jueves, 26 de marzo de 2015

LOS REYES DE NAVARRA Y EL MITO DEL GRIAL II ESCENA DOMÉSTICA

Castillo de Tudela, 26 de marzo de 1189

-Os sabéis la lista de los tratados de reparto de Navarra entre Castilla y Aragón casi mejor que yo, mi buen Ferrando Perez de Funes. 

-Por supuesto, majestad. Mi oficio de canciller me obliga a ello: el de Carrión en 1140, el de Tudején en 1151, el de Lérida -con vos ciñendo ya la corona- en 1157, los de Sahagún y Zaragoza en 1170, el de 1177 en Cuenca, el de Cazola en 1179 -que fue el que nos acabó obligando a aplicar el laudo del maldito rey Enrique II de Inglaterra, favorecedor en todo de los intereses de Castilla-, y el penúltimo: el de Berdejo, hace apenas tres años.  

-¿El penúltimo, decís?

-Por supuesto. Alfonso VIII de Castilla y Alfonso II de Aragón -el diablo les lleve-, deben estar ya preparando un nuevo proyecto para dividirse Navarra, y si no hacemos algo pronto, quizás acaben consiguiéndolo...

-Es más fácil decirlo que hacerlo: tanto mi padre don García como yo hemos ido saliendo de todas las asechanzas que nuestros queridos parientes nos han ido preparando estos años, pero no puedo oponerles el mismo número de tropas. ¡Ah, si el maldito Enrique de Inglaterra hubiera fallado a mi favor en el pleito por los abundantes y ricos territorios que recuperé para Navarra cuando Alfonso VIII de Castilla era sólo un muchacho, ahora veríamos las cosas de diferente manera...!

-Pues pagadle con la misma moneda, señor. Recordad que el inglés está enemistado con todos sus hijos, pero sobre todo con su mujer, Leonor, y que ésta protege sobre todo a su hijo favorito: Ricardo. Los intereses de ambos están más en Aquitania que en cualquier otro lugar de su extenso reino: favoreced su querella contra su padre y esposo, que es ya viejo, y pronto podréis cobraros los réditos de vuestro apoyo...

-Yo también soy ya viejo, Ferrando. Y sabéis que uno a la congoja de verme siempre asediado por mis poderosos vecinos, el temor de que mi descendencia no esté a la altura, no ya de mí, sino de mi padre, que fue quien restauró este reino. Ved que Constanza y Blanca son unas niñas que no piensan si no en que contrate al trovador que esté más de moda. Y yo les digo que escuchen música de aquí, pero ellas que nada. Son esos malditas noticias que traen los heraldos de las cortes de Provenza las que les sorben el seso. Y es lo que yo les digo: ¡Pero si no se entiende nada de lo que cantan! Donde esté una buena jota ya se pueden quitar todos esos Marcabrús, Giraut de Borneihls, Raimbaut de Vaqueiras, Jaufré Rudeles y Peyres Vidales...
Escuchad esta si no: 

"... del rocío voy al hielo,
si yo te pierdo..."  


-No digo que no sea una canción preciosa, Majestad, pero ved que el problema que tenemos entre manos es muy serio...

-¿Y Fernando? Apenas un mocete todo el día entre espadas de madera y caballos. Y no monta demasiado bien, se lo digo siempre: ¡que te vas a caer, calamidad! Pero ni caso. ¿Pues Berenguela? Está en esa edad inaguantable y respondona y no hace más que leer las ridículas novelas de ese rey Arturo de Bretaña, amigo de un mago que se llama Crispín o Merlín, o no sé qué pichorras, y andan todo el día buscando el grial. ¡Jodó, si ese es todo su problema de gobierno ya les digo yo donde está! ¡En San Juan de la Peña lo tienen! Mi padre me llevó a verlo siendo yo muy pequeño, cuando aquel territorio formaba todavía parte de Navarra. Pero yo lo que me pregunto es de dónde sacará Berenguela esos condenados libros, porque cada vez tiene más. Y yo ya le digo que se lea las genealogías de Roda, o el códice de Albelda, donde se narran las gloriosas gestas de nuestra dinastía, pero ella me dice que no la entiendo, y que me odia y que sólo espera que un caballero venga a liberarla de esta prisión. ¡Prisión, Ferrando! Ganas me dan de mandarla a pasar un mes con las lavanderas, allá en lo más profundo y fresco del Ebro, para que comprenda la vida regalada que lleva...


-Os queda vuestro heredero, el príncipe Sancho...

-¡Otro que tal baila! Se conoce que como tenemos poco trabajo para mantener nuestra corona, él necesita nuevos horizontes. ¿No le habéis oído hablar de Chipre? ¿Y donde cojones está Chipre? Al otro lado del mar, me dice. Y es que me enciendo: ¡Si quieres dar mazazos vete a la frontera con Castilla, a Calahorra por ejemplo, que no te han  de faltar ocasiones! Pues no: él quiere ir a Chipre. Y empiezo a sospechar que su hermana le pasa también esas malditas novelas de tapadillo, porque ahora le ha dado por decir que él luchará en una batalla que será mucho más importante y famosa que esas del rey Arturo. Y ya harto le pregunto: ¿pero será contra Castilla, no? ¡Y me dice que no, que será contra los moros! ¡Pero si no tenemos frontera ni cuitas con ellos, sinsorgo! Ved pues que no es raro que no tenga yo ganas más que de morirme...

-Desgracia muy grande es tener tanto adolescente alrededor, y bendigo mi condición de clérigo que me libra de tal suplicio, pero debéis pensar en vuestro reino más que en vuestra persona: esa es la principal obligación de un rey, aunque muchas testas coronadas lo olviden. Si os llaman "Sabio" no es porque os rindáis ante la mínima dificultad, sino porque sabéis sacar provecho de ellas para mantener en pie vuestro país y vuestra gloriosa dinastía. ¿Queréis saber quienes envían las novelas del tal Arturo a vuestra hija? Pues Leonor y su hijo Ricardo. He capturado demasiados correos ya como para no saberlo... 

-Sé que se conocieron en Pamplona, en aquel torneo en el que Sancho casi trituró a Ricardo. Berenguela se empeñó en cuidarlo y mira lo que pasa luego... Pero como me eche a la cara a ese vividor, lo que le hizo mi hijo va a ser una tontería en comparación...

-¡Al contrario, majestad! Lo que tenéis que hacer es favorecer ese enlace que ellos mismos buscan. Aquitania y Navarra tienen frontera común, a ellos les interesa teneros como aliado, y la estrategia nupcial es tan buena como cualquier otra en el arte de la diplomacia. 

-¡Pero es que ese Ricardo es bobo, se le ve nada más tratarlo! ¿Pues no le enseñé en Santa María de Pamplona la talla de la virgen que encargó mi padre, y me salta conque en Limoges hacen cosas de mucho mayor mérito artístico? Que no digo yo que no sea así, pero coño: ¡tápate un poco y no presumas tanto de lo tuyo! Mira: se me acaba de ocurrir una de las condiciones para la boda: o Ricardo envía como regalo la mayor obra de arte que pueda encargar en la Limoges esa, o ya le puedes decir al Airgam boy ese que Berenguela se va con las lavanderas...

-Me parece que lo que pretendíais decir es "Play boy", majestad...

-¡Esa es otra! La lengua de Provenza no hay quien la entienda, como les digo a Constanza y a Blanca, pero la de Inglaterra me suena aún peor. Nadie podrá ganarse nunca la vida cantando en ese idioma del demonio, hacedme caso.

-Pues la princesa Berenguela se pasa el día canturreando en ella, señor...

-¡Cosas sobre el Arturo ese, como si la oyera! Y mira que le digo: ¡que provienes de don Rodrigo Díaz de Vivar! ¡que tu tatarabuelo fue el Cid Campeador! Y le pido a todas horas que cante algo sobre él. Pero que si quieres...


-Pensad que están en la edad, señor. En cualquier caso, y si me lo permitís, me habéis proporcionado una gran idea: aprovecharemos esa honorable genealogía vuestra para intentar parar la enésima ofensiva castellana.

-¿Y cómo pensáis hacerlo? Porque no creo que mi antepasado pueda luchar después de muerto...

-Subido encima de Babieca desde luego que no, pero por escrito me parece que vamos a poder darle una nueva vida, señor...

-Mi buen Ferrando, sé que os lo digo siempre pero presiento que este es el comienzo de una hermosa amistad... Tendríamos que marcharnos a buscar el Grial nosotros también, como esos cansos de la Bretaña.

-Si lo que estáis pidiendo es que prepare un plan para recuperar San Juan de la Peña, podría estudiarlo. Pero eso sí, para cuando nos jubilemos, que ya tenemos ahora demasiados problemas ¿no os parece?