lunes, 23 de marzo de 2015

LOS REYES DE NAVARRA Y EL MITO DEL GRIAL I

"La búsqueda del Santo Grial es la búsqueda de lo divino que existe en cada uno de nosotros. Si lo que quieres son hechos concretos, no puedo ofrecértelos. Pero a mi edad estoy dispuesto a aceptar algunas cosas como un acto de fe: no puedo demostrarlo, pero sé que es cierto."
Marcus Brody


Y esa búsqueda, que lleva interesando a Occidente desde hace tantos siglos, la inició el poeta Chretien de Troyes hacia 1180, cuando comenzó a escribir en el condado de Champaña los 9.234 versos de los que consta "Li contes du Graal." Él fue el primer autor en unir la materia de Bretaña, esto es: al Rey Arturo y sus caballeros de la Tabla Redonda, con la búsqueda incansable del cáliz en el que José de Arimatea recogió la sangre de Cristo durante la crucifixión. Y para ello narró las aventuras del piadoso pero inexperto caballero, Perceval el galés.

En un momento dado, Perceval topa en medio de un espeso bosque con una laguna en la que encuentra a un pescador tullido que le invita a su casa. El que había tomado por un pobre pescador resulta ser un rey, dueño de un lujoso castillo. Cuando van a sentarse a cenar, un extraño cortejo cruza el salón: un paje lleva una lanza de cuyo extremo brota una gota de sangre, van después dos pajes más con magníficos candelabros y tras ellos una doncella que lleva entre sus dos manos "un grial de fino oro puro. En el grial había piedras preciosas de diferentes clases, de las más ricas y de las más caras que haya en mar ni en tierra, pues derramaban tanta luz que ofuscaba la de las velas, del mismo modo que el sol eclipsa la luna y las estrellas, y superaban por ello a todas las demás piedras." Cierra el grupo otra doncella más llevando un plato de plata pura, tras cuyos pasos  se cierra la puerta de la habitación contigua.



Aunque Perceval se extraña de semejante comitiva, no se atreve a preguntar nada, pues su maestro le ha educado para que no haga jamás preguntas necias. El rey pescador ordena entonces que comience la cena, y mientras se sirven los platos el grial vuelve a pasar varias veces delante de ellos sin que siga sin atreverse a formular las dos preguntas clave: por qué sangra la lanza y a quién sirve el grial.

La cena termina y nuestro protagonista se va a dormir. Cuando despierta a la mañana siguiente, el castillo está totalmente vacío, y el puente levadizo se levanta tras su paso. Continúa su camino hasta encontrar una dama que le explica por fin quién era el Rey Pescador, llamado así por ser esa la única actividad que le relaja de su mal: una herida de flecha que no cura jamás. Le dice también que si le hubiera hecho las dos preguntas, el rey hubiera recuperado al instante su salud y habría podido tomar de nuevo las riendas de su reino.

Arrepentido, Perceval busca entonces el consejo de un sabio ermitaño, que es quien le explica que el grial sirve en realidad al anciano padre del Rey Pescador, y que "con una sola hostia que se lleva en este grial, el santo varón su vida sostiene y vigoriza: tan santa cosa es el grial, y él tan espiritual, que para su vida no necesita nada más que la hostia que va en el grial. Así ha estado quince años sin salir de la habitación donde viste entrar el grial."

Desafortunadamente, Chretien murió en 1183 y dejó su historia inconclusa, pero quizás sin saberlo, había encendido la mecha de un mito literario que ha vertebrado nuestro imaginario desde entonces. 

Sin embargo... ¿Jugaron los reyes de Navarra algún papel en este apasionante asunto?

Veamos. El poeta francés del siglo XII Jean Bodel dio nombre en su poema épico "Chanson des Saisnes"  a los tres ciclos literarios que ningún caballero debía desconocer:


"La materia de Francia, la materia de Bretaña, y la materia de Roma."
  
El rey Arturo, en un tapiz del siglo XIV
que se conserva en The Cloyster's Museum
Los temas mitológicos tomados de la antigüedad clásica forman la Materia de Roma; las historias de los paladines de Carlomagno y sus guerras contra los moros y los sarracenos forman la Materia de Francia; mientras que el rey Arturo y sus caballeros son el tema principal de la Materia de Bretaña.

De esas tres materias, sin duda alguna la que más éxito alcanzó, en su tiempo e incluso en el nuestro, es la de Bretaña, o sea, la centrada en las aventuras de la corte de Arturo, un personaje de cuya realidad histórica no se tienen noticias fehacientes, pero que se convirtió en el prototipo de caballero por excelencia.

En la expansión de este mito el autor más importante fue Geoffrey de Monmouth, un clérigo inglés que hacia 1138 escribió “La historia de los reyes de Bretaña”, que es una especie de refundición de varios materiales históricos de los siglos anteriores, mezclados con otros exclusivamente literarios, entre los cuales aparece tratado por primera vez en profundidad Arturo, hasta entonces un misterioso jefe de guerra que se decía había vivido allá por el siglo V, pero al que Monmouth convierte en todo un rey medieval, dotándolo además de una corte feudal exactamente igual a las del siglo XII, que como rey de los bretones habría luchado hasta la muerte contra los invasores sajones.

El éxito del personaje fue tal, que muy pronto la obra de Monmouth, escrita en latín, fue traducida al francés por el poeta Wace en su “Romance de Bruto”, escrito hacia 1155, y dedicado a la reina de Inglaterra, la famosa Leonor de Aquitania. Es precisamente en esa corte de los Anjou donde tendrá lugar un proceso que transformará esos relatos para  adaptarlos al sistema ideológico de las cortes francesas de finales del siglo XII y de la primera mitad del XIII. Y desde allí se extenderá al resto de las cortes reales de Europa.

¿Pero, por qué motivo se desenterró precisamente entonces el recuerdo de un caudillo bretón de la antigüedad? Pues todo hace indicar que para legitimar la monarquía normanda en Inglaterra.


Cuando los normandos llegan a Inglaterra y vencen a los sajones en el año 1066, Guillermo el Conquistador se convierte en el primer rey normando de Inglaterra. Sin embargo, durante los primeros años de su reinado sufre constantes rebeliones. Cuando consigue afianzarse en el trono, comienza una maniobra de conquista más completa, basada en quitar tierras a nobles autóctonos descontentos y dárselas a sus favoritos, con lo que consigue afianzar también a su estirpe como dinastía real. Pero existe otra conquista más sutil de los normandos: La de la propaganda.


Efectivamente, fueron los normandos quienes volvieron a traer a la memoria colectiva el mito de Arturo, convirtiéndolo en el rey que defendió a Inglaterra de los sajones. Según esta interesada interpretación histórica, cuando los sajones vencieron por fin a los bretones en el siglo VI, éstos emigraron al norte de Francia. Así que los normandos no usurparon el trono inglés en 1066, sino que realmente lo único que hicieron fue volver para recuperar lo que los sajones les
habían arrebatado.

Nada extraño si, como reivindicaban, eran los auténticos descendientes del Rey Arturo. Esta rivalidad entre normandos y sajones puede parecernos hoy en día condenadamente enrevesada, pero si lo pensamos bien, en realidad estamos familiarizados con ella desde niños a través de novelas y películas como Ivanhoe o Robin Hood.

El tercer rey normando de Inglaterra, Enrique I, fue quien encargó a Monmouth la redacción de la Historia Regum Britanniae, incluyendo por supuesto la historia del Rey Arturo. Apenas veinte años más tarde, Robert de Wace, protegido de Enrique II, tradujo al francés esta historia, especificando más la ascendencia de los Plantagenet y "Enriquizando" todo lo posible la figura de Arturo y de su corte. Y es que Enrique II y sobre todo su mujer, Leonor de Aquitania, son un motivo fundamental de la proliferación de textos artúricos en el S XII en Inglaterra y Francia, lograda a través del mecenazgo a poetas y escritores que sentaron los cimientos del mito artúrico, y por consiguiente, también del griálico. 

¿Y Navarra?

El rey contemporáneo de estos nuevos Arturo y Ginebra con quienes tan claramente quisieron identificarse Enrique II y Leonor de Aquitania fue Sancho VI el Sabio. Y si la posteridad le dio precisamente ese sobrenombre, sin duda alguna no fue por casualidad. Al contrario: siempre fue plenamente consciente de que un reino tan pequeño como el suyo no podía competir en igualdad de condiciones con la gran potencia político-militar que amenazaba una y otra vez sus fronteras: Castilla.

Sello de Sancho VI el Sabio
Así que para conjurar esa sombra permanente optó por dos estrategias diferentes. La primera, menos conocida, pero muy bien estudiada por el autor francés Georges Martin, fue la que podríamos denominar como "táctica genealógica", y con ella pretendió, por medio de la invención de historias -remitidas siempre a tiempos remotos de imposible comprobación o memoria, igual que habían hecho los Plantagenet con Arturo- dar consistencia y legitimidad definitivas a la siempre cuestionada monarquía navarra (restaurada apenas 60 años antes por su padre García Ramirez), equiparando sus orígenes con los de la todopoderosa monarquía castellana.

Naturalmente a los castellanos -que desde los tiempos de Alfonso VII "el emperador" iban de sobrados- no les importaría en absoluto que el rey de Navarra les hablase de las hazañas de sus antepasados Eneco Arista o Sancho Abarca, que para ellos no significaban nada. Así que Sancho el Sabio -quizás aprovechando también la indudable valía literaria de su habilísimo canciller Ferrando Perez de Funes y atendiendo a la máxima bélica de que si no puedes con tu enemigo, únete a él, aunque sea por escrito- decidió jugarse el todo por el todo creando la leyenda de los dos jueces que dieron leyes nuevas a Castilla, promoviendo de esa manera su independencia política definitiva del reino de León.

Así, de estos dos hasta entonces desconocidos personajes derivarían por igual los reyes de Castilla y de Navarra del siglo XII, pues si el emperador Alfonso VII de Castilla y León era descendiente directo del juez Nuño Rasura, vía Fernán González y Fernando I, el rey García Ramírez de Navarra era el heredero del otro juez: Laín Calvo, a través de su descendiente más famoso, el Cid, padre de Cristina, la madre del Restaurador. Quedó establecida así una legitimidad paralela entre ambos reinos, puesto que si nadie podía cuestionar la legitimidad dinástica de los reyes castellanos, tampoco podrían atreverse con la de los reyes navarros. Comienza pues de este modo la genealogía del Cid inserta en el Fuero General:

"Este es el linage de Rodric Díaz el Campeador.
Como veni dreytament del linage de Layn Calvo,
qui fue copaynero de Nueno Rasuera. Et fueron 
anvos iudices de Castieylla. Del linage de Nueno
Rasuera vino l'Emperador.
    Del linage de Layn Calvo ovo II fijos: Ferant Layniz
et Bermun Layniz..."
     
Y de ese Bermun Layniz vendrían más descendientes hasta llegar a Rodrigo Díaz de Vivar y finalmente y en linea directa hasta el rey Sancho el Sabio, “a quien Dios dé vida y honra” según termina esa misma genealogía, demostrando con tal fórmula que al menos cuando se redactó el rey seguía vivo, probablemente por que incluso puede que fuese él mismo quien la escribiera. 

Es decir, que partiendo de un hecho real -el Cid existió y efectivamente fue bisabuelo de Sancho el Sabio- el rey de Navarra procedió a inventarse todos los ancestros de su mítico antepasado (exceptuando quizás a los padres y abuelos de Rodrigo, que eran las figuras que algún castellano entrometido podría rastrear documentalmente) hasta llegar a la figura originaria de unos hipotéticos jueces de los que no había entonces, ni hay ahora mismo, constancia histórica alguna que pueda atestiguar su existencia. 

Y es precisamente esta estratagema histórico-literaria la que a mí parecer marca el punto más destacado y hasta moderno de este asunto:  porque por vez primera en Navarra se intentó que primase la pluma sobre la espada, la tinta sobre la sangre. ¿Que se hizo así por no poder enfrentarse militarmente a Castilla y de modo escasamente original, pues ya lo habían hecho los Plantagenet con el rey Arturo? Vale, pero el caso es que se hizo, y como escritor no puedo sino identificarme con el ansia imaginativa de Sancho VI y su "taller literario", a los que sinceramente creo que todos los que juntamos letras en este rincón del mundo deberíamos ver como una especie de precursores en esto de exprimirse las meninges para emborronar folios -o pantallas- en blanco con historias y leyendas más o menos fantásticas, porque quien esto escribe -como aquellos navarros del siglo XII-  no concibe tampoco la literatura ni la vida sin el fundamental condimento de la imaginación.


Aún así, demostrando que no era sólo un soñador, y temiendo quizás que este castillo de papel levantado a toda prisa no consiguiera el efecto previsto, Sancho VI decidió también buscar el apoyo mucho más tangible de otro poderosísimo vecino para que le ayudase a mantener a raya a los castellanos: precisamente la Inglaterra de los Plantagenet. ¿Y qué mejor forma de sellar la alianza que con el matrimonio en 1191 entre su hija, la princesa Berenguela y el heredero de Enrique y Leonor: Ricardo Corazón de León?

Y aquí vuelve a entrar en juego el Fuero General de Navarra, aquél que se elaboró para que “reyes de extraño lugar y de extraño lenguaje” pudieran conocer las leyes de la tierra que iban a gobernar. Esto es, que se compuso para Teobaldo I de Champaña hacia 1238. Pero resulta evidente que esas leyes anduvieron antes, si no recopiladas, si al menos recogidas para que la cancillería regia supiera siempre a qué atenerse.

Y es que resulta que en medio de este aburrido compendio legal, y como para rechazar el tópico de que los navarros no tenemos imaginación, se incluyeron también unas pequeñas crónicas históricas fechadas precisamente hacia 1190, que dan noticias sobre los reyes de Navarra y de Aragón y que curiosamente, suponen también la primera aparición a este lado de los pirineos de una noticia dedicada al rey Arturo. Y  escrita en romance navarro, para que Sancho VI pueda presumir de promover otra gesta literaria tan digna de destacar también como la que ya he contado sobre los dos jueces de Castilla. 

Y esto es lo que dice la crónica: 

"Era D. LXXX aynos fizo la bataylla al rey Artus con Modret Equibleno..."

Ya veis que le daban tanta credibilidad a la existencia histórica de Arturo, que fijaban la batalla contra su malvado hijo Modred en la llanura de Cammlam en el el año 580 de nuestra era. Y es que la unión de la monarquía navarra con la dinastía Plantagenet, siempre tan interesada en vincular su linaje al del legendario rey de Bretaña, tenía que empezar a notarse cuanto antes ¿Y que mejor manera de subrayarla que haciendo constar los hechos de ese ignoto -por aquel entonces- personaje bretón, en la propia ley fundamental de Navarra?

¿Pero podía realmente Sancho VI el Sabio aspirar a que su linaje igualase y aun aventajase el prestigio de la dinastía a la que pertenecía Leonor de Aquitania, aquella que fue considerada con toda razón la reina de los trovadores? Recordemos que fue nieta del primer trovador provenzal de nombre conocido: el conde Guillermo IX de Poitiers, y madre del mencionado Ricardo, que además de un guerrero excepcional fue también poeta y amigo de poetas. Hasta en su tumba, en la abadía de Fontevraud, fue representada con un libro en las manos, probablemente una de esas novelas de caballería que ella tanto colaboró en propagar...

Pues ya hemos visto que sí, que claro que Sancho VI pudo conseguirlo. Y aunque esto es algo que aprovecharé seguro muy pronto para una de mis historias, reitero que no necesitó apelar a las imaginadas aventuras de un desconocido rey bretón, sino que le bastó con acudir a su propio y auténtico árbol genealógico para encontrarse con otro héroe -este sí, indudablemente histórico- cuyas hazañas nadie podría poner en duda: su bisabuelo don Rodrigo Díaz de Vivar, el Cid. Eso sí, por aquello del "más vale prevenir", no dudó tampoco en inventarse a los ancestros más remotos del Campeador. Y tanto éxito tuvo en su empeño, que los reyes de Castilla acabaron admitiendo también en sus crónicas ser descendientes directos de esos jueces que habían surgido de la fértil imaginación de un rey de Navarra mucho más sabio todavía de lo que jamás llegaron a sospechar. 

Es decir, que el rey de Navarra pretendió y logró honrar su linaje, ya de por sí muy glorioso, subrayando su parentesco directo con héroes de cantar de gesta como el rey Arturo o el Cid, que  además de suponer el modelo perfecto que todo caballero aspiraba a imitar, ponían de manifiesto que otros reyes podrían tener más riquezas y territorios, pero que su dinastía era la más prestigiosa e importante de todas las que en esos momentos gobernaban la Cristiandad. 

Sancho VI murió en 1194, pero que su política fue seguida por su heredero, Sancho VII el Fuerte, queda demostrado con el matrimonio de su hermana, la princesa Blanca con el conde Teobaldo III de Champaña en 1199. Dicho conde era el hijo de María de Francia, la hija de Leonor de Aquitania, tan sumergida también en el mito artúrico que fue precisamente para ella para quien Chretien de Troyes escribió "Li contes du Graal". 

Y esta impresionante influencia cultural pasó evidentemente a su nieto Teobaldo I, el mejor poeta de su tiempo, y que andando el tiempo, concretamente en 1234, llegaría a sentarse en el trono de sus antepasados, cerrando un doble círculo mítico-literario-dinástico que unía en su persona al legendario Arturo de Bretaña con el no menos heroico Cid Campeador, y a ambos con la familia real de Navarra. Y así lo declara el mismo Cantar del Mío Cid, compuesto por esos mismos años: 

"Asi crece la honra del que en buen hora nació,
cuando señoras son sus hijas de Navarra y de Aragón.
Hoy los reyes de España sus parientes son,
a todos alcanza honra, por el que en buen hora nació."

Y aunque parezca mentira, la idea que tenía al ponerme a escribir esta entrada era hablar sobre las representaciones del grial en el arte medieval navarro, asunto del que como se ha visto, no he dicho absolutamente nada, porque como de costumbre me he acabado yendo justo por los cerros de donde fue la batallas de las Navas. 

Pero es que me he dejado liar por el amigo Sancho el Sabio y sus sugerentes invenciones. Aunque bien mirado, quizás tampoco es nada extraño que me crea yo también todas estas cosas, porque ya desde muy pequeño me recuerdo siguiendo los pasos de Ruy Díaz de Vivar. Cosa que vista mi trayectoria posterior, puede que haya acabado afectando a mis neuronas mucho más de lo conveniente...



Prometo, eso sí, volver a buscar el Grial por estos pagos más adelante...

© Mikel Zuza Viniegra, 2015