sábado, 31 de enero de 2015

ENCONTRARSE


A las afueras de Monreal, 31 de enero de 1235

Abrumado, afligido, hastiado, abatido. Tan sólo dos semanas atrapado en los debates de los juristas empeñados en fijar todas las capítulas del Fuero, y ya has tenido que salir corriendo varias veces para no tener que ordenar que los metan a todos en la mazmorra más profunda, que es lo que sin duda merecerían por ser tan cansos.

Así que muy temprano, has vuelto a ensillar tu caballo, y procurando que nadie -excepto el vigía de la torre- te viese, has ido a conocer un poco más del reino que te ha caído en suerte gobernar. Pequeñas aldeas salpican el campo nevado, y allá enfrente, cuando se abren de vez en cuando los bancos de niebla, la mole rocosa de Izaga. O "I-sa-ga", como la llamas con tu acento francés nativo, para rechifla de cuantos te oyen chapurrear el condenado idioma navarro.

Al galope van poco a poco desvaneciéndose los reglamentos y los decretos en tu cabeza, siempre dominada por tu obstinado corazón de poeta. Versos y leyes no han combinado nunca demasiado bien desde que el mundo es mundo, y ahora no tendría por qué ser diferente.

¿A dónde lleva ese camino? -preguntas a un pastor que se guarece de la aguanieve bajo un árbol.

-Ese es el camino que cruza Izagaondoa. Y ese primer pueblo es Artaiz, si acaso estáis perdido -responde el buen hombre.

-Justamente. Perdido. Así es como me encuentro -le respondes mientras tomas precisamente esa senda.

Alcanzas el pequeño caserío, que para tu sorpresa esconde en su centro una iglesia muy antigua y hermosa. Has de preguntar a tu senescal -en cuanto vuelvas al castillo- quién la hizo construir. Está toda ella cuajada de prodigiosas esculturas, que desde su portada ascienden por las enjutas hasta enseñorearse por completo del alero, que rodea toda la fábrica.

Uno de los canecillos te llama la atención. Lo has visto ya antes, ¿pero dónde? ¿En tu condado de Champaña? Imposible, allí ya se está imponiendo un nuevo arte, y casi todos los templos antiguos están siendo derruidos para ser edificados otra vez en ese estilo mucho más airoso y vertical que este tan recio que, por lo que has visto, todavía muestra su poderío en Navarra.

No... ya recuerdas, lo contemplaste no lejos de aquí, en tu última escapada de las infernales reuniones de quienes deben fijar la ley. Pero a ti no te importa la ley, tan sólo la leyenda. Por eso huyes a la menor oportunidad, aunque paradójicamente, los debates no puedan continuar si tú no estás presente. Bah, que salgan a buscarte: si tú mismo estás perdido, ¿cómo va nadie a poder encontrarte?

Trifronte de Garitoain
Sí: esas tres caras en una ya te habían observado antes. Sí: en Ga-ri-to-a-in, o cómo quiera que se pronuncie. Allí te miraron sin hacerte demasiado caso desde el pórtico de la iglesuela que bordea el camino de Santiago, igual que ahora te miran desde este alero de Artaiz.

El abad te explicó con su pobre teología que era un signo de la Santísima Trinidad, allí colocado por orden del obispo Guillem de Saintonge para que sirviese de advertencia a cátaros, agotes y demás herejes. Pero examinándolo con detenimiento, te parece que lo que te indica -al menos en este preciso momento de tu vida- es que la serenidad que refleja el rostro central sólo se alcanza equilibrando muy precisamente el peso que otorgas en tu vida a la cabeza y al corazón, representados por los dos semblantes laterales.
Hasta has oído decir que en el lejano oriente, mucho más allá de Jerusalén, más allá incluso de Damasco, en la remota India, hay sabios que lo consiguen tras muchos años intentándolo.

Ya oyes los gritos de quienes han salido tras tus pasos:

-¡Don Teobaldo, don Teobaldo!

Trifronte de Artaiz
Guiñas pues un ojo a ese genio amigo del alero y das media vuelta. Al menos ya no te sientes tan perdido como cuando saliste esta mañana a cabalgar, y eso es más de lo que puedes decir de muchos días desde que llegaste a este reino de locos. Procurarás de ahora en adelante poner en la balanza corazón y cabeza, aunque sabes que el primero siempre acabará ganando la partida. No eres, ni serás nunca un sabio hindú.

Y para que no se te olvide, ordenas, al poco de volver a Pamplona, que el mejor orfebre talle dos sellos: uno para los documentos oficiales, que te muestre como rey de Navarra y conde de Champaña, y otro mucho más pequeño -como todas las cosas verdaderamente importantes- que emplearás sólo para tus asuntos personales, aquellos en los que serás tú mismo, y darás por tanto prioridad al corazón...
     

Sello secreto del rey Teobaldo I de Champaña


©Mikel Zuza Viniegra, 2015

lunes, 26 de enero de 2015

RAIN AND TEARS

Catedral de Pamplona, 26 de enero de 1401

Esto de recibir en Navarra a embajadores y viajeros orientales  se está convirtiendo ya en una costumbre, piensa el rey don Carlos III, que hace ahora justamente 17 años ya estuvo presente en el recibimiento a la comitiva del rey don León V de Armenia.

En aquel entonces fue su padre, el muy poderoso señor don Carlos II quien regaló a su visitante una hermosa nave de plata llena de florines de oro. Pero esta vez, según han prometido las cartas llegadas desde París, será el viajero quien agasaje al soberano navarro, y nada menos que con dos importantísimas reliquias: un trozo de la vera cruz de Cristo, y un pedazo de la túnica que lo cubría cuando entró en Jerusalén.

Cierto es que nadie entrega tesoros tan preciados si no espera algo a cambio, y ¿qué puede anhelar don Manuel II Paleólogo, emperador de Constantinopla, más que ayuda para defender su ciudad del constante asedio de los turcos? 

Tiempo habrá de discutir las condiciones de tan imperioso ruego, que no está Navarra -como de costumbre- para enviar tropas a países lejanos, y cree don Carlos además -con mucha razón- que ya cumplieron al respecto con la aventura albanesa emprendida por su tío, el infante Luis...

Pero ya están ante el rey los enviados imperiales: don Alejo Branás y don Artemios Ventouris Roussos, que muchas reverencias hacen ante el monarca, y que no dejan de decir muchos "paracalós", "calímeras" y otras zalamerías que suenan muy bien al oido occidental, aunque quizás a don Carlos no le gustaría entender que eso de "Íse polí oréa" que don Artemios le está diciendo al oído a la reina doña Leonor, significa "eres muy guapa". Pero como todos son muy diplomáticos, la sangre no llega al "ton potamon", en cualquier caso...

Lo que no pasa inadvertido a los ojos del rey de Navarra es la escasez de la embajada de todo un emperador de Constantinopla: sólo dos hombres, aunque bien es cierto que el señor de Roussos vale por tres hombres, atendiendo únicamente a su complexión física.

E igual que hace tantos años ya, el rey de Armenia puso en un puño el corazón de los concurrentes contando sus desgracias y las de su patria, estos dos griegos no dejan de contar también historias muy tristes de las suyas, poniendo de manifiesto que si no se les ayuda rápido, la bandera turca muy pronto ondeará sobre Santa Sofía. Y esta lamentable perspectiva hace enfurecerse a las damas y a los caballeros presentes, que juran sobre las reliquias recién llegadas que no lo habrán de consentir mientras vivan.

Y para que no se les olvide su promesa, canta don Artemios Ventouris Roussos, que es al parecer también juglar además de embajador bizantino, una canción que llena de lluvia y de lágrimas a todos, pero también de esperanza en que el Imperio de Oriente, el país de los griegos, ha de mantenerse otros mil años más en pie, aunque los turcos un día se conviertan en norteños alemanes...


Y fue esto escrito el mismo día que para Grecia se abre -espero- una nueva época, y que murió el gran (en todos los sentidos) cantante griego Demis Roussos. 

Por cierto:

"Signómi, íme xénos ke dén miló elinicá..."

©Mikel Zuza Viniegra, 2015

sábado, 24 de enero de 2015

ARBOL (y 2)

Palacio real de la Navarrería, Pamplona, 24 de enero de 1197


Dos años. Enteros. Sin descansar ni un sólo día, sin poder observar siquiera las fiestas de guardar para poder conseguir terminar el último encargo que te hizo el rey Sancho, quien por sus muchos talentos mereció el sobrenombre de "Sabio". Es como si todavía pudieras escucharlo:

-Elaborarás un libro que hasta mi propio hijo sea capaz de comprender. Para mi desgracia y para la de todo el reino, sabes que no ha habido manera de lograr que aprendiese a leer con soltura, pues sólo le interesan esas malditas apuestas de aizkoras con las que ocupa todo su tiempo. De seguir así pronto acabará con todos los árboles de Navarra. Y es que en realidad no es más que un niño, aunque con el cuerpo de un gigante. Habrás de dar pues en tu obra prioridad al dibujo de las miniaturas y no a los textos, que tendrán el menor número de letras posibles, las justas para que cada escena quede identificada sin margen de error alguno. Sé que sólo en ti puedo confiar para llevar a buen fin este cometido, mi buen canciller Ferrando Pérez de Funes. No me defraudes...

Y por fin el titánico trabajo está a punto de finalizar: la Biblia más hermosa que nunca haya visto un cristiano está casi completada, y con sus ilustraciones a página entera que hasta un niño -aunque tenga el cuerpo de un gigante- podría entender. Pero desgraciadamente es ya demasiado tarde, porque el nuevo rey no sólo no quiere saber nada de libros, sino que quiere dejar bien claro desde el principio que su gobierno no tendrá nada que ver con el de su padre, y que la inteligencia será ahora sustituida por la fuerza.

¿Y qué mejor ocasión para mostrar la propia fuerza ante todo el reino que la apuesta de aizkoras definitiva? Sí: cortará en el menor tiempo posible el tronco del roble más antiguo que haya en sus dominios. Y ese roble está en Aristu, que es lugar muy hermoso del valle de Urraul Alto, el solar originario de los reyes de Navarra, pues dicen que allí nació el primero de todos ellos: Enecco Aritza.

Aristu
Y así, en el mismo momento que Sancho VII comienza a talar el roble, comienza a dibujar Fernando Pérez de Funes la última miniatura de su Biblia, aquella que muestra el sueño del rey babilonio Nabucodonosor, según lo cuenta el libro de Daniel, capítulo 4, versículos 7-14:

"...Ego Nabuchodonosor videbam et ecce arbor in medio terre. Et altitudo eius nimia et magna arbor et fortis et proceritas eisu contingens celum..."

"...Las visiones de mi cabeza en mi lecho, yo así las vi: He aquí un árbol en medio de la tierra. Su altura era inmensa. El árbol creció, vino a ser fuerte, su altura llegaba a los cielos y era visible desde los extremos de toda la tierra. Y he aquí que un vigilante, un ángel, descendió de los cielos. Y gritó con fuerza: ¡Abatid el árbol, desmochad sus ramas, arrancad sus hojas y dispersad sus frutos! Que las bestias huyan de debajo de él, y las aves de sus ramas. Pero dejad el tronco y sus raíces debajo de la tierra, pues si reconoces la majestad de Dios, también tu soberanía subsistirá. Y esto será hecho así para que todo ser viviente sepa que el Altísimo domina sobre la realeza de los hombres, y que sólo Él la da a quien quiere, y eleva a ella, si le place, al más humilde de los hombres..." 


Así que dibuja al rey Sancho el Sabio como si fuera aquél rey asirio del Antiguo Testamento, y lo pinta igual que cuando acostumbraba a tomar sus decisiones más importantes de gobierno, acogidas su vigilia y su sueño siempre a la protección del antiquísimo roble de Aristu, el mismo árbol bajo el que fue coronado Enecco Aritza, y el mismo árbol que ahora está matando Sancho el Fuerte. Y para representar al roble sagrado saca unas gastadas monedas de plata del viejo rey de su bolsa, y copia con esmero el diseño del árbol crucífero que desde los tiempos de Sancho el Mayor en ellas aparece.


Y como si el don de la profecía que Daniel, Ezequiel, Elías y otros muchos locos y visionarios poseyeron le hubiera sido concedido momentáneamente, escribe Fernando para poner terrible colofón a su Biblia:

"Y tú, Sancho, llamado el Fuerte, serás castigado por tu soberbia, y no tendrás hijo que prolongue más tu gloriosa dinastía, de la que serás el último vástago..."


©Mikel Zuza Viniegra, 2015

martes, 20 de enero de 2015

TAKAVOR

Peralta, 4 de marzo de 1384



Hacía mucho tiempo que no se veía en la corte de Navarra semejante despliegue de lujo en el vestir. Tanto el anciano rey, don Carlos II, como su gentil heredero, el príncipe Carlos, lucen hoy sus cotas y sobrevestes más hermosas, con mucho muestrario de escudos de Navarra y de Evreux dispuestos por el cuello, las bocamangas y sobre el pecho y la espalda. Hasta la hermana del rey, la tía Agnes, se ha comprado también un vestido nuevo de terciopelo negro, pues guarda luto perpetuo por la muerte de su hijo Gastón, el heredero legítimo del Bearne.

Y es que no todos los días se espera la visita de un "Takavor", un rey. Y nada menos que de Armenia, como lo es Su Majestad León V de Lusignan, que viene de agradecer en Castilla los buenos oficios del rey don Juan I para liberarle de su prisión en Egipto, y que le ha otorgado -además- el señorío de la villa de Madrid, para que pueda mantener el estado y categoría que corresponde a un monarca.

Pero a un monarca sin reino, pues el sultán de los mamelucos, el bárbaro Melik el Achraf Zein eddin Abul Mealy Schaban, arrasó el reino latino de Armenia en abril de 1375, y apresó a toda la familia real, que resistía encastillada en el nido de águilas de Sis. Y en la fuerte prisión de el Cairo estuvieron varios años retenidos don León, su esposa doña Margarita de Famagusta, y la hija de ambos, la princesa María, hasta que dos años después, un par de franciscanos, don Antonio de Monopoli y don Juan Dardel, pasaron por aquella ciudad de camino a Jerusalén. Y por ser justo ese día el 20 de julio, día de Santa Margarita, pidióles el rey cautivo que cantaran la misa para la reina. Y nació allá tal amistad entre los tres, que al regreso de su peregrinación los dos monjes volvieron a la capital egipcia para aliviar la prisión de su nuevo amigo.

Y desde allí se lanzaron los años siguientes a visitar todas las cortes de la cristiandad, hasta que hallaron respuesta a sus plegarias en la de Castilla y en la de Aragón, cuyos reyes se avinieron por fin a pagar el rescate de la familia real armenia, sobre todo al saber que don León había sido tentado muchas veces por el sultán con la promesa de ser repuesto en sus dominios si abjuraba de la fe de Cristo y dirigía sus oraciones hacia la Meca. Y como él se había negado siempre a actuar de tan infamante manera, merecía sin duda ser liberado por otros cristianos más afortunados.

Y tan feliz acontecimiento tuvo lugar en febrero de 1382, cuando pudo por fin recuperar su libertad el rey de Armenia, y sonaron todas las campanas desde Antioquía hasta Lisboa para celebrarlo.

Efigie del rey León V en Saint Denis
Y ahora, dos años después, cruzaba don León V la frontera de Castilla con Navarra de camino a Francia para ser agasajado por su primo lejano don Carlos II, que le esperaba con los brazos abiertos. Y mucho sorprendió a los oficiales navarros el aspecto y la ceremonia del cortejo armenio, cuyos atavíos orientales eran más alambicados aún que los de los moros de Granada.  Y muchos abrazos y cortesías se dieron ambos soberanos entre los aplausos de los asistentes, que premiaban con ellos el valor tan probado de dos reyes que habían resistido el uno al inmenso poder del sultán egipcio, y el otro al no menos aplastante dominio del rey de Francia.

Y a la noche, en medio de una señorial cena, entregó el rey de Navarra dentro de una preciosa nave de plata, dos mil florines del cuño de Aragón al rey de Armenia, para ayudarle a recuperar el reino que por su noble linaje le correspondía. Y allí, mientras corría generosamente el clarete de Peralta, les fue contando don León en su mal francés, todas las penalidades y aventuras que había pasado en su ajetreada vida, desde que la providencia lo había designado como rey de Armenia, que no era por cierto aquella Armenia que se asienta en el Caucaso, a la sombra del altísimo monte Ararat en el que el patriarca Noé atracó su Arca, sino en la costa frente a la isla de Chipre, donde el siempre perseguido pueblo armenio había buscado refugio ante el empuje musulmán.



Y cuando el monarca oriental había contado ya tantos sinsabores que tenían todos el corazón en un puño, ordenó a los juglares y juglaresas de su séquito que tocasen una melodía tan evocadora, que los asistentes se sintieron trasladados por ella de inmediato a aquel hermoso y recio país de Armenia, pues tocaban los músicos una especie de dulzaina que llaman "duduk" o "Tsiranapogh", que hace llorar con su sonido a los hombres y mujeres más templados.


Y fue una lástima que las princesas navarras estuvieran ya todas comprometidas, porque se le antojó al rey don Carlos que una alianza navarro-armenia hubiera sido algo muy digno de celebrar, y casi se vio ya igual que su hermano el infante don Luis: metido en campañas ultramarinas. Aunque de este modo él hubiese llegado aún más lejos, pues está Armenia mucho más allá que Albania en los mapas del insondable y proceloso mar Mediterráneo...

Escudo de armas del rey León V de Armenia

1384, MARZO, 4.—PERALTA.
 

Carlos II de Navarra comunica a los oidores de cuentas que Sancho de Mayer ha entregado dos mil florines que dentro de una nave de plata se han dado al rey de Armenia; quince para el juglar y veinte para el heraldo de este rey.
 

Pamplona. Archivo general de Navarra. Cámara. de Comptos. Cajón 47, número 24.
 

Karlos, por la gracia de Dios rey de Nauarra, conte d'Eureux. A nuestros amados et fieles las gentes oydores de nuestros comptos et tresoro. Salut.
 

Nuestro amado recebidor general Sancho de Mayer ha pagado de nuestro commandamiento a nuestro muy caro cormano Lion de Liseynne, rey d'Armenie, el quoal nos es venido a veer en nuestro Regno, dos mil florines d'Aragon que dados li auemos dentro la vna de nuestras beillas naues de plata dorada...
 

Item más ha reçebido [Mayer] de los dichos nuestros coffres XV florines que dado auemos al juglar del dicho Rey. Et XX florines que dados auemos al heraut de dicho Rey, que monta XXXV florines...
 

Dado en Peralta, IIII° dia de março laynno de gracia mil CCCOS LXXXIIII.
 

Por el Rey
 

Pedro d'Eguirior.


©Mikel Zuza Viniegra, 2015

sábado, 17 de enero de 2015

ARBOL

Cuenta Garibay en el libro XXIV de su Compendio Historial, que entre finales de 1162 y principios de 1163, el rey don Sancho VI el Sabio, tras conquistar toda la Rioja salvo Calahorra y Nájera, se internó en el reino de Castilla para recuperar lo que a Navarra había sido arrebatado desde la muerte de Sancho IV el de Peñalén en el año 1076.

Dice también que se hizo de esta forma con Grañón, Cerezo, Treviana, Valluércanes, Miranda de Ebro, Ameyugo, Ayuelas, Santa Gadea, Salinas de Añana, Portilla y Briviesca, no parando hasta Atapuerca, que es población muy cercana a la ciudad de Burgos. Y que justo en aquel lugar, sacó don Sancho su espada de la vaina y la clavó con todas sus fuerzas en el olmo más viejo que encontró, en señal de que ese árbol marcaba los límites del reino de  Navarra, y que a partir de allí, el mismo rey tenía la obligación de pagar a sus caballeros y soldados para que le siguiesen en sus campañas guerreras...

Fue ese, quizás, el último de los árboles emblemáticos que empleó la dinastía originaria de los señores de Navarra para ensalzar su condición regia, pues desde la noche de los tiempos nuestros reyes presumieron siempre de acogerse a la sagrada y venerable protección de determinadas especies.

Y ese pacto de mutuo respeto fue sellado simbólicamente con las primeras monedas que se acuñaron en estas tierras, que mostraban por un lado el rostro del monarca, y por otro un árbol coronado por una cruz.

Supuesta moneda de Sancho III el Mayor
Y dicen que tan noble acuerdo fue observado por primera vez por Sancho III el Mayor, y que luego sus descendientes cumplieron lo establecido, incluso cuando quienes gobernaron fueron los reyes de Aragón. Pero que cuando la heredera de este reino se unió al conde de Barcelona, y fueron las barras catalanas las que constituyeron las nuevas armas del reino, García IV Ramírez, un vástago de la familia real pamplonesa se alzó de nuevo en la tierra de sus antepasados y volvieron a brotar en sus monedas, escudos y demás signos de soberanía aquellos árboles bajo cuya sombra se había cobijado la nación navarra.

Moneda de García IV Ramírez

Moneda de Sancho VI el Sabio
Y esto fue así hasta que Sancho VII el Fuerte juzgó que una hazaña tan heroica como la conquista de Chipre durante la Tercera Cruzada, en la que había participado mano a mano con su cuñado Ricardo de Inglaterra, merecía ser recordada hasta en sus monedas. Y quizás por ser él el culpable de romper este pacto sacro y arbóreo, fue el último soberano de la dinastía originaria que pudo sentarse en el trono de sus ancestros...

Moneda de Sancho VII el Fuerte
Muchos, muchos siglos después, cuando en el primer tercio del siglo XX el profesor de la universidad de Oxford J.R.R. Tolkien -buceando en la literatura y la historia medieval europeas, y no sólo en las sagas nórdicas- buscaba un emblema que representase al reino de los hombres en la novela que estaba preparando, debió hallar en el tomo III del libro "Descripción General de la Monedas Hispano-cristianas", escrito por el ingeniero francés Alois Heiss en 1866, el dibujo de las de los reyes de la dinastía pamplonesa, que dieron luego origen a la de Aragón. Y por eso al rey de su novela lo llamó -sin duda "casualmente", y porque nadie es perfecto, ni siquiera Tolkien- "Aragorn" y no, qué sé yo, "Navarrorn".


Monedas de los reyes de Aragón y Pamplona (1076-1134)



Bandera de Gondor
Así que cuando las almenaras se encienden para pedir ayuda contra el reino oscuro de Mordor, y cuando los estandartes del árbol blanco de Gondor flamean al viento de la tierra media, es aquel viejo y honroso pacto entre los árboles y los reyes de Pamplona lo que se rememora...

Árbol crucífero de las monedas de Sancho VI el Sabio



©Mikel Zuza Viniegra, 2015



      

domingo, 11 de enero de 2015

POKER DE REYES

A las afueras de Fitero, 12 de enero de 1196


-Estáis metiendo vuestros pies en mi reino, don Sancho.

-Bueno, don Alfonso, vos soléis meter muy frecuentemente vuestras manos en el mío...

-Haya paz, señores, que desde Aragón también tenemos reclamaciones territoriales pendientes. Además, lógico es que con la estatura del primo Sancho, no pueda doblar sus piernas para que se queden en Navarra.

-Muy cierto es lo que decís, que esta idea vuestra de reunirnos alrededor de una mesa, estando cada uno de nosotros sentado en su propio reino, será todo lo simbólica que queráis, pero incómoda es también un rato largo. Algo más a nuestras anchas habríamos estado en el balneario, como os propuse yo desde el principio.

-¡Castilla no podía aceptar que esta reunión se celebrase en Navarra, don Sancho!

-Pues a mí como rey de Aragón no me hubiese importado demasiado...

-Más vale que nuestras reinas no han sido tan tiquismiquis. Ellas estarán ya sin duda disfrutando de las aguas termales y mientras nosotros aquí, pasando frío...

-¡Pues yo no he de moverme de aquí hasta que no fijemos de una vez nuestras fronteras!

-¡Mirad que sois testarudo, primo Alfonso! Ved como vuestro tocayo, el rey de Aragón, es mucho más razonable: estamos en enero y en este desolado paraje sopla un cierzo que levanta nuestras coronas, así que lo mejor será que nos reunamos con nuestras esposas y sigamos allá el debate a partir de mañana, porque para esta noche espero la llegada de otro rey...

-¿Qué? ¿No os habréis atrevido a invitar sin advertirnos previamente a un traidor tan manifiesto como el rey de León, verdad?

-Nada de eso, señores. No es ni el de León, ni el de Portugal ni siquiera el de Francia, sino un trovador que conocí en Chipre, cuando asístí a la cruzada organizada por mi cuñado el rey Ricardo de Inglaterra.

-¿Un rey de trovadores? Entonces no puede ser otro que Giraut de Bornehl, sin duda el mejor de todos ellos.

-Os equivocáis de nuevo. Este del que os hablo es todavía mejor. ¿No tenéis curiosidad por escucharle? Venga, levantémonos de estas incómodas sillas y vayamos a refugiarnos en aquel cálido paraíso.

-Está bien, acepto entrar en vuestros dominios, don Sancho. Pero en cuanto vea que tratáis de llevar el agua a vuestro molino, protestaré enérgicamente.

-Tranquilizaos, primo Alfonso de Castilla, porque,de momento, me interesa bastante más el vino que el agua.

-Pues entonces ya somos dos, primo Sancho: que no se diga que el rey Alfonso de Aragón se quedó atrás probando las cubas de vuestros mejores caldos. Además, así aunque ese trovador vuestro sea malo, ha de parecernos maravilloso a los tres.

-Perded cuidado por eso, que para cuando lleguemos ya habrá empezado su actuación, y podréis ver el efecto que causa en el auditorio, sobre todo en el femenino. Mi hermana la princesa Berenguela quiso -al oírle- anular su boda en Limassol y marcharse con él. Y os digo que fui yo quien salvé la vida al músico, pues Ricardo quería descuartizarlo con sus propias manos. Justo desde entonces corre la leyenda de que no puede morir, y no me extrañaría nada que así fuese...

-Pues yo no creo que mi Leonor Plantagenet, aunque es tan inglesa como él, abandone su flemática condición por mucho que le guste tal cantante.

-Sean inglesas, castellanas como la reina Sancha de Aragón u occitanas como mi Constanza, os aseguro que todas caen rendidas ante la forma de cantar y de moverse del señor de Presley, que así es como se llama el trovador, aunque todo el mundo le reconoce el título de rey...

-¿Rey de qué?

-Del Rock, que es una forma de cantar y de bailar muy curiosa y muy común en Inglaterra, aunque espero que muy pronto se extienda  también por estos lares. De hecho si la actuación de hoy tiene éxito, quizás podamos crear un festival anual que recuerde a las generaciones venideras este histórico encuentro de cuatro reyes. El Fite-Rock sería un buen nombre, ¿no os parece?

-Lo que me parece es que estáis tan loco como esas pobres mujeres que se agitan y berrean ante ese mozalbete, don Sancho. ¿Y a este ruido infernal le llamáis música?

-Las "pobres mujeres" que decís son nuestras reinas, don Alfonso. Y aquella que arroja en este momento su saya al escenario es precisamente vuestra doña Leonor, que como debe ser la única que entiende lo que dice el señor de Presley, ha perdido ya todo su recato. Y os confieso que yo no entiendo nada, pero que ésta será a partir de hoy una de mis canciones favoritas. Suena maravillosamente:


-¡Ya sabía yo que no teníamos que haber venido a Navarra, que es siempre la cuna de todos los libertinajes!

-Lo que digáis, primo Alfonso, pero como no acabe pronto esta hermosísima composición, doña Leonor va a quedar igual Eva cuando Nuestro  Señor la expulsó del paraíso. Ved que ya se está quitando también el pellote y el velo para lanzárselos al señor de Presley...

-¡He de arrancarle de su cabeza a ese desvergonzado esos cabellos grasientos que lleva uno por uno! ¿Pero qué locura es ésta: ellas se quitan la ropa y él se la pone? Sí: se está colocando una capa, no muy grande, pero lleva un emblema en ella... ¡Es vuestra divisa, don Sancho! ¡Lo teníais todo preparado para humillar a Castilla! ¿No es cierto?



-Pues ahora que lo decís, primo Alfonso, sí: por supuesto que esa capa se la he regalado yo. Mitad porque sabía cuánto le gusta a él llevar esas prendas tan llamativas, y mitad porque imaginaba que con lo rancio que sois vos, tal ostentación de mis armas os desagradaría profundamente, aunque me parece que a doña Leonor no le importaría quitarle esa capa con los dientes...


-Calma, señores míos, y disfrutemos del espectáculo, porque ciertamente merece este trovador compartir nuestra regia condición. Calcémonos ahora nuestros botines de gamuza azul prestos a bailar como posesos, que ya habrá tiempo mañana de seguir nuestra discusión, aunque sea llorando en la capilla...

-Pues claro que sí, queridos e ilustres primos de Castilla y Aragón, y desde luego que habrá quien no acepte que este recital se haya llevado jamás a cabo. Pero para esos incrédulos tengo dispuesto que don Fernando de Garayoa haga la crónica, que ha de quedar tan bien como el resto de las suyas.

Y que todos nuestros sueños se hagan realidad ahora mismo:



Dibujo de Ángel Elvira,
con añadido de Carreño



©Mikel Zuza Viniegra, 2015



  

lunes, 5 de enero de 2015

GERRIKO


Palacio de Westminster, Londres, 2 de enero de 1258



-¡Leonor: que el rey Teobaldo II de Navarra está a punto de llegar y no tenemos nada para ofrecerle como obsequio!

-¡Culpa tuya será, Enrique, y de nadie más! Mira que te avisó hace más de tres meses de que acudiría en peregrinación a la tumba de Santo Tomás de Canterbury, y que tú mismo, como rey de Inglaterra, le concediste el salvoconducto para que pudiese realizar tan piadoso viaje. Como de costumbre no preparaste nada, y ahora quedarás, y lo que es peor: me harás quedar a mí, como un patán y un grosero.

-¡Pensé que sólo lo decía por cumplir, y que no cruzaría el canal sólo para rezar ante tumba de ese obispo rebelde que mi augusto abuelo hizo muy bien en trinchar! Lo cierto es que el navarro no me pareció tan piadoso cuando lo conocí hace cuatro año en el Temple de París, aunque también es verdad que entonces era poco más que un niño...

-¡No blasfemes, necio! ¿O es que quieres que Dios te castigue aún más todavía y te arrebate además de los condados de Anjou, Turena y Maine, también el de Guyena, que es lo único que nos ha quedado en Francia? Recuerda que Tomás Beckett fue efectivamente el mejor amigo de tu abuelo, el rey Enrique II, que fue quien lo impuso en el obispado de Canterbury. Pero alcanzada esa dignidad, la mayor de la Iglesia en estas islas, se enfrentó al rey como nadie hubiese podido sospechar jamás. Y lo hizo así porque creía firmemente en que antes que el pago de favores está la dignidad personal, que nace del ejercicio de la propia conciencia: si ahora servía a Dios, ya no podía servir a la vez al rey, como marca el Evangelio. Y ser tan consecuente le costó precisamente la vida. Pero... ¡qué ejemplo para todos! Te digo que en el futuro nadie recordará a tu abuelo, pero siempre habrá personas -sin duda las mejores- que veneren la memoria y la actitud de Tomás en defensa de sus convicciones. Así que ya sabes: reza más bien porque tú desaire a santo tan relevante pase desapercibido a quien todo lo oye y todo lo ve...

-¿Te refieres a ti misma, no es cierto, esposa mía? Porque dudo que haya a este lado del mar mujer más chismosa que tú. Sí, vaya que si tienes razón: ¡qué tranquilo está santo Tomás allá donde ahora mismo reposa...

-¿Ah, sí? ¡Pues ya no te ayudo a elegir el regalo del rey de Navarra, hala!

-No te enfades, Leonor, y perdona mi estupidez, es que de verdad que no sé qué entregar a nuestro visitante para dejar en buen lugar nuestro prestigio. Pero tú seguro que ya habías pensado en algo...

-¡Pues claro, bobo, como siempre! Hace semanas que reviso tus armarios y creo que este cinturón nos hará salir del paso a las mil maravillas.


-¡Pero si es el que me entregaron los nobles el día de nuestra boda!

-¿Y quién se lo va a decir a Teobaldo? ¿Ellos? Además, hace mucho que no te lo pones.

-¿Pero no ves que la heráldica que lo decora no tiene nada que ver con él? ¡Es prácticamente toda inglesa: sabrá enseguida que lo hemos reaprovechado!


-¡Inútil! Fíjate que el color de los bordados es precisamente blanco y azul: los colores de Champaña, el condado que da nombre a su dinastía. Bastará con que cambies el escudo principal, el de la hebilla, y otro cualquiera al azar por las armas de Champaña y de Navarra y ese mozalbete no reparará en nada más. ¿Estás tan viejo que has olvidado ya que los jóvenes sólo quieren la ropa para presumir con ella? Aunque desde luego mi sobrina Isabel, su esposa, es tan pánfila, que no sé si será capaz de desabrochárselo cuando vayan a acostarse...


-¿Todas las francesas sois tan taimadas, o sólo es condición propiamente tuya?

-Como si tú pudieras quejarte, Enrique... Anda, calla y encarga a un buen orfebre los cambios que acabo de decirte. Verás como Teobaldo queda encantado, porque ciertamente este cinturón es hermoso y muy digno de un rey. Y tú ya lo has disfrutado mucho tiempo, así que ahora le toca a él, que tiene edad de participar -quién sabe- hasta en alguna Cruzada, donde nuestro regalo habrá de sostener la espada con la que el rey de Navarra defienda muy gallardamente la fe de Cristo frente a los infieles...


-Si es así, me importa menos desprenderme de joya tan soberbia. Además, sé por su embajador, un tal Sagasti...black -o algo parecido-, que él nos va a corresponder con una copia muy bien encuadernada e ilustrada de los poemas de su padre, el rey Teobaldo I. Así que puestos ambos regalos en la balanza, parece que ésta ha de quedar perfectamente equilibrada. Y eso está muy bien, que siempre será bueno cultivar la diplomacia entre países tan antiguos como son nuestras dos nobles naciones...


ADDENDA

Ese cinturón, como habéis podido comprobar por las fotografías, no es esta vez ninguna invención mía. Existe, y se conserva en perfecto estado en el monasterio de las Huelgas, en Burgos. El panteón real de la dinastía castellana durante los siglos XII y XIII. 

En el XIX los franceses del ejército de Napoleón saquearon todas las tumbas en busca de riquezas. Sólo una quedó intacta hasta su apertura en los años 40 del siglo XX: la del malogrado heredero del rey Alfonso X el Sabio: el infante don Fernando de la Cerda. Su ajuar funerario es hoy en día el mejor testimonio que nos queda de cómo vestía un príncipe medieval. Y entre su ropa destaca poderosamente el cinturón que más que posiblemente el rey Enrique III de Inglaterra regaló al rey Teobaldo II de Navarra. 



¿Pero por qué lo tenía el infante castellano? Pues porque estaba casado desde 1269 con la princesa Blanca de Francia, y eran por tanto cuñados de Teobaldo y de su esposa la princesa Isabel de Francia. 
En ese mismo año, el rey de Navarra estaba participando en la cruzada a Tunez junto a su suegro, el rey Luis IX. De hecho ambos encontraron la muerte en aquellas arenas junto a Cartago, así que muy probablemente, el cinturón fuese un regalo entre hermanas que el afortunado Fernando recibiría casi como una reliquia de un rey cruzado como Teobaldo. 

Un regalo tan especial, y al que tuvo en tanta estima, que hasta decidió llevárselo a la tumba con él. Cosa que unos cuantos a este lado de la muga le agradecemos infinito, porque así además de una de las más antiguas representaciones del escudo de Navarra, hemos conservado también un objeto ciertamente muy personal y único de aquél rey del que el poeta Anelier dejó escrito: 

"Murieron el rey francés y el rey navarro, por lo que toda la Cristiandad bajó dos escalones. Entonces los navarros regresaron afligidos, pues su señor, que era valiente y amable, había muerto. Vinieron a Navarra y cuando los escucharon, se levantaron por la tierra llantos, dolor y lamentaciones, porque su justo señor había muerto, y había dejado su reino sin heredero..." 

Sagasti...black también estuvo allí, y sabe por tanto de lo que hablo...





© Mikel Zuza Viniegra, 2015