga con la que iba cortando los cuellos de las aterrorizadas muchachas era aquella que en su empuñadura lucía el rubí más grande y más rojo que se hubiera visto en esta parte del mundo, y que le había regalado el rey de Castilla Pedro I, cuya sanguinaria trayectoria vital hace sospechar si no pertenecía también él mismo a este maligno culto. Detrás de don Carlos iban sus esbirros llenando los cálices con la sangre que corría por todas partes. 

Al llegar a la mesa donde yacía la última de las víctimas de este ignorado holocausto, la que el criado dijo que pertenecía a la merindad de Tudela, y justo en el momento en que era también sacrificada, la mujer consiguió desatar una de sus piernas, con la que dio tan fenomenal patada al anciano rey que fue este a caer sobre las antorcha más cercanas, de tal suerte que la piel de aquel oso asesino y voraz prendió con tal fuerza que en un instante se vio don Carlos rodeado por las llamas que consumieron su cuerpo sin que ninguno de los sicarios pudiera hacer nada por él. 

Naturalmente todo esto se tapó, y se borró de los libros de historia. Cuando yo retorné de Castilla y fui informado por hombres buenos y cuerdos de las actividades de mi padre, di orden de inmediato de ejecutar a todos los que habían participado de sus maleficios y sorguiñerías y de eliminar cualquier tipo de rastro que hubiese quedado de semejante horror. Pagué también un generosísimo subsidio al criado que había sido testigo de todo, y mande igualmente que se socorriera a las familias de aquellas cinco desdichadas, y a la de la chica que había dado la providencial patada a mi padre la elevé a la condición hidalga que merecía por su gesto. 

He dicho que borré cualquier rastro de lo sucedido. Miento. Me quedé con los libros de brujería de mi padre, repletos de invocaciones diabólicamente espantosas. Pero sobre ellos edifiqué mi propia biblioteca, aquella que nos permitiera escapar a mí y a mis descendientes de la espantosa maldición que con su desviada conducta había atraído sin duda mi padre a nuestra dinastía. 

Y muchas veces es la divisa el símbolo y bandera que explica todo lo que hay detrás de ella. Por eso leyendo "De re emblematica" -un carísimo tratado cabalístico que hallé en uno de mis viajes a París- fue donde encontré la explicación a la muy extraña que había escogido mi progenitor para representarle: 


Y tanto como en ese preciado libro, fue en el capítulo 13, versículo 18 del Apocalipsis de San Juan donde comprendí finalmente todo: 

 "Pues aquí está la sabiduría. Quien sea inteligente calcule el número de la bestia, pues es el número de un hombre. Y ese número es 666" 

Consulté entonces a sacerdotes y astrólogos, a todos los que pude, y en ellos encontré absolución y consuelo, pues todos me dieron la misma respuesta: "acogeos vos y vuestra dinastía al simbolo de la Sagrada Trinidad y seréis sanos et salvos, pues Dios, al contrario que su enemigo Satán, no tiene principio ni fin y es señor de todo lo creado". 

Y así lo hice, y es desde entonces nuestra divisa protectora la que ellos me indicaron, la misma que he hecho labrar, pintar y bordar en cada palacio, en cada objeto, en cada gualdrapa de caballo que uno de nosotros vaya a utilizar. Me bastó para ello con ampliar los brazos de la espiral diabólica: 


Pero ya está declinando el sol, y la sombra del triple lazo se escurre por la pared de la habitación. Es muy tarde, y muchas otras cosas que juzgas necesario que las gentes conozcan al fin, quedarán ahora para otra próxima ocasión...







© Mikel Zuza Viniegra, 2015

       

jueves, 9 de abril de 2015

DRACARYS!

Anatolia, actual Turquía, 9 de abril de 1239



-Majestad, lleva tres días sin parar de llover, y los hombres están comenzando a enfermar. Quizás si se les permitiese refugiarse en esas cuevas...

-Pero no sabemos qué o quienes nos están aguardando allí dentro, mi buen Felipe de Valtierra. Este condenado valle es un erial, también es mala suerte que nosotros hayamos traído el agua con nosotros. Apostaría a que aquí no había llovido hace decenios.

-Esa es otra, majestad. Los pocos lugareños que hemos podido capturar dicen que las cuevas están malditas, y que hay monstruos ocultos en ellas. Quizás si vos dieseis el primer paso y los demás os vieran guareceros en una, todos seguirían vuestro ejemplo.

-¡Pero quién me mandaría a mí obedecer al Papa y embarcarme en esta Cruzada, con lo a gusto que estaría yo ahora en Estella comiendo peras!

-Lo hecho, hecho está, majestad. Ahora debéis velar por todos aquellos que os han acompañado hasta aquí con su mejor buena fe. Vamos, yo os acompañaré, que a mí las cuevas no me dan ningún miedo: vivo en una en mi pueblo. Entremos en esa de ahí, que parece la más grande.

-Encendamos antes unas antorchas, porque está oscuro como boca de lobo. Y tened cuidado con dónde pisáis, ya veis que esta roca es muy blanda y con tanta agua se está deshaciendo bajo nuestros pies. Alumbrad  esa pared. ¿Qué es eso? Parecen pinturas, y muy antiguas, a juzgar por su estado...



-Son unos guerreros, majestad. Esperad, tienen una especie de gardacho a sus pies...

-¿Gardacho? ¿Y eso qué es, un jabalí?

-No, majestad, un lagarto. Aunque este pintado es verdaderamente grande. ¿Sabéis leer estas letras?

-¿Qué clase de pregunta es esa, Felipe? ¿Olvidas que escribo poemas desde que era un niño, allá en la corte de Champaña? ¡Pues claro que sé leer cualquier letra, memo! Bueno, esta no, pero es que esto no es romance ni latín. Haced entrar al obispo, a ver si él sabe descifrarlas.

-Esto es griego, majestad, y no es cosa extraña, que estos territorios pertenecieron al imperio bizantino mucho antes de que los turcos se hicieran con ellos. Dí algunas nociones de esa lengua siendo novicio, pero no sé si las recordaré. Lo iré traduciendo al latín, para no equivocarme: "Hic... sanctus... Georgius... necavit... draconem. ¡Eso es! "Hic sanctus Georgius necavit draconem" "Aquí mismo mató San Jorge al dragón"

-¿Qué locuras estáis diciendo? ¿Habré de racionaros el vino incluso cuando oficiéis la santa misa?

-¡Os aseguro que ahí dice que San Jorge mató al dragón aquí mismo! Y no sé de que os extrañáis, porque aquel santo era precisamente natural de esta tierra que ahora pisamos: Capadocia. Así que si salvó a la princesa del dragón, mucho más lógico es que lo hiciera aquí que en ninguna otra parte.

-¿O sea que esta cueva es en realidad una iglesia excavada en la roca? Pues si hay una en cada cueva de las que se ven por aquí cerca, ni en Roma o Jerusalén -y Dios quiera que pronto podamos verlo con nuestros propios ojos- habrá tantas...

-Haber encontrado el lugar donde el patrón de los caballeros mató al dragón infernal ha de ser signo de buenos presagios en nuestro santo viaje, ya lo veréis. Por mi parte estoy tan contento que hasta daré saltos de alegría para demostrároslo.

-¡No seáis loco,majestad, que con vuestros brincos el terreno está cediendo! ¡Las paredes y el suelo se vienen abajo!

-¡Socorro, socorro! ¡Don Teobaldo ha quedado sepultado bajo las rocas! ¡Ayudadnos todos a encontrarlo!

-¡Calma, Felipe, que más allá de un buen golpe, no parece que esté demasiado malherido! Parece que he ido a parar a una sima y eso ha debido amortiguar mi caída, aunque hay algo que se me clava como un puñal donde termina mi espalda. ¡Sacadme rápido de aquí, por caridad!

-¡Pero señor! ¿Qué es aquesto? ¡Tenéis vuestras reales posaderas metidas en lo que parece ser la cabeza monda y lironda de un endriago! ¡Con razón sentíais como si os clavaran cuchillos, es que los dientes de esta criatura son como tales! Más os vale que está tan muerta como mi tatarabuela doña Munia...


-¡Es el dragón que mató San Jorge! ¡Milagro, milagro!

-¡Callad, obispo del demonio! Y dejadme vuestro báculo para que pueda apoyarme, que me duele todo el cuerpo. Ordenad que desentierren por completo a este diabólico animal, que sea o no el que mató San Jorge, casi me traga como su ilustrísima mastica la carne de ciervo.

-Ciertamente impresionan estos huesos, majestad, jamás habría pensado que pudiera existir un animal tan grande en el mundo. Y mirad que nos ha costado sacarlos, que ha habido que hacerlo a pico y pala, pues estaban como soldados a la piedra que los rodeaba...


-¿No es como esos gardachos de vuestro pueblo que decíais antes? Pues hemos de denominarlo en las crónicas de nuestro viaje Gardachosaurius Navarrensis, que creo que es mezcla ecuánime de términos zoológicos muy puestos en razón. ¿No es así, señor obispo?

-Y tanto que sí, que Gardacho es nombre común para las sugandillak que trepan por las paredes de las casas de Navarra en busca de sol, y Saurius viene del latín saurius, que quiere decir lagarto. Si me lo permitís, voy a recoger unos cuantos huesos de estos para llevarlos como reliquia a nuestro país. Y los he de depositar en Azuelo, que tienen muy hermoso monasterio dedicado a San Jorge.

-Pues yo sólo pienso llevarme uno de esos dientes conmigo, aunque bastante recuerdo me han dejado todos ellos en salva sea la parte... Bueno, llevaré otros tres para mis hijos Teobaldo, Enrique Y Pedro, para que vean que su padre no es menos que San Jorge, y también sale vencedor de sus encuentros con terribles dragones. Es más, Felipe: ¿no me decíais el otro día que un rey que se precie debería llevar una vistosa cimera sobre su yelmo de guerra? Pues a partir de ahora el rey de Navarra ha de llevar un dragón de larga cola y enormes fauces como distintivo sobre su casco, para que pueda ser reconocido sin dificultad en las demás cortes de la Cristiandad.
¡Y que no vuelva a oí decir yo a nadie que los dragones no existen, que todos hemos visto hoy aquí que eso es radicalmente falso!




Tiebas, 9 de abril de 1261

-Os  lo he explicado ya muchas veces, Isabel: en las baldosas del suelo podrán ir todas las flores y pájaros que queráis vos, pero al menos cuatro de los círculos habrán de ser de dragones iguales al que venció mi padre y que desde entonces adornó su arnés de batalla, lo mismo que ahora adorna el mío. Y si este va a ser el mejor palacio de los reyes de Navarra, justo es que nuestro símbolo aparezca muy bien dispuesto en esta gran sala de audiencias.

Círculo de los dragones en el embaldosado del castillo de Tiebas
-¿Pero de verdad creéis que los dragones existen? En los cuentos puede, pero en la realidad. En Francia al menos teníamos a la terrible Tarasca, al menos hasta que santa Marta acabó con ella...

-¿Y tenéis dientes para enseñarme de la Tarasca esa que decís? Porque yo si puedo enseñaros estos, que ya veis que son casi tan grandes como vuestra cabeza. Ni siquiera en nuestra noble villa de Valtierra he visto gardachos con los dientes tan grandes.

-¿Y qué es un gardacho?

-¡Ah, cuánto os queda todavía por conocer de vuestro nuevo reino, esposa mía! ¡Pero cuánto...!

Dragón de los Teobaldos en Tiebas




  © Mikel Zuza Viniegra, 2015



miércoles, 8 de abril de 2015

LOS REYES DE NAVARRA Y EL MITO DEL GRIAL V ESCENA DOMÉSTICA 2

Refectorio de la catedral de Pamplona, 8 de abril de 1403


-¡Haya un poco de silencio, señoras, que bastante ruido hacen ahí fuera los mazoneros que construyen la fábrica de la nueva catedral!

-Vuestros deseos son órdenes para todas nosotras, padre y señor.

-¡Ah, Juana, si todas tus hermanas fueran tan dóciles y bien portadas como tú...! Pero tápate bien con ese chal, que hace frío aquí dentro y te resfrías con mucha facilidad. ¡Y vosotras: Blanca, María, Margarita, Beatriz, Isabel, estaos quietas de una vez u ordenaré que entre mi guardia a prenderos!

-¡Pues si es el guapísimo capitán don Martín de Zolina quien entra a prenderme, yo no opondré resistencia ninguna, lo prometo!

-¡Pero Blanca, serás descarada! Si no quieres que lo mande de embajador a la corte del Gran Khan de los Tártaros, más vale que te sientes...

-Nos sentaremos, e incluso os prometo que controlaré a mis hermanas más pequeñas, pero si nos decís de una vez para qué nos habéis reunido a todas en este lugar, delante de esta pequeña puerta recién tallada.

-Eso es lo que pensaba hacer,en cuanto dejaseis de zangolotinear por todo el salón. Bien sabéis que desde que murieron hace un año vuestros hermanos Carlos y Luis, una de vosotras habrá de heredar este, mi reino de Navarra. Y vos, Juana, o vos, Blanca, o vos, María, o vos, Margarita, o vos, Beatriz, o vos, Isabel, habréis de sentaros no en esos humildes bancos donde por fin he conseguido que os coloquéis, sino en el trono que honraron muchos de nuestros gloriosos antepasados.

Y ved que si vuestra bisabuela, la reina Juana, hubiese nacido varón, todos hubiéramos alcanzado también el de Francia, cosa que mi padre, el rey Carlos II persiguió toda su vida. Pero se sacaron del caletre los supuestos sabios de la universidad de París la Ley Sálica, que según ellos prohibía reinar a las mujeres, y por eso os bañáis vosotras en el Arga o en el Cidacos, y no en el Sena o en el Ródano.

Sin embargo en Navarra no hubo nunca cortapisa ni freno alguno a que la mujer pudiese gobernar. Y tan saludable y lógico motivo es el que ahora os faculta, como os digo, a reinar un día en estas tierras, que no hay nada que una mujer no pueda hacer tan bien como un hombre, e incluso cien veces mejor.

Así nos lo aseguran muy sabios autores de la antigüedad, y aun también los de nuestro tiempo. Y muchos de ellos nos hablan de las hazañas de las Amazonas, que eran señoras muy belicosas que tenían atemorizada a toda Grecia, pero que además gobernaban muy sagazmente  tres islas muy hermosas: Temiscyra, Cadesia y Licasto...

En mi última estancia en París, pude tratar precisamente a doña Cristina de Pisan, una autora que estaba preparando un libro sobre ellas y sobre otras grandes y famosas mujeres de la antiguedad. Aunque aún no estaba terminado, y viendo que me interesaba de verdad lo que decía, me entregó una copia del mismo, ved lo que dice:

Me preguntaba cuáles podrían ser las razones que llevan a tantos hombres, clérigos y laicos, a vituperar a las mujeres, criticándolas bien de palabra, bien en escritos y tratados. No es que sea cosa de un hombre o dos, sino que no hay texto que esté exento de misoginia. Al contrario, filósofos, poetas, moralistas, todos –y la lista sería demasiado larga- parecen hablar con la misma voz para llegar a la conclusión de que la mujer, mala por esencia y naturaleza, siempre se inclina hacia el vicio. Volviendo sobre todas estas cosas en mi mente, yo, que he nacido mujer, me puse a examinar mi carácter y mi conducta y también la de otras muchas mujeres que he tenido ocasión de frecuentar, tanto princesas y grandes damas como mujeres de mediana y modesta condición, que tuvieron a bien confiarme sus pensamientos más íntimos. Me propuse decidir, en conciencia, si el testimonio reunido por tantos varones ilustres podría estar equivocado. Pero, por más que intentaba volver sobre ello, apurando las ideas como quien va mondando una fruta, no podía entender ni admitir como bien fundado el juicio de los hombres sobre la naturaleza y conducta de las mujeres. Al mismo tiempo, sin embargo, yo me empeñaba en acusarlas porque pensaba que sería muy improbable que tantos hombres preclaros, tantos doctores de tan hondo entendimiento y universal clarividencia –me parece que todos habrán tenido que disfrutar de tales facultades- hayan podido discurrir de modo tan tajante y en tantas obras que me era casi imposible encontrar un texto moralizante, cualquiera que fuera el autor, sin toparme antes de llegar al final con algún párrafo o capítulo que acusara o despreciara a las mujeres. Este solo argumento bastaba para llevarme a la conclusión de que todo aquello tenía que ser verdad, si bien mi mente, en su ingenuidad e ignorancia, no podía llegar a reconocer esos grandes defectos que yo misma compartía sin lugar a dudas con las demás mujeres. Así, había llegado a fiarme más del juicio ajeno que de lo que sentía y sabía en mi ser de mujer. 
Lo único que después de leer a todos ellos tengo ahora bien claro, es que si las mujeres hubiesen escrito esos libros, estoy segura de que lo habrían hecho de otra forma, porque ellas saben que se las acusa en falso”.

-¡Así se habla!¡Dadle a leer ese libro a nuestro confesor, a ver si aprende algo!

-Mira que dicen que las Amazonas siguen dando guerra todavía por el oriente, no saben las pobres la reina que se han perdido contigo, Blanca...

En fin, ¿qué os quiero decir con todo esto? Pues que un día una de vosotras reinará, y por eso necesitáis ejemplos de gobierno, más allá del que modestamente yo puedo daros con mi proceder diario. Cuando yo tenía vuestra edad, también necesité más modelo que el de mi padre, y lo encontré en muchos libros que narraban las hazañas de los Nueve Mejores Caballeros, también conocidos como Nueve Pares de la Fama. Ya os he hablado alguna vez de ellos delante del mural donde ordené pintarlos en el palacio de Tudela, o del tapiz que adorna mis estancias privadas en el de Olite. 
Recordad siempre sus nombres: Héctor de Troya, Alejandro Magno, Julio César, Josué, el rey David, Judas Macabeo, el rey Arturo, Carlomagno y Godofredo de Bouillon.


Bueno, pues ahora ordenaré pintar también en vuestras estancias a las Nueve Damas de la Fama, cuyas aventuras se cuentan ya en muchos poemas que hacen furor en la corte francesa. Cinco son reinas amazonas, y las otras cuatro gobernantes de la antigüedad. Viéndolas cada día en los muros aprenderéis sus nombres y sus hechos os servirán de espejo para los vuestros. Ved sus nombres: Sínope, Hipólita, Menálipe, Lampeto, Pantasilea, Semíramis, Thamaris, Teuca y Délfile


Y son las armas heráldicas de las amazonas tres cabezas de mujer, en atención a las tres islas que gobiernan, y para que vayáis haciendóos a la idea, antes de que los muros de los palacios de Tafalla y de Olite se llenen de sus egregias figuras, he ordenado tallar su escudo en esta puerta ante la que os he citado. 


-¡Pues esas, además de las vuestras, han de ser a partir de ahora también nuestras armas! ¿No es cierto, hermanas mías? Reivindicaremos así orgullosas nuestra condición femenina, y a esas ínsulas de Temiscyra, Cadesia y Licasto, hemos de unir a partir de ahora las de Olitendia, Tafallasia, Tudelandia, Pamplonaquia, Estellania y Atarrabia, una para cada infanta...

-Muchas novelas de caballería has leído tú, Blanca. Y muy bien me parece tal cosa, que me gustan mucho a mí también. En ellas descubrí que desciendo en recta lignea de uno de los Nueve Pares: el emperador Carlomagno, y por ellas bauticé a vuestros medio hermanos Godofredo y Lancelot con esos nombres tan novelescos de buscadores del Grial. ¿No me creéis? Habréis de esperar a que vuestro pobre padre muera para verlo grabado en mi tumba...

Tumba de Carlos III el Noble en la catedral de Pamplona
-Pero si nos enterraréis a todas, padre...

-No digas esas cosas, Juana, que un rey sin descendientes es como un árbol sin fruto. Quiera Dios que todas, al menos una de vosotras, me sobreviva. Aunque no me deis más que disgustos, y dudo mucho que ningún otro rey de Navarra haya tenido la desgracia de tener que lidiar con tanta adolescente a su alrededor, aunque...

-¿Qué os pasa, padre, os sentís mal?

-No sé, ha cruzado de repente por mi cabeza la imagen de otro monarca, uno de aquellos antiquísimos Sanchos, que hablaba a sus hijas de que era descendiente en recta lignea del Cid, y aún del rey Arturo por vía matrimonial...

-No os preocupéis, padre, que eso es sin duda lo que los franceses llaman "dejà vu", y si la injustísima Ley Sálica hubiese dejado reinar a nuestra abuela, llamarían "ikusia jada". Seguro... 
Y como que me lleamo Blanca, que habría de surgir en aquel reino una doncella guerrera que -cual Amazona- lo liberaría definitivamente del yugo del invasor inglés. Y habría de llamarse Juana, como mi querida hermana y heredera del reino de Navarra. 
¡Ya verán entonces de lo que es capaz una mujer!

  
Mural de las Amazonas, en el Castillo de la Manta
(Norte de Italia) Principios del siglo XV
Dibujo en la revista Pregón, octubre de 1947



© Mikel Zuza Viniegra, 2015

martes, 7 de abril de 2015

LOS REYES DE NAVARRA Y EL MITO DEL GRIAL IV MURAL

El refectorio de la catedral de Pamplona, para mí el mejor edificio medieval navarro de los que han llegado intactos a nuestros días, fue levantado prácticamente exprofeso para celebrar la llegada de una nueva dinastía al trono, tras los más de cincuenta años en que la corona había sido detentada por los reyes de Francia, que excepto el mes que pasó por estos pagos Luis el Hutín en 1307, jamás se preocuparon de comparecer a este lado de los pirineos.

Por eso la coronación de Juana II -la hija precisamente de Luis el Hutín, apartada por su condición femenina del trono francés- y de Felipe III de Evreux supuso para los navarros un quitarse de encima a los tiranos de París, en la confianza de que los nuevos reyes pasarían más tiempo en Pamplona, Tudela o Estella. Tal deseo no se cumplió del todo, al menos no en la magnitud que llegó a alcanzar con sus descendientes Carlos II o Carlos III, que podría decirse que sí se "navarrizaron", quizás el segundo mucho menos por obligación que el primero, a decir verdad.

El caso es que Felipe y Juana fueron aceptados por unas Cortes reunidas en Puente la Reina el 13 de marzo de 1328. Asistieron 8 ricos hombres, 43 caballeros, los Infanzones de Obanos, agrupados en las comarcas de Miluce, Ribera, Irache y Obanos, y 26 buenas villas, a las que luego se fueron añadiendo otras 18 más. No había representado ningún eclesiástico -probablemente porque algunas cosas siempre son iguales, y los de ese estado sólo se mojan, políticamente hablando, cuando ya saben quién va a ser el que mande-.


Decidieron entre todos destituir al gobernador que había impuesto el rey de Francia, confiando la dirección del país a dos ricos hombres con el título de regentes: Juan Corbarán de Lehet, álferez del reino, y Juan Martínez de Medrano (aquel que yo creo que está representado en las portadas de Larrangoz, Lizoain y Redín. ¿Recordáis?:


Juraron pues guardar el reino para la legítima heredera, ayudarse mutuamente a defender el país y se comprometieron a adoptar todas sus decisiones "todos juntos por unanimidad o por mayoría de votos". La futura monarca debería jurar "según fuero, uso e costumbre del regno de Navarra".

Tengo para mí que ese día, el 13 de marzo, es el que debiera celebrarse como fiesta del Día de Navarra, sin perjuicio de que se siga celebrando también el del patrón San Francisco Javier, pero como fiesta religiosa. Porque como fiesta civil, resulta evidente que esta primera reunión de cortes con atribuciones verdaderamente importantes de nuestra historia, merecería ser recordada de forma especial.


Porque con todas las salvedades y escrúpulos que queramos hacer, no deja de ser lo más "democrático" que en aquella época (y casi hasta la nuestra) podremos encontrar en Navarra. Por eso durante los años de la dictadura nadie reivindicó el recuerdo de esta reunión, y supongo que por eso mismo también tras la transición el Gobierno de Navarra escogió el tres de diciembre como Día de Navarra. Al fin y al cabo el hijo pequeño de los Jaso está enterrado en Goa, y allá tan lejos (en la tierra del Preste Juan) no puede dar la lata con perniciosas veleidades predemocráticas a nadie...

Sellos de los Infanzones de Obanos y de las Buenas Villas
Así que a día de hoy seguimos sin que nadie tenga -ni quiera tener- idea de que esta asamblea popular de todo el reino se llevó a cabo en Puente la Reina. Y como además el puente foral de diciembre es muy goloso, el 13 de marzo seguiré conmemorándolo únicamente yo, tomándome un vermú rojo -por supuesto- y paren ustedes de contar...

Bueno, pues posiblemente para conmemorar el citado advenimiento de la dinastía de Evreux, se levantó el Refectorio de la catedral de Pamplona, donde no hay que olvidar que el Fuero ordenaba que jurasen los reyes de Navarra. Y tras esa ceremonia, como tras todas en esta tierra nuestra, había que hacer festejos y comilonas varias, ¿y qué mejor que hacerlos justo al lado?

Es por tanto en ese mismo año de 1328 cuando debieron comenzar las obras, que estaban terminadas para 1335, como indica la inscripción del mural que decoraba el testero, y que desde 1946, por obra y desgracia del lamentable obispo Olaechea, fue arrancado de su sitio y vendido a la Diputación, que lo colocó donde hoy se halla: en el Museo de Navarra.

Y no digo que esté mal allí, donde su conservación está asegurada (aunque alguna pieza suelta, como el profeta Ezequiel, se muestre "misteriosamente" también en el Museo de Bellas Artes de Bilbao, y todos podamos suponer cómo llegó hasta allá...), y aunque el impresionante rostro de Cristo que Oliver pintó para el tímpano de la puerta de subida al púlpito, esté guardado bajo cuatro llaves y no se enseñe al público -incomprensiblemente, y contra todos los criterios museísticos- desde hace décadas...


No: lo que digo es que ahora que por fin se vació tan noble salón, y se sacaron de allí todas las tallas que conformaban el Museo Diocesano, y sobre todo se quitaron las tablas amarillas que compartimentaban -e incluso tapaban directamente obras de arte muy reseñables- aquel maravilloso espacio, se podría encargar una fotografía-réplica a tamaño natural del mural pintado por Johan Oliver (hay empresas muy eficientes que se dedican a ello, como saben en muchos pueblos del pirineo catalán que han recuperado de este modo lo que el MNAC se llevó de sus iglesias, y a un precio de lo más apañado), para que todo volviera a ser como fue en 1335.


Es cierto que para llevar a cabo iniciativas como esta de  la que estoy hablando hace falta buena voluntad e imaginación, pero mientras por lo que se apueste sea por ocultar con un embudo gigante de acero gris -material especialmente demoníaco- prodigios como la Puerta Preciosa del claustro, sé que podemos esperar sentados. Aún así, por si hay alguien ahí...


Y eso que hay muchos más misterios y detalles en el Refectorio de los que se podría hablar largo y tendido. Hace mil años, por ejemplo, un muy conspicuo pesado descubrió que en el tímpano de una puerta que las citadas mamparas amarillas mantenían semioculta -sean el decorador y el canónigo que permitió semejante herejía muy bien recompensados en el Infierno del mal gusto por ello-, se narraban varios de los doce trabajos de Hércules. Entre ellos la lucha contra el león de Nemea, y el robo del escudo de la reina de las Amazonas, decorado con tres cabezas de mujer:




 O podría comentar igualmente lo tremendamente curioso que me ha resultado siempre que con la minuciosidad con la que está tratada la heráldica en el fabuloso armorial que se despliega en las bóvedas, cuyo eje central son las armas de los reinos que guardaban relación con Navarra (Francia, Inglaterra, Castilla, Portugal...) el -supuesto- escudo de Aragón allí tallado, tenga sólo tres palos de gules (rojos) y no cuatro, como era usual, lo que lo convierte -a mi parecer- en el escudo del conde Gastón II de Foix y de Bearne -protector del reino de Navarra- que aparece además representado también en el mural de Johan Oliver.

Que sí, que no me lo he inventado... Siempre he creído que esa coincidencia tiene que querer decir algo, aunque ahora sea ya imposible saber exactamente qué (al menos hasta que yo acabe imaginándome una inesperada versión, claro):

Supuestas armas del rey de  Aragón 
en la bóveda del refectorio

Armas de Gastón II de Foix y de Bearne
en el mural del refectorio

Armas habituales del
rey de Aragón

Y llegados a este punto, como de costumbre, ¿qué tiene que ver todo esto con el Grial?

Pues que una de las representaciones artísticas más hermosas que conservamos en Navarra del Grial es la que puede verse en el soberbio mural del que estamos hablando: 




Y nada menos que por duplicado, pues siendo dos los ángeles que recogen la sangre de Cristo que corre por sus brazos clavados en la cruz, dos son también los griales que en la escena aparecen. Si los observamos desde más cerca podremos ver que se tapan el rostro en señal de respeto y por no querer contemplar el sufrimiento del hijo de Dios:




Pero si ampliamos un poco más el foco, podremos observar que a su lado hay dos ángeles más: 




Dos ángeles que podríamos considerar gitanicos, pues si nos fijamos bien están rasgando sus vestiduras, "partiéndose la camisa" como dirían ellos. Sólo que lo hacen en señal de tristeza y no de alegría, como hoy en día lo hace en sus bodas la raza calé.  

Por lo tanto, es en este mural pintado por el gran artista Johan Oliver, en el único lugar donde podremos ver reunidos al Grial con las armas del Rey de Navarra.
Vale, me ha costado llegar, pero lo he conseguido: 






© Mikel Zuza Viniegra, 2015