lunes, 30 de marzo de 2015

LOS REYES DE NAVARRA Y EL MITO DEL GRIAL III CONJURA


Siempre he creído que el único lugar en Navarra donde podría salir a recibirnos el caballero Perceval, es sin duda el pórtico de San Vicente de Larunbe.


¿Podrían acaso ser sus hermosas y breves crujías el proyecto de un templo dedicado íntegramente al Grial?

Recordad, recordad...:

  "...con una sola hostia que se lleva en este grial, el anciano monarca -padre a su vez del Rey Pescador- su vida sostiene y vigoriza: tan santa cosa es el Grial, y él tan espiritual, que para su vida no necesita nada más que la hostia que va en el Grial. Así ha estado quince años sin salir de la habitación donde viste entrar el Grial..."









30 de marzo de 1239, en el pórtico de San Vicente de Larunbe

Llevas cinco años ya sentado en el trono de tus antepasados y te sientes -más que nunca desde que llegaste- parte del plan que tu abuela María de Francia dejó trazado hace ya tantos años. Nadie en este extraño reino de Navarra lo llegará a sospechar siquiera, pero si tú eres ahora mismo su rey Teobaldo I, es porque ella así lo quiso. 

Y si tú has podido enterarte de todo ha sido porque tu padre, el conde Teobaldo III de Champaña, a quien no llegaste a conocer, pues murió en 1201 en Tierra Santa, dejó este libro que ahora sostienes en tus manos en depósito del hermano bibliotecario en el monasterio de los Jacobinos de Provins, con la orden tajante de que se te entregase a ti y sólo a ti cuando llegases a la edad de 14 años.

El propio libro lo explica: porque su madre, la antedicha condesa María de Francia, así lo había dispuesto. Y para lograrlo educó a su hijo en la idea de que la casa condal de Champaña estaba en guerra con el mundo, y que aunque ella -por ley de vida- muriese, debía su heredero continuar con lo estipulado. Y también el heredero de su heredero. Así que dejó previstos muchos asesinatos con vistas a alcanzar un fin mayor que ahora su nieto tenía al alcance de la mano. 

Así, el primero en morir debía ser su medio hermano, el rey Ricardo Corazón de León. Aunque la parca vino a llevársela a ella antes, así que fue su hijo el conde Teobaldo III quien debió poner en práctica aquello para lo que había sido instruido. Y su madre le indicó muy claramente en el libro que todas las muertes debían parecer un accidente o ser camufladas en las escaramuzas propias que en todas las guerras se dan. Y aunque hubiese resultado mucho más sencillo acabar con la infanta Berenguela de Navarra, que por estar casada con Ricardo podía acaso llegar a concebir un día un hijo que heredase las coronas de Inglaterra y Navarra -echando a perder así todo lo planeado- y aunque María realmente apreciaba a su medio hermano Ricardo, no quiso dejar de aprovechar la ocasión para hacer daño a su madre, Leonor de Aquitania, que la había abandonado a ella y a su padre, el rey de Francia, para correr a los brazos de Enrique II de Inglaterra. La condesa de Champaña sabía que a la vieja no le supondría ninguna pena especial que Berenguela muriese, pero en cambio que lo hiciera su hijo favorito no tardaría en llevarla a ella también a la tumba. Bien merecido se lo tenía por haberla dejado sola en París, siendo sólo una niña. Y por fin su hijo Teobaldo III cumpliría punto por punto su venganza...

Y cierto es que la primera vez que leíste el libro, quedaste horrorizado, pero luego, en sucesivas aproximaciones, no pudiste dejar de admirar los designios de tu antepasada. Porque una vez eliminado el rey inglés en abril de 1199 mediante una flecha que nadie sabe de dónde salió, pero fue a clavarse certeramente en su cuello, apenas dos meses después se cumplió también la segunda cláusula: Teobaldo III casó con la infanta Blanca de Navarra -hermana del rey Sancho VII el Fuerte y de Berenguela-, matrimonio que llevaba tejiéndose en la mente de María de Champaña desde muchos años antes...

Naturalmente Blanca no supo jamás nada de todos estos designios, como había dejado ordenado la condesa María. Y así lo cumplió también su marido, que aún tuvo tiempo antes de morir de seguir adelante con el plan, pues no tardó en ejecutar un año después al hermano de su esposa: el infante Fernando de Navarra, al que unos cerdos salieron repentinamente al paso de su caballo en las calles de Tudela, y no pudiendo dominar su montura, vino a dar su cabeza con el suelo con tal fuerza, que quedó quebrada por más de media docena de sitios. 

El siguiente en la lista iba a ser el único heredero que podía hacer ya sombra a los condes de Champaña en su carrera hacia el trono de Navarra: el propio hijo del rey Sancho, que también llevaba por nombre Fernando, como su malogrado tío.   

Pero por aquel mismo tiempo el Papa ordenó una nueva cruzada, y el poderoso conde de Champaña -el noble más importante de Francia tras el propio rey- no pudo negarse a encabezarla. Y en la tierra que pisó Jesús encontró su fin en 1201. 

Y había quedado Blanca en Champaña embarazada, naciendo a los pocos meses un heredero póstumo, que fuiste tú, Teobaldo IV. Y pasaron los años hasta que cumpliste los catorce en que tu padre había dejado ordenado que se te entregase el libro comenzado por tu abuela.


Sí: ahora te tocaba a ti. Porque al leer lo que buscaba obtenerse con tanta muerte regia, no te costó mucho decidirte a ser quien definitivamente llevase a cabo todo lo que María de Champaña había estipulado. Y el último obstáculo para lograrlo era el príncipe y heredero del rey Sancho.

Y quiso el diablo que el sicario que había enviado al otro mundo al infante Fernando aún viviese, así que volvió a ser enviado para que -providencialmente- unos cerdos volvieron a cruzarse en el camino de un príncipe navarro en las calles de Tudela. Y nuevamente no pudo sujetar el niño -pues apenas tenía nueve años- a su aterrorizada montura, así que fue a caer al suelo con la misma fuerza con la que quince años antes lo hizo su tío, de tal forma que su cabeza quedó tan fracturada que allí mismo murió sin que nadie pudiese socorrerle. Bueno, la verdad es que la del príncipe -según te contó el asesino y tú mismo anotaste en el libro que ahora sostienes en tus manos- no se rompió, que ya se sabe que los niños tienen los huesos de otra consistencia. Y tuvo que ser el esbirro que había asustado también a los cerdos quien debió terminar el trabajo y machacar con su maza de guerra la desmayada cabeza del muchacho. Y según también te dijo, la tenía tan dura como una calabaza, de ahí que muchos de los que cuentan ahora la historia "oficial" denominen "Ferrán Calabaza" al desdichado príncipe, que para quien quiera saber donde encender un cirio, está sepultado en el pasillo de salida al claustro de la catedral de Tudela.


Y sigue contando este  desconocido libro que como había planeado doña María hacía tantos años ya, quedó el rey Sancho tan entristecido, que no volvió ya a levantar cabeza, pues veía próximo el fin de su dinastía, que sólo le quedaba un sobrino, allá en la lejana Champaña. Para él sería pues el trono de Navarra, tal y como había dejado dispuesto la condesa María de Francia, allá por el año 1180. 

Ese fue precisamente el año en que Chretien de Troyes le contó que creía haber descubierto que el Grial estaba custodiado en el reino que cabalgaba sobre ambas vertientes de las altísimas montañas del sur: Navarra. Entonces fue cuando comenzó a elaborar su maquinación: el Grial sería suyo o de nadie. 

Porque ese mismo desconocido libro que ahora tienes en tus manos es "Li contes du Graal", el romance que escribió el citado Chretien para tu abuela María. Pero no sólo la parte que todos conocen por haberse extendido ya por todas las cortes de occidente, sino también el final que supuestamente su autor no pudo llegar a escribir por haberle sorprendido la muerte. La muerte encarnada -o descarnada, quién sabe- en la persona de la propia María, claro está.


No. No podía dejar que nadie supiera el secreto del Grial, y Chretien estaba ansioso por hacérselo saber a todo el mundo cuanto antes. Hacer saber que, según sus averiguaciones, el Grial se había guardado en Roma hasta el año 258, cuando durante las persecuciones del emperador Valeriano, fueron martirizados tanto el papa Sixto II como su diácono y bibliotecario Lorenzo de Huesca, a quien el primero había entregado el santo cáliz para que lo pusiese a salvo en su tierra natal. Pero como ha quedado dicho, Lorenzo también sufrió el martirio, siendo asado en una parrilla la noche del diez de agosto, así que no pudo ser él sino su discípulo Precelio quien finalmente llevase la sagrada copa a su nuevo hogar, donde fue recibida por otro diácono oscense que años después sería también martirizado, pasando a ser venerado por los cristianos como san Vicente de Huesca

En esa ciudad estuvo depositado en la iglesia de san Pedro hasta la invasión sarracena del año 711, cuando el obispo Acisclo huyó con él para encontrar refugio en lo más profundo del reino que andando el tiempo habría de llamarse Navarra. Y fueron sucediéndose generaciones de prestes y sacerdotes que se ofrecían para custodiar el Grial. Y para él edificaron un templo bajo la advocación de quien había recibido el cáliz al pie de las altas montañas, san Vicente mártir, en un paraje que en la lengua madre del lugar quiere decir "bajo el prado". Esto es: Larunbe

Y concluía Chretien de Troyes su tesis asegurando que aunque de ese antíquísimo culto se hubiera ya perdido la memoria,  el rey -que naturalmente no podría ser otro que el de Navarra- que devolviese el cáliz a Jerusalén, la ciudad de la que salió, tendría derecho a convertirse en emperador del mundo y nuevo Arturo redivivo, como glorioso y honorable portador de la luz que iluminaría de nuevo y esta vez para siempre al mundo. De hecho su libro terminaba con la llegada del caballero Perceval a la corte del rey navarro para ponerse a su servicio y desvelarle la verdad tanto tiempo oculta...

Por eso justamente tuvo María que matar a Chretien -el primero de los cuatro asesinatos que volvieron a llenar el grial de sangre real- y arrancar de sus yertas manos esa última parte de su novela, que pasó a convertirse en el inicio del libro que ahora mismo tú: Teobaldo I de Navarra y IV de Champaña sostienes en tus manos. 

Aunque ahora también sostienes otro objeto: una copa de ónice que contuvo la sangre de Cristo en su interior, y que hallaste en esta apartada iglesia de San Vicente al poco de acceder al trono, aunque desde luego no ofrecía externamente signo alguno del tesoro que guardaba en su sellada cripta. Porque Chretien tenía razón: el Grial siempre había estado allí.

Y es cierto que para que no desconfiasen estos condenados navarros sobre los que  al fin reinas, tuviste que camuflar la excavación con la construcción de un pórtico en el que hasta te permitiste el sarcasmo de poner a la vista de todos las claves del plan de María de Champaña, haciendo que el tosco pero muy expresivo tallador local que escogiste exprofeso para este empeño, esculpiese en sus capiteles además de la historia imaginada o descubierta por el ingenuo Chretien:


También la puerta de la cripta que guardaba el Grial, con María de Francia y su libro del destino en la mano: 


O, bailando abrazados la inapelable danza de la muerte, a todos los reyes y príncipes asesinados para lograr la gesta que ni siquiera Arturo de Bretaña y todos sus demasiado escrupulosos caballeros pudieron lograr. Encontrar el Grial:


Y lo mejor de todo: en un par de meses embarcarás hacia Tierra Santa para encabezar la cruzada que tú mismo has convocado, y el deseo de María de Francia será al fin cumplido: un miembro de la dinastía de Champaña será rey del mundo. Aunque ese cáliz que sostienes en tus manos brille con una luz que -de tan pura- resulta hasta amenazante, cada vez que simplemente lo piensas...




       ©Mikel Zuza Viniegra, 2015



J. E. Uranga, F. Iñiguez. Arte medieval navarro, tomo III, pp. 105-107 y 113. Lam 266





  

jueves, 26 de marzo de 2015

LOS REYES DE NAVARRA Y EL MITO DEL GRIAL II ESCENA DOMÉSTICA

Castillo de Tudela, 26 de marzo de 1189

-Os sabéis la lista de los tratados de reparto de Navarra entre Castilla y Aragón casi mejor que yo, mi buen Ferrando Perez de Funes. 

-Por supuesto, majestad. Mi oficio de canciller me obliga a ello: el de Carrión en 1140, el de Tudején en 1151, el de Lérida -con vos ciñendo ya la corona- en 1157, los de Sahagún y Zaragoza en 1170, el de 1177 en Cuenca, el de Cazola en 1179 -que fue el que nos acabó obligando a aplicar el laudo del maldito rey Enrique II de Inglaterra, favorecedor en todo de los intereses de Castilla-, y el penúltimo: el de Berdejo, hace apenas tres años.  

-¿El penúltimo, decís?

-Por supuesto. Alfonso VIII de Castilla y Alfonso II de Aragón -el diablo les lleve-, deben estar ya preparando un nuevo proyecto para dividirse Navarra, y si no hacemos algo pronto, quizás acaben consiguiéndolo...

-Es más fácil decirlo que hacerlo: tanto mi padre don García como yo hemos ido saliendo de todas las asechanzas que nuestros queridos parientes nos han ido preparando estos años, pero no puedo oponerles el mismo número de tropas. ¡Ah, si el maldito Enrique de Inglaterra hubiera fallado a mi favor en el pleito por los abundantes y ricos territorios que recuperé para Navarra cuando Alfonso VIII de Castilla era sólo un muchacho, ahora veríamos las cosas de diferente manera...!

-Pues pagadle con la misma moneda, señor. Recordad que el inglés está enemistado con todos sus hijos, pero sobre todo con su mujer, Leonor, y que ésta protege sobre todo a su hijo favorito: Ricardo. Los intereses de ambos están más en Aquitania que en cualquier otro lugar de su extenso reino: favoreced su querella contra su padre y esposo, que es ya viejo, y pronto podréis cobraros los réditos de vuestro apoyo...

-Yo también soy ya viejo, Ferrando. Y sabéis que uno a la congoja de verme siempre asediado por mis poderosos vecinos, el temor de que mi descendencia no esté a la altura, no ya de mí, sino de mi padre, que fue quien restauró este reino. Ved que Constanza y Blanca son unas niñas que no piensan si no en que contrate al trovador que esté más de moda. Y yo les digo que escuchen música de aquí, pero ellas que nada. Son esos malditas noticias que traen los heraldos de las cortes de Provenza las que les sorben el seso. Y es lo que yo les digo: ¡Pero si no se entiende nada de lo que cantan! Donde esté una buena jota ya se pueden quitar todos esos Marcabrús, Giraut de Borneihls, Raimbaut de Vaqueiras, Jaufré Rudeles y Peyres Vidales...
Escuchad esta si no: 

"... del rocío voy al hielo,
si yo te pierdo..."  


-No digo que no sea una canción preciosa, Majestad, pero ved que el problema que tenemos entre manos es muy serio...

-¿Y Fernando? Apenas un mocete todo el día entre espadas de madera y caballos. Y no monta demasiado bien, se lo digo siempre: ¡que te vas a caer, calamidad! Pero ni caso. ¿Pues Berenguela? Está en esa edad inaguantable y respondona y no hace más que leer las ridículas novelas de ese rey Arturo de Bretaña, amigo de un mago que se llama Crispín o Merlín, o no sé qué pichorras, y andan todo el día buscando el grial. ¡Jodó, si ese es todo su problema de gobierno ya les digo yo donde está! ¡En San Juan de la Peña lo tienen! Mi padre me llevó a verlo siendo yo muy pequeño, cuando aquel territorio formaba todavía parte de Navarra. Pero yo lo que me pregunto es de dónde sacará Berenguela esos condenados libros, porque cada vez tiene más. Y yo ya le digo que se lea las genealogías de Roda, o el códice de Albelda, donde se narran las gloriosas gestas de nuestra dinastía, pero ella me dice que no la entiendo, y que me odia y que sólo espera que un caballero venga a liberarla de esta prisión. ¡Prisión, Ferrando! Ganas me dan de mandarla a pasar un mes con las lavanderas, allá en lo más profundo y fresco del Ebro, para que comprenda la vida regalada que lleva...


-Os queda vuestro heredero, el príncipe Sancho...

-¡Otro que tal baila! Se conoce que como tenemos poco trabajo para mantener nuestra corona, él necesita nuevos horizontes. ¿No le habéis oído hablar de Chipre? ¿Y donde cojones está Chipre? Al otro lado del mar, me dice. Y es que me enciendo: ¡Si quieres dar mazazos vete a la frontera con Castilla, a Calahorra por ejemplo, que no te han  de faltar ocasiones! Pues no: él quiere ir a Chipre. Y empiezo a sospechar que su hermana le pasa también esas malditas novelas de tapadillo, porque ahora le ha dado por decir que él luchará en una batalla que será mucho más importante y famosa que esas del rey Arturo. Y ya harto le pregunto: ¿pero será contra Castilla, no? ¡Y me dice que no, que será contra los moros! ¡Pero si no tenemos frontera ni cuitas con ellos, sinsorgo! Ved pues que no es raro que no tenga yo ganas más que de morirme...

-Desgracia muy grande es tener tanto adolescente alrededor, y bendigo mi condición de clérigo que me libra de tal suplicio, pero debéis pensar en vuestro reino más que en vuestra persona: esa es la principal obligación de un rey, aunque muchas testas coronadas lo olviden. Si os llaman "Sabio" no es porque os rindáis ante la mínima dificultad, sino porque sabéis sacar provecho de ellas para mantener en pie vuestro país y vuestra gloriosa dinastía. ¿Queréis saber quienes envían las novelas del tal Arturo a vuestra hija? Pues Leonor y su hijo Ricardo. He capturado demasiados correos ya como para no saberlo... 

-Sé que se conocieron en Pamplona, en aquel torneo en el que Sancho casi trituró a Ricardo. Berenguela se empeñó en cuidarlo y mira lo que pasa luego... Pero como me eche a la cara a ese vividor, lo que le hizo mi hijo va a ser una tontería en comparación...

-¡Al contrario, majestad! Lo que tenéis que hacer es favorecer ese enlace que ellos mismos buscan. Aquitania y Navarra tienen frontera común, a ellos les interesa teneros como aliado, y la estrategia nupcial es tan buena como cualquier otra en el arte de la diplomacia. 

-¡Pero es que ese Ricardo es bobo, se le ve nada más tratarlo! ¿Pues no le enseñé en Santa María de Pamplona la talla de la virgen que encargó mi padre, y me salta conque en Limoges hacen cosas de mucho mayor mérito artístico? Que no digo yo que no sea así, pero coño: ¡tápate un poco y no presumas tanto de lo tuyo! Mira: se me acaba de ocurrir una de las condiciones para la boda: o Ricardo envía como regalo la mayor obra de arte que pueda encargar en la Limoges esa, o ya le puedes decir al Airgam boy ese que Berenguela se va con las lavanderas...

-Me parece que lo que pretendíais decir es "Play boy", majestad...

-¡Esa es otra! La lengua de Provenza no hay quien la entienda, como les digo a Constanza y a Blanca, pero la de Inglaterra me suena aún peor. Nadie podrá ganarse nunca la vida cantando en ese idioma del demonio, hacedme caso.

-Pues la princesa Berenguela se pasa el día canturreando en ella, señor...

-¡Cosas sobre el Arturo ese, como si la oyera! Y mira que le digo: ¡que provienes de don Rodrigo Díaz de Vivar! ¡que tu tatarabuelo fue el Cid Campeador! Y le pido a todas horas que cante algo sobre él. Pero que si quieres...


-Pensad que están en la edad, señor. En cualquier caso, y si me lo permitís, me habéis proporcionado una gran idea: aprovecharemos esa honorable genealogía vuestra para intentar parar la enésima ofensiva castellana.

-¿Y cómo pensáis hacerlo? Porque no creo que mi antepasado pueda luchar después de muerto...

-Subido encima de Babieca desde luego que no, pero por escrito me parece que vamos a poder darle una nueva vida, señor...

-Mi buen Ferrando, sé que os lo digo siempre pero presiento que este es el comienzo de una hermosa amistad... Tendríamos que marcharnos a buscar el Grial nosotros también, como esos cansos de la Bretaña.

-Si lo que estáis pidiendo es que prepare un plan para recuperar San Juan de la Peña, podría estudiarlo. Pero eso sí, para cuando nos jubilemos, que ya tenemos ahora demasiados problemas ¿no os parece?


lunes, 23 de marzo de 2015

LOS REYES DE NAVARRA Y EL MITO DEL GRIAL I

"La búsqueda del Santo Grial es la búsqueda de lo divino que existe en cada uno de nosotros. Si lo que quieres son hechos concretos, no puedo ofrecértelos. Pero a mi edad estoy dispuesto a aceptar algunas cosas como un acto de fe: no puedo demostrarlo, pero sé que es cierto."
Marcus Brody


Y esa búsqueda, que lleva interesando a Occidente desde hace tantos siglos, la inició el poeta Chretien de Troyes hacia 1180, cuando comenzó a escribir en el condado de Champaña los 9.234 versos de los que consta "Li contes du Graal." Él fue el primer autor en unir la materia de Bretaña, esto es: al Rey Arturo y sus caballeros de la Tabla Redonda, con la búsqueda incansable del cáliz en el que José de Arimatea recogió la sangre de Cristo durante la crucifixión. Y para ello narró las aventuras del piadoso pero inexperto caballero, Perceval el galés.

En un momento dado, Perceval topa en medio de un espeso bosque con una laguna en la que encuentra a un pescador tullido que le invita a su casa. El que había tomado por un pobre pescador resulta ser un rey, dueño de un lujoso castillo. Cuando van a sentarse a cenar, un extraño cortejo cruza el salón: un paje lleva una lanza de cuyo extremo brota una gota de sangre, van después dos pajes más con magníficos candelabros y tras ellos una doncella que lleva entre sus dos manos "un grial de fino oro puro. En el grial había piedras preciosas de diferentes clases, de las más ricas y de las más caras que haya en mar ni en tierra, pues derramaban tanta luz que ofuscaba la de las velas, del mismo modo que el sol eclipsa la luna y las estrellas, y superaban por ello a todas las demás piedras." Cierra el grupo otra doncella más llevando un plato de plata pura, tras cuyos pasos  se cierra la puerta de la habitación contigua.



Aunque Perceval se extraña de semejante comitiva, no se atreve a preguntar nada, pues su maestro le ha educado para que no haga jamás preguntas necias. El rey pescador ordena entonces que comience la cena, y mientras se sirven los platos el grial vuelve a pasar varias veces delante de ellos sin que siga sin atreverse a formular las dos preguntas clave: por qué sangra la lanza y a quién sirve el grial.

La cena termina y nuestro protagonista se va a dormir. Cuando despierta a la mañana siguiente, el castillo está totalmente vacío, y el puente levadizo se levanta tras su paso. Continúa su camino hasta encontrar una dama que le explica por fin quién era el Rey Pescador, llamado así por ser esa la única actividad que le relaja de su mal: una herida de flecha que no cura jamás. Le dice también que si le hubiera hecho las dos preguntas, el rey hubiera recuperado al instante su salud y habría podido tomar de nuevo las riendas de su reino.

Arrepentido, Perceval busca entonces el consejo de un sabio ermitaño, que es quien le explica que el grial sirve en realidad al anciano padre del Rey Pescador, y que "con una sola hostia que se lleva en este grial, el santo varón su vida sostiene y vigoriza: tan santa cosa es el grial, y él tan espiritual, que para su vida no necesita nada más que la hostia que va en el grial. Así ha estado quince años sin salir de la habitación donde viste entrar el grial."

Desafortunadamente, Chretien murió en 1183 y dejó su historia inconclusa, pero quizás sin saberlo, había encendido la mecha de un mito literario que ha vertebrado nuestro imaginario desde entonces. 

Sin embargo... ¿Jugaron los reyes de Navarra algún papel en este apasionante asunto?

Veamos. El poeta francés del siglo XII Jean Bodel dio nombre en su poema épico "Chanson des Saisnes"  a los tres ciclos literarios que ningún caballero debía desconocer:


"La materia de Francia, la materia de Bretaña, y la materia de Roma."
  
El rey Arturo, en un tapiz del siglo XIV
que se conserva en The Cloyster's Museum
Los temas mitológicos tomados de la antigüedad clásica forman la Materia de Roma; las historias de los paladines de Carlomagno y sus guerras contra los moros y los sarracenos forman la Materia de Francia; mientras que el rey Arturo y sus caballeros son el tema principal de la Materia de Bretaña.

De esas tres materias, sin duda alguna la que más éxito alcanzó, en su tiempo e incluso en el nuestro, es la de Bretaña, o sea, la centrada en las aventuras de la corte de Arturo, un personaje de cuya realidad histórica no se tienen noticias fehacientes, pero que se convirtió en el prototipo de caballero por excelencia.

En la expansión de este mito el autor más importante fue Geoffrey de Monmouth, un clérigo inglés que hacia 1138 escribió “La historia de los reyes de Bretaña”, que es una especie de refundición de varios materiales históricos de los siglos anteriores, mezclados con otros exclusivamente literarios, entre los cuales aparece tratado por primera vez en profundidad Arturo, hasta entonces un misterioso jefe de guerra que se decía había vivido allá por el siglo V, pero al que Monmouth convierte en todo un rey medieval, dotándolo además de una corte feudal exactamente igual a las del siglo XII, que como rey de los bretones habría luchado hasta la muerte contra los invasores sajones.

El éxito del personaje fue tal, que muy pronto la obra de Monmouth, escrita en latín, fue traducida al francés por el poeta Wace en su “Romance de Bruto”, escrito hacia 1155, y dedicado a la reina de Inglaterra, la famosa Leonor de Aquitania. Es precisamente en esa corte de los Anjou donde tendrá lugar un proceso que transformará esos relatos para  adaptarlos al sistema ideológico de las cortes francesas de finales del siglo XII y de la primera mitad del XIII. Y desde allí se extenderá al resto de las cortes reales de Europa.

¿Pero, por qué motivo se desenterró precisamente entonces el recuerdo de un caudillo bretón de la antigüedad? Pues todo hace indicar que para legitimar la monarquía normanda en Inglaterra.


Cuando los normandos llegan a Inglaterra y vencen a los sajones en el año 1066, Guillermo el Conquistador se convierte en el primer rey normando de Inglaterra. Sin embargo, durante los primeros años de su reinado sufre constantes rebeliones. Cuando consigue afianzarse en el trono, comienza una maniobra de conquista más completa, basada en quitar tierras a nobles autóctonos descontentos y dárselas a sus favoritos, con lo que consigue afianzar también a su estirpe como dinastía real. Pero existe otra conquista más sutil de los normandos: La de la propaganda.


Efectivamente, fueron los normandos quienes volvieron a traer a la memoria colectiva el mito de Arturo, convirtiéndolo en el rey que defendió a Inglaterra de los sajones. Según esta interesada interpretación histórica, cuando los sajones vencieron por fin a los bretones en el siglo VI, éstos emigraron al norte de Francia. Así que los normandos no usurparon el trono inglés en 1066, sino que realmente lo único que hicieron fue volver para recuperar lo que los sajones les
habían arrebatado.

Nada extraño si, como reivindicaban, eran los auténticos descendientes del Rey Arturo. Esta rivalidad entre normandos y sajones puede parecernos hoy en día condenadamente enrevesada, pero si lo pensamos bien, en realidad estamos familiarizados con ella desde niños a través de novelas y películas como Ivanhoe o Robin Hood.

El tercer rey normando de Inglaterra, Enrique I, fue quien encargó a Monmouth la redacción de la Historia Regum Britanniae, incluyendo por supuesto la historia del Rey Arturo. Apenas veinte años más tarde, Robert de Wace, protegido de Enrique II, tradujo al francés esta historia, especificando más la ascendencia de los Plantagenet y "Enriquizando" todo lo posible la figura de Arturo y de su corte. Y es que Enrique II y sobre todo su mujer, Leonor de Aquitania, son un motivo fundamental de la proliferación de textos artúricos en el S XII en Inglaterra y Francia, lograda a través del mecenazgo a poetas y escritores que sentaron los cimientos del mito artúrico, y por consiguiente, también del griálico. 

¿Y Navarra?

El rey contemporáneo de estos nuevos Arturo y Ginebra con quienes tan claramente quisieron identificarse Enrique II y Leonor de Aquitania fue Sancho VI el Sabio. Y si la posteridad le dio precisamente ese sobrenombre, sin duda alguna no fue por casualidad. Al contrario: siempre fue plenamente consciente de que un reino tan pequeño como el suyo no podía competir en igualdad de condiciones con la gran potencia político-militar que amenazaba una y otra vez sus fronteras: Castilla.

Sello de Sancho VI el Sabio
Así que para conjurar esa sombra permanente optó por dos estrategias diferentes. La primera, menos conocida, pero muy bien estudiada por el autor francés Georges Martin, fue la que podríamos denominar como "táctica genealógica", y con ella pretendió, por medio de la invención de historias -remitidas siempre a tiempos remotos de imposible comprobación o memoria, igual que habían hecho los Plantagenet con Arturo- dar consistencia y legitimidad definitivas a la siempre cuestionada monarquía navarra (restaurada apenas 60 años antes por su padre García Ramirez), equiparando sus orígenes con los de la todopoderosa monarquía castellana.

Naturalmente a los castellanos -que desde los tiempos de Alfonso VII "el emperador" iban de sobrados- no les importaría en absoluto que el rey de Navarra les hablase de las hazañas de sus antepasados Eneco Arista o Sancho Abarca, que para ellos no significaban nada. Así que Sancho el Sabio -quizás aprovechando también la indudable valía literaria de su habilísimo canciller Ferrando Perez de Funes y atendiendo a la máxima bélica de que si no puedes con tu enemigo, únete a él, aunque sea por escrito- decidió jugarse el todo por el todo creando la leyenda de los dos jueces que dieron leyes nuevas a Castilla, promoviendo de esa manera su independencia política definitiva del reino de León.

Así, de estos dos hasta entonces desconocidos personajes derivarían por igual los reyes de Castilla y de Navarra del siglo XII, pues si el emperador Alfonso VII de Castilla y León era descendiente directo del juez Nuño Rasura, vía Fernán González y Fernando I, el rey García Ramírez de Navarra era el heredero del otro juez: Laín Calvo, a través de su descendiente más famoso, el Cid, padre de Cristina, la madre del Restaurador. Quedó establecida así una legitimidad paralela entre ambos reinos, puesto que si nadie podía cuestionar la legitimidad dinástica de los reyes castellanos, tampoco podrían atreverse con la de los reyes navarros. Comienza pues de este modo la genealogía del Cid inserta en el Fuero General:

"Este es el linage de Rodric Díaz el Campeador.
Como veni dreytament del linage de Layn Calvo,
qui fue copaynero de Nueno Rasuera. Et fueron 
anvos iudices de Castieylla. Del linage de Nueno
Rasuera vino l'Emperador.
    Del linage de Layn Calvo ovo II fijos: Ferant Layniz
et Bermun Layniz..."
     
Y de ese Bermun Layniz vendrían más descendientes hasta llegar a Rodrigo Díaz de Vivar y finalmente y en linea directa hasta el rey Sancho el Sabio, “a quien Dios dé vida y honra” según termina esa misma genealogía, demostrando con tal fórmula que al menos cuando se redactó el rey seguía vivo, probablemente por que incluso puede que fuese él mismo quien la escribiera. 

Es decir, que partiendo de un hecho real -el Cid existió y efectivamente fue bisabuelo de Sancho el Sabio- el rey de Navarra procedió a inventarse todos los ancestros de su mítico antepasado (exceptuando quizás a los padres y abuelos de Rodrigo, que eran las figuras que algún castellano entrometido podría rastrear documentalmente) hasta llegar a la figura originaria de unos hipotéticos jueces de los que no había entonces, ni hay ahora mismo, constancia histórica alguna que pueda atestiguar su existencia. 

Y es precisamente esta estratagema histórico-literaria la que a mí parecer marca el punto más destacado y hasta moderno de este asunto:  porque por vez primera en Navarra se intentó que primase la pluma sobre la espada, la tinta sobre la sangre. ¿Que se hizo así por no poder enfrentarse militarmente a Castilla y de modo escasamente original, pues ya lo habían hecho los Plantagenet con el rey Arturo? Vale, pero el caso es que se hizo, y como escritor no puedo sino identificarme con el ansia imaginativa de Sancho VI y su "taller literario", a los que sinceramente creo que todos los que juntamos letras en este rincón del mundo deberíamos ver como una especie de precursores en esto de exprimirse las meninges para emborronar folios -o pantallas- en blanco con historias y leyendas más o menos fantásticas, porque quien esto escribe -como aquellos navarros del siglo XII-  no concibe tampoco la literatura ni la vida sin el fundamental condimento de la imaginación.


Aún así, demostrando que no era sólo un soñador, y temiendo quizás que este castillo de papel levantado a toda prisa no consiguiera el efecto previsto, Sancho VI decidió también buscar el apoyo mucho más tangible de otro poderosísimo vecino para que le ayudase a mantener a raya a los castellanos: precisamente la Inglaterra de los Plantagenet. ¿Y qué mejor forma de sellar la alianza que con el matrimonio en 1191 entre su hija, la princesa Berenguela y el heredero de Enrique y Leonor: Ricardo Corazón de León?

Y aquí vuelve a entrar en juego el Fuero General de Navarra, aquél que se elaboró para que “reyes de extraño lugar y de extraño lenguaje” pudieran conocer las leyes de la tierra que iban a gobernar. Esto es, que se compuso para Teobaldo I de Champaña hacia 1238. Pero resulta evidente que esas leyes anduvieron antes, si no recopiladas, si al menos recogidas para que la cancillería regia supiera siempre a qué atenerse.

Y es que resulta que en medio de este aburrido compendio legal, y como para rechazar el tópico de que los navarros no tenemos imaginación, se incluyeron también unas pequeñas crónicas históricas fechadas precisamente hacia 1190, que dan noticias sobre los reyes de Navarra y de Aragón y que curiosamente, suponen también la primera aparición a este lado de los pirineos de una noticia dedicada al rey Arturo. Y  escrita en romance navarro, para que Sancho VI pueda presumir de promover otra gesta literaria tan digna de destacar también como la que ya he contado sobre los dos jueces de Castilla. 

Y esto es lo que dice la crónica: 

"Era D. LXXX aynos fizo la bataylla al rey Artus con Modret Equibleno..."

Ya veis que le daban tanta credibilidad a la existencia histórica de Arturo, que fijaban la batalla contra su malvado hijo Modred en la llanura de Cammlam en el el año 580 de nuestra era. Y es que la unión de la monarquía navarra con la dinastía Plantagenet, siempre tan interesada en vincular su linaje al del legendario rey de Bretaña, tenía que empezar a notarse cuanto antes ¿Y que mejor manera de subrayarla que haciendo constar los hechos de ese ignoto -por aquel entonces- personaje bretón, en la propia ley fundamental de Navarra?

¿Pero podía realmente Sancho VI el Sabio aspirar a que su linaje igualase y aun aventajase el prestigio de la dinastía a la que pertenecía Leonor de Aquitania, aquella que fue considerada con toda razón la reina de los trovadores? Recordemos que fue nieta del primer trovador provenzal de nombre conocido: el conde Guillermo IX de Poitiers, y madre del mencionado Ricardo, que además de un guerrero excepcional fue también poeta y amigo de poetas. Hasta en su tumba, en la abadía de Fontevraud, fue representada con un libro en las manos, probablemente una de esas novelas de caballería que ella tanto colaboró en propagar...

Pues ya hemos visto que sí, que claro que Sancho VI pudo conseguirlo. Y aunque esto es algo que aprovecharé seguro muy pronto para una de mis historias, reitero que no necesitó apelar a las imaginadas aventuras de un desconocido rey bretón, sino que le bastó con acudir a su propio y auténtico árbol genealógico para encontrarse con otro héroe -este sí, indudablemente histórico- cuyas hazañas nadie podría poner en duda: su bisabuelo don Rodrigo Díaz de Vivar, el Cid. Eso sí, por aquello del "más vale prevenir", no dudó tampoco en inventarse a los ancestros más remotos del Campeador. Y tanto éxito tuvo en su empeño, que los reyes de Castilla acabaron admitiendo también en sus crónicas ser descendientes directos de esos jueces que habían surgido de la fértil imaginación de un rey de Navarra mucho más sabio todavía de lo que jamás llegaron a sospechar. 

Es decir, que el rey de Navarra pretendió y logró honrar su linaje, ya de por sí muy glorioso, subrayando su parentesco directo con héroes de cantar de gesta como el rey Arturo o el Cid, que  además de suponer el modelo perfecto que todo caballero aspiraba a imitar, ponían de manifiesto que otros reyes podrían tener más riquezas y territorios, pero que su dinastía era la más prestigiosa e importante de todas las que en esos momentos gobernaban la Cristiandad. 

Sancho VI murió en 1194, pero que su política fue seguida por su heredero, Sancho VII el Fuerte, queda demostrado con el matrimonio de su hermana, la princesa Blanca con el conde Teobaldo III de Champaña en 1199. Dicho conde era el hijo de María de Francia, la hija de Leonor de Aquitania, tan sumergida también en el mito artúrico que fue precisamente para ella para quien Chretien de Troyes escribió "Li contes du Graal". 

Y esta impresionante influencia cultural pasó evidentemente a su nieto Teobaldo I, el mejor poeta de su tiempo, y que andando el tiempo, concretamente en 1234, llegaría a sentarse en el trono de sus antepasados, cerrando un doble círculo mítico-literario-dinástico que unía en su persona al legendario Arturo de Bretaña con el no menos heroico Cid Campeador, y a ambos con la familia real de Navarra. Y así lo declara el mismo Cantar del Mío Cid, compuesto por esos mismos años: 

"Asi crece la honra del que en buen hora nació,
cuando señoras son sus hijas de Navarra y de Aragón.
Hoy los reyes de España sus parientes son,
a todos alcanza honra, por el que en buen hora nació."

Y aunque parezca mentira, la idea que tenía al ponerme a escribir esta entrada era hablar sobre las representaciones del grial en el arte medieval navarro, asunto del que como se ha visto, no he dicho absolutamente nada, porque como de costumbre me he acabado yendo justo por los cerros de donde fue la batallas de las Navas. 

Pero es que me he dejado liar por el amigo Sancho el Sabio y sus sugerentes invenciones. Aunque bien mirado, quizás tampoco es nada extraño que me crea yo también todas estas cosas, porque ya desde muy pequeño me recuerdo siguiendo los pasos de Ruy Díaz de Vivar. Cosa que vista mi trayectoria posterior, puede que haya acabado afectando a mis neuronas mucho más de lo conveniente...



Prometo, eso sí, volver a buscar el Grial por estos pagos más adelante...

© Mikel Zuza Viniegra, 2015

viernes, 13 de marzo de 2015

RENACIMIENTO

Roma, al otro lado de la muralla junto a Santa María la Mayor, 12 de marzo de 1506


-¡Más brío con esas palas, señores, que los lansquenetes suizos del Papa deben estar preparando ya su contraataque y el marqués de Bazán -nuestro comandante- quiere que acabemos cuanto antes!

-Aquí me gustaría ver al señor marqués de Bazán, mano a mano con nosotros sacando tierra de esta pútrida mina...

-El marqués de Bazán no sabría distinguir un cofre lleno de sal de otro lleno de pólvora si yo no le indicase antes cuál de los dos es el que detona al arder la mecha. Demasiados años llevo ya sufriendo a generales tan incapaces como él como para no conocer el paño... Aún así hagámosle caso y apresurémonos, porque ciertamente puede que ese condenado traidor de Julio II no se entretenga en demasiadas zalamerías diplomáticas. Aunque os aseguro que por mucho que se esconda en lo más profundo de las catacumbas vaticanas, os aseguro que esta gran explosión que le estoy preparando habrán de oírla él, y sus cardenales en toda la Romaña. Y con ella le hemos de ayudar mucho también a entrar en razón para que vuelva a la alianza con nuestro rey don Fernando, y abandone de una vez la nefasta compañía del rey de Francia. ¡Ah, otra cosa sería si estuviera al mando hoy aquí don Gonzalo Fernández de Córdoba! Gran Capitán le llamamos todos en señal de respeto, y bien merecido tiene su sobrenombre, porque es el único de todos los que me ha tocado servir que sabe lo que hay que hacer en un campo de batalla. Pero este maldito Bazán... Seguro estoy de que ha de meternos en algún mal brete.

-Pero don Pedro, vos sois también conde...

-Sí, de Oliveto. Un mísero lugar entre montañas en el reino de Nápoles. Don Gonzalo se empeñó en que ya que -como de costumbre- no llegaba la paga, aceptase al menos ese título honorífico, porque ventaja más tangible que acrecentar mi honra no me proporciona, os lo juro. De todas maneras hijo de pastores nací, allá en el reino de Navarra, y no necesito más tratamiento protocolario que ese. Si soy mejor militar que los que habitualmente nos mandan, vosotros habréis de decirlo. Las victorias que jalonan nuestro camino así parecen indicarlo, y los centenares de enemigos muertos a nuestro paso también. Ahora nuestro rey nos ordena luchar contra el Papa, y si mañana me hace combatir al Diablo -si acaso Julio II y él no son la misma persona ya- he de obedecerle sin rechistar como un soldado debe hacer siempre.
Sabéis tan bien como yo para que estamos aquí: primero excavaremos un túnel bajo la muralla, luego lo llenaremos de pólvora, y en menos de lo que cuesta rezar una salve, esos paredones que dicen que resistieron a Atila se vendrán abajo con tal estrépito, que nuestro ejército podrá convertir hoy mismo en establo el castillo de Sant Angelo si así nos place.

-Muy optimista os veo, señor, que hay demasiadas piedras en este terreno como para que avancemos tan rápido como pensáis...

-¿Piedras? ¿No os he contado que en mi tierra natal muchos de mis paisanos se echan al hombro hasta alguna de veinte arrobas? ¡Dejadme ver cuál es la que frena vuestro trabajo, pero sobre todo no ceséis de apuntalar el túnel con toda la madera que sea necesaria!

-No hay forma de mover esta, don Pedro. Es demasiado grande.

-¿Demasiado grande, decís? ¡Dame esa maza y aparta! Bat, bi, hiru... eman!

-¡Eh! ¿Pero qué...? ¡Es un brazo! ¡Un brazo de piedra, señor!

-De mármol, más bien. Y esto de donde lo he desprendido con mi golpe es un torso... Es una estatua. Y de la mejor traza, al parecer... ¡Retiremos toda la tierra que la cubre!

-¡Debe ser la efigie de un mártir!

-Me temo que estas tierras italianas guardan en sus entrañas más dioses que santos, pero sea lo que sea es soberbia. Mucho mejor que las que he visto en alguno de los palacios que ocupamos mientras conquistábamos Nápoles. ¡Y es enorme, medirá el doble que cualquiera de nosotros! Ved el sufrimiento de su rostro: ¿no es exactamente igual al de tantos moribundos que vamos dejando por esos campos de Dios?

-¡Y mirad, don Pedro: tiene una figura más pequeña a cada lado! ¿Y eso que les rodea, no son acaso las serpientes más grandes que hayáis visto nunca? ¡Tenéis que advertir al marqués de Bazán!


-Sí, es cierto. Habrá que decirle que por esta vía será imposible continuar con nuestro empeño. Tendremos que empezar a excavar por otro lado. Una obra como esta no merece ser destruida.

-No lo ha de aceptar de buen grado, veréis...

-¿Habéis perdido la cabeza, señor don Pedro Navarro? ¿Acaso creéis que nuestro rey nos ha enviado a Roma a ver estatuas? Además no deja de ser curioso que pretendáis salvar esta, cuando yo mismo os he visto reducir a cenizas templos enteros sin que os temblara el pulso...

-Porque iglesias como esas las hay en cualquier sitio, señor marqués, pero otra figura como esta, que ya no sé cómo deciros que vayáis a ver, seguro que no la hay en el mundo. Hasta un niño sería capaz de verlo.

-¡Todas las estatuas me parecen igual: pasatiempo para necios! Vos siempre andáis repitiendo a vuestros hombres que un soldado debe obedecer sin rechistar, así que haceos caso a vos mismo y acabad de inmediato el túnel que ya habéis empezado. Y mandad esa condenada imagen al infierno con una buena carga de pólvora, si es preciso. Cualquier otra protesta por vuestra parte la tomaré como una insubordinación, y por muy conde de Oliveto que os hagáis llamar, por Dios que la pagaréis con vuestro cuello. ¡Y ahora salid inmediatamente de mi tienda, tenéis mucho trabajo que hacer!

-Antes hay otro asunto que vos y yo debemos tratar, señor marqués. ¿Habéis oído lo del espía francés que se ha infiltrado en nuestro campamento?

-No he sido informado de tal cosa...

-Pues al parecer tiene órdenes de acabar con vuestra vida. Por supuesto he ordenado redoblar la guardia, pero ya sabéis cómo son estos franceses: muy escurridizos, capaces de introducirse en cualquier lugar. De hecho, creo que está aquí, con nosotros, y que trae una daga igual que esta, con las tres lises en la empuñadura, que yo le arrebaté a un monsieur muy elegantón en nuestra última escaramuza. ¿No os parece que sería una buena firma de vuestro asesinato, y que ninguno de nuestros hombres sospechará de nadie que no sea francés si la encuentran clavada en vuestro gordo vientre?

 -¡Han matado a nuestro comandante! ¡Ha sido un maldito perro francés, lo he visto huir hacia la ciudad! ¡Perseguidlo!

-¡Don Pedro! ¿Y vos: estáis bien?

-Sí. El muy hideputa me sorprendió al salir de la tienda del marqués. Intenté perseguirlo, pero estas piernas ya no me siguen como cuando era mocete en Garde...

-¿Y qué hacemos ahora?

-Afortunadamente, nuestro bravo general pudo darme instrucciones con su último aliento: me ordenó que comenzásemos un nuevo túnel, pues no era razón destruir con el que ya habíamos comenzado una obra tan magnífica como esta estatua.

-¿Y qué haremos con ella, llevárnosla con nosotros?

-Naturalmente que no: somos soldados. Hoy estamos aquí y mañana pueden enviarnos a Bujía  o a Avignon. Acabaríamos convirtiéndola en mil pedazos. No. Volveremos a taparla con cuidado, y cuando entremos por fin en Roma, y el Papa tenga que pagar para librarse de nuestra presencia, yo mismo me encargaré de negociar con uno de sus cardenales la venta -bien cara- de nuestro descubrimiento. Sabéis que les encanta rodearse de antigüedades, supongo que así duermen más felices pensando que son más cultos y sensibles que el resto de los mortales, pero vosotros y yo sabremos siempre que si esta venerable figura se ha salvado ha sido porque el corazón de piedra de unos brutos como nosotros sólo podía conmoverse con el tremendo sentimiento que expresase otra piedra igual de dura.


Aunque yo me quedaré de recuerdo con este brazo de mármol que le arranqué sin querer, que seguro que el Papa podrá pagar a quien pueda reemplazárselo. Además, tengo entendido que en realidad estas antiquísimas estatuas pierden mucho en prestancia y belleza si cuentan con los dos brazos. Me lo contó un mercenario griego cuando asaltamos las costas de Milo, ¿os acordaís...?




© Mikel Zuza Viniegra, 2015

lunes, 9 de marzo de 2015

ALADO

Santuario de San Miguel de Aralar, 9 de marzo de 1894


-¡Movsha, baja el caballete y los útiles de pintura de la mula, y ten cuidado, no vaya a darte una coz!

-Sí, maestro Isaak.

-¿Cómo he de decirte que no me llames maestro, que me llames simplemente Isaak? Llevamos casi ocho meses fuera de la patria rusa y aún no he conseguido que me apees el tratamiento, ¿me harás por fin caso ahora que ya no estamos en Francia?

-Sí, maestro.

-Bueno, la testarudez es siempre un rasgo de los buenos artistas, Movsha... En cualquier caso déjame hablar a mí, me temo que estos popes católicos no vean con muy buenos ojos que un par de judíos enviados por el Zar de todas las Rusias pretendan obtener imágenes de ese antiquísimo retablo que tanto ponderó a su majestad imperial nuestro cónsul en Biarritz...

-Pero usted me dijo que había dejado una espléndida limosna para garantizar que nadie pusiera trabas a nuestra misión, ¿no es cierto?

-Eso es al menos lo que vía telegráfica aseguró a sus superiores de Moscú, que son los que nos han enviado aquí. Ya te dije también que el Zar Alejandro III es un gran coleccionista de arte: mientras el pueblo ruso muere de hambre él gasta auténticas fortunas en reunir en sus palacios las piezas más selectas sin reparar en gasto alguno. Sin embargo, mala política es preferir el arte al bienestar del pueblo, y probablemente a él o a sus descendientes les acabará costando mucho más caro de lo que piensan... Pero volviendo a las obras de arte, las que a pesar de todo no puede conseguir, ordena reproducirlas exactamente a los pintores y orfebres más reputados de Europa. A muchos de ellos los has podido conocer en nuestra reciente estancia en París.

-Sí, maestro. Y nunca podré agradecerle lo suficiente que me escogiera entre todos los alumnos de la academia para acompañarle.

-Eras tan pequeño como ellos, Movsha, pero todos pretendían pintar como adultos excepto tú. Nunca pierdas esa capacidad de pintar como un niño: será tu sello. Ningún otro artista podrá arrebatártelo nunca. Aprende de todo lo que hemos visto estos meses, incluso de lo que yo mismo te voy enseñando, pero nunca cambies tu forma de pintar el mundo. Ese es el mejor consejo que puedo darte. Venir a este templo a copiar el retablo del que habló el diplomático a nuestro Zar es el pago que acepté dar a cambio de obtener una beca para poder conocer las obras de los grandes maestros que ahora mismo pintan en Francia, la meca de todas las artes. Y ciertamente hemos visto ya muchas cosas nuevas, así que cuanto antes cumplamos nuestro cometido, antes podremos regresar a nuestra querida Rusia. Pero llamemos ya a la puerta, que aunque para lo que estamos acostumbrados en nuestra tierra, esto de que la nieve nos llegue hasta la rodilla es sólo una broma, comienza a hacer un poco de fresco...

-¿Son ustedes los enviados cuya llegada nos anunció el cónsul ruso? Tienen suerte de que pasase dos cursos de seminarista en Toulouse y domine la lengua francesa, porque si no sería imposible entendernos. Veamos... Así que usted es Isaak Ilich Levitán, pintor famosísimo en su tierra y correspondiente de la Academia Imperial de las Artes de San Petersburgo. Y este mozalbete es su criado, Movsa Jatskelevich Shagálov, ¿no es eso? Bien, pues como quedó pactado con el representante del Zar, tienen ustedes permiso para realizar los bosquejos que quieran de la joya más importante que aquí custodiamos, aparte de la propia imagen de San Miguel, claro está. Bien entendido que no habrán de molestar el normal transcurso de los oficios sagrados, y que desafortunadamente tendrán que convivir estos días con obreros menos especializados que ustedes dos: las últimas tormentas han levantado el tejado de la zona del presbiterio, por eso como pueden ver hemos tenido que instalar un andamio que llega desde el altar hasta la bóveda.

-No se preocupe, a nosotros dos nos bastará con una mesa y un par de bujías que nos alumbren el retablo. Por cierto, ¿podríamos verlo ya?

 -Por supuesto. Pero como artistas supongo que les interesará contemplar antes la efigie de San Miguel, ¿no es cierto? Interpreto por sus nombres que no son cristianos, ni siquiera de la rama ortodoxa que rige en su país, pero al menos apreciarán la fina labor de orfebrería de la talla...

-Y no solo eso, señor capellán, que la religión hebrea reconoce y adora a los ángeles tanto o más que la suya propia, ¿no es así, pequeño Movsha?

-Por supuesto: mi babushka me contaba siempre muchas historias preciosas sobre ellos para que yo se las dibujase, aunque este me parece que muestra un gesto demasiado adusto en su cara...

-¿Quién puede saber algo sobre el carácter de los ángeles? Serios o no, son ángeles al fin y al cabo. En cualquier caso buena costumbre es esa que seguías con tu abuela, Movsha. Procura que esos mismos ángeles de tu infancia te acompañen siempre: te aseguro que habrá momentos en que los necesitarás. Y ahora veamos ya lo que nos ha traído hasta esta montaña...

-¿Qué les parece? Su cónsul nos dijo que creía nuestro retablo muy digno de presidir el iconostasio de la catedral de San Basilio en Moscú...


-Pues que tenía razón: desde luego es una de las contadísimas obras de arte ante las que el Patriarca y el Zar debieran inclinar sus cabezas. He visto en Rusia tablas pintadas de un estilo parecido, pero jamás una de esmaltes de tanto mérito como estos.

-¿Y creen que podrán dibujarlo a entera satisfacción de su emperador? Miren que este arte de los antiguos no admite demasiadas réplicas...

-El buen arte y su sentido son la misma cosa hace ocho siglos que ahora. Se me ha encargado dibujar esta maravilla, y lo haré a la medida de mis pobres facultades, procurando molestar el discurrir diario de este santuario lo menos posible. De hecho me gustaría empezar cuanto antes, si es posible.

-Como deseen. Ordenaré que lleven sus maletas a sus habitaciones, pero ustedes son libres de empezar su trabajo cuando gusten.

-Gracias, señor capellán. Le garantizo que con una semana será más que suficiente para llevar a cabo nuestro propósito.



Y hay constancia de que Isaak Levitán trazó unos dibujos de tal calidad y perfección, que a decir del chantre de la catedral de Pamplona, don Mariano Arigita -que pudo contemplarlos-, costaba distinguirlos del original, salvo que unos eran de papel y otro de cobre sobredorado, de tal forma que si los órfebres del Zar querían alguna vez reproducir el retablo para sus colecciones artísticas, podrían hacerlo mejor que si lo tuviesen delante.

Pero un dato más desconocido de la estancia de este gran maestro ruso en San Miguel de Aralar, es que su último día en el santuario, y a pesar de que habían asegurado al capellán que lo aprovecharían para dar unos últimos retoques a los diseños, lo emplearon realmente Isaak y Movsha en trepar por el andamio hasta la bóveda, y que allá, bajo la supervisión de su respetado maestro, el niño dejó trazado un ángel igual que los que pintaba para su babushka, puede que para que el circunspecto titular del santuario tuviese por fin un compañero de juegos con el que poder revolotearlo todos los días desde la portada hasta el ábside.

Pero como los ángeles y los hombres no miden el tiempo por igual, éste del que hablamos no revelaría su presencia a los mortales hasta que volviera a filtrarse agua por el recién reparado tejado, pues emplearon los dos artistas rusos una pintura especial en su realización, una que sólo reaccionaba con la humedad. Y el caso es que a pesar de los durísimos inviernos de aquellas alturas, el agua no volvió a empapar aquella zona hasta más de un siglo después de los hechos que venimos narrando, haciendo que la enigmática figura se apareciese de repente ante los ojos de muchos peregrinos en pleno 2011, igual que cuentan precisamente que se apareció San Miguel a don Teodosio de Goñi, muchos, muchos siglos atrás...





Por cierto, que aquel niño: Movsa Jatskelevich Shagálov, acabó siendo conocido como Marc Chagall. De él dijo Picasso: "Cuando Chagall pinta, no se sabe si está soñando o despierto. En algún lugar dentro de su cabeza tiene que haber un ángel."

Autorretrato de Marc Chagall
Y tenía toda la razón, porque desde luego creo que ningún otro artista -al menos desde aquellos del Treccento italiano, que siguen ostentando el record mundial de ángeles pintados- ha pintado a los ángeles tanto y tan bien como Chagall...












© Mikel Zuza Viniegra, 2015