lunes, 30 de mayo de 2011

PAR A PAR



Gallipienzo, 28 de mayo de 1348

Otro día más sin que llegue el relevo. Otean el horizonte al amanecer, a mediodía y al anochecer, como dejó ordenado el capitán antes de partir hacia Pamplona en busca de ayuda. Dijo que volvería en cuanto pudiera, pero ya ha pasado un mes y las muertes han seguido produciéndose al mismo ritmo. Quizás él también haya muerto sin darle tiempo siquiera a llegar a la capital...

Sólo ellos dos siguen vivos. Los otros, los que no murieron en pocas jornadas, salieron huyendo. Las primeras noches aún destacaban en el campo las hogueras que los fugados encendían para calentarse, pero hace tiempo que nada rompe la terrible oscuridad que les rodea. Ni siquiera se ven luces ya en las vecinas Cáseda o Aibar, ni responden tampoco a sus señales de fuego las guarniciones de Peña o Uxue.

Las puertas de las casas abandonadas a toda prisa están tan abiertas como las dejaron sus dueños. Al menos aquellos que tuvieron tiempo de escapar. Los que fueron sorprendidos por la plaga mientras dormían, se pudren ahora en medio de un silencio estremecedor.

Mientras tuvieron fuerzas, pintaron cruces negras en esas puertas, aunque sólo fuera para recordar a dónde no debían acercarse, pero ahora apenas salen ya del recinto fortificado. No se atreven a comer lo que quedó en esos lugares, y no queda ya tampoco comida ni en el castillo ni en la abadía. Lo único que les permite sobrevivir son los cerezos que aquí y allá surgen de la roca sobre la que se asienta la población.

Podrían huir, sí, ¿pero a dónde? Si el fin del mundo ha llegado, ¿qué mejor sitio que éste para esperar el juicio divino? Se ve casi todo el reino desde aquí, y al cálido sol de mayo, sin una sola nube en derredor, con las montañas cuajadas de verdes árboles y las tierras de labranza sin cultivar que baña el espejeante río allá abajo, se sienten como aquellos Adán y Eva primigenios, habitantes únicos del jardín del Edén. Pero sin manzana, sólo con cerezas...



Así que se sientan en los escalones que llevan al pórtico de San Salvador y comparten los últimos frutos que les quedan, tan rojos como la lluvia de gotas de sangre que cada respiración deja en los pañuelos de lino blanco con los que intentan aparentar que no ocurre nada. Después se abrazan, pero no demasiado fuerte, porque los bultos que tienen debajo de los brazos duelen ya demasiado. Una rata de piel negra asoma su hocico por entre las grietas del muro. A ella siempre le dieron miedo, pero ahora la percibe como a una mensajera largamente esperada...

El sol se está poniendo, apenas queda un hilo de luz, y mientras acaricia su pelo, él le susurra al oído:

-El cura decía siempre que el fin era el principio. Cuando resucitemos, mi mayor alegría será abrir los ojos y contemplar de nuevo tu rostro.

-Pero estoy fea y llena de pústulas sangrantes. Me da vergüenza que me veas así.

-Nunca me has parecido más hermosa.
Y no te preocupes, que no es sangre.
Es sólo... jugo de cerezas.




© Mikel Zuza Viniegra, 2011

domingo, 29 de mayo de 2011

COLUMBOGRAMA


Peñafiel, 29 de mayo de 1421

Ha de imponerse la princesa con firmeza a sus dueñas para que la dejen levantarse del lecho donde hace apenas unas horas ha traído al mundo a su nuevo hijo, que descansa a su lado en una cuna adornada en su cabecera por el triple lazo de los Evreux.

Y es que aunque se siente sin fuerzas, ha de cumplir la palabra dada a su padre el rey Carlos, de que le anunciaría el nacimiento en cuanto se produjera. Para eso él le entregó a Berenguela, la paloma mensajera más veloz del reino, cuando emprendió el viaje a Castilla. Para que la enviase de vuelta a Navarra con la nueva esperada. Y justamente eso hace doña Blanca, escribiendo con pulida letra de pendolista el siguiente mensaje:

"Haced que resuenen todas las campanas del reino, padre y señor mío, que el heredero de Navarra lleva vuestro mismo nombre."

Y lo introduce en un pequeño tubo de plata sellado, que ata con mucho esmero a la pata de la torcaz. Después la acerca al ventanal y, dándole un beso, la lanza a que cumpla su misión por esos insondables caminos del cielo que sólo estas aves conocen...

El padre de la criatura, el príncipe Juan, a pesar de haber sido advertido inmediatamente por un heraldo de su esposa de la gran noticia, no ha querido interrumpir la cacería en la que él y todos sus hombres llevan enfrascados desde el amanecer. Y no lo ha hecho porque espera ver salir de la torre a la paloma a la que su mujer tantos cuidados prodiga, para capturarla y cambiar el mensaje que aquella lleva por otro más favorable a sus propósitos. Uno que dice:

"Era un niño, pero nació tan muerto como lo están vuestros dos hijos varones."

Y es que el príncipe sabe que el viejo tiene el corazón débil y que, con un pequeño empujón, quizás el demonio quiera que muera de una vez para que él pueda convertirse ya en rey de Navarra...

Así que envía contra la volátil mensajera a "Islero", uno de sus neblís mejor adiestrado, para que la derribe implacablemente. Pero lo que no sabe el ambicioso personaje es que Berenguela ha cumplido ya muchas misiones para don Carlos. Ha viajado por ejemplo hasta Constantinopla para llevar los ánimos del rey de Navarra al emperador Manuel Paleólogo en su constante lucha contra el feroz turco, ha traído las cuantiosas ofertas económicas del rey de Inglaterra por la normanda ciudad de Cherburgo, y voló también hasta Sicilia cuando aquella isla fue gobernada por doña Blanca.

No es por tanto un neblí enemigo suficiente, así que decide emprender un picado vertiginoso hacia un frondoso pinar perseguida por la rapaz. Entonces, volando directamente hacia la altísima copa de uno de los árboles, varía su rumbo justo antes de impactar contra el tronco, cosa que no le da tiempo a hacer al halcón, que tras el tremendo golpe cae golpeándose de rama en rama hasta ir a parar precisamente a la hoguera con la que unos pastores preparan su comida, de tal suerte que su brillante plumaje arde como los sarmientos en un decir Jesús.

Muy contrariado se muestra el príncipe por este inesperado desenlace, pero aún no ha dicho su última palabra, pues ha ordenado a sus vigías en la riojana ciudad de Nájera que en cuanto divisen una paloma solitaria proveniente del suroeste, lancen contra ella a un temible azor que cuenta sus vuelos por triunfos. Y, efectivamente, cuando los esbirros detectan a Berenguela surcando el firmamento, sueltan a "Avispado", que rápidamente se pone a la par que su presa, ya muy cansada por tantas horas de vuelo. Y cuando siente casi las garras del alcaudón sobre su lomo, divisa a lo lejos una nutrida nube de estorninos. Y vuela hacia allá con el aliento de la muerte sobre su estela, y por la solidaridad que sólo guardan entre sí los humildes, el cúmulo de pájaros se abre para que ella pase, pero se cierra violentamente cuando llega el gerifalte, que picoteado por miles de furiosas avecicas, se precipita con estrépito al suelo, yendo a caer en las ardientes cocinas del monasterio de Santa María, donde su brillante plumaje arde al instante...

Más el taimado don Juan aún dío una orden más, y es por eso que en la frontera de Navarra, otro de sus cetreros espera ver aparecer a la paloma, por si ha sido capaz de llegar hasta allí sin duelo ni quebranto. Y retira la caperuza de Richtoffen, el maravilloso regalo de un margrave de la Suabia a su paso por la corte. Y tiene este halcón las plumas de color rojo y, lo que es peor aún, las garras envenenadas por un nigromante al servicio del príncipe...

Pero aunque sobrevuelan ambas ya el cielo de Navarra, le queda todavía un buen trecho por cubrir a Berenguela, cuya meta es la torre de Ujué, donde el rey don Carlos, que es viejo, pero no estúpido, está maniobrando ya todos los aparatos astrónomicos que su hermanica la infanta Bona solía utilizar para ver más de cerca las estrellas, pero ahora para divisar la llegada de Berenguela. Y cuando muy a lo lejos todavía, aparece en la lente de vidrio la paloma a punto de ser atrapada por una feroz rapaz que al instante reconoce como propiedad de su yerno, ordena que retiren el telón que cubre la jaula de sus halcones. Y allí estiran sus alas sus mejores animales: Eneko Arista, capaz de volar tan alto como el lucero de la mañana, Teobaldo, que mueve sus alas con una cadencia casi musical, y García el Temblón, porque justo antes de despegar tiembla,no para mostrar pavor, sino para calentar sus articulaciones...

Pero no, definitivamente esta es labor para Sancho el Fuerte, un aguíla que cuando extiende sus gigantescas alas, no puede entrar ni siquiera en la torre de las cuatro grandes finiestras de Olite. Y con el telescopio la ve alejarse majestuosamente y alcanzar en un suspiro a las otras dos aves, justo en el momento en que una de las empozoñadas garras de Richtoffen aprisiona el costado de Berenguela...

Y aunque el águila aprisiona con su poderoso pico el cuello del halcón, matándolo al instante, y provocando naturalmente su caída en picado sobre las brasas donde unos pobres mendigos de Tafalla calientan su aguada sopa, ardiendo su brillante plumaje al momento (que ya vemos que estos halcones de combate se inflaman en cuanto tocan el suelo), cae también la paloma desmadejada hasta que su salvadora, en vuelo rasante, la recoge en el aire y la deposita delicadamente sobre su espalda, emprendiendo rápidamente el regreso hacia Ujué, donde don Carlos III, que lo ha visto todo, ordena que todos sus médicos se preparen para atender a paciente tan especial...

Y aunque les lleva toda la noche, consiguen reponer a Berenguela de los efectos del veneno, de tal suerte que ella misma puede entregar el mensaje a su destinatario, que llora de contento con tan faustas nuevas.

Y dicen las crónicas que envió el rey a todas las aves de sus pajareras a comunicar la noticia del nacimiento de su nieto a todos los pueblos del reino, para que hiciesen bandear sus campanas llamando a celebrarlo, de tal suerte que no hubo ni ha habido nunca tanta volatería suelta por los cielos de Navarra como en aquella joyosa ocasión...

Y atestiguan también que a Berenguela le fue concedido el grado de Capitán de la Guardia Real, pues no en vano don Carlos se consideraba descendiente en recta linea del emperador Carlomagno, aquél que dijo: "Dejad que mis ejércitos sean las rocas, y los árboles…y los pájaros del cielo..."

Y de este modo, ya no tuvo Berenguela que poner nunca más su vida en peligro al servicio de su rey, pues éste le otorgó un retiro dorado en los paradisíacos jardines del palacio de Olite...

Y esto fue escrito la mañana del mismo día en que Carlos, príncipe de Viana, vino al mundo, hace hoy exactamente 590 años.


© Mikel Zuza Viniegra, 2011

martes, 24 de mayo de 2011

PACTO SAGRADO


Imagen obtenida en la web sobrarbenses.com


Antaño, cuando surgieron los reyes, el primero en ser elevado sobre el pavés, reconociendo ante todos y sobre todo ante sí mismo su escaso poder, llegó a un acuerdo con las remotas fuerzas de la naturaleza que hasta entonces habían dominado el territorio.

Mientras los hombres fueran gobernados con justicia, no faltarían a su cita anual los frutos y las cosechas. Pero si alguna vez germinaba entre ellos la semilla de la tiranía, se desatarían sobre Navarra todas las furias de la creación.

Y para que el pacto quedase sellado de forma notoria, casó Eneko con la hija del señor de los bosques, que Ohiana se llamaba. Y recogía tan especial dama en su semblante todos los rayos de sol que son capaces de forjar los herreros celestiales, y llevaba su cuerpo ceñido con los mismos colores que brotan de la tierra tras la lluvia. Y muy bien parecía esto al rey, pues es cosa sabida que quien con el verde se atreve, por guapa se tiene...

Y como no era ninguno de los dos amigo de los falsos lujos, rechazaron los anillos de oro que el abad de Usún quería entregarles, y en su lugar colocó él a su prometida uno de plata y corales rojos, pues sabía que amaba el mar, y ella le ofreció uno tallado en la madera del corazón del roble más antiguo del reino, y es por eso que desde entonces recibió Eneko el sobrenombre de Aritza. Y cuando llevaba puesta esta alianza, podía escuchar y entender a todos los animales que árboles tan nobles cobijan, de tal suerte que aquéllos le avisaban cuando los enemigos acechaban las fronteras, para que pudiese levantar a tiempo la hueste que les impidiera avanzar...

Y pasaron unos años en los que el pacto se cumplió como se cumplieron los sueños proféticos del faraón de Egipto. Hasta que un día, las águilas negras que custodiaban el Pirineo advirtieron a Eneko que el gran ejército del rey de los Francos se aproximaba por el norte. Y corrieron todos hacia allá para cortarles el paso, pero cuando ya estaban prestos ambos bandos para el combate, un jinete enarbolando bandera blanca salió de la tropa francesa y pidió hablar con el rey de los navarros. Y cuando se quitó el casco que cubría su cabeza, se agitó una cabellera tan dorada como las piedras que forman los ábsides de Leyre, pues tal guerrero no era sino la princesa Yvonne, famosa por haber vuelto locos de amor a cada uno de los Doce Pares con su belleza arcangélica...

Y en ese mismo momento dejó de entender Eneko al milano altivo, al implacable azor, al halcón peregrino, a la tenaz abubilla y al taimado cuco. Sólo las humildes lavanderas, que llevan en su plumaje el mismo color gris de las nubes de tormenta, le rogaron con sus trinos que se alejase de ella, pero él ya tampoco podía comprenderlas.

Y muy pronto, mientras retenía la princesa al rey en su tienda, sujeto con la cadena de la lascivia, la invasión del país estuvo completada. Y mandó entonces Yvonne, como si no hubiese ya otra reina, que se persiguiera a muerte a Ohiana. Pero Eneko, empleando su último resto de cordura, ordenó que se la recluyese en el monasteriolo de San Sebastián de Navarzato.

Y aunque hubiera podido la hija del señor de los bosques invocar la ruptura del pacto para arrasar toda la tierra, y hacer por ejemplo que todas las orugas que ciegamente marchan en procesión por los caminos salieran de sus nidos y arrojaran su veneno sobre quien ella les dictase, escogió no hacerlo, pues sólo ella sabía que llevaba en su vientre un nuevo rey que haría honor al juramento. Tan sólo, de vez en cuando, enhebraba un sortilegio para que el anillo de roble empequeñeciera terriblemente, y así le doliese al rey por haberse ido con aquella otra...

Y mientras todos los hijos de Eneko e Yvonne fueron naciendo muertos, creció en el roncalés exilio de Navarzato un príncipe que podía nadar con los peces del Eska, saltar de peña en peña como los rebecos de Belagua y entender lo que hablaban entre sí todas las aves que surcan los cielos del valle. Y ninguna de las monjas del monasteriolo denunció jamás su existencia, pues parecíales el muchacho una reencarnación de Salomón, aquel rey que ni con toda su gloria, pudo vestirse nunca con las hermosas y simples galas que lucen los lirios del campo...



© Mikel Zuza Viniegra, 2011

martes, 17 de mayo de 2011

COMO REYES


Fitero, 15 de mayo de 1512

-Iohan, sólo soy un pobre hermano enfermero. No conozco la naturaleza femenina, por mucho que las coplas digan que todos los frailes sabemos de eso mucho más que de rezar maitines. Pero sí sé que la criatura viene en muy mala postura, y tanto ella como tu mujer están sufriendo más y más a cada momento que se acerca el parto. Te recomiendo que vayas urgentemente en busca de la herbolera que vive en las ruinas del castillo de Tudején. Sé que ejerce clandestinamente como comadrona, por más que desde el monasterio recomendemos a las mujeres en cinta que huyan de sus consejos. Pero tú mismo puedes ver que la situación es desesperada y que yo no puedo hacer ya nada más...

Y antes de salir al galope hacia aquellos riscos, entra Iohan en su humilde cabaña, donde su mujer se retuerce gritando de dolor. Seca el sudor de su frente con un paño, y extrae de su bolsillo una pequeña moneda de cobre, que coloca en la mano de su esposa mientras le susurra al oído:

-Aguanta, por favor, Katerina. Enseguida volveré con Endregoto la herbolera, que sabrá ayudarte en este trance. Recuerda cuando nos conocimos: te dije que teníamos nombre de reyes, y tú me entregaste esta moneda, que lleva sus iniciales grabadas, para que no olvidara que algún día llegaría también un príncipe a nuestras vidas. Eso está a punto de ocurrir. ¡Aguanta sólo un poco más!

-¡Corre, Iohan, corre! -le grita el monje- ¡Cada instante es precioso!

Pero cuando llega a Tudején, la morada de la que todos en el pueblo consideran bruja, está revuelta y abandonada. Un pastor le informa que una partida de castellanos, de ésas que tanto abundan en los últimos tiempos, se ha llevado a Endregoto a su tierra. Parece ser que con ánimo de entregarla al Tribunal de la Santa Inquisición en Calahorra...

No le resulta seguir las huellas que los invasores han dejado, y apenas una hora después los divisa desde un altozano. Son cuatro, además de un enjuto dominico que va montado en una mula. Ha escuchado en Fitero a varios de esos fanáticos predicadores, sabe que es inútil intentar razonar con ellos, así que saca la espada de su vaina, besa la cruz que forman los arriaces con la hoja, y se lanza en tromba sobre los sorprendidos alguaciles. Dos de ellos apenas tienen tiempo de levantar su cabeza antes de sentir el golpe mortal en sus cuellos. El tercero opone algo más de resistencia con una daga que acaba por romperse ante la desesperada acometida de Iohan, que de un tremendo mandoble arranca el brazo del cuerpo de su adversario. El cuarto sale corriendo dejando sólo al fraile, que a pesar de todo no suelta las cuerdas que aprisionan a la vieja herbolera, que le mira con el agradecimiento de quien se siente salvada.

-¿Quién soís vos, algún enviado del Infierno para rescatar a esta pecadora? ¡Pues sabed que esto es ya Castilla, y que este ataque os convierte en reo de traición al rey Fernando y a Dios!

-El nombre de mi rey y señor es Iohan. Y en cuanto a Dios, esperaré a ver en qué termina el día de hoy para decidir si yo le he traicionado a él, o ha sido él quien me ha traicionado a mí...

-¡Blasfemia! ¡Anatema!

-No entiendo esa palabrería. Pero si no soltáis a la vieja, acabaréis tan muerto como vuestros escoltas, a quienes no se les había perdido nada en reino ajeno. ¿Consideráis que estáis en paz con Dios o preferís dejarnos marchar?

Y el resentido fraile, no sin antes amenazarles con todas las condenas infernales que su tonsurada cabeza puede recordar, les ve alejarse velozmente hacia la frontera mientras les grita que volverá, y que traerá consigo a todas las tropas que pueda reclutar en Calahorra para castigarles. A ellos y a todo el impío reino de Navarra, que se resiste a aceptar la autoridad del Santo Tribunal...

El sol está cayendo ya cuando entran en Fitero. Han pasado sólo cinco horas, pero a Iohan le han parecido una eternidad. Teme que aquél cerril dominico y sus ganas de encender hogueras se hayan entrometido fatalmente en su vida...

Un silencio espeso reina en su hogar, donde al entrar sólo ve al hermano enfermero llorando arrodillado delante del lecho, cuyas sábanas están cubiertas de sangre...

-Lo siento Iohan, no pude hacer nada. Ni creo siquiera que la herbolera hubiera podido ayudarla, aunque eso sólo Dios puede saberlo...

Endregoto, que ha levantado los paños que cubren a Katerina, corrobora la opinión del fraile mientras posa sus manos sobre el abultadísimo vientre de la fallecida, para confirmar que ni aún abriendo en canal a la mujer, hubieran podido sacar de allí con vida al niño, una de cuyas piernas asoma del seno materno, como espeluznante testigo de lo allí ocurrido...

Y pasan los tres toda la noche empleando las grandes calderas de agua caliente que iban a servir para ayudar a traer vida, en preparar el cuerpo de Katerina para su último viaje. Y a pesar de que lo intenta, no puede Iohan arrancar de la rígida mano de su esposa la moneda que lleva sus dos iniciales grabadas. Así que se la entrega definitivamente para que pueda pagar al barquero el paso a la otra orilla. Y tras besar sus labios yertos, cubre su cabeza con un pañuelo de hilo muy blanco, para que la tierra no pueda manchar el rostro que tantas veces besó...

Pero antes de cerrar la fosa pide al fraile que bautice a la criatura. Y aunque no es una petición muy ortodoxa, no se atreve aquél a negar la vida eterna a un alma inocente. Así que con la misma agua que ha servido para amortajarle, procede también al sacramento. Y cuando pregunta al padre qué nombre quiere ponerle, Iohan contesta:

-Nuestro príncipe se llama Enrique, ¿no es cierto? Pues nuestro hijo también se llamará igual.

Y con la última oración funebre, a la que ni Iohan ni la herbolera responden nada, monta en su caballo y toma de nuevo el camino de Castilla. Sólo le oyen decir:

-Tengo un asunto pendiente en el camino de Calahorra...

Y mientras se aleja en el horizonte, traza el hermano enfermero la bendición divina en el aire, recitando el "Laus Deo". Y a la vez hace lo mismo la herbolera, pero ella con la mano izquierda, y con los dedos pulgar, índice y medio apuntando hacia abajo, hacia los ígneos dominios del Diablo, al que invoca mascullando el "Ave Satani" . Así que parte el jinete con la protección de todos los poderes que en el Mundo son dados a conocer a los hombres.

Y cuando a las pocas horas avista de nuevo al dominico, es como si todos los ángeles vengadores que creó Dios: los fieles y los rebeldes, se hubieran encarnado en Iohan, cuya espada destella con luz propia e infernalmente celestial, al segar de un tajo la garganta del inquisidor...




PD:
http://www.diariodenavarra.es/noticias/navarra/tudela_ribera/encontrados_monasterio_fitero_los_restos_medievales_una_mujer_fallecida_durante_parto.html


© Mikel Zuza Viniegra, 2011

viernes, 13 de mayo de 2011

BON ANNIVERSAIRE



Desde que era muy pequeña, ha oído Berenguela que el mejor caballero de Navarra era el señor de Equisoain. Se lo ha escuchado decir durante años a su padre el rey, y también a sus hermanos Sancho y Fernando. Los tres contaban siempre con admiración las muchas hazañas emprendidas en defensa del reino por aquel leal palaciano.

Y es por eso que ahora, recién terminadas las arduas negociaciones de su matrimonio, y mientras anda aún muy ocupada recogiendo todos sus enseres del castillo de Monreal, la princesa se ha empeñado en que sea él quien encabece su escolta en su largo viaje para reunirse con Ricardo.

Pero sabe que no será tarea fácil, pues el noble vive retirado desde que su hijo murió batallando en la última invasión aragonesa. Desde entonces, y va ya para tres años, nadie le ha visto, pues dicen que no se separa de la tumba de su vástago. Incluso se ha negado a recibir por dos veces a los mensajeros de la infanta, y otra más a un heraldo de su padre, motivo más que suficiente para castigar su orgullo, si Navarra no le debiese tanto...

Así que en contra de la opinión de su consejo, que no concibe que una princesa se rebaje a jugar el papel de embajadora, sale vestida con sus mejores galas del castillo, y al poco de poner el pie en el camino real -pues queda Equisoain tan cerca que puede llegarse hasta allí paseando-, ha de apartarse hacia la ezpuenda para no ser atropellada por el archivero de Lumbier, que llega tarde a su labor, y pica espuelas sin reparar en que marcan muy claramente las ordenanzas del rey que ninguna montura ha de sobrepasar los 110 clavos de plata en sus herraduras. Y a ella le ha parecido que la del raudo jinete lleva 125 o 130. Lo suficiente para hacerle pasar una temporada en las siempre concurridas mazmorras de Monreal, si no fuera porque a los gritos de enojo de Berenguela, ha respondido él arrojándole un poema, escrito sobre la marcha, que comienza de este modo:

"No habrá en Aquitania otra dama mejor,
ni en toda Inglaterra una joya mayor,
ni habrá nunca en Ultramar estrella de más fulgor,
como las que perderá Navarra al marcharos vos..."


Y ve alejarse la princesa al vertiginoso galán, no sin sentir un punto de congoja por no haberle conocido antes que a Ricardo. Y es esa pena, aunque ella no lo sabrá nunca, compartida por el impuntual archivero...

Y guardándose el papel en su limosnera, la emprende Berenguela hacia Equisoain, y va forjando un ramo con las espigas que encañan en los campos y con las flores que bordean el serpenteante camino, no porque no haya querido traer consigo las rosas de Oriente que su futuro esposo le envió desde Sicilia, sino porque sabe bien que la ofrenda a los guerreros muertos en defensa de su tierra, ha de hacerse únicamente con los frutos que esa misma tierra da.

Y para cuando llega a las puertas del palacio, que parece flotar sobre un mar de ziapes amarillos, lleva en las manos una corona vegetal tan espléndida como ninguna otra se haya visto.

Y resuenan uno tras otro los golpes de picaporte, sin que chirríen los inamovibles goznes y cerrojos. Y grita entonces en muy alta voz:

-¡Paso franco a la señora de Monreal!

Y entonces sí que se escucha una respuesta al otro lado de los recios muros:

-¡No hay más señor de Monreal que el rey Sancho!

-¡Yo soy su hija Berenguela, infanta de Navarra y, si Dios quiere, muy pronto reina de Inglaterra, duquesa de Anjou y de Aquitania!

Y como si esos títulos hubieran vencido mágicamente a tantas y tan oxidadas cerraduras, se abre para ella el portón, y puede contemplar la princesa el desolador espectáculo del antaño pulcro y elegante patio, comido ahora por las zarzas y las malas hierbas, como una de esas oscuras selvas de las novelas de caballerías. Sólo un pequeño rincón permanece cuidado e impoluto, y en él, a la protectora sombra de un tejo centenario, reposa la figura del caballero muerto, atrapado para siempre en su eterna juventud de piedra. Y a su lado, como un mudo plorante, permanece en pie su padre, que muestra un aspecto tan desmejorado y barbudo como cuentan las gentes que lució aquel Teodosio que fundó el famoso templo de San Miguel donde Berenguela depositó hace poco el deslumbrante regalo de bodas de su futuro marido.

Y cuando ella coloca por fin la corona sobre el túmulo, a ambos les resulta imposible contener las lágrimas, de suerte que las del anciano, al surcar sus renegridas mejillas, van lavándole el rostro, casi oculto por sus hirsutos cabellos. Así que, con unas tijeras de oro que saca de la limosnera, va Berenguela volviendo a su ser al viejo guerrero, y va contándole mientras tanto su deseo.

Y aunque en un primer momento él se niega a complacer su petición, al oír que quiere ella considerarse tan hija suya como aquél que murió con la espada en la mano, y que es cosa sabida que ha de ser siempre el padre quien acompañe a la novia al altar, no puede negarse ya más, e incluso le promete que se asegurará de que Ricardo no se atreva a causar el más mínimo disgusto a dama tan encantadora.

Y esa misma tarde, ya están los hombres al mando del siempre fiel Sagastibelza, adecentando el palacio de Equisoain, para que antes de su partida, pueda doña Berenguela quedar totalmente tranquila, y emprender el viaje sin dejar atrás ningún cabo suelto.Y mientras se afana en reparar las almenas, contempla desde la torre el maestro de ingenios al archivero de Lumbier galopando desaforadamente otra vez, aunque en esta ocasión hacia Pamplona. Y no es cosa extraña, que hay que evitar a toda costa que las tropas del emir de Sevilla conquisten esta noche el Reyno de Navarra...

Y sólo por tan crucial motivo no le denuncia en ese preciso instante a los guardias de Berenguela, que como es natural visten la librea roja de la Casa Real de Navarra. Porque conoce la locura que indefectiblemente ronda a los visitantes habituales de los campos del Sadar, y no quiere dejar sin batalla homérica al viajero.

Pero para el lunes sin falta, se promete a sí mismo que ha de preparar frente al castillo una trampa muy bien camuflada, para que en cuanto vuelva el librero a pasar a toda velocidad, caiga en un profundo pozo del que sólo será sacado para ser llevado, no a las mazmorras de Monreal, que al fin y al cabo colindan demasiado con las habitaciones de Berenguela, sino a las del castillo de Peña, como muy cerca, para que aprenda el trovador que la ingeniería es arte tan noble como la poesía para pretender a princesas casaderas...

Y fue escrito todo esto el 12 de mayo de 2011, en recuerdo a Berenguela de Navarra, en el día del 820 aniversario de su boda con Ricardo de Inglaterra en la catedral de Limassol.




© Mikel Zuza Viniegra, 2011

lunes, 9 de mayo de 2011

PREHISTORIA

Está efervescente la ciudad de los odiados condes de Haro, pues hay torneo esa misma tarde. Y es que ha querido Belcebú, como de costumbre, que tengan que llegar siempre a esta agraciada villa cuando está la marea rojiblanca desatada por las calles...

Y es casi imposible no tener que jurar bandera cada vez que se intenta entrar a una taberna, incluso a la que lleva el nombre de la muy leal capital del reino de Navarra. Pero bien se preocupa Carlos de rodear al portaestandarte para no tener que pasar por debajo de la volandera funda de colchón, pues teme que, como dicen que acontece a los brucólacos en la Transilvania al contacto con la cruz, quede en su rostro la marca rusiente si roza siquiera tan aborrecida enseña.

Aún así han de soportar, mientras saborean el entrañable licor destilado por monseñor Martini, allá en las repúblicas italianas, que ministriles y atabales con más vino que alma berreen a su alrededor himnos de guerra que rememoran glorias acontecidas allá cuando Jafet, el hijo del patriarca Noé, anduvo fundando esas tierras, pues de esa época datan, por mucho que se empeñen en sostener allí lo contrario, las últimas victorias reseñables de aquella hueste...


Y será por que esa llamada de la antiguedad insondable ha abierto en sus mentes una puerta que creían ya definitivamente cerrada, que dirigen sus pasos hacia una casona estrecha que corona y cierra a la vez una plaza dedicada a un gran caballero que tuvo por lema personal: "La verdad, antes que la paz". Y tiene aquel lugar un aire de plaza romana, con sus escaleras hacia el cielo, pues no parecen tener fin, o al menos desde allá no se contempla...

Y hay en el citado palacio tantos y tantos objetos surgidos de la noche de los tiempos, que van volviendo a sus memorias los nombres aprendidos o incluso nunca sabidos de todos ellos: bifaces, lascas, cistas, fíbulas, azagayas, arpones, antenae...

Hay que reconocer que la princesa Agnes se acuerda bastante más que Carlos de tan sonoras denominaciones, pues no es época aquella que emocione ni mucho ni poco al príncipe, siempre escéptico para las cronologías y las piedras y metales labrados antes del siglo IX después de la llegada al mundo del que anduvo sobre la mar. Pero haciendo un esfuerzo puede arañar todavía los nombres de: falcata, Cogotas, Lascaux y ciertas "hachas achelenses" que nunca existieron más que en su imaginación, pero que no le extrañaría encontrar en aquellos armarios de cristal que tantas maravillas contienen.


Y no es la menor de ellas un denario de la ceca de Baskunes, que muestra en una cara el perfil de un noble barbudo, que en el otro frente empuña la espada montado a caballo. E inconscientemente les lleva el alfabeto latino a interpretar cítricamente su leyenda grabada: "limones", pero hay que tener en cuenta que aquellos señores antiguos pensaban y hablaban en vasco, aunque escribían en idioma ibero, que parece tan complicado de descifrar, que no aciertan los príncipes de Navarra a comprender cómo harían el Jabato y Claudia para entenderse. Aunque como parece que les iba bien así, y en cosas de enamorados es mejor no meterse, para qué seguir dándole vueltas a tan espinoso asunto...








Y aunque esa moneda es ciertamente bella, y tiene don Carlos una de ellas en su colección numismática del palacio de Pamplona, por ser de las primeras que circularon por el solar de su reino, tiene bien claro que cuando él reine por fin, acuñará una mucho más hermosa, más que cualquiera de las utilizadas por sus antepasados, pues a la inicial coronada de su nombre, la rodearán los triples lazos -divisa dinástica de los Evreux-, para que no haya dudas nunca más de quién manda en Navarra.

Va siendo hora de emprender el camino de vuelta a casa, no sin antes escandalizarse al leer en una pizarra que en el torneo de esa tarde, casi todos los caballeros participantes son en realidad súbditos de los príncipes, que en lugar de reforzar el ejército navarro, que mañana mismo tiene una crucial batalla en el reino de Aragón, han preferido ponerse al servicio del odiado pero creso conde de Haro.

Y muy pronto urden planes para incautar todos los bienes de semejantes advenedizos e incluso para meterlos a todos en las amplias mazmorras del castillo de Monreal, arrojando después la llave a lo más profundo de la sima de Iguzkiza. Bueno, en realidad sólo don Carlos acaricia tan reconfortantes ideas, pues a Agnes no se le ha perdido nada en tan ridícula guerra, y tiene bastante con recortarse al sol de mayo, en aquella escalera sin fin de la anteiglesia de Begoña, con un perfil digno de ser esculpido en una moneda de plata de la mejor ley...

Aún así, como recorren aquella ciudad una especie de diligencias muy cómodas y silenciosas, que van tocando una campana para no atropellar a las gentes que, enfervorecidas, se encaminan en ese momento hacia el prado de San Mamés,
juzgan los príncipes que emplear sus carlines, sus groses y sus blancas de vellón en pagar aquel transporte, contribuiría decisivamente al fortalecimiento de sus rivales, así que adoptando durante el viaje la misma actitud y expresión beatífica que la de los santos en los altares labrados por el maestro Jean de Lome, no sale de su faltriquera ni un cuarto de maravedí, pues piensan con mucha razón que, si ese es su gusto, mantengan tal servicio los infiltrados atorrantes de la U.D.C. Txantrea...

PD: El domingo, día de Nuestro Señor 8 de mayo de 2011, patriotas de Navarra (y de muchos otros sitios), hambrientos y en inferioridad numérica, cargaron sobre los campos de la Romareda. Lucharon como poetas guerreros. Lucharon como navarros (y gracias a Dios también como húngaros) . Y ganaron la libertad. Para siempre (o algo muy parecido)














© Mikel Zuza Viniegra, 2011

martes, 3 de mayo de 2011

TACOS


Autor de la foto: Malko.

26 de abril de 1483

Están preciosos los campos que rodean Orcoyen, como si la lluvia reciente hubiera avivado toda la gama de verdes y los amarillos que su vegetación contiene. Y más hermosos le parecerían aún si las circunstancias fueran otras, y en lugar de prisionero estuviese allí, ante la puerta del imponente templo de San Miguel, en calidad de viajero o de simple peregrino.

Pero no, no se encadena ni se golpea a un huesped, ni siquiera en esta triste época, en la que Navarra se desgarra en una guerra inacabable entre Agramonteses y Beamonteses. Y ha querido Dios que él pertenezca a los primeros, y que esta villa sea feudo principal de los segundos. Y ha dispuesto también aquel que creó el Mundo, que la hija del señor de Orcoyen posea una belleza tan extraordinaria, que desde que la vio por primera vez no haya existido ya nunca más otra, pues ninguna se le iguala, Y aunque sabiendo desde el principio que su amor es imposible, y que si sus familias se enteran correrá la sangre, han seguido los dos viéndose a escondidas, hasta que algún fementido traidor, celoso sin duda de su felicidad, les denunció ante el Concejo, sin darle más tiempo que a saltar a su caballo para galopar hacia Arazuri.

Mas ella quedó en Orcoyen, acusada de haber sido preñada por un agramontés. Y su padre ha dado orden de que ningún caballero, ni siquiera su propio hermano, pueda defenderla. Y los clérigos se afanan en anunciar a gritos por los pueblos cercanos que de no aparecer un protector en tres días, será quemada como si fuese una bruja o faitillera. Y aunque son los muros del palacio tan gruesos, resuenan esas voces, más que en las galerías o en las alcobas, dentro de sí mismo.

Y así como cuentan las crónicas antiguas que un joven labrador llamado don Perceval fue armado caballero por el rey Arturo de Bretaña, para que de esa guisa pudiese defender a la reina Ginebra frente a su acusador, el muy bellaco don Galván, así también comprende él que no tiene otro camino que tomar que el de Orcoyen, si quiere poder seguir mirándose al azogue todas las mañanas.

Pero antes de guiar hacia allí a su montura, deja dispuestas ciertas prevenciones que luego han de verse, pues al contrario de lo que piensa mucha gente, no es pérdida de tiempo el leer novelas de caballería. Al menos no, si de ellas se sacan provechosas enseñanzas...



Y como quedó dicho, ya está delante de la iglesia, encadenado ante el señor de la villa, que mucho se ríe de que su anhelada presa se haya entregado sin oponer resistencia. Y cuando ya está a punto de dictar mortal sentencia, su sonrisa se quiebra cuando oye gritar al prisionero que quiere acogerse al derecho que como caballero le asiste de cargar el "fierro calient d'Orcoyen", y demostrar de esa forma, si no que la dueña no está preñada, que eso sólo Dios y ella lo saben, sí que los amores entre ellos fueron lícitos y que de nadie tienen por qué esconderse.

Y aunque es ese juicio cosa que desde hace muchos años no se practica, consultan el Fuero de Navarra los juristas y comprueban que, efectivamente, es ajustada a derecho la petición de aquel maldito agramontés, así que proceden a seguir los pasos marcados en el libro, que comienzan por comprobar que su mano derecha no tiene marcas, ni cicatrices que puedan confundirse con la más que probable quemadura que dejará el fierro. Y como tiene la palma tan lisa como la piedra del molino de Subiza, es puesto el cautivo en una mazmorra hasta que dentro de tres días se efectúe la prueba.

Y en ese tiempo, en lo más oculto de la noche, es visitado por el señor de Armendariz, al que hizo avisar desde Arazuri, pues sabía que simpatizaba en secreto con la causa agramontesa, a pesar de formar parte del Concejo. Y como el dicho señor fue en su tiempo un gran pelotari, conoce todos los trucos y mañas de su noble oficio, por lo cual, tratando con mimo la investigada mano del rehén, va cubriéndola con muchas resinas, trapos pegajosos y bolas de tela, que previamente calienta en un hornillo, de tal forma que, cuando termina y coloca sobre el emplasto un guante de lino -como indica el Fuero-, tapándolo para que nadie pueda distinguir el artificio, podría sin dificultad el acusado enviar una bala de culebrina hasta el rebote, y sacando desde el cuatro.

Y cuando por la mañana todo el pueblo se reune ante el altar de San Miguel, donde ya reposa el hierro calentado al rojo vivo esperando a ser tomado por el prisionero, se miran éste y su enamorada como si ambos pudieran sentir a la vez el dolor de la más que próxima quemadura. Así que cuando recoge el ardiente metal sin mostrar daño alguno, murmuran las gentes y ruge de rabia el señor de Orcoyen, gritando que aquello ha de ser forzosamente nueva brujería. Y entonces le agarra muy fuertemente el preso su mano, y poniéndole el hierro en ella le espeta:

-Nada de eso, noble señor, vos mismo podéis comprobarlo...

Y el grito de dolor del beamontés se oye hasta en el claustro de la catedral de Pamplona, que es lugar silencioso donde los haya. Y mientras sus esbirros corren a auxiliarle, aprovechan los dos encausados para saltar al caballo que el señor de Armendariz ha dejado en el lugar convenido, y se abren camino entre la multitud a patadas, y rodean la iglesia, lamentando no tener tiempo para observar el paisaje tan entrañable que desde allí se divisa, con las cumbres del Txurregi y del Gaztelu mordiendo el horizonte.

Y no, no es nada fácil salir de aquella población, pues en la entrada de todas las calles alrededor de la iglesia, hay colgados escudos de gules con una franja de plata en el centro, y cuando ya están a punto de ser alcanzados por sus perseguidores, ven unas mujeres que les hacen señales desde el final de una calle, y hacia allá se encaminan a la desesperada, y resultan ser dichas damas, además de dueñas de las tabernas "Camelia" y "Le parisien", también de simpatías agramontesas, aunque llevan con pena que todos sus hijos se hayan hecho beamonteses...

Y por el camino que aquellas bienaventuradas les han indicado, consiguen salir al fin de semejante laberinto urbano, donde queda, esperemos que para siempre, el "fierro calient" abandonado.

Y esa misma tarde, en la torre más alta del palacio de Arazuri, ondean juntas las banderas entrelazadas de los dos enamorados.

¡Y allá Navarra con su guerra y sus parcialidades!



Ismael Chafee. Foto de David Aprea para el Diario Vasco
© Mikel Zuza Viniegra, 2011